Esperpento

Esperpento (Acepciones… entre otras).

“Persona, cosa o situación grotescas o estrafalarias” (RAE; unas de las actuales definiciones).

19ª edición del Diccionario de la RAE (1970): “Género literario creado por Ramón del Valle-Inclán en el que se deforma sistemáticamente la realidad, recargando sus rasgos grotescos y absurdos… para ello se dignifica artísticamente un lenguaje coloquial y desgarrado en el que abundan expresiones cínicas y jergales.»

Otras: Lo grotesco como forma de expresión; la degradación de los personajes, su reificación o cosificación, reducidos a mero signo o a muñecos. El abuso del contraste; la mezcla de mundo real y de pesadilla o la distorsión de la escena exterior. La deformación sistemática de la realidad, la apariencia de burla y caricatura de la realidad.

Escenario: Cataluña el pasado día 1 de Octubre.

Personajes: Unos dirigentes autonómicos y locales caricaturescos y exagerados, una ciudadanía degradada y envilecida y un gobierno nacional formado por una panda de tipos políticamente inútiles. Además de una fauna política provinciana, miope e incompetente.

Nota. Quizás, a partir de estas notas que cualquiera puede recopilar, el mundo deje de asombrarse incrédulo por lo que sucede en España y, ya puestos, disfrute leyendo a Valle.

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Reconciliación (y 2)

Pero cometo el error de intentar imaginar algo parecido al caso francés en mi propio país, es decir, buscar un punto o momento en nuestra historia más o menos reciente en el que hubiera ocurrido algo similar, una especie de reconocimiento de errores o acto de reconciliación entre los contendientes del último y sangriento conflicto bélico entre españoles; un acto que hubiera permitido, dentro de lo posible, cerrar las heridas y reconstruir el país uniendo fuerzas ante un futuro común… eso es, supongan el fracaso y el país que, de hecho, no somos. Ese necesario pegamento emocional, ese reconocimiento público de aciertos y errores unido al deseo conjunto de comenzar a construir a partir de una esperanzadora reconciliación nunca ha existido por aquí, tampoco un proyecto compartido capaz de vencer tanto rencor enquistado.

El enfrentamiento que dio origen a nuestro último y tremendo conflicto, la Guerra Civil, sigue absurdamente sin cerrarse, no entre sus ya casi totalmente desaparecidos protagonistas, cuestión irrelevante además de imposible, sino tampoco entre sus supuestos descendientes, lo que es muchísimo peor; y sin ese compromiso sigue siendo difícil un proyecto único y colaborativo de país. Nunca ha habido declaración, ni pública ni privada, de los propios errores, todo lo contrario, y creo que en el fondo de todo ello subsiste una pertinaz cerrazón -tan característica, por otra parte, de las gentes de esta tierra- a la hora del entendimiento y la colaboración, cuando no simple estupidez de los implicados, calificativo que más veces de las deseadas podría ser aplicable a gran parte de una población conscientemente ausente que sigue prefiriendo dejarse llevar, habituada como está al patético sainete de las viejas pendencia y sus facciones irreconciliables. Abrevadero en el que siguen alimentándose tanto resentidos y rencorosos caudillos de provincias como intelectuales de círculo católico -igual o más biliosos aún en sus casposos sermones-, tipos incapaces de orientarse en el presente dedicados en cuerpo y alma a remover la mierda con tal de revivir odios, antiguos conflictos y provocaciones sin base real hoy.

Así estamos, una gran parte de la población amagada en un silencio egoísta y cobarde mientras otros se empeñan en buscar desesperadamente una identidad a la que agarrarse, y en ambos casos incluso en contra de sus propios intereses. Por eso seguimos siendo incapaces de ser dueños de nuestro presente, todavía, y eso dice mucho de nuestra ignorancia y nuestra inmadurez democrática, aficionados, aún, al palo, a los caudillajes y caciquismos de todo tipo y a los exaltados discursos de políticos de baratillo que todo lo resumen a que Villarriba se venda mejor que Villabajo; oportunistas sin oficio y ansiosos de beneficios habituados a ganarse la vida a costa de la desidia general.

Y qué mejor ejemplo para confirmar lo que estoy diciendo que el actual gobierno del país, un gobierno proveniente del partido formado por los mismos dirigentes de la dictadura, una auténtica corte que, frustrada entonces por no poder convencer a la población de que votara no a la reforma política que daría paso a esta especie de democracia que padecemos, probablemente porque veía en ello su fin, no tuvo más remedio que reciclarse a última hora para intentar a toda costa mantenerse en el poder y así conservar sus prerrogativas. El mismo partido que todavía hoy sigue sin reconocer públicamente una cosa que se enseña en cualquier clase de Historia Universal de cualquier centro escolar del mundo, que en 1936 en España hubo un golpe de estado contra la legalidad vigente que dio lugar a una guerra civil y a una dictadura fascista que duró cuarenta años. Poco más, los matices, particularidades, acusaciones y violencias por ambas partes deberían reconocerse, estudiarse incluso, reconducirse y valorarse en lo que fuere, pero siempre con el objetivo de un punto final en el que intervinientes y herederos cerraran por fin un desgraciado capítulo ya concluido y acordaran un nuevo país.

Esa es la piedra en el zapato de un país que no sabe ser tal. Ese posible escenario se presentó tras la muerte del dictador, pero los interpretes estaban demasiado ocupados en sus propios intereses, unos intentando reconvertirse en nuevos demócratas y perpetuarse en el poder y los otros empeñados en despachar y saldar cuentas de hacía cuarenta años, de obtener una remuneración a cambio de su permanente enfrentamiento en la sombra a la dictadura o de directamente volver atrás y continuar lo que ya no tenía sentido, sencillamente porque esos años de autocracia habían creado una población nueva que probablemente no estaba interesada en liquidar ninguna deuda, sino que le preocupaba mucho más seguir viviendo en paz. Así, unos y otros, consciente o inconscientemente olvidados de la población real -sujeto amedrentado y sin experiencia que solo supo responder con un silencioso acatamiento-, dejaron para nunca el cierre de la contienda y se dedicaron a reproducir e imponer la misma reyerta que había enfrentado a sus padres y abuelos. Los pactos firmados a partir de entonces no tuvieron nada de regeneradores ni que ver con una reconciliación y el proyecto de un país moderno, tareas que entonces sí podían acometerse puesto que era la totalidad de la población la que salía de una dictadura; todo lo contrario, más de lo mismo pero ahora con los protagonistas renovados. Y así seguimos hoy.

 

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Reconciliación (1)

Cuando se visita el Memorial de Caen (levantado a partir de la memoria del desembarco de Normandía en Junio de 1944) la tristeza por la gigantesca destrucción provocada y la irritación contra quienes la fomentaron o la permitieron no cesa de aumentar a medida que se avanza en la visita, da igual que se vaya advertido o se conozca mucho o poco sobre la Segunda Guerra Mundial, porque uno no deja de sorprenderse por las imágenes originales y la magnitud de las cifras de aquel disparate. Franceses, británicos, alemanes, americanos o japoneses pasan, o pasamos, en respetuoso silencio ante los textos, las imágenes y las grabaciones de la época sobre el conflicto mundial, cada cual con su propia memoria o idea y deteniéndose en determinadas zonas más que el resto -resultaba tan curioso como intrigante ver detenidos a un pequeño grupo de japoneses ante las fotografías, grabaciones y documentos de la parte dedicada a la guerra del Pacífico, al verlos era inevitable preguntarse por lo qué pensarían de los padres y abuelos que intervinieron o sufrieron aquel despropósito.

Durante el recorrido por rampas y salas solo se oyen los comentarios y músicas de los documentales o las voces de las grabaciones de testigos directos entrevistados décadas después, niños de entonces a los que todavía hoy se les saltan las lágrimas cuando cuentan lo vivido y sufrido. Y si uno echa un vistazo alrededor tiene la sensación de que una gran mayoría de los visitantes que nos repartimos por las numerosas salas tienen o tenemos claro quiénes fueron los promotores o causantes principales de aquello y a quienes les toco defenderse o ayudar a quien lo necesitaba. Abstenciones, miradas hacia otro lado o puntualizaciones históricas o sociales al margen, que siempre existen y existirán, los bandos parecen bien definidos y los culpables primeros también, lo que en principio ha permitido a la propia Europa dar por cerrada, dentro de lo humanamente posible, una etapa de su atribulada historia y, a sabiendas de los errores cometidos, pasar página y ponerse a trabajar en común en una continuación que con los consiguientes altibajos nos ha traído hasta este presente.

Llega un momento en el que la visita cronológica por aquellos años nos lleva a un apartado dedicado a la ocupación de Francia por el ejército alemán y la firma del Armisticio que dio lugar a la Francia de Vichy. Tampoco aquí, sobre todo por parte francesa, existen dudas acerca de quién actuó correctamente y quiénes no; quiénes, a pesar de las apariencias, fueron los derrotados y quiénes hubieron de vivir escondidos y humillados hasta la victoria aliada final. La sensación ante los paneles y las imágenes es que, sin acusaciones directas ni veladas, se da por hecho y zanjado quiénes se equivocaron pactando y arrodillándose ante el enemigo y quiénes decidieron resistir con sus pocas fuerzas e incluso a costa de sus propias vidas hasta el fin de la guerra; y es a partir de ese reconocimiento mutuo y de la superación de los inevitables rencores, a partir de ese necesario acto de reconciliación, de la asunción de los propios actos, todos juntos, como se empieza a reconstruir un país, como una piña; eso es hoy Francia.

 

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San Juan de Luz

San Juan de Luz es San Juan de Luz, con, imagino, el dolor que eso significa para la facción más pendenciera del nacionalismo vasco, que no tiene más remedio que aceptar la particular personalidad de una localidad que luce en este mundo antes que ellos y por el momento no parece estar dispuesta a dejar de ser lo que durante estos últimos siglos ha venido siendo, una población con prestigio real. San Juan de Luz también puede parecer al visitante poco dado a las peculiaridades un parque temático en el que, además de la propia reputación del lugar, se ofrece la propia tierra en cada esquina, sus manufacturas más elementales y sus productos primarios, todo ello envuelto en una refinada y orgullosa patina burguesa habituada a codearse con la aristocracia y la realeza; cuestiones tan curiosas como interesantes.

Porque San Juan de Luz es, o fue, al igual que San Sebastián, un destino de verano para los reyes de ambos países, y esa proximidad a la corona, por obligación, orígenes o intereses, ha dejado en la localidad un poso de elegancia que puede notarse en sus calles y casas, así como en sus interiores, en los que uno pude indiscretamente curiosear a través de los cristales de unas ventanas sin persianas ni cortinas mientras pasea por la noche. Elegancia que también se nota en las numerosas tiendas de ropa -tan feliz y vistosamente alejadas de ese feísmo cutre “oteguiano”- regentadas por amables y atentas señoras que entienden el mundo como un lugar correcto y casi perfecto en el que, precisamente, ellas ocupan el centro, no porque te lo impongan de forma abusiva o irrespetuosa sino porque te lo hacen sentir con el simple trato. Aunque una gran mayoría de visitantes, más de turismo de aluvión -la impresión es que allí siempre hay gente, curiosos o viajeros de paso atraídos por el lugar y su comercio-vayan y vengan ajenos a ese antiguo ascendiente que los originarios de allí, imagino, consideran natural y del que, de algún modo, se sienten orgullosos.

San Juan de Luz es comercio, como lo es la mayor parte de esta zona costera que ocupa el norte de España y el suroeste de Francia, el País Vasco -no hay más que recorrerlo-, comercio e intercambio asumido como una manera de ser, vivir y trabajar que, supongo, impide a los nativos permanecer quietos en el mismo sitio contemplándose el ombligo mientras el mundo se mueve alrededor; aunque en la parte española de esta zona un carlismo decimonónico y provinciano venga empeñándose en autocortarse las alas en un apostólico intento por impermeabilizarse frente al exterior y la realidad del tiempo en el que viven. Pero San Juan de Luz es también parte de Francia -le Pays Basque, como muestran numerosas tiendas al público-, y eso lo saben absolutamente todos, los de este y los del otro lado de la frontera, y poco más; ya se encarga la cartelería municipal de informar primero en francés y luego en vascuence.

Pero dejas San Juan de Luz y Francia dura ya poco, sobre todo porque inmediatamente después cruzas una hipotética frontera y el francés desaparece de paneles y carteles, ahora te informan del lugar al que acabas de entrar euskera e inglés (?); también se nota que ya no estás en Francia porque el tráfico comienza a ser tan caótico e irrespetuoso como en cualquier otra parte de España.

 

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Deseos

La madre, arrobada por la criatura y ya casi sin piropos que lanzarle, cerró el breve interludio de éxtasis maternal con un “… al menos que sea feliz”; deseo lógico, fácil e intrascendente pero que me dejó con la mosca detrás de la oreja, quizás fuera porque no tenía nada mejor que hacer en aquellos momentos y la frase caía en terreno abonado.

Ese deseo de felicidad a toda costa podría significar que a la criatura, consecuentemente, no le faltaría de nada durante su vida, al menos durante el periodo que estuviera a cargo de sus padres, incluso hasta más allá de donde el sentido común aconseja, lo que es peor. O tal vez quisiera decir que su infancia fuera feliz, luego el mundo se encargaría de ponerlo en su lugar tal y como viene haciendo con cada uno de nosotros. Ese deseo de felicidad tan visceral también podría significar un exceso de protección, tan desgraciadamente común en muchos casos, obsesionado con evitar cualquier mala imagen o experiencia a la criatura, entendiendo por malo todo aquello que pueda contravenir la santa voluntad del infante, o cualquier escena real triste, dramática o directamente trágica que pudiera incidir de forma inconveniente, y hasta traumática, en ese cerebrito en formación; para evitar lo cual mamá estaría dispuesta a todo, a taparle ojos y oídos y, si fuera necesario, volverle la cabeza para no ver ni recibir impresiones que no provinieran directamente de la factoría Disney, no fuera que alma tan tierna llegará a sufrir intuyendo que el mundo de ahí fuera no está hecho para su exclusivo disfrute y felicidad personal. Entonces, aquel deseo se me antoja una auténtica maldición.

También podría referirse tan enternecedora madre al futuro más o menos lejano de su hijo, un futuro en el que lo imaginaba feliz como una persona sensata y responsable que sabría encontrar esa ansiada felicidad en el disfrute de su propia vida, llevando adelante, como todas las demás personas, una azarosa e incierta existencia en la que suele haber de todo, ni definitivamente mejor ni definitivamente peor, y que solo la buena educación de cada cual es capaz de ver, aceptar y entender como se merece. En este caso los deseos de felicidad son compartidos por muchos de nosotros y son lo más lejano a una maldición, todo lo contrario.

Aspiraciones, en fin, que no nos cansamos de desear y desearnos, aunque en el fondo sepamos que son solo eso, buenos deseos que, sin lugar a dudas, tienen la virtud de hacer una conversación más agradable; aunque, ahora que lo pienso, siempre empeñados como estamos en la búsqueda de la felicidad, tal vez se trate de eso la epidemia de pantalones cortos que ha infectado a adultos de toda edad y condición, siendo otro desesperado intento por recuperar la inconsciente felicidad de la infancia, lo que sucede es que ahora las rodillas aparecen menos lustrosas que entonces, algunas grimosas, y carentes de desolladuras y moratones por las interminables caídas infantiles.

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Manipulación

Ignoro si todavía siguen las discusiones sobre autorías, medios, errores, acusaciones y ausencias en relación con los atentados en Cataluña de hace unos días; ahora toca que científicos, periodistas y expertos de toda ralea pontifiquen mediante hipótesis y teorías de peso y se multiplique una mala, falsa e inútil información convertida en una rastrera y general exhibición de cinismo que han de soportar en silencio los invitados de siempre, los ciudadanos, la carne de cañón que igual sirve como víctima que cómo imbécil al que nuevamente engañar con una política que cada vez se parece más a un juego de trileros.

Una de las pocas e irrebatibles verdades de todo esto, siempre después de los muertos, es la extrema juventud de los autores de los atentados -que cada cual los llame como le parezca-; jóvenes, según quienes les conocían, normales de los que en principio nadie podría sospechar. Nadie que no pensara que los jóvenes son precisamente eso, tipos con pocos años llenos de fuerza y cada vez con menos oportunidades y aspiraciones a los que manipular y redirigir para convertirlos en todo lo contrario a ciudadanos obedientes, instrumentos con los que golpear a quienes no piensan, viven o sienten igual, esos, despectivamente otros, a los que es difícil convencer -en muchos casos por carecer de razones- por los medios usuales de entendimiento entre las personas. Sin embargo, pocos se han dedicado a denunciar, además de la importancia de esas manipulaciones, los fallos de una sociedad que obliga a pasar por la escuela a sus pequeños y luego es capaz de dejarlos con el culo al aire, cuando más necesitados están de una orientación responsable e inteligente, a lo que añadir unas oportunidades para encauzar sus vidas de forma digna y personal y socialmente útiles. Todo lo contrario, estos jóvenes son literalmente abandonados a su ignorancia cuando finaliza la etapa escolar obligatoria; feo asunto si solo hemos sido capaces de mal organizar una educación tan corta, y hasta malintencionada, que no sirve para encandilar a unos chavales que lo tienen todo para aprender -que cada cual asuma sus culpas. Como sociedad es deplorable, además de inmoral. Lo que no impide que nos hayamos habituado a que muchos de nuestros propios hijos, a falta de algo mejor, se agrupen en tribus de todo tipo -urbanas, nos gusta decir- con tal de sentirse aceptados e integrados entre otros de edad y condiciones sociales similares, grupos que suelen ofrecer un sentido temporal y necesario a sus vidas; precisamente por eso no debería extrañarnos que indeseables, frustrados y resentidos de todo tipo vean en estos jóvenes de escasos argumentos y difícil futuro un mercado, con una fuerza y un potencial enorme, que manipular según sus intereses. Aunque eso también lo deberíamos saber.

Estos jóvenes en los que la educación no ha llegado a calar y, como todos los demás, deseosos de dar con un motivo que reorganice sus propias vidas, serán reconvertidos en víctimas capaces de llevar a cabo barbaridades contra los demás sin que ellos mismos sean conscientes de lo que están haciendo ni de sus repercusiones; lo que más o menos ya hizo por aquí el nacionalismo vasco a la hora de armar a ETA y tener amedrentado a todo el país, incluso con los más jóvenes, a los que también manipulaba y utilizaba para quemar autobuses y destrozar el mobiliario público con tal de tener también atemorizados a sus propios conciudadanos; por eso no parece un disparate afirmar que de aquello viene la felicidad económica que ahora disfrutan los vascos. Son los mismos jóvenes que en la actualidad usa el nacionalismo catalán para alborotar la calle y pintarrajear las paredes. Los mismos jóvenes que manipulará cualquier desaprensivo -cura, imán, anticapitalista o ateo progresista- dominado por sus miedos y su inadaptación al mundo que le ha tocado vivir, y algo estúpido a la hora de hacerse entender; permanentemente amagado en su escondite y obsesionado en reconvertir sus temores en un destilado de violencia, una violencia que cobardemente es incapaz de poner él mismo en práctica y para la que necesita de la manipulación de tanta joven cabeza desarraigada y con pocas o ninguna ilusión para sus pocos años.

Una cosa más, una diferencia apreciable entre los llamados terroristas musulmanes y los nacionalistas a la hora de reclutar sus peones es que los primeros pretenden destruir una sociedad que, al fin y al cabo, no es ni han llegado a sentir como suya, tampoco sus cachorros -las causas también las sabemos. En cambio, los nacionalistas no pueden hacer lo mismo porque en este caso la sociedad del enemigo es también la suya, lo que ocurre es que, en su precariedad intelectual reconvertida en odio, no han sabido ser convincentes por medios razonables ni encontrar ningún medio a través del cual hacerse oír en ella, su influencia es despreciable y únicamente les queda la violencia como forma de estar presentes, pero una violencia controlada que no destruya por completo lo que ellos pretenden heredar con sus malos modos. Falta preguntar qué pensarán mañana estos chavales, pero eso ahora a nadie le interesa.

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¿Qué hacen?

Estas cuestiones pueden llegar a solventarse con par de palabras de desprecio, resultar desgraciadamente indiferentes a una gran mayoría que suspirará aliviada por no estar allí en aquel momento o dar pie a hilvanar un largo discurso sin que en el fondo llegáramos a entender tales comportamientos; como probablemente tampoco los entienden los propios implicados, analfabetos funcionales movidos por impulsos cuasi vegetativos que poco o nada tienen que ver con la razón o, cosa mucho más difícil, con alguna cuestión moral. Es el tipo de existencia al que nos vienen adoctrinando, un estar y pasar autista inculcado desde la infancia cuyas mayores destrezas consisten en inhibirnos por propio egoísmo o echar a correr ante cualquier accidente, conflicto o, como en el caso de Barcelona, atentado. O todo lo contrario, porque una vez comprobado que la suerte ha vuelto a sonreírnos y estamos a buen recaudo no tiene sentido largarse a llorar la propia impotencia o cobardía, nada más lejos, es mejor permanecer allí, sórdidamente activados por un desmemoriado inconsciente carroñero que manipulara sin titubeos un teléfono inteligente -desgraciadamente más que el propietario- para grabar lo que pinte y después colgarlo en cualquier red social, o en todas, envanecidos por un rastrero orgullo de secundarios. ¿Por qué alguien decide grabar heridos y cadáveres en lugar de ofrecer su ayuda o quitarse de en medio para que los que sí pueden hacer algo tengan el campo libre?

Llegamos, incluso, a aceptar y cínicamente entender o justificar tales actitudes con la absurda excusa de que están informando ¿a quién? ¿a algún aburrido consumidor de comida e información basura que desde el sofá de su casa pretender satisfacer su permanente inapetencia y pobre imaginación con la sangre y la desgracia de otros? ¿Dónde está el dolor, dónde la vergüenza, dónde el correspondencia moral? ¿o todo se soluciona con un minuto de silencio, unas lágrimas de cocodrilo, unas velas y un corazón pintarrajeado que solo interesan a las televisiones y las redes sociales? Dónde está la sociedad de a pie, la que cada día se responsabiliza de sus actos, la que colabora con los demás, ayuda, hace las calles habitables, piensa en común y, supuesto somos cada vez más en este mundo, elige a representantes que lleven esos mismos valores allí donde se toman las decisiones y con ello evitar tales destrozos.

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Terrazas

Según los expertos la economía de este país va viento en popa, y uno, que no es un experto en datos macroeconómicos, se hace una idea de ello según el número y la superficie de las terrazas. Últimamente, aceras y plazas públicas se vienen convirtiendo en un hervidero de mesas dispuestas para satisfacer a sofocados consumidores necesitados de un refresco que alivie sus prisas, penas y sudores. En algunos sectores se ha interiorizado tan diligentemente eso del pleno empleo que los establecimientos de hostelería se han lanzado a una carrera suicida por conseguirlo ocupando cualquier espacio libre de uso público en el que quepan una mesa y cuatro sillas de plástico, eso sí, con el colaborador y entusiasta beneplácito de los ayuntamientos y el asentimiento por omisión de los vecinos. Por eso, muchos de nuestros quehaceres o paseos cotidianos, cuando la crueldad del calor nos lo permite, se han convertido en una carrera de obstáculos en la que nos vemos obligados a sortear una multiplicación de mesas y sillas que, de no remediarlo otra catástrofe económica o el levantamiento en armas del vecindario contra tal ocupación, acabará invadiendo todo el espacio libre de aceras o plazas públicas.

Este mar de terrazas -como lo califica un amigo- tiene en parte justificación debido a la zona terrestre en la que nos hallamos, lo que, según más expertos, nos obliga a ser un país de los denominados turísticos; calificativo que viene siendo aderezado con sucesivas olas de calor que, cada vez con más frecuencia, estigmatizan o bendicen -según el punto de vista económico- estos meses veraniegos. Otro problema es que tal invasión corra el peligro de extenderse también al resto del año, como así parece vaticinarlo la relajación o permisividad municipal a la hora de conceder las correspondientes licencias -supongo. Con la amenaza o agravante de que, tal y como también viene sucediendo, estas terrazas que ahora parecen temporales y fácilmente esquivables, se conviertan en definitivas vía cualquier tipo de acristalamiento o invento de albañilería metálica. ¿Desaparecerán entonces los espacios públicos para beneficio de hosteleros de todo pelaje?

Tal frenesí invasivo u ocupacional quizás nos haya pillado por sorpresa, probablemente porque como consumidores y usuarios de las mismas no nos hayamos percatado de ello o porque, tan de nuestros problemas, nunca prestamos atención a lo que directamente no nos afecta. Porque también es cierto que esta invasión trae de la mano numerosos puestos de trabajo que, conociendo la esquiva honestidad de los empresarios hosteleros de este país, no lucirán como todos quisiéramos, sobre todo para los explotados e inexpertos empleados que corren y corren para ponerte en la mesa la cerveza fresquita de turno. Son la parte oscura de tanta bonanza y negocio boyante, un joven y apaleado ejército de necesitados de un sueldo que llevarse a la boca timados sin piedad con miserables recompensas que no pagan -es un decir- jornadas de más de doce horas. A lo que sumar elevados porcentajes en los precios que generan suculentas plusvalías que desgraciadamente tampoco tienen su contrapartida en esos salarios; por llamarlos de algún modo. Y si no te interesa ahí tienes la puerta porque tengo a mil esperando a que te largues.

Esperemos que no suceda con las terrazas como sucedió con el mercado inmobiliario, y que esta negociante desmesura no acabe con los espacios comunes ni con la habitabilidad de pueblos y ciudades, por no hablar del dinero dilapidado, los desechos generados y el destrozo general de lugares públicos convertidos en una feria de muestras sin clientes, como tantas y tantas urbanizaciones y edificios abandonados porque cuatro desaprensivos decidieron, con la connivencia del poder público de turno, hacer su particular agosto a costa de la indiferencia del resto. Luego no nos quejaremos.

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Artesanas

Hasta hoy pensaba que artesanal tenía que ver con producciones a pequeña escala de objetos o productos en los que primaba la mano experta del autor, su propia experiencia y la calidad del trabajo hecho sin prisas y no sujeto a cuestiones de mercado; y artesano era alguien dedicado en cuerpo y alma a su trabajo, al margen de modas y tendencias, con una idea bastante clara de lo que pretendía ofrecer a cualquier posible comprador de su labor. Sin embargo, no sé hasta dónde puede decirse de un producto que sea artesanal y qué límites de cantidad y medios justifican tal denominación -y si los hay. Viene esto a cuento porque, de un tiempo a esta parte, los estantes de bares y tiendas se han llenado de botellas de todas las formas y tamaños imaginables; ¡cervezas! un largo muestrario de tamaños y colores con etiquetas para todos los gustos, más discretas o más atrevidas, ofreciendo un exclusivo y delicado cóctel de sabores y matices, algunos entre místicos y esotéricos, que se lo ponen difícil a cualquier experto cervecero que, a día de hoy, se preciara de ello. Resulta que, al parecer y sin motivo aparente, en uno de los mayores países productores de vino a nivel mundial -o el mayor- ha surgido de la nada una fiebre cervecera sin parangón; algo así como si en cada rincón del país florecieran avezados emprendedores que ¡milagro! de pronto hubieran dado con la receta mágica para fabricar líquidos burbujeantes a los que añadir todo tipo de pociones y gustillos, otro intento más de atraer a estómagos distraídos y nada escrupulosos dispuestos a tragar cualquier brebaje que, en este caso, sepa a otra cosa además de a cerveza; como si fuera fácil hacer una cerveza decente, sobre todo en un país donde una gran mayoría se acuchilla el estómago sin piedad con un brebaje de cinco estrellas.

Es cierto que, desde hace un tiempo, el personal de por aquí, incapaz de detenerse en saborear un vino sin emborracharse, viene dando la espalda al producto por excelencia de esta tierra para dedicarse a ingerir brebajes baratos con nombre de cerveza en cantidades industriales, porque están fresquitas, tienen burbujas y poco grado. Supongo que, a partir de ahí, algunos espabilados, animados por ese consumo cervecero sin criterio en el que prima el frescor y la cantidad, decidieron que había llegado el momento de deleitar a público tan poco exquisito con un nuevo gran invento: cervezas artesanales. Alguien debió patentar y distribuir, a tontas y a locas, un kit básico de química para aficionados que fue encendiendo bombillas y, a partir de agua del grifo, destilar soluciones burbujeantes con sabores a cual más retorcido. Y lo peor de todo es que algunos de estos fabricantes no tienen ningún rubor en afirmar que la cuestión es combinar todo lo imaginable con tal de obtener mutaciones que sortear entre el público en general a la espera de un buen resultado económico. Luego, la que más beneficios genere será la buena (?).

Ni lo que se dice artesano es artesano porque alguien rellene cuatro botellas y las etiquete con el primer disparate que se le ocurra ni el público en general es experto catador de nada. Solo faltaría añadir un “Me gusta” en la web de turno para cerrar el círculo. ¿Quedan artesanos, catadores o expertos en algo?

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Dunkerque

Dunkerque

Nota. Dunkerque es cine de hace cien años por el que sí ha pasado el tiempo; el mismo soporte visual pero con el poderoso añadido de cien años de progreso creativo y técnico de un arte en el que la capacidad narrativa y descriptiva de las imágenes sobresale sobre los numerosos medios técnicos y tecnológicos disponibles hoy; imágenes en las que se apoya una contenida y en momentos determinante banda sonora apenas interrumpida por unas mínimas líneas de diálogo introductorio o explicativo.

 

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