Diálogo salvaje (8)

Tras mucho pensarlo finalmente se decidía. Estaba harto de aguantar simplezas y gilipolleces de tanto imbécil que no sabe qué hacer con su tiempo y se dedica a importunar a los demás. Abrió la aplicación y escribió:

Esto va para los todos capullos que aún no han entendido que este grupo de wasap está dedicado únicamente para quedar y jugar al pádel, nada más. Así que, todo el que tenga necesidad de babear y hacerse pajas con tías en pelotas, se parta el culo con mariconadas supuestamente graciosas, pretenda aburrir al personal con sus viajes en moto, le diviertan los chistes y montajes para cretinos, tenga aspiraciones fascistas o solidarias o ande necesitado de colaboraciones moralistas o altruistas de cualquier tipo, por favor, desahogaos en otros grupos más permisivos o inútiles, pero no en este. Gracias. (Demasiado largo -pensó-… da igual, no puedo hacerlo en menos espacio). ¡Ah! para mañana a las 21,00, ¿quién puede?

…

Yo.

También.

Luis y yo. Ya somos cinco. Si se apunta más gente reservamos dos pistas.

El capullo lo serás tú. Si no te interesa lo que cuelga la gente no lo leas y punto, como hace todo el mundo. Has tenido que ser precisamente tú el que ha tenido que abrir la boca, el listo, si no te gusta vete a tomar por culo.

Yo pongo lo que me da la gana y tú no vas a decirme lo que tengo que hacer, ¡mamón!

Emoticonos violentos.

Más.

… Aún peores.

Si tan necesitados estáis de mujeres y compañía por qué no mandáis a la mierda vuestra vida y os dedicáis a buscar quien os aguante u os quiera joder en lugar de importunar a los demás con vuestras carencias. Igual no tenéis a nadie, ni siquiera por caridad. Así les irá a vuestras mujeres. Pero esa es otra cuestión, a lo que iba, podíais ser más discretos.

También puedo.

Te estás pasando, Toni, la gente es como es y no es necesario faltar o meterse con ella como tú lo haces.

¿Eso qué quiere decir? ¿Qué te parece bien que la gente cuelgue sus mierdas en el grupo de pádel?

Pasa y punto.

O bórrate.

No me da la gana. Yo quiero jugar al pádel. N0 tengo porque aguantar tonterías y groserías que ni me importan o me parecen una solemne memez. Ni tragarme videos fascistas, bromas para subnormales o montajes cutres y de tarados que, francamente, me molestan bastante.

Se puede decir lo mismo pero con más educación y respeto. Con tus formas incurres en lo mismo que ellos.

Ya. Igual es mejor permanecer callado para que no se ofendan, ¡pobrecillos! En cuanto les llevas la contraria se enfadan. Hay que respetar su libertad, ¡no digas tonterías!

Ya vale ¡chicos! vamos a dejarlo o al final va a ser peor. Con no hacerle caso es suficiente. Y a los que colgáis esas cosas controlaos un poco, en cierto modo Toni tiene razón, esto es un grupo de pádel.

Vaya, ya habló el otro intelectual. Si no te interesa te largas tú también.

¡Eh! Tampoco os paséis. Solo intento poner un poco de paz.

Emoticones muy violentos y desagradables.

Más.

…

¿Por qué? Este grupo es para lo que es, no estoy diciendo nada que no sepamos. Que algunos se callen o prefieran ser prudentes no os da derecho a poner todo lo que os de la gana. Decid si podéis jugar y punto. A nadie nos interesa el resto.

No me interesa jugar con tanto listo y gilipollas. Me borro.

Me apunto para mañana a las 21,oo. Pero vamos a dejarlo estar, chicos.

Yo también me salgo. Idos a la mierda.

Venga, ¡hombre! ¿qué estáis haciendo?

A la mierda he dicho. Tengo un montón de gente con la que jugar sin que me toquen los cojones por lo que cuelgo o pongo. Como hace todo el mundo.

Que te vaya bien.

…

Bueno, al final ¿cuántos estábamos para mañana?

Creo que siete. Falta uno.

Dais pena, la gente es como es. Qué más os da.

Conmigo ya somos ocho -creo-; ¿reservamos dos pistas?

Me largo donde haya gente normal.

…

Nota. No he tenido más remedio que transcribir la conversación a un lenguaje legible y quizás con ello ha perdido encanto y autenticidad, de lo contrario y debido a los frecuentes errores, la económica mecánica de la aplicación, la traslación automática del lenguaje hablado -o mal hablado- al escrito y la desgraciada pero orgullosa ignorancia a la hora de preocuparse por una mínima corrección en el uso del propio idioma -cada uno escribe como le da la gana, siempre es el otro quien no quiere comprender- hubiera sido imposible entender nada.

Publicado en Relatos | Deja un comentario

Desinformación

Fue algo entre casualidad y curiosidad lo que me hizo detenerme en un documental sobre “terraplanistas”, es cierto que con más dudas y pesar que convencimiento, sugiriéndome para animarme que no era perder el tiempo si después de su visualización lograba algo en claro de semejante disparate, por ejemplo, las supuestas razones de estos tipos y su hipotética solidez. Pero, como habrán imaginado, la decepción fue la consabida, unida a la inevitable vergüenza ajena porque ciertos individuos, da igual el país del que provengan, puedan derivar hacia semejantes desatinos; porque tampoco sirvieron de mucho los expertos que sazonaban el documental pretendiendo razones y algo de consistencia psicológica y social a convicciones tan erráticas, además de recomendar encarecidamente no expulsarlos de la sociedad marginándolos como bichos raros. En conclusión, se trataba de personas de todas las edades perdidas entre convicciones disparatadas o directamente absurdas tras las que algunos expertos adivinaban vidas solitarias psicológica y/o socialmente traumáticas que devuelven a la sociedad individuos con problemas de integración necesitados de un redil con el que ser identificados y acogidos.

No hay nada como dejar hablar a estos personajes para cerciorarse de su patética simpleza, su ignorancia y su temor ancestral al mundo que les rodea, lo que también les impide aceptar y comprender cualquier prueba en contra o que incite a la mínima duda -eso significa caer en la red del enemigo-; pruebas y demostraciones a las que despojan de toda validez porque chocan de frente con su propia cerrazón mental, sus prejuicios y una estrechez intelectual que les impiden ir más allá de sus propias convicciones. Tipos y discursos similares a negacionistas del cambio climático y antivacunas -o esos otros incapaces de entender, y lo que es peor, aceptar, los miles de millones de años del universo o las millonésimas de segundo o milímetro con los que una ciencia manipulada por oscuros taumaturgos en el poder pretenden encandilarnos-; su insistencia y perseverancia es más bien una cuestión de fe, el obligado cumplimiento y obediencia de una especie de dogma grabado a fuego en su subconsciente que les mantiene permanentemente en guardia contra el demonio, es decir, todo aquel que no sea de los suyos y con quien ha de convivir por obligación, eso sí, permanentemente a la defensiva.

Su pretendida o supuesta información surge más bien de una desinformación generalizada en la que individuos y organizaciones de toda catadura e insolvencia -tanto moral como intelectual- medran buscando beneficios de cualquier tipo, obteniendo como resultando una infinidad de falsedades y confusiones formando una maleza casi impenetrable que enmaraña redes, foros y páginas para desgracia de aquellos a la búsqueda de algo fiable, eliminando de un plumazo o arrojando a un profundo pozo de basura las opiniones expertas o con un mínimo de conocimiento de lo que hablan y pretenden transmitir. Si los expertos que pretenden saber de un tema -cualquiera- por experiencia, trabajo o estudios solo intentan manipularme porque a su vez ellos ya lo están, entonces el diálogo es imposible. El temor y la desconfianza es el motor de estas cabecitas -si, por ejemplo, usted estuviera en Tarifa y en un día soleado pudiera ver perfectamente la costa de África eso significaría que la tierra es plana y no una esfera moviéndose en el espacio; y no intente convencerme porque no acepto sus pruebas, ya que lo que en el fondo pretende es manipularme y llevarme al redil de los crédulos y engañados. Fin de la historia.

Tanta pobreza o pereza intelectual da que pensar, porque no se trata de desconfiar por norma encerrándonos en ver el mundo desde nuestra propia noria y con nuestras propias anteojeras, exigiendo a todo aquel que se dirija a nosotros que previamente se ate a la misma rueda y limite su visión a nuestro estrecho horizonte. Si después de siglos de civilización y miles de pruebas científicas irrefutables va a resultar que no hemos aprendido nada, que seguimos como al principio y todavía creemos que rezar es lo mejor para que llueva o que dios creo el mal y al demonio para hacernos ver que no somos perfectos y debemos atarnos a él, apaga y vámonos.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Trabajos

Lo más curioso o llamativo de la conversación eran los propios muchachos, su absoluto convencimiento de que las cosas son así, sin dudas o atisbo de crítica; hablaban sin mordacidad ni dobles sentidos, felices por haberse reencontrado y por la charla, seguros de sí, ajenos e independientes del exterior porque todavía no existe la consciencia de ser otro más y aún se mantiene en pie un fondo de armario en el que los sueños y deseos todavía ocupan su mayor parte. Tal vez algo de resignación por lo que consideran errores más que fracasos, ya que por su parte no existe entrega o doblegamiento consciente de su voluntad, ni obediencia a los dictados de otro u otros, en cualquier caso los inevitables esfuerzos e inconvenientes por el tiempo invertido, pero menos, ya que para ellos todavía no existe una consciencia del paso de los años como algo definitivo, simplemente transcurren en una acumulación de tiempo que en algún modo se transformará en experiencia para mañana, o no, simplemente pasaron y ahora estoy aquí, en muchos casos tan vacío como al principio pero unos años mayor. Se conformaban razonando que aquello no siempre iba a ser así, ni es mejor o peor, se trata de lo que hay, las cosas cambian y tal vez en la próxima ocasión tengan más suerte. Suerte. Vale, son cosas que pasan, el mundo se mueve de ese modo y al final y desgraciadamente para muchos de estos se trata de que no puedes, no funciona o probable y directamente no servías para aquello, ya está, pero sin ofensas ni acritud, todo “muy líquido”. Luego se impone un cambio hacia otros derroteros de más fácil acceso y tránsito, otros estudios menos complicados o exigentes, sobre todo que gusten, sin que todavía tengan claro si es cuestión de gustos o de comodidad, facilidad -dicen-, menores requerimientos, con pasos más sencillos y cortitos para que la motivación no decaiga -¿tan cortitos?-, el caso es no volver a fallar y desanimarse. O un trabajo ¿cualquiera? ¡uf! por tener algo de dinero para hacer lo que te apetece. Porque estudiar es una mierda cuando no se tienen las cosas claras, tal y como al parecer les seguía ocurriendo a ellos, demasiadas prisas a la hora de afrontar plazos y más plazos en tan pocos años, como si el mundo se fuera a acabar mañana, sin tiempo para pensarlo con un poco de tranquilidad, independientemente de que tampoco se tiene el cuerpo para ello porque hay otras cosas más importantes, aparte de la natural necesidad de anteponer el placer a la obligación o el esfuerzo, cualesquiera que sean.

Pero no todo eran malos rollos, había un trabajo para uno de ellos -recién ingresado en una conocida cadena de supermercados-, ocupación que enterraría, al menos momentáneamente, unos feos años de los que no podía obtener nada claro aparte de tiempo perdido y unos estudios que, sumados, no significaban nada porque desde la distancia lucían sueltos, disparejos, sin forma humana de atarlos a alguna actividad que proporcionara algo a cambio, mejor si era dinero. Ahora casi tocaba el cielo, por fin, según sus propias palabras, su radiante expresión y el modo en que lo contaba; era más que estupendo, el trato, el horario y, por supuesto, también el sueldo, una maravilla comparado con lo que había tenido que tragar en otros trabajos. El paraíso (¿?). En ninguno podía advertirse, mucho menos en el afortunado trabajador, la impresión de enfrentarse a opciones marcadas de salida respecto a las cuales sus capacidades siempre fueron algo secundario, se trataba del camino al que intentaron aspirar y no fue posible, aunque afortunadamente hay otros que requieren menos esfuerzo, es más, para el nuevo trabajador la sensación era de liberación y felicidad. Sin remordimientos por un posible fracaso o el tiempo perdido, o porque ya fuera tarde; los estudios no eran lo suyo, fin de la historia. Es falso que existan caminos marcados o que condicionan y redirigen tus aspiraciones, solo son equivocaciones, tal vez desinterés o falta de estímulos. Pero al fin podría hacer lo que realmente quería, un tarea fácil de asumir con unas exigencias básicas, un buen principio a cambio de lo que consideraba un buen sueldo con unas excelentes condiciones laborales. Su docilidad era ejemplar porque, sin reticencias, asumía de buen grado su futuro más próximo, y sobre todo era suyo. Dejaron de preocuparle las causas o los porqués, y si existían, probablemente retorcidas invenciones en las que no le apetecía detenerse. En cualquier caso ahora el truco consistía en multiplicar las horas por el dinero obtenido y en función de ello progresar adecuadamente.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Amigos

Me enteraba de que una buena amiga había dejado de hablarme porque se acostó con quien no debía -así, como suena-, pero no lo sabía directamente por ella sino por otra amiga que me lo contaba sin que yo se lo pidiera porque me creía al tanto y le apetecía preguntarme cómo había reaccionado, cómo me había afectado y si en el fondo lo entendía, porque ella, cuando se enteró, no supo qué decir y, sobre todo, porque no acababa de comprender por qué habría de afectarme de algún modo que cualquiera de nosotros cuatro acabe en la cama con quien le apetezca. Tan extrañado como sorprendido y aún incrédulo le contestaba que yo tampoco lo entendía, además de insistir en su seguridad respecto a la veracidad de lo que me estaba contando; no acababa de ver la relación, cada uno lleva su vida como le apetece y, de ser cierto lo que decía, aquello no parecía un problema que pudiera enemistarnos, ni siquiera molestarme. Ante todo somos amigos -continuaba-, nos gusta comer juntos y conversar con relativa frecuencia, saber cómo nos va, qué proyectos tenemos y si nos va a seguir apeteciendo volver a vernos para hablar y contarnos -sin venir a cuento me estaba repitiendo. Añadiendo que, en lo que a mí respecta, nunca había visto o advertido una situación incómoda entre nosotros; o tal vez no estuve avispado o lo suficientemente atento -al parecer me equivocaba.

A mi insistencia sobre la verdad de lo que me estaba contando, de qué modo se había enterado y por parte de quién, cómo estaba tan segura de ello si yo mismo nada sabía -no quería que se saliera por la tangente-, me respondió que eso no era importante, añadiendo -no sé a cuento de qué- que a veces suelen llamarse y hablar un rato y esta última vez la encontró algo rara. Sin ceder respecto a la veracidad de sus palabras y el nombre de su informante -cosa que me exasperaba; hay silencios y omisiones que no suelo aceptar ni puedo comprender-, si supo decirme que en una ocasión, estando todos presentes, hice un comentario nada favorable, o más bien directamente desagradable, sobre el individuo en cuestión -de quien tampoco sé-; pasaba por casualidad junto a nosotros y lo señalé con un gesto de mi cabeza, comentario al que ninguno respondió ni ante el que nadie reaccionó -su cautela e innecesaria minuciosidad me ponían nervioso porque seguía como al principio. En tu descargo -¿intentaba consolarme?- si puedo decir que yo particularmente no le di importancia, el tipo pasaba por allí, nada raro, y alguien hace un comentario que no llega más allá porque la charla prosigue por otros derroteros más interesantes. Pero la conversación o revelación no duró mucho más, tenía prisa.

Resumiendo, Ana intuye que, conociendo a Rosa, durante esa sesión de cama sucedió algo que no debió gustarle, hecho que probablemente le hizo recordar mi comentario negativo e identificar a su acompañante con aquel entonces de paso por nuestro lado, lo siguiente fue sentirse mal. Ya sabes que Rosa es muy variable -me advertía, o recordaba. Aunque ella tiene otra teoría; Rosa está enfadada conmigo, o ha dejado de hablarme -no sé con qué opción quedarme porque de momento no he sufrido directamente ninguna-, porque siempre ha querido acostarse conmigo y yo nunca le he hecho caso -recuerdo que resoplé, me pillaba completamente descolocado-; y verse en la cama con alguien de quien yo no tenía una opinión favorable era como conformarse con la opción que, siempre según Ana, no es la buena, porque ni siquiera valía como venganza, ¿o no sabes cómo es Rosa cuando se le mete algo en la cabeza?

Hubo un momento en el que mi silencio tampoco la escuchaba, hablando y mirándome tan solvente como intrigada, segura de que su teoría era cierta pero sin poder calibrar cómo me la estaba tomando y si estaba haciendo bien contándomela. Además, persistía en su descubrimiento mientras se alejaba, es lo que dice Mario, tú nunca pareces darte cuenta de lo que hay y tienes alrededor, estás pero como si no estuvieras, según él la atracción de Rosa por ti siempre ha sido más que evidente, ocurre que tu hablas de amistad, de ser amigos y querernos como tales -circunstancia que yo particularmente nunca he entendido del todo porque oyéndote intuía unos límites que para mí jamás han existido- y hasta luego. Sin proponértelo has provocado en ella un sentimiento de culpabilidad que solo te hace a ti culpable, porque no te hubiera costado nada estar donde los demás y haber cedido con ella, aunque, claro, para ti las cuestiones de sexo nunca han tenido relevancia entre nosotros. Qué torpes sois a veces los hombres. Y desapareció. Como he dicho tenía prisa.

Publicado en Relatos | Deja un comentario

Otoño

De pronto ha finalizado el verano, no es que haya llegado el frio pero al fin es posible salir a la calle en manga larga, incluso con dos mangas para los más frioleros; todavía hay quienes siguen de vacaciones y sus establecimientos cerrados a cal y canto, también el bar de costumbre, tal y como lo había venido advirtiendo su propietario, porque él también tenía derecho a unas vacaciones como los demás… -como si alguien en algún momento se lo hubiera impedido. Ahora los paseos son más largos, sin el agobio del calor, y la noche cae cuando menos te lo esperas, al doblar una esquina, y comentas… Se está poniendo el sol, ¿qué hora es?

Más y menos jóvenes de vuelta a sus correspondientes rediles escolares, entre fastidiados y aburridos y poco o nada predispuestos al inevitable esfuerzo, tal vez atentos a alguna inesperada sorpresa y, sin ser derrotistas, entre ellos algunos gustosos por aprender, unos por lo que les aporta y las puertas intelectuales que les abre ese aprendizaje y otros por lo que puede, con el tiempo, proporcionarles para vivir.

Tiempo de rentrée, de estados de ánimo bajos o muy bajos, incluso depresivos y más o menos recurrentes, o desgraciadamente de cierta importancia por tener que volver a encontrarse con esa normalidad tan incomprendida y poco apreciada, la misma que nos mantiene en pie atándonos corto durante el resto del año, de la que permanentemente nos quejamos y no queremos sufrir sin que sepamos hacer otra cosa, de la que no podemos desprendernos porque sin ella no viviríamos -no se trata de cómo nos gustaría-, pero al menos nos concede el resuello suficiente para forjar nuevos planes e ilusiones.

Los gimnasios y lugares donde reencontrarse o conocer el propio cuerpo presumen abarrotados de rostros preocupados y entusiastas porque vuelven a imponerse las formas por encima de las ganas; aunque después de todo está bien regresar y saludar de nuevo a las sufridoras amistades de sacrificios y proyectos compartidos, contarse qué tal y sonreír al menos por ver si este año sí, aunque al final y como de costumbre el proyecto se quede en eso, en otro año que no, pero al menos se pasa, bien o mal es otro tema.

Regresan los cursos y actividades de todo tipo, tanto extraescolares como para ocupar esas largas tardes de invierno que también sufren los adultos, algunos escasos de espacio y/o tiempo e imagino que más de uno se habrá tenido que quedar fuera por no disponibilidad de plazas, o simplemente por haber llegado tarde o no haberse acordado en su momento.

También han aumentado las amenazas a la hora de amargarnos un poco más los meses que vienen, guerras, inflación, carencias, carestía y horizontes más bien oscuros que no acabamos de asumir porque todavía queda y a día de hoy seguimos aquí. La extrema derecha ha ganado en Italia mientras la de aquí anda buscando qué inventarse sin dejar de enmierdar el panorama político general, más o menos lo que siempre han hecho porque, a excepción de su permanente y reaccionario sermoneo católico-racial y el patriarcal y clasista como dios manda, carecen de proyecto político o una propuesta inteligente de gobierno. Como venía diciendo, igual que siempre.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Cuentos de reyes

Si no fuera porque los vemos, vivimos y sufrimos, tal y como viene sucediendo desde hace ya bastante tiempo, bien podríamos decir que los reyes solo son personajes de cuentos, sujetos de un imaginario común indispensables para el mantenimiento y perpetuación de unos ordenamientos políticos y sociales, antiguos o actuales, de cualquier tribu, comunidad o sociedad sólidamente establecida. Una institución que probablemente basa una gran parte de su curioso prestigio en una tradición oral comprimida en infinidad de historias y cuentos infantiles encargados de incrustar en el inconsciente colectivo un orden y jerarquías tan arcaicas como fantasiosas -o simplemente ficticias- que, sin embargo, para muchas personas conforman una simbología tan consoladora como cohesionante, vital para el cuasi sagrado sostén de algunas sociedades desarrolladas actuales.

Aunque tal ficción sea, si cabe, lo más alejado de la realidad en un mundo que sigue a lo suyo -sin que todavía sepa de qué se trata-, por los siglos de los siglos. Los reyes y sus historias vienen ocupando, no obstante, un lugar bastante peculiar en el acervo colectivo, el de una ficción autoimpuesta intemporalmente real que en el fondo no importa lo más mínimo; pura retórica y ceremonial que todos admitimos, contemplamos y asumimos sin que se nos caigan las razones, por la sencilla razón de que para esta cuestión hoy no las hay -y en el fondo nunca las hubo-; no es que sean innecesarias sino que en cualquier conversación civilizada se antojan absurdas, infantiles e incluso ridículas.

No se trata de que estos individuos o figurantes sean mejores o peores personas, si aptas o no, tampoco cuestión de talantes, caracteres o predisposiciones, temas, éstos, mucho más prosaicos, sino de la misma institución, su vigencia o realidad que más de uno justificaría de forma ferviente y entusiasta argumentando su irreemplazable existencia en función de la hipotética necesidad para la población de un referente sólido y contrastado -¿moral? ¿de justicia? ¿todavía divinidad?- que guíe y otorgue sentido a sus al parecer desorientadas, atribuladas y necesitadas vidas.

Creo sinceramente que no existen razones para la permanencia de semejante alambique, como evidente es la absurda y forzada pompa y solemnidad de sus en principio más importantes actos o simple presencia; figuras, situaciones y/o celebraciones que únicamente tienen un sentido -aparte de para la cómoda y distendida vida y riqueza de sus representantes- para sus más inmediatos beneficiarios y mantenedores -las clases en el poder-, que, en su obsesiva autoperpetuación, ponen convenientemente en juego cuando la ocasión pinta para ello. Porque organizar tales y grandilocuentes eventos en función de unas personas sin ninguna relevancia material, tampoco moral, en la población tiene poco de realidad y mucho de cuento; enésimo ritual opresor perpetuado por parte de quienes manipulan y dirigen este entramado tan corrupto como caduco.

O la parte más prosaica del tema, las monarquías son necesarias porque su vetusta presencia, entre absurda e incomprensible, sirve para atar corto a tantos que de otro modo se sentirían mucho más solos en sus vidas -cuestión esta que desgraciadamente es muy real- y tal vez propensos a conductas poco colaboradoras, atrabiliarias o francamente disolutas; aunque a algunos nos cueste tanto entenderlo.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Viajes

Ahora que el verano va tocando a su fin apetece volver a salir debido a un insospechado temor a la polilla que aguarda en invierno o porque todavía quedan ganas, y da igual el momento y lugar porque de pronto a tus referencias más inmediatas les falta algo o el mismo horizonte de cada mañana luce un podo deslustrado; aunque mejor reconocer que no es por ellos sino por ti, tu cabeza o ese estado de ánimo de ayer que quizás huele a cansado y al que, sin embargo, le apetece otro trote.

Cuestión de ver como de cambiar de aires, pasear o conocer otros lugares, o regresar a los mismos, ver otras cosas o las de entonces pero bajo otra impronta; conocer a otra gente e intercambiar las palabras de rigor, aunque solo sea para darles las gracias por su atención, por permitirte irrumpir en su tiempo y probablemente llevarte una buena impresión que alojar en ese recinto en el que se apretujan los buenos deseos y las mínimas satisfacciones, sobre todo aquellas provenientes de los gestos más pequeños y cotidianos. Cambiar de horizonte unos días y luego regresar con más ánimo si cabe.

Porque hace mucho que no ves el mar, porque lo hechas de menos, sentado viendo y escuchando el rumor de las olas; también para darte un remojón y nadar, independientemente de cuestiones como caliente o frío, el mar es el mar y las aguas están como están, lo importante es su contacto, sumergirte en ellas, más allá de la acomodaticia temperatura que en ocasiones enmohece más que alivia.

Crees que con poco te conformas y luego ese poco te parece mucho, gratamente sorprendido porque en ningún momento puedes decir que ya lo has visto todo, que por ahí no volverás a pasar o no hay nada nuevo que descubrir. Pequeños templos -decenas- con muchos siglos de antigüedad e infinidad de detalles arquitectónicos que te alegras de poder contemplar y disfrutar; ruinas y mosaicos excelentemente conservados y protegidos mucho más antiguos aún, igual de sorprendentes. Como sorprendida se muestran esa pareja de ciervos advertidos por sorpresa tras una curva de ciento ochenta grados de una tortuosa y antigua carretera poco transitada, nosotros quietos, mirándonos, ellos en estado de alerta; o ese otro robledal en el que el sol apenas puede penetrar y una nueva y empinada ascensión desde un pantano en horas muy bajas castigados por un sol de justicia que nos deja arriba con la lengua fuera, necesitados de un pequeño descanso. Luego, de regreso donde nunca antes habíamos estado, seguimos el murmullo y nos arrellanamos en unas sillas a la sombra en una plaza porticada aguardando una cerveza que se antoja tan inevitable como indispensable; mientras, en el centro de la placita, tres tipos afinan sus instrumentos advirtiendo que esperamos un poco más a que salga la gente de misa. Gente que pasa del templo a la terraza exigiendo buenos lugares para beber, ver y escuchar a quienes amablemente han demorado esos minutos el inicio de su ignoro si improvisada o preparada actuación. El camarero nos sirve renegando porque aquellas fiestas no parecen acabar nunca, cuando en realidad lo hicieron ayer. Sonreímos comprendiendo su enfado pero preferimos aquello a la plaza vacía.

Publicado en Viajes | Deja un comentario

Parado

De pronto estaba parado a un lado de la calle, a un metro escaso de la acera, un cuerpo completamente inútil para el movimiento y sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Tardó segundos en ser consciente de lo que estaba sucediendo, pocos, tal vez décimas, los primeros instantes tras la nerviosa repetición de unas órdenes completamente inútiles por parte de su cerebro y, ahora sí, el sorprendente reconocimiento de su inesperada inmovilidad. Desechó el error cuando fue reflexivamente consciente del fallo en su organismo, a medida que se sucedían los segundos nada que ver con algo pasajero o una falsa alarma, daba igual si accidental o definitivo, porque algo en su cerebro o en su sistema nervioso había dejado de funcionar y un terror del que no sentía ninguna manifestación física comenzaba a abrumarle como nunca antes; sin cesar de enviar órdenes a unas extremidades que no respondían, como tampoco sentía, ni mirarlas. Incluso hubo de reconocerse sorprendido por tener que ordenar a sus pies que caminaran cuando, exceptuando aquel momento, nunca antes recordaba haberlo hecho; se trataba de actos reflejos e inconscientes en los que jamás se había parado a pensar. De pronto esa inercia había dejado de funcionar, ¿lo que quería decir? ¿Qué estaba fallando en su cuerpo? ¿o en su cabeza? Sorprendentemente tampoco sentía dolor.

Nadie de los que pasaban a su lado parecía advertirlo, simplemente lo evitaban y proseguían, algunos con reacciones rápidas y evasivas que no disimulaban su sorpresa pero sobre la que no volvían. Cada cual a lo suyo, moviéndose inconscientemente absortos en sus propios asuntos y esquivándolo con más o menos presteza cuando casi tropezaban con él. Increíble que en una calle en fiestas, atestada de gente, alguien pudiera permanecer quieto sin organizar un tumulto, en el centro de un incesante trasiego, grupos en plena diversión, matrimonios, parejas con carritos y niños o tipos que caminaban rápido hacia una cita sin tiempo para detenerse o preocuparse de lo que en aquellos momentos solo era un obstáculo en su camino.

Se creyó sudando de impotencia y temor por seguir todavía allí, quieto y sin saber qué era lo que le estaba ocurriendo, qué importancia tenía, si temporal o definitivo, además del inevitable por qué. Si alguien se hubiera fijado en su rostro probablemente se habría alarmado tanto como lo estaba él y tal vez se habría parado a preguntarle; pero en ningún momento fue así, allí seguía, cagado de miedo y completamente solo en medio de tanta gente, en su propio pueblo, en su casa y rodeado de vecinos y conocidos con los que probablemente se tropezaría todos los días sin saludos ni dirigirse la palabra. Pero ahora no era lo mismo.

No sabría decir si la siguiente impresión, además de la soledad, fue la sensación de no existir, de no haber existido nunca; todo lo que le había rodeado y en aquellos instantes le rodeaba seguía allí en aquellos momentos, en movimiento pero sin él, porque no estaba, que era casi como decir que nunca había estado y lo que supiera, sintiera o amara de aquello jamás habría existido; ni la insignificancia de una gota en el océano, mucho peor, mucho más desasosegante y aterrador. Tampoco un objeto de utilidad pública que cualquiera puede usar, allí plantado o instalado con un motivo concreto. Nada de eso, ni un estorbo, ni una piedra o un bote que puedes golpear como si fuera una pelota, porque, curiosamente, a él nadie le iba a golpear, además de no hacerle caso.

Perdida la consciencia del propio tiempo, si pronto o tarde, intentó rehacerse buscando qué hacer, cómo reaccionar, una alternativa, cómo actuar o pedir de algún modo ayuda a alguno de aquellos que directamente lo ignoraban, hablarle, pararlo y decirle que… Pero precisamente cuando intentó abrir la boca para dirigirse al primero…

Publicado en Relatos | Deja un comentario

Cuestión de fe

Hoy puedes viajar a cualquier lugar sin dinero en metálico si en tu destino admiten tarjetas de crédito como forma de pago; no es necesario cambiar o llevar consigo ninguna cantidad, grande o pequeña, de la moneda local porque basta con disponer de una tarjeta de crédito proporcionada por alguna compañía o multinacional internacionalmente avalada y una cuenta bancaria con números en negro. En definitiva, hace ya tiempo que la antigua y original materialidad de los intercambios comerciales dejo de tener vigencia, tampoco en su moderna equivalencia del papel como moneda de cambio.

Tal éxito, no sé si denominarlo económico, comercial o religioso, se basa y apoya en la fe que los sujetos de los que vive y se alimenta el sistema tienen en el mismo -como los feligreses de cualquier iglesia, por ejemplo-, sin aquella nada de lo que hoy consideramos económica o comercialmente normal existiría, no digamos nuestro diario funcionamiento. El sistema se mantiene y progresa a partir de un acuerdo tácito -el dogma- entre grupos y clases dominantes, doctrina que otras clases dependientes e inmediatamente inferiores se encargan de alabar, reelaborar, proteger, propagar y hacer cumplir -magos, brujos, profetas, augures, exegetas, sacerdotes, economistas, técnicos, etc.- y el resto de la población asume con la misma fe y devoción que una creencia religiosa más, pues esa fidelidad y devoción que exige el sistema no deja de ser el motor que mueve sus vidas.

En puridad, al no ser necesaria ninguna materialidad referencial, ni siquiera el antiguo y socorrido patrón oro, la cuestión se limita a un par de columnas virtuales por individuo -debe y haber- habilitadas y sustentadas por un medio digital creado, dirigido y manipulado por los propietarios y sus expertos, peritos y siervos más próximos, y al que el rebaño accede bajo unas condiciones muy estrictas específicamente concebidas para dilatar, confundir y en el fondo evitar miradas indiscretas y/o juicios de valor que cuestionen el engranaje o directamente contrarios al mismo, amén de disponer de un sagrado, especializado y oscuro lenguaje que tiene como único objetivo hacer imposible cualquier intromisión o petición de cuentas. El sistema -o religión- solo es juzgado y cuestionado seriamente cuando existen víctimas materiales -de carne y hueso y siempre indirectas-; único caso en el que el sistema se muestra directamente ligado a la materialidad de la especie que lo inventó.

El permanente dominio en el tiempo de las mismas clases dominantes no evita, sin embargo, que constantemente surjan rebeliones y sectas que, sin dar la espalda a los dogmas fundamentales -manuscritos, teorías y tradiciones más sagradas-, retoman estos mismos de un nuevo modo acusando a la vez a los controladores del invento de corruptos y disolutos -al igual que ha venido sucediendo desde, por ejemplo, el judaísmo primigenio y las sucesivas derivaciones surgidas a partir de sus dogmas principales -dios único, victoria final sobre la muerte, asunción inevitable de la vida como un pasaje complicado e incierto en el que la felicidad es sinónimo de esfuerzo y sacrificio, etc. Como ejemplo de lo que acabo de decir puede valer la última secta que a duras penas intenta abrirse camino, el nuevo dogma de las criptomonedas -inmaterialidad pura y dura, casi metafísica-; una camarilla de heterodoxos necesitada de animosos, beligerantes y jóvenes creyentes en posesión de una fe verdaderamente espiritual y dispuestos a luchar por ella y abrirse camino; también en este caso con el objetivo final de conseguir la máxima felicidad, de momento en este mundo.

Al no existir ninguna materialidad referencial o de intercambio en esta religiosidad económica -solo utilizadas como hipótesis estratégicamente amenazadoras- no habría ningún problema en, por ejemplo, al igual que oímos hablar de cantidades de cinco y seis ceros como propiedades, gastos, beneficios o inversiones por parte de los dueños y controladores del sistema, añadir tres o cuatro ceros en la columna del haber de cada una de las cuentas personales/digitales existentes, es decir en la de cada uno de los sujetos físicos. El sistema no lo notaría ni se resentiría, siempre y cuando la fe de los usuarios en el mismo no disminuyera -todo lo contrario, contentos de tener al alcance esa nueva y accesible felicidad no hay duda de que aumentaría. La cuestión es que tal alteración digital no levante ningún temor a perder su posición preponderante y el pánico subsiguiente entre las clases propietarias -temor que, como en cualquier religión, es el principal origen de todos los miedos, dudas y las consiguientes catástrofes -una especie de multiplicada parusía personal pero sin advenimiento glorioso. Es decir, hay que asegurarles su posición y beneficios, es la única condición.

Así que todos felices y viajeros; un fiel creyente en las criptomonedas afirmaba que él quería ganar un millón rápido y a partir de los cuarenta y cinco dedicarse a vivir felizmente la vida. Pero, como habrán imaginado, a este idílico sombraje le faltan los palos. Desgraciadamente la especie humana sigue siendo un especie física -de carne y hueso- que depende de cuestiones vulgarmente materiales, no solo moverse, alimentarse o reproducirse, sino también ayudarse y colaborar entre sí, servirse, protegerse, limpiarse, salvarse -si fuera necesario-, explotarse, agredirse, humillarse e incluso esclavizarse. Y mientras sigamos dependiendo de nuestra corporeidad, esta molesta materialidad será nuestro sino; la vida será la vida y la fe solo fe, alimento para creyentes. La cuestión es apuntarse a la secta ganadora, la que tenga más creyentes y permita a sus feligreses vivir y viajar entre paganos necesitados de un vulgar trabajo con el que sostener el invento y ganarse las lentejas.

Publicado en Viajes | Deja un comentario

Volcano

En el camino se cruzaban con una joven autostopista provista de un cartel con la palabra volcano escrita en él, aún quedaban kilómetros y aquella carretera de salida de la capital tenía otras direcciones más estables que el reciente volcán en erupción; aunque tanto da cuando la voluntad de ir se impone a cualquier otra circunstancia, probablemente entre aquel tráfico alguien tendría el mismo destino que ella solicitaba como favor. No pararon porque iban completos.

Una vez despejado el tráfico de salida de la ciudad su objetivo ya no parecía tan solicitado; algunas pérdidas y/o confusiones después enfilaban una carretera medio salvaje ocupada tan solo por los pocos elegidos, o decididos, a no ceder en su obsesión. La ruta iba estrechándose y haciéndose cada vez más escabrosa, en algunos tramos parecía recién construida, circunstancia probablemente forzada por una súbita y desordenada afluencia de interesados y curiosos que había obligado a las autoridades correspondientes a mover ficha con tal de prevenir, facilitar y coordinar un acceso mínimamente seguro hacia un destino que hasta hacía poco era tierra de nadie, un lugar desconocido e ignoto en una zona geológicamente activa y caliente del país.

Pero la soledad duraba más bien poco, bastaba rodear un antiguo volcán apagado y avistaban dos enormes aparcamientos repletos de vehículos estacionados de forma más o manos organizada. Visto desde la distancia la afluencia se antojaba más que numerosa, además de varios autobuses que probablemente habrían llevado hasta allí grupos organizados. Había que aparcar y antes que desistir y regresar por donde habían venido, cosa que ninguno estaba dispuesto a hacer, correspondía dar con un espacio mínimamente seguro y estable en un terreno dispuesto a la carrera con tal de contener a tanto aficionado a las novedades geológicas. Hallaron un hueco entre pedruscos, agujeros y un transformador instalado en precario, suficiente para en un par de maniobras quitar el vehículo de en medio.

Tocaba prepararse para la caminata, botas, ropa de abrigo, impermeables y chubasqueros; el sendero que partía del aparcamiento y ascendía la montaña no tenía fin porque lo ocultaba una abundante nubosidad movida por un viento racheado que aportaban la incertidumbre correspondiente a cualquier perspectiva de ascensión. En marcha tras repasar y recopilar pertrechos y posible avituallamiento se mezclaban entre otros como ellos, número mucho menor de los que regresaban, en apariencia relajados y sonrientes, satisfechos con el deseo cumplido -imaginaban- y la contemplación del único y excepcional espectáculo que les aguardaba al final.

Los primeros tramos, con poca pendiente y un sol que poco a poco se iba ocultando, pasaban más entretenidos mientras iban observando de reojo las caras de los que volvían, pequeños grupos, familias con algún niño, jóvenes y aventureros solitarios; luego el objetivo no pintaba problemático a poco que el tiempo acompañara. Pero aquello no iba a durar, iniciada la ascensión en un zigzag improvisado sobre la ladera de la montaña un viento frío traía las primeras gotas de lluvia que, a medida que subían, se convertían en un aguacero en toda regla que empapaba en cuestión de minutos toda superficie libre. Casi en la cumbre hubieron de asegurar con firmeza los impermeables y chubasqueros porque el agua se colaba por todos los huecos abiertos por un rápido viento que la transportaba casi horizontalmente respecto al suelo. No había posibilidad de mirar o mirarse, apenas podían abrir los ojos y quienes llevaban gafas a duras penas distinguían, tan solo avanzar con la vista fija en el suelo, sobre todo al cruzar una pequeña planicie de unos quinientos metros de longitud erizada de grandes y puntiagudas rocas que apenas dejaban espacio donde apoyar con seguridad las botas. Sin opciones para hablar o comentar, quizás mediante señas, además de evitar a quienes venían de frente, de vuelta pero con el viento a favor, igual pero mejor, más cómodo y con la tarea ya hecha. Pero ¡qué importaba que los últimos kilómetros fueran con viento y lluvia! más emoción si cabe.

Sí había tiempo para levantar la cabeza cuando el sendero orillaba coladas recientes de lava aún humeantes; alguna fotografía hecha de cualquier modo, con el teléfono, sin tiempo ni forma de posar porque era casi imposible; felices y empapados para el recuerdo. Aquello era tan impresionante como salvaje, y todavía no habían llegado; en algunas curvas daba tiempo a asomarse y contemplar las humeantes coladas en casi toda su longitud, también algunas bocas ahora calladas rodeadas de un amarillo de azufre que brillaba bajo el aguacero. Iban sucediéndose descensos y nuevos ascensos, casi inalcanzables cuando al alzar la vista medio divisaban a quienes les precedían perdiéndose en las alturas entre nubes que las ocultaban; pero no iban a retroceder ahora, aunque si a alguno se lo plantearan diría inmediatamente que sí. Pero ¿a qué habían venido? Es cierto que quienes regresaban lo habían tenido mejor, pero al menos ellos podrían decir que su ascensión hasta el volcán fue de las que hacen época, peor no lo habrían podido pasar, tenían que llegar, habían ido precisamente a eso.

En algunos tramos el agua reblandecía la tierra y comenzaban a formarse numerosos regueros descendentes que con el paso de botas y más botas se embarraban haciendo más peligroso el descenso que el propio ascenso. Alguno pensó que, de seguir el tiempo así, la vuelta sería peor. En una pendiente, cuando las rápidas nubes cambiantes dejaban ver y el viento permitía alzar la cabeza, tropezaron con trabajadores manipulando pequeña maquinaria intentando dibujar un sendero entre zonas hasta hace bien poco inhóspitas. Era para felicitarse que las autoridades del país, ante la súbita e inesperada demanda de aficionados geólogos, en lugar de impedirles el paso hubiera optado por facilitarles el acceso de forma más o menos practicable hasta un punto seguro.

Las coladas parecían cada vez más recientes, a juzgar por las persistentes humaredas que proyectaban contra un sol que, de pronto, aparecía entre algunos retazos de nubes moviéndose a gran velocidad. Tras la ascensión de un pequeño repecho podía distinguirse un sendero descendente hasta una pequeña elevación que ocultaba lo que, sin ninguna duda, era la columna de vapor ardiente del único cono que quedaba activo en aquellos momentos. Más fotografías, ahora que el tiempo daba opciones. Las casi dos horas de accidentado trayecto y los consiguientes padecimientos procurados por la meteorología parecían a punto de acabar ante el anhelado volcán que pretendía aquella mujer de la carretera, ¿dónde estaría ahora?

Y culminado el último repecho por fin tenían a la vista la negra boca donde un magma rojo hervía a miles de grados admirativamente contemplado por una silenciosa y atenta concurrencia que fotografiaba, bebía, comía o manipulaba drones -prohibidos en todas la zona por orden gubernamental- en aras de conseguir la instantánea más impactante; dejándose impresionar por el constante sonido de un borboteo mágico en el interior de aquella negra cazuela que comunicaba sus vidas, la luz y las nubes con el centro de la tierra.

Publicado en Viajes | Deja un comentario