Amigos

Me enteraba de que una buena amiga había dejado de hablarme porque se acostó con quien no debía -así, como suena-, pero no lo sabía directamente por ella sino por otra amiga que me lo contaba sin que yo se lo pidiera porque me creía al tanto y le apetecía preguntarme cómo había reaccionado, cómo me había afectado y si en el fondo lo entendía, porque ella, cuando se enteró, no supo qué decir y, sobre todo, porque no acababa de comprender por qué habría de afectarme de algún modo que cualquiera de nosotros cuatro acabe en la cama con quien le apetezca. Tan extrañado como sorprendido y aún incrédulo le contestaba que yo tampoco lo entendía, además de insistir en su seguridad respecto a la veracidad de lo que me estaba contando; no acababa de ver la relación, cada uno lleva su vida como le apetece y, de ser cierto lo que decía, aquello no parecía un problema que pudiera enemistarnos, ni siquiera molestarme. Ante todo somos amigos -continuaba-, nos gusta comer juntos y conversar con relativa frecuencia, saber cómo nos va, qué proyectos tenemos y si nos va a seguir apeteciendo volver a vernos para hablar y contarnos -sin venir a cuento me estaba repitiendo. Añadiendo que, en lo que a mí respecta, nunca había visto o advertido una situación incómoda entre nosotros; o tal vez no estuve avispado o lo suficientemente atento -al parecer me equivocaba.

A mi insistencia sobre la verdad de lo que me estaba contando, de qué modo se había enterado y por parte de quién, cómo estaba tan segura de ello si yo mismo nada sabía -no quería que se saliera por la tangente-, me respondió que eso no era importante, añadiendo -no sé a cuento de qué- que a veces suelen llamarse y hablar un rato y esta última vez la encontró algo rara. Sin ceder respecto a la veracidad de sus palabras y el nombre de su informante -cosa que me exasperaba; hay silencios y omisiones que no suelo aceptar ni puedo comprender-, si supo decirme que en una ocasión, estando todos presentes, hice un comentario nada favorable, o más bien directamente desagradable, sobre el individuo en cuestión -de quien tampoco sé-; pasaba por casualidad junto a nosotros y lo señalé con un gesto de mi cabeza, comentario al que ninguno respondió ni ante el que nadie reaccionó -su cautela e innecesaria minuciosidad me ponían nervioso porque seguía como al principio. En tu descargo -¿intentaba consolarme?- si puedo decir que yo particularmente no le di importancia, el tipo pasaba por allí, nada raro, y alguien hace un comentario que no llega más allá porque la charla prosigue por otros derroteros más interesantes. Pero la conversación o revelación no duró mucho más, tenía prisa.

Resumiendo, Ana intuye que, conociendo a Rosa, durante esa sesión de cama sucedió algo que no debió gustarle, hecho que probablemente le hizo recordar mi comentario negativo e identificar a su acompañante con aquel entonces de paso por nuestro lado, lo siguiente fue sentirse mal. Ya sabes que Rosa es muy variable -me advertía, o recordaba. Aunque ella tiene otra teoría; Rosa está enfadada conmigo, o ha dejado de hablarme -no sé con qué opción quedarme porque de momento no he sufrido directamente ninguna-, porque siempre ha querido acostarse conmigo y yo nunca le he hecho caso -recuerdo que resoplé, me pillaba completamente descolocado-; y verse en la cama con alguien de quien yo no tenía una opinión favorable era como conformarse con la opción que, siempre según Ana, no es la buena, porque ni siquiera valía como venganza, ¿o no sabes cómo es Rosa cuando se le mete algo en la cabeza?

Hubo un momento en el que mi silencio tampoco la escuchaba, hablando y mirándome tan solvente como intrigada, segura de que su teoría era cierta pero sin poder calibrar cómo me la estaba tomando y si estaba haciendo bien contándomela. Además, persistía en su descubrimiento mientras se alejaba, es lo que dice Mario, tú nunca pareces darte cuenta de lo que hay y tienes alrededor, estás pero como si no estuvieras, según él la atracción de Rosa por ti siempre ha sido más que evidente, ocurre que tu hablas de amistad, de ser amigos y querernos como tales -circunstancia que yo particularmente nunca he entendido del todo porque oyéndote intuía unos límites que para mí jamás han existido- y hasta luego. Sin proponértelo has provocado en ella un sentimiento de culpabilidad que solo te hace a ti culpable, porque no te hubiera costado nada estar donde los demás y haber cedido con ella, aunque, claro, para ti las cuestiones de sexo nunca han tenido relevancia entre nosotros. Qué torpes sois a veces los hombres. Y desapareció. Como he dicho tenía prisa.

Esta entrada fue publicada en Relatos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario