Televisión

Estaba detenido en la calle ante un televisor tras un escaparate mientras se sucedía la publicidad de vehículos iguales en distintos colores para gente igual que pretende o se cree diferente porque se identifica con el modelo que engatusa sus ojos mientras consume una mala cerveza y los jóvenes que persiguen el balón descansan en un hipotético y colorido vestuario donde un adiestrador de efebos sin recursos aspirantes a millonarios y millonarios de hecho aguantan resignados un ceremonial pactado antes de lo que se denomina segunda parte de un juego en el que el dinero se mueve de un lugar a otro sin otro objetivo que el de engordar cuentas bancarias de tipos a los que el juego les importa un pepino pero que también tienen tiempo para fabricar otra publicidad que no es de coches pero que de pronto interrumpe la secuencia motorizada mostrando un hipotético y exitoso futuro para otros jóvenes más jóvenes entretenidos en sus hipotéticas destrezas con ollas y cacerolas como solución de hoy y definitiva a sus prometedoras vidas que de la noche a la mañana se jugarán un todo que todavía sigue siendo nada en función de un fuego demasiado lento o un pescado en exceso cocinado que tal vez les lleve a la derrota más completa y estúpida como ejemplo de lo que este mundo cruel les depara a los que no son capaces de enfrentarse a sus virtudes y limitaciones y no obstante se empeñan o les obligan y animan otros que supuestamente les quieren ayudándolos a participar en mil concursos para inmaduros desorientados que aún no entienden que esto de vivir es más una cuestión de razón y sentido común que de una suerte siempre esquiva que en última y repetida instancia siempre acaba favoreciendo a quienes tienen las riendas en su mano y no cesan de fabricar esa publicidad engañosa que ofrece a los más desfavorecidos el cielo en la tierra a cambio de su permanente docilidad de siervo apto para consumir sin medida coches y concursos culinarios o cantariles sin desfallecer en ningún momento porque diligentemente saben que tras ese concurso habrá otro u otros para los que prepararse acumulando sabiduría de bote en la que adiestrase con ansiosa desesperación empollándose miles de datos con la esperanza de que el reloj se detenga justo en el momento en el que ellos dicen la última palabra y un público enlatado les jalea siguiendo las órdenes de un regidor de guardia cansado o harto de alentar a tanto aburrido capaz de abandonar su vida por un autobús y un bocadillo que le ponga delante de una cámara de televisión que lo instalará momentáneamente en este mundo para felicidad de sus parientes y amigos reunidos previo aviso después de dejar los mismos coches de la publicidad ya envejecidos aparcados en la calle y mutuamente reconocerse en los mismos entretenimientos creados para disuadir de la verdad de las cosas a tanto desesperado por creerse cualquier chisme antes que a sí mismo e incapaz de hacer lo que le dé la gana por el propio placer de hacerlo porque en el fondo necesitan público y jaleo para creerse y hacerse creíbles y al fin reales y más o menos vivos pero igual de pobres.

 

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Sandra

De lo que conozco, además de por propia experiencia, trabajar en el ferrocarril en este país ha sido cosa de hombres, personas más o menos instruidas procedentes de cualquier punto geográfico que por circunstancias personales acababan relacionadas con los trenes, su manejo y sus movimientos; una actividad laboral que, en conjunto, abarcaba desde las faenas más humildes hasta tareas de organización y dirección del ferrocarril a nivel nacional. Como trabajo eminentemente masculino, en muchos casos necesitado de una actividad física exigente y prolongada, daba lugar a comportamientos muy específicos que maduraban formas de ser poco dadas a los matices y proclives a conductas bastante jerárquicas y autoritarias, siendo algo común que, por ejemplo, tipos que se dedicaban a regular los movimientos de los trenes, en muchos casos a niveles muy básicos y sencillos, gustaran embadurnarse con una arrogancia y prepotencia que superaba con creces la importancia de sus funciones, lo que creaba endiosamientos de pacotilla y exigencias de respeto que iban más allá del mero trato personal y laboral entre compañeros; haciendo insoportables a tipejos de poca monta que fuera de las vías no dejaban de ser unos pobres ignorantes.

Pero, por fortuna, los tiempos han ido cambiando y donde antes trabajaban únicamente hombres en la actualidad lo hacen también mujeres, es cierto que en un porcentaje claramente desfavorable para el sexo femenino. Esto facilita que casualmente sea posible coincidir con alguna de esas mujeres en uno de los muchos cursos o actividades formativas que la empresa suele organizar para sus trabajadores, y con ello descubrir y constatar que donde antes los hombres se movían con esa casposa presunción y arrogancia tan masculinas -de la que muchos vivían sin tener algo más que decir- hoy, por ejemplo, Sandra, la protagonista del título, se mueve con natural soltura y una exhibición de juventud y buen hacer organizativo que sacaría los colores a cualquier sujeto de los que antiguamente se jactaban de ser jefes de estación con mando en plaza y reverencia obligada hacia su merecido poder -poder que en más de un caso consistía en una mecánica repetitiva que temblaba de miedo cuando cualquier anormalidad, por pequeña que fuera, alteraba el rutinario paso de los trenes. Hoy Sandra viste de color las pantallas electrónicas donde se representa la circulación de los trenes reales con una responsable solvencia que anda en las antípodas de la casposa seriedad de muchos de sus antecesores en el tiempo, es admitida como una más entre sus compañeros de puesto -lo que en cualquier caso les honra- y muestra y comparte sus conocimientos con esa amabilidad y frescura del que no tiene nada que perder; además de, llegado el caso, ser capaz de superar a todos los hombres, incluido yo mismo, en una prueba de conocimientos.

Aunque este ejemplo no es todo el presente, el ferrocarril en España todavía sigue dominado por los hombres y me temo que entre ellos aún quedan con un cerebro atascado en el pasado, Sandra es el futuro, el mejor ejemplo de que ante esa gravedad masculina tan cargante como reaccionariamente paternal, ante ese orgullo chato y sin futuro que sigue oliendo a naftalina, la jovial alegría y sólida preparación de una cabeza tan bien colocada, y además mujer, no puede hacer sino que sonriamos y nos alegremos por ello, solo queda que su ejemplo cunda y todos sigamos celebrándolo.

 

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Otras calles

Otras calles pero la misma ciudad, más o menos la misma hora, no muy alejadas estas de aquellas y otra gente que, ahora sí, está aquí en cuerpo y alma, porque su tiempo es hoy, ahora mismo, y cada minuto cuenta. Van y vienen de todas partes, se reúnen, sonríen cuando se ven, se saludan, se besan, se repasan de arriba abajo y muestran esto y aquello con un entusiasmo que deja un aroma fresco alrededor que perfuma a todo aquel que pasa a su lado. No cesan de hablar, de preguntarse, y aparecen familiares, amigos y problemas que, viéndolos, no parecen tales, ni siquiera problemas; planifican sobre la marcha a corto y largo plazo, también sobre su futuro, pero es un futuro breve, casi de ahora mismo, de mañana, como mucho. Al poco deciden dónde ir, si al cine o dar un paseo, también vale tomar un refrigerio que es mientras y desde el que no perderse de vista, y conversar o, cómo no podía ser de otro modo, repasar el inevitable teléfono móvil, ese otro pulso que late parejo al de su corazón y, llegado el caso, volverse para nuevamente mostrar esas imágenes siempre importantes, no importa su brevedad y efímera existencia.

Cuenta el ahora, lo que tienen y es más suyo, quizás porque la mayoría representan esa juventud que no suele pensar en el futuro a no ser que los adultos se empeñen en ponérselo insistentemente delante de sus narices; y si parece que se detienen en él, que también saben de sus férreas condiciones, pronto lo dejan a un lado para regresar a su presente, lo verdaderamente importante, lo que les preocupa, con esa preocupación de la que muchos adultos fingen reírse más por desazón que por honradez. Luego, ese mismo adulto, en parte frustrado, pasará al nivel siguiente y les advertirá más seriamente, o les amenazará porque su aparente inconsciencia les perderá, les distrae, les aleja de lo importante, pero ¿qué es lo importante? Sermón originario de un lugar demasiado lejano, proveniente de una distancia más que física, ni siquiera es de tiempo, tiene más que ver con ese alma que los adultos empeñaron hace tiempo a cambio de muy poco o nada, casi enmohecida o simplemente a punto de morir, recluida en un rincón al que no acercarse porque entonces podrían reconocerse en ella y por la que no serían capaces de llorar, ya no.

Pero a día de hoy esta gente más joven hace viva la ciudad, son los propietarios de estas calles y las disfrutan aunque no sean suyas por origen; da igual, las calles pertenecen a quienes saben verlas como algo importante en sus vidas, siempre en presente, siempre ofreciendo libertad, oportunidades y privilegios, ideas, alternativas o un escape en el que perderse sin sentirse agobiado ni expulsado, con quienes hablar y hasta entenderse. Las ocupan, las gastan y también las ensucian y, llegado el caso, las abandonan como a amantes ofendidas cuando decidieron mirar hacia otro lado, les fueron infieles o las dejaron en manos de otros que aparecieron de pronto para hacerlas suyas sin permiso.

 

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Tullidos

El tullido, lo que hoy se considera un minusválido o persona con capacidades diferentes, casi se arrastra en su pequeña silla de ruedas que parece hecha de retales, un descompensado artilugio coronado por una bandera deshilachada que en algún momento fue azul y un pequeño cartel que ofrece quince mil euros de premio a cambio de alguno de los cupones que cuelgan del rincón de su pecho; además, ese mismo cartel también pide disculpas por su intromisión entre la gente normal, está trabajando. Un descorazonador ofrecimiento de buena suerte que a nadie parece importarle porque nadie le hace caso, sobre todo porque el siguiente a su paso ya ha desviado antes la mirada para no encontrarse con la suya. Así que, tal y como apareció y desde su poco más de un metro de altura, silla y ocupante desaparecen por donde vinieron.

Tampoco nadie va a decirle al hombre de la inutilidad de su ofrecimiento porque a nadie le preocupa su vida o su desgraciada incapacidad, y nadie es el mejor calificativo para tantos que a estas horas ocupan, que no pueblan, las calles de esta parte de la ciudad por las que el invalido va tropezando con su silla; muchos yendo y viniendo de forma incesante. Calles que ni siquiera parecen tales, calles que solo los soportan, cobijan su apresurado pasar hacia otros presentes que no son este por el que caminan, obsesionados con otros tiempos y medidas que nada tienen que ver con el ahora físico, vivo; porque este presente, su presente, no existe mientras no hayan llegado, y cuando lleguen donde tal vez les esperan ya será tarde o muy tarde y tendrán que acostarse pensando en mañana, que era el motivo por el que al fin llegaron, habiendo desperdiciado lo que ya es pasado irrecuperable que en el fondo no les importa porque no pueden ni saben cómo detenerse en él para disfrutarlo, tampoco tienen tiempo para ello. No tienen tiempo y mañana siempre apremia, otro día para hacer lo mismo que hoy, que ya es ayer, levantarse hacia un tiempo que siempre es futuro, que no contiene ninguna esperanza concreta y sí una hipotética meta permanentemente renovada que, así mismo, actuará como intermedio hacia otros mañanas que justifican los hoy perdidos o directamente muertos que van gastando lo que suele llamarse vida, sin significados. Toda una vida, término o lapso enorme de tiempo que consume individuos inconscientes de su progresivo e inútil apagamiento mientras pugnan con otros iguales a ellos por poseer un presente pocas veces sentido como tal.

Donde uno mire las calles son la misma, repletas de ausentes, transitada por centenares, millares de cuerpos con sus mentes en otros lugares, una repetida y permanente disociación con nombre de persona vestida para la ocasión. Es invierno, el único dato que puede considerarse presente pero que ellos toman como un inconveniente inevitable, intermedio de otros tiempos venideros que les traerán lo que en estos momentos no pueden tener porque precisamente es invierno, como si el invierno fuera una lacra que condena a las personas a esperar más de lo que ya habitualmente lo hacen.

Una mujer ofrece masajes en medio de la acera en esta fría tarde-noche de Febrero mientras otra mujer mayor fuma desesperadamente en la puerta de un edificio antes de pasar a la zona prohibida de su casa, las dos miran con indiferencia la prisa de estos zombis cansados y ansiosos por el mañana. Su número irá descendiendo progresivamente y las calles se quedarán vacías, tuberías por las que discurre un líquido humano de tullidos del alma.

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Pasear

El paseo contiene por principio una variante de distracción que lo hace, si no más interesante -aunque no tiene por qué, se trata de pasear- si más atractivo y entretenido por lo que conlleva de posible descubrimiento para el paseante, protagonista exclusivo que al albur y solaz de sus pasos curiosea por calles y caminos prolongando indefinidamente un tiempo propio valioso por cuanto aporta un plus de distensión indispensable, tanto por su mismo disfrute como por el beneficio de esa tregua o intermedio antes de afrontar nuevas tareas y sus posibles complicaciones. Pasear es, o era, toda una declaración de principios, una actividad en la que primaba el entreacto lúdico o, por contra, una bonita forma de embarcarse en esos necesarios periodos reflexivos o creativos tan vitales y queridos para el propio paseante; pasear también podía convertirse en un auténtico peregrinaje hacia lugares, tanto físicos como del alma, si no recónditos si poco explorados o donde las propias expectativas podían satisfacer cualquier íntima pulsión que no por en apariencia intrascendente dejaba de tener su justo valor.

Tengo que hablar en pasado porque lo que hoy en día mayormente vemos y admitimos como caminar o pasear nada tiene que ver con el entretenimiento, la distracción, el descubrimiento o cualquier tipo de actividad reflexiva, tanto introspectiva como creativa. Pasear se ha convertido en una dura obligación en toda regla, una necesidad impostada nada alegre que tiene más que ver con las apariencias y los demás que con nosotros mismos; pero no son los demás los que nos obligan a ponerla en práctica, nada de eso, sino que somos nosotros los que nos obligamos inducidos por unos modelos urbanos nacidos de la pereza y el aburrimiento, de la falta de curiosidad a la que unas rutinas sociales y de entretenimiento dirigido nos condenan. Entre estas rutinas pasear es una más por la que tampoco conviene preguntarse, ni si apetece, solo que hay que ponerla en práctica cuanto antes porque de lo contrario se corre el peligro de caer irremediablemente enfermo o inevitablemente preso de una obesidad incipiente que tiene de malo lo que nosotros de simples.

Por eso nos hemos habituado a ver a tantas y tantos yendo de acá para allá, bueno, no es precisamente así, lo parece pero es peor, se trata de cumplir a rajatabla itinerarios cerrados en los que no cabe la sorpresa ni la distracción, servidumbres en toda regla que impiden aflojar el paso, detenerse ante un escaparate o una flor, charlar sin prisa con algún conocido dedicado a otras tareas o alterar el recorrido sin un motivo más que justificado, lo que podría traer como consecuencia un final incierto o desconocido que quizás hasta pudiera sorprendernos. Nada de eso, urge de partida y sin concesiones completar el recorrido principal, a buen trote y sin detenciones, ninguna, con paso ligero, la mirada perdida y el gesto entre concentrado y cabreado -por si alguien se atreve a inmiscuirse-; mejor con auriculares -qué de auriculares se venden, menudo negocio- para que así no nos distraigan los vulgares ruidos exteriores o las conversaciones ajenas que molestan y cansan. A pasear también se llama ahora hacer ejercicio, ya lo era antes, pero se trataba de una de las gratificaciones secundarias de la propia actividad y no tenía tanto lustre; hoy el ejercicio es la primera opción, la única, y a ser posible aderezada con la mente en blanco o entretenida, con tal de no pensar, con cualquier ruido artificial de significado cero. También existe la opción de vestirse ad hoc, lo que es más difícil de entender, quizás sea que conviene identificarse de antemano con disfraces para la ocasión -en los que suele perderse el sentido del ridículo- con tal de dejar claro cuál es nuestro objetivo y disuadir a propios y extraños. No sé si es nuestra docilidad o nuestra estupidez la que no conoce límites.

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Poder

Hay una escena en la película El instante más oscuro en la que Churchill, camino del gobierno, repasa a sus conciudadanos desde la ventanilla del coche oficial; hombres, mujeres y niños embebidos en sus trabajos y ocupaciones más triviales en ese momento ajenos a lo que se está jugando en el tablero político internacional. Personas de toda clase y condición que por circunstancias de la vida, como suele decirse, habitan y ocupan lugares y posiciones a millas de distancia del poder; un poder al alcance o en las manos de quienes por nacimiento o voluntad lo viven y sienten cercano, y para acceder a él solo tienen que dar el paso y hacerse cargo del mismo en nombre de todos aquellos que, quiéranlo o no, jamás podrán hacerlo. Un paso adelante siempre necesario porque, tal y como sucede en la misma película, puede darse el caso de que ese mismo poder corra el peligro de eternizarse inmovilizado en la egoísta incertidumbre de quienes, priorizando sus propios intereses, miran esa política de forma mezquina y cobarde.

Es cierto que el poder, su ejercicio, es una cuestión tanto de carácter como de voluntad y no todo el mundo sirve para ostentarlo y practicarlo. Habrá quienes zanjen la cuestión afirmando que es imposible separar la política y el poder de los intereses personales, desgraciadamente arrastrados por la torticera conformidad de que eso es lo que todo el mundo ha hecho, hace o haría, como si esta historia que llevamos adelante a su pesar la hubieran sostenido exclusivamente tipos de mirada corta y paso tembloroso, porque entonces no estaríamos donde estamos. Una forma de pensar y actuar de esa parte de la población que prefiere que otros se muevan y quemen mientras ellos aguardan en segundo plano la hora de recoger las migajas o los beneficios. Hoy tal vez cuesta entender que hubo gente que a la hora de gobernar antepuso el bien común por encima del personal, da igual si fue por convencimiento o vocación, y hasta tal punto fueron importantes y cruciales sus decisiones que, desde la perspectiva que conceden los años, su actuación fue vital para el futuro que nosotros disfrutamos ahora; eso es lo que queda, para bien y para mal, aunque las consecuencias de sus actos no fueran para el protagonista del todo afortunadas -Churchill fue rechazado por esa misma población nada más acabar la guerra.

Hasta ese punto llegan los caprichos de una población que pierde la perspectiva demasiado pronto; porque no es el caso de estar eternamente agradecidos y dedicarse a levantar pedestales contra al olvido, sino de aceptar y aplaudir el compromiso común de esos pocos -lo que también vale para el día a día del resto de los mortales- que ven el mundo como su hogar en lugar de como un cajero automático.

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Aviso para navegantes (Ocurrencia)

Uno nunca está con quien cree que está sino con quien está a pesar de lo que uno crea.

 

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Antonio

Suena Kanie West en el coche de regreso al hotel -la facilidad para pasar de un mundo a otro con solo apretar un botón es asombrosa-, ya casi noche cerrada, una oscuridad repleta de nubes que nos han acompañado durante toda la jornada impidiendo que nos detuviéramos en la puesta de sol. A última hora se ha levantado una brisa que animaba a recogerse, despedirnos de Antonio y largarnos al calor de una ducha con la que encarar el resto del día. Siguen sonando los tacos en inglés cuando caigo en la cuenta de que no me he fijado si Antonio disponía de ducha en su precario hogar; probablemente no. Además, aquello de cerrado a cal y canto debe ser en su caso bastante complicado, con tan solo el culo de un bidón repleto de brasas caldeando la primera habitación a la que da acceso la puerta de su casa, el resto de los cuartos o estancias parecerán más bien autopistas por las que circulan a su antojo los vientos del Atlántico.

Allí seguirá, en el centro de la noche otro día más, entreteniendo su soledad con la oscuridad y el permanente ruido de las olas llamando a la puerta, convencido y convincente, amable y solicito a la hora de contar, una vez más, la pequeña historia de su vida a otros paseantes curiosos que se acercaron a preguntar si el pozo construido delante del pequeño porche, a escasos cincuenta metros del mar, era de agua dulce. Claro que sí nos contestó, a veces la marea llega hasta el brocal pero las aguas no se mezclan. Y como, por educación, tocaba, el paso siguiente fue el de invitarnos a entrar y mostrarnos sus posesiones, un pintoresco refugio, morada o residencia levantada a base de retales a caballo entre las dunas y la enorme playa de Doñana: hierro, baldosas de todo tipo, ladrillos encalados, maderas, aluminio, persianas de plástico y probablemente algún que otro pecio o resto que allí cumple con diligencia una función para la que en principio no fue fabricado, un variopinto conjunto coronado por unas placas solares que le suministran electricidad y dan vida a una pequeña televisión plana que en ese momento cuenta historias locales; un auténtico hogar mostrado sin orgullo ni resignación, es lo que hay. Vine aquí en el año 62 y aquí sigo -nos dice-, ganándole poco a poco comodidades a la playa y a ese mar a nuestra espalda, hoy de cuchara, de los que vive; mientras, algún abogado litiga con la Junta tratando de impedir un posible desalojo que se nos antoja completamente innecesario porque probablemente Antonio tiene más derechos y más antiguos sobre aquel pedazo de tierra que las gaviotas y correlimos que deambulan por la playa.

La visita, apremiante por nuestra parte porque no nos podemos quitar la sensación de estar molestando, se lleva a cabo sin prisas por parte Antonio, que sigue contando y respondiendo amablemente a nuestras preguntas, rostro curtido por el sol y el mar, bigote blanco y claro y habla pausada con un ligero acento. Tampoco recuerdo el número de habitaciones, sin puertas, que vamos curioseando con su afable consentimiento, una auténtica miscelánea en la que se multiplican los rincones ocupados por objetos de todo tipo y procedencia abrigados por paredes engalanadas con recuerdos e imágenes religiosas, calendarios de imágenes religiosas y fotografías en blanco y negro y color de ascendientes e hijos que ya apenas vuelven por aquí, esto no es para ellos. Finalmente llegamos a una especie de chamizo al pie de una duna donde duerme un todoterreno del que apenas puede verse una puerta.

También nos cuenta que vinieron a filmar un documental que ahora, cree, están exponiendo en Sevilla. Sigue contestando a nuestras preguntas o mostrándonos una ristra de níscalos de un aspecto excelente que hoy mismo ha cogido de los pinos, su cena o tal vez la comida de mañana, además de la pesca, corvinas o acedías riquísimas -es la temporada-; de eso vive porque ya no está para esfuerzos como los de los coquineros, que acaban con los riñones hechos polvo de arrastrar una y otra vez su botín entre la arena de la playa. Es curioso que sobre cada una de las mesas que ocupan las habitaciones se vean objetos diseminados al azar o por necesidades de una tarea en algún momento interrumpida y que Antonio no tiene prisa por acabar, nadie se lo va a exigir, probablemente se cansa o surge algún que otro apremio y las deja, tal cual estaba, para cuando tenga ganas, o quizás es que simplemente las abandonó allí cuando descargó los bolsillos antes de ponerse a otra cosa; luego volverá a ellas, o más tarde, en su casa nunca estorban.

Toca despedirse y lo hacemos con brevedad, ya hemos molestado bastante y aún nos queda un trecho de oscura playa hasta el coche. A unos pocos metros ya solo podemos distinguir las pequeñas células solares junto al pozo que enmarcan la entrada. Dentro de poco la oscuridad será completa, pero nuestra oscuridad siempre luce adornada de comodidades irrelevantes que nos parecen imprescindibles mientras que la de Antonio, en su voluntaria soledad, probablemente no tanto; la tierra y el mar siempre han sido nuestro hogar y nos han tratado de tú a tú con el mayor de los respetos, esa atención que hemos perdido hacia nosotros mismos.

 

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Querer

Tras el final del último capítulo de la serie Crematorio pensé si ese desenlace era el que, dado el desarrollo y resolución de la misma, tenía que ocurrir, tocaba por capricho del guion o quedaba como el único posible, vista y asumida la sociedad en la que se desarrolla la ficción. Los personajes protagonistas terminan separándose, cada cual por su lado, como consecuencia de un acuerdo tácito común no escrito ni previamente establecido, más bien necesario, que todos aceptan como la mejor solución; acuerdo fruto de unos sentimientos de amistad, cariño y respeto, nunca a partes iguales, que nadie pone sobre la mesa pero que son aceptados de buen grado como evidentes e intocables.

En cada mirada de los protagonistas puede verse sobre todo contención, más que resignación, que también. Cualquier final hubiera sido bueno si con ello se hubiera conseguido disimular, envolver e incluso desconfiar de un cariño todavía latente que, incluso a traición, aún tiene capacidad para mudar la voluntad de cualquiera de los personajes afectando a una inevitable separación que, como espectador integrante de la misma sociedad que se muestra en la serie, parece la más justa. Un desenlace al que estamos más que habituados, otra solución más en la que las vidas individuales se imponen a cualquier querer que tenga que ver con compartir en común y sin distancias de por medio, o con la inconveniente obligación de permanecer juntos, unidos por un amor o un cariño por otra parte tan necesarios. Arduo asunto para unas personas socialmente adiestradas en sentir sus necesidades personales individuales, ya no únicas, sino ineludibles, opción exclusiva más importante o por encima de cualquier otra que tenga como condición unirse o permanecer, un en cierto modo atarse, junto a otro u otros afectados por sentimientos recíprocos similares.

Hemos construido una sociedad que vive y se alimenta de señuelos que más bien parecen falsedades -qué son si no estas fechas, bacanales de consumo apoyadas en un inconsciente colectivo permanentemente culpable por no reparar en los demás lo que debiera mientras, por contra, se exige a sí mismo no necesitarlos como único modo de ser alguien en este mundo-; una sociedad en la que el cariño y la enseñanza del amor a los demás quedan circunscritos exclusivamente a la infancia, educación y prácticas que quienes se dedican a impartir, padres, tutores o maestros de todo tipo, llevan a cabo por propia voluntad y con más o menos convencimiento, pero con la objeción añadida de saber en el fondo que tales “destrezas” no le servirán al futuro adulto para hacerse un hueco en una comunidad que se mueve por otros derroteros, precisamente los contrarios. Una sociedad que ya ha conseguido que cada persona viva y piense de manera individual como única forma de realización, significando compartir más una rémora o dependencia de otro u otros que, por principio, intentarán cortarle las alas a quien, según sus más vivos e íntimos deseos -también falso-, siente una necesidad imperiosa de usarlas sin saber exactamente de qué modo y con qué fin; una necesidad inculcada de múltiples modos que dirige la mente y el comportamiento de cada persona recordándole constantemente que el hecho de querer a otros debe ser siempre subsidiario respecto de la importancia de uno mismo. Ese otro que, salvada la desconfianza o recelo inicial, intentará sistemáticamente retenerte en función de sus propios intereses y, con ello y por norma, perjudicarte, da igual los motivos o su sinceridad, incluido lo que hoy se entiende por amor, término y sentimiento demasiado comprometido que, de partida, parece más castrador que motivo de felicidad.

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Star Wars

 Si eres aficionado al cine sabes que no hay nada como una pantalla grande y una sala oscura, y si además eres seguidor de la serie de George Lucas desde el principio -eran los años setenta del siglo pasado- no puedes dejar de sentir curiosidad por la nueva entrega de la misma, la octava, por lo que a pesar de lo oído, nada bueno, por cierto, pasé por taquilla para verla.

Lo leído sobre la película, a mi pesar y en general, no era para tirar cohetes. Hubo críticos que se durmieron, no sé si por la edad o por que la película fuera realmente mala, otros hablaban de repeticiones y abuso de clichés y hubo alguno que, para vergüenza ajena, se quedó sin babas en favor de la película, probablemente alguien torticeramente pagado por la distribuidora de la misma -¡bendito Disney!

Pero quizás la mejor crítica de la película la hizo mi propio hijo al salir de la sala de cine. Él sí tenía interés e ilusión por verla y sus primeras palabras, ya en la calle, fueron que con ella habían matado la ilusión y las ganas de disfrutar de tantos aficionados que, como él, saldrían decepcionados. Necesitan un guionista nuevo, me decía, alguien de fuera que no conozca nada de la serie y escriba un guion a partir de lo poco que queda. Para él no era admisible que con tanta gente esperando e ilusionada por seguir las aventuras de sus héroes, hubiera que soportar tanta incompetencia -de guionista, director, productor o distribuidor- a la hora de fabricar un producto de tan escasa calidad.

Porque después de una primera hora aceptable en la que hay motivos suficientes para levantar algunas expectativas de que aquello aparezca interesante e incluso mejore, luego todo el tinglado acaba derrumbándose de forma estrepitosa, convirtiéndose en un rutinario ejercicio de aburrimiento con unos protagonistas desorientados o directamente desaparecidos, sin guion que seguir y sin futuro; una lúgubre exhibición de efectos especiales e incompetencia cinematográfica.

Concluyendo, o viene alguien con la inteligencia y la imaginación suficiente y levanta la serie o STAR WARS está definitivamente, si no lo estaba ya, muerta. Solo queda un negocio de merchandising que puede durar lo que al inversor de turno le apetezca.

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