En el tren

Los trenes dejaron de ser, hace ya tiempo, un lugar en el que conocer gente y entablar conversación -además de otras cuestiones más o menos breves e íntimas-; uno podía charlar de lo más intrascendente como enredarse en su propia historia ante los que aún seguían siendo unos extraños, todavía desconocidos que, en más de un caso al finalizar el viaje, pasaban a la agenda personal como futuros buenos amigos.

Quizás por eso, por ese hace ya tiempo, cuando se pusieron a hablar con tal desenvoltura me pareció extraño. Sobre todo porque, a pesar de sentarse en los asientos inmediatamente detrás del mío, pasillo por medio, dejaron bien claro que la predisposición era mutua y el trayecto suficiente. Y por si hubiera dudas, la mujer que tenía justo detrás avanzó como obligada recomendación que para una buena salud mental era indispensable hablar al menos con diez personas distintas al día. La fuente de tal sentencia no fue mencionada, pero que estaba convencida de la veracidad de su afirmación no cabía la menor duda. Así que, a medida que avanzaba el tren y después de establecer sin acuerdo previo ni ceremonia alguna quién de los tres tenía más necesidad de darse a conocer, el caballero comenzó, con voz lenta y cierta parsimonia en la expresión, a desgranar su vida y milagros -más bien pocos, todo lo contrario-, comenzando por el motivo o necesidad del propio viaje.

He de confesar que me fue imposible centrarme en la lectura que traía entre manos, aguanté con el libro abierto, leyendo a tirones y de forma desordenada, sin perder detalle de lo que sucedía a mi espalda; juro que intenté taparme los oídos y concentrarme en el libro, pero me fue completamente imposible, el volumen de las tres voces era demasiado alto, sobre todo el de las dos mujeres.

Lo que más me llamó la atención fue la sinceridad y el visible y compartido interés por saber y opinar sobre lo que se iba contando, asintiendo continuamente, aconsejando si era menester, sentenciando cuando el sentido común disponía o animándose ante las dificultades, ninguna de la cual parecía pequeña o determinante; toda una exposición de argumentos y razones en las que no cabía el mal, porque quien hablaba representaba, ya de partida, la bondad y el esfuerzo a la hora de enfrentarse a las trampas que la vida y las personas nos ponen a nuestro pesar. La paz o el disfrute, cuando llegaba, consistía en una especie de santa resignación después de bregar, soportar, discutir y enfrentarse, y llegado el caso separarse, de quienes parecían no tener otro motivo en este mundo que impedir el buen hacer de los hablantes. Con todo merecimiento se pasaba del papel de víctima humillada, y hasta maltratada, a la de esforzado y justo vencedor de odios e inquinas provenientes de esa familia que, para desgracia nuestra, nos ha tocado en suerte. Que se lo digo yo… porque es más bueno que el pan… y el pobre ha sufrido lo que nadie sabe hasta que no ha podido ser… si tienes que reñir con la familia y quedar mal pues lo haces, para eso me tiene a mí; aquí estoy yo dispuesta a ayudarle en lo que haga falta… desde que llevamos juntos… ¿hace ya cuantos años?

La media de edad de los conversadores, por lo poco que puede ver, disimuladamente, rondaría la cincuentena; en la pareja de mi derecha mostrando un aspecto más bien golpeado por una vida repleta de desgracias, en la mujer a mi espalda, en posesión de ese vigor y salud que conceden unos satisfechos años merecidamente vividos y habituados a entender, comprender y aceptar, dándolos por buenos o justos, las vicisitudes y problemas que, en este caso, le hacían saber la pareja del otro lado del pasillo.

Y el tren llegó a su destino, mi libro regresó a la mochila y las despedidas y buenos deseos se sucedieron con una atención y afabilidad a la que solo le faltó una mesa común y un café ante el que recapitular y aventurarse ante el futuro. Y yo me fui con la sensación de haber sido testigo de una escena de otro tiempo, o de otro siglo, cuando el otro era alguien como tú en el que podías confiar porque, si no ¿para qué estamos aquí?

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Cine o televisión

Estoy viendo en Netflix un documental sobre el secuestro de una niña que me está dejando alucinado…

El texto no es el mismo, pero para el caso la literalidad es lo de menos. El enunciado del encabezamiento del artículo y el orden en su redacción sí. Este ejemplar de esa especie de plumillas que tanto proliferan últimamente en la prensa on line -de periodistas nada de nada-, en su supuesta información, anteponía el canal televisivo, del que él sí podía disfrutar, a ese documental tan interesante que decía estar viendo; todo una declaración de principios. No lo leí, porque, como se imaginarán, el contenido del mismo dejó de interesarme al instante.

Cuando alguien organiza un titular de ese modo es que se ha vendido de antemano, y eso no me parece honesto con un lector que se merece algo más que ejercer sistemáticamente de víctima propiciatoria. Podrá alegarse que son cuestiones u obligaciones de trabajo -promocionar descaradamente un canal privado de pago-, nada que objetar si se cobra por ello, pero desde ese momento no hay información fidedigna porque el sujeto ya no es de fiar. Puede tratarse de una imposición para beneficio de sus jefes, interesados en promocionar un nuevo canal en el que tienen intereses económicos; tampoco sus jefes son de fiar, prima el intento de hacer negocio por encima de las supuestas bondades de lo ofrecido. Ya sé que nos hemos habituado a que prácticamente la totalidad de los medios se dediquen a autopublicitarse a cambio de nada, pero en nuestra clamorosa ingenuidad todavía los justificamos en función de unos hipotéticos productos que siempre son más de lo mismo; solo se trata de ganar dinero a costa de la incombustible bondad del público consumidor.

También sucede con el cine. Hasta ahora el cine solo obligaba al destinatario del producto a desembolsar voluntariamente una cantidad si quería ver cualquier película, para lo cual existían salas adecuadas en las que el espectador-consumidor permanecía mientras quisiera o la abandonaba si lo que estaba viendo no le satisfacía. El cine tenía un componente de libertad de consumo que, al margen de lo que pudiera verse y la más o menos descarada manipulación de lo ofrecido en la pantalla, dejaba al destinatario final la última palabra, si es que elegía invertir su tiempo en ello.

Pero hoy el cine también se ha convertido en un producto demasiado riesgoso, dicen, los gastos aumentan exponencialmente y obligan a las productoras a mirar con lupa cualquier proyecto, anteponiendo los beneficios comerciales a la supuesta calidad de lo que se pretende rodar. Igual que siempre pero peor. Este hipotético aumento de presupuestos ha llevado al cine a una vulgarización del producto en función de un público cada vez menos exigente que se conforma con dejar pasar el tiempo ante la pantalla sin quebrarse la cabeza, por lo que, igual que siempre ha sucedido, proyectos, en teoría de calidad, hoy no tienen cabida dentro de los cauces comerciales del mundo cinematográfico. Y hete aquí que, de la nada, surgen estos nuevos canales televisivos que se ofrecen como la panacea de la calidad y auxilio de autores que, de no ser por ellos, no podrían filmar esos interesantes proyectos que al fin podremos disfrutar.

Pero las condiciones han cambiado sustancialmente, si antes era el espectador quien elegía si quería o no ver una película, o alquilarla en un video-club, ahora debe pagar por adelantado; luego no es cierto que el canal sufrague cualquier película, sino que previamente ya lo ha hecho el consumidor. Los riesgos son bastante menores para los propietarios, tras un desembolso inicial pueden echarse a dormir a la bartola y acabar dándole al público lo que, siempre según su rentabilidad, quiere, pero habiéndolo pagado éste por adelantado. Así que, lo que antes era una decisión libre y sin obligaciones acabará convirtiéndose en un hipotecarse indefinido sin saber con qué resultados, si lo ofrecido a partir del correspondiente pago mensual será cine o programas de calidad o un sucedáneo fabricado por algoritmos que seleccionarán los temas según porcentajes de visionado. El canal ofrecerá lo que gusta y con el tiempo dejará de invertir en proyectos que puedan parecer arriesgados. Una vez conseguida la fidelidad del pagador desaparecerán las opciones distintas o alternativas.

Esto ya está sucediendo con las retransmisiones deportivas, se trata de acaparar el mayor número de espectáculos a cambio de un pago mensual que irá aumentando poco a poco. El espectador-consumidor podrá verlos o no, pero, una vez fidelizado y religiosamente abonada su cuota mensual, eso es lo menos importante.

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Equivocarse

Resulta que después de tantos años estábamos equivocados, digo tantos como podría decir menos, y me refiero a esos errores o equivocaciones que en algunos casos, feliz e inteligentemente, son tomados o interpretados por el protagonista como descubrimientos, aunque tardíos, en el fondo bienvenidos; pero en otros casos, al margen de la reciente revelación o desafortunado final, esos mismos errores y equivocaciones se convierten en fuente de problemas de complicada solución, abriendo la puerta a conclusiones o periodos de los que, una vez llegados, resulta difícil obtener algo positivo, todo lo contrario, porque toca bregar con la sensación de frustración y tiempo perdido que aquello ahora significa.

En el fondo la cantidad de tiempo es lo de menos, es tiempo que no va a volver, otra cosa es la importancia o trascendencia que uno le quiera dar y las consecuencias que de ello se puedan derivar.

La persistencia en el error o equivocación también es una cuestión relativa, atañe al sujeto en sí, incluso hay vidas, por decirlo de algún modo, basadas y vividas en el error, lo que no las hace menores o diferentes al resto -porque ¿quién es capaz de señalar o hacer ver lo que desde fuera a todas luces aparece como error? También hay errores que duran relativamente poco si uno tiene en cuenta el tiempo que podía haber transcurrido hasta que el equivocado lo hubiera advertido por sí mismo, y los agradecimientos posteriores, de haberlos, son difíciles, sobre todo porque en más ocasiones de las deseadas la nueva revelación nos deja en solitario ante un punto de inflexión al que no todos seremos capaces de enfrentarnos o resolver de forma definitiva o satisfactoria.

Otro problema, si puede decirse tal, es o sería cuando quien reconoce y de algún modo tiene que asumir el error no lo tiene a bien y es capaz de, en un complicado enroque, persistir sin enmienda o no corregir vida o hechos que a partir de entonces deberían ser de otro modo; cambios demasiado drásticos que no todos están dispuestos a asumir. Porque si lo que hasta entonces era un error resulta que es la propia vida, un error en mayúsculas, es probable que el sujeto no sepa cómo conducirse, o no quiera, de pronto tan sorprendido como desolado y nada proclive a asumir que igual ha tirado su vida a la basura pero a estas alturas no sabe vivir de otro modo, en primer lugar porque ya no sería él.

Hablar de errores o equivocaciones es, pues, complicado y hasta puede llegar a ser ofensivo, determinante en muchos casos, trivial e intrascendente en otros; tiene que ver con el carácter de cada cual, con su estar con el resto, además de consigo mismo, porque siempre son los otros los que nos ponen en nuestro sitio, incluso a nuestro pesar. Queda entonces saber y saberse entre, querido o ignorado, soportado o apreciado, despreciado o temido; pero lo indudable es que, afortunadamente y querámoslo o no, los errores y las equivocaciones existen, y en muchos casos llevan aparejada la llave de una felicidad que, pese a quien pese, también existe.

 

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Repetimos

Opinan los gerifaltes del Partido Popular -antiguos franquistas, y sus descendientes, reconvertidos en demócratas de carnet por necesidades de subsistencia política- que la ultraderecha antidemocrática que representa Vox no debería presentar candidaturas en ciertas circunscripciones porque de hacerlo les quitaría votos a los populares.

Oímos cosas semejantes y pasamos a otra cosa o seguimos con lo que estábamos haciendo, como si no nos afectara. En cualquier país democrático europeo, vamos a dejar a un lado las ex-repúblicas soviéticas porque sus ciudadanos todavía no saben qué carta han de jugar, si la de un rancio e ignorante tradicionalismo medieval dirigido espada en alto por padrecitos protectores designados por voluntad divina para iluminar a una población democráticamente analfabeta, u optar por meterse de lleno en un compromiso democrático que exige protagonismo ciudadano las veinticuatro horas del día, trescientos sesenta y cinco días al año. Decía que en cualquier otro país demócrata europeo escuchas ultraderecha y la mayoría echa a correr porque la ultraderecha representa el cáncer que provocó las dos grandes guerras mundiales -aunque desgraciadamente también podemos encontrar en esos países reprimidos y gente con problemas de integración que reconvierten sus frustraciones personales en violencia contra todo y todos.

Por aquí no sucede nada parecido, esto sigue siendo España. La preocupación de los populares por la ultraderecha no es por cuestiones de democracia, se debe a que estos últimos han ocupado el terreno que siempre les ha sido propio a los primeros, terreno que fingieron abandonar porque no había más remedio que cambiar la cara, o la chaqueta. Incapaces de aceptar las reglas del juego democrático y cansados, o perdidos, de ir de un sitio a otro buscando con qué atraer a un electorado suspicaz y desconfiado que gusta más de la raza y la misa que del diálogo, ahora ven con temor que ya no pueden regresar a sus cortijos porque están siendo ocupados por una savia nueva que, en los tiempos que corren, no tiene nada más inteligente y democrático que ofrecer que a Don Pelayo y a la Virgen arrojando de la península ibérica a tanto sarraceno infiel. Ver para creer.

Así estamos, hemos vuelto a la casilla de salida, y es más serio de lo que parece; porque esta gente nueva mezcla sin saber libertad con cojones, lo que me da la gana con a mí qué me importa o, mi Dios es más de puta madre que el suyo -el lenguaje es original.

 

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Tribalismos

No siempre se está al tanto de lo que sucede, son muchas las cosas y nuestras evidentes limitaciones dan para lo que dan, en algunos casos para salir del paso a costa de un prontuario de necesidades básicas que nos mueve como zombis entre el resto. Dicen que hay tipos que son capaces de observar y/o captar mentalmente, como quien no quiere la cosa, si no todos los detalles sí una gran mayoría de lo que sucede alrededor sin apenas esfuerzo, el uso que de ello hagan es otra cuestión; hemos visto alguna que otra película en la que el “prota”, adiestrado por el servicio secreto de turno, es capaz de ver hasta debajo de las piedras y ponerse en guardia antes de que el enemigo vigilante se dé cuenta de lo que todavía no se ha dado cuenta.

Para la gente normal el entorno físico que nos rodea es lo que es y su mayor o menor percepción y/o influencia depende del estado de ánimo en el que se halle el sujeto; puede apabullarnos, hasta expulsarnos o, por el contrario, permitirnos movernos por él como Juan por su casa. En esta ocasión ni el estado de ánimo ni el lugar colaboraban, el cansancio y las obras nos conducían, directa e indirectamente, a la salida de allí, y mirar hacia arriba solo sirvió para detenerme en la fachada del Ministerio de Educación, edificio de aspecto bastante similar al estado en el que se encuentra lo representado por las letras de la fachada, un traje viejo que parece hoy más envejecido si cabe, una antigua estructura cubierta de polvo todavía en pie entre vallas y andamios de una obra pública que parece de nunca acabar.

Cada cual intentaba a su modo salir de aquel atolladero y dirigir sus pasos hacia lugares al menos más libres a la hora de caminar y desplazarse a gusto. Sonaban lo que parecían cohetes o petardos, y al no haber ningún festejo conocido a la vista algunos nos mirábamos o inclinábamos la cabeza hacia el lugar del que creíamos provenían los estampidos.

Así, sin saber cómo, nos fuimos aproximando donde, sin percatarnos directamente; aunque es cierto que comenzaban a aparecer, sin un orden o frecuencia precisa, algún que otro agente de la Policía Nacional. Como decía al principio, hay ocasiones en las que uno va en sus cosas y no da para más, el entorno no parece un lugar interesante, es eso por donde hay que pasar. Hasta que, llegando a la plaza, los petardos se convirtieron en voces, muchas y sin un orden aparente, que no eran de músicos callejeros. Más gente acudía, supongo que la mayoría porque aquella zona les pillaba de camino y otros por pura curiosidad, a ver qué pasa ahí. Una vez en la plaza y tras atar cuatro cabos, por aquello de observar o saber dónde y qué día no me fue difícil identificar.

El centro de la plaza estaba ocupado por una multitud de jóvenes que portaba banderas y coreaba consignas al unísono brazos en alto, de no estar presentes aquello muy bien se podría haberse confundido con un celebración ritual africana o, lo que es peor, con un mitin nacionalsocialista del Berlín de entreguerras. Pero la cosa no era para tanto, aunque el resultado final fuera similar, se trataba de una reunión, cabe entender que espontánea e inocente, de jóvenes aficionados de un equipo de fútbol coreando, supongo, consignas y arengas que todos parecían conocer y con las que, visiblemente enardecidos, convergían en una comunión que, bien orquestada por las perversas intenciones de cualquier mente aviesa, podría haber sido dirigida donde aquel quisiera. Curiosos y prensa gráfica se asomaban encaramándose donde tocara con tal de obtener imágenes o ver directamente los enfervorizados rostros de tan exultantes y fieles feligreses. El tumulto centraba la atención de las calles adyacentes y muchos se detenían y comentaban. Por una de esas calles ya descendían varias furgonetas de la Policía Nacional repletas de agentes equipados de la cabeza a los pies para esas hipotéticas situaciones hacia las que suelen derivar algunas aglomeraciones públicas. Nosotros nos fuimos.

Tal vez para muchos sea una obviedad que ni siquiera merece la pena resaltarse, pero, en números tan grandes, ese tribalismo del que todavía no nos hemos desprendido como especie sigue constituyendo un elemento de cohesión y pertenencia, y hasta de sacrificio, del que últimamente se viene alimentando tanto la política nacional como la internacional. Mientras, cada cual va de camino a sus cosas, hasta que un día nos cierren la plaza.

 

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Perversión

No creo que fuera por la hora ni por el lugar, aunque a primera vista pudiera parecerlo, un sábado por la mañana en la inevitable cerveza antes de comer en un bar repleto de feligreses ejercitando esa costumbre tan local de darle al gaznate y a la lengua cuando la oportunidad y los amigos así lo requieren.

No era temprano ni tampoco tan tarde como para que el ambiente general ya hubiera sido alterado por los líquidos y el obligado calor de la reunión; sucede que en esos lugares uno sale y entra del grupo en función de los saludos y los conocidos a los que hace mucho que no veía o con los que antes de ayer dejó a medias una conversación, la que precisamente ahora acabas de recordar cuando, pasando a tu lado, has vuelto a saludar e inevitablemente tu cabeza ha regresado donde entonces. Y en este ir y venir uno de mis acompañantes, algo perdido desde el último tema de conversación antes de su momentánea salida, preguntaba de qué estábamos hablando… ¿De política…? Qué mejor en los tiempos que corren… -le respondía alguien.

Y tal como podrán suponer la respuesta fue el detonante del resto de la conversación que a partir de entonces monopolizó al grupo. Que si esto va francamente mal… que si los trabajadores han perdido las referencias… el poco dinero que se gana para las horas que se trabajan… los contratos precarios… la imposibilidad de comenzar una vida mínimamente digna sin un trabajo decente, con lo que significa en cuanto a futuros directamente imposibles o embargados hasta casi la muerte… o de la violencia, su vigencia o su desesperada necesidad, único modo de hacer recapacitar al sistema etc. -y que conste que yo no soy violento-, intentaban justificarse los más serios y responsables. Así, la conversación se fue enredando y enriqueciendo al mismo tiempo, no íbamos a llegar a las manos y había un interés general por entender y no rebajar aquello a otra charla de taberna. Luchas de otros siglos que hoy han perdido no la validez pero sí el nombre, algo que suena ha pasado; hoy los obreros, ni siquiera los de cuello blanco, existen, son de otro siglo, hoy la gente se siente trabajadora, no obrera; o empleado, o emprendedor, si dispones de un coche de segunda mano en el que pintas de forma precaria: Se hacen todo tipo de trabajos caseros.

Y elevando un poco el tono de la conversación llegábamos a la conclusión de que la violencia no solo está en la calle y se dedica a romper escaparates y volcar contenedores de basura, la violencia también está en el tipo del banco que te aconseja y recomienda, como si fueras un cliente de confianza, lo que sus jefes le han dicho que te recomiende y te venda -o no fue violencia que empleados modelos, con su propio interés en llenarse el bolsillo si obedecían bien las órdenes, vendieran preferentes de ese banco cuando todos sabían que aquello era un timo. ¿Cuánto se llevó o se lleva el diligente empleado, sí, ese en el que confiamos como niños cuando nos sentamos en la mesa de la oficina bancaria alardeando inconscientemente de que nosotros sí tenemos un gestor personal que se preocupa expresamente de nuestro dinero? Precisamente porque somos nosotros y no otros, especiales, así nos lo hace saber el del traje con su detallista atención. Como también es empleado el tipo que nos vende el coche que pretende, el que le deja más beneficios, que precisamente no era el que nosotros queríamos o al que llegábamos en función de nuestros intereses e ingresos. ¿Cuánto se lleva el diligente empleado a nuestra costa y cómo se relame cuando ve incrementada con las migajas correspondientes su paga mensual? Creyéndose ya empresa cuando solo es otro pobre tipo al que largarán cuando la cosa se ponga fea.

Tenemos la en ocasiones desafortunada y humana costumbre de ser demasiado crédulos, de necesitar confiar ante el primero que nos ponga cara de sinceridad adornada con palabras amables que entienden y comprenden nuestras necesidades casi como nosotros mismos, que no son necesidades como tales -nosotros no somos unos necesitados, ni unos indigentes-, sino gustos claros y precisos de ciudadanos que eligen por sí mismos y precisamente dan con ese buen tipo que nos interpreta a la primera, y como nos aprecia, nos hace comprar ese producto un poco más caro de lo que pensábamos para nuestro presupuesto, pero no porque pretenda sacarnos el dinero sino porque precisamente tiene eso que en el fondo deseábamos y no nos habíamos dado cuenta que queríamos, hasta el punto de que una vez atrapados justificaremos nuestra elección, excelente elección, ante cualquiera porque ahí donde nos ven sabemos qué compramos y por qué.

Esa confianza en la otra parte que a veces tan desesperadamente buscamos y en la que caemos a las primeras de cambio es el objetivo de esa auténtica perversión, agazapada tras la sonrisa del que tan amablemente nos atiende, de la que tan difícil resulta escapar. Esa violencia sumergida que se alimenta con premeditación y alevosía de nuestras incautas, confiadas y necesitadas miradas.

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Elecciones

Toca votar, toca oír a los mismos de siempre quejándose del negocio de la democracia, de esos cuatro listos que viven de la política a costa del resto y sistemáticamente se dedican a robar mientras puedan; queda preguntar a tan insignes y clarividentes mentes si eso de robar lo consideran tan normal como para hacerlo ellos mismos en su vida diaria, que probablemente será así, lo que deja bien a la vista una astrosa envidia de pusilánimes por no haber sido capaces de lanzarse al ruedo político y dedicarse también a robar con el beneplácito general, cuestión que probablemente no impide que pongan sus cinco sentidos a la hora de timar, falsear y aprovecharse de tanto incauto que no tiene la precaución suficiente de evitar caer en sus manos cualquiera que sea el negocio al que se dediquen.

Toca votar y oír a los mismos que predican sobre el buen corazón de todas las personas, del amor que falta entre ellas y de la bondad que nos redimiría de tanta maldad como hay en esta vida, de la ausencia de ese sentido común que sabiamente orienta hacia al redil a tanto descarriado perdido en un mundo sin fe ni esperanza en el que únicamente prima un individualismo cruel que solo es egoísmo; queda preguntarles si entre tanto amor va incluido aceptar de buena voluntad y resignarnos con nuestra situación presente como un mal menor, conformarnos y asumir de buen grado que hemos tenido la poca fortuna, que no desgracia, de venir a este mundo no en el lado equivocado sino en el que la sabia naturaleza, en su pura inconsciencia, nos ha otorgado, un lugar que, bien visto, nos propone el saludable y reconfortante desafío de esforzarnos en salir adelante por nosotros mismos. Esa misma naturaleza que, sin embargo, bendijo a otros con una vida de comodidades y holgura que se dedican a disfrutar como almas obedientes de una sabiduría tan antigua como la explotación entre humanos.

Toca votar, toca oír a tanto espíritu puro que nos prometerá la revolución definitiva, la tanto tiempo esperada a cambio de nuestra papeleta, una revolución que dará la vuelta a la tortilla sin que tampoco sepamos con qué resultado y si es esa nuestra verdadera intención a la hora de depositar el voto, por lo que habremos de renegar de lo que hoy mismo somos a cambio de no saber qué lugar y quién seremos en esa esperanzadora revolución en la que habremos de aprender a estar porque será todo nuevo. Un volver a nacer con otro nombre, otro espíritu, más guapos, más ricos, felices y justos, algo tan distinto a nosotros mismos que da miedo pensar en tanto cambio contenido en solo una papeleta en la que simplemente se nos propone pasado mañana.

Toca votar, y aguantar durante semanas a tipos honrados y no tanto obligándose a mentir sistemáticamente con tal de mostrarnos una cara amable que ellos y nosotros sabemos que no es cierta, aceptar de buen grado un simulacro social del que a estas alturas nos sabemos cansados, participantes obligados que por unos días intervendremos en conversaciones y parodias de las que en el fondo no nos fiamos, escondiendo nuestra voluntad e intereses por una especie de prurito de autenticidad del que aún nos gusta presumir cuando nos viene en gana en función de ese torero y tan local… a nadie la importa a quien voy a votar.

Toca votar y quebrarnos la cabeza sin querer, a nuestro pesar, a no ser que seamos de esos tipos auténticos y viscerales que en todo momento tienen claro de qué color es este mundo y cuál es su papel en él, que hay una única certeza, la suya, mientras que el resto vive prisionero y engañado, desorientado en un desconfiado y solitario desconocimiento de la verdad que confunde y aísla, abandonando sus voluntades en manos de una panda de mafiosos y truhanes sin escrúpulos.

Toca votar.

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En el bar

Tomábamos un vino antes de regresar a casa, las nueve y media de una fría tarde-noche de invierno, en una cafetería medio vacía; en un extremo de la barra un solitario cubalibre de naranja a la espera de su hipotético consumidor, probablemente fumando fuera, y a un par de metros de donde nos hallábamos otro tipo amagado sobre su teléfono móvil, igualmente fumador por el paquete de tabaco junto a una bebida a medio consumir de la que no me preocupé.

Ya servidos y charlando sobre la pertinencia, o no, de la cena y su cantidad, nos sorprendió una voz hablando bastante alto con, no era difícil de imaginar, alguien al otro lado de un teléfono; la voz iba desmenuzando de forma embarullada y con medias palabras un sermón entre autoritario y taxativo de corte comercial -cuestiones más de negocio que laborales- que no dejaba resquicios ni opciones de respuesta, una única, desordenada y larga parrafada aderezada con numerosas expresiones malsonantes y amenazas contra un tercero o terceros y sus mal intencionadas acciones que, era fácil intuir, contaban con la fiel aprobación de la parte que escuchaba al otro lado del aparato. La razón indudablemente estaba de su parte, no había nada más que oírlo, con ese irrespetuoso discurso de tono elevado y despreciativo, casi vocinglero, del que desgraciadamente demasiada gente hace uso con tal de vencer al enemigo por goleada ya incluso antes de empezar -calificativo con el que desde un principio es considerado el incauto interlocutor por el mero hecho de preguntar, cuestionar e incluso existir, nada que tenga que ver con el entendimiento o la prudencia. Se acumulaban los tacos y las amenazas cuando ya veíamos al gesticulante diosecillo paseando de un lado a otro del local, un tipo pequeño, cuarentón y con la cara picada, vestido intencionadamente de sport con ropa de marca elegida a conciencia; vaqueros y camisa azul, chaleco de punto bajo una chaqueta corta también azul, zapatos marrones de punta y calcetines a rayas horizontales, conjunto coronado por un pelo oscuro, largo y engominado, que proporcionaba valiosos datos sobre su origen -tenía acento andaluz- y posible pertenencia social a cualquiera que se hubiera fijado en él.

En sus idas y venidas y entre aspavientos sentenciosos aún alcanzaba a pedir otro ron con cola a un camarero que al momento se ponía manos a la obra. Pero aunque los tacos no cesaban el discurso parecía haber cambiado, lo seguiríamos oyendo aunque hubiéramos tenido tapados los oídos. Porque “la cabrona e hijaputa” a la que ahora se refería parecía más cercana, hasta el punto de que le había, literalmente, sacado los cuartos en estos últimos reyes; que si las amigas… que todas lo quieren llevar… tres, me hizo comprarle, tres… de Calvin Klein, no podían ser otra marca… ciento cincuenta euros, así que, imagínate, cincuenta euros cada uno… el top y las bragas; y luego me cuenta cómo la envidian las amigas cuando le ven el top y las braguitas… pero… ya le he dicho a “la hijaputa” que no quiero que salga a la calle solo con el top… además, me ha sacado también un iPod y un iPhone 7. Así que… menudos reyes la niña, y eso que solo tiene trece años… y la pequeña, que tiene diez, un iPhone 10…

No sé si dejó de llamarnos la atención la conversación o perdimos el hilo, no recuerdo bien, a medida que se alejaba hacia el otro extremo del local; volvimos a saber de su presencia, ya sin teléfono, cuando, apurando de un trago la copa todavía sobre la barra, pidió otra más para llevársela a la habitación, porque era tarde y el día había sido muy largo.

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Taxis

En el supuesto conflicto de los taxis nadie tiene razón y nadie tiene razón, es el mismo “y tú más” de costumbre del que se aprovechan quienes nunca aparecen en la foto; yo tengo lo mío que, mejor o peor, funciona y tú vienes a hacer lo mismo por menos dinero, con lo cual me revientas el negocio, así que te vas por propia voluntad o hago lo imposible por echarte.

Es curioso que en ningún caso cuente la opinión del hipotético cliente de ambos servicios, por llamarlos de algún modo, su parecer y de qué lado estaría en el caso se ser preguntado; tampoco creo que ese cliente, a la hora de hablar, se mojará por uno u otro bando sin, primero, mirarse el bolsillo, caso en el que la decisión sería mucho más fácil y saldrían perdiendo, como supondrán, los taxistas. Viene a ser lo mismo que ha sucedido, por ejemplo, con las tiendas de barrio y las superficies comerciales, grandes y menos grandes.

Sin embargo, no se trata, como nos dirán los expertos, de un cambio de comercio, la modernidad, los nuevos tiempos y todas esas memeces con las que los ideólogos del negocio intentan convencer a una población a la que le da lo mismo quien gane o pierda porque a ella lo que le preocupa es su propio monedero. Población a la que le gusta quejarse de los supuestos y falsos perjuicios y opinar cuando toca si tropieza con algún micrófono callejero -que falseará, entiéndase seleccionará, según sus intereses las respuestas en una dirección u otra-, y seguirá con la mano en la cartera hasta que el cansancio general agote a unos y a otros que, ajenos a legalidades y pérdidas de beneficios por parte del resto, volverán a la carga mientras encuentren fuerzas. Hasta que el hartazgo general deje de ser una mayoría silenciosa y se convierta en el dedo acusador que obligará a unos y a otros a cerrar o compartir el negocio porque de algún modo hay que salir adelante.

Estos supuestos conflictos sociales no son tales porque hace ya tiempo que se perdió el sentido de comunidad, así como el de trabajo cooperativo y la importancia de los beneficios colectivos, hoy prima un sálvese quien pueda mientras no me toquen lo mío; mejor amagado y sin hacerse notar, no sea que a algún espabilado le apetezca mi parte del pastel y se ponga a pensar cómo joderme mi medio de vida con la excusa de los tiempos que corren. Conflictos que irán saltando mes a mes, o de año en año, hasta que no quede parcela de negocio, real o hipotético, canibalizada por tanta startup a la moda, moderno invento, con etiqueta de emprendedor, que tiene como objeto entronizar, vía internet, a cada tipo como un soberano competente dispuesto a partirse la cara, veinticuatro horas al día y trescientos sesenta y cinco días al año, con quien toque por el bien suyo, de su familia y, como no, del mismísimo mercado. Hasta que cada individuo se convierta en un envidiado autónomo, único dueño de su miseria compitiendo a brazo partido por cada vez menos migajas con miles o millones de colegas, o enemigos, que jamás saldrán en común a la calle a pedir sensatez, juicio y solidaridad. Solo les quedaría morirse en la soledad de su wasap o su página web, sin responso ni testigos.

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Costes

A día de hoy el niño desaparecido en Málaga sigue sin aparecer, y los enormes gastos que está generando su búsqueda siempre serán pocos si ésta tiene resultados positivos; esperanza que el espíritu humano se impone aún en contra de una experiencia, también humana, que va gravando cruelmente los días con sus leyes. Otro suceso que se explica por un encadenamiento de errores de los que nunca parecemos desembarazarnos, testarudos a la hora de la memoria y con tendencia a la reincidencia, enésima sucesión de imprudencias y descuidos que, como en este caso, pueden acabar con la salud o la vida de otro menor.

Nunca es demasiado cuando alguien, preocupado por las posibles consecuencias de los propios actos, repite esas rutinas necesarias con las que evitar desgraciados accidentes con los peores resultados. Como también sabemos de tantos que a la hora de reconocer un error echan mano de los recursos de Homer Simpson, aquello de… yo no fui, fue ese o… yo no estaba allí; vergonzosas artimañas de quien por temor, cobardía o simple inmadurez es incapaz de asumir sus propias faltas. Actitud que, sin embargo, se acepta sin rubor y sin que nadie sea capaz de afear al implicado la miserable intención de escurrir el bulto como si la cosa no fuera con él.

Como también hemos de aceptar que quien en su momento no puso la atención que debía, en su dolorosa desesperación e incapaz de valorar y asumir tanto la terrible realidad de los hechos como las consiguientes dificultades a la hora de reparar las consecuencias de su tremendo descuido, despotrique contra el mundo porque éste no se detiene de inmediato y se pone manos a la obra para tratar enmendar el desafortunado resultado de su falta, como si el mundo no tuviera otra cosa que hacer que ocuparse de los imprevistos que provoca su distraída cabeza.

Luego llegará la hora de intentar escapar de la quema, justificar de cualquier modo, mintiendo, las malas acciones, las ilegales, las irresponsables o directamente peligrosas que, también como niños, se intentarán tapar con tal de no asumir obligaciones y cargas materiales y penales, si las hubiere. Comportamientos pueriles en adultos más irresponsables, si cabe, que los propios niños. Vendrán las acusaciones mutuas, la tergiversación de los hechos, los intentos de ocultación de las más que evidentes irregularidades tanto civiles como en cuanto a seguridad, la desprotección, el descuido en la atención, la falta de previsión etc.; todo con tal de no responder por lo que desde un principio se sabía que estaba mal. Como críos intentando escapar del consiguiente castigo.

A lo que sumar el negocio audiovisual que generan las desgracias ajenas, el despliegue de una cruel hipocresía que se pretende información sostenida por redacciones y corresponsables en permanente duda entre la solución del problema y la prolongación en el tiempo del mismo, mientras genere beneficios; deseando en el fondo evitar su excesiva duración, lo que daría lugar a un hastío culpable del que cada cual iría escurriendo el bulto como si nunca hubiera estado allí.

Y todo para recuperar, salvo improbable milagro, otro cadáver inocente procurado por la estúpida irresponsabilidad y el mezquino egoísmo de los mismos adultos de siempre.

¿Quién paga todo esto?

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