Padres y derechos

Hace unos cuantos años una mujer tuvo problemas con la justicia norteamericana porque, al ser sorda, pretendía que su hijo por nacer también fuera sordo, según ella porque de ese modo la criatura podría acceder a su silencioso mundo y sus exclusivas particularidades. Su deseo implicaba intervenir al futuro bebé -es decir, dejarlo sordo- antes de su nacimiento y así satisfacer sus demandas -según ella, sus derechos. Creo recordar que al final la justicia no accedió a tales pretensiones porque consideró que la vida del aún no nacido era una cuestión independiente de los deseos de su madre y la operación una intromisión perjudicial para su existencia y felicidad futuras. Creo que a día de hoy todavía hay algún acuerdo general en lo que se refiere a las condiciones óptimas en las que un recién nacido debe venir al mundo.

Esto viene a propósito de un documental y algunas noticias sobre padres que condicionan e influyen de manera drástica y no siempre beneficiosa en la salud y alimentación de sus hijos según unas creencias muy particulares -que no responsabilidad- consideradas por ellos “más saludables” de lo que en general se entiende para el crecimiento sano o normal de cualquier niño, ya sea evitando algún o todo tipo de vacunas o procurándoles una alimentación deficiente en algún o algunos componentes indispensables para un crecimiento sano y proporcionado -elijan la opción que deseen, desde enemigos mortales de los “elementos químicos pesados” (?) a veganos recalcitrantes. Decisiones que con el paso de los años llevan desgraciada e inevitablemente a los niños a un crecimiento problemático, tanto personal como en lo referente a sus propias relaciones sociales, o no tan saludable como debiera.

Creo que tales terquedades y prejuicios de estos padres para con sus hijos nacen del egoísmo o de la misma estupidez, cuando no dejan de ser pura y simple ignorancia.

Está claro que un adulto puede hacer con su vida lo que le parezca independientemente de que para ello parta o no de una decisión razonada, los motivos pueden ser múltiples, desde el conocimiento informado y responsable hasta la fiel creencia en una milagrosa mano de santo o la adscripción a la última moda alimentaria o relajante, o porque Dios lo quiere. Como suele decirse, allá cada cual. Pero un hijo no es uno mismo, afortunadamente, tampoco una propiedad ni una víctima propiciatoria con la que experimentar; si algunos padres no saben dónde empieza y termina su responsabilidad para con sus vástagos el problema es bastante gordo. Aunque con ello no descubro nada nuevo, todavía se suelen tener hijos como el que le da una patada a un bote; una vez aquí y ya sobre la marcha se verá qué hacer con ellos, cómo alimentarlos o qué vida darles y de qué medios se dispone; otra cuestión es si tendrán al alcance o no todas las oportunidades posibles para llevar una vida feliz.

¿Entonces? ¡Ah! las preguntas. ¿Quién decide qué, cómo, dónde, cuándo, cuántos y por qué? ¿Los padres y su caprichosa responsabilidad? ¿o es necesario un Estado preocupado por evitar errores innecesarios o disparatados de ciudadanos volubles o antojadizos? ¿Existen o deberían existir unas leyes -o más laxo aún, algunas normas morales- respecto a lo que significa traer un ser vivo al mundo y ofrecerle un mínimo de garantías para que pueda ser feliz? ¿Habría algún acuerdo general en cuanto a esos mínimos? Claro -dirán-, depende, según qué parte del mundo, de las inevitables injusticias, las guerras y el capitalismo rampante que nos asola; del subdesarrollo y la escasa calidad de vida de muchas zonas del planeta… pero, probablemente, si uno se para a pensar en el lugar en el que vive, la vida que lleva y a lo que aspira no costaría mucho más hacerlo por quién todavía no existe y jamás pedirá venir. Como también es cierto que cada cual tiene derecho a soñar con su redentor particular…

La opción más fácil es encogerse de hombros y decir que siempre ha sido así, o salir con aquello de qué fue antes, el huevo o la gallina; pero eso es escurrir el bulto por simple pereza mental. Probablemente no seamos culpables de nuestras circunstancias particulares, o puestos a buscar culpables algunos vuelvan la vista a los propios padres, tarde -y no merece la pena-, pero si aprendimos algo de lo que llevamos vivido, porque resulta que ya estábamos aquí cuando nos pusimos a pensar, obligatoriamente tendríamos que ser más humildes y olvidarnos un poco de nosotros mismos a la hora de traer hijos a este mundo, se trata de algo más que una mera y biológica continuación de la especie.

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