Fechas

Las fechas supongo, la misma explicación de cada año para idéntica imagen. Lo corrobora algún camarero, ya más calmado, en ese momento en el que el local puede lucir las paredes y el aire comienza a correr entre las mesas todavía por limpiar y preparar para la cena; después de unas horas de no parar, algo más de la última media con nosotros como testigos, ahora por fin sentados y sin prisa porque nos han aconsejado que no la tengamos puesto que no cierran después de la comida.

Aunque la explicación pueda ser válida y las fechas justifiquen, como de costumbre, tal avalancha de visitantes, curiosos y gente sin nada mejor que hacer que echarse a la calle y deambular abrigada y aburrida, hay ocasiones en las que el calendario no enmarca todo lo que puede verse. No están las tiendas tan llenas como debiera, la mayoría curiosea entre percheros, estantes y mostradores con tal de quitarse un poco del frío de la calle, no se ven muchos cargando con bolsas, la proporción es más bien mínima, tampoco hay prisas o interés por llegar, ni siquiera a la siguiente parada de metro o autobús o hasta el parking donde debe aguardar el vehículo. De pronto la fila se ensancha y apelotona sin un motivo aparente, no sucede nada extraordinario ni se oye alguna sirena por la que preocuparse; la explicación no tarda en llegar, fácil, la pequeña aglomeración no se junta en exceso porque hay que dejar espacio para el teléfono móvil, lo han adivinado, un selfi multiplicado y como motivo común la misma fachada, escaparate, cruce o adorno navideño inmortalizado hasta el minuto siguiente como fondo de pantalla, relleno de galería o imagen de wasap enviada de inmediato a cualquier parte del planeta.

Hay más despreocupación y aburrimiento en los rostros que alegría, más atención al no perderse que al vamos allí o mira aquello, más monotonía en los pasos que viveza por llegar, más demora que precipitación, más desidia que interés; más cansancio en los gestos que emoción o sorpresa, más rutina que entusiasmo o novedad, tan solo los niños, al parecer la única parte viva y expectante de esa multitud yendo y viniendo. Las mismas prendas de abrigo multiplicadas en cada calle, gorros similares y otras tantas narices pegadas a escaparates y puertas acristaladas, atentas a lo que ven o sucede al otro lado, impedidas o tal vez soñando con ser uno de los de dentro, como si lo que ocurre tras la fría lámina de vidrio no fuera para ellos y su sitio estuviera en la calle. Probablemente también muchos han comido o comerán rápido y a ser posible barato, o lo que sea, antes de ponerse nuevamente en manos del azar con tal de alargar el día hasta la hora de la merienda o cena; y después el regreso al hotel donde descansar hasta la mañana siguiente, o la vuelta al vehículo y por fin retornar a la comodidad del hogar en el que, ahí sí, todo tiene un sentido y un porqué que no es necesario volver a considerar o renovar, es aquello que nos espera, lo conocido, la guarida en la que cobijarse hasta que toque salir nuevamente, quien sabe si esta vez por algo concreto o por otra rutina de las que traen estas fechas, otra ceremonia con la que hacer honor al paso del tiempo.

 

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