Educación

Lo peor no es que la presidenta de la comunidad madrileña muestre una catadura moral que más bien es caradura, ni que se agarre al sillón como si le fuera la vida en ello, no deja de ser el modo de vida de tanto parásito político que aguarda diligentemente turno en el partido que corresponda hasta que le llega el momento de satisfacer su vanidad y, si puede, llenarse el bolsillo a cuenta de su correspondiente parcela de poder; se trata de exprimir el cargo a costa de todo aquello que tenga que ver con la integridad, concepto este que los políticos actuales ni siquiera saben despreciar, simplemente porque lo suelen desconocer. Les llega el turno y han de aprovisionarse de sus correspondientes tazones de mierda antes de que les defenestren, porque siempre habrá otros, más torpes o más estúpidos, que no hayan sabido colocarse como es debido y acabarán siendo sacrificados por una prensa que se mueve entre la basura como forma de noticia y unos intereses económicos que maman directamente de cualquier tipo de publicidad, por aquello del mercado libre.

Lo peor de todo ello, como decía más arriba, es que a la mayor parte de la ciudadanía le dé exactamente igual, si es que no está ya cansada de culebrones tan burdos convertidos en noticia; bueno, no a toda, a los pobres pringados que nos dejamos el dinero en unos estudios inventados para exprimirnos el poco o mucho del que disponemos no nos parece del todo bien. Más cuando sabemos que esos cursos de pago son los últimos cursos de los antiguos estudios públicos y gratuitos, ahora masterizados para exigir el paso previo por caja, invento con el que el insaciable capital privado a la busca de beneficios acabará arrinconando por completo a la educación pública a costa de sobornar a políticos y enseñantes más preocupados por sus sinecuras que por ser honestos, si no consigo mismos, al menos con los demás. Total, la honradez no cotiza.

Hoy ya ni siquiera es estimulante la profesionalidad docente -tampoco se les supone-, o el respeto a sí mismo y a lo que supuestamente tanto trabajo costó -si es que no se utilizó para llegar donde ahora los medios de la señora aquella. No hay nada más deplorable que ver a la dirección de una universidad, al parecer formada por una mayoría de apesebrados, desdecirse de un día para otro sin sonrojarse; lo siento por sus alumnos, eso sí es tener caradura. Pero, en fin, supongo que también habrá alumnos que piensen que esta es su oportunidad y se dediquen a lamer culos para conseguir títulos sin estudios, que es lo que en este país parece que se vende.

Me contaba un estudiante de ingeniería de una universidad de provincias -otra guarida de mediocres perezosos anclados a su sillón- la chulería, por llamarla de algún modo, de un profesor que en una de las primeras clases del curso baboseó a los alumnos soltándoles que quien no tuviera un coche como el suyo -una marca cara, creo- sería un mierda toda su vida. Sobran los comentarios.

 

Se me ocurre una idea, deberían ser obligatorias las encuestas de calidad, me explico, que al final de cada curso los alumnos votaran al profesorado y a la dirección del centro, y según las calificaciones obtenidas los que pasaran con nota vieran mejorados sus emolumentos, los que rondaran el aprobado obligados a reciclarse y mejorar su labor docente y los suspensos enviados directamente a la puñetera calle, con la obligación de volver a oposicionar si quisieran regresar al redil. Esta opción, me temo, debería incluir la venenosa desconfianza del que justifica y no se fía de nadie porque en el fondo piensa que todos son tan sinvergüenzas como él. No deja ser política de hoy.

 

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Futuro

Su padre, evidentemente, fue antes, así como su desmedida afición a la serie Star Trek, un auténtico friqui que introdujo a su hijo, casi desde el biberón, en la sagrada parafernalia de la misma. Algo normal y más extendido de lo que pudiera parecer, en parte debido al supuesto derecho de todo padre a hacer de su hijo lo que le dé la gana y en parte por aquello de que todo niño comienza imitando a uno de sus progenitores en muchas o algunas de las cosas y aficiones que aquel cultiva y que el pequeño procura anotar en su cabecita y no perder de vista. Tampoco es que la serie Star Trek fuera de lo peor, hay gustos y aficiones que merecen palos y sus seguidores viven y se comportan como personas normales.

El problema, si puede decirse tal, surgió cuando el chaval decidió, con catorce añitos recién cumplidos y a falta de más de un lógico hervor, que quería convertirse en el señor Spock en versión terrenal, para lo cual era preciso operar algunos cambios en su fisionomía además de añadir un matiz que le daría al personaje un toque auténticamente personal, sería un señor Spock sin pelo -tal como la moda del momento obligaba-; es decir, vista la afición del papá, el niño no le iba a quedar a la zaga, ya estaba de bien de parecerse e imitar a, si quería ser alguien entre sus amigos y, sobre todo, frente a su progenitor, ya era hora de orientar su futuro y dar un paso adelante sorprendiendo a todos con un golpe de mano más impactante que un ataque klingon. Con la inconsciente aquiescencia de su madre, que no colaboración, porque la buena mujer escuchó de buen grado a su niño sin jamás imaginar que aquello iba de algo más que un disfraz, el chaval se puso manos a la obra con la inestimable colaboración de una tía desocupada que estaba, también hay que decirlo, un poco más para allá que para acá, cómplice amable que facilitó al muchachete todos los trámites e incluso aportó su consentimiento de adulto responsable directamente emparentado con la criatura cuando las obligatorias prácticas lo requirieron, o sea, que se hizo pasar por su madre cuando fue menester o la trascendencia de las decisiones lo demandaban.

Y así fue cómo el mozalbete, con la excusa del exigente curso escolar que recibía en un internado de cierto postín, abandonó temporalmente las obligaciones de su edad por la perentoria inmediatez de su aventura galáctica; es decir, se puso manos a la obra y en casi seis meses de aparentemente esforzadas aplicación y estudio cambió su imagen de arriba abajo, justo para presentarse por sorpresa con su nueva identidad en el cumpleaños de su papá galáctico. Y así fue como, el día señalado, un taxi aparcó delante de la residencia familiar y de él descendió un tipo -el muchacho era alto para su edad- vestido con pantalón negro ceñido, suéter oficial color azul y la cabeza completamente depilada, que no rapada, desde el mentón a la nuca, porque el propósito era que el cabello no creciera jamás; una gran nariz culminada con una porreta sin gusto, las cejas depiladas en ascenso hacia le enorme frente y un par de orejas puntiagudas que para sí las quisiera el originario señor Spock de la serie intergaláctica. De la hermosa melena que hasta entonces luciera el chaval y de la cara que se les quedó a los papás cuando abrieron la puerta a aquel vulcaniano de pro varían las versiones.

 

Posdata. Hubo alarma, más que sorpresa, un poco de escándalo, la obligada búsqueda de responsables, tras ser despojado el menor de toda autoridad, y la relativa preocupación por cuantos de aquellos cambios fueran irreversibles; esto último a espaldas del muchacho, entonces sí niño, un auténtico carácter que, todavía no se sabe si debido a la excelente educación recibida o porque como individuo respetuosamente alentado capaz de tomar sus propias decisiones ejerció de tal, en algún momento decidió encarar su futuro de forma tan drástica y sin que en ningún momento le pareciera una niñería. ¿No se trataba de su propia vida?

 

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Córdoba

Es Jueves Santo, unos huyen y miles más vienen. Los vehículos se multiplican, los roces también. En muchos casos eso de a rebosar resulta un eufemismo. Pronto apenas podemos caminar. Grupos y familias con más cansancio que hambre memorizan las cartas de los restaurantes por si acaso; algunos se adivinan cerrados por los clientes. Otros siguen instalados en la duda mientras transcurre el tiempo, no encontrarán nada de su agrado y finalmente mal comerán, otra vez. Un tipo en la calle ofrece poemas sobre Córdoba. Afortunadamente comemos con cierta holgura en un segundo piso a escasos metros de La Mezquita imposible, hoy. Camareros yendo y viniendo, corren y se confunden y finalmente alguien sale mal servido y cabreado. Las calles y callejuelas no dan abasto. En los lugares donde se inician los desfiles no cabe un alfiler, pero nadie tiene suficiente. Dos criaturas delgadísimas, de trece o catorce años vestidas con castellanos, vaqueros “superslim” y americana ceñida, repeinadísimos, palmean y ríen mientras el baranda les dice a cómo han de vender la bolsa de pipas. Niños en carritos sumergidos en el trajín de la gente aguardando horas a que la calle se despeje y delante de sus narices pasen tipos con el rostro oculto guiando o persiguiendo figuras y composiciones religiosas moviéndose sobre decenas de pies. Siguen insistiendo los que quieren estar los primeros. Un tipo advierte en correcto inglés a una pareja extranjera que no se puede avanzar más porque todo está completo y detenido; full, les dice. Los visitantes retroceden convencidos y agradecidos. Otra pareja mayor, del país, insiste donde los foráneos, el tipo les repite lo mismo pero no le creen, ellos quieren pasar a toda costa, no les deja, la mujer acepta y se detiene, él refunfuña contra el otro agazapado detrás, no calla… ese debe ser maestro… tan listo. Una madre trata de dormir en brazos a un bebé de meses asomada al balcón mientras en la calle suenan cornetas y tambores. Salen los militares, la banda al son de una música religioso-militar, las imágenes a hombros; hay aplausos, también se oye algún que otro chist; otros se persignan y una gran mayoría muestra el móvil en alto en señal de acatamiento. Finaliza la salida y la gente corre a ver otra… y otros. Tomamos un par de copas mientras decidimos no el lugar dónde ir sino por dónde habrá menos gente. Hay calles literalmente tomadas por adultos y niños que esperan sin tiempo ni nada mejor que hacer. Los camareros de otro bar no cesan de servir copas, son siete, ocho… no, diez… o más, la caja no deja de engullir billetes. Dos encargadas hablan de la tarde, no paran. Unas gitanas limpias y repeinadas, cada una con su correspondiente ramita de romero, hablan entre ellas de un gitano que suelta un par de tortas a quien no le hace caso mientras se sitúan en los aledaños de uno de los arcos que dan acceso a la zona antigua dispuestas detener a cualquiera que se deje y colgarle la oración. En otro cruce de cuatro metros cuadrados la circulación peatonal parece detenida, se ven algunos capuchinos, la gente sigue esperando. Vamos en otra dirección, lo mismo. En la siguiente vemos pasar una imagen, justo lo que deja el metro y medio de esquina a esquina. Hay quienes pretenden cruzar a toda costa, y pugnan y empujan; también vienen otros en sentido contrario, y los que simplemente aguardan intentando ver no lo entienden ¿qué pretenden? No se puede cruzar durante el paso de los desfiles. Insisten. Cruzan. Gritan. Dos tipos empujan en sentido contrario avisando que llevan niños a los que es imposible ver desde arriba, se encaran y se retan, todos estamos nerviosos. También puede ser una broma para que les dejen pasar, de hecho a otros les funciona porque la excusa era que el niño se estaba orinando y se lo iba a hacer encima, cuando logran cruzar se ríen vencedores y satisfechos. Unos costaleros se enfadan porque no pueden cruzar ni llegar al relevo, desconfiamos, a pesar de sus atuendos de costaleros. Otro no puede llegar a trabajar, o a su casa. Nos arrastran justo hasta dejarnos en el medio de las dos filas de capuchinos durante el paso de una procesión, la gente nos mira y se pregunta, con razón, qué hacen esos junto a la imagen, sin poder movernos ni en un sentido ni en otro. Debería estar prohibido. Salimos, al fin. Imposible aproximarse hasta las inmediaciones de la Carrera Oficial. Mejor por el río. Un joven avanza entre la gente hablando por el móvil y advirtiendo al del otro lado que hoy es el peor día para quedar. Más calles con gente ordenándose a un lado y a otro aguardando pero sin saber exactamente a qué hora, ya llegará, por si acaso ellos ya tienen el sitio, los niños protestan con razón, siguen sin entender. Los bares de copas comienzan a encender las luces y las mesas de la calle se retiran porque probablemente esa zona sea ahora el paso de algún desfile. Un tipo orina en el quicio de una puerta en una callejuela por la que no deja de pasar gente. Ya es de noche y hay que buscar un lugar dónde tomar algo, el cansancio comienza a sentirse. La Policía Municipal consigue encauzarnos -dónde la gente se deja- hacia lugares con menos densidad en los que también poder respirar. Cualquier sitio, ese bar en el que, al fondo, queda una mesa libre. Hacemos como que cenamos sin que podamos dar dos veces seguidas con el mismo camarero para servirnos. Decidimos quedarnos a dormir, es tarde y el viaje de vuelta es largo, buscamos un hotel a última hora de la noche, todavía sigue siendo jueves. Una locura, lo encontramos, un agujero repleto de legionarios remangados hasta más arriba de los codos, pecho descubierto y ganas de juerga, sin dejar de fumar mientras retan y piropean a cualquier objeto viviente con aspecto de hembra; son jóvenes y hasta que los recojan mañana no tienen prisa ni ganas de dormir. Tampoco dormirá nadie esa noche en el hotel. El ajetreo del día nos afecta a todos, discutimos por cualquier cosa. Vuelta a la calle; ahora más despejadas. Nos tomamos otra. La Carrera Oficial es accesible. Limpian los suelos de la parafina que dejan caer los enormes velones -ignoro si todavía se fabrican con cera. Hay gente que resbala, mejor tener cuidado. Hombres con traje y ropa de abrigo aprietan el móvil en la mano mientras van y vienen organizando el siguiente paso, ya estamos en viernes. Hay que rellenar el palco principal, mujeres con mantilla y peineta negras y tipos trajeados aguardan entre suntuosos y cansados escoltados por unos guardias o soldados decimonónicos que se saludan ceremoniosamente en el relevo. Otra procesión, se pueden avistar las llamas en movimiento que culminan los largos velones. Con gente o sin gente, con los palcos vacíos u ocupados por desorientados que pasaban por allí la procesión entra en Triunfo a la hora estipulada. Capuchinos con pinta de atareados se adelantan y retroceden entre las filas dando consignas, deteniendo la comitiva o animando el paso. Algunas manos lucen ensangrentadas por los goterones de cera o parafina que caen sobre ellas y que probablemente quemarán. Llega otro paso. Hombres, solo se ven hombres en los desfiles, esta semana parece solo de los hombres, ninguna mujer, tal vez escondidas debajo de algún capirote cubiertas por una túnica que les llega a los pies. Por delante de los pasos tipos repeinados con aspecto de señoritos hablan  pomposos a la grey que se mueve debajo de la estructura, prole que, obediente, hormiguea también a las órdenes de los subalternos que secundan a este lado de los ropajes las órdenes del principal. Suben, frenan, aceleran, descienden, entran en la Mezquita, horriblemente iluminada, roto el oscuro recogimiento y la serenidad de sus centenarias columnas. Cambio de porteadores, de debajo de la estructura aparecen decenas de tipos sudorosos en manga corta y con la cabeza cubierta; no todos se abrigan en el frío de la noche porque precisamente ahora pueden mostrar ese peculiar orgullo de costalero. Cuando el relevo, que ha entrado por el lado contrario, está listo la comitiva continua. Ahora las calles lucen vacías pero repletas de desperdicios y miles de botes de cerveza. Los basureros recogen cómo y lo que pueden. En una esquina unas parejas cambian de opinión y deciden comerse unos churros con chocolate para combatir el frío de la madrugada cordobesa. En lo alto de una terraza adornada con neones, frente al Guadalquivir, más gente con ganas de música, juerga y bebercio. En nuestro caso ya no quedan ganas de más copas. Una mujer vestida de oscuro ajustado sale de una calleja gritándole al móvil algo de un par de sopapos como no la dejen en paz; dos bebedores sin local se ríen comentando los gritos de aquella que se aleja. Apenas hay vehículos y la gente comienza a desparramarse, somos de los últimos, más cerca de las cuatro que de las tres de la madrugada. Nos espera nuestro agujero de los años setenta repleto de “legías” con ganas de juerga. El cansancio es más que evidente.

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Metafísica de la lechera

Probablemente el cuento de la lechera nada tenga que ver con la metafísica al uso, es decir, esa parte de la filosofía que va más allá de la física, la que trata las preguntas sobre el ser, la existencia, el bien, la verdad, etc.; preguntas que los antiguos solían hacerse mientras contemplaban las estrellas y de las que nosotros actualmente pasamos, son demasiado turbias, además de inútiles, y no nos sirven para solucionar nada concreto de la realidad en la que nos movemos; son tan poco reales que no merece la pena dedicarles tiempo real para volverlas a plantear, y ni mucho para esforzarse en resolverlas, si es que tienen solución. Para ello ya están las religiones y sus misterios, que ofrecen una metafísica más simple y menos problemática, eso sí, difícil de comprender, como todo lo elevado, pero para resolver cualquier duda o reticencia ya está la fe, esa herramienta multiusos que solventa en un santiamén cualquier problema de entendimiento o comprensión. Mientras que cualquier pensador al uso pronto se perdería en elucubraciones que solo él entendería acerca de las mencionadas preguntas y su supuesta importancia, la fe nos las soluciona de una tacada, porque de lo que no conocemos mejor no hablar, ese “de lo que no se puede hablar hay que callar” con el que Wittgenstein acaba su Tratactus.

La metafísica del cuento de la lechera, sin embargo, es mucho más útil y sencilla, no dejan de ser también elucubraciones, pero a partir de una realidad concreta que puede verse y tocarse, el cántaro de leche y su existencia contante y sonante. Es otra forma de forjar un paraíso, eso sí, en la tierra -por lo que en bastantes casos suelen recibir el nombre del libro de otro filósofo, la Utopía de Tomás Moro-, algo por lo que relamerse frente al absurdo de la razón en el que se empeñan, por ejemplo, idealistas hegelianos, si es que todavía quedan, o los materialistas marxistas, más cercanos en el tiempo, pero solo eso; utopías, estas últimas, mucho más inalcanzables que ese inalcanzable paraíso celestial que a tan poco y selectivo nos obliga en la tierra.

El problema principal, claro, es cómo se aviene cualquier cuestión metafísica con la inapelable e inevitable realidad de la estancia humana en esta tierra, con los fracasos, el dolor, el sufrimiento, los sucesos inexplicables y lo errático y caprichoso de nuestro propio comportamiento como especie, que no es ni mejor ni peor, es el que tenemos, lo que somos.

En lo referente a las metafísicas más serias, ya sean laicas o religiosas, las cuestiones propias de la materia se tratan o discuten de forma diferente, en el primer caso prolongando las discusiones sine die sin nunca llegar a una solución satisfactoria general y, en el segundo, antes de expulsar o confundir, atajando directamente y de un carpetazo por el cómodo y dócil camino de la fe. En cuanto a la metafísica del cuento de la lechera las respuestas son más de andar por casa y nos permiten construir e imaginar a partir de una realidad que las otras abandonaron por demasiado prosaica. Aquellas siempre nos dejan sin argumentos tangibles y en cambio la metafísica “lecheriana” nos permite forjar a corto y largo plazo mediante proyectos de gran verosimilitud a los que, en caso de fracaso, resulta relativamente fácil sobreponernos porque, de partida, intuíamos que no las teníamos todas consigo. Es cierto que al igual que los metafísicos serios se pierden con facilidad en sus misterios mentales, los del cuento de la lechera también se olvidan pronto de la física, la del cántaro, y entonces tropiezan y se rompe; hecho que no impide que con relativa premura vuelvan a forjarse otros nuevos por si las moscas.

Pero, definitivamente, en la metafísica del cuento de la lechera el ser tiene un significado claro y preciso: soy o seré rico, y existo para gastar cuanto se me antoje; la verdad radica en que tengo dinero y puedo hacer lo me dé la gana y, por último, el bien indudablemente es el dinero ¿qué más respuestas queremos? Con verdades tan físicamente afianzadas puede llevarse una vida feliz -¡ah! la felicidad y sus variopintos significados- y hasta ayudar, si nos place y disponemos de ganas y tiempo, a los demás; para cuestiones más trascendentes -me refiero a la trascendencia que tiene que ver con la importancia, no a la otra-, ya están las festividades como la Semana Santa, que nos recuerdan que es importante reflexionar sobre la humanidad desde la intimidad de nuestra sagrada, coqueta y lujosamente adornada capilla particular. ¿Qué más?

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Policías

Era ya madrugada y seguía enganchado al teléfono, sin cesar de hablar y teclear -hablaba con nosotros y tecleaba a su chica, que le requería con una urgencia materialmente imposible cuestiones íntimas que al parecer no podían esperar. Reía y seguía contándonos de él y sus colegas, no le gustaba estudiar y sus padres al fin le dijeron que lo dejara y buscara un trabajo y así vivir con su chica -lo realmente importante-; en cuanto a los colegas, la mayoría disfrutaba de un cómodo trabajo en los cuerpos de seguridad del Estado (Policía o Guardia Civil), el destino soñado para la gente de su edad, al menos en su pueblo y la comarca donde residía; un sueldo fijo y a vivir. Viéndolo allí delante me era difícil imaginármelo uniformado pidiendo orden y respeto, como de costumbre me volvería a equivocar.

Hace ya mucho tiempo, a poco de la muerte del dictador, tanto la Policía como la Guardia Civil representaban lo peor del régimen recién concluido, eran algunos de los órganos represivos del Estado, definición tan abstracta como contundente que, en cierto modo, nos ponía en guardia respecto a los medios con los que aquella dictadura, como todas, había reprimido cualquier opinión contraria a los ideales del régimen. Salíamos de una época oscura y los ánimos estaban todavía calientes contra todo lo que significara prohibición o censura de la libre expresión de pensamientos o ideas políticas. Eran otros tiempos.

Luego, a medida que la democracia se asentaba y el país comenzaba a cambiar, aunque sin todavía perder el recelo o cautela hacia la autoridad y lo que significaba, se fueron instalando otras formas de pensar en las que esos mismos cuerpos se reconvertían en los protectores de la democracia, eran los necesarios intermediarios entre el ciudadano corriente y quienes incumplieran la ley con motivos egoístas contrarios al bien común. El funcionario policial pasaba a ser un mediador y defensor más del sistema democrático con un cometido siempre complicado, interceder y facilitar la convivencia entre todos intentando suavizar y limar aristas entre los inevitables y diferentes puntos de vista que surgen ante cualquier cuestión colectiva; queda resaltar que para semejante cometido se necesitaba un temple y una preparación muy específica. Era necesario, pues, revalorizar una ocupación despojándola de la evidente mala fama adquirida durante la dictadura, a lo que añadir el ineludible componente moral que llevaba aparejado, incluidas las indispensables aptitudes y condiciones en el trato, imparcialidad, sentido del deber y de la justicia y respeto ante quien está detenido pero no procesado, y ni mucho menos condenado. Un futuro de responsabilidad casi exquisita para con los integrantes de los cuerpos de seguridad, un saber estar y comportarse que no todas las personas serían capaces de mantener por encima de pasiones y emociones.

Pero si los colegas del muchacho que tenía en esos momentos delante y con el que llevaba trabajando unos días se parecían a él no tenía más remedio que ponerle comillas a lo escrito más arriba. También es posible que la instrucción y el aprendizaje de los recién admitidos agentes sea tan dura e intensa que el chaval cambie de forma radical una vez salga de la Academia o donde sea que los adiestren. Que haya algo más que vestir el poder del uniforme y llevar “pipa”.

Después mi memoria tal vez desbarró y traicioneramente me llevó a la película española El Niño, donde uno de los delincuentes protagonistas, el más gracioso o el menos espabilado, el que no acaba en la cárcel, consigue como solución a su incierto futuro ingresar en la Guardia Civil, no sé si por auténtico propósito de enmienda, por la “pipa” o porque no había otra cosa a mano. Demasiadas dudas que la película no aclaraba -tampoco era su intención-, más bien enturbia. No sé. Demasiadas dudas, repito, respecto de quién y cómo, en este país, se enfrenta a la delincuencia, qué significa para ellos la responsabilidad de su puesto, cuáles son sus prioridades o qué sentido tiene, por ejemplo, ahora que también viene a cuento, que en algunas autonomías lo primero que se creara fuera un cuerpo de seguridad propio -¿los palos que te da la Policía Autonómica del País Vasco, la Foral de Navarra o un Mozo de Escuadra duelen menos que los de un Policía Nacional? ¿Porque son de los míos? Más, ahí está el servilismo y la obediencia debida del señor Trapero y sus mozos de escuadra -el no muerdas la mano que te da de comer. ¿Qué respeto merece una  policía dócil y sumisa para con sus amos? ¿qué imparcialidad y justicia pueden impartir tantos estómagos agradecidos? Qué follón.

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Jazz

En estos días finales de invierno en los que el sol aún no se muestra con confianza, amilanado por unas nubes que tiñen de gris y humedecen los días como hacía mucho que no se veía por estos lares, viene sonando en casa un disco encontrado al azar en una tienda de segunda mano en las que de vez en cuando rebusco sin saber qué; una de esas tiendas en las que te dedicas a repasar cajas y cajas de discos conocidos y desconocidos entre la duda y la prisa, vagabundeo que casi siempre toca a su fin cuando el horario te parece ya excesivo para tan escaso botín, nada, y es en última instancia, por no salir con las manos vacías, cuando escoges lo que viste en una de las primeras cajas, ese disco que te llamó la atención al principio, en el que te detuviste y por el que pasaste porque tal vez te parecía demasiado pronto y casualidad haber dado con lo que inconscientemente buscabas a las primeras de cambio. Una de tantas grabaciones de los años cincuenta o sesenta que ofrece música sin estridencias ni malabarismos de estrellas de moda, un delicioso caudal de sonidos desgranados de forma elegante por unos músicos que te obligan a detenerte y sentir cómo se evapora esa melancolía que la persistente lluvia viene depositando en el corazón, mágicamente sustituida por una sonrisa esperanzada que te invita a abordar el minuto siguiente con la alegría del que se siente tan vivo como libre.

Esta pequeña obra de arte, un disco que probablemente no estará entre los mejores de la historia del jazz, está firmada por el saxo de terciopelo de Coleman Hawkins y contiene todo lo necesario tanto para sentirla como para disfrutarla; una forma de narrar sin prejuicios ni ceremonias, una música sin tiempo ni edad que sin pretender impresionar o lograr la excelencia porque sí lo consigue con facilidad, nota tras nota, gracias al buen hacer de unos músicos excelentes dedicados a lo que mejor saben hacer: música. Un estado del alma para el que no hacen falta ni condicionantes ni medidas y si la valentía para dejarse penetrar por ritmos y melodías que acaban plácidamente instaladas en el corazón antes que en la cabeza, sembrando una deliciosa semilla que poco a poco va creciendo y generando un bienestar y una confianza que hace unos momentos no existía y ahora estás convencido de que nadie podría tumbar.

Siempre el jazz, ese viejo conocido del que por temporadas reniegas o al que le eres infiel con otras músicas o modas, vanos intentos de saborear platos que con el paso de los días acaban hartando o no diciéndote prácticamente nada; la sorprendente y sorpresiva recuperación de ese fondo de armario que habías medio abandonado y que de pronto se rebela igual de vivo que siempre, y volver escucharlo se convierte en otra nueva exploración de sonidos que emocionan, embelesan y expulsan la prisa meciéndote en un goce sin tiempo ni fin.

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Televisión

Estaba detenido en la calle ante un televisor tras un escaparate mientras se sucedía la publicidad de vehículos iguales en distintos colores para gente igual que pretende o se cree diferente porque se identifica con el modelo que engatusa sus ojos mientras consume una mala cerveza y los jóvenes que persiguen el balón descansan en un hipotético y colorido vestuario donde un adiestrador de efebos sin recursos aspirantes a millonarios y millonarios de hecho aguantan resignados un ceremonial pactado antes de lo que se denomina segunda parte de un juego en el que el dinero se mueve de un lugar a otro sin otro objetivo que el de engordar cuentas bancarias de tipos a los que el juego les importa un pepino pero que también tienen tiempo para fabricar otra publicidad que no es de coches pero que de pronto interrumpe la secuencia motorizada mostrando un hipotético y exitoso futuro para otros jóvenes más jóvenes entretenidos en sus hipotéticas destrezas con ollas y cacerolas como solución de hoy y definitiva a sus prometedoras vidas que de la noche a la mañana se jugarán un todo que todavía sigue siendo nada en función de un fuego demasiado lento o un pescado en exceso cocinado que tal vez les lleve a la derrota más completa y estúpida como ejemplo de lo que este mundo cruel les depara a los que no son capaces de enfrentarse a sus virtudes y limitaciones y no obstante se empeñan o les obligan y animan otros que supuestamente les quieren ayudándolos a participar en mil concursos para inmaduros desorientados que aún no entienden que esto de vivir es más una cuestión de razón y sentido común que de una suerte siempre esquiva que en última y repetida instancia siempre acaba favoreciendo a quienes tienen las riendas en su mano y no cesan de fabricar esa publicidad engañosa que ofrece a los más desfavorecidos el cielo en la tierra a cambio de su permanente docilidad de siervo apto para consumir sin medida coches y concursos culinarios o cantariles sin desfallecer en ningún momento porque diligentemente saben que tras ese concurso habrá otro u otros para los que prepararse acumulando sabiduría de bote en la que adiestrase con ansiosa desesperación empollándose miles de datos con la esperanza de que el reloj se detenga justo en el momento en el que ellos dicen la última palabra y un público enlatado les jalea siguiendo las órdenes de un regidor de guardia cansado o harto de alentar a tanto aburrido capaz de abandonar su vida por un autobús y un bocadillo que le ponga delante de una cámara de televisión que lo instalará momentáneamente en este mundo para felicidad de sus parientes y amigos reunidos previo aviso después de dejar los mismos coches de la publicidad ya envejecidos aparcados en la calle y mutuamente reconocerse en los mismos entretenimientos creados para disuadir de la verdad de las cosas a tanto desesperado por creerse cualquier chisme antes que a sí mismo e incapaz de hacer lo que le dé la gana por el propio placer de hacerlo porque en el fondo necesitan público y jaleo para creerse y hacerse creíbles y al fin reales y más o menos vivos pero igual de pobres.

 

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Sandra

De lo que conozco, además de por propia experiencia, trabajar en el ferrocarril en este país ha sido cosa de hombres, personas más o menos instruidas procedentes de cualquier punto geográfico que por circunstancias personales acababan relacionadas con los trenes, su manejo y sus movimientos; una actividad laboral que, en conjunto, abarcaba desde las faenas más humildes hasta tareas de organización y dirección del ferrocarril a nivel nacional. Como trabajo eminentemente masculino, en muchos casos necesitado de una actividad física exigente y prolongada, daba lugar a comportamientos muy específicos que maduraban formas de ser poco dadas a los matices y proclives a conductas bastante jerárquicas y autoritarias, siendo algo común que, por ejemplo, tipos que se dedicaban a regular los movimientos de los trenes, en muchos casos a niveles muy básicos y sencillos, gustaran embadurnarse con una arrogancia y prepotencia que superaba con creces la importancia de sus funciones, lo que creaba endiosamientos de pacotilla y exigencias de respeto que iban más allá del mero trato personal y laboral entre compañeros; haciendo insoportables a tipejos de poca monta que fuera de las vías no dejaban de ser unos pobres ignorantes.

Pero, por fortuna, los tiempos han ido cambiando y donde antes trabajaban únicamente hombres en la actualidad lo hacen también mujeres, es cierto que en un porcentaje claramente desfavorable para el sexo femenino. Esto facilita que casualmente sea posible coincidir con alguna de esas mujeres en uno de los muchos cursos o actividades formativas que la empresa suele organizar para sus trabajadores, y con ello descubrir y constatar que donde antes los hombres se movían con esa casposa presunción y arrogancia tan masculinas -de la que muchos vivían sin tener algo más que decir- hoy, por ejemplo, Sandra, la protagonista del título, se mueve con natural soltura y una exhibición de juventud y buen hacer organizativo que sacaría los colores a cualquier sujeto de los que antiguamente se jactaban de ser jefes de estación con mando en plaza y reverencia obligada hacia su merecido poder -poder que en más de un caso consistía en una mecánica repetitiva que temblaba de miedo cuando cualquier anormalidad, por pequeña que fuera, alteraba el rutinario paso de los trenes. Hoy Sandra viste de color las pantallas electrónicas donde se representa la circulación de los trenes reales con una responsable solvencia que anda en las antípodas de la casposa seriedad de muchos de sus antecesores en el tiempo, es admitida como una más entre sus compañeros de puesto -lo que en cualquier caso les honra- y muestra y comparte sus conocimientos con esa amabilidad y frescura del que no tiene nada que perder; además de, llegado el caso, ser capaz de superar a todos los hombres, incluido yo mismo, en una prueba de conocimientos.

Aunque este ejemplo no es todo el presente, el ferrocarril en España todavía sigue dominado por los hombres y me temo que entre ellos aún quedan con un cerebro atascado en el pasado, Sandra es el futuro, el mejor ejemplo de que ante esa gravedad masculina tan cargante como reaccionariamente paternal, ante ese orgullo chato y sin futuro que sigue oliendo a naftalina, la jovial alegría y sólida preparación de una cabeza tan bien colocada, y además mujer, no puede hacer sino que sonriamos y nos alegremos por ello, solo queda que su ejemplo cunda y todos sigamos celebrándolo.

 

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Otras calles

Otras calles pero la misma ciudad, más o menos la misma hora, no muy alejadas estas de aquellas y otra gente que, ahora sí, está aquí en cuerpo y alma, porque su tiempo es hoy, ahora mismo, y cada minuto cuenta. Van y vienen de todas partes, se reúnen, sonríen cuando se ven, se saludan, se besan, se repasan de arriba abajo y muestran esto y aquello con un entusiasmo que deja un aroma fresco alrededor que perfuma a todo aquel que pasa a su lado. No cesan de hablar, de preguntarse, y aparecen familiares, amigos y problemas que, viéndolos, no parecen tales, ni siquiera problemas; planifican sobre la marcha a corto y largo plazo, también sobre su futuro, pero es un futuro breve, casi de ahora mismo, de mañana, como mucho. Al poco deciden dónde ir, si al cine o dar un paseo, también vale tomar un refrigerio que es mientras y desde el que no perderse de vista, y conversar o, cómo no podía ser de otro modo, repasar el inevitable teléfono móvil, ese otro pulso que late parejo al de su corazón y, llegado el caso, volverse para nuevamente mostrar esas imágenes siempre importantes, no importa su brevedad y efímera existencia.

Cuenta el ahora, lo que tienen y es más suyo, quizás porque la mayoría representan esa juventud que no suele pensar en el futuro a no ser que los adultos se empeñen en ponérselo insistentemente delante de sus narices; y si parece que se detienen en él, que también saben de sus férreas condiciones, pronto lo dejan a un lado para regresar a su presente, lo verdaderamente importante, lo que les preocupa, con esa preocupación de la que muchos adultos fingen reírse más por desazón que por honradez. Luego, ese mismo adulto, en parte frustrado, pasará al nivel siguiente y les advertirá más seriamente, o les amenazará porque su aparente inconsciencia les perderá, les distrae, les aleja de lo importante, pero ¿qué es lo importante? Sermón originario de un lugar demasiado lejano, proveniente de una distancia más que física, ni siquiera es de tiempo, tiene más que ver con ese alma que los adultos empeñaron hace tiempo a cambio de muy poco o nada, casi enmohecida o simplemente a punto de morir, recluida en un rincón al que no acercarse porque entonces podrían reconocerse en ella y por la que no serían capaces de llorar, ya no.

Pero a día de hoy esta gente más joven hace viva la ciudad, son los propietarios de estas calles y las disfrutan aunque no sean suyas por origen; da igual, las calles pertenecen a quienes saben verlas como algo importante en sus vidas, siempre en presente, siempre ofreciendo libertad, oportunidades y privilegios, ideas, alternativas o un escape en el que perderse sin sentirse agobiado ni expulsado, con quienes hablar y hasta entenderse. Las ocupan, las gastan y también las ensucian y, llegado el caso, las abandonan como a amantes ofendidas cuando decidieron mirar hacia otro lado, les fueron infieles o las dejaron en manos de otros que aparecieron de pronto para hacerlas suyas sin permiso.

 

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Tullidos

El tullido, lo que hoy se considera un minusválido o persona con capacidades diferentes, casi se arrastra en su pequeña silla de ruedas que parece hecha de retales, un descompensado artilugio coronado por una bandera deshilachada que en algún momento fue azul y un pequeño cartel que ofrece quince mil euros de premio a cambio de alguno de los cupones que cuelgan del rincón de su pecho; además, ese mismo cartel también pide disculpas por su intromisión entre la gente normal, está trabajando. Un descorazonador ofrecimiento de buena suerte que a nadie parece importarle porque nadie le hace caso, sobre todo porque el siguiente a su paso ya ha desviado antes la mirada para no encontrarse con la suya. Así que, tal y como apareció y desde su poco más de un metro de altura, silla y ocupante desaparecen por donde vinieron.

Tampoco nadie va a decirle al hombre de la inutilidad de su ofrecimiento porque a nadie le preocupa su vida o su desgraciada incapacidad, y nadie es el mejor calificativo para tantos que a estas horas ocupan, que no pueblan, las calles de esta parte de la ciudad por las que el invalido va tropezando con su silla; muchos yendo y viniendo de forma incesante. Calles que ni siquiera parecen tales, calles que solo los soportan, cobijan su apresurado pasar hacia otros presentes que no son este por el que caminan, obsesionados con otros tiempos y medidas que nada tienen que ver con el ahora físico, vivo; porque este presente, su presente, no existe mientras no hayan llegado, y cuando lleguen donde tal vez les esperan ya será tarde o muy tarde y tendrán que acostarse pensando en mañana, que era el motivo por el que al fin llegaron, habiendo desperdiciado lo que ya es pasado irrecuperable que en el fondo no les importa porque no pueden ni saben cómo detenerse en él para disfrutarlo, tampoco tienen tiempo para ello. No tienen tiempo y mañana siempre apremia, otro día para hacer lo mismo que hoy, que ya es ayer, levantarse hacia un tiempo que siempre es futuro, que no contiene ninguna esperanza concreta y sí una hipotética meta permanentemente renovada que, así mismo, actuará como intermedio hacia otros mañanas que justifican los hoy perdidos o directamente muertos que van gastando lo que suele llamarse vida, sin significados. Toda una vida, término o lapso enorme de tiempo que consume individuos inconscientes de su progresivo e inútil apagamiento mientras pugnan con otros iguales a ellos por poseer un presente pocas veces sentido como tal.

Donde uno mire las calles son la misma, repletas de ausentes, transitada por centenares, millares de cuerpos con sus mentes en otros lugares, una repetida y permanente disociación con nombre de persona vestida para la ocasión. Es invierno, el único dato que puede considerarse presente pero que ellos toman como un inconveniente inevitable, intermedio de otros tiempos venideros que les traerán lo que en estos momentos no pueden tener porque precisamente es invierno, como si el invierno fuera una lacra que condena a las personas a esperar más de lo que ya habitualmente lo hacen.

Una mujer ofrece masajes en medio de la acera en esta fría tarde-noche de Febrero mientras otra mujer mayor fuma desesperadamente en la puerta de un edificio antes de pasar a la zona prohibida de su casa, las dos miran con indiferencia la prisa de estos zombis cansados y ansiosos por el mañana. Su número irá descendiendo progresivamente y las calles se quedarán vacías, tuberías por las que discurre un líquido humano de tullidos del alma.

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