El gorila

Han sido muchos los que se han tomado la molestia de echarle un vistazo al mal video del niño y el gorila, algunos buscando algo más con lo que alarmarse en su razón de escuadra y cartabón, otros suspirando en el fondo con una tragedia ejemplar como castigo para padres tan despreocupados; muchos más por simple curiosidad, o de oídas. Ha habido quienes han justificado la caída aduciendo que hoy en día los niños son incontrolables (?). También están quienes siempre consideran insuficientes las medidas de seguridad, o la falta de vigilancia, etc. etc.; es decir, para todos los gustos. Tampoco nadie sabe con certeza cómo una criatura se cae desde casi cinco metros de altura y sigue vivo en el suelo… los huesos blandos de los niños, que dicen.

Lo que es más fácil de entender es que un gorila se comporte como lo que es, un gorila, probablemente entre perplejo y aburrido, ante la novedad de una criatura tan tierna al alcance de sus enormes manos; quizás curioso y sin saber muy bien qué hacer con aquel retoño de una especie tan cercana biológicamente a la suya. Sin embargo, los humanos suelen ser más previsibles a la hora de conducirse como humanos típicos, gritan mucho y alto visiblemente alarmados, trayendo y llevando de paso a Dios en sus repetitivas exclamaciones pero sin moverse del sitio; tampoco aparecen de la nada héroes dispuestos a salvar la vida de la criatura y poner la suya en peligro, por aquello de hallarse ante un espécimen tan grande y supuestamente amenazador -¡ah! el cine y su enaltecedora pero mentirosa imagen de la especie humana, hoy en día no hay nada de extraño o disparatado en dudar si alguna vez hubo hombres capaces de dar la vida por sus semejantes; la especie ha empeorado mucho. En cambio es más cómodo y seguro echar mano del teléfono móvil para grabar al detalle lo que sucede allí abajo mientras se calcula el tiempo que vamos a tardar en “colgar” las imágenes en la red, incluso cabe la posibilidad de retenerlas y luego venderlas como primicia… pero alguien se puede adelantar y pisarme la exclusiva -interesante disyuntiva.

Así que todos asisten falsamente afectados, alarmados y expectantes a la espera del siguiente paso del gorila. Es cierto que los animales no suelen ser tan estúpidamente humanos como los humanos y actúan como más o menos lo haría cualquier otra criatura de la misma especie, circunstancia que hacía que cualquier movimiento o intento por parte del animal provocara una oleada de gritos y comentarios; para algunos se mascaba la tragedia, era cuestión de minutos y seguían allí, luego podrían contarlo.

La dirección del zoológico pasó inmediatamente a la acción, por supuesto, y por la vía rápida; nada de alejar a la gente, tranquilizar el escenario y buscar una solución menos drástica. Y como el peligro era evidente -no había más que comparar los tamaños de uno y otro-, se opta por la solución más directa, en lugar de salvar al bebé se mata al gorila, y el gorila, que seguía sin saber qué hacía allí, tan lejos de su ambiente y de los de su especie, frustrado y deprimido en una soledad impuesta, paga con su vida la estupidez de una especie que se dice superior y que todavía no ha entendido cuál es su lugar en este planeta, cosa que sí han sabido siempre los gorilas.

 

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Ningunear

En un espacio de apenas seis metros cuadrados cerrado por una barra rectangular, con tan sólo un acceso por uno de los laterales, cinco jóvenes iban y venían parcos en ademanes y con aspecto preocupado, a primera vista estaban trabajando, pero esto último no implica necesariamente que parezca que te han metido un palo por el culo, además de no ser conveniente para la salud física y mental de los implicados. Lo curioso del caso era que su supuesto y concienzudo entusiasmo no estaba motivado por una numerosa clientela expectante o inquieta ante la demora de sus futuras consumiciones, en la barra apenas se asomaban tres parejas, dos tipos y dos copas de vino de cara a la puerta principal fiscalizando la entrada de cualquier material femenino mínimamente potable con vistas a las posibilidades de la noche; todo estaba por hacer. Las otras dos parejas, él y ella y él y ella, en un lateral del rectángulo, juntas pero no revueltas, toleraban el aburrimiento de la obligada salida nocturna pendientes también de la puerta; contado todo lo contable, buscaban quien les hiciera el favor de proporcionarles entretenimiento antes de dar por finalizada, tal y como estaban sus copas, la noche recién empezada; aguardaban pacientes un alma o almas caritativas deseosas de ofrecerles un tema de conversación, algo fácil y que por esos lugares suele ser el recurrente y socorrido aspecto o pinta del nuevo y su adecuación al glamour del local; el ansiado y desafortunado ridículo de esos despistados -nosotros- que suelen confundir eso de salir por la noche con entrometerse en lugares chic que la gente guapa es renuente a compartir con normales, advenedizos o catetos (supongo que en alguno de estos apartados entraríamos nosotros). Aunque, a decir verdad, estos despistados de tan poco lustre que en más ocasiones de las deseadas se equivocan de puerta suelen dar mucho juego a la hora de entretener el tiempo de una clientela homologada que, sin ellos y las consiguientes y necesarias críticas más que sardónicas que provocan, se aburriría como ostras en su dramática y vacía estupidez; y, en cualquier caso, estos primos no dejan de ser una forzosa salvación in extremis que acaba solucionando la velada para cachondeo general y salvación de un exigente pedigrí a costa de tantas y tantas horas muertas adquirido. Como me decía uno de mis frugales acompañantes, aquel local parecía muy cool; «palabro» que, me temo, él mismo no terminaba de entender y sobre el que no le pedí ninguna comprometida explicación.

El caso era que llevábamos ya un rato charlando en aquella barra y nadie nos hacía ni puñetero caso, los camareros ni siquiera levantaban la cabeza, no fuera que intentáramos requerir sus servicios solicitándoles alguna consumición que les sacara de su simiesca y puntillosa abstracción laboral. Tres de ellos iban y venían sin nada a la vista en las manos, luego uno debía imaginar que sus traslaciones laborales tendrían que ver con un imperioso correveidile relacionado con aquel exclusivo reducto comercial, la barra permanecía igual y nadie parecía requerir sus servicios en las inmediaciones, aunque probablemente me equivocara. Otro más, elegantemente ennegrecido amén de tremendamente concentrado o cabreado, trajinaba bajo la barra con copas, hielos y algo parecido a semillas o brotes secos intentado elaborar -supuse- algunos de esos gin-tonics tan de moda en los que sabores y olores ajenos a la combinación original se empeñan, según caprichosas tendencias de ignoto origen, en maltratar y diluir lo que debería ser una correcta mezcla de ginebra, tónica fría y un toque de limón; es menester recordar que sin esta simpleza jamás puede existir «la copa», aunque últimamente no parece suceder así, no hay copa si no se descubren todo tipo de hierbajos flotando en la superficie. Había un quinto tipo armado de cuchillo y plantado ante dos jamones que formaban los lados de un ángulo agudo cuyo vértice ocupaba un plato que, a juzgar por el proceso en juego, nunca sería llenado; el señor del jamón, también pulcramente ennegrecido con el atuendo oficial, se mostraba más preocupado en saludar por encima de los perniles a cercanos y conocidos, amigos o clientes con los que charlaba sonriente aliñando con babas y salpicazos los cortes de sendos restos gorriniles para regodeo y mayor sabor del futuro o futuros platos de jamón tan sabrosos como nutritivos.

Y nosotros seguíamos allí, aguardando y al parecer sin ser vistos, todavía, a menos de un metro de aquel trajín de moda, el hazmerreír de la barra y la comidilla de las tres parejas ahora dedicadas en cuerpo y alma a repasarnos descaradamente arriba abajo, nada de por encima del hombro, con justo y severo ojo crítico. Evidentemente nos habíamos equivocado de lugar y nuestro aspecto de tipos normales refractarios a las noches al uso por allí nos delataba. Deberíamos tener unas pintas infames para que aquellos elegidos por las tendencias más “in” de la noche madrileña nos miraran sin ni siquiera fingida conmiseración y sin advertirnos de nuestro error; definitivamente aquel no era nuestro lugar, necesitábamos tal vez algo más corriente, más cateto, menos distinguido, además de que tan ínclita casta laboral no podía desperdiciar su tiempo con nuestros incautos deseos de comenzar una buena noche echándonos algo al gollete en un sitio de moda.

Así que, convencidos de nuestra sorprendente e inopinada inexistencia nocturna, despreciados sin palabras por tanta gente guapa, en definitiva, ninguneados por un local y una clientela que no nos merecíamos, nos dimos la vuelta y cambiamos de reposadero. En su favor tengo que decir que gracias a ello tuve tiempo para repasar el pelaje general del local y apuntar estas letras.

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Vargas y la muerte

Andaba con las páginas finales de la última novela del egregio señor Vargas Llosa -otra nueva decepción para una pluma de sus bemoles-, en el preciso momento en el que el autor, ya sin fuelle para salvar el previsible descenso de la obra, se deja ir en un ejercicio literario más bien blandito finalizado antes de tiempo por incomparecencia creativa, con poco nervio y una fijeza por intentar saldar una cuenta pendiente de muchos años con el señor Fujimori y sus secuaces -antiguo oponente de un escritor que creyó tocar el cielo de la política hasta que unas vulgares elecciones le arrebataron su previsible gloria para dársela al infausto “chino”-, cuando la vi tirada en medio de la vía, mejor dicho, no podía ser femenino lo que tan sólo era ya un cadáver, los restos de una extinta mujer de mediana edad vestida de entretiempo que, a saber por quién o por qué, había decidido quitarse la vida de forma tan brutal. El cuerpo se mostraba intacto al sol del mediodía, a excepción del enorme hueco que abría la parte frontal de su cabeza, ahora completamente vacía. Mandé al señor Llosa y sus ricos hacendados jugando a adultos modernos de tan escaso interés dónde debía e intenté regresar a la vía, al sol del mediodía, a las personas que, a la espera de algún juez que diera la orden de levantar el cadáver, aguardaban quizás con hambre y cansancio por tener que estar en aquel lugar a aquellas horas.

Qué bien se deja pintar la muerte en una novela y qué mal pinta en la vida real; cuánta literatura puede inventarse alrededor de un cadáver de papel y qué vacío e indefenso te deja un cadáver real. Cuántas ínfulas de vivos para acabar feneciendo como una incómoda molestia para los demás, cuántos sueños, errores, fracasos y decepciones pueden llevar a una persona a ponerse delante de un tren sin futuro en un mundo en el que algunos, emborrachados de éxito, son incapaces de ver que su tiempo ya tocó a su fin y sólo les queda disfrutar, pero persisten en aburrir a sus semejantes.

Presiento que la fría imagen del cadáver al sol permanecerá bastante tiempo en mi memoria, la novela del señor Vargas ni siquiera me vale como historia.

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Progresistas

Ahora que tan de moda están las cuestiones relacionadas con el progreso y las ofertas progresistas uno no puede dejar pasar la tentación, como no podía ser de otro modo, de detenerse en esos tipos que un día sí y otro también rellenan sus discursos con unos esperanzadores e indefinidos objetivos de progreso, una profusión que ya huele e incluso se está convirtiendo en sospechosa, amén de cansar por reiterativa y vacía, porque hablar progreso o autoproclamarse progresista también es como no decir nada.

Si decir progresista es decir ideas avanzadas no es decir mucho, tan sólo buenas palabras, en primer lugar porque nunca se dice cuales o hacia dónde, de qué modo y a costa de qué o quienes, sobre todo por miedo a defraudar a aquellos mal habituados a lo concreto, ya un poco hartos de quienes se llenan la boca de futuro y esperanzas para luego, cuando toca hacer, abrasarse en la realidad y justificar su inoperancia con el manido argumento de que las circunstancias no dejaban hacer otra cosa o no hubo tiempo para ello; porque, y tal vez sea mucho suponer, cuando unos predican progreso el resto entiende que se está hablando de la misma sociedad en la que unos y otros vivimos.

Progreso también es el simple paso del tiempo tal y como el hombre lo ha elegido y programado, un tiempo que toca rellenar de contenidos y proyectos concretos, no de obviedades generalistas que nada aportan y a ningún sitio conducen. Supuesto el presente es el que tenemos -lo que hay- y es sobre ese haber común sobre el cual deberíamos entendernos por principio a la hora de hablar, todo lo que no sea concretar a partir de ello es marear la perdiz.

Igual que un católico progresa en su vida terrenal en su anhelada aspiración hacia su definitivo descanso final a la derecha de Dios Padre, luego, en principio sabe lo que quiere -morir para descansar feliz en el cielo después de dejar esta inclemencia estúpida que es la vida en la tierra-, el progresista -como buen católico reconvertido- también pretende vender un etéreo final de largo alcance, el principal inconveniente es que el cielo del progresista se halla en este valle de lágrimas -algo sobre lo que no hay nada que objetar-, pero este paraíso ya existe y está ocupado por más de un Dios, por lo tanto las opciones para modificarlo serán difíciles, no todas posibles y no por todos compartidas. Pero eso ya lo sabíamos ¿o no?

 

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Discutir

A todos nos ha pasado que encontrándonos entre un grupo de amigos o compañeros se ha producido una situación típica en la que a partir de un par de opiniones o diferentes creencias referidas a cualquier dato puntual o circunstancia de las que suelen aparecer en una conversación intrascendente o sin mucha importancia se ha montado una pequeña discusión que, según las ganas del personal, podía quedar únicamente en eso, una simple discrepancia o, en cambio y a consecuencia del distinto genio, carácter o de la pasión de los intervinientes, irse complicando la cuestión hasta acabar en una discusión en toda regla en la que nadie tenía la última palabra porque, tal y como al principio, aquello iba de suposiciones, informaciones no del todo fiables o simples creencias, y de poco o nada servían, sino para enredar aún más la cosa, las razones o medias verdades que cada cual iba aportando; tampoco parecían definitivas las seguridades casi académicas o las opiniones de muy buena tinta que, con afán definitivo, se aportaban como apoyo crucial a las opiniones propias. Y lo que había comenzado como un intercambio desinteresado o intrascendente se convertía en una pequeña trifulca que, sin embargo, podía alargarse en el tiempo y enmendar una tarde cualquiera de forma tan entretenida como emocionante o visceral; hasta que alguien, probablemente embebido en un necesario descanso indispensable para recuperar fuerzas o buscar más apoyos y volver a la carga con más información y datos de última hora, venía a sacarnos del embrollo con el reloj en la mano y la mención de lo tarde que era o en cómo se nos había ido el santo al cielo sin que ninguno de los presentes se hubiera dado cuenta.

Al final cada cual solía regresar a sus trece, unos implacables y tercos además de completamente convencidos de la fiabilidad y solvencia de sus argumentos, opiniones y voces autorizadas traídas como recurso en principio definitivo, otros no tan seguros como al inicio o dudando seriamente sobre lo que hasta hacía unos momentos creían seguro y ahora no tanto debido a algunos datos o a las numerosas pruebas aportadas por los demás en el alboroto de la conversación, algunas apoyadas con cierta solvencia o expuestas con una argumentación que dejaba pocas dudas en cuanto a su fiabilidad. Pero, en definitiva, habíamos pasado otra buena tarde entre amigos o conocidos que luego recordaríamos con satisfacción porque en aquel trivial e inesperado intercambio de opiniones y pareceres habíamos llegado a saber algo más unos y otros, aparte de pulir nuestras formas, reconocer algunos defectos incorregibles, propios y ajenos, y a valorar, como no lo habíamos hecho antes, esas nada frecuentes disposiciones para la atención o la escucha que algunos de los presentes pusieron respetuosamente en juego; o después de aquello y definitivamente decidimos catalogar como imposible a aquel otro que, incapaz de atender a otra opinión que no fuera la suya, acababa sacando los pies del tiesto refunfuñando o gritando sin medida, cuando no callándose definitivamente para llamar la atención o dedicándose a incordiar a todo el mundo con el único fin de hacerse notar pero no darse por vencido ni convencido, sin argumentos pero con su presencia.

Pues bien, hoy ya nada de eso es posible porque al poco de iniciada la conversación, disputa o diferencia de opiniones alguien saldrá con aquello de: “…esperad que lo busco en Google”; y entonces se instalará un pequeño compás de espera en el que respetuosamente se aguardará por parte de todos el resultado de la búsqueda -vía teléfono móvil- y con él dar por definitivamente finalizada la posible disputa y muerta antes de nacer la futura conversación, con lo que cada cual volverá a su particular o común silencio. Fin de la historia.

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Prensa

La polémica, si es que puede llamarse tal, ha durado bien poco, el señor Iglesias ha pedido disculpas por acusar a la prensa de cierta inquina hacia él personalizándola en algunos periodistas, pero mantiene las críticas y muy educadamente elimina los nombres -seguimos estando en campaña. Pero lo más sabroso de todo ello es que el señor Iglesias tenía razón, las palabras que dijo en la Universidad -el público entre el que está más cómodo y el terreno en el que mejor se mueve- eran ciertas, hay un periodismo que vive y disfruta de atemorizar a la población con las peripecias del señor Iglesias, son su desayuno de cada mañana, sobre todo porque el personaje viene representando para la “gente decente” de este país al mismísimo diablo, tanto en sus formas como en sus medias verdades; en sus declaraciones, sus desafíos, sus advertencias o sus amenazas, taimadas o no.

Porque hay un periodismo en España que cada mañana se sirve del señor Iglesias para ofrecerlo como alimento envenenado a una gran parte de la población necesitada de un previsible y cómodo como Dios manda y para quien el tipo en cuestión pinta como el representante en la tierra de las más oscuras amenazas que pesan sobre el temeroso subconsciente del país. A gran parte de la prensa de mayor tirada y a algunas emisoras de radio les gusta advertir, contemporizar, babear y soltar bilis a costa de la última tropelía, real o inventada, del señor Iglesias, hay toda una caterva de plumillas, prestigiosos y menos, dedicado a mirar con lupa por el “bien general” -encima creerán que les debemos estar agradecidos- todo lo que hace este señor; bueno, todo menos de su aburrida forma de vestir, plana y sin imaginación, ¿será igual su forma de gobernar?

Lo que dijo el señor Iglesias en la Universidad sobre la prensa era completamente cierto, cualquiera lo puede constatar con sólo echar un rápido vistazo matutino a los periódicos o sintonizar la radiodifusión nacional y llegará a cansarse de tanta fijación. En muchos casos periodistas y presentadores parecen auténticos perros de presa -sirvientes de sus paganos y nada independientes-; presuntos y hasta violentos salvadores del país -más salvadores- empeñados en pintar de rojo sangre el futuro si cae en manos de este señor. Entre unos y otros lo han convertido en el necesario chivo expiatorio para una parte de la población al parecer más preocupada por su bolsillo que por el penoso letargo que sufre la política nacional; Pablo Iglesias se ha convertido en el muñeco al que apalear cada mañana, da igual el motivo, el coco, un coco que en los peores sueños puede pintar real si es capaz de convencer a tanto ciudadano indeciso y cansado de que le tomen el pelo y decide tirar por la calle de en medio votando a quienes, más por sus formas que por sus actos, pueden amenazar las sinecuras de tanto incompetente estomago agradecido como en la actualidad parasita la política de este país.

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México

Mientras leía la novela de Don Winslow El cártel, un actual y estremecedor paseo por la geografía mexicana vía usos y costumbres de las bandas de narcotraficantes que controlan la totalidad del país -desde la frontera guatemalteca hasta el Rio Grande-, se me ocurrió comentar con algunos amigos la escandalosa actualidad de los hechos y situaciones que aparecen en la novela, un muestrario de brutalidad criminal que gobierna el funcionamiento de los cárteles de la droga y cómo las gastan con quienes cuestionan o tratan de impedir sus actividades; una apabullante suma de datos que, siendo ya sabidos por casi todo el mundo, no dejan de sorprender, sobre todo en lo que se refiere a la corrupción que impregna la totalidad de la administración mexicana, desde el palacio presidencial hasta el último paria del país.

Uno de mis interlocutores de entonces me contestó diciendo que aquello no dejaba de ser una novela y muchos de los crímenes y venganzas salvajes que en ella aparecían invenciones del autor para dar un sabor espeso y picante a su creación. No supe o no quise discutir aportando en mi favor la numerosa literatura de no ficción que existe sobre ello y cómo la realidad mexicana viene superando a la ficción en más situaciones de las que desearíamos. Tampoco se trataba de echar más leña al fuego afirmando o acusando a un país que, sinceramente, a veces creo que no existe como tal, sino que se trata de una estructura administrativa que funciona como un estado al uso mantenida y controlada de arriba abajo por el dinero y los capos de la droga, es decir, son ellos quienes dicen quién si y quién no se sienta en qué silla. Los esfuerzos de sus ciudadanos por dar una impresión de normalidad ante el mundo imagino que serán tan numerosos como agotadores, así como el posicionamiento por parte del mundo tratando de no hacer más leña de lo que ya de por sí es una situación lamentable que, imagino, la mayoría del pueblo mexicano sufre sin saber cómo evitar, superar o deshacerse definitivamente de ella.

Pero tan cierta como aquella es esa otra realidad de una civilización occidental que cría a infinidad de egoístas autoindulgentes enamorados de su propio ombligo que confunden libertad con el derecho a ponerse hasta el culo de estupefacientes como único o exclusivo signo de diversión, importándoles un pimento dónde y qué situaciones fomentan tan frívolas y vacías apetencias personales, además de no faltarles tiempo ni ganas para esgrimir en su favor su bien ganado derecho a divertirse como les apetezca; y ni hablar de saber o preocuparse por la violencia y opresión que posibilitan su ocio asesino entre quienes probablemente no consideran sus iguales -habitantes de un tercer mundo subdesarrollado. Sin esos capullos irresponsables que juegan a sentirse dueños de sus vidas (?) confundiendo placer con adicción -no pretendo entrar en temas mayores e irreversibles- no existiría el negocio de las drogas, y digo negocio porque quienes legalmente dirigen este mundo permiten y fomentan tales situaciones y, por supuesto, no desaprovechan la oportunidad de dar satisfacción a su codicia a costa del “caso aislado” de la “política mexicana”. ¿Alguien se atreve a decir cuántos gobiernos y países visten como tales siendo sus disfraces políticos una tapadera con la que disimular el tráfico de estupefacientes a nivel mundial? Eso si es un negocio a gran escala y no la minucia de los papeles de Panamá.

Hace unos días recordaba aquella conversación y a quién entonces me contestaba asegurando que los hechos y escenarios de la novela eran eso, una novela; y lo hacía debido a una noticia, otra más, aparecida en la sección internacional de un periódico nacional en la que la difícil situación en México volvía a ser protagonista; en este caso la ciudad era Acapulco, antaño centro vacacional de la jet set norteamericana, y la cita es textual:

Comerciantes, taxistas y lancheros, lo mismo da, viven ahora bajo extorsión. A los maestros se les asalta en las escuelas, y en las playas se mata desde motos acuáticas. No hay límites. Enclavada en Guerrero, el Estado más violento de México, la ciudad es un juguete en manos de los capos. De poco sirven las patrullas militares y los refuerzos policiales. En lo que va de año han sido asesinadas más de 225 personas, 38 de ellas en Semana Santa. La Asociación de Comerciantes de la Costera, harta de ver la muerte como cliente, ha sorprendido al país con una terrible petición: que el Gobierno les condone los impuestos para poder pagar la cuota al crimen organizado. El ruego incluye una delicada mención a los delincuentes para evitar que más de una banda extorsione al mismo local: “Tenemos un doble Gobierno y este es un llamado respetuoso a ambos. Al Ejecutivo, porque sabe lo que estamos viviendo. Y a la delincuencia organizada, porque también son seres humanos y les pedimos que se pongan de acuerdo sobre quién y dónde van a gobernar”. (El país 4 de Abril de 2016).

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Maquiavelo

Podemos según Maquiavelo:

«Las decisiones lentas y tardías no son menos perjudiciales que las ambiguas, sobre todo si se ha de decidir en favor de un amigo, pues con la lentitud no ayudas a nadie y te perjudicas a ti mismo. Esta lentitud puede proceder de la debilidad de ánimos y fuerzas o de la malignidad de los que deliberan, que, movidos por el deseo de arruinar el estado o por cualquier otra pasión o deseo, no permiten que se llegue a una decisión, sino que lo impiden y obstaculizan. Porque los buenos ciudadanos, aunque vean que el impulso popular se inclina a la decisión más perniciosa, no por eso impedirán que se llegue a una conclusión, sobre todo si las cosas no admiten demora.»

Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio; Alianza Editorial 2015, Pág. 262.

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Abulia

Qué bien han venido los papeles de Panamá para revitalizar a los populistas de toda calaña y sacar del letargo a los fascistas de línea dura amantes de la endémica e irrenunciable corrupción nacional y la necesaria mano firme que cure tales ambiciones, además de facilitar material de relleno a una tediosa información condescendiente con las carencias e históricas indecisiones de unos políticos locales tan dados al yo o el caos; un panorama que tenía, como de costumbre, a la población local en permanente estado de duermevela.

Un personal de a pie al que, como sempiternos durmientes ante un horizonte sin fiestas, no lo quedaba más remedio que dedicarse a lo suyo, lo de todos los días, con una resignada y obligada inercia que le descansa y deja descansar al resto; en tales circunstancias las actividades colectivas se limitan al mínimo, lo de siempre, y la charla política regresa a las borregas y repetidas exclamaciones sin pies ni cabeza en lugares comunes -bares y centros de trabajo- que dejan a cada cual aliviado y en sus trece; terapia de taberna que sirve para que unos y otros desahoguen en forma de ira embustera la permanente humillación que llevan dentro y les va comiendo el poco valor que les queda para seguir vivos, necesario para encauzar tanta frustración e incapaz de materializarse en labores constructivas al margen de las inútiles y repetidas invectivas contra quienes supuestamente vienen oprimiéndoles, robando y cabreándoles. Una diaria y silenciosa cocción a fuego lento de voluntades que sume a la ciudadanía en una desidia y desinterés colectivo sofocados y arrullados por las benditas tradiciones tan queridas por quienes, en general, son incapaces de suicidarse por flagrante incompetencia.

Pero los papeles se irán diluyendo en el día a día sin pena ni gloria, tan mojados como esa política plagada de amagos, advertencias y conferencias de prensa supuestamente esclarecedoras y sin embargo sujetas, llegado el momento de echarse mano a la cartera, a un grueso paquete de facturas pendientes reales y ficticias, históricas o inventadas, que obligan a recular hacia el establo y volver a amodorrarse en la enfermiza calidez de la siesta. Somos un país más apegado de lo que parece a la ignorancia y sus bravuconadas de catetos y refractario a los desafíos colectivos. La única forma de unión que se conoce por aquí remite al insulto y al ladrido contra la política y los políticos. Punto final.

Sinceramente, como en este país no hubieran soplado cada cierto tiempo vientos extranjeros mareando esas cabezas tan apegadas al “peazo” todavía iríamos con taparrabos.

 

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Absolutamente

Es absolutamente innegable que absolutamente viene siendo la coletilla de moda que absolutamente cualquier tipo con público al que dirigirse utilizará sin medida para afianzar su discurso -da igual el medio y la supuesta existencia o no de posibles receptores-; o que absolutamente cualquier persona de las normales que pretenda dar consistencia a sus palabras absolutamente usara absolutamente para que el oyente quede absolutamente convencido de que sus aseveraciones son absolutamente ciertas y él está absolutamente seguro de lo que está diciendo. Luego es absolutamente evidente y real que absolutamente se ha convertido en un adverbio absolutamente de moda y absolutamente repulsivo. Y resulta absolutamente molesto cuando se escribe tantas veces.

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