De hombres

El motivo o la excusa es el reciente e indiscriminado asesinato de niños y adultos en un centro escolar norteamericano, suceso inclasificable sobre el que no es mi intención escarbar aún más porque este tipo de disparates ni siquiera llegan a lamentables, no existen adjetivos para algo que se sale de los límites de toda razón. Pero como en otros desgraciados y similares sucesos ocurridos con anterioridad en ningún sitio he leído o visto comentar la notable evidencia de que ninguno de los asesinos fuera una mujer, ¿o se trata de una obviedad a la que en general se ha decidido no dar importancia o poner como ejemplo?; será que en toda esta paranoia o locura respecto del peligro que corre el supremacismo blanco la mujer no tiene cabida, ignoro si porque las mujeres no pertenecen a la especie de los blancos -al margen de contribuir de forma fundamental a su perpetuación- o porque son mujeres… ¿entonces? ¿Se trata de seres provenientes de otro planeta que desconocen esa amenaza que provoca en el género opuesto comportamientos tan violentos y absurdos como irracionales?

Es evidente que las mujeres no son hombrones constantemente jactándose de jugarse la vida compitiendo, buscando o provocando peleas o comiéndose el tarro con cuestiones de supuesta enjundia fruto de su inactividad, lo que les obliga a una especie de paternalismo protector respecto al otro sexo que comienza y acaba en su desafortunada estrechez mental; más o menos lo que vino a ejemplificar aquel patético señor Smith, tan famoso, presto a liarse a hostias por una supuesta broma -o amenaza- a costa de su hombría, no contra la persona que le acompañaba, porque ya se encargó él mismo de dejar claro que se trataba de SU mujer. Viene a ser la misma forma de pensar -utilizo el verbo pensar como eufemismo- de quienes consideran que las mujeres no pueden estar a la altura de los hombres porque su voluntad es caprichosa o directamente prescindible, y la mejor prueba de ello es que para esa inmarcesible sabiduría masculina un microscópico zigoto es muchísimo más valioso e importante que la voluntad de una mujer, que nunca saben dónde tienen la cabeza y son capaces de liarse a abortar como si se tratara de comprar acelgas. Las mismas mujeres que no entienden que las cuestiones de herencia e identidad son demasiado importantes como para dejarlas en sus manos, sobre todo porque ignoran lo que significa convertirse en padre, crucial función sublimada hasta lo indecible, casi somo si se tratara de un designio divino -por lo que no tiene nada extraño que la misma invención y existencia de dios y la religión sea el recurso ideal para posicionarse de forma definitiva y para siempre por encima del otro género y de ese modo no quedar convertido en simple acompañante procurador de alimento.

Hay tantas preguntas que nadie se preocupa de formular, o reformular, que, de hacerlo, probablemente las respuestas hoy no serían las mismas y el valor o importancia de las que ahora tenemos, o de las que nos servimos, desaparecería por completo; y las nuevas respuestas serían tan simples y punzantes que es posible que el género masculino no aguantara en pie. Ni siquiera sentado, tampoco leyendo, porque, siguiendo con el mismo hilo, hace unas semanas se celebró por aquí una reunión de clubes de lectura de la comunidad, fecha que convocó a todo miembro que quisiera compartir una jornada en la que se sucedieron actos, visitas, reuniones con autores y almuerzo en común. Hasta aquí todo normal, pero lo más curioso y llamativo de la celebración es que la proporción entre mujeres y hombres lectores era de ¡50 a 1! Sí, han leído bien, cincuenta mujeres por cada hombre, luego… ¿a qué se dedican los hombres, además de a sus santo honor e identidad y creerse el padre putativo de la especie? Podría ser caustico o exagerar hasta lo caricaturesco pero no merece la pena, creo que cualquier persona normal -da igual el género- no tendría muchas dificultades para hallar esas actividades “tan masculinas” que realmente interesan a los hombres.

POSTDATA. No es cierto que los hombres no se esfuercen en cambiar y no adviertan tales anacronismos, pero en lugar de rectificar en beneficio de todos más bien se dedican a lavar la cara -eso sí, con alguna mujer como pantalla- para que no se note la suciedad que permanece detrás. Ha aparecido en prensa que la nueva presidenta de los cazadores españoles -actividad, esta si, muy, muy machota- es una joven mujer, una pobre y desorientada alma que viene de maravilla como muestra de cambio, o de que algo se mueve, aunque no sé bien hacía dónde porque entre matar y leer hay muchas y terribles diferencias independientemente de la conjugación verbal.

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Permanecer

Nunca lo pensaron, ni en sus peores momentos, cuando las derrotas, por aquello de ponerse en lo peor, convencidos el uno y el otro de vivir vidas separadas solo relacionadas por las tan inevitables como obvias cuestiones de parentesco. Cosas de la vida -responderían si alguien les preguntara-, esas que les habían situado en un presente imprevisto en el que irremediablemente les tocaba pasar varios momentos del día sentados frente a frente, mirándose sin verse, cada cual ensimismado en sus desacopladas y poco afortunadas permanencias; rutina que lucía resquebrajada y sin que, por causas bien distintas, ninguno hiciera, o supiera hacer, por suavizarla o aligerarla, o simplemente evitarla. Es cierto que el anciano ya no tenía mucho que decir, amén de sumar años que iban deteriorándolo poco a poco y comparecer a los requerimientos de un hijo que había dejado de verse borroso para en muchos momentos casi no verse, incluidos esos fugaces instantes en los que su pensamiento, o lo que fuera que quedara, se demoraba, o perdía, entre circunvalaciones y casualmente reconocía el rostro que tenía delante y le estaba dirigiendo la palabra. No todos los días, tampoco sabría decir cuáles o cuántos porque su tiempo se disponía habitualmente en función de actividades e inercias que lo llevaban de un sitio a otro sin que supiera muy bien dónde o por qué.

El hijo no era el padre pero cada vez se veía más en él, el mismo rostro con algo más de contenido al que sumar las huellas del inflexible paso del tiempo. Era cierto que al margen del trabajo y sus obligaciones, tanto las inevitables como las inventadas, no tenía otro a quien mirar con más o menos detenimiento, ni siquiera amigo, y que al tiempo pudiera devolverle su correspondiente parte de verdad; si es que en el fondo la había, tanto en lo que hacía como en lo creía o vivía. Obligado a compartir techo con el anciano el motivo hacía tiempo que ya no venía a cuento, situaciones y circunstancias de la vida que te llevan y traen abandonándote en un momento determinado en un lugar concreto, resultando que ese lugar es la casa de la que te fuiste tal vez demasiado pronto; aunque luego nunca te lo preguntaste. La misma vieja casa que entonces tenía metida entre ceja y ceja mientras no dejaba de inventar excusas con tal de largarse y no volver. Más o menos lo que venía haciendo últimamente, pero en este caso el lugar donde no quería volver era a su cabeza, a las preguntas, tanto a las de antes como a las que ahora tocaban, para lo cual se había confeccionado un apretado y despótico horario que ningún cuartel se atrevería a imponer con tal de mantener a una tropa tan apaleada como sumisa.

Territorio en el que estaba incluido un brusco e inesperado regreso que seguía cerrado a cal y canto, por cercanía en el tiempo y por el autoconvencimiento de que fue debido o provocado por casualidades que en su momento no pudo evitar -además de obviar directamente su nulo interés y mínima predisposición a sortearlas. Demoradas de forma indefinida las explicaciones, o directamente evitadas y nunca requeridas -cuestiones de necesidad imperiosa-, se trataba de, una vez instalado, idear un plan a largo plazo que en el fondo tenía como objetivo no dejar espacios en los que distraerse o perderse, priorizando la realidad más inmediata, la de todos los días, incluida la atenta y diligente atención al anciano -por aquello de la sangre-; cuestión y tareas que, dependiendo del día, le parecían tanto una bendición como un castigo. La persona que varias veces al día tenía delante, sentado enfrente, congregaba en su rostro un sinfín de recuerdos que en muchos momentos le resultaban extraños, como si no fueran suyos, pareciéndole en ocasiones más bien una impostura en la que esforzarse buscando referencias pasadas. Algo que suele hacerse cuando todavía sigues en el mismo lugar sin hacerte preguntas y así lo asumes y aceptas; que te guste o no es otra cuestión.

De ese modo pasaban los días, conviviendo atrapados en una realidad poco comunicativa salpicadas de penurias de distinto signo y fisonomía, las de una parte desgraciadamente inevitables debido a la edad y las de la otra voluntaria y también obligadamente inevitables; viéndose sin apenas nombrarse y en ocasiones tal que desconocidos inseparables, cada cual enclaustrado en su propia cabeza por diferentes y al parecer indecibles motivos, con escasos lugares o momentos en los que sestear solazándose rememorando recuerdos, lugares y referencias comunes al margen y por encima de las circunstancias que en la actualidad les hacían permanecer únicamente como padre e hijo.

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La confesión

Volvía a perder el tiempo y no tenía sentido -si es que alguna vez lo tuvo-, pero no se le iba de la cabeza. Tampoco venía a cuento quejarse, una vez más, tanto de su desleal y traicionera precipitación como de su permanente deseo de agradar, ya que siempre le habían traído más sorpresas y disgustos de los previstos, y en este caso ambos, al unísono, habían vuelto a interponerse entre la razón más sensata y el sinsentido de uno de tantos comportamientos absurdos y desproporcionados que con el paso del tiempo acaban convertidos en costumbres, que más bien parecen lápidas que la humanidad se fuera imponiendo con tal de encerrarse e impedir la entrada de luz en su tan difuso como poco prometedor futuro.

Había entrado al trapo sin pensárselo dos veces, lo habitual -daba igual que todavía siguiera pensando que solo era una broma que acabó enredándose más de lo debido. Porque aquello se fue enrevesando hasta llegar al no lo dices en serio -incluida la cara que se le quedó y que no supo disimular-, al qué te apuestas seguido del no eres capaz, para finalizar con el desafiante y ahora te vas a rajar que tuvo como resultado inmediato la consiguiente chulería por su parte de si crees que me vas a torear o hacer que me desdiga… pues soy el padrino. Punto final. Ahora tocaba tragarse precipitación y bravatas y cumplir su palabra asumiendo unas consecuencias con las que no quería liarse más de lo que ya venía haciendo. Se hace y basta.

En el fondo siempre había sabido que su sobrina pasaría por la vicaría, aunque nunca imaginó que a él llegaría a afectarle de ese modo. Sabía que la cantinela, presunta advertencia o amenaza de que ella se iba casar por la iglesia no era tal; le gustaban y emocionaban ese tipo de fastos, diría que hasta le apasionaban, tanto los preparativos, los inevitables vestidos como el boato; el resto, la fe, la devoción y la creencia le daban igual. Habituada a conseguir lo que se proponía, cayera quien cayese, no tenía nada de extraño que para adornar su capricho hubiera elegido a su tío más recalcitrante; el problema era cómo llevárselo al huerto, convencida de que en el momento definitivo no se echaría atrás y apechugaría con su palabra, costara lo que costase.

Así que ahí estaba, aguardando de pie derecho, medio colocado por el tufillo que desprendían las dos ancianas que le antecedían -¿qué le irían a contar al cura?-, a un par de metros del confesionario. Con el agravante de que ahora las cosas se decían muy serias y la Iglesia obligaba a los intervinientes en los casamientos a pasar por el “Cuerpo de Cristo”; que la devoción y sinceridad de los confesantes les importara o preocupara era otra cuestión. Se trataba de otra rutina que recuperar, otra práctica y su sagrada permanencia; irlos trayendo poco a poco al redil, incluso a los más pertinaces, obligándolos a postrarse tragándose su orgullo. Sumisos y resignados, pero en el fondo temerosos como buenos cristianos. La cuestión era revitalizar la regla, fortalecerla, porque el tiempo, la duda, el temor y la poca cabeza de los fieles haría el resto.

Y qué cojones le iba a contar al tipo agazapado detrás del enrejado; qué le importaban a aquel mastuerzo sus cosas, su vida, tanto si era bueno como si era malo, además, ¿qué significaba ser bueno? Cómo sabía si le hablaba un pecador redomado o simplemente le estaban mintiendo con tal de salir del paso. Menudo hipócrita. No había ha vuelto a verse en semejante tesitura desde los días de su infancia, y entonces porque no había más remedio. Crecían permanentemente asustados y pasar por el cura era lo normal, no se podía hacer otra cosa -mucho menos un crío. Era lo correcto, una costumbre o una obligación que cuando tuvo algo más de un dedo de frente dejó definitivamente porque más bien le parecía un interrogatorio cotilla y capcioso por parte de un desconocido en el que jamás confió; un meticón riguroso e impasible actuando como representante de un supuesto poder que tampoco entendía. La escenificación de una especie de farsa que te obligaba a rebuscar en tu cerebro de niño males que ni sabías ni entendías, hasta el punto de llegar un momento en el que todo lo que hacías parecía pecado. Si dudabas es que era malo, por si acaso, pero entonces no acababas nunca… y cómo le ibas a contar tantas cosas ¡qué vergüenza!

Permanentemente a cuestas con una sensación de peligro, culpa y remordimientos que nunca desaparecían del todo, como si pensar fuera el mismísimo demonio incrustado en el cerebro y obstinadamente empeñado en llevarnos por el mal camino, haciéndonos dudar o simplemente preguntándote. Suspendidos en un especie de cautela absurda en la que el simple hecho de mover una mano podía convertirse en pecado -¡joder! si solo eran niños.

Tan enfrascado estaba en su tardía e inútil reflexión que cuando quiso darse cuenta se hallaba, tal que un autómata, arrodillado ante aquella siniestra y oscura casucha… ─ Ave María Purísima…

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Ascensores

Hubo de reconocerse ingenuamente sorprendido cuando oyó de su existencia, aunque ese conocimiento no dejaba de ser una evidencia más de su ignorancia, otra que sumar a las que ya llevaba a cuestas, como todo humano que se precie. Es lo que tiene hacer de la vida un universo cerrado en el que solo caben tus cosas, tu gente y poco más, que acabas creyéndote que tu vida, tu mundo, es el mundo, y hasta el universo entero, con sus dioses y todo. Craso error y, por otra parte, bendita realidad, ya que gracias a ella, a ellas, si pueden decirse tantas, tantos pueden llevar unas existencias más o menos dignas sin amargarse porque sus mundos no sean el mundo, si es que el mundo, esa objetividad, existe y es real independientemente y al margen de los millones de habitantes que lo ocupan y conforman.

Ya, tampoco era para tanto, solo se trataba de un ascensor, pero era el ascensor de servicio, un artilugio que, puesto entonces a pensar, únicamente recordaba de las películas; el colega o sustituto de las escaleras de servicio por donde se colaban los cacos, los asesinos o los espías, o se escurrían los/las amantes cuando la otra parte de la pareja regresaba de improviso al hogar, a punto de descubrir la inevitable consecuencia de una mala convivencia. Una parte más del atrezo, algo que aparecía en las películas que se desarrollaban en barrios elegantes, casi siempre norteamericanos -de Nueva York-, que era el cine que habitualmente consumía. Se trataba de sus cuadrículas mentales, tal vez por eso cuando su amiga le dijo que acababa de llevar unas flores y por recomendación expresa, u orden, del portero físico -de carne y hueso, no licenciado- hubo de subir al sexto piso por el ascensor de servicio, que era lo indicado, se sintió sorprendido. También había ascensores de servicio, justo al lado.

Ella lo miró algo extrañada, advirtiendo su mínimo gesto de sorpresa, pero no le dijo nada, quizás porque para ella no lo era, sino su trabajo; estaba habituada a hacerlo, existían ascensores de servicio para el servicio, o sea, para todo aquello que no acompaña o es susceptible de deslustrar la dignidad de la consiguiente entrada y ascensor principal, probablemente más serio y elegante.

Sin embargo, lo que no dejaba de ser algo completamente intrascendente, o una solemne tontería, para él fue todo un descubrimiento, o debía decir redescubrimiento, la constatación de su ignorancia o aquello de ¡en qué mundo crees que vives! La normalidad del mundo real a la que al parecer vivía ajeno. Seguía habiendo escaleras de servicio, bueno, también ascensores, en su tiempo y en su ciudad. ¡Ah! esos mundos desconocidos que se desarrollan justo al lado de los nuestros y de los que no tenemos ni idea; tampoco de cómo funcionan o su importancia a la hora de, directa o indirectamente, conformar los propios, esos que creemos auténticos, tan nuestros, genuinos, puros, libres y todo lo que usted quiera.

Pero era inevitable que la primera sorpresa acabara torciéndole el gesto. Las clases de toda la vida, aquello de usted no puede subir por ahí porque por esa parte solo suben los señores, o los propietarios, y puede mancharlo con su presencia. Se trata de una cuestión que nada tiene que ver con la limpieza y sí con el orden, usted no es señor ni propietario y su sola presencia puede incomodar a quienes no tienen necesidad de tropezarse en su vida diaria con tipos de, digamos, otros estamentos sociales -jamás dirían menor nivel-, aun sabiendo que existen y en cierto modo sean necesarios, pero dentro de un orden, no nos confundamos; si empezamos a mezclarnos en el ascensor con el repartidor del supermercado, el mensajero, cualquier cobrador o el fontanero, las cosas pueden ir a peor. Vale que confraternices con ellos amablemente, con educación, también son personas humanas, pero de eso a enredarnos en el día a día, eso sí que no. Fuera, en la calle, donde todo se confunde, vale, no queda más remedio, es lo que tiene de emocionante vivir, pero ¿¡en mi propia casa!? Esa promiscuidad puede dar lugar a comportamientos y/o sensaciones de igualdad que ya no estarían nada bien. Cada cual en su sitio.

Detuvo en seco sus pensamientos y suspiró. Mejor no seguir por ahí, definitivamente se quedaba en su mundo, aunque en lo sucesivo no debería perder de vista a ese otro, aunque solo fuera como referente, no le apetecía vivir como un ignorante.

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La red social

No sabría decir cuándo fue la primera vez que lo advirtió, si no algo raro si distinto, una sensación, una repetición o un déjà vu que cuando volvió a tocarle hizo algo más que picarle la curiosidad. Tampoco supo en qué cuenta lo sintió aquella primera vez -sí, sintió-, si amigo o simplemente conocido, en la publicidad de una empresa o a la hora de buscar tampoco recordaba qué; llegaba un momento en el que el tiempo perdía toda referencia, daba igual si durante horas sentado ante la pantalla o cuando, poseído por una necesidad que ya le gobernaba más de lo que quisiera, corría ante el teclado para colgar la última ocurrencia, una fotografía o la enésima trivialidad que acaba de vivir y que, en el colmo de la vanidad, sentía o necesitaba creer de interés para alguien más que no fuera él mismo. En sus momentos de lucidez llegaba a reconocer que sus obligaciones impuestas respecto a las redes sociales eran tanto una soberana gilipollez como la única forma que tenía de sentirse alguien en su frenética, aburrida y atolondrara existencia.

Solo tuvo que “pinchar” donde debía, previa consulta y experta información, para dar con los originales y las repeticiones, tanto de las historias, los textos como de las fotografías. Y cuando hubo hecho cálculos no tuvo más remedio que reconocer que dos tercios de las cuentas que tenía como amigas o conocidas simplemente eran bots, cuentas, comandos y funciones autónomas que cumplían roles humanos de amigos y conocidos en apariencia tan reales como las teclas que solía golpear cada día; pero eran mentira, no había nadie detrás de las historias, ni de las fotografías, extraídas de una gigantesca base de datos provenientes de personas que en muchos casos habían dejado de existir -luego no había posibilidad de reclamación. Rastros ya extintos transformados en carne de relleno para nuevos reclamos de gente guapa o simples aficionados a cualquiera fuera la dedicación en la que se entretuvieran tantas y tantas personas que de ese modo se creían vivas y sus gustos amigablemente reconocidos.

Luego, si concretaba, resulta que hablaba y mostraba sus caprichos a nadie, a cadenas de unos y ceros creados y organizados por cualquier avispado con segundas intenciones, acumular amigos y/o conocidos que en el fondo solo significaban posibles compradores o simples valedores de teorías, conspiraciones o vete a saber qué, cualquier cosa que se le ocurriera al dueño del invento con tal de obtener unos suculentos beneficios a costa de identidades, amistades o simples incautos que tarde o temprano darían sus frutos, cuantos más mejor. Y se vio a sí mismo como uno de los millones de pobres diablos que hacían de las redes sociales su sino, tímidos, incapaces, con problemas de relación o la autoestima por los suelos pegados de un modo u otro a un teclado y a un mundo ficticio que compensaba tanto vacío existencial como al parecer había por ahí. Que las tres cuartas partes de su mundo en la red no existiera tenía su miga, no por lo que pudieran conseguir de él, no le preocupaba, en su momento se propuso no gastar un euro mediante transacciones informáticas, sino que lo que creía que era un mundo feliz con el que se identificaba o hacia el que corría cuando a su cabecita se le ocurría alguna cosa que consideraba ingeniosa e interesante para los demás solo era la fría y automática parte de un negocio en el que el corazoncito, también el suyo, quedaba a la altura del betún, o sea, más carne de cañón, en este caso digital. Si algunos días, en su vida real, ya no levantaba cabeza, la otra tampoco servía, o era peor si cabe ¿a quién se dirigía? ¿con qué ilusión volvería a colgar lo que tocara si al otro lado no había prácticamente nadie? Nada, unos y ceros ordenados en algoritmos con apariencia y pensamiento humanos que cumplían una tarea recolectora de corazones solitarios. Cerró el portátil y se fue a la calle, necesitaba aire, o quizás personas que le miraran a la cara.

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Políticos y política

El partido socialista alemán ha tenido que tirarle de las orejas el antiguo canciller, Gerhard Schroeder, por su insistencia en defender y justificar al presidente Putin, algo que no dejaría de ser anecdótico si el antiguo político no fuera el presidente de la compañía gasística rusa que suministra el combustible ruso a Alemania. Dice el dicho que no hay que morder la mano que te da de comer.

En este otro caso no existe la mano porque hace tiempo que desapareció, y tiene que ver con esa especie de izquierda local -de nombre- todavía perdida en unos sueños decimonónicos que la tienen abducida de su propia realidad. Una agrupación tan desorientada que al mismo tiempo que exige la apertura de las fosas que aún quedan por abrir en este país, como es justo, de derecho y razón, amén de resolver las muertes y devolverlas a sus actuales descendientes, por otro lado es incapaz de votar a favor de la urgente investigación de los numerosos asesinatos etarras aún por resolver -una gran mayoría ocurridos cuando ya no existía la dictadura-, tal y como ha propuesto el Parlamento Europeo. Mientras que en el primer caso acierta de lleno en el derecho histórico y moral de exigir y sacar a la luz los muertos asesinados por los fascistas durante la posguerra, en el otro caso permanece bloqueada en su propia inoperancia mental, anclada en unas fidelidades decimonónicas hoy claramente desfasadas, cuando no superadas -aunque esto último sea más complicado de aceptar-, que la obligan a unos débitos hacia unos tribalismos étnicos y xenófobos que hacen de la identidad causa de segregación social en los territorios que dominan.

La victoria de Macron en las pasadas elecciones francesas ha sido tomada por el establishment político como un voto de confianza en la política pro europea del actual presidente, cuando sencillamente se trata del voto de un mal menor, tragar con lo malo conocido antes que ponerse en manos de una extrema derecha nacionalista y xenófoba que haría retroceder al país al siglo XIX.

Lo siguiente más bien parece un suceso tragicómico, un caso digno de estudio u otra tomadura de pelo más por parte de unos tipos habituados a hacer su santa voluntad, tanto da si por lo civil o por lo criminal. Se trata del tan sospechoso como cómico caso del supuesto espionaje a los cabecillas independentistas catalanes. Suena a sarcasmo que quienes vienen intentando demoler la realidad política vigente, con todo tipo de falsedades y triquiñuelas, mala fe y desprecio por la legalidad, se escandalicen y pongan el grito en el cielo porque aquellos a quienes pretenden destruir, el gobierno de la nación, haya espiado sus movimientos. Una gente que, amparada en la libertad que ofrece esa misma democracia que pretenden fracturar mediante un doble juego tan cínico como desleal, aún tiene la caradura y desfachatez de alarmarse y rasgarse las vestiduras porque el gobierno del estado que intentan desbaratar actúe en su defensa. Independientemente de la legalidad o moralidad de tales actuaciones por parte del Estado -si es que finalmente se demuestra que existieron-, hay que ser muy estúpido, o sinvergüenza, amén de considerar a la otra parte como auténticos imbéciles, por pretender que los que ellos han tachado unilateralmente como sus enemigos vayan a quedarse de brazos cruzados permitiendo que los arruinen, sin hacer nada, legal o ilegal, por evitarlo.

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Vivir despierto

Si hace diez años -cuando comenzó esta historia- me dicen que un día como hoy, cuando se cumplen exactamente esos diez años, va a seguir todavía coleando, probablemente hubiera puesto un gesto de incredulidad, casi de asombro; es mucho tiempo y por entonces no tenía mucha confianza en mi capacidad para perseverar en una tarea tan continua y prolongada. Pero ha transcurrido ese tiempo y aquí sigo, embarcado en esta especie de monólogo/diálogo alimentado por mi inquieta curiosidad y la persistente manía o costumbre de observar, criticar y enjuiciar la realidad que me rodea; una especie de no perder detalle, dentro de lo que cabe, de lo que sucede a mi alrededor. No sé si puede considerarse un éxito que el ánimo indispensable para dar mensualmente forma a estas letras aún permanezca en pie, con los consiguientes altibajos a la hora de encontrar qué y cómo, tan cambiado como el mundo lo ha hecho a mi alrededor.

En primer lugar debo, como grata obligación, agradecérselo a las mujeres que hicieron posible que esto diera comienzo, aún recuerdo el día y el lugar -y me atrevería a decir que hasta la hora-; cómo, ante mi permanente reticencia, incluso indolencia, insistieron para que, independientemente de los resultados, me pusiera de una puñetera vez manos a la obra, hasta hoy. En segundo lugar darle las gracias a la gente que me ha leído, aún me lee y puede que me lea, además de pedirles disculpas por mi tan arbitrario como azaroso interés, ese nunca saber qué puedes encontrarte la próxima vez, como tampoco yo mismo lo sé.

Hablar de todo puede ser más que sospechoso, pedante y hasta ridículo, fundamentalmente porque es imposible hablar -jamás diría saber- de todo, por simple humildad y prudencia, pero lo cierto es que disponemos de la capacidad para hacerlo, siempre en base a nuestras opiniones, más o menos afortunadas y mejor o peor formuladas -como, por otra parte, puede hacerlo cualquier otro u otra-; que además esas opiniones me parezcan con cierta consistencia e incluso puedan ser de interés para otras personas es un regalo que siempre me sorprenderá. El mundo que nos rodea está ahí, permanentemente y en constante movimiento -y nosotros con él-, hacer una pausa y detenernos para observarlo, además de vivirlo, y que nos apetezca y merezca la pena es otra cosa.

Intentar verbalizar los pensamientos es una forma de hacerlos si cabe más reales, materializar mediante la escritura lo que piensas te permite sacarlo fuera de ti, objetivarlo, verlo y leerlo, con lo que de inmediato sabes si es otra tontería más que acabar de ocurrírsete o hay algo en las palabras escritas que merece la pena e incluso puede ampliarse y mejorarse, y hasta compartirse. Ha habido numerosas ideas y pensamientos que quedaron en nada, puesto que una vez sobre el papel su inutilidad o escasa consistencia se mostraron más que evidentes.

Escribir es otra manera de aprender, también de conocerse a uno mismo, una forma de hablar de la que no tienes más remedio que responsabilizarte porque lo escrito permanece al margen, tiene identidad propia y quizás por eso es más interesante. Y estos post son otra forma de estar despierto que considero importante, un modo, u otro modo, de estar vivo, no permaneciendo indiferente a nada de lo que ocurre en mi tiempo; porque cada instante es distinto cada post pretende ser otro momento único que poco o nada tiene que ver con el anterior, una pulsación que intento detener, o fotografiar, mediante la escritura, lo que no impide que, como decía más arriba, ese mismo momento visto después -una vez escrito- en ocasiones ya no parezca el mismo, haya perdido importancia, reniegue de él o incluso me parezca una solemne tontería.

El hombre afortunadamente no es un estanque, unas aguas que permanecen siempre quietas, aunque algunos pretendan, en contra de su naturaleza, que así sea; vivir se parece más bien a un río que discurre ininterrumpidamente, siendo a la vez el mismo pero siempre distinto -por aquello de que nunca te bañas en las mismas aguas-; movimiento y cambio permanente.

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Violencia (Dos apuntes y una observación)

Quién necesita de la violencia como forma de relacionarse con sus semejantes, por qué no utiliza los medios razonables y dialógicos de los que la especie dispone para resolver cualquier diferencia de pareceres que pueda significar un conflicto, independientemente de las dificultades para su resolución. Una primera respuesta podría ser el miedo, el temor que justificaría una reacción violenta como solución a un sentimiento de inferioridad o a una incapacidad para hacerse entender mediante los medios de relacionarse disponibles, ambos sentidos como una humillación permanente de la que es imposible desembarazarse, amén de condicionar todo comportamiento. En otros casos la violencia obedecería a la codicia o la ambición de poder, ejemplos de egoísmo de los que tampoco habría que descartar como causa un complejo de inferioridad incapaz de ver a los demás como iguales, sujetos de cooperación y ayuda mutua. O el uso de la violencia por simple inadaptación causada por problemas psíquicos o educacionales ocurridos durante las primeras etapas de aprendizaje y maduración personal -cuestión, esta, de más difícil estudio y resolución. Probablemente habrá más, a las que sumar la respuesta violenta -como solución extrema- frente a actuaciones claramente hipócritas, cínicas y despreciativas por parte de unos interlocutores que por lo general y como norma se comportan de forma deshonesta -las causas para tales comportamientos son todas egoístas. Es cierto que también para esta última forma de violencia, como para el resto, siempre existirán elementos “discutibles” o a tener en cuenta, a pesar de mostrarse como la réplica obligada, o el último recurso, frente a un desprecio y permanentes humillación y explotación de sus semejantes que nada tienen que ver con cuestiones de incapacidad o inadaptación en el caso de la víctimas.

Un segundo apunte plantearía qué porcentaje de la violencia humana proviene o tiene alguna relación con ese “instinto animal” que lleva a los machos de numerosas especies a enfrentarse y luchar entre sí a la hora de la elección de hembra, o hembras, con las que procrear -un resto instintivo que en numerosos individuos aún se muestra preponderante sobre las influencias culturales y/o civilizatorias. En este caso podríamos hablar de una cuestión de género, más que de especie, concretamente de los machos. Una consecuencia aparentemente simple sería que debido a ello aún vivamos en una sociedad hecha por machos en la que la violencia sigue presente como medio de relación, una sociedad incapaz de desprenderse de un instinto -o prejuicio- de género que, sin embargo, no tiene perspectivas de desaparición, hasta el punto de haber sido racionalizado y normalizado como comportamiento en función de unos intereses egoístas y de dominio contrarios a todo espíritu humano o civilizador. Una violencia, tan latente como evidente, capaz de aglutinar y dar salida a diferentes sentimientos de odio, temor, codicia o envidia en forma de comportamientos agresivos y explotadores en los que nunca falta la estrecha e intolerante tradición como justificación y sagrada valedora; lo que no deja de ser la sonrojante muestra de unas carencias relacionales reconvertidas en violenta imposición sobre semejantes más civilizados o menos afortunados.

Y una observación, si efectivamente la violencia es una cuestión de género tiene todo el sentido que las guerras no las promuevan y protagonicen mujeres, ni les interesen, más preocupadas por cuestiones de relación, dialógicas, de cooperación o de cohesión, mucho más útiles y beneficiosas para el grupo en general. Tampoco acaba de entenderse cómo, después de siglos de “civilización” y desastrosas consecuencias provocadas por el uso de la violencia, la especie humana ha sido incapaz, no de darse el tiro de gracia a sí misma -de lo que quizás no estemos muy lejos-, sino de desprenderse y no dejarse dominar, incluso racionalmente, por ese instinto violento que solo trae más males y perjuicios que beneficios para la especie. Y más asombroso si cabe resulta que todavía hoy haya machos humanos que se jactan de usar la violencia como medio para relacionarse con sus semejantes, gente tan primitiva que asombra no haya sido expulsada de cualquier comunidad u organización mínimamente civilizada.

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Sentado

Sentado, vuelto hacia la calle, otra vez, mirando el ir y venir de gente que no conoce, ni siquiera de vista, a pesar de vivir en la misma ciudad. Expulsado nuevamente de su sillón, única opción cuando la permanencia se antoja irritante, aunque solo sea por el ruido o simplemente saber que sigue allí, que todavía no se ha ido y aún tardará, embarcada en una sucesión de preparativos y pequeños olvidos a veces interminable. Mirando sin ver porque todavía le dura el cabreo y esa gente que va y viene no le va a sacar de él, tampoco la cerveza que acaban de ponerle en la mesa, a la que también mira preguntándole, sin respuesta, como tampoco se la podía ofrecer la mujer que le ha atendido con cara de pocos amigos, o quizás solo era inexperiencia, o un mal día, como él, y quién sabe si de rebote en el trabajo después de una discusión. Circulan por la calle papás y mamás con niños, ellas y ellos, indistintamente, los pequeños aparentando atención mientras los adultos hablan y gesticulan aconsejándoles, advirtiéndoles o reconviniéndoles antes de lo que parece un viaje, a juzgar por las bolsas y mochilas que llevan los mayores. Un sermón interminable que probablemente la mayor parte de los críos no escucha porque les importa más su futuro inmediato, el viaje, irse, dejar la rutina diaria, sus prohibiciones y la permanente obediencia; un breve periodo de libertad que pesa más de lo que sirve y en el que también puede haber enfados o discusiones, pero que no serán con los adultos de quienes dependen -causa de antemano perdida-, sino con otra u otros iguales, si es que merece la pena discutir.

Regresa mentalmente a casa y se la imagina ya vacía, podría volver ahora que ella no está, pero le da igual, la vuelta no solucionaría nada, le resultaría difícil concentrarse; queda esperar hasta la noche para verse de nuevo, uno y otra cansados por diferentes motivos y probablemente sin muchas ganas de sentarse y hablar, a pesar de saber muy bien que no hay otra opción antes de que pase el tiempo y sea peor, porque la tardanza siempre es peor. Llega un autobús y los chavales, agrupados al margen de los padres, se agitan y saltan excitados y nerviosos; los adultos siguen conversando y comentando el contenido de las bolsas, aquello que se ha olvidado o lo que no va a necesitar, o sí, porque mi hijo sí lo lleva. Da igual, ya es tarde y la chiquillería comienza a subir olvidada de sus bolsas y mochilas, lo que provoca que de inmediato sea reconvenida por el olvido y vuelta a asediar con las últimas advertencias; también los hay que, mejor adiestrados, no se han separado de sus respectivas cargas mientras esperaban diligentemente la llegada del vehículo junto a unos padres que sonreían y charlaban confiados. Da igual, una vez arriba y a salvo de adultos comienza el viaje, lo realmente importante, el viaje, da igual dónde, solos, con la ilusoria posibilidad de hacer casi lo que uno quiera. Qué felicidad tan extraña.

Pero vuelve a la discusión. No quiero un niño, no deseo un hijo, por nada en especial, y no me considero un egoísta por ello; no necesito lucir completo, ni que venga para completarnos cuando seguimos sin saber qué queremos juntos, o cuánto va a durar. Cuando no cesamos de lanzarnos preguntas con la mirada, sobre todo en esos siempre inesperados tiempos muertos o en los momentos que no estamos atados por obligaciones externas; cuando discutimos por no estar de acuerdo, cuando seguimos exigiendo un hueco “para nuestras cosas” del que el otro ha de quedar obligatoriamente fuera sin aportar razones convincentes para ello. Incapaces de llevar una discusión de una forma razonada, o perdiendo los papeles a las primeras de cambio, acabando de espaldas e incapaces de entendernos; los dos. Un “solos” o acompañados que, oyéndola, suena a definitivo; un lo tomas o lo dejas. Pero no estamos juntos para tener hijos, al menos yo no lo hice pensando en ello, ¿y ella sí? No acabo de creérmelo, tampoco lo hablamos, ¡cómo íbamos a hablarlo! Quedaba muy lejos, al menos eso pienso ahora, tampoco era necesario decirlo todo; cada cual forja planes y objetivos a medida de las posibilidades de hacerlos posibles, creo. Se va el autobús, qué felicidad para los chavales, apenas unos pocos se han despedido como debieran, mientras la mayoría ya andaba metida en faena, comienza el viaje.

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Un tipo tirando de un perro

Caminaba indolentemente con la mirada perdida, sin fijarla en ningún sitio, a esa hora de la tarde en la que al día ya no la queda mucho que decir, cansado y harto sin saberlo. Arrastraba, literalmente, un pequeño perro al que le hacía poco caso, una obligación, probablemente un capricho de su mujer. El animal se quedaba atrás, demorándose en sus cosas, hasta que era levantado de un tirón y lanzado un metro delante de su dueño; el animal regresaba a sus desvelos para volver a ser nuevamente levantado y llevado al orden, y así sucesivamente.

Entonces me acordé de una noticia leída hacía poco, en ella se decía, más o menos, que en la actualidad hay más hogares con mascotas que con niños menores de catorce años. Qué parte de la noticia tenía que ver con la moda, o negocio, de las mascotas y qué parte con la cada vez mayor soledad de las personas -incluso las que conviven con otras- son cuestiones que vienen al caso; y en qué porcentaje influye cada una de ellas a la hora de decidirse por una necesaria e indispensable compañía que asegure la salud mental del propietario y, por otra parte, compense nuestra propensión natural a la socialización era otra cuestión pertinente, sobre todo referido a lo que acababa de ver.

Luego salté, ignoró desde qué parte de mi subconsciente, hasta ese tipo más bien simple que, sin misericordia alguna, suelta ese supuestamente gracioso chascarrillo que dice “cuanto más conozco a la gente más me gusta mi perro”; quedándose tan pancho. Toda una declaración de principios. Supongo que tal certeza va de inteligencias, sobre todo porque hay gente a la que le gusta tener opiniones que no siempre comulgan con lo general, discuten, las defienden y además aportan argumentos que muchas veces no llegan a comprenderse, quizás porque necesitan algo de esfuerzo por nuestra parte, además de que si llegáramos a entenderlos igual nos convencían y nos hacían cambiar de opinión; porque uno no puede de dejar de ser quien es, eso sí que no. Mejor los animales y su inteligencia básica, fieles, obedientes, sin hacer preguntas y cuando no interesan con la posibilidad de arrojarlos en cualquier lugar, o como el tipo de más arriba, arrastrarlos como si fueran un objeto.

Igual el problema son los niños, y volví a tirar del hilo y me vino a la memoria un comentario que siempre me ha llamado la atención, ocurría cuando alguna mujer se acercaba para ver a algún recién nacido o bebé de meses o pocos años, y tras admirarlo y decirle las gracias pertinentes se dirigía a la madre para sermonearle en forma de lamento que lo disfrutara ahora, era la mejor época, porque luego crecen y se vuelven insoportables. Nunca me gustó y en cierto modo me molestaba porque siempre he pensado que lo mejor de los niños es verlos crecer, y saborearlo, y responder a sus preguntas -por muy difíciles que parezcan-, y orientarles y admirarlos cuando comienzan a abrirse paso por sí mismos hasta el éxito de un adulto feliz. Y me detuve en esas jóvenes y felices parejas que salen del vehículo cada uno con un perro, tan contentos; no sé si mientras o definitivos, pero de lo que no cabe ninguna duda es que son mucho más manejables que los niños, además de que también tienen derecho a ser considerados como otro miembro familiar más.

Y para rizar el rizo acabé con un final de altura, como no podía ser menos, todo esto me llevó al señor Bauman y su “sociedad líquida”, ese temor a establecer relaciones personales duraderas que impliquen demasiadas responsabilidades o compromisos sólidos, incluso a largo plazo. Mejor dejarlo en simples conexiones que nos permitan seguir siendo quienes somos (¿?); cómo si no fuera el cambio el motor de nuestras vidas. En fin, lo que puede dar de sí un tipo tirando de un perro.

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