Ombligo

No recuerdo con exactitud de qué estábamos hablando cuando alguien hizo un comentario sobre las enormes extensiones de terreno que, en la isla de Borneo, recientemente había estado allí, son dedicadas al cultivo de la palma -imagino que para la obtención de aceite, piensos, biodiesel etc.-, con una intensidad y frecuencia que llegaba a varias cosechas anuales; cómo desforestaban, sin problemas ni prejuicios ambientales, con tal de obtener más superficie para cultivar. Y, cómo suele suceder cuando el viajero curioso intenta saber más, a la pregunta sobre la propia desforestación y el peligro para el medio ambiente, tanto local como mundial, nadie por allí se daba por enterado, ni siquiera existía la opción de encogerse de hombros. ¿A qué venía aquello? ¿los peligros del aceite de palma? ¿Europa? ¿el calentamiento global…? ¿Dónde está Europa? ¿qué significa eso del calentamiento global cuando tienes al lado un mercado de millones de chinos ansiando vivir cada vez mejor?
Como imaginarán, la conversación quedó ahí, luego, por mi parte y también picado por la curiosidad, llegaron los inevitables y clarificadores números. Mientras en Europa hay, según los últimos datos, 740 millones de habitantes aproximadamente -de los que descontar los casi ciento cincuenta de la Rusia euroasiática- en Asia se cuentan hasta más de 4.500 millones de personas; ¿de qué hablar entonces? Las comparaciones no son posibles porque el presente y futuro de esta tierra está allí -tampoco se cuenta con los africanos-; Europa queda demasiado… o muy atrás, en otra época.
Lo que quiere decir que cuestiones y problemas que aquí parecen o nos venden como importantes o cruciales para el futuro de la humanidad o del planeta, incluso alarmantes, allí no es que no existan, es como si les hablaran en chino, precisamente lo que ellos sí pretenden entender. Y ante la duda toca mirarse el ombligo y volver a preguntarse quiénes somos hoy los europeos y qué importancia tenemos, o lo que es peor, por qué nos seguimos creyendo en el centro del mundo y pensando que nuestros problemas cotidianos, repito, reales o inventados, son obligadamente universales. Lo que provoca un ligero tufo etnocentrista, o todavía colonialista, del que parece no podemos desembarazarnos; si antes era para conquistar, imponer y castigar, ahora es para aconsejar, advertir e incluso alarmar.
Después de haber hecho durante siglos lo que nos ha venido en gana, sin contar con nadie -nos considerábamos la vanguardia de la humanidad-, ahora, fruto de nuestra incomparable sabiduría, hartos de tener y derrochar casi todo, toca echar el freno y, conminados por un muy sagrado y occidental complejo de culpa, difundir peligros para la salud y amenazas para el planeta; cuestiones que en otros lugares no dejan de ser caprichos de tipos aburridos y saciados por un consumo indiscriminado que, de pronto, han descubierto una especie de moralidad global que pretende volver a llevarlos a la cabeza del planeta, en esta ocasión para salvarlo, ¡toma ya! como si el planeta no hubiera pasado ya por situaciones similares o peores y necesitara que nuestra pretenciosa insignificancia lo salvara, principalmente de nosotros mismos.
Aquel apocalipsis religioso, desprestigiado y venido porque nunca llegó cuando debiera, se ha convertido hoy en un apocalipsis ambiental; ya que es imposible desembarazarnos de una moral judeocristiana -da igual si religiosa o atea- que ha regido durante siglos nuestra forma de pensar toca, como buenos y adoctrinados cristianos europeos, vender un fin del mundo más prosaico, cualquier cosa con tal de volvernos a creer en el centro. Los nuevos mesías y sus apóstoles venden hoy catastróficas paranoias finalistas, tal vez acertadas pero que no dejan de ser charlas y advertencias de salón para responsables consumidores occidentales que, curioso, dejan pingues beneficios a los de siempre. Toca que estos aburridos consumidores europeos compitan entre ellos a la hora de presumir de conciencia ecológica, naturaleza, medio ambiente, derechos animales y vegetales, reciclaje, conservación y no sé cuántos calificativos coloreados en todos los tonos verdes posibles. En más de un caso marketing publicitario localista con fondo de Armagedón que sigue engordando la cuenta de beneficios de las mismas empresas que hasta hace un rato nos vendían la panacea del consumo. Hoy, por aquí también consumimos alarmismo.
Junto a ese pretencioso exceso de altura moral y responsabilidad a la hora de salvar el planeta también debería existir por aquí una necesaria humildad que nos pusiera a la altura de, por ejemplo, el último habitante asiático, o, mejor, de pie en el sucio solar al lado de casa; y antes de creernos pequeños y arrogantes dioses de los que depende la viabilidad y el futuro de este mundo deberíamos considerar nuestro envanecimiento, así como nuestra insignificancia para con esta tierra, pues todo lo que creemos que ayuda al planeta cuenta prácticamente cero, no tenemos más derechos que el vietnamita que vive en un junco rodeado de millares de conciudadanos para los que la primera consigna no es salvar el planeta sino llevarse algo a la boca, tanto para él como para los suyos. Ahí empieza y acaba todo -¿o todavía seguimos empeñados en que somos los más listos?-, el planeta estaba antes que nosotros y sobrevivirá a nuestra presencia, y si es preciso nos hará desaparecer como se hace desaparecer una molesta comezón, y vuelta a empezar, con o sin nosotros.
Por hastío, complejo de culpa, resentimiento, ansiedad o vergüenza preferimos salvar a quien se halle cuanto más lejos mejor, incluso en contra de su propia voluntad; nuestra cristiana falta de humildad se olvida con demasiada frecuencia de las mañanas, la gente y los lugares de nuestras propias vidas, esas que sobrellevamos a regañadientes o de las que directamente desertarnos para largarnos tras cualquier cosa que nos pongan a mano. Tenemos a la vuelta de la esquina más tareas de las que podemos asumir, dediquémonos a ellas. Es lo más fácil y efectivo, y el planeta nos lo agradecerá, o no, pero ese es otro tema.

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Joker

Joker está atravesada por un tenso y soberbio hilo de humanidad que te deja pegado a la butaca, casi sin respiración, muestra a la luz un humano y cruel mecanismo que dice más de nosotros de lo que nos gustaría admitir; es un retrato carnavalesco y feroz, tan lúcido como desasosegante, angustioso, tremendo y brillante a la vez.
Joker es una magnífica película por la que no se puede pasar como si tal cosa, es completamente imposible, entusiasmará a mucha gente, sobre todo a los que viven en este siglo, como será denigrada por excesiva, violenta o brutal, juzgada a destiempo por ese despistado o aburguesado cinéfilo que últimamente se ve incapaz de seguir el ritmo de los tiempos. Tras ella, probablemente se hablará de un antes y un después a partir del cual el murciélago habrá perdido definitivamente la batalla, ya no será el mismo, a no ser que uno decida dimitir del presente e ir a refugiarse en las ediciones originales de DC. Porque Joker no tiene que explicarse ni necesita que la trasladen a ningún universo concreto, ni que la encajen en secuencia alguna de superhéroes, como tampoco precisa de enemigos porque a día de hoy no los hay a su altura.
La película es una excelente y redonda metáfora que muestra sin pretender resolver, no es su intención, la desasosegante y contradictoria realidad de los millones de vidas humanas por las que el tiempo ha pasado sin detenerse, desde hace tanto que ni siquiera hay constancia de ello; una noria gigantesca que se alimenta a sí misma engullendo cuerpos como quien respira, una permanente barbarie -tal y como afirmaba Benjamin de la historia- en la que apenas cabe un buenismo que solo es otro pelaje de esa falsedad que nos consume conformándonos a cambio de no volver la vista a un lado.
Y todavía no he hablado de la excelente y desasosegante puesta en escena, ni del preciso trabajo de montaje, ni del magistral trabajo de Joaquin Phoenix…

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Inglés

No es nada extraño detenerse ante un escaparate en cualquier pueblo o ciudad y leer, o no leer, la cartelería y los reclamos publicitarios ofrecidos al paseante, y digo no leer porque en muchos de ellos la lengua en la que se pretender detener, atraer y vender al posible cliente es la lengua inglesa.
Pero no estamos en Inglaterra, como tampoco estamos en ningún país del Reino Unido, ni pertenecemos, podría ser el caso, a la Commonwealth, sino en España, uno de los mayores países europeos en el que el idioma común es el castellano -para otros español, pero eso sería otro tema-, lengua que viene utilizándose desde hace siglos como medio de comunicación entre nativos y algún que otro visitante.
En tal caso, detenidos ante un escaparate, una de las opciones podría ser la de entrar en el establecimiento en cuestión y hablarle directamente en inglés a los empleados, probablemente nos entenderían, responderían y nos mostrarían lo que hemos entrado a buscar y comprar; después de lo cual nos despediríamos agradecidos y todos tan contentos, hasta aquí ningún problema, nada más fácil. ¡Ah! también nos podrían cobrar en libras, a juego con el idioma. Pero, si a nuestras preguntas o solicitudes en inglés no obtenemos respuesta sino una cara de extrañeza, risas, o simple vergüenza, como si estuviéramos hablando en chino -pero se trata de inglés, algo muy común-, lo correcto sería darnos la vuelta y largarnos por donde hemos venido, eso sí, después de despedirnos educadamente de los empleados. Con tal actitud, multiplicada por todos aquellos que hablen inglés, podrían ocurrir dos cosas, que los establecimientos con publicidad en inglés vendieran cada vez menos y se vieran en la obligación de cerrar y dedicarse a otros menesteres o, más fácil, barato y rentable, que cambiaran el idioma de la publicidad al exterior, mejor en español (o castellano), lo más sensato, y de ese modo todos podríamos entendernos de maravilla, ellos venderían lo que ofrecen y nosotros saldríamos igual de contentos que en el primer caso con nuestra nueva adquisición.
Claro, pero resulta que cuando uno ve televisión también tiene que tragar una gran cantidad de publicidad en inglés -en más de una ocasión pronunciada de manera horripilante- y quedarse como si tal cosa, porque la cosa sí va con él… ¿entonces? Creo que siempre es mejor reír que gritar o ponerse a llorar, en este caso por un país con tan poca estima hacia su propia lengua. A la pregunta de por qué suceden y aceptamos como normales estas cosas no habría respuesta, probablemente solo un encogerse de hombros, y ante la insistencia quizás una salida de tono… incluso podrían decirnos que tampoco es para tanto, cuestiones de marketing, que eso de poner todo en castellano solo lo hacen los fachas, como llevar la bandera… En estas situaciones el personal suele actuar como es habitual, como si la cosa no fuera con ellos, no es nada suyo, mejor quitarse de en medio o esconderse, evitar los problemas, y explicarse o hablar (si no es para decir simplezas) sí es un problema, en cualquier caso ¿a mí que más me da lo que diga la televisión o ponga en el escaparate?… yo entro y si tienen lo que quiero lo compro y ya está… verás cómo, si quieren vender, me entienden o hacen por entenderme… porque estamos en España y hablamos español… eso del inglés es para la publicidad… se estila… en todos sitios sucede lo mismo -¡¡en Francia, jamás!!-… Excusas o pura ignorancia… o lo que ustedes quieran. Ahora mismo tengo en mis manos una lujosa revista editada por el Ayuntamiento del pueblo donde vivo dedicada a engordar el ombligo del partido en el gobierno local y ¿se lo imaginan? la portada aparece en inglés…

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Cansancio

Esto iba a ir de universidades y comenzar con una pregunta, más o menos de este modo: ¿Es normal que unos tipos, profesores en una facultad de ingeniería con página web y proyectos de investigación propios a nivel internacional, utilicen a los alumnos, más concretamente sus proyectos de final de carrera -tal que negros-, para hacer lo que ellos debieran; dirigiendo y controlando sus trabajos finales, a la vez que los despojan de todo rastro personal -hasta la última coma-, para apropiárselos e incorporarlos a su proyecto…?

De ese mundo solo sé que es clasista y tremendamente endogámico, nada que ver con una labor docente y de investigación abiertas a otros puntos de vista, y creo que un trabajo de fin de carrera, al margen de las orientaciones y dirección pertinentes, ha de ser una elección particular en la que el alumno plasme el provecho de sus estudios y experiencia académica e intente concretar sus intereses de cara al futuro elaborando un trabajo personal. Nada de eso aparece en este caso, se trata más bien de un feo trabajo en la sombra que obedece a otros intereses que muy poco o nada tienen que ver con los del alumno, mero trámite explotado en función de su deseo de acabar felizmente sus estudios universitarios -…

Y en esto salta la noticia de que en Noviembre tenemos otra vez elecciones, con lo que seguimos con la incompetencia y más incompetentes, en este caso los políticos de este país, de nuevo pidiendo patente de corso para seguir pirateando sin pudor las cuentas públicas.

Y lo que queda es cansancio, vuelta a empezar, con el agravante de que se han multiplicado las voces y las amenazas, porque ahora, además de inútiles también hay fascistas en el parlamento, y digo fascistas cuando me refiero a los nacional-fascistas vascos de Bildu, que pretenden exigir por ley que a populares, riveristas y, estos si, a los fascistas de Vox se les prohíba hacer campaña en el País Vasco; su santuario del norte, tan de tradiciones, nada dados a la crítica -es el arma de los traidores-, tan populistas -perdón, populares- y orgullosos de sus orígenes; tan tradicionalistas como los fascistas de Vox, pero menos machotes. Tipos, estos últimos, para los que eso de la violencia machista es un invento de la izquierda y las feministas -aunque la pila de cadáveres de mujeres llegara desgraciadamente hasta el cielo seguirían diciendo que no es machismo-; tampoco sé qué significa violencia intrafamiliar, quizás es que en sus familias, tan normales, se maltrata y asesina a menudo; el machote siempre ha creído que una hostia a tiempo es la mejor opción antes de que se te suban a la chepa.

Cuando alguien -sobre todo en la política-, en función de una libertad que nadie quiere saber realmente qué significa y a qué obliga, es capaz de sentarse al lado de tipos de esa calaña y acepta posiciones y opiniones similares considerándolas libres y con todo derecho democrático algo no funciona como debiera. La libertad no puede dar cobijo a quien la considera un amenaza contra su forma de pensar, porque si aquellos consiguieran el poder la libertad que ellos exigen dejaría de existir para el resto; y si es preciso llegarían a asesinar, en ambos casos se ha dado, se da cobijo y se defiende a asesinos que mataban por la libertad de sus ideas.

Podría inventar un conclusión, buscar un colofón con el que cerrar estas letras para que no parecieran tan deslavazadas, tan de cualquier modo, pero creo que sería pecar de un exceso de retórica, y hay temas en los que la retórica debe ser la justa, y si es preciso dejarla a un lado con tal de que lo dicho destaque por sí mismo.

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Nostalgia

Hay veces en las que me detengo a pensar en la nostalgia, siempre con algo de suspicacia porque no acabo de aceptar o entender el tiempo dedicado al pasado a costa del tiempo presente. Nada que ver con los recuerdos, siempre presentes de un modo u otro, colaborando en hacer y dar forma al sujeto que recuerda, parte nada desdeñable del vivir, o casi todo, aporte fundamental permanentemente vertiéndose en el crisol en el que se forja ese tipo ideal capaz de saber, siempre que se lo proponga, dónde está y de dónde viene; lo de qué quiere es otro cantar.

Peor es la tristeza o la pena que suelen acompañar a la nostalgia, en unos casos dando lugar a alguna demora apenas perceptible y en otros convirtiéndose en una rémora que hace imposible cualquier movimiento, o peor aún, provocando un complejo e injustificable bloqueo o inactividad que tiene más que ver con una desgraciada derrota personal. Esa tristeza que acompaña a la nostalgia suele estancarse en tiempos pasados o lugares lejanos -basta con no estar allí-, y aunque el tiempo goza de la virtud de la inasibilidad, su peso en el alma puede ser tan importante como contradictorio e inútil, mucho peor cuando se convierte en la causa de un desafortunado y nefasto intento de regreso que solo traerá decepciones y más tristeza, o el descubrimiento, al fin, de que las cosas pasadas jamás vuelven y aquello era un sinsentido que puede arrojar una vida al cubo de la basura. Los lugares, en cambio, son una cuestión de menor envergadura, aunque haya personas que pierden el sentido de la realidad debido a lugares, su lejanía o el simple no estar, que nada pueden ni harán por ellas, llegando a cobrar una importancia desmesurada que bloquea e impide el desarrollo con normalidad de cualquier vida presente o futura.

Hablar de lugares es hablar de territorios, localizaciones en las que se inscribió un tiempo de nuestras vidas que no va a volver, que dejó unos pocos o innumerables recuerdos, una cantidad variable en función de la vitalidad del propio sujeto que, si aprendió de ellos, le habrán servido y aun le servirán para vivir el presente y mirar hacia adelante con mayor confianza. También hay lugares que provocan un violento y visceral desapego, difícil tanto de sortear como de olvidar, que, como toda cicatriz, acaba dejando una marca indeleble sobre la que el paso del tiempo también actuará haciendo que llegue a olvidarse su misma existencia.

Hay lugares que no van a volver, los pueblos, tan de moda, por ejemplo, territorios que cumplieron su función en el tiempo, mejor dicho, la función que les dimos nosotros con nuestras propias vidas, voluntarias u obligadas, sin las que no serían nada o ni siquiera existirían; lugares que puede apenarnos volver a ver o saber de su mal estado o abandono, como también nos apena no ser físicamente quienes fuimos. También podríamos preguntarnos qué o quiénes los decidió y por qué, quién ordenó violentar el terreno para construir en función de un derecho que solemos atribuimos de forma egoísta. Y habiendo sido nosotros, los mismos que los levantaron, quienes hemos elegido y trazado un nuevo camino, dejémoslos morir en paz, cualquier precaria resurrección sería un nuevo sufrimiento que esos lugares no merecen, que envejezcan y perduren como recuerdos casi vivos, tal vez así podamos recuperar algo de cordura y rectificar errores pasados.

Intentar recuperar o revivir los pueblos es tratar de volver al pasado, poner en práctica un ejercicio de nostalgia repleto de parches y soluciones precipitadas de última hora -algo así como mezclar y agitar el medievo con Amazon-, tampoco es que sea mejor derribarlos, sumergirlos o directamente hacerlos desaparecer, el paso del tiempo se encargará de ellos, al igual que hace con nosotros, lo que no impide que nosotros y nuestros hijos sigamos adelante dedicados a otras cosas que ahora parecen más importantes; y en cuestión de generaciones nadie se acordará de los pueblos como nadie se acordará de nosotros.

La especie humana es memoria, no nostalgia.

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Religión e Inmigración (Apuntes) (y 2)

1

Si preguntáramos a cualquier conocido por el significado de la palabra comunión, muy pocos o casi ninguno nos diría que comunión significa participación en lo común, tampoco habría mucha diferencia si se pusieran a pensarlo con algo más de detenimiento. Hasta ese punto alimenta la religión los entramados más finos de una sociedad como la occidental, en el origen y significados de palabras y actos humanos.

A pesar de una Ilustración e infinidad de gobiernos de izquierda o, como se dice ahora, progresistas, que durante decenios intentaron dejar los asuntos religiosos a un lado y dar paso a una sociedad laica de valores humanistas en la que la única religión fueran unos derechos humanos; treinta puntos que todavía hoy pretenden el entendimiento y la convivencia general, independientemente de cunas y forma de pensar, una declaración que ya preveía el aumento exponencial de la población humana y la ineludible obligación de una coexistencia común por encima de tribus y territorios. Una especie de religión social en la que primaría el respeto, la colaboración, la solidaridad y los sentimientos comunes compartidos.

Pero una cosa son los grupos y sociedades humanas, su diversidad, sus seducciones, sus posibilidades y ofrecimientos de mejora a título individual, incluida la libertad, y otra los individuos particulares. Libertad que se ha convertido en uno de los principales atractivos a nivel individual de esta cultura occidental, tan cruel y refractaria, una libertad nada fácil de la que, sin embargo, muy pocos nativos disponen a su antojo, como tampoco de los medios indispensables para disfrutarla, lo que no impide que la misma sociedad, odiada por tantos, actúe como reclamo para miles de personas, o millones, que se sienten con todo el derecho del mundo a mejorar sus condiciones de vida. Atractivo que promueve una incesante y numerosa inmigración global de acoplamiento cada vez más complicado. Y cada una de estas personas moviéndose de un lugar a otro arrastra consigo una sociedad-cultura-religión que le ha hecho ser lo que es.

 

2

Los procesos históricos que ha sufrido la cultura occidental han tenido como consecuencia una convivencia más o menos abierta en la que las opciones personales apenas se manifiestan cara a los demás; prima la cautela y, por ejemplo, unas formas de vestir aleatorias o fuertemente grupales completamente asépticas respecto de cuestiones más íntimas, además de ciertas ostentaciones visibles en función de factores económicos, preponderando, no obstante y según la educación de cada cual, el respeto y la cortesía, un acercamiento tolerante hacia lo diferente, la curiosidad y el deseo de compartir como signo de entendimiento por encima de otras cuestiones personales o culturales. Sentimiento de apertura, asumido por principio, que fomenta unos individuos más bien tolerantes, quizás emocionalmente demasiado débiles, o flexibles, e influenciables, a los que les importan menos las fronteras y gustan moverse por toda la superficie terrestre con insistente curiosidad y sin apenas reparos culturales.

Este carácter occidental suma, además, más beneficios que prohibiciones o inconvenientes, aunque a algunos no se lo parezca. Muy pocos, que no sean unos niños mal criados o con carencias intelectuales y de relación, rechazan en occidente una invitación de buen grado, ni suelen comportarse groseramente o de forma despreciativa, ni imponen condiciones o exigen por adelantado, prefiriendo moverse con prudencia y respeto, no teniendo ningún inconveniente en unirse y compartir -incluido unos alimentos ofrecidos con gusto- como uno más cuando toca hacerlo. Actitudes que organizan una sociedad expansiva y tal vez demasiado permeable, amén de unos individuos habituados a convivir dentro de unos máximos de tolerancia nada fáciles de mantener y transmitir.

 

3

Es hora de volver a Durkheim y ese a espíritu social del que hablaba en la primera parte, espíritu de pervivencia y comunión que alimenta grupos humanos, que impone costumbres, inventa ritos y sacraliza actitudes y comportamientos, un denso tejido social que acatan generaciones sin preguntarse por qué y que cada inmigrante lleva consigo, en muchos casos exigiendo que sea respetado allí donde fuere, a kilómetros de distancia de su lugar de origen, muchas veces sin admitir o querer entender que el respeto debe ser mutuo.

Las personas forzadas a emigrar debido a penurias económicas, en un mundo cada vez más pequeño, están en su derecho a la hora de fomentar y exigir un inevitable u obligado anhelo de bienestar y de mejor vida para sí y los suyos allí donde fueren. Sin embargo, estas personas llevan consigo su propia sociedad en forma de cultura, y sobre todo su religión, que en la mayoría de los casos no ha pasado por el trance de una Ilustración humanista, una religión que también suele ser el referente principal de una visión del mundo exclusiva y exclusivista; religión que en muchos de los lugares de origen del inmigrante dirige y gobierna la vida comunitaria los trescientos sesenta y cinco día del año, en muchos casos con mano férrea. Es por ello que en la sociedad o cultura de acogida suelen producirse conflictos cuando un recién llegado, apoyándose en la libertad de la que ahora disfruta, exige que por respeto se le acepten procederes y costumbres que en su país de origen son solo prohibiciones -cubrimientos, velos, rezos, alimentos, etc.-, que sean admitidas públicamente cuando probablemente en la sociedad o cultura de la que proviene no se permitirían las que ahora aquí disfruta, con todo lo que ello significa.

 

4

Durante el periodo nacionalsocialista muchos judíos alemanes se extrañaban y no entendían por qué sus mismos compatriotas les perseguían y asesinaban, ellos eran tan alemanes como el que más, habían asimilado de forma ejemplar una civilización y una cultura en la que participaban al ciento por ciento, y que para ellos era, si cabe, más valiosa e importante que la propia religión. Quizás fue uno de los últimos momentos en la historia que sucedió algo así.

En la actualidad algo similar parece imposible, sobre todo en una sociedad abierta como la occidental en la que las obligaciones comunitarias y sociales se mueven bajo mínimos y los reductos están a la orden del día. Si ya los locales se sienten poco obligados y escasamente participativos de un espíritu social cada vez más difuminado, de escaso ritual y mínimas celebraciones -únicamente las que tengan que ver con el consumo y uno mismo-, los inmigrantes adoptan posicionamientos similares sin entender, ni pretenderlo, el complejo fondo del asunto. Es más, en muchos de estos reductos de inmigrantes existe un orgulloso sentimiento de superioridad y desprecio, a partir de una cultura propia que creen superior, hacia una sociedad de acogida que ha forjado un individuo tan débil. Superioridad social barnizada con tintes claramente religiosos, por ello apenas aceptan hábitos y costumbres que no consideran suyas ni entienden esa buena educación de la que antes hablaba, son reticentes a integrarse y se sostienen en unos mínimos que les procuran la suficiencia personal y familiar, ni mucho menos se sienten en la obligación de hacer suyos, participar o colaborar en la pervivencia y mejora de los medios y posibilidades que tienen a su alcance, de sostener la que en esos momentos es su sociedad, la que les permite vivir a ellos y a los suyos.

 

5

El cada vez mayor número de habitantes que pueblan la tierra desenmascarará a unas religiones que, en su anacrónico arcaísmo y simpleza, se han quedado obsoletas, incapaces de entender y asumir comportamientos y relaciones humanas diversas y complejas, todavía predicando y pretendiendo costumbres y actitudes tribales de nulo valor, vulgares manipuladoras de voluntades… o no.

Entonces, siendo divertidamente agorero y ya que no vamos a ser de pronto todos ricos, de no poner remedio y buscar un espíritu colectivo mundial con la especie humana como centro, con sus ritos y celebraciones, si es preciso, en los que la convivencia prime por encima de diferencias tribales y localistas, los derroteros de las sociedades y culturas humanas todavía existentes, y de la misma especie, dan pavor. Odios, envidias, guerras, supersticiones, más prohibiciones y tinieblas compondrán un excelente caldo de cultivo del que surgirían maldiciones, milenarismos, demonios, redentores, héroes tan simples como imbéciles y religiones tan añejas como definitivas… en fin, todo lo que cada cual guste imaginar.

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Religión e Inmigración (Apuntes) (1)

Durkheim, en su búsqueda de formas elementales de vida religiosa originarias en grupos humanos primitivos, escribía de la dificultad de separar lo social y lo religioso en estos primeros estadios del desarrollo de la especie humana, llegando a afirmar que las manifestaciones religiosas, a partir de sus investigaciones, podían tomarse como una forma de sacralización de valores, creencias, convicciones y sentimientos sociales; la asunción y aceptación individual de un espíritu colectivo indispensable para mantener y hacer perdurar en el tiempo al propio grupo, tribu o sociedad. Una serie de sensibilidades y estremecimientos compartidos revividos periódicamente mediante ritos, cultos y celebraciones, representaciones y manifestaciones públicas en las que los individuos dejaban voluntariamente a un lado sus rutinas y actividades cotidianas, siempre tan importante como vitales, para sumergirse en una participación colectiva excepcional de la que salían entusiastas y espiritualmente renovados -una cultura.

Se trataba de crear, dar forma, transmitir y consolidar unos rituales y celebraciones periódicas esenciales a la hora de transferir, generación a generación, vínculos y sentimientos de pertenencia y protección que cada individuo, sin saber explicar exactamente cómo o por qué, siente en lo más profundo de sí mismo y acepta sin cuestionarse, ya que tanto su vida como la seguridad y perdurabilidad en el tiempo de los suyos dependen de ello.

Los supuestos orígenes comunitarios o sociales de la religión, tal y como Durkheim los entendía, se han perdido con el paso de los siglos, de tal modo que hace ya mucho tiempo que se habla de religión frente a sociedad. Al mismo tiempo, el posterior desarrollo y multiplicación de los grupos humanos, su inevitable evolución y progreso, ha ido tomando diferentes caminos, unos menos afortunados y otros cada vez más complicados, que llegan hasta el presente. En esta larga trayectoria los fenómenos religiosos, o las religiones como manifestaciones y representaciones humanas, tal y como hoy las conocemos, han sufrido diferentes procesos según los lugares, tanto de adaptación, expansión, casi desaparición, modernización, de toma del poder o de acoso y persecución; llegando en algunos casos a una intransigente perdurabilidad contraria o reticente respecto al cambio y el progreso, y lo que es realmente importante, inexplicable y maliciosamente ajenas, puro anacronismo, al exponencial aumento del número de individuos que pueblan la tierra.

En muchas zonas, valga como ejemplo este país, la religión todavía soporta y mantiene un espíritu comunitario y de cohesión -ayudas, celebraciones, romerías, banquetes, reuniones públicas, etc.- que muy pocos feligreses, o casi ninguno, sabría explicar o entender como manifestaciones y representaciones populares de un espíritu de socialización mucho más antiguo; lo sagrado se ha prácticamente comido a lo común o social.

Mientras que en algunas sociedades y culturas actuales la religión todavía tiene una influencia, y poder, que dirige y condiciona la totalidad de las actividades humanas, tanto privadas como públicas, en la sociedad europea u occidental ha sido relegada a un papel secundario desde el que forcejea con desigual éxito frente a una cultura científica que, desde hace años y cada vez con más éxito, intenta explicar y justificar tanto a la especie humana como al propio Universo en el que tiene cabida. Y, consiguientemente, esta consciente deriva científica de la cultura occidental ha dejado un individuo que, despojado de los asideros, tanto anímicos como de solidaridad e inmersión social, que la religión le había venido ofreciendo, deambula agobiado y desorientado en unas sociedades individualistas en las que las relaciones humanas han perdido todo el calor y la identificación comunitaria que antaño conformaban un sólido tejido social que aliviaba y solucionaba los problemas particulares de sus integrantes.

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En verano

Estamos en verano y no se admite todo, hay que descansar, hasta quien no está cansado; sigo sin saber por qué, qué ancestral demiurgo nos conmina, en una gran mayoría de casos, a una vacía y obligada indolencia.

Admitimos sin preguntarnos que el verano tiene que ver con la molicie, niños y jóvenes no tienen nada que hacer (?), el calor aprieta -creo que cada vez más- y las vacaciones laborales necesitan unos meses en los que justificar su exigencia.

En verano las noticias cuelgan el cartel de no hay noticias, aunque la testaruda realidad se empeñe en todo lo contrario; por ello tenemos que soportar una basura infinita de todo tipo que, con la etiqueta de entretenimiento, infecta nuestros sentidos.

En verano hay que divertirse a toda costa porque el tiempo lo exige, solo falta el neón permanentemente encendido en nuestros cerebros; bañarse aunque uno odie el agua o, como mal menor, ingerir grandes cantidades de brebajes que estén fresquitos o directamente helados; es lo que hay.

En verano hay que dedicarse a las lecturas relajadas, quienes lean, porque parece ser que los cerebros se reblandecen en exceso si la lectura es complicada; probablemente debido al calor, cuestión esta última que creo no demostrada.

En verano hay más fiestas, no sé si porque tocan o porque hay que reinventar un negocio con el que recaudar de tanto harto y aburrido de sí mismo.

En verano hay que llenar las playas, porque para eso están, aunque estarían mejor si fueran de césped, tan fresquito, en vez de esa arena tan molesta y difícil de quitar que se te mete por todas partes.

En verano las terrazas de los bares fingen estar llenas de público, ahora que también lo fingen en invierno; vegetan a costa de más gente que no sabe qué hacer con su alma, y su cuerpo, y come y bebe lo mismo que en invierno.

En verano aumentan los botellones, pero no solo de jóvenes, los adultos han descubierto que pueden llenar el maletero del coche de neveras y hielo y hacer botellón en cualquier local que se deje ahorrando una pasta en copas.

En verano gustamos de mostrar nuestras carnes, convicción o moda de dudoso gusto, porque hay carnes que dan literalmente grima. Alguien debería reconsiderar el concepto de ofensa pública, porque las ofensas no han de ser siempre de palabra u obra, hay cuerpos que deberían permanecer arrestados y así salvaguardar la salud mental y visual del resto.

En verano la gente dice divertirse, nueva forma de referirse a no saber qué hace con uno mismo.

En verano sudamos hasta cuando vamos al váter.

En verano, muchos de quienes no suelen tener un trabajo decente durante el resto de año acceden a humillarse públicamente con tal de que los demás, a quienes les importa un pimiento las condiciones de trabajo, disfruten del verano. Hay lugares en los que a esto llaman explotación.

En verano hay que sonreír porque para eso es verano.

En verano hay festivales musicales a porrillo en los que hacen como si cantaran gente que no sabe cantar ni tiene nada que contar; da igual, si hay cerveza, refrescos y una parcela cercana donde mear vale.

Siempre me he preguntado por qué el verano es sinónimo de pereza, si esa impresión es únicamente mía o la exige la estación, o, ya puestos, si se trata de una condición importada de otras latitudes, como otras tantas cosas que creemos nuestras de toda la vida.

En verano se vive en la calle, pero quizás lo de calle no esté demasiado claro; es cierto que, a no ser que se disponga de aire acondicionado del que no salir, que más bien se parece a no estar en verano, la calle no mola. El verano vendría a ser ese intermedio molesto entre lugares en los que reina el fresco, o el frío; un intermedio que solo trae más luz natural, el resto no importa, siempre y cuando no toque estar demasiado al sol.

Cuando no sea verano probablemente echaremos de menos el verano.

 

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Lujo

Lujo no son las casas, ni los yates, ni los aviones privados, ni los palcos, ni las putas de lujo, ni las comilonas sin límite, ni las cuentas corrientes con ceros ilimitados, ni las habitaciones que parecen casas, ni los viajes con guía exclusivo; todo eso es solo dinero.

Lujo es admirar la salida del sol en este caluroso verano, da igual lo que estés haciendo o hacia donde te dirijas, disfrutar de los contrastes que nos proporciona la luz limpia de un sol tan bajo; tampoco importa el lugar, esa luz respeta cuanto acaricia, vivir los colores y sonreír feliz porque justo estás despierto y disfrutando.

Lujo es pasar la tarde sumergido en la lectura, acompañado del susurro del escaso viento entre las ramas de los pinos y el ir y venir de pájaros incansables acarreando alimento hacia nidos ocultos.

Lujo es una sobremesa en compañía, da igual lo comido, el momento en el que el tiempo se detiene y la conversación se dilata sin fin ni ocupación alguna que enturbie el presente; recoger y limpiar vendrá después, cuando la charla se relaje, las opiniones hayan quedado medianamente claras o permanezcan tal y como surgieron y las piernas apremien intentando despezarse con los primeros pasos hacia la cocina y la inevitable pregunta del qué hacemos o nos apetece ahora.

Lujo es nadar a media noche, si puede ser completamente desnudo, sin ayer, ni hoy ni mañana, en ese preciso momento, moverte y avanzar en el agua como si fueras agua, idéntica constitución, sintiéndote capaz de llegar donde quieras y sin que te preocupe no hacerlo; ahí y entre, sin preocuparte si estás, vienes o vas, porque no te importa.

Lujo es que el trabajo te abandone junto a un olivar, toca esperar y no puedes hacer otra cosa, entonces, protegido del sol de agosto, recurres a tu libro de reserva, de pronto tan interesante que no sabes si la espera desaparece o se prolonga sin medida; hasta que el pitido de atención indicando que se acabó la inactividad llega pocos minutos después de haber finalizado ese capítulo que, por su apasionante y compleja densidad, necesita tiempo para rumiarse detenidamente y asimilar con pausa lo leído.

Lujo es cabrearte por las malas noticias cuando te esfuerzas en conocer cómo funciona este mundo, aunque también sepas que no puedes hacer mucho más de lo que ya haces -no eres Dios, ni lo pretendes-, también porque estás convencido de que es mejor cabrearse por saber que no saber o pasar, porque estás de vuelta o a ti no te alcanza -como si vivieras en Marte, qué tonto-; siempre será mejor que creer que sabes lo que no sabes que no sabes.

Lujo es mirar a los ojos de la persona que quieres cuando te está hablando, verla reír por tus tonterías o tu enésima torpeza, sin que te preocupe el dónde, por qué ni hasta cuándo, precisamente por eso seguís juntos, cuando ni motivos ni planes son indispensables, ni tareas pendientes ni complicados proyectos que siempre son excesivos y consumen más presente del que merecen.

Hay muchos más lujos, diría que infinitos, listos para disfrutarse y completamente imposible calcular en dinero.

 

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Iguales

No hace falta ser un lumbreras para concluir que desde que el hombre es hombre y patea este planeta el individuo siempre ha sabido, casi desde su mismo nacimiento, que el lugar y entre quienes viene al mundo condicionarán de forma determinante su vida futura; tribus, progenitores, abundancia, relevancia familiar y social, posibilidades y perspectivas te son concedidas nada más nacer, y entre ellas no aparece la igualdad con el resto de los humanos, a lo sumo con los más cercanos.

Creo que la igualdad nunca ha existido ni existe en la naturaleza, ni vegetal ni animal, incluida la especie humana, cada ejemplar ha tenido que aprovechar, como ha sabido o podido, el entorno en el que vio la luz y crecer en mayor o menor medida con su ayuda, que no es la de sus semejantes. Es decir, el origen condicionaba, y condiciona. No hay por qué apenarse ni darle más vueltas.

Una vez constatadas por cada hijo de vecino las diferencias y desigualdades de partida, además de asumidas como naturales, solo quedaba ganarse la vida como tocaba.

Hasta aquí ningún problema. He imagino que fue la religión, como elemento fundamental de cohesión social, en nuestro caso la religión cristiana -¿por qué no? es la que nos pilla más cerca-, la que, visto y comprobado que la desigualdad de origen fue siempre la norma y en la imperiosa necesidad de ganar adeptos para su causa, tuvo la feliz idea de consolar a los humanos más desgraciados vendiéndoles que, si aquí en la tierra sus desgracias no tenían fin, a los ojos del Dios de los cielos todos los hombres eran iguales… ¡¡tachán!! Al parecer eso fue suficiente para que los desposeídos, millares que se irían convirtiendo en millones con el paso de los años, digirieran de buen grado su mala fortuna, calmaran su hipotética sed de justicia y se resignaran a un paraíso futuro que, a día de hoy, brilla por su celestial ausencia. Claro, nuestra pequeñez o endémica estupidez imposibilitan tan magnífica visión, paraíso que solo la fe puede proporcionarnos. Con ello quedaba todo bien atado.

Desde la religión como consuelo de almas, más bien algo ignorantes, el fenomenal pero intangible invento de la igualdad descendió a la tierra de la mano de las revoluciones sociales y proletarias del siglo XIX, constituyéndose en meta y piedra fundamental de socialismos y comunismos que tan desgraciadamente colapsaron a finales del siglo XX.

Quedó el gusto por la palabra -sonaba bien-, dejando para otros menesteres que nunca vendrán a cuento la inapelable evidencia de su imposible materialización en esta tierra. Las cosas han seguido tal cual, perdura una tozuda realidad dirigida por afortunados descendientes que supieron en su momento que aquello era un camelo, las utopías e ideologías basadas en la igualdad poco o nada tenían ni tienen que ver con el mundo real. La única igualdad hoy asumible entre los hombres dura segundos, se limita al canal del parto a través del cual venimos a este mundo y dura hasta las manos que te acunan poco después, el resto son simplezas igualitarias para crédulos.

Hoy, toda referencia a la igualdad ha quedado como una retórica vacía utilizada por dinosaurios del pensamiento de izquierdas atrincherados en sus bien surtidas y seguras bibliotecas, en alguna que otra ocasión predicada por sus acólitos más ciegos; o como el reclamo definitivo que manosean políticos y publicistas en su sano objetivo de perpetuar un status quo que bendice la desigualdad como fundamento del mismo sistema, del mundo tal y como lo conocemos. Y la obediente resignación del ciudadano de a pie, exquisitamente macerada por la religión, ha asumido voluntariamente que eso de la igualdad es una ficción con la que vivir, una ilusión, una zanahoria que sirve mientras se tienen fuerzas para esforzarse tras ella, esfuerzos a los que sumar la completa e íntima seguridad de que jamás se va a conseguir.

Por eso creo que habría que revisar eso de la igualdad y desengañar a quienes todavía la consideran real o posible, ni como utopía; siempre será preferible volverla a enviar, si no directamente a la basura, si al mundo etéreo de lo sobrenatural.

Necesitamos, pues, redefinir la igualdad, dejar de mentir y de que nos mientan en su nombre o, mejor, desecharla para siempre. La igualdad en esta tierra jamás ha existido, ni como proyecto, ese es un buen principio. Los más desfavorecidos jamás serán capaces de unirse para echar a capones a los que viven de la desigualdad, ni siquiera para darle la vuelta a la tortilla. Luego, piense en lo que quiere, cómo conseguirlo y qué y a quienes necesita para ello y déjese de tonterías. Las puertas se irán abriendo, es una cuestión de número.

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