Discutir

A todos nos ha pasado que encontrándonos entre un grupo de amigos o compañeros se ha producido una situación típica en la que a partir de un par de opiniones o diferentes creencias referidas a cualquier dato puntual o circunstancia de las que suelen aparecer en una conversación intrascendente o sin mucha importancia se ha montado una pequeña discusión que, según las ganas del personal, podía quedar únicamente en eso, una simple discrepancia o, en cambio y a consecuencia del distinto genio, carácter o de la pasión de los intervinientes, irse complicando la cuestión hasta acabar en una discusión en toda regla en la que nadie tenía la última palabra porque, tal y como al principio, aquello iba de suposiciones, informaciones no del todo fiables o simples creencias, y de poco o nada servían, sino para enredar aún más la cosa, las razones o medias verdades que cada cual iba aportando; tampoco parecían definitivas las seguridades casi académicas o las opiniones de muy buena tinta que, con afán definitivo, se aportaban como apoyo crucial a las opiniones propias. Y lo que había comenzado como un intercambio desinteresado o intrascendente se convertía en una pequeña trifulca que, sin embargo, podía alargarse en el tiempo y enmendar una tarde cualquiera de forma tan entretenida como emocionante o visceral; hasta que alguien, probablemente embebido en un necesario descanso indispensable para recuperar fuerzas o buscar más apoyos y volver a la carga con más información y datos de última hora, venía a sacarnos del embrollo con el reloj en la mano y la mención de lo tarde que era o en cómo se nos había ido el santo al cielo sin que ninguno de los presentes se hubiera dado cuenta.

Al final cada cual solía regresar a sus trece, unos implacables y tercos además de completamente convencidos de la fiabilidad y solvencia de sus argumentos, opiniones y voces autorizadas traídas como recurso en principio definitivo, otros no tan seguros como al inicio o dudando seriamente sobre lo que hasta hacía unos momentos creían seguro y ahora no tanto debido a algunos datos o a las numerosas pruebas aportadas por los demás en el alboroto de la conversación, algunas apoyadas con cierta solvencia o expuestas con una argumentación que dejaba pocas dudas en cuanto a su fiabilidad. Pero, en definitiva, habíamos pasado otra buena tarde entre amigos o conocidos que luego recordaríamos con satisfacción porque en aquel trivial e inesperado intercambio de opiniones y pareceres habíamos llegado a saber algo más unos y otros, aparte de pulir nuestras formas, reconocer algunos defectos incorregibles, propios y ajenos, y a valorar, como no lo habíamos hecho antes, esas nada frecuentes disposiciones para la atención o la escucha que algunos de los presentes pusieron respetuosamente en juego; o después de aquello y definitivamente decidimos catalogar como imposible a aquel otro que, incapaz de atender a otra opinión que no fuera la suya, acababa sacando los pies del tiesto refunfuñando o gritando sin medida, cuando no callándose definitivamente para llamar la atención o dedicándose a incordiar a todo el mundo con el único fin de hacerse notar pero no darse por vencido ni convencido, sin argumentos pero con su presencia.

Pues bien, hoy ya nada de eso es posible porque al poco de iniciada la conversación, disputa o diferencia de opiniones alguien saldrá con aquello de: “…esperad que lo busco en Google”; y entonces se instalará un pequeño compás de espera en el que respetuosamente se aguardará por parte de todos el resultado de la búsqueda -vía teléfono móvil- y con él dar por definitivamente finalizada la posible disputa y muerta antes de nacer la futura conversación, con lo que cada cual volverá a su particular o común silencio. Fin de la historia.

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Prensa

La polémica, si es que puede llamarse tal, ha durado bien poco, el señor Iglesias ha pedido disculpas por acusar a la prensa de cierta inquina hacia él personalizándola en algunos periodistas, pero mantiene las críticas y muy educadamente elimina los nombres -seguimos estando en campaña. Pero lo más sabroso de todo ello es que el señor Iglesias tenía razón, las palabras que dijo en la Universidad -el público entre el que está más cómodo y el terreno en el que mejor se mueve- eran ciertas, hay un periodismo que vive y disfruta de atemorizar a la población con las peripecias del señor Iglesias, son su desayuno de cada mañana, sobre todo porque el personaje viene representando para la “gente decente” de este país al mismísimo diablo, tanto en sus formas como en sus medias verdades; en sus declaraciones, sus desafíos, sus advertencias o sus amenazas, taimadas o no.

Porque hay un periodismo en España que cada mañana se sirve del señor Iglesias para ofrecerlo como alimento envenenado a una gran parte de la población necesitada de un previsible y cómodo como Dios manda y para quien el tipo en cuestión pinta como el representante en la tierra de las más oscuras amenazas que pesan sobre el temeroso subconsciente del país. A gran parte de la prensa de mayor tirada y a algunas emisoras de radio les gusta advertir, contemporizar, babear y soltar bilis a costa de la última tropelía, real o inventada, del señor Iglesias, hay toda una caterva de plumillas, prestigiosos y menos, dedicado a mirar con lupa por el “bien general” -encima creerán que les debemos estar agradecidos- todo lo que hace este señor; bueno, todo menos de su aburrida forma de vestir, plana y sin imaginación, ¿será igual su forma de gobernar?

Lo que dijo el señor Iglesias en la Universidad sobre la prensa era completamente cierto, cualquiera lo puede constatar con sólo echar un rápido vistazo matutino a los periódicos o sintonizar la radiodifusión nacional y llegará a cansarse de tanta fijación. En muchos casos periodistas y presentadores parecen auténticos perros de presa -sirvientes de sus paganos y nada independientes-; presuntos y hasta violentos salvadores del país -más salvadores- empeñados en pintar de rojo sangre el futuro si cae en manos de este señor. Entre unos y otros lo han convertido en el necesario chivo expiatorio para una parte de la población al parecer más preocupada por su bolsillo que por el penoso letargo que sufre la política nacional; Pablo Iglesias se ha convertido en el muñeco al que apalear cada mañana, da igual el motivo, el coco, un coco que en los peores sueños puede pintar real si es capaz de convencer a tanto ciudadano indeciso y cansado de que le tomen el pelo y decide tirar por la calle de en medio votando a quienes, más por sus formas que por sus actos, pueden amenazar las sinecuras de tanto incompetente estomago agradecido como en la actualidad parasita la política de este país.

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México

Mientras leía la novela de Don Winslow El cártel, un actual y estremecedor paseo por la geografía mexicana vía usos y costumbres de las bandas de narcotraficantes que controlan la totalidad del país -desde la frontera guatemalteca hasta el Rio Grande-, se me ocurrió comentar con algunos amigos la escandalosa actualidad de los hechos y situaciones que aparecen en la novela, un muestrario de brutalidad criminal que gobierna el funcionamiento de los cárteles de la droga y cómo las gastan con quienes cuestionan o tratan de impedir sus actividades; una apabullante suma de datos que, siendo ya sabidos por casi todo el mundo, no dejan de sorprender, sobre todo en lo que se refiere a la corrupción que impregna la totalidad de la administración mexicana, desde el palacio presidencial hasta el último paria del país.

Uno de mis interlocutores de entonces me contestó diciendo que aquello no dejaba de ser una novela y muchos de los crímenes y venganzas salvajes que en ella aparecían invenciones del autor para dar un sabor espeso y picante a su creación. No supe o no quise discutir aportando en mi favor la numerosa literatura de no ficción que existe sobre ello y cómo la realidad mexicana viene superando a la ficción en más situaciones de las que desearíamos. Tampoco se trataba de echar más leña al fuego afirmando o acusando a un país que, sinceramente, a veces creo que no existe como tal, sino que se trata de una estructura administrativa que funciona como un estado al uso mantenida y controlada de arriba abajo por el dinero y los capos de la droga, es decir, son ellos quienes dicen quién si y quién no se sienta en qué silla. Los esfuerzos de sus ciudadanos por dar una impresión de normalidad ante el mundo imagino que serán tan numerosos como agotadores, así como el posicionamiento por parte del mundo tratando de no hacer más leña de lo que ya de por sí es una situación lamentable que, imagino, la mayoría del pueblo mexicano sufre sin saber cómo evitar, superar o deshacerse definitivamente de ella.

Pero tan cierta como aquella es esa otra realidad de una civilización occidental que cría a infinidad de egoístas autoindulgentes enamorados de su propio ombligo que confunden libertad con el derecho a ponerse hasta el culo de estupefacientes como único o exclusivo signo de diversión, importándoles un pimento dónde y qué situaciones fomentan tan frívolas y vacías apetencias personales, además de no faltarles tiempo ni ganas para esgrimir en su favor su bien ganado derecho a divertirse como les apetezca; y ni hablar de saber o preocuparse por la violencia y opresión que posibilitan su ocio asesino entre quienes probablemente no consideran sus iguales -habitantes de un tercer mundo subdesarrollado. Sin esos capullos irresponsables que juegan a sentirse dueños de sus vidas (?) confundiendo placer con adicción -no pretendo entrar en temas mayores e irreversibles- no existiría el negocio de las drogas, y digo negocio porque quienes legalmente dirigen este mundo permiten y fomentan tales situaciones y, por supuesto, no desaprovechan la oportunidad de dar satisfacción a su codicia a costa del “caso aislado” de la “política mexicana”. ¿Alguien se atreve a decir cuántos gobiernos y países visten como tales siendo sus disfraces políticos una tapadera con la que disimular el tráfico de estupefacientes a nivel mundial? Eso si es un negocio a gran escala y no la minucia de los papeles de Panamá.

Hace unos días recordaba aquella conversación y a quién entonces me contestaba asegurando que los hechos y escenarios de la novela eran eso, una novela; y lo hacía debido a una noticia, otra más, aparecida en la sección internacional de un periódico nacional en la que la difícil situación en México volvía a ser protagonista; en este caso la ciudad era Acapulco, antaño centro vacacional de la jet set norteamericana, y la cita es textual:

Comerciantes, taxistas y lancheros, lo mismo da, viven ahora bajo extorsión. A los maestros se les asalta en las escuelas, y en las playas se mata desde motos acuáticas. No hay límites. Enclavada en Guerrero, el Estado más violento de México, la ciudad es un juguete en manos de los capos. De poco sirven las patrullas militares y los refuerzos policiales. En lo que va de año han sido asesinadas más de 225 personas, 38 de ellas en Semana Santa. La Asociación de Comerciantes de la Costera, harta de ver la muerte como cliente, ha sorprendido al país con una terrible petición: que el Gobierno les condone los impuestos para poder pagar la cuota al crimen organizado. El ruego incluye una delicada mención a los delincuentes para evitar que más de una banda extorsione al mismo local: “Tenemos un doble Gobierno y este es un llamado respetuoso a ambos. Al Ejecutivo, porque sabe lo que estamos viviendo. Y a la delincuencia organizada, porque también son seres humanos y les pedimos que se pongan de acuerdo sobre quién y dónde van a gobernar”. (El país 4 de Abril de 2016).

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Maquiavelo

Podemos según Maquiavelo:

«Las decisiones lentas y tardías no son menos perjudiciales que las ambiguas, sobre todo si se ha de decidir en favor de un amigo, pues con la lentitud no ayudas a nadie y te perjudicas a ti mismo. Esta lentitud puede proceder de la debilidad de ánimos y fuerzas o de la malignidad de los que deliberan, que, movidos por el deseo de arruinar el estado o por cualquier otra pasión o deseo, no permiten que se llegue a una decisión, sino que lo impiden y obstaculizan. Porque los buenos ciudadanos, aunque vean que el impulso popular se inclina a la decisión más perniciosa, no por eso impedirán que se llegue a una conclusión, sobre todo si las cosas no admiten demora.»

Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio; Alianza Editorial 2015, Pág. 262.

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Abulia

Qué bien han venido los papeles de Panamá para revitalizar a los populistas de toda calaña y sacar del letargo a los fascistas de línea dura amantes de la endémica e irrenunciable corrupción nacional y la necesaria mano firme que cure tales ambiciones, además de facilitar material de relleno a una tediosa información condescendiente con las carencias e históricas indecisiones de unos políticos locales tan dados al yo o el caos; un panorama que tenía, como de costumbre, a la población local en permanente estado de duermevela.

Un personal de a pie al que, como sempiternos durmientes ante un horizonte sin fiestas, no lo quedaba más remedio que dedicarse a lo suyo, lo de todos los días, con una resignada y obligada inercia que le descansa y deja descansar al resto; en tales circunstancias las actividades colectivas se limitan al mínimo, lo de siempre, y la charla política regresa a las borregas y repetidas exclamaciones sin pies ni cabeza en lugares comunes -bares y centros de trabajo- que dejan a cada cual aliviado y en sus trece; terapia de taberna que sirve para que unos y otros desahoguen en forma de ira embustera la permanente humillación que llevan dentro y les va comiendo el poco valor que les queda para seguir vivos, necesario para encauzar tanta frustración e incapaz de materializarse en labores constructivas al margen de las inútiles y repetidas invectivas contra quienes supuestamente vienen oprimiéndoles, robando y cabreándoles. Una diaria y silenciosa cocción a fuego lento de voluntades que sume a la ciudadanía en una desidia y desinterés colectivo sofocados y arrullados por las benditas tradiciones tan queridas por quienes, en general, son incapaces de suicidarse por flagrante incompetencia.

Pero los papeles se irán diluyendo en el día a día sin pena ni gloria, tan mojados como esa política plagada de amagos, advertencias y conferencias de prensa supuestamente esclarecedoras y sin embargo sujetas, llegado el momento de echarse mano a la cartera, a un grueso paquete de facturas pendientes reales y ficticias, históricas o inventadas, que obligan a recular hacia el establo y volver a amodorrarse en la enfermiza calidez de la siesta. Somos un país más apegado de lo que parece a la ignorancia y sus bravuconadas de catetos y refractario a los desafíos colectivos. La única forma de unión que se conoce por aquí remite al insulto y al ladrido contra la política y los políticos. Punto final.

Sinceramente, como en este país no hubieran soplado cada cierto tiempo vientos extranjeros mareando esas cabezas tan apegadas al “peazo” todavía iríamos con taparrabos.

 

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Absolutamente

Es absolutamente innegable que absolutamente viene siendo la coletilla de moda que absolutamente cualquier tipo con público al que dirigirse utilizará sin medida para afianzar su discurso -da igual el medio y la supuesta existencia o no de posibles receptores-; o que absolutamente cualquier persona de las normales que pretenda dar consistencia a sus palabras absolutamente usara absolutamente para que el oyente quede absolutamente convencido de que sus aseveraciones son absolutamente ciertas y él está absolutamente seguro de lo que está diciendo. Luego es absolutamente evidente y real que absolutamente se ha convertido en un adverbio absolutamente de moda y absolutamente repulsivo. Y resulta absolutamente molesto cuando se escribe tantas veces.

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El dedo

De pronto recordé mis primeros trámites con las instituciones bancarias, las firmas repetidas formulario tras formulario, los documentos indispensables, los necesarios avales; luego las exclusivas y personales contraseñas, los crípticos y secretos códigos de acceso etc. Mientras, la gente mayor de entonces seguía moviéndose vía huella dactilar. También recuerdo aguardar en una cola mi correspondiente turno para retirar dinero en efectivo y cómo el anciano que tenía delante le pedía a la cajera con evidente embarazo un tampón, de tinta generalmente azul, para impregnar su dedo pulgar y así firmar el formulario de rigor; “…es que no sé escribir”, se excusaban avergonzados. Seguíamos siendo un país atrasado, aunque los vientos de cambio comenzaban a soplar con fuerza, o eso creíamos. No es que hallamos mejorado mucho con el paso de los años, pero en eso de los usos informáticos, que todos utilizamos con presuntuosa solvencia y sólo unos pocos entienden su funcionamiento, nos comportamos como una más entre las naciones civilizadas; trajinando con claves de acceso, códigos, passwords, IBAN y contraseñas hemos inflado un jerga repleta de secretos y desconfianza que nos convierte en expertos, aunque no sepamos de qué. Y lo último es que dentro de poco tanto misterio no nos servirá de nada, nuestra experiencia informática irá a la basura de un plumazo. Esos mismos bancos que antaño nos ofrecían tan selectos medios para introducirnos en sus pasillos y cámaras acorazadas virtuales han empezado a decidir que no merecemos el gasto y tiempo que genera tanta parafernalia, que era más práctico el método del tampón, total, a fin de cuentas les importan una higa nuestros retorcidos códigos personales y sus inevitables problemas de memoria y olvido. Ahora mismo, los bancos que fanfarronean de tecnológicamente modernos ya están vendiendo la última tendencia como la panacea definitiva, el dedo, y para recochineo general lo publicitan como el más exclusivo y seguro modo de operar en cuestiones de dinero. O sea, que a hacer puñetas claves, passwords y contraseñas, ahora molan más y son más efectivas las formas de aquellos abuelos incultos que se movían con incómoda timidez por suntuosas sucursales de suelos pulidos. Es decir, que su amor por nosotros es tan puro como simple, interesamos menos problemáticos e igual de analfabetos, pero con dinero; adiós a nuestras floridas ínfulas informáticas.

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Mendigos

En el televisor volvían a aparecer unos descerebrados holandeses en Madrid riendo y mofándose de unos mendigos a los que arrojaban monedas para que hicieran algunos actos humillantes para risas y regodeos del respetable y ellos mismos, unas escenas que por sí solas provocarían en cualquier persona normal eso que por aquí solemos llamar vergüenza ajena -amén de algunas otras cosas más que prefiero no decir por simple respeto-; pero lo que no imaginaba era lo que podía venir después. Todos hemos oído en alguna ocasión que la vida real supera a veces a la ficción, y lo que sucedió a continuación me sigue pareciendo algo de esto último. Y fue que uno de los tipos de los que había sentados por allí, fijo en la pantalla, no tuvo ningún empacho en afirmar en voz alta que más allá de las risas y bromas y supuesta humillación que los desvergonzados holandeses infligían a aquellas personas lo verdaderamente importante era que los mendigos al final se quedaron con el dinero. Lo leen como yo mismo lo oí. La cuestión era que al margen de las bromas, el desprecio o la humillación sufrida en público -¡ojo! que no están del todo bien; hay que protegerse ante posibles sospechas- lo importante de toda aquella situación era que el dinero iba a parar al bolsillo de los mendigos; y una actuación similar repetida varias veces al día en el mismo o en diferentes lugares podía convertirse en un suculento negocio que proporcionaría pingues beneficios. Porque -hay más- allí donde se veían unos simples mendigos es más que probable que también hubiera unos tipos taimados y calculadores capaces de hacer lo que fuera por ganar unos euros y enriquecerse a costa de los demás; y el individuo que seguía hablando también afirmaba que probablemente alguno de aquellos que se arrastraba por el suelo medio en broma dispondría de una saneada cuenta bancaria que engordaba con ese inocente no hacer nada diario. Más, también cabía la posibilidad de que aquellas personas hubieran decidido vivir de ese modo porque les salía rentable y, rizando el rizo, algunas hasta cobrarían las ayudas familiares que concede el gobierno, con lo cual el montante final de sus ingresos podía ser más que importante; y hasta podrían ser inmigrantes. Es cierto que entonces recordé la noticia de unos días atrás referida a los usos y hábitos del riquísimo propietario de IKEA, un tipo al parecer bastante austero que apenas sale y consume marcas blancas y baratas, llevando una economía diaria casi de subsistencia con la que, por lo visto, uno puede convertirse en el mayor vendedor mundial de muebles. Debo reconocer que como calculado proyecto exclusivamente económico a largo plazo tal vez pueda ser factible, aunque si uno acaba pensando, aceptando y entendiendo ese tipo de mezquinos razonamientos el orgullo de la especie humana tiene los días contados. También es cierto que puede ser una memez suponer que a una mayoría de las personas les enorgullece pertenecer a la especie humana. Habrá que empezar a revisar el concepto «humano».

 

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Vestidos

Cuando se es joven el atuendo suele ser una forma de manifestarse y en cierto modo enfrentarse a los adultos, a un mundo que todavía no entiendes, no compartes o simplemente te resbala, un mundo al que generalmente no se pertenece y en muchos casos ni se quiere porque entonces se sueña con hacer de la vida lo que uno quiera. Luego, con el paso de los años, llegas a entender que la cuestión del vestido no era en realidad tan importante, que lo importante está en la cabeza, y si la de uno todavía sigue medianamente amueblada dejas la estética de la moda para otros menesteres y situaciones o para otros más preocupados por el aspecto como única manera de ser en el mundo.

Pero esto no quiere decir que el aspecto exterior pase de la noche a la mañana a un segundo plano, si uno recibió una educación más o menos normal entonces le enseñaron que cada situación o acontecimiento de la vida en común requiere y en algún modo exige un atuendo adecuado o correcto a la hora de presentarse o asistir a aquel, sobre todo, y eso es lo verdaderamente importante y algo que a mucha gente se le escapa, por respeto a los demás. A fin de cuentas las relaciones sociales son uno de los pilares de esta y todas las sociedades, es más, diría que son uno de los pocos aspectos de las sociedades humanas en los que el hombre se obliga a los demás aceptando una serie de convenciones que, sin restarle importancia al individuo, sin embargo sirven para engrasar las relaciones de convivencia sin que necesariamente salten chispas por simple contacto. Uno mismo podrá elegir los actos y celebraciones a los que asistir y si se decide por llamar la atención o pasar desapercibido; a otros, en cambio, les gustará acicalarse y mostrarse cuanto más hermosos mejor porque consideran que la situación les merece la pena o simplemente les es mucho más agradable o propicia. Son cuestiones que tienen que ver con el carácter y la personalidad de cada cual.

Todo esto viene a cuento de esos looks simples, austeros, cutres, horribles, menos formales, desafiantes, precarios, menesterosos, reivindicativos -no sé de qué-, solidarios, vulgares, informales… -en fin, llámenlos como deseen- que ciertos grupos políticos, tal que tribus urbanas de jóvenes desarraigados o marginados, se imponen a sí mismos quizás pretendiendo con ello reivindicar ciertas condiciones tribales, sociales o económicas; manifestaciones de un simbolismo básico y bastante primitivo que, supongo, nada tengan que ver con las capacidades intelectuales de sus hipotéticos seguidores. Creo que este empeño por hacer del aspecto personal una cuestión básica de referencia política falsamente reivindicativa me parece una solemne tomadura de pelo. El vestuario, siendo, no es el principal ni único referente de las personas ni debería hacerse de ello una bandera, suena bastante tosco y tendencioso, amén de manipulable, y esconde muchas más cosas de las que un primer vistazo deja entrever; un disfraz para atraer a incautos poco dados a la reflexión y más propensos al irracional conmigo o contra mí. Vamos a dejarnos de simbologías básicas e infantiles pretenciosamente modernas, de atuendos engañosos y sin fundamento, sobre todo por respeto a los demás. Unos y otros nos merecemos más, además, siempre habrá desfiles de “moda casual” para gente sin otro interés que disfrazar sus mentiras adornándose de grises.

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Pablo Iglesias

Para empezar:

Pablo Iglesias se presenta en traje de gala a la ídem de los Premios Goya porque intenta figurar -supone que la ocasión lo requiere-, pero acude remangado al Congreso -un lugar tal vez menos importante- porque él mismo se cree la figura.

Afortunadamente Podemos no es Pablo Iglesias pero, desgraciadamente, Pablo Iglesias se cree Podemos.

Podemos ha sido incapaz de levantar una organización política que elija, sostenga y supervise a Pablo Iglesias, sin embargo Pablo Iglesias se ha convertido en la única organización política de Podemos.

Podemos no necesita afiliados que mantengan y fomenten la propia organización porque Pablo Iglesias no necesita afiliados, sólo necesita votos.

El principal oponente político para Podemos debería ser el Partido Popular, pero para Pablo Iglesias es el PSOE.

Pablo Iglesias es una especie de quintacolumnista que gobierna Podemos con mano de hierro, más preocupado en erigirse como única izquierda -su principal objetivo es retar e intentar hundir al PSOE, ¿alguien recuerda lo que sucedió entre los grupos de izquierda durante la Guerra Civil?- que en echar definitivamente del gobierno a una derecha podrida y corrupta.

Podemos no necesita un líder y Pablo Iglesias no necesita a Podemos.

Pablo Iglesias no necesita a los ciudadanos porque Pablo Iglesias sólo necesita el poder.

Luego, si Podemos no controla y modera las ambiciones caudillistas de Pablo Iglesias, Pablo Iglesias vaciará y hará desaparecer a Podemos.

Fin de la historia.

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