Españoles

Hace unos días me llamó la atención un titular de un diario nacional en el que se leían unos supuestos gritos o consignas provenientes de un grupo de antitaurinos, o de alguno de sus integrantes, que con motivo de la vuelta de las corridas de toros a San Sebastián se manifestaban en la calle ante una prensa siempre dispuesta a tomar buena nota en forma de noticia de cualquier histrión que les salga al paso. La frasecita decía más o menos así: “Venís todos los putos españoles”.

Y mi primera reacción al leer semejante memez fue pensar, ahí tenemos a otro español de pura cepa. No hay nada que nos identifique más como país que el odio que somos capaces de engendrar y vociferar contra nuestros vecinos, ya sean los del pueblo de al lado o los de la comunidad colindante; una rancia tradición para la que siempre vienen bien los inevitables españoles, sempiternos culpables de miedos particulares o locales, de la pura y simple inoperancia o de una flagrante incompetencia. Es admirable la clamorosa ignorancia de la que hacen gala estos ciudadanos tan orgullosos de su terruño y sus costumbres, gente desorientada y necesitada de enemigos a los que culpar de cualquier cosa y deseosa de unirse a la primera bandería dedicada a tirar balones fuera con tal de tapar las propias carencias. Estos tipos son el mejor ejemplo de esos españoles incapaces de vivir y sentirse como ciudadanos en un mundo que, si puede o debe tener algún futuro, inevitablemente ha de ser común. Tipos dispuestos a lanzarse a la calle y gritar consignas contra todo aquello que amenace su supuesta seguridad mientras sueñan con vivir en el interior de una cárcel en la que no puedan ser invadidos por extranjeros, sobre todo por los temibles y odiados españoles.

Si echáramos la vista atrás, al final de la dictadura y primeros años de esta democracia que tan mal disfrutamos, tal vez nos sorprenderíamos de la enorme corriente de solidaridad y esperanza que por entonces circulaba entre los habitantes de este desgraciado país. Por fin nos desembarazábamos de la maldita dictadura y se abría ante nosotros una puerta común, Europa seguía ahí al lado y nos esperaba con los brazos abiertos, mirábamos a un porvenir en el que por fin podríamos sentirnos ciudadanos adultos y construir con nuestras propias manos una verdadera democracia, o al menos intentarlo, colaborando unos con otros para conseguirlo. Pues no, aquellos sueños y esperanzas de nuevos demócratas se fueron a la basura, hemos vuelto hacia atrás, o a las andadas, al natural de la península ibérica, al complejo de inferioridad, al rencor, la intolerancia y el banderismo, a culpabilizar a los que son, estaban y siguen estando donde nosotros de nuestras propias penurias. Eso sí, las cosas no se han hecho en un día, se han necesitado otros cuarenta años para romper la espontánea unión que entonces se palpaba en la calle; toda una tarea de adoctrinamiento y manipulación desde la escuela hasta conseguir que una parte de aquella ilusionada gente y sus hijos hoy supuren un odio visceral contra quienes son sus iguales, una metódica tarea de la que se han venido encargado unas camarillas de caciques regionalistas y provincianos que no han tenido pudor en abrasar la memoria común de la población volviéndola temerosa y egoísta, llegando a la mezquindad de hacer que los habitantes de este país se acusen entre ellos de derrochadores o de vivir unos a costa de otros.

Pero ninguno de estos atemorizados y violentos ciudadanos que tan pronto se echan a la calle a gritar contra los españoles exigiendo libertad para elegir se ha preocupado por hacer memoria y repasar la política nacional durante estos últimos cuarenta años, y así comprobar cómo esas mismas camarillas encargadas de sembrar la ponzoña y el odio nacionalista entre sus vasallos no tenían ningún pudor en pactar con los gobiernos de Madrid para satisfacer sus intereses particulares. Por ejemplo, nacionalistas catalanes o vascos no mostraban escrúpulo alguno en gobernar en común con los herederos de los fascistas o los nuevos socialistas a cambio de poder, dinero y la potestad de adoctrinar de forma feroz y sistemática a la población de sus propios feudos inventando falsas historias y consignas que hoy los siervos más iletrados asumen como suyas sin ningún espíritu crítico; fabricando durante estos años masas aficionadas al grito y a la violencia urgentemente necesitadas de un sagrado punto fijo en el suelo que rija sus desnortadas cabezas. Jamás ciudadanos del mundo.

¿Dónde paraban durante estos años la voluntad popular y el derecho a decidir? ¿Qué creían que votaban cada vez que se celebraban elecciones? ¿Algún ciudadano, ahora sin libertad, cuestionó o echó en cara a sus queridos representantes esos convenios interesados que firmaban con los españoles en Madrid? ¿A costa de quién se creen que viven ellos? O es que, tal y como Pablo, de pronto han visto la luz y en lugar de decirse mil veces gilipollas por haber permitido a sus representantes -¡los mismos de ahora!- hacer, deshacer y enriquecerse a su antojo sin que les importara una mierda la propia ciudadanía, han decidido mirar hacia otro lado y culpar a los españoles, el socorrido coco de siempre, de sus carencias y el deplorable estado de sus políticas locales. Claro, porque si esa política local funciona es debido exclusivamente a ellos.

En lugar de haber construido un país moderno y democrático, más que necesario después de una larga dictadura de la que una gran mayoría de la población estaba deseando salir para sentirse ciudadanos de un mundo libre, hemos vuelto a las facciones, al odio entre compatriotas, al rencor y el resentimiento, encerrados en nuestros propios miedos y sujetos a un ibérico complejo de inferioridad que nos sigue atando al pasado. Este presente es un presente común en el que no hay diferencias, simplemente porque no existen, las inventan, unos al lado de otros somos indistinguibles. Por favor, vamos a colaborar juntos, comportémonos como adultos y dejemos de culpabilizar a los españoles de nuestros propios miedos y errores.

 

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Apunte (más Grecia)

Si se lee y escucha a quienes saben mucho más que uno pueden pasar dos cosas, que se confirmen los propios errores, generalmente debidos al desconocimiento y a los juicios precipitados o en caliente, con lo que hay que volver a decirse que es mejor pensar dos veces las cosas o permanecer callado si no se sabe de lo que se está hablando o, en cambio, que se ratifiquen los peores presagios que nuestro corto entender barruntaba pero no podía confirmar entre tanta alarma y falsa información siempre interesada. Ahora que parece que el problema griego ha pasado a segundo plano -no aparece en las primeras páginas de la prensa ni en los sumarios de los informativos televisados, con lo que muchos respirarán más aliviados porque los helenos van a seguir pagando y nosotros, igual de pobres que ellos, dejaremos de sentirnos comparativa e injustamente tratados y al mismo tiempo orgullosos por aparentar más ricos y no necesitar ningún rescate público- una información más amplia y certera viene desgraciadamente a confirmar los temores de entonces, que detrás de aquellas tensas y ajetreadas semanas no había ningún interés político o económico que no fuera el de dar una lección a un país que se creyó con el derecho a pedir en los organismos europeos lo que la población había decidido en las urnas. Si los jefes de la Unión Europea permitían que unas simples elecciones nacionales cambiaran un gobierno colaboracionista y corrupto por otro que intentaría, siempre dentro de la Unión, hacer posible que la gente sufriera menos en su día a día modificando a la larga las condiciones económicas nacionales y de ese modo poder respirar, ello podía significar que cualquier otro país, vía elecciones democráticas, podría decidir lo mismo, lo que obligaría, si aquello se extendía, a corregir el actual y absurdo escenario económico para hacer una política dirigida a la población.

No hay cómo leer y escuchar cómo fue tratado el nuevo gobierno griego, el desprecio, las constantes muestras de humillación y la negación tajante y sistemática de cualquier alternativa posible, que las había, con tal de imponer una única voluntad -en este caso la alemana- y, sobre todo, no permitir que, como dije antes, ningún otro país pudiera pensar que unas elecciones son el medio adecuado para modificar las actuales condiciones económicas. ¿Les suena aquello del chivo expiatorio?

Sinceramente, no sé a quién puede interesarle pertenecer o votar a unos tipos que se largan a Bruselas a jubilarse en la política en una Unión Europea que desprecia a sus propios habitantes.

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De copas

En pueblos pequeños y más o menos grandes, como éste en el que habito, apenas existen lugares de copas porque la gente ya no sale de copas, esa actividad exclusivamente lúdica que tan solo hace unos años congregaba y/o reunía en locales creados ex profeso a una concurrencia con ganas de pasar un rato agradable y en buena compañía. Estos locales de copas no eran bares de caña y ración de calamares, sino establecimientos que ofrecían otro tipo de ambiente, generalmente nocturno, para lo cual cuidaban con cierto detalle tanto la disposición como la decoración del mismo; también ofrecían música a distinto volumen, más alto o más bajo según la hora, sin olvidar que el objetivo principal era que los clientes permanecieran allí el mayor tiempo posible cómodamente instalados. También había otros locales en los que la copa era la excusa para una música que con el paso del tiempo fue haciéndose cada vez más mecánica y ruidosa, por lo que el recinto también dejó de ser un lugar donde charlar mientras dejabas que el tiempo se diluyera como un trozo de hielo, sin prisas. No cuenta esa otra gente para la que salir de copas significa acabar rodando calle abajo repleto de alcohol, es una de las excepciones, pero no es generalizable.

Hoy por aquí ya nadie se molesta en abrir locales y decorarlos con cierto gusto. Ahora, el mismo bar de calamares de toda la vida instala cuatro luces, deja caer al azar cuatro pales y tres cubos de madera, hace desaparecer mesas y sillas y atruena el local con un ruido ininteligible que dicen música y ya tenemos un bar de copas, o sea, nada.

También es cierto que en la mayoría de los pueblos no hay ni abren lugares de copas porque el mayor empresario de la localidad, es decir, el Ayuntamiento, se viene encargando de monopolizar el negocio patrocinando indirectamente un macrolocal que engulle a la mayor parte de los jóvenes los fines de semana y las vísperas de festivo -y ahora, en verano, casi cada día-, todos juntitos en el querido “botellón”. El empresario municipal suele disponer una zona sin límites previamente acondicionada para tal fin, allí acuden peatones y vehículos particulares que con antelación se han abastecido en “mercadonas”, minitiendas y “24 horas” de alcohol barato, azúcar en refrescos y hielo para lo que dé de sí la noche. Lo preocupante del caso es que a medida que van pasando las horas el macrolocal del “botellón” acumula cada vez más clientes que multiplican exponencialmente la basura, hasta el punto de que hay un momento en el que uno ya no encuentra diferencias entre bolsas de porquería y bolsas de alcohol ocupando cualquier espacio libre, además de otros plásticos, miles de envases vacíos, vómitos, coches horteras, orines y personas, todo envuelto en un caos de ruidos que nadie escucha y a nadie parecen molestar; un cuadro negro que transmite una imagen de pobreza e ignorancia que deja a la luz lo que somos, básicos y refractarios respecto de todo lo que huela a comunidad.

Está tan bien organizado el lugar que no es extraño que cualquiera con ganas y valor para algo más encuentre sin mucha dificultad un puesto de venta de sustancias prohibidas o pastillas para flipar o ir más allá de las manos con la pareja de turno, según tenga uno el cuerpo. En fin, que el local también suele estar a la última en cuanto a proveedores. Luego, cuando la noche comience a clarear y los clientes vayan despejando la zona, convertida en un gigantesco basurero, para regresar unos a sus cuevas y la gran mayoría a amodorrarse bajo las alas de papá y mamá, la patrulla especial de limpieza a cargo de la empresa municipal dejará el lugar tan limpio como una patena para que los buenos y respetables señores del pueblo puedan dar su paseíto matutino con toda comodidad y sin sobresaltos.

Que una gran parte o la totalidad de la población joven se congregue durante esas horas nocturnas para consumir alcohol malo y peor servido con el obligado consentimiento del excelentísimo Ayuntamiento de turno es un buen ejemplo de cómo hemos hecho las cosas, habituados como estamos a vivir de espaldas a lo que no nos interesa ni nos afecta directamente. Así, una parte de la población continúa instalada en la creencia de que el mundo sigue siendo como Dios manda -porque y si es necesario el mismo Dios proveerá- y la otra renegando y huyendo de lo que odian, menosprecian o simplemente no entienden para acabar sentados en un bordillo hurgando como pordioseros en una bolsa de plástico, tragando alcohol barato vertido en vasos también de plástico y, si viene a cuento, apostando hasta caer redondos y acabar en Urgencias. Todo ello sin necesidad de locales ni decoraciones originales o atrevidas, ni atención al cliente; sin expertos camareros ni ningún barman que sepa elaborar y servir un coctel correctamente. Ir de copas hoy en muchos lugares de este país es matar el tiempo en medio de una calle repleta de mierda vestidos de domingo.

Por cierto, ¿quién o quienes habrán educado a la sucia y semianalfabeta gente del botellón?

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Del revés (Inside Out)

No es mi intención descubrir ahora una película que lleva apareciendo en los espacios dedicados al cine, escritos o no, desde su pasado estreno en el festival de Cannes; tampoco es mi intención enmendar la plana a críticos y expertos de todo tipo que han hablado o se han referido elogiosamente a ella. Pero quiero decir que lo sentiría por esa gente que no acudirá a verla porque es una película de “dibujos animados”, infausta etiqueta que para mucha gente desgraciadamente dice más, a peor, de lo que en sí mismas pretenden esas dos sencillas palabras; el despectivo y peyorativo “para niños” que cataloga negativamente y da carpetazo a productos de escaso valor para mentes adultas o presuntamente privilegiadas. Aunque a algunos puede que les suene Pixar y quizás lo asocien a otras películas que, a pesar de ser de dibujos, también les gustaron. Pero nada puede hacerse con aquellos que ven o leen dibujos y exclaman ¡puaj! ¡para niños! identificando niños con una especie de imbéciles funcionales. Si a un niño le ofreces trescientas películas igual de malas tratará de ir trescientas veces al cine porque sabe lo que le gusta, lo que ignora es lo que hay detrás, y necesitará que le enseñen y le orienten básicamente sobre el mundo de los adultos y su enfermizo egoísmo monetario -en las antípodas del egoísmo infantil-, y qué pretenden de él; de lo contrario crecerá como un niño cautivo, un potencial negocio que se hará realidad sin su consentimiento. A los causantes e interesados en ello su crecimiento y madurez intelectual les trae sin cuidado, es un futuro consumidor más del que hay que eliminar todo espíritu crítico, más claro aún, la inteligencia; el sueño de muchos productores y distribuidores cinematográficos, ganar dinero a costa de imbéciles de escaso juicio.

Aunque, claro, si el ingenuo de turno acude al cine persuadido por críticos, expertos y aficionados y de buenas a primeras se tropieza con el corto, también de Pixar, con el que atracan al espectador antes de que comience el plato principal, lo normal es que refunfuñe y maldiga a todos aquellos que, de un modo u otro, le obligaron a acudir a ese cine -que terrible mal para el mundo ha sido y es la mano podrida de Disney. Ignoro si en otras salas y en otras ciudades han tenido que sufrir o sufren el volcánico bodrio con el que traicioneramente humillan al personal atrapado en su butaca. Atragantado con esa pegajosa basura y al borde de la muerte, cualquier adulto con dos dedos de frente es normal que piense que el cine de dibujos animados es para imbéciles, y por mecánico defecto para niños, y su primera reacción será recomendar encarecidamente a hijos y niños conocidos alejarse a kilómetros de distancia de esas salas oscuras. Ese tipo de grabaciones, con canción incluida -mal traducida y peor cantada-, es la peor ofensa que se puede hacer al cine y a la infancia, material parido por publicistas sin escrúpulos y puesto en circulación por feroces distribuidores que odian a los niños y a la inteligencia que ellos ejemplifican, prefieren zoquetes de cabeza hueca que consuman imágenes como se consume bollería industrial.

Sin embargo, si uno no ha salido pitando de la sala y todavía aguanta sin saber por qué a que comience la película que ha ido a ver se sentirá mil veces recompensado, incluso entenderá eso que los críticos califican como cine infantil con guiños adultos, lo que no deja de ser un circunloquio más o menos exagerado o pedante para definir al buen cine de toda la vida, un buen guión sabia e inteligentemente llevado a la pantalla. Porque si hay que considerar Del revés como cine infantil -repito, en su versión despectiva-, no puedo imaginar cómo habría que llamar a toda la morralla de superhéroes, anillos y engendros mecánico-informáticos que inundan las pantallas vendiendo horas y horas de basura filmada para cerebros poco exigentes. Ese sí es cine imbécil dirigido a tipos perezosos a los que les cuesta enlazar dos pensamientos seguidos y prefieren autolesionarse con golpes, peleas interminables y sin sentido, resplandores que suspenden el juicio y situaciones y escenas básicamente estúpidas y previsibles ensambladas a partir de guiones de Pocoyó que prescinden de la inteligencia que se le supone a los adultos -todos esos que viven y piensan del revés. Es lo malo de hacerse adulto, que dejas de hacerte preguntas. Tanto cine volcánico consumido sin criterio ha vaciado tu paleta de colores dejando un fárrago de grises que ha engullido sin piedad hasta los más vivos colores de la infancia.

Del revés no es cine infantil, es cine ingenioso, divertido y más inteligente que mil superhéroes soltando mamporros a diestro y siniestro, cine cien por cien, el formato da igual; cualquier espectador que se precie de tal será capaz de disfrutar, reír y llorar sin que le importe y saldrá de la sala con una sonrisa de oreja a oreja que le hará ver el mundo tan hermoso como siempre ha sido, feliz a pesar de nosotros mismos, felices, que a fin de cuentas es para lo que estamos aquí, aunque otros se empeñen en lo contrario.

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Apunte sobre Cuba

Como consecuencia de la formalización de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba y las potenciales relaciones comerciales a la vista que procuraría la nueva situación, los espacios de noticias suelen regalarnos entrevistas a ciudadanos cubanos opinando sobre su futuro y mostrarnos imágenes de calles de ciudades cubanas por las que circulan vehículos antiguos y viejos que por aquí sólo podemos ver en alguna que otra película ambientada a mediados del pasado siglo XX. Por eso no es difícil imaginar a algún visionario, aficionado o emprendedor de negocios rápidos y suculentos frotándose las manos ante la posibilidad de comprar a buen precio tales autos, venderlos directamente a cualquier caprichoso o coleccionista o revisarlos y renovarlos para después también ponerlos a la venta pero con mayor provecho. Más de uno estaría dispuesto a pagar lo que fuera con tal de presumir al volante de semejantes carrocerías motorizadas.

De algún modo ha de empezar el asalto de la isla por parte economía norteamericana -aunque probablemente sea una cuestión de hecho antes de que nos demos cuenta-; queda ver hasta qué punto los actuales dirigentes cubanos consiguen digerir o controlar el desembarco, con o sin la intervención de los restos del ejército de Batista que aguarda su hora en Miami. El negocio es el negocio y los yanquis saben bastante de eso; Cuba es un buen negocio, con coches y sin coches, con los Castro o sin los Castro. Falta saber si los cubanos, habituados a vivir de lo mejor de lo peor, están dispuestos a vender sus coches y por cuánto. O a cambio de qué.

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Malta (y 3)

Es la última mesa libre en un restaurante al que, para llegar, hemos tenido que atravesar las terrazas completamente vacías de otros dos. Numerosos camareros se mueven con diligencia y rapidez atendiendo unas mesas dónde los clientes comen y charlan a gusto. Cuando más tarde pidamos la cuenta nosotros también estaremos muy a gusto, recordando agradecidos al tipo que en la Estación Marítima, antes de la salida del transbordador, nos recomendó un lugar para comer algo difícil de encontrar. Ta’ Karolina es su nombre, en Xlendy, una minúscula población en la isla de Gozo, la otra parte más pequeña de Malta, en el centro del Mediterráneo. Después saltaremos al agua transparente desde un alto trampolín de obra construido en la entrada de la pequeña cala en la que se halla el pueblo. La tarde no puede pintar mejor y no nos defraudará. Por eso estamos en Malta.

Tras enumerar los platos de la carta -sin chuleta-, el dueño o encargado de Rubino, un pequeño y antiguo restaurante de La Valeta junto a la zona turística nos recomienda algunos de ellos; todo esto dicho en maltés, inglés o italiano. Después, cuando nos sirva el conejo nos recomendará comerlo directamente con las manos, recomendación que cumplimos gustosos porque el plato lo merece. Más tarde, cuando inevitablemente surja un principio de conversación en el que nos entenderemos a medias -mi inglés no es todo lo bueno que debiera-, el mismo señor no reaccionará cuando contestemos a su pregunta sobre nuestro lugar de procedencia, no conoce ni le suenan La Mancha o Don Quijote, a lo sumo Sevilla. No puedo evitar sorprenderme ante su ignorancia sobre el Quijote, pero creo que es mi problema. ¡Qué grande es el mundo! Luego repartiremos la tarde entre el sol y el mar, amenizándola con historias de piratas, luchas religiosas, asedios y caballeros de San Juan, hasta que nos paremos sorprendidos ante un enorme transatlántico girando sobre sí mismo en el centro del estrecho puerto antes de atracar. Desde donde estamos podemos distinguir los centenares de celdillas que abarrotan sus cubiertas, pequeños nichos repletos de hormiguitas voluntariamente encerradas sin nada que hacer. Una vez quieto el monstruo vomita mecánicamente una larga fila de insectos que suben en autobuses o se diseminan por las calles del puerto sin rumbo; hasta la cena. Al día siguiente lo veremos partir con tanta tristeza como alivio. Cuando se haya ido el puerto lucirá mucho más intrincado y bonito. Es Malta.

Ya en la laguna azul reconozco el acierto de haber acudido temprano y me atemoriza imaginar cómo lucirá un rincón tan encantador cuando el insaciable e insensible turismo de ida y vuelta lo desvientre sin piedad; será imposible distinguir el azul del fondo entre tanto arrogante yate privado y unos autobuses marítimos que vienen y van atronando la mañana con música estridente y hortera. ¿Qué impone el turismo? ¿Caerá Malta por su pendiente? Sin embargo, creo que nadie puede discutir el derecho de los nativos a vivir como mejor les parezca a costa de su territorio, a utilizarlo como deseen. ¿Por qué era mejor una colonia fenicia que griega, inglesa o que Benidorm?

Otro día tropezamos con una pequeña playa de aguas transparentes. El siguiente seguimos un camino que termina en una pequeña laguna semiescondida rodeada por pequeños cobertizos cerrados a cal y canto -un cubo de ladrillos al lado de otro, hechos y pintados de cualquier modo-, construcciones básicas que tal vez contengan la barca de turno o la precaria estancia para alguna semana de verano lejos del trabajo; sin bares, hoteles o sombrillas, sólo para el disfrute de los locales. La sobremesa sucederá en otro pequeño puerto, ante una grappa y una conversación de fondo que nunca llegas a saber si se desarrolla en maltés, inglés o en italiano.

Por todos lados hay obras de reconstrucción de fortalezas, barrios y monumentos, también de carreteras; los fondos europeos y sus inmediatos beneficios, porque el país no parece tener para mucho. El turismo de traicionero futuro, pero ¿cuál? Me lo pregunto plantado ante de uno de esos superyates horteras repleto de sofás y niquelados, esos mismos a los que la prensa más zafia gusta poner precio mientras predican sobre los millones de sus propietarios, todo ello envuelto en la más asquerosa baba. Un barco hecho para quienes desprecian el mar, un bote fantasma por el que se mueven numerosos criados que van y vienen regando y limpiando, bayeta y abrillantador en mano, maderas, cojines y metales deslumbrantes, hasta el último peldaño de la última escalerilla que desciende hasta el nivel del agua. Un barco muerto exclusivamente fabricado para permanecer amarrado provocando la envidia general. Entonces confirmo una opinión a la que venía dándole vueltas hace tiempo, al propietario o propietarios de este tipo de mamotretos nunca les gustó el mar.

Pero esta era la anécdota del viaje, nos quedan más cosas de Malta por descubrir.

 

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Malta 2

Tras los primeros contactos la población local no parece, digamos, muy expresiva o se deshace en atenciones, sus formas son más bien correctas tirando a parcas o austeras, a más de uno incluso le podrían parecer desagradables, pero, como suele suceder, el carácter es el carácter y no siempre se encuentra lo que más gustaría o simplemente se espera de antemano. Una muestra más que añadir a esa especie de resignación, fastidio o indiferencia local generalizada: caminar durante varios minutos bajo un sol de justicia hacia un monumento que deseas visitar y darte con la puerta en las narices, cosa que no tendría mucha importancia si no fuera porque antes de iniciar el camino preguntaste en un punto de información por el lugar, dónde se encontraba y cómo llegar hasta allí. Es tan poco o quizás reciente el interés hacia el visitante que en la oficina de turismo de la capital sólo pueden ofrecerte un escueto y básico plano de La Valeta; no hay nada sobre la isla, lugares de interés, carreteras, transportes u horarios, así que hasta luego, y mientras te alejas imaginas que alguien habrá reparado en ello y estará poniendo los medios para subsanarlo.

Decía en la entrada anterior que los habitantes de Malta habían decidido encomendarse a Dios por despecho hacia el mundo, luego me entero de que Malta es la nación más religiosa de Europa, aunque no hacía falta, eso puede comprobarse en cualquier esquina, mucho más cuando tropiezas con las consabidas fiestas locales y su profusa decoración, un enorme despliegue de imágenes, pinturas y decorados de cartón piedra que adornan y envuelven desde las farolas hasta las fachadas de los templos, también engalanadas con infinidad de luces ensambladas como hace años se hacía por aquí. Tampoco faltan las banderas, decenas de banderas ondeando en un sinfín de mástiles culminando un gran número de edificios; hay plazas enteras en las que cada uno de los edificios que la constituyen soporta el consiguiente mástil a la espera de la correspondiente enseña; desde la del simple consejo local hasta la identificativa de la población. También se queman fuegos artificiales antes, durante y después de los desfiles procesionales, y se hace de forma larga, pausada y ceremoniosa, sucediéndose los cohetes con una cadencia en la que varían los periodos y la intensidad de las explosiones, dando forma a una especie de rezo cansino que se prolonga y difumina a medida que pasan los minutos u horas en lo que casi parece una plegaria.

Los lugareños, siempre a lo suyo, se engalanan para asistir a las ceremonias religiosas y desfilan felices y orgullosos; aunque también se sientan en plazas, jardines o en la sociedad filatélica de turno durante la mañana, por la tarde o por la noche a jugar a lo que por aquí decimos bingo y ellos llaman tómbola. Una estancia amable que a lomos de la repetida cantinela del cantor o cantora de números devora las horas sin estridencias.

Como ceremonias parecen las reuniones de paisanos en playas minúsculas y calas escondidas para los foráneos, o al otro lado del paseo marítimo en las zonas dónde sí paran los turistas; grupos grandes y pequeños de comida, merienda o cena dispuestos a cumplir el ritual de baños de verano pertrechados con un mobiliario que recuerda a los lugares de baños de interior que durante los años sesenta y setenta se veían por aquí -bolsos, neveras, una vacilante sombra sobre cuatro palos, mesas, sillas, etc.-, hablando, comiendo y bebiendo alrededor o junto a la inevitable barbacoa animada con petróleo, combustible que procura un penetrante olor que me transportaba a las estufas de mi infancia, ingenios que suministraban un calor precario y barato además de aromatizar toda la casa con su inseparable tufo a petróleo quemado. Y, más curioso aún, grandes grupos de chavales de entre diez y dieciséis o diecisiete años -sólo chicos- compartiendo camaradería, risas y juegos al cuidado de dos o tres adultos encargados de transportarlos, poner orden y organizar bocadillos y comidas al amor de la correspondiente barbacoa también alimentada con petróleo.

Una peculiar cultura que a cualquier viajero observador puede parecerle de otra época, un pueblo que, viviendo en el siglo XXI, se deja ver como si todavía no hubiera abandonado los años del siglo anterior. Tampoco les preocupa mucho.

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Malta 1

Malta es un país, y el término país parece designar una entidad de cierta importancia o consistencia, algo serio con bandera e himno, por lo que hablar de países es hablar de cuestiones de peso, no siendo lo mismo cuando nos referimos a simples accidentes geográficos, islas, por ejemplo, porque Malta es una pequeña isla -bueno, dos-, pero con ello la cuestión no deviene más asequible o no me parece suficiente, así que trataré de ir delimitando las impresiones.

Estando uno no llega a saber del todo si está en una isla o un país, tampoco tiene mucha importancia, aunque la impresión permanezca sin querer irse por completo; como tan sólo es curioso que el avión tenga que posicionarse sobre el mar para enfilar la pista de aterrizaje y que luego, tras tomar tierra, baste con dirigirse caminando desde la nave hasta la terminal y que en menos de quince minutos uno se encuentre en la calle, equipaje incluido.

La cosa se complica cuando, ya en plena noche, hay que incorporarse al tráfico agarrado a un volante situado en el lado contrario al que se está habituado por aquí; es decir, en Malta se circula por la izquierda, lo que supone, al margen de los consiguientes cambios mentales a la hora de manipular el vehículo, vérselas con un tráfico que, sin ser salvaje, es particularmente local, quiero decir que, suponiendo que existan unas normas nacionales de tráfico, el personal parece tomarse de manera bastante peculiar la circulación vial, es cierto que sin llegar al conflicto o a la infracción permanente, lo que, resumiendo, viene a significar que o uno espabila o no se mueve del sitio. Además, es noche cerrada y las indicaciones de la carretera, cuando están o se pueden ver, no coinciden con el inglés supuesto, el hipotético destino no aparece por ningún sitio, los vehículos te adelantan por ambos lados y a las rotondas entras por el lado equivocado, a lo que sumar la curiosa coincidencia de que a ningún vehículo le funcionan los intermitentes. Paciencia y mil ojos.

La paciencia es buena porque te hace aprender, y lo que hoy te atenaza oscuro e indefinible, por no decir caótico y en apariencia insuperable, al día siguiente no es que reluzca como los chorros del oro, pero el paso por la almohada te hace ver las cosas distintas por la mañana, el problema sigue ahí pero tú ya no eres el mismo. El inglés funciona -¿en qué porcentaje Malta sigue siendo colonia británica; a pesar de ser país?-, hay algo de italiano, o mucho, depende de la zona, y el maltés es el gran desconocido. De ayer a hoy no han mejorado las condiciones de la circulación, todo lo contrario, el atasco ahora es continuo y la arbitrariedad de los conductores considerable, pero es de día; hay que salir de allí a toda costa, detenerse y recapitular, o al menos saber hacia dónde dirigirse sin que te caigas al mar.

Justo entonces comienzas a ver un país doblegado por el sol y aparentemente sin árboles pintado de marrones, tanto el campo como la ciudad, un campo en su mayor parte seco y unas poblaciones de casas antiguas con mucho techo plano, todas marrones, repito, y profusamente adornadas con miradores de madera -infinidad de miradores. Es inevitable captar una especie de inexperiencia o dejadez general para consigo mismos y el mundo por parte de los actuales pobladores; o una resignación de siglos obligada a bregar a la fuerza con influencias -buenas, malas y peores- fenicias, musulmanas, continentales o británicas sobre un fondo mediterráneo castigado por el sol y sosegado por el mar. Y por encima de todo la presencia, aunque hoy sólo sea testimonial, de los en otro tiempo poderosos caballeros de la Orden de Malta -la Orden de San Juan de Jerusalén. Una espada de Damocles que todavía pende sobre las cabezas de sus habitantes, creo que en el fondo voluntariamente ajenos a tanta historia para un lugar tan pequeño.

Probablemente el país actual sea el resultado de un merecido descanso, o simplemente cansancio, por sentirse o saberse heredero de tanta solemnidad y responsabilidad para un enclave geográfico tan minúsculo, dando la impresión de que sus habitantes han optado por encomendarse a la mano de Dios y así poder respirar al margen de las vicisitudes de este mundo y su historia. Lo que no impide que para vivir en el presente la isla necesite una urgente renovación de casas, edificios públicos y privados, calles, aceras -hacen falta aceras- y un nuevo mapa de carreteras, o una reconstrucción física completa del actual, que permita también la renovación de un parque automovilístico de otro siglo.

 

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Juego de Tronos (y 2)

En este filón de series que ahora ha descubierto la televisión hay para todos los gustos, pero partiendo de la base de que uno no puede verlas todas, so pena de no hacer otra cosa -y algunas cuestan dinero-, sólo queda elegir bien y que no te tomen el pelo. Cuentan que el guionista o guionistas de Perdidos perdieron el norte o la cabeza al no saber qué inventar con tal de alargar la serie y retener al personal, para entonces la mayoría de la audiencia tenía perdida la propia porque ignoraban o habían olvidado de qué iba aquello.

No sé si con Juego de Tronos las cosas se repetirán o irán a peor, o mejorarán, siempre es buena la esperanza cuando uno ha invertido su tiempo en ello. Aunque mucho me temo que la idea está tocada y puede que ya casi agotada, por lo que sólo queda perpetuarse a costa de lo que sea, perdón, a costa del mayor número de maldades posibles. Se trata de inventar cualquier cosa que pueda justificar el insufrible rosario de tiempos muertos que son algunos capítulos, una sucesión de imágenes en las que no sucede nada de interés o se deja caer alguna que otra información presuntamente relevante que se autodestruye en la nada a los cinco segundos, todo ello bien sazonado con unos diálogos huecos que no conducen a ningún sitio; o tocan oscuras secuencias de bajo presupuesto adornadas con relleno digital que te dejan tal cual.

Y así sucesivamente hasta llegar a un punto en el que la expectación del personal alcanza el máximo, casi a punto de estallar -en el siguiente capítulo por fin tiene que pasar algo-; si uno no ha desertado antes. Porque el telespectador adicto, siempre dispuesto a lo más sorprendente o inverosímil, no se da por vencido con facilidad, inventa y ve allí dónde nada hay y en su truculento interior desea que cualquier personaje pueda decir digo donde dijo Diego sin que nadie se rasgue las vestiduras, ¡qué satisfacción! ¡los seres humanos pueden ser tan malvados y retorcidos! Poco más, de continuar por los mismos e insulsos derroteros la serie acabará muriendo asfixiada entre disputas de seguidores, a cual más auténtico o enfebrecido, pugnando por las potenciales migajas del olvido.

No deberíamos olvidar que la visualización de una película o una serie televisiva es un fin en sí misma, es el hecho de verlas lo que las justifica, y si con ello uno ha disfrutado o se ha aburrido como una ostra; el resto, los foros, las discusiones en la Red, las opiniones de frikis y expertos inventados o de última hora, los puntos de vista y las supuestas dificultades de técnicos y demás fauna, el rodaje de escenas, las expertas opiniones sobre lo que quieren decir los personajes a cargo de psicólogos de bar o las pretenciosas y forzadas emisiones y programas traídos de cualquier modo para que la atención no decaiga nunca merecerán la pena, no ayudan, enmascaran e intentan poner allí donde no hay.

Bueno, si no tenemos nada mejor que hacer intentémoslo de nuevo, igual el próximo capítulo o temporada son la hostia en cuanto a muerte y destrucción.

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Juego de Tronos 1

Antes de escribir he de reconocer que desconozco la cantidad de gente que sigue la serie, así como el alcance de la campaña publicitaria que la televisión por satélite dedicó a la misma bastantes meses antes de la emisión de la actual temporada; tampoco si la supuesta, ansiosa y enfebrecida demanda entonces vendida era real y si se sigue con asiduidad, sea por el medio que fuere. Una vez reconocida mi ignorancia viene lo que me interesa.

Después de ocho capítulos de la nueva temporada de Juego de Tronos mis dudas se limitan a: si rebajarla a refrito patatero embutido en un envoltorio que no llega a lujo, o pestiño/serial con alarmantes perdidas de fuelle e interés, escaso de recursos y pobremente utilizados, o, lo más normal, material para consumo de frikis aburridos con mucho tiempo libre y poco o nada que hacer. Aún recuerdo a aquellas mujeres extasiadas ante la cámara contando con visible emoción o fingida ansiedad, la entrevista lo requería, los días que faltaban para la vuelta de sus héroes; daba igual lo que fueran a ofrecerle con tal de disfrutar con más muerte y destrucción. O las supuestas colas de seguidores en Sevilla deseosos de ver y tocar a los protagonistas y, a ser posible, aparecer en la serie, de lo que fuera, incluso de negro, a oscuras y de noche. España y Sevilla deberían estar orgullosas por haber sido elegidas como escenario por los dioses del mercado. Eso significa dinero, aunque, visto lo que va de temporada, el resultado es más bien para echarse a llorar.

Que una campaña publicitaria venda humo no es nada nuevo, estamos habituados, lo lamentable es que nos alimentemos de humo; o tal vez se trate de la misma y repetida mentira reproducida ad infinitum. Qué lejanas aquellas primeras temporadas en las que uno tropezaba con la serie entre escéptico y curioso, sin todavía enterarse muy bien de quién era quién. Luego descubrías que Canción de Hielo y Fuego era la saga originaria que dio origen a la serie; una historia escrita que contaba con sus correspondientes iniciados y expertos, lectores normales que la seguían con cierta fidelidad y que, si venía al caso, te hablaban de sus personajes y de su interés como seguidores, sobre todo cuando comentabas lo que estabas viendo en televisión, anunciándote que ellos ya llevaban leídos varios volúmenes con sus correspondientes anexos y aún estaba inacabada.

A veces las series me recuerdan a la literatura por entregas del siglo XIX, los grandes autores de entonces -Dickens o Dumas, por ejemplo- jugaban con el interés de los capítulos periódicos según la demanda, o simplemente la creaban en un toma y daca que imagino apasionante; tal y como se pretende hoy. Hay que decir que por entonces los medios eran mucho más limitados y la imaginación la ponía directamente el lector, un campo abierto e infinito. Pero hablamos de televisión, hablamos de imágenes, hablamos de una imaginación envasada al vacío y envuelta en papel de regalo de dudosa calidad, goloso obsequio que una vez desenvuelto se evapora sin que te des cuenta, es decir, en la actualidad una sucesión de planos y secuencias estiradas hasta el tedio e hinchadas con diálogos tan crípticos como previsibles, un correoso postergar hasta el capítulo siguiente que nunca cumple las expectativas -menos mal que el fiel seguidor siempre va un paso por delante a la hora de rizar el rizo, justificando lo injustificable y suponiendo lo que falta en la pantalla. Seamos sinceros, de vez en cuando sucede algo, porque te pueden tomar el pelo pero hasta cierto punto, la gente no es tan simple como parece. Que recuerde, algo parecido sucedía en el cine a la hora de estirar, también sin ningún miramiento, me refiero a El Hobbit. Uno leyó el libro hace bastante tiempo -nada del otro mundo- y recordaba un volumen más bien delgado del que, mágicamente, el señor Jackson ha sacado tres soporíferos largometrajes, digo soporíferos porque no aguanté el primero, los otros dos me abstuve de dormirlos. ¡Ah! de lo poco bueno que recuerdo de las películas es la voz y la exquisita pronunciación de dragón tan pedante -en la versión original.

En cualquier caso y volviendo a la serie, el único punto u objetivo reseñable y hasta discutible de la misma, el más valorado e importante para el personal, es la maldad; prima por encima de todo el mal en sus múltiples manifestaciones, a cual más disparatada y sin comparación posible, los malos han de ser tan crueles como absurdos, y más, tan irracionales como inimaginables; después nada, o si, la insaciable avidez de más mal, porque aquello sigue.

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