Otoño

De pronto ha finalizado el verano, no es que haya llegado el frio pero al fin es posible salir a la calle en manga larga, incluso con dos mangas para los más frioleros; todavía hay quienes siguen de vacaciones y sus establecimientos cerrados a cal y canto, también el bar de costumbre, tal y como lo había venido advirtiendo su propietario, porque él también tenía derecho a unas vacaciones como los demás… -como si alguien en algún momento se lo hubiera impedido. Ahora los paseos son más largos, sin el agobio del calor, y la noche cae cuando menos te lo esperas, al doblar una esquina, y comentas… Se está poniendo el sol, ¿qué hora es?

Más y menos jóvenes de vuelta a sus correspondientes rediles escolares, entre fastidiados y aburridos y poco o nada predispuestos al inevitable esfuerzo, tal vez atentos a alguna inesperada sorpresa y, sin ser derrotistas, entre ellos algunos gustosos por aprender, unos por lo que les aporta y las puertas intelectuales que les abre ese aprendizaje y otros por lo que puede, con el tiempo, proporcionarles para vivir.

Tiempo de rentrée, de estados de ánimo bajos o muy bajos, incluso depresivos y más o menos recurrentes, o desgraciadamente de cierta importancia por tener que volver a encontrarse con esa normalidad tan incomprendida y poco apreciada, la misma que nos mantiene en pie atándonos corto durante el resto del año, de la que permanentemente nos quejamos y no queremos sufrir sin que sepamos hacer otra cosa, de la que no podemos desprendernos porque sin ella no viviríamos -no se trata de cómo nos gustaría-, pero al menos nos concede el resuello suficiente para forjar nuevos planes e ilusiones.

Los gimnasios y lugares donde reencontrarse o conocer el propio cuerpo presumen abarrotados de rostros preocupados y entusiastas porque vuelven a imponerse las formas por encima de las ganas; aunque después de todo está bien regresar y saludar de nuevo a las sufridoras amistades de sacrificios y proyectos compartidos, contarse qué tal y sonreír al menos por ver si este año sí, aunque al final y como de costumbre el proyecto se quede en eso, en otro año que no, pero al menos se pasa, bien o mal es otro tema.

Regresan los cursos y actividades de todo tipo, tanto extraescolares como para ocupar esas largas tardes de invierno que también sufren los adultos, algunos escasos de espacio y/o tiempo e imagino que más de uno se habrá tenido que quedar fuera por no disponibilidad de plazas, o simplemente por haber llegado tarde o no haberse acordado en su momento.

También han aumentado las amenazas a la hora de amargarnos un poco más los meses que vienen, guerras, inflación, carencias, carestía y horizontes más bien oscuros que no acabamos de asumir porque todavía queda y a día de hoy seguimos aquí. La extrema derecha ha ganado en Italia mientras la de aquí anda buscando qué inventarse sin dejar de enmierdar el panorama político general, más o menos lo que siempre han hecho porque, a excepción de su permanente y reaccionario sermoneo católico-racial y el patriarcal y clasista como dios manda, carecen de proyecto político o una propuesta inteligente de gobierno. Como venía diciendo, igual que siempre.

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Cuentos de reyes

Si no fuera porque los vemos, vivimos y sufrimos, tal y como viene sucediendo desde hace ya bastante tiempo, bien podríamos decir que los reyes solo son personajes de cuentos, sujetos de un imaginario común indispensables para el mantenimiento y perpetuación de unos ordenamientos políticos y sociales, antiguos o actuales, de cualquier tribu, comunidad o sociedad sólidamente establecida. Una institución que probablemente basa una gran parte de su curioso prestigio en una tradición oral comprimida en infinidad de historias y cuentos infantiles encargados de incrustar en el inconsciente colectivo un orden y jerarquías tan arcaicas como fantasiosas -o simplemente ficticias- que, sin embargo, para muchas personas conforman una simbología tan consoladora como cohesionante, vital para el cuasi sagrado sostén de algunas sociedades desarrolladas actuales.

Aunque tal ficción sea, si cabe, lo más alejado de la realidad en un mundo que sigue a lo suyo -sin que todavía sepa de qué se trata-, por los siglos de los siglos. Los reyes y sus historias vienen ocupando, no obstante, un lugar bastante peculiar en el acervo colectivo, el de una ficción autoimpuesta intemporalmente real que en el fondo no importa lo más mínimo; pura retórica y ceremonial que todos admitimos, contemplamos y asumimos sin que se nos caigan las razones, por la sencilla razón de que para esta cuestión hoy no las hay -y en el fondo nunca las hubo-; no es que sean innecesarias sino que en cualquier conversación civilizada se antojan absurdas, infantiles e incluso ridículas.

No se trata de que estos individuos o figurantes sean mejores o peores personas, si aptas o no, tampoco cuestión de talantes, caracteres o predisposiciones, temas, éstos, mucho más prosaicos, sino de la misma institución, su vigencia o realidad que más de uno justificaría de forma ferviente y entusiasta argumentando su irreemplazable existencia en función de la hipotética necesidad para la población de un referente sólido y contrastado -¿moral? ¿de justicia? ¿todavía divinidad?- que guíe y otorgue sentido a sus al parecer desorientadas, atribuladas y necesitadas vidas.

Creo sinceramente que no existen razones para la permanencia de semejante alambique, como evidente es la absurda y forzada pompa y solemnidad de sus en principio más importantes actos o simple presencia; figuras, situaciones y/o celebraciones que únicamente tienen un sentido -aparte de para la cómoda y distendida vida y riqueza de sus representantes- para sus más inmediatos beneficiarios y mantenedores -las clases en el poder-, que, en su obsesiva autoperpetuación, ponen convenientemente en juego cuando la ocasión pinta para ello. Porque organizar tales y grandilocuentes eventos en función de unas personas sin ninguna relevancia material, tampoco moral, en la población tiene poco de realidad y mucho de cuento; enésimo ritual opresor perpetuado por parte de quienes manipulan y dirigen este entramado tan corrupto como caduco.

O la parte más prosaica del tema, las monarquías son necesarias porque su vetusta presencia, entre absurda e incomprensible, sirve para atar corto a tantos que de otro modo se sentirían mucho más solos en sus vidas -cuestión esta que desgraciadamente es muy real- y tal vez propensos a conductas poco colaboradoras, atrabiliarias o francamente disolutas; aunque a algunos nos cueste tanto entenderlo.

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Viajes

Ahora que el verano va tocando a su fin apetece volver a salir debido a un insospechado temor a la polilla que aguarda en invierno o porque todavía quedan ganas, y da igual el momento y lugar porque de pronto a tus referencias más inmediatas les falta algo o el mismo horizonte de cada mañana luce un podo deslustrado; aunque mejor reconocer que no es por ellos sino por ti, tu cabeza o ese estado de ánimo de ayer que quizás huele a cansado y al que, sin embargo, le apetece otro trote.

Cuestión de ver como de cambiar de aires, pasear o conocer otros lugares, o regresar a los mismos, ver otras cosas o las de entonces pero bajo otra impronta; conocer a otra gente e intercambiar las palabras de rigor, aunque solo sea para darles las gracias por su atención, por permitirte irrumpir en su tiempo y probablemente llevarte una buena impresión que alojar en ese recinto en el que se apretujan los buenos deseos y las mínimas satisfacciones, sobre todo aquellas provenientes de los gestos más pequeños y cotidianos. Cambiar de horizonte unos días y luego regresar con más ánimo si cabe.

Porque hace mucho que no ves el mar, porque lo hechas de menos, sentado viendo y escuchando el rumor de las olas; también para darte un remojón y nadar, independientemente de cuestiones como caliente o frío, el mar es el mar y las aguas están como están, lo importante es su contacto, sumergirte en ellas, más allá de la acomodaticia temperatura que en ocasiones enmohece más que alivia.

Crees que con poco te conformas y luego ese poco te parece mucho, gratamente sorprendido porque en ningún momento puedes decir que ya lo has visto todo, que por ahí no volverás a pasar o no hay nada nuevo que descubrir. Pequeños templos -decenas- con muchos siglos de antigüedad e infinidad de detalles arquitectónicos que te alegras de poder contemplar y disfrutar; ruinas y mosaicos excelentemente conservados y protegidos mucho más antiguos aún, igual de sorprendentes. Como sorprendida se muestran esa pareja de ciervos advertidos por sorpresa tras una curva de ciento ochenta grados de una tortuosa y antigua carretera poco transitada, nosotros quietos, mirándonos, ellos en estado de alerta; o ese otro robledal en el que el sol apenas puede penetrar y una nueva y empinada ascensión desde un pantano en horas muy bajas castigados por un sol de justicia que nos deja arriba con la lengua fuera, necesitados de un pequeño descanso. Luego, de regreso donde nunca antes habíamos estado, seguimos el murmullo y nos arrellanamos en unas sillas a la sombra en una plaza porticada aguardando una cerveza que se antoja tan inevitable como indispensable; mientras, en el centro de la placita, tres tipos afinan sus instrumentos advirtiendo que esperamos un poco más a que salga la gente de misa. Gente que pasa del templo a la terraza exigiendo buenos lugares para beber, ver y escuchar a quienes amablemente han demorado esos minutos el inicio de su ignoro si improvisada o preparada actuación. El camarero nos sirve renegando porque aquellas fiestas no parecen acabar nunca, cuando en realidad lo hicieron ayer. Sonreímos comprendiendo su enfado pero preferimos aquello a la plaza vacía.

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Parado

De pronto estaba parado a un lado de la calle, a un metro escaso de la acera, un cuerpo completamente inútil para el movimiento y sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Tardó segundos en ser consciente de lo que estaba sucediendo, pocos, tal vez décimas, los primeros instantes tras la nerviosa repetición de unas órdenes completamente inútiles por parte de su cerebro y, ahora sí, el sorprendente reconocimiento de su inesperada inmovilidad. Desechó el error cuando fue reflexivamente consciente del fallo en su organismo, a medida que se sucedían los segundos nada que ver con algo pasajero o una falsa alarma, daba igual si accidental o definitivo, porque algo en su cerebro o en su sistema nervioso había dejado de funcionar y un terror del que no sentía ninguna manifestación física comenzaba a abrumarle como nunca antes; sin cesar de enviar órdenes a unas extremidades que no respondían, como tampoco sentía, ni mirarlas. Incluso hubo de reconocerse sorprendido por tener que ordenar a sus pies que caminaran cuando, exceptuando aquel momento, nunca antes recordaba haberlo hecho; se trataba de actos reflejos e inconscientes en los que jamás se había parado a pensar. De pronto esa inercia había dejado de funcionar, ¿lo que quería decir? ¿Qué estaba fallando en su cuerpo? ¿o en su cabeza? Sorprendentemente tampoco sentía dolor.

Nadie de los que pasaban a su lado parecía advertirlo, simplemente lo evitaban y proseguían, algunos con reacciones rápidas y evasivas que no disimulaban su sorpresa pero sobre la que no volvían. Cada cual a lo suyo, moviéndose inconscientemente absortos en sus propios asuntos y esquivándolo con más o menos presteza cuando casi tropezaban con él. Increíble que en una calle en fiestas, atestada de gente, alguien pudiera permanecer quieto sin organizar un tumulto, en el centro de un incesante trasiego, grupos en plena diversión, matrimonios, parejas con carritos y niños o tipos que caminaban rápido hacia una cita sin tiempo para detenerse o preocuparse de lo que en aquellos momentos solo era un obstáculo en su camino.

Se creyó sudando de impotencia y temor por seguir todavía allí, quieto y sin saber qué era lo que le estaba ocurriendo, qué importancia tenía, si temporal o definitivo, además del inevitable por qué. Si alguien se hubiera fijado en su rostro probablemente se habría alarmado tanto como lo estaba él y tal vez se habría parado a preguntarle; pero en ningún momento fue así, allí seguía, cagado de miedo y completamente solo en medio de tanta gente, en su propio pueblo, en su casa y rodeado de vecinos y conocidos con los que probablemente se tropezaría todos los días sin saludos ni dirigirse la palabra. Pero ahora no era lo mismo.

No sabría decir si la siguiente impresión, además de la soledad, fue la sensación de no existir, de no haber existido nunca; todo lo que le había rodeado y en aquellos instantes le rodeaba seguía allí en aquellos momentos, en movimiento pero sin él, porque no estaba, que era casi como decir que nunca había estado y lo que supiera, sintiera o amara de aquello jamás habría existido; ni la insignificancia de una gota en el océano, mucho peor, mucho más desasosegante y aterrador. Tampoco un objeto de utilidad pública que cualquiera puede usar, allí plantado o instalado con un motivo concreto. Nada de eso, ni un estorbo, ni una piedra o un bote que puedes golpear como si fuera una pelota, porque, curiosamente, a él nadie le iba a golpear, además de no hacerle caso.

Perdida la consciencia del propio tiempo, si pronto o tarde, intentó rehacerse buscando qué hacer, cómo reaccionar, una alternativa, cómo actuar o pedir de algún modo ayuda a alguno de aquellos que directamente lo ignoraban, hablarle, pararlo y decirle que… Pero precisamente cuando intentó abrir la boca para dirigirse al primero…

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Cuestión de fe

Hoy puedes viajar a cualquier lugar sin dinero en metálico si en tu destino admiten tarjetas de crédito como forma de pago; no es necesario cambiar o llevar consigo ninguna cantidad, grande o pequeña, de la moneda local porque basta con disponer de una tarjeta de crédito proporcionada por alguna compañía o multinacional internacionalmente avalada y una cuenta bancaria con números en negro. En definitiva, hace ya tiempo que la antigua y original materialidad de los intercambios comerciales dejo de tener vigencia, tampoco en su moderna equivalencia del papel como moneda de cambio.

Tal éxito, no sé si denominarlo económico, comercial o religioso, se basa y apoya en la fe que los sujetos de los que vive y se alimenta el sistema tienen en el mismo -como los feligreses de cualquier iglesia, por ejemplo-, sin aquella nada de lo que hoy consideramos económica o comercialmente normal existiría, no digamos nuestro diario funcionamiento. El sistema se mantiene y progresa a partir de un acuerdo tácito -el dogma- entre grupos y clases dominantes, doctrina que otras clases dependientes e inmediatamente inferiores se encargan de alabar, reelaborar, proteger, propagar y hacer cumplir -magos, brujos, profetas, augures, exegetas, sacerdotes, economistas, técnicos, etc.- y el resto de la población asume con la misma fe y devoción que una creencia religiosa más, pues esa fidelidad y devoción que exige el sistema no deja de ser el motor que mueve sus vidas.

En puridad, al no ser necesaria ninguna materialidad referencial, ni siquiera el antiguo y socorrido patrón oro, la cuestión se limita a un par de columnas virtuales por individuo -debe y haber- habilitadas y sustentadas por un medio digital creado, dirigido y manipulado por los propietarios y sus expertos, peritos y siervos más próximos, y al que el rebaño accede bajo unas condiciones muy estrictas específicamente concebidas para dilatar, confundir y en el fondo evitar miradas indiscretas y/o juicios de valor que cuestionen el engranaje o directamente contrarios al mismo, amén de disponer de un sagrado, especializado y oscuro lenguaje que tiene como único objetivo hacer imposible cualquier intromisión o petición de cuentas. El sistema -o religión- solo es juzgado y cuestionado seriamente cuando existen víctimas materiales -de carne y hueso y siempre indirectas-; único caso en el que el sistema se muestra directamente ligado a la materialidad de la especie que lo inventó.

El permanente dominio en el tiempo de las mismas clases dominantes no evita, sin embargo, que constantemente surjan rebeliones y sectas que, sin dar la espalda a los dogmas fundamentales -manuscritos, teorías y tradiciones más sagradas-, retoman estos mismos de un nuevo modo acusando a la vez a los controladores del invento de corruptos y disolutos -al igual que ha venido sucediendo desde, por ejemplo, el judaísmo primigenio y las sucesivas derivaciones surgidas a partir de sus dogmas principales -dios único, victoria final sobre la muerte, asunción inevitable de la vida como un pasaje complicado e incierto en el que la felicidad es sinónimo de esfuerzo y sacrificio, etc. Como ejemplo de lo que acabo de decir puede valer la última secta que a duras penas intenta abrirse camino, el nuevo dogma de las criptomonedas -inmaterialidad pura y dura, casi metafísica-; una camarilla de heterodoxos necesitada de animosos, beligerantes y jóvenes creyentes en posesión de una fe verdaderamente espiritual y dispuestos a luchar por ella y abrirse camino; también en este caso con el objetivo final de conseguir la máxima felicidad, de momento en este mundo.

Al no existir ninguna materialidad referencial o de intercambio en esta religiosidad económica -solo utilizadas como hipótesis estratégicamente amenazadoras- no habría ningún problema en, por ejemplo, al igual que oímos hablar de cantidades de cinco y seis ceros como propiedades, gastos, beneficios o inversiones por parte de los dueños y controladores del sistema, añadir tres o cuatro ceros en la columna del haber de cada una de las cuentas personales/digitales existentes, es decir en la de cada uno de los sujetos físicos. El sistema no lo notaría ni se resentiría, siempre y cuando la fe de los usuarios en el mismo no disminuyera -todo lo contrario, contentos de tener al alcance esa nueva y accesible felicidad no hay duda de que aumentaría. La cuestión es que tal alteración digital no levante ningún temor a perder su posición preponderante y el pánico subsiguiente entre las clases propietarias -temor que, como en cualquier religión, es el principal origen de todos los miedos, dudas y las consiguientes catástrofes -una especie de multiplicada parusía personal pero sin advenimiento glorioso. Es decir, hay que asegurarles su posición y beneficios, es la única condición.

Así que todos felices y viajeros; un fiel creyente en las criptomonedas afirmaba que él quería ganar un millón rápido y a partir de los cuarenta y cinco dedicarse a vivir felizmente la vida. Pero, como habrán imaginado, a este idílico sombraje le faltan los palos. Desgraciadamente la especie humana sigue siendo un especie física -de carne y hueso- que depende de cuestiones vulgarmente materiales, no solo moverse, alimentarse o reproducirse, sino también ayudarse y colaborar entre sí, servirse, protegerse, limpiarse, salvarse -si fuera necesario-, explotarse, agredirse, humillarse e incluso esclavizarse. Y mientras sigamos dependiendo de nuestra corporeidad, esta molesta materialidad será nuestro sino; la vida será la vida y la fe solo fe, alimento para creyentes. La cuestión es apuntarse a la secta ganadora, la que tenga más creyentes y permita a sus feligreses vivir y viajar entre paganos necesitados de un vulgar trabajo con el que sostener el invento y ganarse las lentejas.

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Volcano

En el camino se cruzaban con una joven autostopista provista de un cartel con la palabra volcano escrita en él, aún quedaban kilómetros y aquella carretera de salida de la capital tenía otras direcciones más estables que el reciente volcán en erupción; aunque tanto da cuando la voluntad de ir se impone a cualquier otra circunstancia, probablemente entre aquel tráfico alguien tendría el mismo destino que ella solicitaba como favor. No pararon porque iban completos.

Una vez despejado el tráfico de salida de la ciudad su objetivo ya no parecía tan solicitado; algunas pérdidas y/o confusiones después enfilaban una carretera medio salvaje ocupada tan solo por los pocos elegidos, o decididos, a no ceder en su obsesión. La ruta iba estrechándose y haciéndose cada vez más escabrosa, en algunos tramos parecía recién construida, circunstancia probablemente forzada por una súbita y desordenada afluencia de interesados y curiosos que había obligado a las autoridades correspondientes a mover ficha con tal de prevenir, facilitar y coordinar un acceso mínimamente seguro hacia un destino que hasta hacía poco era tierra de nadie, un lugar desconocido e ignoto en una zona geológicamente activa y caliente del país.

Pero la soledad duraba más bien poco, bastaba rodear un antiguo volcán apagado y avistaban dos enormes aparcamientos repletos de vehículos estacionados de forma más o manos organizada. Visto desde la distancia la afluencia se antojaba más que numerosa, además de varios autobuses que probablemente habrían llevado hasta allí grupos organizados. Había que aparcar y antes que desistir y regresar por donde habían venido, cosa que ninguno estaba dispuesto a hacer, correspondía dar con un espacio mínimamente seguro y estable en un terreno dispuesto a la carrera con tal de contener a tanto aficionado a las novedades geológicas. Hallaron un hueco entre pedruscos, agujeros y un transformador instalado en precario, suficiente para en un par de maniobras quitar el vehículo de en medio.

Tocaba prepararse para la caminata, botas, ropa de abrigo, impermeables y chubasqueros; el sendero que partía del aparcamiento y ascendía la montaña no tenía fin porque lo ocultaba una abundante nubosidad movida por un viento racheado que aportaban la incertidumbre correspondiente a cualquier perspectiva de ascensión. En marcha tras repasar y recopilar pertrechos y posible avituallamiento se mezclaban entre otros como ellos, número mucho menor de los que regresaban, en apariencia relajados y sonrientes, satisfechos con el deseo cumplido -imaginaban- y la contemplación del único y excepcional espectáculo que les aguardaba al final.

Los primeros tramos, con poca pendiente y un sol que poco a poco se iba ocultando, pasaban más entretenidos mientras iban observando de reojo las caras de los que volvían, pequeños grupos, familias con algún niño, jóvenes y aventureros solitarios; luego el objetivo no pintaba problemático a poco que el tiempo acompañara. Pero aquello no iba a durar, iniciada la ascensión en un zigzag improvisado sobre la ladera de la montaña un viento frío traía las primeras gotas de lluvia que, a medida que subían, se convertían en un aguacero en toda regla que empapaba en cuestión de minutos toda superficie libre. Casi en la cumbre hubieron de asegurar con firmeza los impermeables y chubasqueros porque el agua se colaba por todos los huecos abiertos por un rápido viento que la transportaba casi horizontalmente respecto al suelo. No había posibilidad de mirar o mirarse, apenas podían abrir los ojos y quienes llevaban gafas a duras penas distinguían, tan solo avanzar con la vista fija en el suelo, sobre todo al cruzar una pequeña planicie de unos quinientos metros de longitud erizada de grandes y puntiagudas rocas que apenas dejaban espacio donde apoyar con seguridad las botas. Sin opciones para hablar o comentar, quizás mediante señas, además de evitar a quienes venían de frente, de vuelta pero con el viento a favor, igual pero mejor, más cómodo y con la tarea ya hecha. Pero ¡qué importaba que los últimos kilómetros fueran con viento y lluvia! más emoción si cabe.

Sí había tiempo para levantar la cabeza cuando el sendero orillaba coladas recientes de lava aún humeantes; alguna fotografía hecha de cualquier modo, con el teléfono, sin tiempo ni forma de posar porque era casi imposible; felices y empapados para el recuerdo. Aquello era tan impresionante como salvaje, y todavía no habían llegado; en algunas curvas daba tiempo a asomarse y contemplar las humeantes coladas en casi toda su longitud, también algunas bocas ahora calladas rodeadas de un amarillo de azufre que brillaba bajo el aguacero. Iban sucediéndose descensos y nuevos ascensos, casi inalcanzables cuando al alzar la vista medio divisaban a quienes les precedían perdiéndose en las alturas entre nubes que las ocultaban; pero no iban a retroceder ahora, aunque si a alguno se lo plantearan diría inmediatamente que sí. Pero ¿a qué habían venido? Es cierto que quienes regresaban lo habían tenido mejor, pero al menos ellos podrían decir que su ascensión hasta el volcán fue de las que hacen época, peor no lo habrían podido pasar, tenían que llegar, habían ido precisamente a eso.

En algunos tramos el agua reblandecía la tierra y comenzaban a formarse numerosos regueros descendentes que con el paso de botas y más botas se embarraban haciendo más peligroso el descenso que el propio ascenso. Alguno pensó que, de seguir el tiempo así, la vuelta sería peor. En una pendiente, cuando las rápidas nubes cambiantes dejaban ver y el viento permitía alzar la cabeza, tropezaron con trabajadores manipulando pequeña maquinaria intentando dibujar un sendero entre zonas hasta hace bien poco inhóspitas. Era para felicitarse que las autoridades del país, ante la súbita e inesperada demanda de aficionados geólogos, en lugar de impedirles el paso hubiera optado por facilitarles el acceso de forma más o menos practicable hasta un punto seguro.

Las coladas parecían cada vez más recientes, a juzgar por las persistentes humaredas que proyectaban contra un sol que, de pronto, aparecía entre algunos retazos de nubes moviéndose a gran velocidad. Tras la ascensión de un pequeño repecho podía distinguirse un sendero descendente hasta una pequeña elevación que ocultaba lo que, sin ninguna duda, era la columna de vapor ardiente del único cono que quedaba activo en aquellos momentos. Más fotografías, ahora que el tiempo daba opciones. Las casi dos horas de accidentado trayecto y los consiguientes padecimientos procurados por la meteorología parecían a punto de acabar ante el anhelado volcán que pretendía aquella mujer de la carretera, ¿dónde estaría ahora?

Y culminado el último repecho por fin tenían a la vista la negra boca donde un magma rojo hervía a miles de grados admirativamente contemplado por una silenciosa y atenta concurrencia que fotografiaba, bebía, comía o manipulaba drones -prohibidos en todas la zona por orden gubernamental- en aras de conseguir la instantánea más impactante; dejándose impresionar por el constante sonido de un borboteo mágico en el interior de aquella negra cazuela que comunicaba sus vidas, la luz y las nubes con el centro de la tierra.

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Ballenas

En el pequeño puerto, a escasos kilómetros del Círculo Polar Ártico, un grupo de personas entretienen expectantes la espera bien provistos y abrigados -por si las moscas-; la tarde anterior, de un día gris, ventoso y lluvioso que desanimaba al más pintado, la salida hubo de ser interrumpida por el mal estado del mar. Pero hoy ha amanecido un sol radiante en un cielo hasta ese momento completamente azul, algo, según los locales, muy raro por estos lares. Aguardan al barco, todavía por llegar de vuelta de la primera salida matutina. El grupo aumenta poco a poco, sin palabras, algunos saludos de cortesía entre conversaciones privadas con las que hacer más fácil la espera; desconocidos reunidos con un objetivo común y una incertidumbre incómoda que ninguno sabe resolver, ¿verán hoy ballenas? ¿cuántas? ¿grandes? ¿pequeñas? ¿y también delfines? ¿nos salpicarán? ¿podré hacer buenas fotografías?…

No se trata de dudas o divagaciones, sino lo que suelen pensar quienes se hallan en circunstancias similares, antes de que comience el pequeño viaje mar adentro.

Por fin aparece el barco, las partes altas visibles por encima del malecón que cierra el puerto, pequeño y bamboleante; y a medida que se acerca al muelle donde espera el grupo este se inquieta y arremolina reagrupándose junto a la pasarela de acceso. Hay algunas prisas por colocarse en primera fila, eso sí, con cierto tacto, el respeto o la educación hace que nadie se imponga por las malas; se trata en definitiva de alcanzar los mejores lugares con tal de estar lo más próximos posible a los protagonistas del viaje, aunque en el fondo ninguno de ellos sepa por dónde van a aparecer, solo que el barco, una vez vistos, enfilará la proa hacia ellos, luego, hay que estar delante.

Tras desprenderse de sus correspondientes fundas de neopreno, los que no lo han hecho durante la travesía de regreso, los recién llegados ascienden por la pasarela sin mostrar signos de aprobación o rechazo, ni entusiasmados ni enfadados, algo muy difícil de interpretar para los que aguardan porque de ello no puede obtenerse ninguna pista respecto a lo que les espera allá adentro, si bueno o malo, si felices o defraudados. En cuanto queda libre la pasarela el grupo sigue en su sitio sin atreverse a lanzarse al abordaje, una expectación entre respetuosa e ignorante que lo mantiene nerviosamente quieto, a la espera, hasta que un gesto desde la embarcación les indica la señal de salida. Pasos rápidos y pequeños empujones apenas cambian la organización del grupo que se planta junto a la nave casi en el mismo orden que estaban durante la espera. Los encargados o responsables del viaje, tras rápidas ojeadas a la altura y anchura de cada individuo, reparten aleatoriamente las correspondientes fundas de neopreno con la perentoria esperanza de que a cada cual se le adapte de forma más o menos correcta. Y si no es así no merece la pena reclamar, cada cual se la enfunda como puede porque lo que viene después es más importante que te tire una sisa o una pernera; y no vamos a demorar las salida por un quítame esta funda.

Situado cada cual en su sitio, es decir, donde ha podido o le han dejado, uno de los responsables se dirige al personal micrófono en mano haciendo una especie de recapitulación de lo que les espera, rogando encarecidamente al personal que evite los movimientos inesperados o sin sujeción, ya que cualquier imprevisto puede dar con el imprudente en el agua, y entonces sería peor el remedio que la enfermedad. Intentan explicar hacia dónde se dirigen y qué verán, con la consiguiente advertencia de que no se puede esperar nada por decreto porque dependen de unos animales que van a lo suyo -como todos-, y no les preocupa ni ser vistos ni fotografiados, todo lo contrario, ellos lo que desean es dormitar, descansar y comer en paz, a su aire, y hacerlo con más o menos público les es indiferente, o peor, porque ello significa molestias indeseadas que pueden espantar la pesca o interrumpir el merecido descanso.

El barco sale airoso del puerto con un vaivén tan alegre como notable que al parecer a nadie incomoda ni procura malas sensaciones, al menos de momento. Enfila hacia mar abierto, nadie sabe dónde excepto los tipos que comandan la nave, lo que no ha evitado que los más arriesgados, listos o preparados hallan copado la proa y las amuras de babor y estribor cámara en mano. El balanceo de la nave en algunos momentos es importante, rozando la bordas los niveles del agua.

Por allí asoma la primera ballena…

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Concursos

Aquella parecía una cara conocida, se trataba de un concurso y el concursante era el mismo de otros concursos; ¿sorprendente? quizás no, probablemente debe existir una actividad de la que decirse, por ejemplo, de profesión: concursante.

Acto seguido me vino a la cabeza una antigua película de Nicolas Cage en la que su mujer se dedicaba, como actividad diaria o especie de “trabajo”, a memorizar datos de todo tipo con los que acudir a concursos televisivos y ganar un gran premio del que vivir, quiero imaginar, opíparamente. Luego, y asumo mi ignorancia sobre el tema, ahora mismo debe de haber cantidad de personas memorizando contra reloj nombres, datos, fechas, lugares raros y cualquier otra pregunta cojonera con el objetivo de saltar la banca de algún concurso televisivo; y después de ese otro, y no sé si así sucesivamente.

Recuerdo cuando los concursos me parecían, además de curiosos e interesantes, una invitación a sentarte ante el televisor e intentar contestar alguna de las preguntas que iban desgranando los presentadores, incluida la orgullosa y pequeña vanidad de saberla e incluso responder desde casa antes que el propio concursante. Entonces tampoco faltaba alguien a tu lado que decía, preséntate… si no te atreves yo escribo al programa por ti; a lo que me encogía de hombros un poco avergonzado porque me veía, en caso de darse la situación, incapaz de salir airoso de aquel fregado.

Luego fui sabiendo, por diferentes fuentes o información directa de conocidos que llegaron a participar en ellos, que la mayoría de los concursos, si no todos, están amañados; para ello deben existir y funcionar un sinnúmero de recursos de realización -insospechados para la gente corriente- basados en una simple mecánica trucada, así como la excusa de tomas y grabaciones supuestamente erróneas o malas que han de volverse a hacer y, ahora sí, inclinar la balanza hacia el concursante previamente elegido por los productores, el más simpático o el que cae mejor; de ningún modo ese otro que jamás puede salir como vencedor de allí.

Hoy los concursos se han multiplicado porque quiero imaginar que para los espectadores todavía conservan, además de un punto de curiosidad, una especie de aura en la que supuestamente se mezclan ese punto de aleatoriedad -o simple suerte- y sabiduría básica popular que cualquier persona acumula conscientemente o sin apenas darse cuenta. A pesar de las trampas implícitas y/o camufladas u ocultas que los caracterizan. Sin embargo, sigo pensando que en los concursos siempre gana quien previamente eligen los productores, y el azar, como cualquier otra parte del guion, existe como necesaria y controlada dosis de emoción y supuesta veracidad suficiente para sujetar en el sillón a los espectadores en sus respectivos domicilios.

Lo que sobre todo me resulta curioso es que haya gente empollando a destajo miles de datos de todo tipo con el objetivo de ganar un concurso televisivo; sin un criterio de mejora personal o afán de conocimiento mínimamente articulado, todo lo contrario, acumulando un batiburrillo, o caudal amazónico de datos, tan abigarrado como aleatorio; una especie de precario, disfuncional y absurdo caos fácilmente olvidable y que, me temo, no conduce a ningún sitio.

¡Cómo no! -dirán algunos- ¡qué tonterías estoy diciendo! Qué mejor fin en esta vida que ganar todo el dinero posible, qué mejor objetivo que hacerse millonario participando en concursos televisivos. Además de salir en la televisión y hacerte famoso es casi como tocar el cielo, la máxima felicidad. ¿Seguro? Entonces, sin ningún género de duda el equivocado soy yo, tengo otra idea de lo que significa aprender, proveerte de unos conocimientos que te permitan saber y conocer cómo somos, además de cómo funciona el mundo y por qué; se trata en última instancia ser mejor persona y mediante ese conocimiento adquirido colaborar o ayudar a los demás.

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Una de jueces

Hace unos días se conocía la sentencia y correspondiente condena de los dos expresidentes andaluces implicados en el caso de los ERE, y gracias a ello cualquier ciudadano habrá descubierto, por si no lo sabía ya, porque la derecha nacional -que, repito una vez más, nada tiene que ver con una derecha democrática europea- mantiene bloqueada la renovación de algunos órganos judiciales.

Como tampoco es una novedad reconocer que en este país una mayoría de jueces son señoros con más caspa que pelo que piensan y viven con anteojeras; ancianos decimonónicos anclados en una ideología ultracatólica y provinciana a los que el mundo actual les viene grande, dulces abuelos dedicados a vegetar, a costa de los presupuestos del Estado, salvaguardando una jurisprudencia patriarcal, machista y reaccionaria del tipo Dios, patria y familia. A quienes nadie exige la correspondiente actualización, por la sencilla razón de que si intentas actualizarlos se caen a cachos.

Volviendo a la condena de más arriba y sin entrar en valoraciones de ningún tipo, cuesta entender que en su redacción aparezcan consideraciones tan ambiguas como: “no tuvieron suficiente atención…”, «tenían que saber lo que pasaba…” o, “podrían haber hecho algo…”, en lugar de condenar a partir de acusaciones incriminatorias o directamente provechosas para los culpables apoyadas en hechos y pruebas contantes y sonantes. Porosas circunstancias a la hora de condenar que no concurren, curiosamente, en los casos en los que el partido de la derecha nacional -gente de la misma cuerda- ha estado y aún sigue implicado. Un partido condenado judicialmente por corrupción y financiación ilegal que tiene a su antiguo tesorero en la cárcel gracias a pruebas y evidencias concluyentes; en cambio, los presidentes del partido que lo eligieron, admitieron, validaron y celebraron siguen campando a sus anchas, para estos no hubo consideraciones tan vaporosas como las aplicadas a los expresidentes andaluces. Es más, aquellos mintieron sin ningún pudor a la hora de declarar ante sus mantenidos, sobre todo y porque, en justa reciprocidad, más les valía a estos no morder la mano que les da de comer. Con el agravante de que la policía demostró en su momento que hubo destrucción intencionada de pruebas informáticas incriminatorias que podrían haber profundizado en la investigación apuntando a más delincuentes, tan políticos como corruptos. En estos casos nadie tenía que saber… podría haber hecho… o no prestó suficiente atención.

O que el segundo y tercero en el mando en la comunidad de Madrid estén entre rejas, acusados de apropiación indebida y corrupciones de todos los colores y tamaños, y la presidenta que los dirigía siga libre y coleando. Por no hablar de bodorrios en El Escorial o la cueva de delincuentes y chorizos que fue la Comunidad Valenciana cuando estos tipos, más que gobernar, se dedicaban a robar a manos llenas.

En fin, es lo que hay, los condenados se lo tienen bien merecido, tal y como piensan muchos. Quien les manda a tipos sin tradición ni experiencia en el poder ponerse a gobernar dejando a un lado a la gente que ha nacido para ello, probos caballeros en posesión de ese derecho a mandar tan tradicional como divino. Qué es la democracia sino una ficción de pobres. Sueños de mediocres, y así nos va.

La renovación judicial en este país permanecerá detenida hasta que los dueños naturales del poder regresen a sus puestos de mando. Entonces, cuando veamos la cara de cemento del que dicen es el nuevo líder conservador, y del que solo se sabe que gusta fotografiarse sonriente y en bañador a bordo de barcos propiedad de conocidos narcotraficantes, podremos respirar tranquilos, habrá llegado la normalidad y aquellos jueces comatosos serán justamente recompensados por su corrupta fidelidad. Qué verano tan feliz.

NOTA.- Imagino que para llegar a juez harán falta de veinticinco a treinta años de duro estudio; claro, hasta ahí solo pueden llegar quienes tengan detrás un saneado y boyante balance económico. Por eso necesita becas la gente de dinero, para facilitarles el acceso a sus nichos naturales. No vas a ayudar con becas a un pobre desgraciado que, llegado el caso de convertirse en juez, se dedique a impartir justicia. Cada cual a lo suyo.

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Verano

Caminaba despacio, y no por costumbre, era tarde, el día hacía mucho que había finalizado y aquella vuelta a la calle -un compromiso inevitable- se le antojaba un extra con el que habitualmente no contaba. Tenía tiempo y ninguna prisa, mañana había decidido no madrugar -porque podía hacerlo- y le apetecía echar un vistazo a la fauna nocturna, inesperadamente picado por una repentina curiosidad veraniega que en alguna esquina de aquella relajada vuelta a casa le había hecho retroceder a otros veranos de algún modo similares a este. Como si el paso de los años no hubiera afectado a los hábitos de la población.

Y como antaño apenas encontraba calles vacías, más allá de la hora o por ser precisamente verano, y porque no todo el mundo necesita impepinablemente huir para desconectar durante unos días del lugar de residencia, cuando puedes desconectar precisamente en el lugar donde habitualmente vives conectado, experimentando la desconexión con el mismo paisaje como fondo que el resto del año, pero sin que te agobie el despertador cuando el sol aún no ha asomado por el horizonte. Se cruzaba con jóvenes, en pequeños grupos o en solitario, impacientes y dicharacheros, cada cual con su correspondiente teléfono móvil asido con una mano precediéndole mientras camina, dispositivo que actúa como una especie de corazón cuyo latido social, permanentemente alimentado por otros y desde otros lugares, les ayuda a sentirse vivos en este por donde se mueven. Apenas ha cambiado la forma de vestir, el mismo par de prendas, falda o pantalón corto, o muy cortos, camisetas y zapas deportivas o sandalias -tal y como vestía él, pero sin teléfono-; las mismas y animadas charlas pero sin perder de vista las pantallas, su horizonte de referencia, hilo conductor en permanente suministro de infinitas excusas o temas de conversación -también los mismos de siempre, es nuestro sino- condimentados con comentarios en presente.

En algunas calles vegetan grupos de vecinos enfrascados en una charla distendida al amparo de la semioscuridad que propicia una iluminación tan aleatoria como caprichosa, solo interrumpida por algún vehículo o chavales de paso. Abuelos y gente mayor -y viceversa-, y todavía algún aparato de radio chillón junto a su solitario propietario; aunque lo que más se repiten son parejas o pequeños grupos repasando el día o lo que precisamente acaba de pasar o suceder delante de sus propias narices. Las noches de verano son de los más jóvenes y los mayores, las edades intermedias no son necesarias ni se las espera a estas horas; rumian refugiadas en el nido entre aburridas y cansadas, con prisa para mañana -cuando todavía es hoy. Aguantan escondidos, permanentemente preocupados o despatarrados en el sofá, o ya encamados porque mañana hay que madrugar; abducidos por las manecillas de un reloj mental que poco o nada tiene que ver con su propio reloj de carne y hueso.

A estas horas, ausente la estresante normalidad de trabajadores, vigilantes, responsables, censores y aguafiestas, la secreta calma de la noche se despliega en todo su atractivo propiciando un territorio de libertad para los más jóvenes, sin tiempo ni nadie que les diga qué hacer -o qué no- o hasta cuándo, casi lo que quieran, hasta que se aburran de hablar y mirar los teléfonos y caigan en la cuenta de que es tarde y de momento no tienen nada más que decirse; además, también les puede caer una bronca.

Los mayores disfrutan más ligeros si cabe, de vuelta de las responsabilidades que agrían el vivir, para quienes el trabajo, si todavía trabajan, solo es un viejo conocido con el que no conviene excederse porque después nadie te lo va a agradecer; alguien pasará tu página sin preguntarte, y cuando quieras advertirlo tampoco podrás reclamar porque en realidad hace tiempo que dejaste de existir. Sin el agobio de lo definitivo porque aún queda tiempo para, junto a los más jóvenes y su vitalidad infinita en la que el tiempo ni cuenta ni existe, reírse y reírte de ese mismo tiempo y tanto esfuerzo invertido con tal de rentabilizarlo.

Es noche de verano y el camino no tiene fin, como todos los veranos, mecido por un tiempo que en realidad no es más que una ficción de la que disfrutar y aprovecharse, mejor sin demasiada rigidez, probablemente porque puedes quedarte agarrotado y perder tanto agilidad como sensibilidad. Verano, mucho más que olas de calor y noticias alarmantes.

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