De vaqueros

Las películas de vaqueros, al margen de lo pasado, manido o abandonado del género -siempre según quien-, cuentan con la ventaja de mostrar y permitir que el espectador aprecie y disfrute, casi en estado puro, de los vicios, las pasiones y los sentimientos humanos; en ellas es posible distinguir e identificar, con claridad meridiana, comportamientos y situaciones que hoy cuesta reconocer en directo o simplemente nos negamos a asumir, además de reproducirse multiplicadas por mil. En la exculpadora confusión o interesado desconocimiento que conforma el presente, sus protagonistas, es decir, nosotros, gustan esconderse o escudarse en justificaciones infantiles, dobles lecturas -desoladoramente simples- y aglomeraciones salvadoras que tienen la mala costumbre de ubicar a los demás como pantalla o causa de la propia falta de respeto, abandono e incompetencia.

Me volvió a suceder con El jinete pálido, de Clint Eastwood. No hay nada como un pueblo de hace un siglo o siglo y medio, en el que coexisten cuatro gatos, para comprobar en estado puro el tipo de especie que somos. Un auténtico laboratorio en el que la convivencia y las relaciones entre sus habitantes no necesitan de intermediarios, abogados o aseguradoras ofreciendo soluciones exclusivamente personales; los malos, por supuesto y en su favor, tampoco precisan echar mano de ningún subterfugio, fake news o publicidad encubierta para lograr sus objetivos o hacer realidad sus deseos -entre ellos el inevitable y obsesivo poder-, y si es necesario liquidar de un par de tiros y sin pedir disculpas a enemigos o cualquiera que estorbe; también sin el engorro de tener que inventar complicados artilugios propagandísticos, programas políticos o depresiones económicas. En caso de conflicto el diálogo se establece directamente con las armas o por intermediación de algún pistolero o pistoleros que, sin advertencias previas ni presentaciones de ningún tipo -el nuevo en el pueblo-, ejecutan el trabajo por el que les pagan enviando directamente al infierno al mortal o mortales que se interpongan en el camino del malo de turno.

Aquí cada cosa tiene su nombre, que todos conocen, y las palabras un significado, en el que también todos coinciden. La dignidad es norma y ley para todo aquel que sueña con ser dueño de su presente y futuro, sin medias tintas, coartadas, disimulos ni culpas ajenas; uno afronta lo que quiere ser sabiendo que la mejor y única manera de conseguirlo es viviendo de pie, y así te lo reconocerán los demás, en caso contrario la existencia se limita a vegetar arrastrándose a los pies de otros. La ambición es ambición pura y dura, y como tal no necesita de juntas de accionistas, presupuestos, crisis ni emprendedores, como tampoco de subvenciones, sobornos, reuniones de última hora o datos de crecimiento, toda esa parafernalia inventada por malos supuestamente más sofisticados con el único objeto de seguir humillando y explotar de forma amable al resto. Las pasiones se sienten y se satisfacen dentro de lo posible, sin remordimientos hipócritas ni cobardes arrepentimientos; el amor y el sexo se disfrutan cuando se puede y el cariño se cuida y fomenta al calor de la larga y dulce mano del tiempo. Todo ello aderezado con un fondo de violencia que no permite camuflajes, fingimientos ni segundas oportunidades. Cada tipo lleva el alma dibujada en la cara, como cara a cara ha de defender sus opciones y, llegado el caso, enfrentarse a sus contrarios, sin delegaciones ni pretextos cobardes. Lo realmente vergonzoso y humillante es no asumir como propio lo que todos saben, y la mejor forma de estar con los vecinos es aceptar de buena gana, con la aquiescencia general, lo que cada uno ve en el espejo cuando se levanta cada mañana.

Hoy, sin embargo, nos movemos de un lado a otro en el interior de una atmósfera infectada en la que las relaciones humanas semejan ajustes mecánicos sin alma e interesadas relaciones de compraventa. Son millones los que malviven, creyendo vivir, de espaldas a su propia vergüenza, relegada a un inconsciente culpable del que nada se quiere saber; de vivir en el oeste ni siquiera merecerían morir de un balazo en la frente.

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La duda

No hay como hablar para saberse, escuchar para encontrar y encontrarse y dialogar para conocer, todo ello de la forma más normal y rutinaria posible, sin preámbulos ni ceremonias, tal y como sucede en tantos lugares en los que, por ejemplo, alguien se sienta a una mesa con cualquier excusa. Y a poco que la charla fluya y vayan apareciendo temas y conversaciones la cosa irá mejorando, incluidas sorpresas de última hora con las que no se contaba y afirmaciones que, también, pueden dejarnos sin voz, desgraciadamente.

Sucedió en una de esas situaciones cuando, no recuerdo exactamente el tema, alguien habló de la duda, de dudar, momento en el que uno de los presentes zanjó de forma taxativa que dudar nunca, sentencia que se vio rápidamente corroborada por otros asistentes. No intenté mediar, vistos los pocos resquicios que dejaba dicha afirmación, acompañada con el consiguiente e inflexible apoyo presencial, y mi lentitud a la hora de argumentar una alternativa consistente con perspectiva de futuro, ni siquiera de éxito.

Más tarde, a medida que intentaba buscar justificación o explicaciones a semejante máxima, mis sensaciones fueron empeorando. Los nazis tampoco dudaban. Como tampoco lo hace el títere que se inmola, llevándose por delante a cuantas más personas mejor, por una causa que desconoce o directamente falsa, mero juguete a manos de malvados resentidos dominados por un odio que son incapaces de nombrar y que los mantiene muertos en vida; como tampoco duda el ignorante que asesina a su mujer o amante porque piensa y desea por sí misma y con ello cuestiona un poder machista que el pobre tipo considera tan antiguo y justo como el mismo Dios. Existen tantos ejemplos como queramos, de individuos, grupos y organizaciones que basan su existencia en no dudar, porque dudar significa escuchar tanto a los demás como a sí mismos. Hablamos de cobardes desconfiados de una razón que desdeñan y se niegan a usar, no sea que les muestre la inconsistencia e inmadurez de su empeño, intento desesperado de encarcelar las maravillosas destrezas de nuestra inteligencia, ese órgano que solo sabe manifestarse y, llegado el caso, defenderse con razones, la mejor prueba tanto de nuestra exquisita versatilidad como de nuestro enorme poder.

Quizás sean los tiempos que corren, tiempos en los que cada vez más gente, independientemente de su origen y por puro miedo, se siente en la necesidad de anclarse a dogmas y pronunciamientos que le eviten pensar y reflexionar -¡y hasta disfrutar!- sobre lo que tienen alrededor. Tiempos en los que el mayor valor de la democracia, ese comprometerse y sentarse a dialogar para llegar a acuerdos que nos obliguen a vivir juntos al margen de orígenes y formas de pensar, es vilmente desprestigiado por quienes prefieren vegetar odiando o despreciando antes que detenerse y dejarse interrumpir, y por qué no, convencer, por quien solo tiene la palabra y sus argumentos para hablar del mismo mundo. Todo tipo de nacionalismos políticos, culinarios, costumbristas o religiosos, no merece la pena contarlos, arrogantes miserias convertidas en baluartes con pies de barro que, sin embargo, sostienen a multitudes sin otras aspiraciones que subsistir a toda costa; mejor sin pensar.

Probablemente en los orígenes de la humanidad el tipo de la cachiporra tenía pocas dudas, o ninguna, la porra y quien la empuñaba eran el mundo y la ley. Afortunadamente hubo quienes dudaron de tales argumentos, se apartaron con el consiguiente sigilo y prudencia y descubrieron, ofreciéndolo al resto, otras opciones con las que se podía vivir muchísimo mejor y sin violencia de ningún tipo, ni siquiera verbal. Indudablemente costó pero aquí seguimos.

Nosotros somos la duda, por eso precisamente creamos a Dios, para que nos salvara de ella, y nos equivocamos. Si repudiamos la duda nos repudiamos a nosotros mismos, entonces dejaremos de pensar y nos agotaremos en nuestros miedos y limitaciones, y desaparecemos, si entonces no estamos ya directamente muertos.

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Ilustres

Embarcados como estamos en periodos electorales no faltan ilustres que por bondadoso altruismo, interés propio hacia la tozuda plebe o simple negocio intentan influir en el personal a partir de posiciones de supuesto prestigio, posiciones que les conceden, siempre según ellos, la potestad -o simple vanidad- para aconsejar desde su sabia experiencia a una población que, en su santa ignorancia, anda despistada y sin saber que con su inconsciente o vehemente voto puede empeorar aún más las cosas. Estos señores disponen de perspectivas privilegiadas y por ello se creen en posesión de un conocimiento del cual el resto carece, tribunas vitalicias que ni siquiera se preocupan de revisar, renovar o actualizar; desde ellas se atreven con la piel de otros porque, en su espléndida magnanimidad, también lo creen su problema. Y porque también cobran por escribir insustanciales simplezas, solo tienen que garrapatear quinientas o mil palabras que se publican sin que nadie previamente las filtre o lea.

Tanto sabio preocupado por la salud y sensatez política de sus conciudadanos mosquea, sobre todo porque ofrecen, o aconsejan, más de lo mismo, es decir derecha neoliberal tímidamente progresista que sirve y adula a empresarios y ricos que son, evidentemente, los que disponen del dinero del que ellos viven. Porque la población de a pie, los normales, todos esos que tienen que madrugar para trabajar a cambio de un sueldo sobre el que no gustan opinar -cada cual obtiene lo que se merece, es ley de vida. Amén-, necesita que la guíen. Tampoco opinan sobre trabajar horas extras sin cobrarlas porque el sufrido empresario no quiere pagarlas -aunque sí quedarse con los beneficios que producen. En cualquier caso lo importante es abstenerse de votar a esas izquierdas que dicen querer ayudar políticamente a quien lo necesita, primero porque mienten sistemáticamente y, segundo, porque votar a la izquierda enfadaría a una derecha más habituada a mandar, y lo que es peor, eso haría que el dinero desapareciera más rápidamente de lo que habitualmente lo hace allende nuestras fronteras. Luego debemos aceptar las migajas que se desprendan de la perpetua corrupción, las habituales defraudaciones fiscales y las inversiones en fondos buitres; los ricos, ablandado el corazón por sus continuos ingresos libres de impuestos, se compadecerían de la población y dejarían algo de dinero en forma de puestos cutres y salarios miserables. Es lo que hay.

Estos señores, digamos Azua, Savater o Vargas Llosa, utilizan la prensa para pontificar día sí día también cobrando por ello, y en más ocasiones de las deseables resulta francamente penoso leerlos, no por su prosa, todavía correcta, sino por la inexistencia de temas o argumentos; simples, cuadriculados, faltos de imaginación o reaccionariamente paternales, cuando no simple y patético relleno, cero. Desde sus sinecuras periodísticas se consideran a sí mismos sabios, cuando, si realmente lo fueran, habrían entendido que hace ya bastante tiempo que deberían haberse retirado para dedicarse a disfrutar o vegetar en sus ya provectas edades. Desgraciadamente ninguno aprendió del tristemente desaparecido Sánchez Ferlosio, él si sabía cuál era su puesto. Tales timos periodísticos tampoco parecen preocupar a sus pagadores, que si fueran profesionales rogarían a tanto ilustre que se quedara calentito en su casa dejando en paz al personal.

Se imaginan qué le sucedería a cualquier trabajador, de esos que votan a las peligrosas y mendaces izquierdas, si se le ocurriera hacer mal su trabajo, probablemente el provecto empresario le pondría directamente de patitas en la calle; es la diferencia entre el que, con el culo a cubierto, se cree con derecho y conocimiento para pontificar sin que se lo pidan desde cualquier púlpito público y el que tiene que doblar la espalda para obtener con qué malvivir.

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Miedos

A estas alturas no pretendo descubrir qué significa el miedo, qué alimenta y de qué, cómo se agarra a un estómago sentido a kilómetros de distancia de la cabeza y la elemental cordura que debería conducirnos; nada más fácil, o no. Un miedo que, desde que la especie humana comenzó a caminar sobre la superficie de este planeta, ha gobernado a tantos que, sin voluntad para enfrentarse o tomar las riendas de sus propios actos, optaron por bajar la cabeza y seguir, continuar a costa de su vida y la de los suyos, sin hacer preguntas y sin admitirlas, también por miedo a reconocer su propio miedo, el oscuro motor que dirigía sus pasos. Tampoco hace falta volver a desenmascarar unas creencias religiosas, cualesquiera, habituadas a servirse del miedo con tal de mantener sojuzgados a quienes, quizás alzando la cabeza y pensando por sí mismos, hubieran sabido ver y comprender y de ese modo rebelarse contra quienes, humillándoles de forma permanente, alimentaban un miedo que no parecía de este mundo y, sin embargo, lo era más que nada. Es el miedo que, por ejemplo, también se explota en unas elecciones, esgrimiéndose como dedo acusador por parte de quien no tiene mucho más o nada que decir, tal y como siempre fue, usado a falta de razones y evidencias con tal de confirmar los temores más simples del ignorante fijándolo aún más a su yugo, al igual que lo harán con sus hijos.

Miedo con el que nos hemos habituado a vivir y por el que nos dejamos aconsejar hasta el irracional punto de consultarlo antes de dar cualquier paso; un miedo, en cambio, que ya no pretende mantener maniatadas a las víctimas mediante amenazas o jueces divinos, no porque la humanidad haya aprendido, sino porque la han hecho tan desconfiada y susceptible que necesita el miedo pegado a la piel para subsistir, personal e intransferible, materialmente profano. El cielo ya no vende, hoy, además de seguir igual de humillado, se exprime al ignorante de siempre, o consumidor, o cliente -bonito eufemismo-, o víctima, creando y fomentando miedos nada imaginativos, más vulgares, temores gruesos que ni siquiera merecen el calificativo de terrenales; elementales prevenciones y recelos inducidos que no necesitan rezos o súplicas, sino el pago por adelantado, para eso han sido inventados seguros y medicinas, un enorme e inacabable santoral que cada particular utiliza en función del cariz de su maliciosa soledad. Miedo al robo, al viaje, al asalto, a respirar, al vecino, a la pérdida, a la enfermedad, al tropiezo… miedo, en fin, a vivir que obliga a desconfiar hasta de la propia sombra previo paso por caja. Y como obedientes ignorantes pagamos por disimular nuestros miedos impuestos reconvertidos en negocio en la tierra. Miedo que también se ha trasladado al propio cuerpo, ese excepcional mecanismo creado por la naturaleza y perfeccionado por la evolución, capaz de regeneraciones imposibles, que hoy intentan mostrarnos como una piltrafa inútil, ni mucho menos autosuficiente; una naturaleza torpe y defectuosa, casi un inválido, incapaz de soportar o superar el dolor, o entenderlo y aceptarlo, como tampoco capaz de realizar las funciones más prosaicas sin alguna sustancia química indispensable para una vida vulgar y corriente.

El miedo de hoy ya no es falsamente espiritual o simplemente supersticioso, al menos ese tipo de temores dejaban libre al cuerpo en la tierra para hacer y deshacer a sus anchas, es decir, vivir; hoy ni siquiera eso, la humillación es tal que sumado al miedo a levantarse y exigir se cree y acepta sin rechistar -maldita ignorancia- que nuestro cuerpo es incapaz de desarrollar por sí mismo una vida sana si no es de la mano de adiestramientos, potingues y falsos medicamentos que acabarán por sumirnos en una inutilidad, tanto psíquica como física, de la que cada vez queda menos tiempo para lamentarse.

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A partir de Notre Dame

Notre Dame es una iglesia situada en lo que durante algún tiempo se tuvo como el centro del mundo civilizado; también una reliquia, una obra de arte y la visita turística por excelencia. Una construcción que ha venido cargando con una simbología depredadora e interesada casi siempre alejada de sus constructores. Y esa construcción es, precisamente, la que ha ardido, provocando un sinfín de reacciones, entre sentidas y completamente majaretas.

De la obra de arte quizás no hay mucho más que decir, vestigio de la capacidad humana de crear belleza como culminación de un esfuerzo colectivo cada vez más difícil de encontrar en los tiempos que corren; aunque en el fondo el objetivo del templo fuera otro, es decir, ostentar la magnificencia de un poder terrenal que tenía en las construcciones grandilocuentes la única forma de adoctrinar a una población analfabeta sometida a partir de un temor religioso que justificaba sus vidas de sufrimiento en este mundo. Nada que ver, sin embargo, a la hora de tomarla como ejemplo de excelencia, en este caso arquitectónica, belleza interpretada como fin y camino de superación de cada vida personal, por pequeña que sea.

Otra cosa es que se hubiera convertido en lugar de obligada visita para tantos visitantes que probablemente ignorarían su existencia de no haber consultado con prisas una guía turística rápida de París. Lugar de peregrinación, en cambio, para muchos otros que asimilaron en su propio beneficio una educación en la que se solía repasar la historia de la humanidad a través de sus mejores obras. También tendríamos derecho a preguntar qué sentían los en apariencia atribulados espectadores del desgraciado incendio, si la posible pérdida material del edificio o el menoscabo de su significado artístico; o, en otro contexto, la pérdida del negocio que representan los millones de turistas que abonan su cuota para hacerse la foto obligada o, ya que hablo de fotografías, la inmediatez de las miles de fotografías y vídeos que esos afortunados espectadores se encargaban de tomar para acto seguido colgar en las redes sociales con el consiguiente pie …yo estaba allí.

Como sorprendente es que en un país presumiblemente laico la gente se pusiera a rezar como única forma de ayuda… ¿a quién? Incluso ya habrá alguno escribiendo sobre ese inmemorial sustrato religioso que subyace en cada ciudadano europeo que siente el cristianismo como única verdad, genuinamente suya, por encima de tantas y tantas vidas malgastadas o arruinadas por creencias y mentiras de dudosa procedencia.

Los ricos, en cambio, no rezan ni pierden el tiempo cuando ven un negocio en el horizonte, sino que se rascan sus millonarios bolsillos a cambio de aparecer en las primeras páginas de las noticias y exigir con la otra mano, cuando finalmente la obra esté restaurada, y en tiempo record, su nombre en la consiguiente placa conmemorativa que el político de turno clavará en alguno de los muros de la catedral. Legado para la posteridad de unos nombres bondadosos que entienden esa otra forma de permanecer, porque pueden, mucho más sólida que las miserables vidas personales. Dinero que jamás habría estado disponible para salvar o aliviar vidas humanas.

Como también hay despistados, o malintencionados, que nos aburrirán con esa pastosa prosopopeya de una Europa que supuestamente Notre Dame representa, otra desfasada memez, hasta vergonzosa, porque esa Europa ya no existe, si es que alguna vez existió. Hoy Europa, su grotesco fantasma, es la política económica del Gobierno conservador alemán y el Banco Central Europeo, el resto son ganas de tomarnos el pelo, como si fuéramos más imbéciles de lo que ya somos por aceptarlo sin rechistar.

Ya puestos, y como habrá que remover infinidad de piedras para sanear los restos antes de reconstruir, se podrían buscar las tumbas de Quasimodo y Esmeralda, historia viva de la humanidad, eso sí, en versión Disney.

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Impuestos (cuestiones básicas)

Bajar los impuestos a ciudadanos económicamente ignorantes es la mejor promesa electoral -perdón, negocio- que puede hacer la derecha política.

A usted le bajan los impuestos y se ahorra cien euros que no le solucionan las cuestiones más básicas para vivir; proporcionalmente, un rico se ahorra miles de euros en impuestos -dinero con el que, por ejemplo, todos podríamos disfrutar de una educación, una sanidad y unos servicios sociales dignos y competentes- y sigue siendo rico.

Al bajar los impuestos, la hacienda pública -es decir, nosotros- dispone de menos dinero, por lo que le cuesta más sostener una educación, una sanidad, unos servicios sociales y unas pensiones decentes. Pero el número de ciudadanos sigue aumentando, lo que obliga al Estado, si quiere mantener en funcionamiento sus infraestructuras, a pedir prestado a los ricos mediante la emisión deuda pública (un rico, nacional o extranjero, prefiere prestarle al Estado el dinero que no paga en impuestos porque el Estado le garantizará unos intereses fijos y constantes, eso siempre será mejor -seguirá ganando más dinero- que crear una empresa, con todo el papeleo de instalaciones, proveedores, más impuestos y los siempre conflictivos trabajadores y sus pretensiones sociales y económicas). En España la deuda pública supone alrededor del cien por cien del producto interior bruto, luego una gran parte, o la mayor, del dinero proveniente de los impuestos se emplea en pagar los intereses de los préstamos de los ricos, que siguen ganando dinero sin necesidad de tener que construir fábricas o emprender negocios de dudoso futuro.

Los millones que no pagan los ricos gracias a subvenciones, beneficios fiscales y rebajas de impuestos los dedican a fondos especulativos e inversiones que no generan productos ni trabajo, en consecuencia sube el número de desempleados y llega un momento en el que los servicios públicos se demoran, dejan de ser eficientes y las listas de espera se alargan porque el Estado dispone cada vez de menos recursos para las prestaciones básicas. Los ciudadanos comienzan a desconfiar de un Estado que no les atiende como ellos creen que se merecen, votan a los partidos de derechas que prometen bajarles los impuestos y gastan el dinero que ahorran -si pueden hacerlo-, más lo poco que obtienen de la bajada de impuestos, en educación, sanidad y servicios sociales privados que los ricos crean con los impuestos que no pagan; luego lo que antes fue gratis ahora hay que pagarlo. Pero esos mismos ciudadanos siguen sin tener suficiente para las cuestiones más necesarias, por lo que tienen que pedir prestado a los ricos -a sus bancos-, con lo que también se endeudan a largo plazo, tal y como hace el Estado.

Con un Estado endeudado y unos ciudadanos endeudados el futuro no es para soñar… ¿dónde habrá que buscar trabajo si no se crean nuevos puestos? ¿cómo nos ayudará y protegerá el Estado si el poco dinero del que dispone lo dedica a pagar intereses de la deuda?

Más, los ricos tienen cada vez más dinero -invertido en negocios especulativos que son mucho más rentables- que legan a sus descendientes porque también se ahorran los impuestos de transmisiones. El resto de la población solo tiene deudas que legar a sus hijos.

 

Concluyendo, existen tres salidas para esta situación. 1ª Un Estado cada vez más débil acaba quebrando, por lo que ya no hay pago de deuda ni servicios públicos que mantener; cada cual se busca la vida. 2ª Los ciudadanos se hartan de ser explotados y menospreciados y exigen un cambio de política con respecto a los ricos utilizando los medios que consideren necesarios para ello. 3ª Como a los ricos les interesa seguir percibiendo sus intereses y, llegado el caso, volver a prestar comprando más deuda que pague intereses atrasados, mantendrán un Estado mínimo que, despreocupándose cada vez más de servicios públicos y ciudadanos, al menos sea un fiel pagador que les asegure sus enriquecidos futuros (de eso iba la prima de riesgo ¿se acuerdan?). Sírvase usted mismo.

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En el tren

Los trenes dejaron de ser, hace ya tiempo, un lugar en el que conocer gente y entablar conversación -además de otras cuestiones más o menos breves e íntimas-; uno podía charlar de lo más intrascendente como enredarse en su propia historia ante los que aún seguían siendo unos extraños, todavía desconocidos que, en más de un caso al finalizar el viaje, pasaban a la agenda personal como futuros buenos amigos.

Quizás por eso, por ese hace ya tiempo, cuando se pusieron a hablar con tal desenvoltura me pareció extraño. Sobre todo porque, a pesar de sentarse en los asientos inmediatamente detrás del mío, pasillo por medio, dejaron bien claro que la predisposición era mutua y el trayecto suficiente. Y por si hubiera dudas, la mujer que tenía justo detrás avanzó como obligada recomendación que para una buena salud mental era indispensable hablar al menos con diez personas distintas al día. La fuente de tal sentencia no fue mencionada, pero que estaba convencida de la veracidad de su afirmación no cabía la menor duda. Así que, a medida que avanzaba el tren y después de establecer sin acuerdo previo ni ceremonia alguna quién de los tres tenía más necesidad de darse a conocer, el caballero comenzó, con voz lenta y cierta parsimonia en la expresión, a desgranar su vida y milagros -más bien pocos, todo lo contrario-, comenzando por el motivo o necesidad del propio viaje.

He de confesar que me fue imposible centrarme en la lectura que traía entre manos, aguanté con el libro abierto, leyendo a tirones y de forma desordenada, sin perder detalle de lo que sucedía a mi espalda; juro que intenté taparme los oídos y concentrarme en el libro, pero me fue completamente imposible, el volumen de las tres voces era demasiado alto, sobre todo el de las dos mujeres.

Lo que más me llamó la atención fue la sinceridad y el visible y compartido interés por saber y opinar sobre lo que se iba contando, asintiendo continuamente, aconsejando si era menester, sentenciando cuando el sentido común disponía o animándose ante las dificultades, ninguna de la cual parecía pequeña o determinante; toda una exposición de argumentos y razones en las que no cabía el mal, porque quien hablaba representaba, ya de partida, la bondad y el esfuerzo a la hora de enfrentarse a las trampas que la vida y las personas nos ponen a nuestro pesar. La paz o el disfrute, cuando llegaba, consistía en una especie de santa resignación después de bregar, soportar, discutir y enfrentarse, y llegado el caso separarse, de quienes parecían no tener otro motivo en este mundo que impedir el buen hacer de los hablantes. Con todo merecimiento se pasaba del papel de víctima humillada, y hasta maltratada, a la de esforzado y justo vencedor de odios e inquinas provenientes de esa familia que, para desgracia nuestra, nos ha tocado en suerte. Que se lo digo yo… porque es más bueno que el pan… y el pobre ha sufrido lo que nadie sabe hasta que no ha podido ser… si tienes que reñir con la familia y quedar mal pues lo haces, para eso me tiene a mí; aquí estoy yo dispuesta a ayudarle en lo que haga falta… desde que llevamos juntos… ¿hace ya cuantos años?

La media de edad de los conversadores, por lo poco que puede ver, disimuladamente, rondaría la cincuentena; en la pareja de mi derecha mostrando un aspecto más bien golpeado por una vida repleta de desgracias, en la mujer a mi espalda, en posesión de ese vigor y salud que conceden unos satisfechos años merecidamente vividos y habituados a entender, comprender y aceptar, dándolos por buenos o justos, las vicisitudes y problemas que, en este caso, le hacían saber la pareja del otro lado del pasillo.

Y el tren llegó a su destino, mi libro regresó a la mochila y las despedidas y buenos deseos se sucedieron con una atención y afabilidad a la que solo le faltó una mesa común y un café ante el que recapitular y aventurarse ante el futuro. Y yo me fui con la sensación de haber sido testigo de una escena de otro tiempo, o de otro siglo, cuando el otro era alguien como tú en el que podías confiar porque, si no ¿para qué estamos aquí?

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Cine o televisión

Estoy viendo en Netflix un documental sobre el secuestro de una niña que me está dejando alucinado…

El texto no es el mismo, pero para el caso la literalidad es lo de menos. El enunciado del encabezamiento del artículo y el orden en su redacción sí. Este ejemplar de esa especie de plumillas que tanto proliferan últimamente en la prensa on line -de periodistas nada de nada-, en su supuesta información, anteponía el canal televisivo, del que él sí podía disfrutar, a ese documental tan interesante que decía estar viendo; todo una declaración de principios. No lo leí, porque, como se imaginarán, el contenido del mismo dejó de interesarme al instante.

Cuando alguien organiza un titular de ese modo es que se ha vendido de antemano, y eso no me parece honesto con un lector que se merece algo más que ejercer sistemáticamente de víctima propiciatoria. Podrá alegarse que son cuestiones u obligaciones de trabajo -promocionar descaradamente un canal privado de pago-, nada que objetar si se cobra por ello, pero desde ese momento no hay información fidedigna porque el sujeto ya no es de fiar. Puede tratarse de una imposición para beneficio de sus jefes, interesados en promocionar un nuevo canal en el que tienen intereses económicos; tampoco sus jefes son de fiar, prima el intento de hacer negocio por encima de las supuestas bondades de lo ofrecido. Ya sé que nos hemos habituado a que prácticamente la totalidad de los medios se dediquen a autopublicitarse a cambio de nada, pero en nuestra clamorosa ingenuidad todavía los justificamos en función de unos hipotéticos productos que siempre son más de lo mismo; solo se trata de ganar dinero a costa de la incombustible bondad del público consumidor.

También sucede con el cine. Hasta ahora el cine solo obligaba al destinatario del producto a desembolsar voluntariamente una cantidad si quería ver cualquier película, para lo cual existían salas adecuadas en las que el espectador-consumidor permanecía mientras quisiera o la abandonaba si lo que estaba viendo no le satisfacía. El cine tenía un componente de libertad de consumo que, al margen de lo que pudiera verse y la más o menos descarada manipulación de lo ofrecido en la pantalla, dejaba al destinatario final la última palabra, si es que elegía invertir su tiempo en ello.

Pero hoy el cine también se ha convertido en un producto demasiado riesgoso, dicen, los gastos aumentan exponencialmente y obligan a las productoras a mirar con lupa cualquier proyecto, anteponiendo los beneficios comerciales a la supuesta calidad de lo que se pretende rodar. Igual que siempre pero peor. Este hipotético aumento de presupuestos ha llevado al cine a una vulgarización del producto en función de un público cada vez menos exigente que se conforma con dejar pasar el tiempo ante la pantalla sin quebrarse la cabeza, por lo que, igual que siempre ha sucedido, proyectos, en teoría de calidad, hoy no tienen cabida dentro de los cauces comerciales del mundo cinematográfico. Y hete aquí que, de la nada, surgen estos nuevos canales televisivos que se ofrecen como la panacea de la calidad y auxilio de autores que, de no ser por ellos, no podrían filmar esos interesantes proyectos que al fin podremos disfrutar.

Pero las condiciones han cambiado sustancialmente, si antes era el espectador quien elegía si quería o no ver una película, o alquilarla en un video-club, ahora debe pagar por adelantado; luego no es cierto que el canal sufrague cualquier película, sino que previamente ya lo ha hecho el consumidor. Los riesgos son bastante menores para los propietarios, tras un desembolso inicial pueden echarse a dormir a la bartola y acabar dándole al público lo que, siempre según su rentabilidad, quiere, pero habiéndolo pagado éste por adelantado. Así que, lo que antes era una decisión libre y sin obligaciones acabará convirtiéndose en un hipotecarse indefinido sin saber con qué resultados, si lo ofrecido a partir del correspondiente pago mensual será cine o programas de calidad o un sucedáneo fabricado por algoritmos que seleccionarán los temas según porcentajes de visionado. El canal ofrecerá lo que gusta y con el tiempo dejará de invertir en proyectos que puedan parecer arriesgados. Una vez conseguida la fidelidad del pagador desaparecerán las opciones distintas o alternativas.

Esto ya está sucediendo con las retransmisiones deportivas, se trata de acaparar el mayor número de espectáculos a cambio de un pago mensual que irá aumentando poco a poco. El espectador-consumidor podrá verlos o no, pero, una vez fidelizado y religiosamente abonada su cuota mensual, eso es lo menos importante.

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Equivocarse

Resulta que después de tantos años estábamos equivocados, digo tantos como podría decir menos, y me refiero a esos errores o equivocaciones que en algunos casos, feliz e inteligentemente, son tomados o interpretados por el protagonista como descubrimientos, aunque tardíos, en el fondo bienvenidos; pero en otros casos, al margen de la reciente revelación o desafortunado final, esos mismos errores y equivocaciones se convierten en fuente de problemas de complicada solución, abriendo la puerta a conclusiones o periodos de los que, una vez llegados, resulta difícil obtener algo positivo, todo lo contrario, porque toca bregar con la sensación de frustración y tiempo perdido que aquello ahora significa.

En el fondo la cantidad de tiempo es lo de menos, es tiempo que no va a volver, otra cosa es la importancia o trascendencia que uno le quiera dar y las consecuencias que de ello se puedan derivar.

La persistencia en el error o equivocación también es una cuestión relativa, atañe al sujeto en sí, incluso hay vidas, por decirlo de algún modo, basadas y vividas en el error, lo que no las hace menores o diferentes al resto -porque ¿quién es capaz de señalar o hacer ver lo que desde fuera a todas luces aparece como error? También hay errores que duran relativamente poco si uno tiene en cuenta el tiempo que podía haber transcurrido hasta que el equivocado lo hubiera advertido por sí mismo, y los agradecimientos posteriores, de haberlos, son difíciles, sobre todo porque en más ocasiones de las deseadas la nueva revelación nos deja en solitario ante un punto de inflexión al que no todos seremos capaces de enfrentarnos o resolver de forma definitiva o satisfactoria.

Otro problema, si puede decirse tal, es o sería cuando quien reconoce y de algún modo tiene que asumir el error no lo tiene a bien y es capaz de, en un complicado enroque, persistir sin enmienda o no corregir vida o hechos que a partir de entonces deberían ser de otro modo; cambios demasiado drásticos que no todos están dispuestos a asumir. Porque si lo que hasta entonces era un error resulta que es la propia vida, un error en mayúsculas, es probable que el sujeto no sepa cómo conducirse, o no quiera, de pronto tan sorprendido como desolado y nada proclive a asumir que igual ha tirado su vida a la basura pero a estas alturas no sabe vivir de otro modo, en primer lugar porque ya no sería él.

Hablar de errores o equivocaciones es, pues, complicado y hasta puede llegar a ser ofensivo, determinante en muchos casos, trivial e intrascendente en otros; tiene que ver con el carácter de cada cual, con su estar con el resto, además de consigo mismo, porque siempre son los otros los que nos ponen en nuestro sitio, incluso a nuestro pesar. Queda entonces saber y saberse entre, querido o ignorado, soportado o apreciado, despreciado o temido; pero lo indudable es que, afortunadamente y querámoslo o no, los errores y las equivocaciones existen, y en muchos casos llevan aparejada la llave de una felicidad que, pese a quien pese, también existe.

 

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Repetimos

Opinan los gerifaltes del Partido Popular -antiguos franquistas, y sus descendientes, reconvertidos en demócratas de carnet por necesidades de subsistencia política- que la ultraderecha antidemocrática que representa Vox no debería presentar candidaturas en ciertas circunscripciones porque de hacerlo les quitaría votos a los populares.

Oímos cosas semejantes y pasamos a otra cosa o seguimos con lo que estábamos haciendo, como si no nos afectara. En cualquier país democrático europeo, vamos a dejar a un lado las ex-repúblicas soviéticas porque sus ciudadanos todavía no saben qué carta han de jugar, si la de un rancio e ignorante tradicionalismo medieval dirigido espada en alto por padrecitos protectores designados por voluntad divina para iluminar a una población democráticamente analfabeta, u optar por meterse de lleno en un compromiso democrático que exige protagonismo ciudadano las veinticuatro horas del día, trescientos sesenta y cinco días al año. Decía que en cualquier otro país demócrata europeo escuchas ultraderecha y la mayoría echa a correr porque la ultraderecha representa el cáncer que provocó las dos grandes guerras mundiales -aunque desgraciadamente también podemos encontrar en esos países reprimidos y gente con problemas de integración que reconvierten sus frustraciones personales en violencia contra todo y todos.

Por aquí no sucede nada parecido, esto sigue siendo España. La preocupación de los populares por la ultraderecha no es por cuestiones de democracia, se debe a que estos últimos han ocupado el terreno que siempre les ha sido propio a los primeros, terreno que fingieron abandonar porque no había más remedio que cambiar la cara, o la chaqueta. Incapaces de aceptar las reglas del juego democrático y cansados, o perdidos, de ir de un sitio a otro buscando con qué atraer a un electorado suspicaz y desconfiado que gusta más de la raza y la misa que del diálogo, ahora ven con temor que ya no pueden regresar a sus cortijos porque están siendo ocupados por una savia nueva que, en los tiempos que corren, no tiene nada más inteligente y democrático que ofrecer que a Don Pelayo y a la Virgen arrojando de la península ibérica a tanto sarraceno infiel. Ver para creer.

Así estamos, hemos vuelto a la casilla de salida, y es más serio de lo que parece; porque esta gente nueva mezcla sin saber libertad con cojones, lo que me da la gana con a mí qué me importa o, mi Dios es más de puta madre que el suyo -el lenguaje es original.

 

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