¿Qué hacen?

Estas cuestiones pueden llegar a solventarse con par de palabras de desprecio, resultar desgraciadamente indiferentes a una gran mayoría que suspirará aliviada por no estar allí en aquel momento o dar pie a hilvanar un largo discurso sin que en el fondo llegáramos a entender tales comportamientos; como probablemente tampoco los entienden los propios implicados, analfabetos funcionales movidos por impulsos cuasi vegetativos que poco o nada tienen que ver con la razón o, cosa mucho más difícil, con alguna cuestión moral. Es el tipo de existencia al que nos vienen adoctrinando, un estar y pasar autista inculcado desde la infancia cuyas mayores destrezas consisten en inhibirnos por propio egoísmo o echar a correr ante cualquier accidente, conflicto o, como en el caso de Barcelona, atentado. O todo lo contrario, porque una vez comprobado que la suerte ha vuelto a sonreírnos y estamos a buen recaudo no tiene sentido largarse a llorar la propia impotencia o cobardía, nada más lejos, es mejor permanecer allí, sórdidamente activados por un desmemoriado inconsciente carroñero que manipulara sin titubeos un teléfono inteligente -desgraciadamente más que el propietario- para grabar lo que pinte y después colgarlo en cualquier red social, o en todas, envanecidos por un rastrero orgullo de secundarios. ¿Por qué alguien decide grabar heridos y cadáveres en lugar de ofrecer su ayuda o quitarse de en medio para que los que sí pueden hacer algo tengan el campo libre?

Llegamos, incluso, a aceptar y cínicamente entender o justificar tales actitudes con la absurda excusa de que están informando ¿a quién? ¿a algún aburrido consumidor de comida e información basura que desde el sofá de su casa pretender satisfacer su permanente inapetencia y pobre imaginación con la sangre y la desgracia de otros? ¿Dónde está el dolor, dónde la vergüenza, dónde el correspondencia moral? ¿o todo se soluciona con un minuto de silencio, unas lágrimas de cocodrilo, unas velas y un corazón pintarrajeado que solo interesan a las televisiones y las redes sociales? Dónde está la sociedad de a pie, la que cada día se responsabiliza de sus actos, la que colabora con los demás, ayuda, hace las calles habitables, piensa en común y, supuesto somos cada vez más en este mundo, elige a representantes que lleven esos mismos valores allí donde se toman las decisiones y con ello evitar tales destrozos.

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Terrazas

Según los expertos la economía de este país va viento en popa, y uno, que no es un experto en datos macroeconómicos, se hace una idea de ello según el número y la superficie de las terrazas. Últimamente, aceras y plazas públicas se vienen convirtiendo en un hervidero de mesas dispuestas para satisfacer a sofocados consumidores necesitados de un refresco que alivie sus prisas, penas y sudores. En algunos sectores se ha interiorizado tan diligentemente eso del pleno empleo que los establecimientos de hostelería se han lanzado a una carrera suicida por conseguirlo ocupando cualquier espacio libre de uso público en el que quepan una mesa y cuatro sillas de plástico, eso sí, con el colaborador y entusiasta beneplácito de los ayuntamientos y el asentimiento por omisión de los vecinos. Por eso, muchos de nuestros quehaceres o paseos cotidianos, cuando la crueldad del calor nos lo permite, se han convertido en una carrera de obstáculos en la que nos vemos obligados a sortear una multiplicación de mesas y sillas que, de no remediarlo otra catástrofe económica o el levantamiento en armas del vecindario contra tal ocupación, acabará invadiendo todo el espacio libre de aceras o plazas públicas.

Este mar de terrazas -como lo califica un amigo- tiene en parte justificación debido a la zona terrestre en la que nos hallamos, lo que, según más expertos, nos obliga a ser un país de los denominados turísticos; calificativo que viene siendo aderezado con sucesivas olas de calor que, cada vez con más frecuencia, estigmatizan o bendicen -según el punto de vista económico- estos meses veraniegos. Otro problema es que tal invasión corra el peligro de extenderse también al resto del año, como así parece vaticinarlo la relajación o permisividad municipal a la hora de conceder las correspondientes licencias -supongo. Con la amenaza o agravante de que, tal y como también viene sucediendo, estas terrazas que ahora parecen temporales y fácilmente esquivables, se conviertan en definitivas vía cualquier tipo de acristalamiento o invento de albañilería metálica. ¿Desaparecerán entonces los espacios públicos para beneficio de hosteleros de todo pelaje?

Tal frenesí invasivo u ocupacional quizás nos haya pillado por sorpresa, probablemente porque como consumidores y usuarios de las mismas no nos hayamos percatado de ello o porque, tan de nuestros problemas, nunca prestamos atención a lo que directamente no nos afecta. Porque también es cierto que esta invasión trae de la mano numerosos puestos de trabajo que, conociendo la esquiva honestidad de los empresarios hosteleros de este país, no lucirán como todos quisiéramos, sobre todo para los explotados e inexpertos empleados que corren y corren para ponerte en la mesa la cerveza fresquita de turno. Son la parte oscura de tanta bonanza y negocio boyante, un joven y apaleado ejército de necesitados de un sueldo que llevarse a la boca timados sin piedad con miserables recompensas que no pagan -es un decir- jornadas de más de doce horas. A lo que sumar elevados porcentajes en los precios que generan suculentas plusvalías que desgraciadamente tampoco tienen su contrapartida en esos salarios; por llamarlos de algún modo. Y si no te interesa ahí tienes la puerta porque tengo a mil esperando a que te largues.

Esperemos que no suceda con las terrazas como sucedió con el mercado inmobiliario, y que esta negociante desmesura no acabe con los espacios comunes ni con la habitabilidad de pueblos y ciudades, por no hablar del dinero dilapidado, los desechos generados y el destrozo general de lugares públicos convertidos en una feria de muestras sin clientes, como tantas y tantas urbanizaciones y edificios abandonados porque cuatro desaprensivos decidieron, con la connivencia del poder público de turno, hacer su particular agosto a costa de la indiferencia del resto. Luego no nos quejaremos.

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Artesanas

Hasta hoy pensaba que artesanal tenía que ver con producciones a pequeña escala de objetos o productos en los que primaba la mano experta del autor, su propia experiencia y la calidad del trabajo hecho sin prisas y no sujeto a cuestiones de mercado; y artesano era alguien dedicado en cuerpo y alma a su trabajo, al margen de modas y tendencias, con una idea bastante clara de lo que pretendía ofrecer a cualquier posible comprador de su labor. Sin embargo, no sé hasta dónde puede decirse de un producto que sea artesanal y qué límites de cantidad y medios justifican tal denominación -y si los hay. Viene esto a cuento porque, de un tiempo a esta parte, los estantes de bares y tiendas se han llenado de botellas de todas las formas y tamaños imaginables; ¡cervezas! un largo muestrario de tamaños y colores con etiquetas para todos los gustos, más discretas o más atrevidas, ofreciendo un exclusivo y delicado cóctel de sabores y matices, algunos entre místicos y esotéricos, que se lo ponen difícil a cualquier experto cervecero que, a día de hoy, se preciara de ello. Resulta que, al parecer y sin motivo aparente, en uno de los mayores países productores de vino a nivel mundial -o el mayor- ha surgido de la nada una fiebre cervecera sin parangón; algo así como si en cada rincón del país florecieran avezados emprendedores que ¡milagro! de pronto hubieran dado con la receta mágica para fabricar líquidos burbujeantes a los que añadir todo tipo de pociones y gustillos, otro intento más de atraer a estómagos distraídos y nada escrupulosos dispuestos a tragar cualquier brebaje que, en este caso, sepa a otra cosa además de a cerveza; como si fuera fácil hacer una cerveza decente, sobre todo en un país donde una gran mayoría se acuchilla el estómago sin piedad con un brebaje de cinco estrellas.

Es cierto que, desde hace un tiempo, el personal de por aquí, incapaz de detenerse en saborear un vino sin emborracharse, viene dando la espalda al producto por excelencia de esta tierra para dedicarse a ingerir brebajes baratos con nombre de cerveza en cantidades industriales, porque están fresquitas, tienen burbujas y poco grado. Supongo que, a partir de ahí, algunos espabilados, animados por ese consumo cervecero sin criterio en el que prima el frescor y la cantidad, decidieron que había llegado el momento de deleitar a público tan poco exquisito con un nuevo gran invento: cervezas artesanales. Alguien debió patentar y distribuir, a tontas y a locas, un kit básico de química para aficionados que fue encendiendo bombillas y, a partir de agua del grifo, destilar soluciones burbujeantes con sabores a cual más retorcido. Y lo peor de todo es que algunos de estos fabricantes no tienen ningún rubor en afirmar que la cuestión es combinar todo lo imaginable con tal de obtener mutaciones que sortear entre el público en general a la espera de un buen resultado económico. Luego, la que más beneficios genere será la buena (?).

Ni lo que se dice artesano es artesano porque alguien rellene cuatro botellas y las etiquete con el primer disparate que se le ocurra ni el público en general es experto catador de nada. Solo faltaría añadir un “Me gusta” en la web de turno para cerrar el círculo. ¿Quedan artesanos, catadores o expertos en algo?

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Dunkerque

Dunkerque

Nota. Dunkerque es cine de hace cien años por el que sí ha pasado el tiempo; el mismo soporte visual pero con el poderoso añadido de cien años de progreso creativo y técnico de un arte en el que la capacidad narrativa y descriptiva de las imágenes sobresale sobre los numerosos medios técnicos y tecnológicos disponibles hoy; imágenes en las que se apoya una contenida y en momentos determinante banda sonora apenas interrumpida por unas mínimas líneas de diálogo introductorio o explicativo.

 

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Derecho

Nos hemos habituado a un tipo de cine en el que aparecen asesinos sin calificativo posible -en serie o por casualidad- inventados por guionistas de colmillo y cerebro retorcido ansiosos por parir truculentos y siniestros personajes cometiendo crímenes que son cualquier cosa menos vulgares asesinatos, como si el hecho de quitarle la vida a otra persona no fuera ya algo importante y excesivo por el mero hecho de suceder. En muchas de ellas una obsesión paranoide o fríamente racional -desconozco ese tipo de razón- guían la mano del asesino de turno a través de una planificación tan detallada como perturbadora que roza el delirio, lo que no impide que, como espectadores, también racionales, aceptemos sin inmutarnos, o incluso entusiasmados por el siguiente y aún más siniestro y retorcido giro del guion, tanto la calculada preparación como el crimen o crímenes finales. Total, no deja de ser cine, una ficción. Otra cosa es la vida real, en la que desconozco si existen tales disparates para los que, en cualquier caso, el séptimo arte ya nos habría preparado, luego, no nos pillarían por sorpresa y seguramente apostillaríamos con aquello de que la realidad supera a la ficción.

Tras escuchar sin comprender el reciente caso de una niña torturada y asesinada por su tío -los motivos y pormenores no vienen a cuento porque soy incapaz de imaginármelos-, volví a recordar ese cine y pensé en su influencia o relación con la realidad de las personas; y también me pregunté cómo se redactaría la hipotética acusación contra ese tipo -por aquello de necesitar un documento oficial en el que plasmarla para que cobre realidad-; o cómo sería la organización del correspondiente juicio, acontecimiento que todo grupo humano o sociedad mínimamente estable consideraría necesario para, de algún modo, sancionar o corregir ese tipo de hechos, con el propósito, como fondo, de hacer viable y dar cierto sentido a un mínimo orden interno que mantenga y medianamente asegure la vida en común. Y, por último, también pensé en la supuesta condena por un acto semejante, seguramente en función de una serie de baremos, al parecer también necesarios, que tipificarían ese tipo de delitos o similares. Organización y procedimientos de los que, si desconocemos el derecho o estamos poco relacionados con él, muy pocos sabemos en profundidad, pero que originariamente servirían para evitar y/o corregir cualquier alteración de un orden que presuntamente nos hemos dado para clarificar y hacer más fácil nuestra vida en común. Como también pensé en el inevitable abogado al que semejante tipo tiene derecho en función de una legalidad que él mismo no entiende muy bien o simplemente no parece importarle.

Al margen de la cruel y anodina funcionarialidad que los nazis mostraron en el exterminio judío -guerra de por medio, si es que puede argumentarse tal-, de la siempre dolorosa realidad de otros crímenes o sucesos más o menos normales -si es que puede decirse normal de actos de esas características-, o de los disparates que pueda concebir y filmar el cine, siempre me he preguntado cómo valora y qué baremo utiliza el derecho para juzgar tales actos, si existe una escala de menor a mayor, si hay sucesos y crímenes que sobrepasan límites y máximos y si éstos son renovables. También podría preguntar cómo el cine o la novela retuercen nuestros cerebros con tal de dar cabida a un mal que nunca pasa desapercibido, si existen límites y qué son los límites, y de qué modo los rompe una enfermedad mental; o si tal enfermedad es real o un subterfugio para salvar al acusado. Si cada vez somos más retorcidos o simplemente hemos perdido el sentido y la referencia de unos valores morales mínimos que hasta hoy nos habrían facilitado la convivencia o, en cambio, se trata de una imparable huida hacia adelante, ficticia y real, que nos obliga a admitir y convivir con una violencia sin límites contra nuestros semejantes, justificada de cualquier modo o simplemente sin justificar, porque apetece y adonde nos conduce todo esto. Sucede, y punto.

 

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Religión

Sentado en uno de los bancos de atrás me dejo atrapar por el silencio y la sencilla solemnidad del templo, espacio y piedras que pueden contar el tiempo por siglos sin vanagloriarse de ello; escenario obligado de un paso generacional que, con sus consiguientes e inevitables altibajos, ha venido aceptando, cuestionando o renegando de su misma existencia, así como de los motivos, influencias y obligaciones impuestas a partir de su presencia a una población que desconoce lo que es la vida sin iglesia, instrumento o rutinaria instalación que viene presidiendo la vida local nadie sabe desde cuándo, ni se lo preguntan. Causa principal de situaciones y hechos consumados convertidos en la indispensable urdimbre de una gran parte o casi toda la memoria colectiva contenida en lo que habitualmente llamamos tradición, término que abarca y engloba mucho más de lo que en primera instancia significa y explica bastante menos de lo que conlleva. Tradición que suele dar lugar a largas y poco precisas discusiones que acaban concluyendo con el forzado abandono de una de las partes, la más necesitada de razones, desbordada por una exigencia insatisfecha cansada de echarse a la boca como precario alimento justificaciones que en muchos casos no vienen a cuento; enésima victoria de esa parte del subconsciente colectivo poblada de intangibles a la que no le preocupa justificar lo que a primera vista parece injustificable, hechos y acciones que, al margen de toda razón, terminan perdiéndose en la memoria y, como colofón, en un obligado encogimiento de hombros que intriga y confunde más que ofende, probablemente porque tiene mucho que ver con ese innombrado, tanto personal como colectivo, alternativamente etiquetado como alma, espíritu o corazón.

Desde mi posición observo con más intriga que curiosidad el paso y silenciosa estancia de los escasos fieles que a esta hora de la mañana hacen uso del templo, solos o acompañados, permaneciendo pocos o algunos minutos, sin llegar nunca a muchos, arrodillados ante alguno de los altares que ocupan la cabecera del mismo en un devoto silencio de rezo, plegaria o súplica de la que solo ellos saben, intimidad que no suele estar a la vista, ni siquiera en las confesiones más personales. Estancia que finaliza con lo que parece una obligada y repetida reverencia ante cada una de las figuras que ocupan pequeños altares, hornacinas o mínimos pedestales, probablemente para implorar la última súplica de hoy, tocar con gran respeto el penúltimo manto o besar tela y figura antes de prender la también última vela y dar por terminada la diaria visita al templo del Señor.

Hay una religión de todos los días que muy poco o nada tiene que ver con esa otra religión oficial o universal; una religión hecha de reverencias, cruces, paradas, rezos y plegarias cotidianas, de pequeños donativos, besos, túnicas y breves demoras ancladas a unos orígenes difusos o desconocidos; casi sin principio, atada a lo más profundo del alma y que tampoco tiene mucho que ver con procesiones, romerías y otros fastos con los que la iglesia oficial acostumbra a acotar los meses del año. Una iglesia todavía muy presente que engarza en tiempo y significados con pórticos, dinteles y arquivoltas medievales concebidos para desde la solidez de la piedra alcanzar y herir de imaginaria y temerosa fe los corazones y la razón de una población forzosamente resignada a ocupar el necesario e insustituible papel de pueblo que soporta tanto la creación como la historia.

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Dalí

Decía Keynes en sus memorias que lo peor de negociar con los norteamericanos era que utilizaban abogados para todo, cualquier conversación que pudiera derivar en un acercamiento o intento de acuerdo necesitaba de un abogado que certificara o cuestionara lo que en un principio eran meras aproximaciones sin conclusiones o final previsto. Con el paso de los años la figura del abogado se ha convertido a nivel mundial en indispensable para cualquier intercambio, disputa, contrato o relación entre empresas o personas; de hecho, en la justicia española es imposible establecer ninguna relación jurídica entre particulares si uno no va provisto del consiguiente abogado. Que cada cual imagine la necesidad o el porqué.

Viene esto a cuento de la pretendida exhumación de los restos de Dalí, según la prensa con motivo de una demanda de paternidad de una persona que asegura que su madre, ya fallecida, en alguna ocasión le hizo saber, de forma más bien poco clara o subrepticia, de una relación íntima con un pintor muy conocido con el que solía coincidir por cuestiones laborales. De lo que se deduce que la pretendida exhumación solo pretender solucionar una duda de origen y conceder al fin la paz espiritual a una persona que hasta hora vivía en la permanente zozobra de no saber quién fue su progenitor. Ahora, que una persona normal y corriente lleve u obligue a un juez a ese, digamos, extremo de exhumación, probablemente sea debido a que detrás de ella hay un hábil abogado que en el imparcial ejercicio de su profesión considera necesario, e incluso vital, que su cliente pueda vivir tranquila y en paz u orgullosamente satisfecha de ser hija de un pintor de renombrado postín. Posible punto final.

Vaya, ¿y a nadie le ha dado por pensar que detrás de ello quizás haya un motivo económico, la posibilidad de una hipotética herencia y una excelente minuta para el letrado a costa de aquella? O eso es ser muy mal pensado. Claro, ese agobio espiritual se lleva mejor, si sale bien, con algo de dinero, o mucho. Es cuestión de abogados, y las cuestiones de abogados siempre ocupan el centro de atención; de qué, si no, las sospechas hacia el hasta ahora ignorado y casi desconocido tratado económico con Canadá, el famoso CETA; porque junto con él viene incorporado un ejército de abogados dispuestos a denunciar todo aquello que no satisfaga a sus clientes, desde un vergonzoso un fraude hasta una ley local, medioambiental o de protección social que el ofendido demandante considere que vulnera sus derechos o merma sus beneficios. Derechos jurídicos, que nada tienen que ver con cuestiones sociales, más o menos relevantes, espirituales o de justicia. Visto lo cual, como en las películas, cualquier pelo que aparezca como sospechoso puede dar lugar a una investigación y a las inevitables preguntas seguidas de las resultantes demandas en función de un derecho indesmayable que puede traer de cabeza a cualquiera.

Imaginen lo que puede significar un mero encuentro sexual, incluso accidental o etílico, si con el paso del tiempo una de las partes tropieza con el éxito y logra algo de dinero mientras en la otra parte crece un agobio espiritual o existencial por no saber con certeza quién es la otra o el otro querido progenitor que aportó su semilla para traer a un futuro demandante o beneficiario a este mundo.

 

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Cebollas

Antes de que llegara el verano algunos ya estábamos cansados de verano gracias a unas temperaturas en exceso veraniegas cuando todavía no era verano. Pero supongo que otros muchos habrán disfrutado del calor extenuante de estos días, aunque no sé cómo e imagino que probablemente a la sombra, donde el sol de estas latitudes no llega, un disfrutar relativo puesto que bajo este sol es casi imposible desenvolverse en condiciones normales; tal vez los jaraneros amantes del sol y fiestas, más bien nocturnos, aunque eso sea jugar con ventaja. También estarán disfrutando de lo lindo los suministradores de cerveza y los vendedores de aparatos de aire acondicionado. Con esta meteorología tan acuciante el futuro se presenta soleado y con cada vez menos agua -llegarán las plegarias en procesión-, y la cerveza no es la solución, o sí, pero no para los pocos que sigan apegados a esta tierra en la que solo quedarán lagartos y conejos; ni siquiera el campo permanecerá, sobre todo ese regadío de locos empeñado en inundar caminos de agua a pleno sol y con cuarenta grados para empachar un triste campo de cebollas que habla más de la mezquindad de su dueño que de su visión empresarial. Mendrugos para hoy y hambre para mañana ante la desidia y pasividad de una población más preocupada en llenar la piscina que en reparar en el enorme desierto que estamos creando a nuestro alrededor. Pero, qué vamos a decir, ya lo sabíamos, lo que no vaya directamente con nosotros es como si no existiera.

Es tiempo de ligerezas -para algunos todo el año- y un siempre desesperado refrescarse a toda costa porque la estación lo pide, tiempo de reparaciones y descanso, de nuevos fichajes futboleros y de periodismo de relleno porque hay que hacer noticia cualquier intrascendencia en la que quepa un rostro conocido. Algunos se repiten con la cantinela de que este verano hay que leer, y brotan expertos en nada recomendando encarecidamente recomendaciones a comisión, un rellenar huecos a la búsqueda de tibios lectores, esos lectores de verano necesitados de nimiedades fáciles de digerir mientras su equipo favorito anda entre yates e islas paradisiacas. Otros siguen defraudando, es curioso, los futbolistas son los más atentos a la hora de adaptarse y practicar virtudes nacionales como el fraude y el choriceo ¿por qué será?

El gobierno, también a lo suyo, un permanente stand by que ya a nadie extraña. Luego resultará que, según el plumífero más zalamero e interesado, lo del gobierno era una sabia forma de gobernar, un auténtico saber estar consistente en no hacer nada mientras el sistema seguía moviéndose y en su imparable lentitud nos transportaba tampoco sabíamos dónde, puesto que al no ser los que tiran sino los tirados solemos ignorar el final de las cosas. Cuando lleguen, repito, no sabemos qué, ese mismo espabilado de turno sentenciará: si, según él, nos son favorables, hicimos bien en esperar y el presidente es un auténtico político, de lo contrario, no se pudo hacer nada porque los vientos venían así y nuestra capacidad de movimiento era mínima, quedaba proteger lo que teníamos, o sea, casi nada.

Llegan días de poca actividad, ya no sé si es una moda o una orden, tampoco es que por aquí habitualmente se muevan mucho las cosas, fiestas, más, descanso, más, e indolencia. Otro verano, otro intermedio hacia otro intermedio en el que planearemos otra renovación inútil que acabará en la papelera porque cuando la parimos sabíamos que no llegaría a buen puerto, sobre todo porque entrañaba esfuerzo, y ya sabemos que el esfuerzo no va mucho con esta tierra, el sol, dicen, “la calor”, que no se puede soportar, la misma espera de siempre por ver si alguien mueve ficha y se acuerda de nosotros, la revolución, si cabe, y si no hay para tanto o para nada armar jaleo a costa de cualquier vena local y temperamental que nos redima de nuestro permanente aburrimiento y escasa imaginación, o de nuestra poca razón para conducirnos felices y prósperos, de eso nada, ruido y algarabía, en cualquier caso lo más parecido a la fiesta, eso tan de aquí; y después unas cervecitas ¡aj!

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Otras tiendas

El interior no aparecía ni se descubría, era, pero resultaba difícil describirlo porque te venía encima nada más abrir la puerta de la calle, único acceso visible a un abigarrado espacio repleto de sombras, estanterías, percheros y expositores sin huecos o lugares vacíos; una espesa atmósfera de productos venidos de otro siglo en busca de clientes de éste anclados a hechuras y tonos de algún tiempo pasado que, probablemente para ellos, entonces también fue joven; esos mismos que ahora compran, supongo, lo de antes, luego todavía existe en algún lugar una pequeña fábrica o taller que justifica su existencia produciendo el tipo de vestimentas allí amontonadas de todas las forma posibles. Modos de mostrar y formas de apilar de las que literalmente se vertía el género hasta los recargados escaparates, de tal manera empapelados de telas y prendas que apenas dejaban pasar la luz de la calle al interior del establecimiento. Había enormes percheros rodantes de los que a duras penas podía verse algo más que la línea de una manga apretujada entre lo que parecían cientos más; y qué decir a la hora de intentar entresacar algún trapo para reparar en su forma, color o algún detalle en particular, aunque también es cierto que la parca y aburrida gama de colores que dominaba la mercadería a la venta no ofrecía mucho de lo que alegrarse, tal vez alguna sorpresa en las pilas de cajas arrimadas a un par de mostradores de madera con probablemente más historia que el dueño o dueños de aquello. Pero, claro, allí, entre tanta tela y paño faltaba algo, más bien alguien, y lo había, tres personas de pie derecho y caras de no saber o no querer fijas en la calle, bueno, en lo poco que podía verse de la luz del sol entre un caprichoso bosque de mangas, cuellos, faldas y perneras dejando esporádicos resquicios de luz por los que curiosear el trajín al otro lado de los cristales. Tres personas que, nada más entrar, nos preguntaron con la mirada qué puñetas se nos había perdido allí; un tipo mayor vestido de mayor, un tipo menos viejo pero de igual corte -parecía hijo del otro- y una joven indefinida, ignoro si porque lo era o porque las entretelas del ambiente le habían sorbido la presencia convirtiéndola en un objeto más. Quizás sorprendidos porque la puerta hubiera sido empujada de pronto, tardaron unos segundos en reaccionar a nuestra presencia sin cambiar el gesto o la posición, hasta que el tipo de menor edad, el supuesto hijo, reaccionó dirigiéndose a nosotros de esa forma zalamera con la que el verdugo se dirige al reo preguntándole si se encuentra cómodo antes de cortarle la cabeza. Ya no recuerdo qué compramos y si compramos algo, lo que no puedo olvidar es la intrigante sensación de haber estado en el interior de una película de miedo justo antes de que del rincón más oscuro salga el monstruo de turno y nos devore sin vergüenza ni piedad.

 

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Cada uno con sus ideas

Hace unas semanas leía en The New York Times una información sobre una feria de vientres de alquiler, también allí, como en cualquier feria comercial que se precie, el espacio donde se celebraba el evento estaba distribuido entre las diversas empresas dedicadas al fomento y contratación de vientres de alquiler en cualquier parte del mundo, con sus correspondientes ofertas y obsequios a los futuros clientes a cambio de su elección y consiguiente contrato. El negocio, pues de eso se trataba, entre surrealista y supuestamente necesario, da para bastantes más palabras que las que vienen a continuación, hasta el punto de, según quién, llegar a alarmarse o no tener más remedio que resignarse por la deriva de algunos asuntos que pasan, sin ningún rubor ni prudencia, de morales a simples intercambios comerciales dignos de cotizar en cualquier bolsa de valores. Con la gran cantidad de niños huérfanos o sin hogar como produce la economía mundial cuesta aceptar que el mundo rico insista en los de su raza, una especie de eugenesia de andar por casa sobre la que no se puede discutir porque uno tiene derecho a tener hijos, por cojones o sin ellos.

Otra cosa. A todos nos ha pasado en alguna ocasión que al hacer algún comentario no muy favorable sobre el mal comportamiento de un niño, el padre o la madre de la criatura, desde esa posición entre envarada e imbécil que al parecer otorga el paritorio, nos haya contestado de mala manera aquello de que si no tienes hijos mejor callarte y no opinar. Entonces, por prudencia, la solución preferible siempre ha sido callarse y no discutir porque las escasas entendederas de esos papás todavía desconocen que los hijos y la mala educación, aunque relacionados, son cosas completamente distintas.

El inciso anterior viene al caso porque en la noticia con la que empezaba estas letras la firmante de las mismas, asistente como periodista a la feria, preguntaba a una pareja, entre perdida y avergonzada, por su interés en aquel negocio. Al parecer no podían tener hijos y buscaban una buena oferta antes de decidirse, las posibles objeciones morales -probablemente habría muchas más, de todo tipo- sobre el carácter y las repercusiones de su elección no les afectaban, y sus respuestas ante su posibilidad eran del tipo: “cada uno con sus ideas” o “si estuvieran en nuestra piel o si alguna persona cercana lo estuviera tal vez lo comprenderían”.

Desgraciadamente estamos demasiado mal acostumbrados, vivimos en una sociedad que nos ha adoctrinado como a niños caprichosos a los que no les importan ni les preocupan las consecuencias de sus actos, nuestro democrático derecho al egoísmo no nos deja ver más allá de nuestras propias narices. Por qué habrían de preocuparnos los niños que malviven sin padres y lo que podemos hacer por ellos, o las humillaciones que probablemente ha de sufrir una mujer para no tener más remedio que alquilar su vientre por dinero, como tampoco nos preocuparía el trato que reciben o a qué les obligan; o los negocios que inventan otros a costa de ello, o por qué nuestros derechos son más importantes que los suyos. Eso sí, sabemos muy bien y lo ponemos en práctica con descarada arrogancia que nuestro dinero puede sofocar nuestros defectos a costa del orgullo de otros a los que no nos interesa conocer o saber porque probablemente se nos caería la cara de vergüenza; y nos excusamos en unos derechos hipócritas que ni siquiera nos ha otorgado ese Dios que a muchos les reconforta la vida.

Probablemente no andará muy lejano el día en el que tal problema se reduzca a la duda entre natural, pero a saber en qué condiciones y con qué riesgos o inconvenientes genéticos arrastrados de generación en generación, o un novísimo bebé de diseño fabricado a capricho con la última tecnología, eso sí, sin desagradables contaminantes naturales. También hará falta dinero.

 

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