Adicciones

Situaciones similares a esta proliferan a lo largo del día, constantemente, todos los días; circunstancias, coincidencias o tropiezos que probablemente nos adelantan por ambos lados más a menudo de lo que llegamos a percibir, sin advertirlo y sin tiempo para que alcancen a interesarnos, y si da la casualidad de que nos detenemos accidentalmente en ellas lo hacemos de pasada o molestos porque nos hemos demorado en algo que no nos afecta y en algunas ocasiones no deja de ser una indiscreción. En mi caso estaba sentada a mi lado, hombro con hombro, y por mi parte no tenía otra cosa que hacer que aguardar a que el tren llegara a su destino y no me apetecía echar mano del teléfono móvil, tal vez porque todos los que me rodeaban ya lo hacían, por cualquier motivo o por ninguno. Es curioso que cuando una persona se sube a un tren o llega a una sala de espera, o tiene que aguardar su turno en una fila, su primera reacción sea mirar el teléfono con gesto de premura o preocupación, pocas veces porque lo requieran o necesiten con urgencia, tampoco por algo que traía a medias o debía ver de inmediato, aquello tan interesante que llevaba posponiéndose hacía demasiado tiempo. Si a usted le toca aguardar y observa a esa persona que acaba de llegar comprobará cómo en tan solo décimas de segundo, después de saludar, o directamente sin saludar -la educación está dejando de ser importante-, el nuevo o la nueva, entre ausente e indiferente o con cara de circunstancias, inmediatamente se pondrá a salvo encapsulándose en su pequeño dispositivo, dando la espalda al lugar y ambiente en el que en esos precisos momentos se halla.

He llegado a pensar que el motivo principal de estos comportamientos tal vez sea una incipiente reserva o temor hacia el contacto directo con los demás -en muchos casos simplemente presencial-, ni siquiera discreción o prudencia, como si el simple estar unos junto a otros, sea cual fuere el motivo -no digamos preguntar o verse en la obligación de responder-, o simplemente ninguno, conllevara un punto de desconfianza que nada tiene que ver con el desconocimiento, lo que provoca un primario estado de alerta que puede convertir un simple intercambio de frases casi en una afrenta. Una predisposición, actitud y conducta que, llegado el momento crucial, hace que nuestro propio cerebro colapse sobre una pequeña pantalla, en un gesto que se ha convertido en un acto reflejo que el recién llegado es incapaz de detener, o al menos corroborar con su voluntad. Más bien se trata de un movimiento de protección o salvaguarda tan instintivo e inmediato que cualquier intento de obviarlo, pensarlo o incluso dejarlo para después siempre llega tarde; algo tan inconsciente como el propio caminar.

Hecho el inciso y de regreso al tren, durante el tiempo en el que permanecimos uno al lado de la otra, como imaginarán, no hubo un solo segundo en el que mi acompañante ocasional dejara de mirar y actuar sobre el teléfono móvil; tampoco cuando, aburrida de marear las mismas páginas y pantallas accionándolas hacia arriba y abajo, desistía cansada levantando momentáneamente el pulgar de la pantalla. El pequeño espacio en negro duraba segundos, o menos, quizás porque aparentemente no había nada interesante que mirar en el mundo real, precisamente allí donde siempre hay algo llamativo o destacado que ver, como simple observadora o curiosa impenitente. Ese mínimo tiempo que permanecía in albis no daba para mucho más porque casi de inmediato y con incomprensible celeridad volvía a dibujar el patrón de acceso regresando a las mismas páginas que acaba de abandonar, concediéndose mínimas pausas, casi microscópicas, en las que escarbaba entre sus nerviosas neuronas -cuestión de décimas de segundo- tratando de atrapar alguna ocurrencia u obviedad que la reenganchara al dispositivo; no hacía falta motivo o persona, ya que todo el proceso era pura inconsciencia aderezada por la casualidad de quién o qué caía en ese momento ocasionalmente bajo su mirada. Y así ininterrumpidamente, sin descanso, abstraída del mundo real no por voluntad propia sino por el dispositivo mismo -el objeto-, de espaldas al tiempo real, el único que cuenta y carece de marcha atrás, poseída por un vértigo que no tiene dónde conducir.

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Hablaba

Hablaba como si le hubiera picado un bicho, sin medida, viniera a cuento o no, daba igual el tema, como esas personas que necesitan hacerse presentes oyéndose a sí mismas, probablemente porque de lo contrario nadie mostraría interés en ellas. En su inclemente perorata salpicaba su estridente tono, muy cercano al grito, con tacos, desprecios y groserías sin cuento a las que tampoco nadie hacía caso, por costumbre y porque en el fondo era una pérdida de tiempo. En todas las familias suele haber un bufón al que se tolera porque no merece el gesto de pararle los pies -aunque algunos juren que en ocasiones resulta ocurrente, hasta gracioso-, también porque el interesado o interesada, tan limitada en su dicharachera obsesión, no se daría por aludida, es decir, no se enteraría de qué era exactamente lo que le estaban diciendo. Ella hablaba porque le apetecía hablar, y al que le molestara o no estuviera de acuerdo que abriera la boca, allí estaba ella, permanentemente a la defensiva, dispuesta a responder a cualquiera, ¡o es que no iba a poder decir lo que le diera la gana! Hablar era una de sus habilidades, probablemente así lo creía, una de sus destrezas que surgían de una necesidad íntima por hacerse notar, tal vez una deuda consigo misma o un problema mucho más gordo, no sé, algo.

Es lo que tienen las reuniones entre parientes, que no familiares, la familia creo que es otra cosa en la que no es indispensable la sangre; por eso sucede que en más ocasiones de las deseadas la sangre lo pone todo perdido, pero no puedes quejarte ni decir nada al respecto porque siempre hay alguien a tu lado, con un cuajo curtido con el paso de los años, que te susurra al oído que las cosas son así y de ese modo hay que tomarlas, es lo normal. No obstante, se juntan grupos de lo más variopinto en los que afortunadamente y por principio suele primar la cordura y el respeto mutuo, como son incontables los “como esta vez me toquen los cojones se van a enterar” que se quedan en nada. ¡Para una vez que nos vemos! Se trata de verse las caras, preguntarse qué tal, pasar el rato, comer, beber -¡uf! ¡menos mal!-… que era lo que ya hacía una parte de la pequeña congregación, tal vez no tan participativa pero dispuesta a soportar el trago de la mejor forma posible, con más tragos, también porque cada año se lleva peor el invento y la incomodidad va siendo general -demasiados agregados. O quizás sean los bebedores los inaguantables, los que arrastran más morralla en forma de incomodidad permanente, problemas de indefinición o antiguas causas pendientes con dudosos y confusos nombres y fechas; los mismos que en un momento de lúcida sobriedad decidieron que las reuniones familiares no iban a aguarles la fiesta, no importaba, se quedarían, quedarse era su forma de rebelarse o hacerse valer -o tal vez es que no tienen quién los soporte o dónde caerse muertos. Además, siempre puedes pasártelo bien, antes que permanecer atornillados a las sillas mirándose unos a otros de reojo como zamujos mal follados.

Los de las copas iban perdiendo la vergüenza y ya canturreaban por lo bajini, y en sus caras comenzaba a dibujarse la salvadora liberación del baile, tan necesaria para mentes en permanente estado de ansiedad y una alegre e intrascendente alternativa -¡ojo! e inocente- ante el plomo general. Bebiendo, cantando y bailando puedo intimar con quien siempre me ha caído mal o creo que no es buena gente, incluso puede que luego, con el paso de los años, lo recuerde con… no sé cómo llamarlo. Y las cosas prosiguieron como no podía ser de otro modo, la habladora enganchada a su propia intrascendencia, o tal vez ya frustración, hablando y hablando, ajena al mundo y sin percatarse de que en el jaleo general su presencia, ahora completa invisibilidad, había sido engullida por esa relajada y permisiva alegría que promueven los excesos etílicos, la risa fácil y una condescendiente indulgencia general que, como ofrenda a los buenos momentos luego recordados con esa inocente media sonrisa de satisfacción, tolera lo que solo allí y entonces puede suceder. La cuestión era que aquello no doliera y pasara pronto, porque en el fondo todos estaban deseando que el tiempo corriera hasta esa hora prudencial -¿cuándo es esa hora prudencial?- en la que alguien o algo vendría para sacarles de allí… o no, ahora que el fastidio, las reservas y prevenciones se habían casi diluido y las cosas pintaban tan estupendamente -¡tampoco era para tanto! Hasta la próxima, ¡ha estado de puta madre! un placer.

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Nuestra historia

El documental de la cadena pública alemana ZDF sobre la dictadura franquista, La dura verdad de la dictadura de Franco, es un trabajo correcto a pesar de algunos errores de bulto e incorrecciones de importancia, con hipótesis más bien atrevidas y juicios que pueden ser cuestionables y que obedecen a criterios específicos por parte de los autores a la hora de la selección de los acontecimientos, y que no necesariamente han de ser compartidos por los espectadores. Puede achacársele la carencia de un mayor número de testigos y testimonios directos, así como también es criticable su austera realización o la poca variedad, o mayor calidad, de la documentación cinematográfica. El resultado final puede ser comparado con otras obras similares, con lo que en unos casos ganaría y en otros quedaría rezagada, pero, al margen de exactitudes y calidades, debería interesar sobre todo a las generaciones más jóvenes, los menos informados y a quienes desconocen esa parte de la historia de España, o se mueven entre opiniones y juicios de valor poco claros y en muchos casos falsos o claramente tendenciosos. Y es recomendable porque por encima del conjunto sobresalen tres puntos que son completamente ineludibles, nada debatibles y nunca justificables.

Primer punto. El fiel reflejo de la catadura moral del dictador, un tipo mediocre, resentido, taimado, oportunista y cruel habituado a maniobrar en la sombra, a la espera del momento en el que tomar el poder, su máxima ambición, y mantenerse en él a toda costa. Todo un ejemplo del mal en la tierra.

Segundo punto. La cruda realidad de una dictadura miserable, vengativa y en su fuero interno exterminadora que, desde su primer día, actuó en contra de toda reconciliación o convivencia entre la población del país, puesto que su único objetivo fue la completa extinción, tanto psíquica como física -hasta la muerte si era preciso- de quienes no pensaran como los vencedores de la guerra, es decir, no fueran fascistas y católicos por los cuatro costados. La puesta en práctica de un odio visceral y una voluntad de exterminio similar en muchos casos a la de los nazis con respecto a los judíos -el mejor español con un pensamiento diferente al suyo era el español muerto-; y que no tuvo ningún reparo en dejar al país entero en la más absoluta miseria con tal de lograr su objetivo.

Tercer punto. La sórdida inoperancia y la completa incapacidad del régimen para sobrevivir por sí mismo. Una dictadura que inició y ganó una guerra malviviendo después gracias y a expensas de la voluntad y la política interesada de los países occidentales, sobre todo de Estados Unidos. Un rincón del mundo civilizado en el que gobernaban la crueldad, la corrupción, la miseria y la ignorancia, y que solo cuando los intereses políticos de su vecinos consideraron oportuno, o estratégicamente necesario -frente a la amenaza soviética-, fue poco a poco saliendo de su interesado ostracismo internacional. Nada había más falso que la imagen de paz, convivencia y progreso que un régimen tan desesperado como fracasado se encargaba de propagar entre sus silenciosos, obedientes y maltratados ciudadanos. Ninguna persona con un dedo de frente podía tragársela.

El paso del tiempo pone las cosas en su sitio y hoy nadie sensato, justo y, también hay que decirlo, demócrata puede hablar bien del dictador y las crueles violencia y opresión de aquel régimen. Y si alguien lo hace es que no le interesa la democracia -un sistema político que precisamente le permite manifestar públicamente sus opiniones-, tratándose de un individuo sectario e intolerante, además de ignorante, de quien no deberíamos fiarnos y tener cuidado si llega al poder, porque de hacerlo cortaría de raíz toda libertad que no fueran las suyas, encarcelaría o expulsaría a aquellos que pensaran diferente y, probablemente, no le importaría pasar por las armas a cualquiera que intentara mantener y defender opiniones diferentes o contrarias, o simplemente plantarle cara. Otro fascista que ante cualquier pregunta directa o comprometedora se ocultaría en una libertad que en su caso es sinónimo de destierro o muerte para los demás.

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El volcán

Los expertos parecen estar de acuerdo en cuanto a la actividad del volcán que nos tiene entretenidos desde algo más de un par de meses, la intensidad de sus expulsiones tiende a disminuir, aunque no lo afirman con total seguridad, su profesionalidad les hace ser cautos a la hora de vaticinar unos comportamientos geológicos que nada tienen de humanos.

Profesionalidad y acierto que también son las cualidades de quienes tuvieron la brillante idea de instalar esa cámara fija frente al volcán que desde hace semanas nos pone, día tras día, en contacto con una naturaleza en su estado más primigenio, creando ese efecto hipnótico que en muchas ocasiones me hace permanecer durante unos minutos atento a un espectáculo al que un persistente rumor, tan sugestivo y emocionante como amenazador, da el toque indispensable para hacerlo sentir único.

Y como fondo de las imágenes el tenso y expectante silencio de una naturaleza que no tiene nada de muerta. Dejaron de oírse los ladridos de algún perro cercano, como tampoco pueden verse las luces de los coches de policía que durante los primeros días se movían de un sitio a otro supongo que vigilando, informando o ayudando a la población en unos momentos únicos en sus vidas que probablemente nunca olvidarán; o personas y vehículos recogiendo enseres y objetos de primera necesidad, también curiosos, junto a nativos evaluando la situación o su propia desgracia. En la actualidad únicamente puede oírse, junto al permanente rumor del volcán como fondo, algún que otro gallo mañanero saludando al nuevo día.

Durante estas semanas hemos podido disfrutar de un despliegue de luces, colores y contrastes que solo la naturaleza puede ofrecer, de amaneceres y atardeceres que incluso y a pesar de la persistente penumbra que imponían humos, cenizas y explosiones se mostraban en toda su pureza, la de una tierra como lo fue entonces, quizás más tierra de la que hoy nos hemos habituado a ver y habitar, sin domesticar, joven y vigorosa, algo más que corteza colonizada por, entre otros, millones de insectos de dos patas. Y junto a los contrastes diurnos un contrapunto nocturno de negros, rojos, naranjas y amarillos que te ataban a la pantalla, si cabe, mucho más que las imágenes diurnas, en muchos casos correlato real de catástrofes distópicas o estampas del infierno como cualquier infierno anteriormente concebido por la imaginación humana.

Una excepcional contemplación que, sin embargo, también es signo de impotencia, la de una especie que sobre el papel todo lo puede pero que en este caso se ha visto obligada a detenerse a causa de fuerzas mucho mayores que las que ella misma ha llegado a crear, ante las cuales nada o casi nada permanece. Solo queda observar atados en cierto modo de pies y manos, y ponerse a salvo, así como los pertrechos más necesarios; también calcular y predecir, provistos de nuestras herramientas matemáticas y físicas, sobre un futuro próximo que nunca es definitivo, quizás porque es simplemente natural, el propio planeta imponiéndose de forma más bien básica sobre todo lo parásito que transporta adherido a su corteza.

Quizás mi perspectiva no tenga mucho que ver con la de tantos curiosos que se han trasladado y trasladan al lugar, imagino que para contemplar algo único, amén de enviar selfis y fotografías a amigos y conocidos menos afortunados, demostrando con ello que ellos sí estuvieron allí. Quiero imaginar que la mayoría se sentirán impresionados y sobrecogidos por algo muy parecido a lo que también, aunque en menor medida, sentimos quienes, contemplando las imágenes de esa maravillosa cámara fija que nos traslada a otro mundo, nos admiramos ante una naturaleza que poco o nada tiene que ver con la vida y este planeta tal y como estamos habituados a vivirlo y entenderlo.

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Segunda piel

Ignoró por qué cuando leí la información me acordé de las mangas, o brazos, de motorista, esa “segunda piel” primorosa y completamente tatuada con la que los aficionados a las motos se cubren los brazos en verano para evitar que el sol los queme. Un práctico invento con el que protegerse y fardar al mismo tiempo. Siempre se descubre algo nuevo.

Ocurrió curioseando en un pequeño reportaje sobre el auge en la venta de fajas femeninas de todo tipo, tamaños y modelos, parciales o de cuerpo casi entero, en diferentes telas, hechuras y texturas y con más o menos realces, rellenos o suplementos para la parte del cuerpo deseada -las mejores venían con la etiqueta Made in Colombia. Y yo que creía que eso de las fajas era un tema muy antiguo, de cuando mis padres. Pero no, parece ser que cada vez están más de moda. También aparecía en el reportaje que una de las precursoras de tales complementos de belleza -probablemente, o no tardando, también se fabriquen para varones- fue una de las hermanas de un clan muy famoso en las redes sociales -con programa de televisión incluido- y creo que casada con un rapero más famoso si cabe, poseedora de un generoso trasero del que, por lo visto, gusta presumir; claro, porque no piensa en el terror que debe paralizar a cualquier inodoro cuando se le viene encima semejante masa de carne expulsando y profiriendo sólidos y sonidos sin medida. En fin, nada del otro mundo, nos pasa a todos.

Sin embargo y a pesar de mi sorpresa creo que puedo hacerme una idea de que tales complementos de belleza -las fajas- colmaran las aspiraciones de un cuerpo más o menos potable, y/o atractivo o deseable, para muchas mujeres que, de lo contrario, se verían obligadas a castigarse diariamente en el gimnasio, y sin apenas comer; o directamente verse conminadas a malvivir con la deplorable realidad física que el espejo les devolvería cada mañana. Con este invento cualquier señora podrá lucir parte o cuerpo entero de película, enfundarse una segunda piel casi perfecta que incorporaría las presiones y añadidos necesarios para que debajo de cualquier prenda, también un vestido ceñido, se dibujaran unas curvas y volúmenes atractivos, sugerentes y hasta enloquecedores, tanto para la propietaria, que los disfrutaría y mostraría orgullosa, como para cualquier admirador o admiradora en busca de belleza, amor o simplemente sexo.

Como tampoco es difícil imaginar que a medida que la tecnología avance esas en principio fajas podrían convertirse en una auténtica segunda piel -de cuello a tobillos, por ejemplo- sin la que nadie saldría a la calle. Atrás quedarían esos antiguos y pálidos cuerpos desnudos colonizados por imperfecciones de todo tipo, los desagradables inconvenientes de las pieles de carne y hueso, pelos, lunares, cicatrices, michelines, flacideces, desfallecimientos etc., bien ocultos bajo una tersa y excitante película, casi perfecta, con la que maravillar a conocidos y desconocidos. Luciríamos como jóvenes en plenitud física, cuerpos diez poseedores de unas curvas, suavidades y texturas admirables, deliciosos de tocar y acariciar, algo así como los personajes de esos cómic porno de alta calidad que muestran unos cuerpos tan brillantes como perfectos. En el caso de los humanos esos cuerpos diez estarían rematados por unas cabezas, unos pensamientos y un vigor y deseos no tan espectaculares, más bien los mismos de siempre.

Quizás lo bueno del invento es que no se trata de nada virtual, sino físico, completamente táctil, una belleza y una placer que pueden palparse y disfrutarse en carne y hueso, bueno, lo de carne es una forma de hablar; pero con ello nos olvidaríamos definitivamente de los espejos y los gimnasios, y podríamos comer lo que nos apeteciera porque cada mañana nos enfundaríamos nuestra segunda piel para satisfacción propia y disfrute de nuestros admiradores, que seremos todos. Solo hay que dejar volar la imaginación, porque en situaciones así todo vale y es posible.

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Vivir

“Por fortuna, creo que yo he vivido muchas más vidas que la mayoría de la gente que me rodea”.

Esa era, más o menos, una de las últimas frases con las que terminaba la entrevista un personaje habituado a moverse entre modas, oportunismo y espectáculos de toda ralea, entrado en años, entre famoso y controvertido, juerguista pero noble -según él mismo afirma-; también tocapelotas oficial al que le ha gustado ir a contracorriente aprovechándose del establishment del entretenimiento en el que siempre se ha movido. Resulta que esa misma frase u otra con semejante intención se la oí no hace mucho a otro tipo, también conocido, que habitualmente se mueve por paisajes más o menos cercanos. Y ya entonces me quedó la duda de a qué se referían exactamente, si se trataba de una declaración de principios, un tosco y petulante acto de reafirmación, un escupitajo lanzado contra los que, por cualquier circunstancia, no han tenido la misma suerte o han vivido entre indecisiones, o una simple gilipollez que a nadie interesa. Una patética declaración de alguien con problemas de autoestima en la imperiosa necesidad de proclamar a los cuatro vientos esa especie de reafirmación que solo a él interesa, puesto que al resto del personal se la refanfinfla.

Qué o quién se esconde tras declaraciones tan superfluas e innecesarias, ¿son pura vanidad? Alguien que ha tenido una vida emocionalmente muy intensa, o aventurera, o ha visitado y conocido lugares y gente increíbles, que ha contemplado espectáculos únicos al menos una vez en su vida -siempre según su particular opinión-; o quizás se trata de alguien que nació en o con unas condiciones privilegiadas y se encontró con vientos favorables que, eso sí, tuvo que navegar para llevar esa vida de la que ahora se jacta públicamente atreviéndose a compararla despectivamente con la de muchos otros, oídas sus palabras, más desgraciados o desdichados, o miserables, lo que ustedes quieran pensar, están en su derecho. O alguien que habla de follarse a mujeres como si de muescas de la culata de un revolver se tratara, o se ha puesto más allá de hasta el culo o ha disfrutado borracheras tan grandiosas como subir al Everest; o que ha alternado o conocido, incluso confraternizado, con esos ricos y famosos que mueven el mundo. En fin, afirmaciones de ese calibre pueden tomarse de mil modos, y no necesariamente han de escucharse o leerse como algo completamente inocente y sin la intención de faltar o desafiar al posible lector. La realidad es que son completamente pueriles, cada cual sabe lo que da o ha dado de sí su propia vida y, por prudencia, humildad o respeto no es necesario vociferar que uno ha vivido más que esos o aquellos, da igual quienes, de partida unos pobres desgraciados que jamás supieron dónde tenían la mano derecha.

Puede ser que comentarios de ese tipo surjan de una urgente necesidad de autoestima, pura chulería; también de la inevitable pérdida de fuelle que causa la edad o del auténtico pánico ante un fin ahora más próximo, lo que obliga a una desesperada necesidad de reafirmarse que a muchos otros no les parece necesaria o simplemente no les interesa, y si estos no lo hacen ¿por qué hay que aceptarlo de aquellos otros? Y sin malinterpretarlo. Por eso es mejor tener la boca cerrada.

Claro, esos que presumen de vida no fueron judíos exterminados por los nazis, ni exilados o directamente expulsados de su país por quienes pensaban diferente a ellos, ni víctimas de tantas guerras como asolan y asesinan a quienes menos tienen que ver con ellas, ni hijos de trabajadores en paro, ni pobres de solemnidad; o tuvieron unos ascendientes perversos o violentos, o nacieron en lugares miserables, o una cruel enfermedad partió en dos. No, yo no quería decir eso, entonces ¿quién es la mayoría de la gente? ¿quién ha de sentirse incluido y quién no si por casualidad tropieza con esas palabras y por qué ha de permanecer callado? A no ser que se trate de vidas que se vivieron ayudando a los demás, creando obras originales, inventando objetos que hacen la vida más fácil, curando enfermedades, qué sé yo… hay tantas formas de sentirse orgulloso. Mejor permanecer callado o… por ejemplo, por qué no dice cuántos culos lamió, cuánta mierda se tragó, a quienes traicionó, contra cuántos compitió y dejó tirados de cualquier modo; qué opinan esos otros de él. O quizás solo se trata de una insolencia pendenciera y barriobajera.

Hay muchas formas, y más inteligentes, de sentirse orgulloso de la propia vida que mirarse el ombligo y babear sobre sí mismo; habla más de carencias que de realidades. Otro fantasma.

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Renacimiento

Lugar de paso o motivo de visita, en más de una ocasión por pura curiosidad; mirar la gente como el que toma el pulso a la ciudad. Y una vez allí demorarse en la fauna que ocupa o transita la zona. Los que pasean, ociosos o también con algo entre ceja y ceja, o los que aguardan, punto de cita que probablemente no tiene pérdida. Quienes cruzan a toda prisa en pos de una hora ineludible que los lleva a todo tren, los que, como uno mismo, se solazan en el lugar y su tránsito, sobre todo si el día invita. Los inevitables turistas, vendedores, fuerzas de seguridad, hombres anuncio, músicos ambulantes, alguna que otra concentración reivindicativa que no da para manifestación y el escaso tráfico del transporte público que apenas impide el azaroso e imprevisible movimiento de los peatones. Me refiero a Madrid y su zona central, esa plaza y calles que suelen aparecer en televisión y los residentes aborrecen, y a la que jamás acuden porque siempre está llena de turistas y curiosos, también porque casi siempre hay jaleo, allí puede suceder de todo y por ese sur no se les ha perdido nada.

Era sábado y tocaba cruzar la zona, tanto a la ida como a la vuelta, siempre caminado, lo prefiero porque me gusta caminar y me parece mucho más interesante, amén de divertido; nunca falta qué observar, viejo o nuevo, y es raro el día que no encuentro algo que llevarme en la memoria. En principio era un sábado de otoño completamente normal, ni víspera, ni puente, ni fiesta, quizás esa normalidad que tanto hemos echado de menos durante los meses de confinamiento, que parece de vuelta y a la que todavía no nos acabamos de acostumbrar. Y la curiosidad o sorpresa de este sábado en particular no era que hubiera mucha gente o la misma de siempre, sino que una gran mayoría de la gente eran jóvenes, me atrevería a afirmar que sin llegar a los treinta y muchos, los mayores. No me refiero a grupos de jóvenes aislados en sábado, por la mañana o por la tarde, sino que miraras donde mirases solo distinguías rostros jóvenes. Probablemente hubiera gente de otras edades, como yo o mayores, pero en un primer vistazo resultaba difícil distinguirlos, sobre todo tras el impacto y sorpresa de esa primera impresión, ese algo que sin llegar a ser raro es percibido como distinto, no como de costumbre, tampoco extraño, que adviertes de pronto y entonces preguntas a tus acompañantes: ¿Os habéis fijado, parece que solo hubiera gente joven? Y tras la advertencia y una ojeada común no nos queda más remedio que asentir en la misma impresión; es como si la población más joven se hubiera echado a la calle al unísono, por pura necesidad, mientras que los de más edad, o mayores, aguardaran entre recelosos y desconfiados tampoco saben qué porque en principio no hay nada de lo que preocuparse exceptuando las prevenciones que uno se aplica a sí mismo.

No se trataba de una auténtica invasión, o sí, pero la impresión era como si una mayoritaria representación de los grupos más jóvenes de población, en parte por necesidades biológicas y en parte por esa pura insolencia consustancial con la edad, hubiera decidido que ya está bien, basta de cautelas, este es su tiempo y necesitan vivirlo como si fuera único, lo que, bien visto, no les quita la razón.

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A contracorriente

A falta de un próximo referéndum, a celebrar en ambos municipios, el proceso por el que dos localidades de Badajoz pretenden unirse y formar una sola población es digno de admiración, y de estudio, sobre todo en los tiempos que corren. Que dos comunidades vecinas entiendan y prefieran formar una sola, tanto a nivel territorial como administrativo, no suele pasar todos los días. Creo que ya ha ocurrido anteriormente durante este siglo, pero se trataba de núcleos de población mucho más pequeños y de menor incidencia a nivel comarcal o regional.

Que en los tiempos que corren, en los que con solo dar una patada en el suelo brotan identidades exclusivas como flores silvestres, dos comunidades hayan decidido dejar a un lado sus respectivos ombligos y hacer causa, vida y futuro común es una noticia de la que felicitarse. Poco o nada que ver con esos lugares propensos a rebuscar, inventar y, llegado el caso, falsear y apropiarse de fechas, acontecimientos, piedras, documentos, vírgenes, insultos, negocios, ranchos o barbechos adjudicándoles la etiqueta de únicos y genuinos, auténticos frente al caos y vileza de los otros, cualesquiera y sin importar la procedencia, porque si no son de aquí no son de los nuestros y, por lo tanto, tampoco de fiar.

Probablemente el ejemplo inglés sea el de mayor calado a la hora de esgrimir identidades, purezas y desprecios, curiosamente en un mundo cada vez más homogéneo, en el que cualquier viajero puede encontrar y sentirse como en casa da igual el lugar donde vaya. Pero los ingleses tiene un problema mucho más gordo, todavía creen que viven en y del imperio, continúan anclados a un antiguo orgullo colonial que les impide entender y asumirse como uno más en el mundo moderno, un lugar donde el trabajo común y la cooperación son el tesoro más preciado. Tal vez por eso, incapaces de aceptar su vulgar normalidad entre iguales, podrían llegar, como ya amenazan, a romper cualquier acuerdo firmado por ellos mismos, alarmados por la dolorosa evidencia de su incompetencia e incapacidad para vivir y sostenerse aislados. Con el desafortunado inconveniente de que hoy no disponen de ninguna flota mercenaria de piratas y corsarios con patente de corso acechando a su antojo los mares del imperio, dispuestos a abordar cualquier navío, grande o pequeño, a cambio del obligatorio impuesto a la corona. Pero son ingleses, nostálgicos algo duros de mollera a la hora de reconocer su lugar subsidiario en el mundo actual.

Pero ese no era el motivo de estas letras, todo lo contrario, el motivo eran unos vecindarios y unas voluntades que han decidido pensar en común porque de ese modo ganan todos; justo lo contrario de lo que sucede por estas tierras desde las que escribo, en las que pueblos grandes y pequeños, algunos tan petulantes como insustanciales, o directamente paletos, gastan lo que no tienen y fingen lo que no son con tal de aparentar más que el pueblo de al lado, inventando odios y enfrentamientos ridículos y levantando infraestructuras y servicios duplicados a escasos diez minutos unos de otros. Un despilfarro e incompetencia administrativas que pagamos y sufrimos todos, bueno, excepto los destripaterrones que se creen en sus miserables mazmorras el ombligo del mundo. Pero, a lo que iba, enhorabuena a estos dos municipios y ojalá cuando llegue el momento de refrendar públicamente dicha unión el resultado sea tan favorable como abrumador.

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Lotería

Sentado en aquel sillón que tanto odiaba, tan enfadado como aburrido de que siempre fuera el mismo y sin opciones, ni económicas ni imaginativas, para cambiarlo -hasta ahora-, rumiaba qué hacer con el dinero, con tanto dinero como, según sus cálculos, iba a recibir; eso sí, después de los correspondientes impuestos. Qué cabrones los de hacienda, para una vez que le tocaba algo tenían que venir a quitarle lo que era suyo. Ni le gustaba ni lo entendía, pero no le quedaba más remedio. Se quitaría de encima la hipoteca, aunque no, de momento quizás sería mejor dejarla como estaba y buscar un solar para hacerse la casa que quisiera, ahora que podía; y cambiaría de coche, uno más grande y más alto, que se viera mucho y no tuviera que agacharse para entrar. También estaba cansado del coche… Sonó el timbre de la calle. ¿Quién cojones sería? ¿Quién venía a interrumpir? Miró alrededor para certificar que estaba solo, luego tendría que levantarse y abrir. Justo cuando volvía a sonar. ¡Joder! qué impaciente. ¡A que no abro! Pero ya estaba junto a la puerta, girando el picaporte.

─ ¡Hola Mario! ─ ¡Tú! ¿Qué te trae por aquí? ─ Pues ya ves, a hacerte una visita. Hace mucho que no nos veíamos; ver que tal estás… ─ Pasa, pasa y siéntate. Estaba solo e iba a tomarme una cerveza -mintió-, ¿quieres una? ─ Vale, gracias. ─ Pasa al salón, enseguida vuelvo.

Qué querría este ahora; cuándo fue la última vez que se vieron, cómo sabía dónde vivía… Mientras abría la puerta de la nevera y cogía las cervezas no dejaba de cavilar, intrigado, sobre la visita de aquel primo que también era su primo carnal. ¿A qué se dedicaría ahora? ¿por qué venía a verlo? ¿para qué? De pronto tuvo una revelación o una sospecha, no supo qué, de la cual intentó deshacerse porque la consideraba… ¿un disparate? Qué sabría aquel de su premio de la lotería… y qué… ─ Estoy aquí, dámela… ─ ¡Ah! toma, aun te acuerdas de la casa -¿qué estaba diciendo? ─ Cómo no iba a acordarme, con los buenos momentos que hemos pasado aquí, juntos… ¿Hemos pasado? Desde cuando conocía esta casa o le había invitado a ella…

─ Mira, Mario, tengo un poco de prisa porque voy a recoger al crio al colegio. Te lo digo rápido y me voy. Tu lo piensas y luego me dices qué te parece. Mario no entendía nada. Ahora tenía prisa, entonces, ¿a qué había venido? ─ Me he enterado que te ha tocado la lotería; pero quédate tranquilo, no se lo he dicho a nadie, por eso no te preocupes. Pero es que ando necesitado de dinero y me vendría bien un pellizco de lo tuyo, por los tiempos pasados, además de que somos familia y entre familiares hay que ayudarse. También sé que es mucho dinero, por eso he venido, si hubiera sido menos no habría venido a molestarte. Pero con tanto probablemente va a sobrarte y no sabrás qué hacer con él, y no te importaría prestarme unos miles para saldar algunas deudas y tapar agujeros. Las cosas no nos van como quisiéramos y nos vendría bien que nos echaras una mano, total, tú ni te enterarías. No sé si ha venido o vendrá más gente, o por parte de la familia de tu mujer, pero he preferido ser el primero, luego los gorrones se acumulan y lo que iba a ser un favor acaba convertido en una molestia; hasta podrías enfadarte por tanto caradura como hay suelto. Pero en mi caso no es así, yo lo necesito, y qué mejor que prestárselo a quien lo necesita. A Mario no le daba tiempo a no dar crédito a lo que estaba oyendo, permanecía en el mismo sitio, con la cerveza en la mano y sin decir palabra, mientras el primo ya se había bebido la suya -¿cómo lo había hecho? ─ Está buena, ¡cómo se nota los que entendéis! Me alegro por ti. Bueno, lo dicho, imagino que pasará un tiempo antes de que te ingresen el dinero en el banco. Aunque según dicen lo hacen enseguida. No te preocupes, no te voy a dar la tabarra. Me llamas cuando consideres oportuno, te he apuntado mi teléfono -en un papel arrugado que dejó sobre la mesa-; cuando hagas cuentas y veas cuánto te sobra. Puedo volver a acercarme para decirte la cantidad, no me cuesta, y te repito que no es mucho, no lo vas a notar. Dicho lo cual dejó la botella vacía sobre la encimera y dio media vuelta. ─ No te molestes, conozco el camino… ¡han sido tantas veces las que lo he hecho! Hasta pronto. Espero noticias tuyas. ¡Ah! y enhorabuena por el premio. Te lo merecías, tu siempre has trabajado duro. Y desapareció; dejándolo con la cerveza en la mano, que comenzaba a calentarse, y todavía sin decidirse sobre el coche alto que se iba a comprar…

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¡Qué follón!

Las cosas suceden tan deprisa que no llegamos a tiempo de verlas pasar ¡qué torpes! Un influencer algo pasado de kilos, a juzgar por las imágenes que de él pueden verse en internet, se gasta más de 200 euros en comer –“¡jo, tíos! estuve tres horas comiendo”- y lo celebra con sus miles de fieles y seguidores no sé si para darles envidia o porque necesita sentirse legal con ellos -difícil distinción. De inmediato un cocinero famoso o conocido -elijan lo que prefieran- que vive apalancado desde hace años en televisión, que no en sus fogones -por qué será-, da la bienvenida al nuevo integrante del gremio y le anima advirtiéndole que eso es el principio, esa minuta no es nada del otro mundo, las hay mucho más elevadas -imagino que sigue hablando de comer-, sobre todo en los niveles económicos en los que probablemente volverán a verse, o en algún sarao a la moda, ahora que al influencer se lo disputan los medios porque con él vienen miles o millones de tiernos seguidores listos para ser informados, amén de adiestrados, en otro tipos de consumo; ¡guay! Al mismo tiempo aparecen en prensa los Pandora Papers, una supuesta investigación periodística que probablemente quedará en nada, fuegos de artificio para entretener al personal; un par de portadas seguidas de un discreto y necesario olvido que presuntamente sacan a la luz las oscuras inversiones a nivel mundial de tipos de toda calaña y filiación, de esos que suelen comer en garitos de más de 200 euros el menú. Pero antes de que el populacho se ensañe con ellos sin razón éste ha de entender que los presuntos defraudadores solo lo hacen para no pagar impuestos, no es nada personal. Si usted carece de un colegio medianamente digno en el que educar a sus hijos, o le da un turrutaco y no tiene un médico en su pueblo, ni ambulancia ni una carretera decente con acceso a un hospital es otro tema. Estos tipos se construyen con el dinero que defraudan sus propios colegios, y hospitales, y carreteras… ¿o no? guay. Lo que sucede es que la realidad es demasiado complicada para que alguna gente pueda entenderla, cada cual ha de saber estar en su lugar. Es por eso que a los papás de los jóvenes seguidores del influencer de más arriba, tan orgullosos como babeantes por el progreso económico y social de su ídolo, los sicarios económicos de los dueños de los fondos mediante los que ahorran impuestos los de los Papers -disfrazados de políticos-, les vienen recomendando encarecidamente que valoren trabajar hasta los 75 años, porque pueden y porque de ese modo seguirán pagando los impuestos que ellos defraudan, ¡pero! con los que sus hijos podrán disponer de una conexión barata y fiable para seguir a sus ídolos y, si sobra, tal vez ellos puedan tener acceso a una consulta médica privada -¡privada! ¡qué lujo! Y si me apuráis y queda algo, la posibilidad de comer en alguna taberna auténtica, en la que el menú no será de 200 euros pero, tiempo al tiempo. ¡Qué follón!

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