Ballenas

En el pequeño puerto, a escasos kilómetros del Círculo Polar Ártico, un grupo de personas entretienen expectantes la espera bien provistos y abrigados -por si las moscas-; la tarde anterior, de un día gris, ventoso y lluvioso que desanimaba al más pintado, la salida hubo de ser interrumpida por el mal estado del mar. Pero hoy ha amanecido un sol radiante en un cielo hasta ese momento completamente azul, algo, según los locales, muy raro por estos lares. Aguardan al barco, todavía por llegar de vuelta de la primera salida matutina. El grupo aumenta poco a poco, sin palabras, algunos saludos de cortesía entre conversaciones privadas con las que hacer más fácil la espera; desconocidos reunidos con un objetivo común y una incertidumbre incómoda que ninguno sabe resolver, ¿verán hoy ballenas? ¿cuántas? ¿grandes? ¿pequeñas? ¿y también delfines? ¿nos salpicarán? ¿podré hacer buenas fotografías?…

No se trata de dudas o divagaciones, sino lo que suelen pensar quienes se hallan en circunstancias similares, antes de que comience el pequeño viaje mar adentro.

Por fin aparece el barco, las partes altas visibles por encima del malecón que cierra el puerto, pequeño y bamboleante; y a medida que se acerca al muelle donde espera el grupo este se inquieta y arremolina reagrupándose junto a la pasarela de acceso. Hay algunas prisas por colocarse en primera fila, eso sí, con cierto tacto, el respeto o la educación hace que nadie se imponga por las malas; se trata en definitiva de alcanzar los mejores lugares con tal de estar lo más próximos posible a los protagonistas del viaje, aunque en el fondo ninguno de ellos sepa por dónde van a aparecer, solo que el barco, una vez vistos, enfilará la proa hacia ellos, luego, hay que estar delante.

Tras desprenderse de sus correspondientes fundas de neopreno, los que no lo han hecho durante la travesía de regreso, los recién llegados ascienden por la pasarela sin mostrar signos de aprobación o rechazo, ni entusiasmados ni enfadados, algo muy difícil de interpretar para los que aguardan porque de ello no puede obtenerse ninguna pista respecto a lo que les espera allá adentro, si bueno o malo, si felices o defraudados. En cuanto queda libre la pasarela el grupo sigue en su sitio sin atreverse a lanzarse al abordaje, una expectación entre respetuosa e ignorante que lo mantiene nerviosamente quieto, a la espera, hasta que un gesto desde la embarcación les indica la señal de salida. Pasos rápidos y pequeños empujones apenas cambian la organización del grupo que se planta junto a la nave casi en el mismo orden que estaban durante la espera. Los encargados o responsables del viaje, tras rápidas ojeadas a la altura y anchura de cada individuo, reparten aleatoriamente las correspondientes fundas de neopreno con la perentoria esperanza de que a cada cual se le adapte de forma más o menos correcta. Y si no es así no merece la pena reclamar, cada cual se la enfunda como puede porque lo que viene después es más importante que te tire una sisa o una pernera; y no vamos a demorar las salida por un quítame esta funda.

Situado cada cual en su sitio, es decir, donde ha podido o le han dejado, uno de los responsables se dirige al personal micrófono en mano haciendo una especie de recapitulación de lo que les espera, rogando encarecidamente al personal que evite los movimientos inesperados o sin sujeción, ya que cualquier imprevisto puede dar con el imprudente en el agua, y entonces sería peor el remedio que la enfermedad. Intentan explicar hacia dónde se dirigen y qué verán, con la consiguiente advertencia de que no se puede esperar nada por decreto porque dependen de unos animales que van a lo suyo -como todos-, y no les preocupa ni ser vistos ni fotografiados, todo lo contrario, ellos lo que desean es dormitar, descansar y comer en paz, a su aire, y hacerlo con más o menos público les es indiferente, o peor, porque ello significa molestias indeseadas que pueden espantar la pesca o interrumpir el merecido descanso.

El barco sale airoso del puerto con un vaivén tan alegre como notable que al parecer a nadie incomoda ni procura malas sensaciones, al menos de momento. Enfila hacia mar abierto, nadie sabe dónde excepto los tipos que comandan la nave, lo que no ha evitado que los más arriesgados, listos o preparados hallan copado la proa y las amuras de babor y estribor cámara en mano. El balanceo de la nave en algunos momentos es importante, rozando la bordas los niveles del agua.

Por allí asoma la primera ballena…

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Concursos

Aquella parecía una cara conocida, se trataba de un concurso y el concursante era el mismo de otros concursos; ¿sorprendente? quizás no, probablemente debe existir una actividad de la que decirse, por ejemplo, de profesión: concursante.

Acto seguido me vino a la cabeza una antigua película de Nicolas Cage en la que su mujer se dedicaba, como actividad diaria o especie de “trabajo”, a memorizar datos de todo tipo con los que acudir a concursos televisivos y ganar un gran premio del que vivir, quiero imaginar, opíparamente. Luego, y asumo mi ignorancia sobre el tema, ahora mismo debe de haber cantidad de personas memorizando contra reloj nombres, datos, fechas, lugares raros y cualquier otra pregunta cojonera con el objetivo de saltar la banca de algún concurso televisivo; y después de ese otro, y no sé si así sucesivamente.

Recuerdo cuando los concursos me parecían, además de curiosos e interesantes, una invitación a sentarte ante el televisor e intentar contestar alguna de las preguntas que iban desgranando los presentadores, incluida la orgullosa y pequeña vanidad de saberla e incluso responder desde casa antes que el propio concursante. Entonces tampoco faltaba alguien a tu lado que decía, preséntate… si no te atreves yo escribo al programa por ti; a lo que me encogía de hombros un poco avergonzado porque me veía, en caso de darse la situación, incapaz de salir airoso de aquel fregado.

Luego fui sabiendo, por diferentes fuentes o información directa de conocidos que llegaron a participar en ellos, que la mayoría de los concursos, si no todos, están amañados; para ello deben existir y funcionar un sinnúmero de recursos de realización -insospechados para la gente corriente- basados en una simple mecánica trucada, así como la excusa de tomas y grabaciones supuestamente erróneas o malas que han de volverse a hacer y, ahora sí, inclinar la balanza hacia el concursante previamente elegido por los productores, el más simpático o el que cae mejor; de ningún modo ese otro que jamás puede salir como vencedor de allí.

Hoy los concursos se han multiplicado porque quiero imaginar que para los espectadores todavía conservan, además de un punto de curiosidad, una especie de aura en la que supuestamente se mezclan ese punto de aleatoriedad -o simple suerte- y sabiduría básica popular que cualquier persona acumula conscientemente o sin apenas darse cuenta. A pesar de las trampas implícitas y/o camufladas u ocultas que los caracterizan. Sin embargo, sigo pensando que en los concursos siempre gana quien previamente eligen los productores, y el azar, como cualquier otra parte del guion, existe como necesaria y controlada dosis de emoción y supuesta veracidad suficiente para sujetar en el sillón a los espectadores en sus respectivos domicilios.

Lo que sobre todo me resulta curioso es que haya gente empollando a destajo miles de datos de todo tipo con el objetivo de ganar un concurso televisivo; sin un criterio de mejora personal o afán de conocimiento mínimamente articulado, todo lo contrario, acumulando un batiburrillo, o caudal amazónico de datos, tan abigarrado como aleatorio; una especie de precario, disfuncional y absurdo caos fácilmente olvidable y que, me temo, no conduce a ningún sitio.

¡Cómo no! -dirán algunos- ¡qué tonterías estoy diciendo! Qué mejor fin en esta vida que ganar todo el dinero posible, qué mejor objetivo que hacerse millonario participando en concursos televisivos. Además de salir en la televisión y hacerte famoso es casi como tocar el cielo, la máxima felicidad. ¿Seguro? Entonces, sin ningún género de duda el equivocado soy yo, tengo otra idea de lo que significa aprender, proveerte de unos conocimientos que te permitan saber y conocer cómo somos, además de cómo funciona el mundo y por qué; se trata en última instancia ser mejor persona y mediante ese conocimiento adquirido colaborar o ayudar a los demás.

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Una de jueces

Hace unos días se conocía la sentencia y correspondiente condena de los dos expresidentes andaluces implicados en el caso de los ERE, y gracias a ello cualquier ciudadano habrá descubierto, por si no lo sabía ya, porque la derecha nacional -que, repito una vez más, nada tiene que ver con una derecha democrática europea- mantiene bloqueada la renovación de algunos órganos judiciales.

Como tampoco es una novedad reconocer que en este país una mayoría de jueces son señoros con más caspa que pelo que piensan y viven con anteojeras; ancianos decimonónicos anclados en una ideología ultracatólica y provinciana a los que el mundo actual les viene grande, dulces abuelos dedicados a vegetar, a costa de los presupuestos del Estado, salvaguardando una jurisprudencia patriarcal, machista y reaccionaria del tipo Dios, patria y familia. A quienes nadie exige la correspondiente actualización, por la sencilla razón de que si intentas actualizarlos se caen a cachos.

Volviendo a la condena de más arriba y sin entrar en valoraciones de ningún tipo, cuesta entender que en su redacción aparezcan consideraciones tan ambiguas como: “no tuvieron suficiente atención…”, «tenían que saber lo que pasaba…” o, “podrían haber hecho algo…”, en lugar de condenar a partir de acusaciones incriminatorias o directamente provechosas para los culpables apoyadas en hechos y pruebas contantes y sonantes. Porosas circunstancias a la hora de condenar que no concurren, curiosamente, en los casos en los que el partido de la derecha nacional -gente de la misma cuerda- ha estado y aún sigue implicado. Un partido condenado judicialmente por corrupción y financiación ilegal que tiene a su antiguo tesorero en la cárcel gracias a pruebas y evidencias concluyentes; en cambio, los presidentes del partido que lo eligieron, admitieron, validaron y celebraron siguen campando a sus anchas, para estos no hubo consideraciones tan vaporosas como las aplicadas a los expresidentes andaluces. Es más, aquellos mintieron sin ningún pudor a la hora de declarar ante sus mantenidos, sobre todo y porque, en justa reciprocidad, más les valía a estos no morder la mano que les da de comer. Con el agravante de que la policía demostró en su momento que hubo destrucción intencionada de pruebas informáticas incriminatorias que podrían haber profundizado en la investigación apuntando a más delincuentes, tan políticos como corruptos. En estos casos nadie tenía que saber… podría haber hecho… o no prestó suficiente atención.

O que el segundo y tercero en el mando en la comunidad de Madrid estén entre rejas, acusados de apropiación indebida y corrupciones de todos los colores y tamaños, y la presidenta que los dirigía siga libre y coleando. Por no hablar de bodorrios en El Escorial o la cueva de delincuentes y chorizos que fue la Comunidad Valenciana cuando estos tipos, más que gobernar, se dedicaban a robar a manos llenas.

En fin, es lo que hay, los condenados se lo tienen bien merecido, tal y como piensan muchos. Quien les manda a tipos sin tradición ni experiencia en el poder ponerse a gobernar dejando a un lado a la gente que ha nacido para ello, probos caballeros en posesión de ese derecho a mandar tan tradicional como divino. Qué es la democracia sino una ficción de pobres. Sueños de mediocres, y así nos va.

La renovación judicial en este país permanecerá detenida hasta que los dueños naturales del poder regresen a sus puestos de mando. Entonces, cuando veamos la cara de cemento del que dicen es el nuevo líder conservador, y del que solo se sabe que gusta fotografiarse sonriente y en bañador a bordo de barcos propiedad de conocidos narcotraficantes, podremos respirar tranquilos, habrá llegado la normalidad y aquellos jueces comatosos serán justamente recompensados por su corrupta fidelidad. Qué verano tan feliz.

NOTA.- Imagino que para llegar a juez harán falta de veinticinco a treinta años de duro estudio; claro, hasta ahí solo pueden llegar quienes tengan detrás un saneado y boyante balance económico. Por eso necesita becas la gente de dinero, para facilitarles el acceso a sus nichos naturales. No vas a ayudar con becas a un pobre desgraciado que, llegado el caso de convertirse en juez, se dedique a impartir justicia. Cada cual a lo suyo.

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Verano

Caminaba despacio, y no por costumbre, era tarde, el día hacía mucho que había finalizado y aquella vuelta a la calle -un compromiso inevitable- se le antojaba un extra con el que habitualmente no contaba. Tenía tiempo y ninguna prisa, mañana había decidido no madrugar -porque podía hacerlo- y le apetecía echar un vistazo a la fauna nocturna, inesperadamente picado por una repentina curiosidad veraniega que en alguna esquina de aquella relajada vuelta a casa le había hecho retroceder a otros veranos de algún modo similares a este. Como si el paso de los años no hubiera afectado a los hábitos de la población.

Y como antaño apenas encontraba calles vacías, más allá de la hora o por ser precisamente verano, y porque no todo el mundo necesita impepinablemente huir para desconectar durante unos días del lugar de residencia, cuando puedes desconectar precisamente en el lugar donde habitualmente vives conectado, experimentando la desconexión con el mismo paisaje como fondo que el resto del año, pero sin que te agobie el despertador cuando el sol aún no ha asomado por el horizonte. Se cruzaba con jóvenes, en pequeños grupos o en solitario, impacientes y dicharacheros, cada cual con su correspondiente teléfono móvil asido con una mano precediéndole mientras camina, dispositivo que actúa como una especie de corazón cuyo latido social, permanentemente alimentado por otros y desde otros lugares, les ayuda a sentirse vivos en este por donde se mueven. Apenas ha cambiado la forma de vestir, el mismo par de prendas, falda o pantalón corto, o muy cortos, camisetas y zapas deportivas o sandalias -tal y como vestía él, pero sin teléfono-; las mismas y animadas charlas pero sin perder de vista las pantallas, su horizonte de referencia, hilo conductor en permanente suministro de infinitas excusas o temas de conversación -también los mismos de siempre, es nuestro sino- condimentados con comentarios en presente.

En algunas calles vegetan grupos de vecinos enfrascados en una charla distendida al amparo de la semioscuridad que propicia una iluminación tan aleatoria como caprichosa, solo interrumpida por algún vehículo o chavales de paso. Abuelos y gente mayor -y viceversa-, y todavía algún aparato de radio chillón junto a su solitario propietario; aunque lo que más se repiten son parejas o pequeños grupos repasando el día o lo que precisamente acaba de pasar o suceder delante de sus propias narices. Las noches de verano son de los más jóvenes y los mayores, las edades intermedias no son necesarias ni se las espera a estas horas; rumian refugiadas en el nido entre aburridas y cansadas, con prisa para mañana -cuando todavía es hoy. Aguantan escondidos, permanentemente preocupados o despatarrados en el sofá, o ya encamados porque mañana hay que madrugar; abducidos por las manecillas de un reloj mental que poco o nada tiene que ver con su propio reloj de carne y hueso.

A estas horas, ausente la estresante normalidad de trabajadores, vigilantes, responsables, censores y aguafiestas, la secreta calma de la noche se despliega en todo su atractivo propiciando un territorio de libertad para los más jóvenes, sin tiempo ni nadie que les diga qué hacer -o qué no- o hasta cuándo, casi lo que quieran, hasta que se aburran de hablar y mirar los teléfonos y caigan en la cuenta de que es tarde y de momento no tienen nada más que decirse; además, también les puede caer una bronca.

Los mayores disfrutan más ligeros si cabe, de vuelta de las responsabilidades que agrían el vivir, para quienes el trabajo, si todavía trabajan, solo es un viejo conocido con el que no conviene excederse porque después nadie te lo va a agradecer; alguien pasará tu página sin preguntarte, y cuando quieras advertirlo tampoco podrás reclamar porque en realidad hace tiempo que dejaste de existir. Sin el agobio de lo definitivo porque aún queda tiempo para, junto a los más jóvenes y su vitalidad infinita en la que el tiempo ni cuenta ni existe, reírse y reírte de ese mismo tiempo y tanto esfuerzo invertido con tal de rentabilizarlo.

Es noche de verano y el camino no tiene fin, como todos los veranos, mecido por un tiempo que en realidad no es más que una ficción de la que disfrutar y aprovecharse, mejor sin demasiada rigidez, probablemente porque puedes quedarte agarrotado y perder tanto agilidad como sensibilidad. Verano, mucho más que olas de calor y noticias alarmantes.

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De acá para allá

Anda todo tan revuelto con la inflación, la guerra, el gobierno, los incendios, las hipotéticas subidas de impuestos a los bancos y las eléctricas, las olas de calor, el verano -¡qué casualidad!-, la COVID -¡todavía!-, el cabreo de la derecha nacional porque sigue “sin pillar cacho” o el deplorable estado de la enseñanza pública madrileña que cualquier noticia deja tantos hilos sueltos que, puestos a tirar, acabas metido en otro berenjenal del que no tenías ni idea. Algo de eso debió pasarles hace unas fechas a unos periodistas que, pretendiendo hablar de corrupción internacional, acabaron enfangados en un edificio de superlujo en el centro de Madrid, como el que no quiere la cosa. Porque leyendo su artículo llegaba un momento en el que no sabías si se trataba de una enfervorecida loa a unos políticos corruptos mexicanos o al lujoso y super guay edificio madrileño; o al revés, andabas empantanado en los lodos de una acusación de corrupción internacional perseguida por el actual gobierno mexicano o leyendo sobre la corrupción inherente a vaciar un antiguo edificio, de los que dicen emblemáticos, demoliendo completamente su interior sin preocuparse si con ello desaparecen construcciones y espacios únicos, para parcelarlo con habitáculos de mucho más que lujo, megalujo, como orgullosamente escribían los autores.

Por allí aparecía un abogado acusado y perseguido por delincuencia organizada del que resulta era cliente un expresidente mexicano, también sospechosamente corrupto. Y aquel había tenido la feliz idea de “invertir” parte de lo sisado en comandita en su país en un piso de lujo -¡qué casualidad!- en Madrid, precisamente en ese edificio, también de lujo -ya lo he dicho antes-, recién construido en el centro de la capital. El resultado final era, más o menos, un batiburrillo de alabanzas y denuncias en el que había desapariciones, persecuciones, boutiques caras, y muy caras, piscinas, yoga, spa, mayordomos, pisos de entre 150 y 700 metros cuadrados -entre cinco y diez millones-, cuentas en Andorra, millones de dólares, restaurantes, chef exclusivo, un hotel con habitaciones entre 40 y 400 metros cuadrados, grupos criminales internacionales, otros expresidentes, también mexicanos y, además, conserje uniformado -así, textual-. También advertían a los más avispados que ya era imposible adquirir segmentos inmobiliarios en dicho edificio, estaban todos vendidos, quizás alguno en alquiler por 17.000 púas el mes, o alguna habitación por 18.000 al día, nada más. Como bien decían los plumíferos, se trata de otro nivel.

Al final siempre es dinero, pero no con el que yo particularmente estoy habituado a relacionarme, sino muchísimo más, esas cantidades que solo aparecen en presupuestos estatales -jamás apiladas billete sobre billete porque materialmente no existen- o relacionadas con el fraude, la delincuencia y la corrupción -materializables con más facilidad, sobre todo en pisos de superlujo en el centro de Madrid-; me pregunto por qué estará Madrid tan económicamente de moda. Y si preguntáramos cuantos de esos pisos de superlujo del edificio madrileño están relacionados con dinero sospechosamente limpio y reluciente, o pertenecen a probos delincuentes nacionales e internacionales -mejor, sociedades fantasmas sin cabeza visible conocida- nadie nos lo diría, son cuestiones privadas que no nos interesan.

Después seguí tirando del hilo y pensé que, además de conserje uniformado, tal “supermegalujosedificio” necesitaría de personas que justificaran tanta opulencia y la hicieran ostensiblemente útil, es decir, que sirvieran a tan digno establecimiento como a sus dignos -o no tanto- propietarios, y entonces me acordé de los jóvenes y chavales que pueblan los centros de enseñanza públicos de Madrid y del extraordinario futuro que les espera en el centro mismo de la capital; qué de lujosos restaurantes en los que servir, inodoros que limpiar, cajas fuertes y tiendas de lujo que guardar, piscinas cubiertas o amplísimas y luminosas habitaciones de hotel en las que agitar diligentemente el polvo. Pero no solo gente de la capital, sino también de las zonas de alrededor, y de ese modo estar en contacto al menos una vez en la vida con lo único que merece la pena en esta, los exclusivos dueños del dinero. Y también me dije que, después de todo, el que esta pobre gente no tenga acceso a becas para estudiar tampoco es tan importante, al menos aspiran a un trabajo y la posibilidad de conocer a chorizos y mafiosos internacionales de prestigio, por lo que, como en cualquier película de sueños no cumplidos, tienen la remota posibilidad de, además de obtener suculentas propinas, caerle bien a alguno de estos mendas y asociarse con él como sirviente. No hay nada como conocer gente de otros lugares para saber del mundo y poder levantar el vuelo. Tu a Madrid y yo a México.

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El regalo

Tal vez el problema, si puede decirse tal y en ese caso estaban todos incluidos, también ella, era que olvidaban el significado de regalar más a menudo de lo que debieran; no tanto del regalo sino de la acción, del hecho en sí, el ofrecimiento de afecto y consideración, de amistad o cariño, o amor, por parte de alguien que te aprecia o te quiere y lo hace de buen corazón. Como también se mostraban olvidadizos del discreto segundo plano en el que deberían quedar las apetencias y voluntad del regalado, cualidades y/o disposiciones que se suponen indisolublemente unidas a una correcta educación dispuesta tanto a sonreír como a agradecer con sinceridad la sorpresa recién descubierta -aunque en alguna ocasión se trate de la peor sorpresa del mundo. Quizás por ello algunos piensan que para hacerlo mal mejor no regalar, los regalos nunca son necesarios -quiero creer que tampoco para estos recibirlos, aunque es cierto que regalar no tiene por qué ser un gesto imprescindiblemente recíproco. En cualquier caso allí estaba ella, a vueltas con su cabeza -lo habitual- al tiempo que atenta a la hora de dejar a la vista las correspondientes muestras de emoción fácilmente discernibles para los pares de ojos que, a su alrededor, no perdían detalle de sus gestos y movimientos, sumándose a una ilusión común que, llegado el momento, debería finalizar con la esperada y exultante reacción ante el feliz descubrimiento. Al menos eso era lo esperado.

Cavilaciones y precauciones que le hacían manipular el paquete con cierta desgana, puede que suficiente para que un ojo atento llegara a sospechar advirtiendo algo más que emoción en ella. Los presentes, además, ignoraban que últimamente andaba más bien escamada, molesta porque había llegado a odiar los regalos y el ridículo ceremonial de su apertura, la general y opresiva atención -sí, a ella le parecía opresiva- a la hora de captar el más mínimo gesto cómplice o de sorpresa del regalado. Malestar o inconveniencia que en su caso provenían de la desafortunada repetición de unos regalos francamente inconvenientes, inútiles, estúpidos e inservibles; extravíos sin pies ni cabeza por parte de quien te aprecia o incluso te quiere. Hubo un momento en el que llegó a detestar que le regalaran porque ya nunca acertaban, ni por aproximación. Le cansaba todo aquello.

El cuchillo cortaba ahora limpiamente los precintos, todos, hasta dejar liberadas las solapas que ocultaban el interior mostrando el contenido. En su deliberada lentitud su cabeza volvía a extraviarse, en esta ocasión con algo que siempre le había parecido más bien mezquino, la burda excusa de aquellos que no sabiendo, ni queriendo interesarse en regalar, una molesta obligación, o un incordio -ignoraba si también pensaban lo mismo a la hora de recibirlos-, “soportaban” el inconveniente forzando a sus “víctimas” a manifestarse respecto a necesidades, gustos, deseos y apetencias, porque de lo contrario no habría regalo. Según estos uno no puede arriesgarse y hacer el canelo perdiendo tiempo y dinero regalando algo inútil o innecesario; un regalo es algo que específicamente necesitas o te apetece, de lo contrario mejor no regalar y/o, llegado el caso y una vez cometido el error, queda el derecho del regalado de renegar del regalo, devolverlo o directamente tirarlo.

¿Acaso era ella de estos últimos? No pudo seguir porque la proximidad del final comenzaba a traicionarle. Pero había más papel, la caja no era proporcional al contenido, ¡menuda tomadura de pelo! Intrigada, levantaba y apartaba con cuidado papel y más papel, sin alzar la vista porque intuía, con razón, que se los encontraría tan sonrientes como ganadores, sabedores de que la emoción comenzaba a delatarle. Hasta que la vio y se vio en el fondo de la caja, su rostro enmarcado en plata -en lisa y ancha plata-; en tal calidad que podía adivinarse el fino y claro vello y sus enormes ojos clavados en una fotografía cuya imagen se distinguía con total claridad en el espejo situado a su espalda; también ella, más pequeña, no recordaba cuándo ni dónde. Y rompió a llorar, sin poder evitarlo y sin que le importara, sus sollozos imponiéndose sobre un repentino silencio entre tenso y avergonzado que había dejado la expectación como segundo plato.

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Becas y lotería

Las dos palabras del título correspondientes a esta entrada podrían estar directamente relacionadas por cuanto la concesión de becas para estudiantes, puestos a suponer, bien podría tratarse de una lotería en la que influiría algo más que los ingresos anuales de las familias en liza. Por ejemplo, a ver si tenemos suerte y le conceden a mi hijo una beca para que pueda estudiar en un colegio decente con medios suficientes para ofrecer una enseñanza de calidad, y además pública. Pero no, la elección de esas dos palabras obedecen a cuestiones distintas y sin relación directa, en principio.

Si no entiendo mal el fin de las becas consiste en ayudar desde los organismos públicos a buenos estudiantes provenientes de familias con pocos recursos económicos, una especie de justicia redistributiva que facilita el acceso a la enseñanza a chavales intelectualmente capaces o brillantes, dándoles con ello la posibilidad de labrarse un futuro en condiciones de igualdad con el resto de sus contemporáneos, independientemente de las posibilidades económicas de sus respectivas familias. Una democrática forma de igualar a futuros ciudadanos al margen de cuestiones de clase o poder. Imagino que por aquello de que el conocimiento nos hace libres.

Sin embargo, la política que predican los tipos que dirigen la Comunidad de Madrid nada tiene que ver con la justicia, ni siquiera redistributiva; tampoco con la libertad, dada su concepción, bastante sui géneris, de dicho concepto. El que un organismo público conceda becas para la enseñanza a salarios anuales que alcanzan y superan los cien mil euros no deja de ser algo más que sospechoso -por no utilizar otros adjetivos algo malsonantes-; que los habitantes de esa comunidad no protesten ni digan ni pio ante ello da idea del tipo de libertad a la que aspiran y la justicia que esperan de sus gobernantes. Que un organismo público conceda becas para que familias más que pudientes puedan inscribir a sus vástagos en colegios privados en detrimento de una enseñanza pública que de ese modo dispondrá de menos recursos, ni es justo ni por supuesto nada tiene que ver con libertad. Que el dinero público vaya a engordar empresas privadas de enseñanza que previamente ya cobran a sus clientes -léase alumnos- no es libertad ni derechos, se trata de una simple y pura tomadura de pelo; o reírse de tu pobreza en tus propias narices, ya que tus hijos seguirán siendo pobres que jamás tendrán acceso a una enseñanza mínimamente digna.

Se trata tanto de una demostración de poder como de una humillación en toda regla, es decir, un dinero público que debería servir para igualar las aspiraciones de sus ciudadanos se queda en las mismas clases más cercanas al poder; para los económicamente menos pudientes -decir pobres no queda bien porque puede resultar ofensivo- ya existen módulos de hostelería, limpieza o servicios de mantenimiento, trabajos de escasa especialización que no necesitan de mucho estudio, o ninguno -ahora viene aquello del menosprecio y la dignidad del trabajo, toda esa jerigonza reaccionaria que pretende igualarnos moralmente, pero cada cual en su sitio, unos arriba y otros abajo. El zafio misterio de todo este asunto consiste en dejar los trabajos menos cualificados para los pobres que nunca pudieron estudiar por falta de medios económicos; se trata de agachar la cabeza y asumir las propias miserias, tan inevitables como “naturales”.

Lo de la lotería viene a cuento porque cuando tropiezas con la “exquisita” publicidad que nos regala el organismo de loterías -o lo que quiera que sea- a la hora de atraer a aquellos que gustan de pagar impuestos de los que se dicen indirectos, cualquier persona normal pensaría que los personajes que se muestran en ella parecen y se comportan como auténticos imbéciles funcionales, unos personajes tan simples y toscos que incluso en sus sueños premiados solo alcanzan a decir y hacer memeces y a playas de pedruscos. Claro, sueños de pobres, dirán; nada de eso, porque la publicidad jamás es accidental o aproximativa, sino muy estudiada, planificada y certera. Y como siempre hay una explicación no es difícil suponer que los hipotéticos sujetos a los que se dirige tal publicidad no han cobrado cien mil euros en su vida, ni por supuesto nunca recibirán becas para que al menos sus hijos aspiren a playas de fina arena.

En general todo este feo y desagradable asunto tiene más que ver con burros y flautas, el dinero de la lotería es más fácil y cómodo que el logrado mediante el esfuerzo que requiere el estudio; a cada cual lo suyo. Lotería y publicidad dirigida a pobres de solemnidad, padres e hijos, por los siglos de los siglos; y además sin becas.

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Exigir

Da igual el origen o la procedencia porque en el fondo nos gusta ser exigentes, como si exigir fuera una cuestión de personalidad en lugar de educación, aunque, eso sí, siempre dependiendo de la clase o el poder adquisitivo del sujeto. Además, somos tan dóciles y sumisos que nosotros mismos asumimos o nos imponemos unos límites a la hora de tratar con las exigencias, tanto en el momento de decirlas o mostrarlas como, en el colmo de la represión en carne propia, soñándolas. Da igual si privadas o públicas, en público o en privado, prudentemente guardadas o pedantemente expuestas, todo ello fruto de un supuesto derecho individual tan privativo como inamovible, tan presuntamente disfrutable como en muchos casos sufrible para el resto, capaz de hacer del exigente y su derecho un individuo orgullosa y pendencieramente libre incluso a costa de su propia vida.

Esta convicción o íntimo derecho a exigir persiste o se mantiene junto o a pesar de unos muy particulares deseos y aspiraciones, necesidades, caprichos, voluntad, carencias, pérdidas, conflictos, regresiones, traumas o cualquier otra afirmación de sí, incluidos problemas de envergadura, tanto psíquicos como físicos -visibles o no- en algún momento difíciles de reparar o, en definitiva, insolucionables.

Por supuesto hablo de esa parte del mundo en la que afortunadamente nos ha tocado vivir, puesto que es aquí donde, sobre el papel, han hecho creer a todo sujeto que disfruta de una libertad y unos derechos de nacimiento justos e inalienables, tan importantes como la propia vida, o más, si cabe. Y no existe derecho más derecho que el derecho de cualquier persona a hacer consigo misma lo que le venga en gana, sin que ninguna otra se atreva a juzgarlo o criticarlo, mucho menos censurarlo o prohibirlo; un derecho que automáticamente nos concede tanto creernos como sentirnos poseedores sin derecho a réplica -que en realidad sea así es otra cuestión- no sé si de nuestro cuerpo, nuestra voluntad o nuestra ignorancia, incluido y por supuesto el derecho a exigirlo. Somos sujetos con derecho a exigencias, pero sin letra pequeña -aspecto este último en el que se incluye lo innecesario de agradecer cualquier atención que recibamos o directamente nos afecte; ya le pagan por su trabajo o algo ganará con ello.

Aunque quizás el verbo exigir, dicho así, sin complementos que lo llenen, no parezca del todo clarificador por ambiguo o poco explícito, pero seguro que todos sabemos de exigencias como, por ejemplo, exigir una carretera sin que preocupe su idoneidad o impacto ambiental, si está bien hecha o lo que cuesta -cuestiones siempre prescindibles para el buen exigente; o ser atendido en primer lugar, no digamos de urgencia, sin aguantar colas molestas de gente que aguarda allí porque probablemente no tiene nada mejor que hacer. O a lucir exceso de kilos -o muchos más, porque me gusta comer- y a la vez exigir prendas de moda y a la moda que cubran con elegancia mis lorzas; así como a ignorar todo consejo, aviso o advertencia que hable de los inconvenientes para la salud que implican mis gustos -y quien dice kilos de más también entiende músculos a punto de estallar. Ponerme hasta el culo de lo que me apetezca con la garantía de tener lista una ambulancia servida por excelentes profesionales por si surgiera algún problema de salud. O ser “amante de la aventura” –(¿?)- disponiendo para mi exclusiva incompetencia o ignorancia, errores de bulto o falta de cálculo -o propia estupidez- de un equipo de salvamento completo que pueda rescatarme allá donde el azar, siempre traicionero y sin consideración, me deje tirado. Y así sucesivamente… ¡Ah! y todo gratis porque tenemos derechos… ¡Hay tanta gente incordiando y con poco o nada que hacer en lugar de atenta a mis exigencias!

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Casados

Interrumpió la amenazante emisión del siguiente capítulo cuando se cerraba la puerta de la calle. Laura volvía a largarse a horas intempestivas, sin explicaciones, otra costumbre de su hija que seguía sin gustarle -si es que todavía tenía voz en aquella casa. La otra Laura ya dormía bajo la amenaza de un nuevo madrugón de los que a nadie gustan -otro de los beneficios que concede el trabajo a los afortunados que lo disfrutan, a lo que sumar su lenta, genuina e inexorable erosión, tanto física como intelectual; pero tampoco en este caso podía hacer mucho, no era su trabajo. En realidad no le apetecía estar allí, en su estupendo sofá, entre aquellas paredes que ya no reconocía como suyas, si es que alguna vez lo fueron y para qué -uno más de los placeres que otorga la necesaria y bien vista obligación de tener una casa-; hasta los objetos más personales, aquellos que nadie discutiría como suyos, o preferidos -o lo que fuera-, habían dejado de decirle algo, solo tiempo pasado acumulándose y confundiéndose a medida que se precipitaba en el olvido. Estaba cansado de aquello, de su feliz vida, hastiado, sin expectativas, ¿tenerlo todo significa esto? Pues vaya una mierda… De pronto se acordó de Rosa -¡qué buena estaba! y cómo le quería. Qué bien lo pasaban, ahora mismo diría que la echaba de menos, aquella vida de no parar, siempre de aquí para allá, también discutiendo con los suegros, tan fachas y tan ricos. ¿Volvería con ella? ¿Por qué no? esa parte de su vida se había quedado sin explorar y con la imaginación no llegaba… ¿Y qué estoy haciendo aquí? Porque la tomadura de pelo de para toda la vida no deja de ser eso, una estúpida y cruel tomadura de pelo, nadie en su sano juicio debería dejarse atrapar por ese tipo de mentiras. No estamos hechos para aguantar por cojones con alguien a quién seguramente a los pocos años ya no soportarás, mucho menos querer o de quien seguir enamorado; se trata de un sacrificio totalmente contra natura, una obligación impuesta por la gente de orden, imagino que para que esto no se desmadrara y al final, cada cual a lo suyo y huérfanos de responsabilidades, llegáramos al caos total. Ni súbditos ni acólitos, ¡menudo panorama! ¡¿Qué sería entonces de la historia?!… ¿Qué hacía todavía con Laura? ¿ejerciendo de operario de objetos sexuales? Porque lo del amor, la loca atracción y la apremiante excitación habían pasado a mejor vida… ¿Y con Rosa? Ahora sí se excitó a partir de algunos recuerdos borrosos que de pronto parecían recientes, como si hubiera sucedido ayer; y la echó de menos, al menos aquella vida con ella y el futuro que no tuvieron porque entonces eligió otro camino, éste, ya finiquitado y sin perspectivas de arreglo o solución. Ni ganas, solo queda compartir gastos hasta que el cuerpo diga basta y cada vez con menos paciencia a la hora de discutir o de intentar entrar en razón -menuda mierda eso de la razón, si la cosa no funciona ¿para qué te sirve la razón si nadie se va a mover del sitio porque se está muy cómodo?… La última vez que la vio cruzaron unas palabras rápidas y le contó que ahora estaba en algo de relaciones internacionales en una multinacional local ¡seguía estando igual de buena! ¡todavía! No le preguntó si tenía pareja o seguía sola, la próxima vez lo haría -y comenzó a saborear el momento como si fuera mañana mismo… Definitivamente no quería seguir viendo aquella mierda de serie para cuarentones infinitos, menudo tostón; nos tragamos cualquier cosa con tal de que el tiempo pase, ¡hasta qué punto llega la desidia que gastamos!… Decidido, volvería con ella, pero… ¿con la pinta que gasto ahora y lo cascado que ando? ¿para estar todo el día follando, ir y venir como antes o para sentarnos a hablar, contarnos y conocernos mejor -qué bonito suena- y lo bien que… Nada, nada, lo mejor sería otra oportunidad, retomarlo donde lo dejamos, volver atrás en el tiempo y que otra realidad fuera posible, da igual si paralela o consecutiva -¿con la cabeza de ahora o con la de entonces?… pero si era medio gilipollas… Uno tiene ganas de cambiar y aunque el cuerpo no da para más la cabeza no para, todavía funciona, en estos precisos momentos a toda pastilla…

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Jornada de reflexión

Era sábado, como otros sábados y los que vendrían, y se hallaba ojeando la prensa en la tableta, haciendo hora antes de salir para solucionar un par de cosas de poca importancia; tiempo para remolonear antes de echarse a la calle y en un par de capotazos plantarse en la hora del aperitivo sin otra cosa que hacer que elegir dónde y con quién. Entonces tropezó con el titular y de inmediato sintió una especie de fastidio que tenía toda la pinta de ir a estropearle la mañana. ─ Es verdad, mañana hay que votar… Y alzó la cabeza permaneciendo con la mirada fija en el techo. ─ ¡Uf! Fue lo siguiente. ¿Le apetecía votar o, como de costumbre, debería volver a formalizar todo un ejercicio de responsabilidad ciudadana para autoafianzarse -o volverse a convencer- en una obligación democrática que cada vez le parecía más ajena? Tampoco quería extraviarse en la sospechosamente manipulada y cada vez más persistente concurrencia de la inutilidad de las elecciones. Y no le apetecía decirse que le daba igual, como tanta gente que, con la cabeza gacha y pretendiendo que saben sin saber, farfullan que ellos están al margen, o por encima, o directamente pasan, antes que asumir su derrota en forma de irrelevancia política -y lo que es peor, autoconvencidos de ello y sin ningún género de dudas, lo que no deja de ser la enésima victoria de sus verdugos a la hora de doblegar hasta la mínima voluntad de resistencia de unas conciencias permanentemente humilladas y tan equivocadas como perdidas.

Es cierto que los cambios políticos, si es que todavía existían y había gente que seguía teniendo esperanza en ellos, le afectaban cada vez menos, su vida se parecía cada vez más a una cómoda y relajada rutina prolongándose en el tiempo en función de un ganar y gastar sin otro mérito que evitar pensar o preocuparse en exceso por cuestiones que no le afectaran directamente. Probablemente la vida aseada e intrascendente con la que más de uno soñaba para no tener que votar nunca más. Intentó fijar en su memoria los caretos de los representantes políticos sometidos a las urnas y se sintió incapaz de diferenciarlos, daba igual si hombres o mujeres, las mismas caras de estreñidos aguantando el estómago con tal de salir bien en la foto, con idéntico disfraz -ni siquiera había espacio para lo moderno o alternativo-, religiosamente convencidos del trámite. Un mero trámite que cumplimentar, ya que alguien tiene que ocupar el escaño y no todos disponemos de estómago para ello. Aunque algunos lo crean muy merecido después de haber aguantado durante años el correspondiente y jerárquico escalafón de ascensos que precisamente ahora les sitúa a la cabeza, en primera línea, listos para… ¿qué?

Tampoco había ningún atractivo estético, físico o sexual -por buscar alguna excusa- que le incitara a mover el voto en una u otra dirección, siempre del lado de los que mienten a la hora de aventurar, promover o intentar cambios y con cara de creerse sus propias mentiras. Es más, algunas jetas ni siquiera podían, o sabían, disimular, era como si te escupieran directamente a la cara: ─ Mira, tío, estoy aquí porque he chupado todo lo que había que chupar y también me he tragado todo lo que había que tragar, y lo he hecho tan bien que ahora puedo hacer y decir lo que me dé la gana con el convencimiento de que nadie me lo va a impedir. Y me gusta ver cómo te cabreas sabiendo como sabes que soy tan imbécil como servil, es lo que hay, nosotros servimos para estas mierdas porque no nos hacemos preguntas, es más, disfrutamos a vuestra costa y razones -da igual si ciertas o no-, razones de perdedores que no le interesan a nadie porque lo que todos quieren es ganar y ganar significa estar donde yo estoy; y cuando me vaya, o me echen, me da igual, seguro que tendré para vivir mil veces mejor que tú. La vida es esto, ¡gilipollas!

Levantando la vista de la tableta lanzó una mirada a su alrededor y se preguntó: ─ ¿Qué me falta? ¿qué necesito? -luego- ¿qué nos falta? ¿qué necesitamos? Y entonces se le torció definitivamente el gesto. Mañana iría a votar.

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