Vivir despierto

Si hace diez años -cuando comenzó esta historia- me dicen que un día como hoy, cuando se cumplen exactamente esos diez años, va a seguir todavía coleando, probablemente hubiera puesto un gesto de incredulidad, casi de asombro; es mucho tiempo y por entonces no tenía mucha confianza en mi capacidad para perseverar en una tarea tan continua y prolongada. Pero ha transcurrido ese tiempo y aquí sigo, embarcado en esta especie de monólogo/diálogo alimentado por mi inquieta curiosidad y la persistente manía o costumbre de observar, criticar y enjuiciar la realidad que me rodea; una especie de no perder detalle, dentro de lo que cabe, de lo que sucede a mi alrededor. No sé si puede considerarse un éxito que el ánimo indispensable para dar mensualmente forma a estas letras aún permanezca en pie, con los consiguientes altibajos a la hora de encontrar qué y cómo, tan cambiado como el mundo lo ha hecho a mi alrededor.

En primer lugar debo, como grata obligación, agradecérselo a las mujeres que hicieron posible que esto diera comienzo, aún recuerdo el día y el lugar -y me atrevería a decir que hasta la hora-; cómo, ante mi permanente reticencia, incluso indolencia, insistieron para que, independientemente de los resultados, me pusiera de una puñetera vez manos a la obra, hasta hoy. En segundo lugar darle las gracias a la gente que me ha leído, aún me lee y puede que me lea, además de pedirles disculpas por mi tan arbitrario como azaroso interés, ese nunca saber qué puedes encontrarte la próxima vez, como tampoco yo mismo lo sé.

Hablar de todo puede ser más que sospechoso, pedante y hasta ridículo, fundamentalmente porque es imposible hablar -jamás diría saber- de todo, por simple humildad y prudencia, pero lo cierto es que disponemos de la capacidad para hacerlo, siempre en base a nuestras opiniones, más o menos afortunadas y mejor o peor formuladas -como, por otra parte, puede hacerlo cualquier otro u otra-; que además esas opiniones me parezcan con cierta consistencia e incluso puedan ser de interés para otras personas es un regalo que siempre me sorprenderá. El mundo que nos rodea está ahí, permanentemente y en constante movimiento -y nosotros con él-, hacer una pausa y detenernos para observarlo, además de vivirlo, y que nos apetezca y merezca la pena es otra cosa.

Intentar verbalizar los pensamientos es una forma de hacerlos si cabe más reales, materializar mediante la escritura lo que piensas te permite sacarlo fuera de ti, objetivarlo, verlo y leerlo, con lo que de inmediato sabes si es otra tontería más que acabar de ocurrírsete o hay algo en las palabras escritas que merece la pena e incluso puede ampliarse y mejorarse, y hasta compartirse. Ha habido numerosas ideas y pensamientos que quedaron en nada, puesto que una vez sobre el papel su inutilidad o escasa consistencia se mostraron más que evidentes.

Escribir es otra manera de aprender, también de conocerse a uno mismo, una forma de hablar de la que no tienes más remedio que responsabilizarte porque lo escrito permanece al margen, tiene identidad propia y quizás por eso es más interesante. Y estos post son otra forma de estar despierto que considero importante, un modo, u otro modo, de estar vivo, no permaneciendo indiferente a nada de lo que ocurre en mi tiempo; porque cada instante es distinto cada post pretende ser otro momento único que poco o nada tiene que ver con el anterior, una pulsación que intento detener, o fotografiar, mediante la escritura, lo que no impide que, como decía más arriba, ese mismo momento visto después -una vez escrito- en ocasiones ya no parezca el mismo, haya perdido importancia, reniegue de él o incluso me parezca una solemne tontería.

El hombre afortunadamente no es un estanque, unas aguas que permanecen siempre quietas, aunque algunos pretendan, en contra de su naturaleza, que así sea; vivir se parece más bien a un río que discurre ininterrumpidamente, siendo a la vez el mismo pero siempre distinto -por aquello de que nunca te bañas en las mismas aguas-; movimiento y cambio permanente.

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Violencia (Dos apuntes y una observación)

Quién necesita de la violencia como forma de relacionarse con sus semejantes, por qué no utiliza los medios razonables y dialógicos de los que la especie dispone para resolver cualquier diferencia de pareceres que pueda significar un conflicto, independientemente de las dificultades para su resolución. Una primera respuesta podría ser el miedo, el temor que justificaría una reacción violenta como solución a un sentimiento de inferioridad o a una incapacidad para hacerse entender mediante los medios de relacionarse disponibles, ambos sentidos como una humillación permanente de la que es imposible desembarazarse, amén de condicionar todo comportamiento. En otros casos la violencia obedecería a la codicia o la ambición de poder, ejemplos de egoísmo de los que tampoco habría que descartar como causa un complejo de inferioridad incapaz de ver a los demás como iguales, sujetos de cooperación y ayuda mutua. O el uso de la violencia por simple inadaptación causada por problemas psíquicos o educacionales ocurridos durante las primeras etapas de aprendizaje y maduración personal -cuestión, esta, de más difícil estudio y resolución. Probablemente habrá más, a las que sumar la respuesta violenta -como solución extrema- frente a actuaciones claramente hipócritas, cínicas y despreciativas por parte de unos interlocutores que por lo general y como norma se comportan de forma deshonesta -las causas para tales comportamientos son todas egoístas. Es cierto que también para esta última forma de violencia, como para el resto, siempre existirán elementos “discutibles” o a tener en cuenta, a pesar de mostrarse como la réplica obligada, o el último recurso, frente a un desprecio y permanentes humillación y explotación de sus semejantes que nada tienen que ver con cuestiones de incapacidad o inadaptación en el caso de la víctimas.

Un segundo apunte plantearía qué porcentaje de la violencia humana proviene o tiene alguna relación con ese “instinto animal” que lleva a los machos de numerosas especies a enfrentarse y luchar entre sí a la hora de la elección de hembra, o hembras, con las que procrear -un resto instintivo que en numerosos individuos aún se muestra preponderante sobre las influencias culturales y/o civilizatorias. En este caso podríamos hablar de una cuestión de género, más que de especie, concretamente de los machos. Una consecuencia aparentemente simple sería que debido a ello aún vivamos en una sociedad hecha por machos en la que la violencia sigue presente como medio de relación, una sociedad incapaz de desprenderse de un instinto -o prejuicio- de género que, sin embargo, no tiene perspectivas de desaparición, hasta el punto de haber sido racionalizado y normalizado como comportamiento en función de unos intereses egoístas y de dominio contrarios a todo espíritu humano o civilizador. Una violencia, tan latente como evidente, capaz de aglutinar y dar salida a diferentes sentimientos de odio, temor, codicia o envidia en forma de comportamientos agresivos y explotadores en los que nunca falta la estrecha e intolerante tradición como justificación y sagrada valedora; lo que no deja de ser la sonrojante muestra de unas carencias relacionales reconvertidas en violenta imposición sobre semejantes más civilizados o menos afortunados.

Y una observación, si efectivamente la violencia es una cuestión de género tiene todo el sentido que las guerras no las promuevan y protagonicen mujeres, ni les interesen, más preocupadas por cuestiones de relación, dialógicas, de cooperación o de cohesión, mucho más útiles y beneficiosas para el grupo en general. Tampoco acaba de entenderse cómo, después de siglos de “civilización” y desastrosas consecuencias provocadas por el uso de la violencia, la especie humana ha sido incapaz, no de darse el tiro de gracia a sí misma -de lo que quizás no estemos muy lejos-, sino de desprenderse y no dejarse dominar, incluso racionalmente, por ese instinto violento que solo trae más males y perjuicios que beneficios para la especie. Y más asombroso si cabe resulta que todavía hoy haya machos humanos que se jactan de usar la violencia como medio para relacionarse con sus semejantes, gente tan primitiva que asombra no haya sido expulsada de cualquier comunidad u organización mínimamente civilizada.

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Sentado

Sentado, vuelto hacia la calle, otra vez, mirando el ir y venir de gente que no conoce, ni siquiera de vista, a pesar de vivir en la misma ciudad. Expulsado nuevamente de su sillón, única opción cuando la permanencia se antoja irritante, aunque solo sea por el ruido o simplemente saber que sigue allí, que todavía no se ha ido y aún tardará, embarcada en una sucesión de preparativos y pequeños olvidos a veces interminable. Mirando sin ver porque todavía le dura el cabreo y esa gente que va y viene no le va a sacar de él, tampoco la cerveza que acaban de ponerle en la mesa, a la que también mira preguntándole, sin respuesta, como tampoco se la podía ofrecer la mujer que le ha atendido con cara de pocos amigos, o quizás solo era inexperiencia, o un mal día, como él, y quién sabe si de rebote en el trabajo después de una discusión. Circulan por la calle papás y mamás con niños, ellas y ellos, indistintamente, los pequeños aparentando atención mientras los adultos hablan y gesticulan aconsejándoles, advirtiéndoles o reconviniéndoles antes de lo que parece un viaje, a juzgar por las bolsas y mochilas que llevan los mayores. Un sermón interminable que probablemente la mayor parte de los críos no escucha porque les importa más su futuro inmediato, el viaje, irse, dejar la rutina diaria, sus prohibiciones y la permanente obediencia; un breve periodo de libertad que pesa más de lo que sirve y en el que también puede haber enfados o discusiones, pero que no serán con los adultos de quienes dependen -causa de antemano perdida-, sino con otra u otros iguales, si es que merece la pena discutir.

Regresa mentalmente a casa y se la imagina ya vacía, podría volver ahora que ella no está, pero le da igual, la vuelta no solucionaría nada, le resultaría difícil concentrarse; queda esperar hasta la noche para verse de nuevo, uno y otra cansados por diferentes motivos y probablemente sin muchas ganas de sentarse y hablar, a pesar de saber muy bien que no hay otra opción antes de que pase el tiempo y sea peor, porque la tardanza siempre es peor. Llega un autobús y los chavales, agrupados al margen de los padres, se agitan y saltan excitados y nerviosos; los adultos siguen conversando y comentando el contenido de las bolsas, aquello que se ha olvidado o lo que no va a necesitar, o sí, porque mi hijo sí lo lleva. Da igual, ya es tarde y la chiquillería comienza a subir olvidada de sus bolsas y mochilas, lo que provoca que de inmediato sea reconvenida por el olvido y vuelta a asediar con las últimas advertencias; también los hay que, mejor adiestrados, no se han separado de sus respectivas cargas mientras esperaban diligentemente la llegada del vehículo junto a unos padres que sonreían y charlaban confiados. Da igual, una vez arriba y a salvo de adultos comienza el viaje, lo realmente importante, el viaje, da igual dónde, solos, con la ilusoria posibilidad de hacer casi lo que uno quiera. Qué felicidad tan extraña.

Pero vuelve a la discusión. No quiero un niño, no deseo un hijo, por nada en especial, y no me considero un egoísta por ello; no necesito lucir completo, ni que venga para completarnos cuando seguimos sin saber qué queremos juntos, o cuánto va a durar. Cuando no cesamos de lanzarnos preguntas con la mirada, sobre todo en esos siempre inesperados tiempos muertos o en los momentos que no estamos atados por obligaciones externas; cuando discutimos por no estar de acuerdo, cuando seguimos exigiendo un hueco “para nuestras cosas” del que el otro ha de quedar obligatoriamente fuera sin aportar razones convincentes para ello. Incapaces de llevar una discusión de una forma razonada, o perdiendo los papeles a las primeras de cambio, acabando de espaldas e incapaces de entendernos; los dos. Un “solos” o acompañados que, oyéndola, suena a definitivo; un lo tomas o lo dejas. Pero no estamos juntos para tener hijos, al menos yo no lo hice pensando en ello, ¿y ella sí? No acabo de creérmelo, tampoco lo hablamos, ¡cómo íbamos a hablarlo! Quedaba muy lejos, al menos eso pienso ahora, tampoco era necesario decirlo todo; cada cual forja planes y objetivos a medida de las posibilidades de hacerlos posibles, creo. Se va el autobús, qué felicidad para los chavales, apenas unos pocos se han despedido como debieran, mientras la mayoría ya andaba metida en faena, comienza el viaje.

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Un tipo tirando de un perro

Caminaba indolentemente con la mirada perdida, sin fijarla en ningún sitio, a esa hora de la tarde en la que al día ya no la queda mucho que decir, cansado y harto sin saberlo. Arrastraba, literalmente, un pequeño perro al que le hacía poco caso, una obligación, probablemente un capricho de su mujer. El animal se quedaba atrás, demorándose en sus cosas, hasta que era levantado de un tirón y lanzado un metro delante de su dueño; el animal regresaba a sus desvelos para volver a ser nuevamente levantado y llevado al orden, y así sucesivamente.

Entonces me acordé de una noticia leída hacía poco, en ella se decía, más o menos, que en la actualidad hay más hogares con mascotas que con niños menores de catorce años. Qué parte de la noticia tenía que ver con la moda, o negocio, de las mascotas y qué parte con la cada vez mayor soledad de las personas -incluso las que conviven con otras- son cuestiones que vienen al caso; y en qué porcentaje influye cada una de ellas a la hora de decidirse por una necesaria e indispensable compañía que asegure la salud mental del propietario y, por otra parte, compense nuestra propensión natural a la socialización era otra cuestión pertinente, sobre todo referido a lo que acababa de ver.

Luego salté, ignoró desde qué parte de mi subconsciente, hasta ese tipo más bien simple que, sin misericordia alguna, suelta ese supuestamente gracioso chascarrillo que dice “cuanto más conozco a la gente más me gusta mi perro”; quedándose tan pancho. Toda una declaración de principios. Supongo que tal certeza va de inteligencias, sobre todo porque hay gente a la que le gusta tener opiniones que no siempre comulgan con lo general, discuten, las defienden y además aportan argumentos que muchas veces no llegan a comprenderse, quizás porque necesitan algo de esfuerzo por nuestra parte, además de que si llegáramos a entenderlos igual nos convencían y nos hacían cambiar de opinión; porque uno no puede de dejar de ser quien es, eso sí que no. Mejor los animales y su inteligencia básica, fieles, obedientes, sin hacer preguntas y cuando no interesan con la posibilidad de arrojarlos en cualquier lugar, o como el tipo de más arriba, arrastrarlos como si fueran un objeto.

Igual el problema son los niños, y volví a tirar del hilo y me vino a la memoria un comentario que siempre me ha llamado la atención, ocurría cuando alguna mujer se acercaba para ver a algún recién nacido o bebé de meses o pocos años, y tras admirarlo y decirle las gracias pertinentes se dirigía a la madre para sermonearle en forma de lamento que lo disfrutara ahora, era la mejor época, porque luego crecen y se vuelven insoportables. Nunca me gustó y en cierto modo me molestaba porque siempre he pensado que lo mejor de los niños es verlos crecer, y saborearlo, y responder a sus preguntas -por muy difíciles que parezcan-, y orientarles y admirarlos cuando comienzan a abrirse paso por sí mismos hasta el éxito de un adulto feliz. Y me detuve en esas jóvenes y felices parejas que salen del vehículo cada uno con un perro, tan contentos; no sé si mientras o definitivos, pero de lo que no cabe ninguna duda es que son mucho más manejables que los niños, además de que también tienen derecho a ser considerados como otro miembro familiar más.

Y para rizar el rizo acabé con un final de altura, como no podía ser menos, todo esto me llevó al señor Bauman y su “sociedad líquida”, ese temor a establecer relaciones personales duraderas que impliquen demasiadas responsabilidades o compromisos sólidos, incluso a largo plazo. Mejor dejarlo en simples conexiones que nos permitan seguir siendo quienes somos (¿?); cómo si no fuera el cambio el motor de nuestras vidas. En fin, lo que puede dar de sí un tipo tirando de un perro.

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Life Coach

Iba conduciendo y tuve que detener la vista durante unos instantes en el panel electrónico para cerciorarme de lo que leía; y no, no había leído mal, Life Coach, eso decía el anuncio, por lo que no pude más que sorprenderme por el astuto, atrevido o insensato personaje capaz de ofrecerse de tal modo. Y pensé, en serio, que prefería no imaginar qué puede venderse bajo ese nombre y qué atribulados o desorientados individuos son capaces de dejarse convencer por tamaño y descomunal propósito. Todo ello suponiendo que no se tratara de una broma de mal gusto y, por otra parte, aceptando que tras el anuncio debía haber alguien, o algo, con la necesaria suficiencia, o arrogancia, como para ofrecerse a los demás como “entrenador de vida”, o “… para vivir”, o como quiera que se traduzca, o deba entenderse, la frase inglesa en cuestión.

Si ya el hecho de vivir la propia vida se me antoja un trabajo harto complicado, que no imposible, puesto que millones antes que nosotros lo han hecho de un modo u otro, que una persona, ignoro con qué clase de conocimientos -que probablemente han de ser mucho más que enciclopédicos-, te mire a la cara dispuesta a “entrenarte en cómo vivir” me parece un solemne disparate. Aunque después de la sorpresa inicial y en contra de mi escepticismo se me ocurrieron algunas opciones, tanto antiguas como actuales, que podrían responder al anuncio en cuestión.

Podría tratarse de un confesor de toda la vida -ignoro si los habrá que no sean cristianos- o guía espiritual dispuesto a asesorar al cliente entre las procelosas marejadas de la conciencia, si es que el cliente es consciente de necesitar otra conciencia que le conciencie a la hora de actuar con y en conciencia; básicamente lo que hacemos cada quisque cada día de nuestras vidas, aunque probablemente quién acuda ante semejante reclamo habrá de hallarse francamente desorientado o directamente perdido, por lo que, bien mirado, no ha de estar del todo mal que por unos euros alguien te diga dónde tienes la mano derecha.

Porque si lo que sucede es, por ejemplo, que padeces una depresión de aúpa o algún problema psicológico de cierta envergadura, un “entrenador de vida” no te va a servir para nada, mejor un psicólogo o un psiquiatra que probablemente sabrán más del tema. Aunque, ahora que caigo, el anuncio también podría referirse a un psicólogo adaptando sus conocimientos, cualidades y virtudes a los tiempos que corren, quizás porque anunciarse como psicólogo, a secas, no dice mucho -¡hay tantos!- y el cliente en el fondo no se considera enfermo porque se trata de otra cosa, necesita que le enseñen a vivir (¿?). También podría tratarse de un viajero experimentado reconvertido en una especie de gurú oriental o experto en relajación -o ni siquiera viajero- impartiendo terapias o sesiones parecidas o relacionadas con el yoga; o directamente una sesión de yoga. O un budista auténtico -autóctono o reconvertido- convencido de que lo que necesitamos los occidentales es algo de orden, mucha menos prisa y más tranquilidad -en el fondo saber qué es lo que queremos y de qué herramientas disponemos. Problemas y soluciones que, sin embargo, siempre han estado vigentes y/o disponibles por aquí, es cierto que en formas más austeras y con menos encantos, también sin adornos florales, musicales o aromáticos.

O quizás no tenga nada que ver con lo que vengo diciendo y se trate de un preparador físico -puro y duro-, o de un experto en libros de autoayuda; o quizás un bróker retirado -algo parecido al final del protagonista de la película de Scorsese, El lobo de Wall Street-, alguien dispuesto a mostrarte el camino del triunfo en esta sociedad tan competitiva. En fin, puestos a imaginar las posibilidades pueden ser numerosas, no digo que infinitas pero casi, y como no voy a acudir a interesarme pues me quedaré con las ganas de saberlo, lo que no quita que la próxima vez que pase por el mismo sitio y vuelva a ver el anuncio le siga dando vueltas al asunto.

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Moralidad

Cualquier persona que siga de un modo u otro la situación en Ucrania probablemente ya habrá hecho o tendrá una valoración propia sobre lo que allí viene sucediendo, o no, porque también hay gente que es capaz de vivir al margen de lo que sucede en ese enorme resto del mundo que no es el propio, y quizás convencida de que aquello y lo suyo son cosas distintas, sin apenas relación; otra cuestión es de lo que uno mismo sea capaz de autoconvencerse con tal de llevar vida y cosas de un modo más o menos normal o decente, dentro de lo que cabe.

Quizás nos habremos posicionado de un lado u otro, sin otro conocimiento que el extraído de una moralidad básica acerca de lo que está bien y lo que está mal, a la que añadir hipótesis, opiniones y comentarios de personas y lugares, físicos u on line, habituales o cercanos a la hora elaborar la propia concepción de la vida y el mundo en el que vivimos. Y seguro que también hemos oído, o leído, infinidad de condenas y valoraciones procedentes de todo tipo de voces, plumas y pensamientos, más o menos acertadas, incluso disparatadas, o coincidentes con las propias.

Como habremos sentido miedo o ciertos temores si, por cualquier circunstancia, tuviéramos la desgracia, o mala suerte, de ser alcanzados por los mismos sucesos u otros similares, da igual si relacionados o no, aquí y ahora, justo dónde nos hallamos; hasta el punto de que distancia deje de ser sinónimo de seguridad. Y puede que a continuación hayamos tomado conciencia de la terrible crueldad e inutilidad de la guerra, cualquier guerra, pasada o presente, sintiendo un estremecimiento porque todavía haya individuos que ven en la violencia un modo de vida, o de convivencia.

Incluso cabe la posibilidad de que nos hayamos preguntado seriamente si también nosotros somos sujetos morales capaces de emitir juicios más o menos razonados, individuos con opiniones claras y contrastadas sobre el bien y el mal respecto a los asuntos y actos humanos, tanto individuales como colectivos… y sorprendentemente descubierto la inutilidad de tales pensamientos, principios o convicciones cuando hay personas que pierden todo en cuestión de segundos sin que puedan hacer nada por evitarlo -¡todo!-, tanto su realidad como sus sueños, e inmediatamente supuesto o imaginado cómo nos afectaría a nosotros una situación similar -¿qué haríamos?-, circunstancia que tal vez hayamos asumido o intentado solventar, incluso violentamente, tras el primer pasmo, al sentirnos también víctimas sin voz ni voto.

Tal vez intrigados al comprobar que con la moral no basta, es necesaria pero inútil cuando no consigue detener situaciones reales como la guerra, y probablemente a continuación hemos perdido interés por saber o leer opiniones y juicios más y menos morales, acertados, sabios o inteligentes que nada pueden hacer por remediar aquello, porque estar de acuerdo no conduce a nada práctico, únicamente a estar de acuerdo mientras permanecemos detenidos cada cual en su lugar, de momento seguros, seguridad que hace inservible e inutiliza nuestra opinión porque es lo mismo que nada, un mero e inactivo estar de acuerdo.

Qué hacer, sería la siguiente pregunta, y ahí volveríamos a detenernos, ¿quién? ¿yo? ¿nosotros? Para a continuación confirmar la desoladora realidad de nuestra pequeñez, de nuestra irrelevancia, de nuestro rol de víctima sujeta a movimientos ajenos respecto a los que nada podemos hacer cuando pasan por nuestro lado, por encima o directamente nos arrollan haciéndonos desaparecer.

Vivimos permanentemente a la espera -en cierto modo vivir es una espera, un mientras-, en parte colectivamente ausentes, protegidos por una especie de salvoconducto que nadie nos ha concedido y nada garantiza porque tampoco es real. No basta con hacernos preguntas, aunque siempre sean necesarias, es uno de los motivos por los que seguimos aquí, las respuestas son otro cantar, y solo son válidas las que se materializan mediante sucesos reales. Nos queda suspirar.

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Estado

Detenidos observando el perseverante canto de un jilguero en una desnuda rama junto al rio dejábamos que la tarde prosiguiera su curso sin otra cosa que hacer que estar, contemplar cómo la pequeña ave insistía con sus trinos en una arboleda en la que la primavera todavía quedaba lejos, no así en cuanto a la temperatura, una plácida tarde sobre la que iban acumulándose las horas del día que comenzaba a declinar, también las de más ajetreo, poco antes de la comida y sin saber dónde comer, en una pequeña plaza atestada de gente vestida de carnaval hablando, riendo y bebiendo como si de un reencuentro de amigos se tratara, regreso tras una larga temporada entre ocultos y enclaustrados, sin poder verse las caras.

Tan solo unos kilómetros más allá, a esta hora, probablemente esa misma gente seguiría, después de un breve y merecido reposo, con sus charlas y celebración momentáneamente interrumpidas, participando de un contagioso estado de ánimo que también había calado en visitantes como nosotros, inesperadamente encauzados en el trajín de callejuelas y sombras que poco a poco fueron sumergiéndonos en el jolgorio general, entre sonrisas, disfraces, músicas y cánticos compartidos en la acera de algún bar o multiplicados, mesa a mesa, durante la espera de lo que todavía no sabíamos si sería aperitivo o comida. Un ambiente festivo más que necesario en el que se mezclaban sin medida desde niños de unos pocos años hasta ancianos de punta en blanco todavía con fuerzas para alzar la voz sosteniendo un vaso en la mano. Exigencia de un intercambio entre iguales tan vital como el canto del pequeño y solitario jilguero.

Tampoco creo que a ninguno de los participantes le apeteciera hacer mención del benigno invierno en el que todavía estábamos, nada que ver con aquellos inviernos de bufandas y chupones de hielo que solemos recordar cuando hablamos del invierno. Conversación innecesaria que ninguna nube parecía capaz de provocar ensombreciendo la imperiosa necesidad de hacernos y sentirnos vivos.

Rápidamente abducido por el ambiente general, también yo había dejado atrás algunas pequeñas incomodidades y prevenciones de las que me resulta difícil desembarazarme cuando mi cabeza se levanta con el pie cambiado y no está por la labor. A esta hora de la tarde respiraba tranquilo porque a lo largo del día había sido capaz de dejarme llevar por las horas y lugares con los que íbamos tropezando, olvidando poco a poco los puntos suspensivos de los que a primera hora de la mañana parecía no poder desprenderme. Tampoco se veía ni oía por allí esa guerra que estos días nos acosa y absolutamente a todos duele y entristece, a la que, como a tantos, me ha sido completamente imposible encontrarle un motivo o justificación, además de asqueado por la abusiva y falsa información con la que permanentemente nos persiguen y acosan  malos periodistas y unos medios de comunicación que no dejan de hurgar sin vergüenza en cualquier mínima herida ajena que nada aporta y, en cambio, más y más enriquece a bandidos y maleantes habituados a vivir de una violencia que siempre humilla a otros. Las cosas son mucho más sencillas, y solo quienes pretenden falsearlas en beneficio propio se dedican a enmarañarlas confundiéndolas y confundiéndonos hasta hacernos perder de vista la verdad que subyace tras estas calamidades.

Caminamos de regreso acompañando al sol en su descenso entre cumbres que pronto lo ocultarán cuando, sin venir a cuento, vuelvo a las sombras y los pequeños detalles, sueltos que deambulan por mi cabeza y que nada tienen que ver con el día y su ocaso, o tal vez sí, pero no con la luz que nos acompaña sino con esas otras penumbras que en ocasiones nos imponemos con tal de deslumbrar antes que para alumbrar nuestros propios pasos. Y en este lento y plácido declinar me veo inesperadamente embarcado en una especie de melancólica rememoración que va deteniéndose al azar en amigos y conocidos que en algún momento también se enredaron escabulléndose entre esos tonos grises, de vuelta a sí mismos, mera ocultación, deambulando por lugares desconocidos o completamente vacíos en los que no había nada que descubrir, lo que no impedía que, con tal de mantener alta la vista, se desangraran mediante pequeñas mezquindades que apenas cubrían su desorientada cobardía, incapaces en aquel momento de aceptar que la realidad de las cosas no son las cosas según nuestro exclusivo y particular modo; mejor nada, aunque seamos nosotros mismos quienes siempre perdemos.

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Héroes

Héroe suena en principio a personaje mitológico de la Antigüedad Clásica, o un personaje histórico famoso por sus hazañas o sus virtudes, ejemplo de comportamiento y nobleza a seguir o imitar. Alguien encumbrado como excepcional, como es más que evidente que la gente normal en sus vidas normales no da para tanto, sobre todo con lo que cuesta llevarlas con un poco de dignidad y honradez, no digamos convertirlas en ejemplo para sus semejantes. A decir verdad, creo que vivimos tan asediados social y mentalmente que prácticamente no hay tiempo para otra cosa que intentar salir adelante con el menor perjuicio posible; probablemente llevar la propia vida con relativo acierto ya sea una heroicidad, pero en este caso nada tiene que ver con la palabra con la que comenzaba estas letras. Opino que las particulares y complicadas circunstancias de nuestra propia época suponen un plus de dificultad, es posible que mayor que en otras, pero, en definitiva, es lo que hay, no existe posibilidad de escape, es el tiempo que nos ha tocado vivir.

Viene esta introducción a cuento porque, sentado ante otra película norteamericana que hasta ese momento se dejaba ver, que ya no es poco, la acción acababa desembocando, de manea rutinariamente inevitable y familiar para quien esté habituado a este tipo de cine, en cuestiones y situaciones prontamente catalogadas como heroicidades, con lo que el protagonista de turno pasaba impepinablemente a ser tildado de héroe.

Si ya el tema o argumento de los héroes, o superhéroes, hace tiempo que se quedó en fast food para jóvenes más bien apáticos o con bemoles cuestionados o perdidos, si es que en alguna ocasión tuvo otro sentido, siendo toda la cinematografía dedicada al tema puro e intrascendente entretenimiento tan consumista como colonialista, pretender inventar héroes entre la gente normal a partir de situaciones que solo en apariencia no son normales suena a tomadura de pelo, más bien a fraudulenta representación de una cultura necesitada de tan recurrentes como simplistas “salidas de tono” por flagrante incapacidad para enfrentarse con un mínimo de cordura a las evidentes miserias de su propia realidad. Es un héroe el fulano que hace algo que no sucede todos los días o ayuda y se preocupa por los demás a costa o en contra de sus propios intereses, quien evita que, por ejemplo, el amigo o hermano, tozudo, despistado o simplemente estúpido caiga en el pozo que es incapaz de ver; el novio que embelesa a la sufrida y guapa chica que nunca acaba de enterarse de qué va a aquello o el papá que de pronto se da cuenta de que tiene un hijo, o una hija, a los que jamás ha hecho ni puñetero caso porque hasta entonces, tan hombre, tan vaquero ante su destino, vivía enrocado en sus propios caprichos, lealtades, convicciones, enemigos, prejuicios, fantasmas o el mismo ombligo -da igual que el héroe se apellide Eastwood, Pitt, Cruise o cualquiera de inferior rango, eso no concede ningún valor.

En la película que he tomado como pretexto para estas letras el papá -pobre- sufre y se desespera porque, tras haber hecho lo que le ha dado la gana, en un momento determinado advierte que no es un héroe para una criatura de la que nunca se acordó -papel que según su caletre todo padre ha de significar para sus hijos. ¿Un héroe? ¿No le bastaba con ser padre, cosa ya realmente complicada? Por ello no deja de ser curioso, o claramente sospechoso, también irrisorio, que una cultura tan básica, individualista y egoísta como la norteamericana, en la que el otro si no es de los tuyos es tu enemigo declarado, pretenda llamar y vender como heroicidad el inesperado y generalmente violento enfrentamiento y resolución de situaciones corrientes tomadas como si se tratara del descubrimiento de la vacuna decisiva. Recurso manido para la -¡cómo no!- heroica, emotiva, incluso desgarradora, y definitiva rehabilitación del tipo en cuestión -cuando éste ya ha vivido la mayor parte de su vida sin que le importara otra cosa que sí mismo. La victoriosa y feliz reconciliación filial del profesional famoso y respetable, del deportista notable, del delincuente de postín, del vulgar trabajador de medio pelo y su anodina vida de zombi o del tarambana irredimible regresando meritoria y felizmente al reducto de la gente corriente -para lo cual, si es preciso, se pone patas arriba el universo entero- desprende un tufo a individualismo machista que echa para atrás. Por eso en ningún momento hay que olvidar que en el desenlace ha de primar -¡ojo!- la victoria y el orgullo individual por encima de los hipotéticos beneficios mundiales, sociales o familiares. El héroe es héroe en primera instancia para sí mismo -necesidad primigenia y vital-; derrota y derrotados han de quedar bien definidos porque en función de su calidad así se engolará la vanidad del vencedor, después viene el resto.

Hoy en día la gente que pretende representar esa propaganda cinematográfica habla, sufre, ama y se ayuda sin tan heroica, pastelera y huera grandilocuencia.

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La mujer del futbolista

He de decir en primer lugar que no he visto el famoso documental sobre la mujer del futbolista -también famoso-, un tipo que debe estar orgullosísimo de su costilla, bien elegida y diligente a la hora de conseguir ese segundo sueldo tan necesario en tantos hogares para poder salir adelante; incluso puede que su mujer no haya cobrado mucho por él -¡qué tontería!-, cuando dispone de un montón de dinero que él gana para que ella pueda mostrar al mundo su victoria.

Y aunque probablemente no vaya a verlo porque ese tipo de programas no suelen interesarme -tampoco se trata de echar más leña a tan afortunado fuego-, me ha sido prácticamente imposible sustraerme a su conocimiento porque da igual el lugar donde mirara tropezaba con sueltos, comentarios e incluso columnas sobre el mismo, lo que no ha impedido, es cierto, que mi curiosidad se detuviera en algunos de ellos -aunque dicen que siempre es mejor beber de las fuentes originales para hacerse una idea cabal- y, al margen de la sorpresa porque la protagonista hablara en serio -parece que alguna prensa todavía no sabe en qué mundo vive-, echara en falta un poco de cordura a la hora de juzgarlo. Así que me voy a ahorrar el placer, o la molestia, quién sabe.

Imagino que los “abascales” de turno estarán muy felices con el programa y su enorme éxito, porque demuestra la veracidad y justicia de sus reivindicaciones a la hora de poner sobre la mesa cual es el auténtico papel de la mujer en este mundo, el que le corresponde por designio divino. Y el gran perjuicio que significa para la sociedad la maledicente violencia de ese feminismo resentido empeñado en denunciar y traicionar el sagrado puesto de la mujer como fiel compañera del varón, esa falsa, mendaz, insultante y vengativa jerigonza sobre igualdad y el lugar que ellas deberían ocupar; la permanente e histórica humillación de la que hablan sin saber, ignorando que también hay dignidad cuando cumples y haces aquello para lo que has sido creada por la naturaleza.

Por quien lo siento es por el infructuoso esfuerzo de esas otras mujeres que tendrán que soportar cómo se las siguen pasando por el arco del triunfo, merecido trofeo de hombres atentos, comprensivos y bondadosos con sus bellezas y aspiraciones, así como sabedores de la necesaria y natural condescendencia para con su sufrida y no siempre afortunada existencia. Porque las mujeres también pueden ser dignas, sobre todo cuando no olvidan y cumplen su papel de apoyo de su marido, amén de ávidas consumidoras de objetos de todo tipo -qué orgullo ganar pasta para que tu mujer presuma de gastarla como le dé la gana-; y que también sepa y entienda de lujos -como de estar guapas para ellos-, de la importancia de las cosas del hogar, los muebles -siempre los convenientes y de calidad-; también de lo que es caro, o de la indispensable y detallista preocupación por la limpieza, tan necesaria en todo hogar que se precie. Una agradecida e idílica estampa del mundo femenino tan importante para que el varón de la casa pueda largarse a trabajar orgulloso, seguro y confiado.

Nada de tópicos sobre eso del sexo débil, sino realidades como puños, tal vez por eso el documental sea uno de los programas más vistos de las parrillas televisivas, de esos que, dicen, marcan tendencias -¡qué miedo!- porque precisamente pone las cosas en su sitio, dando ejemplo del orgullo y dignidad de la mujer y mostrando que también ellas pueden triunfar. Como sería actuar de mala fe considerar que sin marido esa señora sería una completa desconocida y nadie sabría de su existencia, algo o mucho menos del cero a la izquierda que en realidad parece que es. Porque triunfar de la mano de tu hombre es hacer bien tu trabajo, por él, por ti y por tantas mujeres que aspiran y suspiran por príncipes -da igual si no son del balón- que las rescaten de su invisibilidad y las conviertan en el ejemplo deseado del éxito en esta vida.

Ignoro que diría Simone de Beauvoir si pudiera ver el documental, probablemente regresaría a su tumba triste pero feliz porque ella sí hizo la parte que le correspondía. Eran otros tiempos. Desgraciadamente la tarea puede no acabar nunca, y eso sí sería realmente malo para todos.

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Reforma laboral

Reforma laboral son tan solo dos palabras que, según quienes las pronuncien o en qué conversación aparezcan, tienen un significado bien diferente, hasta el punto de referirse a cuestiones completamente distintas y en algunos casos contrapuestas.

Es el nombre de una ley confeccionada por políticos más preocupados de su propia imagen y carrera política que de concebir leyes que hagan la vida mejor, de forma rápida y evidente, a la mayoría de una población por la que han sido elegidos y para la cual trabajan. En este caso, como en una gran parte de las leyes que se discuten en el Parlamento, se trata de un nombre sonoro con el que enmascarar pequeñas variaciones del ordenamiento laboral vigente que sustancialmente afectarán a muy pocos trabajadores, sobre todo de los estratos más desfavorecidos y peor tratados laboralmente, que verán modificados sus contratos de trabajo de forma más bien testimonial, ya que, en lo sustancial, los emolumentos que perciben y el trato que reciben apenas variarán. Se trata más bien de un gesto propagandístico que nace y muere en su misma enunciación, y que no impedirá que, una vez aprobada, dicha ley se demore y difumine en la maraña de una profusa jurisprudencia que controlan y dominan los profesionales -tal que perros tan ladradores como mordedores- a sueldo de las clases dominantes, quienes en un gesto de condescendencia, casi de caridad, facilitaron que políticos sin política se apuntaran, cara a la galería, un gesto propagandístico de sonoro pero escaso recorrido. Quienes políticamente se oponen a esta raquítica reforma laboral no merecen ser tenidos en cuenta.

Sin embargo y al margen de lo dicho, lo único realmente válido es que quien no está en la mesa donde se negocia todo aquello susceptible de ser negociable no tiene nada que hacer, y si fuera honesto tampoco que decir, porque, como todos sabemos, las palabras no bastan, nunca fueron suficiente porque vivimos y nos alimentamos de hechos.

Las dos palabras del título también son el motivo o la excusa para el discurso, casi siempre pesimista, de una intelectualidad, digamos, de izquierdas. El intelectual de derechas simplemente no existe, se trata de un oxímoron, porque este personaje no deja de ser la versión laica de una curia beligerante defensora a ultranza de un dogma esotérico y mendaz que ellos consideran casi sagrado. Cualquier discurso que no tenga como objetivo principal la igualdad económica y social entre hombres y mujeres e insista en el mantenimiento del statu quo y los privilegios y la desigualdad vigentes no deja de ser un dogma de fe que únicamente apoyarán quienes fueron favorecidos por nacimiento con una posición dominante, además de sus numerosos siervos y sicarios a sueldo. La única intelectualidad que puede decirse tal habrá de ser de izquierdas, la misma que, sin embargo y en el hecho que me ocupa, renegará de la citada reforma laboral que aparece en los medios de comunicación porque no deja de ser la misma que hasta ahora estaba en vigor, edulcorada con unas modificaciones mínimas con un coste también mínimo para la clases pudientes; suficiente para denostarla por su parte, y con razón.

Pero ocurre que esta intelectualidad poco más puede hacer por mejorar las condiciones de quienes dice hablar y defender, tanto laborales como del resto de circunstancias que asedian a los sujetos que ocupan o motivan sus textos, hipótesis y disquisiciones. Se trata más bien de otra élite que, con poca o nula capacidad de acción y siempre con retraso, intenta denunciar situaciones de hecho siempre injustas pero sin poder hacer nada por evitarlas, en parte porque sus hipotéticos afines, lectores o seguidores, es decir, el sujeto práctico de sus escritos, desconoce, no sabe ni puede acceder a ellos -o tampoco quiere. Dedicarse a vivir y las dificultades o penurias que ello conlleva no deja tiempo para mucho más, tampoco para interesarse y comprender teorías, planes y consignas de unos supuestos benefactores que aseguran ver mejor que ellos sus problemas, pero desde su atalaya, en ocasiones a años luz del terreno de trabajo. Esta élite intelectual de izquierdas, o progresista, como les gusta decirse, se ha habituado a teorizar y discutir entre sí sobre otros por los que nada puede hacer, aparte de hablar y proponer con más o menos brillantez; lo que provoca una especie de endogamia intelectual de recorrido exclusivamente académico con principio y fin en sí misma, desgraciadamente con poco o nada que hacer respecto a la cruda realidad humana que cada día se desarrolla bajo la luz del sol.

El tercer elemento es precisamente la parte de la población para la que, según todos, ha sido hecha esta reforma laboral, o felizmente conquistada; una parte de la población que jamás leerá el propio documento para saber qué es lo que exactamente dice y cómo le afecta -ni mucho menos fiarse de quienes la venden con grandes titulares que esconden más que dicen. Este último grupo, como dije más arriba, bastante tiene con vivir e intentar salir adelante con un mínimo de dignidad y sin pagar un peaje muy oneroso por ello. Esta ley no les sacará de su miseria, tampoco les hará más felices, únicamente un poco menos desgraciados. Es su sino, son la población real de la que todos gustan hablar pero entre la que nadie quiere estar, ni pertenecer, tampoco sus mismos integrantes, ansiosos por hacer lo imposible por levantar el vuelo y salir de ella.

Estos tres ejemplos, vulgares y corrientes, son tres de los numerosos nichos, o estamentos, o clases, o mundos distintos que contiene y admite una sociedad como la nuestra, unidos en este caso por un concepto en principio común, reforma laboral. Mundos, sin embargo, que viven solapados entre sí o a costa unos de otros y que pese a utilizar las mismas palabras no usan el mismo lenguaje, ni tienen la misma concepción de la vida, ni la sufren de igual modo, como tampoco la viven. La misma simulación de siempre dando cobertura a la idea de que este conglomerado de nichos separados funciona y constituye lo que suele decirse una sociedad global, o una democracia… Mientras que los integrantes de estos mundos parciales, así como los de tantos otros como caben entre nosotros, no desciendan a la misma arena y acuerden un lenguaje común que hable de cosas comunes e iguales, con significados y valores reales e idénticos en todos ellos, seguiremos ocupando y hablando de relatos distintos, permanentemente enfrentados y en el fondo despreocupados o inoperantes a la hora de perpetuar la explotación milenaria de unos pocos sobre la gran mayoría de los habitantes del planeta.

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