Notas a Decidir

Entonces ¿qué piensa la gente de la calle sobre la moda del verbo decidir? ¿cualquier adulto de este país tiene una opinión acerca de lo que sucede a su alrededor? Además, una vez que alguien se lanza a decidir ¿dónde está el límite? ¿tiene derecho, por ejemplo, una población a decidir a qué organización política mayor o superior prefiere pertenecer? ¿Quién se lo va a prohibir? ¿El evidente silencio que se huele en la calle significa que esto no nos debe afectar? Supongo que todo el mundo sabe que de seguir adelante el caso catalán y sus más que posibles derivaciones regionales nuestras vidas cambiarían drásticamente, y me temo que a peor. ¿Por qué nadie dice que el país que actualmente tenemos lo hemos construido entre todos, que entre nosotros hay más cosas en común que diferencias, que un grupo más numeroso y cohesionado tiene más opciones para compartir, cooperar y prosperar, de lograr mayor estabilidad en el presente y un futuro más prometedor y que es actuar de mala fe intentar dejar el barco cuando las cosas van económicamente mal?

Nunca será una buena idea convertir el país en otra ex-Yugoslavia, un grupo de pequeñas naciones permanentemente enfrentadas e irrelevantes a nivel internacional.

Que un gobierno muerto como el actual solo disponga de un rancio nacional-catolicismo igual de cateto para hacer frente a la moda del derecho a decidir no significa que cada cual no intente y pueda defender el valor del trabajo en común para conseguir más para un mayor número de ciudadanos, que es lo que en definitiva somos todos. Que estos parroquialismos del siglo XIX -perdón por la grosería, el término políticamente correcto sería “las diferentes sensibilidades nacionales»- dejen a la mayoría de la ciudadanía muda y sin respuestas, como si la cosa no fuera con ella, es más vergonzante que triste. Sobre todo cuando la cuestión de fondo se limita a intentar hacer prevalecer lo mío a costa de lo del vecino mediante la incongruente ostentación de anticuados tribalismos que nada tienen que hacer frente a los auténticos poderes de este siglo XXI.

¿Por qué nuestros políticos tienen unos horizontes tan limitados? ¿Por qué no son capaces de defender con claridad un único proyecto común y dejar a un lado definitivamente esas anacrónicas mezquindades de otros tiempos? Aunque temo que probablemente me he vuelto a equivocar, pues vivo en un país de profesionales cualificados y económicamente independientes a los que les importa un bledo a qué hacienda defraudar los impuestos. ¿Dónde podría irme?

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Decidir

Que tantas personas hablen o utilicen últimamente en sus conversaciones el verbo decidir, ponderen sobre sus excelencias o lo exijan como principio sin saber muy bien de dónde proviene tal moda no es fruto de la casualidad ni algo que impongan los tiempos.

En nuestras vidas estamos continuamente habituados y exigidos a decidir, por acción u omisión, sin andar instalándonos en un periodo reflexivo especial ni obligados a crear un punto y aparte antes de cada asentimiento o negación a lo por venir; el mundo que tenemos lo venimos haciendo diariamente entre todos con nuestras propias decisiones, es lo que queremos y está ahí, a la vista, luego no podemos redescubrir como novedosa o ineludible una actividad que ya es cotidiana. La cantinela en la que viene envuelto el verbo decidir obedece a una campaña que persigue unos propósitos específicos a costa de la aparente neutralidad del mismo verbo. La naturaleza de tal manipulación y el objetivo final, que no deja de ser una imposición interesada y partidista, lo verá quien quiera verlo.

Es como aquella pregunta estúpida y malintencionada que se les hace a los niños, ¿a quién quieres más, a tu papá o a tu mamá? Y el chaval se ve de pronto metido en un berenjenal del que no sabe muy bien cómo salir porque nunca antes ha necesitado preguntárselo; porque el amor a sus padres es una realidad con la que vive, demostrada día a día con sus actos y su relación con ellos. Un amor repleto de hechos que no necesita de una recapitulación ni de una pregunta tan inútil como perversa. La cuestión es quién y para qué se conciben tales preguntas-trampa, preguntas que no tienen nada de imparciales ni de ingenuas.

Uno mismo sabe de sus filiaciones y sentimientos en la práctica diaria, los muestra con sus actos, como también sabe de sus diferencias tal y como todos sabemos diferenciar entre el amor a un hijo y el amor a tu pareja sin necesidad de que venga nadie a imponernos un antes y un después o a juzgarnos por su pureza y conveniencia, o nos obligue a decidir cuál es mejor.

Entonces, qué contestarían si nos conminaran a elegir una de estas tres respuestas: ¿En caso de necesidad a quién mataría antes, a su padre, a su madre o, no sabe no contesta? Probablemente la mayoría de las personas, al tener que decidirse inevitablemente por una opción, se decantarían por la tercera, lo que en cierto modo los convierte en unos estúpidos que simplemente no saben. Cuando la opción correcta tal vez fuera la de eliminar al tipo o tipos que conciben tales estratagemas de manipulación pública haciéndolas pasar como normales e inocentes.

En este caso el fin perseguido está antes que la propia palabra, luego no existe tal imparcialidad o legalidad, sino la exigencia de una imposición torticera disfrazada de ingenua y casta caperucita.

 

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Autistas

Hay ocasiones en las que es muy difícil o casi imposible hacerse entender puesto que una de las partes que interviene en la conversación impone un particular punto de vista que principalmente consiste en no tener un punto de vista respecto a lo que no le interesa o no interviene o afecta directamente a su vida particular, la vida social no existe o es otra extensión de un yo único y exclusivo; cada cual es libre de hacer todo aquello que le venga en gana si con ello disfruta o es feliz. El problema de esta posición es que resulta imposible mantener una conversación en la que haya opiniones contrapuestas porque las posibles discusiones, enfrentamientos o diferencias de pareceres significan una pérdida de tiempo, todas las opiniones son siempre respetables y las razones son tan inextricables y propias que el otro no tiene por qué aceptarlas y ni mucho menos entender. Estas personas ignoran olímpicamente -y se jactan de ello- todo lo que a su alrededor ni les afecta ni les interesa. Su voluntad se alimenta de un caprichoso aspecto personal e intransferible que exhibe y defiende a ultranza una libertad sin responsabilidades, un auténtico hacer que lo que dé la gana en el que el único condicionante es el dinero, un yo quiero en el que jamás aparece lo colectivo, el resto de las personas, la humanidad, el reino animal o la entera tierra. Más claro, uno tiene todo el derecho a hacer lo que quiera en función del dinero que disponga.

Por ejemplo, ¿que a usted le apetece escribir un libro sin tener idea de escribir? lo escribe, lo autoedita, lo reparte entre sus familiares y amigos y tan campante. Aprendizaje, tiempo, historia, lecturas, literatura, materiales invertidos o residuos finales, incluido el propio libro, no son cuestiones significativas porque lo único importante es que usted haya sido feliz haciéndolo. Que el libro es infumable o de vergüenza ajena ¡qué más da! si a mí particularmente la literatura y la cultura en general no me interesan, como si no existieran. Vamos al otro lado, para variar, ¿que usted sueña una noche con delfines blancos y de pronto siente la imperiosa necesidad de verlos y nadar junto a ellos? pues, como el que escribe un libro porque le apetece, nada mejor que cruzar medio mundo en un avión directo a las antípodas a la primera oportunidad, exigir un hotel de cinco estrellas de calidad, comida exótica en abundancia, un portentoso vehículo que le lleve hasta el mismo nido de los bichos y un experto que lo sitúe a tiro de cámara para que usted pueda sacar unas inmejorables instantáneas con las que fardar ante sus amigos. En el fondo se trata de las mismas cosas y es cuestión de gustos.

Estamos perdiendo o hemos perdido ya el sentido de lo colectivo, repudiamos arrogantemente la experiencia y el pasado y despreciamos los significados del adjetivo común y del verbo compartir además de haber olvidado el respeto a lo que ha sido o existe y es sin nuestra banal y libre intromisión y sin necesitarnos.

 

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Inocentes

Unos tres mil individuos que se autodefinen como “antisistema” y sin embargo viven y medran dentro del sistema que detestan vienen utilizando los propios medios del sistema para intentar desmantelarlo con la aquiescencia de un típico y genuino cacique del sistema que pretende salirse del sistema que lo avala con el apoyo de aquellos para formar un minisistema igual que el mayor pero a la medida de su ambición que organice el presente y futuro de más de siete millones de inocentes que asisten al espectáculo como simples espectadores en el limbo de los sistemas.

 

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Regalos

Como buenos mediterráneos e ibéricos tan dados al todo o nada este país se ha regalado para Navidad una variopinta y repleta mesa de negociación en lugar de un nuevo gobierno. Y como no podía ser de otro modo unos y otros ya andan lanzando brindis al sol prometiendo o exigiendo certificados, dignidades varias y mostrando corazones incorruptibles que no están en venta porque su pureza es casi divina, además de mostrar cara de póker, por si acaso, antes de vérselas con sus contrincantes políticos o enemigos irreconciliables en la citada mesa de pactos. Conociendo el percal es de temer que las hipotéticas negociaciones sean más bien una cuestión de bemoles, con lo que la cosa se puede demorar sine die y acabar en otras elecciones dentro de unos meses.

Empeora o dificulta la cuestión que después de cuarenta años de democracia a la española los sucesivos gobiernos de cualquier signo, más preocupados por hacer del poder su propio cortijo, hayan sido incapaces de orquestar una política de Estado que nos identificara mínimamente fuera de nuestras fronteras, una cuestión más importante de lo que parece que hubiera venido a significar, más o menos, la elección y puesta en práctica de una serie de puntos fundamentales en cuanto a la administración y el gobierno de esta tierra y sus gentes. Porque lo poco que se ha conseguido levantar se hizo forzados por las enormes cantidades de dinero que Europa nos concedía como país en desarrollo, pero al parecer es tan escaso y tan poco apreciado por la misma población que ya lo estamos repudiando y dejando que se muera sin mover un solo dedo. Será que de pronto nos hemos vuelto ricos y despreciamos todo lo que huela a común o público.

Pero ojalá me equivoque y por esta vez las negociaciones venideras que sentarán en la mesa a estas nuevas propuestas políticas que tanto hablan de entendimiento, regeneración democrática y lucha sin cuartel contra la corrupción y las malas prácticas políticas fructifiquen y, por fin, sean capaces de organizar un país nuevo sin los viejos rencores. Por ello supongo que antes de apuntar demasiado lejos y pedir la luna reconocerán que en primera instancia necesitamos combustible y dónde y cómo conseguirlo para solventar nuestro más prosaico día a día.

Porque si va a suceder lo mismo que viene ocurriendo en Cataluña, donde después de tres meses siguen sin gobierno y sin ponerse de acuerdo en cuanto a la gobernabilidad más urgente, entonces mejor coger la puerta y cerrar el chiringuito. Si la mejor propuesta de gobierno es la inercia administrativa que sigue dirigiendo los asuntos de los catalanes pero trasladada al conjunto de la península mejor dejamos el país en manos de una gestoría.

Parece que por aquí cuesta entender que la política es una actividad dedicada a los medios antes que a los fines, y medios significa formas y decisiones de gobierno que se preocupen en primer lugar del presente de una población que, a partir de unos mínimos dinerarios, educacionales, sanitarios, sociales y de honradez, impepinablemente debe construir los cimientos dónde se apoyarán, lo quieran o no, las generaciones y el tiempo futuro. Se trata de echar a andar sin rompernos la crisma en el primer escalón, y que los que vengan detrás puedan disfrutar de la escalera.

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Fondo de armario

Hay una película bastante antigua -de la que ahora mismo no recuerdo el nombre, sólo que era en blanco y negro- en la que el protagonista inventa un tejido que nunca se manchaba, ni se desgarraba o deshacía, con lo cual uno podía mostrar el mismo traje igual de reluciente que el primer día, sin preocuparse por los lamparones o las arrugas. Se acababa tener que gastar en ropa, con lo que ese dinero podía dedicarse a otros menesteres con la seguridad añadida de poder ir siempre de punta en blanco. Pero la felicidad nunca es completa y desgraciadamente suele ser normal que la población actúe contra sus propios intereses; así, en la película la gente comienza a perseguir al inventor porque con su tejido indestructible enviaría al paro a todos los trabajadores que vivían de la fabricación y confección de vestiduras. No había en la película nada de modas, exclusividad o últimas tendencias. Al final, creo que para contentar tanto al público ficticio como al real, el guión se saca de la manga un giro providencial haciendo que el tejido culpable tenga un único fallo, a partir de no sé qué motivo se deterioraba por sí sólo quedando inservible. Vuelta a la cruda y familiar realidad y fin de la historia.

Hoy, en cambio, sucede todo lo contrario, se fabrica ropa a tal velocidad que no da tiempo a gastarla, tampoco es que importe, incluso puede ser un fastidio; es lo que tiene el consumo, que nos hace creer que cada mañana cambiamos de cara y aspecto, pero lo que hacemos es limpiarnos las legañas, porque la percha sigue siendo la misma, con idénticas rémoras y achaques. Este frenesí consumista hará que ya no sean necesarios los socorridos “fondos de armario” a los que acudir para salir del paso, tampoco harán falta armarios porque la ropa no llegará a estropearse, será de usar y tirar -si no lo es ya- y viviremos siempre de estreno, el mismo y aburrido cuerpo cubierto de telas cada vez de menor calidad, mal cortadas y peor cosidas; es lo que tiene el brillo, que te ciega sin dejarte ver de donde proviene y acabas confundiendo y confundido, pero al menos no desnudo. También lo tienen crudo los fabricantes de armarios, ya no serán necesarios esos armatostes porque no habrá necesidad de guardar o conservar nada que nos guste o apetezca porque no nos dará tiempo a apreciarlo, podremos cambiarlo a las pocas semanas.

Es lo que tienen y el objetivo de esas macrotiendas de moda, vaciar y renovar por completo las estanterías cada pocas semanas, un suculento negocio en el que suelen confundirse moda y tendencias con manipulación -perdón por la palabrita, ¡con lo inteligentes que somos!- Frente a ellas todavía subsisten y progresan los sastres de toda la vida, esos que cobran más de cinco mil euros por un terno a medida; pero esa es otra historia que ahora no viene a cuento. ¡Y qué más da! ¿no pretenderán enmendar el emocionante mundo que se nos viene encima y acabar vistiendo siempre la misma ropa? si hasta el jersey de los vendedores de verdura -léase chándal- disfruta de las emocionantes tendencias de la moda? No hay tiempo que perder porque la siguiente renovación está a la vuelta de la esquina.

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Stravinski y La Fura

Hacía bastantes años que no acudía a un teatro para ver a La Fura y lo hice sin saber qué era lo que me iba a encontrar porque previamente no dispuse ni había ojeado el programa de mano; aunque tratándose de La Fura Dels Baus, siempre más espectáculo que teatro propiamente dicho, es mejor acudir avisado, como supongo que acudiría el público que asistía a la obra, sobre todo la gente de más edad. Tampoco es que hubiera muchos jóvenes, será que la música moderna que justificaba y sostenía la representación no interesa al mocerío.

Es cierto, tal y como se vio, que la excelente composición de Stravinski deja poco espacio para lucimientos y frivolidades y que, a tono con la precariedad de medios con los que el autor dispuso a la hora de componer y ponerla en escena, el trabajo de preparación y exposición de La Fura es de alabar. Otra cosa fue lo que el espectador buscaba y qué se encontró, descubrió o le fastidió; quizás hubo quien pudo hallar ciertas fases más o menos largas o demasiado dispersas, sin matices o cortas en cuanto a elaboración, o lo que simplemente sucedió fue que la obra en sí no fue de su agrado; tal vez por la intencionada precariedad de medios, por la falta de mayor expresividad en algunos movimientos, por el ejercicio gimnástico o por los sobreentendidos que se le suponen al espectador adicto; o por la no aparición en escena del otro personaje importante en la composición de Stravinski, el diablo -es lo que tienen las versiones. También puede ser que lo mostrado sobre el escenario pareciera ininteligible, pero, sinceramente, no creo que eso fuera lo más importante en una exigente representación que dejaba poco espacio para lo superfluo. La música marcaba y dirigía por completo el desarrollo de una coreografía, puesto que ese era su auténtico nombre, precisa y enérgica que había que engullir de un tirón, una puesta en escena arropada por un sonido contundente a la que el espectador sólo tenía que asistir y juzgar, las interpretaciones vendrían después. Un sólido y trabajado espectáculo al que se le pueden poner muchos peros, o ninguno, ni siquiera la brevedad.

También, el que más y el que menos puede preguntarse por el marcado carácter andrógino del/la protagonista, su pertinencia o inconveniencia; en lo que a mí respecta demasiado impersonal y algo aventurada para los tiempos que corren, aunque, en conjunto y tal y como suele la compañía, la cuestión era no dejar indiferente al espectador. La representación en sí es válida y actual, la alegórica denuncia de una sociedad en gran parte desesperada y en la que muchos de sus habitantes serían capaces de vender su alma al mismo diablo con tal de ser felices de la única forma que conocen, la forma que el dinero procura; pero la imagen del diablo todavía infunde temores o sencillamente sigue siendo demasiado hermética, cosa evidente, sobre todo en una época tan deshonesta y temerosa como la nuestra en la que los diablos muestran mucha menos entidad, son mezquinos y más familiares, aunque igual de traicioneros. Hoy también ser feliz significa ser rico y, a falta de un Satanás hecho y derecho, el personal prefiere venderse a la infinidad de loterías de todo tipo dedicadas a fomentar las locuras más estúpidas a cambio de cuatro perras sin alma. Los vulgares diablos de hoy carecen de trascendencia y prestigio, no son tan inteligentes y astutos y se usan para dar con la egoísta solución a tantas pequeñas y cotidianas desesperaciones que, lejos de la crucial duda entre la vida y la muerte del soldado, ni siquiera pretenden conseguir como recompensa el amor de la amada.

Bueno, la cosa no parecía tan complicada, aunque luego, con el programa en la mano y puesto al día de las altas cumbres que pretendía la compañía con su trabajo, no sé si empeora, ya que, contrariamente a lo que se predica al principio del espectáculo, uno descubre que no ha asistido a una representación que el público debe juzgar tal cual, sino a una auténtica misa negra con libro de salmos incluido.

¡Ah! la perfomance o representación se titulaba Temptacions.

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Mandos Intermedios

En cualquier empresa u organización laboral, ya sea un Ministerio o una fábrica de automóviles, hay infinidad de puestos de trabajo, desde una cabeza visible o consejo directivo –o, directamente, el jefe- hasta un último eslabón o peón, conserje o limpiador ordenando el entramado productivo. Pues bien, en todo organigrama existen unos destinos y colocaciones que comúnmente suelen denominarse cargos o, con más enjundia aún, mandos intermedios; situaciones y lugares ocupados por tipos con algo de poder siempre supeditados a una voz superior que les diga o dirija a golpes de mando o con un simple movimiento de cabeza. En función de estos aquellos hacen y deshacen, o sueñan con ello, a su antojo, eso sí, siempre sobre o contra los que se encuentran en situación y puestos inferiores, cuando no directamente dependientes.

Estos tipos valoran el puesto de trabajo en función del poder que se les concede y no de la importancia de las decisiones que han de tomar, porque casi nunca saben, pueden o son capaces de tomarlas, mucho menos si se trata de resoluciones importantes o trascendentales para el funcionamiento de la empresa; sus tareas suelen ser más bien de orden interno y en la mayoría de las ocasiones tienen que ver con el trabajo sucio, según las altas instancias necesario, con el que no es conveniente mancharse o ser visto; siempre es mejor que las futuras o posibles víctimas desvíen su atención y carguen contra una cabeza visible colocada para ello antes que enfrentarse directamente a los causantes de sus males. Porque, por mucho que el perjudicado llegue a imaginar, no ver directamente la cara de tu enemigo obliga a disparar con balas de fogueo. Siempre será mejor situar en primera línea, a cambio de pequeñas e inoperantes atribuciones, a algún pagano que, ensoberbecido por sus atribuciones, se dedique con fervoroso ímpetu a dar sablazos a un lado y a otro espoleado por palmadas en el hombro y sonrisas piadosas esbozadas o insinuadas. Más, al fiel y servil escudero no hay que darle las cosas masticadas, ya pondrá él de su parte y se partirá la cara con quien fuere por una miserable invitación a las estancias del poder superior -esto me recuerda a un ex futbolista algo cateto que se refiere de ese modo a su jefe.

Provenientes en su mayoría de los niveles inferiores o introducidos por la puerta de atrás en la empresa estos tipos se expresan y mueven con fogosidad y violencia, haciendo de cada gesto o acto una cuestión de vida o muerte. Ordenan y exigen como si les fuera la vida en ello, con drástica premura ignorante de los tempos, respeto y matices siempre aconsejables en el trato entre personas, también con “inferiores”. Son individuos capaces de un servilismo rastrero y agradecido con su supuesto benefactor porque suelen creer que su canonjía significa haber dejado atrás a la chusma, entre ella a antiguos compañeros más torpes o menos espabilados que, sospechan, ahora les miran con envidia y resentimiento. Ellos están ahí, con un cargo al fin importante, y no deben cejar en su celo y mando porque eso podría significar que otro, con más cara y los mismos o menos escrúpulos, le podría mover la silla. Y suelen olvidar que su puesto es temporal e irrelevante, que en el fondo son otros estómagos agradecidos y que, a falta de méritos propios -por eso fueron elegidos- y finalizado su trabajo serán en su momento condenados al último y oscuro despacho o enviados directamente a la calle cuando a sus valedores les dé la gana.

Hay un dicho o refrán -no me gustan ni los dichos ni los refranes, y probablemente sea por la sabiduría gratuita que ponen en ellos perezosos y negligentes- que más o menos viene a decir… nunca debas a quien debió ni sirvas a quién sirvió; ¿por qué? Creo que no hace falta mucha imaginación para entenderlo, o si, según. Debería suceder que quienes tuvieron que pasar por trámites semejantes y enfrentarse a desaprensivos sin escrúpulos a lo largo de su vida hubieran aprendido lo que significa tener que digerir esos malos tragos y, una vez mejorada su suerte, dedicaran parte de su tiempo a fomentar el respeto mutuo dando facilidades a los demás y apostando su esfuerzo por una convivencia feliz en la que no volvieran a repetirse sus desgraciadas circunstancias. Pero me temo que para una gran mayoría las cosas no se entienden de ese modo, sobre todo en el caso de los mandos intermedios, porque éstos acaban creyendo que ha llegado su oportunidad para aprovecharse de la situación y, tal y como otros muchos hicieron antes, harán todo lo posible por ponerle las cosas más difíciles a los que vienen por detrás, no sea que alguno ose aspirar a su puesto; como suelen decir estos mismos, los que vengan detrás que arreen. Sabiduría popular, que dicen.

 

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Atavismos (y 3)

Probablemente sea un error de partida por mi parte intentar ver la caza como un atavismo más, una reliquia de otros tiempos que aún pervive por inercia dentro de determinados ámbitos y grupos sociales sin que al resto de la sociedad le preocupe la cuestión de su pertinencia. Digo esto porque tal vez el tema de la caza y todo lo que la rodea sólo sea una evidente cuestión de poder, una estrategia sin origen ni autor conocido dirigida a encauzar de forma aceptable el sex appeal que todavía poseen las armas para muchas personas; desde el arrobado gesto de admiración a la hora de sopesarlas entre las manos dejándose envolver por su tacto, al tiempo que se calibra mentalmente la potencia para cambiar el mundo inherente al propio objeto, hasta las sensaciones de autoridad y dominio sobre la vida y la muerte que conllevan su misma posesión. Es posible que esto que estoy diciendo le suene a chino a más de uno, o crea que se trata de un adorno semántico para dar consistencia a estas letras, pero ese atractivo es más real de lo que creemos y seduce a más personas de las que imaginamos; y no se trata de una mera cuestión de defensa personal. Sucede a nuestro lado, el mejor vecino quizás también sienta esa agradable sensación de poder que significa segar de un certero disparo la vida de un ser vivo -pueden adornarlo como mejor les parezca para justificarlo-; o pregunten a muchos de los jóvenes que intentan ingresar en alguno de los cuerpos de seguridad del Estado, qué porcentaje de su interés tiene que ver con la posibilidad de portar armas, de llevar “pipa”. Piensen entonces en la caza, una saludable y funcional oportunidad pública bien considerada de dar rienda suelta a unos deseos bastante íntimos que de otro modo igual traían de cabeza a sus propietarios. Todo lo demás, las socorridas cuestiones subsidiarias de conservación, cuidado de hábitats, ecologismo de salón, amor hacia los espacios abiertos y la naturaleza y todas esas zarandajas no dejan de ser negocios secundarios más o menos obligados. Es seguro que habrá por ahí tipos capaces de afirmar en voz alta y sin ningún escrúpulo que a ellos lo que realmente les gusta es matar y presumir de hacerlo, sin necesidad de hipócritas y ecológicas justificaciones.

Siempre el poder, pero no sólo el poder económico, para muchos la mejor forma, o la única, de estar en el mundo y, en cierto modo, tenerlo a tus pies; también es útil e incluso vital ese poder en apariencia menor que procura la, supongo, especial e íntima satisfacción de cortar una vida de raíz; deplorable cuando se hace gratuitamente. Estremecimiento, predisposición o anhelo que las armas permiten contentar logrando de ese modo la satisfacción y el desahogo de un apetito o de un reprimido deseo de dominio muy personal que gracias a la aseada y democrática cortesía que la caza supone es posible desviar hacia la vida salvaje; dejando indirectamente a salvo de consecuencias desagradables las complicaciones y pugnas de poder derivadas de la feroz competencia empresarial y de los enfrentamientos con empleados díscolos y reivindicativos con sus impertinentes y humillantes peticiones de derechos laborales y sociales. ¿Alguien pensó alguna vez en el significado último de esas guerras de broma entre amigos o compañeros de trabajo dándose muerte unos a otros de forma ficticia abatidos por bolas pintura? ¿Para relajarse y cohesionar el grupo? ¿De veras…? Vale, todo este asunto también puede ser una lacónica cuestión de practicar puntería.

El que está acostumbrado a las alfombras del poder se habitúa con suma facilidad a ejercerlo en cualquier otro lugar, o en todos los que encuentra a su paso, y qué mejor y más gráfica manera de ostentarlo que mediante el poder destructivo y mortal de las armas de fuego dirigidas contra cualquier animal, sobre todo contra los que ocupan la parte más alta de la pirámide depredadora en su entorno; siempre será preferible a apuntar las mismas armas contra competidores y subalternos.

 

Es cierto que a veces el azar o la casualidad ponen a tu alcance variaciones, descubrimientos y alternativas con las que no contabas al principio para el trabajo que tenías entre manos. Quizás la cuestión sea que la casualidad y el azar son propicios cuando estás metido de lleno en la tarea, entonces se encuentra de todo en cualquier sitio, o será que todo lo que se ve o se lee viene a parar a lo mismo. El caso es que antes de ponerme con la última parte de Atavismos, cuando más o menos tenía decidido por donde iban a ir los tiros, nunca mejor dicho, tropiezo en la edición on line de un diario nacional con una entrevista a un, según la cabecera del artículo, renombrado cazador profesional español al que el autor trata con servil deferencia. El tipo en cuestión, novillero en sus años mozos -no podía ser de otro modo-, comienza jactándose de que con tan solo ocho años mató a cuchillo a su primer animal salvaje -me pierdo los increíbles orgasmos que debe producir semejante faena-; eran los inicios de un héroe moderno, orgullo familiar de la raza para mayor gloria del futuro de la humanidad. Me tomé la molestia de leer la entrevista-reportaje, y como no hay nada mejor para hacerse entender que un buen ejemplo, me vino de maravilla.

Tampoco es que hubiera mucho de interés, excepto para iniciados, supongo. El tipo en cuestión venía a decir que su trabajo, y tiene cada vez más, es un trabajo por encargo y fundamentalmente consiste en ponerle las piezas “delante de los huevos” al pagano de turno; ¿los paganos? la nobleza, empresarios del IBEX 35, apellidos ilustres y directivos de multinacionales -se acuerdan del señor Blesa posando tan ufano al amor de sus víctimas; saquen sus propias conclusiones-, o en última instancia un tipo de clientes que se pueden permitir satisfacer su pasión (?). También hablaba de lo excitante que es matar un animal salvaje africano a partir de doscientos euros -traslados, alojamiento y sus honorarios aparte-, porque un venado de Europa no sirve para mucho más que para hacerse la consiguiente foto, no tiene comparación con aquello. También hablaba de señores cazadores que se dejan la pieza en el taxidermista de turno porque luego no pueden o no quieren pagar el transporte desde el taller hasta el salón de su casa. El tipo también se mostraba enfadado con esa gentecilla a la que, siguiendo modas, le ha dado por manifestarse en su contra, y soltaba perlas como ésta: “Si prohíbes la caza creas un núcleo de enfermedades: donde comen 300 animales no pueden comer 1.000; la consanguineidad se vuelve horrorosa, hijos cubriendo a sus propias madres; se convierte en un foco de enfermedades, tanto para los animales salvajes como para los domésticos.”

Si Dios existe debería pedir inmediatamente consejo a tipos así para evitar que la incompetente naturaleza que él creo se vaya a pique. Aunque semejante pobreza mental y esa arrogancia de cateto no merezcan la pena son, sin embargo, las mismas arrogancia y pobreza mental que alimentan el poder. Qué lejos quedan las sinceras pretensiones de Miguel Delibes, al menos él, como la persona sensata que sin duda era, no se habría atrevido con parecida insolencia.

¡Ah! se me olvidaba, con una caza sistemática bien organizada se pueden crear muchísimos puestos de trabajo, incluso hacer prosperar países enteros, enormes cotos de caza despojados de origen e historia. Bernard Mandeville en La fábula de las abejas, allá por el siglo XVIII, ya nos decía que los vicios privados hacen la prosperidad pública.

PD. Pido disculpas a los numerosos colegas de Miguel Delibes, en pensamiento y obra, que todavía patean el campo con una escopeta al hombro a la búsqueda de piezas; o de la muerte, así, como suena.

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Atavismos (2)

A día de hoy todavía sigue siendo una afirmación aceptada que el aporte de proteínas animales que procuró la caza fue fundamental en el desarrollo cerebral de nuestros antepasados, es decir, de nuestro cerebro. La caza, pues, se convirtió en una actividad vital para el crecimiento y desarrollo de los primeros grupos humanos, su estabilidad y con ella la posibilidad de dedicarse a otros quehaceres no directamente relacionados con la búsqueda de alimento. También llegaría -el exacto orden cronológico no es en este caso importante- la posibilidad de su conservación y almacenamiento junto con la domesticación de ciertos animales que en lo sucesivo evitarían las incertidumbres de la propia caza. Además, el aprendizaje y proliferación de los métodos agrícolas facilitaron la constitución de grupos cada vez mayores en lugares permanentes, lo que también hizo aumentar el número de personas que, sin dedicaciones básicas obligatorias, podían emplear su tiempo en otros menesteres. A grandes rasgos, un proceso de desarrollo exponencial que llega hasta nuestros días. Quizás hoy todavía existan pequeños grupos humanos en los que la caza preside el día a día, además de las relaciones sociales, una caza depredadora dependiente e integrada en el hábitat. Esta caza será una actividad más que prospera en el interior de un nicho ecológico en el que el hombre cumple la función de depredador último; un ecosistema natural sustancialmente diferente de la cultura exclusivamente humana fruto de la evolución.

Con el paso de los años la caza se iría convirtiendo en una actividad paralela más o menos ociosa que entretenía a grupos y/o clases sociales con tiempo y medios para su práctica. Sin embargo, también quedó como la única forma de conseguir alimento animal por parte de otros estratos sociales menos afortunados o favorecidos por el desarrollo de las mismas sociedades.

Alrededor de las actividades cinegéticas se fueron creando una serie de ilusiones silvestres que intentaban una reconciliación de borrosa justificación con unos orígenes naturales cada vez más lejanos, una especie de regreso a la naturaleza que empezaba a ser vista no como el principal enemigo del progreso humano, sino como un ámbito primigenio vital más exigente que amistoso; el sagrado lugar donde se abrió paso la evolución de la especie humana. Pero la caza también asumió el rol de convertirse en afición y deporte aristocrático de clases ociosas encantadas de interrumpir momentáneamente la frenética actividad a la que obligaban las cada vez más aceleradas sociedades modernas; una práctica lúdica que se fue adornando con toda una parafernalia de exaltaciones primitivas y supuestamente vitales inventadas por un hombre cada vez más poderoso, arrogante y jactancioso de sus falsos méritos y cínicos agradecimientos. Otra forma más de contener en tiempos de paz una violencia que se decía y aún se dice innata sobre la que gustaba y gusta filosofar etiquetándola como valor y causa de progreso de la propia especie, lo que inevitablemente lleva al ensalzamiento y justificación de unos comportamientos y astucias básicas de pronto tildadas de honorables; gestos y muecas grotescas pretendidamente auténticas alabadas como restos de unos instintos muy humanos provenientes de un pasado que ya no volvería. Quizás, cuando aún quedaba superficie terrestre por conocer o descubrir, la caza todavía incorporaba algunos atributos aventureros hacia lo desconocido y los peligros que implicaba tropezar con nuevas especies en un primer momento curiosas o amistosas y poco después de conocer a los humanos tan temerosas como el resto.

Ya no es tiempo de guerreros necesitados de una obligada y necesaria relajación que distienda su virilidad, modere su excitación y encauce democráticamente su primitivo amor a la muerte, hoy la caza es una mera hipocresía envuelta en una moderna tecnología armamentística que distancia aún más al pretencioso cazador de sus supuestos y añorados orígenes; se trata del mantenimiento de un simple y brutal afán de dominio mediante el fomento de unas destrezas depredadoras y la ostentación y exhibición de un poder mortal que se limita a una inútil acumulación de imágenes y piezas disecadas dónde depositar el polvo del tiempo.

Esa violencia gratuita ni siquiera sirve como excusa para justificar la conservación práctica de antiguas tradiciones cinegéticas en la actualidad sin sentido, no dejan de ser actividades meramente consumistas siempre sospechosas a la hora de su mantenimiento y fomento, atavismos sostenidos a la sombra del progreso que pintan mal; un consumo agresivo y depredador que en ningún caso autoriza la muerte innecesaria y gratuita de un ser vivo. Hoy, cuanto más se es ciudadano del siglo XXI menos se entienden ese tipo de actividades que van en contra de la protección y pervivencia de los hábitats naturales en un planeta que se nos está quedando pequeño y poco a poco estamos destruyendo. Hablamos de un vacío coleccionismo de muertes sin dignidad, de víctimas de supermercado, ganado de corral que jamás podrá defenderse ni mostrar su orgullo antes de morir; animales nacidos muertos, carne de postal. A la mayoría de los modernos cazadores no le interesan los esfuerzos por hacerse entender que Miguel Delibes dedicaba a sus lectores, ni tampoco transmitir su amor a la naturaleza a nadie en especial; se trata de matar animales salvajes que ya no lo son por puro y simple divertimento. La adrenalina se queda para los hospitales.

 

PD. ¿Por qué la pesca pasa como una actividad menos violenta, incluso pacífica, y mortal que la caza? ¿Por qué no hay sangre a la vista?

 

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