Expertos

Llega un momento en el que todo suena igual, da igual una emisora de radio que un programa de televisión, si la tendencia política de los intervinientes es hacia un lado o hacia el otro. Las tertulias o reuniones de expertos para tratar temas políticos y sociales como entretenimiento informado en los medios de comunicación se parecen como gotas de agua, pero sucia. Exceptuando los muy reaccionarios, que viven al margen del resto pues sus opiniones y comentarios se anclan en lo más rancio y podrido de costumbres y tradiciones de otro tiempo, o los visionarios, viejos o nuevos, empeñados en prometer y pintar un futuro del color que a ellos les gustaría sin todavía entender que el objetivo debiera ser un presente que tiene un único aspecto y unos protagonistas sólidos y concretos que necesitan algo más que la promesa de un nuevo paraíso, el resto es una jerigonza plana de presuntos expertos tan rimbombante como vacía.

Nada más comenzar el programa o el espacio y sin casi poder advertirlo el oyente o espectador es encorsetado por un lenguaje, unas estructuras sintácticas y un vocabulario que nada tiene que ver con la lengua usada en la vida diaria, una terminología tan especializada como abstracta que obliga a obviar los contenidos e intentar traducir entre líneas, porque, de lo contrario, si uno permanece simplemente viendo o escuchando llega un momento en el que un runrún plano y sin matices colonizado por estereotipos y giros especializados sepultará su interés convirtiéndolo en puro aburrimiento por propia dejación. Embaucados por una jerga que no deja de reproducirse a sí misma y de la que se acaba harto, quedándose el oyente o espectador con la impresión final de que, o bien puede sentirse afortunado por no perderse en el discurso, que no entender, o acabar decepcionado cuando, después de aguantar el tipo sin supuestamente perder el interés, se queda con una inmensa sensación de vacío, puesto que no es capaz de trasladar a su realidad diaria nada o casi nada de lo que acaba de oír.

Incluso puede suceder que si uno se aficiona a tales programas es posible que acabe hablando y opinando como sus héroes tertulianos, pero desgraciadamente habrá perdido la conexión con la realidad, a la que tendrá que dirigirse como si la estuviera observando desde fuera en lugar de viviéndola, que es lo que hace cuando escucha, tiempo perdido que luego no puede traducir al presente porque básicamente es imposible; se acaba envuelto en una realidad paralela que nos dispersa y desinfla nuestra voluntad que al final solo busca descanso y lugares más prosaicos que nos hagan sentir vivos y coleando, que es como supuestamente estamos.

 

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Del amor

No es fácil entender que una mujer deje de valorarse a sí misma a la hora de embarcarse en una historia de amor con un hombre al que solo le interesa como medio, además de considerarla como objeto o ser inferior. Es lo que se me ocurre cuando te enteras de la decepción sufrida por alguien que compartía su vida con un hombre africano, una mujer que, de pronto, se encuentra con que lo que ella creía que era una relación perfecta -o por amor- no deja de ser un negocio acomodaticio en el que la otra parte prefiere dar largas, engañar o condescender, eufemismos de lenguaje y comportamiento masculino para lo que no deja de ser puro y simple machismo cultivado y aderezado con los signos y tradiciones de otra cultura, probablemente más retrasada en lo referente a la igualdad de género.

Confusión o problema derivado de una diferencia de conceptos o creencias, por no decir de culturas, ahora que tanto quieren parecerse unas a otras. Mientras la mujer occidental crece y vive en una sociedad en la que el amor, como poderoso e intangible sentimiento, es o suele ser el componente principal que gobierna los corazones en las relaciones de pareja, en otras culturas esas, digamos, vigencia, pureza y valor del amor no son tales, no están bien vistas o simplemente no existen, siendo las relaciones de pareja, en una elevada proporción, relaciones de dependencia, vasallaje, sumisión, etc. que poco o nada tienen que ver con el dulce motor que aparentemente mueve las nuestras. Para aderezar la cuestión creo que no hace falta recordar que las declaraciones y promesas entre enamorados se alimentan de un lenguaje plagado de términos comunes a la hora de fidelizar y hacerse creer por parte del otro, términos que, desgraciadamente, no lo dicen todo y cuesta o se olvida matizar o precisar en lo más fogoso de la contienda amorosa; promesas y palabras que en el fondo pueden llevar incorporados significados bien distintos de los que nunca se hace mención o no aparecen en una conversación entre enamorados siempre preocupados por otras cuestiones más prosaicas.

Seguramente la vigencia de ese amor tan desinteresado en la sociedad occidental resulte difícil de entender por parte de alguien que proviene, digámoslo así, de una sociedad diferente en la que la mujer viene ocupando un papel subsidiario con pocos o ningún derecho, ni siquiera a la reivindicación de una igualdad de género, cuestión que, antes de que alguien se me adelante, por aquí tampoco funciona como debiera, y lo que es peor, sigue sin ser asumida y/o entendida por muchos hombres que presumen de occidentales; una sociedad occidental que, sin ser perfecta, al menos admite una igualdad que, si como he dicho, para algunos jamás será de hecho, si es exigible y de derecho a poco que la mujer se dote de los medios necesarios para ello. Puede ser que allí de donde proviene, por ejemplo, el hombre africano algo así jamás sea posible, ni entendible o hasta humillante.

La próxima vez que vea una pareja de ese tipo me preguntaré, ¿entienden los dos de igual modo lo que en principio los une y, por estar aquí, significa el amor, su ligereza y a qué obliga? ¿en los tiempos que corren hay todavía mujeres capaces de unirse a un hombre que puede que culturalmente vivan en las antípodas en cuanto al amor?

Una última cuestión, si cuando estamos enamorados solemos poner en nuestro amor aquello que imaginamos o anhelamos y que desgraciadamente en más ocasiones de las deseadas no existe, lo que provoca posteriores confusiones y equívocos catastróficos o sin solución, sólo falta que lo hagamos con tipos que también suelen vernos como la solución a sus penurias económicas, que no culturales.

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Ideología de género

Esto tiene algo que ver con el famoso autobús que grupos católicos y bastantes reaccionarios han puesto o pusieron en funcionamiento por Madrid y que tanta polémica y rasgamiento de vestiduras ha generado entre todos aquellos con derecho de opinión, tanto a un lado como a otro, política o no.

Vista la beligerante mala leche y estupidez de quienes lo inventaron y financiaron y la actual libertad de expresión que supuestamente impera en este país hay muy poco que decir sobre ello, tal vez sentir que todavía haya personas que en lugar de pensar a tono con el siglo en el que viven lo hacen como si todavía estuviéramos en el tiempo de las ricas catacumbas romanas. Y como ya se ha dicho casi todo sobre ello no voy a insistir más, pero, en cambio, sí lo voy a hacer con respecto a las palabras de una señora perteneciente a la organización que puso en marcha el vehículo respondiendo a una entrevista radiofónica, sobre todo haciendo hincapié en un curioso termino de ignota procedencia que, según ella, era lo peor que estaba sucediendo en España con respecto a los niños y el sexo. Se trata de una expresión en concreto, ideología de género, según la señora el auténtico peligro para los niños de nuestra sociedad

Si no lo entiendo mal, que no lo entiendo, tampoco bien, las ideas que subyacen en el origen de esas ideologías de género tan sospechosas como peligrosas pretenden reivindicar el género por encima ¿de…? ignoro con qué motivo o peligroso objetivo. Pero probablemente solo sea mi caso.

Que como mamíferos -en sentido estrictamente biológico- cada individuo nace con una morfología sexual diferenciada es una evidencia más que natural, palmaria; que también venimos al mundo en posesión de un cerebro contante y sonante -es un decir- es algo similar a lo anterior, pero en este caso existe una diferencia fundamental. Mientras que el sexo sigue siendo sexo en lo que atañe a las funciones específicas, naturales y/o fisiológicas, de los órganos sexuales, previo paso por un periodo de madurez corporal necesario e inevitable, en el cerebro se produce otro prolongado proceso de madurez pero mucho más complicado. Las facultades y posibilidades del cerebro son, social y culturalmente, influenciables y modificables, además de abstractas -intangibles, trascendentes con respecto al mundo físico de los instintos más primarios-; el cerebro es el órgano que finalmente acaba gobernando los instintos y deseos más y menos íntimos que organizan el funcionamiento del propio cuerpo, teniendo como resultado último el comportamiento y la identidad afectiva y social del individuo -por eso cuando hablamos de personas ya no estamos hablando de un animal en el estricto sentido biológico. Al ser, por tanto, dos cuestiones o procesos de resultados bien distintos, no pueden enfocarse desde el mismo punto de vista. En el primer caso el sexo no deja de ser una función biológica más, pero en lo referente al cerebro, su madurez y desarrollo intelectual, ya no hablamos del órgano de un animal stricto sensu, sino de un humano adulto, una persona, un individuo integrado en un grupo social y cultural que le antecede, le hace protagonista y le sucederá en el tiempo.

Que la sociedad, por ejemplo, esta que habitamos tal y como la conocemos, tiene un profunda influencia en el proceso de maduración infantil es una evidencia que no hace falta mencionar, y que la misma sociedad puede aceptar el resultado de ese proceso de crecimiento y/o maduración que sufre un individuo o, en cambio, denigrarlo, despreciarlo o tratar de redirigirlo es otra cuestión tanto o más importante. Que la sociedad intente imponer unas normas de comportamiento sexual basadas en cuestiones tradicionales, religiosas o culturales no tiene nada que ver con que esa misma sociedad decida respetar el proceso de maduración individual, incluida la sexual, y, lo que es más importante, admitiendo y aceptando todas las posibilidades tenidas como propias por cada individuo.

Una sociedad atrasada o poco desarrollada intentará imponer una serie de comportamientos a sus ciudadanos en función de cualquier religión o ideología tomadas como únicas o exclusivas, adornándolos con todos los parabienes imaginables con tal de mantener una serie de preceptos o tradiciones poco o nada dados al cambio o la renovación, lo que vendría a ser una sociedad muerta en vida. En cambio, si esa misma sociedad, basándose en el respeto generalizado a la intimidad y libertad de cada ciudadano en función del correspondiente desarrollo personal, deja abiertos los cauces y acepta todas las manifestaciones íntimas o personales de sus ciudadanos -siempre y cuando no sean perjudiciales o perniciosas para el resto-, dándoles cabida y preocupándose de que dispongan de los medios necesarios para salir adelante, entonces hablaremos de una sociedad abierta respetuosa con sus ciudadanos.

Entonces ¿qué era la ideología de género? ¿que la sociedad acepte y acoja los procesos de madurez individual de sus ciudadanos…? pues bienvenida sea. Porque, y esto creo que no lo tienen muy claro los del autobús, la fisiología de las funciones de los distintos órganos de un cuerpo humano no deja de ser un fenómeno exclusivamente natural, y a estas alturas de la vida en la tierra las cuestiones naturales han sido ampliamente superadas por las sociales y culturales, es decir el cerebro viene dominando desde hace ya siglos sobre las cuestiones puramente físicas o naturales, puesto que, de hecho, el hombre es un animal cultural con un soporte físico, desgraciadamente o no, aún demasiado primitivo.

A no ser que los del autobús quieran decir que Dios nos otorga un sexo físico y como dóciles siervos no podemos ni debemos contradecir su voluntad… pero entonces no podríamos hablar de libertad, ni de ciudadanos, ni de cultura, ni de amistad, ni de tolerancia, ni de democracia… uf, podría no parar.

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Disfrute

¿Qué porcentaje de nuestra vida se llevan las horas dedicadas a cuidarnos y mantenernos en las condiciones óptimas para disfrutar, que no disfrute como gozo o placer en sí mismo resultado de una práctica concreta? Tiempo transformado y/o justificado, en cambio, como un hipotético disfrutarse en permanente “esfuerzo para”, muy pocas veces o ninguna puesto en valor con su correspondiente práctica o fin, es decir, de hecho; siendo tan solo tiempo invertido en la renovación y repetición de una única e interminable dedicación y “trabajo para” convertidos en fin en sí mismos que ocupan gran parte de nuestro ocio asumido como constante preocupación por estar “listos para” y mantenernos sanos con ello, casi a sabiendas de que nunca ha de llegar el momento de ponerlo en práctica, o no sabremos cómo, cuándo o para qué. Un estar a punto, dispuestos o “preparados para” que nos va consumiendo poco a poco enredándonos en una continua previsión sin fin ni objeto práctico concreto y/o deseado.

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Anticapitalistas (y 2)

Estos nuevos, o viejos, visionarios no provienen de otras sociedades más adelantadas o de otras culturas económicas, más bien son, en cambio, algunos de los cachorros bien alimentados de la misma sociedad capitalista que pretenden defenestrar; tipos empecinados en una fe salvadora que les impide reconocer la diversidad de la sociedad en la que viven, en la que han crecido y se han educado y a la vez les ha permitido y les permite la posibilidad de pensar y actuar en contra. Su razón se resiste a admitir la lamentable evidencia de que una gran mayoría de sus contemporáneos prefiera -sí, desgraciadamente- una tutela político-económica que les permita abandonarse a sus inclinaciones más básicas y acomodaticias antes que esforzarse tras otro ideal sin un desenlace claro o posible, o simplemente inalcanzable, que probablemente se llevará sus vidas por delante sin el ansiado y prometido premio -sin olvidar que para eso ya existe la religión.

Si cada día cuesta más mantener en pie esta precaria democracia que tenemos, debe ser de lo más atractivo pretender darla de baja y emprenderla con un vaporoso anticapitalismo que probablemente carece de propuestas comunes y lugar para hacer ¿qué? ¿Cuál es el programa común de un anticapitalista? Visto lo que se cuece hoy día, se me antoja complicado un programa político en el que todos tengan cabida, ¿u obligarán a autoparcelarse por edades, aficiones, odios, rencores, envidias y decretos? ¿hasta dónde llevarían su tabula rasa? Desmontar un sistema político-económico que recluta a sus valedores durante los primeros meses de su vida convirtiéndolos en siervos a perpetuidad se antoja demasiado o muy complicado, sobre todo teniendo en cuenta la voluntaria ignorancia y docilidad de sus integrantes.

Sólo se me ocurren preguntas porque tampoco a mí me gustan muchas o la mayoría de las cosas que suceden a mi alrededor, pero creo que siempre es y ha sido más interesante lo que suma que lo que resta, y siempre será más inteligente sentarse enfrente del que piensa distinto e intentar llegar a acuerdos cuanto más amplios e inclusivos mejor -supuesto vivimos y pretendemos seguir viviendo en el mismo lugar. Todos aquellos que no quieran subirse al carro e incluso -¡oh!- les gusta o no les parece mal la sociedad en la que viven no van a desaparecer de un plumazo; ni son formas ni es momento de expulsarlos o eliminarlos. Deberían pensar que si se preguntara a cualquier persona de a pie razonablemente informada, que no se dedique exclusivamente a su codicia o a practicar la envidia, por lo que este país necesita -capitalismo incluido- para que medianamente funcione y mejore política, social y -¡horror!- económicamente, probablemente coincidiría con otros muchos que aún piensan que la mejor forma de hacer política es asaltar la política con políticas posibles, hoy y ahora, que beneficien a una gran mayoría de la población… y estoy convencido de que funcionarían.

El resto siguen siendo los mismos sueños universalistas, y en algunos casos totalitarios, de tantos y tantos que han crecido y han sido educados en el seno de una civilización judeo-católica experta en introducir subrepticiamente en los cerebros de sus vástagos ilusiones, ideales y paraísos ecuménicos que nunca fueron de este mundo; ficciones en muchos casos recicladas y repintadas con un barniz laico-ecológico pero apoyadas en idénticas fe y esperanza que han impedido a tantas generaciones ser dueñas de sus presentes a cambio de hipotecarse en futuros imposibles. Es más inteligente y viable usar los ámbitos de libertad existentes en la actualidad -antes de que los vientos que corren se los lleven o los hagan desaparecer- para, desde dentro del sistema, dar los pasos reales necesarios e ir asentando transformaciones concretas; sin vender futuros, ni verdades, ni quimeras o espejismos que tienen más que ver con los cielos de los creyentes que con la vida en esta tierra.

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Esos hijos tan bien criados

La niña despotricaba, muy segura y convencida de sí misma y sus razones, contra ese Centro de Salud en el que siempre toca esperar un motón de tiempo antes de que el médico te atienda. Y no es que le pareciera fastidioso o simplemente mal, sino que no estaba dispuesta a aceptar, ni siquiera a tomar en consideración, la mera posibilidad de tener que acudir a aquel lugar si la enfermedad empeoraba. Era tal el convencimiento y el desprecio hacia esa sanidad -pública, como ya habrán imaginado- tan poblada de mayores y esperas que ella, en sus definitivos trece años, no había nacido para perder el tiempo de semejante modo; luego… en sus padres quedaba. Allá ellos si tenían que buscarle un médico a la hora y de qué medios disponían, o no, para hacerlo.

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Anticapitalistas (1)

Intenten recordar desde cuando no veían u oían hablar de anticapitalistas, al menos con la relativa frecuencia con la que hoy sucede en la política nacional. Creo que muchos de nosotros, más atentos a la situación política y social del país que tenemos, nos habíamos olvidado de ellos; no porque no siguieran o pudieran seguir existiendo y con ellos el derecho a cuestionar la forma de gobierno del lugar en el que uno vive, sino porque por aquí no era muy corriente que aparecieran en las primeras páginas de la prensa y en el resto de los medios de comunicación. Asumida como propia la realidad política y social en la que nos desenvolvemos -no nos queda más remedio puesto que seguimos viviendo aquí- y la gran diversidad de opiniones y puntos de vista que pueden darse, y de hecho se dan, en ella -como en cualquier otro lugar de este mundo-, deberíamos saber de las dificultades para congeniar opiniones y propuestas a veces tan dispares a la hora de concebir y hacer viables proyectos de vida en común, tarea enorme que añadir a la necesidad de sacar adelante la realidad diaria con la que cada cual se tropieza cada mañana. Pues bien, si no teníamos bastante ahora toca aceptar y entender -eso sí es realmente difícil- el asunto de los anticapitalistas y su presunta pureza económico/ideológica, que no política, cuestión que más bien parecen de otro planeta o de otras sociedades en periodo de construcción o con sistemas aún no completamente establecidos o asumidos por la población; o con reticencias importantes por parte de una mayoría de ciudadanos. El anticapitalismo como propuesta política en sociedades como la nuestra parece, más bien, una opción algo rudimentaria, o quizás se trata de que hasta ahora hemos estado viviendo sin saber, ni dónde ni cómo, y por ello estos tipos consideran que lo mejor es volver a empezar; ignoro hasta a qué principio o revolución… o tal vez volviendo al trueque… o creando infinidad de comunidades autosuficientes completamente cerradas al exterior. Vistos los tiempos que corren, quién sabe.

Pero no es lo más importante que todavía haya gente a la que no le parece bien cómo pintan las cosas -como tampoco me parece a mí-, la cuestión es que, después de más de cuarenta años desde la muerte del dictador y varias generaciones de peninsulares de a pie que han trabajado para que esta sociedad sea como hoy es -casi medio siglo, que se dice pronto-, aquellos piensen, más bien crean, que la política económica nacional aún no está definida; cuestiones tribales al margen, o no. Los anticapitalistas han vuelto a la política y nadie sabe cómo ha sido, y qué pretenden o qué piensan hacer con esa gran mayoría de ciudadanos apegados a otras preocupaciones para ellos mucho más importantes que la disyuntiva de capitalismo si o capitalismo no es una incógnita. Probablemente suponen que, ya con la dictadura aproximándose al peligroso terreno del olvido -no tienen más que echar un vistazo a cualquier concurso televisivo-, la población actual en el fondo sigue sin tener claro cómo desea vivir, circunstancia que, más que necesitar responderse con un sí o un no de viva voz, viene reivindicándose por cada ciudadano año tras año simplemente haciendo, o viviendo, que viene a ser lo mismo.

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El lado del que se está

Dos sucesos de los que pululan por los noticiarios nacionales en la sección miscelánea, esa parte de las noticias que rellena el tiempo antes de los deportes, son bastante significativos respecto de la sociedad en la que tanto nos gusta vivir y que consideramos nuestra. El primero es, supongo, un gesto simbólico con un trágico final fruto de una mala elección por parte del protagonista. Porque el gesto inútil del joven africano que acabó ahogado en Venecia no tiene nada que ver con, por ejemplo, el de la señora Bescansa cuando se presentó en el Congreso de los Diputados con un bebé enganchado a su pecho; este gesto simbólico intencionado convocó a toda la prensa gráfica aburrida de no tener imágenes que llevarse a la cámara; al fin podían aspirar a una primera página. Como gesto simbólico fue el de aquel cateto chovinista catalán que, en su primario subconsciente de bemoles sin azúcar, quemaba públicamente una orden judicial mostrando un penoso alarde de incultura democrática ante numerosas cámaras que, más pronto que tarde, le concedieron la primicia que pretendía su gilipollez. Y este tercer caso, el más reciente, el del joven africano, se trata en cambio de un grueso error de cálculo. El pobre tipo intentaba un gesto simbólico lanzándose al agua en un concurrido canal veneciano sin saber nadar; pero en este caso la cámara solo era una y no profesional, y estaba demasiado alejada, más bien parecía casual, hasta tal punto que no existe reacción gráfica del numeroso público asistente, ni grabada ni desgraciadamente real. Así que el pobre hombre se acaba ahogando ante la indiferencia y molestia del público por tener que presenciar semejante espectáculo durante sus vacaciones. Qué falta de gusto por parte del muerto, aunque igual más de uno pensó que se trataba de una cámara oculta de algún programa cómico de entretenimiento.

El otro caso es el de un malcriado catalán que dio galletas rellenas de pasta dentífrica a un indigente -una broma para partirse el culo de risa. Un cretino tan joven ya no tiene remedio, después su cabecita pareció sentir una especie de remordimiento que le llevó a disculparse públicamente en su página web, porque la criatura es un youtuber al que siguen millones de descerebrados -¿se imaginan?-; aunque sus públicas disculpas no parecieron muy sinceras, tal y como decimos por aquí, como el que tiene tos y se rasca los pies. ¡Bah! tampoco es para tanto, dirán algunos, el tipo objeto de la broma solo tuvo unas molestas náuseas y la expectación que levantó el caso mínima; otros se quejarían levantando los brazos al cielo y gritando que esta sociedad nuestra ha perdido los valores -¡qué problemón! O sonreirán conciliadoramente por lo que solo consideran una tontería de críos. Algunos hasta se enfadarían con un ¿¡qué pasa!? ¿¡acaso ustedes no se han equivocado nunca!? O se tirarían de los pelos ante esta juventud imposible y casi descarriada. Los organismos competentes se moverán vía judicial por aquello de que en nuestra sociedad todos somos iguales y la moral ha de ser ejemplarizante, indemnizaran de forma testimonial, si cabe, al indigente y exonerarán al crio y a su familia con una leve reconvención que acabará en la papelera a los pocos minutos… y a youtubear de nuevo. Claro, era un mendigo, y esa gente no tiene colegas que busquen al niñato en cuestión y, tal y como sucede en ese cine de venganzas que tanto nos gusta ver, le propinen… pero a eso no hay derecho, era solo un broma y nadie puede tomarse la justicia por su mano… y a saber porque estaba aquel tipo pidiendo… y es que los indigentes fomentan la mala imagen y provocan e incitan a nuestros jóvenes hacia los malos comportamientos porque se sienten incómodos con su sucia presencia etc.

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Invierno

Con más o menos años y según la memoria de cada cual todos hemos pasado por algún que otro invierno que recordamos especialmente por un frío más riguroso de lo que solemos considerar normal o porque lo sufrimos con especial intensidad. Como también todos hemos hecho la consabida comparación con el invierno anterior, si fue más o menos frío, si comenzó a helar en Octubre o Noviembre o solo heló un día durante todo el invierno; o aquella semana especialmente, la única en la que sentimos que estábamos en invierno -siempre y cuando tengamos en cuenta la zona donde uno reside-, etc.

Otra cosa son las temibles y amenazadoras campañas con las que nos atemorizan los medios de comunicación desde mucho antes de que llegue el invierno de turno, que más bien parecen malévolas confabulaciones de cualquier organización terrorista nacional o internacional con la intención de amedrentarnos sin tregua y dejarnos en casa durante unos días mientras ellos hacen y deshacen a sus anchas. Y si hablamos de las famosas edades o situaciones de riesgo solo queda maldecir al creador por, si es el caso, habernos puesto en tal tesitura; porque parece que no vayamos a tener salud, fuerza, vigor o valor para soportar la que se nos viene encima. Casi hay que ponerse a pensar en encargar el féretro porque de esta no salimos.

Al margen de indigentes, situaciones y hechos puntuales -que siempre aparecerán en primera página como ejemplo de lo que puede sucedernos, incluso aunque no tengan nada que ver con nuestras circunstancias geográficas particulares- los inviernos suelen ser como los que hemos venido sufriendo un año tras otro, circunstancia que cualquier persona normal afronta como acostumbra, mejor y peor; el año que crees estar preparado te constipas y el que te sientes más débil lo pasas sin problemas. Cosas de la vida. Pero eso no significa que, sin olvidar accidentes, situaciones extremas y faltas de previsión a las que algunos parecen habituados, hallamos olvidado que estamos en invierno, en invierno hace frío y vivimos donde vivimos.

Por eso me parece excesivo que se intimide, porque de eso se trata, a la población de ese modo; y si no fuera de mal gusto todo lo que rodea durante los días previos a hombres y mujeres del tiempo dedicados sistemáticamente a alarmarnos, porque les da la gana o porque se lo ordenan, diría que existen otras intenciones, y no buenas, en el origen de tales escenarios o campañas. En cualquier caso, solo nos debería preocupar la temperatura que marcarán los termómetros en nuestro lugar de residencia o en aquel otro, u otros, a los que tenemos pensado viajar, por lo que nos proveeremos de la ropa adecuada para ello. Nada más.

El resto tiene pinta de una maniobra malintencionada e inútil que nada aporta y mucho menos informa; o quizás sea una forma de justificar la poca o ninguna inversión que se dedica a disponer de los medios para que la población pueda moverse con comodidad y pasar los inviernos de la forma más confortable posible. Ya se lo advertimos, haría tanto frío que ni siquiera con los medios disponibles podríamos hacer algo; con esto quedamos justificados para lo que resta, porque cuando haya oportunidad de proveernos y facilitarlos ya no nos acordaremos o no nos interesará, total, la gente tiene una memoria muy corta y para el año que viene les cantaremos la misma canción si con ello volvemos a evitar sus justificadas protestas por la inoperancia de turno.

Si el tiempo suele ser un socorrido tema de conversación con extraños y conocidos cuando no hay mucho que decir, también el tiempo sirve para cuando no hay noticias, no interesa airearlas o es necesario desviar el centro de atención de la población hacia temas más prosaicos.

 

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Belleza

Tal vez no tenga importancia, o sí; tal vez alguien más ya se haya ocupado de ello en alguna ocasión, o no. Es muy probable que otros muchos jamás lo hayan pensado o consideren que es una estupidez supina, que esas cosas nunca se piensan y que no tienen importancia. De acuerdo en todo, pero… ¿por qué no ir un paso más allá? ¿por qué no pensar en ello como una posibilidad o un privilegio que, al igual que yo, muchísima gente nunca ha tenido la oportunidad de disfrutar?

Me explico, casualmente tropecé con un tipo con el que estuve conviviendo bastantes horas durante varios días, situación que da para hablar y contar lo que nadie sabe, o más; incluida la consiguiente ración de fotografías de allegados y gente más o menos cercana, familiares o no; imágenes en las que aparecían bastantes más mujeres que hombres. Y uno de esos días, a continuación de otro de sus comentarios o coletillas más repetida -esa de “mira que mujer más guapa”-, puntualización que venía reproduciéndose con más que relativa frecuencia a partir de una mayoría de las fotografías, caí en la cuenta de que era cierto; y ese ser cierto no era una conveniencia o mera formalidad por mi parte, o simple indiferencia. En realidad, una gran parte de las mujeres que poblaban las fotografías del tipo aquel, daba igual si se trataba de familiares directos o de imágenes obtenidas de alguna red social al uso, mayores y más jóvenes, eran bastante o muy guapas, pero no del guapo que se nos suele caer a las primeras de cambio cuando vemos a alguien que no es horroroso o alarmantemente feo, sino simplemente normal, como la mayoría de nosotros; en este caso eran mujeres hermosas y bellas, tanto en apariencia como físicamente.

Y entonces me formulé la pregunta del millón ¿cómo sería la vida -o imagino que puede ser en el caso que les cuento- rodeado de gente hermosa, de caras hermosas en las que no tienes más remedio que detenerte porque el adjetivo normal no cuadra ni es suficiente; porque es imposible o no puedes dejarlas pasar desapercibidas? Y no me refiero a esas bellezas espirituales que, dicen, subyugan voluntades, tampoco a las miradas más cautivadoras, sino a la belleza de carne y hueso; no les cuento si es posible hallar todo en el mismo lote. Imagino que habrá alguien más disfrutando de tal placer -y espero que sepa apreciarlo como se merece-, lo que, como tipo normal tirando a vulgar que soy, me hace volver a la misma pregunta, ¿cómo será ver, mirar y disfrutar, un día sí y otro también, rostros bellos y hermosos? ¿cómo afecta un placer tal, y en qué modo, al estado de ánimo propio? ¿y al espíritu? A la idea o experiencia que solemos tener de la especie humana, de nosotros mismos, como especímenes normales y sin relevancia entre normales igual de poco relevantes ¿cómo la condiciona o modifica estar rodeado veinticuatro horas al día de gente hermosa?

Supuesto somos una mayoría de feos en el mundo -también llamados con ese otro adjetivo tan exquisito, corrientes, por aquello de la educación y las buenas formas-, andamos prestos a la hora de advertir y admirar a algún semejante bello o hermoso, pero ¿y vivir entre gente hermosa como el que anda por su casa? Los hay verdaderamente afortunados, y me gusta imaginar que una vida rodeada de la alegría de tales placeres para la vista no debe ser igual al resto. No sé cómo o en qué cambiará pero, a poco que seamos humanamente observadores, no puede ser, por ejemplo, igual que la mía, entre rostros tan convencionales como anodinos… no sé.

Quienes están rodeados de personas guapas tienen que disfrutar más de la vida que los rodeados por feos o normales. Debe ser cierto.

 

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