Una de fútbol

Acabada la temporada de fútbol mundial con la final de la antigua Copa de Europa, por aquello del seguimiento internacional y la importancia económica que supone, toca reír o llorar según del lado al que el aficionado esté enganchado. El Real Madrid, como voraz empresa capitalista en la que se ha convertido gracias a la certera gestión empresarial de su actual presidente, es el vencedor, para el resto, entre los que se hallan los más dolidos futboleros culés, queda la derrota y las inevitables excusas, con tal de no reconocer lo rematadamente mal que lo han debido hacer para no salir en la foto.

Pero el que lo debe tener realmente crudo y estar cabreado es el aficionado barcelonista/catalanista, poseído en cuerpo y alma por su indisoluble dualidad y la duda permanente de no saber en qué momento y a qué palo quedarse; todo un reto, ese de tener que bregar con los dos porque se es incapaz de separar el fútbol de las témporas. Ahora que los madridistas pintan inaguantables y, además, tienen dos equipos y dinero para competir en las competiciones que les vengan en gana, al aficionado blaugrana le esperan tiempos de dudas, incertidumbres y divina desesperación. Sobre todo por el grupo de tenderos de barrio -con todo el respeto para los tenderos- que dirigen el club, metidos, al igual que los líderes nacionalistas, en líos jurídicos y penales de porcentajes y comisiones, de falsas cuentas y de fichajes de dudosa legalidad. Solo hay que comparar la amplitud de miras de ambas directivas para augurar el futuro de los dos clubes; y aunque es cierto que cada cual puede gestionar sus negocios como le dé la real gana, en el mundo de tiburones del fútbol actual a nivel mundial o intentas ponerte a la altura en cuanto a voracidad o te quedas como aperitivo que solo puede disfrutar el vecino del bar de la esquina, aquel al que el mundo le cabe en un pañuelo y no sabe por qué. Son cuestiones más que evidentes a la hora de echarte al agua del negocio del deporte de competición internacional.

Pero lo más doloroso para los barcelonistas, versión nacionalista, es que mientras que el Real Madrid siempre ha ido a su negocio y el de los suyos, los mejores momentos del Barcelona han estado ligados a los de la selección nacional de fútbol, y quizás eso sea más que un designio, aparte de una evidencia de la que, a día de hoy, los catalanes jamás podrán desembarazarse. Así que ¿o hablan de fútbol o se dedican a culpar a España y al mundo de su incompetencia y estrechez de miras?

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Viajeros

Aguardando en un banco antes del viaje inevitablemente terminas curioseando los rostros de los otros viajeros, todos aquellos que van y vienen con pasos de ir a algún sitio y prisas de circunstancias, el pensamiento inevitablemente amarrado a un siempre efímero presente con destino en otro lugar, el tiempo en su contra porque solo es un intervalo hasta, ese por el momento alejado desenlace que pasará a convertirse en inicio o final, punto de inflexión en el que este tiempo intermedio cumplirá su propósito dando paso al ansiado disfrute o, en cambio, concluirá con un merecido descanso. Muchos arrastrando bolsas y maletas en las que viene y va contenido un equipaje provisorio entre escueto e indispensable, o sobrealimentado con objetos y decisiones tomadas en el último momento porque las dudas no ayudaban mucho y el tiempo ya empezaba a apretar. Algunos claramente sofocados y aún en manos de unas prisas que, estas sí, no eran las de todos los días, sino que llevaban aparejado un plus de definitivas con el que no cabía jugar ni dejar para otro momento. Otros, sin embargo, muestran un aspecto más relajado, disfrutan de este intermedio que es el viaje porque lo consideran tan importante como el próximo destino, siempre parte desde la que saborear por adelantado los proyectos que ya aparecen casi a la vuelta de la esquina o, en cambio y aunque sea el último cartucho, una etapa necesaria que todavía expele ese aroma, aunque con trazas de obligado final, de lo que hasta hace unas horas seguía siendo la culminación de aquellos planes por fin cumplidos y que tal vez no vuelvan a repetirse.

Trasiego de grupos y personas que, aparentemente alimentado por una fuente misteriosa, no cesa y en algunos momentos hasta parece que no pueda tener fin; aunque, sin causa aparente o que venga a cuento, lleguen otros minutos en los que la fuente de viajeros de pronto fluye a borbotones o incluso amenaza con secarse definitivamente. Y unos minutos antes de la hora fijada nosotros también nos incorporamos a la corriente general ahora convertidos en objeto de observación para otro u otros que, en otros lugares no muy alejados de allí, entretienen sus respectivas esperas de la mejor forma posible, o hasta es probable que les guste buscarse entre esos rostros viajeros siempre a la zaga del minuto siguiente, en apariencia permanentemente imposibilitados para realizar sus presentes.

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Personalizando

Esa publicidad, como toda la que se mostraba en el cristal del escaparate, no parecía ser más importante ni ofrecer algo excepcional, diversas ofertas u opciones que, al parecer, están al alcance de cualquiera, se trataba de algo normal que todos podemos conseguir si con ello somos más felices; me faltaba saber el cómo. El cartel en concreto decía “Personaliza tu mundo”, mostrando una sucesión de fotografías encastradas o forrando cualquier objeto imaginable, y aún creo que faltaban por exponer, pero la superficie del anuncio tenía un límite. Mientras seguía caminando me dediqué a pensar qué podía significar eso de personalizar materialmente tu mundo, y no se me ocurría otra cosa que imaginar a alguien guapísimo, dueño de un ombligo gigantesco, autoreproduciéndose gráficamente en llaveros, paredes o cisternas, en cualquier posición y desde cualquier perspectiva con la intención de no perderse en ningún momento de vista, lo que me parecía algo abrumador y hasta tormentoso, sobre todo cuando hay mañanas que uno ni siquiera tiene ganas de mirarse en el espejo porque entonces saldría corriendo. Luego pensé que esa personalización del mundo se refería a familia y amigos, un circulo un poco más amplio reproducido sin medida y algo aligerado de uno mismo, pero me parecía casi igual; si siempre vemos las mismas caras al final acabaremos aburriéndonos y nuestro mundo se convertirá en lo contrario de un mundo, una pedanía de ningún sitio.

Aunque probablemente habrá mucha gente que opine lo contrario. Para qué ver los caretos de tipos que no conoces, con los que no tienes relación y que tampoco te interesan si con tu propio mundo tienes suficiente -aunque no me negaran que llamar mundo a algo tan limitado tiene su gracia-, no es necesario nada más; la existencia de los otros, con sus problemas y sus posibles interrupciones o intromisiones no deja de ser un engorro, algo así como las noticias cuando, por ejemplo, interrumpen el ruido musical de una emisora de radio, son ganas de arruinarte el día y amargarte la existencia, porque ni te van ni te vienen y cuanto más lejos mejor. Si yo no me meto con nadie que me dejen en paz, y si puedo rodearme únicamente de los míos, de sus caras, sus risas y sus cosas mejor, ¿para qué más?

Poco más que decir. Finiquitado, dicen, el mundo al planeta tierra y su limitada extensión, comprobado y admitido que todo aquello que no nos sea de algún modo útil o conocido, que no se halle en nuestro terruño o tenga relación con él, o que no se parezca de algún modo a lo que ya tenemos o conocemos sencillamente no nos importa, puede desaparecer; como si no existiera porque yo no tengo necesidad de ello. Sin embargo, cuanto más reduzcamos nuestro horizonte más pequeños nos haremos, cuanto más limitemos nuestro conocimiento más ignorantes seremos, cuanto más cerremos nuestro círculo, por ejemplo, a los rostros que constantemente nos rodean, más incomunicados estaremos y más desconfiados nos volveremos. El simple paseo por un lugar que no conoces te ofrece más vida y más mundo que todas las fotografías de las que puedas rodearte.

 

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Z, el hombre perdido

Z, la ciudad perdida es una historia adulta materializada en una excelente película de grano denso y cuidadas imágenes con un acertado y más que convincente elenco, además de un buen montaje apoyado en una escogida escenografía que mantiene con solvencia en alto el interés del espectador hasta el final de la cinta. Acertadamente esbozada y planificada con el conseguido propósito de dar cabida en un metraje estándar a una historia que probablemente daría para muchísimo más, porque son tantos los frentes abiertos para el espectador que resultaría difícil apurar mucho más planos y secuencias con tal de, al menos, rozar cada uno de los matices que sin duda incluye el texto original en el que está basada la película.

Porque Z es algo más que una película de viajes o aventuras, es cine consistente plagado de guiños al buen aficionado que nada tiene que ver con las vulgares y empalagosas golosinas informáticas dirigidas a un público poco exigente que el cine más comercial fabrica informáticamente como churros. Z cuenta una parte de la vida y viajes de Percival Fawcett, explorador de otra época hoy en día irrecuperable, tanto por la casi actual inexistencia de mundos perdidos por descubrir y desvelar como por la exposición en la pantalla de una concepción y sentido de la existencia del hombre en la tierra actualmente desaparecidas, y diría que también abandonadas.

La historia del explorador inglés de principio del siglo XX intenta transmitir al espectador algunas de las claves y maneras de ver la propia existencia individual en función de un entusiasmo viajero convertido en perentorio y vital destino, un estímulo crucial, y diría que primigenio, apoyado en esa necesidad de descubrir que ha mantenido al hombre despierto y en pie siglo tras siglo a lo largo de su historia; obsesionado con un inexplorado y misterioso más allá, que parecía no tener fin, en el que se mezclaban tanto unos intereses imperialistas y comerciales de dominio a gran escala como las aspiraciones más elementales y personales de intentar rebasar los propios límites, incluido un simbólico y aventurero afán de prestigio y reconocimiento social al que solía unirse, es cierto que no siempre, un sincero deseo de comprensión espoleado por esa infinita curiosidad que ha caracterizado a la humanidad desde sus orígenes. Unos anhelos demasiado humanos expuestos al espectador a través de esa fiebre contagiosa por el viaje que en muchos casos es mera voluntad, sentido de compromiso con la misma vida y su permanente abertura al mañana; objetivos o valores que como especie nos han llevado donde hoy estamos, y que, desgraciadamente, también han venido dejando un peaje demasiado caro en forma de violaciones y un sinfín de tropelías cometidas contra nuestros semejantes o cualquier otro impedimento, animal, vegetal o mineral, considerado por principio como mero obstáculo interpuesto en un camino que parecía inacabable; desafortunadamente también bendecido como sagrado en muchas ocasiones. La película también muestra cómo esa fe y esa obsesión viajeras pueden ser transformadas en virtudes y entrañablemente contagiadas o transmitidas a los demás insufladas de un orgullo que se acaba fijando en esa raíz común que los seres humanos compartimos, o compartíamos. Eran otros tiempos, y aunque comprensible, hoy aquella historia no suena igual porque aquel hombre se ha perdido.

Cómo ha cambiado la humanidad desde entonces, antes un padre podía ilusionar a sus vástagos inculcándoles ese apasionamiento por lo desconocido, por comprender, respetar y aceptar todo aquello que uno fuera encontrando a su paso al tiempo que engrandecía el propio corazón dotándolo de una fortaleza indesmayable, en ocasiones casi irracional, también interiorizada como una forma de encontrarse a sí mismo. Empeños e ilusiones que, desgraciadamente, hoy parecen desaparecidas para siempre; en la actualidad cualquier padre de familia desconfía del espíritu y sus fantasmas, de sus retos, conformándose con que sus hijos dispongan de dinero contante y sonante para hacer lo que les guste como sinónimo de buena vida, o que al menos no sucumban a muchos de los vicios, descensos y perdiciones que esta sociedad de consumo impone como trampas castradoras casi definitivas. El resto, eso que se decían logros personales o como especie sobre esta tierra, está desapareciendo, si no lo ha hecho ya. Hoy nos reconocemos en nuestra presente vulgaridad, en la permanente resignación que hemos admitido perseguir y compartir dejando el futuro y las ilusiones para el cielo y los sueños, o para los juguetes, algo que suene así como hasta el infinito y más allá.

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PSOE

Probablemente debe haber tipos a los que les cuesta una barbaridad entender la realidad a partir de sucesos bien llamados reales, esos mismos que una cuerda mayoría acepta como tales; otros, en cambio, se empeñan en obviar esos mismos sucesos porque no coinciden con su particular realidad, o sea, como no les gusta lo que ven ni siquiera lo toman en consideración, prefiriendo hacer como si no existiese; luego vendrán los golpes, las iluminaciones o los descubrimientos repentinos. Si el PSOE no fuera un partido de este país con el que llevamos conviviendo, en ocasiones a nuestro pesar, durante tantos años, probablemente nos importaría un pimiento lo que les pudiera suceder; pero ocurre que estos señores alguna vez nos gobernaron y siguen insistiendo en ello, aunque en la actualidad de forma más bien desafortunada. Hace un par de años largaron de la dirección del partido al tipo que ellos mismos habían elegido, supuestamente, democráticamente -según dicen porque no hizo lo que los más viejos del partido, señores de mucho peso, tanto físico como económico, pensaban que había que hacer. Ahora están en las mismas, organizan otras elecciones, más democráticas si cabe, y pretenden con ellas poner en la silla a una señora de la que solo se sabe que ha aguardado, dócil y obedientemente, su turno durante el tiempo indispensable para que, por escalafón, le llegue el momento de ascender al mando. Pero el mismo tipo al que echaron hace un par de años ha vuelto a las andadas y con el apoyo de los que tienen menos peso en el partido -tanto físico como económico- ha plantado cara a la delfinesa reglamentaria del aparato del partido y de los denominados barones, mostrando una realidad que poco o nada tiene que ver con la soñada por los mismos que entonces rompieron la baraja. Es decir, como suele decirse, parece que no ha pasado el tiempo, o sea, un hazmerreir.

Penosa realidad que más bien parece un patético escarnio montado para divertimento general, un esperpéntico espectáculo que el personal ve como lo que es mientras los protagonistas siguen empeñados en darnos la tabarra con visiones y previsiones, discursos y realidades paralelas que los comunes mortales han de aceptar como si fuéramos imbéciles; o ante tal afrenta a la inteligencia pasar olímpicamente.

Claro, todo este circo le viene de maravilla a la gente del gobierno, y la prensa afín se divierte aireando cualquier cosa que ponga en evidencia la precariedad, tanto intelectual como real, de sus contrarios políticos, ¡si no saben ni escribir! ¿Han visto y leído la supuesta carta que el actual gerente del partido en cuestión le dirigió al señor Iglesias afeándole sus intenciones de censura? En un primer momento pensé que era una falsificación o un montaje de esos hackers rusos tan de moda, dicen que a sueldo del señor Putin, dedicados a tergiversar o reventar todo lo que a este le moleste. Luego dudé y me atreví a pensar que tal vez fuera cierta, es decir, que el tipo en cuestión o quien quiera que se la escribiera no tiene ni idea de cómo escribir una carta, entonces fue pavoroso. No es que para estar la política halla que ser un erudito, a los hechos me remito, como también es cierto que habiendo como hay tal cantidad de catetos e ignorantes dirigiendo las cuentas de este país el hecho de escribir mejor o peor una carta no es tan trascendente -además, existen los SMS y el WhatsApp-; pero siempre será mejor intentan escribir bien que tirarnos piedras porque tampoco sabemos hablar. Además, a todos nos enseñaron alguna vez de pequeños que las cosas parecen mejor si están bien hechas. Se trata únicamente de molestarse en ello… ¿o me estaré inventando otra realidad paralela?

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Bailar

Si prescindimos de la cutre obligación del botellón que entusiasma a los más jóvenes, no es que haya por aquí muchas opciones en forma de locales para pasar la noche de un sábado cualquiera, algunos lugares más bien pequeños o estrechos atestados de bebedores apretujándose de un lado a otro porque no hay ningún objeto duro en el que apoyar el trasero y descansar. Ello no es o fue óbice para que hace poco, un sábado de tantos, tropezara al azar con una puerta abierta y la música del local al que daba acceso, un lugar con el que no contaba porque me pillaba a trasmano o en las mismas antípodas de mis propios sábados. Y como no hay nada mejor que la curiosidad y la noche hasta ese momento iba bien nos atrevimos hasta el interior entre expectantes y malamente resabiados.

El local y la decoración que lo adornaba no eran para tirar cohetes, aunque tampoco para salir corriendo, era el que era y a la gente que lo llenaba parecía gustarle o simplemente no le importaba porque lo que sí prefería era bailar. Ya antes de encontrar un lugar donde aposentarnos me entretuve repasando el gran número de nombres que pintaban las paredes, entre ellos el de Celia Cruz o El gran Combo de Puerto Rico; y mayor fue la sorpresa cuando, todavía distraído en mi azarosa lectura, comenzó a sonar María La Portuguesa en la inolvidable voz de Carlos Cano. ¿Cuánto hacía que no escuchaba a Carlos Cano? Incluso me dieron ganas de correr y buscar algún vinilo suyo de entre los que todavía andan por casa. Pero lo más importante de todo aquello es que el personal no dejaba de bailar, pero no bailaba como lo hemos hecho todos alguna que otra vez cuando hemos tenido que acompañar con el cuerpo los ruidos de una música anglosajona que pasaba y aún pasa por moda, allí se bailaban cumbias, salsas o merengues que el mismo Ibrahim Ferrer cantaría muy gustoso.

Y, como no podía ser de otro modo, nos quedamos y pedimos nuestras respectivas consumiciones mientras mirábamos y disfrutábamos con tanto bailarían entrando y saliendo de la pista moviéndose sin descanso al son de la música. Es cierto que el local y el ambiente quedaban algo lejos de mis gustos musicales, pero no tuve más remedio que admitir que si aquellas personas habían decidido salir a bailar un sábado por la noche, el que más y el que menos aplicándose al baile dentro de sus infinitas o limitadas posibilidades, su particular elección era algo que sin ninguna duda había que celebrar y, dentro de lo que cabe, disfrutar, si no tanto como los propios protagonistas al menos viendo cómo lo hacían. Allí mismo me vinieron a la memoria algunas recientes y oscarizadas películas norteamericanas –La ciudad de las Estrellas o El lado bueno de las cosas, por ejemplo- en las que el baile es un motivo básico o muy importante y me dije que prefería lo que tenía delante; probablemente fuera porque desde el idioma a las melodías me eran mucho más cercanas, o tal vez por aquello de los orígenes o esas misteriosas y recónditas improntas que ninguno sabemos o creemos poseer y que el día menos pensado despiertan al ver u oír una música de la que uno creía estar de vuelta; sensaciones, familiaridad y alegría que sorprendentemente no puedes reprimir porque las sientes tan tuyas como tu propio nombre.

El baile no parecía tener fin y los bailarines tampoco, más y menos jóvenes, mejores y peores, algunas parejas haciéndolo de forma envidiable y otras poniendo en la danza todo su empeño y concentración pero cada cual a lo suyo; diferencias que desaparecieron cuando todos se pusieron a bailar al unísono, como en esas películas yanquis en las que hombres y mujeres se organizan, cruzan y palmean ocupando toda la pista como si se tratara de una coreografía ensayada pero mucho más fresco. Y mientras los miraba admirado recordé aquel dicho -del que siempre he creído desconfiar porque en lo referente al baile no estoy en los primeros puestos, ni siquiera por la mitad- que más o menos viene a decir, dime como bailas y te dirá como amas.

Y así se fue diluyendo la noche. Era tanto el gusto y la alegría que aquel baile ininterrumpido procuraba a propios y extraños que hay que ser muy tarugo o simplemente estúpido para no congratularse de que en las noches de sábado gente de todo tipo y condición disfruten de lo lindo haciendo algo que sin duda les gusta y, en el fondo, a todos nos gustaría hacer con un mínimo de decencia, es decir, bailar. Entre tanta seriedad y devoción como muchos arrastran por esta vida con el pretexto de una escuálida dignidad que en demasiadas ocasiones nació muerta, entre tanto aburrimiento y falta de imaginación a la hora de decidirse por diversiones que nada tengan que ver con el alcohol o hacerle la puñeta al de al lado, el baile ofrece la oportunidad sacar de nosotros esa pizca que nos hace más terrenales y humanos, esas ganas de compartir la felicidad que solo nuestro cuerpo, al fin liberado de la tiranía de nuestra cabeza, puede desplegar expresándose de forma tan desinhibida y sincera.

Porque, desengáñense, jóvenes, menos jóvenes y más viejos, si no somos capaces de bailar y sentir el baile no les quepa la menor duda de que nuestras vidas son y serán un poco más desgraciadas.

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Señores de provincia

Pasa las páginas del periódico de forma mecánica y chillona, casi escandalosa, porque en la quietud de la terraza, en la que cada cual se dedica a su desayuno o a alguna que otra charla con su compañero o compañeros de mesa que ni siquiera trasciende como murmullo, el ruido seco y cortante del papel lanzado hoja sobre hoja llega a ser irritante. Pelo cano a tono con sus respetables años de jubilado de buena posición, acicalado con presumido detenimiento y tan detallista como la ropa que viste; vaquero de marca cálidamente gastado, una colorida y discreta camisa a cuadros, cinturón adornado con lo que parecen unos motivos indios y los inevitables castellanos con los que todos los de su alcurnia sellan su prestigio de burgueses de provincias para los que la vida tiene un sentido bien definido fuertemente entrelazado a la obligada e inevitable solvencia económica de su posición, a la que va unida una categoría social entre iguales por los que pasa cada una las disposiciones políticas y económicas que deciden los políticos y mandados de turno.

Nadie más parece fijarse en él porque nadie más presta atención a lo que de momento parece no ser un desayuno, puesto que el café y el vaso de agua siguen intactos, como si todavía estuviera aguardando algo más mientras se dedica a golpear página contra página del periódico de la provincia. Del acceso al interior del local sale una sofocada y joven muchacha portando una bandeja repleta de consumiciones, cafés, bollería y tostadas que reparte con acelerada premura entre algunas de las mesas con clientes aguardando, y cuando intenta regresar con rapidez al interior para continuar con los clientes que ocupan la casi la totalidad de la barra nuestro hombre la chista con exigente indiferencia haciéndole señas para que se acerque. Entonces la muchacha parece recordar de pronto algo y cuando llega a su lado le dice azorada que no le queda de lo que había pedido, a lo que nuestro hombre contesta con inmodesta suficiencia que tenía que haber salido para hacérselo sabe en lugar de tenerle esperando; la joven, inquieta, no sabe qué contestar y permanece en pie mientras el señor decide pedirle una tostada que no debe tardar. Se marcha casi corriendo porque la requieren dentro.

Estos benditos señores de provincia son la sal de la tierra de por aquí, esta es su tierra, es su ciudad, son sus negocios y los habitantes son sus ciudadanos. Ellos han invertido su tiempo y dinero, hasta su vida, en hacerla crecer a medida que se beneficiaban enriqueciéndose a su antojo y sin dar mucha o ninguna explicación, tal vez entre sus pares a la hora de repartir beneficios, residencias, matrimonios de prestigio y futuras vejeces bien conservadas, casi juveniles, desde las que observar y vigilar cómo sus cachorros se organizan según repartos de poder acordados de antemano. Mientras, disfrutan de un merecido retiro rodeados de nietos prudentemente apartados, vacaciones de primera y más años en los que presumir de aspecto y un respeto local tan cristianamente ganado como merecido.

 

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Viernes

Ante tal cantidad de muestras de fervor religioso, pasión, fe y poder todo aquel que no piense en católico pasará por esta tierra por un extraño sin decencia, alma ni vida; algo que ocupa un lugar en este mundo sin derecho.

Es curioso que tanto devoto y devoto leído se empeñen en justificar con más y menos prosopopeya una fe torera y unas manifestaciones religiosas ante las que, siempre según su limitada perspectiva del mundo, cualquiera debería humillarse y caer rendido, cegado y admirado por la solemnidad que transmiten unas personas que lucen y ostentan investidas por un fuego divino que trasciende todo lo conocido. Será porque aún no se han dado cuenta de que no hay más de lo que inventamos.

También es increíble que haya que aguantar a tanto feligrés y fariseo empeñado en publicitar que esto de por aquí es irrepetible y muy pocos sienten y entienden, solo los transidos por la bendición de una fe habituada a las premoniciones y sentencias, a las advertencias, a la represión, a las recapitulaciones en beneficio propio, a las explicaciones universales de TODO que finalizan felizmente en los ombligos de los paniaguados que negocian su futuro por encima y a pesar del resto, pobres ignorantes incapaces de concebir tanta felicidad y hermosura.

Y blablablá, todos los años igual, unos pregonando por simple ignorancia el maravilloso misterio de la fe en Xto muerto, y otros, imbuidos por un plus de arrogancia, predicando en cualquier medio de comunicación a favor del maravilloso don de la fe en Xto-Señor… y así por los siglos de los siglos.

Ya nos vale, que todavía tengamos que aguantar a tanto mendrugo mirándose el ombligo con las gafas de la fe y casi alarmado porque los demás no pueden entender y admirar tanta excelencia da para siglos de aburrimiento… nunca escarmentarán ni recapacitarán sobre egolatría tan triste y mezquina, quizás porque nunca supieron y les da miedo aceptarlo, porque no pueden soportar que también ellos sean uno más en este hasta hoy interminable transcurrir de una especie que sigue jactándose de su santa ignorancia.

Y encima hoy viernes nos dejan sin cine al resto. Hay que ver que gente tan educada y respetuosa.

 

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Caminar

Si uno se plantea salir al campo y disfrutar caminando de una mañana de primavera algún enterado le puntualizará haciéndole ver que eso se llama hacer una ruta o practicar senderismo. Y como no merece la pena andarse con minucias de tan poca chicha ni intentar hacer ver a quien no sabe lo mejor es pasar de polémicas a la hora de referirse a algo que vengo haciendo por simple gusto desde hace bastantes años, tal vez por aquello de no llevar la contraria y hacer como que sigo obediente la moda deportivo-saludable que desborda a más de un friqui tan purista como desaforado.

Y una vez aceptada la corrección político-curativa y ya puestos en marcha puede suceder que lo que pintaba bien no es que empeore sino que comience con alguna sorpresa de la que sacar un mal chiste, probablemente debido por mi falta de información y escasa atención a la infinidad de eventos que como reclamo turístico salpican el día a día de la zona. Ocurre que el día en cuestión, muchos metros antes de llegar al lugar elegido para iniciar nuestro paseo festivo, nos asalta una música pachanguera e infernal tronando a toda pastilla en pleno campo -tipo radio-fórmula castradora de espíritus musicales. La sorpresa acaba siendo mayúscula cuando irrumpimos en la explanada elegida para dejar el vehículo y nos encontramos con un variopinto gentío de hombres y mujeres disfrazados de los colores más llamativos y espantosos saltando y retorciéndose a modo de preparación, dispuestos a asaltar los montes en los que pretendemos medio perdernos embaucados por el murmullo del agua discurriendo entre las piedras. Luego tendremos que esquivar dos horrendos castillos hinchables a modo de arcos o puertas pintarrajeados en inglés, interludio obligado a la hora de discriminar el principio y el final de lo que vendrá después.

El personal nos mira con indiferencia o caras largas por lo que bien suponen no es un sumarse a la fiesta por nuestra parte, ataviados de lo más normal en cuanto a prendas y calzado más o menos adecuados para caminar entre tierra, árboles, arroyos y pedruscos. Otros no tienen tiempo para vernos o juzgarnos, puesto que su preparación les absorbe por completo; a algunos me los imagino tan tensos y concienzudos en sus respectivos trabajos, o no. En un lateral del lugar se muestra una gran pancarta, también escrita en la lengua de Shakespeare -la zona debe ser políglota-, que al parecer da nombre a aquella especie de saludable y chillón aquelarre deportivo-naturista.

De pronto, a través de la estridente megafonía, que probablemente habrá expulsado a kilómetros de allí a toda criatura autóctona viviente, se anuncian horarios y distancias para lo que viene a continuación, lo que provoca un revuelo generalizado entre los presuntos participantes agrupándolos según distintos propósitos, voluntades o facultades. Y tras un fingido pistoletazo de salida escapa de allí sin orden ni aparente control un primer y nutrido grupo de señores y señoras tan fosforitos y relucientes como fachosos. Y lo que hasta hace poco lucía como una hermosa pendiente arbolada rematada por un pequeño macizo rocoso se convierte en un horroroso hormigueo de colorines pertrechados con infinidad de bolsitos, objetos y dispositivos en prevención de un supuesto y posterior uso durante el recorrido de la prueba o carrera hacia lo que parece el fin del mundo que no alcanzo a entender.

Y poco más, nosotros iniciamos y llevamos adelante nuestro espléndido paseo lo más apartados posible de los tipos recargados, aunque de vez en cuando no tenemos más remedio que tropezarnos con hombres o mujeres de rostros desencajados y edad entre indefinida e indescriptible, algunos moviéndose de forma tan penosa y ridícula como lamentable, tipos que, creo, no parecen haber entendido muy bien qué significan ejercicio físico y salud, su relación y que los únicos desafíos que realmente dignifican al hombre son los intelectuales y los que se ocupan de sus semejantes, el resto es pretender darse pisto a costa del propio ombligo o, lo que es peor, de las redes sociales.

En fin, debe ser moda humillarse de forma tan despiadada para conseguir no sé qué nivel de superación que no conduce a ningún lugar saludable, únicamente a romper el campo. ¡Ah! otra cosa, ¿el motivo de ropa tan estrafalaria y chillona es no tropezar entre ellos, no confundirse con el ambiente o aparecer bien visibles para las obligadas urgencias cuando llegue el inevitable jamacuco o el propio cuerpo diga basta en un desesperado último intento frenar obsesiones tan inconscientes como disparatadas?

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La siempre difícil labor de la Iglesia

(Textual)

Los lugareños con iniciativa estaban muy felices de unirse al clero para convertirse en miembros de esa nueva clase privilegiada. De esa manera, amenazaban con socavar el control que los terratenientes tenían sobre sus vidas. Gelasio -el Papa de entonces- se enteró de que muchos de los que se convirtieron en sacerdotes y en diáconos habían sido esclavos, y muchos más habían sido obnoxii -campesinos vinculados para siempre a la finca en la que estaban registrados como contribuyentes-, el estatus clerical los liberaba de esas ataduras. Eso sucedió en una época en la que los terratenientes del sur de Italia dependían de su habilidad para controlar una gran reserva de trabajo servil por deudas para producir la cosecha anual a la que estaba supeditada su riqueza.

Gelasio apoyaba a los terratenientes con entusiasmo en lo que se refería al control de sus campesinos. La ordenación sacerdotal no debía convertirse en una válvula de escape para los esclavos y los campesinos atados a la tierra.

A este respecto, el papa estaba de acuerdo con el laicado rico. La alteración del orden social propiciada al permitir que las personas atadas a la tierra se unieran al clero equivalía a una especie de contaminación: una mácula en el honor de la Iglesia cristiana.

Gelasio introdujo, con pétrea certeza, la metáfora social de la gran finca. Según Gelasio, ninguna persona podía afirmar que había nacido libre. Todos nacían con la falta de libertad heredada de Adán. Todos estaban sujetos al pecado, como si fueran campesinos atados a la tierra: <<… atados al lugar de origen donde están inscritos, porque su nacimiento se ha dado en un estado de dependencia servil>>.

Gelasio recurrió instintivamente al lenguaje de la esclavitud y de la obligación hereditaria como metáfora principal de la condición humana, lo que puede darnos un vislumbre de la presión del esfuerzo social en las grandes fincas del Mezzogiorno del siglo V.

Peter Brown; Por el ojo de una aguja. Acantilado 2016. Págs. 932 y ss.

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