Si existe hoy un sensación o idea que ejemplifique las complicadas y a veces inexplicables circunstancias que condicionan nuestro día a día es la de fracaso, otro más. Quizás pueda parecer exagerado, pero no hay más que asomarse a la realidad y comprobar que entre quienes, por unas u otras razones, dirigen el cotarro nacional e internacional prima la estrechez de miras, la violencia, el discurso acusador y destructivo -más que discurso auténtico vocerío- y el odio más irracional, ni siquiera disimulado, contra todo aquel o aquello que haga sentirse a los propagadores de tales inmundicias aún más débiles y acomplejados de lo que ya son y están. A lo que añadir que ninguno de estos déspotas violentos con problemas de autoestima tendría ningún reparo, en su desproporcionada e descabellada soberbia, en quitarle la vida a cualquiera que, ya no contradecir, sino tan solo se le ocurra dudar, cuestionar o, más osado aún, argumentar algún otro discurso contrario o que ponga en evidencia las miserias y asombroso vacío del suyo -más bien resentimiento y pura codicia.
Todo el agua que lleva cayendo durante estos días, y la que probablemente caerá, no será suficiente, al contrario de lo que dice la canción, para limpiar tanta miseria, envidia y violencia como flotan en el aire. Y, bien mirado, todo esto tiene algo de inexplicable, porque no deja de ser llamativo que a nadie con cierto poder se le ocurra transmitir un discurso que hable en común, de proyectos y temas colectivos y compartidos, que los hay y muchos, o todos; que intente establecer o recuperar lazos, romper fronteras, ofrecer o compartir lo que hay -infinito-, u organizar proyectos de futuro en los que cada cual ponga algo de su parte, lo que tenga, y con ello se sienta importante. Ni a gran ni a pequeña escala, es decir, cero.
Solo se habla de lo mío y los míos, del resto, si no acatan y se suman, literalmente machacarlos. Parece que no queda nada que proponer u ofrecer, ya no digo a cambio, al menos con cierto atractivo o más o menos ilusionante para la gente. Tampoco por parte de quienes tienen o han venido ocupando el poder, y lo indecente es que ese poder ya solo es entendido y ejercido desde la propia codicia, pero siempre a partir de lo que es común. Como no hay ninguna prudencia o discreción, o cierto recato, a la hora de exhibir ese poder públicamente, ya no es necesaria aquella corrupción sibilina e inteligente, tal y como venía haciéndolo la clase política, nacional e internacional, de finales de siglo pasado y comienzo de este, principal motivo del sonoro fracaso que hoy padecemos.
Así que, denostados estos últimos por su despreciable egoísmo y en la actualidad más preocupados por mantener, y si es posible aumentar aún más, el botín de sus tropelías, van dejando paso a déspotas de toda ralea, segundones e incompetentes resentidos que ven al fin una oportunidad para pillar cacho. Y tienen prisa y están nerviosos porque igual no les dura o alguien, al fin, les pone en su sitio, es decir en la nada. Por eso, sabedores de su debilidad, del poco aprecio que se tienen a sí mismos, se atreven con todas las miserias y mentiras posibles a la hora de hacerse con lo que consideran que es suyo, además de ofrecérselo a quienes les han facilitado el acceso o les deben las luces de las que se sirven para aspirar o estar donde están. Atrincherarse es la consigna, y para ello acusar, mentir, insultar, faltar al respeto y despreciar todo lo que hasta ahora más o menos funcionaba, o directamente destruirlo dejando a continuación un erial del que probablemente será muy difícil recuperarse, pero esto último les da igual, para entonces ellos ya tendrán lo suyo y podrán ocultarse sin saber qué hacer con ello, puesto que tampoco para esto último tienen luces.
Queda el resto, la gente, la población, los ciudadanos, los habitantes de tantos y tantos lugares que asisten al espectáculo tal que ignorantes ajenos al fracaso general, que por otro lado también es el suyo, más abandonados si cabe, tan despreciados como humillados, y un muchos casos jaleando a los nuevos ganadores considerándolos erróneamente de los suyos -se trata de que ellos harían lo mismo de estar en su lugar-, de algún modo solidarios en su codicia y frustración, disfrutando viendo a caer a quienes más envidian y en el fondo siempre han temido, al fin redimidos (¿?) en su permanente orfandad de la que ahora, en conciencia seguros de ello, no saldrán nunca.
Y hay más, mudos y sin embargo solidarios en el fracaso general, tal vez expectantes y quiero pensar que todavía no derrotados.