Deseos

La madre, arrobada por la criatura y ya casi sin piropos que lanzarle, cerró el breve interludio de éxtasis maternal con un “… al menos que sea feliz”; deseo lógico, fácil e intrascendente pero que me dejó con la mosca detrás de la oreja, quizás fuera porque no tenía nada mejor que hacer en aquellos momentos y la frase caía en terreno abonado.

Ese deseo de felicidad a toda costa podría significar que a la criatura, consecuentemente, no le faltaría de nada durante su vida, al menos durante el periodo que estuviera a cargo de sus padres, incluso hasta más allá de donde el sentido común aconseja, lo que es peor. O tal vez quisiera decir que su infancia fuera feliz, luego el mundo se encargaría de ponerlo en su lugar tal y como viene haciendo con cada uno de nosotros. Ese deseo de felicidad tan visceral también podría significar un exceso de protección, tan desgraciadamente común en muchos casos, obsesionado con evitar cualquier mala imagen o experiencia a la criatura, entendiendo por malo todo aquello que pueda contravenir la santa voluntad del infante, o cualquier escena real triste, dramática o directamente trágica que pudiera incidir de forma inconveniente, y hasta traumática, en ese cerebrito en formación; para evitar lo cual mamá estaría dispuesta a todo, a taparle ojos y oídos y, si fuera necesario, volverle la cabeza para no ver ni recibir impresiones que no provinieran directamente de la factoría Disney, no fuera que alma tan tierna llegará a sufrir intuyendo que el mundo de ahí fuera no está hecho para su exclusivo disfrute y felicidad personal. Entonces, aquel deseo se me antoja una auténtica maldición.

También podría referirse tan enternecedora madre al futuro más o menos lejano de su hijo, un futuro en el que lo imaginaba feliz como una persona sensata y responsable que sabría encontrar esa ansiada felicidad en el disfrute de su propia vida, llevando adelante, como todas las demás personas, una azarosa e incierta existencia en la que suele haber de todo, ni definitivamente mejor ni definitivamente peor, y que solo la buena educación de cada cual es capaz de ver, aceptar y entender como se merece. En este caso los deseos de felicidad son compartidos por muchos de nosotros y son lo más lejano a una maldición, todo lo contrario.

Aspiraciones, en fin, que no nos cansamos de desear y desearnos, aunque en el fondo sepamos que son solo eso, buenos deseos que, sin lugar a dudas, tienen la virtud de hacer una conversación más agradable; aunque, ahora que lo pienso, siempre empeñados como estamos en la búsqueda de la felicidad, tal vez se trate de eso la epidemia de pantalones cortos que ha infectado a adultos de toda edad y condición, siendo otro desesperado intento por recuperar la inconsciente felicidad de la infancia, lo que sucede es que ahora las rodillas aparecen menos lustrosas que entonces, algunas grimosas, y carentes de desolladuras y moratones por las interminables caídas infantiles.

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Manipulación

Ignoro si todavía siguen las discusiones sobre autorías, medios, errores, acusaciones y ausencias en relación con los atentados en Cataluña de hace unos días; ahora toca que científicos, periodistas y expertos de toda ralea pontifiquen mediante hipótesis y teorías de peso y se multiplique una mala, falsa e inútil información convertida en una rastrera y general exhibición de cinismo que han de soportar en silencio los invitados de siempre, los ciudadanos, la carne de cañón que igual sirve como víctima que cómo imbécil al que nuevamente engañar con una política que cada vez se parece más a un juego de trileros.

Una de las pocas e irrebatibles verdades de todo esto, siempre después de los muertos, es la extrema juventud de los autores de los atentados -que cada cual los llame como le parezca-; jóvenes, según quienes les conocían, normales de los que en principio nadie podría sospechar. Nadie que no pensara que los jóvenes son precisamente eso, tipos con pocos años llenos de fuerza y cada vez con menos oportunidades y aspiraciones a los que manipular y redirigir para convertirlos en todo lo contrario a ciudadanos obedientes, instrumentos con los que golpear a quienes no piensan, viven o sienten igual, esos, despectivamente otros, a los que es difícil convencer -en muchos casos por carecer de razones- por los medios usuales de entendimiento entre las personas. Sin embargo, pocos se han dedicado a denunciar, además de la importancia de esas manipulaciones, los fallos de una sociedad que obliga a pasar por la escuela a sus pequeños y luego es capaz de dejarlos con el culo al aire, cuando más necesitados están de una orientación responsable e inteligente, a lo que añadir unas oportunidades para encauzar sus vidas de forma digna y personal y socialmente útiles. Todo lo contrario, estos jóvenes son literalmente abandonados a su ignorancia cuando finaliza la etapa escolar obligatoria; feo asunto si solo hemos sido capaces de mal organizar una educación tan corta, y hasta malintencionada, que no sirve para encandilar a unos chavales que lo tienen todo para aprender -que cada cual asuma sus culpas. Como sociedad es deplorable, además de inmoral. Lo que no impide que nos hayamos habituado a que muchos de nuestros propios hijos, a falta de algo mejor, se agrupen en tribus de todo tipo -urbanas, nos gusta decir- con tal de sentirse aceptados e integrados entre otros de edad y condiciones sociales similares, grupos que suelen ofrecer un sentido temporal y necesario a sus vidas; precisamente por eso no debería extrañarnos que indeseables, frustrados y resentidos de todo tipo vean en estos jóvenes de escasos argumentos y difícil futuro un mercado, con una fuerza y un potencial enorme, que manipular según sus intereses. Aunque eso también lo deberíamos saber.

Estos jóvenes en los que la educación no ha llegado a calar y, como todos los demás, deseosos de dar con un motivo que reorganice sus propias vidas, serán reconvertidos en víctimas capaces de llevar a cabo barbaridades contra los demás sin que ellos mismos sean conscientes de lo que están haciendo ni de sus repercusiones; lo que más o menos ya hizo por aquí el nacionalismo vasco a la hora de armar a ETA y tener amedrentado a todo el país, incluso con los más jóvenes, a los que también manipulaba y utilizaba para quemar autobuses y destrozar el mobiliario público con tal de tener también atemorizados a sus propios conciudadanos; por eso no parece un disparate afirmar que de aquello viene la felicidad económica que ahora disfrutan los vascos. Son los mismos jóvenes que en la actualidad usa el nacionalismo catalán para alborotar la calle y pintarrajear las paredes. Los mismos jóvenes que manipulará cualquier desaprensivo -cura, imán, anticapitalista o ateo progresista- dominado por sus miedos y su inadaptación al mundo que le ha tocado vivir, y algo estúpido a la hora de hacerse entender; permanentemente amagado en su escondite y obsesionado en reconvertir sus temores en un destilado de violencia, una violencia que cobardemente es incapaz de poner él mismo en práctica y para la que necesita de la manipulación de tanta joven cabeza desarraigada y con pocas o ninguna ilusión para sus pocos años.

Una cosa más, una diferencia apreciable entre los llamados terroristas musulmanes y los nacionalistas a la hora de reclutar sus peones es que los primeros pretenden destruir una sociedad que, al fin y al cabo, no es ni han llegado a sentir como suya, tampoco sus cachorros -las causas también las sabemos. En cambio, los nacionalistas no pueden hacer lo mismo porque en este caso la sociedad del enemigo es también la suya, lo que ocurre es que, en su precariedad intelectual reconvertida en odio, no han sabido ser convincentes por medios razonables ni encontrar ningún medio a través del cual hacerse oír en ella, su influencia es despreciable y únicamente les queda la violencia como forma de estar presentes, pero una violencia controlada que no destruya por completo lo que ellos pretenden heredar con sus malos modos. Falta preguntar qué pensarán mañana estos chavales, pero eso ahora a nadie le interesa.

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¿Qué hacen?

Estas cuestiones pueden llegar a solventarse con par de palabras de desprecio, resultar desgraciadamente indiferentes a una gran mayoría que suspirará aliviada por no estar allí en aquel momento o dar pie a hilvanar un largo discurso sin que en el fondo llegáramos a entender tales comportamientos; como probablemente tampoco los entienden los propios implicados, analfabetos funcionales movidos por impulsos cuasi vegetativos que poco o nada tienen que ver con la razón o, cosa mucho más difícil, con alguna cuestión moral. Es el tipo de existencia al que nos vienen adoctrinando, un estar y pasar autista inculcado desde la infancia cuyas mayores destrezas consisten en inhibirnos por propio egoísmo o echar a correr ante cualquier accidente, conflicto o, como en el caso de Barcelona, atentado. O todo lo contrario, porque una vez comprobado que la suerte ha vuelto a sonreírnos y estamos a buen recaudo no tiene sentido largarse a llorar la propia impotencia o cobardía, nada más lejos, es mejor permanecer allí, sórdidamente activados por un desmemoriado inconsciente carroñero que manipulara sin titubeos un teléfono inteligente -desgraciadamente más que el propietario- para grabar lo que pinte y después colgarlo en cualquier red social, o en todas, envanecidos por un rastrero orgullo de secundarios. ¿Por qué alguien decide grabar heridos y cadáveres en lugar de ofrecer su ayuda o quitarse de en medio para que los que sí pueden hacer algo tengan el campo libre?

Llegamos, incluso, a aceptar y cínicamente entender o justificar tales actitudes con la absurda excusa de que están informando ¿a quién? ¿a algún aburrido consumidor de comida e información basura que desde el sofá de su casa pretender satisfacer su permanente inapetencia y pobre imaginación con la sangre y la desgracia de otros? ¿Dónde está el dolor, dónde la vergüenza, dónde el correspondencia moral? ¿o todo se soluciona con un minuto de silencio, unas lágrimas de cocodrilo, unas velas y un corazón pintarrajeado que solo interesan a las televisiones y las redes sociales? Dónde está la sociedad de a pie, la que cada día se responsabiliza de sus actos, la que colabora con los demás, ayuda, hace las calles habitables, piensa en común y, supuesto somos cada vez más en este mundo, elige a representantes que lleven esos mismos valores allí donde se toman las decisiones y con ello evitar tales destrozos.

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Terrazas

Según los expertos la economía de este país va viento en popa, y uno, que no es un experto en datos macroeconómicos, se hace una idea de ello según el número y la superficie de las terrazas. Últimamente, aceras y plazas públicas se vienen convirtiendo en un hervidero de mesas dispuestas para satisfacer a sofocados consumidores necesitados de un refresco que alivie sus prisas, penas y sudores. En algunos sectores se ha interiorizado tan diligentemente eso del pleno empleo que los establecimientos de hostelería se han lanzado a una carrera suicida por conseguirlo ocupando cualquier espacio libre de uso público en el que quepan una mesa y cuatro sillas de plástico, eso sí, con el colaborador y entusiasta beneplácito de los ayuntamientos y el asentimiento por omisión de los vecinos. Por eso, muchos de nuestros quehaceres o paseos cotidianos, cuando la crueldad del calor nos lo permite, se han convertido en una carrera de obstáculos en la que nos vemos obligados a sortear una multiplicación de mesas y sillas que, de no remediarlo otra catástrofe económica o el levantamiento en armas del vecindario contra tal ocupación, acabará invadiendo todo el espacio libre de aceras o plazas públicas.

Este mar de terrazas -como lo califica un amigo- tiene en parte justificación debido a la zona terrestre en la que nos hallamos, lo que, según más expertos, nos obliga a ser un país de los denominados turísticos; calificativo que viene siendo aderezado con sucesivas olas de calor que, cada vez con más frecuencia, estigmatizan o bendicen -según el punto de vista económico- estos meses veraniegos. Otro problema es que tal invasión corra el peligro de extenderse también al resto del año, como así parece vaticinarlo la relajación o permisividad municipal a la hora de conceder las correspondientes licencias -supongo. Con la amenaza o agravante de que, tal y como también viene sucediendo, estas terrazas que ahora parecen temporales y fácilmente esquivables, se conviertan en definitivas vía cualquier tipo de acristalamiento o invento de albañilería metálica. ¿Desaparecerán entonces los espacios públicos para beneficio de hosteleros de todo pelaje?

Tal frenesí invasivo u ocupacional quizás nos haya pillado por sorpresa, probablemente porque como consumidores y usuarios de las mismas no nos hayamos percatado de ello o porque, tan de nuestros problemas, nunca prestamos atención a lo que directamente no nos afecta. Porque también es cierto que esta invasión trae de la mano numerosos puestos de trabajo que, conociendo la esquiva honestidad de los empresarios hosteleros de este país, no lucirán como todos quisiéramos, sobre todo para los explotados e inexpertos empleados que corren y corren para ponerte en la mesa la cerveza fresquita de turno. Son la parte oscura de tanta bonanza y negocio boyante, un joven y apaleado ejército de necesitados de un sueldo que llevarse a la boca timados sin piedad con miserables recompensas que no pagan -es un decir- jornadas de más de doce horas. A lo que sumar elevados porcentajes en los precios que generan suculentas plusvalías que desgraciadamente tampoco tienen su contrapartida en esos salarios; por llamarlos de algún modo. Y si no te interesa ahí tienes la puerta porque tengo a mil esperando a que te largues.

Esperemos que no suceda con las terrazas como sucedió con el mercado inmobiliario, y que esta negociante desmesura no acabe con los espacios comunes ni con la habitabilidad de pueblos y ciudades, por no hablar del dinero dilapidado, los desechos generados y el destrozo general de lugares públicos convertidos en una feria de muestras sin clientes, como tantas y tantas urbanizaciones y edificios abandonados porque cuatro desaprensivos decidieron, con la connivencia del poder público de turno, hacer su particular agosto a costa de la indiferencia del resto. Luego no nos quejaremos.

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Artesanas

Hasta hoy pensaba que artesanal tenía que ver con producciones a pequeña escala de objetos o productos en los que primaba la mano experta del autor, su propia experiencia y la calidad del trabajo hecho sin prisas y no sujeto a cuestiones de mercado; y artesano era alguien dedicado en cuerpo y alma a su trabajo, al margen de modas y tendencias, con una idea bastante clara de lo que pretendía ofrecer a cualquier posible comprador de su labor. Sin embargo, no sé hasta dónde puede decirse de un producto que sea artesanal y qué límites de cantidad y medios justifican tal denominación -y si los hay. Viene esto a cuento porque, de un tiempo a esta parte, los estantes de bares y tiendas se han llenado de botellas de todas las formas y tamaños imaginables; ¡cervezas! un largo muestrario de tamaños y colores con etiquetas para todos los gustos, más discretas o más atrevidas, ofreciendo un exclusivo y delicado cóctel de sabores y matices, algunos entre místicos y esotéricos, que se lo ponen difícil a cualquier experto cervecero que, a día de hoy, se preciara de ello. Resulta que, al parecer y sin motivo aparente, en uno de los mayores países productores de vino a nivel mundial -o el mayor- ha surgido de la nada una fiebre cervecera sin parangón; algo así como si en cada rincón del país florecieran avezados emprendedores que ¡milagro! de pronto hubieran dado con la receta mágica para fabricar líquidos burbujeantes a los que añadir todo tipo de pociones y gustillos, otro intento más de atraer a estómagos distraídos y nada escrupulosos dispuestos a tragar cualquier brebaje que, en este caso, sepa a otra cosa además de a cerveza; como si fuera fácil hacer una cerveza decente, sobre todo en un país donde una gran mayoría se acuchilla el estómago sin piedad con un brebaje de cinco estrellas.

Es cierto que, desde hace un tiempo, el personal de por aquí, incapaz de detenerse en saborear un vino sin emborracharse, viene dando la espalda al producto por excelencia de esta tierra para dedicarse a ingerir brebajes baratos con nombre de cerveza en cantidades industriales, porque están fresquitas, tienen burbujas y poco grado. Supongo que, a partir de ahí, algunos espabilados, animados por ese consumo cervecero sin criterio en el que prima el frescor y la cantidad, decidieron que había llegado el momento de deleitar a público tan poco exquisito con un nuevo gran invento: cervezas artesanales. Alguien debió patentar y distribuir, a tontas y a locas, un kit básico de química para aficionados que fue encendiendo bombillas y, a partir de agua del grifo, destilar soluciones burbujeantes con sabores a cual más retorcido. Y lo peor de todo es que algunos de estos fabricantes no tienen ningún rubor en afirmar que la cuestión es combinar todo lo imaginable con tal de obtener mutaciones que sortear entre el público en general a la espera de un buen resultado económico. Luego, la que más beneficios genere será la buena (?).

Ni lo que se dice artesano es artesano porque alguien rellene cuatro botellas y las etiquete con el primer disparate que se le ocurra ni el público en general es experto catador de nada. Solo faltaría añadir un “Me gusta” en la web de turno para cerrar el círculo. ¿Quedan artesanos, catadores o expertos en algo?

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Dunkerque

Dunkerque

Nota. Dunkerque es cine de hace cien años por el que sí ha pasado el tiempo; el mismo soporte visual pero con el poderoso añadido de cien años de progreso creativo y técnico de un arte en el que la capacidad narrativa y descriptiva de las imágenes sobresale sobre los numerosos medios técnicos y tecnológicos disponibles hoy; imágenes en las que se apoya una contenida y en momentos determinante banda sonora apenas interrumpida por unas mínimas líneas de diálogo introductorio o explicativo.

 

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Derecho

Nos hemos habituado a un tipo de cine en el que aparecen asesinos sin calificativo posible -en serie o por casualidad- inventados por guionistas de colmillo y cerebro retorcido ansiosos por parir truculentos y siniestros personajes cometiendo crímenes que son cualquier cosa menos vulgares asesinatos, como si el hecho de quitarle la vida a otra persona no fuera ya algo importante y excesivo por el mero hecho de suceder. En muchas de ellas una obsesión paranoide o fríamente racional -desconozco ese tipo de razón- guían la mano del asesino de turno a través de una planificación tan detallada como perturbadora que roza el delirio, lo que no impide que, como espectadores, también racionales, aceptemos sin inmutarnos, o incluso entusiasmados por el siguiente y aún más siniestro y retorcido giro del guion, tanto la calculada preparación como el crimen o crímenes finales. Total, no deja de ser cine, una ficción. Otra cosa es la vida real, en la que desconozco si existen tales disparates para los que, en cualquier caso, el séptimo arte ya nos habría preparado, luego, no nos pillarían por sorpresa y seguramente apostillaríamos con aquello de que la realidad supera a la ficción.

Tras escuchar sin comprender el reciente caso de una niña torturada y asesinada por su tío -los motivos y pormenores no vienen a cuento porque soy incapaz de imaginármelos-, volví a recordar ese cine y pensé en su influencia o relación con la realidad de las personas; y también me pregunté cómo se redactaría la hipotética acusación contra ese tipo -por aquello de necesitar un documento oficial en el que plasmarla para que cobre realidad-; o cómo sería la organización del correspondiente juicio, acontecimiento que todo grupo humano o sociedad mínimamente estable consideraría necesario para, de algún modo, sancionar o corregir ese tipo de hechos, con el propósito, como fondo, de hacer viable y dar cierto sentido a un mínimo orden interno que mantenga y medianamente asegure la vida en común. Y, por último, también pensé en la supuesta condena por un acto semejante, seguramente en función de una serie de baremos, al parecer también necesarios, que tipificarían ese tipo de delitos o similares. Organización y procedimientos de los que, si desconocemos el derecho o estamos poco relacionados con él, muy pocos sabemos en profundidad, pero que originariamente servirían para evitar y/o corregir cualquier alteración de un orden que presuntamente nos hemos dado para clarificar y hacer más fácil nuestra vida en común. Como también pensé en el inevitable abogado al que semejante tipo tiene derecho en función de una legalidad que él mismo no entiende muy bien o simplemente no parece importarle.

Al margen de la cruel y anodina funcionarialidad que los nazis mostraron en el exterminio judío -guerra de por medio, si es que puede argumentarse tal-, de la siempre dolorosa realidad de otros crímenes o sucesos más o menos normales -si es que puede decirse normal de actos de esas características-, o de los disparates que pueda concebir y filmar el cine, siempre me he preguntado cómo valora y qué baremo utiliza el derecho para juzgar tales actos, si existe una escala de menor a mayor, si hay sucesos y crímenes que sobrepasan límites y máximos y si éstos son renovables. También podría preguntar cómo el cine o la novela retuercen nuestros cerebros con tal de dar cabida a un mal que nunca pasa desapercibido, si existen límites y qué son los límites, y de qué modo los rompe una enfermedad mental; o si tal enfermedad es real o un subterfugio para salvar al acusado. Si cada vez somos más retorcidos o simplemente hemos perdido el sentido y la referencia de unos valores morales mínimos que hasta hoy nos habrían facilitado la convivencia o, en cambio, se trata de una imparable huida hacia adelante, ficticia y real, que nos obliga a admitir y convivir con una violencia sin límites contra nuestros semejantes, justificada de cualquier modo o simplemente sin justificar, porque apetece y adonde nos conduce todo esto. Sucede, y punto.

 

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Religión

Sentado en uno de los bancos de atrás me dejo atrapar por el silencio y la sencilla solemnidad del templo, espacio y piedras que pueden contar el tiempo por siglos sin vanagloriarse de ello; escenario obligado de un paso generacional que, con sus consiguientes e inevitables altibajos, ha venido aceptando, cuestionando o renegando de su misma existencia, así como de los motivos, influencias y obligaciones impuestas a partir de su presencia a una población que desconoce lo que es la vida sin iglesia, instrumento o rutinaria instalación que viene presidiendo la vida local nadie sabe desde cuándo, ni se lo preguntan. Causa principal de situaciones y hechos consumados convertidos en la indispensable urdimbre de una gran parte o casi toda la memoria colectiva contenida en lo que habitualmente llamamos tradición, término que abarca y engloba mucho más de lo que en primera instancia significa y explica bastante menos de lo que conlleva. Tradición que suele dar lugar a largas y poco precisas discusiones que acaban concluyendo con el forzado abandono de una de las partes, la más necesitada de razones, desbordada por una exigencia insatisfecha cansada de echarse a la boca como precario alimento justificaciones que en muchos casos no vienen a cuento; enésima victoria de esa parte del subconsciente colectivo poblada de intangibles a la que no le preocupa justificar lo que a primera vista parece injustificable, hechos y acciones que, al margen de toda razón, terminan perdiéndose en la memoria y, como colofón, en un obligado encogimiento de hombros que intriga y confunde más que ofende, probablemente porque tiene mucho que ver con ese innombrado, tanto personal como colectivo, alternativamente etiquetado como alma, espíritu o corazón.

Desde mi posición observo con más intriga que curiosidad el paso y silenciosa estancia de los escasos fieles que a esta hora de la mañana hacen uso del templo, solos o acompañados, permaneciendo pocos o algunos minutos, sin llegar nunca a muchos, arrodillados ante alguno de los altares que ocupan la cabecera del mismo en un devoto silencio de rezo, plegaria o súplica de la que solo ellos saben, intimidad que no suele estar a la vista, ni siquiera en las confesiones más personales. Estancia que finaliza con lo que parece una obligada y repetida reverencia ante cada una de las figuras que ocupan pequeños altares, hornacinas o mínimos pedestales, probablemente para implorar la última súplica de hoy, tocar con gran respeto el penúltimo manto o besar tela y figura antes de prender la también última vela y dar por terminada la diaria visita al templo del Señor.

Hay una religión de todos los días que muy poco o nada tiene que ver con esa otra religión oficial o universal; una religión hecha de reverencias, cruces, paradas, rezos y plegarias cotidianas, de pequeños donativos, besos, túnicas y breves demoras ancladas a unos orígenes difusos o desconocidos; casi sin principio, atada a lo más profundo del alma y que tampoco tiene mucho que ver con procesiones, romerías y otros fastos con los que la iglesia oficial acostumbra a acotar los meses del año. Una iglesia todavía muy presente que engarza en tiempo y significados con pórticos, dinteles y arquivoltas medievales concebidos para desde la solidez de la piedra alcanzar y herir de imaginaria y temerosa fe los corazones y la razón de una población forzosamente resignada a ocupar el necesario e insustituible papel de pueblo que soporta tanto la creación como la historia.

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Dalí

Decía Keynes en sus memorias que lo peor de negociar con los norteamericanos era que utilizaban abogados para todo, cualquier conversación que pudiera derivar en un acercamiento o intento de acuerdo necesitaba de un abogado que certificara o cuestionara lo que en un principio eran meras aproximaciones sin conclusiones o final previsto. Con el paso de los años la figura del abogado se ha convertido a nivel mundial en indispensable para cualquier intercambio, disputa, contrato o relación entre empresas o personas; de hecho, en la justicia española es imposible establecer ninguna relación jurídica entre particulares si uno no va provisto del consiguiente abogado. Que cada cual imagine la necesidad o el porqué.

Viene esto a cuento de la pretendida exhumación de los restos de Dalí, según la prensa con motivo de una demanda de paternidad de una persona que asegura que su madre, ya fallecida, en alguna ocasión le hizo saber, de forma más bien poco clara o subrepticia, de una relación íntima con un pintor muy conocido con el que solía coincidir por cuestiones laborales. De lo que se deduce que la pretendida exhumación solo pretender solucionar una duda de origen y conceder al fin la paz espiritual a una persona que hasta hora vivía en la permanente zozobra de no saber quién fue su progenitor. Ahora, que una persona normal y corriente lleve u obligue a un juez a ese, digamos, extremo de exhumación, probablemente sea debido a que detrás de ella hay un hábil abogado que en el imparcial ejercicio de su profesión considera necesario, e incluso vital, que su cliente pueda vivir tranquila y en paz u orgullosamente satisfecha de ser hija de un pintor de renombrado postín. Posible punto final.

Vaya, ¿y a nadie le ha dado por pensar que detrás de ello quizás haya un motivo económico, la posibilidad de una hipotética herencia y una excelente minuta para el letrado a costa de aquella? O eso es ser muy mal pensado. Claro, ese agobio espiritual se lleva mejor, si sale bien, con algo de dinero, o mucho. Es cuestión de abogados, y las cuestiones de abogados siempre ocupan el centro de atención; de qué, si no, las sospechas hacia el hasta ahora ignorado y casi desconocido tratado económico con Canadá, el famoso CETA; porque junto con él viene incorporado un ejército de abogados dispuestos a denunciar todo aquello que no satisfaga a sus clientes, desde un vergonzoso un fraude hasta una ley local, medioambiental o de protección social que el ofendido demandante considere que vulnera sus derechos o merma sus beneficios. Derechos jurídicos, que nada tienen que ver con cuestiones sociales, más o menos relevantes, espirituales o de justicia. Visto lo cual, como en las películas, cualquier pelo que aparezca como sospechoso puede dar lugar a una investigación y a las inevitables preguntas seguidas de las resultantes demandas en función de un derecho indesmayable que puede traer de cabeza a cualquiera.

Imaginen lo que puede significar un mero encuentro sexual, incluso accidental o etílico, si con el paso del tiempo una de las partes tropieza con el éxito y logra algo de dinero mientras en la otra parte crece un agobio espiritual o existencial por no saber con certeza quién es la otra o el otro querido progenitor que aportó su semilla para traer a un futuro demandante o beneficiario a este mundo.

 

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Cebollas

Antes de que llegara el verano algunos ya estábamos cansados de verano gracias a unas temperaturas en exceso veraniegas cuando todavía no era verano. Pero supongo que otros muchos habrán disfrutado del calor extenuante de estos días, aunque no sé cómo e imagino que probablemente a la sombra, donde el sol de estas latitudes no llega, un disfrutar relativo puesto que bajo este sol es casi imposible desenvolverse en condiciones normales; tal vez los jaraneros amantes del sol y fiestas, más bien nocturnos, aunque eso sea jugar con ventaja. También estarán disfrutando de lo lindo los suministradores de cerveza y los vendedores de aparatos de aire acondicionado. Con esta meteorología tan acuciante el futuro se presenta soleado y con cada vez menos agua -llegarán las plegarias en procesión-, y la cerveza no es la solución, o sí, pero no para los pocos que sigan apegados a esta tierra en la que solo quedarán lagartos y conejos; ni siquiera el campo permanecerá, sobre todo ese regadío de locos empeñado en inundar caminos de agua a pleno sol y con cuarenta grados para empachar un triste campo de cebollas que habla más de la mezquindad de su dueño que de su visión empresarial. Mendrugos para hoy y hambre para mañana ante la desidia y pasividad de una población más preocupada en llenar la piscina que en reparar en el enorme desierto que estamos creando a nuestro alrededor. Pero, qué vamos a decir, ya lo sabíamos, lo que no vaya directamente con nosotros es como si no existiera.

Es tiempo de ligerezas -para algunos todo el año- y un siempre desesperado refrescarse a toda costa porque la estación lo pide, tiempo de reparaciones y descanso, de nuevos fichajes futboleros y de periodismo de relleno porque hay que hacer noticia cualquier intrascendencia en la que quepa un rostro conocido. Algunos se repiten con la cantinela de que este verano hay que leer, y brotan expertos en nada recomendando encarecidamente recomendaciones a comisión, un rellenar huecos a la búsqueda de tibios lectores, esos lectores de verano necesitados de nimiedades fáciles de digerir mientras su equipo favorito anda entre yates e islas paradisiacas. Otros siguen defraudando, es curioso, los futbolistas son los más atentos a la hora de adaptarse y practicar virtudes nacionales como el fraude y el choriceo ¿por qué será?

El gobierno, también a lo suyo, un permanente stand by que ya a nadie extraña. Luego resultará que, según el plumífero más zalamero e interesado, lo del gobierno era una sabia forma de gobernar, un auténtico saber estar consistente en no hacer nada mientras el sistema seguía moviéndose y en su imparable lentitud nos transportaba tampoco sabíamos dónde, puesto que al no ser los que tiran sino los tirados solemos ignorar el final de las cosas. Cuando lleguen, repito, no sabemos qué, ese mismo espabilado de turno sentenciará: si, según él, nos son favorables, hicimos bien en esperar y el presidente es un auténtico político, de lo contrario, no se pudo hacer nada porque los vientos venían así y nuestra capacidad de movimiento era mínima, quedaba proteger lo que teníamos, o sea, casi nada.

Llegan días de poca actividad, ya no sé si es una moda o una orden, tampoco es que por aquí habitualmente se muevan mucho las cosas, fiestas, más, descanso, más, e indolencia. Otro verano, otro intermedio hacia otro intermedio en el que planearemos otra renovación inútil que acabará en la papelera porque cuando la parimos sabíamos que no llegaría a buen puerto, sobre todo porque entrañaba esfuerzo, y ya sabemos que el esfuerzo no va mucho con esta tierra, el sol, dicen, “la calor”, que no se puede soportar, la misma espera de siempre por ver si alguien mueve ficha y se acuerda de nosotros, la revolución, si cabe, y si no hay para tanto o para nada armar jaleo a costa de cualquier vena local y temperamental que nos redima de nuestro permanente aburrimiento y escasa imaginación, o de nuestra poca razón para conducirnos felices y prósperos, de eso nada, ruido y algarabía, en cualquier caso lo más parecido a la fiesta, eso tan de aquí; y después unas cervecitas ¡aj!

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