Tirando del hilo

Uno de los gerifaltes del fútbol en este país afirma públicamente que las convicciones de Vox le parecen bien, que de seguir así les votaría; no es de extrañar porque en el fútbol inteligencia hay más bien poca, es un deporte de testículos, esos atributos en los que basa su fuerza y posición el macho alfa que intentan vender los tipos de Vox, todo muy masculino.

Tirando del hilo resulta que quienes apoyan y mantienen al señor Puigdemont en Bélgica son los Vox de aquellas tierras, otro grupo xenófobo supremacista que opina que ya está bien de democracia, respeto y tolerancia, lo que es de uno es de uno y pare usted de contar; aquella tierra es suya y al que no le guste ya sabe lo que tiene que hacer; y si no fuera por la maldita democracia que reblandece y confunde los cerebros ya estarían solos. Está bien que la gente vaya clarificando sus posiciones, así el resto sabremos a qué atenernos; o no.

El mismo hilo que ahoga e impide ver más allá de sus narices a tanta calderilla catalanista que de pronto ha descubierto una supremacía de raza abalada por sacrosantas tradiciones y casi bendecida directamente por el Creador. Eso de aunar esfuerzos, tolerar y compartir es cosa de vagos, débiles y gente sin oficio ni beneficio -el resto del país-; instituciones comunes e individuos que les impiden el ascenso a las altas cumbres de los elegidos.

Hilo supremacista y xenófobo del que también vienen tirando grupos afines en el País Vasco hace ya tiempo, de momento a la expectativa de las agitaciones catalanas y a la fuerza contenidos -les interesa más el dinero-, ya que cualquiera puede echarles en cara el estropicio calculado que liaron con armas y bombas sus bien mirados cachorros, siempre alentados por un odio, más tradiciones y una pureza de sangre preocupada en verter la de cualquiera que pasara por allí, y también fuera de allí. Volviendo al fútbol, por esa zona presume de linaje un equipo de la primera división nacional henchido de autenticidad que exige sangre local a sus jugadores, siendo más lo que excluye -nunca dicho en voz alta- que lo que incluye, no se trata de lo que ofrezca sino de lo que subrepticiamente afirma e impone a cualquier chaval que juegue al fútbol y no sea originario de la tierra, ¡tú jamás podrás jugar con nosotros!

Hilo exclusivista y excluyente que, qué casualidad, ahora enlaza con los comentarios que hizo un dirigente de Vox cuando comparó su situación de acoso en España con la que está sufriendo el señor Trump en Estados Unidos, colega de ideología, programa e intereses; ese señor que tiene paralizada la administración pública porque pretende dinero para construir un muro contra los extranjeros, proyecto político que le impiden llevar a cabo esos meapilas demócratas que se han dedicado durante años a menoscabar el masculino orgullo y la sacrosanta supremacía del país americano.

¿De qué lado está usted?

 

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Un año

El mismo mar, el mismo sol y la misma playa, pero si uno pretende creer que también es el mismo en el fondo sabe que no es así, un año no pasa en balde, como suele decirse, aunque en apariencia nos encontremos como si no hubiera transcurrido el tiempo, nos sintamos igual que hace trescientos sesenta y cinco días. A pesar de las inevitables divagaciones que suelen traer los lugares en los que uno vuelve a recalar, en un azaroso intento de recabar datos o atar cabos, no sé con qué fin, es cierto que las sensaciones, si no repetidas, algo imposible, sí son parecidas; los lugares en los que uno se halla a gusto no suelen repetirse porque quien no se repite es quien los vive, y si entonces le procuraron placer o un reconfortante cobijo el que ahora cueste más hallarlo no es culpa del lugar si no de nosotros.

Lo que no dejan de ofrecer los lugares son nuevos descubrimientos. Habíamos empezado, como de costumbre, por la playa, en dirección al sur, más golpeada que en otros años, irregular y de difícil caminar, y probablemente fue la casualidad, como sucede con los grandes descubrimientos, la que nos reveló, desde la altura de la primera elevación más cercana a la orilla, un estrecho bosque de pinos que se extendía entre dos cadenas de dunas, materialmente encajado entra las dos prolongaciones de cumbres de arena paralelas a la orilla. Así que, como no podía ser de otro modo, descendimos los cuatro o cinco metros de fina y resbaladiza arena y comenzamos a caminar entre los árboles, sin que apenas pudiéramos oír las olas de un mar en calma; de algunos pinos solo sobresalía medio árbol, cubiertos por la arena en una diagonal que llegaba a la base del tronco. No habría hecho falta fijarse mucho para advertir, en este caso no sería descubrir, la infinidad de huellas que atravesaban el bosquecillo en todas direcciones, muchas de ellas perdiéndose entre las dunas en dirección a la playa. Huellas de linces, corzos, mamíferos que desconocíamos y una gran variedad de aves grandes y pequeñas, a juzgar por el tamaño de sus improntas; tocaba entonces lamentarse de nuestra ignorancia en cuanto a rastros de fauna salvaje, preocupante al no poder disfrutar adivinando con exactitud el bicho de cada marca sobre la superficie de la arena. Afortunadamente siguen quedando muchísimas cosas por aprender.

Se agradecía la calidez del sol del mediodía que obligaba a caminar en manga corta, y el calor provocado por la caminata abría el apetito, ya era hora de regresar para comer. Decidimos al azar girar a la izquierda y pasar entre unas dunas que dejaban un pequeño claro sin pinos en dirección al mar cuando, sorprendentemente o no, tropezamos con la trasera de la casa de Antonio, nuestro protagonista del pasado año por estas fechas, ocupando la salida a la playa. Así que hasta allí nos encaminamos, sin perder detalle de la fila de tomateras cubiertas de plástico que se alineaban junto a las chapas de una de las paredes; alcanzamos la parte delantera de la variopinta construcción y nos encontramos con el mismo hombre de hace un año, bueno, con otra vida un año más larga. Antonio, de espaldas a nosotros, se concentraba en el arreglo de sus útiles de trabajo, una red de pesca que colgaba de lado a lado del porche. No percibió nuestra llegada hasta que le saludamos, nos respondió y al intento de conversación por nuestra parte correspondió de forma más bien parca; uno no puede estar todo el tiempo dando palique a los ociosos que curiosean por tu casa, mucho menos cuando tienes trabajo que hacer. Nos contó que las cosas seguían como siempre, unos días mejor y otros peor, que tenía el pozo tapado porque la marea había llegado hasta el mismo brocal, lo que hace que con el viento se mezclen las dos aguas… y nos despedimos, y antes de que nos alejáramos del todo nos deseó feliz año, a lo que respondimos agradecidos retomando nuestro camino por la playa.

De regreso al aparcamiento la conversación se interrumpió cuando vimos cómo un tipo estampaba contra una señal a un joven al que luego, ya en el suelo, pateó con violencia ante la mirada de su madre y sus hermanos, el de los golpes era el padre. Ya en el coche no hubo música que nos entretuviera, tampoco palabras, todavía impresionados por lo que acabábamos de ver… parecía que se nos hubiera olvidado todo.

 

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Hacienda

A cierta hora de la noche, cuando las primeras cervezas de la tarde comienzan a pesar, la cena hace acto de presencia y la copa o copas ya rozan el borde del vaso, llega un momento en el que la conversación deriva hacia maximalismos que muy poco o nada tienen que ver con lo que podría denominarse una conversación amena; e inevitablemente aparece la política, y es entonces cuando el alcohol acumulado nos vuelve más atrevidos y hace la lengua más ligera para decir lo que tenemos que decir, algo que, como suele, nos sale de dentro, esas opiniones o creencias impepinables que de un plumazo nos convierten en nosotros mismos al desechar sin rubor prevenciones, prudencia y formalidades comunes que por educación solemos hacer nuestras, o por buenas composturas o el qué dirán.

Entonces, todo comedimiento y/o cordura pasan a un segundo plano, o desaparecen por completo, y es cuando, ya instalados en la seguridad de nuestros bemoles, o sea, resumiendo, porque ya está bien de marear la perdiz, afrontamos la política y los políticos por la calle de en medio, sin ninguna diplomacia, y el más lanzado o cabreado, porque está harto y en su negocio no gana lo que quisiera -luego pierde; siempre según él-, salta con aquello de que todos los políticos son iguales y, ya metido en faena, porque tú te has quedado mirando con cara de por dónde va salir éste ahora, apuntilla con eso otro de unos sinvergüenzas; todos, y los peores los que dicen que son de izquierdas, para entonces, a lomos de una vehemencia que te taladra con la mirada -sabe que tus preferencias políticas van por ahí- se siente ganador porque advierte que estas sufriendo en tus carnes el poder de su categórica verdad, la única buena. Y apostilla… porque eso de derechas o izquierdas es mentira, son todos iguales, unos parásitos sinvergüenzas que pretenden vivir de la política sin dar un palo al agua, en cuanto tienen oportunidad se colocan sin otra cosa que hacer que llenarse los bolsillos, solo ganar dinero robando. ¡Qué tontería de izquierdas o derechas! tenían que meter a todos en la cárcel.

Silencio tenso y reflexivo con fondo de reguetón. Quizás tendría que haber advertido más arriba que en aquellos momentos él único trabajador por cuenta ajena era yo. Después vino el repentino descubrimiento por mi parte, siempre según el acalorado disertador, de que los que disponemos de un sueldo fijo no tenemos ni idea de lo que es tener una empresa, siempre pendiente de unos empleados que en cuanto te descuidas o pueden hacen cada vez menos o directamente se echan a la bartola; además de que el gobierno de turno pone las cosas cada vez más difíciles con una burocracia interminable y hacienda te fríe a impuestos. Por lo que, si eres normal, apenas te da para salir adelante.

Asentimiento general mediante grandes gestos y reconocimiento de una solidaridad compartida a la hora de los sufrimientos comunes, pérdidas e injusticias mil; así nos va en este país. No quedaba mucho más que decir, tampoco ayudaba un reguetón más y más birrioso y no eran horas para polemizar o levantar defensas numantinas, así que, uniéndome a la aprobación general y cansado por tener que aguantar el enésimo sermón proveniente de un honrado pequeño empresario que trabaja y paga más impuestos que nadie, solté que llevaba razón, todos los políticos son iguales, ahí tienes lo que ha pasado en Andalucía, aquello es un cortijo socialista y, es más -me lancé-, porque a todos nos gusta que las cosas funcionen, que el país funcione -aprobación general-, que los trabajadores sean diligentes y cumplan como es debido, que no haraganeen ni se escuden en subvenciones ni en una legislación que les permite hacer lo que les da la gana. También queremos buenas carreteras, buenas escuelas para nuestros hijos, y hospitales, y una administración ágil que funcione y minimice la burocracia, y unas fuerzas de orden eficientes que nos ofrezcan seguridad y nos protejan de cualquiera que intente aprovecharse de la gente honrada. Y ya en lo mío, con su atención en el bolsillo, proseguí… si yo gobernara lo que haría en primer lugar sería convocar oposiciones a abogados del Estado y a inspectores de hacienda, con buenos sueldos para que la gente no se fuera luego a la empresa privada, y promulgaría unas leyes laborales que persiguieran a los tipos que se aprovechan con subvenciones, falsas bajas o incapacidades laborales con tal de seguir cobrando sin trabajar. Informatizaría los servicios públicos en una ventanilla única para todos los trámites legales y administrativos, rápida y eficiente. Con un buen equipo de abogados controlaría y perseguiría a tanta gentuza que se aprovecha de los demás en su propio beneficio con la excusa de que la Administración Pública no es de nadie y, además, pondría un inspector de hacienda con cada empresario, y a la primera irregularidad contable, movimiento especulativo sospechoso, intento de fraude fiscal, evasión de impuestos, tentativa de soborno a un empleado o institución pública, contratos de trabajo falsos o irregulares, pagos o cobros en negro y… no me acuerdo ahora mismo de más casos, le cerraría de inmediato el negocio prohibiéndole trabajar en este país durante diez años; y si volviera a reincidir lo extraditaría para siempre a la hora de montar una empresa por aquí. Si todos pagáramos impuestos tal y como los pago yo esto funcionaría muchísimo mejor…

Para entonces las caras de mis acompañantes buscaban en sus vasos casi vacíos y alguno probablemente andaba calculando mentalmente cuánto y cómo le afectaría e él, como honrado empresario, mi utopía fiscal; cambiaba la música y alguien dijo que fuéramos a bailar o a por otra copa…

 

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Feliz

Tocan felicitaciones, también entre quienes habitualmente no suelen felicitarse, ya sea por carácter, timidez o por nada en especial, hay gente que es así, aunque hay sonrisas que dicen mucho más que una felicitación de temporada; pero si no felicitas corres el peligro de ser tachado de borde o desagradable, lo hace todo el mundo y toca unirse a la mayoría. Son fechas de buenos deseos, aunque al día siguiente, si es preciso, nos apuñalemos por la espalda, pero una cosa no quita la otra, la cortesía y los buenos modales son la grasa de las relaciones sociales, porque una carne completamente magra o es excelente, y ni así, o se hace una bola que cuesta masticar y digerir, incluso puede ahogarnos; y en el caso de ser casi todo sebo la carne puede llegar a asqueante y repulsiva, luego si todavía seguimos pasando años juntos es porque en el fondo todos entendemos que la grasa es necesaria para el día a día; lo siento por los vegetarianos.

Otra cosa es exigir sinceridad en la felicitación, o un algo más que salir del paso, quizás sea pedir demasiado porque, en el fondo, cada cual nos dedicamos a lo nuestro y no tenemos tiempo para preocuparnos por cómo le va a los demás, se trata de felicitar, no de desgranar confesiones cada dos pasos. Y si a usted le chirría alguna de las que reciba o de las que deje caer de cualquier manera no le dé importancia, mañana será otro día y las cosas volverán donde estaban; y si se le olvida corresponder o decir la primera palabra tampoco se preocupe, la gente no va por ahí mirando con lupa lo que hacen los demás, siéntase feliz y contento de estar todavía vivo, con eso ya tiene para quedarse satisfecho; la forma en que lo lleve es otra cuestión, no vamos a entrar en detalles que no vienen a cuento, ahora no toca, hablamos de una simple felicitación a la que obligan las fechas, pero, ya puestos…

 

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Mientras

Miran, aguardan a que el camión comience su tarea sin pronunciar palabra, envueltos por la niebla y el frio que a esta hora todavía no aprieta, hoy tampoco descenderán mucho más las temperaturas; y cuando las primeras lentejas caen al suelo el más alto no se detiene en ellas, no puede distinguirlas en parte porque no son los restos del transporte esperado en un vehículo de esa categoría, podría haber sido cualquier otra cosa, pero el más pequeño sí, por eso, curioso, se agacha y coge un pequeño puñado con su mano mostrándoselas al más alto… ─- ¡Lentejas!… ─ Es verdad… Las vuelve a tirar al suelo al tiempo que se dirigirse a su acompañante ocasional. ─ Cuando era pequeño esto no pasaba, nadie dejaba unas lentejas, eran necesarias para vivir… hoy no. Si mi madre me viera… ─ Es cierto, cómo han cambiado las cosas.

Es el pistoletazo de salida, el inicio de toda una declaración que ninguno de los dos hubiera previsto unos segundos antes si alguien lo hubiera preguntado. En su rudimentario y conciso castellano el más bajo se lanza a una especie de monólogo escoltado por los comentarios y gestos de aprobación, que afianzan aún más sus convicciones, de quien en aquel momento ya se ha convertido en oyente. ─…trabajo, y trabajo mucho, estas fiestas apenas descansaré porque si descanso no cobro; trabajo aquí desde hace tiempo pero mi empresa no es de las más generosas, tenemos el peor convenio de la zona y siguen faltando camioneros para tanto como hay. En el pueblo de mi empresa hay más camiones que habitantes, mi jefe gana miles mientras que nosotros llegamos justos a final de mes; y si pudiera ganaría más. Pero a pesar de todo yo estoy a gusto, me gusta España, España es bonita, ya llevo mucho tiempo aquí, mis hijos son españoles, el mayor tiene 12 años… lo que pasa es que no le gusta estudiar… yo le digo que estudie y él no hace caso… no sabe lo que cuesta lo que tiene; se creen que por el hecho de vivir tienen derecho a pedir y disponer sin preguntarse cómo o por qué. En mi país, en Rumanía, también se quiere vivir así pero aquello no es esto. A veces le digo a mi hijo que le voy a mandar una temporada con mis familiares, que viva con lo que tienen allí, para que aprenda lo que cuesta, aunque tenga que enviarle el dinero de la comida a mi familia… a ver si se da cuenta de que las cosas no vienen caídas del cielo. Porque aquí hay trabajo, aunque luego vienen emigrantes que no quieren trabajar y complican las cosas porque exigen de todo… no me gustan, me da igual que sean negros o de mi país, viene gente mala a aprovecharse de esto, y esa gente no cambia porque lo lleva en la sangre, y cuando lo llevas en la sangre no puedes evitarlo, llega un momento en el que, si no piensas y dejas que la sangre haga por ti, lo echas todo a perder, porque en el fondo tú eres ya así, la gente no cambia, es como es… Incluso los amigos, cuando te abrazan miran a tu mujer y, cuando tú no estás, le regalan una flor y ella se va con él; porque a las mujeres solo les gusta el dinero y las flores… y yo trabajo… a veces compro una flor… pero una flor no es de verdad… es para las mujeres, que se vuelven locas cuando les regalan… por eso es mejor vivir solo con la familia y trabajar para que podamos vivir bien. Como hizo mi abuela, que sacó adelante a siete hijos… ella sola… mi abuelo había muerto… pero los alemanes eran buenos, eran educados, les gustaban los niños, no les hacían daño, lo que pasaba es que ponían de jefes a los peores, los que mandaban, y el resto, que eran buenas personas, no tenían más remedio que obedecer porque si no también les mataban a ellos y a sus familias… se portaban bien. Es cierto que hicieron lo que hicieron con los judíos… y la guerra… pero muchos lo hacían obligados, de hecho hubo alemanes se quedaron a vivir en Rumanía porque la gente no los consideraba malos, los malos eran los jefes. Los que si eran malos eran los rusos, esos mataban por matar, son lo peor que hay, se emborrachaban y mataban, mataban todo lo que se movía; mi pueblo está muy cerca de la frontera rusa… y la gente les tenía mucho miedo, porque te torturaban; cuando te arrancan las uñas una a una les dices lo que quieran, porque los héroes solo salen en las películas, si tienes que proteger y cuidar de tu familia haces lo que sea. A mi abuela los rusos no la dejaron, llegaron cuando estaba sola con sus siete hijos y una vaca de la que vivían… y mi abuela les suplicó a los rusos que le dejaran la vaca, para no morirse de hambre, pero los rusos se reían, y uno de ellos sacó una pistola y mató a la vaca de un tiro en la cabeza… allí mismo, delante de mi madre y sus seis hermanos… y mi abuela tuvo que criar a sus siete hijos sola…

El pequeño hombre de ojos azules, apenas uno setenta, unos cuarenta años y de complexión fuerte -practicó el boxeo en su juventud-, habla y habla hasta que el tiempo del siguiente transporte le devuelve al presente, toca recoger y ponerse en marcha, sin apenas tiempo para decir adiós… hasta la siguiente interrupción o descanso…

 

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Pluralidad

Volviendo a leer hace unos días aquello de pluralidad, en este caso en un articulista nada sospechoso en cuanto a sus convicciones democráticas, no tuve más remedio que detener la lectura y preguntarme qué se pretende decir en este país con eso de plural. Y la conclusión no pudo ser más desoladora, por aquí se utiliza plural o pluralidad porque toca sin saber muy bien por qué toca, sobre todo por parte de gente autodenominada de izquierdas o progresista, otra coletilla que tampoco se sabe bien qué significa porque luego, esos mismos autodefinidos, esgrimen comportamientos más que contradictorios con respecto a su sonora etiqueta. También puede ser que a estas alturas de la película nos tengan que explicar a la gente de a pie qué significa cada cosa y según… o sea, el cuento de nunca acabar.

Me temo que con plural o pluralidad, por simple cautela o por cobardía, se calla más de lo que se dice y se pretende menos de lo que se debería si la cuestión fuera ser claros y directos; se tantea sin llegar a decir nada concreto por propia incompetencia política y la incapacidad de reconocer una realidad complicada ante la que no se es capaz de reaccionar como se debiera. O se procura no herir susceptibilidades que en el fondo se saben pero no se quieren aceptar por obediencia a otras fidelidades; o simplemente se satisface a quienes te mantienen no diciendo la verdad al resto.

Con plural o pluralidad se intenta vender todo sin decir nada, también es otra forma de decir primero lo mío, lo verdaderamente importante, eso que no se sabe ni explicar ni hacer entender de forma convincente, además de por carecer de argumentos concluyentes e inteligibles para la gente de la calle. Plural o pluralidad no deja de ser hoy una figura retórica que ambiciona condicionar y manipular el presente mediante el lenguaje y uso de categorías demasiado controvertidas o directamente desfasadas, entre ellas dejar claro que mis posesiones no son las del rey, que dispongo de una autoridad y unos siervos que me deben respeto y obediencia antes que al mismo rey. ¿Qué significa hoy pluralidad en algunos casos si no exclusivamente la imposición de unos intereses particulares?

Por qué no se deja a un lado la pluralidad y se intenta hacer de todos los siervos ciudadanos, se impone como proyecto común conseguir que ese tipo de a pie -repetido en cualquier rincón del país-, con unos derechos adquiridos que de ningún modo deberían disminuir o desaparecer, que seguirá necesitando de su trabajo para subsistir, pueda moverse libre y seguro sin atender a membrecías o servidumbres regionales. Por qué no nos olvidamos de la penúltima versión del antiguo y místico derecho a ejercer de pueblo elegido por la gracia de Dios, lo que traducido al momento presente se convierte en la suculenta y corrupta asunción del control económico -único privilegio real- como transcripción de unas caducas prerrogativas feudales. No hablo de sentimientos, sino de razón, no se trata de antiguas pendencias entre reyezuelos y condestables de menor alcurnia necesitados de un orgullo territorial que oponer al menosprecio y violencia real, se trata de un proyecto nunca creído ni perseguido por la endémica incompetencia de una clase política de vista limitada que desde hace siglos viene vegetando entre vírgenes, honores y sinecuras.

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Banda Sonora

Hay ocasiones en las que toca aguardar en el coche, sin nada a mano con lo que distraer la espera y, momentáneamente, ninguna preocupación en la cabeza en busca de esa solución que nunca acaba de llegar, entonces tampoco. Vuelto a recorrer con la mirada, una vez más, el habitáculo en el que aguardas sin saber cuánto y agotados los recursos de un posible entretenimiento, de pronto alzas la vista y la fijas en el exterior, en un transeúnte que en ese momento pasa delante del vehículo, y es entonces cuando, repentinamente, caes en la cuenta de la música que suena desde hace ya un rato, ese disco tantas veces oído -precisamente por eso lo llevas en el coche- que misteriosamente comienza a arropar y casi gobernar, como si de una única toma larga se tratara, la escena que se desarrolla delante de tus ojos, convirtiéndose mágicamente en la banda sonora de esa especie de película que sigue proyectándose ante tu sorprendida mirada, al otro lado del parabrisas, una película muda y en color en la que los personajes van y vienen, danzan y se mueven al compás de canciones y melodías que parecen hechas a propósito para la ocasión.

La banda sonora perfecta de una película protagonizada por los pasos, tipos, rostros y gestos de toda esa gente entre la que podrías perderte, como otro más, con solo abrir la puerta e incorporarte al trasiego urbano. Un ir y venir general que inesperadamente cobra una relevancia especial en la que no existen ni malos gestos ni malos modos, solo la viva muestra del encanto y la felicidad compartida que contiene la misma vida, el mero hecho de respirar llevando a cabo las faenas y tareas más triviales que ahora parecen vistas bajo una lente y un significado especial. Un tipo compacto que pasa rápido vestido de chándal sabiendo muy bien quién es y dónde está, su rostro muestra un gesto relajado en el que probablemente no deba faltar el consiguiente runrún que todos llevamos dentro sin que lo sepamos, porque lo que fuere tampoco le distrae de lo que sea que oye a través de unos auriculares incrustados en las orejas; o esa mamá con aspecto esforzado que arrastra sin perder la sonrisa ni dejar de hacer carantoñas el carrito en el que descansa el que debe ser su hijo, los cestos repletos de una compra que a todas luces parece excesiva, también por la otra bolsa que cuelga de una de sus manos apoyada en el asa de un cochecito eminentemente práctico, la mochila también aparentemente repleta de su espalda, el abrigo desabrochado que estorba al andar y un perro feliz sujeto al mismo carro trotando a su lado. O esa pareja de jubilados de pelo cano abrigados hasta la barbilla, ella gesticulando con ademanes secos y concienzudos, de esos que suelen coronarse con el dedo índice levantado en señal admonitoria, casi amenazante, bien prieta al brazo de un marido que ojea meticuloso un papelito abierto en la mano -probablemente la cuenta de la compra-, hasta que el hombre dice algo sin variar el gesto e interrumpe el sermón de la señora, lo que motiva que ambos se rían felices de vuelta a casa en esta acogedora mañana invernal

O esa, entre pizpireta y discreta, mamá a la moda, concienzuda y coquetamente vestida sermoneando a sus hijos con gesto más seco que severo, y que sin dejar su perorata o discurso se vuelve hacia un papá de aspecto bonachón que camina un poco más atrás embobado en su teléfono, pieza cobrada en el acto que alza unos ojos como platos sin saber qué contestar a la parte que probablemente le toca, aviso o advertencia, podría ser incluso amenaza; una familia discreta, conjuntada y correctamente vestida, porque pueden y les gusta, que desaparece al doblar la esquina, hasta que a los pocos segundos papá regresa cabeceando en dirección a algún coche aparcado en busca de aquello que, por despistado, ha vuelto a olvidar, obligando a mamá, que como de costumbre está pendiente de todo, a hacer notar la falta y poner las cosas en su sitio.

Otra mamá, joven y guapa, cargada con una bolsa en cada mano, riñe o grita a un pequeño que justo se detiene en la acera antes del paso de cebra volviendo muy serio la mirada hacia su madre, atento a lo que, sin parecer una regañina, vuelven a repetirle, que no corra o que lo haga siempre y cuando no olvide que ha de detenerse antes de cruzar la calle para hacerlo con ella. Otra mamá menos afortunada en cuanto a belleza exhibe idéntica preocupación por unos vástagos, dos niños iguales, que, más expectantes que atentos, escuchan obedientes la retahíla de prevenciones con forma de recomendación que la mujer les dice.

Y así, siguen desfilando ininterrumpidamente personajes en su bendita insignificancia, indultados por una música que no tiene fin, una banda sonora, mi banda sonora, que engalana una película real en la que todo lo que sucede transmite felicidad, no puede ser de otro modo; felicidad por estar vivos, por tantas y tantas pequeñas cosas que nos hacen únicos y vulgares a la vez, monótonamente repetitivos, incluso nos muestra serenos a pesar de los más negros y particulares nubarrones, esforzados y especiales al mismo tiempo, poseedores de esa maravillosa debilidad que desgraciadamente tantas veces se convierte en desnuda violencia; recipientes de todo lo bueno y todo lo malo, en este caso todo lo bueno, porque lo malo siempre es un error, una mala interpretación, un desafortunado descuido, como este que ahora viene a enturbiar mi particular visionado, ese personaje que vive en cada película, no el malo sino ese otro que se dedica a alimentar su rencor culpando al mundo de su propio fracaso, de su ignorancia o estupidez, sufrimiento que paradójicamente le hace sentirse por encima del bien y del mal, de aquellos quienes atentan contra una pureza equivocada que solo es amargura y resentimiento. Y ese personaje advierte inesperadamente que estoy dentro del coche y no tiene más remedio que saludarme a su pesar cuando pasa a mi lado, con un odio contenido que le deforma el gesto y en un instante destruye todo lo bueno que pudiera contener esa enajenada cabeza.

En fin, también en cualquier película hay momentos más y menos desagradables, tristes o desafortunados, pero olvido esta parte con rapidez y regreso a mí música y a mi maravilloso y colorido cine mudo.

 

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Hoy

Si ya andamos tal que zombis transitando entre meses y años al son de celebraciones de ignota procedencia y fiestas del consumo, no es nada raro que olvidemos cualquier otra celebración o fecha importante que no sea importada o conlleve una rebaja sobre cualquier producto que se nos ocurra comprar sin que lo necesitemos.

Poca gente se acuerda del veinte de Noviembre, no por el hecho físico e histórico que ocurrió hace años, que también, sino porque a partir de esa fecha fue posible por aquí que las cosas comenzaran a ser de otra manera, que a pesar del tiempo y las injustas y desfavorables costumbres locales alumbraba un periodo en el que íbamos a ser dueños del presente, casi un principio y, precisamente a partir de él, tendríamos la oportunidad de construir un futuro a nuestro gusto; a fin de cuentas éramos nosotros los que disponíamos de ese periodo de la historia y a nosotros nos tocaba inscribirlo en el mapa de un modo u otro.

Uno de los primeros pasos, al parecer todavía titubeante, fue la Constitución de la que ahora se celebran los cuarenta años, este Diciembre, ese documento a partir del cual convivimos sin que todavía nos hayamos tirado los trastos a la cabeza, aunque sigan existiendo tantos que, en función de prejuicios y fantasmas personales, históricos, insustituibles e intransferibles, propios e impuestos, continúan sermoneándonos que en lugar de vivir nuestras propias vidas hemos de recuperar las de épocas y personas que ya no existen, tipos que tuvieron su oportunidad y que desgraciadamente no supieron aprovecharla, o la aprovecharon, o no tuvieron ni una ni otra opción, o fueron directamente perjudicados, como suele decirse, sin comerlo ni beberlo; personas que en cualquier caso ya no están, y sin tener que olvidarlos por decreto porque siempre tendrán algo que decirnos, no por ello hemos de obligarnos a llevar a cabo lo que ellos no supieron o pudieron. Afortunadamente o por desgracia, según se mire, nuestras vidas son limitadas en espacio y tiempo y, aunque siempre existan cuentas pendientes con el pasado -convendría revisar qué significa eso de pendientes y a qué obligan, de qué sirve la propia voluntad a la hora de elegir qué vida se desea vivir, si se puede y con qué se decide cargar-, es prerrogativa de los presentes decidir si las toman o las dejan, si las hacen suyas o, en cambio, deciden vivir sus propias vidas en presente eligiendo y dejando según la voluntad, tanto de cada cual como común; están, estábamos en nuestro derecho, guste o no guste.

Que desgraciadamente para muchos el amor no exista, crean que es una mentira o una entelequia imposible de aceptar, explicar y mucho menos entender, no le quita a nadie el derecho a enamorarse locamente como si fuera la única vez, poniendo su alma y su vida en ello.

Celebremos y hagamos, mientras podamos.

 

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Era otra cosa

En principio estas letras iban a ser otras, me apetecía comentar los pasados incendios en la costa californiana, su repetición anual y por qué, desgraciadamente, los de hace unas semanas tuvieron tan trágicas consecuencias. Me sorprendía que la nación más poderosa del mundo, sobre el papel, viera cómo año tras año se suceden los incendios en circunstancias similares, cómo al parecer resultaba imposible organizar una previsión y protección permanentes que atajaran el fuego de raíz y minimizaran sus destrozos ¿a qué se debería la aparente inferioridad e inoperancia de los medios contra el fuego?

Luego leí una entrevista a alguien directamente relacionado con la extinción de los mismos, en ella se decía que pese a contar con unos medios suficientes, bien preparados y en permanente alerta, en los de este otoño coincidieron una serie de factores meteorológicos e imprevistos humanos que hicieron muy difícil o prácticamente imposible contener las llamas antes de que alcanzaran poblaciones que quedaron completamente devastadas, además de sumar más víctimas y desaparecidos que ningún otro año. Después silencio.

También quería hacer mención del tosco señor que dirige aquel país, ese ricachón interesado e ignorante a la hora de desechar e incluso negar tanto el cambio climático como sus consecuencias, y tan estúpido como para ser capaz de afirmar en público, en los primeros momentos del pasado incendio, que uno de los culpables del mismo y de sus trágicas consecuencias era el Estado que él mismo dirige, como si el mayor problema fuera el mínimo Estado del que disponen.

Y hace unos días leía que en el adalid del libre comercio salvar la propia vida es una cuestión negociable -probablemente alguien piense cómo he sido tan tonto que no haberme dado cuenta antes-; existen los bomberos privados, otro de los servicios que usted puede contratar a través del doméstico seguro del hogar. Servicios que, llegado el caso, se dedicarán en cuerpo y alma a salvaguardar y proteger su casa y posesiones antes que las del vecino -para eso paga. Bueno, si interesa proteger la casa del vecino para que el fuego no llegue a la suya pues se beneficia indirectamente al vecino y casi se gana un cliente.

Cuestión esta que, en parte o totalmente, podría explicar cómo todavía la ciudad de Nueva Orleans sigue sin recuperarse del ya casi olvidado huracán Katrina, no hay dinero ni seguros que intervengan si Vd. no paga por adelantado. Son los pobres de siempre.

También leí que los bomberos privados tienen la obligación de coordinarse y no sé si ponerse a las órdenes de la dirección de la lucha contra el fuego antes de pasar a la acción, pero me temo, tal y como imaginan, que finalmente todo vendrá a parar a lo mismo, quién paga exige prioridad en la atención, el resto importa menos. Si usted sufre un infarto y tiene un seguro médico privado probablemente se salve -por aquí afortunadamente y de momento no-, y si desgraciadamente le ha tocado por falta de cash la sanidad pública inevitablemente fenecerá. Y si tiene la desgracia de que un incendio se declare en las proximidades de su residencia, al menos sabrá con total seguridad que cuando el fuego llegue a su casa el resto ya estará hecho fosfatina; lo que para alguno quizás sea un consuelo.

No pretendo descubrir nada nuevo pero, trasladado a nuestro país, no deja de ser perverso que disponiendo -comparado con lo que existe fuera de nuestras fronteras- de unos servicios médicos y sociales de los más amplios y competentes nos dejemos la piel y el dinero contratando servicios privados que jamás serán más profesionales que los públicos. Además, dentro de poco probablemente también lleguen por aquí los bomberos privados con los que presumir ante el vecino.

Todo lo que hasta ahora nos salía gratis -evidentemente vía impuestos; no deja de ser una forma de hablar- acabaremos pagándolo a costa de nuestro esfuerzo y dinero. Es lo que tiene aquello de querer ser más que los demás.

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Málaga

La tarde se va deslizando plácidamente, desgranando con parsimonia las horas de un generoso día de otoño benévolo con las temperaturas, lo que permite que nos abandonemos ociosos en cualquier lugar propicio para ello, sin tiempo para dolernos por el verano que acaba de irse, voluntariamente inconscientes de la proximidad del invierno, arriba y abajo, deleitándonos en los últimos rayos de sol, sin prisas ni tropiezos.

Algunos más perezosos, apoyada la cabeza en alguna bolsa o mochila o directamente en las piernas de su pareja, intentan dormitar extendidos sobre las piedras de las últimas gradas del teatro romano, arrullados por un murmullo general que ni interrumpe ni distrae, todo lo contrario. Un tipo, más para allá que para acá, grita atropelladamente letras de canciones de hace años, muchos, intentando que el deambular negligente de los transeúntes caiga en la cuenta de su destrozo vocal y, más alma caritativa que nunca, alguno deje caer esa moneda en cualquiera de las bolsas que descansan a sus pies; hasta que, de pronto y sin saber en primera instancia por qué, el tipo cesa de cantar, recoge sus bolsas y desaparece entre los árboles. El motivo de su precipitada huida es la aparición de otro trovador urbano mejor provisto, guitarra y amplificador, que comienza a probar el instrumento sin todavía alzar la voz unos metros más abajo. Parece ser que la explanada es demasiado pequeña para los dos… y poco después una letra de Sabina regularmente interpretada comienza a amenizar el declinar del sol.

Justo enfrente el pequeño escenario aparece definitivamente montado, con los operarios danto los últimos retoques a las cuestiones técnicas mientras, en la parte de atrás, uno de los músicos que probablemente tocarán a continuación comienza a acariciar un suave y aseado saxo que discretamente desmenuza melodías y tonalidades con fondo de panorama vespertino. La impresión es como si en aquellos momentos todo pudiera sonar bien.

Las terrazas siguen llenas de clientes remolones sin ganas de ponerse en pie, viendo pasar a la gente o deteniéndose en la cola que aguarda a la puerta del cine entreteniendo la espera; mejor seguir holgazaneando tomando cualquier cosa antes que comparecer encerrando la propia sombra entre cuatro paredes. Una campana de alguna iglesia cercana llama a misa, un niño marca con piedrecitas un sendero entre las ruinas romanas hasta que su padre le regaña por “llenarlo todo de chinas”; un grupo de ciclistas, que por hoy parecen haber cumplido etapa y llegado a su destino, deciden hacerse una fotografía de recuerdo, para lo que solicitan el favor a uno de los paseantes que, gustoso, accede sonriente a la petición. En otro rincón una pareja baila un pasodoble ajena al ajetreo general y otros sonríen la festiva ocurrencia… un mendigo pide en inglés y agradece en alemán en el mismo cartel.

Podría seguir así, coreando esta tarde que dará paso a la noche, porque el delicioso poso que va dejando me permitiría estirarla a capricho. Comienza el concierto, un trio de jazz, aquello parece un auténtico fin de fiesta; el cantor respetuosamente descansa. Abducido por el ambiente general no sabría decir en qué país me encuentro, tal es la mezcla de lenguas a lo largo de la plaza y el paseo; probablemente sea el entorno, con La Alcazaba allí arriba, tan feliz, dejando, otro día más, que el sol se vaya recogiendo cada vez más alto sobre sus murallas, hasta que las primeras luces artificiales ahuyenten las sombras e iluminen la plaza sin que ninguno de los presentes nos hayamos percatado de ello.

La ciudad es Málaga, hogar y cobijo de esta especie de espontáneo cosmopolitismo en el que cabe tanto lo visto como lo supuesto, bueno y no tanto, importa la sensación de ciudad abierta dando cabida a todo tipo de gente; sólido argumento para una intensa actividad cultural capaz de mezclarse con la tradición más rancia, sin que ni la una ni la otra desmerezcan o se interrumpan en el espacio.

 

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