El dedo

De pronto recordé mis primeros trámites con las instituciones bancarias, las firmas repetidas formulario tras formulario, los documentos indispensables, los necesarios avales; luego las exclusivas y personales contraseñas, los crípticos y secretos códigos de acceso etc. Mientras, la gente mayor de entonces seguía moviéndose vía huella dactilar. También recuerdo aguardar en una cola mi correspondiente turno para retirar dinero en efectivo y cómo el anciano que tenía delante le pedía a la cajera con evidente embarazo un tampón, de tinta generalmente azul, para impregnar su dedo pulgar y así firmar el formulario de rigor; “…es que no sé escribir”, se excusaban avergonzados. Seguíamos siendo un país atrasado, aunque los vientos de cambio comenzaban a soplar con fuerza, o eso creíamos. No es que hallamos mejorado mucho con el paso de los años, pero en eso de los usos informáticos, que todos utilizamos con presuntuosa solvencia y sólo unos pocos entienden su funcionamiento, nos comportamos como una más entre las naciones civilizadas; trajinando con claves de acceso, códigos, passwords, IBAN y contraseñas hemos inflado un jerga repleta de secretos y desconfianza que nos convierte en expertos, aunque no sepamos de qué. Y lo último es que dentro de poco tanto misterio no nos servirá de nada, nuestra experiencia informática irá a la basura de un plumazo. Esos mismos bancos que antaño nos ofrecían tan selectos medios para introducirnos en sus pasillos y cámaras acorazadas virtuales han empezado a decidir que no merecemos el gasto y tiempo que genera tanta parafernalia, que era más práctico el método del tampón, total, a fin de cuentas les importan una higa nuestros retorcidos códigos personales y sus inevitables problemas de memoria y olvido. Ahora mismo, los bancos que fanfarronean de tecnológicamente modernos ya están vendiendo la última tendencia como la panacea definitiva, el dedo, y para recochineo general lo publicitan como el más exclusivo y seguro modo de operar en cuestiones de dinero. O sea, que a hacer puñetas claves, passwords y contraseñas, ahora molan más y son más efectivas las formas de aquellos abuelos incultos que se movían con incómoda timidez por suntuosas sucursales de suelos pulidos. Es decir, que su amor por nosotros es tan puro como simple, interesamos menos problemáticos e igual de analfabetos, pero con dinero; adiós a nuestras floridas ínfulas informáticas.

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Mendigos

En el televisor volvían a aparecer unos descerebrados holandeses en Madrid riendo y mofándose de unos mendigos a los que arrojaban monedas para que hicieran algunos actos humillantes para risas y regodeos del respetable y ellos mismos, unas escenas que por sí solas provocarían en cualquier persona normal eso que por aquí solemos llamar vergüenza ajena -amén de algunas otras cosas más que prefiero no decir por simple respeto-; pero lo que no imaginaba era lo que podía venir después. Todos hemos oído en alguna ocasión que la vida real supera a veces a la ficción, y lo que sucedió a continuación me sigue pareciendo algo de esto último. Y fue que uno de los tipos de los que había sentados por allí, fijo en la pantalla, no tuvo ningún empacho en afirmar en voz alta que más allá de las risas y bromas y supuesta humillación que los desvergonzados holandeses infligían a aquellas personas lo verdaderamente importante era que los mendigos al final se quedaron con el dinero. Lo leen como yo mismo lo oí. La cuestión era que al margen de las bromas, el desprecio o la humillación sufrida en público -¡ojo! que no están del todo bien; hay que protegerse ante posibles sospechas- lo importante de toda aquella situación era que el dinero iba a parar al bolsillo de los mendigos; y una actuación similar repetida varias veces al día en el mismo o en diferentes lugares podía convertirse en un suculento negocio que proporcionaría pingues beneficios. Porque -hay más- allí donde se veían unos simples mendigos es más que probable que también hubiera unos tipos taimados y calculadores capaces de hacer lo que fuera por ganar unos euros y enriquecerse a costa de los demás; y el individuo que seguía hablando también afirmaba que probablemente alguno de aquellos que se arrastraba por el suelo medio en broma dispondría de una saneada cuenta bancaria que engordaba con ese inocente no hacer nada diario. Más, también cabía la posibilidad de que aquellas personas hubieran decidido vivir de ese modo porque les salía rentable y, rizando el rizo, algunas hasta cobrarían las ayudas familiares que concede el gobierno, con lo cual el montante final de sus ingresos podía ser más que importante; y hasta podrían ser inmigrantes. Es cierto que entonces recordé la noticia de unos días atrás referida a los usos y hábitos del riquísimo propietario de IKEA, un tipo al parecer bastante austero que apenas sale y consume marcas blancas y baratas, llevando una economía diaria casi de subsistencia con la que, por lo visto, uno puede convertirse en el mayor vendedor mundial de muebles. Debo reconocer que como calculado proyecto exclusivamente económico a largo plazo tal vez pueda ser factible, aunque si uno acaba pensando, aceptando y entendiendo ese tipo de mezquinos razonamientos el orgullo de la especie humana tiene los días contados. También es cierto que puede ser una memez suponer que a una mayoría de las personas les enorgullece pertenecer a la especie humana. Habrá que empezar a revisar el concepto «humano».

 

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Vestidos

Cuando se es joven el atuendo suele ser una forma de manifestarse y en cierto modo enfrentarse a los adultos, a un mundo que todavía no entiendes, no compartes o simplemente te resbala, un mundo al que generalmente no se pertenece y en muchos casos ni se quiere porque entonces se sueña con hacer de la vida lo que uno quiera. Luego, con el paso de los años, llegas a entender que la cuestión del vestido no era en realidad tan importante, que lo importante está en la cabeza, y si la de uno todavía sigue medianamente amueblada dejas la estética de la moda para otros menesteres y situaciones o para otros más preocupados por el aspecto como única manera de ser en el mundo.

Pero esto no quiere decir que el aspecto exterior pase de la noche a la mañana a un segundo plano, si uno recibió una educación más o menos normal entonces le enseñaron que cada situación o acontecimiento de la vida en común requiere y en algún modo exige un atuendo adecuado o correcto a la hora de presentarse o asistir a aquel, sobre todo, y eso es lo verdaderamente importante y algo que a mucha gente se le escapa, por respeto a los demás. A fin de cuentas las relaciones sociales son uno de los pilares de esta y todas las sociedades, es más, diría que son uno de los pocos aspectos de las sociedades humanas en los que el hombre se obliga a los demás aceptando una serie de convenciones que, sin restarle importancia al individuo, sin embargo sirven para engrasar las relaciones de convivencia sin que necesariamente salten chispas por simple contacto. Uno mismo podrá elegir los actos y celebraciones a los que asistir y si se decide por llamar la atención o pasar desapercibido; a otros, en cambio, les gustará acicalarse y mostrarse cuanto más hermosos mejor porque consideran que la situación les merece la pena o simplemente les es mucho más agradable o propicia. Son cuestiones que tienen que ver con el carácter y la personalidad de cada cual.

Todo esto viene a cuento de esos looks simples, austeros, cutres, horribles, menos formales, desafiantes, precarios, menesterosos, reivindicativos -no sé de qué-, solidarios, vulgares, informales… -en fin, llámenlos como deseen- que ciertos grupos políticos, tal que tribus urbanas de jóvenes desarraigados o marginados, se imponen a sí mismos quizás pretendiendo con ello reivindicar ciertas condiciones tribales, sociales o económicas; manifestaciones de un simbolismo básico y bastante primitivo que, supongo, nada tengan que ver con las capacidades intelectuales de sus hipotéticos seguidores. Creo que este empeño por hacer del aspecto personal una cuestión básica de referencia política falsamente reivindicativa me parece una solemne tomadura de pelo. El vestuario, siendo, no es el principal ni único referente de las personas ni debería hacerse de ello una bandera, suena bastante tosco y tendencioso, amén de manipulable, y esconde muchas más cosas de las que un primer vistazo deja entrever; un disfraz para atraer a incautos poco dados a la reflexión y más propensos al irracional conmigo o contra mí. Vamos a dejarnos de simbologías básicas e infantiles pretenciosamente modernas, de atuendos engañosos y sin fundamento, sobre todo por respeto a los demás. Unos y otros nos merecemos más, además, siempre habrá desfiles de “moda casual” para gente sin otro interés que disfrazar sus mentiras adornándose de grises.

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Pablo Iglesias

Para empezar:

Pablo Iglesias se presenta en traje de gala a la ídem de los Premios Goya porque intenta figurar -supone que la ocasión lo requiere-, pero acude remangado al Congreso -un lugar tal vez menos importante- porque él mismo se cree la figura.

Afortunadamente Podemos no es Pablo Iglesias pero, desgraciadamente, Pablo Iglesias se cree Podemos.

Podemos ha sido incapaz de levantar una organización política que elija, sostenga y supervise a Pablo Iglesias, sin embargo Pablo Iglesias se ha convertido en la única organización política de Podemos.

Podemos no necesita afiliados que mantengan y fomenten la propia organización porque Pablo Iglesias no necesita afiliados, sólo necesita votos.

El principal oponente político para Podemos debería ser el Partido Popular, pero para Pablo Iglesias es el PSOE.

Pablo Iglesias es una especie de quintacolumnista que gobierna Podemos con mano de hierro, más preocupado en erigirse como única izquierda -su principal objetivo es retar e intentar hundir al PSOE, ¿alguien recuerda lo que sucedió entre los grupos de izquierda durante la Guerra Civil?- que en echar definitivamente del gobierno a una derecha podrida y corrupta.

Podemos no necesita un líder y Pablo Iglesias no necesita a Podemos.

Pablo Iglesias no necesita a los ciudadanos porque Pablo Iglesias sólo necesita el poder.

Luego, si Podemos no controla y modera las ambiciones caudillistas de Pablo Iglesias, Pablo Iglesias vaciará y hará desaparecer a Podemos.

Fin de la historia.

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Padres y derechos

Hace unos cuantos años una mujer tuvo problemas con la justicia norteamericana porque, al ser sorda, pretendía que su hijo por nacer también fuera sordo, según ella porque de ese modo la criatura podría acceder a su silencioso mundo y sus exclusivas particularidades. Su deseo implicaba intervenir al futuro bebé -es decir, dejarlo sordo- antes de su nacimiento y así satisfacer sus demandas -según ella, sus derechos. Creo recordar que al final la justicia no accedió a tales pretensiones porque consideró que la vida del aún no nacido era una cuestión independiente de los deseos de su madre y la operación una intromisión perjudicial para su existencia y felicidad futuras. Creo que a día de hoy todavía hay algún acuerdo general en lo que se refiere a las condiciones óptimas en las que un recién nacido debe venir al mundo.

Esto viene a propósito de un documental y algunas noticias sobre padres que condicionan e influyen de manera drástica y no siempre beneficiosa en la salud y alimentación de sus hijos según unas creencias muy particulares -que no responsabilidad- consideradas por ellos “más saludables” de lo que en general se entiende para el crecimiento sano o normal de cualquier niño, ya sea evitando algún o todo tipo de vacunas o procurándoles una alimentación deficiente en algún o algunos componentes indispensables para un crecimiento sano y proporcionado -elijan la opción que deseen, desde enemigos mortales de los “elementos químicos pesados” (?) a veganos recalcitrantes. Decisiones que con el paso de los años llevan desgraciada e inevitablemente a los niños a un crecimiento problemático, tanto personal como en lo referente a sus propias relaciones sociales, o no tan saludable como debiera.

Creo que tales terquedades y prejuicios de estos padres para con sus hijos nacen del egoísmo o de la misma estupidez, cuando no dejan de ser pura y simple ignorancia.

Está claro que un adulto puede hacer con su vida lo que le parezca independientemente de que para ello parta o no de una decisión razonada, los motivos pueden ser múltiples, desde el conocimiento informado y responsable hasta la fiel creencia en una milagrosa mano de santo o la adscripción a la última moda alimentaria o relajante, o porque Dios lo quiere. Como suele decirse, allá cada cual. Pero un hijo no es uno mismo, afortunadamente, tampoco una propiedad ni una víctima propiciatoria con la que experimentar; si algunos padres no saben dónde empieza y termina su responsabilidad para con sus vástagos el problema es bastante gordo. Aunque con ello no descubro nada nuevo, todavía se suelen tener hijos como el que le da una patada a un bote; una vez aquí y ya sobre la marcha se verá qué hacer con ellos, cómo alimentarlos o qué vida darles y de qué medios se dispone; otra cuestión es si tendrán al alcance o no todas las oportunidades posibles para llevar una vida feliz.

¿Entonces? ¡Ah! las preguntas. ¿Quién decide qué, cómo, dónde, cuándo, cuántos y por qué? ¿Los padres y su caprichosa responsabilidad? ¿o es necesario un Estado preocupado por evitar errores innecesarios o disparatados de ciudadanos volubles o antojadizos? ¿Existen o deberían existir unas leyes -o más laxo aún, algunas normas morales- respecto a lo que significa traer un ser vivo al mundo y ofrecerle un mínimo de garantías para que pueda ser feliz? ¿Habría algún acuerdo general en cuanto a esos mínimos? Claro -dirán-, depende, según qué parte del mundo, de las inevitables injusticias, las guerras y el capitalismo rampante que nos asola; del subdesarrollo y la escasa calidad de vida de muchas zonas del planeta… pero, probablemente, si uno se para a pensar en el lugar en el que vive, la vida que lleva y a lo que aspira no costaría mucho más hacerlo por quién todavía no existe y jamás pedirá venir. Como también es cierto que cada cual tiene derecho a soñar con su redentor particular…

La opción más fácil es encogerse de hombros y decir que siempre ha sido así, o salir con aquello de qué fue antes, el huevo o la gallina; pero eso es escurrir el bulto por simple pereza mental. Probablemente no seamos culpables de nuestras circunstancias particulares, o puestos a buscar culpables algunos vuelvan la vista a los propios padres, tarde -y no merece la pena-, pero si aprendimos algo de lo que llevamos vivido, porque resulta que ya estábamos aquí cuando nos pusimos a pensar, obligatoriamente tendríamos que ser más humildes y olvidarnos un poco de nosotros mismos a la hora de traer hijos a este mundo, se trata de algo más que una mera y biológica continuación de la especie.

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Histórico

Alguno de esos periodistas tan dados al envoltorio sensacionalista a la hora de adornar una noticia sin chicha ni entidad, esos que suelen echar mano del momento histórico hasta cuando sale el sol, podría advertir el momento histórico -perdón- en el que se halla la política española. Por primera vez en esta democracia el partido de los franquistas reconvertidos en demócratas de boquilla -el partido autodenominado popular, para quién todavía no lo sepa-, puede quedarse al margen del gobierno de este país, y digo al margen porque tampoco vale ni como oposición; su parálisis es antológica y su podredumbre ya pasa de endémica. Y quien hasta ahora solía hacer de oposición no puede gobernar porque necesita a alguien más para sostenerse. También se da la circunstancia de que por primera vez en este país existen una derecha democrática y una izquierda que no es la socialdemocracia de salón del partido socialista. Y para rizar el rizo también existe la posibilidad de organizar un gobierno que, al margen de maximalismos de cátedra o de arengas populistas como brindis al sol, pueda definitivamente dar con las condiciones para organizar de una puñetera vez una política de Estado que de sentido y un objetivo común a la gente de este país. Y para ello basta con estar sentado a la mesa, hoy existe esa posibilidad, porque quién no sea capaz de dejar a un lado posturas intransigentes, odios irreconciliables y venganzas juradas sólo le quedará volverse a los suyos, pobres imbéciles, y seguir engañándoles con la cantinela de que en el fondo la razón está de su parte y como de costumbre han de volver a la oscuridad de su ombligo para de nuevo ver pasar el tren desde los márgenes de la historia -perdón por esta pretenciosa sandez.

Ya está bien de quejarse por lo que otros hicieron, lo hecho hecho está, lo venimos sufriendo y no tiene sentido volver a mirarlo del derecho y del revés para repetir que no tiene solución. Ahora es cuando quienes han venido gritando en contra en la calle tienen la oportunidad de sentarse a la mesa e intentar rehacer lo que está mal o no funciona como debiera. Porque si los ciudadanos somos capaces de ponernos de acuerdo y llevar adelante en el día a día y al margen de nuestras ideas políticas particulares, desde comunidades de vecinos a cualquier tipo de asociación y que éstas funcionen, no sé por qué no pueden hacerlo quienes se pretenden políticos y quieren hacer política. Siéntense y comiencen a gobernar, porque creo que es ahora o nunca, y siempre es mejor estar sentado en la mesa dónde se decide el presente y futuro común que regresar a gritarles a sus fieles -eternas víctimas de la incompetencia de sus representantes- las mismas vacías e inútiles consignas en el yermo del autodestierro. Y déjense de líneas rojas y prioridades irrenunciables -es probable que las suyas y las mías tampoco coincidan-, den un paso adelante o regresen a las cloacas para siempre.

 

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Políticamente correcto

Hay quien suele usar o interpretar aquello de “políticamente correcto” según una personal apreciación que en numerosas ocasiones tiene poco o nada que ver con el origen del término, lo cual acaba siendo motivo de confusión más que de entendimiento.

La lengua no es sólo un vehículo de comunicación, también es una herramienta creada por el hombre que ordena y prefigura la realidad sustentando y nutriendo el mundo de los hablantes, el mismo mundo que organiza sus vidas y los objetos a su alcance dándoles una utilidad y un sentido más o menos definitivos. Y como en toda creación humana su pervivencia en el tiempo se complementa con las consiguientes modificaciones -renovaciones y supresiones- que sus creadores y mantenedores tienen a bien introducir con el paso de las generaciones. Es como parte de ese aspecto renovador del lenguaje que surge la noción o concepto “políticamente correcto”, un criterio que en principio pretendía evitar cualquier uso de la lengua que pudiera implicar una ofensa -vía nominal- hacia ciertas ortodoxias o grupos sociales, intentando impedir un juicio peyorativo u ofensivo mediante el acrítico nombrar y con ello el posible condicionamiento y/o perdida de consideración en el trato hacia determinadas situaciones y grupos sociales.

Reconocida la nueva competencia y considerando la prevención hacia el mero pero en algún modo ofensivo nombrar tocaba pulir la lengua de aquellos términos que pudieran dar lugar a equívocos o faltas de respeto, casos y situaciones que había que corregir por el bien de la común convivencia. Cuestión que tocaba a los hablantes advertir y corregir en sus reiteraciones, olvidos o simple desconocimiento a la hora de usar la propia lengua, asunto que, explicado en su momento, no suponía ningún esfuerzo alterar, rodear o evitar por parte del hablante.

Pero políticamente correcto también pasó a ser aquel juicio u opinión que no cuestionara o juzgara peyorativamente una postura o situación política o social, y no digamos criticar, obligando torticeramente al hablante a moderarse o cohibirse cuando lo que estaba haciendo era opinar o juzgar de modo contrario respecto a lo que en muchos casos era incorrecto o simplemente estaba mal; con ello se daba por hecho y necesario la aceptación voluntaria de un pensamiento único convertido de la noche a la mañana en una exclusiva y tendenciosa visión del mundo mantenida sin opciones ni alternativas por un poder que se pretendía absoluto y manipulador.

En otros casos también se terminó llamando políticamente correcto a un uso del lenguaje en el que no apareciera ningún exabrupto o voz malsonante, rápidamente tomada por ofensiva por quien o quienes, según su particular consideración, la rumiaban suficiente para rehuir toda confrontación y refugiarse en su egoísta e interesado punto de vista. Como tampoco tiene que ver políticamente correcto con la educación y el respeto a la hora de hablar, necesarios cuando se pretender atar la atención del oyente sin que necesariamente tenga que salir corriendo a las primeras de cambio porque ha decidido atascarse voluntariamente en una palabra o afirmación contraria tomada al instante como un insulto o salida de tono que venía como anillo al dedo para justificar su huida y con ella cualquier posibilidad de escucha y posible aceptación o entendimiento.

Desgraciadamente, esta manipulación interesada del término “políticamente correcto” y su cambiante significación, que nunca ha sido una deriva al azar, muestra un uso malévolo de la lengua por parte de aquellos preocupados por sostener una única realidad acorde a sus intereses, alejando hacia situaciones marginales despojadas de discurso o refugiadas en una terminología desfasada o futurista a quienes pudieran representar un obstáculo para sus ambiciones. Y lo que era un término nacido para dar cabida y ofrecer el respeto de una mano abierta a los que se mostraban o nos parecían contrarios o diferentes se convierte, de la noche a la mañana, en una expresión que acaba sacralizando las buenas costumbres de siempre según un pensamiento conservador que generalmente suele exhibir más inteligencia a la hora de actuar y apropiarse del presente y su única realidad mientras expulsa a sus oponentes a inevitables e inútiles disquisiciones sobre el futuro.

 

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Trabajando

¿Cuántos de los tipos que uno suele ver atornillados a la pantalla de un ordenador, con cara de palo y sin apenas pestañear, están realmente haciendo algo útil, ya sea para sí mismos o para los demás, incluido trabajar?

Difícil respuesta. A todos nos ha ocurrido alguna vez, o muchas, tener que esperar en una sala u oficina, da igual si en una empresa pública o privada, en la que ante nosotros se sentaban varias personas atentas con diligente aplicación a las pantallas de sus correspondientes ordenadores. Algo cohibidos por la situación -allí uno no deja de parecer un intruso que viene a molestar- nos hemos refugiado en alguna silla lo más alejada posible, si las había, dedicándonos desde nuestra posición a pasear la vista por la estancia sin cometer el error de detenernos en alguno de aquellos devotos del trabajo vía informática; aunque después de un rato, cuando la espera se prolongaba más de lo esperado y ya agotada la reserva de miradas al azar y sacado todo el provecho posible de la decoración o a cualquier cosa que se nos hubiera antojado curiosa o errónea no hemos tenido más remedio que tropezar con la tropa de enfrente y su eficiente y envidiable laboriosidad, primero tímidamente y luego con algo más de descaro, eso sí, procurando que ninguno de ellos llegara a notar nuestro vacilante inmiscuirse. Entonces solemos caer en la cuenta de que tampoco ninguno de aquellos nos devolvió el saludo cuando entramos, a algunos incluso pareció molestarle nuestra presencia a tenor de las miradas de indiferencia o lástima con las que nos correspondieron; y ahora también advertimos que desde que estamos allí entre ellos tampoco existe el mínimo contacto, quizás por la posible pérdida de tiempo o concentración. Tampoco se dirigen la palabra y mucho menos charlan o sonríen. Y después de otro rato ya no hay mucho más de lo que estirar, aquellos siguen a lo suyo y se empieza a fantasear sobre las importantes tareas que absorben a esos circunspectos y concentrados ejemplos de probidad laboral.

La sorpresa viene cuando la espera toca a su fin y por casualidad, durante un tiempo siempre breve, tropiezas con la posición desde la cual es posible ver una de las pantallas y lo que en ella sucede o se reproduce para al fin descubrir aquello que sostiene la devota atención del sujeto o sujetos en cuestión. Imagínenselo, elijan página, vídeo o juego. Fin de la historia.

Pero mi intención no es censurar lo que cada cual hace con su tiempo durante el horario laboral, se supone que todos somos mayorcitos para saberlo, sobre todo si tenemos la fortuna de tener un trabajo. Y he llegado a la conclusión de que cuanto más concentrado parece el sujeto y por lo tanto menos dado a corresponder con un saludo o sonrisa al recién llegado, gesto que una mínima educación debería dar por aprendido amén de puesto en práctica con cortés naturalidad, más estreñido y nervioso se muestra y consiguientemente menos importancia tiene lo que estuviera haciendo. Si el esfuerzo que dedicamos a parecer que trabajamos lo dedicáramos también, además de a trabajar -no soy yo quién para exigir, ritmos, celo y productividad-, a ser más amables y sociales con los demás haríamos menos molestas las esperas de algunos, y hasta jugaríamos más relajados, sin tener que fingir, puesto que todo fingimiento lleva aparejado una tensión física que puede desembocar en alguna enfermedad laboral.

 

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Cuando menos se espera

Que ante la parsimonia política general sostenida a base de relleno de mala calidad alimentado por discursos vacíos, sin chicha ni contenido tangible, declaraciones para salir del paso que ni siquiera llegaban a intrascendentes, advertencias sin destinatario en forma de brindis al sol, discursos rayados y ambiguos que ocultaban más que decían, una flagrante inoperancia comunicativa o la simple incompetencia personal haya tenido que ser la figura ornamental del rey y el ceremonial al que obliga esta imperfecta democracia que padecemos -como todas- la que haya dado el primer paso y en cierto modo forzado a sentarse a la mesa de una puñetera vez a quienes están obligados a enfrentarse o entenderse con propuestas creíbles y factibles no deja de resultar sonrojante. Que después de más de un mes ni unos ni otros hayan sido capaces de hacer política y concretar unos puntos comunes con los que empezar a trabajar y volver a hacer funcionar el poder de un país al cual todos aspiran y para el que supuestamente quieren trabajar no dice mucho de nuestros políticos, todos.

Tipos todavía agarrados a declaraciones de principios que a nadie interesan o sometidos a posiciones maximalistas que no conducen a ningún sitio porque parecen hablar de presentes diferentes bastante alejados de la realidad que uno creía conocer, llegando a hacernos dudar si vivimos en el mismo país. A lo que ha venido colaborando una prensa servil y de escaso o nulo valor político colonizada por plumillas a los que parece mover el odio, el miedo o el rencor personal, cerebros repetidos aplicados desde sus privilegiados púlpitos a enfangar el panorama general en nombre de una supuesta libertad de prensa que no aporta nada nuevo, más falsos temores, acusaciones inventadas y deseos de venganza, o el colmo de pretender desenmascarar al mismísimo diablo encarnado en la tierra por el sujeto de una inquina personal, o señalar a aquel otro como enemigo según las órdenes directas de quien les paga; vendidos.

A todo ello hay que añadir las presiones de caciques de todo tipo y color, veladas o no, hacia quien de dar un paso adelante y negociar sin permiso podría amenazar la añorada sinecura con tanto esfuerzo y años ganada y tal vez su desgraciada pérdida.

Y todo ello si descontamos el pozo de mierda, que no para de crecer, en el que se ha ido convirtiendo el partido actual y temporalmente en el poder.

Creo que a más de uno deberían darle una educación básica indispensable sobre cuestiones democráticas -no digo reeducar- y recordarle que la democracia, sin ser un sistema perfecto -repito-, obliga a dejarse de medias palabras y competir legalmente con los demás por un poder que se nos ofrece para que lo ejerzamos porque supuestamente sabemos lo que queremos hacer con él y porque nos preocupa la vida de nuestros conciudadanos, no nuestro orgullo de peón interesado y sin decencia política.

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Niños

Después de ver otra de las innumerables películas en la que alguno de sus personajes exclama abatido aquello tan manido de “son sólo unos niños” mientras llora a unas nuevas víctimas de ficción escogidas entre uno de los grupos sociales más perjudicados de la historia, vuelvo a sentirme incómodo, cansado de la misma propaganda y harto del uso interesado que suele hacerse de esa parte de la sociedad. Los niños, menores y/o adolescentes, suelen regresar diligentemente para lo que haga falta. Violentamente relegados por el poder más cruel a un papel menor que obvia y usa a su conveniencia sus particulares circunstancias, o las manipula y tergiversa para confundirlos y confundir al resto de la población, siempre vienen a pedir de boca para aquellos que, parapetados tras unas supuestas denuncias o evidencias, pretenden dar una cierta consistencia de veracidad a sus devaneos cinematográficos o publicitaros, disponiendo de su presencia y sufrimiento en el centro de una historia cualquiera y buscando en última instancia la enésima aflicción en un espectador que, como buen y experimentado adulto, sabrá encajarla con sabia resignación o dolorosa indiferencia para hundirse aún más en su personal impotencia de cero a la izquierda. Corresponde al lector, oyente o espectador de turno, como depositario final, caer rendido, triste y pensativo ante la sangrante prueba que le acaban de poner delante de sus mismas narices, nuevamente; aunque los hay que se jactan de su decencia y dureza de experto ufanándose en mostrar un corazón de piedra ante lo que ellos, iluminados, ven con aguda e inútil sabiduría como una forma más de engaño por parte del enemigo invisible, ese poder y su capacidad de manipulación que nadie conoce personalmente y todos entienden y comprenden a la perfección.

Ya hemos asumido de antemano que esos niños seguirán siendo unos de los trágicos protagonistas de nuestro descastado presente, traídos y llevados a capricho por cualquiera con visión publicitaria o ínfulas artísticas. Siempre los niños y el repetido sufrimiento de quienes parecen existir en este mundo como permanente moneda de cambio, proyectos de adultos que nunca serán y que nos empeñamos en parir y parir a sabiendas de que jamás podremos ofrecerles la vida que se merecen, cualquiera con un poco de dignidad y un mínimo horizonte de felicidad al que añadir el permanente agradecimiento por nuestra parte porque ellos nunca pidieron ver el sol.

Pero no es hora de pontificar ni de intentar convencer a nadie que no quiera, como ya está bien de renovar como pánfilos esa bastarda esperanza en una humanidad de inexplicable presente y complicado futuro. Las cosas no deberían ser así, por mucho que más de uno o muchos argumenten que si no fuera por esos ejemplos y revelaciones seríamos aún peores. No lo creo, el uso indiscriminado de los niños como pretexto no nos ha hecho ni nos va a hacer mejores, simplemente cambiamos de tema.

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