Negocios

Existe una acepción, digamos normal, de negocio en la que se dice de cualquier ocupación o trabajo, así como del lugar o dependencia física en la que se lleva a cabo ese quehacer. Hasta aquí ningún problema, es una palabra muy utilizada y que hemos escuchado en multitud de ocasiones, o no, ¿cuántos hemos oído la palabra negocio refiriéndose a un trabajo o actividad física cualquiera? Quizás sea por eso que llegó un momento en el que yo también me pregunté por ella, cuál era su significado primero y por qué para mí contenía un matiz peyorativo del que más tarde que temprano me sorprendí en mis propios escritos.

Hay también otra acepción de negocio que, esta sí, tiene que ver con el interés propio, con el lucro o provecho obtenido como objetivo principal. Tampoco nada que objetar, en principio, si no fuera porque en la actualidad la palabra negocio conlleva, de partida y casi en exclusividad, un beneficio contante y sonante, pero no un beneficio fruto de un trabajo a medio o largo plazo, sino inmediato, de tal modo que ni siquiera parece ponderarse como necesario u obligado el tiempo indispensable para establecerse o adaptarse a un mercado -existente o no-; o asumir como normal el riesgo inevitable a la hora de intentar poner en práctica una ilusión o esa idea que a uno siempre le ha parecido atractiva, o el simple hacerse un hueco. Ya no hablo de, además y si es preciso, contratar, adiestrar y cuidar a unos empleados que, si se sienten bien tratados, asegurarán el futuro. Demasiado de todo. Hoy no hay tiempo material para cálculos semejantes, pronto suena excesivo. Y para pronto se necesitan amigos con influencia, contactos previos, la preparación y/o manipulación del mercado a tu favor y la obligada disposición de un capital inicial indispensable para solventar por la vía rápida trámites e inconvenientes administrativos y, si es posible, lograr el acceso a atajos que aseguren, antes incluso, más que la viabilidad del futuro negocio todavía inexistente, la rentabilidad del mismo en forma de demanda creada, a toda costa, hasta tal punto que si los beneficios iniciales llegan con lentitud o demasiado lentos, normal en cualquier otro tiempo o circunstancia, el propietario decida cerrarlo antes que dedicarse a fomentarlo, darle entidad y crearse un prestigio. Y ni con esas, la competencia es tan feroz y desleal que no queda tiempo del que lamentarse o recuperar. El concepto de negocio ha cambiado sustancialmente en el mundo en el que vivimos, y cualquier componente romántico adosado a su establecimiento en algún momento de la historia reciente se ha perdido por el camino. Los tiempos imponen el método y los resultados.

Hoy la palabra negocio ha adquirido un matiz especulativo que acabará atrapándola, se ha impuesto una dualidad negocio/beneficios que ni siquiera admite la opción mal negocio. O se circunscribe, en cambio y cada vez más, a una opción individual que comienza y acaba en un único dueño, de sí mismo; y si el negocio necesita de más personas se atomiza en un número interminable de propietarios que competirán entre sí y restringirán sus comunicaciones, desconfianzas y dependencias a un mínimo que tampoco genere gastos -ni seguros, ni sedes sociales ni un servicio para el aseo y limpieza del personal.

Negocio acabará siendo otra cosa, otro significado, puede que buscarse la vida, una variante de fraude o un sistema de explotación, sin florituras.

 

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