Taxis

En el supuesto conflicto de los taxis nadie tiene razón y nadie tiene razón, es el mismo “y tú más” de costumbre del que se aprovechan quienes nunca aparecen en la foto; yo tengo lo mío que, mejor o peor, funciona y tú vienes a hacer lo mismo por menos dinero, con lo cual me revientas el negocio, así que te vas por propia voluntad o hago lo imposible por echarte.

Es curioso que en ningún caso cuente la opinión del hipotético cliente de ambos servicios, por llamarlos de algún modo, su parecer y de qué lado estaría en el caso se ser preguntado; tampoco creo que ese cliente, a la hora de hablar, se mojará por uno u otro bando sin, primero, mirarse el bolsillo, caso en el que la decisión sería mucho más fácil y saldrían perdiendo, como supondrán, los taxistas. Viene a ser lo mismo que ha sucedido, por ejemplo, con las tiendas de barrio y las superficies comerciales, grandes y menos grandes.

Sin embargo, no se trata, como nos dirán los expertos, de un cambio de comercio, la modernidad, los nuevos tiempos y todas esas memeces con las que los ideólogos del negocio intentan convencer a una población a la que le da lo mismo quien gane o pierda porque a ella lo que le preocupa es su propio monedero. Población a la que le gusta quejarse de los supuestos y falsos perjuicios y opinar cuando toca si tropieza con algún micrófono callejero -que falseará, entiéndase seleccionará, según sus intereses las respuestas en una dirección u otra-, y seguirá con la mano en la cartera hasta que el cansancio general agote a unos y a otros que, ajenos a legalidades y pérdidas de beneficios por parte del resto, volverán a la carga mientras encuentren fuerzas. Hasta que el hartazgo general deje de ser una mayoría silenciosa y se convierta en el dedo acusador que obligará a unos y a otros a cerrar o compartir el negocio porque de algún modo hay que salir adelante.

Estos supuestos conflictos sociales no son tales porque hace ya tiempo que se perdió el sentido de comunidad, así como el de trabajo cooperativo y la importancia de los beneficios colectivos, hoy prima un sálvese quien pueda mientras no me toquen lo mío; mejor amagado y sin hacerse notar, no sea que a algún espabilado le apetezca mi parte del pastel y se ponga a pensar cómo joderme mi medio de vida con la excusa de los tiempos que corren. Conflictos que irán saltando mes a mes, o de año en año, hasta que no quede parcela de negocio, real o hipotético, canibalizada por tanta startup a la moda, moderno invento, con etiqueta de emprendedor, que tiene como objeto entronizar, vía internet, a cada tipo como un soberano competente dispuesto a partirse la cara, veinticuatro horas al día y trescientos sesenta y cinco días al año, con quien toque por el bien suyo, de su familia y, como no, del mismísimo mercado. Hasta que cada individuo se convierta en un envidiado autónomo, único dueño de su miseria compitiendo a brazo partido por cada vez menos migajas con miles o millones de colegas, o enemigos, que jamás saldrán en común a la calle a pedir sensatez, juicio y solidaridad. Solo les quedaría morirse en la soledad de su wasap o su página web, sin responso ni testigos.

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