Becas y lotería

Las dos palabras del título correspondientes a esta entrada podrían estar directamente relacionadas por cuanto la concesión de becas para estudiantes, puestos a suponer, bien podría tratarse de una lotería en la que influiría algo más que los ingresos anuales de las familias en liza. Por ejemplo, a ver si tenemos suerte y le conceden a mi hijo una beca para que pueda estudiar en un colegio decente con medios suficientes para ofrecer una enseñanza de calidad, y además pública. Pero no, la elección de esas dos palabras obedecen a cuestiones distintas y sin relación directa, en principio.

Si no entiendo mal el fin de las becas consiste en ayudar desde los organismos públicos a buenos estudiantes provenientes de familias con pocos recursos económicos, una especie de justicia redistributiva que facilita el acceso a la enseñanza a chavales intelectualmente capaces o brillantes, dándoles con ello la posibilidad de labrarse un futuro en condiciones de igualdad con el resto de sus contemporáneos, independientemente de las posibilidades económicas de sus respectivas familias. Una democrática forma de igualar a futuros ciudadanos al margen de cuestiones de clase o poder. Imagino que por aquello de que el conocimiento nos hace libres.

Sin embargo, la política que predican los tipos que dirigen la Comunidad de Madrid nada tiene que ver con la justicia, ni siquiera redistributiva; tampoco con la libertad, dada su concepción, bastante sui géneris, de dicho concepto. El que un organismo público conceda becas para la enseñanza a salarios anuales que alcanzan y superan los cien mil euros no deja de ser algo más que sospechoso -por no utilizar otros adjetivos algo malsonantes-; que los habitantes de esa comunidad no protesten ni digan ni pio ante ello da idea del tipo de libertad a la que aspiran y la justicia que esperan de sus gobernantes. Que un organismo público conceda becas para que familias más que pudientes puedan inscribir a sus vástagos en colegios privados en detrimento de una enseñanza pública que de ese modo dispondrá de menos recursos, ni es justo ni por supuesto nada tiene que ver con libertad. Que el dinero público vaya a engordar empresas privadas de enseñanza que previamente ya cobran a sus clientes -léase alumnos- no es libertad ni derechos, se trata de una simple y pura tomadura de pelo; o reírse de tu pobreza en tus propias narices, ya que tus hijos seguirán siendo pobres que jamás tendrán acceso a una enseñanza mínimamente digna.

Se trata tanto de una demostración de poder como de una humillación en toda regla, es decir, un dinero público que debería servir para igualar las aspiraciones de sus ciudadanos se queda en las mismas clases más cercanas al poder; para los económicamente menos pudientes -decir pobres no queda bien porque puede resultar ofensivo- ya existen módulos de hostelería, limpieza o servicios de mantenimiento, trabajos de escasa especialización que no necesitan de mucho estudio, o ninguno -ahora viene aquello del menosprecio y la dignidad del trabajo, toda esa jerigonza reaccionaria que pretende igualarnos moralmente, pero cada cual en su sitio, unos arriba y otros abajo. El zafio misterio de todo este asunto consiste en dejar los trabajos menos cualificados para los pobres que nunca pudieron estudiar por falta de medios económicos; se trata de agachar la cabeza y asumir las propias miserias, tan inevitables como “naturales”.

Lo de la lotería viene a cuento porque cuando tropiezas con la “exquisita” publicidad que nos regala el organismo de loterías -o lo que quiera que sea- a la hora de atraer a aquellos que gustan de pagar impuestos de los que se dicen indirectos, cualquier persona normal pensaría que los personajes que se muestran en ella parecen y se comportan como auténticos imbéciles funcionales, unos personajes tan simples y toscos que incluso en sus sueños premiados solo alcanzan a decir y hacer memeces y a playas de pedruscos. Claro, sueños de pobres, dirán; nada de eso, porque la publicidad jamás es accidental o aproximativa, sino muy estudiada, planificada y certera. Y como siempre hay una explicación no es difícil suponer que los hipotéticos sujetos a los que se dirige tal publicidad no han cobrado cien mil euros en su vida, ni por supuesto nunca recibirán becas para que al menos sus hijos aspiren a playas de fina arena.

En general todo este feo y desagradable asunto tiene más que ver con burros y flautas, el dinero de la lotería es más fácil y cómodo que el logrado mediante el esfuerzo que requiere el estudio; a cada cual lo suyo. Lotería y publicidad dirigida a pobres de solemnidad, padres e hijos, por los siglos de los siglos; y además sin becas.

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Exigir

Da igual el origen o la procedencia porque en el fondo nos gusta ser exigentes, como si exigir fuera una cuestión de personalidad en lugar de educación, aunque, eso sí, siempre dependiendo de la clase o el poder adquisitivo del sujeto. Además, somos tan dóciles y sumisos que nosotros mismos asumimos o nos imponemos unos límites a la hora de tratar con las exigencias, tanto en el momento de decirlas o mostrarlas como, en el colmo de la represión en carne propia, soñándolas. Da igual si privadas o públicas, en público o en privado, prudentemente guardadas o pedantemente expuestas, todo ello fruto de un supuesto derecho individual tan privativo como inamovible, tan presuntamente disfrutable como en muchos casos sufrible para el resto, capaz de hacer del exigente y su derecho un individuo orgullosa y pendencieramente libre incluso a costa de su propia vida.

Esta convicción o íntimo derecho a exigir persiste o se mantiene junto o a pesar de unos muy particulares deseos y aspiraciones, necesidades, caprichos, voluntad, carencias, pérdidas, conflictos, regresiones, traumas o cualquier otra afirmación de sí, incluidos problemas de envergadura, tanto psíquicos como físicos -visibles o no- en algún momento difíciles de reparar o, en definitiva, insolucionables.

Por supuesto hablo de esa parte del mundo en la que afortunadamente nos ha tocado vivir, puesto que es aquí donde, sobre el papel, han hecho creer a todo sujeto que disfruta de una libertad y unos derechos de nacimiento justos e inalienables, tan importantes como la propia vida, o más, si cabe. Y no existe derecho más derecho que el derecho de cualquier persona a hacer consigo misma lo que le venga en gana, sin que ninguna otra se atreva a juzgarlo o criticarlo, mucho menos censurarlo o prohibirlo; un derecho que automáticamente nos concede tanto creernos como sentirnos poseedores sin derecho a réplica -que en realidad sea así es otra cuestión- no sé si de nuestro cuerpo, nuestra voluntad o nuestra ignorancia, incluido y por supuesto el derecho a exigirlo. Somos sujetos con derecho a exigencias, pero sin letra pequeña -aspecto este último en el que se incluye lo innecesario de agradecer cualquier atención que recibamos o directamente nos afecte; ya le pagan por su trabajo o algo ganará con ello.

Aunque quizás el verbo exigir, dicho así, sin complementos que lo llenen, no parezca del todo clarificador por ambiguo o poco explícito, pero seguro que todos sabemos de exigencias como, por ejemplo, exigir una carretera sin que preocupe su idoneidad o impacto ambiental, si está bien hecha o lo que cuesta -cuestiones siempre prescindibles para el buen exigente; o ser atendido en primer lugar, no digamos de urgencia, sin aguantar colas molestas de gente que aguarda allí porque probablemente no tiene nada mejor que hacer. O a lucir exceso de kilos -o muchos más, porque me gusta comer- y a la vez exigir prendas de moda y a la moda que cubran con elegancia mis lorzas; así como a ignorar todo consejo, aviso o advertencia que hable de los inconvenientes para la salud que implican mis gustos -y quien dice kilos de más también entiende músculos a punto de estallar. Ponerme hasta el culo de lo que me apetezca con la garantía de tener lista una ambulancia servida por excelentes profesionales por si surgiera algún problema de salud. O ser “amante de la aventura” –(¿?)- disponiendo para mi exclusiva incompetencia o ignorancia, errores de bulto o falta de cálculo -o propia estupidez- de un equipo de salvamento completo que pueda rescatarme allá donde el azar, siempre traicionero y sin consideración, me deje tirado. Y así sucesivamente… ¡Ah! y todo gratis porque tenemos derechos… ¡Hay tanta gente incordiando y con poco o nada que hacer en lugar de atenta a mis exigencias!

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Casados

Interrumpió la amenazante emisión del siguiente capítulo cuando se cerraba la puerta de la calle. Laura volvía a largarse a horas intempestivas, sin explicaciones, otra costumbre de su hija que seguía sin gustarle -si es que todavía tenía voz en aquella casa. La otra Laura ya dormía bajo la amenaza de un nuevo madrugón de los que a nadie gustan -otro de los beneficios que concede el trabajo a los afortunados que lo disfrutan, a lo que sumar su lenta, genuina e inexorable erosión, tanto física como intelectual; pero tampoco en este caso podía hacer mucho, no era su trabajo. En realidad no le apetecía estar allí, en su estupendo sofá, entre aquellas paredes que ya no reconocía como suyas, si es que alguna vez lo fueron y para qué -uno más de los placeres que otorga la necesaria y bien vista obligación de tener una casa-; hasta los objetos más personales, aquellos que nadie discutiría como suyos, o preferidos -o lo que fuera-, habían dejado de decirle algo, solo tiempo pasado acumulándose y confundiéndose a medida que se precipitaba en el olvido. Estaba cansado de aquello, de su feliz vida, hastiado, sin expectativas, ¿tenerlo todo significa esto? Pues vaya una mierda… De pronto se acordó de Rosa -¡qué buena estaba! y cómo le quería. Qué bien lo pasaban, ahora mismo diría que la echaba de menos, aquella vida de no parar, siempre de aquí para allá, también discutiendo con los suegros, tan fachas y tan ricos. ¿Volvería con ella? ¿Por qué no? esa parte de su vida se había quedado sin explorar y con la imaginación no llegaba… ¿Y qué estoy haciendo aquí? Porque la tomadura de pelo de para toda la vida no deja de ser eso, una estúpida y cruel tomadura de pelo, nadie en su sano juicio debería dejarse atrapar por ese tipo de mentiras. No estamos hechos para aguantar por cojones con alguien a quién seguramente a los pocos años ya no soportarás, mucho menos querer o de quien seguir enamorado; se trata de un sacrificio totalmente contra natura, una obligación impuesta por la gente de orden, imagino que para que esto no se desmadrara y al final, cada cual a lo suyo y huérfanos de responsabilidades, llegáramos al caos total. Ni súbditos ni acólitos, ¡menudo panorama! ¡¿Qué sería entonces de la historia?!… ¿Qué hacía todavía con Laura? ¿ejerciendo de operario de objetos sexuales? Porque lo del amor, la loca atracción y la apremiante excitación habían pasado a mejor vida… ¿Y con Rosa? Ahora sí se excitó a partir de algunos recuerdos borrosos que de pronto parecían recientes, como si hubiera sucedido ayer; y la echó de menos, al menos aquella vida con ella y el futuro que no tuvieron porque entonces eligió otro camino, éste, ya finiquitado y sin perspectivas de arreglo o solución. Ni ganas, solo queda compartir gastos hasta que el cuerpo diga basta y cada vez con menos paciencia a la hora de discutir o de intentar entrar en razón -menuda mierda eso de la razón, si la cosa no funciona ¿para qué te sirve la razón si nadie se va a mover del sitio porque se está muy cómodo?… La última vez que la vio cruzaron unas palabras rápidas y le contó que ahora estaba en algo de relaciones internacionales en una multinacional local ¡seguía estando igual de buena! ¡todavía! No le preguntó si tenía pareja o seguía sola, la próxima vez lo haría -y comenzó a saborear el momento como si fuera mañana mismo… Definitivamente no quería seguir viendo aquella mierda de serie para cuarentones infinitos, menudo tostón; nos tragamos cualquier cosa con tal de que el tiempo pase, ¡hasta qué punto llega la desidia que gastamos!… Decidido, volvería con ella, pero… ¿con la pinta que gasto ahora y lo cascado que ando? ¿para estar todo el día follando, ir y venir como antes o para sentarnos a hablar, contarnos y conocernos mejor -qué bonito suena- y lo bien que… Nada, nada, lo mejor sería otra oportunidad, retomarlo donde lo dejamos, volver atrás en el tiempo y que otra realidad fuera posible, da igual si paralela o consecutiva -¿con la cabeza de ahora o con la de entonces?… pero si era medio gilipollas… Uno tiene ganas de cambiar y aunque el cuerpo no da para más la cabeza no para, todavía funciona, en estos precisos momentos a toda pastilla…

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Jornada de reflexión

Era sábado, como otros sábados y los que vendrían, y se hallaba ojeando la prensa en la tableta, haciendo hora antes de salir para solucionar un par de cosas de poca importancia; tiempo para remolonear antes de echarse a la calle y en un par de capotazos plantarse en la hora del aperitivo sin otra cosa que hacer que elegir dónde y con quién. Entonces tropezó con el titular y de inmediato sintió una especie de fastidio que tenía toda la pinta de ir a estropearle la mañana. ─ Es verdad, mañana hay que votar… Y alzó la cabeza permaneciendo con la mirada fija en el techo. ─ ¡Uf! Fue lo siguiente. ¿Le apetecía votar o, como de costumbre, debería volver a formalizar todo un ejercicio de responsabilidad ciudadana para autoafianzarse -o volverse a convencer- en una obligación democrática que cada vez le parecía más ajena? Tampoco quería extraviarse en la sospechosamente manipulada y cada vez más persistente concurrencia de la inutilidad de las elecciones. Y no le apetecía decirse que le daba igual, como tanta gente que, con la cabeza gacha y pretendiendo que saben sin saber, farfullan que ellos están al margen, o por encima, o directamente pasan, antes que asumir su derrota en forma de irrelevancia política -y lo que es peor, autoconvencidos de ello y sin ningún género de dudas, lo que no deja de ser la enésima victoria de sus verdugos a la hora de doblegar hasta la mínima voluntad de resistencia de unas conciencias permanentemente humilladas y tan equivocadas como perdidas.

Es cierto que los cambios políticos, si es que todavía existían y había gente que seguía teniendo esperanza en ellos, le afectaban cada vez menos, su vida se parecía cada vez más a una cómoda y relajada rutina prolongándose en el tiempo en función de un ganar y gastar sin otro mérito que evitar pensar o preocuparse en exceso por cuestiones que no le afectaran directamente. Probablemente la vida aseada e intrascendente con la que más de uno soñaba para no tener que votar nunca más. Intentó fijar en su memoria los caretos de los representantes políticos sometidos a las urnas y se sintió incapaz de diferenciarlos, daba igual si hombres o mujeres, las mismas caras de estreñidos aguantando el estómago con tal de salir bien en la foto, con idéntico disfraz -ni siquiera había espacio para lo moderno o alternativo-, religiosamente convencidos del trámite. Un mero trámite que cumplimentar, ya que alguien tiene que ocupar el escaño y no todos disponemos de estómago para ello. Aunque algunos lo crean muy merecido después de haber aguantado durante años el correspondiente y jerárquico escalafón de ascensos que precisamente ahora les sitúa a la cabeza, en primera línea, listos para… ¿qué?

Tampoco había ningún atractivo estético, físico o sexual -por buscar alguna excusa- que le incitara a mover el voto en una u otra dirección, siempre del lado de los que mienten a la hora de aventurar, promover o intentar cambios y con cara de creerse sus propias mentiras. Es más, algunas jetas ni siquiera podían, o sabían, disimular, era como si te escupieran directamente a la cara: ─ Mira, tío, estoy aquí porque he chupado todo lo que había que chupar y también me he tragado todo lo que había que tragar, y lo he hecho tan bien que ahora puedo hacer y decir lo que me dé la gana con el convencimiento de que nadie me lo va a impedir. Y me gusta ver cómo te cabreas sabiendo como sabes que soy tan imbécil como servil, es lo que hay, nosotros servimos para estas mierdas porque no nos hacemos preguntas, es más, disfrutamos a vuestra costa y razones -da igual si ciertas o no-, razones de perdedores que no le interesan a nadie porque lo que todos quieren es ganar y ganar significa estar donde yo estoy; y cuando me vaya, o me echen, me da igual, seguro que tendré para vivir mil veces mejor que tú. La vida es esto, ¡gilipollas!

Levantando la vista de la tableta lanzó una mirada a su alrededor y se preguntó: ─ ¿Qué me falta? ¿qué necesito? -luego- ¿qué nos falta? ¿qué necesitamos? Y entonces se le torció definitivamente el gesto. Mañana iría a votar.

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De hombres

El motivo o la excusa es el reciente e indiscriminado asesinato de niños y adultos en un centro escolar norteamericano, suceso inclasificable sobre el que no es mi intención escarbar aún más porque este tipo de disparates ni siquiera llegan a lamentables, no existen adjetivos para algo que se sale de los límites de toda razón. Pero como en otros desgraciados y similares sucesos ocurridos con anterioridad en ningún sitio he leído o visto comentar la notable evidencia de que ninguno de los asesinos fuera una mujer, ¿o se trata de una obviedad a la que en general se ha decidido no dar importancia o poner como ejemplo?; será que en toda esta paranoia o locura respecto del peligro que corre el supremacismo blanco la mujer no tiene cabida, ignoro si porque las mujeres no pertenecen a la especie de los blancos -al margen de contribuir de forma fundamental a su perpetuación- o porque son mujeres… ¿entonces? ¿Se trata de seres provenientes de otro planeta que desconocen esa amenaza que provoca en el género opuesto comportamientos tan violentos y absurdos como irracionales?

Es evidente que las mujeres no son hombrones constantemente jactándose de jugarse la vida compitiendo, buscando o provocando peleas o comiéndose el tarro con cuestiones de supuesta enjundia fruto de su inactividad, lo que les obliga a una especie de paternalismo protector respecto al otro sexo que comienza y acaba en su desafortunada estrechez mental; más o menos lo que vino a ejemplificar aquel patético señor Smith, tan famoso, presto a liarse a hostias por una supuesta broma -o amenaza- a costa de su hombría, no contra la persona que le acompañaba, porque ya se encargó él mismo de dejar claro que se trataba de SU mujer. Viene a ser la misma forma de pensar -utilizo el verbo pensar como eufemismo- de quienes consideran que las mujeres no pueden estar a la altura de los hombres porque su voluntad es caprichosa o directamente prescindible, y la mejor prueba de ello es que para esa inmarcesible sabiduría masculina un microscópico zigoto es muchísimo más valioso e importante que la voluntad de una mujer, que nunca saben dónde tienen la cabeza y son capaces de liarse a abortar como si se tratara de comprar acelgas. Las mismas mujeres que no entienden que las cuestiones de herencia e identidad son demasiado importantes como para dejarlas en sus manos, sobre todo porque ignoran lo que significa convertirse en padre, crucial función sublimada hasta lo indecible, casi somo si se tratara de un designio divino -por lo que no tiene nada extraño que la misma invención y existencia de dios y la religión sea el recurso ideal para posicionarse de forma definitiva y para siempre por encima del otro género y de ese modo no quedar convertido en simple acompañante procurador de alimento.

Hay tantas preguntas que nadie se preocupa de formular, o reformular, que, de hacerlo, probablemente las respuestas hoy no serían las mismas y el valor o importancia de las que ahora tenemos, o de las que nos servimos, desaparecería por completo; y las nuevas respuestas serían tan simples y punzantes que es posible que el género masculino no aguantara en pie. Ni siquiera sentado, tampoco leyendo, porque, siguiendo con el mismo hilo, hace unas semanas se celebró por aquí una reunión de clubes de lectura de la comunidad, fecha que convocó a todo miembro que quisiera compartir una jornada en la que se sucedieron actos, visitas, reuniones con autores y almuerzo en común. Hasta aquí todo normal, pero lo más curioso y llamativo de la celebración es que la proporción entre mujeres y hombres lectores era de ¡50 a 1! Sí, han leído bien, cincuenta mujeres por cada hombre, luego… ¿a qué se dedican los hombres, además de a sus santo honor e identidad y creerse el padre putativo de la especie? Podría ser caustico o exagerar hasta lo caricaturesco pero no merece la pena, creo que cualquier persona normal -da igual el género- no tendría muchas dificultades para hallar esas actividades “tan masculinas” que realmente interesan a los hombres.

POSTDATA. No es cierto que los hombres no se esfuercen en cambiar y no adviertan tales anacronismos, pero en lugar de rectificar en beneficio de todos más bien se dedican a lavar la cara -eso sí, con alguna mujer como pantalla- para que no se note la suciedad que permanece detrás. Ha aparecido en prensa que la nueva presidenta de los cazadores españoles -actividad, esta si, muy, muy machota- es una joven mujer, una pobre y desorientada alma que viene de maravilla como muestra de cambio, o de que algo se mueve, aunque no sé bien hacía dónde porque entre matar y leer hay muchas y terribles diferencias independientemente de la conjugación verbal.

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Permanecer

Nunca lo pensaron, ni en sus peores momentos, cuando las derrotas, por aquello de ponerse en lo peor, convencidos el uno y el otro de vivir vidas separadas solo relacionadas por las tan inevitables como obvias cuestiones de parentesco. Cosas de la vida -responderían si alguien les preguntara-, esas que les habían situado en un presente imprevisto en el que irremediablemente les tocaba pasar varios momentos del día sentados frente a frente, mirándose sin verse, cada cual ensimismado en sus desacopladas y poco afortunadas permanencias; rutina que lucía resquebrajada y sin que, por causas bien distintas, ninguno hiciera, o supiera hacer, por suavizarla o aligerarla, o simplemente evitarla. Es cierto que el anciano ya no tenía mucho que decir, amén de sumar años que iban deteriorándolo poco a poco y comparecer a los requerimientos de un hijo que había dejado de verse borroso para en muchos momentos casi no verse, incluidos esos fugaces instantes en los que su pensamiento, o lo que fuera que quedara, se demoraba, o perdía, entre circunvalaciones y casualmente reconocía el rostro que tenía delante y le estaba dirigiendo la palabra. No todos los días, tampoco sabría decir cuáles o cuántos porque su tiempo se disponía habitualmente en función de actividades e inercias que lo llevaban de un sitio a otro sin que supiera muy bien dónde o por qué.

El hijo no era el padre pero cada vez se veía más en él, el mismo rostro con algo más de contenido al que sumar las huellas del inflexible paso del tiempo. Era cierto que al margen del trabajo y sus obligaciones, tanto las inevitables como las inventadas, no tenía otro a quien mirar con más o menos detenimiento, ni siquiera amigo, y que al tiempo pudiera devolverle su correspondiente parte de verdad; si es que en el fondo la había, tanto en lo que hacía como en lo creía o vivía. Obligado a compartir techo con el anciano el motivo hacía tiempo que ya no venía a cuento, situaciones y circunstancias de la vida que te llevan y traen abandonándote en un momento determinado en un lugar concreto, resultando que ese lugar es la casa de la que te fuiste tal vez demasiado pronto; aunque luego nunca te lo preguntaste. La misma vieja casa que entonces tenía metida entre ceja y ceja mientras no dejaba de inventar excusas con tal de largarse y no volver. Más o menos lo que venía haciendo últimamente, pero en este caso el lugar donde no quería volver era a su cabeza, a las preguntas, tanto a las de antes como a las que ahora tocaban, para lo cual se había confeccionado un apretado y despótico horario que ningún cuartel se atrevería a imponer con tal de mantener a una tropa tan apaleada como sumisa.

Territorio en el que estaba incluido un brusco e inesperado regreso que seguía cerrado a cal y canto, por cercanía en el tiempo y por el autoconvencimiento de que fue debido o provocado por casualidades que en su momento no pudo evitar -además de obviar directamente su nulo interés y mínima predisposición a sortearlas. Demoradas de forma indefinida las explicaciones, o directamente evitadas y nunca requeridas -cuestiones de necesidad imperiosa-, se trataba de, una vez instalado, idear un plan a largo plazo que en el fondo tenía como objetivo no dejar espacios en los que distraerse o perderse, priorizando la realidad más inmediata, la de todos los días, incluida la atenta y diligente atención al anciano -por aquello de la sangre-; cuestión y tareas que, dependiendo del día, le parecían tanto una bendición como un castigo. La persona que varias veces al día tenía delante, sentado enfrente, congregaba en su rostro un sinfín de recuerdos que en muchos momentos le resultaban extraños, como si no fueran suyos, pareciéndole en ocasiones más bien una impostura en la que esforzarse buscando referencias pasadas. Algo que suele hacerse cuando todavía sigues en el mismo lugar sin hacerte preguntas y así lo asumes y aceptas; que te guste o no es otra cuestión.

De ese modo pasaban los días, conviviendo atrapados en una realidad poco comunicativa salpicadas de penurias de distinto signo y fisonomía, las de una parte desgraciadamente inevitables debido a la edad y las de la otra voluntaria y también obligadamente inevitables; viéndose sin apenas nombrarse y en ocasiones tal que desconocidos inseparables, cada cual enclaustrado en su propia cabeza por diferentes y al parecer indecibles motivos, con escasos lugares o momentos en los que sestear solazándose rememorando recuerdos, lugares y referencias comunes al margen y por encima de las circunstancias que en la actualidad les hacían permanecer únicamente como padre e hijo.

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La confesión

Volvía a perder el tiempo y no tenía sentido -si es que alguna vez lo tuvo-, pero no se le iba de la cabeza. Tampoco venía a cuento quejarse, una vez más, tanto de su desleal y traicionera precipitación como de su permanente deseo de agradar, ya que siempre le habían traído más sorpresas y disgustos de los previstos, y en este caso ambos, al unísono, habían vuelto a interponerse entre la razón más sensata y el sinsentido de uno de tantos comportamientos absurdos y desproporcionados que con el paso del tiempo acaban convertidos en costumbres, que más bien parecen lápidas que la humanidad se fuera imponiendo con tal de encerrarse e impedir la entrada de luz en su tan difuso como poco prometedor futuro.

Había entrado al trapo sin pensárselo dos veces, lo habitual -daba igual que todavía siguiera pensando que solo era una broma que acabó enredándose más de lo debido. Porque aquello se fue enrevesando hasta llegar al no lo dices en serio -incluida la cara que se le quedó y que no supo disimular-, al qué te apuestas seguido del no eres capaz, para finalizar con el desafiante y ahora te vas a rajar que tuvo como resultado inmediato la consiguiente chulería por su parte de si crees que me vas a torear o hacer que me desdiga… pues soy el padrino. Punto final. Ahora tocaba tragarse precipitación y bravatas y cumplir su palabra asumiendo unas consecuencias con las que no quería liarse más de lo que ya venía haciendo. Se hace y basta.

En el fondo siempre había sabido que su sobrina pasaría por la vicaría, aunque nunca imaginó que a él llegaría a afectarle de ese modo. Sabía que la cantinela, presunta advertencia o amenaza de que ella se iba casar por la iglesia no era tal; le gustaban y emocionaban ese tipo de fastos, diría que hasta le apasionaban, tanto los preparativos, los inevitables vestidos como el boato; el resto, la fe, la devoción y la creencia le daban igual. Habituada a conseguir lo que se proponía, cayera quien cayese, no tenía nada de extraño que para adornar su capricho hubiera elegido a su tío más recalcitrante; el problema era cómo llevárselo al huerto, convencida de que en el momento definitivo no se echaría atrás y apechugaría con su palabra, costara lo que costase.

Así que ahí estaba, aguardando de pie derecho, medio colocado por el tufillo que desprendían las dos ancianas que le antecedían -¿qué le irían a contar al cura?-, a un par de metros del confesionario. Con el agravante de que ahora las cosas se decían muy serias y la Iglesia obligaba a los intervinientes en los casamientos a pasar por el “Cuerpo de Cristo”; que la devoción y sinceridad de los confesantes les importara o preocupara era otra cuestión. Se trataba de otra rutina que recuperar, otra práctica y su sagrada permanencia; irlos trayendo poco a poco al redil, incluso a los más pertinaces, obligándolos a postrarse tragándose su orgullo. Sumisos y resignados, pero en el fondo temerosos como buenos cristianos. La cuestión era revitalizar la regla, fortalecerla, porque el tiempo, la duda, el temor y la poca cabeza de los fieles haría el resto.

Y qué cojones le iba a contar al tipo agazapado detrás del enrejado; qué le importaban a aquel mastuerzo sus cosas, su vida, tanto si era bueno como si era malo, además, ¿qué significaba ser bueno? Cómo sabía si le hablaba un pecador redomado o simplemente le estaban mintiendo con tal de salir del paso. Menudo hipócrita. No había ha vuelto a verse en semejante tesitura desde los días de su infancia, y entonces porque no había más remedio. Crecían permanentemente asustados y pasar por el cura era lo normal, no se podía hacer otra cosa -mucho menos un crío. Era lo correcto, una costumbre o una obligación que cuando tuvo algo más de un dedo de frente dejó definitivamente porque más bien le parecía un interrogatorio cotilla y capcioso por parte de un desconocido en el que jamás confió; un meticón riguroso e impasible actuando como representante de un supuesto poder que tampoco entendía. La escenificación de una especie de farsa que te obligaba a rebuscar en tu cerebro de niño males que ni sabías ni entendías, hasta el punto de llegar un momento en el que todo lo que hacías parecía pecado. Si dudabas es que era malo, por si acaso, pero entonces no acababas nunca… y cómo le ibas a contar tantas cosas ¡qué vergüenza!

Permanentemente a cuestas con una sensación de peligro, culpa y remordimientos que nunca desaparecían del todo, como si pensar fuera el mismísimo demonio incrustado en el cerebro y obstinadamente empeñado en llevarnos por el mal camino, haciéndonos dudar o simplemente preguntándote. Suspendidos en un especie de cautela absurda en la que el simple hecho de mover una mano podía convertirse en pecado -¡joder! si solo eran niños.

Tan enfrascado estaba en su tardía e inútil reflexión que cuando quiso darse cuenta se hallaba, tal que un autómata, arrodillado ante aquella siniestra y oscura casucha… ─ Ave María Purísima…

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Ascensores

Hubo de reconocerse ingenuamente sorprendido cuando oyó de su existencia, aunque ese conocimiento no dejaba de ser una evidencia más de su ignorancia, otra que sumar a las que ya llevaba a cuestas, como todo humano que se precie. Es lo que tiene hacer de la vida un universo cerrado en el que solo caben tus cosas, tu gente y poco más, que acabas creyéndote que tu vida, tu mundo, es el mundo, y hasta el universo entero, con sus dioses y todo. Craso error y, por otra parte, bendita realidad, ya que gracias a ella, a ellas, si pueden decirse tantas, tantos pueden llevar unas existencias más o menos dignas sin amargarse porque sus mundos no sean el mundo, si es que el mundo, esa objetividad, existe y es real independientemente y al margen de los millones de habitantes que lo ocupan y conforman.

Ya, tampoco era para tanto, solo se trataba de un ascensor, pero era el ascensor de servicio, un artilugio que, puesto entonces a pensar, únicamente recordaba de las películas; el colega o sustituto de las escaleras de servicio por donde se colaban los cacos, los asesinos o los espías, o se escurrían los/las amantes cuando la otra parte de la pareja regresaba de improviso al hogar, a punto de descubrir la inevitable consecuencia de una mala convivencia. Una parte más del atrezo, algo que aparecía en las películas que se desarrollaban en barrios elegantes, casi siempre norteamericanos -de Nueva York-, que era el cine que habitualmente consumía. Se trataba de sus cuadrículas mentales, tal vez por eso cuando su amiga le dijo que acababa de llevar unas flores y por recomendación expresa, u orden, del portero físico -de carne y hueso, no licenciado- hubo de subir al sexto piso por el ascensor de servicio, que era lo indicado, se sintió sorprendido. También había ascensores de servicio, justo al lado.

Ella lo miró algo extrañada, advirtiendo su mínimo gesto de sorpresa, pero no le dijo nada, quizás porque para ella no lo era, sino su trabajo; estaba habituada a hacerlo, existían ascensores de servicio para el servicio, o sea, para todo aquello que no acompaña o es susceptible de deslustrar la dignidad de la consiguiente entrada y ascensor principal, probablemente más serio y elegante.

Sin embargo, lo que no dejaba de ser algo completamente intrascendente, o una solemne tontería, para él fue todo un descubrimiento, o debía decir redescubrimiento, la constatación de su ignorancia o aquello de ¡en qué mundo crees que vives! La normalidad del mundo real a la que al parecer vivía ajeno. Seguía habiendo escaleras de servicio, bueno, también ascensores, en su tiempo y en su ciudad. ¡Ah! esos mundos desconocidos que se desarrollan justo al lado de los nuestros y de los que no tenemos ni idea; tampoco de cómo funcionan o su importancia a la hora de, directa o indirectamente, conformar los propios, esos que creemos auténticos, tan nuestros, genuinos, puros, libres y todo lo que usted quiera.

Pero era inevitable que la primera sorpresa acabara torciéndole el gesto. Las clases de toda la vida, aquello de usted no puede subir por ahí porque por esa parte solo suben los señores, o los propietarios, y puede mancharlo con su presencia. Se trata de una cuestión que nada tiene que ver con la limpieza y sí con el orden, usted no es señor ni propietario y su sola presencia puede incomodar a quienes no tienen necesidad de tropezarse en su vida diaria con tipos de, digamos, otros estamentos sociales -jamás dirían menor nivel-, aun sabiendo que existen y en cierto modo sean necesarios, pero dentro de un orden, no nos confundamos; si empezamos a mezclarnos en el ascensor con el repartidor del supermercado, el mensajero, cualquier cobrador o el fontanero, las cosas pueden ir a peor. Vale que confraternices con ellos amablemente, con educación, también son personas humanas, pero de eso a enredarnos en el día a día, eso sí que no. Fuera, en la calle, donde todo se confunde, vale, no queda más remedio, es lo que tiene de emocionante vivir, pero ¿¡en mi propia casa!? Esa promiscuidad puede dar lugar a comportamientos y/o sensaciones de igualdad que ya no estarían nada bien. Cada cual en su sitio.

Detuvo en seco sus pensamientos y suspiró. Mejor no seguir por ahí, definitivamente se quedaba en su mundo, aunque en lo sucesivo no debería perder de vista a ese otro, aunque solo fuera como referente, no le apetecía vivir como un ignorante.

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La red social

No sabría decir cuándo fue la primera vez que lo advirtió, si no algo raro si distinto, una sensación, una repetición o un déjà vu que cuando volvió a tocarle hizo algo más que picarle la curiosidad. Tampoco supo en qué cuenta lo sintió aquella primera vez -sí, sintió-, si amigo o simplemente conocido, en la publicidad de una empresa o a la hora de buscar tampoco recordaba qué; llegaba un momento en el que el tiempo perdía toda referencia, daba igual si durante horas sentado ante la pantalla o cuando, poseído por una necesidad que ya le gobernaba más de lo que quisiera, corría ante el teclado para colgar la última ocurrencia, una fotografía o la enésima trivialidad que acaba de vivir y que, en el colmo de la vanidad, sentía o necesitaba creer de interés para alguien más que no fuera él mismo. En sus momentos de lucidez llegaba a reconocer que sus obligaciones impuestas respecto a las redes sociales eran tanto una soberana gilipollez como la única forma que tenía de sentirse alguien en su frenética, aburrida y atolondrara existencia.

Solo tuvo que “pinchar” donde debía, previa consulta y experta información, para dar con los originales y las repeticiones, tanto de las historias, los textos como de las fotografías. Y cuando hubo hecho cálculos no tuvo más remedio que reconocer que dos tercios de las cuentas que tenía como amigas o conocidas simplemente eran bots, cuentas, comandos y funciones autónomas que cumplían roles humanos de amigos y conocidos en apariencia tan reales como las teclas que solía golpear cada día; pero eran mentira, no había nadie detrás de las historias, ni de las fotografías, extraídas de una gigantesca base de datos provenientes de personas que en muchos casos habían dejado de existir -luego no había posibilidad de reclamación. Rastros ya extintos transformados en carne de relleno para nuevos reclamos de gente guapa o simples aficionados a cualquiera fuera la dedicación en la que se entretuvieran tantas y tantas personas que de ese modo se creían vivas y sus gustos amigablemente reconocidos.

Luego, si concretaba, resulta que hablaba y mostraba sus caprichos a nadie, a cadenas de unos y ceros creados y organizados por cualquier avispado con segundas intenciones, acumular amigos y/o conocidos que en el fondo solo significaban posibles compradores o simples valedores de teorías, conspiraciones o vete a saber qué, cualquier cosa que se le ocurriera al dueño del invento con tal de obtener unos suculentos beneficios a costa de identidades, amistades o simples incautos que tarde o temprano darían sus frutos, cuantos más mejor. Y se vio a sí mismo como uno de los millones de pobres diablos que hacían de las redes sociales su sino, tímidos, incapaces, con problemas de relación o la autoestima por los suelos pegados de un modo u otro a un teclado y a un mundo ficticio que compensaba tanto vacío existencial como al parecer había por ahí. Que las tres cuartas partes de su mundo en la red no existiera tenía su miga, no por lo que pudieran conseguir de él, no le preocupaba, en su momento se propuso no gastar un euro mediante transacciones informáticas, sino que lo que creía que era un mundo feliz con el que se identificaba o hacia el que corría cuando a su cabecita se le ocurría alguna cosa que consideraba ingeniosa e interesante para los demás solo era la fría y automática parte de un negocio en el que el corazoncito, también el suyo, quedaba a la altura del betún, o sea, más carne de cañón, en este caso digital. Si algunos días, en su vida real, ya no levantaba cabeza, la otra tampoco servía, o era peor si cabe ¿a quién se dirigía? ¿con qué ilusión volvería a colgar lo que tocara si al otro lado no había prácticamente nadie? Nada, unos y ceros ordenados en algoritmos con apariencia y pensamiento humanos que cumplían una tarea recolectora de corazones solitarios. Cerró el portátil y se fue a la calle, necesitaba aire, o quizás personas que le miraran a la cara.

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Políticos y política

El partido socialista alemán ha tenido que tirarle de las orejas el antiguo canciller, Gerhard Schroeder, por su insistencia en defender y justificar al presidente Putin, algo que no dejaría de ser anecdótico si el antiguo político no fuera el presidente de la compañía gasística rusa que suministra el combustible ruso a Alemania. Dice el dicho que no hay que morder la mano que te da de comer.

En este otro caso no existe la mano porque hace tiempo que desapareció, y tiene que ver con esa especie de izquierda local -de nombre- todavía perdida en unos sueños decimonónicos que la tienen abducida de su propia realidad. Una agrupación tan desorientada que al mismo tiempo que exige la apertura de las fosas que aún quedan por abrir en este país, como es justo, de derecho y razón, amén de resolver las muertes y devolverlas a sus actuales descendientes, por otro lado es incapaz de votar a favor de la urgente investigación de los numerosos asesinatos etarras aún por resolver -una gran mayoría ocurridos cuando ya no existía la dictadura-, tal y como ha propuesto el Parlamento Europeo. Mientras que en el primer caso acierta de lleno en el derecho histórico y moral de exigir y sacar a la luz los muertos asesinados por los fascistas durante la posguerra, en el otro caso permanece bloqueada en su propia inoperancia mental, anclada en unas fidelidades decimonónicas hoy claramente desfasadas, cuando no superadas -aunque esto último sea más complicado de aceptar-, que la obligan a unos débitos hacia unos tribalismos étnicos y xenófobos que hacen de la identidad causa de segregación social en los territorios que dominan.

La victoria de Macron en las pasadas elecciones francesas ha sido tomada por el establishment político como un voto de confianza en la política pro europea del actual presidente, cuando sencillamente se trata del voto de un mal menor, tragar con lo malo conocido antes que ponerse en manos de una extrema derecha nacionalista y xenófoba que haría retroceder al país al siglo XIX.

Lo siguiente más bien parece un suceso tragicómico, un caso digno de estudio u otra tomadura de pelo más por parte de unos tipos habituados a hacer su santa voluntad, tanto da si por lo civil o por lo criminal. Se trata del tan sospechoso como cómico caso del supuesto espionaje a los cabecillas independentistas catalanes. Suena a sarcasmo que quienes vienen intentando demoler la realidad política vigente, con todo tipo de falsedades y triquiñuelas, mala fe y desprecio por la legalidad, se escandalicen y pongan el grito en el cielo porque aquellos a quienes pretenden destruir, el gobierno de la nación, haya espiado sus movimientos. Una gente que, amparada en la libertad que ofrece esa misma democracia que pretenden fracturar mediante un doble juego tan cínico como desleal, aún tiene la caradura y desfachatez de alarmarse y rasgarse las vestiduras porque el gobierno del estado que intentan desbaratar actúe en su defensa. Independientemente de la legalidad o moralidad de tales actuaciones por parte del Estado -si es que finalmente se demuestra que existieron-, hay que ser muy estúpido, o sinvergüenza, amén de considerar a la otra parte como auténticos imbéciles, por pretender que los que ellos han tachado unilateralmente como sus enemigos vayan a quedarse de brazos cruzados permitiendo que los arruinen, sin hacer nada, legal o ilegal, por evitarlo.

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