Sr. Iglesias

El problema no es que el Sr. Iglesias haya adquirido una casa en propiedad por el importe que le haya dado la real gana pagar, total, vivimos en una sociedad capitalista en la que la propiedad es el único signo de estatus, el más visible y al que todos aspiran, muchos a costa de su salud y su vida. Por eso la hipoteca es el medio inventado por el propio sistema para que los ricos se perpetúen en su riqueza, en este caso en unos pocos años, y los pobres dilapiden sus mínimas posesiones, sangre y esfuerzo, para cumplir unos intereses tan crueles como eternos.

El problema no es que la derecha más cínica y cerril, y la otra, puesto que por aquí casi todo es derecha propietaria, haya utilizado la compra del Sr. Iglesias para crucificarlo por activa y por pasiva; como decimos por aquí, se lo han puesto a huevo, un enemigo menos. Porque una vez que dispones de dinero piensas con dinero, luego el paso siguiente viene dado, quieres tener más porque tienes, igual que la casta dominante. No hay excusas.

El problema no es que los padres del Sr. Iglesias, al igual que esa misma derecha rancia y vengativa que se ha encargado de sacarlo a la luz, utilizaran medios y recursos capitalistas para hacerse con un buen patrimonio que legar a su hijo, estaban en su derecho, puesto que vivían en una sociedad capitalista que fomenta tales adquisiciones a costa de dinero; la forma de conseguirlo es otra cuestión, pero el resultado final es el mismo. Y a medida que compraban empezaban a pensar, como capitalistas corrientes, en mantener, proteger y legar, incluida esa nueva seguridad y posición social que religiosamente concede la propiedad.

El problema no es que el Sr. Iglesias estudiara lo que quisiera sin problemas económicos, como buen hijo de papá, hasta puede que fuera contestatario, pero dentro de un orden y aplicado, e incluso viajara y descubriera por sí mismo que la tierra es redonda, además de cómo funcionaba el mundo y la sociedad en la que vivía; como también tenía derecho a que no le gustara lo que viera, como a mucha más gente. Y que poseído por el santo orgullo del conocimiento y una vanidad sin tacha fraguara en su cabecita la posibilidad de convertirse en redentor de fieles y con ello paliar tanta injusticia; porque, precisamente él, sí sabía cómo hacerlo, se lo decía el corazón. Para eso se llenó la cabeza de filósofos, mártires y libertadores frustrados que cayeron luchando contra los poderosos del mundo y de la historia. Además, podía hacer la revolución en la misma salita de su casa.

El problema es que el Sr. Iglesias, que ya era casta cuando se nos mostró, haya engañado a tantísima gente con su falsa melodía sin ningún asomo de vergüenza. Gente ahora desengañada y perdida definitivamente para la política.

 

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Viajar

Unos compañeros de trabajo en periodo de descanso hablando de viajes, con la jubilación no muy lejos para la mayoría; respetables padres de familia, algunos ya abuelos, con sus vidas voluntariamente puestas en cuidados paliativos y al parecer todo hecho. Hablan con esa suficiencia que suele dar lo vivido -aunque lo vivido no llegue para llenar la hoja de un calendario- y coinciden en sus miedos y desconfianzas de forma automática -seguridades, lo llaman. Hablan de los jóvenes y su manía de viajar a cualquier sitio, porque los jóvenes son eso, jóvenes, y no piensan en lo que puede suceder, en los accidentes, y se dedican a viajar sin ton ni son en lugar de preocuparse de ir a lugares donde haya una atención médica asegurada, por si acaso, un acaso que, oyéndolos, parece más bien una certeza. Por eso es mejor quedarse cerquita, o en el país, total, aquí tenemos de todo, playa y montaña, y además se come -cuestión más que importante- mejor que en ningún otro sitio; entonces ¿para qué más? Son jóvenes y solo piensan en divertirse -los justifican-, luego pasa lo que pasa y no tienen a nadie porque donde van solo hay calamidades. Asentimiento general cargado de un particular sentido común. No hay objeciones, hablan en un tiempo que no parece el suyo, inconscientemente amarrados a sus temores y carencias, muchas; dominados por unos recelos aliñados con una sobreabundancia de ignorancia y una educación corta que cercenó de raíz sus ilusiones, en la mayoría de los casos sin que llegaran a florecer, o simplemente desconocidas. Son el típico producto de una educación cerrada y represiva, santificada por una dictadura que se dedicó a capar futuros a costa de una seguridad que solo da para tirar hasta final de mes. Mañana Dios dirá.

Un grupo de mujeres más cerca de la adolescencia que de la jubilación hablando a gritos en el tren, en viaje de despedida de soltera y capaces de imponer los ridículos más inesperados a propios y ajenos porque les apetece. Sus pequeñas historias y comentarios, junto a la forma de expresarse, a veces rozan la inconsciencia, pero hablan a partir de una dedicación tan aparentemente sólida como en esos momentos desconocida -luego descubriré que aquella supuesta inconsciencia era un problema exclusivamente mío. Se dedican a la enseñanza -no hemos necesitado mucho para enterarnos-, disponen de nuestros hijos y nietos sin que aparentemente les tiemble el pulso, aunque oyéndolas en algunas cosas y situaciones sí temblaría el nuestro. También hablan de viajes… por todo el mundo, y cuando cuentan lo mismo se trata de una semana en Japón que de un resort en Bali. No hay fronteras, ni físicas ni idiomáticas, ni temores, ni accidentes, y para cualquier inconveniente ya está el guía cuidando del grupo, todos los guías. Para ellas el mundo es un parque temático -textual-, y una va donde en ese momento le apetece, que quiere decir cualquier parte de este pequeño planeta; los hijos aún son de otros.

Curioso país este… ¡cuánto hemos cambiado! La valoración de este cambio no me corresponde a mí, ni siquiera a ellas, aunque, viendo y oyéndolas, no parece que tampoco les importe, sobre todo teniendo como tienen un presente que consumen con fruición para envidia o rencor de pusilánimes y resentidos. Es lo que hay.

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En la barra

Mirando la televisión desde la barra el tiempo suele ser de espera, pasa sin que nos demos cuenta, tampoco preocupa, ya se encargan quienes organizan el entretenimiento para que los hipotéticos mirones pongan el aburrimiento de su parte con tal de no despegarse de la pantalla; aguantan, condición que no implica que presten atención o les interese lo que en aquella se cuenta, o simplemente aparece, uno de los condicionantes de la televisión es que la sucesión de imágenes y temas en forma de noticias sea lo suficientemente corta como para que el o los que están mirando no se cansen de mirar ni tampoco puedan ponerse a hablar de cualquier otra cosa que les interese, por ejemplo, ellos mismos. De pronto aparece una noticia sobre un tipo que en Canadá mató a varias personas a las que no conocía sin un motivo aparente, silencio, la perplejidad es común, en principio no hay comentarios, ni a favor ni en contra, tarda en asimilarse pero no hay más; en la pantalla siguen las elucubraciones de unas autoridades que tampoco entienden. No hay palabras, pero a pesar de la distancia cabe una especie de reflexión como comentario, algo que decir, no deja de ser uno de nuestra propia especie el que ha cometido tal barbaridad. Aunque la coincidencia es general nadie habla, nadie se atreve a lanzar una opinión o aventurar una hipótesis de por qué un tipo en apariencia normal decide montarse en un coche y atropellar, y matar, a cuantos se le pongan por delante.

La gente está loca -dice uno por fin-; esto está cada vez peor… va a explotar. Asentimiento general; sin palabras. No sabemos lo que queremos… Más balbuceos nada concluyentes. Sigue sin saberse.

Esta especie de comentarios que no llegan a afirmación, incluido el carácter dubitativo y falto de convicción con el que se dicen, nacen de una especie de temor general para el que no hay un fundamento claro; una duda permanente o aparente indefensión que se contagian sin que a nadie le interese cómo ni qué encuentran en común en cada uno de nosotros. Sin embargo, la sensación general es de pérdida, como si hace ya un tiempo que hubiéramos perdido el control sobre nuestras propias vidas; las poseemos como algo prestado y con ellas asistimos al transcurso del tiempo como invitados, sin fuerzas ni capacidad para sentirnos protagonistas ni propietarios de nuestro propio invento, el tiempo y su inalterable transcurrir según unas divisiones y regularidades que alguien implantó porque no había otras más a mano o porque éstas que tenemos le parecieron las apropiadas. El tiempo es el férreo metrónomo que rige cada vida particular, hasta tal punto obligada a él que cualquier protagonismo humano como singularidad independiente hace mucho que desapareció.

Ayer y hoy, tal y como regularmente hacen los tipos del bar cada mañana a la misma ahora, el tiempo cobija, hace enmudecer y, lo que es peor, justifica a la baja la rutina existencial de lo que antes eran almas con poder y capacidad para sobreponerse al mismo tiempo poseyéndolo como si fuera suyo, viviéndolo al ritmo del propio corazón. Hoy somos solo presencias, regularidades multiplicadas por miles a las que se les ha desposeído de todo protagonismo o capacidad de decisión, sobre todo mental; los movimientos que cualquiera ejecuta son solo eso, movimientos, desplazamientos obligados que tampoco son a sabiendas, sino simple y pura utilidad, o inutilidad. Apenas conscientes de nuestra propia intrascendencia ocupamos, nada más, rellenamos huecos y espacios para los que otros nos trajeron y, en cierto modo, nos obligaron a ocupar sin nuestro permiso y sin que nos advirtieran de que nuestra estancia en este mundo, lo que comúnmente se llama vida, sería de una irrelevancia absoluta. Nacimos capados y sin posibilidad de actuar de forma creíble o simplemente caprichosa.

Nos consumimos al mismo tiempo que consumimos con una formalidad espantosa y una falta de estímulos y apetitos que aterra, y lejos de revelarnos contra nuestra completa inutilidad de humanos sin proyecto ni por qué, nos contentamos con creernos presentes, que no vivos, por el mero hecho de estar, de ocupar, estorbar y aumentar un número sin ninguna calidad ni excelencia, ni constructiva ni creadora. Hemos llegado a una general carencia de sentido como especie, nos reproducimos con la misma inconsistencia que una mosca, con la diferencia de que las moscas no se hacen ilusiones respecto a su importancia en el conjunto de lo existente, se suceden naturalmente con total simplicidad, ni siquiera lo hacen rutinariamente, como nosotros. No lo sabemos ni lo queremos saber, rumiamos, tampoco nos importa cuándo lo decidimos o si fue por propia voluntad; nos han dejado tan faltos de ella que simplemente nos dejamos morir porque toca… ni que nos pregunten… tendríamos que pensar y alarmarnos por tan graves indolencia y dejación de funciones. Por eso cada vez entiendo menos por qué queremos vivir, si hemos perdido el estímulo de renovación, si nos hemos castrado a nosotros mismos como especie.

 

 

 

 

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Sorprendente

El revuelo que parece haberse armado con motivo de la sentencia contra los brutos descerebrados de Pamplona no deja de ser sorprendente, sorprendente porque tal vez mucha gente deseaba inconscientemente ver en ella algo que demostrara, al fin, que vivimos en una sociedad civilizada. Se equivocaban, solo eran deseos.

Y digo que me sorprende porque a veces nos cuesta entender y entendernos, además de aceptar el lugar y la sociedad en la que, para bien y, como en este caso, para mal, vivimos.

Que cinco bárbaros crueles no tengan ni vean objeción alguna en utilizar a otra persona como un objeto para su satisfacción más egoísta demuestra, una vez más, que habitamos en una sociedad enferma; que durante el juicio hubiera propios y extraños, de los llamados normales, que intentaran exonerarlos, justificarlos y defender una situación de violencia y poder entre desiguales basada en la fuerza y el número de los poderosos ya es para echar a correr lo más lejos posible de esa gente.

Que juzguen, por decirlo de algún modo, esos casos tipos que envejecen entre dictámenes y jurisprudencia que en más de una ocasión parece ajena a la realidad social, señores dedicados a asentar y crear más poder a partir de una situación de hecho injusta contra la mitad de la humanidad a la que se viene denigrando y humillando desde casi el principio de los tiempos es para echarse a llorar.

Que haya que leer cómo uno de esos abducidos por la toga humilla públicamente a una víctima ingenuamente creyente de la mano de un lenguaje legalmente capcioso y un meloso y desleal respeto por mor de una jurisprudencia puntillosa hasta el absurdo e insensible con las situaciones más descarnadas es para enrojecer hasta explotar:

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P. Buenos días.

R. Buenos días.

P. Solamente tres o cuatro precisiones y nada más. Reiteradamente, el comentario a las contestaciones que ha ido dando es que la situación le supuso un shock, se quedó bloqueada y se sometió. Que no sintió daño, que no hubo fuerza física y que tampoco hubo amenazas, sino que fue la situación de shock la que usted tenía y que sucedió lo que sucedió.

R. Sí.

P. Bien, esa es la percepción suya. La pregunta que le hago es: ante esa situación, desde el punto de vista de los acusados, ¿qué manifestación hizo usted, de cara a ellos, para que supiesen que usted estaba en situación de shock y que estaban teniendo esa situación de relaciones sexuales sin consentimiento por su parte, ¿cómo pudieron ellos… si usted hizo algo, manifestó algo, verbalizó algo…?

R. No, no. O sea, yo cerré los ojos… No hablaba, no estaba haciendo nada, estaba sometida y con los ojos cerrados. Si eso… Estaba con los ojos cerrados y sin hacer nada, ni decir nada ni nada. Entonces, si…

P. No estoy valorando, sólo pido una descripción de los hechos, porque somos, obviamente, quienes tenemos que resolver. No valoro nada, quiero simplemente puntualizar, desde mi punto de vista, extremos que pudieran ser relevantes en su caso. Desde ese punto de vista, su percepción ya la ha comentado, quería saber si, desde el punto de vista de los procesados, hizo usted en algún momento, algún gesto, alguna manifestación, alguna actuación suya..?

R. No hablé, no, no, no grité, no hice nada. Entonces, que yo cerrara los ojos y no hiciera nada, lo pueden interpretar como que estoy sometida o como que no.

P. En cualquier caso, daño, dolor durante ese episodio ha quedado claro que no sintió usted.

R. Es que no me acuerdo si en ese momento… Lo único que estaba con los ojos cerrados y pensando en que se acabara.

P. En que se acabase la situación. Gracias.

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(El Mundo, 26 de Abril de 2018)

 

Este es uno de esos casos en los que suele decirse que la violencia engendra más violencia.

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Educación

Lo peor no es que la presidenta de la comunidad madrileña muestre una catadura moral que más bien es caradura, ni que se agarre al sillón como si le fuera la vida en ello, no deja de ser el modo de vida de tanto parásito político que aguarda diligentemente turno en el partido que corresponda hasta que le llega el momento de satisfacer su vanidad y, si puede, llenarse el bolsillo a cuenta de su correspondiente parcela de poder; se trata de exprimir el cargo a costa de todo aquello que tenga que ver con la integridad, concepto este que los políticos actuales ni siquiera saben despreciar, simplemente porque lo suelen desconocer. Les llega el turno y han de aprovisionarse de sus correspondientes tazones de mierda antes de que les defenestren, porque siempre habrá otros, más torpes o más estúpidos, que no hayan sabido colocarse como es debido y acabarán siendo sacrificados por una prensa que se mueve entre la basura como forma de noticia y unos intereses económicos que maman directamente de cualquier tipo de publicidad, por aquello del mercado libre.

Lo peor de todo ello, como decía más arriba, es que a la mayor parte de la ciudadanía le dé exactamente igual, si es que no está ya cansada de culebrones tan burdos convertidos en noticia; bueno, no a toda, a los pobres pringados que nos dejamos el dinero en unos estudios inventados para exprimirnos el poco o mucho del que disponemos no nos parece del todo bien. Más cuando sabemos que esos cursos de pago son los últimos cursos de los antiguos estudios públicos y gratuitos, ahora masterizados para exigir el paso previo por caja, invento con el que el insaciable capital privado a la busca de beneficios acabará arrinconando por completo a la educación pública a costa de sobornar a políticos y enseñantes más preocupados por sus sinecuras que por ser honestos, si no consigo mismos, al menos con los demás. Total, la honradez no cotiza.

Hoy ya ni siquiera es estimulante la profesionalidad docente -tampoco se les supone-, o el respeto a sí mismo y a lo que supuestamente tanto trabajo costó -si es que no se utilizó para llegar donde ahora los medios de la señora aquella. No hay nada más deplorable que ver a la dirección de una universidad, al parecer formada por una mayoría de apesebrados, desdecirse de un día para otro sin sonrojarse; lo siento por sus alumnos, eso sí es tener caradura. Pero, en fin, supongo que también habrá alumnos que piensen que esta es su oportunidad y se dediquen a lamer culos para conseguir títulos sin estudios, que es lo que en este país parece que se vende.

Me contaba un estudiante de ingeniería de una universidad de provincias -otra guarida de mediocres perezosos anclados a su sillón- la chulería, por llamarla de algún modo, de un profesor que en una de las primeras clases del curso baboseó a los alumnos soltándoles que quien no tuviera un coche como el suyo -una marca cara, creo- sería un mierda toda su vida. Sobran los comentarios.

 

Se me ocurre una idea, deberían ser obligatorias las encuestas de calidad, me explico, que al final de cada curso los alumnos votaran al profesorado y a la dirección del centro, y según las calificaciones obtenidas los que pasaran con nota vieran mejorados sus emolumentos, los que rondaran el aprobado obligados a reciclarse y mejorar su labor docente y los suspensos enviados directamente a la puñetera calle, con la obligación de volver a oposicionar si quisieran regresar al redil. Esta opción, me temo, debería incluir la venenosa desconfianza del que justifica y no se fía de nadie porque en el fondo piensa que todos son tan sinvergüenzas como él. No deja ser política de hoy.

 

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Futuro

Su padre, evidentemente, fue antes, así como su desmedida afición a la serie Star Trek, un auténtico friqui que introdujo a su hijo, casi desde el biberón, en la sagrada parafernalia de la misma. Algo normal y más extendido de lo que pudiera parecer, en parte debido al supuesto derecho de todo padre a hacer de su hijo lo que le dé la gana y en parte por aquello de que todo niño comienza imitando a uno de sus progenitores en muchas o algunas de las cosas y aficiones que aquel cultiva y que el pequeño procura anotar en su cabecita y no perder de vista. Tampoco es que la serie Star Trek fuera de lo peor, hay gustos y aficiones que merecen palos y sus seguidores viven y se comportan como personas normales.

El problema, si puede decirse tal, surgió cuando el chaval decidió, con catorce añitos recién cumplidos y a falta de más de un lógico hervor, que quería convertirse en el señor Spock en versión terrenal, para lo cual era preciso operar algunos cambios en su fisionomía además de añadir un matiz que le daría al personaje un toque auténticamente personal, sería un señor Spock sin pelo -tal como la moda del momento obligaba-; es decir, vista la afición del papá, el niño no le iba a quedar a la zaga, ya estaba de bien de parecerse e imitar a, si quería ser alguien entre sus amigos y, sobre todo, frente a su progenitor, ya era hora de orientar su futuro y dar un paso adelante sorprendiendo a todos con un golpe de mano más impactante que un ataque klingon. Con la inconsciente aquiescencia de su madre, que no colaboración, porque la buena mujer escuchó de buen grado a su niño sin jamás imaginar que aquello iba de algo más que un disfraz, el chaval se puso manos a la obra con la inestimable colaboración de una tía desocupada que estaba, también hay que decirlo, un poco más para allá que para acá, cómplice amable que facilitó al muchachete todos los trámites e incluso aportó su consentimiento de adulto responsable directamente emparentado con la criatura cuando las obligatorias prácticas lo requirieron, o sea, que se hizo pasar por su madre cuando fue menester o la trascendencia de las decisiones lo demandaban.

Y así fue cómo el mozalbete, con la excusa del exigente curso escolar que recibía en un internado de cierto postín, abandonó temporalmente las obligaciones de su edad por la perentoria inmediatez de su aventura galáctica; es decir, se puso manos a la obra y en casi seis meses de aparentemente esforzadas aplicación y estudio cambió su imagen de arriba abajo, justo para presentarse por sorpresa con su nueva identidad en el cumpleaños de su papá galáctico. Y así fue como, el día señalado, un taxi aparcó delante de la residencia familiar y de él descendió un tipo -el muchacho era alto para su edad- vestido con pantalón negro ceñido, suéter oficial color azul y la cabeza completamente depilada, que no rapada, desde el mentón a la nuca, porque el propósito era que el cabello no creciera jamás; una gran nariz culminada con una porreta sin gusto, las cejas depiladas en ascenso hacia le enorme frente y un par de orejas puntiagudas que para sí las quisiera el originario señor Spock de la serie intergaláctica. De la hermosa melena que hasta entonces luciera el chaval y de la cara que se les quedó a los papás cuando abrieron la puerta a aquel vulcaniano de pro varían las versiones.

 

Posdata. Hubo alarma, más que sorpresa, un poco de escándalo, la obligada búsqueda de responsables, tras ser despojado el menor de toda autoridad, y la relativa preocupación por cuantos de aquellos cambios fueran irreversibles; esto último a espaldas del muchacho, entonces sí niño, un auténtico carácter que, todavía no se sabe si debido a la excelente educación recibida o porque como individuo respetuosamente alentado capaz de tomar sus propias decisiones ejerció de tal, en algún momento decidió encarar su futuro de forma tan drástica y sin que en ningún momento le pareciera una niñería. ¿No se trataba de su propia vida?

 

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Córdoba

Es Jueves Santo, unos huyen y miles más vienen. Los vehículos se multiplican, los roces también. En muchos casos eso de a rebosar resulta un eufemismo. Pronto apenas podemos caminar. Grupos y familias con más cansancio que hambre memorizan las cartas de los restaurantes por si acaso; algunos se adivinan cerrados por los clientes. Otros siguen instalados en la duda mientras transcurre el tiempo, no encontrarán nada de su agrado y finalmente mal comerán, otra vez. Un tipo en la calle ofrece poemas sobre Córdoba. Afortunadamente comemos con cierta holgura en un segundo piso a escasos metros de La Mezquita imposible, hoy. Camareros yendo y viniendo, corren y se confunden y finalmente alguien sale mal servido y cabreado. Las calles y callejuelas no dan abasto. En los lugares donde se inician los desfiles no cabe un alfiler, pero nadie tiene suficiente. Dos criaturas delgadísimas, de trece o catorce años vestidas con castellanos, vaqueros “superslim” y americana ceñida, repeinadísimos, palmean y ríen mientras el baranda les dice a cómo han de vender la bolsa de pipas. Niños en carritos sumergidos en el trajín de la gente aguardando horas a que la calle se despeje y delante de sus narices pasen tipos con el rostro oculto guiando o persiguiendo figuras y composiciones religiosas moviéndose sobre decenas de pies. Siguen insistiendo los que quieren estar los primeros. Un tipo advierte en correcto inglés a una pareja extranjera que no se puede avanzar más porque todo está completo y detenido; full, les dice. Los visitantes retroceden convencidos y agradecidos. Otra pareja mayor, del país, insiste donde los foráneos, el tipo les repite lo mismo pero no le creen, ellos quieren pasar a toda costa, no les deja, la mujer acepta y se detiene, él refunfuña contra el otro agazapado detrás, no calla… ese debe ser maestro… tan listo. Una madre trata de dormir en brazos a un bebé de meses asomada al balcón mientras en la calle suenan cornetas y tambores. Salen los militares, la banda al son de una música religioso-militar, las imágenes a hombros; hay aplausos, también se oye algún que otro chist; otros se persignan y una gran mayoría muestra el móvil en alto en señal de acatamiento. Finaliza la salida y la gente corre a ver otra… y otros. Tomamos un par de copas mientras decidimos no el lugar dónde ir sino por dónde habrá menos gente. Hay calles literalmente tomadas por adultos y niños que esperan sin tiempo ni nada mejor que hacer. Los camareros de otro bar no cesan de servir copas, son siete, ocho… no, diez… o más, la caja no deja de engullir billetes. Dos encargadas hablan de la tarde, no paran. Unas gitanas limpias y repeinadas, cada una con su correspondiente ramita de romero, hablan entre ellas de un gitano que suelta un par de tortas a quien no le hace caso mientras se sitúan en los aledaños de uno de los arcos que dan acceso a la zona antigua dispuestas detener a cualquiera que se deje y colgarle la oración. En otro cruce de cuatro metros cuadrados la circulación peatonal parece detenida, se ven algunos capuchinos, la gente sigue esperando. Vamos en otra dirección, lo mismo. En la siguiente vemos pasar una imagen, justo lo que deja el metro y medio de esquina a esquina. Hay quienes pretenden cruzar a toda costa, y pugnan y empujan; también vienen otros en sentido contrario, y los que simplemente aguardan intentando ver no lo entienden ¿qué pretenden? No se puede cruzar durante el paso de los desfiles. Insisten. Cruzan. Gritan. Dos tipos empujan en sentido contrario avisando que llevan niños a los que es imposible ver desde arriba, se encaran y se retan, todos estamos nerviosos. También puede ser una broma para que les dejen pasar, de hecho a otros les funciona porque la excusa era que el niño se estaba orinando y se lo iba a hacer encima, cuando logran cruzar se ríen vencedores y satisfechos. Unos costaleros se enfadan porque no pueden cruzar ni llegar al relevo, desconfiamos, a pesar de sus atuendos de costaleros. Otro no puede llegar a trabajar, o a su casa. Nos arrastran justo hasta dejarnos en el medio de las dos filas de capuchinos durante el paso de una procesión, la gente nos mira y se pregunta, con razón, qué hacen esos junto a la imagen, sin poder movernos ni en un sentido ni en otro. Debería estar prohibido. Salimos, al fin. Imposible aproximarse hasta las inmediaciones de la Carrera Oficial. Mejor por el río. Un joven avanza entre la gente hablando por el móvil y advirtiendo al del otro lado que hoy es el peor día para quedar. Más calles con gente ordenándose a un lado y a otro aguardando pero sin saber exactamente a qué hora, ya llegará, por si acaso ellos ya tienen el sitio, los niños protestan con razón, siguen sin entender. Los bares de copas comienzan a encender las luces y las mesas de la calle se retiran porque probablemente esa zona sea ahora el paso de algún desfile. Un tipo orina en el quicio de una puerta en una callejuela por la que no deja de pasar gente. Ya es de noche y hay que buscar un lugar dónde tomar algo, el cansancio comienza a sentirse. La Policía Municipal consigue encauzarnos -dónde la gente se deja- hacia lugares con menos densidad en los que también poder respirar. Cualquier sitio, ese bar en el que, al fondo, queda una mesa libre. Hacemos como que cenamos sin que podamos dar dos veces seguidas con el mismo camarero para servirnos. Decidimos quedarnos a dormir, es tarde y el viaje de vuelta es largo, buscamos un hotel a última hora de la noche, todavía sigue siendo jueves. Una locura, lo encontramos, un agujero repleto de legionarios remangados hasta más arriba de los codos, pecho descubierto y ganas de juerga, sin dejar de fumar mientras retan y piropean a cualquier objeto viviente con aspecto de hembra; son jóvenes y hasta que los recojan mañana no tienen prisa ni ganas de dormir. Tampoco dormirá nadie esa noche en el hotel. El ajetreo del día nos afecta a todos, discutimos por cualquier cosa. Vuelta a la calle; ahora más despejadas. Nos tomamos otra. La Carrera Oficial es accesible. Limpian los suelos de la parafina que dejan caer los enormes velones -ignoro si todavía se fabrican con cera. Hay gente que resbala, mejor tener cuidado. Hombres con traje y ropa de abrigo aprietan el móvil en la mano mientras van y vienen organizando el siguiente paso, ya estamos en viernes. Hay que rellenar el palco principal, mujeres con mantilla y peineta negras y tipos trajeados aguardan entre suntuosos y cansados escoltados por unos guardias o soldados decimonónicos que se saludan ceremoniosamente en el relevo. Otra procesión, se pueden avistar las llamas en movimiento que culminan los largos velones. Con gente o sin gente, con los palcos vacíos u ocupados por desorientados que pasaban por allí la procesión entra en Triunfo a la hora estipulada. Capuchinos con pinta de atareados se adelantan y retroceden entre las filas dando consignas, deteniendo la comitiva o animando el paso. Algunas manos lucen ensangrentadas por los goterones de cera o parafina que caen sobre ellas y que probablemente quemarán. Llega otro paso. Hombres, solo se ven hombres en los desfiles, esta semana parece solo de los hombres, ninguna mujer, tal vez escondidas debajo de algún capirote cubiertas por una túnica que les llega a los pies. Por delante de los pasos tipos repeinados con aspecto de señoritos hablan  pomposos a la grey que se mueve debajo de la estructura, prole que, obediente, hormiguea también a las órdenes de los subalternos que secundan a este lado de los ropajes las órdenes del principal. Suben, frenan, aceleran, descienden, entran en la Mezquita, horriblemente iluminada, roto el oscuro recogimiento y la serenidad de sus centenarias columnas. Cambio de porteadores, de debajo de la estructura aparecen decenas de tipos sudorosos en manga corta y con la cabeza cubierta; no todos se abrigan en el frío de la noche porque precisamente ahora pueden mostrar ese peculiar orgullo de costalero. Cuando el relevo, que ha entrado por el lado contrario, está listo la comitiva continua. Ahora las calles lucen vacías pero repletas de desperdicios y miles de botes de cerveza. Los basureros recogen cómo y lo que pueden. En una esquina unas parejas cambian de opinión y deciden comerse unos churros con chocolate para combatir el frío de la madrugada cordobesa. En lo alto de una terraza adornada con neones, frente al Guadalquivir, más gente con ganas de música, juerga y bebercio. En nuestro caso ya no quedan ganas de más copas. Una mujer vestida de oscuro ajustado sale de una calleja gritándole al móvil algo de un par de sopapos como no la dejen en paz; dos bebedores sin local se ríen comentando los gritos de aquella que se aleja. Apenas hay vehículos y la gente comienza a desparramarse, somos de los últimos, más cerca de las cuatro que de las tres de la madrugada. Nos espera nuestro agujero de los años setenta repleto de “legías” con ganas de juerga. El cansancio es más que evidente.

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Metafísica de la lechera

Probablemente el cuento de la lechera nada tenga que ver con la metafísica al uso, es decir, esa parte de la filosofía que va más allá de la física, la que trata las preguntas sobre el ser, la existencia, el bien, la verdad, etc.; preguntas que los antiguos solían hacerse mientras contemplaban las estrellas y de las que nosotros actualmente pasamos, son demasiado turbias, además de inútiles, y no nos sirven para solucionar nada concreto de la realidad en la que nos movemos; son tan poco reales que no merece la pena dedicarles tiempo real para volverlas a plantear, y ni mucho para esforzarse en resolverlas, si es que tienen solución. Para ello ya están las religiones y sus misterios, que ofrecen una metafísica más simple y menos problemática, eso sí, difícil de comprender, como todo lo elevado, pero para resolver cualquier duda o reticencia ya está la fe, esa herramienta multiusos que solventa en un santiamén cualquier problema de entendimiento o comprensión. Mientras que cualquier pensador al uso pronto se perdería en elucubraciones que solo él entendería acerca de las mencionadas preguntas y su supuesta importancia, la fe nos las soluciona de una tacada, porque de lo que no conocemos mejor no hablar, ese “de lo que no se puede hablar hay que callar” con el que Wittgenstein acaba su Tratactus.

La metafísica del cuento de la lechera, sin embargo, es mucho más útil y sencilla, no dejan de ser también elucubraciones, pero a partir de una realidad concreta que puede verse y tocarse, el cántaro de leche y su existencia contante y sonante. Es otra forma de forjar un paraíso, eso sí, en la tierra -por lo que en bastantes casos suelen recibir el nombre del libro de otro filósofo, la Utopía de Tomás Moro-, algo por lo que relamerse frente al absurdo de la razón en el que se empeñan, por ejemplo, idealistas hegelianos, si es que todavía quedan, o los materialistas marxistas, más cercanos en el tiempo, pero solo eso; utopías, estas últimas, mucho más inalcanzables que ese inalcanzable paraíso celestial que a tan poco y selectivo nos obliga en la tierra.

El problema principal, claro, es cómo se aviene cualquier cuestión metafísica con la inapelable e inevitable realidad de la estancia humana en esta tierra, con los fracasos, el dolor, el sufrimiento, los sucesos inexplicables y lo errático y caprichoso de nuestro propio comportamiento como especie, que no es ni mejor ni peor, es el que tenemos, lo que somos.

En lo referente a las metafísicas más serias, ya sean laicas o religiosas, las cuestiones propias de la materia se tratan o discuten de forma diferente, en el primer caso prolongando las discusiones sine die sin nunca llegar a una solución satisfactoria general y, en el segundo, antes de expulsar o confundir, atajando directamente y de un carpetazo por el cómodo y dócil camino de la fe. En cuanto a la metafísica del cuento de la lechera las respuestas son más de andar por casa y nos permiten construir e imaginar a partir de una realidad que las otras abandonaron por demasiado prosaica. Aquellas siempre nos dejan sin argumentos tangibles y en cambio la metafísica “lecheriana” nos permite forjar a corto y largo plazo mediante proyectos de gran verosimilitud a los que, en caso de fracaso, resulta relativamente fácil sobreponernos porque, de partida, intuíamos que no las teníamos todas consigo. Es cierto que al igual que los metafísicos serios se pierden con facilidad en sus misterios mentales, los del cuento de la lechera también se olvidan pronto de la física, la del cántaro, y entonces tropiezan y se rompe; hecho que no impide que con relativa premura vuelvan a forjarse otros nuevos por si las moscas.

Pero, definitivamente, en la metafísica del cuento de la lechera el ser tiene un significado claro y preciso: soy o seré rico, y existo para gastar cuanto se me antoje; la verdad radica en que tengo dinero y puedo hacer lo me dé la gana y, por último, el bien indudablemente es el dinero ¿qué más respuestas queremos? Con verdades tan físicamente afianzadas puede llevarse una vida feliz -¡ah! la felicidad y sus variopintos significados- y hasta ayudar, si nos place y disponemos de ganas y tiempo, a los demás; para cuestiones más trascendentes -me refiero a la trascendencia que tiene que ver con la importancia, no a la otra-, ya están las festividades como la Semana Santa, que nos recuerdan que es importante reflexionar sobre la humanidad desde la intimidad de nuestra sagrada, coqueta y lujosamente adornada capilla particular. ¿Qué más?

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Policías

Era ya madrugada y seguía enganchado al teléfono, sin cesar de hablar y teclear -hablaba con nosotros y tecleaba a su chica, que le requería con una urgencia materialmente imposible cuestiones íntimas que al parecer no podían esperar. Reía y seguía contándonos de él y sus colegas, no le gustaba estudiar y sus padres al fin le dijeron que lo dejara y buscara un trabajo y así vivir con su chica -lo realmente importante-; en cuanto a los colegas, la mayoría disfrutaba de un cómodo trabajo en los cuerpos de seguridad del Estado (Policía o Guardia Civil), el destino soñado para la gente de su edad, al menos en su pueblo y la comarca donde residía; un sueldo fijo y a vivir. Viéndolo allí delante me era difícil imaginármelo uniformado pidiendo orden y respeto, como de costumbre me volvería a equivocar.

Hace ya mucho tiempo, a poco de la muerte del dictador, tanto la Policía como la Guardia Civil representaban lo peor del régimen recién concluido, eran algunos de los órganos represivos del Estado, definición tan abstracta como contundente que, en cierto modo, nos ponía en guardia respecto a los medios con los que aquella dictadura, como todas, había reprimido cualquier opinión contraria a los ideales del régimen. Salíamos de una época oscura y los ánimos estaban todavía calientes contra todo lo que significara prohibición o censura de la libre expresión de pensamientos o ideas políticas. Eran otros tiempos.

Luego, a medida que la democracia se asentaba y el país comenzaba a cambiar, aunque sin todavía perder el recelo o cautela hacia la autoridad y lo que significaba, se fueron instalando otras formas de pensar en las que esos mismos cuerpos se reconvertían en los protectores de la democracia, eran los necesarios intermediarios entre el ciudadano corriente y quienes incumplieran la ley con motivos egoístas contrarios al bien común. El funcionario policial pasaba a ser un mediador y defensor más del sistema democrático con un cometido siempre complicado, interceder y facilitar la convivencia entre todos intentando suavizar y limar aristas entre los inevitables y diferentes puntos de vista que surgen ante cualquier cuestión colectiva; queda resaltar que para semejante cometido se necesitaba un temple y una preparación muy específica. Era necesario, pues, revalorizar una ocupación despojándola de la evidente mala fama adquirida durante la dictadura, a lo que añadir el ineludible componente moral que llevaba aparejado, incluidas las indispensables aptitudes y condiciones en el trato, imparcialidad, sentido del deber y de la justicia y respeto ante quien está detenido pero no procesado, y ni mucho menos condenado. Un futuro de responsabilidad casi exquisita para con los integrantes de los cuerpos de seguridad, un saber estar y comportarse que no todas las personas serían capaces de mantener por encima de pasiones y emociones.

Pero si los colegas del muchacho que tenía en esos momentos delante y con el que llevaba trabajando unos días se parecían a él no tenía más remedio que ponerle comillas a lo escrito más arriba. También es posible que la instrucción y el aprendizaje de los recién admitidos agentes sea tan dura e intensa que el chaval cambie de forma radical una vez salga de la Academia o donde sea que los adiestren. Que haya algo más que vestir el poder del uniforme y llevar “pipa”.

Después mi memoria tal vez desbarró y traicioneramente me llevó a la película española El Niño, donde uno de los delincuentes protagonistas, el más gracioso o el menos espabilado, el que no acaba en la cárcel, consigue como solución a su incierto futuro ingresar en la Guardia Civil, no sé si por auténtico propósito de enmienda, por la “pipa” o porque no había otra cosa a mano. Demasiadas dudas que la película no aclaraba -tampoco era su intención-, más bien enturbia. No sé. Demasiadas dudas, repito, respecto de quién y cómo, en este país, se enfrenta a la delincuencia, qué significa para ellos la responsabilidad de su puesto, cuáles son sus prioridades o qué sentido tiene, por ejemplo, ahora que también viene a cuento, que en algunas autonomías lo primero que se creara fuera un cuerpo de seguridad propio -¿los palos que te da la Policía Autonómica del País Vasco, la Foral de Navarra o un Mozo de Escuadra duelen menos que los de un Policía Nacional? ¿Porque son de los míos? Más, ahí está el servilismo y la obediencia debida del señor Trapero y sus mozos de escuadra -el no muerdas la mano que te da de comer. ¿Qué respeto merece una  policía dócil y sumisa para con sus amos? ¿qué imparcialidad y justicia pueden impartir tantos estómagos agradecidos? Qué follón.

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Jazz

En estos días finales de invierno en los que el sol aún no se muestra con confianza, amilanado por unas nubes que tiñen de gris y humedecen los días como hacía mucho que no se veía por estos lares, viene sonando en casa un disco encontrado al azar en una tienda de segunda mano en las que de vez en cuando rebusco sin saber qué; una de esas tiendas en las que te dedicas a repasar cajas y cajas de discos conocidos y desconocidos entre la duda y la prisa, vagabundeo que casi siempre toca a su fin cuando el horario te parece ya excesivo para tan escaso botín, nada, y es en última instancia, por no salir con las manos vacías, cuando escoges lo que viste en una de las primeras cajas, ese disco que te llamó la atención al principio, en el que te detuviste y por el que pasaste porque tal vez te parecía demasiado pronto y casualidad haber dado con lo que inconscientemente buscabas a las primeras de cambio. Una de tantas grabaciones de los años cincuenta o sesenta que ofrece música sin estridencias ni malabarismos de estrellas de moda, un delicioso caudal de sonidos desgranados de forma elegante por unos músicos que te obligan a detenerte y sentir cómo se evapora esa melancolía que la persistente lluvia viene depositando en el corazón, mágicamente sustituida por una sonrisa esperanzada que te invita a abordar el minuto siguiente con la alegría del que se siente tan vivo como libre.

Esta pequeña obra de arte, un disco que probablemente no estará entre los mejores de la historia del jazz, está firmada por el saxo de terciopelo de Coleman Hawkins y contiene todo lo necesario tanto para sentirla como para disfrutarla; una forma de narrar sin prejuicios ni ceremonias, una música sin tiempo ni edad que sin pretender impresionar o lograr la excelencia porque sí lo consigue con facilidad, nota tras nota, gracias al buen hacer de unos músicos excelentes dedicados a lo que mejor saben hacer: música. Un estado del alma para el que no hacen falta ni condicionantes ni medidas y si la valentía para dejarse penetrar por ritmos y melodías que acaban plácidamente instaladas en el corazón antes que en la cabeza, sembrando una deliciosa semilla que poco a poco va creciendo y generando un bienestar y una confianza que hace unos momentos no existía y ahora estás convencido de que nadie podría tumbar.

Siempre el jazz, ese viejo conocido del que por temporadas reniegas o al que le eres infiel con otras músicas o modas, vanos intentos de saborear platos que con el paso de los días acaban hartando o no diciéndote prácticamente nada; la sorprendente y sorpresiva recuperación de ese fondo de armario que habías medio abandonado y que de pronto se rebela igual de vivo que siempre, y volver escucharlo se convierte en otra nueva exploración de sonidos que emocionan, embelesan y expulsan la prisa meciéndote en un goce sin tiempo ni fin.

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