Estado

Detenidos observando el perseverante canto de un jilguero en una desnuda rama junto al rio dejábamos que la tarde prosiguiera su curso sin otra cosa que hacer que estar, contemplar cómo la pequeña ave insistía con sus trinos en una arboleda en la que la primavera todavía quedaba lejos, no así en cuanto a la temperatura, una plácida tarde sobre la que iban acumulándose las horas del día que comenzaba a declinar, también las de más ajetreo, poco antes de la comida y sin saber dónde comer, en una pequeña plaza atestada de gente vestida de carnaval hablando, riendo y bebiendo como si de un reencuentro de amigos se tratara, regreso tras una larga temporada entre ocultos y enclaustrados, sin poder verse las caras.

Tan solo unos kilómetros más allá, a esta hora, probablemente esa misma gente seguiría, después de un breve y merecido reposo, con sus charlas y celebración momentáneamente interrumpidas, participando de un contagioso estado de ánimo que también había calado en visitantes como nosotros, inesperadamente encauzados en el trajín de callejuelas y sombras que poco a poco fueron sumergiéndonos en el jolgorio general, entre sonrisas, disfraces, músicas y cánticos compartidos en la acera de algún bar o multiplicados, mesa a mesa, durante la espera de lo que todavía no sabíamos si sería aperitivo o comida. Un ambiente festivo más que necesario en el que se mezclaban sin medida desde niños de unos pocos años hasta ancianos de punta en blanco todavía con fuerzas para alzar la voz sosteniendo un vaso en la mano. Exigencia de un intercambio entre iguales tan vital como el canto del pequeño y solitario jilguero.

Tampoco creo que a ninguno de los participantes le apeteciera hacer mención del benigno invierno en el que todavía estábamos, nada que ver con aquellos inviernos de bufandas y chupones de hielo que solemos recordar cuando hablamos del invierno. Conversación innecesaria que ninguna nube parecía capaz de provocar ensombreciendo la imperiosa necesidad de hacernos y sentirnos vivos.

Rápidamente abducido por el ambiente general, también yo había dejado atrás algunas pequeñas incomodidades y prevenciones de las que me resulta difícil desembarazarme cuando mi cabeza se levanta con el pie cambiado y no está por la labor. A esta hora de la tarde respiraba tranquilo porque a lo largo del día había sido capaz de dejarme llevar por las horas y lugares con los que íbamos tropezando, olvidando poco a poco los puntos suspensivos de los que a primera hora de la mañana parecía no poder desprenderme. Tampoco se veía ni oía por allí esa guerra que estos días nos acosa y absolutamente a todos duele y entristece, a la que, como a tantos, me ha sido completamente imposible encontrarle un motivo o justificación, además de asqueado por la abusiva y falsa información con la que permanentemente nos persiguen y acosan  malos periodistas y unos medios de comunicación que no dejan de hurgar sin vergüenza en cualquier mínima herida ajena que nada aporta y, en cambio, más y más enriquece a bandidos y maleantes habituados a vivir de una violencia que siempre humilla a otros. Las cosas son mucho más sencillas, y solo quienes pretenden falsearlas en beneficio propio se dedican a enmarañarlas confundiéndolas y confundiéndonos hasta hacernos perder de vista la verdad que subyace tras estas calamidades.

Caminamos de regreso acompañando al sol en su descenso entre cumbres que pronto lo ocultarán cuando, sin venir a cuento, vuelvo a las sombras y los pequeños detalles, sueltos que deambulan por mi cabeza y que nada tienen que ver con el día y su ocaso, o tal vez sí, pero no con la luz que nos acompaña sino con esas otras penumbras que en ocasiones nos imponemos con tal de deslumbrar antes que para alumbrar nuestros propios pasos. Y en este lento y plácido declinar me veo inesperadamente embarcado en una especie de melancólica rememoración que va deteniéndose al azar en amigos y conocidos que en algún momento también se enredaron escabulléndose entre esos tonos grises, de vuelta a sí mismos, mera ocultación, deambulando por lugares desconocidos o completamente vacíos en los que no había nada que descubrir, lo que no impedía que, con tal de mantener alta la vista, se desangraran mediante pequeñas mezquindades que apenas cubrían su desorientada cobardía, incapaces en aquel momento de aceptar que la realidad de las cosas no son las cosas según nuestro exclusivo y particular modo; mejor nada, aunque seamos nosotros mismos quienes siempre perdemos.

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Héroes

Héroe suena en principio a personaje mitológico de la Antigüedad Clásica, o un personaje histórico famoso por sus hazañas o sus virtudes, ejemplo de comportamiento y nobleza a seguir o imitar. Alguien encumbrado como excepcional, como es más que evidente que la gente normal en sus vidas normales no da para tanto, sobre todo con lo que cuesta llevarlas con un poco de dignidad y honradez, no digamos convertirlas en ejemplo para sus semejantes. A decir verdad, creo que vivimos tan asediados social y mentalmente que prácticamente no hay tiempo para otra cosa que intentar salir adelante con el menor perjuicio posible; probablemente llevar la propia vida con relativo acierto ya sea una heroicidad, pero en este caso nada tiene que ver con la palabra con la que comenzaba estas letras. Opino que las particulares y complicadas circunstancias de nuestra propia época suponen un plus de dificultad, es posible que mayor que en otras, pero, en definitiva, es lo que hay, no existe posibilidad de escape, es el tiempo que nos ha tocado vivir.

Viene esta introducción a cuento porque, sentado ante otra película norteamericana que hasta ese momento se dejaba ver, que ya no es poco, la acción acababa desembocando, de manea rutinariamente inevitable y familiar para quien esté habituado a este tipo de cine, en cuestiones y situaciones prontamente catalogadas como heroicidades, con lo que el protagonista de turno pasaba impepinablemente a ser tildado de héroe.

Si ya el tema o argumento de los héroes, o superhéroes, hace tiempo que se quedó en fast food para jóvenes más bien apáticos o con bemoles cuestionados o perdidos, si es que en alguna ocasión tuvo otro sentido, siendo toda la cinematografía dedicada al tema puro e intrascendente entretenimiento tan consumista como colonialista, pretender inventar héroes entre la gente normal a partir de situaciones que solo en apariencia no son normales suena a tomadura de pelo, más bien a fraudulenta representación de una cultura necesitada de tan recurrentes como simplistas “salidas de tono” por flagrante incapacidad para enfrentarse con un mínimo de cordura a las evidentes miserias de su propia realidad. Es un héroe el fulano que hace algo que no sucede todos los días o ayuda y se preocupa por los demás a costa o en contra de sus propios intereses, quien evita que, por ejemplo, el amigo o hermano, tozudo, despistado o simplemente estúpido caiga en el pozo que es incapaz de ver; el novio que embelesa a la sufrida y guapa chica que nunca acaba de enterarse de qué va a aquello o el papá que de pronto se da cuenta de que tiene un hijo, o una hija, a los que jamás ha hecho ni puñetero caso porque hasta entonces, tan hombre, tan vaquero ante su destino, vivía enrocado en sus propios caprichos, lealtades, convicciones, enemigos, prejuicios, fantasmas o el mismo ombligo -da igual que el héroe se apellide Eastwood, Pitt, Cruise o cualquiera de inferior rango, eso no concede ningún valor.

En la película que he tomado como pretexto para estas letras el papá -pobre- sufre y se desespera porque, tras haber hecho lo que le ha dado la gana, en un momento determinado advierte que no es un héroe para una criatura de la que nunca se acordó -papel que según su caletre todo padre ha de significar para sus hijos. ¿Un héroe? ¿No le bastaba con ser padre, cosa ya realmente complicada? Por ello no deja de ser curioso, o claramente sospechoso, también irrisorio, que una cultura tan básica, individualista y egoísta como la norteamericana, en la que el otro si no es de los tuyos es tu enemigo declarado, pretenda llamar y vender como heroicidad el inesperado y generalmente violento enfrentamiento y resolución de situaciones corrientes tomadas como si se tratara del descubrimiento de la vacuna decisiva. Recurso manido para la -¡cómo no!- heroica, emotiva, incluso desgarradora, y definitiva rehabilitación del tipo en cuestión -cuando éste ya ha vivido la mayor parte de su vida sin que le importara otra cosa que sí mismo. La victoriosa y feliz reconciliación filial del profesional famoso y respetable, del deportista notable, del delincuente de postín, del vulgar trabajador de medio pelo y su anodina vida de zombi o del tarambana irredimible regresando meritoria y felizmente al reducto de la gente corriente -para lo cual, si es preciso, se pone patas arriba el universo entero- desprende un tufo a individualismo machista que echa para atrás. Por eso en ningún momento hay que olvidar que en el desenlace ha de primar -¡ojo!- la victoria y el orgullo individual por encima de los hipotéticos beneficios mundiales, sociales o familiares. El héroe es héroe en primera instancia para sí mismo -necesidad primigenia y vital-; derrota y derrotados han de quedar bien definidos porque en función de su calidad así se engolará la vanidad del vencedor, después viene el resto.

Hoy en día la gente que pretende representar esa propaganda cinematográfica habla, sufre, ama y se ayuda sin tan heroica, pastelera y huera grandilocuencia.

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La mujer del futbolista

He de decir en primer lugar que no he visto el famoso documental sobre la mujer del futbolista -también famoso-, un tipo que debe estar orgullosísimo de su costilla, bien elegida y diligente a la hora de conseguir ese segundo sueldo tan necesario en tantos hogares para poder salir adelante; incluso puede que su mujer no haya cobrado mucho por él -¡qué tontería!-, cuando dispone de un montón de dinero que él gana para que ella pueda mostrar al mundo su victoria.

Y aunque probablemente no vaya a verlo porque ese tipo de programas no suelen interesarme -tampoco se trata de echar más leña a tan afortunado fuego-, me ha sido prácticamente imposible sustraerme a su conocimiento porque da igual el lugar donde mirara tropezaba con sueltos, comentarios e incluso columnas sobre el mismo, lo que no ha impedido, es cierto, que mi curiosidad se detuviera en algunos de ellos -aunque dicen que siempre es mejor beber de las fuentes originales para hacerse una idea cabal- y, al margen de la sorpresa porque la protagonista hablara en serio -parece que alguna prensa todavía no sabe en qué mundo vive-, echara en falta un poco de cordura a la hora de juzgarlo. Así que me voy a ahorrar el placer, o la molestia, quién sabe.

Imagino que los “abascales” de turno estarán muy felices con el programa y su enorme éxito, porque demuestra la veracidad y justicia de sus reivindicaciones a la hora de poner sobre la mesa cual es el auténtico papel de la mujer en este mundo, el que le corresponde por designio divino. Y el gran perjuicio que significa para la sociedad la maledicente violencia de ese feminismo resentido empeñado en denunciar y traicionar el sagrado puesto de la mujer como fiel compañera del varón, esa falsa, mendaz, insultante y vengativa jerigonza sobre igualdad y el lugar que ellas deberían ocupar; la permanente e histórica humillación de la que hablan sin saber, ignorando que también hay dignidad cuando cumples y haces aquello para lo que has sido creada por la naturaleza.

Por quien lo siento es por el infructuoso esfuerzo de esas otras mujeres que tendrán que soportar cómo se las siguen pasando por el arco del triunfo, merecido trofeo de hombres atentos, comprensivos y bondadosos con sus bellezas y aspiraciones, así como sabedores de la necesaria y natural condescendencia para con su sufrida y no siempre afortunada existencia. Porque las mujeres también pueden ser dignas, sobre todo cuando no olvidan y cumplen su papel de apoyo de su marido, amén de ávidas consumidoras de objetos de todo tipo -qué orgullo ganar pasta para que tu mujer presuma de gastarla como le dé la gana-; y que también sepa y entienda de lujos -como de estar guapas para ellos-, de la importancia de las cosas del hogar, los muebles -siempre los convenientes y de calidad-; también de lo que es caro, o de la indispensable y detallista preocupación por la limpieza, tan necesaria en todo hogar que se precie. Una agradecida e idílica estampa del mundo femenino tan importante para que el varón de la casa pueda largarse a trabajar orgulloso, seguro y confiado.

Nada de tópicos sobre eso del sexo débil, sino realidades como puños, tal vez por eso el documental sea uno de los programas más vistos de las parrillas televisivas, de esos que, dicen, marcan tendencias -¡qué miedo!- porque precisamente pone las cosas en su sitio, dando ejemplo del orgullo y dignidad de la mujer y mostrando que también ellas pueden triunfar. Como sería actuar de mala fe considerar que sin marido esa señora sería una completa desconocida y nadie sabría de su existencia, algo o mucho menos del cero a la izquierda que en realidad parece que es. Porque triunfar de la mano de tu hombre es hacer bien tu trabajo, por él, por ti y por tantas mujeres que aspiran y suspiran por príncipes -da igual si no son del balón- que las rescaten de su invisibilidad y las conviertan en el ejemplo deseado del éxito en esta vida.

Ignoro que diría Simone de Beauvoir si pudiera ver el documental, probablemente regresaría a su tumba triste pero feliz porque ella sí hizo la parte que le correspondía. Eran otros tiempos. Desgraciadamente la tarea puede no acabar nunca, y eso sí sería realmente malo para todos.

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Reforma laboral

Reforma laboral son tan solo dos palabras que, según quienes las pronuncien o en qué conversación aparezcan, tienen un significado bien diferente, hasta el punto de referirse a cuestiones completamente distintas y en algunos casos contrapuestas.

Es el nombre de una ley confeccionada por políticos más preocupados de su propia imagen y carrera política que de concebir leyes que hagan la vida mejor, de forma rápida y evidente, a la mayoría de una población por la que han sido elegidos y para la cual trabajan. En este caso, como en una gran parte de las leyes que se discuten en el Parlamento, se trata de un nombre sonoro con el que enmascarar pequeñas variaciones del ordenamiento laboral vigente que sustancialmente afectarán a muy pocos trabajadores, sobre todo de los estratos más desfavorecidos y peor tratados laboralmente, que verán modificados sus contratos de trabajo de forma más bien testimonial, ya que, en lo sustancial, los emolumentos que perciben y el trato que reciben apenas variarán. Se trata más bien de un gesto propagandístico que nace y muere en su misma enunciación, y que no impedirá que, una vez aprobada, dicha ley se demore y difumine en la maraña de una profusa jurisprudencia que controlan y dominan los profesionales -tal que perros tan ladradores como mordedores- a sueldo de las clases dominantes, quienes en un gesto de condescendencia, casi de caridad, facilitaron que políticos sin política se apuntaran, cara a la galería, un gesto propagandístico de sonoro pero escaso recorrido. Quienes políticamente se oponen a esta raquítica reforma laboral no merecen ser tenidos en cuenta.

Sin embargo y al margen de lo dicho, lo único realmente válido es que quien no está en la mesa donde se negocia todo aquello susceptible de ser negociable no tiene nada que hacer, y si fuera honesto tampoco que decir, porque, como todos sabemos, las palabras no bastan, nunca fueron suficiente porque vivimos y nos alimentamos de hechos.

Las dos palabras del título también son el motivo o la excusa para el discurso, casi siempre pesimista, de una intelectualidad, digamos, de izquierdas. El intelectual de derechas simplemente no existe, se trata de un oxímoron, porque este personaje no deja de ser la versión laica de una curia beligerante defensora a ultranza de un dogma esotérico y mendaz que ellos consideran casi sagrado. Cualquier discurso que no tenga como objetivo principal la igualdad económica y social entre hombres y mujeres e insista en el mantenimiento del statu quo y los privilegios y la desigualdad vigentes no deja de ser un dogma de fe que únicamente apoyarán quienes fueron favorecidos por nacimiento con una posición dominante, además de sus numerosos siervos y sicarios a sueldo. La única intelectualidad que puede decirse tal habrá de ser de izquierdas, la misma que, sin embargo y en el hecho que me ocupa, renegará de la citada reforma laboral que aparece en los medios de comunicación porque no deja de ser la misma que hasta ahora estaba en vigor, edulcorada con unas modificaciones mínimas con un coste también mínimo para la clases pudientes; suficiente para denostarla por su parte, y con razón.

Pero ocurre que esta intelectualidad poco más puede hacer por mejorar las condiciones de quienes dice hablar y defender, tanto laborales como del resto de circunstancias que asedian a los sujetos que ocupan o motivan sus textos, hipótesis y disquisiciones. Se trata más bien de otra élite que, con poca o nula capacidad de acción y siempre con retraso, intenta denunciar situaciones de hecho siempre injustas pero sin poder hacer nada por evitarlas, en parte porque sus hipotéticos afines, lectores o seguidores, es decir, el sujeto práctico de sus escritos, desconoce, no sabe ni puede acceder a ellos -o tampoco quiere. Dedicarse a vivir y las dificultades o penurias que ello conlleva no deja tiempo para mucho más, tampoco para interesarse y comprender teorías, planes y consignas de unos supuestos benefactores que aseguran ver mejor que ellos sus problemas, pero desde su atalaya, en ocasiones a años luz del terreno de trabajo. Esta élite intelectual de izquierdas, o progresista, como les gusta decirse, se ha habituado a teorizar y discutir entre sí sobre otros por los que nada puede hacer, aparte de hablar y proponer con más o menos brillantez; lo que provoca una especie de endogamia intelectual de recorrido exclusivamente académico con principio y fin en sí misma, desgraciadamente con poco o nada que hacer respecto a la cruda realidad humana que cada día se desarrolla bajo la luz del sol.

El tercer elemento es precisamente la parte de la población para la que, según todos, ha sido hecha esta reforma laboral, o felizmente conquistada; una parte de la población que jamás leerá el propio documento para saber qué es lo que exactamente dice y cómo le afecta -ni mucho menos fiarse de quienes la venden con grandes titulares que esconden más que dicen. Este último grupo, como dije más arriba, bastante tiene con vivir e intentar salir adelante con un mínimo de dignidad y sin pagar un peaje muy oneroso por ello. Esta ley no les sacará de su miseria, tampoco les hará más felices, únicamente un poco menos desgraciados. Es su sino, son la población real de la que todos gustan hablar pero entre la que nadie quiere estar, ni pertenecer, tampoco sus mismos integrantes, ansiosos por hacer lo imposible por levantar el vuelo y salir de ella.

Estos tres ejemplos, vulgares y corrientes, son tres de los numerosos nichos, o estamentos, o clases, o mundos distintos que contiene y admite una sociedad como la nuestra, unidos en este caso por un concepto en principio común, reforma laboral. Mundos, sin embargo, que viven solapados entre sí o a costa unos de otros y que pese a utilizar las mismas palabras no usan el mismo lenguaje, ni tienen la misma concepción de la vida, ni la sufren de igual modo, como tampoco la viven. La misma simulación de siempre dando cobertura a la idea de que este conglomerado de nichos separados funciona y constituye lo que suele decirse una sociedad global, o una democracia… Mientras que los integrantes de estos mundos parciales, así como los de tantos otros como caben entre nosotros, no desciendan a la misma arena y acuerden un lenguaje común que hable de cosas comunes e iguales, con significados y valores reales e idénticos en todos ellos, seguiremos ocupando y hablando de relatos distintos, permanentemente enfrentados y en el fondo despreocupados o inoperantes a la hora de perpetuar la explotación milenaria de unos pocos sobre la gran mayoría de los habitantes del planeta.

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La Creación

Hay un tema en la notable y descarnada película de Paul Schrader, First Reformed, al que le he seguido dando vueltas después de su, por mi parte, tardío visionado. Se trata de la escasa o nula incidencia y consiguiente preocupación que en las grandes religiones monoteístas vigentes tiene la destrucción por parte del hombre de la superficie del planeta donde habita. Desconozco si existen motivos que justifiquen tal insensibilidad, aunque también puede ser pura indiferencia, cuando no supina ignorancia. Es cierto que sus sagrados libros de referencia hacen una mención más bien breve, algo así como para salir del paso, de la realidad terrenal, nada extraño teniendo en cuenta que las principales religiones en vigencia actualmente son originarias de unas épocas en las que el planeta todavía era un desconocido inabarcable, el mero suelo sin límites ni horizontes por donde se movía la especie, nada preocupante o interesante porque simplemente estaba y había estado allí desde siempre, vulgar escenario sobre el que la humanidad desarrollaba lo que luego le gustaría llamar su epopeya, y poco más.

Aparece, en el caso de La Biblia, como el inevitable capítulo obligatorio que la racionalidad humana necesita para situarse, y situarnos, en su obsesión por fijar un principio; pero, como digo, es más una cuestión de razón y orden indispensable a la hora de organizar una historia que convertir en dogma, más o menos convincente y creíble, que una premisa ineludible. Es cierto que al tratarse de una especie de representación de la omnipotencia del Creador el resultado final ha de ser magnífico, una armónica, perfecta y bella Creación -en mayúsculas-, retórica obligada que de idea del enorme poder que atesora el Creador del hombre -lo realmente importante-, así, en obligado masculino, otra cuestión más bien sospechosa respecto de la catadura, linaje e intenciones que regían los proyectos de los primeros organizadores de la doctrina.

Si tal y como afirman las religiones monoteístas este planeta es también creación de Dios, Su Obra, aunque no la principal, deberían estar muy preocupados por el estado en el que lo estamos dejando para las generaciones venideras; qué mundo tendrán si seguimos comportándonos y actuando del modo en el que actualmente lo hacemos, expoliando y destruyendo sistemáticamente el hogar que nos ha permitido existir y evolucionar, como lo ha hecho y hace con la infinidad de seres vivos que pululan sobre su corteza.

Aunque creo que, desgraciadamente, para las grandes religiones monoteístas esta tierra está dejada de la mano de Dios, nunca mejor dicho, el flagrante y acelerado deterioro de la superficie terrestre es completamente indiferente a los respectivos pastores de los rebaños religiosos, ni les preocupa e ignoran cómo meterle mano al problema, ni siquiera para salir del paso; o que simplemente sea un problema. El caso es que, bien visto, no hay tal problema, las religiones siempre han apuntado hacia otro lado, le interesan las ovejas del rebaño, su respiración, sus devaneos y posibles descarríos, no el estado en el que dejan los pastos donde viven y prosperan, pura materia corrupta y corruptible, algo despreciable. ¿Qué significa esta minúscula bola de materia comparada con la inmensidad del paraíso celestial? Pero ¿es o no es pecado destruir la Obra del Creador? Pregunta errónea, porque, qué pinta el planeta si desde el principio el meollo de la cuestión, el objeto a perseguir, han sido las almas -el espíritu-, lo que quiera que sean o signifiquen. La tierra no deja de ser elemento corruptible y es más que probable que no entre dentro de los planes de Dios; entonces ¿solo la creo como un lugar en el que situar los cuerpos materiales, una especie de teatrillo o escenario en el que pudiera desarrollarse la tragedia material humana?

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Escuchar música

La nueva moda de los discos de vinilo, ese supuesto renacer -otro negocio con demasiados puntos oscuros-, no deja de ser precisamente eso, una moda que en el fondo no tiene mucho que ver con la música, que es de lo que va el invento.

Hubo un tiempo en el que no había nada como experimentar el placer de tener en las manos el estuche de un disco de vinilo, ojearlo, darle la vuelta para disfrutar de la contraportada, del diseño, los grafismos y textos, etc. Abrirlo -si era posible-, buscar las letras y asomarse al interior para comprobar si la funda del vinilo era de plástico o papel, y tal vez descubrir alguna hoja o cuaderno con más fotografías, textos, las letras -por fin. Eso antes de sacar el disco, con los dedos y sumo cuidado de no plantar la zarpa o dejar huellas en su superficie; comprobar el corte y la calidad del vinilo, así como su impresión, limpiarlo a conciencia con un antipolvo y a continuación depositarlo en el giradiscos, levantar el brazo y con tacto situar la aguja en el primer microsurco. Luego venía la escucha, cómodamente instalado y, a ser posible, en un equipo medianamente decente -desde la aguja hasta las pantallas acústicas-, además de correctamente dispuesto. La música, al fin, el motivo de la compra, lo que realmente tocaba disfrutar, o decepcionarse si el disco no era interesante o tan bueno como prometía. En última instancia quedaba escucharlo y disfrutarlo tantas veces como desearas.

También tuvieron su oportunidad los casetes, más económicos -no siempre-, austeros, espartanos o simples. Una cajita con información muy apretujada, o mínima, que también ofrecía la misma música envasada que podías escuchar y disfrutar en un buen equipo; lo realmente importante. Ni que decir tiene que el ceremonial previo a su audición era inexistente, sin encanto. Tocaba tirar con lo que en esos momentos y circunstancias uno disponía.

Luego vinieron los discos compactos, menos románticos pero con un sonido más limpio; los costes de fabricación eran muchísimos más bajos y los precios al público iguales, o superiores, a los vinilos; pero se trataba del futuro. Más fríos y menos espectaculares, con una grafismo e información demasiado comprimidos. Se acabaron los ceremoniales, pero se trataba de escuchar música y aquello la reproducía de una forma mucho más detallada; desaparecido el rozamiento del diamante en el microsurco el láser ofrecía un sonido sin roces ni polvo. Como en la mayor o menor pixelación de cualquier imagen y su consiguiente nitidez, la calidad digital del reproductor ofrecía detalles hasta más allá del límite del oído humano. Con la muy importante novedad de que en este caso no tenías que levantarte para darle la vuelta al disco y escuchar la cara b, todo un lujo que, con un mando a distancia, podía prolongar las escuchas y su disfrute sin interrupciones las veces que quisieras. El resultado final también tenía que ver con la calidad del equipo y era cuestión de bolsillo, pero si te gusta la música… Por entonces ya sonaban las absurdas discusiones entre, digamos, antiguos y modernos sobre qué soporte ofrecía más calidad y detalles de sonido, es decir, se oía mejor; una pugna que podía ser interminable porque dependía tanto de la grabación como de las virtudes del equipo tomado como referencia por los discutidores. Discusiones en las que solía olvidarse lo realmente importante, la música, porque se trataba de música, independientemente del mayor o menor romanticismo de soportes y envoltorios.

Hablo de escuchar música, escuchar y disfrutar, independientemente de detalles, placeres o ceremonias previas, igualmente atractivas pero que son otra cosa que escuchar música. Música que eliges, adquieres y disfrutas porque te gusta tal o cual tipo o artista y entiendes que un disco suele ser el soporte en el que ofrecer una obra concreta con principio y final. No hablo de emisoras, aplicaciones o portales informáticos que presumen de atracarte de la misma música las veinticuatro horas del día porque piensan que careces de discernimiento, presumiendo además de saber lo que prefieres -mejor incluso que tú mismo. Te gusta la música y eliges qué, cuándo y cómo, no hay otro modo, y desconfías de supuestos expertos que en muchos casos no desean otra cosa que ningunearte a costa de hacerte perder el criterio.

Y para escuchar y disfrutar la música también sirve, por ejemplo y al margen de nostalgias, romanticismos y discusiones estúpidas, una pequeña memoria USB que tú mismo te has encargado previamente de seleccionar y almacenar, en número casi ilimitado, decenas y decenas de discos y canciones que puedes escuchar cuando y de la forma y modo que desees. Es cierto que ha desaparecido toda estética y ceremonial porque nos hemos centrado en lo más importante, el motivo principal, la música, su escucha y el placer de su disfrute. Así que, olvidadas las aburridas discusiones respecto al mejor soporte, si las grabaciones son decentes y también la calidad del equipo reproductor estamos ante el mayor gozo, poder elegir desde el mismo lugar qué música deseas escuchar, cómo, o cuánta, porque el placer no puede tener fin, tanto como el cuerpo o el ánimo aguante.

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El lavavajillas

Recuerdo escenas de algunas películas americanas en las que los personajes encuentran esos momentos de sosiego, en los que suelen producirse conversaciones más íntimas o personales, después de comer, más concretamente mientras se limpia y seca la vajilla, una ocupación trivial e intrascendente que parece llevar a los implicados a una zona de confort en la que la mente se relaja y se atreve con esas cosas hasta entonces guardadas o que no pueden decirse en otros momentos, o ante otros. Particularmente y en algunos casos solía preguntarme por qué, dado el nivel económico que mostraban los personajes en la película, no disponían de un lavavajillas que les ahorrara tan ingrata tarea; pero, bueno, eso son otras cuestiones.

Se trata del lavavajillas, ese electrodoméstico con el que solemos tratar habitualmente y que no posee ninguna otra particularidad aparte de encargarse de una de las tareas más fastidiosas, al menos para mí, incluidas entre las rutinas diarias. Una máquina, u objeto, que soluciona, abrevia o evita esos trámites tan molestos pero que, sin embargo y sorprendentemente, parece ser de importancia vital para algunas personas. El aparato en sí no tiene mayor trascendencia que la de llevar a cabo correctamente su tarea, algo sobre el papel tremendamente simple y fácil pero que no a todos satisface por igual; hay espíritus muy exigentes capaces de poner mil peros al brillo y la limpieza de la vajilla y cristalería una vez pasadas por el programa de lavado más exigente, a lo que sumar, hecho comprobado por propia experiencia, que la publicidad de productos de limpieza para usar en lavavajillas es una solemne engañifa, ninguno limpia lo que dice limpiar. Si usted no se encarga de quitar previamente la suciedad de platos y fuentes corre el riesgo de que vuelvan a lucir igual de desagradables al sacarlos del aparato, solo que con una corteza limpia y brillante que protege la suciedad más persistente todavía pegada o incrustada incluso en las superficies más resistentes.

Pero tampoco es la utilidad y fiabilidad del aparato en cuestión el motivo de estas letras, sino el comportamiento de algunas personas respecto a su uso, más concretamente en lo referente a la capacidad y disposición de los sujetos de limpieza en su interior. He asistido a verdaderas discusiones, con gritos y enfados incluidos, a la hora de cómo colocar y disponer platos, fuentes, vasos, cubiertos o cualquier otro objeto susceptible de introducirse en un lavavajillas; hasta el punto de que llega un momento en el que tales, digamos, expertos se muestran visiblemente alterados si sus exigencias o modalidades de orden y disposición de cacharros no son las adecuadas o estrictamente cumplidas, sobre todo cuando alguien menos atento a tales menesteres o directamente indiferente a la disponibilidad y ocupación de huecos en las rejillas y, por tanto, a su mayor o menor capacidad su admisión de piezas, las sitúa de cualquier modo, sin preocuparse por ese mínimo espacio que al parecer puede obtenerse si previamente se recoloca toda la bandeja. Experiencia o situación que jamás permitirá un experto colocador de estar presente, porque apartará de forma casi furiosa al incauto que simplemente intentaba colaborar en la tarea, mostrándole a continuación sus habilidades mediante el resultado final, resultado que no deja de ser un montón de cacharros dispuestos para que la máquina les quite la mierda, perdón, los residuos de la comida. La perfecta realización de esa al parecer complicada y precisa tarea provocará una enorme satisfacción y evidente jactancia, yo diría que algo simple y bobalicona, en el ufano colocador de vajillas.

Son bastantes las ocasiones en las que una situación similar se ha repetido con amigos o conocidos, incluso he escuchado a otras personas en algunos medios de comunicación hablando de las mismas complejas y exigentes tareas, hasta el punto de reconocer que en algunos casos llegan a convertirse en manías imposibles de refrenar, lo que provoca más de una situación, digamos, inconveniente o problemática. Por lo dicho, y visto lo visto, creo que prefiero la placentera limpieza y secado de vajilla que de vez en cuando aparece en el cine, aparte de realizar diariamente millones de personas que no disponen de un práctico lavavajillas que les procure comodidad y tiempo libre que compartir con sus semejantes, pero que, sin embargo, puede dar lugar a intercambios personales mucho más sabrosos e interesantes, amén de racionales.

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Escenas de playa

Él se aproximaba con evidente desidia, tanto en los pasos como en el gesto, sin llegar a abatido pero sí aburrido, o hastiado, cansado de esas trivialidades que constituyen el día a día y que nada tienen que ver con los hechos excepcionales, con la juventud, con las heroicidades, con las aventuras que tantos hombres venden en las redes y medios sociales o dicen llevar a cabo sin que nadie sepa en el fondo para qué o con qué sentido; o simplemente no son ciertas y solo intentan mostrar un vulgar y zafio postureo tan hipócrita como vacío.Vestido de arriba abajo de un negro venido a menos, deslustrado, de cualquier modo, una especie de chándal demasiado ceñido en el que sobresalía una tripa que ya no tenía remedio, y probablemente iría a peor. Es lo que tiene para algunas personas haber dejado atrás la cuarentena, que hasta el alma se entristece y se es incapaz de mantener una sonrisa medianamente sana, o sincera, o simplemente un aquí estoy, es lo que hay. A pesar de las canas, que ya pintaban junto y sobre las orejas, sostenía el escaso vigor de su presencia en este mundo un perro blanco, bastante grande, que requería la mínima atención que era capaza de extraer de su apostura, la justa para llevarlo de la correa y acoplar al animal bajo la mesa antes de sentarse en la primera silla que tuvo a mano. Completaba el conjunto una mariconera colgada en bandolera, literalmente pegada, que se adhería a su cuerpo como si fuera una parte más de su generosa cintura. Todo ello si gestos ni palabras, tal que un autómata funcionando por control remoto.

Ella, algo más joven y ya a punto de caerse de la historia, venía detrás, ataviada con prendas de la marca “prácticas” indispensables para un día a día de tralla, como todos los días, arengando a una niñita de unas siete primaveras y empujando un carrito con un bebé que no llegaba al año, además de portar en su generoso vientre otro hermanito, o hermanita, que no tardaría de hacer su santa aparición en lo que a partir de entonces ya se denominaría una familia numerosa. Sin palabras, como era de esperar, la mujer sentó a la niña, hizo un hueco para el carrito y echó mano de esa socorrida bolsa para todo que ofrecen los cochecitos infantiles, estupendas para satisfacer las precauciones de los padres más previsores. Y sin solución de continuidad dispuso sobre la mesa la impedimenta necesaria para preparar un biberón en toda regla, ella sola, sin tiempo para desprenderse de ninguna prenda y ponerse cómoda, otra de esas heroicidades cotidianas que tan pocos seguidores tienen en las redes sociales. Con experta presteza dio carpetazo a lo más inmediato, la comida del bebé, mientras el varón echaba alguna lánguida ojeada al can e intercambiaba con el camarero unas palabras que probablemente tuvieran que ver con la comanda. Poco más. Miradas al vacío, mental más que existencial, de uno, e incesante brega rebosante de cautelas, atenciones y disposiciones respecto a su vástagos por parte de ella. Entre ellos, cero. Hasta que llegó la paella de rigor y ella, como no podía ser de otro modo, tuvo que levantarse para servir a cada uno su correspondiente ración, él, por supuesto, primero, y así sucesivamente.

Que todavía haya que soportar este tipo de espectáculos públicos no deja de llamarme la atención, también sé que en nada deberían de afectarme porque cada cual puede hacer y vivir como le salga de ahí mismo. Pero todo lo que uno cree saber, ha leído o se ha informado al respecto, aquello de los increíbles cambios en las relaciones de género en nuestras adelantadas sociedades occidentales, son solo eso, palabras vacías, propaganda verbenera y reaccionaria que llena páginas insustanciales ofreciendo falsedades que la realidad más prosaica desmiente una mañana cualquiera. Sigo preguntándome en qué piensan algunas mujeres.

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Repeticiones

Somos repetición, vivimos de repeticiones y repitiéndonos porque de ese modo aprendemos y, curiosa o sorprendentemente, mejoramos.

Viéndonos y conviviendo repetidos adquirimos conciencia de lo que somos, también de quiénes somos, aunque no siempre lo entendamos.

La repetición de la repetición solo tiene sentido, y algún significado, cuando el sujeto o sujetos también se repiten repetidos.

Para un extraterrestre solo seríamos una repetición infinita de ejemplares de la misma especie.

Nuestra repetición como organismos separados simplifica y a la vez focaliza, es decir, pone en su justa medida, la irrelevancia de nuestro valor, siempre hipotético.

Esta repetición, lo que somos, no nos hace mejores ni peores, solo nos individualiza, una ficción que nace muerta porque únicamente es eso, una ficción.

Nuestro valor como singularidades repetidas, de tenerlo, no reside en nuestro ombligo, sino en nuestra capacidad para olvidarnos de él.

Nadie recuerda los millones de ombligos que han vivido en esta tierra, como tampoco nadie recordará los que vengan; simplemente porque es imposible, además de no conducir a ningún sitio.

Pero nuestra supuesta relevancia, o excepcionalidad, tiene que ver con nuestra repetición, de no darse el caso simplemente no existiríamos, ni como excepcionalidad, ni como ejemplares ni como especie.

Sin embargo, semejante irrelevancia, o evidencia, no nos ha hecho ni nos hace comprender, todo lo contrario, todavía hay quienes consideran que su presencia, o existencia, es única y relevante, incluso excepcional.

Nuestra existencia, por darle un nombre, además de ser una fuente generadora de residuos, residuo en lo que finalmente quedamos, carece de cualquier otro sentido o significado.

Ni siquiera odiarnos, desafiarnos, enfrentarnos o destruirnos entre nosotros mismos, como ombligos airados y violentos, tiene algún sentido o significado, se trata de precipitar lo que tarde o temprano habrá de producirse, exactamente en su misma irrelevancia.

¿Entonces? ¿qué sentido tiene esta especie de derrota escrita? ¿otro ombligo más?

Por supuesto. Pero son estos intentos o relaciones entre repeticiones -proximidades, semejanzas, articulaciones, reciprocidades, vínculos, contactos, tratos, etc.-, que no ombligos que se creen tales, lo que únicamente tiene algún sentido, y valor.

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Marcianos

No es difícil imaginar el trajín de estas fechas, verlo, incluso, seguirlo sin llegar a entenderlo del todo -¡todavía!-, cada cual persiguiéndose a sí mismo con paso acelerado, buscando pistas, hitos o señales que, según el calendario, son necesarias y deberían ser fáciles de distinguir, pues todos disponemos de ellas; las vamos dejando atrás, más o menos a mano. Llega final de año y, dicen, toca hacer algo distinto -que siempre es lo mismo- además de sonreír, celebrar, recapitular, permanecer en actitud reflexiva, repasar, lo que en cualquier otra época no haríamos porque nunca nos apetece. La situación que vivimos, o sufrimos, ha dejado de ser una sorpresa, no sé si aún llega a alarma, y se ha convertido en una molestia que amenaza con hacerse permanente, es lo que hay; y como el tiempo sigue moviéndose, invariable, en la misma dirección significa que hemos de adaptarnos a las circunstancias, algo que, por otra parte, siempre hemos hecho, aunque nos guste creernos nuestras propias mentiras pensando que éramos nosotros quienes llevábamos, y seguimos llevando, las riendas, como de costumbre; un discurso útil por cuanto nos permite seguir enteros y en pie, y avanzar, hacia dónde no es la cuestión.

Estos días cobran la especial relevancia que tienen las sinopsis, sin llegar a epílogo, por lo que actuaremos en consecuencia, sin tratar de evitarlo -¡¿por qué habríamos de hacerlo?! Este momento es tan bueno como otro cualquiera si en algo ayuda para apercibirnos sobre el terreno que pisamos, tampoco nos va a llevar demasiado tiempo porque no merece la pena demorarse en lo que ya no tiene remedio, ha sucedido y no es que ahora sea tarde, lo que ocurre es que ahora no es entonces, y entonces, como todo pasado, es otro tiempo, aunque en ocasiones nos empeñemos en convertirlo en presente, una ilusión que, para nuestra propia decepción, insistimos en sostener y corregir en una lucha inútil que, en definitiva, no es más que una lucha contra nosotros mismos.

Cuando crucemos nuestras miradas en cualquier calle no recordaremos nada de esto que escribo, pasaremos uno al lado del otro como perfectos desconocidos, que es lo que somos, o al menos eso creemos, con prisa, pendientes de cosas realmente importantes -¡ya lo creo!-, las nuestras. Distintos, o muy distintos, nada más lejos de la realidad que pretendernos iguales, ni mucho menos parecidos, porque nuestra carga, o nuestra vida, que en algunos casos viene a ser lo mismo, es única, especial, con nombre y apellidos, una encrucijada en la que confluyen ascendientes y descendientes de forma casi mágica, así lo vemos y sentimos con orgullo, porque si no somos nosotros mismos quienes dibujamos los puntos de nuestras propias íes ¿quién va a hacerlo?

O puede que seamos capaces de detenernos y, en lugar de comparar o ignorar, sonreír ante tanta brega que nos trae de cabeza, incluso a la hora de felicitar sin medida, repitiéndonos hasta la saciedad, nada originales, entre precipitados y aburridos, o emocionados, si, a pesar de o después de tantas formalidades. Qué simples que somos, y qué crueles, no hay marciano que nos soporte.

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