Seres vivos

Parece ser que el Congreso ha aprobado una nueva ley que considera a los animales como seres vivos (?) en lugar de cosas; con ello nos ponemos a la altura de los países civilizados de nuestro entorno que ya tienen en vigor leyes semejantes como signo evidente de modernidad. En esa ley también se tienen en cuenta los casos de separación -la noticia no especificaba si entre animales, personas o entre personas y animales-, entonces el señor juez dispondrá de un régimen de visitas y una tutela emocionalmente necesarios, supongo que para el animal ¿o no? Lo de las emociones me parece curioso, porque debe ser emocionalmente muy interesante que la misma persona que sufre porque no puede ver a su perrito -¿o el que sufría era el perrito?- pase olímpicamente de quienes no tienen para comer, viven en la calle o son apaleados por cuatro desalmados porque les apetece. Claro, en ese caso sería meterse nada respetuosamente donde no le llaman, o tal vez sea que ellos mismos se lo buscaron, ya son mayorcitos para elegir las amistades con las que se pasa el día. Además, en lo referente a las personas hablamos de adultos hechos y derechos, y en cuanto a los animales, pobres e indefensos, hablamos de seres vivos que viven sojuzgados por los caprichos de las personas. Llega un momento en el que el discurso se hace bastante oscuro, ridículo e incluso surrealista. Pero los animales son animales desde siempre, creo, y dentro de sus condiciones naturales ellos lo saben y como tal se comportan, luego deberían ser tratados como animales y no ser humanizados porque ellos jamás lo entenderían, ya que hacerlo sería ir contra su propia constitución animal. Qué follón.

No sé si la mencionada ley explica o justifica eso de llevar algo o a alguien -ya no sé cuál es el estatus del bicho- atado del cuello, constantemente tironeado e imposibilitado de hacer lo que, como animal, le apetece, además de obligado a seguir las rutinas y carencias humanas de un propietario al que le importan un pepino las necesidades animales de un cerebro animal. Pero, el caso es que este nuevo ser vivo pertenece a, luego su voluntad queda, de hecho, sometida a la de un humano -se supone que intelectualmente adulto- o simplemente no existe. Claro, este mismo humano, que humanamente sabe de comportamientos humanos de un animal que, por otra parte, no tiene ni idea, ni falta que le hace, de comportamientos humanos, puede traer y llevar a su antojo lo que antes era una cosa y ahora es un animal, antes objeto y ahora ser vivo, y éste, el nuevo ser vivo, debe humanamente entender, porque para eso es considerado un ser vivo, que su propietario, su dueño, quien manda en su voluntad, sabe más que él de sus necesidades y puede tenerlo encerrado el tiempo y en el lugar que le dé la gana o impedirle corretear a su antojo, circunstancias humanamente entendibles pero animalmente difíciles de aceptar; eso es lo que el cerebro animal precisamente tiene que reconocer y asimilar, porque siempre será por su bien, por eso debe comportarse dócilmente dentro de su nueva situación, es decir, aceptar como inevitables o normales las arbitrariedades y carencias, o los lujos, de un dueño que, como humano que se preocupa por los sentimientos humanos de un animal, conoce mejor que nadie sus propias urgencias -las del nuevo ser vivo. Por eso el ahora ser vivo debe hacer un esfuerzo de buena voluntad y aplicarse en las preocupaciones humanas. La cosa se confunde cada vez más.

En fin, ha costado lo suyo admitir lo que ya el señor Disney nos venía diciendo desde hace tiempo con su invento de humanizar a los animales de forma pastelera y cruel -para los propios animales-, reduciendo al hombre a unos caracteres simples e infantiles e imponiendo unos esquemas mentales tremendamente básicos en los que la inteligencia quedaba relegada al lado de los malos. Si la supuesta, maltratada y cada vez peor considerada inteligencia humana no da para ponerse a la altura de, por ejemplo, un perro que solo entiende de manadas, jerarquías y líderes y asume como natural su posición respecto de la misma, y se dedica a manipular los instintos más básicos del animal obligándole a comportarse y hacer cosas que nada tienen que ver con su naturaleza, no estamos tratando con un animal sino con una cosa a la que manejamos a nuestro capricho, sin que nos preocupe ni nos importe el respeto hacia su propia constitución.

 

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Fechas

Las fechas supongo, la misma explicación de cada año para idéntica imagen. Lo corrobora algún camarero, ya más calmado, en ese momento en el que el local puede lucir las paredes y el aire comienza a correr entre las mesas todavía por limpiar y preparar para la cena; después de unas horas de no parar, algo más de la última media con nosotros como testigos, ahora por fin sentados y sin prisa porque nos han aconsejado que no la tengamos puesto que no cierran después de la comida.

Aunque la explicación pueda ser válida y las fechas justifiquen, como de costumbre, tal avalancha de visitantes, curiosos y gente sin nada mejor que hacer que echarse a la calle y deambular abrigada y aburrida, hay ocasiones en las que el calendario no enmarca todo lo que puede verse. No están las tiendas tan llenas como debiera, la mayoría curiosea entre percheros, estantes y mostradores con tal de quitarse un poco del frío de la calle, no se ven muchos cargando con bolsas, la proporción es más bien mínima, tampoco hay prisas o interés por llegar, ni siquiera a la siguiente parada de metro o autobús o hasta el parking donde debe aguardar el vehículo. De pronto la fila se ensancha y apelotona sin un motivo aparente, no sucede nada extraordinario ni se oye alguna sirena por la que preocuparse; la explicación no tarda en llegar, fácil, la pequeña aglomeración no se junta en exceso porque hay que dejar espacio para el teléfono móvil, lo han adivinado, un selfi multiplicado y como motivo común la misma fachada, escaparate, cruce o adorno navideño inmortalizado hasta el minuto siguiente como fondo de pantalla, relleno de galería o imagen de wasap enviada de inmediato a cualquier parte del planeta.

Hay más despreocupación y aburrimiento en los rostros que alegría, más atención al no perderse que al vamos allí o mira aquello, más monotonía en los pasos que viveza por llegar, más demora que precipitación, más desidia que interés; más cansancio en los gestos que emoción o sorpresa, más rutina que entusiasmo o novedad, tan solo los niños, al parecer la única parte viva y expectante de esa multitud yendo y viniendo. Las mismas prendas de abrigo multiplicadas en cada calle, gorros similares y otras tantas narices pegadas a escaparates y puertas acristaladas, atentas a lo que ven o sucede al otro lado, impedidas o tal vez soñando con ser uno de los de dentro, como si lo que ocurre tras la fría lámina de vidrio no fuera para ellos y su sitio estuviera en la calle. Probablemente también muchos han comido o comerán rápido y a ser posible barato, o lo que sea, antes de ponerse nuevamente en manos del azar con tal de alargar el día hasta la hora de la merienda o cena; y después el regreso al hotel donde descansar hasta la mañana siguiente, o la vuelta al vehículo y por fin retornar a la comodidad del hogar en el que, ahí sí, todo tiene un sentido y un porqué que no es necesario volver a considerar o renovar, es aquello que nos espera, lo conocido, la guarida en la que cobijarse hasta que toque salir nuevamente, quien sabe si esta vez por algo concreto o por otra rutina de las que traen estas fechas, otra ceremonia con la que hacer honor al paso del tiempo.

 

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Hercules Poirot

Afirma el famoso investigador Hercules Poirot, protagonista de la última película de Kenneth BranaghAsesinato en el Orient Express-, que la clave del éxito de sus investigaciones es algo tan aparentemente sencillo como la observación metódica y escrutadora del mundo que le rodea. Para él cada persona y objeto de los que pueblan la realidad, tanto la suya como la de los casos en los que interviene, ocupa un lugar preciso y muestra una posición determinada, desde el nudo de una corbata, recto y bien hecho, hasta la forma en la que un cristal se rompe. Ese es su secreto, puesto que posee la capacidad de advertir al instante, con solo un vistazo, qué es aquello que aparece descolocado o no ocupa su lugar, se echa en falta donde corresponde o sorprende en otro sitio que no conviene a su naturaleza o al porqué de su existencia.

Afortunadamente, Hercules Poirot también sabe y entiende, aunque reconoce que le cuesta aceptarlo, que hay situaciones extraordinarias en las que los comportamientos humanos no se corresponden con los previsibles, adecuados, convenientes o justos, dando lugar a sucesos y situaciones anómalas o que alteran el orden natural de los acontecimientos, o los modifican sustancialmente. Ese azar, incertidumbre o imprevisibilidad humana, como elementos y circunstancias que, juntas o por separado, intermedian en los hechos y escenarios en los que el hombre tiene que ver o directamente interviene, obligan en alguna que otra ocasión, aún a su pesar, a ser en cierto modo indulgente y no excederse en la determinación y carácter irreversible de sus conclusiones, ya que seguirlas a rajatabla conllevaría menospreciar esa cualidad, gracia, o admirable corazón que hacen del hombre algo tan valioso y fuera de razón. En ese caso, el ordenamiento tan necesario para el buen desarrollo y armonía de las relaciones humanas puede ser extraordinariamente obviado, temporalmente suspendido e incluso subvertido en aras de un futuro y un mundo previsiblemente mejores.

Es entonces cuando el concienzudo investigador Hercules Poirot se hace a un lado, o se excusa; o simplemente desaparece por las buenas, ya que su meticulosidad y estricto sentido del deber serían contraproducentes o funcionarían como una desafortunada inconveniencia, un exceso de celo. Porque cabe la posibilidad de que lo que en principio fue la brillante resolución de otro caso más permanezca en la memoria de las personas implicadas o afectadas como la desgraciada consecuencia de la obsesión de un detective, un empeño inconveniente, demasiado estricto o simplemente egoísta. Resolución que, no obstante dar carpetazo al caso, ya no puede alterar el desarrollo y resultado final de lo sucedido y si provocar, casi con toda seguridad, más perjuicios y personas desgraciadas que beneficios futuros.

Aunque no todos sabemos o disponemos de la agudeza necesaria para advertir cuando nuestra palabra, consejo o presencia han de hacerse respetuosamente a un lado y tratar de pasar desapercibidos. Otro buena película que se mueve por derroteros similares es Gone Baby Gone -en España Adiós, pequeña, adiós. La sensación que le queda al espectador después de verla nunca es del todo satisfactoria.

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Violan

I think we are in rats’ alley

Where the dead men lost their bones.

T. S. Eliot (The Waste Land)

 

Violan esas cariñosas madres que malcrían pequeños reyezuelos egoístas, fanfarrones e incompetentes para lo que no sea su propia vanidad, machitos empeñados en competiciones estériles fomentadas por adultos venidos a menos; mamás que luego babearan sobre lo guapos que lucen sus niños ya creciditos acompañados por “pivones” de bandera.

Violan esos padres vencidos y orgullosos en precario cuando delegan esperanzados su masculinidad en niños atolondrados convertidos en una inversión de futuro con una única rentabilidad: un trabajo bien pagado, como sinónimo de triunfo y poder, y dos extras obligados: un buen coche y una buena tía.

Viola sistemáticamente una sociedad levantada a partir de un consumo indiscriminado y su inevitable bastarda, una publicidad empeñada en injertar desde la cuna unos roles definitorios y definitivos que se perpetuarán como dolorosas frustraciones.

Violan esas feministas recalcitrantes que entienden su negocio como un mero cambio de poder consistente en ostentar una violencia castradora y machista esgrimida contra sus detentadores originales. Si ya es detestable en origen qué decir de tan insensata perversión.

Violan cada día esas mujeres anuncio que consideran un derecho realizarse económicamente a cambio de calderilla, supuesta realización que no es más que una humillación pública que de inmediato modifica su presencia en este mundo convirtiéndolas en objeto de deseo, momento en el que dejan de ser personas y pasan a convertirse en moneda de intercambio o en carne de simple y salaz consumo.

Violan, en fin, todas esas mujeres que viven y votan como un ciudadano más en un mundo de hombres cuando lo primero que deberían hacer es vivir y votar como lo que son: mujeres.

Violan trágicamente esos homicidas que en la ignorancia de su infinita soledad un día advierten que la cuidadora-meretriz con la que convivían es una mujer que piensa como tal y desea, aunque muchas veces tarde, vivir como tal.

Violan de forma física y cruel esos machos repugnantes, mamarrachos con el cerebro en el rabo arropados por una sociedad que fomenta, acoge y celebra sus borracheras.

Violan, por último, todos los hombres cuando… ¿pero todavía hay alguien que no se haya enterado?

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Futuros

Empujamos la puerta del bar, uno de los muchos que se multiplican en una ciudad dormitorio cualquiera, el que quedaba más a mano a la hora de entretener el tiempo con un café; no conocíamos el barrio en el que estábamos ni la calle en la que esperábamos. Una vez dentro resultaba imposible saber si la oscuridad del local, a esas horas de una soleada mañana de invierno, provenía de la umbría que ensombrecía la acera y casi toda la calle o la destilaban los numerosos objetos apilados junto a las paredes sin dejar ningún rincón libre, a lo que añadir una abigarrada decoración que escalaba los altos tabiques hasta llegar al techo; sillas, taburetes, mesas, neveras, cajas de bebidas, lo que parecían trofeos o adornos de caza y numerosas cartas y carteles, algunos indefinibles, llenando también los huecos entre las altas ventanas.

De la oscuridad de la barra surgieron una mujer madura, bajita y de pelo rubio y un muchacho muy joven y bien parecido que en circunstancias normales debería haber estado estudiando lo que el día de mañana podría ser su futuro. Madre e hijo en una mañana de martes cualquiera en un bar cualquiera de una ciudad cualquiera, madre e hijo hundidos en aquella lóbrega negrura, probablemente de su propiedad, ajenos a la espléndida luz con la que un duro sol de invierno compensaba el frío matutino. Durante el tiempo que permanecimos tomando nuestros respetivos cafés no deje de pensar en la suerte del muchacho, en la que en la actualidad parecía su vida, circunstancia que tal vez él mismo consideraba pasajera diciéndose mil veces que estaba allí de paso, hasta encontrar algo mejor, sin ni siquiera valorarlo como futuro; un hipotética eventualidad que al menor descuido amenazaba con atraparlo de forma definitiva en la oscuridad de un bar de barrio repleto de pinchos y aperitivos que lucen mustios y apelotonados y vienen sobrando de un día para otro.

Hay futuros que no parecen de este mundo, o precisamente sí, porque están en este mundo, el inconveniente es que desgraciadamente el futuro no siempre trae de la mano horizontes luminosos, prósperos y abiertos. Hoy día, en muchos lugares, más de los que deseáramos, el futuro muestra una pátina de resignación y última oportunidad que descorazonaría al más pintado; sin embargo y en todo caso, no deja de ser un futuro disponible, tal vez el único, para muchos jóvenes que, de lo contrario, ni siquiera estarían apostando por vivir. De pronto, cuando empujas la puerta de uno de tantos bares de barrio con los que cada día tropezamos en cualquier pueblo o ciudad de este país y ves detrás de la barra una cara joven, piensas en el futuro como una solución precipitada, y en ocasiones única, de la que es imposible extraer la tremenda decepción de sus limitaciones; porque el futuro, ese que nos hemos acostumbrado a considerar y admitir como tal, no debería contener limitaciones, aunque nos haya elegido antes que nosotros a él.

 

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Imágenes

¿Por qué en muchas de las imágenes de identificación de usuarios de WhatsApp, casados o con pareja, aparecen hijos o nietos? ¿Significa eso que las correspondientes parejas desgraciadamente han fallecido o, en cambio, no importan tanto porque, por ejemplo, son el inevitable peaje que exige cualquier descendencia, luego convertido/a en estorbo; una antigua y desafortunada elección a la que ya es suficiente con soportar cada día en vivo y en directo, un arrepentimiento permanente que no merece aparecer en la imagen que uno pretende dar de sí porque si los vieran…? ¿No es la pareja la primera elección, la más personal, de la que uno o una habría de estar orgulloso puesto que dice casi todo de nosotros? ¿Y no deberíamos liberar a nuestros descendientes de la pesada carga de nuestras dudas y/o fracasos sentimentales? ¿Qué diría uno de esos orgullosos padres y madres, o abuelos y abuelas, si ante su vanidosa y voluntaria exhibición pública de descendencia alguien comentara, por ejemplo, si no le da vergüenza haber parido caretos tan feos? ¿Se ofendería? ¿Por qué creemos que los demás han de aceptar sin comentarios ese pueril y a veces ridículo exhibicionismo? Además, sin el consentimiento de los protagonistas.

¿Por qué atrae irse poco a poco muriendo en las imágenes de hijos y nietos sin su permiso? ¿Qué dice eso de los adultos? Porque no son trofeos, ni se trata de más o menos amor o cariño -no es el lugar adecuado-; esas demostraciones, por llamarlas de algún modo, no nos convertirán en mejores personas ni justificarán nuestros errores, ni nos harán más dignos de atención o respeto; suenan más a deserciones, en algunos casos casi desesperadas, confesiones por la puerta de atrás que no traen más calma y tampoco valen como solución.

¿Dónde estábamos?

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Sensibilidades

Ha hecho buen tiempo y aunque fuera Octubre y según la costumbre y época del año las temperaturas deberían haber sido frescas con tendencia al frío sin embargo no había nada mejor que coger el coche y salir pitando a la playa como si fuera verano porque apetecía y aunque no les pareciera del todo bien a esa insistente caterva de expertos y agoreros empeñados en amargar la fiesta a los demás vía sus permanentes sermones con eso del calentamiento global del que pocos más que ellos saben y les resulta difícil demostrar debido a que casi nadie o precisamente nadie dispone de una estadística fiable de los posibles comportamientos y reacciones del planeta a lo que milenio tras milenio viene sucediendo en su siempre cambiante y golpeada corteza permanentemente ocupada por millares o millones de especies vegetales y animales que van y vienen sin cesar de reproducirse y mutar dando paso a otras nuevas también dedicadas a ocupar un espacio concreto o deambular de aquí para allá hoyando una antigua y siempre cambiante superficie que se transforma y en ocasiones colapsa indiferente a sus ocupantes que en nuestro caso suman el maravilloso progreso o descubrimiento de la consciencia de nuestra temporalidad y su sometimiento al poco tiempo disponible para sentirla y hacerla satisfactoria sin que en principio nos preocupe su predeterminado y animal fin que en cierto modo nos obliga a decidir sobre la marcha y disfrutar cuanto podamos o queramos sin que tampoco importen esos semejantes a los que les da por sentirse de algún modo responsables de lo que otros según ellos más alocados o inconscientes le están haciendo al planeta con su incesante y voraz consumo sin fin frente al cual no les queda más remedio que dedicarse a reprimir y censurar a todo aquel que puede divertirse y disfrutar afeándoles su irreflexivo comportamiento con su propia y temporal casa mientras amenazan con que el futuro del planeta depende precisamente de lo que cada cual haga con su existencia y los baños a destiempo en Octubre siempre ajenos a nuestra propia insignificancia y la palmaria evidencia de que el presente y futuro de este planeta ya lo predijo Dios dejándonos en él a nuestro albur algo preocupado por nuestra indolencia y nada por una intrascendencia como especie que poco o nada puede hacer respecto de sus designios a pesar y en contra de tanto purista soberbio que se considera y valora por encima del Creador atreviéndose a señalar a quienes según ellos no son lo suficientemente responsables y pesimistas y piensan y actúan según sus pasajeros caprichos de inmediato tachados de poco o nada solidarios también con el resto de los ocupantes de esta tierra además de hacerles responsables de la miseria de ese millonario porcentaje de habitantes con menos poder adquisitivo que probablemente haría si pudiera lo mismo que ellos y más pronto que tarde llegará el día en el que una gran mayoría pueda hacerlo aunque tengan que aguantar a otros congéneres concienciados igual de pesados calentándoles la cabeza con la misma o aún si cabe más apocalíptica insistencia porque no tienen nada mejor que hacer que entretener su aburrimiento y escasa imaginación fijándose y afeándole a sus semejantes que no piensen en el futuro de sus hijos y el planeta que les están dejando como si a cada cual le preocupara el mañana cuando lo que cuenta es lo que puedas vivir hoy y los que vengan detrás que arreen.

 

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Sentimientos

“No se puede jugar con los sentimientos de la gente”, volvía a repetir; era la respuesta final cuando la conversación intentaba ir más allá del simple y cauto comentario buscando algo más que una aséptica opinión o el mero salir del paso. Respuesta o sentencia que, en última instancia, dejaba la impresión de ser otro modo de evitar cualquier juicio y con ello echar balones fuera repartiendo culpas entre unos y otros y eximiendo de toda a sus paisanos, víctimas finales de todo lo que estaba sucediendo últimamente en su ciudad, Barcelona. Afirmación que, dicha en un tono entre definitivo y solemne, parecía casi como mentar a la madre, un punto y aparte en el que detenerse porque no había nada más que decir, o, yendo más allá, porque no se sabía o quería, cerrando de ese modo el paso a una opinión más que, a partir de cualquier otro u otros supuestos, incluso más sensatos o razonables, pudiera dar al traste con la coartada de los sentimientos y demostrar que esa versión o punto de vista, como último intento de justificar o zanjar las relaciones entre personas de diferentes pareceres, quizás venga bien para asuntos amorosos, pero no para cuestiones políticas o sociales, necesitadas del buen juicio y el mejor uso de la razón. También puede ser que eso de los sentimientos, sin dejar de ser cierto, viene bien como excusa cuando no se tiene mucho más que decir, ni se quiere o interesa, sobre todo porque con ello se cierra la puerta a cualquier otro que puede opinar con justa imparcialidad; lo que también puede significar que no se quiere dar el brazo a torcer, evitando o despreciando de ese modo las muchas o pocas razones puestas sobre la mesa, incluidas la verdad o solución que en el fondo todos saben y la parte de los sentimientos no se atreve o no desea reconocer.

Después, todavía con su respuesta o evasiva rondándome en la cabeza, concluía que pretendiendo decirlo todo no decía nada. Sus palabras se parecían más a una cómoda lección aprendida y repetida con la intención de justificar lo injustificable, como es conceder el protagonismo a algo tan voluble y caprichoso como los sentimientos en cuestiones políticas; terreno en el que las pasiones suelen jugar malas pasadas. Si todos sabemos, entendemos, aceptamos y comprendemos los devaneos y problemas que puede provocar el corazón a la hora de enamorarse y cómo cuesta razonar ante ello, no digamos en cuestiones que sobrepasan el ámbito personal y tienen que ver con la vida en común.

Si en cuestiones de amor creo que es mejor seguir al corazón porque en juego hay mucho de uno mismo, en cambio, en el terreno político, donde ha de imperar el acuerdo y la colaboración como elementos fundamentales de convivencia al margen de las emociones estrictamente personales, los sentimientos no son buenos consejeros; pueden ser tan diferentes en cada uno de nosotros que si hubiera que tenerlos en cuenta uno a uno sería imposible la convivencia. En política siempre es bueno que prime la razón y la justeza a la hora de organizar una convivencia que inevitablemente nos obliga a dejar a un lado algo de nosotros mismos a cambio de un presente y un futuro más o menos felices o esperanzadores.

 

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Un trenecito…

Un trenecito turístico al uso -del que no recuerdo si incorporaba música ambiente- con el que ocupar y recorrer lo que una persona normal puede hacer andando y sin apenas esfuerzo, dos japonesas disfrazadas de japonesas elegantes en vacaciones consumiendo frenéticamente su tiempo hasta el último rincón y una silla de ruedas eléctrica en la que una señora de mediana edad accede allí donde no podría rodeada de amigos o conocidos dispuestos a echarle una mano con ese plus de esfuerzo y/o maniobrabilidad que el artilugio no puede vencer. Un trenecito turístico inventado para, en este caso, interceptar las estrechas calles de una pequeña y estrecha localidad junto al mar, lo que significa la casi eliminación de los pocos espacios públicos libres que dejan las terrazas y la parafernalia expuesta en los accesos a locales comerciales de todo tipo; dos japonesas con algunos desarreglos de costura persiguiendo las inacabables sugerencias de sus respectivos dispositivos electrónicos sentadas ante una carta de la que eligen al azar por asociación, curiosidad o extrañeza, o tal vez por apetito, y una silla de ruedas eléctrica inventada para facilitar a personas con problemas de movilidad -en este caso no me refiero a las personas del trenecito- el acceso a lugares considerados como derechos y que sus circunstancias físicas particulares no les permiten.

Un trenecito en el que se apretujan parejas de todo tipo, mayormente con exceso de kilos, sin ningún sentido del ridículo y sin que esa especie de transporte les sirva siquiera como experiencia; dos japonesas que hacen como que malcomen sin hambre unos alimentos que se arrugan y enfrían en los platos mientras no dejan de manipular sus teléfonos móviles y una silla de ruedas eléctrica en la que simbólicamente cabemos todos puesto que nos hemos convencido, y como tal lo exigimos, de que merecemos llegar allí donde no necesitamos ni importamos.

Un trenecito turístico pintado de blanco como culminación del entretenimiento viajero, oferta sin demanda dirigida a erráticos turistas hastiados de caminar y mirar sin ver y con tendencia a refugiarse en cualquier artefacto o lugar en el que postergar un poco más el inevitable aburrimiento; dos japonesas que se maquillan, pintan y peinan en la misma mesa en la que sus platos entristecen picoteados al azar mientras piden la cuenta y una mujer en una silla de ruedas eléctrica que conversa animadamente con sus acompañantes tras haber solventado sin esfuerzo la cuesta que accede a otra casa, otro jardín u otro rincón, como tantísimos más, de los que se venden como encantadores.

Un trenecito con el que matar el fastidio que nos abruma cuando viajamos allí donde jamás nos interesó, dos japonesas que pagan la cuenta con billetes nuevos y abandonan el local en dirección a la tienda de souvenires en busca de ídem dejando los platos medio llenos y una silla de ruedas como epítome del triunfo de la técnica sobre la geografía y la imaginación; un triunfo que nos habilita como detentadores exclusivos de derechos y reconvierte una disfunción física o psicológica personal en éxito social.

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Tom Petty

Estos días suena en casa la música de Tom Petty, homenaje obligado después de su muerte el pasado lunes día 2. He buscado entre los vinilos y el más antiguo que tengo suyo es del año 1982, aunque ya lo conocía con antelación, pero por entonces mi salud económica no era muy boyante, por no decir nula, no existía. Así que, puestos a contar, son más de treinta años acompañándome con su música, una música que siempre me dibujaba una sonrisa y mejoraba mi estado de ánimo, sobre todo en esos días en los que uno no sabe dónde poner el huevo.

Su fallecimiento también me ha traído a la memoria algunas discusiones con los amigos de entonces, antes de la famosa movida, discusiones en las que, todavía dominado el panorama musical por los socorridos cantautores -con los que nunca terminé de encajar- yo era más bien un bicho raro que escuchaba blues y rock mayormente cantado en inglés; para algunos de aquellos amigos y/o compañeros de noches y cervezas resultaba difícil de entender tales gustos o aficiones cuando por aquí había tantas cosas por reivindicar mediante la música; y yo colonizado e invadido por música hecha en otros lugares. Pero tal predilección por mi parte tiene otros motivos que ahora no vienen al caso, tal vez en otro momento.

Con uno de aquellos en particular recuerdo algún enfrentamiento, sin llegar a diatriba, más o menos intenso; él, por entonces, reivindicaba a su admirado Lluis Llach, un señor al que Tom Petty no le llegaba ni a la suela de los zapatos; pero la sangre nunca llegó al río, todavía seguimos hablándonos y los cantautores desaparecieron sin pena ni gloria. La tan manida música de los ochenta explotó y yo, además de disfrutarla como el que más, seguí, con los consiguientes altibajos, enganchado a Tom Petty, a sus canciones siempre honestas, sus melodías y sus inconfundibles guitarras que siempre tocaban el punto correcto. Por supuesto mis hijos también lo conocieron cuando llegó el momento, incluso recuerdo algunas vacaciones de verano con el mismo disco de Tom Petty sonando en el coche y discutiendo entre nosotros qué canción poníamos primero, cual repetíamos y si una vez acabado el disco, ahí el acuerdo era general, lo volvíamos a dejar sonar entero.

Tal vez sea una casualidad que precisamente ahora, con su desgraciada muerte haya recordado aquellas insustanciales polémicas de jóvenes. Por cierto, no deja de ser curioso cómo la lóbrega, pretenciosamente introspectiva y ampulosa música del señor Llach ha quedado relegada en el olvido y el tipo deambula hoy reconvertido en santón nacionalista a costa del erario público, amenazando incluso con la extradición a todo aquel que no piense como los suyos… dicen que el tiempo pone a cada cual en su lugar.

Tom Petty ha muerto haciendo lo que siempre hizo, música, con la misma energía e igual de bien, con esa sinceridad y cercanía que impregnaban sus canciones y que hasta hoy siempre me ha acompañado, y lo seguirá haciendo, sobre todo en esos momentos en los que uno necesita un buen amigo al lado o una compañía que te levante el ánimo en otro día gris.

 

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