Localismos

Todos hemos leído u oído cómo en el siglo XIX el tan históricamente deseado como hipotético pueblo español se enfrentó valerosamente a los invasores franceses para reponer en el trono a un reyezuelo que, una vez asentadas sus posaderas, hizo retroceder al país varios siglos atrás, a la virgen, el terruño, el señor, las romerías y el como Dios manda. Solo se quejaron cuatro afrancesados que veían en la invasión francesa la oportunidad única para que este país se despojara de siglos de caciques y sacristías que lo tenían sumido en la ignorancia. Para aquellos habitantes importaba, antes que la convivencia, la misa, la honra y el más vale lo malo conocido.

Ciento cincuenta años después, a la muerte del dictador, España era un país casi tercermundista en el que el analfabetismo y la ignorancia campaban a sus anchas, eso sí, su población era gente obediente, impetuosa, que no valiente, trabajadora con asterisco, devota y jaranera, algo vocinglera, festiva y pacífica. Un pacifismo que con alguna frecuencia, traducido, venía a decir: déjame en paz y no me toques los cojones. Una forma muy local de llevarse bien con el vecino, principio de colaboración y entendimiento entre los pueblos cuando los males venían repartidos, porque si lo hacían de forma aislada o individual, allá cada cual con lo que le tocaba.

Se ha escrito hasta lo que no está escrito a la hora de explicar o justificar el desacuerdo político y no político que en la actualidad tiene a este país sin política; que si posicionamientos viscerales e intransigentes, irracionales y hasta simplemente pura arrogancia y mezquindad. Todo lo contrario a cualquier intento de poner un poco de sentido común en una política que más que un lugar de encuentro en el que negociar o acordar soluciones se parece más a un bar de barrio en el que sermonear a voz en grito; ¡porque yo digo lo que me da la gana! Menos cuando tienes que permanecer obligatoriamente callado porque si hablas te pueden echar a hostias por no pensar como todo el mundo.

Expertos nacionales e internacionales han intentado, dentro de la moderación y respeto que merece el caso, intervenir opinando sobre la situación española, una cuestión, si no única, si bastante particular en el conjunto de Europa, y hasta en el propio mundo; primando como conclusión la falta de cultura democrática y el exceso de testosterona local; incapacidad para entenderse con el vecino y carencia de todo sentido de convivencia con quien no opina como yo, lo que no hace sino ahondar en una negrura de confesionario de difícil solución. Descorazonador resultado que fomenta entre los foráneos, por encima de su buena intención, un desánimo generalizado que suelen resumir a sus lectores según la jerga local, los míos son los buenos y cualquier otro que piense de otra manera es un sinvergüenza que solo merece la horca.

También yo me pregunto sobre algo que parece indescifrable, como si fuera otro extranjero curioso más tratando de desentrañar esta estupidez sin conseguirlo. Por ello no es extraño que los políticos que sufrimos sean el vivo ejemplo de los naturales del país -que no ciudadanos, porque nunca se consideraron tales, solo viven aquí y se dedican a hacer lo posible porque no les joda el vecino, o hacer como si no lo hubieran visto en el caso contrario. Más dados a los soportes básicos que tienen que ver con el sobrevivir de cualquier modo y a costa de quién o lo que sea que a las convivencias comprometidas que requieren un constante cuidado.

Disponemos, como en cualquier otro lugar del planeta, de personas excelentemente cualificadas a título personal -talentos y cualidades de nacimiento-, pero somos incapaces de coordinar una tarea común mínimamente efectiva. Alabamos a título personal a cualquiera que haga bien su trabajo, con razón, pero somos incapaces de construir una organización o sociedad que funcione mínimamente en la mejora y colaboración ciudadana. Pecamos de quijotes, fanfarrones y grandilocuentes, capaces de pelear y destruirnos mutuamente antes que colaborar en hacer de nuestro jardín el mejor del mundo.

No sabemos vivir en comunidad como no sabemos ser demócratas; lo público es algo que explotar, de lo que vegetar, desprestigiar, exprimir y si es necesario destruir si no vamos a obtener beneficio inmediato de ello, ignorando conscientemente que es nuestro y que nuestro primer deber es hacer que funcione para todos.

Justificamos al sinvergüenza al que votamos o con el que trabajamos porque es nuestro sinvergüenza, al que seremos incapaces de enfrentarnos para decirle que lo es y que su actitud es perjudicial y nos perjudica. Tememos denunciarlos o enfrentarnos a ellos por razones abstrusas o simplemente imaginarias, o por pura cobardía, porque es preferible mirar a otro lado o darnos la espalda antes que discutir.

Tal vez sea porque desde casi siempre nos ha gustado vivir a la orden, que otros pensaran por nosotros si nos dejaban siestear o divertirnos a gusto. Hemos vivido bajo órdenes muchísimo tiempo, voluntaria u obligadamente, porque nunca nos ha resultado difícil dar con los medios para sortearlas en nuestro propio beneficio, sin hacer ruido, es decir, sin dar la cara; en público nos mostrábamos serios, obedientes y pacíficos, mientras en privado obteníamos ese plus de beneficio servil o parasitario que casi siempre llevaba aparejado alguna migaja económica. Una libertad miserable y un beneficio económico, siempre en negro, indispensable para vivir con cierta solvencia sin dejar de parecer criados, nada que ver con la decencia o la legalidad. El caso era jactarse de poder respirar independientemente de quien nos gobernara, reyezuelo o dictador.

Importa más el terruño, la romería y el viva la virgen cuando fuera menester, es por eso que decir ciudadano nada tiene que ver con el habitante de este país, que antes prefiere denominarse feligrés, compadre, fiel o romero. Cualquier cosa antes que la libre y voluntaria colaboración.

 

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Verano

Sentado sobre un tarugo de madera marea el teléfono móvil buscando a qué agarrarse sin que el tiempo le apremie, hace calor y no hay prisa, la noche carece de importancia pero al menos el sol no aprieta, no hay otro sitio mejor al que ir y el sueño llegará cuando llegue, entonces igual dará dormirlo allí mismo que regresar al nido cuando ya todos duerman y no haya que aguantar preguntas que siempre son indiscretas.

No está solo, cada pocos metros, en un banco, sobre un pequeño muro o sentadas en el bordillo de la calle cortada otros y otras como él entretienen el verano como pueden, sin nada que hacer y poco más que decir. Alrededor las atracciones feriales, la mayoría medio montadas o entre puntadas de última hora antes de ir a la cama, no ofrecen mucho más, quizás un exceso de sordidez; tal vez mañana, cuando la feria de comienzo y las luces endulcen la cara al calor del verano la noche luzca de otro color, hoy no, hoy es antes, tampoco es que mañana vaya a cambiar mucho la cosa, pero mañana sigue siendo lo que todavía no ha sucedido, y eso significa todo, al menos porque aún se desconoce o directamente no existe, por lo que admite aquello que cada cual quiera y pueda imaginar.

Pasa el reloj de la media noche y el calor sigue sin ceder, tampoco hay miradas entre ellos, se conocen de anoche y de antes de ayer y tienen poco que decirse, además de la vergüenza o indiferencia que los ata a sus propios pasos, con pocas ganas para dirigirse o mostrarse a o hacia, porque lo que no conoces no interesa, no es tuyo ni son de los tuyos, otros de tantos que van y vienen conviviendo en una comunidad hecha de retales inclasificables que forman un tejido de difícil encaje, restos de telas de toda procedencia que, sin que ninguno sepa por qué, han coincidido en el lugar y la noche, en la bochornosa placidez de un tiempo común que nada les dice ni sirve para situarse o sentirse, ya no digo ser parte o protagonista de una ciudad que ocupa una mancha en el mapa, la respuesta a una pregunta en Google maps o el incómodo intermedio entre donde vengo y hacia donde me dirijo.

Tienen casi la misma edad, entre trece y dieciocho, tanto ellos como ellas, idéntico futuro y las mismas contadas esperanzas, o también todas; son jóvenes y no tienen ninguna obligación, solo las que les dictan las pequeñas pantallas de sus dispositivos electrónicos, duendes estridentes en constante consulta o patio de recreo, vagabundos desesperanzados deambulando entre imágenes ancladas al más de lo mismo. En cualquier caso da igual, es lo suyo, lo de hoy y también lo de mañana, aunque en el fondo quizás sueñen con que no sea lo de siempre, pero tampoco saben cómo hacerlo para que no suceda de ese modo.

Interpretan un papel que completa una realidad social que ni siquiera parece real, apenas una rutina fisiológica de la que nadie quiere hacerse responsable, ni sus mayores ni quienes maquinan para utilizarlos en un futuro que ya es ahora, un presente lleno de minutos en los que permanecer quietos de espaldas unos a otros, ocupando lugares que al menos justifican sus precarias existencias.

Son muchos en otros tantos sitios similares a este, en un número que casi no merece la pena contar porque juntos solo sirven para conformar estadísticas que dirán lo que no hacen o lo que jamás podrán hacer; cifras y porcentajes utilizados con solvencia o de cualquier modo para denunciar, rellenando páginas y proyectos que nacen directamente agotados, porque nadie quiere hacer por ellos, ni pensar por ellos, los miran, los juzgan, los critican y en el fondo los desprecian amenazándoles con la misma pregunta de qué piensan hacer con sus vidas, como si a ellos les preocupara, como si vieran alrededor motivos para hacerlo, todo lo contrario; estamos aquí, nadie nos preguntó, nadie nos ofrece y no tenemos por qué ofrecernos ni colaborar con quien solo nos desea para fingir progresos que tampoco les importan. Y si el futuro no les priva a la mierda el futuro, tampoco están para resolver futuros ni salvar planetas porque tampoco nadie les ha pedido la palabra y ellos no la darán gratis, les importa un bledo las estadísticas, el clima, el medio ambiente o los problemas sociales. Ya tienen bastante con ser jóvenes en un mundo que no los quiere, así qué ¿por qué les tiene que importar?

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Coches

Pasa el coche y los hombres se giran automáticamente, tanto para ver y, supongo, admirar y envidiar el modelo como para distinguir al tipo que lo conduce; porque esos coches solo los conducen hombres, me gusta creer que las mujeres aún no han llegado a ese tipo de cretinismo. La envidia y admiración hacia el vehículo persisten porque es algo independiente, la máquina siempre es inocente de su obligada materialidad y de las sensaciones que provoca a su paso, aunque en el origen de su concepción y fabricación esté el provocarlas; pero el conductor no suele ser tan afortunado, pasadas las primeras impresiones de admiración y, como he dicho, envidia, ésta se materializa en muchos casos en forma de comentario despectivo o rencoroso que pretende rebajar y menospreciar las capacidades del tipo al volante, si las hubiere y tuviera. No es suyo, se ha entrampado hasta las cejas, no tiene dónde caerse muerto o tiene más dinero que pesa pero es un imbécil. Y a otra cosa.

El rencor probablemente se irá diluyendo y quedarán la envidia -motor del consumo- y la prosaica decepción de que no todos pueden tener un coche igual. Pero tampoco eso es problema para una industria empeñada a ofrecer a cada cual un vehículo a su medida, siendo la medida el bolsillo, termómetro general de estatus que siempre es mejor notar medio vacío. Antes que el prestigio y la ostentación está el negocio -también llamado progreso o crecimiento-, y los fabricantes de automóviles cuidan de sus negocios poniendo al alcance de todos los afortunados un vehículo que puedan pagar. Una vez a bordo, rodeado de la excitante sensación que provocan los plásticos nuevos, el complejo es menor, e incluso llegará a desaparecer, porque el satisfecho propietario se siente el rey al volante, e incluso es capaz de sofocar su ansiedad y convencerse de que en el fondo él no necesitaba aquel otro coche que se detuvo a contemplar, él es más realista en sus aspiraciones -como suele decirse, a la fuerza ahorcan- pero igual de feliz -la colosal capacidad de autoconvencimiento que fomenta el mercado de consumo es brutal. Queda disfrutarlo, pero ese es otro cantar, la función principal de un vehículo a motor son los desplazamientos, pero desplazarse significa un por qué, un motivo y, en última instancia, una necesidad. Y para ello el nuevo dueño debe saber o apetecer tal actividad -repito, no incluyo la necesidad-, y es ahí donde surge el segundo problema, o tal vez siempre fue el primero. ¿Dónde ir, por qué o para qué? En la mayoría de los casos no existe causa ni motivo, ni apetencia ni ganas, siempre contando con los peligros del consumo, la suciedad, el inevitable deterioro y/o los posibles accidentes. Hay dos soluciones, o utilizarlo para no caminar, sistemáticamente -por eso existen los gimnasios-, o mejor dejarlo guardado sabiendo que en caso de necesidad siempre estará ahí, porque el coche es caro -sobre todo por su inutilidad- y hay que pagarlo, y luego vendrá el obligado mantenimiento, las reparaciones, mendigar en los talleres y tener que moverlo por darle algún uso.

No hace falta salir a una carretera para advertir la gran cantidad de vehículos que soportamos en función de una supuesta libertad y prestigio que no son tales, o sí, funciona para quienes siempre han necesitado demostrar cuánto tienen antes que caer en el anodino agobio de la indiferencia, y la mejor forma de hacerlo es con un vehículo o vehículos cuanto más grandes y potentes mejor, el resto caerá por sí solo -el tamaño y potencia de un coche están inversamente relacionados con la autoestima del propietario. Pero, en definitiva, el coche siempre es la solución, el bálsamo que consuela y calma la ansiedad concediendo la satisfacción de regalarse y sentirse uno más, otro, que puede presumir de una reluciente carrocería.

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Turistas (y 2)

Creo que cualquier intento de aproximación al turismo como fenómeno social con mediana seriedad puede parecer desproporcionado, y para muchos incluso pedante o prepotente; es como si el propio término, concepto o actividad incorporara un plus de puerilidad y ligereza que impide tomárselo en serio.

Turismo ya ni siquiera tiene que ver con viajar, es más bien una versión pudiente del carnaval que, por fortuna, no necesita fechas concretas ni miércoles de ceniza, tampoco murgas ni grandes desfiles. Turismo es una versión prêt-à-porter del carnaval que cada cual interpreta o celebra a su modo, y lo único en común es una de las características principales de las celebraciones carnavaleras, el disfraz. Porque el turista, para ser y disfrutar de tal, tiene obligatoriamente que disfrazarse. Ya no tiene sentido organizar la maleta con ropa diversa porque ignoramos cómo nos sorprenderá la meteorología allá donde vamos, costumbre definitivamente arrumbada en estos tiempos on line en los que casi podemos respirar el destino antes de imaginarlo. Pero tal cantidad de información no permite al futuro turista elegir con digital exactitud las prendas que vestirá cuando y donde llegue, o mientras llega. El turista de pro directamente desecha el contenido de su armario para adquirir prendas y objetos exclusivos de turista; el motivo exacto de esta absurda decisión no sé muy bien cuál es, si la suciedad o el deterioro de la ropa, nunca lo he preguntado. Sin embargo, no por elegidas las prendas que caracterizan al turista gozan de prestigio, pueden parecer elegantes e incluso adecuadas, todo lo contrario, el buen turista elegirá lo más chillón, cutre y hortera que el mercado pone a sus disposición, que es mucho pero exactamente igual de feo y desagradable.

Ejemplo, empezando por las pueriles, garrulas y básicas deportivas -invento extraordinario que tras siglos de penalidades permite por fin a los humanos caminar con comodidad-; viene después el obligado short, pantaloncete o culote, versión pandero celulítico o sin rastro de pandero y canillas desarrapadas -esa estupenda y novedosa prenda que facilita a cada pierna desenvolverse por su lado. Sigue a continuación la pertinente, campechana, inimaginable e incomprensible camiseta, versiones lorceril o pancista -según sea portador o portadora-; sin que, por último, falte el gorro o gorra, u objeto de desconocido material e ignota fabricación, que poner sobre la cabeza, utensilio que nunca impide que el sol castigue el pescuezo del usuario sin piedad. Completa el disfraz un variopinto muestrario de sacos, bolsas, riñoneras, mochilas o bandoleras, algunas de confección marciana y rincones inencontrables hasta para el mismo propietario.

De esta guisa nuestro turista requerirá, y esto es fundamental, su actividad turística propiamente dicha, que, también de suma importancia, ha de llevarse a cabo cobijado en el interior de un grupo donde sentirse integrado en su visceral y casposa intrascendencia; un ambiente anodino donde poder bromear sin gracia -siempre habrá alguien que se ría por vergüenza-, desentenderse o despreciar con todo derecho y libertad aquello que no entienda o sepa y sentirse como pez en el agua en su santa ignorancia -todos saben que ninguno de los presentes sabe, y el que intente parecerlo también es archisabido que probablemente es un pedante que pretende darse importancia. Falta, por último, la moderna e indispensable comodidad de un vehículo o vehículos que los lleven y traigan de aquí para allá -barco, avión, autobús, camión o trenecito-, dando igual el medio porque siempre habrá aguardando un amable pastor que mime, cuide y asesore al rebaño en sus necesidades básicas, que son todas y sobre todo tienen que ver con lo fisiológico -comer, gastar, beber, mear, comprar etc.-; todo aquello que quede a años luz de la humana curiosidad.

Luego, en una lista que parece interminable, vendrán los paraderos que cada día se inventan o construyen para que nuestro sujeto de rienda suelta a esas necesidades básicas; establecimientos de todo a cien, en muchos casos multiplicado por mil, con formas y extensiones sin par; construcciones, complejos o ciudades conteniendo la pereza de lo cotidiano envuelta en papel cuché.

 

Posdata.-… Una excelente guía pormenorizaba históricamente el lugar, proporcionando detalles y anécdotas interesantes de la sinagoga visitada. En primera fila, un cincuentón, fiel y concienzudamente ataviado de turista, prestaba atención mascando chicle con la boca abierta, interrumpiendo constantemente con preguntas como… qué era eso de tantas ramas donde se ponían las velas… o si la luz roja encendida junto a la pared más importante del edificio era el lugar donde se guardaba la hostia consagrada… La paciencia y educación de la guía era infinita.

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Turistas (1)

Es evidente que viajar, aparte de ser una forma de consumo intensamente publicitada y, por ello, asumida e interiorizada por el propio consumidor como una necesidad casi vital, conlleva una serie de plus particulares que cada cual aporta en función de su educación y su cultura.

Ya apenas se viaja por el placer del viaje, haciendo del mismo el motivo principal, siendo el destino o destinos etapas igual de importantes que el propio recorrido. Durante el viaje se disfruta, se conoce, se aprende, se descubre, se sufren percances e inconvenientes, demoras y un sinfín de circunstancias que, luego, al ser recordadas, darán sabor y carácter al mismo. Desgraciadamente hoy el viaje se parece más a un trastorno para una mayoría que se mueve por inercia, un obligado interludio, cuanto más breve y rápido mejor, anterior al destino previamente elegido. He conocido a tipos que antes de salir de su casa ya tienen una idea detallada de dónde van a estar y todo lo que hay que ver, hasta el punto de que, una vez allí, necesitan la satisfacción de confirmar in situ que lo que están viendo y tocando es exactamente lo mismo que vieron en el salón de su casa sentados frente a la pantalla de su televisión inteligente. No hay sorpresas, no hay descubrimientos, no existe el interés o el esfuerzo por o para, por supuesto la incertidumbre está desterrada.

Entre los destinos turísticos más promocionados hay algunos que acumulan una historia que los precede, los justifica y casi parece aplastarlos. En estos, junto al visitante o turista típico, incansable y sin piedad, puede hallarse a ese otro viajero que acude porque, como decía más arriba, su educación o su cultura sitúan ese punto concreto en un lugar preferente de su universo personal. En él cobran realidad estudios, libros, sueños y aficiones que en algún momento ayudaron a forjar -y hoy forman parte- gustos y carácter. Calles, edificios, palacios, fachadas, teatros, encrucijadas, ríos, mares, paisajes o museos, entre otras muchas opciones, esconden un valor contrastado que provoca un estremecimiento concreto y emociones íntimas solo por él conocidas y nunca mejor disfrutadas; en estos lugares el viajero cierra un ciclo consigo mismo, se entusiasma por estar frente o sobre aquellas piedras, donde fue o existió quien o quienes forman parte de la propia memoria y personalidad.

Pero sucede que muchos de esos lugares siguen siendo lugares vivos, o deberían serlo, y están habitados por personas que también los consideran suyos, en presente, son su pan de cada día, con sus maravillas y sus inconvenientes a la hora de ser vividos, hasta el punto de que uno se pregunta si los propios del lugar viven para sí mismos o para mostrarse a los visitantes como si estuvieran en un escenario que de ningún modo puede alterarse, ni modificar con tal de hacerlo más habitable, porque casi puede decirse que dejaría de ser lo que es. Nunca puede ser bueno que la historia o la cultura ahoguen una ciudad convirtiéndola en un escaparate, dirigiendo las vidas de sus habitantes hasta el punto de que, en algún momento o de continuo, el forastero no sepa realmente dónde está. Ciudades fantasmas en las que sus habitantes huyen o se esconden hartos de no poder vivir su ciudad.

Vivimos en el siglo XXI y el viajero, al menos en lo que a mí respecta, también disfruta captando y sintiendo el ritmo de la ciudad, mezclándose entre los locales, visitando o frecuentando sus rincones preferidos e intentando pasar desapercibido, como uno de tantos, única forma de saborear el lugar; cuando nadie a tu alrededor te confundiría con un turista, tal que el vecino de la mesa de al lado. Es entonces cuando el viaje cobra significado. Pero cuando solo encuentras turistas forzando cada puerta, cada horario, cada vestíbulo, cada terraza, como si fuera un parque temático, algo deja de funcionar, entonces da igual verlo desde casa, hoy los medios digitales son una maravilla, te llevan donde tú quieras, luego no hace falta estar allí para disfrutarlo porque no vas a tener la oportunidad de hacerlo con auténtico placer.

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Música

Faltan más de cuatro horas y ya hay gente eligiendo un lugar en el césped de la desierta pendiente en el que extender una manta y sentarse, o tumbarse, a esperar. Parece broma pero no, es otra de las posibilidades que ofrece la elección y distribución del propio tiempo, decidir con antelación o demasiado tarde en función de lo que uno intuye o espera y el interés que tiene en ello. Quizás lo sorprendente y sobre todo grato es que tales preparativos sean para escuchar un concierto de música clásica, gratuito, algo que por estos lares probablemente no merece la misma consideración. También hay que tener en cuenta que se trata de la Filarmónica de Viena, dirigida en esta ocasión por Gustavo Dudamel.

Lo que comienza como algo curioso para el sorprendido visitante acaba convertido en una auténtica celebración popular. La pendiente se ha ido llenando de aficionados que se instalan como si se tratara de un genuino día de campo, no hay límites de edad y, siendo justos, hay muchísimos más jóvenes que personas que alcancen la cincuentena, o la sobrepasen. Juegos de cartas, aperitivos, lecturas, carantoñas, meriendas y cenas, fotografías, botellas de vino y champán, con sus correspondientes copas, conversaciones improvisadas y ojo avizor con los rezagados que tienen verdaderas dificultades para encontrar a la avanzadilla entre lo que, sin que nos hayamos dado cuenta, ya es una auténtica multitud que no deja una sola brizna de hierba libre. Y para que no falte nada o como aderezo con el que entretener la espera, una enorme tormenta de verano descarga agua durante una hora que parece interminable. Pero ni siquiera la tromba de agua, que remite con lentitud, sorprende al respetable; poco a poco, lo que sin duda es fruto de una civilizada previsión, han ido apareciendo capas, impermeables, chubasqueros, protectores de mantas o paraguas del interior de bolsas y mochilas. En general no hay malas caras, sí miradas de complicidad y resignación entre unos y otros, en algunas un leve fastidio, otras se lo toman con filosofía y ríen divertidas y también las hay dispuestas a ayudar al poco previsor o nuevo en el lugar; incluso da tiempo a distinguir entre la cortina de agua unos aplausos apuntando en una dirección hacia la que todos mueven la cabeza, justo para ver a un joven rodilla en tierra pidiéndole la mano a la sorprendida pareja que, por supuesto, acepta tan sonriente y feliz como empapada. Tras el sí los aplausos se generalizan y el agua sigue cayendo.

Al fin el sol vuelve a asomar entre las nubes y el gentío comienza a respirar aliviado. Es cierto que muchos han acabado trasquilados, o directamente calados hasta los calzones, los hay que han abandonado frustrados pero aún sonrientes, se iban hacia una ducha y ropa seca. Los que han resistido ríen vencedores mientras se dedican a reorganizar la parcela, eliminar como pueden el agua, airear pertenencias y poner a secar sobre alguna rama o valla las prendas salvadoras.

Los pocos huecos que ha dejado la tormenta se ocupan en un abrir y cerrar de ojos, vienen más, algunos también mojados, no tanto como los que han permanecido estoicamente en su sitio porque aquellos han sorteado el aguacero refugiados entre la arboleda o debajo de alguna arquería o cornisa. Se reanudan las conversaciones, continúan lo que son ya cenas en toda regla, se incrustan como pueden los rezagados o quienes han descubierto un metro cuadrado de hierba sin un culo, una bolsa o el pico de una manta encima y comienzan las pruebas de los músicos sobre un iluminado escenario que desde la distancia luce magnífico. En la pendiente frente al palacio de Schönbrunn no cabe un alfiler. Comienza el concierto.

 

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Basura

Estamos habituados a tipos que escalan las más altas cumbres de la tierra y nos hablan de espacios y sensaciones únicas, casi divinas, tal que iluminados orgullosos de sus hazañas y de sentirse por encima del resto, tanto física como espiritualmente. Tendemos a considerarlos de una pasta especial y tal vez sea cierto, pero no dejan de ser casos aislados que dicen muy poco del resto, notas a pie de página que deberían estimular a sus semejantes pero que quedan como vulgares objetos de consumo rellenando los huecos que deja la publicidad, y a las pocas semanas se olvidan, en la mayoría de los casos para siempre.

En este caso me hallaba no arriba sino abajo, por encima de mi volaban aviones, circulaban trenes normales y de alta velocidad que suspendían la calma de la mañana con un ruido ensordecedor y no cesaba el tráfico, tanto por carreteras convencionales como por autovías y autopistas. En todos los casos, imaginaba desde mi posición, mujeres y hombres iban y venían embarcados en un frenesí de obligaciones y obviedades que apenas dejan lugar a espacios vacíos, les va la vida en ello. En ese incesante trajín unos y otras nos cubrimos intentando mostrar nuestras mejores galas, aseados y asépticos, arrogantes, desafiantes en más de una ocasión, retadores, orgullosos de nuestros logros y conquistas y celosos de lo que consideramos nuestras posesiones. Por ello desdeñamos lo que no nos gusta, lo que nos desagrada, disimulamos, ocultamos los desechos y dejamos en la parte de atrás cualquier cosa que pueda comprometernos o enturbiar nuestra imagen. Nos pretendemos iconografías en permanente muestra, productos acabados envueltos en sedas y celofanes que se esmeran en ocultar cualquier inconveniencia, defecto o signo de vida, la del animal que todavía seguimos siendo a nuestro pesar.

Aquí abajo estoy rodeado de todo lo que se deja a un lado, se arroja o se desprecia cuando nos acicalamos para hacer como que vivimos, empezando por la basura sonora de una radiofórmula que un pobre tipo aburrido sintoniza a todo volumen contaminando con melodías y estribillos infames los trinos de los pájaros y el rumor del viento moviendo las hojas de los árboles. Es otra forma de basura, lanzar, en este caso al aire, la frustrante desidia de un trabajo o de la misma existencia en forma de ruido, asfixiado en sus limitaciones e incapaz de dejar al mundo en paz. Más y más basura desperdigada aquí y allá, desperdicios de todo tipo, vallas oxidándose que todavía delimitan propiedades de registro olvidado, puertas asaltadas o directamente derrumbadas, edificaciones saqueadas, algunas apenas utilizadas; contenedores abandonados que jamás serán recogidos, ni mucho menos reciclado su contenido, restos grandes y pequeños diseminados por doquier entre los que sobresalen unos pocos pinos enormes, impresionantes vistos desde mi pequeñez, con troncos de más de un metro de diámetro que probablemente crecen desde mucho antes de que cualquiera de nosotros viniera al mundo. Vuelvo a mirar hacia arriba preguntándome si tanta vanidad y apariencia como nos gusta lucir exigen tanta basura, si esta enorme proporción de desechos justifica unas vidas tan mezquinas como frívolas; qué es más real, tantos moviéndose por obligación con tal de no quedarse parados o estos árboles y pájaros sobrevivientes entre escombros y porquería.

La respuesta es bien sencilla, cuanto más nos elevamos más forcejeamos por despojarnos de nuestra humanidad, como si nos molestara, nos fuera desagradable sabernos tal y como somos, tan vulgares en nuestro funcionamiento más elemental, como cualquier otro animal. Tal vez por eso nos esforzamos por humanizar a nuestras mascotas desanimalizándolas, porque nos recuerdan lo que somos, animales.

Pero me temo que esta basura seguirá aumentando y ascendiendo, aunque sigamos empeñados en creer que por ocultarla de nuestra vista desaparecerá por arte de magia; allí permanecerá, acumulándose y multiplicándose sin cesar, hasta que llegue a la altura de las vías, de las autopistas y de los aviones, y tal vez entonces todavía seguiremos sin saber dónde ir pero con un problema añadido, que esta tierra ya no podrá contener ni disimular tanto desecho e inmundicia. Si no somos capaces de reconocernos y salvarnos a partir de lo que somos volveremos donde partimos, confundidos entre nuestros propios excrementos.

Se acaba el tiempo de las parábolas.

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Hablar

“Maqueao” de arriba abajo, lavado, peinado y pulcramente vestido -para trabajar pero en bien-, abrió la puerta como de costumbre y saludó mirando al tendido que en ese momento éramos tres, quienes contestamos de desigual suerte a sabiendas de que nuestras respuestas le serían por completo indiferentes; una vez que entraba los presentes automáticamente callaban y ensombrecían predisponiéndose diligentemente para el parlamento del día.

Es cierto que los buenos deseos iban por delante, aunque expresados de una forma que no a todos sentaba de igual manera, el uso de una serie de groserías dichas en lo que él consideraba un tono campechano no siempre eran recibidas como tal. A partir de entonces y sin que nos diéramos cuenta el tiempo comenzaba a volar rápido como el viento y la semana también, ya era sábado y no estábamos allí, sino cada cual donde a bien tuviera. El trabajo, esa minucia que nos hacía coincidir, resulta que era una incidencia, una faena que en cuatro capotazos quedaría medio liquidada dejándonos a las puertas de la jubilación. El arte del maestro nos ponía ante el precipicio del retiro más felices que unas pascuas, a un paso del paraíso en la tierra. En este último apartado, como no podía ser de otro modo, también nos ilustraba como cabía, haciéndonos ver nuevamente que los astros, por las buenas o por las malas, siempre le sonreían. Privilegiados, asistíamos embobados al despliegue de una vida ideal en la que todo encajaba a la perfección; y ¡ay! del que inconscientemente intentara comparar la propia con la del afortunado que teníamos delante, incansable a la hora de aseverar y gestualizar con todo el cuerpo. Lo cierto es que en apenas quince minutos quedábamos a un paso de la depresión, vista la desgraciada existencia que nosotros, patéticos mortales, arrastrábamos a trancas y barrancas creyendo que era vivir; unas existencias despreciables, casi dignas de lástima. ¡Qué pena no poder nacer nuevamente para rectificar y seguir ejemplos tan ilustrativos como el que teníamos delante sin cerrar la boca!

El más cabrón de los tres, que hasta ese momento atendíamos en prudente silencio, decidió tirarle de la lengua preguntándole por sus hijos. En ellos la perfección era casi divina, es cierto que con alguna que otra sombra pasajera que tenía más que ver con la edad que con cuestiones de peso, nada preocupante. A la hora de la verdad los chavales tomarían las decisiones correctas, de eso estaba completamente seguro, de lo contrario se las verían con él. Como no tenían un pelo de tontos, por eso eran hijos suyos, en el fondo sabían que padre siempre llevaba razón; tenía sus cosas pero nada importante, a la hora de la verdad los hechos hablarían por sí solos.

Pero llega un momento en el que el trabajo te tira de las orejas y tienes que cumplir con lo que toca, regresábamos con discreción a nuestras respectivas labores y el tipo, allí plantado, no parecía darse cuenta porque seguía con su muestrario de bondades elevadas al cubo. Hasta que el de menos tacto de los tres, el en apariencia más formal le soltó en un suspiro… ¿No tienes nada que hacer? Había dado un paso hacia adelante y uno de sus brazos aparecía en ángulo recto explicando algo de la novia del mayor. Ni siquiera fue un punto de inflexión, de pronto detenido, la mirada entre bobalicona y confundida, sin reprise para convertirse en amenazante e instintivamente más torpe que violento el resuello le alcanzó para recoger la bolsa y largarse cerrando la puerta tras de sí con lo que tampoco fue un portazo. No hubo palabras entre nosotros, tampoco las posibles consecuencias eran motivo de preocupación, la próxima vez ya se le habría olvidado y volvería a entrar tal cual. Hay gente que si no es para hablar de sí no sale a la calle.

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Negocios

Existe una acepción, digamos normal, de negocio en la que se dice de cualquier ocupación o trabajo, así como del lugar o dependencia física en la que se lleva a cabo ese quehacer. Hasta aquí ningún problema, es una palabra muy utilizada y que hemos escuchado en multitud de ocasiones, o no, ¿cuántos hemos oído la palabra negocio refiriéndose a un trabajo o actividad física cualquiera? Quizás sea por eso que llegó un momento en el que yo también me pregunté por ella, cuál era su significado primero y por qué para mí contenía un matiz peyorativo del que más tarde que temprano me sorprendí en mis propios escritos.

Hay también otra acepción de negocio que, esta sí, tiene que ver con el interés propio, con el lucro o provecho obtenido como objetivo principal. Tampoco nada que objetar, en principio, si no fuera porque en la actualidad la palabra negocio conlleva, de partida y casi en exclusividad, un beneficio contante y sonante, pero no un beneficio fruto de un trabajo a medio o largo plazo, sino inmediato, de tal modo que ni siquiera parece ponderarse como necesario u obligado el tiempo indispensable para establecerse o adaptarse a un mercado -existente o no-; o asumir como normal el riesgo inevitable a la hora de intentar poner en práctica una ilusión o esa idea que a uno siempre le ha parecido atractiva, o el simple hacerse un hueco. Ya no hablo de, además y si es preciso, contratar, adiestrar y cuidar a unos empleados que, si se sienten bien tratados, asegurarán el futuro. Demasiado de todo. Hoy no hay tiempo material para cálculos semejantes, pronto suena excesivo. Y para pronto se necesitan amigos con influencia, contactos previos, la preparación y/o manipulación del mercado a tu favor y la obligada disposición de un capital inicial indispensable para solventar por la vía rápida trámites e inconvenientes administrativos y, si es posible, lograr el acceso a atajos que aseguren, antes incluso, más que la viabilidad del futuro negocio todavía inexistente, la rentabilidad del mismo en forma de demanda creada, a toda costa, hasta tal punto que si los beneficios iniciales llegan con lentitud o demasiado lentos, normal en cualquier otro tiempo o circunstancia, el propietario decida cerrarlo antes que dedicarse a fomentarlo, darle entidad y crearse un prestigio. Y ni con esas, la competencia es tan feroz y desleal que no queda tiempo del que lamentarse o recuperar. El concepto de negocio ha cambiado sustancialmente en el mundo en el que vivimos, y cualquier componente romántico adosado a su establecimiento en algún momento de la historia reciente se ha perdido por el camino. Los tiempos imponen el método y los resultados.

Hoy la palabra negocio ha adquirido un matiz especulativo que acabará atrapándola, se ha impuesto una dualidad negocio/beneficios que ni siquiera admite la opción mal negocio. O se circunscribe, en cambio y cada vez más, a una opción individual que comienza y acaba en un único dueño, de sí mismo; y si el negocio necesita de más personas se atomiza en un número interminable de propietarios que competirán entre sí y restringirán sus comunicaciones, desconfianzas y dependencias a un mínimo que tampoco genere gastos -ni seguros, ni sedes sociales ni un servicio para el aseo y limpieza del personal.

Negocio acabará siendo otra cosa, otro significado, puede que buscarse la vida, una variante de fraude o un sistema de explotación, sin florituras.

 

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Thanos y Daenerys

No es casualidad ni simple coincidencia que dos de las ficciones de la cultura popular más conocidas y seguidas a nivel mundial tuvieran un desenlace similar. Las dos últimas películas de Los Vengadores y el final de la última temporada de la serie Juego de Tronos mostraron, una vez más, de qué pasta estamos hechos, como también la recurrente monotonía de nuestros sueños.

En ambos casos el enemigo a batir, independientemente de giros de guion más o menos inesperados, eran dos espíritus iluminados por una única y obsesiva verdad, también la misma, la conquista de un mundo mejor que definitivamente pondría fin a la maldad y el caos que desde el inicio de los tiempos viene conduciendo a la humanidad por la calle de la amargura. Se da por supuesto que para proyectos de tal envergadura es esencial tener el poder, todo el poder, posesión también indispensable a la hora de ejecutar la última exigencia antes de alumbrar el paraíso soñado, la destrucción de media humanidad; tarea o pago proporcional al esfuerzo requerido para alcanzar la cima del mundo. Tanto el supermalvado definitivo como la madre de dragones (Thanos y Daenerys), se sienten puros e invencibles en su deslumbrante paranoia, aunque su empeño no alcanza a entender que el resto de los mortales no lo vean de igual modo, incluida la necesaria muerte de miles o millones de inocentes, e intenten interceder con tal de evitar el justo castigo a una secuencia de errores repetidos desde que la historia es historia; punto final antes de regalar al resto ese mundo nuevo.

Es el necesario y siempre cuestionable pago de justos por pecadores -o, como se dice ahora, los inevitables daños colaterales. La forzosa y redentora destrucción de Sodoma y Gomorra o el arca liberadora que Noé se vio obligado a construir para salvar a la humanidad de sus pecados, ejemplos ambos, entre otros muchos castigos y penitencias, que nuestro cristianismo predica como preámbulo a su celestial paraíso. O, rizando el rizo, la vida de esfuerzos y sufrimiento que hemos de afrontar por el mero hecho de nacer, pago previo antes de ascender a un cielo que, sin embargo, no existe; tal vez por eso lo sitúan después de la muerte.

Porque el poderoso, para hacerse respetar, necesita de exhibiciones ejemplares que fomenten el escarmiento, el temor y la sumisión, además de desconfiar de la clemencia, da igual si suplicada por amigos o enemigos; prima la instintiva propensión a la venganza tan característica de la especie, el tanto costó tanto hay que pagar -el ojo por ojo o la prisión perpetua. Al fin en el trono el vencedor, tal que un dios, no puede mostrar piedad o compasión porque ello significaría vacilación y debilidad, detenerse a escuchar y, en última instancia, un posible menoscabo a la magnificencia de su poder; o lo que es peor, un semillero de dudas en cuanto a la consistencia y solidez de su voluntad.

La humanidad siempre ha necesitado dioses, héroes y vencedores que la estimulen allí donde no se atreve. Superar al otro, sobresalir y si es preciso traicionar, por eso vivir es luchar, competir. Qué haríamos sin el sabor de la victoria, sin ese vencer diario al vecino de al lado.

Sin embargo y de vuelta a la ficción, una vez descabalgado el malvado de turno apenas hay tiempo para el epílogo, el breve colofón final es un futuro sugerido nada atractivo, probablemente porque en él no tienen cabida ni los héroes ni los dioses. Por eso tampoco es casual que los antagonistas y a la postre vencedores de tan arrogantes iluminados sean hombres y mujeres corrientes navegando en un mar de dudas, capaces de colaborar, ceder y compartir y entre los que siempre caben simpáticos histriones, frívolos y de buen corazón como el sufrido Tony Stark, o puteros, bebedores, inteligentes y leales enanos como el menospreciado Tyrion. Tal y como somos, son estos últimos quienes, curiosamente, nos han hecho llegar hasta aquí, aún en contra de nuestra más íntima voluntad.

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