La red social

No sabría decir cuándo fue la primera vez que lo advirtió, si no algo raro si distinto, una sensación, una repetición o un déjà vu que cuando volvió a tocarle hizo algo más que picarle la curiosidad. Tampoco supo en qué cuenta lo sintió aquella primera vez -sí, sintió-, si amigo o simplemente conocido, en la publicidad de una empresa o a la hora de buscar tampoco recordaba qué; llegaba un momento en el que el tiempo perdía toda referencia, daba igual si durante horas sentado ante la pantalla o cuando, poseído por una necesidad que ya le gobernaba más de lo que quisiera, corría ante el teclado para colgar la última ocurrencia, una fotografía o la enésima trivialidad que acaba de vivir y que, en el colmo de la vanidad, sentía o necesitaba creer de interés para alguien más que no fuera él mismo. En sus momentos de lucidez llegaba a reconocer que sus obligaciones impuestas respecto a las redes sociales eran tanto una soberana gilipollez como la única forma que tenía de sentirse alguien en su frenética, aburrida y atolondrara existencia.

Solo tuvo que “pinchar” donde debía, previa consulta y experta información, para dar con los originales y las repeticiones, tanto de las historias, los textos como de las fotografías. Y cuando hubo hecho cálculos no tuvo más remedio que reconocer que dos tercios de las cuentas que tenía como amigas o conocidas simplemente eran bots, cuentas, comandos y funciones autónomas que cumplían roles humanos de amigos y conocidos en apariencia tan reales como las teclas que solía golpear cada día; pero eran mentira, no había nadie detrás de las historias, ni de las fotografías, extraídas de una gigantesca base de datos provenientes de personas que en muchos casos habían dejado de existir -luego no había posibilidad de reclamación. Rastros ya extintos transformados en carne de relleno para nuevos reclamos de gente guapa o simples aficionados a cualquiera fuera la dedicación en la que se entretuvieran tantas y tantas personas que de ese modo se creían vivas y sus gustos amigablemente reconocidos.

Luego, si concretaba, resulta que hablaba y mostraba sus caprichos a nadie, a cadenas de unos y ceros creados y organizados por cualquier avispado con segundas intenciones, acumular amigos y/o conocidos que en el fondo solo significaban posibles compradores o simples valedores de teorías, conspiraciones o vete a saber qué, cualquier cosa que se le ocurriera al dueño del invento con tal de obtener unos suculentos beneficios a costa de identidades, amistades o simples incautos que tarde o temprano darían sus frutos, cuantos más mejor. Y se vio a sí mismo como uno de los millones de pobres diablos que hacían de las redes sociales su sino, tímidos, incapaces, con problemas de relación o la autoestima por los suelos pegados de un modo u otro a un teclado y a un mundo ficticio que compensaba tanto vacío existencial como al parecer había por ahí. Que las tres cuartas partes de su mundo en la red no existiera tenía su miga, no por lo que pudieran conseguir de él, no le preocupaba, en su momento se propuso no gastar un euro mediante transacciones informáticas, sino que lo que creía que era un mundo feliz con el que se identificaba o hacia el que corría cuando a su cabecita se le ocurría alguna cosa que consideraba ingeniosa e interesante para los demás solo era la fría y automática parte de un negocio en el que el corazoncito, también el suyo, quedaba a la altura del betún, o sea, más carne de cañón, en este caso digital. Si algunos días, en su vida real, ya no levantaba cabeza, la otra tampoco servía, o era peor si cabe ¿a quién se dirigía? ¿con qué ilusión volvería a colgar lo que tocara si al otro lado no había prácticamente nadie? Nada, unos y ceros ordenados en algoritmos con apariencia y pensamiento humanos que cumplían una tarea recolectora de corazones solitarios. Cerró el portátil y se fue a la calle, necesitaba aire, o quizás personas que le miraran a la cara.

Publicado en Relatos | Deja un comentario

Políticos y política

El partido socialista alemán ha tenido que tirarle de las orejas el antiguo canciller, Gerhard Schroeder, por su insistencia en defender y justificar al presidente Putin, algo que no dejaría de ser anecdótico si el antiguo político no fuera el presidente de la compañía gasística rusa que suministra el combustible ruso a Alemania. Dice el dicho que no hay que morder la mano que te da de comer.

En este otro caso no existe la mano porque hace tiempo que desapareció, y tiene que ver con esa especie de izquierda local -de nombre- todavía perdida en unos sueños decimonónicos que la tienen abducida de su propia realidad. Una agrupación tan desorientada que al mismo tiempo que exige la apertura de las fosas que aún quedan por abrir en este país, como es justo, de derecho y razón, amén de resolver las muertes y devolverlas a sus actuales descendientes, por otro lado es incapaz de votar a favor de la urgente investigación de los numerosos asesinatos etarras aún por resolver -una gran mayoría ocurridos cuando ya no existía la dictadura-, tal y como ha propuesto el Parlamento Europeo. Mientras que en el primer caso acierta de lleno en el derecho histórico y moral de exigir y sacar a la luz los muertos asesinados por los fascistas durante la posguerra, en el otro caso permanece bloqueada en su propia inoperancia mental, anclada en unas fidelidades decimonónicas hoy claramente desfasadas, cuando no superadas -aunque esto último sea más complicado de aceptar-, que la obligan a unos débitos hacia unos tribalismos étnicos y xenófobos que hacen de la identidad causa de segregación social en los territorios que dominan.

La victoria de Macron en las pasadas elecciones francesas ha sido tomada por el establishment político como un voto de confianza en la política pro europea del actual presidente, cuando sencillamente se trata del voto de un mal menor, tragar con lo malo conocido antes que ponerse en manos de una extrema derecha nacionalista y xenófoba que haría retroceder al país al siglo XIX.

Lo siguiente más bien parece un suceso tragicómico, un caso digno de estudio u otra tomadura de pelo más por parte de unos tipos habituados a hacer su santa voluntad, tanto da si por lo civil o por lo criminal. Se trata del tan sospechoso como cómico caso del supuesto espionaje a los cabecillas independentistas catalanes. Suena a sarcasmo que quienes vienen intentando demoler la realidad política vigente, con todo tipo de falsedades y triquiñuelas, mala fe y desprecio por la legalidad, se escandalicen y pongan el grito en el cielo porque aquellos a quienes pretenden destruir, el gobierno de la nación, haya espiado sus movimientos. Una gente que, amparada en la libertad que ofrece esa misma democracia que pretenden fracturar mediante un doble juego tan cínico como desleal, aún tiene la caradura y desfachatez de alarmarse y rasgarse las vestiduras porque el gobierno del estado que intentan desbaratar actúe en su defensa. Independientemente de la legalidad o moralidad de tales actuaciones por parte del Estado -si es que finalmente se demuestra que existieron-, hay que ser muy estúpido, o sinvergüenza, amén de considerar a la otra parte como auténticos imbéciles, por pretender que los que ellos han tachado unilateralmente como sus enemigos vayan a quedarse de brazos cruzados permitiendo que los arruinen, sin hacer nada, legal o ilegal, por evitarlo.

Publicado en Política | Deja un comentario

Vivir despierto

Si hace diez años -cuando comenzó esta historia- me dicen que un día como hoy, cuando se cumplen exactamente esos diez años, va a seguir todavía coleando, probablemente hubiera puesto un gesto de incredulidad, casi de asombro; es mucho tiempo y por entonces no tenía mucha confianza en mi capacidad para perseverar en una tarea tan continua y prolongada. Pero ha transcurrido ese tiempo y aquí sigo, embarcado en esta especie de monólogo/diálogo alimentado por mi inquieta curiosidad y la persistente manía o costumbre de observar, criticar y enjuiciar la realidad que me rodea; una especie de no perder detalle, dentro de lo que cabe, de lo que sucede a mi alrededor. No sé si puede considerarse un éxito que el ánimo indispensable para dar mensualmente forma a estas letras aún permanezca en pie, con los consiguientes altibajos a la hora de encontrar qué y cómo, tan cambiado como el mundo lo ha hecho a mi alrededor.

En primer lugar debo, como grata obligación, agradecérselo a las mujeres que hicieron posible que esto diera comienzo, aún recuerdo el día y el lugar -y me atrevería a decir que hasta la hora-; cómo, ante mi permanente reticencia, incluso indolencia, insistieron para que, independientemente de los resultados, me pusiera de una puñetera vez manos a la obra, hasta hoy. En segundo lugar darle las gracias a la gente que me ha leído, aún me lee y puede que me lea, además de pedirles disculpas por mi tan arbitrario como azaroso interés, ese nunca saber qué puedes encontrarte la próxima vez, como tampoco yo mismo lo sé.

Hablar de todo puede ser más que sospechoso, pedante y hasta ridículo, fundamentalmente porque es imposible hablar -jamás diría saber- de todo, por simple humildad y prudencia, pero lo cierto es que disponemos de la capacidad para hacerlo, siempre en base a nuestras opiniones, más o menos afortunadas y mejor o peor formuladas -como, por otra parte, puede hacerlo cualquier otro u otra-; que además esas opiniones me parezcan con cierta consistencia e incluso puedan ser de interés para otras personas es un regalo que siempre me sorprenderá. El mundo que nos rodea está ahí, permanentemente y en constante movimiento -y nosotros con él-, hacer una pausa y detenernos para observarlo, además de vivirlo, y que nos apetezca y merezca la pena es otra cosa.

Intentar verbalizar los pensamientos es una forma de hacerlos si cabe más reales, materializar mediante la escritura lo que piensas te permite sacarlo fuera de ti, objetivarlo, verlo y leerlo, con lo que de inmediato sabes si es otra tontería más que acabar de ocurrírsete o hay algo en las palabras escritas que merece la pena e incluso puede ampliarse y mejorarse, y hasta compartirse. Ha habido numerosas ideas y pensamientos que quedaron en nada, puesto que una vez sobre el papel su inutilidad o escasa consistencia se mostraron más que evidentes.

Escribir es otra manera de aprender, también de conocerse a uno mismo, una forma de hablar de la que no tienes más remedio que responsabilizarte porque lo escrito permanece al margen, tiene identidad propia y quizás por eso es más interesante. Y estos post son otra forma de estar despierto que considero importante, un modo, u otro modo, de estar vivo, no permaneciendo indiferente a nada de lo que ocurre en mi tiempo; porque cada instante es distinto cada post pretende ser otro momento único que poco o nada tiene que ver con el anterior, una pulsación que intento detener, o fotografiar, mediante la escritura, lo que no impide que, como decía más arriba, ese mismo momento visto después -una vez escrito- en ocasiones ya no parezca el mismo, haya perdido importancia, reniegue de él o incluso me parezca una solemne tontería.

El hombre afortunadamente no es un estanque, unas aguas que permanecen siempre quietas, aunque algunos pretendan, en contra de su naturaleza, que así sea; vivir se parece más bien a un río que discurre ininterrumpidamente, siendo a la vez el mismo pero siempre distinto -por aquello de que nunca te bañas en las mismas aguas-; movimiento y cambio permanente.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Violencia (Dos apuntes y una observación)

Quién necesita de la violencia como forma de relacionarse con sus semejantes, por qué no utiliza los medios razonables y dialógicos de los que la especie dispone para resolver cualquier diferencia de pareceres que pueda significar un conflicto, independientemente de las dificultades para su resolución. Una primera respuesta podría ser el miedo, el temor que justificaría una reacción violenta como solución a un sentimiento de inferioridad o a una incapacidad para hacerse entender mediante los medios de relacionarse disponibles, ambos sentidos como una humillación permanente de la que es imposible desembarazarse, amén de condicionar todo comportamiento. En otros casos la violencia obedecería a la codicia o la ambición de poder, ejemplos de egoísmo de los que tampoco habría que descartar como causa un complejo de inferioridad incapaz de ver a los demás como iguales, sujetos de cooperación y ayuda mutua. O el uso de la violencia por simple inadaptación causada por problemas psíquicos o educacionales ocurridos durante las primeras etapas de aprendizaje y maduración personal -cuestión, esta, de más difícil estudio y resolución. Probablemente habrá más, a las que sumar la respuesta violenta -como solución extrema- frente a actuaciones claramente hipócritas, cínicas y despreciativas por parte de unos interlocutores que por lo general y como norma se comportan de forma deshonesta -las causas para tales comportamientos son todas egoístas. Es cierto que también para esta última forma de violencia, como para el resto, siempre existirán elementos “discutibles” o a tener en cuenta, a pesar de mostrarse como la réplica obligada, o el último recurso, frente a un desprecio y permanentes humillación y explotación de sus semejantes que nada tienen que ver con cuestiones de incapacidad o inadaptación en el caso de la víctimas.

Un segundo apunte plantearía qué porcentaje de la violencia humana proviene o tiene alguna relación con ese “instinto animal” que lleva a los machos de numerosas especies a enfrentarse y luchar entre sí a la hora de la elección de hembra, o hembras, con las que procrear -un resto instintivo que en numerosos individuos aún se muestra preponderante sobre las influencias culturales y/o civilizatorias. En este caso podríamos hablar de una cuestión de género, más que de especie, concretamente de los machos. Una consecuencia aparentemente simple sería que debido a ello aún vivamos en una sociedad hecha por machos en la que la violencia sigue presente como medio de relación, una sociedad incapaz de desprenderse de un instinto -o prejuicio- de género que, sin embargo, no tiene perspectivas de desaparición, hasta el punto de haber sido racionalizado y normalizado como comportamiento en función de unos intereses egoístas y de dominio contrarios a todo espíritu humano o civilizador. Una violencia, tan latente como evidente, capaz de aglutinar y dar salida a diferentes sentimientos de odio, temor, codicia o envidia en forma de comportamientos agresivos y explotadores en los que nunca falta la estrecha e intolerante tradición como justificación y sagrada valedora; lo que no deja de ser la sonrojante muestra de unas carencias relacionales reconvertidas en violenta imposición sobre semejantes más civilizados o menos afortunados.

Y una observación, si efectivamente la violencia es una cuestión de género tiene todo el sentido que las guerras no las promuevan y protagonicen mujeres, ni les interesen, más preocupadas por cuestiones de relación, dialógicas, de cooperación o de cohesión, mucho más útiles y beneficiosas para el grupo en general. Tampoco acaba de entenderse cómo, después de siglos de “civilización” y desastrosas consecuencias provocadas por el uso de la violencia, la especie humana ha sido incapaz, no de darse el tiro de gracia a sí misma -de lo que quizás no estemos muy lejos-, sino de desprenderse y no dejarse dominar, incluso racionalmente, por ese instinto violento que solo trae más males y perjuicios que beneficios para la especie. Y más asombroso si cabe resulta que todavía hoy haya machos humanos que se jactan de usar la violencia como medio para relacionarse con sus semejantes, gente tan primitiva que asombra no haya sido expulsada de cualquier comunidad u organización mínimamente civilizada.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Sentado

Sentado, vuelto hacia la calle, otra vez, mirando el ir y venir de gente que no conoce, ni siquiera de vista, a pesar de vivir en la misma ciudad. Expulsado nuevamente de su sillón, única opción cuando la permanencia se antoja irritante, aunque solo sea por el ruido o simplemente saber que sigue allí, que todavía no se ha ido y aún tardará, embarcada en una sucesión de preparativos y pequeños olvidos a veces interminable. Mirando sin ver porque todavía le dura el cabreo y esa gente que va y viene no le va a sacar de él, tampoco la cerveza que acaban de ponerle en la mesa, a la que también mira preguntándole, sin respuesta, como tampoco se la podía ofrecer la mujer que le ha atendido con cara de pocos amigos, o quizás solo era inexperiencia, o un mal día, como él, y quién sabe si de rebote en el trabajo después de una discusión. Circulan por la calle papás y mamás con niños, ellas y ellos, indistintamente, los pequeños aparentando atención mientras los adultos hablan y gesticulan aconsejándoles, advirtiéndoles o reconviniéndoles antes de lo que parece un viaje, a juzgar por las bolsas y mochilas que llevan los mayores. Un sermón interminable que probablemente la mayor parte de los críos no escucha porque les importa más su futuro inmediato, el viaje, irse, dejar la rutina diaria, sus prohibiciones y la permanente obediencia; un breve periodo de libertad que pesa más de lo que sirve y en el que también puede haber enfados o discusiones, pero que no serán con los adultos de quienes dependen -causa de antemano perdida-, sino con otra u otros iguales, si es que merece la pena discutir.

Regresa mentalmente a casa y se la imagina ya vacía, podría volver ahora que ella no está, pero le da igual, la vuelta no solucionaría nada, le resultaría difícil concentrarse; queda esperar hasta la noche para verse de nuevo, uno y otra cansados por diferentes motivos y probablemente sin muchas ganas de sentarse y hablar, a pesar de saber muy bien que no hay otra opción antes de que pase el tiempo y sea peor, porque la tardanza siempre es peor. Llega un autobús y los chavales, agrupados al margen de los padres, se agitan y saltan excitados y nerviosos; los adultos siguen conversando y comentando el contenido de las bolsas, aquello que se ha olvidado o lo que no va a necesitar, o sí, porque mi hijo sí lo lleva. Da igual, ya es tarde y la chiquillería comienza a subir olvidada de sus bolsas y mochilas, lo que provoca que de inmediato sea reconvenida por el olvido y vuelta a asediar con las últimas advertencias; también los hay que, mejor adiestrados, no se han separado de sus respectivas cargas mientras esperaban diligentemente la llegada del vehículo junto a unos padres que sonreían y charlaban confiados. Da igual, una vez arriba y a salvo de adultos comienza el viaje, lo realmente importante, el viaje, da igual dónde, solos, con la ilusoria posibilidad de hacer casi lo que uno quiera. Qué felicidad tan extraña.

Pero vuelve a la discusión. No quiero un niño, no deseo un hijo, por nada en especial, y no me considero un egoísta por ello; no necesito lucir completo, ni que venga para completarnos cuando seguimos sin saber qué queremos juntos, o cuánto va a durar. Cuando no cesamos de lanzarnos preguntas con la mirada, sobre todo en esos siempre inesperados tiempos muertos o en los momentos que no estamos atados por obligaciones externas; cuando discutimos por no estar de acuerdo, cuando seguimos exigiendo un hueco “para nuestras cosas” del que el otro ha de quedar obligatoriamente fuera sin aportar razones convincentes para ello. Incapaces de llevar una discusión de una forma razonada, o perdiendo los papeles a las primeras de cambio, acabando de espaldas e incapaces de entendernos; los dos. Un “solos” o acompañados que, oyéndola, suena a definitivo; un lo tomas o lo dejas. Pero no estamos juntos para tener hijos, al menos yo no lo hice pensando en ello, ¿y ella sí? No acabo de creérmelo, tampoco lo hablamos, ¡cómo íbamos a hablarlo! Quedaba muy lejos, al menos eso pienso ahora, tampoco era necesario decirlo todo; cada cual forja planes y objetivos a medida de las posibilidades de hacerlos posibles, creo. Se va el autobús, qué felicidad para los chavales, apenas unos pocos se han despedido como debieran, mientras la mayoría ya andaba metida en faena, comienza el viaje.

Publicado en Relatos | Deja un comentario

Un tipo tirando de un perro

Caminaba indolentemente con la mirada perdida, sin fijarla en ningún sitio, a esa hora de la tarde en la que al día ya no la queda mucho que decir, cansado y harto sin saberlo. Arrastraba, literalmente, un pequeño perro al que le hacía poco caso, una obligación, probablemente un capricho de su mujer. El animal se quedaba atrás, demorándose en sus cosas, hasta que era levantado de un tirón y lanzado un metro delante de su dueño; el animal regresaba a sus desvelos para volver a ser nuevamente levantado y llevado al orden, y así sucesivamente.

Entonces me acordé de una noticia leída hacía poco, en ella se decía, más o menos, que en la actualidad hay más hogares con mascotas que con niños menores de catorce años. Qué parte de la noticia tenía que ver con la moda, o negocio, de las mascotas y qué parte con la cada vez mayor soledad de las personas -incluso las que conviven con otras- son cuestiones que vienen al caso; y en qué porcentaje influye cada una de ellas a la hora de decidirse por una necesaria e indispensable compañía que asegure la salud mental del propietario y, por otra parte, compense nuestra propensión natural a la socialización era otra cuestión pertinente, sobre todo referido a lo que acababa de ver.

Luego salté, ignoró desde qué parte de mi subconsciente, hasta ese tipo más bien simple que, sin misericordia alguna, suelta ese supuestamente gracioso chascarrillo que dice “cuanto más conozco a la gente más me gusta mi perro”; quedándose tan pancho. Toda una declaración de principios. Supongo que tal certeza va de inteligencias, sobre todo porque hay gente a la que le gusta tener opiniones que no siempre comulgan con lo general, discuten, las defienden y además aportan argumentos que muchas veces no llegan a comprenderse, quizás porque necesitan algo de esfuerzo por nuestra parte, además de que si llegáramos a entenderlos igual nos convencían y nos hacían cambiar de opinión; porque uno no puede de dejar de ser quien es, eso sí que no. Mejor los animales y su inteligencia básica, fieles, obedientes, sin hacer preguntas y cuando no interesan con la posibilidad de arrojarlos en cualquier lugar, o como el tipo de más arriba, arrastrarlos como si fueran un objeto.

Igual el problema son los niños, y volví a tirar del hilo y me vino a la memoria un comentario que siempre me ha llamado la atención, ocurría cuando alguna mujer se acercaba para ver a algún recién nacido o bebé de meses o pocos años, y tras admirarlo y decirle las gracias pertinentes se dirigía a la madre para sermonearle en forma de lamento que lo disfrutara ahora, era la mejor época, porque luego crecen y se vuelven insoportables. Nunca me gustó y en cierto modo me molestaba porque siempre he pensado que lo mejor de los niños es verlos crecer, y saborearlo, y responder a sus preguntas -por muy difíciles que parezcan-, y orientarles y admirarlos cuando comienzan a abrirse paso por sí mismos hasta el éxito de un adulto feliz. Y me detuve en esas jóvenes y felices parejas que salen del vehículo cada uno con un perro, tan contentos; no sé si mientras o definitivos, pero de lo que no cabe ninguna duda es que son mucho más manejables que los niños, además de que también tienen derecho a ser considerados como otro miembro familiar más.

Y para rizar el rizo acabé con un final de altura, como no podía ser menos, todo esto me llevó al señor Bauman y su “sociedad líquida”, ese temor a establecer relaciones personales duraderas que impliquen demasiadas responsabilidades o compromisos sólidos, incluso a largo plazo. Mejor dejarlo en simples conexiones que nos permitan seguir siendo quienes somos (¿?); cómo si no fuera el cambio el motor de nuestras vidas. En fin, lo que puede dar de sí un tipo tirando de un perro.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Life Coach

Iba conduciendo y tuve que detener la vista durante unos instantes en el panel electrónico para cerciorarme de lo que leía; y no, no había leído mal, Life Coach, eso decía el anuncio, por lo que no pude más que sorprenderme por el astuto, atrevido o insensato personaje capaz de ofrecerse de tal modo. Y pensé, en serio, que prefería no imaginar qué puede venderse bajo ese nombre y qué atribulados o desorientados individuos son capaces de dejarse convencer por tamaño y descomunal propósito. Todo ello suponiendo que no se tratara de una broma de mal gusto y, por otra parte, aceptando que tras el anuncio debía haber alguien, o algo, con la necesaria suficiencia, o arrogancia, como para ofrecerse a los demás como “entrenador de vida”, o “… para vivir”, o como quiera que se traduzca, o deba entenderse, la frase inglesa en cuestión.

Si ya el hecho de vivir la propia vida se me antoja un trabajo harto complicado, que no imposible, puesto que millones antes que nosotros lo han hecho de un modo u otro, que una persona, ignoro con qué clase de conocimientos -que probablemente han de ser mucho más que enciclopédicos-, te mire a la cara dispuesta a “entrenarte en cómo vivir” me parece un solemne disparate. Aunque después de la sorpresa inicial y en contra de mi escepticismo se me ocurrieron algunas opciones, tanto antiguas como actuales, que podrían responder al anuncio en cuestión.

Podría tratarse de un confesor de toda la vida -ignoro si los habrá que no sean cristianos- o guía espiritual dispuesto a asesorar al cliente entre las procelosas marejadas de la conciencia, si es que el cliente es consciente de necesitar otra conciencia que le conciencie a la hora de actuar con y en conciencia; básicamente lo que hacemos cada quisque cada día de nuestras vidas, aunque probablemente quién acuda ante semejante reclamo habrá de hallarse francamente desorientado o directamente perdido, por lo que, bien mirado, no ha de estar del todo mal que por unos euros alguien te diga dónde tienes la mano derecha.

Porque si lo que sucede es, por ejemplo, que padeces una depresión de aúpa o algún problema psicológico de cierta envergadura, un “entrenador de vida” no te va a servir para nada, mejor un psicólogo o un psiquiatra que probablemente sabrán más del tema. Aunque, ahora que caigo, el anuncio también podría referirse a un psicólogo adaptando sus conocimientos, cualidades y virtudes a los tiempos que corren, quizás porque anunciarse como psicólogo, a secas, no dice mucho -¡hay tantos!- y el cliente en el fondo no se considera enfermo porque se trata de otra cosa, necesita que le enseñen a vivir (¿?). También podría tratarse de un viajero experimentado reconvertido en una especie de gurú oriental o experto en relajación -o ni siquiera viajero- impartiendo terapias o sesiones parecidas o relacionadas con el yoga; o directamente una sesión de yoga. O un budista auténtico -autóctono o reconvertido- convencido de que lo que necesitamos los occidentales es algo de orden, mucha menos prisa y más tranquilidad -en el fondo saber qué es lo que queremos y de qué herramientas disponemos. Problemas y soluciones que, sin embargo, siempre han estado vigentes y/o disponibles por aquí, es cierto que en formas más austeras y con menos encantos, también sin adornos florales, musicales o aromáticos.

O quizás no tenga nada que ver con lo que vengo diciendo y se trate de un preparador físico -puro y duro-, o de un experto en libros de autoayuda; o quizás un bróker retirado -algo parecido al final del protagonista de la película de Scorsese, El lobo de Wall Street-, alguien dispuesto a mostrarte el camino del triunfo en esta sociedad tan competitiva. En fin, puestos a imaginar las posibilidades pueden ser numerosas, no digo que infinitas pero casi, y como no voy a acudir a interesarme pues me quedaré con las ganas de saberlo, lo que no quita que la próxima vez que pase por el mismo sitio y vuelva a ver el anuncio le siga dando vueltas al asunto.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Moralidad

Cualquier persona que siga de un modo u otro la situación en Ucrania probablemente ya habrá hecho o tendrá una valoración propia sobre lo que allí viene sucediendo, o no, porque también hay gente que es capaz de vivir al margen de lo que sucede en ese enorme resto del mundo que no es el propio, y quizás convencida de que aquello y lo suyo son cosas distintas, sin apenas relación; otra cuestión es de lo que uno mismo sea capaz de autoconvencerse con tal de llevar vida y cosas de un modo más o menos normal o decente, dentro de lo que cabe.

Quizás nos habremos posicionado de un lado u otro, sin otro conocimiento que el extraído de una moralidad básica acerca de lo que está bien y lo que está mal, a la que añadir hipótesis, opiniones y comentarios de personas y lugares, físicos u on line, habituales o cercanos a la hora elaborar la propia concepción de la vida y el mundo en el que vivimos. Y seguro que también hemos oído, o leído, infinidad de condenas y valoraciones procedentes de todo tipo de voces, plumas y pensamientos, más o menos acertadas, incluso disparatadas, o coincidentes con las propias.

Como habremos sentido miedo o ciertos temores si, por cualquier circunstancia, tuviéramos la desgracia, o mala suerte, de ser alcanzados por los mismos sucesos u otros similares, da igual si relacionados o no, aquí y ahora, justo dónde nos hallamos; hasta el punto de que distancia deje de ser sinónimo de seguridad. Y puede que a continuación hayamos tomado conciencia de la terrible crueldad e inutilidad de la guerra, cualquier guerra, pasada o presente, sintiendo un estremecimiento porque todavía haya individuos que ven en la violencia un modo de vida, o de convivencia.

Incluso cabe la posibilidad de que nos hayamos preguntado seriamente si también nosotros somos sujetos morales capaces de emitir juicios más o menos razonados, individuos con opiniones claras y contrastadas sobre el bien y el mal respecto a los asuntos y actos humanos, tanto individuales como colectivos… y sorprendentemente descubierto la inutilidad de tales pensamientos, principios o convicciones cuando hay personas que pierden todo en cuestión de segundos sin que puedan hacer nada por evitarlo -¡todo!-, tanto su realidad como sus sueños, e inmediatamente supuesto o imaginado cómo nos afectaría a nosotros una situación similar -¿qué haríamos?-, circunstancia que tal vez hayamos asumido o intentado solventar, incluso violentamente, tras el primer pasmo, al sentirnos también víctimas sin voz ni voto.

Tal vez intrigados al comprobar que con la moral no basta, es necesaria pero inútil cuando no consigue detener situaciones reales como la guerra, y probablemente a continuación hemos perdido interés por saber o leer opiniones y juicios más y menos morales, acertados, sabios o inteligentes que nada pueden hacer por remediar aquello, porque estar de acuerdo no conduce a nada práctico, únicamente a estar de acuerdo mientras permanecemos detenidos cada cual en su lugar, de momento seguros, seguridad que hace inservible e inutiliza nuestra opinión porque es lo mismo que nada, un mero e inactivo estar de acuerdo.

Qué hacer, sería la siguiente pregunta, y ahí volveríamos a detenernos, ¿quién? ¿yo? ¿nosotros? Para a continuación confirmar la desoladora realidad de nuestra pequeñez, de nuestra irrelevancia, de nuestro rol de víctima sujeta a movimientos ajenos respecto a los que nada podemos hacer cuando pasan por nuestro lado, por encima o directamente nos arrollan haciéndonos desaparecer.

Vivimos permanentemente a la espera -en cierto modo vivir es una espera, un mientras-, en parte colectivamente ausentes, protegidos por una especie de salvoconducto que nadie nos ha concedido y nada garantiza porque tampoco es real. No basta con hacernos preguntas, aunque siempre sean necesarias, es uno de los motivos por los que seguimos aquí, las respuestas son otro cantar, y solo son válidas las que se materializan mediante sucesos reales. Nos queda suspirar.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Estado

Detenidos observando el perseverante canto de un jilguero en una desnuda rama junto al rio dejábamos que la tarde prosiguiera su curso sin otra cosa que hacer que estar, contemplar cómo la pequeña ave insistía con sus trinos en una arboleda en la que la primavera todavía quedaba lejos, no así en cuanto a la temperatura, una plácida tarde sobre la que iban acumulándose las horas del día que comenzaba a declinar, también las de más ajetreo, poco antes de la comida y sin saber dónde comer, en una pequeña plaza atestada de gente vestida de carnaval hablando, riendo y bebiendo como si de un reencuentro de amigos se tratara, regreso tras una larga temporada entre ocultos y enclaustrados, sin poder verse las caras.

Tan solo unos kilómetros más allá, a esta hora, probablemente esa misma gente seguiría, después de un breve y merecido reposo, con sus charlas y celebración momentáneamente interrumpidas, participando de un contagioso estado de ánimo que también había calado en visitantes como nosotros, inesperadamente encauzados en el trajín de callejuelas y sombras que poco a poco fueron sumergiéndonos en el jolgorio general, entre sonrisas, disfraces, músicas y cánticos compartidos en la acera de algún bar o multiplicados, mesa a mesa, durante la espera de lo que todavía no sabíamos si sería aperitivo o comida. Un ambiente festivo más que necesario en el que se mezclaban sin medida desde niños de unos pocos años hasta ancianos de punta en blanco todavía con fuerzas para alzar la voz sosteniendo un vaso en la mano. Exigencia de un intercambio entre iguales tan vital como el canto del pequeño y solitario jilguero.

Tampoco creo que a ninguno de los participantes le apeteciera hacer mención del benigno invierno en el que todavía estábamos, nada que ver con aquellos inviernos de bufandas y chupones de hielo que solemos recordar cuando hablamos del invierno. Conversación innecesaria que ninguna nube parecía capaz de provocar ensombreciendo la imperiosa necesidad de hacernos y sentirnos vivos.

Rápidamente abducido por el ambiente general, también yo había dejado atrás algunas pequeñas incomodidades y prevenciones de las que me resulta difícil desembarazarme cuando mi cabeza se levanta con el pie cambiado y no está por la labor. A esta hora de la tarde respiraba tranquilo porque a lo largo del día había sido capaz de dejarme llevar por las horas y lugares con los que íbamos tropezando, olvidando poco a poco los puntos suspensivos de los que a primera hora de la mañana parecía no poder desprenderme. Tampoco se veía ni oía por allí esa guerra que estos días nos acosa y absolutamente a todos duele y entristece, a la que, como a tantos, me ha sido completamente imposible encontrarle un motivo o justificación, además de asqueado por la abusiva y falsa información con la que permanentemente nos persiguen y acosan  malos periodistas y unos medios de comunicación que no dejan de hurgar sin vergüenza en cualquier mínima herida ajena que nada aporta y, en cambio, más y más enriquece a bandidos y maleantes habituados a vivir de una violencia que siempre humilla a otros. Las cosas son mucho más sencillas, y solo quienes pretenden falsearlas en beneficio propio se dedican a enmarañarlas confundiéndolas y confundiéndonos hasta hacernos perder de vista la verdad que subyace tras estas calamidades.

Caminamos de regreso acompañando al sol en su descenso entre cumbres que pronto lo ocultarán cuando, sin venir a cuento, vuelvo a las sombras y los pequeños detalles, sueltos que deambulan por mi cabeza y que nada tienen que ver con el día y su ocaso, o tal vez sí, pero no con la luz que nos acompaña sino con esas otras penumbras que en ocasiones nos imponemos con tal de deslumbrar antes que para alumbrar nuestros propios pasos. Y en este lento y plácido declinar me veo inesperadamente embarcado en una especie de melancólica rememoración que va deteniéndose al azar en amigos y conocidos que en algún momento también se enredaron escabulléndose entre esos tonos grises, de vuelta a sí mismos, mera ocultación, deambulando por lugares desconocidos o completamente vacíos en los que no había nada que descubrir, lo que no impedía que, con tal de mantener alta la vista, se desangraran mediante pequeñas mezquindades que apenas cubrían su desorientada cobardía, incapaces en aquel momento de aceptar que la realidad de las cosas no son las cosas según nuestro exclusivo y particular modo; mejor nada, aunque seamos nosotros mismos quienes siempre perdemos.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Héroes

Héroe suena en principio a personaje mitológico de la Antigüedad Clásica, o un personaje histórico famoso por sus hazañas o sus virtudes, ejemplo de comportamiento y nobleza a seguir o imitar. Alguien encumbrado como excepcional, como es más que evidente que la gente normal en sus vidas normales no da para tanto, sobre todo con lo que cuesta llevarlas con un poco de dignidad y honradez, no digamos convertirlas en ejemplo para sus semejantes. A decir verdad, creo que vivimos tan asediados social y mentalmente que prácticamente no hay tiempo para otra cosa que intentar salir adelante con el menor perjuicio posible; probablemente llevar la propia vida con relativo acierto ya sea una heroicidad, pero en este caso nada tiene que ver con la palabra con la que comenzaba estas letras. Opino que las particulares y complicadas circunstancias de nuestra propia época suponen un plus de dificultad, es posible que mayor que en otras, pero, en definitiva, es lo que hay, no existe posibilidad de escape, es el tiempo que nos ha tocado vivir.

Viene esta introducción a cuento porque, sentado ante otra película norteamericana que hasta ese momento se dejaba ver, que ya no es poco, la acción acababa desembocando, de manea rutinariamente inevitable y familiar para quien esté habituado a este tipo de cine, en cuestiones y situaciones prontamente catalogadas como heroicidades, con lo que el protagonista de turno pasaba impepinablemente a ser tildado de héroe.

Si ya el tema o argumento de los héroes, o superhéroes, hace tiempo que se quedó en fast food para jóvenes más bien apáticos o con bemoles cuestionados o perdidos, si es que en alguna ocasión tuvo otro sentido, siendo toda la cinematografía dedicada al tema puro e intrascendente entretenimiento tan consumista como colonialista, pretender inventar héroes entre la gente normal a partir de situaciones que solo en apariencia no son normales suena a tomadura de pelo, más bien a fraudulenta representación de una cultura necesitada de tan recurrentes como simplistas “salidas de tono” por flagrante incapacidad para enfrentarse con un mínimo de cordura a las evidentes miserias de su propia realidad. Es un héroe el fulano que hace algo que no sucede todos los días o ayuda y se preocupa por los demás a costa o en contra de sus propios intereses, quien evita que, por ejemplo, el amigo o hermano, tozudo, despistado o simplemente estúpido caiga en el pozo que es incapaz de ver; el novio que embelesa a la sufrida y guapa chica que nunca acaba de enterarse de qué va a aquello o el papá que de pronto se da cuenta de que tiene un hijo, o una hija, a los que jamás ha hecho ni puñetero caso porque hasta entonces, tan hombre, tan vaquero ante su destino, vivía enrocado en sus propios caprichos, lealtades, convicciones, enemigos, prejuicios, fantasmas o el mismo ombligo -da igual que el héroe se apellide Eastwood, Pitt, Cruise o cualquiera de inferior rango, eso no concede ningún valor.

En la película que he tomado como pretexto para estas letras el papá -pobre- sufre y se desespera porque, tras haber hecho lo que le ha dado la gana, en un momento determinado advierte que no es un héroe para una criatura de la que nunca se acordó -papel que según su caletre todo padre ha de significar para sus hijos. ¿Un héroe? ¿No le bastaba con ser padre, cosa ya realmente complicada? Por ello no deja de ser curioso, o claramente sospechoso, también irrisorio, que una cultura tan básica, individualista y egoísta como la norteamericana, en la que el otro si no es de los tuyos es tu enemigo declarado, pretenda llamar y vender como heroicidad el inesperado y generalmente violento enfrentamiento y resolución de situaciones corrientes tomadas como si se tratara del descubrimiento de la vacuna decisiva. Recurso manido para la -¡cómo no!- heroica, emotiva, incluso desgarradora, y definitiva rehabilitación del tipo en cuestión -cuando éste ya ha vivido la mayor parte de su vida sin que le importara otra cosa que sí mismo. La victoriosa y feliz reconciliación filial del profesional famoso y respetable, del deportista notable, del delincuente de postín, del vulgar trabajador de medio pelo y su anodina vida de zombi o del tarambana irredimible regresando meritoria y felizmente al reducto de la gente corriente -para lo cual, si es preciso, se pone patas arriba el universo entero- desprende un tufo a individualismo machista que echa para atrás. Por eso en ningún momento hay que olvidar que en el desenlace ha de primar -¡ojo!- la victoria y el orgullo individual por encima de los hipotéticos beneficios mundiales, sociales o familiares. El héroe es héroe en primera instancia para sí mismo -necesidad primigenia y vital-; derrota y derrotados han de quedar bien definidos porque en función de su calidad así se engolará la vanidad del vencedor, después viene el resto.

Hoy en día la gente que pretende representar esa propaganda cinematográfica habla, sufre, ama y se ayuda sin tan heroica, pastelera y huera grandilocuencia.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario