Incendios

Son la consecuencia, el resultado, el mal… mayor de una serie de actitudes, enfermedades y anacronismos, más o menos personales, todavía difíciles de erradicar. Muchas de ellas tienen que ver con la educación, sí, esa labor tan menospreciada venida a menos a manos de una supuesta libertad individual que en la mayoría de los casos tiene más que ver con la ignorancia y la propia necedad que con la libertad correctamente entendida.

¿Quién abre la ventanilla del coche y tira afuera… cualquier cosa, un pañuelo usado, el envoltorio de un chicle, una bolsa vacía, un preservativo o una colilla? ¿Qué tipo de persona es quien considera un derecho personal enmierdar lo que ni siquiera es suyo, supongo que es de todos? ¿Por qué no se lo traga, o lo deja en su cama, o se lo tira a su madre, o directamente se lo come y perece? ¿Qué tipo de ciudadano, de cualquier país, del mundo, como a algunos les gusta calificarse, puede hacer ese tipo de cosas? ¿Qué clase de educación tuvo, qué padres irresponsables decidieron darle la vida para dejarlo deambular como un salvaje incapaz de respetar lo que no es suyo? ¿Qué derechos le asisten para ofender a los demás con su comportamiento? Dejo al gusto de cada cual lo que debería hacerse o decirle a un tipo así, aunque personalmente pienso que en muchos casos desgraciadamente es ya irrecuperable, es más, al sentirse increpado aventuro que saldría con lo que suele ser habitual en estos personajes, aquello de que lo hago porque con lo que yo pienso es con los cojones.

He dejado para la segunda parte la otra posible causa de los actuales incendios, la que en principio parece, no sé por qué, más peliaguda. ¿Quién fuma hoy día? Aquí se nos echarían encima cientos gritando no sé qué de libertades, derechos, opresiones etc. Puedo entender perfectamente que alguien disfrute fumando y se procure a cualquier precio el tabaco adecuado, libre de aditivos y compuestos químicos que buscan más la adicción que el placer; quiero creer que todavía hay tabaco natural sabroso y aromático, una auténtica delicia para el buen fumador, pero desgraciadamente no es lo que se mete entre pecho y espalda la mayoría de los fumadores –¿enfermos?- que hoy día exigen libertad para envenenarse y llevarse con ellos a los que están a su alrededor. Si todavía hay gente que duda de que el tabaco que en la actualidad mayoritariamente se consume lo que menos contiene es tabaco y que se trata de un invento que una serie de señores pone en circulación para ganar dinero a costa de la estupidez humana, lo siento por ellos, su inteligencia es bastante roma, y como tal su voz y voto bastante discutibles; pretenden debatir acerca de una libertad que nadie daría a un leproso que exigiera su derecho a vivir entre los demás a pesar de su enfermedad. El tabaco hoy día se fabrica para jóvenes recién estrenados a los que igual les venden un coche pequeño y malo, una bebida refrescante hecha de desechos químicos, un teléfono inútil, un juego para tarados o un futuro muerto, y además se lo creen; o para adultos aquejados de un grave problema de adicción al que, siendo benévolos, todavía no saben cómo enfrentarse y se violentan por ello. O para auténticos enfermos afectados de problemas de autoestima, con dificultades a la hora de relacionarse con los demás o abrumados por una soledad que les hace incapaces tanto de enfrentarse a sí mismos como de pedir ayuda para intentar solucionar su problema. Sólo saben hablar de una libertad de fumar a la que ellos, por encima de los demás, tiene derecho, acusando al resto de ser unos inquisidores y prohibicionistas fascistoides que nada quieren entender. Dinosaurios que añoran un pasado que ya no existe y se niegan a reconocer un presente demasiado duro al que su adicción les impide hacer frente. Solución, la culpa siempre es de los demás.

Con esto empezaba todo, un tipo arroja una colilla mal apagada por la ventanilla del coche e inventa un terrible incendio que se lleva por delante mucho más que unas vidas… Luego nos tocará ser dialogantes y aceptar sus disculpas, si es capaz de reconocerlo… ¿ustedes que harían con él?

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Sensaciones

¿Se han parado a pensar en qué proporción somos dueños de nuestras propias vidas?

Si eliminamos las acuciantes necesidades primarias más elementales y las desgraciadas obligaciones derivadas del mundo laboral -para quién todavía tenga trabajo-, el resto es un páramo enorme en el que nos hemos habituado a movernos como auténticas veletas, completamente desorientados o bailando al son de unos estímulos inventados por otros más avispados que nos obligamos a seguir sin preguntarnos por qué o para qué.

Seguimos los dictados de unos parásitos políticos que no saben hacer otra cosa con sus vidas que vegetar y enriquecerse a costa de los demás, creemos que los elegimos y aguardamos cándidos y estúpidos a que agiten las nuestras con sus desmanes y tropelías, después respondemos con gritos de aprobación o insultos, nada importante, hasta la siguiente ocasión; gritamos y jaleamos a unos “deportistas” que nunca nos han representado ni lo harán -ese deporte que practican a costa de tanto esfuerzo es una exclusiva apuesta personal- y a los que únicamente les interesa su propio beneficio, hacemos sus éxitos nuestros como si fuéramos auténticos monos idiotas, detrás de todo ello sólo queda nuestro propio vacío y la cada vez más acuciante necesidad de esperar el siguiente. Vemos y asistimos a “espectáculos” que antes que aportarnos alguna mínima cualidad o hacernos mejorar un ápice son el negocio de otros más espabilados que equiparan espectáculo a ganar dinero a nuestra costa. Nos movemos de un lugar a otro porque nuestra propia inactividad nos avergüenza, para ello seguimos como corderos los negocios que también otros más listos improvisan para llevarnos y traernos sin que jamás desaparezca la incómoda sensación de no habernos movido del mismo sitio. Necesitamos hablar o gritar, ya sea en la calle o a través de Internet, para intentar salir de nuestro permanente aburrimiento, a sabiendas de que en la vida diremos o haremos nada importante. Asentimos petulantes o damos la razón como cotorras a otros cuando los vemos o leemos, con la poca vergüenza de llegar a afirmar a continuación que eso ya lo sabíamos o incluso pensábamos, sabedores en el fondo de que eso nunca fue cierto, jamás habríamos sido capaces de decir o hacer algo parecido por nosotros mismos, necesitamos que nos marquen el camino, que nos lleven de la mano, pero nuestra memoria es tan corta que la vanidad nos ha habituado a creer que fuimos nosotros los causantes o creadores de aquello.

Ya sé, ya sé que no digo nada nuevo, que ustedes ya lo sabían, que soy otro listo más que cree hablar por boca de todo el mundo. Pues nada, mándenme a la mierda y hagan algo por sí mismos, pero, por favor, no protesten por lo que otros han hecho como hace hoy día todo el mundo, es lo más fácil, no hay más que seguir la corriente; hagan algo que nunca haya hecho nadie -¿han llegado a imaginar en alguna ocasión cuantas melodías hay todavía por crear?-, y no se sientan en la estúpida obligación de publicarlo o darlo a conocer inmediatamente, háganlo primero para sí mismos o deposítenlo en alguien cercano que lo necesite o pueda apreciarlo sin necesidad de agradecimiento.

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Roma no

En el centro del mundo católico unos operarios provistos de modernos medios de elevación y aerosoles limpian y dejan brillantísimo el impresionante baldaquino de Bernini, tal que ni el propio autor lo pudo en su día imaginar. Los enormes mármoles del suelo son limpiados y pulidos con máquinas manipuladas por los más jóvenes empleados de la casa -jersey con anagrama-, los siguientes en edad vigilan impíos los accesos a capillas y a la, según libros y fotografías, impresionante Piedad de Miguel Angel, alejadísima y protegidísima tras muchos metros y un enorme cristal que dicen antibalas; los empleados que vienen a continuación son de mayor edad y controlan otros accesos de más trascendencia -a los sótanos de la basílica y capillas más importantes-; y los mayores de todos, casi ancianos, cuidadosamente peinados y chaqueteados, van y vienen con paso lento supervisando a todos -que son muchos-, aupados por una experiencia y prestigio de sagrado servicio que imagino costará años y otros menesteres conseguir. Los visitantes andan de un sitio a otro sin saber qué fotografiar, porque visitar es difícil y rezar no viene al caso, se trata de admirar el poder de Dios en la tierra.

Afuera la muchedumbre se agrupa en la plaza entre expectante y aburrida bajo un sol de justicia, ante un momento que supongo muchos consideraran fundamental en sus vidas, insignificante y fatigoso en lo material, en lo espiritual no alcanzo a qué o cuánto.

Por una de las calles laterales de acceso a la plaza, organizando un follón de tráfico de mucho cuidado, avanza una especie de procesión de hombres y mujeres pequeños vestidos con trajes regionales -que luego nos enteramos bolivianos- siguiendo a dos pequeñas imágenes y un sacerdote blanco que ruega y ruega megáfono en mano no sé si por nosotros o por las vírgenes. Estos indígenas, prácticamente todos menos el sacerdote, con aspecto cansado y despistados caminan como aburridos autómatas imaginando y persiguiendo un cielo que nada tiene que ver con el de sus antepasados. Si recuerdan el final de la película Apocalipto, el protagonista, una vez en su tierra y con los suyos, ve acercarse a la playa unos botes, procedentes de unos barcos enormes, que trasportan a unos tipos altos y barbudos armados con cruces y espadas. Los rostros de estos peregrinos en el Vaticano son los mismos que los de la película, pero los actuales aparecen más inextricables y sin alegría, máscaras confundidas que caminan tras un hermano blanco y sus ídolos sin todavía entender a qué deben ser fieles primero, si a su tierra y sus antepasados o a este minúsculo enclave armado de lujos y privilegios.

Los de aquí, los gobernantes y habitantes de este mínimo lugar denominado país sí saben cuál es su tierra y su lugar en el mundo. Los otros, los indígenas americanos que cargan con vírgenes, coches, maletas, explotación y sufrimiento caminan bajo un sol desconocido en un lugar más desconocido aún, siguen al representante de Dios sin todavía saber cuál es su lugar en el mundo, si la tierra ultrajada y humillada de donde provienen o este centro de un poder milenario e inalcanzable de unos blancos que saquearon sus tesoros y les robaron sus joyas más importantes, sus almas.

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Música

La mujer mira y admira a “sus niños” con verdadero amor y una permanente sonrisa, les acuna y mima con sus ojos, les anima, les regaña, guía sus manos, los arcos se mueven al ritmo que les marca su propio corazón persiguiendo una pasión que va más allá de las notas, de sus cabezas, de sus todavía nuevas habilidades, adelantándose a una partitura que ya no es indispensable, intuida esa comunicación que no necesita medio, sólo almas, perfumando el aire, revoloteando entre los muros de la iglesia convertida en sagrado receptáculo de unos sonidos sin destinatario, un delicado vuelo sin propósito que nace eterno en la misma interpretación, ajeno a cualquier fin u oyentes, es sólo música, música que en su propia existencia contiene la máxima expresión de la humanidad del hombre.

Y esos niños con rostros de todo el mundo, con algunas caritas que todavía no han llegado a la decena tocan –es mucho más acertado el verbo inglés play para describir lo que precisamente hacen aquellos niños- casi como autómatas que han interiorizado el camino al paraíso, siguen las indicaciones de su directora de reojo o miran directamente al frente ajenos a sus propias manos moviéndose guiadas por el dios de la música, una excelsa majestad que no precisa ordenar ni perseguir, ni matar, ni convertir, sino que se dedica a transformar en hermoso y dulce hálito todo cuanto su sagrada influencia puede crear.

Y vuelvo a preguntarme por qué una mujer, por qué son siempre las mujeres las principales poseedoras de ese poderoso ímpetu y esa paciencia imprescindibles para la enseñanza y, cómo gracias a su pertinaz dedicación, esos niños y todos nosotros entendemos en el fondo que sin ellas nunca aprenderíamos a creernos algo distintos de lo que este mundo nos pretende. Todos acabamos disipándonos en la música, la iglesia está hecha de música, somos música, no necesitamos tecnicismos, ni virtuosos, ni genios -aunque probablemente allí los halla-, sólo nos tenemos a nosotros mismos, a nuestra propia paz que nos invita a escuchar sin exigir, a ascender y extraviarnos de la mano de lo que otros antes que nosotros decidieron llamar notas, muros y mármoles de otra iglesia menos terrenal, menos opresora, menos cerrada, exclusivamente más humana, hermana gemela de la armonía que nos contiene.

Mientras, afuera el duro sol de Roma cuece pies y corazones de otros menos afortunados que andan buscándose entre calles y sudores para probablemente no lograr nada o, tal vez y felizmente, a ellos mismos.

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Futuro

Que no es ni tiene nada que ver con lo que hasta hace poco era el presente europeo u occidental -tome lo que más desee-, en el que nos habíamos habituado a vivir sin valorar en su justa medida, a tolerar o conservar sin ningún aprecio y, últimamente, a dilapidar con prisas como necios ignorantes para perjuicio de nuestros hijos y generaciones posteriores.

Definitivamente dejada a su permanente fracaso o, lo que viene a ser lo mismo, llevada diligentemente hacia él de la mano de las potencias occidentales, África debería echar primero a sus propios dictadores para intentar hacerse con su presente; si la tan alabada “Primavera Árabe” todavía no ha podido largarlos cuéntenme cómo van hacerlo sin que Occidente se ponga claramente del lado de las poblaciones, porque hasta hoy “ayuda occidental” significaba y significa permitir que los dictadores siguieran en su sillón. Aunque los últimos rumores no son muy esperanzadores, ahora prefieren a los chinos -más de lo mismo-.

Los países de la parte de América que no son Canadá ni Estados Unidos han de bregar con una clase política amarrada al poder durante generaciones; descendientes de las aristocracias coloniales, se han perpetuado en el gobierno a través de una serie de familias de reyezuelos sin corona -véase Argentina- tolerados por una ciudadanía que nunca ha sabido lo que es una democracia con bienestar social generalizado; países que todavía tienen cuentas pendientes con los pobladores originarios y en los que la población en general confía mucho más en su propio esfuerzo para salir adelante que en los utópicos beneficios provenientes de una administración elitista y cerrada a cal y canto a los que no sean de su estirpe.

Europa está siendo abandonada a su propio derrumbe por incomparecencia, de los políticos para hacerse el haraquiri por incompetentes, y de la población para echarlos a la calle. Y si alguien pensaba que todavía quedaban los países asiáticos para revitalizar -es un decir- la tan malparada democracia y sus supuestamente inherentes beneficios, grandes poblaciones con un futuro que podía ser esperanzador si conseguían afianzar el “un hombre un voto”, y con ello elegir gobiernos que fueran capaces de llevar adelante una política distributiva que mejorara las condiciones de vida de la mayoría, también estaba equivocado.

Hete aquí que las sociedades asiáticas no están interesadas en la democracia, surgidas de unas culturas muy jerarquizadas y tremendamente clasistas, las escasas esperanzas que la democracia a nivel mundial tenía depositadas en ellas están prácticamente muertas, porque, de hecho, ningún asiático con trabajo y vehículo propio estará dispuesto a dejar un céntimo para que sus paisanos más pobres puedan tener acceso a su estatus. Este sálvese quien pueda o, no estoy dispuesto a dejar nada de lo mío para ayudar a mejorar la vida de nadie a quien la vida -o Dios- no le haya dado una mejor posición, es el globalizado futuro que nos espera a todos en general -si usted es de los elegidos por Dios, enhorabuena-. Así pues, el futuro ya está aquí, en la vieja Europa, en la cual dentro de poco todos seremos felizmente autónomos, feroces e individualistas competidores incapaces de asociarse para reivindicar nada que pueda beneficiarnos en común, ganado pastoreado por las grandes corporaciones a quienes interesan individuos solitarios luchando por un miserable trozo de pan que ellas dispensaran a su capricho -siempre a la baja-, como en una gran piñata. Es mucho mejor que tener a multitudes exigiendo igualdad de derechos, justicia distributiva o desaparición de privilegios de clase.

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Imagínense un soleado e iluminado restaurante “guay” en el que se puede comer bastante bien por menos de lo que piensan, en un ambiente también “guay”, con unos camareros que van y vienen con una sonrisa permanente atendiendo sin descanso ni cansancio. La clientela tira para joven, no sé si con trabajo, fijo o temporal, da igual. La cuestión es que el ambiente es de los que invitan a quedarse y prolongar la comida con una cháchara entretenida más o menos interesante, nadie parece tener mucha prisa, todos sonríen, al menos los que puedo ver desde mi mesa, no hay broncas, ni discusiones familiares, ni bebés berreando, ni fiestas de cumpleaños con mucho cumpleaños feliz y tal y tal. De pronto me fijo en la mesa que tengo delante, donde dos mujeres, no puedo verles las caras, y un joven a la moda (?) piden la comanda al sonriente camarero; una vez que éste se ha ido el tipo echa mano con un tic de desesperación de lo que parece ser un teléfono móvil “última generación”, un cacharrito blanco con una manzanita grabada en el dorso, lo manipula con gesto preocupado y permanece atento a él un buen rato, el suficiente para darme cuenta de que las dos jóvenes hacen exactamente lo mismo con sus respectivos cacharritos, también con la manzanita grabada, esa marca tan cara que capta adeptos «guay» con buena cartera y los ata a un sistema exclusivo fuera del cual nada saben ni pueden hacer o pensar -estos no entienden de software libre, ¡que vulgaridad!-, para ellos si no tienes marca no existes, ni puedes fanfarronear en cualquier cafetería viendo los mismos vídeos aburridos y las malas fotografías de siempre con la manzanita gritándole al personal, ¡eh! ¡soy uno de ellos! ¿a que te mola?-. Bueno, que la cosa no va con la manzanita, simplemente los tenía ahí delante. Cada cual puede tirar el dinero donde la apetezca.

Han pasado cuarenta minutos, más o menos, he terminado mi postre y hojeo una revista que compre antes de entrar en el restaurante, los de la mesa de enfrente han ingerido una serie de alimentos desconocidos junto a sus cacharritos sin decirse una sola palabra, los han manipulado y levantado de la mesa más que los tenedores o sus ojos para mirarse entre sí, de vez en cuando para mostrarse alguna tecno-habilidad que posteriormente los otros han recomprobado en sus respectivos, siempre limpiando las delicadas pantallitas con cara de alelados y mirada de imbécil funcional; al margen de eso nada de nada, igual podían haber comido paja. No sonríen, no intercambian más de dos palabras seguidas sin volver a mirar a las pantallitas -¡que felicidad!-, los imagino durmiendo, cagando o follando con el cacharrito adherido a la parte de su cuerpo que ustedes quieran.

Entre curioso e impertinente, con ganas de molestar y la muy alta probabilidad de salir escaldado decido dar por terminada mi comida, me levanto después de dejar el importe de la misma sobre la mesa y me acerco a mis vecinos -no me ven llegar, es completamente imposible-. Con diligencia y educación dejo sobre su mesa un euro, una de las jóvenes me mira con cara de nada. – Es para que os compréis unos cerebros nuevos que puedan funcionar por sí mismos, ya sé que es poco dinero, pero creo que no dais para más. Adiós. Encantado.

Y me dirijo hacia la puerta de salida. Antes de llegar a ella, demasiado tarde, tal y como suponía, oigo una voz masculina: ¡Eh! ¡tu! ¡gilipollas! ¿quién te has creído que eres?

Para entonces ya estoy fuera, ahora sé que no va a suceder nada más, esos infelices no son violentos, no pueden serlo, se les podría estropear el cacharrito de la manzanita.

Posdata. Yo también tengo un cacharrito con la manzanita.

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No es una película

En la película Apocalipto (Mel Gibson) una pequeña población de indígenas en medio de la selva americana es asaltada y destruida por comerciantes de esclavos y sus pobladores apresados y llevados a una gran ciudad para ser sacrificados al dios de turno. Afortunadamente no todos mueren y quien escapa regresa tras numerosas peripecias a lo que queda de su antiguo hogar.

El último sobreviviente se salva gracias a -¡cómo no!- un fenómeno de lo más natural incomprensible para todos, de pronto el sacerdote de guardia deja de desgarrar torsos y extraer corazones sin ton ni son, no sabe cómo continuar y detiene el festín -¡gracias a dios!-. El protagonista respira, vive y se mueve en función de un impulso ancestral que le obliga a escapar y correr contra viento y marea hacia su tierra y los suyos, y sólo cuando localiza a los pocos que quedan se siente esperanzado y feliz al reencontrarse con el sentido de su existencia. En el horizonte amenazan más peligros, pero el futuro es eso, futuro, y lo que a él le guía es su presente, sus semejantes, su mundo, que es su tierra, una tierra que conoce casi como la palma de su mano, y en ella cada árbol, cada arbusto, cada animal, siendo muy poco lo que escapa a su respeto y admiración. ¿Es un ignorante?

Si damos un salto en el tiempo, precisamente hasta nuestros días, encontramos a los mismos protagonistas pero multiplicados por miles, más modernos pero más ignorantes, sin tierra a la que regresar -vendida y esquilmada-, sólo desarraigo; rodeados de tecnología de la que desconocen absolutamente todo, siempre impacientes, inseguros, desconfiados y desorientados, con infinidad de ropas que ponerse pero sin saber por qué han de vestirlas o cambiarlas, en perpetuo estado de consumo -verbo nuevo del que también desconocen su significado-, viviendo deprisa para morir antes cargados de años pero vacíos de días. Siguen sin saber por qué sale el sol cada mañana, por qué se suceden los cuartos lunares, qué es una estrella fugaz, cómo se produce un eclipse, por qué graniza o, simplemente, por qué llueve. Y que nadie les pregunte por qué vuela un avión, mediante qué mágico conjuro se comunican los teléfonos móviles, qué es un laser o cómo funciona un código de barras… Han perdido la cualidad de asombrarse, su curiosidad, la capacidad de ayudarse sin sonrojarse por ello, se soportan unos a otros mirándose por encima del hombro, aguardando el menor descuido para sustituir, suplantar, eliminar, echar, engañar, apartar o robar al vecino, qué decir del temible desconocido, todos peligrosos competidores. Pero ninguno de ellos sabe por qué compiten, por qué tienen que competir… Podría seguir, pero sería aburrido.

Una de las diferencias más apreciable con los sucesos de la película es que los sacerdotes actuales no llevan taparrabos, ni utilizan cuchillos de ónice, ni se pintarrajean la cara, ni alzan los brazos al sol dando grandes gritos, ni permanecen en trance ante la atónita mirada general. Los sacerdotes de hoy van vestidos con traje y corbata -curiosamente también llevan el cuello blanco-, gesticulan, pero menos, mientras usan palabras extrañas con significados abstrusos que sólo ellos conocen, un lenguaje que se autoencripta cada vez que el resto de los mortales cree tener acceso a sus ocultos significados. Ellos, los elegidos para predicar y mentir en nombre de … (ponga usted la religión o la ciencia que más le guste), los únicos que saben y entienden, dirigen a millones de personas sin necesidad de armas ni coacciones -¡bendito progreso!-, cuentan con su completo asentimiento, que nace de una ignorancia supina general y una sensación de inferioridad nunca antes conocida en la historia, sentimiento hasta tal punto determinante que hoy no es necesario sacrificar a nadie a ningún dios, somos nosotros los que cada día nos autosacrificamos sin saber por qué y, llegado el caso, hasta nos autoinmolaremos para dar de comer al orgullo del vecino que al sentirse todavía vivo se creerá afortunado porque él todavía respira y tiene una oportunidad más, aunque nunca sabrá para qué, tampoco le preocupa, simplemente no sabe, ese sí es un ignorante.

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Un pueblo

Digo un pueblo porque en ellos los habitantes se hallan mucho más próximos entre sí que en las grandes ciudades, y en este del que les voy a contar gobierna desde hace unos meses -¡por fin!- lo que antes era la oposición, una oposición que después de cambios y más cambios a lo largo de los años no es que haya dado con la fórmula para ganar las elecciones, sino que más bien ha recogido la frustración de unos habitantes a los que eso de la política siempre les pareció una forma práctica y cómoda de ganarse la vida a costa del erario público, o sea, que da igual lo que pienses o valgas, la cuestión es colocarte y colocar al mayor número de los tuyos. Así que esta casposa y siempre antigua oposición, tirando de caras nuevas e ideas viejas, ha dado con un “nuevo” equipo de gobierno hecho con dos vestidos y cuatro trapos, un batiburrillo de gente “de su padre y de su madre” que en algunos casos no hay por donde coger. Les sigo contando.

El nuevo alcalde es un tipo joven siempre sonriente y con cara de no enterarse mucho de qué va la cosa que acude presto a cualquier “acontecimiento” con la televisión local pisándole los talones. Aparte de sonreír y asistir circunspecto a procesiones, romerías, reuniones decorativas y espectáculos taurinos no se le conocen otras cualidades más o menos significativas, a lo que hay que añadir su pobre cultura -perdón-, escasos conocimientos y nulas habilidades en cuanto a comunicación, gestión, relaciones sociales o trabajo con personas. Ante tal pavorosa circunstancia el Ayuntamiento se ha visto en la obligación de buscar y pagar un secretario muy personal que lleve sus asuntos, una minucia con despacho y buen sueldo. A su lado suelen desfilar, según la importancia del acto y su catalogación por parte de la oficina de prensa del Ayuntamiento, tres o cuatro concejales de distinto sexo que, apremiados por «las necesidades de su cargo», se han visto en el apuro de tener que renovar completamente sus vestidores para asistir prestos y lindos a cualquier evento que requiera o demande su presencia, sobre todo si hay que abrir la boca y decir lo primero que se les ocurra a sus siempre bien peinadas cabecitas o a sus bien puestos atributos -rijosas habilidades que se enorgullecen en mostrar y publicitar a la mínima ocasión-, lo que ha traído como consecuencia numerosos problemas con ciudadanos anónimos obligados a soportar falsedades, exageraciones, odios nada disimulados y situaciones de “aquí mando yo” que ya se pueden imaginar el ambiente que han creado entre los afectados y sus familiares y amigos. Porque para ellas y ellos la población simplemente no existe, bueno si, está representada por el cortejo de aduladores, “expertos” y posibles aspirantes que les siguen e intentan orientarles sin mucho éxito, porque ¿no son ellos los que mandan?

Pero la joya de la corona es el concejal de, no sé si hacienda, economía o presupuestos, da igual, pero en el pueblo es “quien parte el bacalao”, un tipo que recuerda al mejor James Cagney -en la cima del mundo- y como tal ejerce. Cómo no se debe fiar de su sombra ni, por supuesto, de absolutamente nadie que trabaje o haya trabajado en el Ayuntamiento, ha decidido cerrarlo económicamente a cal y canto. Inmediatamente después de tomar posesión de su cargo se descolgó anunciando que no había dinero para nada de nada -en un Ayuntamiento que, para variar, estaba bastante saneado-, y como primera medida bajó los sueldos de todos los empleados, excepto los del gobierno municipal y los de las personas que urgentemente contrató porque eran muy necesarias; a continuación paralizó todos los proyectos y obras en marcha, nadie sabe si para revisar las cuentas o porque tocaba. Se han recortado puestos de trabajo y nuevas contrataciones por estricta y austera economía, dejando de proporcionar servicios que sin ser onerosos en sí mismos proporcionaban bastantes alegrías a los ciudadanos; se han suspendido sine die grandes y pequeñas celebraciones, excepto las religiosas, también se vigilan con microscopio las compras -si usted necesita una goma de borrar pues no puede ser, borre con el dedo o, mejor, no se equivoque-. Todo ello ha provocado un ambiente general lleno de tensiones y recelos en el que todos desconfían de todos porque detrás de cada palabra o movimiento es probable que exista un motivo oculto y traidor -en los que ya estaban por vendidos y en los nuevos por posible transfuguismo-; nadie se salva de la lupa inquisitorial que busca con fruición un minuto vacío en la jornada diaria de cada puesto de trabajo para, a continuación, justificar con él la desaparición del puesto y el despido del empleado correspondiente.

Pero, y eso sí que es curioso, el tipo en cuestión se jacta en reuniones o en la intimidad de haber ahorrado miles de euros que descansan plácidamente en algún banco amigo mientras la población se deja abandonar sin rechistar, víctima de una inercia que ve cómo día a día el polvo y la apatía van sepultando carpetas y lugares vacíos -ni los jardines tienen flores, dentro de poco se secaran-. A todo ello el representante del tercer partido en discordia -pues hay un tercer partido en el gobierno municipal-, la llave de la legislatura, como bien se apresuraron en ladrar, se aburre en un despacho de muebles viejos sin responsabilidades ni sueldo, ni para él -o ella, es lo mismo- ni para la lista de parientes y amigos, futuros empleados, que probablemente dormirá oculta en algún cajón del escritorio de saldo sobre el que vegeta su estúpida inutilidad.

Ahora ustedes se preguntarán qué voy a contarles a continuación. Muy sencillo, ante tal panorama los habitantes, aparte de asentir dócilmente, han optado -cosa rara, eso de tomar una iniciativa y llevarla a cabo- por una solución muy del lugar: un buen número de ellos se ha dedicado a abrir bares, restaurantes, cafeterías y establecimientos de comida rápida. Si, como lo oyen, por aquí, como por la mayoría de pueblos de este país, los lugares de vino, cervezas, tapas y copas son bastante populares -miles de personas pasan más tiempo en ellos que con sus familias o en sus propias casas-, muchos dirigidos y administrados por los propios dueños, lo que facilita los horarios y minimiza los gastos. Pues bien, estos decididos ciudadanos han conseguido por sí solos -lo que es grata y sorprendentemente loable- una serie de acuerdos a la hora de estrenar locales, establecer condiciones comunes, horarios y precios que serían la envidia de cualquier gestor titulado; abren y cierran casi a las mismas horas -se permiten excepciones según el tipo de local-, mantienen precios similares, con ligeras variaciones según la oferta, y se intercambian ideas y nuevas formas de tener a los clientes sentados en las mesas o charlando en las barras -hasta hay un proyecto de vacaciones y cierres regulados, en función de intereses, claro-. Se suministran en común, dentro o fuera, con los mismos proveedores y según las necesidades de cada cual, tanto de productos básicos como mobiliario, contratan compañías de limpieza o servicios y funcionan de tal modo que puede decirse que prácticamente no existen para el Ayuntamiento -no quiero decirles la placidez y felicidad que fomentan entre la procelosa concejalía-. Pero es que hay más, con su forma de hacer, sus horarios y precios asequibles han logrado que la gente del pueblo esté de forma permanente en la calle, comiendo, de tapas o de copas, lo que ha hecho surgir entre la  alegre ciudadanía una especie de general y satisfactoria colaboración -prácticamente puede decirse que cada vecino tiene un familiar propietario de un café, restaurante, bar o casa de comidas- que, de hecho, se entrelaza y ramifica en una vivificante red que facilita y promueve la cohesión social y vincula muy estrechamente a cada uno de los habitantes con el resto. Es cierto que no se hacen grandes fortunas pero, esperanzadoramente, la gente ha decidido por sí misma que la única forma de que todos disfruten y ganen algo es moviendo el dinero. Y además vienen de otros lugares.

Así el Ayuntamiento puede descansar en paz.

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10 (de Alejandro para Macarena)

Alfonso era un niño moreno, revoltoso, de grandes ojos negros y pelo rizado, más bien reservado y siempre sonriente, deportista regular y buen estudiante; con trece años un poco crecidos para su edad, algo perezoso y buen amigo de sus amigos. Vivía con sus padres en un edificio muy alto del que siempre se quejaba, el ascensor tardaba mucho en llegar hasta la última planta, precisamente en la que vivía, con lo que cualquier apretura, hambre o sed inesperadas, o incluso cansancio necesitado de una buena cama, se convertía en un auténtico problema, mucho mayor que en el caso de cualquier otro niño que viviera en una casa unifamiliar o en un edificio más pequeño, o el primer piso del suyo, inconveniente para él muy importante que tan pronto como venía a cuento echaba en cara a sus pacientes y sonrientes padres.

La vida de Alfonso se desarrollaba sin problemas, bueno, con los problemas de un niño de su edad, prisas, poca paciencia, exceso o no de juegos y televisión, discusiones constantes,  bastante aburrimiento y los inevitables estudios, la cantinela diaria, el monstruo de cada mañana y el castigo de cada tarde, una actividad de difícil comprensión sin un futuro próximo o atractivo, promesas y más promesas para un mañana siempre lejano; estudia, estudia, estudia, así cuando seas mayor podrás elegir el trabajo que quieras y vivir de lo que te de la gana; tantas advertencias eran solamente eso, «luegos», ¿y ahora qué? ¿Qué era su vida ahora? Un continuo esfuerzo salpicado de sacrificios y más sacrificios a cambio de nada consistente. Un rollo injustificable. Pero al margen de estas «rutinas» Alfonso soportaba una sombra que le traía de cabeza más de lo que deseaba. Ya dije que era buen estudiante, buen estudiante con un único inconveniente, jamás había obtenido un 10 en un examen. En sus muchos años de colegio o instituto había estado a punto en infinidad de ocasiones, pero en todas ellas siempre había aparecido una menudencia de última hora que echaba por tierra sus ilusiones, alguna que otra tilde de menos, una operación mál resuelta, el olvido de un pronombre, un verbo inglés que se le atravesaba, un trabajo no tan bien presentado como debiera o el eterno y socorrido recurso, una maestra o profesor al que no le caía bien, por lo que, hiciera lo que hiciese, nunca se sentiría satisfecho con su trabajo y le premiaría con lo que se merecía. Para complicar más las cosas últimamente los exámenes, es cierto que algo más difíciles, le producían dolor de estómago, mareos y pérdida de apetito, llegándose a repetir de tal modo estos síntomas que hubo que recurrir a un especialista que no encontró nada anormal, ni siquera preocupante, en su fisiología, luego el origen de aquellas molestias no era físico.

Sin que nadie lo supusiera o llegara a advertir él, en cambio, si lo sabía muy bien, un examen era la posibilidad de un 10 y el cada vez más fuerte convencimiento de que nunca lo conseguiría era suficiente para alterar su estado de salud, tal y como últimamente estaba sucediendo, de forma algo alarmante. Nunca se había planteado decirle a otra persona, ni padres ni amigos, a nadie, tampoco les importaba, que para él era imposible obtener la máxima calificación en un examen, estaba completamente convencido de ello, sus padres tampoco lo imaginaban, es cierto que a veces se habían divertido desafiándolo o barajando de forma relajada porqués, o simplemente comentando en común lo que para ellos debería ser el justo colofón a los esfuerzos de su hijo; para él sin embargo se trataba del horizonte perdido que jamás podría alcanzar. Había estado en tantas ocasiones tan cerca que su propio convencimiento se había convertido en una auténtica pesadilla que las vísperas no le dejaba dormir ni descansar. Hasta que la proximidad de unos exámenes finales se transformó en una anemia sin fundamento, una debilidad con muy mala cara y una hospitalización urgente que dejó sin habla a todos a su alrededor. Como testarudo que era tampoco dijo nada en el hospital, ni siquiera después de muchas pruebas inútiles, preguntas y más preguntas, ruegos de sus padres, arcada va arcada viene… nada.

Pasó el tiempo de los exámenes, acabó el curso y Alfonso mejoró, aunque después vinieron los problemas del paso al curso siguiente o la repetición del pasado, a Alfonso eso ya le daba completamente igual, porque a partir de entonces su sonrisa no fue la misma, es cierto que, como suele decirse, dió el estirón, siguió igual de revoltoso y sin cambios apreciables en su forma de ser, pero ahora su mirada era distinta, su corazón y su cabeza habían llegado a un acuerdo y una solución en cuanto al problema del 10.

Pero para conocerla tendremos que esperar al siguiente examen.

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Asturias y Grecia

Asturias y Grecia pueden ser los ejemplos de todo y de nada, de lo mejor y de lo peor, dos situaciones similares en las que las virtudes y los defectos del sistema democrático dan lugar, o están a punto de hacerlo, a parálisis administrativas que no se si atribuir a la desidia de la ciudadanía o al fracaso general que nos invade, tanto a políticos -como ya viene siendo habitual- como a ciudadanos.

Cualquier grupo, comunidad, asociación o empresa obliga por principio a sus integrantes a sentarse, valorar y discutir unas normas generales de organización y trabajo que teniendo como objetivo el beneficio de la sociedad permitan el buen funcionamiento y el futuro éxito de la misma, regulando tanto su presente como su porvenir y permitiendo, llegado el caso, modificarlas, mejorarlas o sustituirlas si la voluntad general de sus integrantes así lo desea. En los sistemas democráticos occidentales afortunadamente existen una serie de normas que permiten al mismo seguir funcionando mientras se renuevan sus principales óganos administrativos o de dirección. Entonces, ¿como puede permitir el ciudadano que después de dos elecciones con cargo al erario público Asturias siga parada desde hace un año y en Grecia se amenace a sus ciudadanos con unas nuevas elecciones, también pagadas con dinero público, porque los elegidos en las últimas son incapaces de ponerse de acuerdo? Si los elegidos no son capaces de llegar a acuerdos de gobierno sencillamente se les hace dimitir a todos en conjunto y desaparecer de la arena política, su egoísmo y palpable incompetencia no necesita de más oportunidades. El sistema seguirá funcionando mientras se renuevan completamente los aspirantes con la, no se si vana, esperanza de que los nuevos elegidos sean capaces de ponerse de acuerdo, si tampoco son capaces, de nuevo todos a la calle. La política es una actividad voluntaria, no una obligación, aunque desgraciadamente es de conocimiento general que de la política acaba viviendo quien no vale para otra cosa.

Pero, ya que en la actualidad no existen diferencias entre las antiguamente llamadas izquierdas y derechas a la hora de gobernar para los mercados ¿por que los elegidos no son capaces de ponerse de acuerdo si supuestamente todos deberían preocuparse y trabajar por lo que es mejor para la ciudadanía en su conjunto? ¿tan difícil es trazar líneas generales de trabajo en beneficio público general? o ¿es que a los elegidos les importan un pepino los ciudadanos y sólo piensan, como buenos perros de sus amos, en su propio estómago, en seguir viviendo a costa del dinero público, malversando, dejándose sobornar, enriqueciéndose… -piensen lo que deseen-? Probablemente estos mismos en una empresa privada no tendrían tantos escrúpulos a la hora de tener que ponerse de acuerdo, no les quedaría más remedio que atenerse a la norma del beneficio general, de lo contrario estarían de patitas en la calle. ¿Por qué no puede suceder de ese modo en política? ¿por qué hay que aguantar a codiciosos, ineptos e incompetentes que fuera de un puesto público no tendrían dónde caerse muertos?

Pero desgraciadamente eso no es lo peor de todo, lo peor es ¿en qué piensa la ciudadanía que sigue votándolos una y otra vez sin largarlos definitivamente? A los ciudadanos sólo nos queda el voto, y mientras no desaparezca o nos lo arrebaten definitivamente exigiremos votar y votar hasta que los aspirantes nos satisfagan o por lo menos sean capaces de dejar su codicia a un lado y se obliguen a gobernar en común para la mayoría de los ciudadanos. ¿O es que los ciudadanos somos masoquistas? ¿Estúpidos? ¿Vamos a permitir que se pierda lo poco que nos queda?

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