Pasear

El paseo contiene por principio una variante de distracción que lo hace, si no más interesante -aunque no tiene por qué, se trata de pasear- si más atractivo y entretenido por lo que conlleva de posible descubrimiento para el paseante, protagonista exclusivo que al albur y solaz de sus pasos curiosea por calles y caminos prolongando indefinidamente un tiempo propio valioso por cuanto aporta un plus de distensión indispensable, tanto por su mismo disfrute como por el beneficio de esa tregua o intermedio antes de afrontar nuevas tareas y sus posibles complicaciones. Pasear es, o era, toda una declaración de principios, una actividad en la que primaba el entreacto lúdico o, por contra, una bonita forma de embarcarse en esos necesarios periodos reflexivos o creativos tan vitales y queridos para el propio paseante; pasear también podía convertirse en un auténtico peregrinaje hacia lugares, tanto físicos como del alma, si no recónditos si poco explorados o donde las propias expectativas podían satisfacer cualquier íntima pulsión que no por en apariencia intrascendente dejaba de tener su justo valor.

Tengo que hablar en pasado porque lo que hoy en día mayormente vemos y admitimos como caminar o pasear nada tiene que ver con el entretenimiento, la distracción, el descubrimiento o cualquier tipo de actividad reflexiva, tanto introspectiva como creativa. Pasear se ha convertido en una dura obligación en toda regla, una necesidad impostada nada alegre que tiene más que ver con las apariencias y los demás que con nosotros mismos; pero no son los demás los que nos obligan a ponerla en práctica, nada de eso, sino que somos nosotros los que nos obligamos inducidos por unos modelos urbanos nacidos de la pereza y el aburrimiento, de la falta de curiosidad a la que unas rutinas sociales y de entretenimiento dirigido nos condenan. Entre estas rutinas pasear es una más por la que tampoco conviene preguntarse, ni si apetece, solo que hay que ponerla en práctica cuanto antes porque de lo contrario se corre el peligro de caer irremediablemente enfermo o inevitablemente preso de una obesidad incipiente que tiene de malo lo que nosotros de simples.

Por eso nos hemos habituado a ver a tantas y tantos yendo de acá para allá, bueno, no es precisamente así, lo parece pero es peor, se trata de cumplir a rajatabla itinerarios cerrados en los que no cabe la sorpresa ni la distracción, servidumbres en toda regla que impiden aflojar el paso, detenerse ante un escaparate o una flor, charlar sin prisa con algún conocido dedicado a otras tareas o alterar el recorrido sin un motivo más que justificado, lo que podría traer como consecuencia un final incierto o desconocido que quizás hasta pudiera sorprendernos. Nada de eso, urge de partida y sin concesiones completar el recorrido principal, a buen trote y sin detenciones, ninguna, con paso ligero, la mirada perdida y el gesto entre concentrado y cabreado -por si alguien se atreve a inmiscuirse-; mejor con auriculares -qué de auriculares se venden, menudo negocio- para que así no nos distraigan los vulgares ruidos exteriores o las conversaciones ajenas que molestan y cansan. A pasear también se llama ahora hacer ejercicio, ya lo era antes, pero se trataba de una de las gratificaciones secundarias de la propia actividad y no tenía tanto lustre; hoy el ejercicio es la primera opción, la única, y a ser posible aderezada con la mente en blanco o entretenida, con tal de no pensar, con cualquier ruido artificial de significado cero. También existe la opción de vestirse ad hoc, lo que es más difícil de entender, quizás sea que conviene identificarse de antemano con disfraces para la ocasión -en los que suele perderse el sentido del ridículo- con tal de dejar claro cuál es nuestro objetivo y disuadir a propios y extraños. No sé si es nuestra docilidad o nuestra estupidez la que no conoce límites.

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Poder

Hay una escena en la película El instante más oscuro en la que Churchill, camino del gobierno, repasa a sus conciudadanos desde la ventanilla del coche oficial; hombres, mujeres y niños embebidos en sus trabajos y ocupaciones más triviales en ese momento ajenos a lo que se está jugando en el tablero político internacional. Personas de toda clase y condición que por circunstancias de la vida, como suele decirse, habitan y ocupan lugares y posiciones a millas de distancia del poder; un poder al alcance o en las manos de quienes por nacimiento o voluntad lo viven y sienten cercano, y para acceder a él solo tienen que dar el paso y hacerse cargo del mismo en nombre de todos aquellos que, quiéranlo o no, jamás podrán hacerlo. Un paso adelante siempre necesario porque, tal y como sucede en la misma película, puede darse el caso de que ese mismo poder corra el peligro de eternizarse inmovilizado en la egoísta incertidumbre de quienes, priorizando sus propios intereses, miran esa política de forma mezquina y cobarde.

Es cierto que el poder, su ejercicio, es una cuestión tanto de carácter como de voluntad y no todo el mundo sirve para ostentarlo y practicarlo. Habrá quienes zanjen la cuestión afirmando que es imposible separar la política y el poder de los intereses personales, desgraciadamente arrastrados por la torticera conformidad de que eso es lo que todo el mundo ha hecho, hace o haría, como si esta historia que llevamos adelante a su pesar la hubieran sostenido exclusivamente tipos de mirada corta y paso tembloroso, porque entonces no estaríamos donde estamos. Una forma de pensar y actuar de esa parte de la población que prefiere que otros se muevan y quemen mientras ellos aguardan en segundo plano la hora de recoger las migajas o los beneficios. Hoy tal vez cuesta entender que hubo gente que a la hora de gobernar antepuso el bien común por encima del personal, da igual si fue por convencimiento o vocación, y hasta tal punto fueron importantes y cruciales sus decisiones que, desde la perspectiva que conceden los años, su actuación fue vital para el futuro que nosotros disfrutamos ahora; eso es lo que queda, para bien y para mal, aunque las consecuencias de sus actos no fueran para el protagonista del todo afortunadas -Churchill fue rechazado por esa misma población nada más acabar la guerra.

Hasta ese punto llegan los caprichos de una población que pierde la perspectiva demasiado pronto; porque no es el caso de estar eternamente agradecidos y dedicarse a levantar pedestales contra al olvido, sino de aceptar y aplaudir el compromiso común de esos pocos -lo que también vale para el día a día del resto de los mortales- que ven el mundo como su hogar en lugar de como un cajero automático.

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Aviso para navegantes (Ocurrencia)

Uno nunca está con quien cree que está sino con quien está a pesar de lo que uno crea.

 

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Antonio

Suena Kanie West en el coche de regreso al hotel -la facilidad para pasar de un mundo a otro con solo apretar un botón es asombrosa-, ya casi noche cerrada, una oscuridad repleta de nubes que nos han acompañado durante toda la jornada impidiendo que nos detuviéramos en la puesta de sol. A última hora se ha levantado una brisa que animaba a recogerse, despedirnos de Antonio y largarnos al calor de una ducha con la que encarar el resto del día. Siguen sonando los tacos en inglés cuando caigo en la cuenta de que no me he fijado si Antonio disponía de ducha en su precario hogar; probablemente no. Además, aquello de cerrado a cal y canto debe ser en su caso bastante complicado, con tan solo el culo de un bidón repleto de brasas caldeando la primera habitación a la que da acceso la puerta de su casa, el resto de los cuartos o estancias parecerán más bien autopistas por las que circulan a su antojo los vientos del Atlántico.

Allí seguirá, en el centro de la noche otro día más, entreteniendo su soledad con la oscuridad y el permanente ruido de las olas llamando a la puerta, convencido y convincente, amable y solicito a la hora de contar, una vez más, la pequeña historia de su vida a otros paseantes curiosos que se acercaron a preguntar si el pozo construido delante del pequeño porche, a escasos cincuenta metros del mar, era de agua dulce. Claro que sí nos contestó, a veces la marea llega hasta el brocal pero las aguas no se mezclan. Y como, por educación, tocaba, el paso siguiente fue el de invitarnos a entrar y mostrarnos sus posesiones, un pintoresco refugio, morada o residencia levantada a base de retales a caballo entre las dunas y la enorme playa de Doñana: hierro, baldosas de todo tipo, ladrillos encalados, maderas, aluminio, persianas de plástico y probablemente algún que otro pecio o resto que allí cumple con diligencia una función para la que en principio no fue fabricado, un variopinto conjunto coronado por unas placas solares que le suministran electricidad y dan vida a una pequeña televisión plana que en ese momento cuenta historias locales; un auténtico hogar mostrado sin orgullo ni resignación, es lo que hay. Vine aquí en el año 62 y aquí sigo -nos dice-, ganándole poco a poco comodidades a la playa y a ese mar a nuestra espalda, hoy de cuchara, de los que vive; mientras, algún abogado litiga con la Junta tratando de impedir un posible desalojo que se nos antoja completamente innecesario porque probablemente Antonio tiene más derechos y más antiguos sobre aquel pedazo de tierra que las gaviotas y correlimos que deambulan por la playa.

La visita, apremiante por nuestra parte porque no nos podemos quitar la sensación de estar molestando, se lleva a cabo sin prisas por parte Antonio, que sigue contando y respondiendo amablemente a nuestras preguntas, rostro curtido por el sol y el mar, bigote blanco y claro y habla pausada con un ligero acento. Tampoco recuerdo el número de habitaciones, sin puertas, que vamos curioseando con su afable consentimiento, una auténtica miscelánea en la que se multiplican los rincones ocupados por objetos de todo tipo y procedencia abrigados por paredes engalanadas con recuerdos e imágenes religiosas, calendarios de imágenes religiosas y fotografías en blanco y negro y color de ascendientes e hijos que ya apenas vuelven por aquí, esto no es para ellos. Finalmente llegamos a una especie de chamizo al pie de una duna donde duerme un todoterreno del que apenas puede verse una puerta.

También nos cuenta que vinieron a filmar un documental que ahora, cree, están exponiendo en Sevilla. Sigue contestando a nuestras preguntas o mostrándonos una ristra de níscalos de un aspecto excelente que hoy mismo ha cogido de los pinos, su cena o tal vez la comida de mañana, además de la pesca, corvinas o acedías riquísimas -es la temporada-; de eso vive porque ya no está para esfuerzos como los de los coquineros, que acaban con los riñones hechos polvo de arrastrar una y otra vez su botín entre la arena de la playa. Es curioso que sobre cada una de las mesas que ocupan las habitaciones se vean objetos diseminados al azar o por necesidades de una tarea en algún momento interrumpida y que Antonio no tiene prisa por acabar, nadie se lo va a exigir, probablemente se cansa o surge algún que otro apremio y las deja, tal cual estaba, para cuando tenga ganas, o quizás es que simplemente las abandonó allí cuando descargó los bolsillos antes de ponerse a otra cosa; luego volverá a ellas, o más tarde, en su casa nunca estorban.

Toca despedirse y lo hacemos con brevedad, ya hemos molestado bastante y aún nos queda un trecho de oscura playa hasta el coche. A unos pocos metros ya solo podemos distinguir las pequeñas células solares junto al pozo que enmarcan la entrada. Dentro de poco la oscuridad será completa, pero nuestra oscuridad siempre luce adornada de comodidades irrelevantes que nos parecen imprescindibles mientras que la de Antonio, en su voluntaria soledad, probablemente no tanto; la tierra y el mar siempre han sido nuestro hogar y nos han tratado de tú a tú con el mayor de los respetos, esa atención que hemos perdido hacia nosotros mismos.

 

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Querer

Tras el final del último capítulo de la serie Crematorio pensé si ese desenlace era el que, dado el desarrollo y resolución de la misma, tenía que ocurrir, tocaba por capricho del guion o quedaba como el único posible, vista y asumida la sociedad en la que se desarrolla la ficción. Los personajes protagonistas terminan separándose, cada cual por su lado, como consecuencia de un acuerdo tácito común no escrito ni previamente establecido, más bien necesario, que todos aceptan como la mejor solución; acuerdo fruto de unos sentimientos de amistad, cariño y respeto, nunca a partes iguales, que nadie pone sobre la mesa pero que son aceptados de buen grado como evidentes e intocables.

En cada mirada de los protagonistas puede verse sobre todo contención, más que resignación, que también. Cualquier final hubiera sido bueno si con ello se hubiera conseguido disimular, envolver e incluso desconfiar de un cariño todavía latente que, incluso a traición, aún tiene capacidad para mudar la voluntad de cualquiera de los personajes afectando a una inevitable separación que, como espectador integrante de la misma sociedad que se muestra en la serie, parece la más justa. Un desenlace al que estamos más que habituados, otra solución más en la que las vidas individuales se imponen a cualquier querer que tenga que ver con compartir en común y sin distancias de por medio, o con la inconveniente obligación de permanecer juntos, unidos por un amor o un cariño por otra parte tan necesarios. Arduo asunto para unas personas socialmente adiestradas en sentir sus necesidades personales individuales, ya no únicas, sino ineludibles, opción exclusiva más importante o por encima de cualquier otra que tenga como condición unirse o permanecer, un en cierto modo atarse, junto a otro u otros afectados por sentimientos recíprocos similares.

Hemos construido una sociedad que vive y se alimenta de señuelos que más bien parecen falsedades -qué son si no estas fechas, bacanales de consumo apoyadas en un inconsciente colectivo permanentemente culpable por no reparar en los demás lo que debiera mientras, por contra, se exige a sí mismo no necesitarlos como único modo de ser alguien en este mundo-; una sociedad en la que el cariño y la enseñanza del amor a los demás quedan circunscritos exclusivamente a la infancia, educación y prácticas que quienes se dedican a impartir, padres, tutores o maestros de todo tipo, llevan a cabo por propia voluntad y con más o menos convencimiento, pero con la objeción añadida de saber en el fondo que tales “destrezas” no le servirán al futuro adulto para hacerse un hueco en una comunidad que se mueve por otros derroteros, precisamente los contrarios. Una sociedad que ya ha conseguido que cada persona viva y piense de manera individual como única forma de realización, significando compartir más una rémora o dependencia de otro u otros que, por principio, intentarán cortarle las alas a quien, según sus más vivos e íntimos deseos -también falso-, siente una necesidad imperiosa de usarlas sin saber exactamente de qué modo y con qué fin; una necesidad inculcada de múltiples modos que dirige la mente y el comportamiento de cada persona recordándole constantemente que el hecho de querer a otros debe ser siempre subsidiario respecto de la importancia de uno mismo. Ese otro que, salvada la desconfianza o recelo inicial, intentará sistemáticamente retenerte en función de sus propios intereses y, con ello y por norma, perjudicarte, da igual los motivos o su sinceridad, incluido lo que hoy se entiende por amor, término y sentimiento demasiado comprometido que, de partida, parece más castrador que motivo de felicidad.

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Star Wars

 Si eres aficionado al cine sabes que no hay nada como una pantalla grande y una sala oscura, y si además eres seguidor de la serie de George Lucas desde el principio -eran los años setenta del siglo pasado- no puedes dejar de sentir curiosidad por la nueva entrega de la misma, la octava, por lo que a pesar de lo oído, nada bueno, por cierto, pasé por taquilla para verla.

Lo leído sobre la película, a mi pesar y en general, no era para tirar cohetes. Hubo críticos que se durmieron, no sé si por la edad o por que la película fuera realmente mala, otros hablaban de repeticiones y abuso de clichés y hubo alguno que, para vergüenza ajena, se quedó sin babas en favor de la película, probablemente alguien torticeramente pagado por la distribuidora de la misma -¡bendito Disney!

Pero quizás la mejor crítica de la película la hizo mi propio hijo al salir de la sala de cine. Él sí tenía interés e ilusión por verla y sus primeras palabras, ya en la calle, fueron que con ella habían matado la ilusión y las ganas de disfrutar de tantos aficionados que, como él, saldrían decepcionados. Necesitan un guionista nuevo, me decía, alguien de fuera que no conozca nada de la serie y escriba un guion a partir de lo poco que queda. Para él no era admisible que con tanta gente esperando e ilusionada por seguir las aventuras de sus héroes, hubiera que soportar tanta incompetencia -de guionista, director, productor o distribuidor- a la hora de fabricar un producto de tan escasa calidad.

Porque después de una primera hora aceptable en la que hay motivos suficientes para levantar algunas expectativas de que aquello aparezca interesante e incluso mejore, luego todo el tinglado acaba derrumbándose de forma estrepitosa, convirtiéndose en un rutinario ejercicio de aburrimiento con unos protagonistas desorientados o directamente desaparecidos, sin guion que seguir y sin futuro; una lúgubre exhibición de efectos especiales e incompetencia cinematográfica.

Concluyendo, o viene alguien con la inteligencia y la imaginación suficiente y levanta la serie o STAR WARS está definitivamente, si no lo estaba ya, muerta. Solo queda un negocio de merchandising que puede durar lo que al inversor de turno le apetezca.

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Seres vivos

Parece ser que el Congreso ha aprobado una nueva ley que considera a los animales como seres vivos (?) en lugar de cosas; con ello nos ponemos a la altura de los países civilizados de nuestro entorno que ya tienen en vigor leyes semejantes como signo evidente de modernidad. En esa ley también se tienen en cuenta los casos de separación -la noticia no especificaba si entre animales, personas o entre personas y animales-, entonces el señor juez dispondrá de un régimen de visitas y una tutela emocionalmente necesarios, supongo que para el animal ¿o no? Lo de las emociones me parece curioso, porque debe ser emocionalmente muy interesante que la misma persona que sufre porque no puede ver a su perrito -¿o el que sufría era el perrito?- pase olímpicamente de quienes no tienen para comer, viven en la calle o son apaleados por cuatro desalmados porque les apetece. Claro, en ese caso sería meterse nada respetuosamente donde no le llaman, o tal vez sea que ellos mismos se lo buscaron, ya son mayorcitos para elegir las amistades con las que se pasa el día. Además, en lo referente a las personas hablamos de adultos hechos y derechos, y en cuanto a los animales, pobres e indefensos, hablamos de seres vivos que viven sojuzgados por los caprichos de las personas. Llega un momento en el que el discurso se hace bastante oscuro, ridículo e incluso surrealista. Pero los animales son animales desde siempre, creo, y dentro de sus condiciones naturales ellos lo saben y como tal se comportan, luego deberían ser tratados como animales y no ser humanizados porque ellos jamás lo entenderían, ya que hacerlo sería ir contra su propia constitución animal. Qué follón.

No sé si la mencionada ley explica o justifica eso de llevar algo o a alguien -ya no sé cuál es el estatus del bicho- atado del cuello, constantemente tironeado e imposibilitado de hacer lo que, como animal, le apetece, además de obligado a seguir las rutinas y carencias humanas de un propietario al que le importan un pepino las necesidades animales de un cerebro animal. Pero, el caso es que este nuevo ser vivo pertenece a, luego su voluntad queda, de hecho, sometida a la de un humano -se supone que intelectualmente adulto- o simplemente no existe. Claro, este mismo humano, que humanamente sabe de comportamientos humanos de un animal que, por otra parte, no tiene ni idea, ni falta que le hace, de comportamientos humanos, puede traer y llevar a su antojo lo que antes era una cosa y ahora es un animal, antes objeto y ahora ser vivo, y éste, el nuevo ser vivo, debe humanamente entender, porque para eso es considerado un ser vivo, que su propietario, su dueño, quien manda en su voluntad, sabe más que él de sus necesidades y puede tenerlo encerrado el tiempo y en el lugar que le dé la gana o impedirle corretear a su antojo, circunstancias humanamente entendibles pero animalmente difíciles de aceptar; eso es lo que el cerebro animal precisamente tiene que reconocer y asimilar, porque siempre será por su bien, por eso debe comportarse dócilmente dentro de su nueva situación, es decir, aceptar como inevitables o normales las arbitrariedades y carencias, o los lujos, de un dueño que, como humano que se preocupa por los sentimientos humanos de un animal, conoce mejor que nadie sus propias urgencias -las del nuevo ser vivo. Por eso el ahora ser vivo debe hacer un esfuerzo de buena voluntad y aplicarse en las preocupaciones humanas. La cosa se confunde cada vez más.

En fin, ha costado lo suyo admitir lo que ya el señor Disney nos venía diciendo desde hace tiempo con su invento de humanizar a los animales de forma pastelera y cruel -para los propios animales-, reduciendo al hombre a unos caracteres simples e infantiles e imponiendo unos esquemas mentales tremendamente básicos en los que la inteligencia quedaba relegada al lado de los malos. Si la supuesta, maltratada y cada vez peor considerada inteligencia humana no da para ponerse a la altura de, por ejemplo, un perro que solo entiende de manadas, jerarquías y líderes y asume como natural su posición respecto de la misma, y se dedica a manipular los instintos más básicos del animal obligándole a comportarse y hacer cosas que nada tienen que ver con su naturaleza, no estamos tratando con un animal sino con una cosa a la que manejamos a nuestro capricho, sin que nos preocupe ni nos importe el respeto hacia su propia constitución.

 

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Fechas

Las fechas supongo, la misma explicación de cada año para idéntica imagen. Lo corrobora algún camarero, ya más calmado, en ese momento en el que el local puede lucir las paredes y el aire comienza a correr entre las mesas todavía por limpiar y preparar para la cena; después de unas horas de no parar, algo más de la última media con nosotros como testigos, ahora por fin sentados y sin prisa porque nos han aconsejado que no la tengamos puesto que no cierran después de la comida.

Aunque la explicación pueda ser válida y las fechas justifiquen, como de costumbre, tal avalancha de visitantes, curiosos y gente sin nada mejor que hacer que echarse a la calle y deambular abrigada y aburrida, hay ocasiones en las que el calendario no enmarca todo lo que puede verse. No están las tiendas tan llenas como debiera, la mayoría curiosea entre percheros, estantes y mostradores con tal de quitarse un poco del frío de la calle, no se ven muchos cargando con bolsas, la proporción es más bien mínima, tampoco hay prisas o interés por llegar, ni siquiera a la siguiente parada de metro o autobús o hasta el parking donde debe aguardar el vehículo. De pronto la fila se ensancha y apelotona sin un motivo aparente, no sucede nada extraordinario ni se oye alguna sirena por la que preocuparse; la explicación no tarda en llegar, fácil, la pequeña aglomeración no se junta en exceso porque hay que dejar espacio para el teléfono móvil, lo han adivinado, un selfi multiplicado y como motivo común la misma fachada, escaparate, cruce o adorno navideño inmortalizado hasta el minuto siguiente como fondo de pantalla, relleno de galería o imagen de wasap enviada de inmediato a cualquier parte del planeta.

Hay más despreocupación y aburrimiento en los rostros que alegría, más atención al no perderse que al vamos allí o mira aquello, más monotonía en los pasos que viveza por llegar, más demora que precipitación, más desidia que interés; más cansancio en los gestos que emoción o sorpresa, más rutina que entusiasmo o novedad, tan solo los niños, al parecer la única parte viva y expectante de esa multitud yendo y viniendo. Las mismas prendas de abrigo multiplicadas en cada calle, gorros similares y otras tantas narices pegadas a escaparates y puertas acristaladas, atentas a lo que ven o sucede al otro lado, impedidas o tal vez soñando con ser uno de los de dentro, como si lo que ocurre tras la fría lámina de vidrio no fuera para ellos y su sitio estuviera en la calle. Probablemente también muchos han comido o comerán rápido y a ser posible barato, o lo que sea, antes de ponerse nuevamente en manos del azar con tal de alargar el día hasta la hora de la merienda o cena; y después el regreso al hotel donde descansar hasta la mañana siguiente, o la vuelta al vehículo y por fin retornar a la comodidad del hogar en el que, ahí sí, todo tiene un sentido y un porqué que no es necesario volver a considerar o renovar, es aquello que nos espera, lo conocido, la guarida en la que cobijarse hasta que toque salir nuevamente, quien sabe si esta vez por algo concreto o por otra rutina de las que traen estas fechas, otra ceremonia con la que hacer honor al paso del tiempo.

 

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Hercules Poirot

Afirma el famoso investigador Hercules Poirot, protagonista de la última película de Kenneth Branagh –Asesinato en el Orient Express-, que la clave del éxito de sus investigaciones es algo tan aparentemente sencillo como la observación metódica y escrutadora del mundo que le rodea. Para él cada persona y objeto de los que pueblan la realidad, tanto la suya como la de los casos en los que interviene, ocupa un lugar preciso y muestra una posición determinada, desde el nudo de una corbata, recto y bien hecho, hasta la forma en la que un cristal se rompe. Ese es su secreto, puesto que posee la capacidad de advertir al instante, con solo un vistazo, qué es aquello que aparece descolocado o no ocupa su lugar, se echa en falta donde corresponde o sorprende en otro sitio que no conviene a su naturaleza o al porqué de su existencia.

Afortunadamente, Hercules Poirot también sabe y entiende, aunque reconoce que le cuesta aceptarlo, que hay situaciones extraordinarias en las que los comportamientos humanos no se corresponden con los previsibles, adecuados, convenientes o justos, dando lugar a sucesos y situaciones anómalas o que alteran el orden natural de los acontecimientos, o los modifican sustancialmente. Ese azar, incertidumbre o imprevisibilidad humana, como elementos y circunstancias que, juntas o por separado, intermedian en los hechos y escenarios en los que el hombre tiene que ver o directamente interviene, obligan en alguna que otra ocasión, aún a su pesar, a ser en cierto modo indulgente y no excederse en la determinación y carácter irreversible de sus conclusiones, ya que seguirlas a rajatabla conllevaría menospreciar esa cualidad, gracia, o admirable corazón que hacen del hombre algo tan valioso y fuera de razón. En ese caso, el ordenamiento tan necesario para el buen desarrollo y armonía de las relaciones humanas puede ser extraordinariamente obviado, temporalmente suspendido e incluso subvertido en aras de un futuro y un mundo previsiblemente mejores.

Es entonces cuando el concienzudo investigador Hercules Poirot se hace a un lado, o se excusa; o simplemente desaparece por las buenas, ya que su meticulosidad y estricto sentido del deber serían contraproducentes o funcionarían como una desafortunada inconveniencia, un exceso de celo. Porque cabe la posibilidad de que lo que en principio fue la brillante resolución de otro caso más permanezca en la memoria de las personas implicadas o afectadas como la desgraciada consecuencia de la obsesión de un detective, un empeño inconveniente, demasiado estricto o simplemente egoísta. Resolución que, no obstante dar carpetazo al caso, ya no puede alterar el desarrollo y resultado final de lo sucedido y si provocar, casi con toda seguridad, más perjuicios y personas desgraciadas que beneficios futuros.

Aunque no todos sabemos o disponemos de la agudeza necesaria para advertir cuando nuestra palabra, consejo o presencia han de hacerse respetuosamente a un lado y tratar de pasar desapercibidos. Otro buena película que se mueve por derroteros similares es Gone Baby Gone -en España Adiós, pequeña, adiós. La sensación que le queda al espectador después de verla nunca es del todo satisfactoria.

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Violan

I think we are in rats’ alley

Where the dead men lost their bones.

T. S. Eliot (The Waste Land)

 

Violan esas cariñosas madres que malcrían pequeños reyezuelos egoístas, fanfarrones e incompetentes para lo que no sea su propia vanidad, machitos empeñados en competiciones estériles fomentadas por adultos venidos a menos; mamás que luego babearan sobre lo guapos que lucen sus niños ya creciditos acompañados por “pivones” de bandera.

Violan esos padres vencidos y orgullosos en precario cuando delegan esperanzados su masculinidad en niños atolondrados convertidos en una inversión de futuro con una única rentabilidad: un trabajo bien pagado, como sinónimo de triunfo y poder, y dos extras obligados: un buen coche y una buena tía.

Viola sistemáticamente una sociedad levantada a partir de un consumo indiscriminado y su inevitable bastarda, una publicidad empeñada en injertar desde la cuna unos roles definitorios y definitivos que se perpetuarán como dolorosas frustraciones.

Violan esas feministas recalcitrantes que entienden su negocio como un mero cambio de poder consistente en ostentar una violencia castradora y machista esgrimida contra sus detentadores originales. Si ya es detestable en origen qué decir de tan insensata perversión.

Violan cada día esas mujeres anuncio que consideran un derecho realizarse económicamente a cambio de calderilla, supuesta realización que no es más que una humillación pública que de inmediato modifica su presencia en este mundo convirtiéndolas en objeto de deseo, momento en el que dejan de ser personas y pasan a convertirse en moneda de intercambio o en carne de simple y salaz consumo.

Violan, en fin, todas esas mujeres que viven y votan como un ciudadano más en un mundo de hombres cuando lo primero que deberían hacer es vivir y votar como lo que son: mujeres.

…

Violan trágicamente esos homicidas que en la ignorancia de su infinita soledad un día advierten que la cuidadora-meretriz con la que convivían es una mujer que piensa como tal y desea, aunque muchas veces tarde, vivir como tal.

Violan de forma física y cruel esos machos repugnantes, mamarrachos con el cerebro en el rabo arropados por una sociedad que fomenta, acoge y celebra sus borracheras.

Violan, por último, todos los hombres cuando… ¿pero todavía hay alguien que no se haya enterado?

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