Derecho

Nos hemos habituado a un tipo de cine en el que aparecen asesinos sin calificativo posible -en serie o por casualidad- inventados por guionistas de colmillo y cerebro retorcido ansiosos por parir truculentos y siniestros personajes cometiendo crímenes que son cualquier cosa menos vulgares asesinatos, como si el hecho de quitarle la vida a otra persona no fuera ya algo importante y excesivo por el mero hecho de suceder. En muchas de ellas una obsesión paranoide o fríamente racional -desconozco ese tipo de razón- guían la mano del asesino de turno a través de una planificación tan detallada como perturbadora que roza el delirio, lo que no impide que, como espectadores, también racionales, aceptemos sin inmutarnos, o incluso entusiasmados por el siguiente y aún más siniestro y retorcido giro del guion, tanto la calculada preparación como el crimen o crímenes finales. Total, no deja de ser cine, una ficción. Otra cosa es la vida real, en la que desconozco si existen tales disparates para los que, en cualquier caso, el séptimo arte ya nos habría preparado, luego, no nos pillarían por sorpresa y seguramente apostillaríamos con aquello de que la realidad supera a la ficción.

Tras escuchar sin comprender el reciente caso de una niña torturada y asesinada por su tío -los motivos y pormenores no vienen a cuento porque soy incapaz de imaginármelos-, volví a recordar ese cine y pensé en su influencia o relación con la realidad de las personas; y también me pregunté cómo se redactaría la hipotética acusación contra ese tipo -por aquello de necesitar un documento oficial en el que plasmarla para que cobre realidad-; o cómo sería la organización del correspondiente juicio, acontecimiento que todo grupo humano o sociedad mínimamente estable consideraría necesario para, de algún modo, sancionar o corregir ese tipo de hechos, con el propósito, como fondo, de hacer viable y dar cierto sentido a un mínimo orden interno que mantenga y medianamente asegure la vida en común. Y, por último, también pensé en la supuesta condena por un acto semejante, seguramente en función de una serie de baremos, al parecer también necesarios, que tipificarían ese tipo de delitos o similares. Organización y procedimientos de los que, si desconocemos el derecho o estamos poco relacionados con él, muy pocos sabemos en profundidad, pero que originariamente servirían para evitar y/o corregir cualquier alteración de un orden que presuntamente nos hemos dado para clarificar y hacer más fácil nuestra vida en común. Como también pensé en el inevitable abogado al que semejante tipo tiene derecho en función de una legalidad que él mismo no entiende muy bien o simplemente no parece importarle.

Al margen de la cruel y anodina funcionarialidad que los nazis mostraron en el exterminio judío -guerra de por medio, si es que puede argumentarse tal-, de la siempre dolorosa realidad de otros crímenes o sucesos más o menos normales -si es que puede decirse normal de actos de esas características-, o de los disparates que pueda concebir y filmar el cine, siempre me he preguntado cómo valora y qué baremo utiliza el derecho para juzgar tales actos, si existe una escala de menor a mayor, si hay sucesos y crímenes que sobrepasan límites y máximos y si éstos son renovables. También podría preguntar cómo el cine o la novela retuercen nuestros cerebros con tal de dar cabida a un mal que nunca pasa desapercibido, si existen límites y qué son los límites, y de qué modo los rompe una enfermedad mental; o si tal enfermedad es real o un subterfugio para salvar al acusado. Si cada vez somos más retorcidos o simplemente hemos perdido el sentido y la referencia de unos valores morales mínimos que hasta hoy nos habrían facilitado la convivencia o, en cambio, se trata de una imparable huida hacia adelante, ficticia y real, que nos obliga a admitir y convivir con una violencia sin límites contra nuestros semejantes, justificada de cualquier modo o simplemente sin justificar, porque apetece y adonde nos conduce todo esto. Sucede, y punto.

 

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Religión

Sentado en uno de los bancos de atrás me dejo atrapar por el silencio y la sencilla solemnidad del templo, espacio y piedras que pueden contar el tiempo por siglos sin vanagloriarse de ello; escenario obligado de un paso generacional que, con sus consiguientes e inevitables altibajos, ha venido aceptando, cuestionando o renegando de su misma existencia, así como de los motivos, influencias y obligaciones impuestas a partir de su presencia a una población que desconoce lo que es la vida sin iglesia, instrumento o rutinaria instalación que viene presidiendo la vida local nadie sabe desde cuándo, ni se lo preguntan. Causa principal de situaciones y hechos consumados convertidos en la indispensable urdimbre de una gran parte o casi toda la memoria colectiva contenida en lo que habitualmente llamamos tradición, término que abarca y engloba mucho más de lo que en primera instancia significa y explica bastante menos de lo que conlleva. Tradición que suele dar lugar a largas y poco precisas discusiones que acaban concluyendo con el forzado abandono de una de las partes, la más necesitada de razones, desbordada por una exigencia insatisfecha cansada de echarse a la boca como precario alimento justificaciones que en muchos casos no vienen a cuento; enésima victoria de esa parte del subconsciente colectivo poblada de intangibles a la que no le preocupa justificar lo que a primera vista parece injustificable, hechos y acciones que, al margen de toda razón, terminan perdiéndose en la memoria y, como colofón, en un obligado encogimiento de hombros que intriga y confunde más que ofende, probablemente porque tiene mucho que ver con ese innombrado, tanto personal como colectivo, alternativamente etiquetado como alma, espíritu o corazón.

Desde mi posición observo con más intriga que curiosidad el paso y silenciosa estancia de los escasos fieles que a esta hora de la mañana hacen uso del templo, solos o acompañados, permaneciendo pocos o algunos minutos, sin llegar nunca a muchos, arrodillados ante alguno de los altares que ocupan la cabecera del mismo en un devoto silencio de rezo, plegaria o súplica de la que solo ellos saben, intimidad que no suele estar a la vista, ni siquiera en las confesiones más personales. Estancia que finaliza con lo que parece una obligada y repetida reverencia ante cada una de las figuras que ocupan pequeños altares, hornacinas o mínimos pedestales, probablemente para implorar la última súplica de hoy, tocar con gran respeto el penúltimo manto o besar tela y figura antes de prender la también última vela y dar por terminada la diaria visita al templo del Señor.

Hay una religión de todos los días que muy poco o nada tiene que ver con esa otra religión oficial o universal; una religión hecha de reverencias, cruces, paradas, rezos y plegarias cotidianas, de pequeños donativos, besos, túnicas y breves demoras ancladas a unos orígenes difusos o desconocidos; casi sin principio, atada a lo más profundo del alma y que tampoco tiene mucho que ver con procesiones, romerías y otros fastos con los que la iglesia oficial acostumbra a acotar los meses del año. Una iglesia todavía muy presente que engarza en tiempo y significados con pórticos, dinteles y arquivoltas medievales concebidos para desde la solidez de la piedra alcanzar y herir de imaginaria y temerosa fe los corazones y la razón de una población forzosamente resignada a ocupar el necesario e insustituible papel de pueblo que soporta tanto la creación como la historia.

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Dalí

Decía Keynes en sus memorias que lo peor de negociar con los norteamericanos era que utilizaban abogados para todo, cualquier conversación que pudiera derivar en un acercamiento o intento de acuerdo necesitaba de un abogado que certificara o cuestionara lo que en un principio eran meras aproximaciones sin conclusiones o final previsto. Con el paso de los años la figura del abogado se ha convertido a nivel mundial en indispensable para cualquier intercambio, disputa, contrato o relación entre empresas o personas; de hecho, en la justicia española es imposible establecer ninguna relación jurídica entre particulares si uno no va provisto del consiguiente abogado. Que cada cual imagine la necesidad o el porqué.

Viene esto a cuento de la pretendida exhumación de los restos de Dalí, según la prensa con motivo de una demanda de paternidad de una persona que asegura que su madre, ya fallecida, en alguna ocasión le hizo saber, de forma más bien poco clara o subrepticia, de una relación íntima con un pintor muy conocido con el que solía coincidir por cuestiones laborales. De lo que se deduce que la pretendida exhumación solo pretender solucionar una duda de origen y conceder al fin la paz espiritual a una persona que hasta hora vivía en la permanente zozobra de no saber quién fue su progenitor. Ahora, que una persona normal y corriente lleve u obligue a un juez a ese, digamos, extremo de exhumación, probablemente sea debido a que detrás de ella hay un hábil abogado que en el imparcial ejercicio de su profesión considera necesario, e incluso vital, que su cliente pueda vivir tranquila y en paz u orgullosamente satisfecha de ser hija de un pintor de renombrado postín. Posible punto final.

Vaya, ¿y a nadie le ha dado por pensar que detrás de ello quizás haya un motivo económico, la posibilidad de una hipotética herencia y una excelente minuta para el letrado a costa de aquella? O eso es ser muy mal pensado. Claro, ese agobio espiritual se lleva mejor, si sale bien, con algo de dinero, o mucho. Es cuestión de abogados, y las cuestiones de abogados siempre ocupan el centro de atención; de qué, si no, las sospechas hacia el hasta ahora ignorado y casi desconocido tratado económico con Canadá, el famoso CETA; porque junto con él viene incorporado un ejército de abogados dispuestos a denunciar todo aquello que no satisfaga a sus clientes, desde un vergonzoso un fraude hasta una ley local, medioambiental o de protección social que el ofendido demandante considere que vulnera sus derechos o merma sus beneficios. Derechos jurídicos, que nada tienen que ver con cuestiones sociales, más o menos relevantes, espirituales o de justicia. Visto lo cual, como en las películas, cualquier pelo que aparezca como sospechoso puede dar lugar a una investigación y a las inevitables preguntas seguidas de las resultantes demandas en función de un derecho indesmayable que puede traer de cabeza a cualquiera.

Imaginen lo que puede significar un mero encuentro sexual, incluso accidental o etílico, si con el paso del tiempo una de las partes tropieza con el éxito y logra algo de dinero mientras en la otra parte crece un agobio espiritual o existencial por no saber con certeza quién es la otra o el otro querido progenitor que aportó su semilla para traer a un futuro demandante o beneficiario a este mundo.

 

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Cebollas

Antes de que llegara el verano algunos ya estábamos cansados de verano gracias a unas temperaturas en exceso veraniegas cuando todavía no era verano. Pero supongo que otros muchos habrán disfrutado del calor extenuante de estos días, aunque no sé cómo e imagino que probablemente a la sombra, donde el sol de estas latitudes no llega, un disfrutar relativo puesto que bajo este sol es casi imposible desenvolverse en condiciones normales; tal vez los jaraneros amantes del sol y fiestas, más bien nocturnos, aunque eso sea jugar con ventaja. También estarán disfrutando de lo lindo los suministradores de cerveza y los vendedores de aparatos de aire acondicionado. Con esta meteorología tan acuciante el futuro se presenta soleado y con cada vez menos agua -llegarán las plegarias en procesión-, y la cerveza no es la solución, o sí, pero no para los pocos que sigan apegados a esta tierra en la que solo quedarán lagartos y conejos; ni siquiera el campo permanecerá, sobre todo ese regadío de locos empeñado en inundar caminos de agua a pleno sol y con cuarenta grados para empachar un triste campo de cebollas que habla más de la mezquindad de su dueño que de su visión empresarial. Mendrugos para hoy y hambre para mañana ante la desidia y pasividad de una población más preocupada en llenar la piscina que en reparar en el enorme desierto que estamos creando a nuestro alrededor. Pero, qué vamos a decir, ya lo sabíamos, lo que no vaya directamente con nosotros es como si no existiera.

Es tiempo de ligerezas -para algunos todo el año- y un siempre desesperado refrescarse a toda costa porque la estación lo pide, tiempo de reparaciones y descanso, de nuevos fichajes futboleros y de periodismo de relleno porque hay que hacer noticia cualquier intrascendencia en la que quepa un rostro conocido. Algunos se repiten con la cantinela de que este verano hay que leer, y brotan expertos en nada recomendando encarecidamente recomendaciones a comisión, un rellenar huecos a la búsqueda de tibios lectores, esos lectores de verano necesitados de nimiedades fáciles de digerir mientras su equipo favorito anda entre yates e islas paradisiacas. Otros siguen defraudando, es curioso, los futbolistas son los más atentos a la hora de adaptarse y practicar virtudes nacionales como el fraude y el choriceo ¿por qué será?

El gobierno, también a lo suyo, un permanente stand by que ya a nadie extraña. Luego resultará que, según el plumífero más zalamero e interesado, lo del gobierno era una sabia forma de gobernar, un auténtico saber estar consistente en no hacer nada mientras el sistema seguía moviéndose y en su imparable lentitud nos transportaba tampoco sabíamos dónde, puesto que al no ser los que tiran sino los tirados solemos ignorar el final de las cosas. Cuando lleguen, repito, no sabemos qué, ese mismo espabilado de turno sentenciará: si, según él, nos son favorables, hicimos bien en esperar y el presidente es un auténtico político, de lo contrario, no se pudo hacer nada porque los vientos venían así y nuestra capacidad de movimiento era mínima, quedaba proteger lo que teníamos, o sea, casi nada.

Llegan días de poca actividad, ya no sé si es una moda o una orden, tampoco es que por aquí habitualmente se muevan mucho las cosas, fiestas, más, descanso, más, e indolencia. Otro verano, otro intermedio hacia otro intermedio en el que planearemos otra renovación inútil que acabará en la papelera porque cuando la parimos sabíamos que no llegaría a buen puerto, sobre todo porque entrañaba esfuerzo, y ya sabemos que el esfuerzo no va mucho con esta tierra, el sol, dicen, “la calor”, que no se puede soportar, la misma espera de siempre por ver si alguien mueve ficha y se acuerda de nosotros, la revolución, si cabe, y si no hay para tanto o para nada armar jaleo a costa de cualquier vena local y temperamental que nos redima de nuestro permanente aburrimiento y escasa imaginación, o de nuestra poca razón para conducirnos felices y prósperos, de eso nada, ruido y algarabía, en cualquier caso lo más parecido a la fiesta, eso tan de aquí; y después unas cervecitas ¡aj!

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Otras tiendas

El interior no aparecía ni se descubría, era, pero resultaba difícil describirlo porque te venía encima nada más abrir la puerta de la calle, único acceso visible a un abigarrado espacio repleto de sombras, estanterías, percheros y expositores sin huecos o lugares vacíos; una espesa atmósfera de productos venidos de otro siglo en busca de clientes de éste anclados a hechuras y tonos de algún tiempo pasado que, probablemente para ellos, entonces también fue joven; esos mismos que ahora compran, supongo, lo de antes, luego todavía existe en algún lugar una pequeña fábrica o taller que justifica su existencia produciendo el tipo de vestimentas allí amontonadas de todas las forma posibles. Modos de mostrar y formas de apilar de las que literalmente se vertía el género hasta los recargados escaparates, de tal manera empapelados de telas y prendas que apenas dejaban pasar la luz de la calle al interior del establecimiento. Había enormes percheros rodantes de los que a duras penas podía verse algo más que la línea de una manga apretujada entre lo que parecían cientos más; y qué decir a la hora de intentar entresacar algún trapo para reparar en su forma, color o algún detalle en particular, aunque también es cierto que la parca y aburrida gama de colores que dominaba la mercadería a la venta no ofrecía mucho de lo que alegrarse, tal vez alguna sorpresa en las pilas de cajas arrimadas a un par de mostradores de madera con probablemente más historia que el dueño o dueños de aquello. Pero, claro, allí, entre tanta tela y paño faltaba algo, más bien alguien, y lo había, tres personas de pie derecho y caras de no saber o no querer fijas en la calle, bueno, en lo poco que podía verse de la luz del sol entre un caprichoso bosque de mangas, cuellos, faldas y perneras dejando esporádicos resquicios de luz por los que curiosear el trajín al otro lado de los cristales. Tres personas que, nada más entrar, nos preguntaron con la mirada qué puñetas se nos había perdido allí; un tipo mayor vestido de mayor, un tipo menos viejo pero de igual corte -parecía hijo del otro- y una joven indefinida, ignoro si porque lo era o porque las entretelas del ambiente le habían sorbido la presencia convirtiéndola en un objeto más. Quizás sorprendidos porque la puerta hubiera sido empujada de pronto, tardaron unos segundos en reaccionar a nuestra presencia sin cambiar el gesto o la posición, hasta que el tipo de menor edad, el supuesto hijo, reaccionó dirigiéndose a nosotros de esa forma zalamera con la que el verdugo se dirige al reo preguntándole si se encuentra cómodo antes de cortarle la cabeza. Ya no recuerdo qué compramos y si compramos algo, lo que no puedo olvidar es la intrigante sensación de haber estado en el interior de una película de miedo justo antes de que del rincón más oscuro salga el monstruo de turno y nos devore sin vergüenza ni piedad.

 

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Cada uno con sus ideas

Hace unas semanas leía en The New York Times una información sobre una feria de vientres de alquiler, también allí, como en cualquier feria comercial que se precie, el espacio donde se celebraba el evento estaba distribuido entre las diversas empresas dedicadas al fomento y contratación de vientres de alquiler en cualquier parte del mundo, con sus correspondientes ofertas y obsequios a los futuros clientes a cambio de su elección y consiguiente contrato. El negocio, pues de eso se trataba, entre surrealista y supuestamente necesario, da para bastantes más palabras que las que vienen a continuación, hasta el punto de, según quién, llegar a alarmarse o no tener más remedio que resignarse por la deriva de algunos asuntos que pasan, sin ningún rubor ni prudencia, de morales a simples intercambios comerciales dignos de cotizar en cualquier bolsa de valores. Con la gran cantidad de niños huérfanos o sin hogar como produce la economía mundial cuesta aceptar que el mundo rico insista en los de su raza, una especie de eugenesia de andar por casa sobre la que no se puede discutir porque uno tiene derecho a tener hijos, por cojones o sin ellos.

Otra cosa. A todos nos ha pasado en alguna ocasión que al hacer algún comentario no muy favorable sobre el mal comportamiento de un niño, el padre o la madre de la criatura, desde esa posición entre envarada e imbécil que al parecer otorga el paritorio, nos haya contestado de mala manera aquello de que si no tienes hijos mejor callarte y no opinar. Entonces, por prudencia, la solución preferible siempre ha sido callarse y no discutir porque las escasas entendederas de esos papás todavía desconocen que los hijos y la mala educación, aunque relacionados, son cosas completamente distintas.

El inciso anterior viene al caso porque en la noticia con la que empezaba estas letras la firmante de las mismas, asistente como periodista a la feria, preguntaba a una pareja, entre perdida y avergonzada, por su interés en aquel negocio. Al parecer no podían tener hijos y buscaban una buena oferta antes de decidirse, las posibles objeciones morales -probablemente habría muchas más, de todo tipo- sobre el carácter y las repercusiones de su elección no les afectaban, y sus respuestas ante su posibilidad eran del tipo: “cada uno con sus ideas” o “si estuvieran en nuestra piel o si alguna persona cercana lo estuviera tal vez lo comprenderían”.

Desgraciadamente estamos demasiado mal acostumbrados, vivimos en una sociedad que nos ha adoctrinado como a niños caprichosos a los que no les importan ni les preocupan las consecuencias de sus actos, nuestro democrático derecho al egoísmo no nos deja ver más allá de nuestras propias narices. Por qué habrían de preocuparnos los niños que malviven sin padres y lo que podemos hacer por ellos, o las humillaciones que probablemente ha de sufrir una mujer para no tener más remedio que alquilar su vientre por dinero, como tampoco nos preocuparía el trato que reciben o a qué les obligan; o los negocios que inventan otros a costa de ello, o por qué nuestros derechos son más importantes que los suyos. Eso sí, sabemos muy bien y lo ponemos en práctica con descarada arrogancia que nuestro dinero puede sofocar nuestros defectos a costa del orgullo de otros a los que no nos interesa conocer o saber porque probablemente se nos caería la cara de vergüenza; y nos excusamos en unos derechos hipócritas que ni siquiera nos ha otorgado ese Dios que a muchos les reconforta la vida.

Probablemente no andará muy lejano el día en el que tal problema se reduzca a la duda entre natural, pero a saber en qué condiciones y con qué riesgos o inconvenientes genéticos arrastrados de generación en generación, o un novísimo bebé de diseño fabricado a capricho con la última tecnología, eso sí, sin desagradables contaminantes naturales. También hará falta dinero.

 

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Una de fútbol

Acabada la temporada de fútbol mundial con la final de la antigua Copa de Europa, por aquello del seguimiento internacional y la importancia económica que supone, toca reír o llorar según del lado al que el aficionado esté enganchado. El Real Madrid, como voraz empresa capitalista en la que se ha convertido gracias a la certera gestión empresarial de su actual presidente, es el vencedor, para el resto, entre los que se hallan los más dolidos futboleros culés, queda la derrota y las inevitables excusas, con tal de no reconocer lo rematadamente mal que lo han debido hacer para no salir en la foto.

Pero el que lo debe tener realmente crudo y estar cabreado es el aficionado barcelonista/catalanista, poseído en cuerpo y alma por su indisoluble dualidad y la duda permanente de no saber en qué momento y a qué palo quedarse; todo un reto, ese de tener que bregar con los dos porque se es incapaz de separar el fútbol de las témporas. Ahora que los madridistas pintan inaguantables y, además, tienen dos equipos y dinero para competir en las competiciones que les vengan en gana, al aficionado blaugrana le esperan tiempos de dudas, incertidumbres y divina desesperación. Sobre todo por el grupo de tenderos de barrio -con todo el respeto para los tenderos- que dirigen el club, metidos, al igual que los líderes nacionalistas, en líos jurídicos y penales de porcentajes y comisiones, de falsas cuentas y de fichajes de dudosa legalidad. Solo hay que comparar la amplitud de miras de ambas directivas para augurar el futuro de los dos clubes; y aunque es cierto que cada cual puede gestionar sus negocios como le dé la real gana, en el mundo de tiburones del fútbol actual a nivel mundial o intentas ponerte a la altura en cuanto a voracidad o te quedas como aperitivo que solo puede disfrutar el vecino del bar de la esquina, aquel al que el mundo le cabe en un pañuelo y no sabe por qué. Son cuestiones más que evidentes a la hora de echarte al agua del negocio del deporte de competición internacional.

Pero lo más doloroso para los barcelonistas, versión nacionalista, es que mientras que el Real Madrid siempre ha ido a su negocio y el de los suyos, los mejores momentos del Barcelona han estado ligados a los de la selección nacional de fútbol, y quizás eso sea más que un designio, aparte de una evidencia de la que, a día de hoy, los catalanes jamás podrán desembarazarse. Así que ¿o hablan de fútbol o se dedican a culpar a España y al mundo de su incompetencia y estrechez de miras?

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Viajeros

Aguardando en un banco antes del viaje inevitablemente terminas curioseando los rostros de los otros viajeros, todos aquellos que van y vienen con pasos de ir a algún sitio y prisas de circunstancias, el pensamiento inevitablemente amarrado a un siempre efímero presente con destino en otro lugar, el tiempo en su contra porque solo es un intervalo hasta, ese por el momento alejado desenlace que pasará a convertirse en inicio o final, punto de inflexión en el que este tiempo intermedio cumplirá su propósito dando paso al ansiado disfrute o, en cambio, concluirá con un merecido descanso. Muchos arrastrando bolsas y maletas en las que viene y va contenido un equipaje provisorio entre escueto e indispensable, o sobrealimentado con objetos y decisiones tomadas en el último momento porque las dudas no ayudaban mucho y el tiempo ya empezaba a apretar. Algunos claramente sofocados y aún en manos de unas prisas que, estas sí, no eran las de todos los días, sino que llevaban aparejado un plus de definitivas con el que no cabía jugar ni dejar para otro momento. Otros, sin embargo, muestran un aspecto más relajado, disfrutan de este intermedio que es el viaje porque lo consideran tan importante como el próximo destino, siempre parte desde la que saborear por adelantado los proyectos que ya aparecen casi a la vuelta de la esquina o, en cambio y aunque sea el último cartucho, una etapa necesaria que todavía expele ese aroma, aunque con trazas de obligado final, de lo que hasta hace unas horas seguía siendo la culminación de aquellos planes por fin cumplidos y que tal vez no vuelvan a repetirse.

Trasiego de grupos y personas que, aparentemente alimentado por una fuente misteriosa, no cesa y en algunos momentos hasta parece que no pueda tener fin; aunque, sin causa aparente o que venga a cuento, lleguen otros minutos en los que la fuente de viajeros de pronto fluye a borbotones o incluso amenaza con secarse definitivamente. Y unos minutos antes de la hora fijada nosotros también nos incorporamos a la corriente general ahora convertidos en objeto de observación para otro u otros que, en otros lugares no muy alejados de allí, entretienen sus respectivas esperas de la mejor forma posible, o hasta es probable que les guste buscarse entre esos rostros viajeros siempre a la zaga del minuto siguiente, en apariencia permanentemente imposibilitados para realizar sus presentes.

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Personalizando

Esa publicidad, como toda la que se mostraba en el cristal del escaparate, no parecía ser más importante ni ofrecer algo excepcional, diversas ofertas u opciones que, al parecer, están al alcance de cualquiera, se trataba de algo normal que todos podemos conseguir si con ello somos más felices; me faltaba saber el cómo. El cartel en concreto decía “Personaliza tu mundo”, mostrando una sucesión de fotografías encastradas o forrando cualquier objeto imaginable, y aún creo que faltaban por exponer, pero la superficie del anuncio tenía un límite. Mientras seguía caminando me dediqué a pensar qué podía significar eso de personalizar materialmente tu mundo, y no se me ocurría otra cosa que imaginar a alguien guapísimo, dueño de un ombligo gigantesco, autoreproduciéndose gráficamente en llaveros, paredes o cisternas, en cualquier posición y desde cualquier perspectiva con la intención de no perderse en ningún momento de vista, lo que me parecía algo abrumador y hasta tormentoso, sobre todo cuando hay mañanas que uno ni siquiera tiene ganas de mirarse en el espejo porque entonces saldría corriendo. Luego pensé que esa personalización del mundo se refería a familia y amigos, un circulo un poco más amplio reproducido sin medida y algo aligerado de uno mismo, pero me parecía casi igual; si siempre vemos las mismas caras al final acabaremos aburriéndonos y nuestro mundo se convertirá en lo contrario de un mundo, una pedanía de ningún sitio.

Aunque probablemente habrá mucha gente que opine lo contrario. Para qué ver los caretos de tipos que no conoces, con los que no tienes relación y que tampoco te interesan si con tu propio mundo tienes suficiente -aunque no me negaran que llamar mundo a algo tan limitado tiene su gracia-, no es necesario nada más; la existencia de los otros, con sus problemas y sus posibles interrupciones o intromisiones no deja de ser un engorro, algo así como las noticias cuando, por ejemplo, interrumpen el ruido musical de una emisora de radio, son ganas de arruinarte el día y amargarte la existencia, porque ni te van ni te vienen y cuanto más lejos mejor. Si yo no me meto con nadie que me dejen en paz, y si puedo rodearme únicamente de los míos, de sus caras, sus risas y sus cosas mejor, ¿para qué más?

Poco más que decir. Finiquitado, dicen, el mundo al planeta tierra y su limitada extensión, comprobado y admitido que todo aquello que no nos sea de algún modo útil o conocido, que no se halle en nuestro terruño o tenga relación con él, o que no se parezca de algún modo a lo que ya tenemos o conocemos sencillamente no nos importa, puede desaparecer; como si no existiera porque yo no tengo necesidad de ello. Sin embargo, cuanto más reduzcamos nuestro horizonte más pequeños nos haremos, cuanto más limitemos nuestro conocimiento más ignorantes seremos, cuanto más cerremos nuestro círculo, por ejemplo, a los rostros que constantemente nos rodean, más incomunicados estaremos y más desconfiados nos volveremos. El simple paseo por un lugar que no conoces te ofrece más vida y más mundo que todas las fotografías de las que puedas rodearte.

 

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Z, el hombre perdido

Z, la ciudad perdida es una historia adulta materializada en una excelente película de grano denso y cuidadas imágenes con un acertado y más que convincente elenco, además de un buen montaje apoyado en una escogida escenografía que mantiene con solvencia en alto el interés del espectador hasta el final de la cinta. Acertadamente esbozada y planificada con el conseguido propósito de dar cabida en un metraje estándar a una historia que probablemente daría para muchísimo más, porque son tantos los frentes abiertos para el espectador que resultaría difícil apurar mucho más planos y secuencias con tal de, al menos, rozar cada uno de los matices que sin duda incluye el texto original en el que está basada la película.

Porque Z es algo más que una película de viajes o aventuras, es cine consistente plagado de guiños al buen aficionado que nada tiene que ver con las vulgares y empalagosas golosinas informáticas dirigidas a un público poco exigente que el cine más comercial fabrica informáticamente como churros. Z cuenta una parte de la vida y viajes de Percival Fawcett, explorador de otra época hoy en día irrecuperable, tanto por la casi actual inexistencia de mundos perdidos por descubrir y desvelar como por la exposición en la pantalla de una concepción y sentido de la existencia del hombre en la tierra actualmente desaparecidas, y diría que también abandonadas.

La historia del explorador inglés de principio del siglo XX intenta transmitir al espectador algunas de las claves y maneras de ver la propia existencia individual en función de un entusiasmo viajero convertido en perentorio y vital destino, un estímulo crucial, y diría que primigenio, apoyado en esa necesidad de descubrir que ha mantenido al hombre despierto y en pie siglo tras siglo a lo largo de su historia; obsesionado con un inexplorado y misterioso más allá, que parecía no tener fin, en el que se mezclaban tanto unos intereses imperialistas y comerciales de dominio a gran escala como las aspiraciones más elementales y personales de intentar rebasar los propios límites, incluido un simbólico y aventurero afán de prestigio y reconocimiento social al que solía unirse, es cierto que no siempre, un sincero deseo de comprensión espoleado por esa infinita curiosidad que ha caracterizado a la humanidad desde sus orígenes. Unos anhelos demasiado humanos expuestos al espectador a través de esa fiebre contagiosa por el viaje que en muchos casos es mera voluntad, sentido de compromiso con la misma vida y su permanente abertura al mañana; objetivos o valores que como especie nos han llevado donde hoy estamos, y que, desgraciadamente, también han venido dejando un peaje demasiado caro en forma de violaciones y un sinfín de tropelías cometidas contra nuestros semejantes o cualquier otro impedimento, animal, vegetal o mineral, considerado por principio como mero obstáculo interpuesto en un camino que parecía inacabable; desafortunadamente también bendecido como sagrado en muchas ocasiones. La película también muestra cómo esa fe y esa obsesión viajeras pueden ser transformadas en virtudes y entrañablemente contagiadas o transmitidas a los demás insufladas de un orgullo que se acaba fijando en esa raíz común que los seres humanos compartimos, o compartíamos. Eran otros tiempos, y aunque comprensible, hoy aquella historia no suena igual porque aquel hombre se ha perdido.

Cómo ha cambiado la humanidad desde entonces, antes un padre podía ilusionar a sus vástagos inculcándoles ese apasionamiento por lo desconocido, por comprender, respetar y aceptar todo aquello que uno fuera encontrando a su paso al tiempo que engrandecía el propio corazón dotándolo de una fortaleza indesmayable, en ocasiones casi irracional, también interiorizada como una forma de encontrarse a sí mismo. Empeños e ilusiones que, desgraciadamente, hoy parecen desaparecidas para siempre; en la actualidad cualquier padre de familia desconfía del espíritu y sus fantasmas, de sus retos, conformándose con que sus hijos dispongan de dinero contante y sonante para hacer lo que les guste como sinónimo de buena vida, o que al menos no sucumban a muchos de los vicios, descensos y perdiciones que esta sociedad de consumo impone como trampas castradoras casi definitivas. El resto, eso que se decían logros personales o como especie sobre esta tierra, está desapareciendo, si no lo ha hecho ya. Hoy nos reconocemos en nuestra presente vulgaridad, en la permanente resignación que hemos admitido perseguir y compartir dejando el futuro y las ilusiones para el cielo y los sueños, o para los juguetes, algo que suene así como hasta el infinito y más allá.

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