Religión e Inmigración (Apuntes) (1)

Durkheim, en su búsqueda de formas elementales de vida religiosa originarias en grupos humanos primitivos, escribía de la dificultad de separar lo social y lo religioso en estos primeros estadios del desarrollo de la especie humana, llegando a afirmar que las manifestaciones religiosas, a partir de sus investigaciones, podían tomarse como una forma de sacralización de valores, creencias, convicciones y sentimientos sociales; la asunción y aceptación individual de un espíritu colectivo indispensable para mantener y hacer perdurar en el tiempo al propio grupo, tribu o sociedad. Una serie de sensibilidades y estremecimientos compartidos revividos periódicamente mediante ritos, cultos y celebraciones, representaciones y manifestaciones públicas en las que los individuos dejaban voluntariamente a un lado sus rutinas y actividades cotidianas, siempre tan importante como vitales, para sumergirse en una participación colectiva excepcional de la que salían entusiastas y espiritualmente renovados -una cultura.

Se trataba de crear, dar forma, transmitir y consolidar unos rituales y celebraciones periódicas esenciales a la hora de transferir, generación a generación, vínculos y sentimientos de pertenencia y protección que cada individuo, sin saber explicar exactamente cómo o por qué, siente en lo más profundo de sí mismo y acepta sin cuestionarse, ya que tanto su vida como la seguridad y perdurabilidad en el tiempo de los suyos dependen de ello.

Los supuestos orígenes comunitarios o sociales de la religión, tal y como Durkheim los entendía, se han perdido con el paso de los siglos, de tal modo que hace ya mucho tiempo que se habla de religión frente a sociedad. Al mismo tiempo, el posterior desarrollo y multiplicación de los grupos humanos, su inevitable evolución y progreso, ha ido tomando diferentes caminos, unos menos afortunados y otros cada vez más complicados, que llegan hasta el presente. En esta larga trayectoria los fenómenos religiosos, o las religiones como manifestaciones y representaciones humanas, tal y como hoy las conocemos, han sufrido diferentes procesos según los lugares, tanto de adaptación, expansión, casi desaparición, modernización, de toma del poder o de acoso y persecución; llegando en algunos casos a una intransigente perdurabilidad contraria o reticente respecto al cambio y el progreso, y lo que es realmente importante, inexplicable y maliciosamente ajenas, puro anacronismo, al exponencial aumento del número de individuos que pueblan la tierra.

En muchas zonas, valga como ejemplo este país, la religión todavía soporta y mantiene un espíritu comunitario y de cohesión -ayudas, celebraciones, romerías, banquetes, reuniones públicas, etc.- que muy pocos feligreses, o casi ninguno, sabría explicar o entender como manifestaciones y representaciones populares de un espíritu de socialización mucho más antiguo; lo sagrado se ha prácticamente comido a lo común o social.

Mientras que en algunas sociedades y culturas actuales la religión todavía tiene una influencia, y poder, que dirige y condiciona la totalidad de las actividades humanas, tanto privadas como públicas, en la sociedad europea u occidental ha sido relegada a un papel secundario desde el que forcejea con desigual éxito frente a una cultura científica que, desde hace años y cada vez con más éxito, intenta explicar y justificar tanto a la especie humana como al propio Universo en el que tiene cabida. Y, consiguientemente, esta consciente deriva científica de la cultura occidental ha dejado un individuo que, despojado de los asideros, tanto anímicos como de solidaridad e inmersión social, que la religión le había venido ofreciendo, deambula agobiado y desorientado en unas sociedades individualistas en las que las relaciones humanas han perdido todo el calor y la identificación comunitaria que antaño conformaban un sólido tejido social que aliviaba y solucionaba los problemas particulares de sus integrantes.

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En verano

Estamos en verano y no se admite todo, hay que descansar, hasta quien no está cansado; sigo sin saber por qué, qué ancestral demiurgo nos conmina, en una gran mayoría de casos, a una vacía y obligada indolencia.

Admitimos sin preguntarnos que el verano tiene que ver con la molicie, niños y jóvenes no tienen nada que hacer (?), el calor aprieta -creo que cada vez más- y las vacaciones laborales necesitan unos meses en los que justificar su exigencia.

En verano las noticias cuelgan el cartel de no hay noticias, aunque la testaruda realidad se empeñe en todo lo contrario; por ello tenemos que soportar una basura infinita de todo tipo que, con la etiqueta de entretenimiento, infecta nuestros sentidos.

En verano hay que divertirse a toda costa porque el tiempo lo exige, solo falta el neón permanentemente encendido en nuestros cerebros; bañarse aunque uno odie el agua o, como mal menor, ingerir grandes cantidades de brebajes que estén fresquitos o directamente helados; es lo que hay.

En verano hay que dedicarse a las lecturas relajadas, quienes lean, porque parece ser que los cerebros se reblandecen en exceso si la lectura es complicada; probablemente debido al calor, cuestión esta última que creo no demostrada.

En verano hay más fiestas, no sé si porque tocan o porque hay que reinventar un negocio con el que recaudar de tanto harto y aburrido de sí mismo.

En verano hay que llenar las playas, porque para eso están, aunque estarían mejor si fueran de césped, tan fresquito, en vez de esa arena tan molesta y difícil de quitar que se te mete por todas partes.

En verano las terrazas de los bares fingen estar llenas de público, ahora que también lo fingen en invierno; vegetan a costa de más gente que no sabe qué hacer con su alma, y su cuerpo, y come y bebe lo mismo que en invierno.

En verano aumentan los botellones, pero no solo de jóvenes, los adultos han descubierto que pueden llenar el maletero del coche de neveras y hielo y hacer botellón en cualquier local que se deje ahorrando una pasta en copas.

En verano gustamos de mostrar nuestras carnes, convicción o moda de dudoso gusto, porque hay carnes que dan literalmente grima. Alguien debería reconsiderar el concepto de ofensa pública, porque las ofensas no han de ser siempre de palabra u obra, hay cuerpos que deberían permanecer arrestados y así salvaguardar la salud mental y visual del resto.

En verano la gente dice divertirse, nueva forma de referirse a no saber qué hace con uno mismo.

En verano sudamos hasta cuando vamos al váter.

En verano, muchos de quienes no suelen tener un trabajo decente durante el resto de año acceden a humillarse públicamente con tal de que los demás, a quienes les importa un pimiento las condiciones de trabajo, disfruten del verano. Hay lugares en los que a esto llaman explotación.

En verano hay que sonreír porque para eso es verano.

En verano hay festivales musicales a porrillo en los que hacen como si cantaran gente que no sabe cantar ni tiene nada que contar; da igual, si hay cerveza, refrescos y una parcela cercana donde mear vale.

Siempre me he preguntado por qué el verano es sinónimo de pereza, si esa impresión es únicamente mía o la exige la estación, o, ya puestos, si se trata de una condición importada de otras latitudes, como otras tantas cosas que creemos nuestras de toda la vida.

En verano se vive en la calle, pero quizás lo de calle no esté demasiado claro; es cierto que, a no ser que se disponga de aire acondicionado del que no salir, que más bien se parece a no estar en verano, la calle no mola. El verano vendría a ser ese intermedio molesto entre lugares en los que reina el fresco, o el frío; un intermedio que solo trae más luz natural, el resto no importa, siempre y cuando no toque estar demasiado al sol.

Cuando no sea verano probablemente echaremos de menos el verano.

 

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Lujo

Lujo no son las casas, ni los yates, ni los aviones privados, ni los palcos, ni las putas de lujo, ni las comilonas sin límite, ni las cuentas corrientes con ceros ilimitados, ni las habitaciones que parecen casas, ni los viajes con guía exclusivo; todo eso es solo dinero.

Lujo es admirar la salida del sol en este caluroso verano, da igual lo que estés haciendo o hacia donde te dirijas, disfrutar de los contrastes que nos proporciona la luz limpia de un sol tan bajo; tampoco importa el lugar, esa luz respeta cuanto acaricia, vivir los colores y sonreír feliz porque justo estás despierto y disfrutando.

Lujo es pasar la tarde sumergido en la lectura, acompañado del susurro del escaso viento entre las ramas de los pinos y el ir y venir de pájaros incansables acarreando alimento hacia nidos ocultos.

Lujo es una sobremesa en compañía, da igual lo comido, el momento en el que el tiempo se detiene y la conversación se dilata sin fin ni ocupación alguna que enturbie el presente; recoger y limpiar vendrá después, cuando la charla se relaje, las opiniones hayan quedado medianamente claras o permanezcan tal y como surgieron y las piernas apremien intentando despezarse con los primeros pasos hacia la cocina y la inevitable pregunta del qué hacemos o nos apetece ahora.

Lujo es nadar a media noche, si puede ser completamente desnudo, sin ayer, ni hoy ni mañana, en ese preciso momento, moverte y avanzar en el agua como si fueras agua, idéntica constitución, sintiéndote capaz de llegar donde quieras y sin que te preocupe no hacerlo; ahí y entre, sin preocuparte si estás, vienes o vas, porque no te importa.

Lujo es que el trabajo te abandone junto a un olivar, toca esperar y no puedes hacer otra cosa, entonces, protegido del sol de agosto, recurres a tu libro de reserva, de pronto tan interesante que no sabes si la espera desaparece o se prolonga sin medida; hasta que el pitido de atención indicando que se acabó la inactividad llega pocos minutos después de haber finalizado ese capítulo que, por su apasionante y compleja densidad, necesita tiempo para rumiarse detenidamente y asimilar con pausa lo leído.

Lujo es cabrearte por las malas noticias cuando te esfuerzas en conocer cómo funciona este mundo, aunque también sepas que no puedes hacer mucho más de lo que ya haces -no eres Dios, ni lo pretendes-, también porque estás convencido de que es mejor cabrearse por saber que no saber o pasar, porque estás de vuelta o a ti no te alcanza -como si vivieras en Marte, qué tonto-; siempre será mejor que creer que sabes lo que no sabes que no sabes.

Lujo es mirar a los ojos de la persona que quieres cuando te está hablando, verla reír por tus tonterías o tu enésima torpeza, sin que te preocupe el dónde, por qué ni hasta cuándo, precisamente por eso seguís juntos, cuando ni motivos ni planes son indispensables, ni tareas pendientes ni complicados proyectos que siempre son excesivos y consumen más presente del que merecen.

Hay muchos más lujos, diría que infinitos, listos para disfrutarse y completamente imposible calcular en dinero.

 

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Iguales

No hace falta ser un lumbreras para concluir que desde que el hombre es hombre y patea este planeta el individuo siempre ha sabido, casi desde su mismo nacimiento, que el lugar y entre quienes viene al mundo condicionarán de forma determinante su vida futura; tribus, progenitores, abundancia, relevancia familiar y social, posibilidades y perspectivas te son concedidas nada más nacer, y entre ellas no aparece la igualdad con el resto de los humanos, a lo sumo con los más cercanos.

Creo que la igualdad nunca ha existido ni existe en la naturaleza, ni vegetal ni animal, incluida la especie humana, cada ejemplar ha tenido que aprovechar, como ha sabido o podido, el entorno en el que vio la luz y crecer en mayor o menor medida con su ayuda, que no es la de sus semejantes. Es decir, el origen condicionaba, y condiciona. No hay por qué apenarse ni darle más vueltas.

Una vez constatadas por cada hijo de vecino las diferencias y desigualdades de partida, además de asumidas como naturales, solo quedaba ganarse la vida como tocaba.

Hasta aquí ningún problema. He imagino que fue la religión, como elemento fundamental de cohesión social, en nuestro caso la religión cristiana -¿por qué no? es la que nos pilla más cerca-, la que, visto y comprobado que la desigualdad de origen fue siempre la norma y en la imperiosa necesidad de ganar adeptos para su causa, tuvo la feliz idea de consolar a los humanos más desgraciados vendiéndoles que, si aquí en la tierra sus desgracias no tenían fin, a los ojos del Dios de los cielos todos los hombres eran iguales… ¡¡tachán!! Al parecer eso fue suficiente para que los desposeídos, millares que se irían convirtiendo en millones con el paso de los años, digirieran de buen grado su mala fortuna, calmaran su hipotética sed de justicia y se resignaran a un paraíso futuro que, a día de hoy, brilla por su celestial ausencia. Claro, nuestra pequeñez o endémica estupidez imposibilitan tan magnífica visión, paraíso que solo la fe puede proporcionarnos. Con ello quedaba todo bien atado.

Desde la religión como consuelo de almas, más bien algo ignorantes, el fenomenal pero intangible invento de la igualdad descendió a la tierra de la mano de las revoluciones sociales y proletarias del siglo XIX, constituyéndose en meta y piedra fundamental de socialismos y comunismos que tan desgraciadamente colapsaron a finales del siglo XX.

Quedó el gusto por la palabra -sonaba bien-, dejando para otros menesteres que nunca vendrán a cuento la inapelable evidencia de su imposible materialización en esta tierra. Las cosas han seguido tal cual, perdura una tozuda realidad dirigida por afortunados descendientes que supieron en su momento que aquello era un camelo, las utopías e ideologías basadas en la igualdad poco o nada tenían ni tienen que ver con el mundo real. La única igualdad hoy asumible entre los hombres dura segundos, se limita al canal del parto a través del cual venimos a este mundo y dura hasta las manos que te acunan poco después, el resto son simplezas igualitarias para crédulos.

Hoy, toda referencia a la igualdad ha quedado como una retórica vacía utilizada por dinosaurios del pensamiento de izquierdas atrincherados en sus bien surtidas y seguras bibliotecas, en alguna que otra ocasión predicada por sus acólitos más ciegos; o como el reclamo definitivo que manosean políticos y publicistas en su sano objetivo de perpetuar un status quo que bendice la desigualdad como fundamento del mismo sistema, del mundo tal y como lo conocemos. Y la obediente resignación del ciudadano de a pie, exquisitamente macerada por la religión, ha asumido voluntariamente que eso de la igualdad es una ficción con la que vivir, una ilusión, una zanahoria que sirve mientras se tienen fuerzas para esforzarse tras ella, esfuerzos a los que sumar la completa e íntima seguridad de que jamás se va a conseguir.

Por eso creo que habría que revisar eso de la igualdad y desengañar a quienes todavía la consideran real o posible, ni como utopía; siempre será preferible volverla a enviar, si no directamente a la basura, si al mundo etéreo de lo sobrenatural.

Necesitamos, pues, redefinir la igualdad, dejar de mentir y de que nos mientan en su nombre o, mejor, desecharla para siempre. La igualdad en esta tierra jamás ha existido, ni como proyecto, ese es un buen principio. Los más desfavorecidos jamás serán capaces de unirse para echar a capones a los que viven de la desigualdad, ni siquiera para darle la vuelta a la tortilla. Luego, piense en lo que quiere, cómo conseguirlo y qué y a quienes necesita para ello y déjese de tonterías. Las puertas se irán abriendo, es una cuestión de número.

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Localismos

Todos hemos leído u oído cómo en el siglo XIX el tan históricamente deseado como hipotético pueblo español se enfrentó valerosamente a los invasores franceses para reponer en el trono a un reyezuelo que, una vez asentadas sus posaderas, hizo retroceder al país varios siglos atrás, a la virgen, el terruño, el señor, las romerías y el como Dios manda. Solo se quejaron cuatro afrancesados que veían en la invasión francesa la oportunidad única para que este país se despojara de siglos de caciques y sacristías que lo tenían sumido en la ignorancia. Para aquellos habitantes importaba, antes que la convivencia, la misa, la honra y el más vale lo malo conocido.

Ciento cincuenta años después, a la muerte del dictador, España era un país casi tercermundista en el que el analfabetismo y la ignorancia campaban a sus anchas, eso sí, su población era gente obediente, impetuosa, que no valiente, trabajadora con asterisco, devota y jaranera, algo vocinglera, festiva y pacífica. Un pacifismo que con alguna frecuencia, traducido, venía a decir: déjame en paz y no me toques los cojones. Una forma muy local de llevarse bien con el vecino, principio de colaboración y entendimiento entre los pueblos cuando los males venían repartidos, porque si lo hacían de forma aislada o individual, allá cada cual con lo que le tocaba.

Se ha escrito hasta lo que no está escrito a la hora de explicar o justificar el desacuerdo político y no político que en la actualidad tiene a este país sin política; que si posicionamientos viscerales e intransigentes, irracionales y hasta simplemente pura arrogancia y mezquindad. Todo lo contrario a cualquier intento de poner un poco de sentido común en una política que más que un lugar de encuentro en el que negociar o acordar soluciones se parece más a un bar de barrio en el que sermonear a voz en grito; ¡porque yo digo lo que me da la gana! Menos cuando tienes que permanecer obligatoriamente callado porque si hablas te pueden echar a hostias por no pensar como todo el mundo.

Expertos nacionales e internacionales han intentado, dentro de la moderación y respeto que merece el caso, intervenir opinando sobre la situación española, una cuestión, si no única, si bastante particular en el conjunto de Europa, y hasta en el propio mundo; primando como conclusión la falta de cultura democrática y el exceso de testosterona local; incapacidad para entenderse con el vecino y carencia de todo sentido de convivencia con quien no opina como yo, lo que no hace sino ahondar en una negrura de confesionario de difícil solución. Descorazonador resultado que fomenta entre los foráneos, por encima de su buena intención, un desánimo generalizado que suelen resumir a sus lectores según la jerga local, los míos son los buenos y cualquier otro que piense de otra manera es un sinvergüenza que solo merece la horca.

También yo me pregunto sobre algo que parece indescifrable, como si fuera otro extranjero curioso más tratando de desentrañar esta estupidez sin conseguirlo. Por ello no es extraño que los políticos que sufrimos sean el vivo ejemplo de los naturales del país -que no ciudadanos, porque nunca se consideraron tales, solo viven aquí y se dedican a hacer lo posible porque no les joda el vecino, o hacer como si no lo hubieran visto en el caso contrario. Más dados a los soportes básicos que tienen que ver con el sobrevivir de cualquier modo y a costa de quién o lo que sea que a las convivencias comprometidas que requieren un constante cuidado.

Disponemos, como en cualquier otro lugar del planeta, de personas excelentemente cualificadas a título personal -talentos y cualidades de nacimiento-, pero somos incapaces de coordinar una tarea común mínimamente efectiva. Alabamos a título personal a cualquiera que haga bien su trabajo, con razón, pero somos incapaces de construir una organización o sociedad que funcione mínimamente en la mejora y colaboración ciudadana. Pecamos de quijotes, fanfarrones y grandilocuentes, capaces de pelear y destruirnos mutuamente antes que colaborar en hacer de nuestro jardín el mejor del mundo.

No sabemos vivir en comunidad como no sabemos ser demócratas; lo público es algo que explotar, de lo que vegetar, desprestigiar, exprimir y si es necesario destruir si no vamos a obtener beneficio inmediato de ello, ignorando conscientemente que es nuestro y que nuestro primer deber es hacer que funcione para todos.

Justificamos al sinvergüenza al que votamos o con el que trabajamos porque es nuestro sinvergüenza, al que seremos incapaces de enfrentarnos para decirle que lo es y que su actitud es perjudicial y nos perjudica. Tememos denunciarlos o enfrentarnos a ellos por razones abstrusas o simplemente imaginarias, o por pura cobardía, porque es preferible mirar a otro lado o darnos la espalda antes que discutir.

Tal vez sea porque desde casi siempre nos ha gustado vivir a la orden, que otros pensaran por nosotros si nos dejaban siestear o divertirnos a gusto. Hemos vivido bajo órdenes muchísimo tiempo, voluntaria u obligadamente, porque nunca nos ha resultado difícil dar con los medios para sortearlas en nuestro propio beneficio, sin hacer ruido, es decir, sin dar la cara; en público nos mostrábamos serios, obedientes y pacíficos, mientras en privado obteníamos ese plus de beneficio servil o parasitario que casi siempre llevaba aparejado alguna migaja económica. Una libertad miserable y un beneficio económico, siempre en negro, indispensable para vivir con cierta solvencia sin dejar de parecer criados, nada que ver con la decencia o la legalidad. El caso era jactarse de poder respirar independientemente de quien nos gobernara, reyezuelo o dictador.

Importa más el terruño, la romería y el viva la virgen cuando fuera menester, es por eso que decir ciudadano nada tiene que ver con el habitante de este país, que antes prefiere denominarse feligrés, compadre, fiel o romero. Cualquier cosa antes que la libre y voluntaria colaboración.

 

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Verano

Sentado sobre un tarugo de madera marea el teléfono móvil buscando a qué agarrarse sin que el tiempo le apremie, hace calor y no hay prisa, la noche carece de importancia pero al menos el sol no aprieta, no hay otro sitio mejor al que ir y el sueño llegará cuando llegue, entonces igual dará dormirlo allí mismo que regresar al nido cuando ya todos duerman y no haya que aguantar preguntas que siempre son indiscretas.

No está solo, cada pocos metros, en un banco, sobre un pequeño muro o sentadas en el bordillo de la calle cortada otros y otras como él entretienen el verano como pueden, sin nada que hacer y poco más que decir. Alrededor las atracciones feriales, la mayoría medio montadas o entre puntadas de última hora antes de ir a la cama, no ofrecen mucho más, quizás un exceso de sordidez; tal vez mañana, cuando la feria de comienzo y las luces endulcen la cara al calor del verano la noche luzca de otro color, hoy no, hoy es antes, tampoco es que mañana vaya a cambiar mucho la cosa, pero mañana sigue siendo lo que todavía no ha sucedido, y eso significa todo, al menos porque aún se desconoce o directamente no existe, por lo que admite aquello que cada cual quiera y pueda imaginar.

Pasa el reloj de la media noche y el calor sigue sin ceder, tampoco hay miradas entre ellos, se conocen de anoche y de antes de ayer y tienen poco que decirse, además de la vergüenza o indiferencia que los ata a sus propios pasos, con pocas ganas para dirigirse o mostrarse a o hacia, porque lo que no conoces no interesa, no es tuyo ni son de los tuyos, otros de tantos que van y vienen conviviendo en una comunidad hecha de retales inclasificables que forman un tejido de difícil encaje, restos de telas de toda procedencia que, sin que ninguno sepa por qué, han coincidido en el lugar y la noche, en la bochornosa placidez de un tiempo común que nada les dice ni sirve para situarse o sentirse, ya no digo ser parte o protagonista de una ciudad que ocupa una mancha en el mapa, la respuesta a una pregunta en Google maps o el incómodo intermedio entre donde vengo y hacia donde me dirijo.

Tienen casi la misma edad, entre trece y dieciocho, tanto ellos como ellas, idéntico futuro y las mismas contadas esperanzas, o también todas; son jóvenes y no tienen ninguna obligación, solo las que les dictan las pequeñas pantallas de sus dispositivos electrónicos, duendes estridentes en constante consulta o patio de recreo, vagabundos desesperanzados deambulando entre imágenes ancladas al más de lo mismo. En cualquier caso da igual, es lo suyo, lo de hoy y también lo de mañana, aunque en el fondo quizás sueñen con que no sea lo de siempre, pero tampoco saben cómo hacerlo para que no suceda de ese modo.

Interpretan un papel que completa una realidad social que ni siquiera parece real, apenas una rutina fisiológica de la que nadie quiere hacerse responsable, ni sus mayores ni quienes maquinan para utilizarlos en un futuro que ya es ahora, un presente lleno de minutos en los que permanecer quietos de espaldas unos a otros, ocupando lugares que al menos justifican sus precarias existencias.

Son muchos en otros tantos sitios similares a este, en un número que casi no merece la pena contar porque juntos solo sirven para conformar estadísticas que dirán lo que no hacen o lo que jamás podrán hacer; cifras y porcentajes utilizados con solvencia o de cualquier modo para denunciar, rellenando páginas y proyectos que nacen directamente agotados, porque nadie quiere hacer por ellos, ni pensar por ellos, los miran, los juzgan, los critican y en el fondo los desprecian amenazándoles con la misma pregunta de qué piensan hacer con sus vidas, como si a ellos les preocupara, como si vieran alrededor motivos para hacerlo, todo lo contrario; estamos aquí, nadie nos preguntó, nadie nos ofrece y no tenemos por qué ofrecernos ni colaborar con quien solo nos desea para fingir progresos que tampoco les importan. Y si el futuro no les priva a la mierda el futuro, tampoco están para resolver futuros ni salvar planetas porque tampoco nadie les ha pedido la palabra y ellos no la darán gratis, les importa un bledo las estadísticas, el clima, el medio ambiente o los problemas sociales. Ya tienen bastante con ser jóvenes en un mundo que no los quiere, así qué ¿por qué les tiene que importar?

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Coches

Pasa el coche y los hombres se giran automáticamente, tanto para ver y, supongo, admirar y envidiar el modelo como para distinguir al tipo que lo conduce; porque esos coches solo los conducen hombres, me gusta creer que las mujeres aún no han llegado a ese tipo de cretinismo. La envidia y admiración hacia el vehículo persisten porque es algo independiente, la máquina siempre es inocente de su obligada materialidad y de las sensaciones que provoca a su paso, aunque en el origen de su concepción y fabricación esté el provocarlas; pero el conductor no suele ser tan afortunado, pasadas las primeras impresiones de admiración y, como he dicho, envidia, ésta se materializa en muchos casos en forma de comentario despectivo o rencoroso que pretende rebajar y menospreciar las capacidades del tipo al volante, si las hubiere y tuviera. No es suyo, se ha entrampado hasta las cejas, no tiene dónde caerse muerto o tiene más dinero que pesa pero es un imbécil. Y a otra cosa.

El rencor probablemente se irá diluyendo y quedarán la envidia -motor del consumo- y la prosaica decepción de que no todos pueden tener un coche igual. Pero tampoco eso es problema para una industria empeñada a ofrecer a cada cual un vehículo a su medida, siendo la medida el bolsillo, termómetro general de estatus que siempre es mejor notar medio vacío. Antes que el prestigio y la ostentación está el negocio -también llamado progreso o crecimiento-, y los fabricantes de automóviles cuidan de sus negocios poniendo al alcance de todos los afortunados un vehículo que puedan pagar. Una vez a bordo, rodeado de la excitante sensación que provocan los plásticos nuevos, el complejo es menor, e incluso llegará a desaparecer, porque el satisfecho propietario se siente el rey al volante, e incluso es capaz de sofocar su ansiedad y convencerse de que en el fondo él no necesitaba aquel otro coche que se detuvo a contemplar, él es más realista en sus aspiraciones -como suele decirse, a la fuerza ahorcan- pero igual de feliz -la colosal capacidad de autoconvencimiento que fomenta el mercado de consumo es brutal. Queda disfrutarlo, pero ese es otro cantar, la función principal de un vehículo a motor son los desplazamientos, pero desplazarse significa un por qué, un motivo y, en última instancia, una necesidad. Y para ello el nuevo dueño debe saber o apetecer tal actividad -repito, no incluyo la necesidad-, y es ahí donde surge el segundo problema, o tal vez siempre fue el primero. ¿Dónde ir, por qué o para qué? En la mayoría de los casos no existe causa ni motivo, ni apetencia ni ganas, siempre contando con los peligros del consumo, la suciedad, el inevitable deterioro y/o los posibles accidentes. Hay dos soluciones, o utilizarlo para no caminar, sistemáticamente -por eso existen los gimnasios-, o mejor dejarlo guardado sabiendo que en caso de necesidad siempre estará ahí, porque el coche es caro -sobre todo por su inutilidad- y hay que pagarlo, y luego vendrá el obligado mantenimiento, las reparaciones, mendigar en los talleres y tener que moverlo por darle algún uso.

No hace falta salir a una carretera para advertir la gran cantidad de vehículos que soportamos en función de una supuesta libertad y prestigio que no son tales, o sí, funciona para quienes siempre han necesitado demostrar cuánto tienen antes que caer en el anodino agobio de la indiferencia, y la mejor forma de hacerlo es con un vehículo o vehículos cuanto más grandes y potentes mejor, el resto caerá por sí solo -el tamaño y potencia de un coche están inversamente relacionados con la autoestima del propietario. Pero, en definitiva, el coche siempre es la solución, el bálsamo que consuela y calma la ansiedad concediendo la satisfacción de regalarse y sentirse uno más, otro, que puede presumir de una reluciente carrocería.

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Turistas (y 2)

Creo que cualquier intento de aproximación al turismo como fenómeno social con mediana seriedad puede parecer desproporcionado, y para muchos incluso pedante o prepotente; es como si el propio término, concepto o actividad incorporara un plus de puerilidad y ligereza que impide tomárselo en serio.

Turismo ya ni siquiera tiene que ver con viajar, es más bien una versión pudiente del carnaval que, por fortuna, no necesita fechas concretas ni miércoles de ceniza, tampoco murgas ni grandes desfiles. Turismo es una versión prêt-à-porter del carnaval que cada cual interpreta o celebra a su modo, y lo único en común es una de las características principales de las celebraciones carnavaleras, el disfraz. Porque el turista, para ser y disfrutar de tal, tiene obligatoriamente que disfrazarse. Ya no tiene sentido organizar la maleta con ropa diversa porque ignoramos cómo nos sorprenderá la meteorología allá donde vamos, costumbre definitivamente arrumbada en estos tiempos on line en los que casi podemos respirar el destino antes de imaginarlo. Pero tal cantidad de información no permite al futuro turista elegir con digital exactitud las prendas que vestirá cuando y donde llegue, o mientras llega. El turista de pro directamente desecha el contenido de su armario para adquirir prendas y objetos exclusivos de turista; el motivo exacto de esta absurda decisión no sé muy bien cuál es, si la suciedad o el deterioro de la ropa, nunca lo he preguntado. Sin embargo, no por elegidas las prendas que caracterizan al turista gozan de prestigio, pueden parecer elegantes e incluso adecuadas, todo lo contrario, el buen turista elegirá lo más chillón, cutre y hortera que el mercado pone a sus disposición, que es mucho pero exactamente igual de feo y desagradable.

Ejemplo, empezando por las pueriles, garrulas y básicas deportivas -invento extraordinario que tras siglos de penalidades permite por fin a los humanos caminar con comodidad-; viene después el obligado short, pantaloncete o culote, versión pandero celulítico o sin rastro de pandero y canillas desarrapadas -esa estupenda y novedosa prenda que facilita a cada pierna desenvolverse por su lado. Sigue a continuación la pertinente, campechana, inimaginable e incomprensible camiseta, versiones lorceril o pancista -según sea portador o portadora-; sin que, por último, falte el gorro o gorra, u objeto de desconocido material e ignota fabricación, que poner sobre la cabeza, utensilio que nunca impide que el sol castigue el pescuezo del usuario sin piedad. Completa el disfraz un variopinto muestrario de sacos, bolsas, riñoneras, mochilas o bandoleras, algunas de confección marciana y rincones inencontrables hasta para el mismo propietario.

De esta guisa nuestro turista requerirá, y esto es fundamental, su actividad turística propiamente dicha, que, también de suma importancia, ha de llevarse a cabo cobijado en el interior de un grupo donde sentirse integrado en su visceral y casposa intrascendencia; un ambiente anodino donde poder bromear sin gracia -siempre habrá alguien que se ría por vergüenza-, desentenderse o despreciar con todo derecho y libertad aquello que no entienda o sepa y sentirse como pez en el agua en su santa ignorancia -todos saben que ninguno de los presentes sabe, y el que intente parecerlo también es archisabido que probablemente es un pedante que pretende darse importancia. Falta, por último, la moderna e indispensable comodidad de un vehículo o vehículos que los lleven y traigan de aquí para allá -barco, avión, autobús, camión o trenecito-, dando igual el medio porque siempre habrá aguardando un amable pastor que mime, cuide y asesore al rebaño en sus necesidades básicas, que son todas y sobre todo tienen que ver con lo fisiológico -comer, gastar, beber, mear, comprar etc.-; todo aquello que quede a años luz de la humana curiosidad.

Luego, en una lista que parece interminable, vendrán los paraderos que cada día se inventan o construyen para que nuestro sujeto de rienda suelta a esas necesidades básicas; establecimientos de todo a cien, en muchos casos multiplicado por mil, con formas y extensiones sin par; construcciones, complejos o ciudades conteniendo la pereza de lo cotidiano envuelta en papel cuché.

 

Posdata.-… Una excelente guía pormenorizaba históricamente el lugar, proporcionando detalles y anécdotas interesantes de la sinagoga visitada. En primera fila, un cincuentón, fiel y concienzudamente ataviado de turista, prestaba atención mascando chicle con la boca abierta, interrumpiendo constantemente con preguntas como… qué era eso de tantas ramas donde se ponían las velas… o si la luz roja encendida junto a la pared más importante del edificio era el lugar donde se guardaba la hostia consagrada… La paciencia y educación de la guía era infinita.

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Turistas (1)

Es evidente que viajar, aparte de ser una forma de consumo intensamente publicitada y, por ello, asumida e interiorizada por el propio consumidor como una necesidad casi vital, conlleva una serie de plus particulares que cada cual aporta en función de su educación y su cultura.

Ya apenas se viaja por el placer del viaje, haciendo del mismo el motivo principal, siendo el destino o destinos etapas igual de importantes que el propio recorrido. Durante el viaje se disfruta, se conoce, se aprende, se descubre, se sufren percances e inconvenientes, demoras y un sinfín de circunstancias que, luego, al ser recordadas, darán sabor y carácter al mismo. Desgraciadamente hoy el viaje se parece más a un trastorno para una mayoría que se mueve por inercia, un obligado interludio, cuanto más breve y rápido mejor, anterior al destino previamente elegido. He conocido a tipos que antes de salir de su casa ya tienen una idea detallada de dónde van a estar y todo lo que hay que ver, hasta el punto de que, una vez allí, necesitan la satisfacción de confirmar in situ que lo que están viendo y tocando es exactamente lo mismo que vieron en el salón de su casa sentados frente a la pantalla de su televisión inteligente. No hay sorpresas, no hay descubrimientos, no existe el interés o el esfuerzo por o para, por supuesto la incertidumbre está desterrada.

Entre los destinos turísticos más promocionados hay algunos que acumulan una historia que los precede, los justifica y casi parece aplastarlos. En estos, junto al visitante o turista típico, incansable y sin piedad, puede hallarse a ese otro viajero que acude porque, como decía más arriba, su educación o su cultura sitúan ese punto concreto en un lugar preferente de su universo personal. En él cobran realidad estudios, libros, sueños y aficiones que en algún momento ayudaron a forjar -y hoy forman parte- gustos y carácter. Calles, edificios, palacios, fachadas, teatros, encrucijadas, ríos, mares, paisajes o museos, entre otras muchas opciones, esconden un valor contrastado que provoca un estremecimiento concreto y emociones íntimas solo por él conocidas y nunca mejor disfrutadas; en estos lugares el viajero cierra un ciclo consigo mismo, se entusiasma por estar frente o sobre aquellas piedras, donde fue o existió quien o quienes forman parte de la propia memoria y personalidad.

Pero sucede que muchos de esos lugares siguen siendo lugares vivos, o deberían serlo, y están habitados por personas que también los consideran suyos, en presente, son su pan de cada día, con sus maravillas y sus inconvenientes a la hora de ser vividos, hasta el punto de que uno se pregunta si los propios del lugar viven para sí mismos o para mostrarse a los visitantes como si estuvieran en un escenario que de ningún modo puede alterarse, ni modificar con tal de hacerlo más habitable, porque casi puede decirse que dejaría de ser lo que es. Nunca puede ser bueno que la historia o la cultura ahoguen una ciudad convirtiéndola en un escaparate, dirigiendo las vidas de sus habitantes hasta el punto de que, en algún momento o de continuo, el forastero no sepa realmente dónde está. Ciudades fantasmas en las que sus habitantes huyen o se esconden hartos de no poder vivir su ciudad.

Vivimos en el siglo XXI y el viajero, al menos en lo que a mí respecta, también disfruta captando y sintiendo el ritmo de la ciudad, mezclándose entre los locales, visitando o frecuentando sus rincones preferidos e intentando pasar desapercibido, como uno de tantos, única forma de saborear el lugar; cuando nadie a tu alrededor te confundiría con un turista, tal que el vecino de la mesa de al lado. Es entonces cuando el viaje cobra significado. Pero cuando solo encuentras turistas forzando cada puerta, cada horario, cada vestíbulo, cada terraza, como si fuera un parque temático, algo deja de funcionar, entonces da igual verlo desde casa, hoy los medios digitales son una maravilla, te llevan donde tú quieras, luego no hace falta estar allí para disfrutarlo porque no vas a tener la oportunidad de hacerlo con auténtico placer.

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Música

Faltan más de cuatro horas y ya hay gente eligiendo un lugar en el césped de la desierta pendiente en el que extender una manta y sentarse, o tumbarse, a esperar. Parece broma pero no, es otra de las posibilidades que ofrece la elección y distribución del propio tiempo, decidir con antelación o demasiado tarde en función de lo que uno intuye o espera y el interés que tiene en ello. Quizás lo sorprendente y sobre todo grato es que tales preparativos sean para escuchar un concierto de música clásica, gratuito, algo que por estos lares probablemente no merece la misma consideración. También hay que tener en cuenta que se trata de la Filarmónica de Viena, dirigida en esta ocasión por Gustavo Dudamel.

Lo que comienza como algo curioso para el sorprendido visitante acaba convertido en una auténtica celebración popular. La pendiente se ha ido llenando de aficionados que se instalan como si se tratara de un genuino día de campo, no hay límites de edad y, siendo justos, hay muchísimos más jóvenes que personas que alcancen la cincuentena, o la sobrepasen. Juegos de cartas, aperitivos, lecturas, carantoñas, meriendas y cenas, fotografías, botellas de vino y champán, con sus correspondientes copas, conversaciones improvisadas y ojo avizor con los rezagados que tienen verdaderas dificultades para encontrar a la avanzadilla entre lo que, sin que nos hayamos dado cuenta, ya es una auténtica multitud que no deja una sola brizna de hierba libre. Y para que no falte nada o como aderezo con el que entretener la espera, una enorme tormenta de verano descarga agua durante una hora que parece interminable. Pero ni siquiera la tromba de agua, que remite con lentitud, sorprende al respetable; poco a poco, lo que sin duda es fruto de una civilizada previsión, han ido apareciendo capas, impermeables, chubasqueros, protectores de mantas o paraguas del interior de bolsas y mochilas. En general no hay malas caras, sí miradas de complicidad y resignación entre unos y otros, en algunas un leve fastidio, otras se lo toman con filosofía y ríen divertidas y también las hay dispuestas a ayudar al poco previsor o nuevo en el lugar; incluso da tiempo a distinguir entre la cortina de agua unos aplausos apuntando en una dirección hacia la que todos mueven la cabeza, justo para ver a un joven rodilla en tierra pidiéndole la mano a la sorprendida pareja que, por supuesto, acepta tan sonriente y feliz como empapada. Tras el sí los aplausos se generalizan y el agua sigue cayendo.

Al fin el sol vuelve a asomar entre las nubes y el gentío comienza a respirar aliviado. Es cierto que muchos han acabado trasquilados, o directamente calados hasta los calzones, los hay que han abandonado frustrados pero aún sonrientes, se iban hacia una ducha y ropa seca. Los que han resistido ríen vencedores mientras se dedican a reorganizar la parcela, eliminar como pueden el agua, airear pertenencias y poner a secar sobre alguna rama o valla las prendas salvadoras.

Los pocos huecos que ha dejado la tormenta se ocupan en un abrir y cerrar de ojos, vienen más, algunos también mojados, no tanto como los que han permanecido estoicamente en su sitio porque aquellos han sorteado el aguacero refugiados entre la arboleda o debajo de alguna arquería o cornisa. Se reanudan las conversaciones, continúan lo que son ya cenas en toda regla, se incrustan como pueden los rezagados o quienes han descubierto un metro cuadrado de hierba sin un culo, una bolsa o el pico de una manta encima y comienzan las pruebas de los músicos sobre un iluminado escenario que desde la distancia luce magnífico. En la pendiente frente al palacio de Schönbrunn no cabe un alfiler. Comienza el concierto.

 

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