Estudiar

Tal vez sea casualidad que a quien le gusta estudiar puede permitírselo y, por el contrario, quien no puede permitírselo o lo haría a costa de un gran esfuerzo familiar resulta que no le gusta estudiar, lo que da lugar a la inevitable pregunta de qué es antes ¿el gusto por estudiar o el tema económico? además ¿hay quien pueda afirmar sin ruborizarse que el gusto por estudiar es siempre anterior al poder permitírselo?

Nos hemos habituado a creer que este tipo de decisiones son completamente libres, personales y razonadas, al margen de la posición social que ocupe el afectado -lo que antes desagradablemente se denominaba clase- y del acceso material y/o económico a los estudios; pero lo más justo sería decir que nunca ha sido así, sino que lo que creemos una cuestión de voluntad o carácter individual es consecuencia, en cambio, del sibilino funcionamiento de unas bien ancladas estructuras de clase que siguen manipulando -otra desafortunada palabra de sonido poco cristiano- todo lo que tiene que ver con las preferencias y las desigualdades sociales en cuestiones educativas. Bastaría con que nos observáramos desde fuera para advertir su presencia, entonces nos veríamos con la misma objetividad y alarma con la que, como occidentales, nos escandalizamos porque en India siga habiendo castas de parias condenados a vivir marginados en los últimos escalones de la sociedad, sin derechos ni beneficios, porque los dioses de turno así lo prescriben. Lo mismo sucede por aquí, con el agravante de que a nosotros nos gusta creer que somos dueños de nuestro destino, o así nos lo hacen entender. El propio sistema educativo nos viene adiestrando en esa creencia o convicción desde el jardín de infancia, sobre todo ofreciendo infinidad de salidas falsamente opcionales con el fin de que seamos nosotros mismos, ante el primer problema económico o de aprendizaje, los que libremente optemos por la puerta en lugar de preguntar por qué se repiten los problemas y no se solucionan de una vez. Así, decidimos en última instancia que al chaval simplemente no le gusta estudiar y su expulsión del sistema pinta voluntaria.

Luego ¿realmente es una elección propia dejar los estudios? ¿por qué ha de ser un fracaso si nunca se dieron las condiciones para el éxito, como son el acceso a las consiguientes mejoras o a la posibilidad de recuperar lo perdido? No hay que olvidar que la mediocridad no es privativa de una clase, lo que sucede es que quien no dispone de medios económicos la acaba haciendo suya y hasta creyéndola merecida y, en cambio, quien dispone de medios ni siquiera repara en ella, sencillamente porque no entra dentro de sus presupuestos, tampoco como traba o impedimento, porque al final y de un modo u otro el resultado siempre será el esperado, el que corresponde por clase, no importa la elección, la idoneidad o las capacidades personales.

Solo queda aceptar dócilmente que existen otras opciones a la hora de labrarse un porvenir al margen del estudio, aunque siempre inferiores; también podemos conformarnos autoconvenciéndonos sin ningún pudor de que los estudios están sobrevalorados o que tanto interés por estudiar es debido a esa moda de la “titulitis”. Además, ahí están las empresas, suspirando por una mano de obra barata, dócil y de baja cualificación, con pocos o sin ningún estudio; porque no hay que olvidar que la cuestión de fondo sigue siendo la necesaria existencia de un ejército de reserva poco capacitado que presione a la baja en contra de los que tienen la fortuna de tener un trabajo, cualquier trabajo, presión que obliga a servir por cada vez menos so pena de ser rápidamente sustituido por otro en peor situación.

Pero, y no debemos olvidarlo, quienes tienen hijos en edad de estudiar y pueden hacerlo estudian, y además les gusta.

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Sr. Rajoy

El anterior presidente del gobierno, el Sr. Rajoy, ha desaparecido de la escena política de forma definitiva, solo quedan las agradecidas lágrimas de rigor de todos los que han vivido y se han enriquecido bajo lo que en el futuro se denominará su mandato, un calculado ejercicio presencial sin palabras. El Sr. Rajoy debía estar muy cansado del puesto voluntario que ocupaba como para, al día siguiente de ser defenestrado contra su voluntad por los enemigos de España, dejar su escaño en el Parlamento y regresar a su cómodo y seguro trabajo y a la comprometida lectura de Marca; todo eso después de no hacer nada por este país, bueno, si, permanecer sentado en el sillón presidencial impidiendo que cualquier otro lo ocupara.

Fue elegido a dedo para el puesto por su buen comportamiento y su docilidad como afiliado, cualidades que, dentro de la mediocridad general, constituyen en este país un seguro pasaporte en la política; porque por aquí no hay mejor meritocracia que aguardar obedientemente turno, sin saltárselo por un exceso de ambición y ni mucho menos expresar opiniones propias que cuestionen los dogmas del cabecilla o cabecillas del momento, además de saber moverse con astucia. Es cierto que luego, una vez asegurada la posición y alcanzada la cima, no resulta complicado cambiar el digo por el diego, porque en el fondo cada hijo de vecino tiene aspiraciones propias. Pero en este caso no fue así, detrás no había nada de nada, una vez llegado su turno únicamente quedaba colocarse ante las cámaras como un pasmarote armado con los papeles que los fontaneros de Moncloa se encargaban de elaborar y resumirle y aguardar a que, de un modo u otro, la política nacional se fuera desenredando por sí sola o al compás que marcaran los acontecimientos exteriores. Lo suyo era la paternal imagen de clérigo prudente -por desconocimiento-, comprensivo -por incompetencia- y silencioso -por total carencia de argumentos y propuestas políticas- ante una población que prefería no enterarse con tal de que la dejaran en paz; una cómoda posición que al parecer nadie le dijo que tenía que ejercer, cualquier cosa antes que dar una siempre arriesgada idea de movimiento. Un acierto a la hora de mantener callado y tranquilo, y hasta contento, a un país en el que la democracia y sus naturales contingencias no acaban de cuadrar con el personal autóctono, porque por aquí somos más de lo de toda la vida, fieles devotos del terruño, del ritual, la bendición, la bandera y el estandarte, y apasionados apóstoles de unas tradiciones y costumbres recelosas de todo aquello que implique un compromiso público común.

En este país, probablemente como secuela de la larga dictadura o tal vez ya venga de antes, suelen gustar los políticos con aspecto de progenitor comprensivo y benevolente con la desidia e ineptitud de unos hijos revoltosos aficionados a la fiesta y a jactarse, con más frecuencia de la conveniente, de su orgullosa y original ignorancia, milagrosamente concedida por el único y exclusivo lugar de nacimiento -da igual cual. A esta población le gusta estar bendecida, tutelada y protegida, por si las moscas, ya sea por la correspondiente curia, los inevitables y necesarios caciques locales o los siempre ponderados cabecillas nacionales y sus más fieles émulos, cualquier cosa que recorte una figura paternal aficionada al casto pescozón como único escarmiento, misericordiosa con los errores y más amenazante que expeditiva. Están bien vistas las formas moderadas y las jerarquías, los líderes poco carismáticos -por aquello de no señalarse- fieles partidarios de un escurridizo sentido común que todo lo cura y devotos del así ha sido siempre. Cualquier otra cosa cae bajo la sospecha de radical, extremista, extranjero o enemigo de España.

Ahora tocan las obligadas loas a la sabia prudencia del dimitido, a su lealtad de clase y a la dignidad del retiro aireadas por los voceros del facherío más reaccionario y por los que, debido a su gracia, promocionaron hacia posiciones mejores. Mañana será otro día, y en las cavernas del conservadurismo tradicionalista más rancio ya suenan las cadenas que intentarán regresar al país a la santa doctrina del como Dios manda. Han de recuperar lo que por ley divina siempre les ha correspondido.

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Atenas

Aguardando en la cola del metro algunos turistas prolongan inevitablemente la espera general intentando aclarar el ámbito y el precio de su pretendido viaje, si se limita a la zona céntrica de la ciudad propiamente dicha o más allá, tal vez hasta el puerto o el aeropuerto. Los nativos, habituados a la circunstancia, colaboran amablemente con el foráneo sin que éste advierta si la atención es debida a la prisa de cada cual en un día laborable o por pura y desinteresada cortesía. La amabilidad se repetirá en toda la ciudad, da igual el lugar, a la hora de tomar un café o comprando especias en un puesto del mercado; ni un mal gesto, ni una mala cara, ni en la bulliciosa y abarrotada Monastiraki como tampoco en la insurrecta y reivindicativa Exarcheia.

Tal vez por ello llega un momento en el que a uno le gustaría quitarse el sambenito de turista que le identifica allá donde va y sumergirse en la vida local como otro más… echar algo a la cesta de la compra en el Mercado Central, rebuscar entre los libros apilados en columnas que llegan hasta el techo, en la misma acera, protegiendo la entrada de alguna librería de viejo, ver el fútbol en un bar de barrio o cenar en Oxo Nou sin la etiqueta de turista impresa en la frente. Pero esa sensación no puede evitarse, porque la propia curiosidad tampoco consigue que la atención se relaje y convierta nuestro deambular en otro paseo más alimentado con la misma indiferencia de los locales.

Probablemente nos faltarán lugares por visitar, sobre todo una vez comprobada, desde la altura de la Acrópolis, la imposibilidad material de pisotear el laberinto que conforman las regulares e interminables construcciones blancas que se extienden hasta el horizonte ocupando las laderas de las colinas que encierran el valle de la Atenas original. Y probablemente algunos de esos lugares todavía esconderán innumerables restos y construcciones que jamás verán la luz, una inacabable tarea histórica y arqueológica de la que la ciudad vive sin vivir, ajena y agradecida, consecuente en su día a día y sabedora de la obligación de intentar hacerse un hueco ante tal acumulación de historia oculta.

Historia que parece olvidada cuando el sol de Kolonaki te retrata en un siglo XXI que se parece demasiado al de otras ciudades, en el trazado, la asepsia y el comercio caro del que puedes desconectar en algunos cafés con tendencia al postureo y el dejarse ir. Todo lo contrario de lo que sucede cuando curioseas ante las rejas que aprisionan la Universidad Politécnica, una antigua construcción con aspecto de abandono amenazada por una vegetación casi salvaje, ante la cual uno no sabe si está a las puertas de un centro de enseñanza en funcionamiento o junto a una zona de exclusión fruto de alguna revuelta distópica que enclaustró a los estudiantes entre hierros y pintadas de hace ya demasiado tiempo, cicatrices de antiguas batallas que por todo el barrio parecen irresueltas . Entonces echas de menos conocer el idioma local y sentarte a charlar, preguntar qué fue de Syriza o quizás dónde queda el monumento dedicado a Byron.

Pero decides que no puedes llegar a todo, no dispones de tiempo material, así que caminas hasta el Liceo de Aristóteles y te sientas a descansar en un banco a la sombra, haciéndote una mala idea de aquellas piedras en su tiempo e intentando atrapar algo del espíritu y la sabiduría del maestro, por si es cierto eso que dicen algunos raros espiritistas que aseguran que el aliento de los antepasados permanece a lo largo de los siglos en el ambiente y el aire que respiraron, ese que tú respiras ahora. O, como último recurso, aún queda la posibilidad de madrugar y correr hasta la fachada este del Partenón, antes de que llegue la marabunta, y sentarse en silencio a disfrutar de las medidas reales echas carne.

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Grecia

Hay ciudades y países a los que uno siempre acude con la maleta repleta, y no me refiero a las maletas físicas, las que se facturan en el aeropuerto o se encajan encima de los asientos una vez en el avión, si encuentras un hueco. La maleta de la que hablo es la propia cabeza, o la propia historia de cada cual, lo que viene a ser lo mismo. A esos lugares uno siente que vuelve porque nunca los abandonó del todo, llegó hace tiempo en espíritu y el propio lugar fue arraigando y engrandeciéndose a medida que se iban acumulando viajes, lecturas y sueños; casi puede decirse que siempre estuvo allí. Grecia es uno de esos lugares, porque a Grecia siempre se vuelve, aunque uno no haya estado nunca antes.

Y mi caso, creo, es uno de tantos porque en primer lugar Grecia forma parte de mi propia vida desde que tengo uso de razón, colegio, estudios, aficiones, viajes y pensamientos; y en segundo lugar porque ir allí es como seguir en la propia tierra, el mismo paisaje, el mar y el mismo sol que viene presidiendo mis días desde mi nacimiento. Grecia siempre ha estado ahí, en el origen de nuestra propia cultura, ya sea local, comarcal o nacional, en forma de costumbres, ruinas o formas de pensar, en el comercio, la comida o la religión, como principio, motivo o excusa, en una aceituna o en un calamar.

También hay otra Grecia, la real, que sobrevive en el presente, contemporánea en el tiempo y que hasta hace poco solíamos ver con demasiada frecuencia en las noticias, y no para bien. Una Grecia que inevitablemente vive a la sombra de unas piedras que curiosamente apenas dan sombra, las pocas que quedan en pie, en parte debido a las lógicas consecuencias del paso del tiempo y en parte al latrocinio arqueológico que durante siglos han llevado a cabo en su suelo las mismas naciones que hoy exigen a los griegos actuales prontitud en el pago, incluso a costa de sus propias vidas. Porque resulta más bien escandaloso que quienes han utilizado la economía griega para enriquecerse a sabiendas de que estaban cometiendo una ilegalidad, casi criminal, hayan insistido en sus beneficios sin importarles las consecuencias que de ello derivaban para la población local. Aun así Grecia sigue viviendo a su ritmo, que tiene más que ver con su latitud geográfica y una forma propia de ver la vida que con el dinero que otros se llevan.

Pero como viajar es una actividad que está de moda o nos han impuesto de moda, debido a ella Grecia corre el peligro de desaparecer por sobre iluminación, mostrando una imagen deformada de la auténtica realidad helena que ocupa este siglo XXI. Sobre todo porque Grecia es lugar de agencia de viajes, lugar de ruinas, infinitas ruinas y mares azules, ambos inacabables hasta el aburrimiento, por repetidos, por mal emplatados y peor digeridos. El más pintado puede acabar harto de pisotear piedras si antes no planifica y elige cuidadosamente a partir del tiempo de que dispone y de lo que pretende ver; o hasta la cejas de pueblitos y rincones pintorescos al borde de un mar azul, junto a un expositor de postales y un bar con exclusiva cocina tradicional. Por eso tal vez no sea mala idea dejarse aconsejar por alguien que conozca el tema, o quizás delimitar previamente lo que uno desea antes que embarcarse en un viaje enlatado en el que la sensación de sardina en aceite -por el sudor- es algo más que una ligera impresión. Y ni hablar de la cuestión ganadera que venden los hoteles flotantes, no hay nada más deprimente que verse atrapado entre un rebaño de acelerados cruceristas aturdidos en permanente competición por archivar el mayor número de selfis con fondo pétreo.

Grecia necesita obligatoriamente un antes, de su acertada elección o selección el viajero disfrutará de un viaje único o, por contra, se verá envuelto en una acelerada peripecia de la que querrá salir con prisa, y el país no lo merece.

 

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Tatuajes

Hace años conocí a un recluso que se avergonzaba de llevar manga corta en verano porque tenía los brazos completamente tatuados y no le gustaba cómo la gente se fijaba en ellos. En la actualidad es bastante diferente, hoy aquel tipo podría mostrar orgullosamente sus brazos como hacen tantos a los que les ha llegado la moda de los tatuajes. No viene al caso remontarse en la historia o buscar en Wikipedia para indagar en el origen, antigüedad y significados del tatuaje, aunque probablemente una gran mayoría de quienes en la actualidad con tanto orgullo los exhiben no tengan ni idea de ello, tampoco es que les importe; como todo lo que sucede hoy basta con que cualquier famoso o criatura de las que habitualmente pueblan los deportes y las imágenes de televisión los muestre para que legiones se sientan uno más y tengan algo en lo que entretener su tiempo y amenizar la monótona piel de su cuerpo.

Ignoro las apuestas, promesas y significados ocultos de semejante agresión a la propia piel, en algunos casos similar a ese horror vacui de la estética islámica, rococó o victoriana en las que cualquier superficie sin pintar o decorar generaba una especie de inquietud que obligaba a ocuparla en toda su extensión sin dejar un centímetro libre; como esas casas horteras de ricos antiguos y nuevos vertiéndose repletas de cachivaches y objetos a cual más estrafalario, el recargado muestrario de una decoración que, sin ningún sentido del gusto, solo intenta mostrar el nivel y poder adquisitivo del propietario. Un exceso decorativo que, referido a los tatuajes, parece fruto de la desesperación o motivado por un odio o estrés ocupacional que en algunos casos persigue hasta la más insignificante superficie limpia de la piel, tan inexplicable como esas imágenes siniestras y animales horribles, o tan poco agraciados estéticamente, que en ocasiones se muestran mucho mayores de su tamaño real para misterioso orgullo de su propietario -¿qué puede significar un enorme alacrán de pinzas amenazantes tatuado en el brazo de la mamá de una blanquísima niñita rubia?

Piel que también se parece a esos muros y paredes de cualquier calle o lugar público en las que aburridos chavales sin oficio ni beneficio desahogan su disgusto o la desesperanza de su situación pintando hasta los rincones más increíbles en un feroz y desolador intento de demostrarle al mundo que están vivos. En este caso la propia piel viene a ser una pared en blanco que ocupar con la primera ocurrencia categórica o con pinta de definitiva, eso antes que llevarla dolorosa y sospechosamente limpia.

Frente a la actual profusión de formas y dibujos la piel tal cual, limpia, se asemejaría a una elegancia desfasada o antigua, ya clásica; y el cuerpo desnudo sería la punzante evidencia de nuestra humana simpleza, triste u horrible para algunos, o mudo, un vacío sin carnet ni afiliación visible; desnudez en la que se vino al mundo y como tal se muestra, y sin embargo duele más de lo que parece porque ante el espejo aparecemos sin significado, solo nosotros, o nuestro rostro, del que no podemos apartar la vista si no para echar en falta algo que combata nuestra indigencia o nuestras penurias, no sé.

Ese mismo cuerpo en el que el paso del tiempo solía ir dejando sus huellas, para bien y para mal, ha perdido su protagonismo a costa de convertirse en soporte material de infinidad de sueños y promesas de juventud con vitola de definitivas de las que, en principio, jamás podremos desembarazarnos. Sueños e ilusiones que nos condenamos a llevar hasta nuestra muerte, o pura resignación, convivencia que tampoco nos compensará por los errores cometidos y por los que probablemente cometeremos, lo que viene a ser lo mismo.

¿Para cuándo unos auriculares tatuados en las orejas y a ambos lados de la cara y en el cuello, sumaríamos dos modas en una? Iríamos tatuados y aparentaríamos llevar auriculares con los que decirles a los demás que no molesten, pero a la vez estaríamos al loro de cualquier comentario o suceso callejero que nos pudiera interesar.

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De noche

Música de los ochenta y noventa y copa en vaso, sin niñatos ni reguetón”, nos asalta uno de tantos que ofertan copas y locales a estas horas de la noche, lo que indudablemente viene a decirnos que, aunque pretendamos, nuestro aspecto nos delata, o nuestros rostros, esos que vemos cada mañana sin que a primera vista advirtamos los cambios, los mismos de hace unos años y por los que parece no pasar el tiempo -queremos creer-, pues nuestro pensamiento sigue igual de fresco y nuestros gustos y opiniones también, plenamente actuales, hasta el punto de que no nos diferencian del resto, como uno más; pues no, no es lo que creemos, sino que la realidad y los demás nos pondrán en nuestro sitio y tal vez tendremos que revisar nuestras creencias y educadamente retirarnos a un lado. Aunque viendo al tipo del taxi, hundido por la cogorza en lo más profundo del asiento trasero, nuestra situación es bastante mejor, sobre todo porque la experiencia nos ha enseñado que no hace falta llegar a esos extremos y porque con los años uno tarda bastante más en recuperarse; pero el vehículo sigue detenido en medio de la calle con la puerta abierta y los colegas gritándole para que salga de una vez ante la indiferencia o resignación del taxista; cosas que pasan. Seguimos caminando mientras la escena prosigue a nuestra espalda, sin fin próximo. ¿Quién inventó eso de las despedidas de soltero/a? Porque no hay nada más deprimente que ver a una manada de veinteañeros disfrazados como imbéciles -cualquier niño de cinco años podría ser su padre- deambulando de un sitio a otro entre gritos y supuestas gracias que no harían reír a un circo de chavales pagados para desgranar carcajadas a cualquier precio; una imagen penosa que se repetirá a lo largo de la noche, como probablemente penosos serán sus futuros matrimonios; personas que viven en función de gracias sin gracia y desvaríos sin pies ni cabeza hasta que alguien las borra sin misericordia y el mundo sigue más feliz, si cabe. En una zona de terrazas un viejo de barba y cabello blancos intenta ganar algún dinero echando las cartas a la gente sentada, va de mesa en mesa hasta que el dueño o encargado del siguiente local le pide por favor que no moleste a los clientes, lo que lleva al anciano a esgrimir sus derechos a circular por un lugar público y preguntar a quien quiera, él no obliga a nadie. Cuestión de derechos, los de cualquiera a moverse por donde le apetezca y los de los propietarios intentado evitar las presencias inconvenientes y/o molestas, para ellos más que para los mismos clientes. Pierdo de vista la discusión cuando caigo en la cuenta de un joven con mochila a la espalda, en la que puede verse rotulado el nombre de una de esas compañías de repartidores a cualquier hora y a cualquier precio, que parece buscar algo o a alguien en el barullo de las terrazas; hasta que de una de las mesas una joven pareja que beben cubatas le hacen una seña, sorteando mesas y sillas llega hasta ellos y les deja los bocadillos envueltos en bolsas de papel, pagan con el móvil y el repartidor desaparece. ¿De verdad es tan necesario movilizar a una persona entré el tráfico de la ciudad a las tantas de la noche porque te apetece un bocadillo y no quieres moverte del cubata? Cuando solo caminando unos pasos puedes acceder a infinidad de establecimientos que ofrecen comida de todo tipo. ¿Tan necesario es aprovecharnos de uno como nosotros, necesitado de un sueldo de mierda, porque no nos apetece dar tres pasos para pedir lo que se nos antoje en la barra de enfrente? ¿Hasta dónde pretendemos llegar? ¿Qué tipo de indolencia se transforma en derechos que más bien parecen humillaciones?

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Sexo

¿Qué hacía allí sentado? Menos mal que nadie lo estaba viendo. Precisamente ese era el problema, aunque él mismo no se lo terminara de creer. En realidad había salido huyendo, fingiendo una excusa que a cada minuto que pasaba allí encerrado le parecía más estúpida. No había sabido reaccionar, le pilló tan de sorpresa que se sintió obligado a pedir tiempo muerto. Mientras ella, en la cama, aguardaba sin todavía saber que no se saldría con la suya, aunque comenzara a barruntarlo… por mucho que hubiera razonado a la hora de intentar convencerlo de que aquello era algo normal… ¡Una mierda! Ni siquiera para ella era algo normal… con todo lo que dijera… Intentaba repasar lo que acababa de suceder y no veía motivo que explicara aquella salida de su chica. Habían quedado, igual que siempre, tomado unas cervezas, pasado unas horas con los amigos y, como de costumbre, cuando y como tocaba, desaparecido en dirección a la cama. Como cualquier otro viernes… pero, además… ¿por qué tenía que ver porno sin él? En el fondo no le parecía bien, no sabía por qué pero las cosas no eran así. Él siempre se lo decía y ella sabía que no le mentía, todo lo que veía se lo contaba y si le parecía bien lo practicaban, pero de eso a qué ella viera porno sola o con las amigas y luego tratara de que hicieran lo que le había gustado… y más eso… era demasiado. Si creía que se iba a salir con la suya estaba lista. Él no pasaría por ahí, él no era maricón. Después silencio y los minutos que no paraban de correr. Ella seguía en la cama mirando al techo, aguardaba y en parte creía entender los temores de él mientras se decía que no tenía por qué, era ella la que se lo pedía y tampoco iba a ir contándolo por ahí, además de que podía gustarle. Era lo mismo que él hacía cuando probaban lo último que acababa de ver y que tan bien le había parecido, sobre todo por cómo disfrutaban los actores en la pantalla. Porque presumía de saber cuándo era de verdad y cuándo fingimiento, había situaciones y posiciones en las que notaba que las actrices realmente lo pasaban bien, disfrutaban de lo lindo, e inmediatamente después pensaba en su chica y en cómo hacerlo con ella para que también disfrutara; seguro que le gustaría, siempre estaba bien informarse y aprender del porno cosas que a uno no se le ocurrirían y que muchas veces acababa siendo estupendo practicar. Ella miraba el artilugio que tenía en la mano sin perder de vista la puerta del baño, tras la cual no se oía ni un respiro ¿qué estaría haciendo? Volvía a repasar lo sucedido y no encontraba motivo para su repentina indisposición, qué tenía que pensar ¿acaso no confiaba en ella? No le había gustado y había salido huyendo, lo que, bien visto, llegaba a enfadarla porque le parecía injusto por su parte. Ella siempre había accedido a sus peticiones. Que si he visto esto, que si he visto aquello, que si nos ponemos en esta posición, te la chupo de tal modo, lo hacemos de este otro, por delante, por detrás… y yo accedo a todo. Y ahora que le digo que también veo porno y que me pareció interesante lo que vi en la última película y cómo disfrutaban se va como si le hubiera ofendido, porque en el fondo se siente ofendido. ¡Qué gilipollez! Y así permanecían, él cada vez más irritado y menospreciado, casi humillado, y ella comiéndose sus intenciones y con la impresión de haberse comportado como una imbécil al creer que su novio era tan abierto como alardeaba. Y todo porque le había intentado explicar que en la película que había visto, durante el trío, una de las chicas se ponía un pene de silicona sujeto a unos arneses y penetraba al chico por detrás… Bien que gritaba de placer cuando una empujaba mientras él se lo comía a la otra. Y después de gastarme el dinero en uno de estos y decirle que si se lo hago yo a él me sale con que se lo tiene que pensar. ¿No es el mismo agujero en los dos casos? ¿Por qué si yo disfruto cuando me la mete por el culo porque lo ha visto en una película no puedo hacer lo mismo con él? Eso no quiere decir que sea marica, se trata de probar cosas nuevas entre los dos, ahora va a resultar que tiene prejuicios, y además es machista…

 

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Familias

Sería curioso e interesante a la vez que las actuales condiciones laborales, en las que incluyo la dificultad para encontrar un trabajo medianamente decente del que poder vivir, facilitaran una vuelta de los antiguos núcleos familiares en los que convivían a la vez varias generaciones en una misma residencia. Mantenida la familia principalmente como modelo patriarcal sobre el que apoyar la sociedad y con ella asegurar la transmisión de la propiedad en una única dirección, y a la vez reducida a su mínima expresión por unas exigencias productivas que fomentan la multiplicación de los núcleos familiares con el único objetivo de aumentar los puntos de consumo, no estaría nada mal que como reacción a tanto sinsentido y codicia capitalista la propia familia actuara en contra de los intereses de los actuales valedores del cotarro, es decir, que regresáramos a la antigua familia multigeneracional con una única residencia familiar en la que habitarían al mismo tiempo abuelos, padres e hijos sin ningún problema, porque lo prioritario sería la ayuda mutua a la hora de vivir felices y hacerse un hueco en este mundo.

Menospreciada esa misma familia en función de una mendaz liberación que asimila la salida de los jóvenes del hogar paterno a una independencia que sobre todo tiene que ver con el consumo, no estaría nada mal que las circunstancias movieran a la gente a actuar en sentido contrario; podría postergarse esa huida del núcleo familiar sin perder autonomía ni obligatoriamente tener que montar una casa propia, con idénticas o superiores comodidades que la paterna, a costa de endeudarse indefinidamente y asumir unos dispendios inútiles a los que se queda atado por más años de los queridos.

En un giro entre obligado y feliz solo restaría que los actuales jóvenes, que ya viven junto a sus padres por imperativo económico, despreciaran esa libertad bastarda e interesada y permanecieran en la residencia paterna sine díe. Esta convivencia, siempre difícil, aumentaría y consolidaría el valor de unos y otros forzando un diálogo que hoy resulta imposible; en la actualidad padres e hijos se separan como desconocidos y en la mayoría de los casos nunca volverán a encontrarse como individuos.

No sé si lo que se necesita es valor o un nuevo y simple desinterés por ese consumo de inmuebles obligatorio, porque no estaría nada mal priorizar otras situaciones.

Y esta multiplicación de hogares inútiles tendría fin puesto que con su obligada adquisición no se consigue ni progresar ni mejorar, ni personal ni socialmente. La permanencia de los hijos en casa podría dar lugar a nuevas formas de vida que tendrían que luchar contra un capitalismo salvaje que impone el divide y vencerás con tal de crear miles de sujetos sin poder ni trascendencia obligados a una servidumbre laboral y física de por vida.

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Distopía

Cada vez más vivimos en un universo de pequeños mundos cerrados que no llegan, cada uno de ellos, a casa de vecinos, mucho menos a presencias individuales; funcionamos a partir de un sistema de estímulo/respuesta que se extiende a una gran mayoría de las actividades humanas de la llamada civilización occidental. Hasta tal punto estamos embebidos en este desordenado vertedero de cubículos que ya no vale acusar a los más jóvenes de estar poseídos las veinticuatro horas del día por el dispositivo electrónico de turno. El resto se escapa, o sea, todo se nos escapa, estando como estamos más pendientes de sucesos o casualidades particulares, a cual más aleatoria e intrascendente, que del conjunto, del funcionamiento y el absurdo progreso del propio sistema, al que ya por propia convicción nos sentimos incapaces de llegar o comprender. Habituados a deambular por un estrecho círculo de diámetro reducido que comienza y acaba en nosotros mismos, puesto como excusa para justificar nuestra inoperancia, marginal existencia o completa irrelevancia, nos movemos en función de estímulos como única respuesta a otros de similares características, dejando las respuestas más o menos largas y/o reflexivas para los fastidiosos estudios, los adultos inadaptados o el pasado, o simplemente ni existen. Todos, sobre todo y ya, ahora, los poseedores o con acceso de cualquier tipo a alguna conexión a la red, acabaremos desenvolviéndonos instintivamente en función de unas órdenes de respuesta binaria similares a comandos de videojuegos.

En muchos casos ya hoy se actúa como consumidor/interruptor respondiendo de forma inmediata a un identificador que hay que insertar, a la inevitable contraseña u obligados a aceptar una actualización inapelable, casi de vida o muerte; instados a pulsar un “me gusta” que en muchos casos ya es existencial. Manipulados cuando nos obligan a obviar un anuncio si pretendemos llegar donde íbamos, encadenados a obedecer el “volver” o a recuperar la página de inicio para continuar, o a confirmar para repetir lo que hace tan solo unos segundos ya habíamos dicho; en fin, un repertorio de respuestas concretas que no dejan espacio a una mínima reflexión, ni siquiera al más elemental de los porqués; porque ¿por qué he de pasar tantos trámites obligatorios si lo que persigo nada tiene que ver con ellos? El funcionamiento del sistema obliga a pulsar de forma rápida e inconsciente sin que podamos evitar la impresión de haber metido la pata porque no sabíamos si la prisa era porque deseábamos llegar al final cuanto antes o porque nos estábamos poniendo nerviosos con tanto permiso, publicidad y códigos de identificación. El tiempo y las pautas del medio pasan a ser las nuestras, nos es ajeno e impuesto mediante órdenes directas de obligado cumplimiento si pretendemos proseguir.

Reaccionamos a las órdenes como respiramos, hasta el punto de que llegará un momento en el que sin órdenes que nos estimulen probablemente no sabremos continuar, permaneceremos en tierra de nadie, sin saber qué o por qué hemos llegado hasta allí, porque, perdida la propia iniciativa, nos faltará la capacidad para dar el paso siguiente por nosotros mismos, constreñidos por un proceso interminable que se alimenta de clics que igual abren y cierran accesos electrónicos como activan procesos mentales. Y cuando eso suceda nos detendremos en un anónimo e indefinido stand by, y desgraciadamente esa será nuestra vida real. Entonces sí que la historia se habrá acabado.

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Dios

Hay cine religioso -tal y como suena-, cine en el que aparecen curiosos o misteriosos personajes con poderes y capacidades sobrehumanas que se antojan divinos, sin que sean nombrados explícitamente en la pantalla y que el espectador acomoda a su gusto y, por último, otros que expresamente son Dios, o una representación suya más o menos aventurada. La mayoría de estas películas no son directamente doctrinales, sino que los sagrados protagonistas se dedican al bien sin membrete ni proselitismo de ningún tipo; tal vez por eso me costó aceptar que en una película de hace un año, con actores conocidos y muy conocidos, apareciera Dios en toda su plenitud. Como lo leen, el omnipotente y omnisciente creador del universo en, eso sí, versión multirracial; e imagino que se trata de un contraataque de las fuerzas cristianas intentando sostener la moral de tanto individuo desorientado por la falta de fe. Se trataba de un sano, particular y exclusivo Dios protestante -personalizado a gusto de cada consumidor- que venía a recordar que el paraíso es una cuestión individual al que se accede por méritos propios, a saber, con trabajo remunerado, casa en propiedad y una cuenta bancaria más o menos saneada; todo lo contrario de esas otras religiones que predican una salvación general para multitudes en las que la ayuda mutua y el amor a los demás confunden más que aclarar las mentes. Un Dios de un buenismo pueril que vendía con grandes sonrisas un sórdido egotismo particular y una santa resignación lo más alejados posible de cualquier atisbo de solidaridad o de una comunidad o iglesia universal. Tal y como imaginan, un Dios made in America.

Un Dios alejado del clásico rostro ario que se suele disfrutar en las versiones locales, por aquello de la cercanía con el fiel; porque en este caso Dios era mujer, y negra; y en sus otras personalizaciones, todas simultáneas -¡qué magnífica demostración de versatilidad!- también aparecía como mujer asiática, joven moreno de aspecto y rasgos mediterráneos o indígena norteamericano; con la misma sonrisa e ubicuidad e idéntico poder y bondad, hasta el punto de llevar al “prota” de la peli a una envidiable y soleada carrera por la superficie de las aguas que ya quisieran soñar los predicadores más exigentes y puristas. Todo un descubrimiento del que no acababa de dar crédito a medida que la película avanzaba y el Creador desplegaba sus habilidades -las mismas de siempre- a la hora de no saber cómo justificar las tragedias humanas (porque para eso ya está la fe); esas tragedias que suelen golpearnos dejándonos para el arrastre y que nos empeñamos en ver y asumir como no corresponde. Porque frente a nuestra ira, impotencia y desesperación tan terrenales hay algo más que nos resistimos a creer, que Dios nos quiere, por eso aprieta pero no ahoga; es decir, que las desgracias tienen que pasar y nuestra obligación es asumirlas con alegría.

Tan penoso como el resto de la película y donde más se nota la precariedad, tanto formal como imaginativa, de las religiones a la hora de adaptarse al presente era la versión cutre del paraíso que mostraba, en eso parece que no ha pasado el tiempo, se trataba de la misma versión de andar por casa que hace dos mil años se ofrecía a los castigados habitantes del desierto -entonces más bien justificada-, un jardín de lo más kitsch, una beatífica y soleada proliferación de árboles, lagos y flores, una espléndida y fresca vegetación que al parecer alegraba la vista y purificaba el alma de los asolados creyentes de entonces. En eso los productores de la película, probablemente apremiados por un proselitismo infantil de lo más burdo e irrespetuoso para con la inteligencia, no supieron o no se atrevieron a arriesgar en presente, porque en los tiempos que corren quién se aventura con un paraíso para tantos; ¿toda la humanidad? ¿mezclados e iguales cuando nuestra religión es la mejor con diferencia? ¡Qué confusión tan repulsiva! Mejor echar mano de lo que siempre ha funcionado con los espíritus simples.

En fin, que si ya no tuviéramos suficiente con semanas, santos, romerías y patrones locales, ahora viene la derecha norteamericana más recalcitrante a intentar convencernos, de la mano Hollywood, de que el trabajo individual dentro de un orden capitalista de propiedad privada es lo que realmente santifica y gana el cielo. Qué cerca queda Max Weber.

¡Ah! la película por aquí se titula La Cabaña.

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