Las noticias

A estas alturas del invierno no hay tiempo para gripes, quizás porque el invierno, apiadado de nuestra oculta y disimulada preocupación, ha decidido ser benévolo, aunque si se hubiera dedicado a lo suyo quizás no habría habido tiempo para cuestiones lejanas que según las noticias no son tales; es lo que tiene la globalización, esa palabra de significado difuso que no siempre percibimos en nuestra vida diaria, a no ser porque los chinos se han multiplicado, tantos como supermercados, incluso más. Es por eso por lo que las noticias nos suenan más cercanas, todos tenemos un chino al lado, un tipo siempre silencioso -apenas hay mujeres- que sorbe un austero café en una esquina de la barra del bar; de los pocos que pueden verse en tiendas y bares, porque no comen, ni beben, ni parecen vivir, luego ese debe ser extranjero, es decir, está de paso, todavía no ha tenido tiempo de establecerse. Se me ocurre que quizás esos sean los peores, vienen directamente de allí, acaba de llegar ¿a saber con quién ha estado en contacto? ¿desde cuando anda por aquí? Y lo que en otras circunstancias pasaría desapercibido concita la atención del grupo, precisamente cuando, en la televisión que no calla a nuestra espalda, nuevas noticias sobre la epidemia, que definitivamente ya es mundial, hacen converger nuestras miradas en el silencioso chino; pero, no está solo, pues en una mesa contigua otros dos apuran sendas tazas de café, luego, era cierto, estos acaban de llegar. Apenas unas tímidas risas al primer comentario sobre su presencia en la plaza de aquel pueblo, lo que quiere decir que ya no te puedes fiar, algo de eso debe ser la globalización, un chino estaba allí y en cuestión de horas lo tienes en el bar de la plaza tomándose un café, cuando probablemente venga de la zona cero de la epidemia, o tenga un familiar directo del que se despidió antes de salir de allí. Pero no, no puede ser, ¿cómo van a llegar hasta aquí, precisamente hasta aquí? La televisión vuelve a poner en conocimiento del personal lo poco que por el momento se puede hacer ante una epidemia de esta envergadura, y ahora no se trata de una sala de cine, es el mundo real, y vienen a la cabeza esas escenas de no sé qué película en las que sobre un mapa mudo de la tierra comienzan a cruzarse líneas y líneas, y lo que en principio son un par en cuestión de segundos se convierte en una intrincada maraña que le dice al espectador que nadie está a salvo hoy. ¿Entonces, qué queda hacer? Tal vez reírnos de nuestros propios disparates, poco más, para esas cosas nadie es inmune, estamos completamente desasistidos, no existen medios para paliar tal propagación; puede incluso que no esté controlada y las noticias mientan, y en lugar de los cientos de muertos sean ya miles; porque no se debe alarmar a la población si antes no están listos los medios para intentar sofocarla del mejor modo posible, aunque el mejor modo sea que nadie sabe el modo. Bueno, pues que cesen los vuelos internacionales, que se pare el comercio, que no haya viajes, ni compraventas, ni turismo, ni negocios de ningún tipo, que cada cual permanezca en su reducto el mayor tiempo posible, que alguien calcule una cuarentena mundial razonable en la que cada individuo limite sus movimientos a un radio de cuatro o cinco kilómetros, hasta que, pasado ese tiempo, el mal pueda aislarse y combatirse médicamente. ¡Uy! ¿qué va a ser entonces de este mundo, del comercio, y de la globalización? Menos mal que el dinero podrá seguir moviéndose y creciendo, ese aguanta lo que le echen.

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Deprimente

Deprimente, fue la primera y única conclusión de un chaval de veinte años tras la lectura de lo escrito a raíz de la muerte de George Steiner, al parecer no había más, ni curiosidad por quién era el tipo fallecido, por qué es o fue importante, en qué consistía su felicidad, la mesa, el café, los libros, hablar, escuchar o qué hay en la música que él desconociera. Y probablemente llevara razón, ese no es su mundo -este, que ambos compartimos, puesto que hablaba en presente-, el suyo lo gobierna la pujante insolencia de la juventud, la plenitud física, el descaro y, llegado el caso, el completo apasionamiento o la desesperación, o el más trágico desgarro, provocados por sucesos de lo más triviales o que, desde otra perspectiva, admitirían respuestas y soluciones más solventes, o quizás más sensatas y razonables.
Probablemente el muchacho tuvo más en cuenta, o tal vez tomó como ofensa, esas últimas afirmaciones respecto de la ansiedad y el desánimo que les traen de cabeza y que, siempre según ellos, nada tienen que ver con su edad; aunque sean cuerdas que tensan sus propias vidas.
Si uno mira la historia no ve a nadie en particular, como si no hubieran -en un futuro próximo será hubiéramos- existido; ha habido épocas mejores y épocas peores, tipos que sobresalieron, que todavía hoy conocemos, sin que sepamos la letra pequeña de por qué o gracias a quién. Quien tiene suerte y viene al mundo en una buena época probablemente vivirá bien, quiera o no quiera contarlo, en el fondo no era nadie; si, por el contrario, le toca una mala época tendrá que aguantar y desear que el trago pase pronto, en este caso nadie echará de menos sus cuentos, otro más. Entonces ¿por qué no pasar de épocas e historias y dedicarse a disfrutar? ¿por qué hay que ser diferente al resto? Es lo que hay.
Pero, porque hay un pero, en este caso es distinto, a diferencia de otras épocas y generaciones sucede que en la actualidad existen medios y modos -masivos sería quedarse corto- dedicados en exclusiva a inducir y saciar esa ansiedad y resolver de la forma más simple el desánimo entre la parte más joven de la sociedad; el objetivo último es implantar un conformismo infantil, egoísta y caprichoso que ha de durar toda la vida. Se dedican millones de dólares a negocios que tienen por objeto que esa ansiedad no desaparezca jamás, que el desánimo, antes que motivo para una reflexión autocrítica, sea el punto de partida de otro salto hacia adelante, hacia un objetivo ahora más fácil, de pronta satisfacción, tan insignificante como pasar un nivel en cualquier juego, suficiente para recargar las pilas y volver a instalarse en la carrera de no parar con tal de no pensar, no toca.
Una felicidad casi completa -el casi sí es importante, aunque haría falta más dinero; pero lo de independizarse puede esperar. Mientras, siguen pasando los días, meses y años sin querer darse cuenta de que pasan -porque preocuparse no es lo suyo; tal vez en eso no les falte razón-, permanentemente embarcados en esa infinidad de submundos creados específicamente para ellos por esos otros adultos, más listos y mucho menos bocazas y cansinos de lo que pueda ser yo, que no tienen por qué salir en pantalla si consiguen, a cargo de engordar sus negocios, tenerlos cogidos por los huevos (o por los ovarios; si puede decirse así) las veinticuatro horas del día. Como dice mi cuñada… ¡¡qué fuerte!!

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Steiner

Como si una de las salas más espaciosa e importante del pasado siglo XX se hubiera cerrado de forma definitiva, y digo definitiva porque él era el siglo, representaba tanto su belleza como su complejidad, su viva cercanía y las sombrías consecuencias de su horror. Nadie como él podía hablar y hablar de todo lo que la pasada centuria ha significado y significa para la humanidad de hoy, de las innumerables y profundas raíces que, prolongándose a lo largo de la historia, nos han situado en lo que en la actualidad somos, una humanidad secuestrada que cada vez tiene menos idea de lo que es ni hacia dónde se dirige; que, obsesionada por no tener tiempo para tener tiempo, ignora lo que está perdiendo.
Probablemente la noticia de su desaparición pasará desapercibida para una gran mayoría de aquellos que, sin saberlo, fueron el objeto último de su trabajo, tantos que han tenido y todavía hoy tienen al alcance de la mano esa inmensa felicidad que, en exclusividad propiedad, cualquier representante de la especie humana puede proporcionar a sus semejantes, cercana, minuciosa y delicada en su práctica, al tiempo que infinita e universal en sus logros. Para George Steiner la patria estaba en cualquier lugar en el que tuviera a su alcance una mesa, un café y unos libros, y la felicidad era completa si enfrente podía encontrarse con los ojos de alguien con quien hablar, al que escuchar y que a la vez escuchara, completando una ceremonia íntima e intemporal en la que se ponía en juego todo lo que de sí ha dado la humanidad hasta hoy. Cada palabra dicha, cada palabra escrita, cada nota tocada abrían las puertas a un gigantesco solo armónico al que cualquier persona podía acceder si era capaz de detenerse, sentarse y disfrutar escuchando.
Tampoco saben de él, y me temo que desgraciadamente no sabrán, los niños, una de sus últimas preocupaciones, millones secuestrados por una educación que en el fondo les desprecia, sujetos inocentes concebidos para encajar en procesos educativos que son antes y más importantes que ellos, una mareante y compleja sucesión de técnicas y ordenaciones docentes producto de mentes obsesionadas con el método y los resultados. Víctimas inocentes de cerebros programados y programáticos más preocupados por adaptar al sujeto vivo a su deriva sistémica y pedagógico-instrumental que obsequiarle con el disfrute de las vastas creaciones humanas; mundos que poco a poco van siendo condenados al olvido en aras de una instrumentalización vacía de contenidos concebida para engendrar y perpetuar una infancia que, desde la más temprana edad, es conminada a crecer sintiendo como propias la ansiedad y el desánimo de adultos derrotados.

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Derechos

Cualquier uso de la palabra derechos que no tenga que ver con posiciones o movimientos en el espacio de cualquier objeto, animal o vegetal queda reducido en exclusividad a la especie humana, única en el universo vivo conocido que tiene conciencia, es decir, la facultad para sentirse presente en un lugar y en una realidad concreta, además de con capacidad para organizarse de forma más o menos razonable en todos los aspectos de su vida, a lo que unir la potestad para llevar a cabo legítimamente todo lo conducente a los fines que uno mismo sea capaz de elegir.
No existe ningún otro ser vivo que posea tales cualidades, ni por aproximación. Se trata de que ninguna piedra tiene conciencia de ser piedra y vivir en un mundo de piedras, como tampoco la tiene un león, un gato, una lechuga o una ballena, es lo que hay. Los animales se mueven por instintos transmitidos genéticamente, a lo que sumar una inteligencia elemental basada en destrezas, habilidades y experiencias que pueden llegar a pasar de generación en generación, nada que ver con la comprensión o el entendimiento. Un animal puede llegar a asociar A con B, y aprender que de esa asociación se obtiene C, será capaz de memorizarlo, transmitirlo e incluso perfeccionarlo y, llegado el caso, repetirlo con total naturalidad tantas veces como precise; pero nunca se peguntará ni entenderá qué son A o B, por qué se dan, con qué objeto, en qué otros procesos pueden utilizarse, cómo modificarlas, mejorarlas o directamente eliminarlas a cambio de nuevas creaciones más elaboradas o complicadas.
Luego, cualquier intento de atribución de derechos a un ser vivo que no sea un ser humano está fuera de lugar, es un error de bulto que carece completamente de sentido. Se trata de una mala práctica del lenguaje por parte de personas tremendamente básicas, o egoístas, y en cualquier caso solo sirve para enrarecer y confundir aún más las relaciones humanas
Otra cosa muy distinta es valerse, hacer uso, emplear o utilizar, como viene haciendo la especie humana desde hace milenios, a los animales por necesidad, conveniencia o directamente capricho, beneficiándose de su compañía, de su fisiología y esfuerzo cuando están vivos y aprovechándose de su cuerpo cuando mueren. La forma en que lo hagamos, los medios que utilicemos, la cantidad de ejemplares de la que nos valgamos y el modo de hacerlo son cosas distintas, se trata de un tema completamente diferente en el que priman los deseos y el objetivo humano final perseguido. Respecto de esto cabría preguntarse si cantidades, medios y modos son correctos o adecuados, más o menos crueles, prescindibles, evitables o directamente eliminables; en última instancia se trata de alterar la realidad inmediata del animal en función de un beneficio que la especie humana considera importante para sí misma, no lo olvidemos, y en el momento que se da esta opción el animal deja de ser respetado y de tener entidad como ejemplar libre e independiente.
Quien, por ejemplo, es capaz de obligar a un perro a vivir, comer y defecar cómo y cuándo al amo le apetezca -obviando por completo la naturaleza del animal-, de arrastrarlo del cuello impidiéndole moverse libremente o, peor aún, directamente castrarlo porque cuando entra en celo arma mucho escándalo en el vecindario -creando una especie de animal/zombi incapaz de vivir en libertad, que morirá triste y desorientado a las primeras de cambio- no tiene ningún derecho -ahora sí es pertinente- a hablar de nada que tenga que ver con animales. Su egoísmo, o peor aún, su soledad, lo inhabilitan para otra cosa que no sean su ombligo y sus narices.
Cuando se habla de derechos de los animales, o se exigen, se está cometiendo una barbaridad de la que la propia especie humana no puede salir bien parada. Si hay personas que exigen derechos para los animales mientras aceptan que todavía haya en esta tierra individuos de su propia especie que no los tienen ni jamás los tendrán algo no funciona como es debido. Mas nos valdría limpiar nuestra conciencia obligándonos hacia nuestros semejantes que necesitan ayuda en lugar de desviarla vergonzosa y egoístamente hacia unos animales que al margen de su uso humano como objetos no tendrían cabida en la naturaleza.

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La radio

Para muchas personas las mañanas son la radio, tener algo que escuchar, desconfiadas o temerosas de cualquier silencio que al final acaba pareciendo cómplice, incómodo o sospechoso, mejor si se sortea con algo más que mala música, alguna voz en presente, tanto como uno lo está en esos momentos, hasta el punto de llegar a hacerse indispensable. La radio, pues, acaba convertida en simple compañía para mucha gente cuando tal vez la radio pretende algo más, y lo consigue, en algunos casos con más pena que gloria. Vayas donde vayas y estés con quien estés se repiten voces y emisoras, e inconscientemente comparas e incluso llegas a alarmarte; saltas de una a otra e inmediatamente te sorprenden o inquietan las diferencias, entre ellas las voces de un hombre y una mujer, el al parecer archiconocido señor Herrera y la no tanto, creo, señora Barceló.
Y lo que comienza como una simple e inevitable comparación de un entretenimiento del que se echa mano con tal de pasar las horas, acaba convertida en una crítica de dos declaraciones de principios sobre el papel irreconciliables. Una, la del tipo, machista y chulesca, tan clerical como reaccionaria, intolerante e irrespetuosa, grosera, vulgar, servil y casi violenta; la otra, la de la mujer, mucho más profesional, sobria y elegante, tolerante, femenina, respetuosa, inteligente, crítica y difícil -por dejar al oyente la parte que le corresponde.
Ignoro que influencia tienen los propietarios de las respectivas emisoras en el trabajo de quienes no dejan de ser empleados. En el lado del señor Herrera (COPE) el locutor ejerce de perro ladrador -la fiel voz de su amo, Iglesia católica y derecha más intransigente-, con constantes gruñidos y ladridos, insultos y faltas de respeto contra quienes opinan diferente de la mano que le da de comer; en el lado de la señora Barceló (SER) priman la independencia y la profesionalidad respecto de unos propietarios y una audiencia mucho más sensata e informada, limitándose la presentadora a dirigir, introducir, moderar y comentar -si viene al caso-, permaneciendo voluntaria y conscientemente en un segundo plano, en ocasiones se diría que parece que no existe.
¿Y qué tipo de audiencias padecen o sostienen a cada uno de ellos? En el caso de la COPE la calidad de la audiencia la marca el tono tabernero y desafiante del propio locutor, prima en el programa una especie de caudillismo chabacano por parte de un tipo narcisista incapaz de comentar una noticia sin añadir un eructo de su propia cosecha, hasta el punto de que, tras tanta zafiedad, odio contenido y maledicencia, uno no recuerda cual era la noticia o a cuento de qué venia aquello. Se suman al corro una camarilla de colaboradores o aduladores de criterio desconocido dedicados a celebrar y jalear las groserías del jefe, al que no osan llevarle la contraria, ni siquiera con un comentario u opinión diferente; no faltan carcajadas y risotadas colectivas, más bien algo babosas e impostadas, supuestos guiños a un oyente muy básico amigo de jocosas complicidades que en muchos casos son evidentes faltas de respeto. En un ambiente así la noticia no se escucha, no interesa, es la excusa para la exhibición de un huero caudal de labia y mala fe -obediencia obliga. Se trata de lanzar al aire una serie de valoraciones y conclusiones tan falsas como interesadas, supuestos inventados, casposos prejuicios y posicionamientos políticos y religiosos retrógrados e insultantes directamente dirigidos al estómago del incauto oyente, vertiendo en él una bilis ponzoñosa que induce al odio y la ira más que al sensato uso de la razón. El oyente de este tipo de radio ha de ser forzosamente alguien con una educación más bien básica -una persona normal no aguanta tantos insultos y basura radiofónica-, tipos habituados a llanezas de bar y parroquia que confunden familiaridad con falta de respeto, con problemas de criterio propio, necesitados de opiniones y comentarios previamente ya masticados y digeridos; personas ávidas de integración, aunque sea a costa de odiar y despreciar a quienes opinan diferente.
Del otro lado, en cambio, apenas existe el locutor, sí la voz que dirige un programa en el que, previamente seleccionada y presentada la noticia, se multiplican las opiniones y puntos de vista, en muchos casos apoyados en datos y matices que exigen una atención despierta y criterio propio a la hora de entenderlos, aceptarlos o asumirlos; se cultiva una fina ironía que nada tiene que ver con el chiste fácil, faltón y grosero, cuestiones que requieren una audiencia más educada, inteligente, informada y con espíritu crítico a la que se le exige un esfuerzo extra que no todo el mundo está dispuesto a poner en práctica. Priman la noticia y la profesionalidad por encima de todo, la concesión de la palabra, el reconocimiento de la opinión experta, la imparcialidad, el respeto hacia el oyente y los colaboradores, la densidad en la información y los comentarios, con un constante aporte de antecedentes y detalles que en ocasiones cuesta valorar en toda su amplitud. Una forma de hacer radio que, después de haber desplegado toda una panoplia de pormenores e informaciones, directa e indirectamente relacionadas con la noticia, dejan siempre al oyente la última palabra a la hora de juzgar aquello que acaba de escuchar.

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Cine

En el cine internacional del pasado año parecen destacar cuatro o cinco películas por encima del resto, 1917, la soporífera Historia de un matrimonio, el último y en exceso estereotipado Tarantino, la genial metáfora que es Joker y su punzante e inconveniente crítica de un mundo tan falso e hipócrita como cruel -para mí la mejor-, en la que va incluida la magnífica interpretación de Joaquin Phoenix, y, por último, la para muchos estupenda El irlandés. Y es de esta última de la que pretendo hacer un punto aparte que me parece interesante.
El irlandés es Martin Scorsese en estado puro, el tema, su forma característica de narrar y los intérpretes; pero para quien conozca y guste del director, como es mi caso, hay consideraciones sobre la película que dejan demasiados interrogantes abiertos, interrogantes que, en mi opinión, acaban penalizando el resultado final. No se trata de que la película haya sido producida por una cadena de televisión de pago y distribuida vía internet, excepto para aquellos afortunados que hayan podido verla en las pocas salas en las que se llegó a proyectar; si influye, en cambio, y creo que para mal, su excesiva duración, tres horas y media en las que el espectador tiene tiempo para, en un exceso de situaciones, planos y secuencias similares, encontrarla monótona y previsible. A lo que sumar unas caracterizaciones en las que, en lugar de rostros vivos de personajes, se muestran fisonomías demasiado rígidas y algo acartonadas, sobre todo los personajes principales que interpretan Robert de Niro y Al Pacino.
Tal y como sucede, por ejemplo, con la pintura o la música, manifestaciones artísticas que generalmente se atienen a una serie de formatos típicos o estándar a la hora de dar a conocer la obra creada definitiva -sin querer decir con ello otra cosa que la necesidad u obligación de elegir unas hechuras, formas y dimensiones en las que enmarcar ideas y creaciones-, en el cine ocurre algo similar, siendo la duración de entre noventa y ciento veinte minutos el formato que un espectador tipo aguanta sentado en una butaca sin perder la atención de lo que está viendo; en este caso ha sido el propio medio cinematográfico el que ha venido estableciendo esta tipología, luego puede decirse que primero fue el formato y después la capacidad de atención y concentración del espectador la que acabó adaptándose al producto ofrecido. De hecho, hay tareas cinematográficas, como el trabajo de montaje, que definen de forma significativa el resultado final, logrando una delicada síntesis entre silencios, negros, planos y escenas de la que depende el éxito o no de la obra resultante. Y en El irlandés la duración y repetición de escenas, que poco o casi nada aportan al desarrollo del tema, acaban cargándose la película; se incluyen un exceso de horas de grabación que, sí, muestran cara a cara a gigantes de la interpretación haciendo lo que mejor saben, pero, en cambio, consiguen con ello que el espectador se remueva en su butaca impacientándose porque le cuenten algo más o que aquello directamente acabe.
El cine es lo que es y el espectador actual disfruta del cine tal y como la industria le ha habituado a hacerlo. Que las nuevas opciones de producción y distribución cinematográfica dispongan de más medios y costes más bajos puede que condicione el cine a partir de ahora, pero, en cualquier caso, necesitarán un espectador que pueda admirar y disfrutar el resultado final, y todo espectador dispone de un fondo de atención que la pantalla ha de mantener vivo, de eso se trata, no de aburrir a las piedras a costa de un exceso de metraje. Siempre hay horas de grabación y material sobrante que son eso, material sobrante. De no ser así y si a partir de ahora todo lo grabado ha de ser incluido en un exceso de planos y secuencias que nada aportan al desarrollo del guion principal -solo más imágenes- entonces tendríamos que empezar a hablar de otros formatos, tal vez de series, pero las series no son estrictamente cine, aunque los medios y la realización sean prácticamente los mismos; pero, repito, no son cine tal y como hasta ahora lo conocíamos, requieren otra predisposición, otras formas de atención, u otro tipo de espectador. Hablamos de otra cosa.

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El mar

Hace años del comienzo de este alejamiento periódico, huida o hartazgo de una tradición que se atragantaba incluso semanas antes de llegar. Esa tradición reaccionaria y traicionera que a tantos asfixia y a tantos sirve de tabla de salvación para no morirse de asco. Reuniones, comidas, discusiones y apariencias condensadas en una última noche del año que, de nuevo, pintaba igual de rancia que la anterior. Lo que no es óbice para que, vistas desde la perspectiva del paso de los años, las haya habido más o menos pasables, calamitosas e incluso memorables; no dejamos de ser nosotros mismos, tanto el decorado como los decoradores, a pesar de que nos parezcan impuestas. Pero, bueno, esa es otra discusión. Tampoco era cuestión de salir pitando vía agencia de viajes.
Se me ocurrió el mar porque siempre me ha gustado el mar, un mar abierto, de playas largas y anchas, tanto daba si gris o soleado, plácido o violento, nada que ver con un mar domesticado o de consumo. Mar que, también este año, se ha repetido y que, como en otras ocasiones, ha vuelto a remolonear a la hora de admitirme, luego el problema seguía siendo mío.
Hasta esa mañana que, a solas los dos, sonó un clic, mejor, hice clic y cada cosa regresó a su sitio de forma tan sencilla como natural. Ante un rumor y un oleaje en los que al fin me reconocí sin interrupciones todo volvió mágicamente a encajar como si fuese nuevo; estaba listo, cada parte de mí asentada donde siempre había estado pero ya no era igual, en cierto modo el mar me devolvía a mí mismo. Otro año ante esa magnífica y poderosa dignidad que nunca descansa, esa incesante determinación en la que te pierdes con suma facilidad sin necesidad de comprender, ni interpretar; ni siquiera disfrutarlo. Una incansable humildad que el mar impone sin avasallarte, este soy yo y ese de la orilla eres tú, de nuevo, date la vuelta y vuelve a tus cosas, yo seguiré aquí.

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Lo que queda

Me acusaban con cariño de finalizar casi siempre mis letras de forma descorazonadora o con un poso amargo después de leer lo último que se me había ocurrido a partir de ese punto de vista tan particular o personal que tiene por costumbre fijarse en lo más pequeño o inadvertido que sucede a mi alrededor sin que por mi parte pretenda oscurecer las cosas más de lo que habitualmente se muestran a la vista de todos como tampoco era ni es mi intención señalar ni acusar a quien o quienes pretenden vivir libremente y sin que ni mucho menos olvide la sagrada condición de respetar hasta la última mota de polvo del universo que nos contiene sin menoscabo del común derecho a opinar respecto de todo lo que acontece ante la pequeña luz de mis ojos como primer acto o aliento de quien disfruta sintiéndose vivo y entre iguales además de atrapado en el placer y la felicidad de poder estarlo mientras dure y a sabiendas de ser otra insignificancia más que sabe de sí misma porque se entiende entre y con sin que eso signifique más o sobre y con capacidad para hablar de todo sin olvidar ni echar en saco roto la propia ignorancia como principal garantía de una bendita limitación perdurable que ni nos encumbra ni nos rebaja porque en ningún momento tampoco me olvido de esa íntima poquedad convertida en razón de ser a la hora de ver y sentir como otro esforzado o víctima más entregada a consumir días sin otro beneficio que saberme único y afortunado en mis precarias posibilidades que ni mucho menos significan humillado pero sí agradecido por cada rayo de sol con el que tropiezo y saboreo con la certeza de que no me hace ni mejor ni peor sino quizás más estúpido o más hábil por releer y detenerme en lo que nunca tiene fin comparado con la propia brevedad de la que no pretendo obtener otra cosa que respeto y comprensión por esa fortuna que al parecer otros muchos han decidido y deciden ignorar o simplemente no se sienten en la obligación de utilizar con tal de sentirse más vivos si cabe y a su pesar amén de solidariamente reconvertidos en humanos de carne y hueso dueños de sus propios pasos tanto para encauzarlos hacia objetivos felices o comunes como para el propio infortunio de equivocarse al pretenderse pequeños tiranos ensoberbecidos en un precario y minúsculo yo del que desconocen la mayoría de sus bondades porque creen en ese sospechoso y traicionero orgullo como motor cuando solo es soberbia y arrogancia que se desentiende de una humana y visceral convivencia desprestigiada con menosprecio a costa de no advertir el valor de lo igual en los demás como un enorme y feliz reflejo colectivo que nos enaltece como especie a pesar de que en muchos casos nos guste creernos por encima cuando de la humildad de nuestros propios pasos dependen las sonrisas de este presente pronto convertido en pasado como lección para un futuro que solo es o debería ser amor.

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Clima

Fueron más las noticias y la información -siempre dudosa, torticera e interesada- antes de su celebración que después de la misma, probablemente excesiva u obligadamente necesaria; siempre se puede imponer un hueco en el que insertar publicidad. Mientras se suspendía en el país que la debía acoger y volvía a reorganizarse en Madrid no se hablaba de otra cosa, aunque el clima, a pesar de la trascendencia que pretendía dársele, no parece tan importante, hablamos a muy largo plazo, tanto que probablemente no lo veamos. Después silencio, ya nadie recuerda los problemas políticos y sociales en Chile -han desaparecido de las primeras páginas misteriosamente-, ni las prisas de última hora por trasladar la organización a España, ni siquiera la celebración misma que, salvo por cuestiones puntuales o anecdóticas, pasó con más pena que gloria -probablemente lo más importante fue que Harrison Ford acudió a Madrid para intentar influir en algún posible acuerdo final. También ha desaparecido, como si se la hubiera tragado la tierra, la muchacha sueca que acaparó portadas y comentarios -muchos babosa y zafiamente contrarios- y su esfuerzo por concienciar, a quienes tienen parte en esto, de la necesidad de pasar a la acción respecto a las condiciones climáticas terrestres actuales y su previsible y nefasto futuro.
Nada más, por aquí hoy llueve porque toca y la Navidad está a la vuelta de la esquina, ahora prima la lotería y el clima puede esperar, como lo ha venido haciendo y lo hará por mucho más tiempo; interesa para que advenedizos del espectáculo monten el suyo propio en las secciones meteorológicas de las cadenas televisivas. Sí hubo una cosa que trascendió de aquella lejana conferencia mundial, pero no fue un comunicado general firmado por un gran número de países, sino la falta de acuerdo a la hora de organizar un mercado mundial del CO2 -otra vez la economía de los grandes números digitales. Se perdió la oportunidad de hacer negocio, por parte de los mismos de siempre, a costa de la pobreza de, también, los mismos de siempre. Si quienes dirigen este mundo no pueden seguir invirtiendo y ganando dinero, en este caso a costa de las emisiones de CO2, no hay acuerdo que valga; vuelta al punto de partida, dinero y tiempo desperdiciado, o no, probablemente hubo quienes se lucraron con la organización de la conferencia.
Greta Thunberg habrá regresado a su casa, tal vez en catamarán, qué mas da, ya no es necesaria. Está lloviendo, lo que es bueno para el campo, llega el tiempo de comer y beber, y consumir; luego, por Enero, cuando regresemos a nuestra rutina condenatoria particular, entre gimnasio y aburrimiento, quizás habrá tiempo de hablar del clima, algo con lo que entretener los días hasta las siguientes vacaciones, para las que, esas sí, ya tocará buen tiempo. Qué le vamos a hacer, los que vengan detrás que hagan lo que puedan.

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Goya

No se trata de descubrir a Francisco de Goya, ni creo que sea ese el objeto de la exposición, aunque si lo consigue con algún despistado bienvenida sea; sin embargo, la breve muestra de dibujos de Goya que se expone en el Museo del Prado es suficiente para hacerse una idea de la magnitud del artista, no ya solo por la destreza de una mano prodigiosa con los lápices, sino por la, aún hoy, sorprendente modernidad de sus líneas y trazos. Lápices capaces de retratar con extraordinaria fidelidad el objeto o motivo que el autor tuviera en su mente o directamente ante sus ojos, así como de aventurar, con breves, audaces y hasta violentos trazos, cualquier tema o idea que, gracias a una portentosa y certera exhibición de talento, acaba convertida en una realidad apabullante.
Pero hay otra faceta, al margen de las cualidades artísticas e históricas de la exposición, igual o tan importante como la propia obra, y es la representación en toda su crudeza del carácter de un pueblo. Una sucinta representación que, en el hipotético caso de que un marciano parase por aquí y tropezase con ella, le haría salir con una opinión tan contundente como alarmante de la escabrosa vida y milagros de los tipos y costumbres que aparecen representadas sobre el papel. No obstante, me atrevo a aventurar que, en nuestro favor, hemos de agradecer que el paso del tiempo haya suavizado muchos de los comportamientos, reacciones y ejemplos de los antepasados que cuelgan en las paredes de la exposición, lo que no quita que todavía hoy quede bastante del fondo que movía a esos personajes, el auténtico y último motivo que Goya pretendía mostrar con su obra.
La propia voluntad y el corazón del autor son quienes dirigen su mirada hacia un pueblo del que se siente expulsado, ajeno a unos compatriotas empeñados en las antípodas del carácter y la personalidad del pintor. Y es en ellos, en sus vidas, donde ve esa violencia -hoy aparentemente contenida o transformada en pura cobardía-, la misma hipocresía -aún igual de contante y boyante-, el escaso y cicatero juicio -que también en la actualidad sigue desconfiando y despreciando el uso de la razón-, su tendencia al desafío -del que también es ejemplo la presente situación política- y la fácil tendencia a la pendencia -hoy desprestigiada en patético fanfarroneo-; o la alegría -que en más ocasiones de las deseadas roza el esperpento-, el escarnio permanente de la inteligencia -herramienta de la que solo disponen quienes todavía pretenden preocuparse por los demás-, la misericordia entendida como caridad -de las que apenas queda rastro-, la lamentable superstición -fatídico destino de quienes no saben hacer de sí mismos- y, cómo no, la pertinaz ignorancia -el más terrible de los monstruos y permanente azote de la razón.
Esta nefasta y desoladora enumeración no es caprichosa, Goya se preocupa y ocupa de las cosas malas o peores que nos sucedieron y nos suceden, esa es la sensación que queda en el espectador después de pasar, una a una, por las obras expuestas; una oscura y pesarosa impresión final que, a pesar de aparecer sembrada de dudas, resulta difícil borrar, quizás porque en el fondo todos sabemos de la verdad que escondemos. Pero, con todo, no creo que sea ni mejor ni peor, tampoco es que descendamos de los peores ejemplares humanos sobre la faz de la tierra, si todavía estamos aquí es porque de algún modo nos las apañamos para seguir gritándonos sin haber llegado a la autoextinción. También puede parecer excesivo, incluso abusivo ¿por qué no? No podemos quitarnos de encima unos antepasados a los que pertenecemos, pero si somos capaces de seguir viéndolos, y viéndonos y soportándonos, además de aceptándonos, significa que no todo está perdido. Dicen que lo cortés no quita lo valiente.

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