La música siempre ha sido un objetivo fácil a la hora de colgarle etiquetas por parte de quienes, poco o nada interesados en ella, gustan de usarla como propaganda o promoción de su parcela y los beneficios que ello puede procurarles, o directamente aprovecharse de su tirón popular para objetivos que nada tienen que ver con la música. Se suceden las etiquetas y el personal aficionado, o al que simplemente le gusta la música, encuentra ellas un recurso innecesario a la hora de clarificar sus gustos y pertenencias, no por nada en especial, o tal vez sí, ya que de ese modo es posible crear bandas, facciones o intereses mediante los cuales marcar diferencias y/o enfrentarse a otros, con los que nunca hubo una relación, con la excusa de la música. Aunque solo se trata de música, y no de consignas ideológicas o conductuales por las que competir o partirse la cara con desconocidos.
Ahora parece ser que también existe el pop cristiano (¿?), tal y como venden los medios conservadores, que imagino debe ser algo así como si la música de las sacristías y coros de las iglesias saltara a los recintos de conciertos, adaptación torticera de temas y melodías de otros que nada tienen que ver con la religión o, ya puestos, homilías y sermones piadosos y de buena voluntad interpretados por jóvenes bien con el acompañamiento de instrumentos electrónicos. Una decisión como otra cualquiera si no fuera porque, además del evidente e irrespetuoso proselitismo religioso siempre beligerante frente otras creencias, más bien se trata de un hipócrita lavado de conciencia -un modo de compasión hecho a la medida- que evita tener que arremangarse y dedicarse a ayudar a los que lo necesitan -tal y como probablemente cantan-; un aséptico buenismo coral que la música ayuda a difundir, junto a la pulcra y liberadora alternativa a la hora de mantener las distancias y de ese modo no mancharse ni mezclarse con otros que no sean los suyos.
No deja de resultar curioso que jóvenes, que deberían estar preguntándose por qué, cómo o cuál ha de ser su papel a la hora de renovar este maltrecho e injusto mundo, que también es el suyo, inclinen obedientes la cerviz al servicio de un estatismo religioso que solo busca perpetuar su poder. Nada de sexo, drogas y rocanrol , sino castidad, rezos y alabanzas corales dirigidas a un limbo espiritual que comienza y acaba en sus propias y verdaderas convicciones -qué peligroso y discutible concepto es la verdad. Y del ímpetu renovador de las nuevas generaciones, esas ganas de comerse el mundo, intentar darle la vuelta, o de descubrir el propio cuerpo cuando la naturaleza recién abre las puertas a sus poderosas manifestaciones sexuales nada de nada, más bien pecado, represión, intolerancia y desconfianza, o directamente desprecio, tanto hacia el propio cuerpo como hacia quienes no son de la misma cuerda, incluida la petulante arrogancia de advertir públicamente que rezan por nosotros, a pesar de todo, rogando a su dios que nos haga reconocer nuestro error y la posterior conversión al verdadero camino.
En definitiva, si de música se trata solo hay buena o mala música, el resto son ganas de marear la perdiz por simple falta de argumentos, o peor aún, una nueva cruzada buenista a tono con los tiempos -no estamos en el medievo ni está bien echar mano de espadones para reprimir, reconducir o eliminar a los herejes. Aunque quizás tampoco sea para tanto, solo se trata de buenos chicos, orgullosos de su clase y sus mayores -patrimonio, estatus, herencia, etcétera- a los que les gusta la música y ven en ella un medio para dar salida a su candoroso fervor, mostrándoles con ello el camino a los pobres, a quienes no saben o están directamente perdidos.