De poetas

El espectáculo, cuentacuentos musical o pequeña concelebración que protagonizan narrador, músicos y asistentes se convierte en pocos minutos, gracias a la sabiduría, profesionalidad y cercanía del protagonista principal, el único que parece, y así lo demuestra, llevar la voz cantante, en una reunión casi íntima en la que las diferencias, problemas y asuntos pendientes que cada cual suele llevar incorporados de pronto han desaparecido como por arte de magia, esa magia que solo la palabra hablada tiene y trasciende sobre y entre quienes saben de su valor, y por ello se dejan acariciar y atrapar por ella sin temor alguno, felices por sentirse voluntariamente prendidos y encandilados por ese verbo que tan exclusivamente nos caracteriza como humanos.

Han pasado unos pocos minutos y parece que llevaran allí reunidos mucho más tiempo, seducidos en una encantadora comunión salpicada de guiños, risas, sonrisas y concentradas muestras de atención que, imagino, incitan y animan al narrador en su placentero y jugoso trabajo. Salvo los inevitables niños incapaces de permanecer quietos y mucho menos mostrar la necesaria, callada y satisfactoria atención indispensable para que aquello siga funcionando; cuestiones y comportamientos que también conciernen a padres despreocupados, poco interesados o directamente despistados que consideran que sus hijos son libres además de acudir donde ellos sin ser preguntados ni informados con antelación, y, desgraciadamente, sin que tampoco sepan cómo comportarse en tales circunstancias. El que un niño sea solo un niño no significa que sea un imbécil, y cuando cualquier padre que mínimamente quiera y respete a sus hijos decide llevarlos a una actuación, reunión o celebración de este tipo lo mínimo que debería hacer sería explicarles previamente dónde y a qué van, así cómo comportarse, puesto que hay otras personas, adultos y también otros niños, que saborearían mucho más espectáculo cuando la atención y el respeto del público permitiera el disfrute en común. Pero también hay entre el público un poeta, otro poeta que no es el narrador, un tipo adustamente vestido que apenas gesticula mostrando una atención que parece dirigida a algo más allá del lugar en el que se halla, por encima incluso, quizás en íntimo y personal contacto con algunas musas que solo personajes de tales características son capaces de advertir y celebrar.

Llega la parte final del espectáculo y el poeta, el narrador, con el público completamente metido en el bolsillo, decide que es hora de que aquellos felices feligreses le acompañen en su cántico, gestos y baile, todos juntos, moviendo al unísono cuerpo, manos, brazos, piernas y pies sabiamente dirigidos por sus palabras. Y, como no podía ser de otro modo, la casi totalidad del público asistente ríe, se mueve, canta y baila al son de la pequeña canción de despedida. Todos no, el poeta, el que sigue entre el público no, solo sonríe con una especie de condescendencia piadosa que no deja de ser una falta de respeto hacia la bendita labor de su colega de escenario, quien no cesa de moverse llevando la dirección del baile y la alegría general; sucede que quizás aquel piensa, y cree, que hay poesía y poesía, y su poesía no es esa poesía que en aquellos momentos hace reír y bailar a quienes le rodean. Entonces ¿cuántas poesías existen?

Finaliza el espectáculo entre agradecimientos y jolgorio general y los espectadores acuden en tropel a felicitar a músicos y narrador, también nuestro poeta; pero él lo hace de otro modo, más de tú a tú, entre colegas, sin mezclas ni torpes confusiones. Porque en el fondo no se siente uno más, sino un elegido, el también hace feliz a sus semejantes pero de otro modo, digamos que desde otras alturas, lo que en cierto modo explica su no participación en el bailable fin de fiesta; divertido, sí, pero otra cosa. Él sí sabe del valor y la importancia de la poesía -¡cómo no!-, pero descender a participar con el público y su alegría, como uno más, eso es otro cantar.

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Reclamación

Llevaba ya más de diez minutos a la espera y la musiquita no dejaba de sonar, estaba cansado, más bien harto, no podía perder su tiempo intentando resolver cuestiones que no dejan de ser un burdo intento de robo y estafa. Que hayamos llegado a esto es algo que no acababa de comprender, que la ley y el gobierno de turno lo permita incomprensible, y que sistemáticamente cualquier empresa se dedique de partida a estafar y engañar al cliente no tiene nombre. No tiene sentido hablar o reivindicar la honradez de un empresariado que sistemáticamente ve al cliente como un estúpido al que hay que desangrar económicamente, de cualquier modo, porque lo más probable es que el timado no lo advierta o se dé cuenta demasiado tarde, y luego tenga ganas de reclamar, da igual si se trata de una cláusula suelo escondida entre la letra pequeñas o el cobro de una suscripción que nunca hiciste. La clase empresarial, menudo atajo de sinvergüenzas. ¡Ah! la ciencia económica, o como estafar al cretino de turno sin que éste se entere. Dios, patria y libre empresa; y menos sociedad, porque la sociedad no existe, se trata de un invento de comunistas y fracasados.  Ahora recordaba aquel conocido que le contó cómo le suscribieron a traición a un gimnasio ¡chipriota!; casi doscientos euros el primer pago y después cómodos sesenta euros al mes; ni que decir tiene que jamás había ido a Chipre y ni mucho menos tenía pensado hacerlo, unido a que la cuestión física le traía más o menos al pairo. No recordaba ahora el dinero que perdió porque la compañía telefónica no se hacía responsable de algo que el directamente jamás había hecho. En estos momentos nuestros comerciales siguen ocupados, permanezca a la espera -volvía la musiquita. Este tipo de violencia merece ser contestada con más violencia, y para quienes no disponen y/o desconocen las refinadas técnicas de la violencia económica lo mejor es la violencia directa como respuesta; destrozar instalaciones o quemar edificios, nada de no pagar para que luego aparezcas en todas las falsas listas de morosos y no puedes tomarte ni una cerveza sin que te lleven preso. Hacerlo como si también fuera letra pequeña.

Buenas tardes. Me llamo Rosana, ¿en qué puede ayudarle? Al fin. Por sorpresa y en lo mejor de la quema. ¡Ah! ¡hola! buenos días. Llamaba porque en la última factura ustedes me han cobrado un servicio que yo no he contratado… ¿Me dice su nombre y DNI, por favor? Cándido Inocente. Y mi documento es 6.7490294P. Un momento, por favor. Espero. ¿Sabe que ahora estamos ofreciendo a nuestros clientes un seguro de accidentes excepcional? En caso de fallecimiento… Gracias, no me interesa; de momento no pienso morirme. Pero tenga en cuenta que nunca se sabe lo que puede pasar. Déjeme que le diga lo que le ofrece y verá cómo… Le he dicho que no me interesa. Aquí aparece. Usted contrató el servicio el pasado día 2… ¿A qué hora hice tal cosa? Aguarde… a las 02,34 del día 2. Le digo que yo no lo he contratado, al margen de que a esa hora suelo estar durmiendo… Lo siento. Pero aquí aparece que usted realizó la encuesta de inscripción respondiendo a todas las preguntas. Entonces yo no puedo hacer nada. Le estoy diciendo que yo no he contratado eso en mi vida… Quizás no lo recuerde, o fue alguien de su familia. De este teléfono solo dispongo yo… Pero si no le interesa aquí dice que debería rellenar un formulario con los motivos para su… Le estoy diciendo que yo no he contratado eso en mi vida…  Aguarde un momento que busco… Mientras puedo informarle que en caso de fallecimiento el seguro de accidentes le ofrece dos millones de euros de indemnización… ¿No me ha oído? De momento no pienso morirme… Pero su familia… Vivo solo. Y, por favor, déjelo ya… También tiene… ¡Oiga! ¿oiga! ¿Usted me entiende? ¿Habla español o es un poco corta? Señor, yo no le he faltado al respeto, no hace falta que me hable así, le oigo y entiendo perfectamente. Yo solo hago mi trabajo. ¿Y su trabajo consiste en no escuchar a quien le habla -como si tratara con un imbécil que no sabe dónde tiene la mano derecha-, no dejarle hablar, darle largas e intentar meterle algo que en mi caso no le he pedido y ni mucho menos necesito o me interesa? ¿Y le pagan bien por ningunear al cliente y tratarlo como si fuera gilipollas? Porque si lo hace por cuatro perras lo siento por usted. Le dije al principio que no me interesaba nada de lo que me está ofreciendo. Lo que quiero es que me solucione lo que ustedes me han cobrado sin mi consentimiento… ¿Oiga? ¿Me escucha? ¡Joder! ahora me ha cortado…

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Sobre el cine

Después de leer a otro señor mayor disertar de forma negativa sobre el cine actual, comparado con el de “su tiempo” -aunque si sigue vivo ignoró su incomodidad y a qué tiempo cree corresponder-, previa justificación de su edad y con ello tal vez introduciendo subrepticiamente la existencia de ciertas limitaciones propias o alguna inadaptación específica a los tiempos que corren, sigo sin entender el objeto de tales críticas. Es como si con ello se intentara dejar claro que como el cine de antes ni hablar; probablemente pensarían algo parecido quienes vieron cómo se acababa el cine mudo, rápidamente engullido por la novedad del sonoro.

Tales críticas adolecen de un punto que debería ser fundamental a la hora de hacerlas, el reconocimiento y la asunción de que el cine se corresponde con el tiempo y el público del momento, con la mentalidad, las formas, las cualidades y las carencias de los espectadores que acuden a las salas. Solo hay que echar un vistazo por la ventana e intuir por dónde van los tiros, como tampoco puede pretenderse que el cine de hace años, muchos, o más, pueda ser visto hoy como si no hubiera transcurrido el tiempo. El cine como espectáculo no deja de ser un medio de entretenimiento que inventaron los norteamericanos para distraer a una población cada vez más numerosa y de muy diversas procedencias. Su éxito lo dice todo, el público acudía a las salas independientemente de su cultura de origen, sus pensamientos más íntimos y su más o menos acomodado nivel de vida. Hubo entonces un cine que felizmente todavía puede verse, aguantando bastante bien el paso del tiempo, como otro que hoy consideraríamos infumable, entre este último también muchas películas que entonces fueron consideradas y nos han llegado como excelentes, dignas de cine club y largamente loadas por los críticos de cualquier momento. Si usted le quita a Casablanca -por ejemplo- todas las alabanzas, referencias y/o valores que ha escuchado durante su vida, además del valor sentimental que la cinta -dicen- atesora, es decir, se sienta en frío a verla por primera vez, seguramente no la aguantaría. Ni el protagonista tiene pinta de haber luchado en ninguna guerra, ni el malo -pobre bendito- tiene pinta de malo, ni el gendarme parece muy ducho en su trabajo, aparte de sermonear permanente vestido con traje de gala y esa media sonrisa de colega, ni el amor entre los protagonistas se ve tan desgarrador; todo ello situado en escenarios de cartón-piedra que en ocasiones chirrían más de lo deseado. Pero es Casablanca, ¿y?

Tragarse el cine más flojo actual y ponerlo por los suelos comparándolo con lo que la crítica experta considera el mejor cine de otras épocas -y en la mayoría de las ocasiones lo es- es jugar con ventaja, y cualquier valoración obtenida con ello no deja de ser más de lo mismo, ganas de entretener el tiempo. No hay como mirar por la ventana y ver qué tipo de espectador acude hoy a una sala oscura a permanecer un par de horas delante de unas imágenes que, por ejemplo, puede ver en su casa sin moverse del sofá, además de interrumpir cuantas veces crea necesario por cuestiones fisiológicas, por cansancio o porque otras ocupaciones en ese momento más importantes impiden su visionado completo. Alguien dirá, pero eso no es ver cine -¡ya estamos! El cine es un medio de expresión, también de comunicación, en permanente adaptación a los tiempos que corren, unos tiempos, los actuales, en los que la población parece tener cada vez menos paciencia, necesita recompensas inmediatas y es muy difícil que aguante un tiempo sin, por ejemplo, mirar un teléfono para saber cómo va el mundo, el que considera su mundo, que en el fondo no es nada, sino otra adicción que le está impidiendo vivir en directo la película de su propia vida. Es lo que hay, pero hoy también hay buen cine, porque hay mucho más cine que antes, la cuestión es dónde, en qué formato, quién lo ve o cómo se difunde. Siempre es mejor pensar en presente.

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Estrellas

Hace poco leía que los telescopios que permanentemente apuntan al firmamento, buscando, investigando y aprendiendo de las estrellas, comienzan a tener problemas en sus observaciones y con las imágenes obtenidas, ya que en numerosas ocasiones en dichas imágenes aparecen estelas y trayectorias que no corresponden a ninguna estrella o fenómeno estelar, sino que se trata de trayectorias de satélites artificiales girando alrededor del planeta.

Curioseando en ello me entero de que, por ejemplo, el señor Musk tiene pensado lanzar al espacio algo así como diez mil satélites con los que establecerá una red de comunicaciones e información (¿?) que no dejará ni un centímetro cuadrado de la superficie del planeta sin su correspondiente vigilancia, ni consumidor. De esos miles de kilos de chatarra ya lleva lanzados unos tres mil, más o menos, a los que unir los correspondientes a otros organismos y organizaciones, Amazon incluida -con un objeto similar, o aún más salvaje-; todos con sabias y loables intenciones de informar y servir a los habitantes del planeta, todos pugnando por colonizar nuestro cielo con multitud de trastos que a nadie le interesan y mucho menos le hacen falta.

Desconozco si existe legislación o algún tipo de derecho internacional respecto al espacio, tanto cercano como lejano, si pertenece a alguien, a todos o al primero que lo ocupe apropiándoselo sin permiso ni explicaciones. Si ese cielo al que de vez en cuando nos asomamos perdiéndonos en su inmensidad sigue siendo de todos, también de nuestros sueños y esperanzas, o dentro de poco se convertirá en una enmarañada red de objetos inútiles que nos impedirán saber qué estamos viendo, si el lejano fulgor de una estrella o un engendro artificial propiedad de algún rico terrícola siguiendo concienzudamente nuestros pasos para ofrecernos información tergiversada o directamente falsa, o tal vez aquello que todavía no sabemos que queremos.

Habitamos un planeta cada vez está más parcelado -o completamente-, propiedad de tipos y organizaciones que mediante violencia, trampas y engaños han arramblado durante años con lo que han podido, de tal modo que nadie puede pedir explicaciones porque existe un derecho de propiedad que ya es inevitable; individuos, familias, clanes u organismos históricamente haciendo y deshaciendo a su antojo, sólo detenidos por los tropiezos e inconvenientes de compaginar sus propias codicias. El resto habitamos donde nos dejan -que no es poco-, dando permanentemente gracias por sus favores o directamente pagando por lo que sobre el papel tiene un propietario al que no corresponde preguntar por el origen y legalidad de sus propiedades. Llevamos como llevamos nuestra existencia en esta tierra, pero al menos hasta ahora nos quedaba el cielo, el único espacio libre que, además, nos permitía imaginar y soñar sin molestias ni interrupciones. Aunque ya no, porque también el cielo, nuestro cielo -el cielo de todos-, se cerrará como una especie de tela metálica que nos impedirá tanto ver como saber, tampoco imaginar, porque no sabremos qué vemos y quién nos ve y vigila desde ahí arriba -además de Dios. Solo falta que nos cobren por respirar.

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En el teatro

Hubo alguna voz alta -que no llegó a grito- al comienzo de la representación, a la que no di importancia porque interesaba más atender a lo que sucedía en el escenario sin distracciones. Tampoco recuerdo cuánto tiempo había transcurrido cuando, por necesidades del propio espectáculo, se encendieron las luces de la platea  y un tipo se levantó de forma airada, un par de filas delante de la mía, espetando en voz alta un, más o menos, “…si Calderón lo supiera” -como esa nefasta y socorrida coletilla del …si levantara la cabeza- que no supe interpretar si como advertencia o amenaza. El caso es que aquel personaje abandonó la sala ofendido y con malas maneras, seguido al instante y en silencio por dos mujeres sentadas cerca pero no junto a él, tan obedientes como mudas, a las que no pude ver las caras, como tampoco del insultado señor, porque les tenía de espaldas. Salvo este, digamos, incidente, la representación prosiguió con normalidad para disfrute del respetable, al menos eso creo, como lo fue para disfrute mío.

Habíamos asistido a un buen espectáculo, con la dificultad añadida que supone adaptar en los tiempos que corren una obra del ínclito Calderón –La vida es sueño– y que no chirríe, intentando darle un toque de actualidad que haga el verso algo más vivo si cabe -y para mí que lo consiguieron-, tanto a la hora de disfrutar de su placentera escucha como de su clara dicción a cargo de unas interpretaciones tan convincentes como bien declamadas. Una puesta en escena que, no teniendo nada que ver con lo que en principio se supone debe aparecer en el escenario en una representación teatral del Siglo de Oro español, permitía al espectador no perderse en inventos y novedades que en ocasiones dificultan el seguimiento y comprensión de la trama, sobre todo para quienes no la conozcan de antemano. En definitiva, una buena representación que lograba lo más importante, que el paso del tiempo no se notara a la hora de hablar de las pasiones y sentimientos humanos. Básicamente porque el sustrato sentimental y emocional de los hombres de ambas épocas son el mismo.

Se trata de ese teatro -como sucede con la literatura- que tan bien soporta el paso del tiempo. Ese es su mérito. Pero, en cambio, ¿qué pensaba el… dinosaurio que abandonó airado la sala al poco de comenzar la representación? ¿En qué mundo vive? ¿No se pueden leer o disfrutar los clásicos -cualesquiera- si no nos vestimos con togas y/o jubones y portamos lanzas o espadas? ¿Quién y con qué intención pretende fijar y/o reducir excelentes textos teatrales y literarios al tiempo en el que se crearon? ¿Para qué? ¿Cómo entiende esa gente su valor? Es cierto que algunos no admiten revisiones o relecturas porque se quedaron allí, incapaces de salvar el demoledor paso del tiempo, esa es su derrota. Pero no todos, porque hay algunos, los mejores, que nada tienen que ver con objetos inútiles o completamente muertos, al contrario, sino que con cada nueva lectura, o representación, regresan al presente casi con la misma fuerza y vitalidad que entonces. ¿Dónde está la inteligencia a la hora de sumergirse, apreciar, relacionar y trasladar a la actualidad temas y tramas, su prosaica y poderosa humanidad? Esa inteligencia activa que con cada nueva lectura renueva el valía y la vigencia del texto. Más, ¿a quién vota pensamiento tan reaccionario?

Con esto me viene a la memoria el brevísimo cuento de Augusto Monterroso; y es que los dinosaurios nunca su fueron, siempre han estado ahí, amagados y al acecho, aguardando su momento. Que los sueños de una humanidad más justa y menos cruel nos haya impedido tenerlos presentes no significa que hubieran desaparecido; y no se trata de que de vez en cuando tropecemos con ellos en el teatro, incluso han vuelto a resurgir en la política mundial. Nos toca seguir remando, el mar ha vuelto a encresparse.

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Antigüedades

Dejó todo a punto, casi perfecto, como habitualmente hacía; le gustaban las cosas bien hechas y la aparente simpleza de la que el espectador disfruta en el resultado final. Ahora descansaba tomándose un café mientras miraba cómo se situaban en el espacio dispuesto ad hoc entrevistado y entrevistador.

Su compañero, hábil y profesional, no olvidaba sus consejos a la hora de colocarse ante la cámara para que su trabajo cobrara valor, un respeto de agradecer que les llevaba juntos ya una temporada. En su cabeza volvió al niño censurándose, “¡Qué exagerada soy!”. Sonia sabe lo que tiene que hacer y a estas alturas tendría que pasar algo muy gordo para interrumpirme. Aunque no era precisamente la valía y responsabilidad de Sonia lo que en el fondo le preocupaba, ni la seguridad de su hijo, sino el dinero, este mes iba un poco apretada y tendría que buscarse algún trabajo por otro lado para afrontar los extras que se le presentaban. Igual que siempre, la misma historia, el caso era no poder vivir con tranquilidad.

Había estado observando al entrevistado mientras lo acicalaban, y se acicalaba, para la entrevista, mirándolo con una sensación extraña; había algo que no le cuadraba en aquel hombre alto de tez oscura tostada por el sol, pelo crespo, patillas de hacha y traje claro bien ajustado; una especie de sepia tirando a verde, no sabía bien, una cosa rara que llamaba la atención sin llegar a original. Había necesitado de una mayor dedicación y retoques por parte de la gente de maquillaje y peluquería porque no acaba de verse ante el espejo. Era coqueto el tipo aquel, además de estirado.

Comenzada la entrevista y oyéndole responder a las preguntas de su compañero seguía sin entender. Recelaba de su pose y su mirada, altiva pero como perdida, equivocada, fija en una especie de limbo que parecía flotar más allá de este mundo y, por supuesto, muy lejos de los ojos de quien le hablaba; por encima de aquel escenario tan prosaico. ¿Quién coño era aquel tipo? ¿En qué mundo creía que vivía? En este seguro que no. Hablaba sin bajar la vista de un hipotético tendido que desprendía un olor rancio en el que se mezclaban tradiciones, sacristías y cosas hechas como dios manda; farfullaba sobre los tiempos revueltos que corren, sobre un mundo que no acababa de entender, turbio y confuso, sin orden ni jerarquías, donde todo se cuestionaba y todos creían saber de todo. De la necesidad u obligación, no escuchó bien, de no perder aquello que nos hace ser quienes somos, que nos caracteriza y de lo que tendríamos que sentirnos orgullosos.

Sus respuestas parecían inducidas por instancias cuasi divinas; no es que su voz fuera engolada o ampulosa, hablaba lo justo, era lo que decía y cómo lo decía. A pesar de sus intentos por mostrarse sereno daba la impresión de estar haciendo un esfuerzo enorme, dignándose a descender desde la atalaya de su arte para hacerse oír, él, explicarse, justo quien no debería porque ya lo hacía con sus herramientas de trabajo, un trabajo suficientemente importante y explicativo como para tener que masticárselo a la gente, y mucho menos justificarlo. ¿Ante quién? Él solo podía y debía hacerlo ante la historia, bastaba con mirar atrás para darse cuenta de la importancia de lo que estaba diciendo, y quien no lo entendiera tenía un grave problema.

Era el mundo actual el que iba mal, al que no acababa de entender porque se había perdido el respeto hacia los ritos y los testimonios auténticos. Una parte de la población, engañada o confundida, tanto daba, estaba siendo manipulada por cuatro politicastros con ínfulas y poder, tipos que con la excusa de proteger a los animales cuestionaban el carácter de todo un pueblo, su razón de ser, su cultura, su propia historia. Él no tenía por qué estar allí, lo hacía porque se había dado cuenta de que aquello estaba pasando de castaño oscuro, y modos y liturgias muy antiguas corrían el peligro de perderse para siempre por culpa de modas e ignorantes que desconocen donde tienen la mano derecha. Y ahora que había elecciones, él, al que le importaba un bledo la política -un negocio monopolizado por trepas y advenedizos-, no tendría más remedio que obligarse votar a quienes intentaban proteger la cultura y las tradiciones de este país; y si tanto ignorante como hay por ahí dice que se trata de la ultraderecha eso no le preocupaba, él tenía que defender lo suyo, lo de todos, lo de siempre.

De pronto Ana lo entendía, y pensó que definitivamente aquel tipo estaba más para allá que para acá, el fulano se había equivocado de siglo, una lástima, tendría que haber nacido cien años antes, ¡qué decía! quinientos por lo menos; hoy resultaba patético, casi tétrico, su aspecto, su pose, el traje, sus patillas, su voz, la mirada de iluminado. Era una pena que todavía hubiera gente así, con el seso tan descolocado, nostálgicos de un pasado que además de no volver tiene más contras que pros para ser recordado con benevolencia. ¡Ya le valía! Dorándole la píldora a un tipo desenfocado, ¡un torero! en lugar de estar con su hijo.

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En el hospital

Esa hora que no es por la tarde pero la mañana hace rato que acabó, en cualquier casa las personas normales dedicadas a su comida diaria, algunos quizás ya en el postre, o recogiendo y listos para un breve descanso reparador; otros, sin embargo, pronto de vuelta a un trabajo empeñado en maltratar cuerpos y mentes a base de jornadas partidas tan superfluas como improductivas. El centro hospitalario, aún abierto, acoge a los pocos que todavía quedan de los retrasos de las consultas matutinas y los menos que tienen cita a estas horas de una tarde que en el fondo todavía no es.

Salas de espera, grandes y pequeñas, que a duras penas justifican la proliferación o exceso de asientos vacíos que probablemente hace unas horas hospedaron, de buen grado o por imperativa obligación, a enfermos y posibles de la comarca, en algunos casos un manojo de nervios incapaz de acoplar el trasero y aguardar de forma relajada. Otras que solo son un pasillo que conduce hacia distintos destinos poco o nada deseados ni tampoco indeseables. Por su situación, más bien alejado de los grandes ventanales que iluminan otras zonas, este aparece oscuro, a pesar de la luz artificial que le concede algo de habitabilidad en horas tan luminosas del día.

No he advertido su llegada y de pronto me sorprende su charla, su austero y discreto discurso, la determinación de lo que parecen explicaciones; giro la cabeza y la veo allí, a menos de un par de metros de donde me hallo, pequeña, delgada, estrecha, menuda, el pelo liso, negro, una media melena que apenas mueve cuando habla, sobresaliendo su clarividencia y resolución. Cubierta con tan solo una bata blanca atada por detrás, recién llegada de no sé dónde y probablemente aguardando la siguiente prueba neurológica, en cuya correspondiente sala de espera nos encontramos. Conversa con una pareja de mediana edad al parecer del mismo pueblo, esas coincidencias que suelen darse en los hospitales comarcales, adonde cada cual acude o lo envían con más miedo que confianza, cuando nunca se tienen todas consigo porque lo que puede venir o suceder en ocasiones se decanta hacia lo peor, o algo más que preocupante. Difícil precisar sus muchos o pocos años porque su voz no dice más que su liviana presencia; o quizás se trata de que se me da bastante mal calcular las edades de los demás.

Hace un año Dios me quitó a mi madre… y poco después murió mi pareja. Imaginaos… y ahora esto… Los otros miran sin hablar desde detrás de sus mascarillas. ¿Vive entonces sola? Imposible saberlo por sus palabras, aunque parezca afirmarlo la sólida evidencia de su discurso. En cuanto acaben estas pruebas voy a dedicarme a vivir, sin preocuparme por nada que no me importe o afecte directamente. De algún lugar o consulta surge una enfermera anunciando su nombre en voz alta, lo que provoca la excusa de su despedida y su rápida desaparición hacia la siguiente prueba. De pronto el pasillo se ha quedado vacío; los que todavía permanecemos a la espera es como si hubiéramos desaparecido.

De qué vida habla la pequeña mujer que acaba de abandonarnos, cómo me la imagino; probablemente sin necesidad de retos o proezas destacables, ni apuestas o desafíos definitivos, algo mucho más simple, o sencillo, igual de humano e importante, y sobre todo feliz, sentida como tal. Resulta difícil expresar con palabras la intensa vitalidad que desprenden algunas personas, en primer lugar porque hay que estar allí para sentirla, de otro modo la cuestión se dirime entre comos y parecidos que no siempre dan en el blanco. Ella y nosotros estamos aquí, el mismo tiempo y lugar, pero no lucimos iguales, alguien parece tenerlo más claro y así lo manifiesta en su, en tales circunstancias, especial singularidad, la de una vida transformada de la noche a la mañana en un intenso pulso que de pronto se antoja desoladoramente breve cuando caen sin un motivo justificado -como si vivir o morir necesitaran motivos- las columnas que hasta ahora la han venido sosteniendo y amparando. Es precisamente entonces cuando la luz del sol te saca de tu somnolencia obligándote a asomarte al vacío que de pronto se ha abierto bajo tus pies, e inmediatamente decides y te dices, incluso descubres, que dispones de un precioso don que nada ni nadie va a suplantar ni arrebatarte, sobre el que te dispones a cabalgar contra viento y marea, hasta tu último aliento. Cuando la breve realidad de nuestra existencia tropieza con uno mismo.

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Sentirse mayor

De no haber sido por la prensa probablemente no me habría enterado del suceso, accidente, curiosidad, noticia o muestra viral de las redes sociales que pretendo comentar, me refiero al cletus de extrarradio, con dentadura postiza y peluco chapado en oro -que probablemente babeara cada mañana cuando vea sus prietas carnes ante el espejo, además de otras cosas algo groseras que no merece la pena comentar-, y su vergonzosa aparición en el programa de televisión First Dates. Entiendo y comparto el desagradable embarazo y confusión de la mujer a la que asignaron tamaño semental, a mí tampoco me saldrían las palabras ante tal despliegue de rancio y terronero machismo, del misógino derroche de testosterona por todos los costados imaginables; yo también me habría quedado mudo porque no habría sabido cómo meterle mano a semejante energúmeno -es una forma de hablar. Es decir, hubiera quedado tremendamente impactado al comprobar en mis propias carnes que todavía respiran por este mundo sujetos de tal cariz -por denominarlos de algún modo-, especímenes con tales limitaciones intelectuales que ni siquiera llegan a analfabetos funcionales. En algún momento el tipo me recordó a los tremendos cletus de Deliverance, la película de John Boorman que recientemente había visto por televisión; es cierto que pasados por algún lavadero industrial de ganado, cepillados y pulidos a conciencia y brillantemente charolados, además de recubierto con una gruesa pátina de lustre reflectante que lo haría brillar bajo la luz de los focos televisivos. Sin olvidar el babeo hueco y pretencioso del que hacía gala a la hora de emitir sonidos, tal que hablar, manifestaciones sonoras que probablemente ningún algoritmo procesador de textos sabría como catalogar.

Es cierto que jamás me sentaría a ver o disfrutar de programas de ese tipo por la sencilla razón de que quedan bastante lejos de mi día a día, sin embargo, lo poco que vi y que ha dado motivo a estas letras desgraciadamente hizo que me sintiera mayor, sin quererlo o sin darme cuenta, alarmado y de algún modo fracasado porque ni la democracia ni el mismo paso del tiempo ha conseguido extirpar la existencia de tales ejemplares, dignos de un museo antropológico. Y lo que es peor, cuando lo comenté en público obtuve como respuesta que el engendro que disfruté y admiré no era único, sino que se reproducen y proliferan como la peste. Entonces me pregunté, ¿qué hemos hecho mal para que todavía se den tales anormalidades de la especie? ¿en qué hemos invertido el tiempo y qué futuro dejamos a la humanidad con la proliferación de tales desviaciones genéticas? Y lo que verdaderamente siento es que no tengo respuestas para ello, e ignoro si las hay. Es para echarse a llorar.

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Playas

Si me preguntaran en qué momento diría que en invierno, y por qué porque creo que es la mejor época para disfrutar de la playa, ya sea caminando, jugando, bañándote, leyendo o simplemente sentado en la arena gozando del incesante ir y venir de las olas, tanto grandes como pequeñas, en el fragor de la tormenta o de un mar en calma. Una disposición que tiene que ver con el disfrute de la contemplación y el intenso paladar de la estancia, además de las innumerables sensaciones que provoca ese movimiento ininterrumpido y el constante rumor, en ocasiones atronador, que envuelve la misma permanencia junto al mar. El atractivo de su austera y magnética sencillez y el enorme poder acumulado, capaz, sin embargo, de diluirse en una delicada y finísima lámina de agua que ni siquiera llega a la altura del pulgar del pie que en ese momento acaricia. La presencia de su desnuda viveza, o su seductora e intrigante desolación convergiendo en un horizonte inalcanzable ante el que la vista siempre se queda corta.

Lugares por los que las aves peregrinan siempre a la busca de un alimento que se antoja inagotable, donde son arrojados pecios y restos de todo cariz tras los que se ocultan vidas -pasadas y presentes-, tiempo, sucesos o personas secretas que en alguna ocasión tuvieron aquellos objetos por conocidos o directamente suyos. Restos y despojos probablemente ya olvidados que cuentan por sí mismos historias tan misteriosas y sugerentes como desconocidas.

En lo hasta ahora dicho intento reivindicar un poso de voluntaria soledad o una compañía siempre cómplice del momento y lugar, parca en palabras, las necesarias, porque el mismo escenario se hace lo suficientemente presente como para dejarte en silencio o con la boca abierta.

Nada que ver con ese otro marco -el mismo y sin embargo tan distinto- que en temporadas más cálidas es obligado a prostituirse a manos de todo tipo de intrusos: perdidos, despistados, codiciosos, oportunistas, insolentes o advenedizos con derecho a imponer sus miedos, arrogancia y aburrimiento al mismo tiempo que, en más casos de los deseados, muestran un desprecio y una falta de respeto hacia el lugar que los descalifica y arroja al cubo de lo absurdo e incomprensible. Pero las playas con buen tiempo son otra historia que nada tiene que ver con esta, otra sensibilidad, otro modo, que lo es todo, de admirar o sentir la naturaleza.

En contraste con esa oposición, adversidad o formas diferentes de ver y sentir el mismo lugar, descubrí hace poco otra playa que nada tiene que ver con ninguna de las que hablo, una playa en invierno que no era playa ni nada que se le pareciera, donde el mar se mostraba en una calma que se antojaba humillante, como una sopa anodina derramándose sobre una corteza de arena impuesta, grosera y despreciativamente peinada y parcelada por infinidad de dominios, objetos y construcciones supuestamente lúdicas que, en cambio, daban idea de un enorme parque infantil para unos niños grandes en permanente aburrimiento y con escasa imaginación. Hasta tal punto invadida que apenas quedaba espacio para detenerse o sentarse sin tener que evitar algún artilugio allí plantado con fines terapéuticos, sedantes o estrictamente comerciales, probablemente dispuestos por tipos que odian el mar y las playas. Pero eso no fue todo, si finalmente conseguías llegar hasta donde morían unas olas sin carácter no tenías más remedio que ponerte a salvo porque corrías el riesgo de ser atropellado por una aglomeración, romería o tumulto de solitarios ataviados con ropa escasa -variaciones sobre los mismos y pobres modelos- que iba y venía mostrando rostros serios o directamente malencarados, y casi diría que enfadados y enfadadas consigo mismas y con el mundo. Una multitud completamente ajena al mar poseída por una alarmante y absurda prisa que la obligaba a caminar con vacío convencimiento; una muchedumbre de cuerpos arrugados por un sol todavía indolente que se limitaba a proporcionarles luz en aquellas primeras horas del día antes de dejarla alejarse y desaparecer hacia ningún sitio.

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Una foto

Volvían a eliminarlo de la partida en juego cuando entraba un nuevo mensaje, cansado de perder decidió cambiar de registro y lo abrió. Una foto enviada por una amiga que supuestamente le debía interesar, aunque en principio no vio el por qué, no los conocía, pero, mirándola bien, sí reconocía a una amiga de su amiga, pero no a su pareja; además, qué le importaban aquellos dos mirándose acaramelados. Pero no la borró ni salió de la aplicación de inmediato, extrañamente atento a lo que tenía en la pantalla y aún sin reconocer qué era lo que estaba viendo, o acababa de ver. Dos tortolitos comiéndose con los ojos, ¿y qué? Acto seguido una sensación reconfortante no tan placentera como debiera alteró su atención; era curioso, aquella mirada contenía mucho más de lo que mostraba a primera vista, se intuía pero no cómo explicarlo. Ni el encuadre ni el lugar donde se hizo la foto eran importantes, ni la hora, normales, no había motivos; nunca los había visto pero era como si los conociera de toda la vida, los mismos de siempre poseídos por una sincera ingenuidad que valía mucho más que la propia instantánea; embargados por una tierna fragilidad que solo ofrece la confianza más ciega dando sólida consistencia a lo que en ese mismo instante solamente tú estás sintiendo, sin dobleces, sin cartas guardadas, tal cual era y eran, débiles y quebradizos, lo que no era poco. Aquellos dos imbéciles estaban enamorados, eso era indudable, y lo mostraban con un candor y una dulzura de los que probablemente no eran conscientes, o sí, pero esas cosas es difícil explicarlas, se sienten y tal cual las sientes se muestran, sin máscaras ni reservas.

A continuación sintió cómo la punzada se hacía más aguda, sin menoscabo ni disminución del placer ante lo que estaba viendo pero vuelta inesperadamente hacia sí, sentado en la penumbra de su habitación, frustrado por una nueva derrota o por precisamente las sombras que lo rodeaban, tan ajenas al sol que lucía al otro lado de la ventana. Resopló pero no quitó la imagen de la pantalla, allí seguía, gritándole muda algo que no acababa de entender, o no quería entender, ni sentirse aludido cuando a él ni le iba ni le venía. Regresó al juego, había comenzado otra partida y cuando intentó sumarse a su equipo no se sintió con fuerzas, o ganas, tampoco supo si cansado o aburrido. Miró alrededor en la semioscuridad de la habitación, a aquellas paredes que se sabía de memoria y suspiró, pero no se movió ni intentó levantar la persiana hasta arriba para que entrara la luz del sol. Prefirió permanecer en la misma y oscura posición pero regresó a la foto, a aquellos dos mirándose como gilipollas, como si no hubiera otra cosa en el mundo que aquella mirada, y volvió a sentir la misma punzada que en esta ocasión le dolió más porque se parecía mucho a la envidia. ¿Pero de qué? ¿de la felicidad de otros? ¿por qué? No es que disfrutara o le gustara especialmente la escena ¿entonces? Qué le estaba ocurriendo. Lo requerían en el juego pero no hizo caso, de pronto no le apetecía meterse en otra guerra de mentira, en otro Mordor eliminando avatares infantiles que nacen y mueren escupidos y masacrados por una cadena de montaje organizada por el mismo demonio, la cuestión era impedirles ver la luz, como él.

Dejó la silla, el ordenador y salió de la habitación, de pronto necesitaba desesperadamente de la luz del sol.

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