Chismes

Que una mujer haga públicas las cartas de amor dirigidas a ella por uno de sus amantes -en este caso un Premio Nobel de Literatura- puede ser una frivolidad, una indiscreción o una solemne memez que a nadie interesa. Una falta de respeto hacia el amante, también motivo de escarnio -aunque es cierto que son exclusivamente suyas- o simple desprecio. Un buen negocio mediante el que enriquecerse y ahondar en su codicia o una muestra más de las miserias humanas. Para un lector indiferente algo curioso y hasta gracioso, o un motivo de tristeza y vergüenza ajena si el lector tiene al autor de las misivas como referente. Una bajeza o la confirmación de que, independientemente del origen, el lugar o la clase social, ese tipo de manifestaciones son básicamente idénticas, con sus puntos de sincera candidez, frivolidad y vulgaridad de la mayoría de los actos y manifestaciones humanas.

También puede ser un motivo de conversación en una sobremesa al que sumarse porque la propia banalidad del tema da pie a todo tipo de opiniones y comentarios, jocosos y menos, incluido cruel sarcasmo. Estando entre los presentes quienes, sin ocultar un enfadado desprecio, aseguraban sin asomo de duda que el ladrillo en el que van incluidas las cartas no deja de ser un zafio negocio carente de cualquier interés. Más de lo mismo, la enésima aparición pública de alguien con muy poco que ofrecer – ni siquiera escribir sus propias andanzas, trabajo de negros probablemente pagados en ídem-, o si, ganar dinero a costa de los hombres que han pasado entre sus piernas. Claro, en la conversación también aparece aquello de a quién puede interesar semejante engendro, qué busca un lector o lectora además de vulgares chismes que no nos dejan en general en muy buen lugar.

Hay quienes aún recuerdan la justificación, o excusa, del ilustre escritor cuando se le acabó el fuelle, asegurando públicamente que su enamoramiento había sido una cosa de pichula, no de corazón (¿?) Lo que hace aún más ridículas las famosas cartas y patéticamente senil al implicado; hay ocasiones en las que es mejor permanecer callado, y no solo por obligada y pertinente prudencia. También están los sorprendidos porque, tras leer algunos pasajes de las cartas en la prensa, un tipo de edad, o mucha edad, y tal prestigio literario se exprese mediante tales frivolidades y recursos de adolescentes que parecen extraídos de manuales de autoayuda juvenil. A lo que alguien apunta por qué en este caso tenía que ser diferente si se trata de amor, y en el amor verdadero la edad no es ningún problema; comentario puntualizado por otro lado, con toda intención, advirtiendo que quizás ese lenguaje era el único que podía entender la pareja, ella, no siendo conveniente expresarse y abusar de una retórica excesivamente poética y erudita, no vendría a cuento porque no sería entendida por la parte femenina. Además, se trataba de decirle que se le ponía dura cada vez que la veía.

También estaban quienes en su momento no entendieron semejante desliz masculino, tal vez un sorprendente e inopinado reblandecimiento cerebral producto de los años que obnubiló la percepción de la figura, procedencia, afinidades y dedicación de la amada. Y estaban quienes, rizando el rizo, argumentaban que fue la señora la que lo embelesó para apuntarse la última muesca en su amoroso muslo, tras el mundo del espectáculo al que pertenecía su primer marido, el rancio y aristocrático abolengo que representaba el segundo, seguido de las silenciosas alfombras del poder del tercero en la lista y, finamente y como remate, el elitista mundo de la cultura que ejemplificaba este último enamorado, el de las cartas, aviniéndose también a saborear sus más íntimas delicias. Quién puede presumir de haber tenido entre sus piernas lo mejor de lo mejor de cada uno de las talentos humanos. Toda una proeza difícil de igualar.

En fin, copa va copa viene pasamos un buen rato entretenidos charlando de las miserias humanas, sin finalmente ponernos de acuerdo sobre la pertinencia u oportunidad del libro, el negocio, las cartas y las debilidades de la vejez; en el fondo a todos nos daba igual. Y para disipar dudas y desacuerdos alguien remachó la tarde con un ¡que se joda! si a ella le apetece publicar las cartas, por lo que sea, me parece muy bien, y si con ello lo deja en ridículo que hubiera sido más espabilado; tanto Nobel, tanto Nobel, si luego era tan simple como el que más.

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El mal (algunas consideraciones)

Se me ocurre que estaría bien preguntar ¿qué es el mal? ¿qué se entiende por maldad? ¿si alguien puede ser y calificado como malo e ir repartiendo maldad a diestro y siniestro mediante algunos o la totalidad de sus actos? ¿si definiríamos a alguien como malo sin necesidad de justificarlo de cualquier modo, con tal de salir del paso y no mojarnos con una respuesta demasiado directa acerca de las malas intenciones y consecuencias de sus actos? ¿Si nosotros, cada uno, ha cometido actos malvados a sabiendas, sin el interesado y tramposo comodín “no tuve más remedio”? ¿si cuando hablamos de la gente y sus comportamientos nos atreveríamos a afirmar que ese o aquel otro es una mala persona? La cuestión es tan interesante como escurridiza, o directamente inconveniente, y me temo que casi nadie -siendo un poco indulgente con el casi- osaría meterse en tales berenjenales, en parte por el propio autoexamen de conciencia que provocaría el tema en uno mismo. Todo ello si exceptuamos a aquellos que se sienten por encima del bien y del mal en cada cosa que dicen y hacen, iluminados poseídos por unas certezas divinas, santamente justificados en todos y cada uno de sus actos. Hablo de personas de carne y hueso, no de casos patológicos con problemas de madurez y un exceso de soberbia a los que les gusta ofrecerse como oro en paño, incapaces de comprenderse y asumirse a sí mismos, pedir ayuda o, de no ser así, desaparecer y de ese modo librarse, y librarnos, de su anacrónica existencia.

También sería importante a la hora de hablar del mal acordar dónde queda el espinoso y resbaladizo, así como interesado, terreno de la consciencia o inconsciencia de los propios actos. Del mismo modo que el exclusivo y envenenado “por omisión”. Pero ahora no vienen al caso.

Quizás habría quienes respondieran que el mal, así como el bien, son el resultado de una especie de acuerdo no escrito entre humanos -cuestiones morales-, una modalidad de contrato social que variaría según el lugar y el grupo en el que uno hubiera venido a este mundo. Podría valer si no se tratara de una pregunta referida únicamente a comportamientos individuales, con lo que aquellos contraatacarían afirmando que eso es casi imposible porque el hombre es un animal social, lo que también sería un muy interesante, pero otro, tema de conversación.

Tampoco se trata de salirnos por la tangente afirmando, tal que eruditos sin arrobo de vergüenza, que el mal es la ausencia del bien, como si las abstracciones mentales fueran la única y aséptica respuesta a cuestiones tan reales, más bien una huida hacia adelante, desistimiento torticeramente asumido o incluso mera cobardía; o nos dirigiéramos a niños o a cándidos adultos empeñados en escapar de sí mismos esquivando chapuceramente temas tan impertinentes.

Puede que nos de apuro hablar del mal -para algunos ni en pintura- porque de inmediato nos veríamos en algún momento de nuestra vida cometiendo un acto que objetivamente sería tachado como malo, también por nosotros. Aunque es más que probable que la maldad, o los actos y comportamientos con resultados susceptibles de ser calificados como malos, no deje de ser una de las características de la especie, o directamente la especie, sin peros que valgan.

Tremendo marrón con el que tuvo que tragar, por ejemplo, el cristianismo cuando hubo que vender aquello de que el hombre, a imagen de Dios, en el fondo era bueno… pero se torció por el camino -para lo cual fue preciso inventar el Paraíso y con él justificar de algún modo tal inconveniencia. Falsa y más bien cínica aseveración, eso del bien, porque la especie es la especie, y entre la infinita variabilidad de sus actos existen los que ella misma decidió en algún momento calificar como malos; desde el principio de los principios. Ahora vendría la afirmación de que el mal solo es ignorancia… ¿seguro? Un ejemplo, ateniéndose exclusivamente a la tremenda realidad de sus actos ¿tildarían ustedes a Trump de ignorante?

A partir de tales apuntes, consideraciones y quizás para algunos auténticos exabruptos no sería nada exagerado sostener que, como contrapartida, el bien (en toda su pureza) jamás ha existido al margen del retiro abstracto en el que Platón decidió instalarlo con la pulcra y elevada intención de no mancharlo con la dolorosa realidad del comportamiento humano -ejemplificado en la pública condena de su maestro, Sócrates-; y a continuación el  cristianismo divinizó. Que sería casi lo mismo que arrebatar al hijo de los brazos de su madre, si no fuera porque en el caso del mal tal actuación haría desaparecer directamente a la madre.

Que Platón intentara salvaguardar el bien situándolo en su perfecto mundo de las ideas solo sirvió para él y los suyos, para la filosofía y por supuesto para la religión, que encontró un buen motivo para mirarlo de perfil sin tener que enfrentarse de forma directa a interrogantes tan terrenales y prosaicos. Pero el mal, es decir, la especie humana, ha seguido existiendo, haciendo y comportándose del mismo modo, incluso hubo, y quizás todavía hay, para quienes el mal es el motor de la evolución de la especie; y puede que tampoco les falte algo de razón.

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Música

En una conversación entre amigos alguien hizo un comentario sobre un tema del que probablemente sabía más que yo, cosa nada extraña, hablaba de las fábricas de intérpretes automáticos que son los Conservatorios de Música, miles de chavales adiestrándose en aprender, memorizar y practicar una serie de obras y modelos hasta conseguir interpretarlos con los ojos cerrados, sin pensar. Carne fresca para renovar los integrantes de tantas orquestas, nacionales e internacionales, de música clásica dispuestas para, año tras año, interpretar las mismas obras y los mismos autores; casi como si no hubiera pasado el tiempo.

Es más que evidente que muchos de nosotros no sabríamos vivir sin música, yo incluido, y su interés e importancia en cuanto a desarrollo personal, aprendizaje o mero disfrute y divertimento es algo más que necesario por las infinitas posibilidades que procura, tanto al cerebro humano como a nuestro propio goce; todo esto ni siquiera es discutible. Pero adiestrar niños de forma estajanovista hasta conseguir que interpreten y repitan, mucho más que de memoria, obras y autores denominados clásicos con tal de formar un diestro y numeroso remanente de aspirantes a rellenar los huecos que otros van dejando en las numerosas orquestas que existen en todo el mundo es una cosa muy diferente.

¿Cuántos de esos niños acaban quemados y expulsados de los conservatorios porque más que aprender y divertirse han de sufrir una interminable tortura practicando con instrumentos que con el tiempo acaban aborreciendo? ¿Cuántos son capaces de salir indemnes para luego dedicarse a la música de forma mucho más relajada y divertida, incluso vital?

¿Qué significado tiene hoy la música clásica? ¿Por qué se sigue interpretando -al margen de su aprendizaje como modelos- y en función de quiénes o qué intereses? ¿Está de algún modo relacionada con la población, con el presente, o sigue siendo un coto de exclusividad al que se accede por familia, educación y prestigio? ¿Existe un progreso, evolución y proceso creativo -imagino que sí- en lo referente a la llamada música clásica? Algo desgraciadamente intrascendente, más bien inexistente para el público en general, ya no digamos para esa casta abonada a salas de conciertos y opera -esos “templos de la música”- que gusta regodearse en los mismos temas y autores mientras se miran el ombligo entre el desinterés y la íntima envidia del resto de la población.

Cuántos de los miles de chavales que pueblan los conservatorios de música sienten la música en su aspecto creativo o divertido y no como mero proceso repetitivo, ad infinitum, de los temas y composiciones de un hermético repertorio al que se sienten completamente ajenos, sino directamente odiado.

Qué entienden estos niños y jóvenes por música, ya no digamos creación musical o mero disfrute, variando, curioseando e interpretando según su propio carácter y gusto. O más bien esa música con la que batallan diariamente es un encarnizado enemigo al que vencer una y otra vez hasta interiorizarlo como completamente propio. ¿Dónde está la puerta del placer y disfrute de lo aprendido? O eso viene luego, o nunca. Y no digamos enfrentarse al maestro, profesor o tirano de turno empeñado en hacer repetir y repetir procedimientos y temas de una música que al final acaba perdiendo el alma convertida en un proceso mecánico casi perfecto despojado de cualquier atisbo de humanidad. Probablemente se me dirá que si no hay esfuerzo y sacrificio no hay música, en principio de acuerdo, pero dónde queda el alumno, ¿tiene alma? o quizás se trata de otro cobaya de una prolija y minuciosa investigación mediante la que descubrir talentos a los que manipular y exprimir, casi hasta la extenuación, con la promesa de que ellos son únicos. ¿Exactamente en qué? ¿dónde quedan ellos?

Da escalofríos imaginar una sala de conciertos abarrotada de hambrientos y exclusivos entendidos dispuestos a triturar al menor error al incauto y presunto genio con el valor necesario para plantarse ante ellos e intentar hacerles felices en la renovación de su insano poder musical.

Igual todo esto va de que Julia Roberts se mee de gusto en un palco exclusivo tras escuchar la enésima versión de una ópera del siglo XIX. Después de todo las prostitutas también pueden tener cierta sensibilidad, sobre todo para alcanzar a otear mínimamente las cultas y exclusivas cumbres del poder. ¿Por qué no habría de ser así? ¿Entonces?

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Sangre

Hay personas mejor o peor tratadas por la vida, golpeadas por desgracias físicas o amorosas, en algunos casos cruciales o definitivas, que pasan a renegar de forma visceral de quienes finalmente acaban siendo culpables para siempre. Incluidos aquellos que en su momento fueron sus más fervientes enamorados/as, merecedores de todo el cariño y confianza, luego odiados y despreciados desde el seguro refugio en el que pasan a convertirse la familia y la sangre, el más leal y sincero, como si éstas no fueran, asimismo, una realidad forzosa e inevitable, abnegadamente ajena a toda crítica, en el interior de la cual se asume y condesciende con personajes, imposiciones, prejuicios y situaciones que probablemente fuera de ese cerrado ámbito familiar serían motivo de desprecio y abandono.

Y qué importancia damos a esa familia, o al clan, y cuánta a nuestras propias decisiones, convertidas en elecciones -también fracasos-, siempre puede ser un interesante motivo de discusión, quizás para algunos innecesario puesto que en todo momento saben en qué lado están, a quién pertenecen, qué sangre corre por sus venas, siendo todo lo que no sea esa sangre y los suyos objeto de desconfianza, recelo o rechazo, o directamente un peligro latente que hay que tratar con suma cautela o mantener lo más alejado posible.

Es cierto que no podemos desprendernos de la noche a la mañana de unos orígenes que, además de genéticos, engloban un periodo de nuestras vidas muy importante, la base psíquica y social del futuro adulto, el necesario desarrollo personal que debería tener como colofón deseable el abandono de ese grupo íntimo y tan cercano al que estar, si todo funciona más o menos bien, eternamente agradecido. Pero hasta ahí. Permanecer en aquél más de lo deseable puede ser tan contraproducente como frustrante, sino peligroso. Y atar, de haberla, a la propia descendencia a esa familia o clan como consecuencia de fracasos o errores propios un desafortunado despropósito, un malvado comportamiento cuando, en algunos casos, existen terceros a los que se pretende dañar de forma vicaria haciéndoles sufrir como consecuencia de nuestros propios traspiés; puro rencor y resentimiento, cuando no directamente odio.

Hay situaciones desafortunadas y/o desgraciadas necesitadas de, en primer lugar, un inmediato periodo de reflexión y una imprescindible recapitulación capaz de advertir y aislar tanto los agravios como los propios errores, que probablemente los habrá; reconocerlos y, lleve el tiempo que lleve, solucionarlos o ser capaz de dejarlos en un segundo plano, porque la vida continua. Pero convertir a los propios hijos en el arma de nuestra venganza es bastante más que una mala acción, de ningún modo justificada o justificable, por muy dolido que aquel, o aquella, pueda sentirse. Como tampoco es justo y honesto, obnubilado por tan aciagos momentos, dimitir de la propia vida haciendo de ella hasta entonces una completa manipulación por la otra parte, y con ello justificar burdamente comportamientos y decisiones propias; una decisión tan irracional como absurda cargada de las peores y vengativas intenciones. Tales desvaríos deberían desaparecer lo antes posible, porque su infeliz contrapartida significa perder la sensatez y convertirse en un alma desgraciada, rencorosa y permanentemente resentida, incapaz de reconocerse y aceptarse a sí misma -incluidos los propios errores propios y las malas decisiones-; y ya no digamos ejercer de cruel manipuladora de terceros más pequeños en los que inculcar el enorme y vengativo error de hacerles creer que fuera de la propia familia solo hay maldad. Como si las familias fueran seguros y eternos nidos de paz.

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Intereses

La vuelta del tema de la mano de un grupo ultracatólico que se interesa por la vida mientras deja que las guerras, el hambre y la pobreza eliminen a los, según ellos, elegidos por Dios para sacrificarse por el resto aceptando sin rechistar Su voluntad, no deja de ser otro intento de imposición de sus propios intereses, en su caso sinónimo de ideología, esa palabra de la que gustan echar pestes cuando se trata de quienes piensan diferente. Porque para esta gente nada hay más natural que sus propios intereses, su ideología, y juzgarlos o criticarlos sería como juzgar y criticar el “orden natural” de las cosas.

Vuelve el aborto a las primeras páginas sin que ninguno de estos bocazas machistas, religiosos o no, siga sin querer entender y aceptar que una mujer siempre es dueña de sí misma a la hora de tomar sus decisiones -una aclaración, una mujer también es una “persona humana”, como nos descubrió hace poco el espanto del señor Feijóo sin que él mismo supiera lo que decía, cuando solo tenía que acudir al diccionario de la RAE a la hora del significado de persona, dejando, en cambio, con ello al aire unas carencias que ni siquiera llegan a intelectuales, vamos a dejarlas en una normalidad bajo mínimos.

Parece ser que estos tipos saben tanto de lo que les sucede a las mujeres después de abortar que han inventado una enfermedad. En cambio, les importa un pimiento la difícil y traumática decisión de llegar a ese extremo -tal vez porque ellos se consideran mejores “personas humanas”-, y no hacen nada a la hora de disponer los medios y la asesoría médica y psicológica antes de tan desagradable paso, prefiriendo que se haga casi de forma clandestina en este país. Aunque puede que su conocimiento del tema tenga que ver con que en sus rijosos deslices conyugales o extraconyugales suelen acudir al aborto para evitar problemas de paternidad extramatrimonial, patrimonios o herencias, sus auténticos intereses -su ideología-, importándoles un pimiento lo que les suceda a las mujeres después, excepto en los casos en los que ellas decidan tocarles las narices. Pero tal vez la enfermedad la sufran ellos y se trate de su obtusa cerrazón a aceptar que la voluntad de una mujer, al igual que la suya, es lo único aceptable. Y si lo ven tan mal podían colaborar poniéndose en contacto con ella y, por ejemplo, ofrecerle cincuenta millones de euros limpios de polvo y paja, de su dinero, claro -es por Dios. Luego, una vez “salvado el neonato”, ella podría hacer lo que mejor considerara, tanto con el recién nacido como con su apreciado dinero, estuvieran ellos de acuerdo o no. Pero me temo que tampoco, para esa gente el dinero son sus intereses -su ideología-, y eso no se toca.

Como también es difícil de entender que los señores obispos sepan tanto de esa misteriosa enfermedad como consecuencia de abortar. Quizás es que, incapaces de sujetarse los bajos como Dios manda, han de obligar a sus subyugadas feligresas a abortar para guardar las formas y también proteger sus intereses -su ideología.

En fin, que los mismos hombrecetes de siempre tengan que volver a soltar la lengua para escupir ninguneando la voluntad de las mujeres, a las que nunca han aceptado ni aceptan como iguales, tiene bemoles. Y que sus reaccionarios y católicos intereses -ideología- sea lo que haya de prevalecer es excesivo. En lugar de fanfarronear y tratar de imponer harían mejor proporcionando medios, ayuda e información a cada mujer que se vea en semejante compromiso, amén de respetar su voluntad -único punto, ni cuestionable ni rebatible, del asunto.

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Mujeres

A poco que nos fijemos a nuestro alrededor cuando estamos en la calle, de paso o en cualquier lugar público o privado, no nos será difícil detenernos en esos grupos de mujeres, de edad y de más edad, que habitualmente se dejan ver paseando o reunidas en pueblos y ciudades. Grupos animados en los que la charla suele conducir la reunión, da igual los motivos, que los habrá para todos los gustos, siendo probablemente secundarios frente a la mera y primordial compañía y relación entre ellas.

Seguro que hubo una primera vez que no recuerdo con exactitud, o quizás no fue tal sino su simple y continua frecuencia, advertir su reincidente presencia y en algún momento pensar en una casualidad o coincidencia, tal vez el lugar o el momento del día, ¡qué sé yo! los motivos pueden ser tan numerosos. Por lo que comencé a fijarme más en ello y entonces deseche definitivamente las casualidades o coincidencias, todo lo contrario, también me deshice de la repetición porque tampoco era el caso, sino que se trataba de una realidad contante y sonante que asomaba en cualquier lugar en el que me hallará, de forma más o menos habitual o de paso.

Cosa que no sucede, sin embargo, con los hombres, algo así parece imposible entre ellos; da igual el momento, la hora o el lugar, en ningún sitio existen o se dan esos grupos livianos y en apariencia intrascendentes, de andar por casa, en los que prima por encima de todo la compañía, la necesidad de relacionarse y hablar -quizás y únicamente entre los más jóvenes. Y que grupos tan característicamente humanos como estos solo se den entre mujeres no deja de ser más que curioso, tal vez porque la parte más social de la especie siempre ha estado en el lado femenino de la misma. Los motivos ahora no vienen a cuento, que probablemente los habrá y muchos, más y menos descritos y estudiados, más y menos interesantes, decisivos, represivos, marginales etc., pero, repito, este no es el lugar.

Vestidas con más o menos decoro, acierto o elegancia, eso sí lo da el lugar, pueblo, ciudad y estrato social del que provienen; en la mayoría de los casos fácil de advertir debido a prendas y tonos, más que colores, modelos y patrones comunes según dónde y quiénes, o modas que dicen tanto como ocultan.

En cualquier caso es inevitable pensar en los hombres cuando se las ve pasar o se coincide en algún lugar junto a uno de estos grupos. Porque de ningún modo se trata de mujeres que vivan o hayan vivido siempre solas. Es cierto que cuanto más jóvenes más probable que exista algún hombre haciendo o practicando cosas de hombres en lugares socialmente menos comprometidos; como que, ya en edades más avanzadas, en una gran mayoría se trate de viudas con todavía cuerda para rato.

Cuáles son los temas de conversación en estos grupos de mujeres y en qué modo priman es algo tan curioso como inaccesible, si propios o respecto a los suyos, díganse padres, maridos, hijos, familias o casas; también trabajos, remunerados o no, aficiones etc. Pero creo que en todo ello lo más importante es la misma conversación como indispensable y obligado revitalizante de la propia existencia, más allá de, en tantos casos, su inevitable y también necesaria intrascendencia. ¿También de amores, locuras o sexo, o cómo les va o les ha ido?  O todavía su papel secundario en la sociedad, además del peso de la ancestral represión, marginalidad, violencia y sumisión histórica, reconvertidos en prudente y decente vergüenza, impiden según qué temas o conversaciones hasta cuando se encuentran a solas, a salvo de miradas u oídos indiscretos. A estas alturas de sus vidas ¿sigue habiendo algo más a lo que vencer o enfrentarse, al margen de la propia intimidad?

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Cutrez

Se ha armado un pequeño revuelo, solo entre quienes esporádica o habitualmente leen, porque una influencer a la que probablemente solo conocían las almas que la siguen en busca de un norte -cualquiera que no suponga mucho esfuerzo- mostrara unas estanterías con algunos cachivaches jactándose públicamente de su ignorancia literaria, puesto que para ella eso de tener libros y leerlos solo es una moda que siguen cuatro gatos que, además, se creen mejores por leer; o sea, que eso de los libros solo es una “tendencia” más a la que no hay por qué darle más importancia de lo que ella lo hace mostrando sus anaqueles completamente libres de esos acaparadores de polvo que son los libros. Pensamiento, por darle algún nombre más bien injusto, con el que comulgan muchas de las personas que se dedican a tales menesteres audiovisuales y probablemente sus seguidores comparten, porque, si básicos son aquellos, estos últimos todavía no llegan a la b, por lo que necesitan que alguien de “más altura” les oriente e indique el camino mostrándoles que hay vida más allá de la a.

La respuesta en redes y medios de información quizás haya sido demasiado desaforada, puesto que todo tipo de plumas más y menos prestigiosas se han dedicado a destapar y afear las presuntas carencias de la señora en cuestión, además de mostrar la desvergüenza de creer y afirmar públicamente que tu ombligo es el centro del mundo, lo que en cierto modo significa que todos los ombligos son iguales, afirmación tan aventurada como presuntuosa y conflictiva, pues si cada hijo de vecino posee su correspondiente ombligo, también es cierto que muchos de ellos entienden que de lo que no se sabe o conoce es mejor callar. El mundo es muy grande y hay personas que tienen la curiosidad o fea costumbre de aprender e interesarse por aquello que les parece atractivo, actitud que, para quien ha decidido permanecer en la orilla remojándose los tobillos como manifestación de sus propias limitaciones reconvertidas en férrea voluntad y auténticos e inalienables derechos, carece de toda importancia o, lo que es peor, se trata de una veleidad de intelectuales -con ese tonillo despectivo que muestran los complejos de inferioridad nunca asumidos- con ínfulas que se creen por encima de los demás. Hasta ahí llega la insolente y arrogante ignorancia de muchos de nuestros coetáneos.

Pero, y es a lo que voy, no solo en las redes pueden admirarse ejemplares tan, no sé si decir desatinados o directamente estúpidos, porque, y esto es algo aún más asombroso que al parecer nadie ha tenido en cuenta o advertido, no deja de ser… (calificación; ¡uf!) que en el suplemento literario de un periódico nacional aparecieran los graznidos de una señora que se dedica a rellenar hojas con dibujos y sentencias más bien breves -al parecer anclada al personal convencimiento de que la creatividad está reñida con el esfuerzo, mucho peor si es prolongado. Desconozco los propósitos por parte de la dirección del suplemento literario a la hora de hacer saltar a la palestra a semejante personaje -igual tenía que ver con lo “alternativo”, si es que todavía existe. Pues bien, tal lumbreras revelada asegura que “leer libros enteros está sobrevalorado”, y que ella, tan fascinante como fascinada, es capaz de “a partir de un fragmento de un libro empaparse de todo su espíritu”, todo esto sin previo ni anestesia. También decía otras cosas que ahora no vienen a cuento ni merecen la pena, muy a tono con lo que más bien parecen serias limitaciones, aunque en su caso no sean tales, sino elecciones genuinas -similar a la influencer de más arriba pero mejor, porque ésta se dedica a crear (¿?).

En este caso, repito, no han aparecido alarmados ni ofendidos, que yo sepa. En lo referente a la primera señora, es cierto que a veces uno se sale del redil y acaba pisando charcos que no son los tuyos dejando a la vista tus vergüenzas, pero un error lo tiene cualquiera y, de no ser porque el charco era realmente grande, de ningún modo habría alarmado a quienes no estaban ni conocían su cuerda. Pero que un suplemento literario, en función de ignoro que postura o criterio a seguir, de cabida en sus páginas o una señora que no tiene reparos a la hora de tales afirmaciones -algo así como: se van a enterar estos de quién soy yo si creen que me van a amilanar cuatro intelectuales con el cerebro reblandecido por los libros-, es otro cantar.

En fin, que la estupidez y precariedad intelectual parece que no tienen límites, así como la magnitud de los ombligos. Porque no se trata de que una se dedique, por los motivos que sea, a esto o lo otro -es que me considero muy creativa-, sino que en una necia muestra de pedantería sea capaz de sacar los pies de mi coqueto y creativo tiesto afeando la presuntuosa costumbre de leer libros hasta el final a quienes, pobres, todavía siguen atrapados entre las tenebrosas y amenazantes sombras de la lectura, es para mear y no echar gota. Igual estas adalides de la cutrez son un objeto a estudiar -el luminoso futuro que nos aguarda- y yo aún no me he enterado.

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Profetas

Asistir al concierto de un artista que se mueve en las antípodas de la música que sueles escuchar y con el que no te identificas no deja de ser una curiosidad que no tiene por qué salir bien. Se trata de otra cosa. Y ver en el escenario a un paisano del que has oído más cosas malas que buenas, comentarios despectivos y denigrantes, acusaciones de estúpido y arrogante, además de todo tipo de desprecios no es como para echar cohetes. Pero, siempre hay un pero, ver un directo como el que este hombre es capaz de poner en juego te obliga a unos puntos suspensivos que necesariamente hay que llenar. Primero, dejando a un lado todo lo oído y admitiendo que alguien capaz de mostrarse tan sincero, directo y cercano con su público sobre un escenario es alguien que hace bien las cosas, y eso en los tiempos que corren ya es mucho; estamos cansados de soportar a supuestos artistas que cuando tienen que subirse a un escenario lo hacen temiéndolo tanto como despreciándolo, sobre toda a esa multitud que no deja de pedirte más y que, desgraciada o afortunadamente, es a quien debes lo que eres, o crees ser. Y como segundo, aunque no sea necesario y sí mucho más importante, congregar en dos días a más de quince mil personas con un espectáculo y una producción de primera línea en un pueblo de treinta mil habitantes son palabras mayores.

Es la música que es y son los tiempos que corren, y probablemente más de un “auténtico” dedicado a la música pagaría por llenar como este hombre lo hizo. Y no valen excusas de modas, redes sociales, apoyos de grandes multinacionales, negocios millonarios para otros, etc. Qué mala es la envidia, da igual si en el pueblo y entre los tuyos o cuando has sido capaz de hacerte un hueco entre los que, siempre según quienes lo ven y te ven con esa misma envidia, no daban un duro por ti. Se trata de la palmaria realidad de los hechos, luego podrá discutirse sobre lo que uno le apetezca o tenga tiempo, pero el sol volverá a salir al día siguiente y lo que sucedió sigue ahí, luciendo los mismos números. ¿Y el futuro? La obligada y tramposa pregunta por parte de aquellos que gustan predecir las caídas -de otros- porque se empecinan en no dar su brazo a torcer… Pero qué significa el futuro cuando los esfuerzos para lograr lo que ahora tienes y disfrutas han dado resultado; absolutamente nadie se dedica a llorar por lo que estás tocando con las manos, en todo caso de alegría.

Si este hombre cantara en inglés y se trasladara a vivir a “yanquilandia” -sería interesante e ilustrativo preguntarle, por ejemplo, a Rosalía el por qué- probablemente su carrera cambiaría sustancialmente; sus letras no difieren del personaje en cuanto a sinceridad e intenciones. Porque creo que a todos nos sorprendió la primera vez que traducimos al castellano las letras de nuestros artistas y canciones preferidas, muchas de auténtica vergüenza ajena en cuanto a simpleza y contenido, pero era la música lo que más nos interesaba, nos conformábamos. Como probablemente y de residir fuera aspiraría a los premios más prestigiosos de la música internacional, pero de momento él prefiere permanecer aquí, en su pueblo y entre su gente, algo que no deja de ser tan curioso como aventurado en el resbaladizo mundo en el que se mueve, además de contradecir de forma flagrante aquello de que nadie es profeta en su tierra. Pero así están las cosas, y es de justicia que de seguir mostrándose tal cual es y haciendo y cumpliendo lo que él mismo ha elegido, tanto para él como para los suyos, además de ser capaz de renovar los éxitos que ahora mismo lo encumbran, se convertiría en un ejemplo de eso que nos gusta llamar auténtico. Pero esa parte todavía está por ver.

Así que, puede ser que la próxima vez que me pregunten de donde soy y conteste tenga que oír, ¡anda! del pueblo de Dani Fernández.

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La fiesta

A juzgar por la decoración de la sala bien podría decirse que se trataba de una fiesta de cumpleaños infantil, globos, banderines, cuerdas colgantes, tiras de muñecos recortados y más colgaduras de colorines, además de adhesivos dorados y plateados con formas de campanas, lunas, soles y monigotes profusamente arrojados sobre cualquier superficie susceptible de soportar una banda adherente; quizás faltara una pancarta gigantesca con el nombre del homenajeado, pero los que sí estaban eran los inevitables y llamativos globos representando cada una de las cifras del aniversario, único detalle por el que cualquiera un poco avispado deduciría que, al contrario de lo pensado en un primer momento, aquello no se trataba de una fiesta infantil.

Lo que no impidió que, más bien facilitó una vez dispuso de un buen lugar donde ponerse cómodo, puesto que aún faltaba tiempo hasta la hora de comienzo del evento y no tenía ganas de censurarse por su, a juzgar por el vacío de la sala, precipitada aparición, se preguntara por la pertinencia, o necesidad, de aquella excelsa y profusa explosión de alegría infantil. Es cierto que no tenía nada que hacer hasta la hora que aparecía en el tarjetón y pensó que siempre habría alguien como él, sin prisas y sin nada mejor que hacer, con quien charlar mientras aquello cobraba ambiente. Desgraciadamente se había vuelto a equivocar y allí estaba, sentado en solitario y sin nada que llevarse a la boca para refrescar el gaznate.

Había comenzado a intrigarle el motivo por el que una fiesta de cumpleaños de un adulto ha de parecerse, como dos gotas de agua, a la de un niño. Aparte de una sonrisa sardónica e incrédula se le escapaba el significado de los globos, los adhesivos y las colgaduras de colores que al parecer no tenían otra función que dar color a aquello, pero un color un poco fuera de sitio y algo chabacano e insustancial, por no decir falsamente incontinente, un modo de celebración respecto a la cual el protagonista, si no se había equivocado y se trataba de quien conocía y le había invitado, era por carácter más bien contrario, sino ajeno e indiferente ante aquel frívolo espectáculo.

Pensaba que un adulto no es un niño, algo que no es ni mejor ni peor sino lo que toca, incluidas las muchas buenas cosas que tiene crecer y madurar, despojado al fin de rémoras y frustraciones infantiles que en la edad adulta dejan de tener sentido o justificación, claro, si es que el protagonista ha abandonado la infancia y madurado con un mínimo de fiabilidad tomando su vida como lo que es, y no la definitiva y desgraciada pérdida de una inconsciente felicidad infantil. A su juicio, un adulto que piensa y se comporta como adulto, incluido celebrar un cumpleaños, porque y por supuesto a todos nos gusta celebrarlos, independientemente de signos estúpidos de crecimiento y transcurso de años que inevitablemente son, debería de hacerlo de otro modo, de un modo más sabroso y alejado de toda aquella infantilizante parafernalia. Aunque a juzgar por lo que le rodeaba quienes habían organizado aquello no lo veían del mismo modo, y se preguntaba qué pensarían de una organización y decoración, por ejemplo, cuidada, escogida, delicada, elegante o detallista, que siempre puede ser, y de hecho lo es, mucho más acorde con lo que allí iba a celebrarse dentro de no mucho tiempo.

Y llegaba a perderse a la hora de intentar descifrar qué especie de temores o aprensiones atenazan a personas que se esfuerzan en cada uno de sus actos y gestos por manifestar y hacer extensivos comportamientos claramente infantiles; a qué le temen, qué pretenden o de qué se arrepienten -¿de crecer? Al parecer poseídos por una desesperada necesidad de hacer infantilmente visible que ellos también son alegres y se ríen, tienen imaginación, les gusta la fiesta, los colores y le jarana; y divertirse. Como si un adulto no pudiera hacerlo sin tener que, por obligación, disfrazarse y comportarse como un payaso fuera de sitio, con perdón de los payasos.

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La vuelta

Regresaba a casa, como de costumbre, sin expectativas, no es que no las tuviera, mejor dicho, no las tenía desde hacía ya muchos años, tantos que no recordaba cuando las perdió o si en alguna ocasión las tuvo -o qué eran las expectativas-; tal vez cuando joven, pero de eso hacía ya bastante, con el inconveniente que tienen algunas personas de adornar y recargar épocas de su vida que vistas con algo de detalle no dejan de repetir idéntica y corriente normalidad. Aunque desgraciadamente nada impide que muchos de estos se tengan en un concepto tan alto que les impide verse a sí mismos como lo que son, otro más, incluso peor.

Henchido de tal orgullo había regresado al pueblo dispuesto a impartir clases de vida entre aquellos paletos que nunca había salido de aquel agujero, él ya había hecho lo suyo, es decir, vivido, eso sí, sin dudas ni preguntas, porque jamás fue capaz de verse desde fuera, ni pensarlo, o pensarse, ese tipo de debilidades no iban con él, que siempre sabía lo que quería, y si no lo sabía la cuestión era no bajar la voz y afianzar cualquier cosa que dijera como si acabara de trasmitírselo una voz divina.

Pero resulta que sus coetáneos estaban un poco de vuelta, sobre todo de él y no por nada especial, no lo recordaban. Lo que sí era sabido y tampoco le contaron, o nadie le puso en antecedentes, es que la vuelta al redil en ocasiones significa que ya no hay quien te quiera o te soporte, que has sido incapaz de hacer amigos, de establecerte e integrarte allá donde hubieras acabado y, hastiado de pasearte, o directamente aislarte entre cuatro paredes, sin un alma caritativa con quien pegar la hebra o que te pregunte, o cuente contigo para cualquier cosa, decides regresar al lugar de nacimiento en parte para refugiarte y en parte, como último recurso, con la idea de mostrarles a aquellos fracasados que tú sí triunfaste, y contárselo dejándolos con la boca abierta y gestos de admiración.

Pasados los primeros meses, o semanas, en los que la novedad de su presencia alteró de algún modo la parsimonia local con reencuentros, reconocimientos, preguntas y sorpresas, también alguna que otra desgracia reciente o historia más o menos truculenta, como sucede en todos los pueblos en los que el tiempo sí transcurre -aunque no lo parezca desde fuera, como él también se ufanaba de comentar en tono entre despectivo y condescendiente-, la normalidad acabo finalmente imponiéndose y engullendo su figura entre las rutinas diarias. Así que, con la siempre tensa sombra de la repetición y el consiguiente tedio y cansancio, también fastidio, que provocan las historias repetidas, a lo que añadir que quizás no sean ciertas, estén contadas de aquella manera o simplemente sean más de lo mismo, pues hoy el que más y el que menos puede acceder a un viaje único y exclusivo con guía personal incluido al fin del mundo -si es que todavía existe-, fue quedándose cada vez más solo puesto que, muy suyo, seguía siendo incapaz de congeniar, escuchar o acceder a personas y costumbres que jamás supo ver ni entender, en primer lugar porque, como todos los jóvenes, él también salió huyendo de allí para ver mundo y hacerse un hombre. En el pueblo quedaban los fracasados y sin espíritu, precisamente aquellos a los que en su regreso venía a iluminar mostrándoles todo lo que es capaz de hacer uno del pueblo, allí donde lo ven.

Pero eso duró lo que duró, el tiempo pasó y tal y como siempre había sucedido con su propia vida, la falta de imaginación, el aburrimiento y la desidia más completa carcomieron sus días, y la poca expectación que llegó a despertar entre sus paisanos acabó recluyéndolo definitivamente en casa, renegando a los cuatro vientos ante quien, por pura compasión, se acercaba a saludarlo; porque aquellos incultos paletos fueran tan paletos, incapaces de reconocer en él a quien ha visto mundo y vivido lo que ellos serían incapaces de vivir en cien vidas.

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