Basura

Estamos habituados a tipos que escalan las más altas cumbres de la tierra y nos hablan de espacios y sensaciones únicas, casi divinas, tal que iluminados orgullosos de sus hazañas y de sentirse por encima del resto, tanto física como espiritualmente. Tendemos a considerarlos de una pasta especial y tal vez sea cierto, pero no dejan de ser casos aislados que dicen muy poco del resto, notas a pie de página que deberían estimular a sus semejantes pero que quedan como vulgares objetos de consumo rellenando los huecos que deja la publicidad, y a las pocas semanas se olvidan, en la mayoría de los casos para siempre.

En este caso me hallaba no arriba sino abajo, por encima de mi volaban aviones, circulaban trenes normales y de alta velocidad que suspendían la calma de la mañana con un ruido ensordecedor y no cesaba el tráfico, tanto por carreteras convencionales como por autovías y autopistas. En todos los casos, imaginaba desde mi posición, mujeres y hombres iban y venían embarcados en un frenesí de obligaciones y obviedades que apenas dejan lugar a espacios vacíos, les va la vida en ello. En ese incesante trajín unos y otras nos cubrimos intentando mostrar nuestras mejores galas, aseados y asépticos, arrogantes, desafiantes en más de una ocasión, retadores, orgullosos de nuestros logros y conquistas y celosos de lo que consideramos nuestras posesiones. Por ello desdeñamos lo que no nos gusta, lo que nos desagrada, disimulamos, ocultamos los desechos y dejamos en la parte de atrás cualquier cosa que pueda comprometernos o enturbiar nuestra imagen. Nos pretendemos iconografías en permanente muestra, productos acabados envueltos en sedas y celofanes que se esmeran en ocultar cualquier inconveniencia, defecto o signo de vida, la del animal que todavía seguimos siendo a nuestro pesar.

Aquí abajo estoy rodeado de todo lo que se deja a un lado, se arroja o se desprecia cuando nos acicalamos para hacer como que vivimos, empezando por la basura sonora de una radiofórmula que un pobre tipo aburrido sintoniza a todo volumen contaminando con melodías y estribillos infames los trinos de los pájaros y el rumor del viento moviendo las hojas de los árboles. Es otra forma de basura, lanzar, en este caso al aire, la frustrante desidia de un trabajo o de la misma existencia en forma de ruido, asfixiado en sus limitaciones e incapaz de dejar al mundo en paz. Más y más basura desperdigada aquí y allá, desperdicios de todo tipo, vallas oxidándose que todavía delimitan propiedades de registro olvidado, puertas asaltadas o directamente derrumbadas, edificaciones saqueadas, algunas apenas utilizadas; contenedores abandonados que jamás serán recogidos, ni mucho menos reciclado su contenido, restos grandes y pequeños diseminados por doquier entre los que sobresalen unos pocos pinos enormes, impresionantes vistos desde mi pequeñez, con troncos de más de un metro de diámetro que probablemente crecen desde mucho antes de que cualquiera de nosotros viniera al mundo. Vuelvo a mirar hacia arriba preguntándome si tanta vanidad y apariencia como nos gusta lucir exigen tanta basura, si esta enorme proporción de desechos justifica unas vidas tan mezquinas como frívolas; qué es más real, tantos moviéndose por obligación con tal de no quedarse parados o estos árboles y pájaros sobrevivientes entre escombros y porquería.

La respuesta es bien sencilla, cuanto más nos elevamos más forcejeamos por despojarnos de nuestra humanidad, como si nos molestara, nos fuera desagradable sabernos tal y como somos, tan vulgares en nuestro funcionamiento más elemental, como cualquier otro animal. Tal vez por eso nos esforzamos por humanizar a nuestras mascotas desanimalizándolas, porque nos recuerdan lo que somos, animales.

Pero me temo que esta basura seguirá aumentando y ascendiendo, aunque sigamos empeñados en creer que por ocultarla de nuestra vista desaparecerá por arte de magia; allí permanecerá, acumulándose y multiplicándose sin cesar, hasta que llegue a la altura de las vías, de las autopistas y de los aviones, y tal vez entonces todavía seguiremos sin saber dónde ir pero con un problema añadido, que esta tierra ya no podrá contener ni disimular tanto desecho e inmundicia. Si no somos capaces de reconocernos y salvarnos a partir de lo que somos volveremos donde partimos, confundidos entre nuestros propios excrementos.

Se acaba el tiempo de las parábolas.

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Hablar

“Maqueao” de arriba abajo, lavado, peinado y pulcramente vestido -para trabajar pero en bien-, abrió la puerta como de costumbre y saludó mirando al tendido que en ese momento éramos tres, quienes contestamos de desigual suerte a sabiendas de que nuestras respuestas le serían por completo indiferentes; una vez que entraba los presentes automáticamente callaban y ensombrecían predisponiéndose diligentemente para el parlamento del día.

Es cierto que los buenos deseos iban por delante, aunque expresados de una forma que no a todos sentaba de igual manera, el uso de una serie de groserías dichas en lo que él consideraba un tono campechano no siempre eran recibidas como tal. A partir de entonces y sin que nos diéramos cuenta el tiempo comenzaba a volar rápido como el viento y la semana también, ya era sábado y no estábamos allí, sino cada cual donde a bien tuviera. El trabajo, esa minucia que nos hacía coincidir, resulta que era una incidencia, una faena que en cuatro capotazos quedaría medio liquidada dejándonos a las puertas de la jubilación. El arte del maestro nos ponía ante el precipicio del retiro más felices que unas pascuas, a un paso del paraíso en la tierra. En este último apartado, como no podía ser de otro modo, también nos ilustraba como cabía, haciéndonos ver nuevamente que los astros, por las buenas o por las malas, siempre le sonreían. Privilegiados, asistíamos embobados al despliegue de una vida ideal en la que todo encajaba a la perfección; y ¡ay! del que inconscientemente intentara comparar la propia con la del afortunado que teníamos delante, incansable a la hora de aseverar y gestualizar con todo el cuerpo. Lo cierto es que en apenas quince minutos quedábamos a un paso de la depresión, vista la desgraciada existencia que nosotros, patéticos mortales, arrastrábamos a trancas y barrancas creyendo que era vivir; unas existencias despreciables, casi dignas de lástima. ¡Qué pena no poder nacer nuevamente para rectificar y seguir ejemplos tan ilustrativos como el que teníamos delante sin cerrar la boca!

El más cabrón de los tres, que hasta ese momento atendíamos en prudente silencio, decidió tirarle de la lengua preguntándole por sus hijos. En ellos la perfección era casi divina, es cierto que con alguna que otra sombra pasajera que tenía más que ver con la edad que con cuestiones de peso, nada preocupante. A la hora de la verdad los chavales tomarían las decisiones correctas, de eso estaba completamente seguro, de lo contrario se las verían con él. Como no tenían un pelo de tontos, por eso eran hijos suyos, en el fondo sabían que padre siempre llevaba razón; tenía sus cosas pero nada importante, a la hora de la verdad los hechos hablarían por sí solos.

Pero llega un momento en el que el trabajo te tira de las orejas y tienes que cumplir con lo que toca, regresábamos con discreción a nuestras respectivas labores y el tipo, allí plantado, no parecía darse cuenta porque seguía con su muestrario de bondades elevadas al cubo. Hasta que el de menos tacto de los tres, el en apariencia más formal le soltó en un suspiro… ¿No tienes nada que hacer? Había dado un paso hacia adelante y uno de sus brazos aparecía en ángulo recto explicando algo de la novia del mayor. Ni siquiera fue un punto de inflexión, de pronto detenido, la mirada entre bobalicona y confundida, sin reprise para convertirse en amenazante e instintivamente más torpe que violento el resuello le alcanzó para recoger la bolsa y largarse cerrando la puerta tras de sí con lo que tampoco fue un portazo. No hubo palabras entre nosotros, tampoco las posibles consecuencias eran motivo de preocupación, la próxima vez ya se le habría olvidado y volvería a entrar tal cual. Hay gente que si no es para hablar de sí no sale a la calle.

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Negocios

Existe una acepción, digamos normal, de negocio en la que se dice de cualquier ocupación o trabajo, así como del lugar o dependencia física en la que se lleva a cabo ese quehacer. Hasta aquí ningún problema, es una palabra muy utilizada y que hemos escuchado en multitud de ocasiones, o no, ¿cuántos hemos oído la palabra negocio refiriéndose a un trabajo o actividad física cualquiera? Quizás sea por eso que llegó un momento en el que yo también me pregunté por ella, cuál era su significado primero y por qué para mí contenía un matiz peyorativo del que más tarde que temprano me sorprendí en mis propios escritos.

Hay también otra acepción de negocio que, esta sí, tiene que ver con el interés propio, con el lucro o provecho obtenido como objetivo principal. Tampoco nada que objetar, en principio, si no fuera porque en la actualidad la palabra negocio conlleva, de partida y casi en exclusividad, un beneficio contante y sonante, pero no un beneficio fruto de un trabajo a medio o largo plazo, sino inmediato, de tal modo que ni siquiera parece ponderarse como necesario u obligado el tiempo indispensable para establecerse o adaptarse a un mercado -existente o no-; o asumir como normal el riesgo inevitable a la hora de intentar poner en práctica una ilusión o esa idea que a uno siempre le ha parecido atractiva, o el simple hacerse un hueco. Ya no hablo de, además y si es preciso, contratar, adiestrar y cuidar a unos empleados que, si se sienten bien tratados, asegurarán el futuro. Demasiado de todo. Hoy no hay tiempo material para cálculos semejantes, pronto suena excesivo. Y para pronto se necesitan amigos con influencia, contactos previos, la preparación y/o manipulación del mercado a tu favor y la obligada disposición de un capital inicial indispensable para solventar por la vía rápida trámites e inconvenientes administrativos y, si es posible, lograr el acceso a atajos que aseguren, antes incluso, más que la viabilidad del futuro negocio todavía inexistente, la rentabilidad del mismo en forma de demanda creada, a toda costa, hasta tal punto que si los beneficios iniciales llegan con lentitud o demasiado lentos, normal en cualquier otro tiempo o circunstancia, el propietario decida cerrarlo antes que dedicarse a fomentarlo, darle entidad y crearse un prestigio. Y ni con esas, la competencia es tan feroz y desleal que no queda tiempo del que lamentarse o recuperar. El concepto de negocio ha cambiado sustancialmente en el mundo en el que vivimos, y cualquier componente romántico adosado a su establecimiento en algún momento de la historia reciente se ha perdido por el camino. Los tiempos imponen el método y los resultados.

Hoy la palabra negocio ha adquirido un matiz especulativo que acabará atrapándola, se ha impuesto una dualidad negocio/beneficios que ni siquiera admite la opción mal negocio. O se circunscribe, en cambio y cada vez más, a una opción individual que comienza y acaba en un único dueño, de sí mismo; y si el negocio necesita de más personas se atomiza en un número interminable de propietarios que competirán entre sí y restringirán sus comunicaciones, desconfianzas y dependencias a un mínimo que tampoco genere gastos -ni seguros, ni sedes sociales ni un servicio para el aseo y limpieza del personal.

Negocio acabará siendo otra cosa, otro significado, puede que buscarse la vida, una variante de fraude o un sistema de explotación, sin florituras.

 

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Thanos y Daenerys

No es casualidad ni simple coincidencia que dos de las ficciones de la cultura popular más conocidas y seguidas a nivel mundial tuvieran un desenlace similar. Las dos últimas películas de Los Vengadores y el final de la última temporada de la serie Juego de Tronos mostraron, una vez más, de qué pasta estamos hechos, como también la recurrente monotonía de nuestros sueños.

En ambos casos el enemigo a batir, independientemente de giros de guion más o menos inesperados, eran dos espíritus iluminados por una única y obsesiva verdad, también la misma, la conquista de un mundo mejor que definitivamente pondría fin a la maldad y el caos que desde el inicio de los tiempos viene conduciendo a la humanidad por la calle de la amargura. Se da por supuesto que para proyectos de tal envergadura es esencial tener el poder, todo el poder, posesión también indispensable a la hora de ejecutar la última exigencia antes de alumbrar el paraíso soñado, la destrucción de media humanidad; tarea o pago proporcional al esfuerzo requerido para alcanzar la cima del mundo. Tanto el supermalvado definitivo como la madre de dragones (Thanos y Daenerys), se sienten puros e invencibles en su deslumbrante paranoia, aunque su empeño no alcanza a entender que el resto de los mortales no lo vean de igual modo, incluida la necesaria muerte de miles o millones de inocentes, e intenten interceder con tal de evitar el justo castigo a una secuencia de errores repetidos desde que la historia es historia; punto final antes de regalar al resto ese mundo nuevo.

Es el necesario y siempre cuestionable pago de justos por pecadores -o, como se dice ahora, los inevitables daños colaterales. La forzosa y redentora destrucción de Sodoma y Gomorra o el arca liberadora que Noé se vio obligado a construir para salvar a la humanidad de sus pecados, ejemplos ambos, entre otros muchos castigos y penitencias, que nuestro cristianismo predica como preámbulo a su celestial paraíso. O, rizando el rizo, la vida de esfuerzos y sufrimiento que hemos de afrontar por el mero hecho de nacer, pago previo antes de ascender a un cielo que, sin embargo, no existe; tal vez por eso lo sitúan después de la muerte.

Porque el poderoso, para hacerse respetar, necesita de exhibiciones ejemplares que fomenten el escarmiento, el temor y la sumisión, además de desconfiar de la clemencia, da igual si suplicada por amigos o enemigos; prima la instintiva propensión a la venganza tan característica de la especie, el tanto costó tanto hay que pagar -el ojo por ojo o la prisión perpetua. Al fin en el trono el vencedor, tal que un dios, no puede mostrar piedad o compasión porque ello significaría vacilación y debilidad, detenerse a escuchar y, en última instancia, un posible menoscabo a la magnificencia de su poder; o lo que es peor, un semillero de dudas en cuanto a la consistencia y solidez de su voluntad.

La humanidad siempre ha necesitado dioses, héroes y vencedores que la estimulen allí donde no se atreve. Superar al otro, sobresalir y si es preciso traicionar, por eso vivir es luchar, competir. Qué haríamos sin el sabor de la victoria, sin ese vencer diario al vecino de al lado.

Sin embargo y de vuelta a la ficción, una vez descabalgado el malvado de turno apenas hay tiempo para el epílogo, el breve colofón final es un futuro sugerido nada atractivo, probablemente porque en él no tienen cabida ni los héroes ni los dioses. Por eso tampoco es casual que los antagonistas y a la postre vencedores de tan arrogantes iluminados sean hombres y mujeres corrientes navegando en un mar de dudas, capaces de colaborar, ceder y compartir y entre los que siempre caben simpáticos histriones, frívolos y de buen corazón como el sufrido Tony Stark, o puteros, bebedores, inteligentes y leales enanos como el menospreciado Tyrion. Tal y como somos, son estos últimos quienes, curiosamente, nos han hecho llegar hasta aquí, aún en contra de nuestra más íntima voluntad.

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De vaqueros

Las películas de vaqueros, al margen de lo pasado, manido o abandonado del género -siempre según quien-, cuentan con la ventaja de mostrar y permitir que el espectador aprecie y disfrute, casi en estado puro, de los vicios, las pasiones y los sentimientos humanos; en ellas es posible distinguir e identificar, con claridad meridiana, comportamientos y situaciones que hoy cuesta reconocer en directo o simplemente nos negamos a asumir, además de reproducirse multiplicadas por mil. En la exculpadora confusión o interesado desconocimiento que conforma el presente, sus protagonistas, es decir, nosotros, gustan esconderse o escudarse en justificaciones infantiles, dobles lecturas -desoladoramente simples- y aglomeraciones salvadoras que tienen la mala costumbre de ubicar a los demás como pantalla o causa de la propia falta de respeto, abandono e incompetencia.

Me volvió a suceder con El jinete pálido, de Clint Eastwood. No hay nada como un pueblo de hace un siglo o siglo y medio, en el que coexisten cuatro gatos, para comprobar en estado puro el tipo de especie que somos. Un auténtico laboratorio en el que la convivencia y las relaciones entre sus habitantes no necesitan de intermediarios, abogados o aseguradoras ofreciendo soluciones exclusivamente personales; los malos, por supuesto y en su favor, tampoco precisan echar mano de ningún subterfugio, fake news o publicidad encubierta para lograr sus objetivos o hacer realidad sus deseos -entre ellos el inevitable y obsesivo poder-, y si es necesario liquidar de un par de tiros y sin pedir disculpas a enemigos o cualquiera que estorbe; también sin el engorro de tener que inventar complicados artilugios propagandísticos, programas políticos o depresiones económicas. En caso de conflicto el diálogo se establece directamente con las armas o por intermediación de algún pistolero o pistoleros que, sin advertencias previas ni presentaciones de ningún tipo -el nuevo en el pueblo-, ejecutan el trabajo por el que les pagan enviando directamente al infierno al mortal o mortales que se interpongan en el camino del malo de turno.

Aquí cada cosa tiene su nombre, que todos conocen, y las palabras un significado, en el que también todos coinciden. La dignidad es norma y ley para todo aquel que sueña con ser dueño de su presente y futuro, sin medias tintas, coartadas, disimulos ni culpas ajenas; uno afronta lo que quiere ser sabiendo que la mejor y única manera de conseguirlo es viviendo de pie, y así te lo reconocerán los demás, en caso contrario la existencia se limita a vegetar arrastrándose a los pies de otros. La ambición es ambición pura y dura, y como tal no necesita de juntas de accionistas, presupuestos, crisis ni emprendedores, como tampoco de subvenciones, sobornos, reuniones de última hora o datos de crecimiento, toda esa parafernalia inventada por malos supuestamente más sofisticados con el único objeto de seguir humillando y explotar de forma amable al resto. Las pasiones se sienten y se satisfacen dentro de lo posible, sin remordimientos hipócritas ni cobardes arrepentimientos; el amor y el sexo se disfrutan cuando se puede y el cariño se cuida y fomenta al calor de la larga y dulce mano del tiempo. Todo ello aderezado con un fondo de violencia que no permite camuflajes, fingimientos ni segundas oportunidades. Cada tipo lleva el alma dibujada en la cara, como cara a cara ha de defender sus opciones y, llegado el caso, enfrentarse a sus contrarios, sin delegaciones ni pretextos cobardes. Lo realmente vergonzoso y humillante es no asumir como propio lo que todos saben, y la mejor forma de estar con los vecinos es aceptar de buena gana, con la aquiescencia general, lo que cada uno ve en el espejo cuando se levanta cada mañana.

Hoy, sin embargo, nos movemos de un lado a otro en el interior de una atmósfera infectada en la que las relaciones humanas semejan ajustes mecánicos sin alma e interesadas relaciones de compraventa. Son millones los que malviven, creyendo vivir, de espaldas a su propia vergüenza, relegada a un inconsciente culpable del que nada se quiere saber; de vivir en el oeste ni siquiera merecerían morir de un balazo en la frente.

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La duda

No hay como hablar para saberse, escuchar para encontrar y encontrarse y dialogar para conocer, todo ello de la forma más normal y rutinaria posible, sin preámbulos ni ceremonias, tal y como sucede en tantos lugares en los que, por ejemplo, alguien se sienta a una mesa con cualquier excusa. Y a poco que la charla fluya y vayan apareciendo temas y conversaciones la cosa irá mejorando, incluidas sorpresas de última hora con las que no se contaba y afirmaciones que, también, pueden dejarnos sin voz, desgraciadamente.

Sucedió en una de esas situaciones cuando, no recuerdo exactamente el tema, alguien habló de la duda, de dudar, momento en el que uno de los presentes zanjó de forma taxativa que dudar nunca, sentencia que se vio rápidamente corroborada por otros asistentes. No intenté mediar, vistos los pocos resquicios que dejaba dicha afirmación, acompañada con el consiguiente e inflexible apoyo presencial, y mi lentitud a la hora de argumentar una alternativa consistente con perspectiva de futuro, ni siquiera de éxito.

Más tarde, a medida que intentaba buscar justificación o explicaciones a semejante máxima, mis sensaciones fueron empeorando. Los nazis tampoco dudaban. Como tampoco lo hace el títere que se inmola, llevándose por delante a cuantas más personas mejor, por una causa que desconoce o directamente falsa, mero juguete a manos de malvados resentidos dominados por un odio que son incapaces de nombrar y que los mantiene muertos en vida; como tampoco duda el ignorante que asesina a su mujer o amante porque piensa y desea por sí misma y con ello cuestiona un poder machista que el pobre tipo considera tan antiguo y justo como el mismo Dios. Existen tantos ejemplos como queramos, de individuos, grupos y organizaciones que basan su existencia en no dudar, porque dudar significa escuchar tanto a los demás como a sí mismos. Hablamos de cobardes desconfiados de una razón que desdeñan y se niegan a usar, no sea que les muestre la inconsistencia e inmadurez de su empeño, intento desesperado de encarcelar las maravillosas destrezas de nuestra inteligencia, ese órgano que solo sabe manifestarse y, llegado el caso, defenderse con razones, la mejor prueba tanto de nuestra exquisita versatilidad como de nuestro enorme poder.

Quizás sean los tiempos que corren, tiempos en los que cada vez más gente, independientemente de su origen y por puro miedo, se siente en la necesidad de anclarse a dogmas y pronunciamientos que le eviten pensar y reflexionar -¡y hasta disfrutar!- sobre lo que tienen alrededor. Tiempos en los que el mayor valor de la democracia, ese comprometerse y sentarse a dialogar para llegar a acuerdos que nos obliguen a vivir juntos al margen de orígenes y formas de pensar, es vilmente desprestigiado por quienes prefieren vegetar odiando o despreciando antes que detenerse y dejarse interrumpir, y por qué no, convencer, por quien solo tiene la palabra y sus argumentos para hablar del mismo mundo. Todo tipo de nacionalismos políticos, culinarios, costumbristas o religiosos, no merece la pena contarlos, arrogantes miserias convertidas en baluartes con pies de barro que, sin embargo, sostienen a multitudes sin otras aspiraciones que subsistir a toda costa; mejor sin pensar.

Probablemente en los orígenes de la humanidad el tipo de la cachiporra tenía pocas dudas, o ninguna, la porra y quien la empuñaba eran el mundo y la ley. Afortunadamente hubo quienes dudaron de tales argumentos, se apartaron con el consiguiente sigilo y prudencia y descubrieron, ofreciéndolo al resto, otras opciones con las que se podía vivir muchísimo mejor y sin violencia de ningún tipo, ni siquiera verbal. Indudablemente costó pero aquí seguimos.

Nosotros somos la duda, por eso precisamente creamos a Dios, para que nos salvara de ella, y nos equivocamos. Si repudiamos la duda nos repudiamos a nosotros mismos, entonces dejaremos de pensar y nos agotaremos en nuestros miedos y limitaciones, y desaparecemos, si entonces no estamos ya directamente muertos.

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Ilustres

Embarcados como estamos en periodos electorales no faltan ilustres que por bondadoso altruismo, interés propio hacia la tozuda plebe o simple negocio intentan influir en el personal a partir de posiciones de supuesto prestigio, posiciones que les conceden, siempre según ellos, la potestad -o simple vanidad- para aconsejar desde su sabia experiencia a una población que, en su santa ignorancia, anda despistada y sin saber que con su inconsciente o vehemente voto puede empeorar aún más las cosas. Estos señores disponen de perspectivas privilegiadas y por ello se creen en posesión de un conocimiento del cual el resto carece, tribunas vitalicias que ni siquiera se preocupan de revisar, renovar o actualizar; desde ellas se atreven con la piel de otros porque, en su espléndida magnanimidad, también lo creen su problema. Y porque también cobran por escribir insustanciales simplezas, solo tienen que garrapatear quinientas o mil palabras que se publican sin que nadie previamente las filtre o lea.

Tanto sabio preocupado por la salud y sensatez política de sus conciudadanos mosquea, sobre todo porque ofrecen, o aconsejan, más de lo mismo, es decir derecha neoliberal tímidamente progresista que sirve y adula a empresarios y ricos que son, evidentemente, los que disponen del dinero del que ellos viven. Porque la población de a pie, los normales, todos esos que tienen que madrugar para trabajar a cambio de un sueldo sobre el que no gustan opinar -cada cual obtiene lo que se merece, es ley de vida. Amén-, necesita que la guíen. Tampoco opinan sobre trabajar horas extras sin cobrarlas porque el sufrido empresario no quiere pagarlas -aunque sí quedarse con los beneficios que producen. En cualquier caso lo importante es abstenerse de votar a esas izquierdas que dicen querer ayudar políticamente a quien lo necesita, primero porque mienten sistemáticamente y, segundo, porque votar a la izquierda enfadaría a una derecha más habituada a mandar, y lo que es peor, eso haría que el dinero desapareciera más rápidamente de lo que habitualmente lo hace allende nuestras fronteras. Luego debemos aceptar las migajas que se desprendan de la perpetua corrupción, las habituales defraudaciones fiscales y las inversiones en fondos buitres; los ricos, ablandado el corazón por sus continuos ingresos libres de impuestos, se compadecerían de la población y dejarían algo de dinero en forma de puestos cutres y salarios miserables. Es lo que hay.

Estos señores, digamos Azua, Savater o Vargas Llosa, utilizan la prensa para pontificar día sí día también cobrando por ello, y en más ocasiones de las deseables resulta francamente penoso leerlos, no por su prosa, todavía correcta, sino por la inexistencia de temas o argumentos; simples, cuadriculados, faltos de imaginación o reaccionariamente paternales, cuando no simple y patético relleno, cero. Desde sus sinecuras periodísticas se consideran a sí mismos sabios, cuando, si realmente lo fueran, habrían entendido que hace ya bastante tiempo que deberían haberse retirado para dedicarse a disfrutar o vegetar en sus ya provectas edades. Desgraciadamente ninguno aprendió del tristemente desaparecido Sánchez Ferlosio, él si sabía cuál era su puesto. Tales timos periodísticos tampoco parecen preocupar a sus pagadores, que si fueran profesionales rogarían a tanto ilustre que se quedara calentito en su casa dejando en paz al personal.

Se imaginan qué le sucedería a cualquier trabajador, de esos que votan a las peligrosas y mendaces izquierdas, si se le ocurriera hacer mal su trabajo, probablemente el provecto empresario le pondría directamente de patitas en la calle; es la diferencia entre el que, con el culo a cubierto, se cree con derecho y conocimiento para pontificar sin que se lo pidan desde cualquier púlpito público y el que tiene que doblar la espalda para obtener con qué malvivir.

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Miedos

A estas alturas no pretendo descubrir qué significa el miedo, qué alimenta y de qué, cómo se agarra a un estómago sentido a kilómetros de distancia de la cabeza y la elemental cordura que debería conducirnos; nada más fácil, o no. Un miedo que, desde que la especie humana comenzó a caminar sobre la superficie de este planeta, ha gobernado a tantos que, sin voluntad para enfrentarse o tomar las riendas de sus propios actos, optaron por bajar la cabeza y seguir, continuar a costa de su vida y la de los suyos, sin hacer preguntas y sin admitirlas, también por miedo a reconocer su propio miedo, el oscuro motor que dirigía sus pasos. Tampoco hace falta volver a desenmascarar unas creencias religiosas, cualesquiera, habituadas a servirse del miedo con tal de mantener sojuzgados a quienes, quizás alzando la cabeza y pensando por sí mismos, hubieran sabido ver y comprender y de ese modo rebelarse contra quienes, humillándoles de forma permanente, alimentaban un miedo que no parecía de este mundo y, sin embargo, lo era más que nada. Es el miedo que, por ejemplo, también se explota en unas elecciones, esgrimiéndose como dedo acusador por parte de quien no tiene mucho más o nada que decir, tal y como siempre fue, usado a falta de razones y evidencias con tal de confirmar los temores más simples del ignorante fijándolo aún más a su yugo, al igual que lo harán con sus hijos.

Miedo con el que nos hemos habituado a vivir y por el que nos dejamos aconsejar hasta el irracional punto de consultarlo antes de dar cualquier paso; un miedo, en cambio, que ya no pretende mantener maniatadas a las víctimas mediante amenazas o jueces divinos, no porque la humanidad haya aprendido, sino porque la han hecho tan desconfiada y susceptible que necesita el miedo pegado a la piel para subsistir, personal e intransferible, materialmente profano. El cielo ya no vende, hoy, además de seguir igual de humillado, se exprime al ignorante de siempre, o consumidor, o cliente -bonito eufemismo-, o víctima, creando y fomentando miedos nada imaginativos, más vulgares, temores gruesos que ni siquiera merecen el calificativo de terrenales; elementales prevenciones y recelos inducidos que no necesitan rezos o súplicas, sino el pago por adelantado, para eso han sido inventados seguros y medicinas, un enorme e inacabable santoral que cada particular utiliza en función del cariz de su maliciosa soledad. Miedo al robo, al viaje, al asalto, a respirar, al vecino, a la pérdida, a la enfermedad, al tropiezo… miedo, en fin, a vivir que obliga a desconfiar hasta de la propia sombra previo paso por caja. Y como obedientes ignorantes pagamos por disimular nuestros miedos impuestos reconvertidos en negocio en la tierra. Miedo que también se ha trasladado al propio cuerpo, ese excepcional mecanismo creado por la naturaleza y perfeccionado por la evolución, capaz de regeneraciones imposibles, que hoy intentan mostrarnos como una piltrafa inútil, ni mucho menos autosuficiente; una naturaleza torpe y defectuosa, casi un inválido, incapaz de soportar o superar el dolor, o entenderlo y aceptarlo, como tampoco capaz de realizar las funciones más prosaicas sin alguna sustancia química indispensable para una vida vulgar y corriente.

El miedo de hoy ya no es falsamente espiritual o simplemente supersticioso, al menos ese tipo de temores dejaban libre al cuerpo en la tierra para hacer y deshacer a sus anchas, es decir, vivir; hoy ni siquiera eso, la humillación es tal que sumado al miedo a levantarse y exigir se cree y acepta sin rechistar -maldita ignorancia- que nuestro cuerpo es incapaz de desarrollar por sí mismo una vida sana si no es de la mano de adiestramientos, potingues y falsos medicamentos que acabarán por sumirnos en una inutilidad, tanto psíquica como física, de la que cada vez queda menos tiempo para lamentarse.

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A partir de Notre Dame

Notre Dame es una iglesia situada en lo que durante algún tiempo se tuvo como el centro del mundo civilizado; también una reliquia, una obra de arte y la visita turística por excelencia. Una construcción que ha venido cargando con una simbología depredadora e interesada casi siempre alejada de sus constructores. Y esa construcción es, precisamente, la que ha ardido, provocando un sinfín de reacciones, entre sentidas y completamente majaretas.

De la obra de arte quizás no hay mucho más que decir, vestigio de la capacidad humana de crear belleza como culminación de un esfuerzo colectivo cada vez más difícil de encontrar en los tiempos que corren; aunque en el fondo el objetivo del templo fuera otro, es decir, ostentar la magnificencia de un poder terrenal que tenía en las construcciones grandilocuentes la única forma de adoctrinar a una población analfabeta sometida a partir de un temor religioso que justificaba sus vidas de sufrimiento en este mundo. Nada que ver, sin embargo, a la hora de tomarla como ejemplo de excelencia, en este caso arquitectónica, belleza interpretada como fin y camino de superación de cada vida personal, por pequeña que sea.

Otra cosa es que se hubiera convertido en lugar de obligada visita para tantos visitantes que probablemente ignorarían su existencia de no haber consultado con prisas una guía turística rápida de París. Lugar de peregrinación, en cambio, para muchos otros que asimilaron en su propio beneficio una educación en la que se solía repasar la historia de la humanidad a través de sus mejores obras. También tendríamos derecho a preguntar qué sentían los en apariencia atribulados espectadores del desgraciado incendio, si la posible pérdida material del edificio o el menoscabo de su significado artístico; o, en otro contexto, la pérdida del negocio que representan los millones de turistas que abonan su cuota para hacerse la foto obligada o, ya que hablo de fotografías, la inmediatez de las miles de fotografías y vídeos que esos afortunados espectadores se encargaban de tomar para acto seguido colgar en las redes sociales con el consiguiente pie …yo estaba allí.

Como sorprendente es que en un país presumiblemente laico la gente se pusiera a rezar como única forma de ayuda… ¿a quién? Incluso ya habrá alguno escribiendo sobre ese inmemorial sustrato religioso que subyace en cada ciudadano europeo que siente el cristianismo como única verdad, genuinamente suya, por encima de tantas y tantas vidas malgastadas o arruinadas por creencias y mentiras de dudosa procedencia.

Los ricos, en cambio, no rezan ni pierden el tiempo cuando ven un negocio en el horizonte, sino que se rascan sus millonarios bolsillos a cambio de aparecer en las primeras páginas de las noticias y exigir con la otra mano, cuando finalmente la obra esté restaurada, y en tiempo record, su nombre en la consiguiente placa conmemorativa que el político de turno clavará en alguno de los muros de la catedral. Legado para la posteridad de unos nombres bondadosos que entienden esa otra forma de permanecer, porque pueden, mucho más sólida que las miserables vidas personales. Dinero que jamás habría estado disponible para salvar o aliviar vidas humanas.

Como también hay despistados, o malintencionados, que nos aburrirán con esa pastosa prosopopeya de una Europa que supuestamente Notre Dame representa, otra desfasada memez, hasta vergonzosa, porque esa Europa ya no existe, si es que alguna vez existió. Hoy Europa, su grotesco fantasma, es la política económica del Gobierno conservador alemán y el Banco Central Europeo, el resto son ganas de tomarnos el pelo, como si fuéramos más imbéciles de lo que ya somos por aceptarlo sin rechistar.

Ya puestos, y como habrá que remover infinidad de piedras para sanear los restos antes de reconstruir, se podrían buscar las tumbas de Quasimodo y Esmeralda, historia viva de la humanidad, eso sí, en versión Disney.

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Impuestos (cuestiones básicas)

Bajar los impuestos a ciudadanos económicamente ignorantes es la mejor promesa electoral -perdón, negocio- que puede hacer la derecha política.

A usted le bajan los impuestos y se ahorra cien euros que no le solucionan las cuestiones más básicas para vivir; proporcionalmente, un rico se ahorra miles de euros en impuestos -dinero con el que, por ejemplo, todos podríamos disfrutar de una educación, una sanidad y unos servicios sociales dignos y competentes- y sigue siendo rico.

Al bajar los impuestos, la hacienda pública -es decir, nosotros- dispone de menos dinero, por lo que le cuesta más sostener una educación, una sanidad, unos servicios sociales y unas pensiones decentes. Pero el número de ciudadanos sigue aumentando, lo que obliga al Estado, si quiere mantener en funcionamiento sus infraestructuras, a pedir prestado a los ricos mediante la emisión deuda pública (un rico, nacional o extranjero, prefiere prestarle al Estado el dinero que no paga en impuestos porque el Estado le garantizará unos intereses fijos y constantes, eso siempre será mejor -seguirá ganando más dinero- que crear una empresa, con todo el papeleo de instalaciones, proveedores, más impuestos y los siempre conflictivos trabajadores y sus pretensiones sociales y económicas). En España la deuda pública supone alrededor del cien por cien del producto interior bruto, luego una gran parte, o la mayor, del dinero proveniente de los impuestos se emplea en pagar los intereses de los préstamos de los ricos, que siguen ganando dinero sin necesidad de tener que construir fábricas o emprender negocios de dudoso futuro.

Los millones que no pagan los ricos gracias a subvenciones, beneficios fiscales y rebajas de impuestos los dedican a fondos especulativos e inversiones que no generan productos ni trabajo, en consecuencia sube el número de desempleados y llega un momento en el que los servicios públicos se demoran, dejan de ser eficientes y las listas de espera se alargan porque el Estado dispone cada vez de menos recursos para las prestaciones básicas. Los ciudadanos comienzan a desconfiar de un Estado que no les atiende como ellos creen que se merecen, votan a los partidos de derechas que prometen bajarles los impuestos y gastan el dinero que ahorran -si pueden hacerlo-, más lo poco que obtienen de la bajada de impuestos, en educación, sanidad y servicios sociales privados que los ricos crean con los impuestos que no pagan; luego lo que antes fue gratis ahora hay que pagarlo. Pero esos mismos ciudadanos siguen sin tener suficiente para las cuestiones más necesarias, por lo que tienen que pedir prestado a los ricos -a sus bancos-, con lo que también se endeudan a largo plazo, tal y como hace el Estado.

Con un Estado endeudado y unos ciudadanos endeudados el futuro no es para soñar… ¿dónde habrá que buscar trabajo si no se crean nuevos puestos? ¿cómo nos ayudará y protegerá el Estado si el poco dinero del que dispone lo dedica a pagar intereses de la deuda?

Más, los ricos tienen cada vez más dinero -invertido en negocios especulativos que son mucho más rentables- que legan a sus descendientes porque también se ahorran los impuestos de transmisiones. El resto de la población solo tiene deudas que legar a sus hijos.

 

Concluyendo, existen tres salidas para esta situación. 1ª Un Estado cada vez más débil acaba quebrando, por lo que ya no hay pago de deuda ni servicios públicos que mantener; cada cual se busca la vida. 2ª Los ciudadanos se hartan de ser explotados y menospreciados y exigen un cambio de política con respecto a los ricos utilizando los medios que consideren necesarios para ello. 3ª Como a los ricos les interesa seguir percibiendo sus intereses y, llegado el caso, volver a prestar comprando más deuda que pague intereses atrasados, mantendrán un Estado mínimo que, despreocupándose cada vez más de servicios públicos y ciudadanos, al menos sea un fiel pagador que les asegure sus enriquecidos futuros (de eso iba la prima de riesgo ¿se acuerdan?). Sírvase usted mismo.

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