Apunte políticamente incorrecto

En esas reuniones que suelen organizar los próceres de las respectivas para intercambiar obvios pareceres no es difícil imaginar a catalanes y vascos hablando en castellano de sus gloriosas singularidades e insoslayables diferencias con respecto al denostado español perezoso, juerguista y estúpido, sin país del que presumir y pueda sentirse orgulloso. Porque, unidos en las aspiraciones a su mutua liberación del opresivo yugo nacional -ese otro nacional que no es el suyo, además de ser mucho peor porque incluye a más gente-, no tienen más remedio que echar mano del maldito y despótico castellano que tanto odian e históricamente ha venido contaminando perniciosamente sus purísimas formas de ser y pensar. Porque sus naturales e inmarcesibles singularidades y diferencias merecen ser comunicadas y compartidas con las diferencias y singularidades -tan inmarcesibles, si cabe, o más- de los otros, compañeros de lucha con los que -¡ojo!- jamás osarían mezclarse, ya que ello volvería a amenazar su sacrosanta virtud nacional y regresar a las andadas. Siempre es bueno compartir divergencias y excelencias con quienes, al igual que nosotros, son y se sienten también incomparables -pero que no sean españoles-; esas disensiones son las que verdaderamente unen, las auténticas, y el hecho de rebajarse a utilizar la lengua opresora es un mal menor, ya que entre ellos prima el entendimiento razonable antes que el enfrentamiento, porque si tuviera que ser con los españoles ¡imposible!

Claro, como dijo un tal señor Auxandri (a quien uno imagina catalán de pura cepa) en una de esas reuniones dirigiéndose a sus esforzados correligionarios vascos: “Os envidio pero solo en parte, porque sin eso -se refería al, según él, envidiable sistema fiscal vasco– en Cataluña no habríamos tenido ese clic que ha puesto en marcha todo.”

Se trataba de dinero, dinero necesario para “construir un país” y que desgraciadamente ellos no tienen, en parte porque han de compartirlo con los odiados españoles, en parte porque es desviado por sus amados caciques, vía 3 %, hacia sus propios bolsillos; en parte malversado por una corrupción tan sucia y nativa como española y en parte dilapidado en un proselitismo católico-nacionalista al que nada importa el ciudadano de a pie -individuo únicamente necesario cuando hay que gritar, insultar, llenar las calles y ocupar páginas de prensa. Porque si los catalanes, o gallegos, o andaluces -ya puestos a odiar- también hubieran utilizado las bombas y los asesinatos para conseguir el sistema fiscal vasco -con tan altas cotas de bienestar- otro gallo nos estaría cantando. También ignoro dónde estaríamos.

El resto, los sin identidad, los que no sabemos qué decir porque como dóciles idiotas nos hemos autoconvencido de que no nos incumbe, los que no tenemos ni sabemos qué defender, los que vivimos en este país porque nos hemos caído, debemos asistir al espectáculo sin voz ni voto, oyendo y aceptando de buen grado las memeces que nos impongan tanto retrógrado racista.

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Siniestro Total

Tras la obligada hora de rigor, llevada de forma relajada a base cerveza y esas rutinarias conversaciones, entre expectantes y repetidas, que rellenan y entretienen las esperas, sonaban en el escenario las notas dispersas de Encuentros en la Tercera Fase y, a continuación, los acordes de la banda sonora de Miami Vice; no cabía duda, se trataba de Siniestro Total. Los había dejado en su época, digamos, dorada y era un buen momento para esos regresos entre curiosos y divertidos -nunca nostálgicos, siempre es un error-  y comprobar cómo nos ha tratado la vida.

Siniestro nunca fue un grupo de chicas, ni de melodías, gilipolleces sinfónicas, muermos intelectuales o temas larguísimos con sesudas y complicadas variaciones a distintas alturas y clímax varios; Siniestro Total -como más de una vez se ha encargado de repetir Julián Hernández- es un grupo de rock -con un directo brutal, como a ellos también les gusta advertir- al que le tira más el lado gamberro e irreverente de la música, con canciones cortas, bien hechas y directas, que son el mejor mensaje para un público fiel y entregado. Creo que no he descubierto nada que la gente de la música no supiera.

Allí estaban, o estaba, Julián y los nuevos, o no tanto, ya dije que les había perdido la pista. En una sala más bien pequeña y bien sonorizada, como es el Joy Eslava, que nos regalaba con un sonido bastante correcto tirando a bueno, aunque cuando los coros se pegaban al micrófono te pitaran los oídos. Siniestro Total volvió a pasar por Madrid durante algo más de una hora y tres cuartos en los que el personal, mayoritariamente maromos, disfrutó y se lo pasó brutal con un concierto bien planeado que alternaba temas que nadie o casi nadie conocía, otros que sólo tarareaban los más fieles, quienes les han venido siguiendo desde entonces -por cierto, bastante gente joven-, finalmente seguidos por aquellos temas que todos aguardábamos, coreados y cantados por el personal sin necesidad de grupo alguno sobre el escenario.

Es cierto que las voces ya no suenan como antes, más que una desilusión una cruda evidencia del paso del tiempo -aunque les duela a los nostálgicos-, que de vez en cuando hay que echar mano del inhalador para ir aguantando, sobre todo cuando la armónica tira de pulmones, que ya no responden como antaño. Sin embargo, el concierto se desarrolló de forma convincente y profesional, con los músicos metidos de lleno en la faena -cosa siempre de agradecer-, salpimentado con las parrafadas de Julián entre algunos temas, pequeños discursos irónicos e irreverentes que no todos tenían la paciencia de escuchar o entender, y un fin de fiesta tan deseado como disfrutado, con toda la sala saltando y cantando al ritmo de… somos Siniestro Total. En resumen, un buen concierto -seguro que los habrá más exigentes o exquisitos que yo- que me sirvió para confirmar que seguimos vivos y casi con buena salud; lo que, vistas las cosas, es para felicitarse.

No voy a decir que es una lástima que algunos estuvieran más preocupados por salirse fuera a fumar cualquier cosa, que otros se dedicaran a agobiar a la chica ajenos al escenario, que hubiera por allí algún despistadillo alejado de las Mareas y sus reivindicaciones gritando en solitario -por aquello de Vigo-; que algún otro menos espabilado se distrajera buscando el título de algunas canciones vía Shazam -tengo que decir que sin éxito- y, por último, no faltaran los de siempre, esos que se dedican a no asistir ni disfrutar del concierto porque están grabando el concierto en sus teléfonos móviles, probablemente para disfrutarlo más tarde tranquilamente en su casa o con los colegas que se lo perdieron (?).

En resumen, un concierto bien hecho, divertido y vivido por ambas partes, lo que no es poco para una tarde de jueves.

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Hablando

Hay personas para las que entablar una conversación con cualquier otra u otras, independientemente de que sean conocidos o no, no supone ningún problema, es más, la cuestión es lo más normal y natural del mundo, tan fácil como caminar. Sin embargo, esta, para muchos, obviedad es para otros, como es mi caso, una cuestión algo más peliaguda -imagino las sonrisas y los gestos de no comprender de los primeros cuando escuchan o leen que lo que para ellos es tan sencillo para otros pueda ser más complicado o convertirse en todo un problema. Y creo que tienen razón en sus risas, aunque hay que ser un borde redomado para no aceptar o responder a unas palabras dichas con amabilidad.

El hecho fue que el señor, tras dar un par de vueltas alrededor nuestro entre despistado y aburrido, se decidió por fin a “asaltarnos” ya no recuerdo si con una pregunta o un comentario acerca del tiempo o el mar, y lo que comenzó siendo una respuesta amable por nuestra parte pasó a convertirse en la línea de salida de un, no sé si decir, soliloquio, entre local y biográfico, que nos entretuvo divertidos y expectantes ante cada nuevo giro que la conversación -más o menos- iba tomando. El tipo no dejaba de hablar y moverse comentando y preguntando amablemente, y aunque en ocasiones parecía quedarse en blanco, no sé si porque realmente lo estaba, porque anduviera buscando otro tema con el que entretenerse y entretenernos o porque empezara a pensar que tal vez nos estuviera dando la vara en exceso y tocaba hacer mutis y dejarnos en paz, no tardaba en enlazar con otro motivo que parecía venir al pelo porque curiosamente no modificaba el tono general de su discurso-conversación.

Así que, henos allí, acariciados por el tibio sol de media tarde de palique con un señor jubilado que ya parecía de la familia, porque sin que insistiéramos fue contándonos su vida y milagros sólo interrumpido por nuestras propias preguntas -¡vista la situación!- ante cualquier cosa que nos intrigara, no nos quedara del todo clara o de la que quisiéramos saber más. Supimos del lugar dónde había nacido, donde vivía, su familia, su trayectoria profesional y la otra, sus actividades actuales, su disposición para lo que hiciera falta que necesitáramos, su casa, un café o unos tomates de su huerto, amén de huevos, si llegara el caso, de sus propias gallinas. Ya pueden imaginar.

¿Qué es antes, la soledad o las ganas de relacionarse con los demás? ¿Es una necesidad o una afición como otra cualquiera? Para los que no somos muy dados al discurso fácil puede ser un tema de conversación que probablemente no merezca la pena; aunque creo que el asunto es mucho más sencillo. El que algunos tengamos ciertas dificultades -voy a ser condescendiente- a la hora de entablar una conversación intrascendente con cualquier otra persona no impide que el hecho de hablar sea una de las actividades más reconfortantes de las que podemos disfrutar los humanos, y si durante el transcurso de la conversación uno se siente bien, incluso mejor -como nos fue pasando en la situación que he descrito más arriba-, de buen humor, menos introvertido o desconfiado y dispuesto a ir donde haga falta con aquel o aquellos que tienes delante siempre será una buena elección. Porque al margen de cuestiones de personalidad o carácter, de independencia o excepcionalidad, hablar es vivir. También es cierto que en ocasiones -a veces, demasiadas- toca enfrentarse a auténticos ladrillos vivientes, zotes sin imaginación que te martirizan sin piedad ni advertir que ya su primera palabra era mortal de necesidad.

Pero creo que es fácil entender a qué me refiero y que estos últimos no entran dentro de lo que la mayoría de nosotros entenderíamos con hablar o tener una grata conversación.

 

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Modo avión

Desde la altura, pegada la nariz a la pequeña y fría ventanilla, la superficie terrestre no parece igual; cuestión más que evidente. Lo que en tierra se otea o vislumbra lejano, interminable o inalcanzable desde arriba se disfruta con la comodidad de un gran mapa del tiempo rebosante de soledad y esperanzas en forma de manchas grandes y pequeñas que uno imagina -más bien tiene la certeza- construidas y habitadas por otros ocupados en el sinfín de actividades que conforman los días. Estoy y me muevo sobre el mismo mapa físico en colores que solía curiosear intrigado cuando estudiaba geografía, el mismo pero a escala 1/1 y con otra diferencia fundamental, si uno agudiza la vista puede advertir el movimiento de aquellos que en la lejanía nos ignoran ajenos a su pequeñez e indiferentes a la observación, ya sea por nuestra parte o por la de cualquier otro ser que hipotéticamente vigilara nuestros movimientos desde el espacio.

Y precisamente es la distancia, como si de un poderoso Dios se tratara, la que nos muestra tal y como somos, que no es ni mejor ni peor; esa misma distancia que milagrosamente parece solucionar los problemas cuando uno mismo es capaz de ponerla como referencia a la hora de dilucidar lo que la ofuscación de la cercanía impide revelarse tal cual es. Puedo ver lo que parecen pequeñas ocupaciones humanas como manchas de colores pardos asfixiadas, en su aparente precariedad o austeridad, por grandes extensiones de marrones interminables rayados por caminos marcados con tiralíneas; grandes urbes tan desorganizadas como confusas o esas coquetas, coloridas y más o menos exclusivas aglomeraciones pintadas con cuadriculados marrones de sólida teja, verdes desordenados o golfos y geométricos azules clorados tan útiles durante el verano.

Montañas interminables o de las que caben en una mano, costas larguísimas y ríos en horas bajas -una cicatriz sobre el terreno, en su mayor parte polvo esperanzado en un hipotético futuro proveniente del cielo que ahora me sustenta. Y uno no tiene más remedio que reconocer el valor y la osadía de aquellos antepasados que en un momento de su vida decidieron que la tierra que les rodeaba y les había visto nacer no les bastaba, y a riesgo de sus vidas optaron por dejar lo que eran y largarse a buscar no sabían qué ni por qué, lo que en cierto modo necesitaban para aliviar la pesadez, el agobio o la estrechez que presionaba sus almas. E inmediatamente me pregunto quién debe más a quién, quienes dejaron todo atrás, incluidos sus débitos y/o responsabilidades para con los suyos, o quienes se quedaron y mantuvieron vivo el lugar hasta la vuelta del aventurero, tanto si regresaba con la cabeza gacha o con la alforja repleta de bienes y objetos maravillosos y desconocidos.

Te sumerges entre nubes y sus regularidades físicas, recurrencias que probablemente también espolearon la imaginación de aquellos más habituados a observar desde abajo, insistencia que les llevó a suponer que esas formaciones tan particulares obedecían a algún patrón divino o terrenal que las obligaba a conformarse de esos modos repetidos según las estaciones y horas del día. Un no parar de mirar de pronto sorprendido por otro avión que, un poco más bajo que el avión que nos lleva, pasa en sentido contrario sin que casi me dé tiempo a verlo. Muy, muy deprisa con respecto al lugar, también en movimiento, donde me encuentro y en el que, sin embargo, parezco moverme con aparente lentitud. Lo mismo habrán pensado los ocupantes del otro avión, que nuestra velocidad con respecto a ellos era enorme; de nuevo esa física que estudié hace tiempo y en la que aún escudriño como si fuera la primera vez, la misma que me llevó a la certeza de que la percepción de mi situación -tanto física como espiritual- con respecto al resto de los objetos y personas que me rodean no es única ni exclusiva. No se trata de esa estúpida simpleza del todo es relativo que contenta a quienes nada saben y gustan aparentar a la baja para justificar su ignorancia, sino la obviedad de las posibilidades y/o existencia de tantos y tantos mundos que ni siquiera entiendo cómo se nos ha podido ocurrir creernos y pensarnos el centro de algún otro que no sea el propio.

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Café Society

Llama la atención que gente que desprecia cierto tipo de cine o aborrece a un determinado director cinematográfico dedique páginas enteras a poner a caldo una película o a un director que no es de su agrado; con lo fácil que es quitárselo de encima de un plumazo, o simplemente ignorarlos. Digo esto porque después de ver la película de Woody Allen tropecé por casualidad en internet con un comentario o crítica insufrible y destructiva de la misma a cargo de un crítico o aficionado al cine al parecer con bastantes problemas personales. Me quedé asombrado de las frustraciones, bilis y mala leche que pueden ladrarse con tal de desahogarse contra algo o alguien que no te gusta. Igual alguien más lo lee.

Bueno, a lo que iba. De entrada, el cine de Woody Allen te gusta o no te gusta, si eres capaz de conectar con su particular e inteligente sentido del humor y la permanente ironía que el autor y director destila en cada uno de sus largometrajes tienes mucho ganado; luego los habrá mejores y peores, más o menos redondos, originales e incluso repetitivos. Por eso creo que no tiene sentido aplicarle a Allen el criterio comercial al uso -que tampoco a él le interesa- a la hora de valorar o juzgar su cine porque Woody Allen es un tipo que en algún momento decidió hacer de su propia vida una película continua. Hay gente a la que uno no traga porque no le encuentra la gracia ni sabe cómo meterle mano y no pasa nada. El cine de Woody Allen es Woody Allen, y Woody Allen hace ya tiempo que descubrió que la vida es un negocio de amores y desamores protagonizado por hombres y mujeres atrapados en su propia incomprensión, unos personajes débiles y volubles que andan permanentemente fluctuando entre los sueños, sus deseos y la propia realidad sin saber muy bien en qué lado quedarse. Por eso el cine de Woody Allen no necesita cambiar, porque las circunstancias, posibilidades, sorpresas y dramas que pueden darse entre las personas son infinitos; puede que no siempre esté acertado, pero esos son sus materiales de trabajo.

De esas dudas permanentes nos alimentamos los humanos y se alimenta su cine. También es cierto que hay personas que, dicen, jamás se equivocan y siempre han tenido clarísimo lo que quieren y son -yo de ustedes no me fiaría mucho de esos raros especímenes-; como hay otras que ven el cine como una forma de evadirse de la cruda realidad para las que el cine de Allen está de más, viene a ser más de lo que ellas mismas tienen -eso sí, con más dinero y escenarios caros- y en muchos casos no les satisface, por lo que prefieren cualquier entretenimiento que las saque de sus comunes vidas. Son más entretenidas las películas de zombis, violencia y crueldad gratuitas, asesinatos a tutiplén o las de impecables persecuciones envueltas en una producción de lujo. A fin de cuentas para quien no se gusta a sí mismo verse reflejado en la pantalla siempre le parecerá mal, desacertado o inconveniente, da igual cómo se lo sirvan.

Café Society es otra historia de amores y desamores en la que aparecen el jazz y New York como telones de fondo -en mi caso excusas perfectas para acudir al cine-, con un guión que no es perfecto pero casi, con trucos y recursos de cineasta experto a la hora de unas rápidas descripciones y elipsis que no son muy importantes o no vienen al caso porque la cuestión va por otros derroteros, pero con la nada frecuente y poco valorada virtud de no ser una película previsible en cuanto a su desarrollo y final, además de entretenerte durante su duración sin necesidad de mirar el reloj; circunstancias que hoy día son de agradecer, sobre todo si no hay por medio carísimos efectos especiales, toneladas de relleno digital o se trata de algún remake, secuela o precuela de turno. Una película protagonizada exclusivamente por personas que, como nosotros, también andan con problemas de amor e identidad.

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Rutinas

El verano va diluyendo poco a poco el ánimo y minando la capacidad de trabajo hasta dejarnos en manos de una rutina pendiente de la temperatura de la que resulta muy difícil escapar; quedan las madrugadas como preludios, esas pocas horas en las que se puede respirar y, si se es capaz, aguantar hasta contemplar la salida del sol más como una bendición que como una amenaza, y disfrutarlo como si fuera la primera vez hasta que el sueño o la luz te venzan.

Qué fácil les resulta a quienes soportan temperaturas menos extremas juzgarnos y añadir alguna que otra gilipollez para etiquetar negativamente lo que ellos creen caprichos o perezas locales que fundamentan unas formas de ser que, felices ellos, nos impiden llevar una vida dedicada enteramente al trabajo como único modo de vida. Hasta los que no llevamos el verano con gusto hemos de admitir que tanta luz es tan agotadora como única y el amarillo un color que aviva y reseca el alma al mismo tiempo hasta derrotarte por falta de aliento e incapacidad para sentirlo.

Muy lejos quedan aquellas rebajas que marcaron otro verano más, baza postrera del consumo gastada con demasiada premura y también vencida por la exclusiva preocupación de hallar un lugar a la sombra, un refresco o un dejarse llevar hasta la noche, tregua esperanzadora en la que compartir la pereza de mantenerse despierto hasta que el cuerpo aguante.

Hasta que un día advertimos un cartel publicitario anunciándonos y preparándonos para lo que viene, el fin de estas jornadas tan largas, poco productivas y nada dadas a otro negocio que no sea el de refrescarse a toda costa; nuestros explotadores particulares, nerviosos por la tardanza y los números casi paralizados, comienzan a avisarnos del paso de las estaciones envolviéndonos a traición con los colores de moda para el nuevo -otro más- curso escolar. No nos queda más remedio que suspirar y no sabemos muy bien por qué, si porque el verano toca a su fin o porque en el fondo no nos apetece una pizca lo que viene a continuación. El otoño ya está aquí, nos anuncian los agoreros encargados de recordarnos que el tiempo no se detiene -¡como si no lo supiéramos!-, y todavía seguimos vivos y nos toca rascarnos el bolsillo en aras de una beneficiosa producción nacional que, dicen, enriquece al país y nos sitúa en el mundo a costa de nuestras golpeadas carteras.

Y ya están aquí el fútbol y la lotería de Navidad, las mismas esperanzas y sueños, más disparatados si cabe, curtiendo nuestra indeleble docilidad que nos mantiene obedientes e incapaces de sentarnos a un lado del camino para ver pasar el tiempo o, por qué no, darnos la vuelta si nos apetece y frecuentar otros prados dónde nunca antes estuvimos y que probablemente nos entretengan con novedades que no sabremos disfrutar porque hemos llegado a un punto en el que todo lo nuevo nos pilla de sorpresa y sin fuerzas para cambiar el punto de vista. Y a poco que miremos hacia adelante nos plantaremos en los próximos Abril o Mayo, meses en los que, contando con los mismos agujeros en los bolsillos, las competiciones deportivas estarán en toda su salsa y ya habremos pasado otro duro invierno y andaremos suspirando por una nueva primavera, preámbulo de otro verano y sus rutinas, como éste que se nos va, hacia el que nos deslizaremos tan perezosos como felices.

 

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Olimpiadas

Ante un evento tan peculiar como generalizado la tentación de escribir algo al respecto es casi irresistible, porque la celebración, pues de eso se trata, tiene de todo, es cierto que según los ojos con los que se mire y aunque sea mucho más fácil sacar a relucir los trapos sucios que se mueven alrededor que detenerse en las virtudes y reverencias a tanto joven con ganas de pasar a una historia que envejece muy deprisa, casi más deprisa que cumplen años los propios protagonistas y pasan a engrosar un ejército de adultos que, ya sin público que los jalee, tienen que valerse en una sociedad muy alejada de aquellos lugares de éxito; jóvenes muy pronto olvidados y casi despreciados por humanos a los que el inapelable tiempo obligará a fracasar y diluirse entre iguales frente a los cuales ya no es posible sobresalir porque las virtudes físicas pasaron a convertirse en rémoras con las que discutir cada día hasta que finalmente se diluyan en al páramo del olvido.

Son fáciles de entender y alabar esas glorias imbuidas por familiares, amigos, admiradores y comerciantes en tantos y tantos jóvenes que por los más diversos motivos acabarán en una zona de combate listos a dejarse la piel por cuestiones ajenas a sus capacidades físicas personales. Es menos comprensible -o más, visto el mundo en el que nos movemos- el ejército de adultos venidos a menos que a falta de algo útil que hacer se dedican a negociar con pares y arribistas a costa de tanto muchacho y muchacha todavía sin un lugar en el mundo y tejer una red de orgullos patrios que alientan viejas y rudimentarias rivalidades ya desfasadas; unos tipos calculadores sin fuerza ni interés para empuñar las armas pero con la capacidad para tramar engaños y simular valores y enfrentamientos a los que sumar millones de almas necesitadas de una ilusión que amueble tantos aburridos hogares.

Para los aficionados a tales manifestaciones deportivas debe ser una gozada disfrutar de campos y zonas de juego sin esa publicidad que ensucia cualquier espectáculo con pretensiones de nobleza. Aunque sea inevitable pensar que el negocio que sustenta el acontecimiento ya se ha cerrado y los negociantes están disfrutando de sus piratas beneficios lejos de los focos del espectáculo y las preguntas de la prensa -esa antigua profesión ahogada para siempre en el exclusivo mar de los beneficios.

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Capado

El término se lo oí a un programador hablando de su creación, no recuerdo si se trataba de un juego de ordenador o videoconsola o de una aplicación para móvil o tableta, y venía a decir que cualquier jugador o usuario de un juego o entretenimiento informático, en cualquier tipo de soporte, asume el papel de un autómata dirigido a capricho por el inventor; no hay ni existe papel protagonista porque cada una de las reacciones del jugador están previstas en la concepción del propio juego. Quizás sea por eso que cada vez que entretengo el tiempo con un juego informático tengo la impresión de estar siendo manipulado desde la distancia; un conejillo de indias del cual alguien ha previsto con antelación sus reacciones y movimientos a partir de una constitución y forma de pensar básicas a las que incorporar la opción premio/castigo para manejar, disuadir, perturbar, sostener y en última instancia fijar y fidelizar de manera continua frente la pantalla. Esto que digo no es una apreciación personal, con poco que uno haya jugado puede llegar a constatar la evidencia de que si hoy no he conseguido avanzar o pasar de nivel mañana o pasado lo conseguiré, el juego mismo te irá ofreciendo las posibles soluciones adecuadas a tu nivel de torpeza; sería absurdo y contraproducente que el mismo juego te expulsara por inútil, perdería un consumidor.

Sucede con todos los juegos informáticos, en ellos el azar es una variable finita y codificada que sólo admite una seria de opciones o probabilidades -por eso se dice del juego que está capado- introducidas por el programador para crear la sensación de control por parte del jugador. Si en cualquier juego en la vida real el azar interviene como variable incontrolada sólo advertida y calculada a posteriori y después de un detallado estudio estadístico, en las creaciones informáticas el jugador nunca es creador o dominador porque no deja de ser una variable añadida a una serie de condicionantes que el inventor introdujo para darle la apariencia de verosimilitud o realidad a su creación.

Es probable que a mucha gente no le importe su catalogación como mecanismo previsible y manipulable que obedece y sigue las consignas de un programa que adivina tus pensamientos y dirige tus movimientos, se anticipa a tus intuiciones y condiciona tus emociones monopolizando por completo tu actividad cerebral, atrapada en un bucle interminable de saltos eléctricos y obsesivos. Las satisfacciones y recompensas son tan breves que la inmensidad del mundo y la enorme potencia del pensamiento acaban encerradas en una pantalla de catorce pulgadas. Aunque siempre llega el momento, ese efímero instante de lucidez, en el que el jugador alza la vista y dice basta a convertirse en un objeto manipulable que desperdicia su propio tiempo libre en un gusto o afición previamente concebida e inventada con objetivos puramente económicos. ¿O no?

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Frustración

Veinte años sólo se tienen una vez y lo mejor es hacer todo lo posible por disfrutarlos y pasártelo bien. Fin de la conversación.

No encuentro mucho más que decir y he de reconocer que tras la pequeña charla no me queda una buena impresión, lo que en cierto modo explica esa intuición o presagio inicial de casi saber que el esfuerzo de sentarse frente a mí para intercambiar ese par de frases más allá de las intrascendencias corrientes era todo lo que podía conseguir; una breve interrupción del ajetreado ir y venir que promueve la edad. Queda el gesto compartido, el resto, la hipotética o imposible conversación, las opiniones, las coincidencias y las diferencias -mayores o menores- son circunstancias que surgen y se evaporan pero que no significan mucho más; los puntos de partida, el mío incluido, obedecen a formas de pensar y estereotipos obligados provenientes de mundos distintos. Él y yo habitamos en esferas independientes, luego no hay otra posibilidad de entendimiento que la simple constatación de la imposibilidad de coincidir en otra cosa que no sea en la distancia que nos separa. Se ritualiza una conversación joven/adulto, se lleva a buen puerto mediante un diálogo de sordos, sin una voz más alta que otra ni salidas de tono, y después cada cual sigue por su lado, cada uno en su razón -la que obligan las cuestiones generacionales- pero al parecer insensibles al mutuo reconocimiento como individuos pertenecientes a una misma sociedad.

El mundo a los veinte años es disfrutar y divertirse. El implacable y falsamente vitalista giro de tuerca de que veinte años sólo se tienen una vez en la vida y hay que disfrutarlos es lo bueno y tremendamente malo del caso. Porque mi joven interlocutor está completamente convencido de que lo demás no merece la pena; el futuro es tan oscuro que es preferible no pensar en él, ni siquiera para situar proyectos a corto o largo plazo; durante la inexistente conversación asentirá dando a entender que sabe de lo que estás hablando y lo que quieres decir pero en el fondo sigue convencido de lo que no deja de ser otro sermón de un adulto que viene de otro mundo. También dice saber que hay quienes aún piensan que la posibilidad del esfuerzo y el estudio son viables, sirven para algo más que para malgastar el tiempo, pero son los menos.

Moralmente no puedo hablarle de otro futuro que no sea el que él tiene delante, así que mi discurso, perorata o como sea que lo califique nace muerto, lo que me procura la frustrante impresión de haber perdido la capacidad de convencer, sobre todo a quien día tras día está viendo lo contrario de lo que le voy a decir.

La manipulación por parte de esta sociedad de la gente joven es voraz e inagotable, la diversión y el consumo se imponen por encima del resto como únicas y exclusivas formas de ser. Convencidos de partida de la imposibilidad e inutilidad de acceder a unos estudios o un aprendizaje largo y tedioso que amargará la vida y consumirá de mala manera los años sin la esperanza de un final reparador o que merezca la pena es mejor rendirse e intentar disfrutar.

No vale decir que si esta situación fuera real pondría los pelos de punta porque es real.

 

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Ideales

Los ideales sólo existen en el pensamiento, son una especie de intangibles muy personales que en bastantes casos suelen exhibirse o exigir como condición principal a la hora de establecer una conversación o hablar de un proyecto personal o político, lo que es bueno y malo al mismo tiempo, bueno para esas esperanzadoras y necesarias aspiraciones que van más allá del día a día más duro, haciéndolo llevadero y menos doloroso, y malo cuando, como cáscaras, sólo sirven para envolver o sostener alguna parafernalia imposible habitualmente usada para lustrar algún que otro proyecto, también político, sin mucho fondo o simplemente ilusorio. Tampoco son del todo convenientes cuando se tratan de imponer como única condición para un posible entendimiento -error monumental-, puesto que en cualquier acto de entendimiento o acercamiento entre dos o más personas debería primar el interés por hacerse entender, colaborar y/o compartir, en lugar de la mera pretensión de acomodarse uno mismo en el centro con el único objetivo de martirizar y hacer huir al otro u otros hastiados ante otra avalancha de caprichos, manías y arbitrariedades imposible de detener. Se nos olvida con demasiada frecuencia que todo ese arsenal de esperanzas, ideales, creencias, prejuicios, odios, resentimientos y también frustraciones es algo bastante personal y difícilmente transferible, por lo que deberíamos tener un poco de cuidado, si es que nos interesa convivir con el vecino, y dejarlo a un lado muchas más veces de las que solemos hacerlo.

Y digo esto porque no hay nada más frustrante que intentar hablar con gente que antepone los ideales -tal que particulares altarcitos abarrotados de sutiles o groseras soluciones para todo que cada cual reverencia en muchos casos sin preguntarse por qué- a la mera razón o los simples entendimiento y colaboración -de esos otros a los que el reloj se les detuvo en la rudimentaria prehistoria de la familia y los amigos como lo único fiable prefiero no hablar en este momento. Y cuando la conversación deriva, como suele ser habitual, hacia el terreno de la política aquello ya es un problema serio; entonces, lo que podía ser una plática razonable y civilizada se transforma en una serie de imposiciones afectivas, sentimentales, malévolas o simplemente irracionales que hacen imposible cualquier discernimiento o cooperación, para finalmente dar por concluido lo que nunca existió con el consabido y limitado cada cual a lo suyo. Desgraciadamente la única forma de resolver los asuntos públicos en cualquier parte de este mundo es mediante la política, algo que mucha gente se resiste a aceptar y permitir por ignorancia o simple estupidez. Y como para muestra basta un botón ¿imaginan cuáles son los ideales de una población y una clase política, las de este país, capaces de permitir que siga gobernando un partido político del que todo el mundo sabe que se ha enriquecido y financiado -es un decir- mediante la corrupción?

 

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