El pelo

No conozco referencias directas, ni momentos críticos o fechas cruciales, si el origen fue una reacción, una decisión, un capricho u otra nueva corriente -¡otra más!- iniciada vaya usted a saber dónde -quizás al comprobar que los almacenes estaban llenos de objetos inútiles que había que sacar a la venta como fuera-, como consecuencia o por qué algunos o muchos lo consideran una estupidez; tal vez se deba a la necesidad de marcar distancias entre antiguos y modernos, viejos frente a jóvenes, porque cuando uno alcanza cierta edad le da por reírse de las revistas pijas de los grandes diarios o de esas otras tan exclusivas de papel cuché donde, a falta de ideas, vuelven a reinventarse los mismos temas de siempre para atraer a la gente más joven, el nuevo sexo (?), ¿qué papel juega en el sexo el nuevo hombre (?)? la rabiosa actualidad del pelo corto, el futuro de la manga ranglan, el valor del fondo de armario, el paquete prieto o el tradicional nuevo estilo desenfadado (?); vender e inventar el súmmum de lo que usted quiera o el súmmum de la evolución, también humana.

Ahora está de moda, menuda tontería eso de estar de moda, bueno, a lo que iba, hoy lo guay es depilarse de arriba abajo, rasurarse hasta quedar como un bebe pero mucho más desarrollado -se lo imaginan-, quizás para verse bien ante el espejo, por delante y por detrás, por arriba y por abajo, sin molestias capilares. ¿Para qué? El por qué de la actual cruzada contra el cabello y vello humanos me deja un poco frio, o ignorante. La casi desaparición del pelo del cuerpo de los homínidos tuvo que ver en algún momento de la evolución con la vida en la sabana, un lugar demasiado cálido como para vivir envuelto en calurosas y agobiantes greñas; con el paso del tiempo el hombre desechó el pelo de casi todo su cuerpo, como aprendió a comer carne y fue poco a poco perdiendo la principal función de los molares, que hasta entonces se dedicaban a masticar hierbajos y otros especímenes verdes que crecían de la tierra. Pero eso fue entonces, lo de ahora es más difícil de concretar… la apariencia, la hermosura, la lisura, la tersura, la guapura… el desprecio. Quizás la pornografía haya tenido que ver más de lo que a primera vista pudiera parecer con eso de la depilación completa. Hoy el sexo peludo es sexo jurásico, videos o fotografías de pubis femeninos y masculinos vellosos lucen como los colores gastados de una fotografía de nuestros abuelos, solo interesan para sonreír ante ellos y comentar con aire de superioridad ¡qué viejos! En la actualidad “polvos” y “pajas” han de mostrarse en todo su esplendor, sin ninguna mata de revoltoso vello que desdore la nitidez de las imágenes, ensombrezca el pliegue más pequeño o impida la libre circulación de fluidos, no existen detalles ocultos ni puntos oscuros, en el momento de filmar ahora todo es más limpio, más transparente, más claro, más rosado, más blanco, más real. Si ese fuera el motivo de la depilación completa, una mejor imagen, probablemente no sería tan interesante, es un motivo como cualquier otro y no hay que concederle más importancia, atrás quedaron los tiempos en los que las decisiones humanas surgían de condiciones y circunstancias excepcionales, o trascendentales; en la sociedad actual cualquier tonto cree que puede hacer relojes y nadie se molesta en hacerle ver que no es cierto, cualquier idiota filma o muestra una idiotez y surgen millones de secuaces suspirando por ello, o quitándose la vida. Porque no se me ocurre otro motivo más atinado que justifique el rasuramiento general del nuevo narcisismo, o ¿es que somos tan extraordinariamente guapos que necesitamos como el aire revelarnos en todo nuestro esplendor?

Algunas historias futuristas mostraban unos humanos hiperdesarrollados con una enorme y pelada cabeza que contenía el fruto evolutivo de una inteligencia descomunal. Pero en el fondo me temo que no es la inteligencia la que ha pelado cráneo y cuerpo humanos para adaptarlos a un cerebro superinteligente, igual es que hay una parte del cerebro que, frente a la inteligencia y sus recompensas tan a largo plazo, prefiere disfrutar admirándose cada mañana ante el espejo, las cualidades ocultas -inmateriales o abstractas- no dan tanto lustre a primera vista. ¿O hay algo más?

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Daños colaterales

El propio desarrollo de las sociedades humanas fue el que promovió y extendió a partir del Mundo Moderno una enorme corriente reproductora y socializante, logrando que, a partir de la aparente necesidad de mano de obra movilizable laboral, militar y colonialmente útil, más y más personas vieran la luz de este mundo para servir fielmente al siempre alabado “progreso humano”, y de ese modo satisfacer las ambiciones y deseos de crecimiento de una élite de ricos propietarios que nuevamente redescubría que el espléndido futuro de su codicia podía no tener fin. Tan “generoso”, “desinteresado” y “universalista” interés posibilitó un crecimiento millonario de habitantes que, dirigidos y “automotivados” por las “necesidades” y “apremios” de sus descubridores, ocuparon por completo tanto la tierra conocida como desconocida, reproduciéndose ordenadamente y sin medida hasta llegar a hacer reales o culminar los mejores sueños/beneficios de sus padres putativos. Llegó un momento en el que esa misma multitud, surgida, no olvidemos, en función de una estupendas fábulas y ambiciones de acumulación dinerarias, llegó a hacer suyos afanes semejantes, siempre dentro de sus limitadas expectativas, y comenzó a creer ingenuamente que también ella podía ser dueña de sus propiedades y su futuro, es más, se atrevió a creer que el futuro era, de hecho, suyo, con lo que empezó a pedir y exigir cada vez más atribuciones a sus sorprendidos y al principio confiados tutores -comodidades, mejores condiciones de vida, derechos iguales, beneficios directos, y no tanto, deducidos del incesante acopio de sus patronos, etc.-, a lo que éstos fueron respondiendo concediéndoles cada vez un poco más sin que en ningún momento se debilitara ni corriera peligro el ordenamiento social previo -es decir, arriba y abajo, los que tienen y los que no, los que dirigen y los que obedecen…-, y sin que tampoco cayera en el olvido la premisa principal y más importante -la completa imposibilidad de igualdad entre los hombres en la tierra-, que muchos entre los ingenuos e incluso orgullosos aspirantes pronto arrinconaron y despreciaron, hasta el punto de llegar amenazar la plácida seguridad de “sus dueños”. Los anhelos de una nueva humanidad como bendita, feliz y unida muchedumbre fueron unos imprevistos daños colaterales con los que los poderosos tuvieron que bregar a cambio de que un permanente crecimiento siguiera siendo la “guía espiritual universal” del planeta. Pero la historia no podía continuar indefinidamente porque corría el peligro de extralimitarse y desafiar seriamente las jerarquías establecidas, por lo que los inventores de la actual civilización occidental, a la que todos parece que quieren pertenecer o disfrutar, dijeron basta, ya está bien de concesiones, hemos de volver las cosas a su sitio, y un idílico futuro se interrumpió en seco. Basta de derechos, basta de beneficios, basta de potenciales igualdades que promueven un peligroso y envenenado discurso que divulgaba sin rubor un hipotético e igualitario reparto de ganancias socavando peligrosamente unos cada vez menos rígidos ordenamientos sociales. Se suprime definitivamente el concepto de progreso entendido como maná benefactor para la mayoría de las personas y se vuelve, sin eufemismos, a los tiempos de la esclavitud. Hoy ya es un hecho la constitución de un millonario ejército de manos suplicantes que desesperadamente imploran una ocupación para una vida tan solo decente a cambio de casi cualquier cosa, fomentándose una nueva conciencia de masa social  moderna cada vez con menos derechos, o sin ellos ni aspiraciones. Ese es el presente de la mayoría de la humanidad, no sé si también su futuro, porque, sepan, que desde Espartaco los esclavos han sido incapaces de ponerse de acuerdo en su propio beneficio y derribar cualquier ordenamiento social preexistente. Y Espartaco, si es que existió, también fracasó, bueno, ahora es un famoso personaje del cine y la televisión bastante rentable.

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Presente y futuro

Hemos pasado de la publicidad como una forma de ofrecer a un posible o futuro comprador un producto que, sin rubor ni vergüenza, el propio fabricante afirma que es el mejor del mercado, con lo que el hipotético consumidor es considerado de antemano algo así como un imbécil funcional sin criterio ni capacidad para informarse, sólo útil en cuanto recipiente con tarjeta de crédito al que, para seguir dejando de lado a la vergüenza, se clasifica y distribuye en grupos-objetivo en función de su grado de estupidez a la hora de dedicar más o menos dinero y capacidad creativa, amén de inteligencia, y confeccionar el reclamo publicitario con el que el inexperto se sentirá identificado…

a una publicidad en la que ya no es necesario ofrecer nada para que el sujeto consuma, es decir, intente satisfacer unas necesidades perentorias inventadas e impuestas por el mismo fabricante, incrustadas hasta hacerlas pasar por propias en las tiernas mentes de los ya no consumidores, sino meros substratos físicos -cuerpos-, que en esta sociedad capitalista tan querida por todos han devenido en uno de los más frágiles y enfermizos de los que se tiene conocimiento desde que la antropología se dedica a estudiar los orígenes y evolución del género Homo, o desde que nuestros antepasados los monos se decidieron a descender de los árboles; así, en la actualidad, el mismo Homo Sapiens que ha doblegado la tierra hasta dejarla en el estado que actualmente se encuentra ya no es el fruto más o menos avanzado de una socialización salvaje y depredadora, sino un completo inválido físico poseedor de un cuerpo incapaz de llevar a cabo con normalidad las funciones más elementales de su naturaleza: incapaz de alimentarse con inteligencia, o simplemente sensatez, incapaz de digerir los alimentos con los jugos de su propio estómago; carece de músculos o fuerzas para practicar cualquier ejercicio físico que suponga un mínimo esfuerzo, no sabe cagar con normalidad, no sabe cómo curar un resfriado sin productos farmacéuticos, desconfía de sus capacidades para jugar o estudiar por lo que sistemáticamente necesita ingerir suplementos vitamínicos extras, y no soporta la mínima dolencia, con lo que su propio cuerpo irá perdiendo poco a poco su fortaleza a la hora de enfrentarse a cualquier contratiempo, por pequeño que sea, negándose a sí mismo todo dolor -el más terrible mal-, ni siquiera como simple aviso suscitado por el inevitable contacto con el exterior, generado por un esfuerzo, causado por un golpe u originado por un imprevisto, incapaz de resolverlo por sí mismo sin la ayuda de algún medicamento urgente que proteja su estupenda invalidez; convirtiéndose con el tiempo en aquel terrestre subnormal que en Wall-E vegetaba en el espacio encajado permanentemente en un sillón electrónico, con la única diferencia, negativa en este caso, de que en tal estado ya no habrá ningún futuro ni Wall-E que pueda sacarle de tal pozo de humana decrepitud.

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Un recuerdo

Son capaces de imaginar qué mundo tendríamos si las mujeres en lugar de vivir, pensar y votar como hijas, hermanas, esposas, madres, abuelas, amigas y amantes vivieran, pensaran y votaran como lo que, antes que cualquier otra cosa, son: mujer.

Además, no existiría el Papa, ni Nacho Vidal, ni Brad Pitt, ni esa persona con falda llamada Angela Merkel…

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Occidente

A la parte del mundo conocida en la actualidad como Occidente se le han achacado a lo largo de la historia multitud de guerras, agresiones, agravios, presiones e intervenciones secretas en infinidad de lugares y épocas que, sin tratar ahora, ni mucho menos, de explicar o justificar, han influido considerablemente en la actual distribución de estados en los que está repartida la población mundial. Por otra parte, en una gran mayoría de los países de la tierra hoy día puede accederse a información de primera mano acerca de lo que ocurre y cómo vive el resto del mundo, información que, en principio, no debería estar manipulada, pero que, como suele estarlo, ello no impide que cualquier ciudadano pueda consultar otras fuentes para comparar y decidir en función de sus intereses, sus creencias, sus deseos o de la misma justicia, ya que no de la verdad -asunto éste en el que es mucho más difícil ponerse de acuerdo-. Y de lo que tampoco cabe ninguna duda es que el actual sistema democrático de votaciones generales es uno de los más extendidos internacionalmente y, creo, de los más aceptados a la hora de dar cabida en cualquier sociedad a distintas formas de pensamiento y la posibilidad de su convivencia sin ningún tipo de violencia.

También es cierto que la civilización occidental es la única que ha llevado a cabo a lo largo de su historia una constante autocrítica que ha ido dejando por el camino arcaísmos, tradiciones, ideologías y opciones religiosas, políticas y sociales en las que grupos de población resultaban vejados, apartados, reprimidos o despreciados como consecuencia del dominio cultural o religioso de otros más poderosos, proceso que, contra las intenciones de todo poder, sigue permanentemente abierto. Así, puede afirmarse grosso modo que las “imperfectas sociedades” hoy vigentes en Occidente son fruto de la voluntad de sus propios ciudadanos, y en ellas puede vivir y disfrutar todo aquel que guste y acepte las condiciones que asumen y consienten los “occidentales”, individuos que, por otra parte, no aceptarían de buen grado modificar sus condiciones de vida por las de otros países de distinto ámbito cultural. Vivir no deja de ser una cuestión de voluntades.

Pero Occidente no siempre ha de ser el eterno y recurrente malo de la película, ni tiene por qué aceptar que otros intenten imponerle formas de pensar provenientes de tradiciones, ideas o dioses no considerados como suyos. Lo normal sería que si alguien quiere vivir en un país occidental encuentre las puertas abiertas si está dispuesto a llevar el modo de vida de sus habitantes, de lo contrario las  puertas seguirán abiertas para que se marche cuando quiera. Que Occidente exista tal como es hoy -económica, científica y socialmente, con todo lo que ello significa- implica un añadido extra para los gobernantes del mundo en general, añadido que tiene que ver con la información y el saber -también con el poder-, y son esos mismos gobiernos los que han de convencer a sus gobernados de que sus proyectos y políticas son las mejores y más adecuadas para sus respectivos países, pero de su capacidad para hacerlo, de su honradez y competencia no siempre tiene la culpa Occidente. Los occidentales no han de sentirse como los permanentes culpables de lo que no funciona o está mal en el mundo. A sabiendas de pecar de simplista, si en la actualidad algunos países, gobiernos, partidos, religiones o individuos intentan resolver su incompetencia, por ineptitud, comodidad, impericia o flagrante corrupción, haciendo de Occidente y su forma de vida el chivo expiatorio que oculte sus carencias y dificultades, la solución no debería ser arengar a las masas más ignorantes y ponerlas en contra de Occidente, aunque eso siempre funcione, la cuestión es: ¿qué le ofrecen esos mismos a sus compatriotas? ¿son leales y sinceros con ellos? ¿por qué no hacen autocrítica y en lugar de poner sus propias ambiciones en primer lugar se dedican a gobernar intentando adaptarse a los tiempos que corren dejando a un lado a Occidente? Por encima de grupos de presión, organismos internacionales y amenazas de cualquier tipo en este mundo todavía se puede decir no, afortunadamente.

Otra cuestión es que tu vecino está aguardando tu paso para apuñalarte por la espalda y quedarse con tu casa y tu país.

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Apunte

No se me ocurre nada lo suficientemente sonoro y contundente para denominarlo, servirían bastantes calificativos, a cual más grosero y malsonante, pero sería hacer mal uso de las palabras. De los tres términos de esta hipotética ecuación, la Iglesia de Roma, las mujeres y los fieles de aquella, no sé cual es más vil, cual más estúpido y cual más hipócrita.

Hace poco la Iglesia Católica de Roma escenificó en el Vaticano una ceremonia de santificación o investidura, da igual, no es relevante, como “doctores en la fe” de cuatro personajes que vivieron hace cientos de años. Ignoro mediante qué artimaña alguien puede ser doctor en algo tan intangible, personal, aleatorio y caprichoso como la fe y sus “particulares razones”, jamás entendidas por otros que no sean uno mismo -y tampoco- e, incluso así, difíciles de explicar a los demás por el propio sujeto en cuestión. Entre la muchedumbre semianalfabeta que poblaba la plaza de San Pedro estaban algunas de las mujeres que dirigen el partido del gobierno en España, mantilla en cabeza, que no en ristre. Mujeres que en sus vidas copulan y han copulado con quien han querido -cosa que me parece muy bien- han tenido hijos fuera del matrimonio y  viven “en pecado”, todo ello al margen y contra la religión en la que dicen creer, que no practicar. Es curioso cómo esas mujeres son capaces de estar en público sin que se les caiga la cara de vergüenza, asistiendo a una ceremonia de un espantajo de religión -cruel, reaccionaria, misógina y vengativa- que trata a los pobres y desfavorecidos con suma rudeza y desprecio, ignorando sus condiciones de vida y no haciendo nada para paliarlas o remediarlas, y al mismo tiempo lame las suelas del poder mendigando en su propio beneficio, que no en el de sus fieles; cómo nadie en su sano juicio es capaz de denunciar semejante éxtasis público de hipocresía. Y cómo millones de fieles asisten a tal aquelarre de codicia y escarnio hacia la humanidad sin sentirse engañados y repudiados, sin denunciar a sus jerarcas y exigirles en sus obras que sean consecuentes con “la verdad” que sin ninguna moralidad ellos predican.

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Dos cuestiones y una aclaración

Primero la aclaración.

Mientras en todo el mundo los estudiantes de Historia aprenden que en España (Europa) hubo una feroz y represora dictadura fascista entre los años 1939 y 1975 del pasado siglo XX -que se implantó tras un golpe de estado militar contra un gobierno democráticamente elegido y una posterior guerra civil-, ese mismo país está actualmente gobernado por un partido que nunca ha reconocido la existencia, tanto política como represiva, de tal dictadura, es más, dicho partido afirma que la dictadura no fue tal y que la democracia actual es fruto de las “bondades” de aquel sistema. Creo que todos sabemos que una dictadura no acepta otro pensamiento político diferente al de los dirigentes que la gobiernan, persiguiendo hasta la encarcelación, expulsión o muerte a quienes intentan enfrentarse a ella con ideas distintas, pues bien, los fundadores del actual partido en el gobierno son los últimos dirigentes de la dictadura, o sus hijos. Por todo ello es fácil adivinar qué entienden estos señores por democracia.

Ahora las dos cuestiones.

En las recientes concentraciones en las inmediaciones del Congreso los manifestantes no pudieron hacer lo que pensaban, rodear el Congreso, en cambio los policías sí hicieron lo que saben hacer, dar palos. Los manifestantes, con infiltrados y reventadores incluidos, no llegaron a la puerta del congreso porque en esta democracia de paletos en cuanto alguien disiente es enemigo de la patria, alborotador o radical –les ruego lean las dos primeras acepciones de esta palabra en el diccionario de la RAE-, al gobierno inmediatamente le entra el miedo y no quiere que le toquen las prebendas; para muestra las palabras del Ministro de Justicia, al que, sin un ápice de vergüenza, se le ocurrió decir que manifestarse en la calle en democracia es ir contra la democracia. Creo que al señor ministro le harían falta unas clases nocturnas para llenar el hueco democrático que padece porque, o no quiere saber o sirve a unos intereses que no son nada democráticos. Y como no podía ser de otro modo, los policías, al igual que en la pasada dictadura, siguen sin querer entender de democracia; entre sus atribuciones está la de ser expresamente adiestrados para sofocar sin pensar a todo aquel que alce la voz con razón o sin ella y, como buen gremio, gustan de hacer causa propia contra las opiniones públicas en las que se exponen formas de pensar diferentes a las de quienes les pagan -¿no les pagan los mismos ciudadanos a los que golpean?-. Probablemente algunos de ellos sí sepan diferenciar entre ciudadanos, manifestantes que quieren expresar sus opiniones, colegas y reventadores, pero no sean capaces de actuar en consecuencia, entonces ¿para quién son policías? Hace unos meses, no recuerdo en que programa y en qué cadena televisiva preguntaban a un muchacho de unos veinte años qué le gustaría ser y, de inmediato, contestó que policía. ¿Por qué? -le volvió a preguntar el entrevistador-. Porque llevan “pipa”.

Nunca he opinado acerca de esta otra cuestión porque, creo, me pilla un poco lejos, allá por el siglo XIX, pero no deja de ser curioso que el señor presidente de la Comunidad Catalana haya decidido convocar un referéndum para que sus ciudadanos decidan acerca de la libertad que, como no podía ser de otro modo, “históricamente” se merece el pueblo catalán, precisamente ahora. Pero no ha sido porque el actual gobierno de España haya vuelto a las procesiones bajo palio -como en los mejores tiempos de la dictadura-, o a imponer los toros como orgullosa y racial fiesta nacional. No, no ha sido por eso. Sin entrar en consideraciones de merecimiento, situación y otras cuestiones histórico-raciales fácilmente desempolvables cuando las urgencias particulares lo requieren, parece extraño que cuando mejor iba la economía y el dinero fluía, es cierto que sólo en una dirección, el mismo señor no saliera a la calle a pedir el mismo referéndum. O sea, que mientras había dinero y éste entraba a raudales en los bolsillos de los pocos centenares de familias que viven de la nacionalidad catalana, a pesar o en contra del resto de los ciudadanos, todo iba sobre ruedas. Ahora, cuando peor están las cosas y se ven en la obligación de más dinero para paliar los “desajustes económicos” -por llamarlos de algún modo- generados por su mala gestión no hay mejor solución que desviar la atención, tirar por la calle de en medio y sacar del baúl voluntades históricas, agravios, humillaciones más históricas aún, legitimidades y reivindicaciones anteriores a la Ilustración, derechos naturales, guerras y derrotas para crear un caldo de cultivo que probablemente llegará al extremo de exigir ADN catalán puro cien por cien a cualquier aficionado al fútbol que sea seguidor del Barça. ¿En qué siglo vivimos? Si han estado ustedes en Cataluña habrán comprobado que los catalanes son exactamente igual que el resto de los españoles, se levantan cada mañana, trabajan, disfrutan con su familia, son amables con los visitantes y sueñan con que sus hijos puedan tener un futuro mejor que el de los padres, donde decidan, en Cataluña o fuera de ella, son catalanes estén donde estén y creo que eso lo han sabido siempre, no cuando al señor presidente no le salen las cuentas.

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La despedida

Encendido el motor el vehículo se aleja lentamente mientras sus ocupantes libres retuercen la mirada hasta límites dolorosos buscando otros ojos inmóviles y recluidos que se alejan quedándose, ninguno convencido de una despedida y partida que nadie quiere pero tampoco nadie ha podido evitar. Ella permanece en pie buscándose y perdiéndose en el coche que se aleja hasta disiparse desorientada en la ausencia de palabras, su imposibilidad, sin brazo al que asirse ni mano que acariciar, sin otro intento de mirada imposible, un último beso, una retractación, una súplica, mientras su rostro va poco a poco palideciendo amordazado por la soledad más severa e incapaz de soportar una repentina e hiriente orfandad que ahonda sin piedad en su intimidad más viva hallando sólo desesperanza, sinsentido y vacío; una figura erguida en medio de ningún sitio que, cruelmente humana, se siente tan, tan impotente que, más que ejemplificar una presencia que es, muestra el más crudo escenario que no todos pueden soportar, una sombra de luz incapaz de organizar un gesto, una mueca, una lágrima, un adiós, alguna esperanza, la viva imagen de una indefensión que en esos momentos es inexistencia, un cuerpo extraño en un mundo de idas, venidas, gritos e indiferencia capaz de crear y dejar abandonada a la más terrible y humana de las soledades.

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Tema para una novela sin éxito

Las naves alienígenas aterrizaban en algún punto de la Siberia rusa alejado de los grandes núcleos de población e ignoradas sobre todo por esos guionistas norteamericanos tan dados a fabricar catástrofes y megavictorias nacionalistas intergaláxicas en las que la sufrida tierra es salvada de los marcianos de turno por héroes de aspecto corriente con rostro famoso, o vulgar, con familias normales, hijos problemáticos y trabajos sencillos, gracias a unas poderosas y recién descubiertas virtudes de amor y sacrificio y/o cualidades heroicas hasta entonces desconocidas por los propios protagonistas y ahora felizmente aprovechadas para mayor gloria de América, Dios y las distribuidoras cinematográficas a nivel mundial. Estos extraterrestres no necesitarían armas sofisticadas ni rayos superdestructores, tampoco naves gigantescas que ocultan el sol cuando aparecen lentamente por la parte superior de la pantalla dejando un ¡ohhhh! boquiabierto en las caras de los espectadores.

Los bárbaros espaciales por fin habrían conseguido dar con la fórmula para subyugar a los escuetos terrestres sin que éstos fueran capaces de advertirlo, simplemente porque, dentro de su general estupidez y narcisismo, los terrícolas son incapaces de ver al enemigo en otro lugar que no sea la pantalla del cine, entre el fragor de grandes destrucciones -Nueva York, París, Moscú, el Tad Mahal etc.- o en el estrépito de colosales y minuciosas batallas aéreas, mucho menos hablándoles en vivo o conminándoles desde las noticias económicas a entregarse obedientes en cuerpo y alma a sus taimados desmanes y calculados proyectos de conquista.

La estrategia extraterrestre consistiría en hacerse pasar por líderes de organismos financieros y comerciales mundiales y destruir el sistema económico internacional obligando a los terrestres a aceptar sus planes con la excusa de ser inevitables. A los terráqueos de a pie todo lo que no sean supernaves, hombrecillos verdes, Tim Burton y Men in Black no les suena a conquista ni ciencia ficción, como tampoco lo es si Spielberg no está detrás. Tampoco serían los extraterrestres tan estúpidos como para dejarse descubrir mediante algún signo externo que desentonara con la mayoría, alguna comida extravagante o esos alambicados sistemas de ocultación que siempre son descubiertos por casualidad y cuando menos lo esperas. A poco que fueran un poco espabilados la maniobra no necesitaría ser muy portentosa ya que, dada la descarnada simpleza del humano de a pie, bastaría con apoderarse del dinero a nivel mundial para que la generalidad de los terrícolas, tan apegados a lo material, entendieran que aquellos  tipos que acumulaban y disponían de tanto debían de ser muy listos, lo que significaba que, fieles a sus enraizados hábitos gregarios e imitativos, si conseguían emularlos con mucha suerte o lotería podrían participar de algo de su espléndida supremacía. De este modo y en unos pocos años los marcianos se apoderarían y lograrían controlar los máximos organismos económicos internacionales -el Banco Mundial, el FMI, la Organización Internacional de Comercio…- y los principales bancos mundiales imponiendo miedos y draconianas normas de subsistencia general, además de instalar a subalternos más o menos cualificados en puestos políticos, de evidente menor enjundia, con la intención de convencer a los  crédulos votantes de la inexistencia de cualquier otra posibilidad de elección. O ellos o el caos.

El asalto a las haciendas y posesiones de los terrícolas sería tan sistemático y bien diseñado que su totalidad se tragaría el cuento de las elecciones o la patraña de la imparcialidad y libertad de las bolsas de cambio, a las que acudirían prestos con sus patéticas cuatro perras, por si acaso, bajo la amenaza de un desastre económico mundial de proporciones apocalípticas, inclinadas dócilmente sus cabezas y dispuestos a acatar una a una todas las imposiciones que los alienígenas les obligarían a cumplir ocultos tras sus severos y austeros disfraces de líderes económicos mundiales. En un par de décadas el globo estaría completamente conquistado y la población habría regresado a sus orígenes forcejeando en una economía de subsistencia -familiarmente africana- además de perder todos los beneficios y progresos sociales y de igualdad que tras siglos de lucha la parte más avanzada de la humanidad había arañado a los antiguos poderes y el resto aspiraba a conseguir. El resultado final serían nuevos faraones medio desnudos teledirigidos desde el espacio tiranizando a millones de seres humanos esclavizados y sumidos otra vez en una economía del intercambio, ignorantes y supersticiosos, desconfiados, atrasados y ajenos a una pasada “edad de oro” en la que una gran mayoría de desfavorecidos casi llegó a tocar el cielo para voluntariamente ceder ante un enemigo astuto e inteligentemente pertrechado que acabó con sus necios dioses y sus estrechas esperanzas de futuro. Fin.

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Dinero (Una historia grosera)

Ignoro si esta especie de cuento servirá para que alguien saque conclusión productiva alguna, tal vez una sonrisa piadosa, quizás una exclamación de fastidio por la pérdida del tiempo invertido en leerlo o un insulto porque con lo que corre todavía haya gente que se dedica a cosas semejantes.

Imaginen que algunos de nuestros antepasados comenzaron a comerciar transportando e intercambiando productos concretos de regiones distintas alejadas tanto física como evolutivamente. Es posible que pequeños grupos organizaran caravanas para llevar y traer productos de la tierra, además de pequeñas y apreciadas manufacturas, estableciendo mercadillos que a todos satisfacían, o fletaran embarcaciones que transportasen esas mismas mercancías entre lugares mucho más alejados. El beneficio que el comerciante conseguiría por el transporte y la organización de la compraventa probablemente sería una parte de los mismos productos que gustaría almacenar como signo de fortuna. Hasta que tanta acumulación perecedera y sin interés por sí misma se convirtió en un engorro por la necesidad evidente de cada vez más espacio para conservarla y su inevitable pérdida de valor. Así que el propio comerciante tuvo la brillante idea de inventar las primeras monedas, darles una equivalencia, establecer unos precios y conseguir que fueran aceptadas en diferentes lugares alejados o desconocidos entre sí. Ahora el comerciante podía enriquecerse acumulando monedas en lugar de productos perecederos de nula rentabilidad para su actividad y modo de vida.

Fabricadas las primeras monedas -dinero-, su perfeccionamiento y aumento corrió parejo al descubrimiento de tierras y grupos humanos con ganas de salir de sus propios territorios y conocer nuevas, más que culturas, formas diferentes de vida, amén del creciente deseo del comerciante de atesorar un mayor número de aquellas. El ejemplo cundió con rapidez y la evolución del dinero como elemento de intercambio y enriquecimiento fue acelerándose. A la pasión por acumular cantidades cada vez más elevadas, que seguía teniendo el inconveniente de necesitar más y más espacio para amontonarlas, se sumo la posibilidad de invertirlas en terrenos y construcciones que no era necesario proteger con tanto celo una vez que se registraban públicamente a nombre de su propietario -otra brillante idea-. Como era de esperar el “natural” deseo de aumentar las propias posesiones obligaba a buscar más dinero que, en metálico, ya iba siendo un auténtico fastidio acopiar, coleccionar o transportar. El paso siguiente tuvo que ver con la posibilidad de seguir atesorando más y más sin los problemas de almacenamiento, y para ello nada más fácil y práctico que inventar y hacer creíble el papel moneda. Surgieron de la nada pagarés, letras, billetes etc., ligeros y, como quien dice, fáciles de archivar en cualquier sitio.

Las cosas se vinieron desarrollando más o menos de este modo hasta casi nuestros días, pero era tal la cuantía del dinero que fueron acaparando algunas personas -actividad muy lucrativa de la que nunca se saciaban- que tampoco había suficiente terreno en propiedades o lugares lo bastante seguros para llevarlas o custodiarlas. Se necesitaba con urgencia otra reforma para su cómoda manipulación y, como se imaginarán, el siguiente paso fueron las tarjetas de crédito y/o similares, el dinero material –el contante y sonante- ya no era estrictamente necesario; tampoco fue muy difícil convencer a la población de las virtudes de esta nueva “cualidad inmaterial” del dinero, o de la excitante conveniencia y honradez de unos números anotados en papel que, aunque no se correspondían en la realidad con objetos táctiles “de carne y hueso”, sin embargo tenían muchas más posibilidades comerciales, es más, mediante la invención de unas cada vez más complicadas anotaciones numéricas un supuesto propietario podía adquirir lo que deseara de forma ilimitada, la luna incluso; un dinero invisible que no a todos convencía y a algunos pillaba a la defensiva en cuanto a la credibilidad de su validez, pequeño número de irreductibles que pronto fue incorporado al redil. En poco tiempo todo el mundo manipulaba –es un decir- ese dinero de sólo números, de tal modo que, curiosamente, los que antiguamente más tenían seguían teniendo -ahora mucho más, en cantidades inimaginables- y los que nunca tuvieron permanecían tal cual. Pero eso es una cuestión que nada tiene que ver con la evolución del dinero.

Y ese es nuestro presente, en la actualidad el dinero material apenas es necesario -sólo para traficantes sin escrúpulos y desaprensivos antisociales-, mañana no existirá, funcionaremos a base de anotaciones virtuales que creeremos sirven para vivir y de las que dependeremos para ser más o menos felices. Y esas cantidades tan enormes, que no abarcaríamos ni con la imaginación, aparecerán en pantallas con un “valor real” que a la mayoría les sonará un poco a chino, aunque a nadie se le ocurriría pensar, ni mucho menos decir, que con semejante alquimia nos están permanentemente engañando. Sin necesidad ya de territorios que no se pueden abarcar con la vista ni de oscuros lugares para acumularlo, el dinero pesado y delator por fin ha conseguido alcanzar el paraíso, un cielo en el que las cifras pueden aumentar vertiginosa o mágicamente sin el lastre de las obligadas equivalencias materiales, un edén de números sin fin con un poder absoluto intangible y real donde adquirir y poseer lo que se desee sin aportar absolutamente nada material, basta con cambiar las anotaciones de una cuenta a otra. Y todos tan contentos. Pero tal facilidad, comodidad y volatilidad del dinero no ha tenido como consecuencia una mejor vida para todos en general, los que antes no tenían porque no podían acumularlo siguen sin tener, únicamente que ahora ya ni necesitan un refugio para guardarlo.

En el futuro esas cantidades astronómicas se multiplicarán en ciertas cuentas gracias a mágicos galimatías que expertos nigromantes manejarán y ya administran con gravedad de brujos ante la mirada y asentimiento general, que sigue pobre y sin entender. Es la felicidad completa, una riqueza contable escandalosa e inabarcable hasta para sus mismos propietarios. Por fin la ambición de ganar dinero, mejor, de inventar dinero, no tiene límites.

Hoy en día cualquier ciudadano de bien “entiende perfectamente” que un “emprendedor” le diga a un corro de charlatanes a comisión que tiene sin tener y por hacerlo público pase a tener diez, o veinte, cien o mil veces más, puede seguir ganando y teniendo mucho más a condición de que todos crean que tiene y nadie sepa que no tiene y si algún lince se va de la lengua y le dice, como al rey del cuento, que va desnudo -o sea, que no tiene-, sólo ha de asignarle otra cuenta en la que el espabilado pueda disponer de algo para que todos sepan que él ahora tiene sin que tampoco tenga. Y aquí paz y después gloria.

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