El mar

Hace años del comienzo de este alejamiento periódico, huida o hartazgo de una tradición que se atragantaba incluso semanas antes de llegar. Esa tradición reaccionaria y traicionera que a tantos asfixia y a tantos sirve de tabla de salvación para no morirse de asco. Reuniones, comidas, discusiones y apariencias condensadas en una última noche del año que, de nuevo, pintaba igual de rancia que la anterior. Lo que no es óbice para que, vistas desde la perspectiva del paso de los años, las haya habido más o menos pasables, calamitosas e incluso memorables; no dejamos de ser nosotros mismos, tanto el decorado como los decoradores, a pesar de que nos parezcan impuestas. Pero, bueno, esa es otra discusión. Tampoco era cuestión de salir pitando vía agencia de viajes.
Se me ocurrió el mar porque siempre me ha gustado el mar, un mar abierto, de playas largas y anchas, tanto daba si gris o soleado, plácido o violento, nada que ver con un mar domesticado o de consumo. Mar que, también este año, se ha repetido y que, como en otras ocasiones, ha vuelto a remolonear a la hora de admitirme, luego el problema seguía siendo mío.
Hasta esa mañana que, a solas los dos, sonó un clic, mejor, hice clic y cada cosa regresó a su sitio de forma tan sencilla como natural. Ante un rumor y un oleaje en los que al fin me reconocí sin interrupciones todo volvió mágicamente a encajar como si fuese nuevo; estaba listo, cada parte de mí asentada donde siempre había estado pero ya no era igual, en cierto modo el mar me devolvía a mí mismo. Otro año ante esa magnífica y poderosa dignidad que nunca descansa, esa incesante determinación en la que te pierdes con suma facilidad sin necesidad de comprender, ni interpretar; ni siquiera disfrutarlo. Una incansable humildad que el mar impone sin avasallarte, este soy yo y ese de la orilla eres tú, de nuevo, date la vuelta y vuelve a tus cosas, yo seguiré aquí.

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Lo que queda

Me acusaban con cariño de finalizar casi siempre mis letras de forma descorazonadora o con un poso amargo después de leer lo último que se me había ocurrido a partir de ese punto de vista tan particular o personal que tiene por costumbre fijarse en lo más pequeño o inadvertido que sucede a mi alrededor sin que por mi parte pretenda oscurecer las cosas más de lo que habitualmente se muestran a la vista de todos como tampoco era ni es mi intención señalar ni acusar a quien o quienes pretenden vivir libremente y sin que ni mucho menos olvide la sagrada condición de respetar hasta la última mota de polvo del universo que nos contiene sin menoscabo del común derecho a opinar respecto de todo lo que acontece ante la pequeña luz de mis ojos como primer acto o aliento de quien disfruta sintiéndose vivo y entre iguales además de atrapado en el placer y la felicidad de poder estarlo mientras dure y a sabiendas de ser otra insignificancia más que sabe de sí misma porque se entiende entre y con sin que eso signifique más o sobre y con capacidad para hablar de todo sin olvidar ni echar en saco roto la propia ignorancia como principal garantía de una bendita limitación perdurable que ni nos encumbra ni nos rebaja porque en ningún momento tampoco me olvido de esa íntima poquedad convertida en razón de ser a la hora de ver y sentir como otro esforzado o víctima más entregada a consumir días sin otro beneficio que saberme único y afortunado en mis precarias posibilidades que ni mucho menos significan humillado pero sí agradecido por cada rayo de sol con el que tropiezo y saboreo con la certeza de que no me hace ni mejor ni peor sino quizás más estúpido o más hábil por releer y detenerme en lo que nunca tiene fin comparado con la propia brevedad de la que no pretendo obtener otra cosa que respeto y comprensión por esa fortuna que al parecer otros muchos han decidido y deciden ignorar o simplemente no se sienten en la obligación de utilizar con tal de sentirse más vivos si cabe y a su pesar amén de solidariamente reconvertidos en humanos de carne y hueso dueños de sus propios pasos tanto para encauzarlos hacia objetivos felices o comunes como para el propio infortunio de equivocarse al pretenderse pequeños tiranos ensoberbecidos en un precario y minúsculo yo del que desconocen la mayoría de sus bondades porque creen en ese sospechoso y traicionero orgullo como motor cuando solo es soberbia y arrogancia que se desentiende de una humana y visceral convivencia desprestigiada con menosprecio a costa de no advertir el valor de lo igual en los demás como un enorme y feliz reflejo colectivo que nos enaltece como especie a pesar de que en muchos casos nos guste creernos por encima cuando de la humildad de nuestros propios pasos dependen las sonrisas de este presente pronto convertido en pasado como lección para un futuro que solo es o debería ser amor.

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Clima

Fueron más las noticias y la información -siempre dudosa, torticera e interesada- antes de su celebración que después de la misma, probablemente excesiva u obligadamente necesaria; siempre se puede imponer un hueco en el que insertar publicidad. Mientras se suspendía en el país que la debía acoger y volvía a reorganizarse en Madrid no se hablaba de otra cosa, aunque el clima, a pesar de la trascendencia que pretendía dársele, no parece tan importante, hablamos a muy largo plazo, tanto que probablemente no lo veamos. Después silencio, ya nadie recuerda los problemas políticos y sociales en Chile -han desaparecido de las primeras páginas misteriosamente-, ni las prisas de última hora por trasladar la organización a España, ni siquiera la celebración misma que, salvo por cuestiones puntuales o anecdóticas, pasó con más pena que gloria -probablemente lo más importante fue que Harrison Ford acudió a Madrid para intentar influir en algún posible acuerdo final. También ha desaparecido, como si se la hubiera tragado la tierra, la muchacha sueca que acaparó portadas y comentarios -muchos babosa y zafiamente contrarios- y su esfuerzo por concienciar, a quienes tienen parte en esto, de la necesidad de pasar a la acción respecto a las condiciones climáticas terrestres actuales y su previsible y nefasto futuro.
Nada más, por aquí hoy llueve porque toca y la Navidad está a la vuelta de la esquina, ahora prima la lotería y el clima puede esperar, como lo ha venido haciendo y lo hará por mucho más tiempo; interesa para que advenedizos del espectáculo monten el suyo propio en las secciones meteorológicas de las cadenas televisivas. Sí hubo una cosa que trascendió de aquella lejana conferencia mundial, pero no fue un comunicado general firmado por un gran número de países, sino la falta de acuerdo a la hora de organizar un mercado mundial del CO2 -otra vez la economía de los grandes números digitales. Se perdió la oportunidad de hacer negocio, por parte de los mismos de siempre, a costa de la pobreza de, también, los mismos de siempre. Si quienes dirigen este mundo no pueden seguir invirtiendo y ganando dinero, en este caso a costa de las emisiones de CO2, no hay acuerdo que valga; vuelta al punto de partida, dinero y tiempo desperdiciado, o no, probablemente hubo quienes se lucraron con la organización de la conferencia.
Greta Thunberg habrá regresado a su casa, tal vez en catamarán, qué mas da, ya no es necesaria. Está lloviendo, lo que es bueno para el campo, llega el tiempo de comer y beber, y consumir; luego, por Enero, cuando regresemos a nuestra rutina condenatoria particular, entre gimnasio y aburrimiento, quizás habrá tiempo de hablar del clima, algo con lo que entretener los días hasta las siguientes vacaciones, para las que, esas sí, ya tocará buen tiempo. Qué le vamos a hacer, los que vengan detrás que hagan lo que puedan.

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Goya

No se trata de descubrir a Francisco de Goya, ni creo que sea ese el objeto de la exposición, aunque si lo consigue con algún despistado bienvenida sea; sin embargo, la breve muestra de dibujos de Goya que se expone en el Museo del Prado es suficiente para hacerse una idea de la magnitud del artista, no ya solo por la destreza de una mano prodigiosa con los lápices, sino por la, aún hoy, sorprendente modernidad de sus líneas y trazos. Lápices capaces de retratar con extraordinaria fidelidad el objeto o motivo que el autor tuviera en su mente o directamente ante sus ojos, así como de aventurar, con breves, audaces y hasta violentos trazos, cualquier tema o idea que, gracias a una portentosa y certera exhibición de talento, acaba convertida en una realidad apabullante.
Pero hay otra faceta, al margen de las cualidades artísticas e históricas de la exposición, igual o tan importante como la propia obra, y es la representación en toda su crudeza del carácter de un pueblo. Una sucinta representación que, en el hipotético caso de que un marciano parase por aquí y tropezase con ella, le haría salir con una opinión tan contundente como alarmante de la escabrosa vida y milagros de los tipos y costumbres que aparecen representadas sobre el papel. No obstante, me atrevo a aventurar que, en nuestro favor, hemos de agradecer que el paso del tiempo haya suavizado muchos de los comportamientos, reacciones y ejemplos de los antepasados que cuelgan en las paredes de la exposición, lo que no quita que todavía hoy quede bastante del fondo que movía a esos personajes, el auténtico y último motivo que Goya pretendía mostrar con su obra.
La propia voluntad y el corazón del autor son quienes dirigen su mirada hacia un pueblo del que se siente expulsado, ajeno a unos compatriotas empeñados en las antípodas del carácter y la personalidad del pintor. Y es en ellos, en sus vidas, donde ve esa violencia -hoy aparentemente contenida o transformada en pura cobardía-, la misma hipocresía -aún igual de contante y boyante-, el escaso y cicatero juicio -que también en la actualidad sigue desconfiando y despreciando el uso de la razón-, su tendencia al desafío -del que también es ejemplo la presente situación política- y la fácil tendencia a la pendencia -hoy desprestigiada en patético fanfarroneo-; o la alegría -que en más ocasiones de las deseadas roza el esperpento-, el escarnio permanente de la inteligencia -herramienta de la que solo disponen quienes todavía pretenden preocuparse por los demás-, la misericordia entendida como caridad -de las que apenas queda rastro-, la lamentable superstición -fatídico destino de quienes no saben hacer de sí mismos- y, cómo no, la pertinaz ignorancia -el más terrible de los monstruos y permanente azote de la razón.
Esta nefasta y desoladora enumeración no es caprichosa, Goya se preocupa y ocupa de las cosas malas o peores que nos sucedieron y nos suceden, esa es la sensación que queda en el espectador después de pasar, una a una, por las obras expuestas; una oscura y pesarosa impresión final que, a pesar de aparecer sembrada de dudas, resulta difícil borrar, quizás porque en el fondo todos sabemos de la verdad que escondemos. Pero, con todo, no creo que sea ni mejor ni peor, tampoco es que descendamos de los peores ejemplares humanos sobre la faz de la tierra, si todavía estamos aquí es porque de algún modo nos las apañamos para seguir gritándonos sin haber llegado a la autoextinción. También puede parecer excesivo, incluso abusivo ¿por qué no? No podemos quitarnos de encima unos antepasados a los que pertenecemos, pero si somos capaces de seguir viéndolos, y viéndonos y soportándonos, además de aceptándonos, significa que no todo está perdido. Dicen que lo cortés no quita lo valiente.

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Dinero (y 4) (Felicidad)

No sé si es un dicho, un comentario a tiempo u otro invento más para convencer al oyente de las bondades del producto, me refiero a aquello de que el dinero no da la felicidad pero ayuda, afirmación que, después de oída, cada cual lleva inconscientemente al terreno personal haciéndose una composición de lugar e intentando proyectar el resultado en el caso de tenerlo; imagen o imágenes que, de pronto, iluminan favorablemente esas cuentas pendientes que hasta entonces quizás no parecían importantes o preocupantes pero que, mágicamente solucionadas, abren una perspectiva desde la que nada parece sinónimo de todo. No es precisamente la felicidad, o tal vez sí, pero el sujeto alcanza a sentirse a lomos de su propia voluntad contemplando el futuro.
Pero para que esa supuesta felicidad proporcionada por el dinero pueda hacerse propia, hasta para el más reacio a ella, es preciso que, de algún modo, sus hipotéticas y felices consecuencias sean o estén a la vista. Por y para eso existe la ostentación, la manera y medio por el cual los que disponen de dinero dejan ver que lo poseen y en bastantes casos gustan pavonearse de ello -las formas son infinitas; actitudes y comportamientos con los que, quienes poseen ese medio tan esquivo como selectivo, abren el camino o directamente inventan los sueños del resto. Una continua exhibición que tiene por fin provocar y facilitar un movimiento de autoregeneración que sostiene y mantiene en constante crecimiento -hacia dónde no es el problema- la casi totalidad de las actuales sociedades humanas. Una publicidad, interesada o no -fijarse es un acto bien corriente-, suficiente para atraer miradas, incluso de reojo, y despertar deseos que de otro modo simplemente no existirían; anhelos, apetencias, sueños y posibles posesiones, da igual si ficticias o innecesarias, por las que una gran mayoría está dispuesta a dejarse la piel, la felicidad -esa otra que nunca acaba sabiéndose qué es o dónde está- y si fuera necesario la propia vida.
Ostentación, además, esencial o indispensable para fomentar otro de los palos que sostienen el invento, la envidia, ese íntimo y problemático deseo, y al parecer tan comprometedor, que algunos se sienten en la necesidad de justificar en sí mismos con ese hipócrita oxímoron de envidia sana, justificación absurda que cae por su propio peso. Siempre será mejor alegrarse sinceramente. Pero ¿quién puede hoy afirmar que su alegría no contiene un poso amargo que ¡vete a saber! cómo ha aparecido ahí y por qué nos incomoda de ese modo? Hoy es imposible sentirse puro o imparcial, tanto da, como también es imposible creerse sincero al ciento por ciento; estamos permanentemente zarandeados por miles de mensajes que, con solo salir a la calle, se incrustan en nuestro subconsciente llegando a sentirlos como si siempre hubieran estado ahí, hubieran sido nuestros. Tal vez por eso una suerte siempre sospechosa, y hasta ruin, aparece sobrevalorada frente al esfuerzo, y la envidia gana a la alegría y la admiración.
Envidia que no está sola, pues desgraciadamente sirve para espolear otros deseos en principio no tan manipulables o asépticos, como la codicia, auténtico raptor de voluntades, no sé si colectivas pero y sobre todo individuales; motor íntimo y cicatero que, tras el obligado por qué yo no, suele dejar vía libre a una voluntad que a partir de entonces se convertirá en guía sin condiciones que no parará en medios con tal de conseguir lo que se le ocurra o apetezca. Porque en el caso de la codicia no existe la complementariedad, ni la solidaridad, tampoco la colaboración, sino que, como si las armara el mismo diablo, se trata del fomento de actitudes individuales e individualistas que se nutren a partir de una descarnada competencia que acaba siendo entendida, y hasta justificada, como natural, si puede decirse natural de esos instintos y deseos más íntimos en franca contradicción con ese despojarse de parte de sí mismo que exige el bien común.
Hasta aquí un largo camino que, en primera o última instancia, se sustenta en todo momento en el principal componente de este jeroglífico económico que he intentado retratar, la fe; no esa fe religiosa que no necesita pruebas -como tampoco son necesarias pruebas para rechazarla-, sino una fe, tan sutil como poderosa, que, desde su nacimiento, ata el corazón y la voluntad de cada individuo al sistema. Porque, a fin de cuentas, todos vivimos en él y de él, por lo que si a unos o a muchos de algún modo les favorece ¿por qué no me va a favorecer a mí si persisto en mi devoción de colaborar y participar en el mismo? Viene a ser como la lotería, si tantos dicen que les toca (?) por qué no me va a tocar a mí… la misma fe en la que se apoya la propaganda para sacar de la duda al que, para su desgracia, todavía piensa que hay gato encerrado, que este gigantesco montaje alrededor del dinero tiene trampa porque en el fondo sé que a mí jamás me va a tocar si no es a costa de mi propia vida… pero ¿qué vida crees que estás viviendo?

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Dinero (3) (Metálico)

Cualquier chaval al salir de clase, o durante el rato del recreo, puede apostar los pocos céntimos, o euros, del bocadillo en el establecimiento de apuestas instalado a tal efecto frente al instituto donde cursa sus estudios secundarios. Quizás apueste por su equipo de fútbol en el partido del fin de semana próximo, o en una carrera de galgos en Australia o por cuántos golpes le propinará en el tercer asalto el luchador fulano al luchador mengano en un combate de artes marciales a celebrar en Tailandia, da igual la apuesta, el lugar o si sabe de qué va aquello, el caso es dejar el dinero en caja y esperar, no hay nada mejor que hacer. Lo poco que saque, si tiene la fortuna de ganar, lo volverá a apostar en cualquier otro lejano disparate, o puede que, más aburrido que al principio, decida comprarse ese bocadillo con lo que le quede, si es que algo le queda.
De igual modo, un respetable señor -llámese en este caso experto en inversiones- apostará, perdón, invertirá algunos de sus millones digitales -preferiblemente en dólares, los euros están fiscalmente controlados- en los beneficios que mañana producirá la zona de selva brasileña que en estos momentos está siendo quemada para dedicar al cultivo de biocombustibles; o solicitará un millonario préstamo preferente que apostará, por ejemplo, contra el pago de la deuda argentina, lo que significa que es más que probable que el gobierno argentino no pueda pagar los intereses de su deuda dentro seis meses; o “invierta” en las pérdidas que llevarán a la quiebra a la línea aérea tal del país asiático cual dentro de un par de años. Cualquier cosa con tal de mover con rapidez esos miles de millones que los tontos de siempre creen que sostienen el mundo, para lo cual utilizará información privilegiada del tipo… a quién soborno para que sabotee aquel negocio o cuánto me va a costar hacer que los argentinos no paguen y sigan comiendo mierda. Son negocios, nada que ver con las muy respetables personas.
Ambos casos vienen a ser lo mismo, una cuestión de apuestas, pero en el primero la cándida estupidez de los chavales entristece lo indecible, solo hay dolor y dinero en metálico; el segundo, en cambio, pasa por un ejemplo de probidad y sabiduría, es el triunfo personificado, idéntico planteamiento pero jugado a lo grande y con trampas.
Los miles de millones que pueblan las “noticias económicas” para engorde de unos y envidia del resto -un capitalista experto le dirá en confianza que el cuento de la libre competencia no genera beneficios-, los trapicheos de mafiosos que lustran el crecimiento mundial, necesitan de un correlato material. Hay que demostrar de algún modo que el dinero en metálico existe, es real y es posible hacer negocios con él, para lo que es bueno empezar desde muy joven. Pero los pocos billetes que unos chavales o el ciudadano vulgar y corriente pueden ver y manejar, esos que confirman la existencia del dinero, tienen poco que ver con las grandes cantidades que se mueven por los márgenes del sistema económico, esas zonas indefinidas por donde pululan ladrones, estafadores, evasores de impuestos, dinero negro, todo tipo de mafias, malversación, sobornos, propinas etc.; son las bolsas repletas y los maletines que aparecen en las películas o en las imágenes de billetes apilados que se muestran en las noticias de sucesos que vemos en las pantallas domésticas, la envidia de quienes han de vivir con unos pocos billetes -siempre pequeños- obtenidos en negro por cualquier trabajo o servicio, gastados con miedosa fruición y mal contenida cautela. Y es más que probable que quien extrae del bolsillo un fajo de billetes con el que pagar seguramente tenga problemas con el cash, maneje dinero bajo cuerda o recibido fraudulentamente como salario, o proveniente de compras sin IVA, o percibido por un décimo de lotería premiado, o fruto de las gangas de tal o cual vendedor… en fin, lo que Vd. guste imaginar. Porque de algún modo hay que poner ese dinero en circulación, darle salida -legalizarlo-, dinero con el que unos viven permanentemente agradecidos, o sobreviven, y otros despilfarran sin que la cuenta anónima extranjera desentone.
Confieso mi ignorancia financiera porque apenas alcanzo a vislumbrar ese universo infinito de delincuencia, o ingeniería, económica, esos márgenes -la grasa que da sabor y consistencia al magro del sistema- poblados de gruesos fajos de billetes moviéndose en silencio a la búsqueda de blanqueadores fiables, dinero robado, amontonado, arrugado, tirado, amasado… siempre con la mosca detrás de la oreja y siempre listo para volatilizarse mágicamente en una hermosa sucesión de ceros en la brillante pantalla de un legalizado terminal en cualquier parte del mundo. Mientras, una gran mayoría seguirá creyendo saber, y tener, apostando unos pocos billetes y menudeando con pequeñas cantidades, envidiando por encima del hombro y gastando en lotería por si alguien nos compra en metálico el décimo premiado.

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Dinero (2) (Mucho dinero)

Todos hemos oído o leído -que no visto ante nuestras narices- sobre cifras de cuatro, cinco y aún más ceros, casi siempre con la excusa de grandes negocios, beneficios astronómicos, riquezas alucinantes u obras de envergadura que alguien, o algo, sufraga -pagar suena demasiado vulgar- a partir de una caja bastante saneada, o no. Dinero igual de inexistente -materialmente- pero de números más largos. Cantidades en cierto modo necesarias e indispensables para demostrar que el día a día del asalariado sin dinero en metálico tiene un sentido; con mucho dinero se hacen grandes cosas -aparte de acumularlo- que, curiosamente, pueden verse, admirar y hasta disfrutarse; todavía hay planeta que esquilmar. Pero esas cifras justificatorias y algo más terrenales, o en cierto modo materializables, son las menos importantes, hay otras aún mayores que solo aparecen en pantallas y terminales selectos, precisamente esos que dicen mover el mundo. Cifras que aún sonando irreales, marcianas o mismamente imposibles, constituyen el pan con el que trasiegan gurús y sacerdotes dominadores de una auténtica criptología indispensable para manipular y dirigir ceremoniosamente la voluntad general, un auténtico arcano, revelado solo a unos pocos, con una fuerza y poder que para sí quisiera el cristiano misterio de la trinidad. En nuestro día a día asistimos sin parpadear al sonido de cifras que parecen sentencias, providencias económicas tal que sermones y cantidades que suenan como exclamaciones; las oímos una y otra vez y seguimos como si tal cosa, probablemente porque nos han convencido de que a partir de ellas esto funciona, aunque ninguno de nosotros sepa qué es esto, qué significa ese funcionamiento y hacia dónde nos lleva.
Muchos dejamos hace ya tiempo de intentar imaginar tales números y su presunta realidad, ya no digo su vulgar e imposible materialidad, pero se siguen repitiendo tal que homilías o admoniciones predicadas por parte de los cardenales que sostienen la fe económica, tipos, probablemente de lo más mezquinos, que, sabedores de su poder y línea directa con Dios, imponen, quitan e intercambian ceros como el Papa reparte bendiciones. Este enorme tinglado económico funciona casi por arte de magia, porque mágico es que el personal lo haya aceptado y se lo trague, o presuma de entenderlo porque cree saber lo que es un mercado, término demasiado vulgar que, sí, en principio se parece a esos en los que usted compra las acelgas, si es que todavía come acelgas. Pero en tales bazares no se ofrecen mercancías al uso, sino que se mercadea con productos tan crípticos y misteriosos como futuros -eso, intente adivinar la mercancía-, valores, bonos, CO2, pérdidas, beneficios, fondos soberanos, fundaciones etc.; todo un elenco de figuras y preceptos que, con el subtítulo de ingeniería financiera, funciona como una auténtica Biblia imposible de ser estudiada o comentada, sobre todo porque en el fondo más bien se parece a una cábala tan abstrusa como barriobajera. Incluso existen, como en toda religión que se precie, sagrados lugares de peregrinación que tampoco necesitan ermita o capilla en la que adorar, se denominan paraísos fiscales, pero se encuentran en esta tierra.
Por supuesto, en mi pura ignorancia yo tampoco llego a entenderlo, pero tampoco soy como esos estúpidos incrédulos que, en su pacata soberbia, osan imaginar sacrilegio mayor que repartir uno de tantos y tantos millones a cada uno de los habitantes de este azaroso planeta, una módica cantidad que facilitaría que cada hijo de vecino tuviera la posibilidad de curar sus males y ser medianamente feliz… ¡Sacrilegio! exclamarían los cardenales y sacerdotes de la religión económica, ¡anatema! No puede concebirse mayor impiedad, ¿qué loco puede alcanzar o pretender que esas enormes y sagradas cifras se degraden a materializarse en el mundo de los humanos de andar por casa? Sería como pretender igualarse a Dios, con ello se resentiría la fe económica, se cuestionarían sus enseñanzas y se haría caer de un plumazo todo el sagrado ceremonial y los misterios del libre mercado, máximo exponente de la inteligencia humana en contacto con lo más sagrado.

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Dinero (1) (Su inexistencia)

Quien hoy disfrute de un trabajo medianamente decente, y legal, probablemente cobrará mediante transferencia bancaria, es decir, no verá ni dispondrá materialmente del dinero, algo que no es un problema, todo lo contrario, dicen. Ingresado el sueldo en el banco correspondiente -única forma de percibirlo-, aquel comenzará a funcionar de manera autónoma e independientemente de la voluntad de su propietario; será tasado, dividido y/o desviado para pagos y facturas -hipotecas, préstamos, mensualidades, afiliaciones, suscripciones, etc.-, incluidos los propios impuestos que la entidad bancaria cobra al confiado cliente sin que aparezcan por ningún sitio, quedando un resto, si algo queda, que lucirá como una cantidad en negro de la que su dueño podrá cerciorarse, admirar -esto último solo los más afortunados-, e incluso regodearse desde cualquier dispositivo electrónico que tenga mano. Sin necesidad de tocarla con los dedos, tampoco de contarla billete a billete -ese íntimo placer que brinda la codicia más secreta-, el feliz poseedor podrá volver a llenar el frigo y la despensa -si no es de los que come fuera o gustan que le llevan la comida a casa-, elegirá, decidirá y tal vez concretará -pagará- el próximo viaje y curioseará la renovación o capricho de lo que considere en condición de ser renovado o al fin adquirido. También actualizará su ropero, si le gusta vestir bien y es aficionado a pasear, comer o cenar fuera; llenará el depósito de combustible de su vehículo cuantas veces sea necesario, compartirá su ocio con amigas y amigos y hasta se procurará algún que otro escarceo sexual si el asunto apremia.
Sumen todo lo que se les ocurra hasta la siguiente paga, hasta el próximo y ansiado ingreso si la cosa va más bien ajustada, situación que nada tiene que ver con la de los afortunados que, gracias a su holgura económica, se permiten el lujo de olvidar lo que automáticamente perciben cada final de mes. Así, mes tras mes y año tras año, una sucesión temporal de cifras digitalmente impresas en las que nuestra voluntad interviene cada vez menos y que solo en apariencia tienen que ver con lo que solía decirse dinero en metálico, algo materialmente inexistente, innecesario para que cada quien pueda vivir tantos años como quiera, pueda o le apetezca. No estoy hablando de una ficción, ni de un futuro lejano, sino de hoy mismo, de una realidad que dócilmente hemos asumido porque, según nos dicen, los tiempos y la economía lo demandan. Que los tiempos y la economía sea algo real o inventado tampoco parece ser muy importante, sobre todo cuando tan poco se puede hacer frente a ella y sus sacerdotes. Toca, pues, actuar y comportarse como el personaje Cifra en Matrix, que, ante la disyuntiva de hacer y comportarse como un hombre y luchar por los suyos o asumir su función accesoria -menos que esclavo- respecto de un sistema omnipotente y explotador, más o menos viene a decir… ya sé que no es real, pero siéntenme en una mesa para disfrutar de un buen vino y un buen filete y déjenme de crudas, distópicas y sacrificadas realidades humanas… prefiero funcionar como una pila de combustible si con ello sacio mis instintos más básicos a cambio de mantener un sistema que, por principio, concibe a los hombres como recambios sin voluntad, simples unidades de energía.

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Reinventando a Dios

El título de la película es lo de menos, otra de ciencia ficción con buena pinta y escaso recorrido, el justo para desempacar un principio más que aparente pero que, como de costumbre, acaba desinflándose cuando el guionista o guionistas han de meterle mano al asunto, es decir, cocinar una trama de cierta solidez que valide y de consistencia a los protagonistas coronando la cinta, si es posible, con un final mínimamente digno. Pero no, otra que vuelve a caer cuando llega el momento en el que tienen que suceder cosas, los personajes hacer de ellos mismos y los efectos digitales pasar definitivamente a un segundo plano porque ya empiezan a cansar. Pero la luz se aleja cada vez más y el espectador se va ensombreciendo poco a poco, en la butaca de la sala de cine o en el sofá de su casa, víctima de un solemne aburrimiento.
Llega el momento de las inevitables peleas que, a falta de nada mejor, posicionan de forma infantil a los malos contra los buenos. Primero golpearán los malos, con trampas y/o algún destello de lucidez sin continuidad, lo justo para bordar su minuto de gloria y poner al espectador en su contra; luego toca un periodo de calma, preludio del fin de fiesta, hasta el momento de los mamporros decisivos, traca definitiva que probablemente satisfará ese íntimo y primario deseo de venganza que el espectador pone de su parte con tal de salir tan contento como indiferente, listo para tomarse la cerveza o el refresco de costumbre.
La carencia de recursos argumentales e imaginación en el cine comercial es tal que llama la atención que tantos y tantos guionistas acaben recurriendo a la aburrida pelea entre gallitos para solventar un hipotético guion que nunca fue tal -igual me estoy equivocando y lo que realmente le interesa a la gente son las tortas. Única y primitiva forma de manifestar su parecer que conoce la parte masculina de la especie, esa recurrente y aburrida ristra de golpes con las que unos hombres super hormonados dirimen sus diferencias de opinión; el caso es cascarse de lo lindo.
Si, por necesidades del guion, han de aparecer mujeres pocas veces utilizarán las armas masculinas -excepto cuando el guionista, francamente corto, pretenda mostrar una igualdad entre géneros casualmente circunscrita al único, cutre y arcaico lenguaje de las tortas. Generalmente irán y vendrán como si tal cosa, haciendo de mujeres, es decir, adornadas o mostrando un rutinario y machista exhibicionismo de género, y si el tipo afina mucho tal vez se le ocurra incluir algún que otro comentario sarcástico respecto de la manía masculina de resolver cualquier disputa a hostias.
Pero el colmo de los colmos, tal y como sucede en la película sin nombre de la que les hablo, llega cuando, en un lacrimoso y ridículo giro, el machito de turno decide vestir su próxima y sangrienta venganza con las galas de una feliz epifanía que milagrosamente, tal que Pablo convertido, le autoproclama nuevo mesías y salvador de la especie con la celestial tarea de apartar a la humanidad de su error -eso de jugar a ser Dios que tanto le gusta a hombrecetes de registros mentales limitados-; labor para la que, ahora más allá del bien y el mal, necesitará machacar sin piedad a los pocos y desgraciados supervivientes que se desangrarán sin saber de dónde les vienen los tiros. Cine malo bien hecho.
Lo curioso de este repetido empeño, simplificador, masculino, machista o de puro poder, es la insistencia en hacer del protagonista de turno el pirado, o iluminado, de turno, como si de una cualidad del hombre, exclusivamente como género, se tratara; una sagrada fijación incrustada en el subconsciente de cualquier hombre, también de ese que, como Dios, se creé en la potestad de decidir entre la vida y la muerte cuando la realidad, sobre todo si es femenina, contraría sus deseos. Drástica y tradicional solución que cuenta con siglos y guerras de historia, probablemente soberbia y orgullo a falta del coraje necesario para transigir y colaborar, esperpéntica sublimación de los propios deseos por incapacidad para enfrentarse a situaciones necesitadas de razón, cordura y entendimiento; viene al pelo con tal de tirar por la calle de en medio y salirse con la suya. Volver a reinventar a Dios, como tampoco faltarán desgraciados y desesperados que a falta de nada mejor que llevarse a la boca se unan al bando más pendenciero con tal de sacar algún rédito con el que mejorar sus tristes existencias. Otra nueva versión de la misma y antigua evasión reconvertida en visión.
No recuerdo películas en las que el redentor y descubridor final de esa hipotética y socorrida divinidad fuera una mujer, será que nunca han existido, las mujeres siempre han sido -también a la fuerza- más prosaicas en sus tareas.

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Responsabilidad

Es sabido que el lenguaje es un instrumento vivo en constante cambio, una herramienta con la que los hablantes, sus propietarios y usuarios, se comunican entre sí y dan forma al mundo que nos rodea. Este uso hace que cualquier modificación o cambio del lenguaje en el tiempo acabe siendo validado por el resto de la comunidad, oficial y no oficial, de tal modo que quien o quienes no estén al tanto de tales cambios corren el peligro de quedarse descolgados del desarrollo de la propia sociedad en la que viven.
Asumida esa capacidad de cambio y adaptación que la lengua posee, o nosotros con su uso le damos, hay, sin embargo, palabras que son vilmente despojadas de significado en función de una época y unas inclinaciones utilitarias y egoístas que tienen más que ver con la voluntad, la incompetencia y la intransigencia de algunas personas, generalmente cercanas al poder, que con el interés de comunicarse o simplemente hacerse entender entre conciudadanos.
No hay palabra que en público resuene más y a la vez parezca más ambigua o imprecisa que “responsabilidad”, sobre todo cuando es dicha por boca de políticos con importantes problemas morales y de ambición. Y digo problemas morales por no referirme a desarreglos personales, tan subjetivos como arbitrarios, a la hora de juzgar cualquier situación que no coincida con su forma de pensar, lo que no deja de ser lo mismo que pretender imponer un pensamiento único que automáticamente censura y desprecia como contrario, erróneo o irresponsable todo aquello que no se avenga o disienta de sus deseos.
Que de las dos acepciones de “responsabilidad” que considero más importantes, la que se refiere a responder por alguien o algo, o la de poner cuidado en lo que se hace o dice, ambas carezcan de valor en la política actual, muestra hasta dónde se ha llegado a la hora de despojar de significado a términos que no hace mucho parecían tan claros como vitales a la hora de juzgar la integridad de una persona.
Poco a poco, por pura conveniencia, codicia o intereses espúreos han ido desapareciendo tanto este como otros muchos de los puntos comunes en los que se apoyaba esta comunidad, como cualquier otra, a la hora de la convivencia; de tal modo que nos hemos habituado sin rechistar a oír discursos llenos de palabras pero carentes de sentido. Atrás quedaron los acuerdos, las coincidencias, los puntos de partida comunes indispensables para el entendimiento más básico; hoy, hasta aceptar y convenir que hablamos de un vaso o una mesa puede resultar problemático.
Eugenio Trías, a la hora de hablar de la importancia de la libertad, afirmaba que ser libre significaba ser responsable. ¿Dónde quedan hoy sus palabras? En la actualidad, incapaces de ceder a la hora de un simple acuerdo, ni siquiera de principios, darían lugar a una algarabía de gritos y acusaciones interesadas que harían salir corriendo a cualquier persona con un mínimo de sentido común; ese sentido común que, antes de asentir obediente al parecer general y doblar la cerviz sin criterio, pregunta y exige razones comprometedoras y objetivas acerca de lo que se está hablando o se quiere decir. Una realidad de hecho que nada tiene que ver con la excusa de una voluntad de poder, sino con el apego servil a una mediocridad irresponsable que fía todo ejercicio de comunicación a una desmemoria común.
Que hayamos llegado y aceptado tales pérdidas de significado en términos y palabras que deberían ser fundamentales a la hora de una convivencia activa en ningún modo está relacionado con progresos, creencias o cambios de pensamiento, tiene más bien que ver con el despojo y la manipulación, ni siquiera interesada, del valor del lenguaje como vehículo de entendimiento a manos de la corrupción y propia incompetencia de los mismos hablantes; la escenificación de una jaula de grillos en la que gritos y ruidos prevalecen por encima del entendimiento entre compañeros, políticos o compatriotas trabajando en pos de objetivos comunes.
Hoy, cuando oímos a quién sea hablar de responsabilidad o responsabilidades y le miramos a la cara tenemos dos opciones, o nos trae completamente sin cuidado porque sabemos que directamente está mintiendo, o se nos cae la cara de vergüenza por haber admitido que tipos de semejante calaña mangoneen los intereses comunes sin que nadie sea capaz, no solo afearles su mendacidad y cinismo, sino de patearles el culo y echarlos directamente a la calle.

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