Izquierda

Estas letras deberían empezar con una pregunta, por ejemplo, si aún existe o si todavía sabemos lo que es, pero no voy a hacerlo porque da la casualidad que muchos de los que hablan de izquierda -como imaginaran, políticamente- no saben dónde tienen la mano correspondiente a ese lado del cuerpo puesto que siguen pensando que las cosas siempre hay que hacerlas a derechas; toda una declaración de principios.

Por eso todavía quedan izquierdistas de toda la vida que no han avanzado siglo, siguen llegando tarde, a la victoria final de los trabajadores, a la revolución total y a la derrota del capitalismo contenida en su propia constitución. Ya no habrá triunfo definitivo con un único partido presidiendo una nueva era de la humanidad, tampoco interesan quién o quiénes serían los elegidos para estar en la cúspide dirigiendo esa sociedad ideal; este mundo capitalista, que de buen o mal grado aceptamos, parece no tener fin.

También dicen saber los que aseguran que hoy ya no existen ni derechas ni izquierdas, sino el sentido común y las cosas bien hechas, todo muy natural, muy como Dios manda; porque en la sociedad que tenemos los extremos y radicalismos sólo conducen a la pérdida de referencias válidas (?) y a la violencia. Se trata de gobernar en armonía, porque todos queremos más o menos lo mismo y no hay mejor consejera que la paciencia, y que cada cual colabore a la estabilidad general dentro de sus posibilidades; todos somos necesarios y a todos nos llegará nuestra correspondiente ración de felicidad -lo que no aclaran es en qué vida. Dejen que los que entienden se pongan manos a la obra, el día menos pensado usted también podrá viajar a París para saludar al pato Donald.

Muy necesarios en cuanto al fomento de esta ignorancia general son los radicales, como denuncia el conservadurismo más rancio y apostólico, todos esos hijos malcriados sin interés por algo constructivo y sin que les preocupe saber qué es lo que quieren o de qué lado están; se les llena la boca de libertad -esa blanca, infinita, cegadora y particular pradera en la que no existe cerca ni lejos, ni arriba ni abajo-, amantes del disfrute puro y duro, la acción directa y la destrucción como elemento disuasorio, una tribu acomodada a la negación subvencionada. Peleles de quita y pon bastante útiles a la hora de engordar esos cuentos de viejas que aún funcionan para atemorizar a la gente corriente, esa buena gente a la que tan poco le preocupa las diferencias entre derecha e izquierda, total, todos son iguales.

Y está el grueso de la población, que identifica a la izquierda con la mano en el bolsillo agarrada a un puñado de billetes, lo demás es historia y ganas de marear la perdiz.

Izquierda ya no puede ser un nombre para tan dilatada lista de fracasos y decepciones, para tantas siglas malgastadas, un pasado echado a perder y decenas de futuros a los que siempre llegaron tarde, más preocupados por registrar la pureza de su ombligo que de limpiarlo de errores de parvulario. Una izquierda definitivamente asesinada por una globalización que también les pilla por sorpresa y para la que nunca ha estado preparada. Se aceptan propuestas.

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De lenguas (Navarra)

El camarero, no sé si también dueño o encargado, tanto da, nos había llamado la atención por su amabilidad, una amabilidad fácil y elegante a años luz del servilismo más zalamero que impera en infinidad de establecimientos en los que uno no sabe si le están atendiendo o tomándole el pelo. Daba igual si el tipo era de allí o no, lo que permanecería sería su esmerada y tranquila educación en aquel pequeño pueblo navarro, camino a Roncesvalles, donde comimos tan estupendamente. Es más, cuando llegó el momento de decirles el importe a unos moteros alemanes, sentados en la mesa de al lado y de aspecto imponente, tuvo el detalle de excusarse en el escaso alemán que sabía por haberles atendido en inglés. De alguien así no te olvidas, ni de su cara ni del lugar.

La pareja con la que hablamos es simpática y atenta, poco a poco la conversación acaba derivando hacia los niños, también los suyos, que a poco aparecen por una esquina; los chavales se nos quedan mirando y la madre se siente en la necesidad u obligación de explicarles quienes somos, pero lo hace en eusquera, por lo que no nos enteramos de lo que les dice. La pequeña charla termina y nos despedimos. De regreso al coche voy pensando si es de buena educación hablarles a los niños sin que nos enteremos de lo que les están diciendo, puesto que la conversación sin ellos se estaba dando en castellano… o es que -pienso de pronto- los niños no saben castellano… pero ¿cómo se puede educar a unos niños en este siglo exclusivamente en eusquera -por muy idioma local que sea- y negarles la posibilidad del castellano, otra lengua que no tendrían ninguna dificultad en aprender y con la que podrán moverse por medio mundo sin problemas, amén de conocer y saber directamente de lugares y millares de personas? Probablemente me equivocara y sólo se tratara de un mal gesto intrascendente de los padres hacia nosotros antes que de la lamentable ignorancia de unos niños.

Una joven pareja reglamentariamente vestida de vascos de película, cortes de pelo incluidos, pregunta en eusquera a una mujer mayor asomada a un balcón por la plaza del pueblo y la mujer les indica en un castellano de excelente pronunciación por dónde ir. Bien por la señora; quien pudiera tener esa versatilidad a la hora de los idiomas.

El último. Deambulando entre una niebla que literalmente te empapa a los cinco minutos y unas vacas que pacen ajenas a una frontera físicamente inexistente e innecesaria, ora en Francia, ora en España, nos detenemos ante una placa recién plantada en el suelo. En ella se homenajea a unos señores que durante la Segunda Guerra Mundial se dedicaron a poner a salvo de los nazis a bastantes ciudadanos que, de lo contrario, habrían dado con sus huesos en un campo de concentración. Pero la inscripción de la placa que informa de los sucesos está escrita en francés y en eusquera, por lo que inevitablemente me pregunto por qué no hacerlo en más idiomas, entre ellos el español, puesto que se trata de una frontera española. Con esa información añadida o multiplicada muchas más personas sabrían de las hazañas de tan meritorios y casi desconocidos ciudadanos que arriesgaron sus vidas para poner a salvo a algunos de sus semejantes, a los que probablemente no preguntaron qué idioma hablaban para concederles el beneficio de su ayuda.

 

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Pamplona (y San Fermín)

Exceptuando la cuesta, la calle Estafeta y los alrededores de la plaza de toros -y en todos estos lugares nunca de forma estrafalaria o abusiva-, además del extenso despliegue de medidas disuasorias y de prevención dispuestas alrededor de todas las zonas verdes cercanas o no a los lugares antes mencionados, Pamplona no deja de seguir siendo en las fechas previas a “su fiesta” una ciudad tranquila, ordenada, luminosa y monocorde obligada en cierto modo a cargar cada año, cuando llega Julio, con una tradición y fama debida en parte a la presencia antaño durante estas celebraciones de ciertos tipos famosos y a la voraz propaganda internacional deseosa de clavetear puntos en el mapa a los que embarcar a desocupados con una buena chequera o sin un duro en el bolsillo pero muchas ganas pasarlo bien gratis; hechos y circunstancias que han convertido a la ciudad en un objetivo indispensable de la juerga mundial, cruz que parece llevarse entre la población local con más resignación que entusiasmo. Unas fiestas que si en tiempos pudieron pasar por exclusivamente locales, hoy y en los días previos dan la impresión de soportarse entre muchos de los naturales con más inercia que alegría. La fiesta en Pamplona está ahí, a la vuelta de la esquina, no hay como ojear la prensa nacional e internacional para toparse con una excitación impostada de la que probablemente reniega más de un pamplonica, más apegado a su cómoda cotidianidad que a la fama que pueda traerle su supuesto internacionalismo de agencia de viajes. Porque Pamplona no se siente como una ciudad de fiestas multitudinarias, no es una ciudad cosmopolita, ni le interesa, no es una ciudad de moda, tampoco, ni internacional, ni que se preocupe por estar en los medios de comunicación por cualquier causa, todo lo contrario; Pamplona, la Pamplona que uno pisa y ve horas antes de su fiesta principal, es una ciudad para vivir, con todo lo que ello significa, un vivir de esfuerzo diario, para eso la trabajan y lustran sus habitantes; de fácil acceso, utilitaria, con infinidad de zonas verdes, un tráfico fluido y organizado y un casi anodino trajín que se dispone, inevitablemente y otro año más, a hacer un alto y pasar por el aro de los festejos multitudinarios de fama mundial, circunstancia para la que se prepara en algunos casos como si se tratara del último día de su existencia.

Sin grandes tiendas, sin grandes espectáculos, cotidiana, amable hasta la indiferencia, dedicada a sus problemas, que los tendrá pero no se ven, fácil de caminar y de descansar, práctica y recelosa de su intimidad; y precavida ante las consecuencias no deseadas –que, como muy bien saben, siempre las hay-, para lo que se prepara a conciencia.

Cuando San Fermín se haya ido, para los de fuera y para los de dentro, Pamplona volverá a ser lo que es, una aburrida ciudad dedicada a sí misma y a sus habitantes en la que la vida de cada día es la fiesta más importante.

 

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Spexit

Spexit. Término que al igual que el original británico viene a certificar cómo en las elecciones que hoy se celebran los españoles se autoexpulsarán de la política democrática y los intereses ciudadanos comunes votando, no como ciudadanos responsables e informados, sino como enajenados envenenados por el rudimentario polvo de las patrias, los prejuicios y el resentimiento inducido, volviéndose a hundir un poco más como pueblo en el tribal, dogmático, conflictivo, violento y permanentemente manipulado pozo de su azarosa historia.

 

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Convivencia

Hablábamos de espaldas a la plaza cuando uno de aquellos tipos se acercó donde nos sentábamos y nos pidió un cigarrillo. Lo siento, no fumamos; le respondí. El hombre aceptó de buena gana mi respuesta y regresó al banco a tiempo para echar un trago de la nueva cerveza que acababan de abrir sus amigos, compañeros o quienes quiera que fueran los integrantes del pequeño grupo que ocupaba el banco frente al “24 horas”. Algunos de ellos fueron a sentarse con la botella en la puerta de entrada de una gestoría que ocupaba la fachada del mismo edificio, tal y como hacía un rato nos había dicho con cara de resignación que solían hacer uno de los copropietarios de la misma, un hombre joven y bien parecido que llevaba con más paciencia que fastidio la circunstancia de que junto a su negocio se hubiera instalado aquel establecimiento de apertura permanente que últimamente servía como centro de reunión para gente sin ocupación fija, de paso o de costumbres entre alternativas y disolutas. El joven nos había explicado que era imposible conseguir que el Ayuntamiento hiciera algo con aquello, ni siquiera lograr que el acceso a su negocio apareciera limpio y diáfano, tanto en lo referente a la suciedad y los vertidos de todo tipo en el suelo como a cualquier clase de objetos -propiedades o no- que acababan invadiendo la fachada del edificio y sus accesos. No era posible, la calle es un espacio público que puede ser ocupado por cualquiera, cosa que él mismo entendía y aceptaba, el problema era que, como ahora, los habituales o de paso del aquel grupo de desocupados habían hecho de ese espacio el salón de su casa e iban del banco a la puerta sin orden ni concierto y, en ocasiones y según el grado de alcohol, importunando a clientes y visitantes del negocio.

Sentados en la terraza y desde nuestra perspectiva la cosa, como nos dijo, no era fácil, entraban en juego el derecho general a detenerse y conversar dónde a cada cual le apetezca y la necesaria, salubre y cívica obviedad de disponer de un acceso limpio y aseado a un pequeño negocio que en este caso era el único medio de ganarse la vida de nuestro conocido.

Mirábamos y no decíamos nada, pero probablemente todos pensábamos parecido y no queríamos pecar de intransigentes o intolerantes. En cualquier caso la solución se antojaba difícil, aún más si había que conformar a todas las partes. El “24 horas” hacía negocio con aquel grupo variable instalado en el banco frente a su puerta, el Ayuntamiento se excusaba con lo que podía argumentando, en última instancia, que le resultaba imposible mantener permanentemente limpio el lugar, los empleados y clientes de la gestoría podían rezar porque no surgieran problemas y el resto, como no nos afectaba directamente, nos dedicábamos a mirar entre curiosos y ajenos una situación que se reproduce más de lo que nos permitimos reconocer sin que nadie quiera pringarse sentando a las partes y haciéndoles entender que la convivencia es algo común que no a todos puede satisfacer al cien por cien. Esto también es política, no todo van a ser elecciones, y quién es capaz de sentarse e intentar solucionar estas en apariencia pequeñas nimiedades será alguien en quien confiar en aquellas.

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Más de lo mismo

Que una ciudad como Barcelona tenga que sufrir situaciones como la de las mujeres agredidas por apoyar a la selección española de fútbol -por un grupo de cachorros descerebrados que todavía no han salido del cascarón y ya destilan odio y resentimiento hacia quienes no hacen lo que ellos; pensar les viene grande- mientras unos dirigentes locales y autonómicos, de miras bastante cortas y más bien provincianas, hacen la vista gorda al tiempo que siguen en su empecinamiento de manipular a una población a primera vista democráticamente semianalfabeta e intentan vender en medio mundo un rudimentario y tribal derecho a decidir que ellos mismos son incapaces de respetar con quienes no piensan según el horizonte de sus anteojeras, es para preocuparse. Más, también es preocupante que ante unas nuevas elecciones generales los grupos que se dicen de izquierdas sean incapaces de ofrecer a los ciudadanos un programa de convivencia común y prefieran, de forma rastrera y zalamera, arrodillarse ante los nacionalismos intolerantes y xenófobos que parasitan el precario sistema democrático de este país -o lo que es lo mismo, ofrecerles bajo cuerda un cheque en blanco-, más preocupados de sus propias cuotas de poder que de las posibles mejoras sociales para la totalidad de la población; lo que significa que por aquí las cosas siguen como siempre, estamos en España y Europa todavía queda lejísimos.

Podría seguir diciendo más pero sería repetirme; por eso voy a echar mano de un párrafo de Tzvetan Todorov, de su estupendo y recomendable libro El miedo a los bárbaros:

En consecuencia, los europeos de mañana serán no aquellos que compartan la misma memoria, sino aquellos que sepan reconocer en el “silencio de las pasiones”, como decía Diderot, y por lo tanto con fervor, que la memoria del vecino es tan legítima como la suya. Confrontando su versión del pasado con la de sus antiguos enemigos descubrirán que su pueblo no siempre ha representado los cómodos papeles de héroe o de víctima, y así escaparán de la tentación maniquea de ver bien y mal repartidos a ambos lados de una frontera, el primero identificado con “nosotros”, y el segundo con los otros; y también de la más general de reducir el pasado a categorías morales muy amplias, como “bien” y “mal”, como si fuera posible encerrar la experiencia múltiple y compleja de millones de hombre durante siglos.

No tiene el menor mérito preferir el bien al mal cuando es uno mismo quien define el sentido de ambos términos.

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El gorila

Han sido muchos los que se han tomado la molestia de echarle un vistazo al mal video del niño y el gorila, algunos buscando algo más con lo que alarmarse en su razón de escuadra y cartabón, otros suspirando en el fondo con una tragedia ejemplar como castigo para padres tan despreocupados; muchos más por simple curiosidad, o de oídas. Ha habido quienes han justificado la caída aduciendo que hoy en día los niños son incontrolables (?). También están quienes siempre consideran insuficientes las medidas de seguridad, o la falta de vigilancia, etc. etc.; es decir, para todos los gustos. Tampoco nadie sabe con certeza cómo una criatura se cae desde casi cinco metros de altura y sigue vivo en el suelo… los huesos blandos de los niños, que dicen.

Lo que es más fácil de entender es que un gorila se comporte como lo que es, un gorila, probablemente entre perplejo y aburrido, ante la novedad de una criatura tan tierna al alcance de sus enormes manos; quizás curioso y sin saber muy bien qué hacer con aquel retoño de una especie tan cercana biológicamente a la suya. Sin embargo, los humanos suelen ser más previsibles a la hora de conducirse como humanos típicos, gritan mucho y alto visiblemente alarmados, trayendo y llevando de paso a Dios en sus repetitivas exclamaciones pero sin moverse del sitio; tampoco aparecen de la nada héroes dispuestos a salvar la vida de la criatura y poner la suya en peligro, por aquello de hallarse ante un espécimen tan grande y supuestamente amenazador -¡ah! el cine y su enaltecedora pero mentirosa imagen de la especie humana, hoy en día no hay nada de extraño o disparatado en dudar si alguna vez hubo hombres capaces de dar la vida por sus semejantes; la especie ha empeorado mucho. En cambio es más cómodo y seguro echar mano del teléfono móvil para grabar al detalle lo que sucede allí abajo mientras se calcula el tiempo que vamos a tardar en “colgar” las imágenes en la red, incluso cabe la posibilidad de retenerlas y luego venderlas como primicia… pero alguien se puede adelantar y pisarme la exclusiva -interesante disyuntiva.

Así que todos asisten falsamente afectados, alarmados y expectantes a la espera del siguiente paso del gorila. Es cierto que los animales no suelen ser tan estúpidamente humanos como los humanos y actúan como más o menos lo haría cualquier otra criatura de la misma especie, circunstancia que hacía que cualquier movimiento o intento por parte del animal provocara una oleada de gritos y comentarios; para algunos se mascaba la tragedia, era cuestión de minutos y seguían allí, luego podrían contarlo.

La dirección del zoológico pasó inmediatamente a la acción, por supuesto, y por la vía rápida; nada de alejar a la gente, tranquilizar el escenario y buscar una solución menos drástica. Y como el peligro era evidente -no había más que comparar los tamaños de uno y otro-, se opta por la solución más directa, en lugar de salvar al bebé se mata al gorila, y el gorila, que seguía sin saber qué hacía allí, tan lejos de su ambiente y de los de su especie, frustrado y deprimido en una soledad impuesta, paga con su vida la estupidez de una especie que se dice superior y que todavía no ha entendido cuál es su lugar en este planeta, cosa que sí han sabido siempre los gorilas.

 

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Ningunear

En un espacio de apenas seis metros cuadrados cerrado por una barra rectangular, con tan sólo un acceso por uno de los laterales, cinco jóvenes iban y venían parcos en ademanes y con aspecto preocupado, a primera vista estaban trabajando, pero esto último no implica necesariamente que parezca que te han metido un palo por el culo, además de no ser conveniente para la salud física y mental de los implicados. Lo curioso del caso era que su supuesto y concienzudo entusiasmo no estaba motivado por una numerosa clientela expectante o inquieta ante la demora de sus futuras consumiciones, en la barra apenas se asomaban tres parejas, dos tipos y dos copas de vino de cara a la puerta principal fiscalizando la entrada de cualquier material femenino mínimamente potable con vistas a las posibilidades de la noche; todo estaba por hacer. Las otras dos parejas, él y ella y él y ella, en un lateral del rectángulo, juntas pero no revueltas, toleraban el aburrimiento de la obligada salida nocturna pendientes también de la puerta; contado todo lo contable, buscaban quien les hiciera el favor de proporcionarles entretenimiento antes de dar por finalizada, tal y como estaban sus copas, la noche recién empezada; aguardaban pacientes un alma o almas caritativas deseosas de ofrecerles un tema de conversación, algo fácil y que por esos lugares suele ser el recurrente y socorrido aspecto o pinta del nuevo y su adecuación al glamour del local; el ansiado y desafortunado ridículo de esos despistados -nosotros- que suelen confundir eso de salir por la noche con entrometerse en lugares chic que la gente guapa es renuente a compartir con normales, advenedizos o catetos (supongo que en alguno de estos apartados entraríamos nosotros). Aunque, a decir verdad, estos despistados de tan poco lustre que en más ocasiones de las deseadas se equivocan de puerta suelen dar mucho juego a la hora de entretener el tiempo de una clientela homologada que, sin ellos y las consiguientes y necesarias críticas más que sardónicas que provocan, se aburriría como ostras en su dramática y vacía estupidez; y, en cualquier caso, estos primos no dejan de ser una forzosa salvación in extremis que acaba solucionando la velada para cachondeo general y salvación de un exigente pedigrí a costa de tantas y tantas horas muertas adquirido. Como me decía uno de mis frugales acompañantes, aquel local parecía muy cool; «palabro» que, me temo, él mismo no terminaba de entender y sobre el que no le pedí ninguna comprometida explicación.

El caso era que llevábamos ya un rato charlando en aquella barra y nadie nos hacía ni puñetero caso, los camareros ni siquiera levantaban la cabeza, no fuera que intentáramos requerir sus servicios solicitándoles alguna consumición que les sacara de su simiesca y puntillosa abstracción laboral. Tres de ellos iban y venían sin nada a la vista en las manos, luego uno debía imaginar que sus traslaciones laborales tendrían que ver con un imperioso correveidile relacionado con aquel exclusivo reducto comercial, la barra permanecía igual y nadie parecía requerir sus servicios en las inmediaciones, aunque probablemente me equivocara. Otro más, elegantemente ennegrecido amén de tremendamente concentrado o cabreado, trajinaba bajo la barra con copas, hielos y algo parecido a semillas o brotes secos intentado elaborar -supuse- algunos de esos gin-tonics tan de moda en los que sabores y olores ajenos a la combinación original se empeñan, según caprichosas tendencias de ignoto origen, en maltratar y diluir lo que debería ser una correcta mezcla de ginebra, tónica fría y un toque de limón; es menester recordar que sin esta simpleza jamás puede existir «la copa», aunque últimamente no parece suceder así, no hay copa si no se descubren todo tipo de hierbajos flotando en la superficie. Había un quinto tipo armado de cuchillo y plantado ante dos jamones que formaban los lados de un ángulo agudo cuyo vértice ocupaba un plato que, a juzgar por el proceso en juego, nunca sería llenado; el señor del jamón, también pulcramente ennegrecido con el atuendo oficial, se mostraba más preocupado en saludar por encima de los perniles a cercanos y conocidos, amigos o clientes con los que charlaba sonriente aliñando con babas y salpicazos los cortes de sendos restos gorriniles para regodeo y mayor sabor del futuro o futuros platos de jamón tan sabrosos como nutritivos.

Y nosotros seguíamos allí, aguardando y al parecer sin ser vistos, todavía, a menos de un metro de aquel trajín de moda, el hazmerreír de la barra y la comidilla de las tres parejas ahora dedicadas en cuerpo y alma a repasarnos descaradamente arriba abajo, nada de por encima del hombro, con justo y severo ojo crítico. Evidentemente nos habíamos equivocado de lugar y nuestro aspecto de tipos normales refractarios a las noches al uso por allí nos delataba. Deberíamos tener unas pintas infames para que aquellos elegidos por las tendencias más “in” de la noche madrileña nos miraran sin ni siquiera fingida conmiseración y sin advertirnos de nuestro error; definitivamente aquel no era nuestro lugar, necesitábamos tal vez algo más corriente, más cateto, menos distinguido, además de que tan ínclita casta laboral no podía desperdiciar su tiempo con nuestros incautos deseos de comenzar una buena noche echándonos algo al gollete en un sitio de moda.

Así que, convencidos de nuestra sorprendente e inopinada inexistencia nocturna, despreciados sin palabras por tanta gente guapa, en definitiva, ninguneados por un local y una clientela que no nos merecíamos, nos dimos la vuelta y cambiamos de reposadero. En su favor tengo que decir que gracias a ello tuve tiempo para repasar el pelaje general del local y apuntar estas letras.

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Vargas y la muerte

Andaba con las páginas finales de la última novela del egregio señor Vargas Llosa -otra nueva decepción para una pluma de sus bemoles-, en el preciso momento en el que el autor, ya sin fuelle para salvar el previsible descenso de la obra, se deja ir en un ejercicio literario más bien blandito finalizado antes de tiempo por incomparecencia creativa, con poco nervio y una fijeza por intentar saldar una cuenta pendiente de muchos años con el señor Fujimori y sus secuaces -antiguo oponente de un escritor que creyó tocar el cielo de la política hasta que unas vulgares elecciones le arrebataron su previsible gloria para dársela al infausto “chino”-, cuando la vi tirada en medio de la vía, mejor dicho, no podía ser femenino lo que tan sólo era ya un cadáver, los restos de una extinta mujer de mediana edad vestida de entretiempo que, a saber por quién o por qué, había decidido quitarse la vida de forma tan brutal. El cuerpo se mostraba intacto al sol del mediodía, a excepción del enorme hueco que abría la parte frontal de su cabeza, ahora completamente vacía. Mandé al señor Llosa y sus ricos hacendados jugando a adultos modernos de tan escaso interés dónde debía e intenté regresar a la vía, al sol del mediodía, a las personas que, a la espera de algún juez que diera la orden de levantar el cadáver, aguardaban quizás con hambre y cansancio por tener que estar en aquel lugar a aquellas horas.

Qué bien se deja pintar la muerte en una novela y qué mal pinta en la vida real; cuánta literatura puede inventarse alrededor de un cadáver de papel y qué vacío e indefenso te deja un cadáver real. Cuántas ínfulas de vivos para acabar feneciendo como una incómoda molestia para los demás, cuántos sueños, errores, fracasos y decepciones pueden llevar a una persona a ponerse delante de un tren sin futuro en un mundo en el que algunos, emborrachados de éxito, son incapaces de ver que su tiempo ya tocó a su fin y sólo les queda disfrutar, pero persisten en aburrir a sus semejantes.

Presiento que la fría imagen del cadáver al sol permanecerá bastante tiempo en mi memoria, la novela del señor Vargas ni siquiera me vale como historia.

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Progresistas

Ahora que tan de moda están las cuestiones relacionadas con el progreso y las ofertas progresistas uno no puede dejar pasar la tentación, como no podía ser de otro modo, de detenerse en esos tipos que un día sí y otro también rellenan sus discursos con unos esperanzadores e indefinidos objetivos de progreso, una profusión que ya huele e incluso se está convirtiendo en sospechosa, amén de cansar por reiterativa y vacía, porque hablar progreso o autoproclamarse progresista también es como no decir nada.

Si decir progresista es decir ideas avanzadas no es decir mucho, tan sólo buenas palabras, en primer lugar porque nunca se dice cuales o hacia dónde, de qué modo y a costa de qué o quienes, sobre todo por miedo a defraudar a aquellos mal habituados a lo concreto, ya un poco hartos de quienes se llenan la boca de futuro y esperanzas para luego, cuando toca hacer, abrasarse en la realidad y justificar su inoperancia con el manido argumento de que las circunstancias no dejaban hacer otra cosa o no hubo tiempo para ello; porque, y tal vez sea mucho suponer, cuando unos predican progreso el resto entiende que se está hablando de la misma sociedad en la que unos y otros vivimos.

Progreso también es el simple paso del tiempo tal y como el hombre lo ha elegido y programado, un tiempo que toca rellenar de contenidos y proyectos concretos, no de obviedades generalistas que nada aportan y a ningún sitio conducen. Supuesto el presente es el que tenemos -lo que hay- y es sobre ese haber común sobre el cual deberíamos entendernos por principio a la hora de hablar, todo lo que no sea concretar a partir de ello es marear la perdiz.

Igual que un católico progresa en su vida terrenal en su anhelada aspiración hacia su definitivo descanso final a la derecha de Dios Padre, luego, en principio sabe lo que quiere -morir para descansar feliz en el cielo después de dejar esta inclemencia estúpida que es la vida en la tierra-, el progresista -como buen católico reconvertido- también pretende vender un etéreo final de largo alcance, el principal inconveniente es que el cielo del progresista se halla en este valle de lágrimas -algo sobre lo que no hay nada que objetar-, pero este paraíso ya existe y está ocupado por más de un Dios, por lo tanto las opciones para modificarlo serán difíciles, no todas posibles y no por todos compartidas. Pero eso ya lo sabíamos ¿o no?

 

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