Una de jueces

Hace unos días se conocía la sentencia y correspondiente condena de los dos expresidentes andaluces implicados en el caso de los ERE, y gracias a ello cualquier ciudadano habrá descubierto, por si no lo sabía ya, porque la derecha nacional -que, repito una vez más, nada tiene que ver con una derecha democrática europea- mantiene bloqueada la renovación de algunos órganos judiciales.

Como tampoco es una novedad reconocer que en este país una mayoría de jueces son señoros con más caspa que pelo que piensan y viven con anteojeras; ancianos decimonónicos anclados en una ideología ultracatólica y provinciana a los que el mundo actual les viene grande, dulces abuelos dedicados a vegetar, a costa de los presupuestos del Estado, salvaguardando una jurisprudencia patriarcal, machista y reaccionaria del tipo Dios, patria y familia. A quienes nadie exige la correspondiente actualización, por la sencilla razón de que si intentas actualizarlos se caen a cachos.

Volviendo a la condena de más arriba y sin entrar en valoraciones de ningún tipo, cuesta entender que en su redacción aparezcan consideraciones tan ambiguas como: “no tuvieron suficiente atención…”, «tenían que saber lo que pasaba…” o, “podrían haber hecho algo…”, en lugar de condenar a partir de acusaciones incriminatorias o directamente provechosas para los culpables apoyadas en hechos y pruebas contantes y sonantes. Porosas circunstancias a la hora de condenar que no concurren, curiosamente, en los casos en los que el partido de la derecha nacional -gente de la misma cuerda- ha estado y aún sigue implicado. Un partido condenado judicialmente por corrupción y financiación ilegal que tiene a su antiguo tesorero en la cárcel gracias a pruebas y evidencias concluyentes; en cambio, los presidentes del partido que lo eligieron, admitieron, validaron y celebraron siguen campando a sus anchas, para estos no hubo consideraciones tan vaporosas como las aplicadas a los expresidentes andaluces. Es más, aquellos mintieron sin ningún pudor a la hora de declarar ante sus mantenidos, sobre todo y porque, en justa reciprocidad, más les valía a estos no morder la mano que les da de comer. Con el agravante de que la policía demostró en su momento que hubo destrucción intencionada de pruebas informáticas incriminatorias que podrían haber profundizado en la investigación apuntando a más delincuentes, tan políticos como corruptos. En estos casos nadie tenía que saber… podría haber hecho… o no prestó suficiente atención.

O que el segundo y tercero en el mando en la comunidad de Madrid estén entre rejas, acusados de apropiación indebida y corrupciones de todos los colores y tamaños, y la presidenta que los dirigía siga libre y coleando. Por no hablar de bodorrios en El Escorial o la cueva de delincuentes y chorizos que fue la Comunidad Valenciana cuando estos tipos, más que gobernar, se dedicaban a robar a manos llenas.

En fin, es lo que hay, los condenados se lo tienen bien merecido, tal y como piensan muchos. Quien les manda a tipos sin tradición ni experiencia en el poder ponerse a gobernar dejando a un lado a la gente que ha nacido para ello, probos caballeros en posesión de ese derecho a mandar tan tradicional como divino. Qué es la democracia sino una ficción de pobres. Sueños de mediocres, y así nos va.

La renovación judicial en este país permanecerá detenida hasta que los dueños naturales del poder regresen a sus puestos de mando. Entonces, cuando veamos la cara de cemento del que dicen es el nuevo líder conservador, y del que solo se sabe que gusta fotografiarse sonriente y en bañador a bordo de barcos propiedad de conocidos narcotraficantes, podremos respirar tranquilos, habrá llegado la normalidad y aquellos jueces comatosos serán justamente recompensados por su corrupta fidelidad. Qué verano tan feliz.

NOTA.- Imagino que para llegar a juez harán falta de veinticinco a treinta años de duro estudio; claro, hasta ahí solo pueden llegar quienes tengan detrás un saneado y boyante balance económico. Por eso necesita becas la gente de dinero, para facilitarles el acceso a sus nichos naturales. No vas a ayudar con becas a un pobre desgraciado que, llegado el caso de convertirse en juez, se dedique a impartir justicia. Cada cual a lo suyo.

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Verano

Caminaba despacio, y no por costumbre, era tarde, el día hacía mucho que había finalizado y aquella vuelta a la calle -un compromiso inevitable- se le antojaba un extra con el que habitualmente no contaba. Tenía tiempo y ninguna prisa, mañana había decidido no madrugar -porque podía hacerlo- y le apetecía echar un vistazo a la fauna nocturna, inesperadamente picado por una repentina curiosidad veraniega que en alguna esquina de aquella relajada vuelta a casa le había hecho retroceder a otros veranos de algún modo similares a este. Como si el paso de los años no hubiera afectado a los hábitos de la población.

Y como antaño apenas encontraba calles vacías, más allá de la hora o por ser precisamente verano, y porque no todo el mundo necesita impepinablemente huir para desconectar durante unos días del lugar de residencia, cuando puedes desconectar precisamente en el lugar donde habitualmente vives conectado, experimentando la desconexión con el mismo paisaje como fondo que el resto del año, pero sin que te agobie el despertador cuando el sol aún no ha asomado por el horizonte. Se cruzaba con jóvenes, en pequeños grupos o en solitario, impacientes y dicharacheros, cada cual con su correspondiente teléfono móvil asido con una mano precediéndole mientras camina, dispositivo que actúa como una especie de corazón cuyo latido social, permanentemente alimentado por otros y desde otros lugares, les ayuda a sentirse vivos en este por donde se mueven. Apenas ha cambiado la forma de vestir, el mismo par de prendas, falda o pantalón corto, o muy cortos, camisetas y zapas deportivas o sandalias -tal y como vestía él, pero sin teléfono-; las mismas y animadas charlas pero sin perder de vista las pantallas, su horizonte de referencia, hilo conductor en permanente suministro de infinitas excusas o temas de conversación -también los mismos de siempre, es nuestro sino- condimentados con comentarios en presente.

En algunas calles vegetan grupos de vecinos enfrascados en una charla distendida al amparo de la semioscuridad que propicia una iluminación tan aleatoria como caprichosa, solo interrumpida por algún vehículo o chavales de paso. Abuelos y gente mayor -y viceversa-, y todavía algún aparato de radio chillón junto a su solitario propietario; aunque lo que más se repiten son parejas o pequeños grupos repasando el día o lo que precisamente acaba de pasar o suceder delante de sus propias narices. Las noches de verano son de los más jóvenes y los mayores, las edades intermedias no son necesarias ni se las espera a estas horas; rumian refugiadas en el nido entre aburridas y cansadas, con prisa para mañana -cuando todavía es hoy. Aguantan escondidos, permanentemente preocupados o despatarrados en el sofá, o ya encamados porque mañana hay que madrugar; abducidos por las manecillas de un reloj mental que poco o nada tiene que ver con su propio reloj de carne y hueso.

A estas horas, ausente la estresante normalidad de trabajadores, vigilantes, responsables, censores y aguafiestas, la secreta calma de la noche se despliega en todo su atractivo propiciando un territorio de libertad para los más jóvenes, sin tiempo ni nadie que les diga qué hacer -o qué no- o hasta cuándo, casi lo que quieran, hasta que se aburran de hablar y mirar los teléfonos y caigan en la cuenta de que es tarde y de momento no tienen nada más que decirse; además, también les puede caer una bronca.

Los mayores disfrutan más ligeros si cabe, de vuelta de las responsabilidades que agrían el vivir, para quienes el trabajo, si todavía trabajan, solo es un viejo conocido con el que no conviene excederse porque después nadie te lo va a agradecer; alguien pasará tu página sin preguntarte, y cuando quieras advertirlo tampoco podrás reclamar porque en realidad hace tiempo que dejaste de existir. Sin el agobio de lo definitivo porque aún queda tiempo para, junto a los más jóvenes y su vitalidad infinita en la que el tiempo ni cuenta ni existe, reírse y reírte de ese mismo tiempo y tanto esfuerzo invertido con tal de rentabilizarlo.

Es noche de verano y el camino no tiene fin, como todos los veranos, mecido por un tiempo que en realidad no es más que una ficción de la que disfrutar y aprovecharse, mejor sin demasiada rigidez, probablemente porque puedes quedarte agarrotado y perder tanto agilidad como sensibilidad. Verano, mucho más que olas de calor y noticias alarmantes.

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De acá para allá

Anda todo tan revuelto con la inflación, la guerra, el gobierno, los incendios, las hipotéticas subidas de impuestos a los bancos y las eléctricas, las olas de calor, el verano -¡qué casualidad!-, la COVID -¡todavía!-, el cabreo de la derecha nacional porque sigue “sin pillar cacho” o el deplorable estado de la enseñanza pública madrileña que cualquier noticia deja tantos hilos sueltos que, puestos a tirar, acabas metido en otro berenjenal del que no tenías ni idea. Algo de eso debió pasarles hace unas fechas a unos periodistas que, pretendiendo hablar de corrupción internacional, acabaron enfangados en un edificio de superlujo en el centro de Madrid, como el que no quiere la cosa. Porque leyendo su artículo llegaba un momento en el que no sabías si se trataba de una enfervorecida loa a unos políticos corruptos mexicanos o al lujoso y super guay edificio madrileño; o al revés, andabas empantanado en los lodos de una acusación de corrupción internacional perseguida por el actual gobierno mexicano o leyendo sobre la corrupción inherente a vaciar un antiguo edificio, de los que dicen emblemáticos, demoliendo completamente su interior sin preocuparse si con ello desaparecen construcciones y espacios únicos, para parcelarlo con habitáculos de mucho más que lujo, megalujo, como orgullosamente escribían los autores.

Por allí aparecía un abogado acusado y perseguido por delincuencia organizada del que resulta era cliente un expresidente mexicano, también sospechosamente corrupto. Y aquel había tenido la feliz idea de “invertir” parte de lo sisado en comandita en su país en un piso de lujo -¡qué casualidad!- en Madrid, precisamente en ese edificio, también de lujo -ya lo he dicho antes-, recién construido en el centro de la capital. El resultado final era, más o menos, un batiburrillo de alabanzas y denuncias en el que había desapariciones, persecuciones, boutiques caras, y muy caras, piscinas, yoga, spa, mayordomos, pisos de entre 150 y 700 metros cuadrados -entre cinco y diez millones-, cuentas en Andorra, millones de dólares, restaurantes, chef exclusivo, un hotel con habitaciones entre 40 y 400 metros cuadrados, grupos criminales internacionales, otros expresidentes, también mexicanos y, además, conserje uniformado -así, textual-. También advertían a los más avispados que ya era imposible adquirir segmentos inmobiliarios en dicho edificio, estaban todos vendidos, quizás alguno en alquiler por 17.000 púas el mes, o alguna habitación por 18.000 al día, nada más. Como bien decían los plumíferos, se trata de otro nivel.

Al final siempre es dinero, pero no con el que yo particularmente estoy habituado a relacionarme, sino muchísimo más, esas cantidades que solo aparecen en presupuestos estatales -jamás apiladas billete sobre billete porque materialmente no existen- o relacionadas con el fraude, la delincuencia y la corrupción -materializables con más facilidad, sobre todo en pisos de superlujo en el centro de Madrid-; me pregunto por qué estará Madrid tan económicamente de moda. Y si preguntáramos cuantos de esos pisos de superlujo del edificio madrileño están relacionados con dinero sospechosamente limpio y reluciente, o pertenecen a probos delincuentes nacionales e internacionales -mejor, sociedades fantasmas sin cabeza visible conocida- nadie nos lo diría, son cuestiones privadas que no nos interesan.

Después seguí tirando del hilo y pensé que, además de conserje uniformado, tal “supermegalujosedificio” necesitaría de personas que justificaran tanta opulencia y la hicieran ostensiblemente útil, es decir, que sirvieran a tan digno establecimiento como a sus dignos -o no tanto- propietarios, y entonces me acordé de los jóvenes y chavales que pueblan los centros de enseñanza públicos de Madrid y del extraordinario futuro que les espera en el centro mismo de la capital; qué de lujosos restaurantes en los que servir, inodoros que limpiar, cajas fuertes y tiendas de lujo que guardar, piscinas cubiertas o amplísimas y luminosas habitaciones de hotel en las que agitar diligentemente el polvo. Pero no solo gente de la capital, sino también de las zonas de alrededor, y de ese modo estar en contacto al menos una vez en la vida con lo único que merece la pena en esta, los exclusivos dueños del dinero. Y también me dije que, después de todo, el que esta pobre gente no tenga acceso a becas para estudiar tampoco es tan importante, al menos aspiran a un trabajo y la posibilidad de conocer a chorizos y mafiosos internacionales de prestigio, por lo que, como en cualquier película de sueños no cumplidos, tienen la remota posibilidad de, además de obtener suculentas propinas, caerle bien a alguno de estos mendas y asociarse con él como sirviente. No hay nada como conocer gente de otros lugares para saber del mundo y poder levantar el vuelo. Tu a Madrid y yo a México.

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El regalo

Tal vez el problema, si puede decirse tal y en ese caso estaban todos incluidos, también ella, era que olvidaban el significado de regalar más a menudo de lo que debieran; no tanto del regalo sino de la acción, del hecho en sí, el ofrecimiento de afecto y consideración, de amistad o cariño, o amor, por parte de alguien que te aprecia o te quiere y lo hace de buen corazón. Como también se mostraban olvidadizos del discreto segundo plano en el que deberían quedar las apetencias y voluntad del regalado, cualidades y/o disposiciones que se suponen indisolublemente unidas a una correcta educación dispuesta tanto a sonreír como a agradecer con sinceridad la sorpresa recién descubierta -aunque en alguna ocasión se trate de la peor sorpresa del mundo. Quizás por ello algunos piensan que para hacerlo mal mejor no regalar, los regalos nunca son necesarios -quiero creer que tampoco para estos recibirlos, aunque es cierto que regalar no tiene por qué ser un gesto imprescindiblemente recíproco. En cualquier caso allí estaba ella, a vueltas con su cabeza -lo habitual- al tiempo que atenta a la hora de dejar a la vista las correspondientes muestras de emoción fácilmente discernibles para los pares de ojos que, a su alrededor, no perdían detalle de sus gestos y movimientos, sumándose a una ilusión común que, llegado el momento, debería finalizar con la esperada y exultante reacción ante el feliz descubrimiento. Al menos eso era lo esperado.

Cavilaciones y precauciones que le hacían manipular el paquete con cierta desgana, puede que suficiente para que un ojo atento llegara a sospechar advirtiendo algo más que emoción en ella. Los presentes, además, ignoraban que últimamente andaba más bien escamada, molesta porque había llegado a odiar los regalos y el ridículo ceremonial de su apertura, la general y opresiva atención -sí, a ella le parecía opresiva- a la hora de captar el más mínimo gesto cómplice o de sorpresa del regalado. Malestar o inconveniencia que en su caso provenían de la desafortunada repetición de unos regalos francamente inconvenientes, inútiles, estúpidos e inservibles; extravíos sin pies ni cabeza por parte de quien te aprecia o incluso te quiere. Hubo un momento en el que llegó a detestar que le regalaran porque ya nunca acertaban, ni por aproximación. Le cansaba todo aquello.

El cuchillo cortaba ahora limpiamente los precintos, todos, hasta dejar liberadas las solapas que ocultaban el interior mostrando el contenido. En su deliberada lentitud su cabeza volvía a extraviarse, en esta ocasión con algo que siempre le había parecido más bien mezquino, la burda excusa de aquellos que no sabiendo, ni queriendo interesarse en regalar, una molesta obligación, o un incordio -ignoraba si también pensaban lo mismo a la hora de recibirlos-, “soportaban” el inconveniente forzando a sus “víctimas” a manifestarse respecto a necesidades, gustos, deseos y apetencias, porque de lo contrario no habría regalo. Según estos uno no puede arriesgarse y hacer el canelo perdiendo tiempo y dinero regalando algo inútil o innecesario; un regalo es algo que específicamente necesitas o te apetece, de lo contrario mejor no regalar y/o, llegado el caso y una vez cometido el error, queda el derecho del regalado de renegar del regalo, devolverlo o directamente tirarlo.

¿Acaso era ella de estos últimos? No pudo seguir porque la proximidad del final comenzaba a traicionarle. Pero había más papel, la caja no era proporcional al contenido, ¡menuda tomadura de pelo! Intrigada, levantaba y apartaba con cuidado papel y más papel, sin alzar la vista porque intuía, con razón, que se los encontraría tan sonrientes como ganadores, sabedores de que la emoción comenzaba a delatarle. Hasta que la vio y se vio en el fondo de la caja, su rostro enmarcado en plata -en lisa y ancha plata-; en tal calidad que podía adivinarse el fino y claro vello y sus enormes ojos clavados en una fotografía cuya imagen se distinguía con total claridad en el espejo situado a su espalda; también ella, más pequeña, no recordaba cuándo ni dónde. Y rompió a llorar, sin poder evitarlo y sin que le importara, sus sollozos imponiéndose sobre un repentino silencio entre tenso y avergonzado que había dejado la expectación como segundo plato.

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Becas y lotería

Las dos palabras del título correspondientes a esta entrada podrían estar directamente relacionadas por cuanto la concesión de becas para estudiantes, puestos a suponer, bien podría tratarse de una lotería en la que influiría algo más que los ingresos anuales de las familias en liza. Por ejemplo, a ver si tenemos suerte y le conceden a mi hijo una beca para que pueda estudiar en un colegio decente con medios suficientes para ofrecer una enseñanza de calidad, y además pública. Pero no, la elección de esas dos palabras obedecen a cuestiones distintas y sin relación directa, en principio.

Si no entiendo mal el fin de las becas consiste en ayudar desde los organismos públicos a buenos estudiantes provenientes de familias con pocos recursos económicos, una especie de justicia redistributiva que facilita el acceso a la enseñanza a chavales intelectualmente capaces o brillantes, dándoles con ello la posibilidad de labrarse un futuro en condiciones de igualdad con el resto de sus contemporáneos, independientemente de las posibilidades económicas de sus respectivas familias. Una democrática forma de igualar a futuros ciudadanos al margen de cuestiones de clase o poder. Imagino que por aquello de que el conocimiento nos hace libres.

Sin embargo, la política que predican los tipos que dirigen la Comunidad de Madrid nada tiene que ver con la justicia, ni siquiera redistributiva; tampoco con la libertad, dada su concepción, bastante sui géneris, de dicho concepto. El que un organismo público conceda becas para la enseñanza a salarios anuales que alcanzan y superan los cien mil euros no deja de ser algo más que sospechoso -por no utilizar otros adjetivos algo malsonantes-; que los habitantes de esa comunidad no protesten ni digan ni pio ante ello da idea del tipo de libertad a la que aspiran y la justicia que esperan de sus gobernantes. Que un organismo público conceda becas para que familias más que pudientes puedan inscribir a sus vástagos en colegios privados en detrimento de una enseñanza pública que de ese modo dispondrá de menos recursos, ni es justo ni por supuesto nada tiene que ver con libertad. Que el dinero público vaya a engordar empresas privadas de enseñanza que previamente ya cobran a sus clientes -léase alumnos- no es libertad ni derechos, se trata de una simple y pura tomadura de pelo; o reírse de tu pobreza en tus propias narices, ya que tus hijos seguirán siendo pobres que jamás tendrán acceso a una enseñanza mínimamente digna.

Se trata tanto de una demostración de poder como de una humillación en toda regla, es decir, un dinero público que debería servir para igualar las aspiraciones de sus ciudadanos se queda en las mismas clases más cercanas al poder; para los económicamente menos pudientes -decir pobres no queda bien porque puede resultar ofensivo- ya existen módulos de hostelería, limpieza o servicios de mantenimiento, trabajos de escasa especialización que no necesitan de mucho estudio, o ninguno -ahora viene aquello del menosprecio y la dignidad del trabajo, toda esa jerigonza reaccionaria que pretende igualarnos moralmente, pero cada cual en su sitio, unos arriba y otros abajo. El zafio misterio de todo este asunto consiste en dejar los trabajos menos cualificados para los pobres que nunca pudieron estudiar por falta de medios económicos; se trata de agachar la cabeza y asumir las propias miserias, tan inevitables como “naturales”.

Lo de la lotería viene a cuento porque cuando tropiezas con la “exquisita” publicidad que nos regala el organismo de loterías -o lo que quiera que sea- a la hora de atraer a aquellos que gustan de pagar impuestos de los que se dicen indirectos, cualquier persona normal pensaría que los personajes que se muestran en ella parecen y se comportan como auténticos imbéciles funcionales, unos personajes tan simples y toscos que incluso en sus sueños premiados solo alcanzan a decir y hacer memeces y a playas de pedruscos. Claro, sueños de pobres, dirán; nada de eso, porque la publicidad jamás es accidental o aproximativa, sino muy estudiada, planificada y certera. Y como siempre hay una explicación no es difícil suponer que los hipotéticos sujetos a los que se dirige tal publicidad no han cobrado cien mil euros en su vida, ni por supuesto nunca recibirán becas para que al menos sus hijos aspiren a playas de fina arena.

En general todo este feo y desagradable asunto tiene más que ver con burros y flautas, el dinero de la lotería es más fácil y cómodo que el logrado mediante el esfuerzo que requiere el estudio; a cada cual lo suyo. Lotería y publicidad dirigida a pobres de solemnidad, padres e hijos, por los siglos de los siglos; y además sin becas.

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Exigir

Da igual el origen o la procedencia porque en el fondo nos gusta ser exigentes, como si exigir fuera una cuestión de personalidad en lugar de educación, aunque, eso sí, siempre dependiendo de la clase o el poder adquisitivo del sujeto. Además, somos tan dóciles y sumisos que nosotros mismos asumimos o nos imponemos unos límites a la hora de tratar con las exigencias, tanto en el momento de decirlas o mostrarlas como, en el colmo de la represión en carne propia, soñándolas. Da igual si privadas o públicas, en público o en privado, prudentemente guardadas o pedantemente expuestas, todo ello fruto de un supuesto derecho individual tan privativo como inamovible, tan presuntamente disfrutable como en muchos casos sufrible para el resto, capaz de hacer del exigente y su derecho un individuo orgullosa y pendencieramente libre incluso a costa de su propia vida.

Esta convicción o íntimo derecho a exigir persiste o se mantiene junto o a pesar de unos muy particulares deseos y aspiraciones, necesidades, caprichos, voluntad, carencias, pérdidas, conflictos, regresiones, traumas o cualquier otra afirmación de sí, incluidos problemas de envergadura, tanto psíquicos como físicos -visibles o no- en algún momento difíciles de reparar o, en definitiva, insolucionables.

Por supuesto hablo de esa parte del mundo en la que afortunadamente nos ha tocado vivir, puesto que es aquí donde, sobre el papel, han hecho creer a todo sujeto que disfruta de una libertad y unos derechos de nacimiento justos e inalienables, tan importantes como la propia vida, o más, si cabe. Y no existe derecho más derecho que el derecho de cualquier persona a hacer consigo misma lo que le venga en gana, sin que ninguna otra se atreva a juzgarlo o criticarlo, mucho menos censurarlo o prohibirlo; un derecho que automáticamente nos concede tanto creernos como sentirnos poseedores sin derecho a réplica -que en realidad sea así es otra cuestión- no sé si de nuestro cuerpo, nuestra voluntad o nuestra ignorancia, incluido y por supuesto el derecho a exigirlo. Somos sujetos con derecho a exigencias, pero sin letra pequeña -aspecto este último en el que se incluye lo innecesario de agradecer cualquier atención que recibamos o directamente nos afecte; ya le pagan por su trabajo o algo ganará con ello.

Aunque quizás el verbo exigir, dicho así, sin complementos que lo llenen, no parezca del todo clarificador por ambiguo o poco explícito, pero seguro que todos sabemos de exigencias como, por ejemplo, exigir una carretera sin que preocupe su idoneidad o impacto ambiental, si está bien hecha o lo que cuesta -cuestiones siempre prescindibles para el buen exigente; o ser atendido en primer lugar, no digamos de urgencia, sin aguantar colas molestas de gente que aguarda allí porque probablemente no tiene nada mejor que hacer. O a lucir exceso de kilos -o muchos más, porque me gusta comer- y a la vez exigir prendas de moda y a la moda que cubran con elegancia mis lorzas; así como a ignorar todo consejo, aviso o advertencia que hable de los inconvenientes para la salud que implican mis gustos -y quien dice kilos de más también entiende músculos a punto de estallar. Ponerme hasta el culo de lo que me apetezca con la garantía de tener lista una ambulancia servida por excelentes profesionales por si surgiera algún problema de salud. O ser “amante de la aventura” –(¿?)- disponiendo para mi exclusiva incompetencia o ignorancia, errores de bulto o falta de cálculo -o propia estupidez- de un equipo de salvamento completo que pueda rescatarme allá donde el azar, siempre traicionero y sin consideración, me deje tirado. Y así sucesivamente… ¡Ah! y todo gratis porque tenemos derechos… ¡Hay tanta gente incordiando y con poco o nada que hacer en lugar de atenta a mis exigencias!

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Casados

Interrumpió la amenazante emisión del siguiente capítulo cuando se cerraba la puerta de la calle. Laura volvía a largarse a horas intempestivas, sin explicaciones, otra costumbre de su hija que seguía sin gustarle -si es que todavía tenía voz en aquella casa. La otra Laura ya dormía bajo la amenaza de un nuevo madrugón de los que a nadie gustan -otro de los beneficios que concede el trabajo a los afortunados que lo disfrutan, a lo que sumar su lenta, genuina e inexorable erosión, tanto física como intelectual; pero tampoco en este caso podía hacer mucho, no era su trabajo. En realidad no le apetecía estar allí, en su estupendo sofá, entre aquellas paredes que ya no reconocía como suyas, si es que alguna vez lo fueron y para qué -uno más de los placeres que otorga la necesaria y bien vista obligación de tener una casa-; hasta los objetos más personales, aquellos que nadie discutiría como suyos, o preferidos -o lo que fuera-, habían dejado de decirle algo, solo tiempo pasado acumulándose y confundiéndose a medida que se precipitaba en el olvido. Estaba cansado de aquello, de su feliz vida, hastiado, sin expectativas, ¿tenerlo todo significa esto? Pues vaya una mierda… De pronto se acordó de Rosa -¡qué buena estaba! y cómo le quería. Qué bien lo pasaban, ahora mismo diría que la echaba de menos, aquella vida de no parar, siempre de aquí para allá, también discutiendo con los suegros, tan fachas y tan ricos. ¿Volvería con ella? ¿Por qué no? esa parte de su vida se había quedado sin explorar y con la imaginación no llegaba… ¿Y qué estoy haciendo aquí? Porque la tomadura de pelo de para toda la vida no deja de ser eso, una estúpida y cruel tomadura de pelo, nadie en su sano juicio debería dejarse atrapar por ese tipo de mentiras. No estamos hechos para aguantar por cojones con alguien a quién seguramente a los pocos años ya no soportarás, mucho menos querer o de quien seguir enamorado; se trata de un sacrificio totalmente contra natura, una obligación impuesta por la gente de orden, imagino que para que esto no se desmadrara y al final, cada cual a lo suyo y huérfanos de responsabilidades, llegáramos al caos total. Ni súbditos ni acólitos, ¡menudo panorama! ¡¿Qué sería entonces de la historia?!… ¿Qué hacía todavía con Laura? ¿ejerciendo de operario de objetos sexuales? Porque lo del amor, la loca atracción y la apremiante excitación habían pasado a mejor vida… ¿Y con Rosa? Ahora sí se excitó a partir de algunos recuerdos borrosos que de pronto parecían recientes, como si hubiera sucedido ayer; y la echó de menos, al menos aquella vida con ella y el futuro que no tuvieron porque entonces eligió otro camino, éste, ya finiquitado y sin perspectivas de arreglo o solución. Ni ganas, solo queda compartir gastos hasta que el cuerpo diga basta y cada vez con menos paciencia a la hora de discutir o de intentar entrar en razón -menuda mierda eso de la razón, si la cosa no funciona ¿para qué te sirve la razón si nadie se va a mover del sitio porque se está muy cómodo?… La última vez que la vio cruzaron unas palabras rápidas y le contó que ahora estaba en algo de relaciones internacionales en una multinacional local ¡seguía estando igual de buena! ¡todavía! No le preguntó si tenía pareja o seguía sola, la próxima vez lo haría -y comenzó a saborear el momento como si fuera mañana mismo… Definitivamente no quería seguir viendo aquella mierda de serie para cuarentones infinitos, menudo tostón; nos tragamos cualquier cosa con tal de que el tiempo pase, ¡hasta qué punto llega la desidia que gastamos!… Decidido, volvería con ella, pero… ¿con la pinta que gasto ahora y lo cascado que ando? ¿para estar todo el día follando, ir y venir como antes o para sentarnos a hablar, contarnos y conocernos mejor -qué bonito suena- y lo bien que… Nada, nada, lo mejor sería otra oportunidad, retomarlo donde lo dejamos, volver atrás en el tiempo y que otra realidad fuera posible, da igual si paralela o consecutiva -¿con la cabeza de ahora o con la de entonces?… pero si era medio gilipollas… Uno tiene ganas de cambiar y aunque el cuerpo no da para más la cabeza no para, todavía funciona, en estos precisos momentos a toda pastilla…

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Jornada de reflexión

Era sábado, como otros sábados y los que vendrían, y se hallaba ojeando la prensa en la tableta, haciendo hora antes de salir para solucionar un par de cosas de poca importancia; tiempo para remolonear antes de echarse a la calle y en un par de capotazos plantarse en la hora del aperitivo sin otra cosa que hacer que elegir dónde y con quién. Entonces tropezó con el titular y de inmediato sintió una especie de fastidio que tenía toda la pinta de ir a estropearle la mañana. ─ Es verdad, mañana hay que votar… Y alzó la cabeza permaneciendo con la mirada fija en el techo. ─ ¡Uf! Fue lo siguiente. ¿Le apetecía votar o, como de costumbre, debería volver a formalizar todo un ejercicio de responsabilidad ciudadana para autoafianzarse -o volverse a convencer- en una obligación democrática que cada vez le parecía más ajena? Tampoco quería extraviarse en la sospechosamente manipulada y cada vez más persistente concurrencia de la inutilidad de las elecciones. Y no le apetecía decirse que le daba igual, como tanta gente que, con la cabeza gacha y pretendiendo que saben sin saber, farfullan que ellos están al margen, o por encima, o directamente pasan, antes que asumir su derrota en forma de irrelevancia política -y lo que es peor, autoconvencidos de ello y sin ningún género de dudas, lo que no deja de ser la enésima victoria de sus verdugos a la hora de doblegar hasta la mínima voluntad de resistencia de unas conciencias permanentemente humilladas y tan equivocadas como perdidas.

Es cierto que los cambios políticos, si es que todavía existían y había gente que seguía teniendo esperanza en ellos, le afectaban cada vez menos, su vida se parecía cada vez más a una cómoda y relajada rutina prolongándose en el tiempo en función de un ganar y gastar sin otro mérito que evitar pensar o preocuparse en exceso por cuestiones que no le afectaran directamente. Probablemente la vida aseada e intrascendente con la que más de uno soñaba para no tener que votar nunca más. Intentó fijar en su memoria los caretos de los representantes políticos sometidos a las urnas y se sintió incapaz de diferenciarlos, daba igual si hombres o mujeres, las mismas caras de estreñidos aguantando el estómago con tal de salir bien en la foto, con idéntico disfraz -ni siquiera había espacio para lo moderno o alternativo-, religiosamente convencidos del trámite. Un mero trámite que cumplimentar, ya que alguien tiene que ocupar el escaño y no todos disponemos de estómago para ello. Aunque algunos lo crean muy merecido después de haber aguantado durante años el correspondiente y jerárquico escalafón de ascensos que precisamente ahora les sitúa a la cabeza, en primera línea, listos para… ¿qué?

Tampoco había ningún atractivo estético, físico o sexual -por buscar alguna excusa- que le incitara a mover el voto en una u otra dirección, siempre del lado de los que mienten a la hora de aventurar, promover o intentar cambios y con cara de creerse sus propias mentiras. Es más, algunas jetas ni siquiera podían, o sabían, disimular, era como si te escupieran directamente a la cara: ─ Mira, tío, estoy aquí porque he chupado todo lo que había que chupar y también me he tragado todo lo que había que tragar, y lo he hecho tan bien que ahora puedo hacer y decir lo que me dé la gana con el convencimiento de que nadie me lo va a impedir. Y me gusta ver cómo te cabreas sabiendo como sabes que soy tan imbécil como servil, es lo que hay, nosotros servimos para estas mierdas porque no nos hacemos preguntas, es más, disfrutamos a vuestra costa y razones -da igual si ciertas o no-, razones de perdedores que no le interesan a nadie porque lo que todos quieren es ganar y ganar significa estar donde yo estoy; y cuando me vaya, o me echen, me da igual, seguro que tendré para vivir mil veces mejor que tú. La vida es esto, ¡gilipollas!

Levantando la vista de la tableta lanzó una mirada a su alrededor y se preguntó: ─ ¿Qué me falta? ¿qué necesito? -luego- ¿qué nos falta? ¿qué necesitamos? Y entonces se le torció definitivamente el gesto. Mañana iría a votar.

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De hombres

El motivo o la excusa es el reciente e indiscriminado asesinato de niños y adultos en un centro escolar norteamericano, suceso inclasificable sobre el que no es mi intención escarbar aún más porque este tipo de disparates ni siquiera llegan a lamentables, no existen adjetivos para algo que se sale de los límites de toda razón. Pero como en otros desgraciados y similares sucesos ocurridos con anterioridad en ningún sitio he leído o visto comentar la notable evidencia de que ninguno de los asesinos fuera una mujer, ¿o se trata de una obviedad a la que en general se ha decidido no dar importancia o poner como ejemplo?; será que en toda esta paranoia o locura respecto del peligro que corre el supremacismo blanco la mujer no tiene cabida, ignoro si porque las mujeres no pertenecen a la especie de los blancos -al margen de contribuir de forma fundamental a su perpetuación- o porque son mujeres… ¿entonces? ¿Se trata de seres provenientes de otro planeta que desconocen esa amenaza que provoca en el género opuesto comportamientos tan violentos y absurdos como irracionales?

Es evidente que las mujeres no son hombrones constantemente jactándose de jugarse la vida compitiendo, buscando o provocando peleas o comiéndose el tarro con cuestiones de supuesta enjundia fruto de su inactividad, lo que les obliga a una especie de paternalismo protector respecto al otro sexo que comienza y acaba en su desafortunada estrechez mental; más o menos lo que vino a ejemplificar aquel patético señor Smith, tan famoso, presto a liarse a hostias por una supuesta broma -o amenaza- a costa de su hombría, no contra la persona que le acompañaba, porque ya se encargó él mismo de dejar claro que se trataba de SU mujer. Viene a ser la misma forma de pensar -utilizo el verbo pensar como eufemismo- de quienes consideran que las mujeres no pueden estar a la altura de los hombres porque su voluntad es caprichosa o directamente prescindible, y la mejor prueba de ello es que para esa inmarcesible sabiduría masculina un microscópico zigoto es muchísimo más valioso e importante que la voluntad de una mujer, que nunca saben dónde tienen la cabeza y son capaces de liarse a abortar como si se tratara de comprar acelgas. Las mismas mujeres que no entienden que las cuestiones de herencia e identidad son demasiado importantes como para dejarlas en sus manos, sobre todo porque ignoran lo que significa convertirse en padre, crucial función sublimada hasta lo indecible, casi somo si se tratara de un designio divino -por lo que no tiene nada extraño que la misma invención y existencia de dios y la religión sea el recurso ideal para posicionarse de forma definitiva y para siempre por encima del otro género y de ese modo no quedar convertido en simple acompañante procurador de alimento.

Hay tantas preguntas que nadie se preocupa de formular, o reformular, que, de hacerlo, probablemente las respuestas hoy no serían las mismas y el valor o importancia de las que ahora tenemos, o de las que nos servimos, desaparecería por completo; y las nuevas respuestas serían tan simples y punzantes que es posible que el género masculino no aguantara en pie. Ni siquiera sentado, tampoco leyendo, porque, siguiendo con el mismo hilo, hace unas semanas se celebró por aquí una reunión de clubes de lectura de la comunidad, fecha que convocó a todo miembro que quisiera compartir una jornada en la que se sucedieron actos, visitas, reuniones con autores y almuerzo en común. Hasta aquí todo normal, pero lo más curioso y llamativo de la celebración es que la proporción entre mujeres y hombres lectores era de ¡50 a 1! Sí, han leído bien, cincuenta mujeres por cada hombre, luego… ¿a qué se dedican los hombres, además de a sus santo honor e identidad y creerse el padre putativo de la especie? Podría ser caustico o exagerar hasta lo caricaturesco pero no merece la pena, creo que cualquier persona normal -da igual el género- no tendría muchas dificultades para hallar esas actividades “tan masculinas” que realmente interesan a los hombres.

POSTDATA. No es cierto que los hombres no se esfuercen en cambiar y no adviertan tales anacronismos, pero en lugar de rectificar en beneficio de todos más bien se dedican a lavar la cara -eso sí, con alguna mujer como pantalla- para que no se note la suciedad que permanece detrás. Ha aparecido en prensa que la nueva presidenta de los cazadores españoles -actividad, esta si, muy, muy machota- es una joven mujer, una pobre y desorientada alma que viene de maravilla como muestra de cambio, o de que algo se mueve, aunque no sé bien hacía dónde porque entre matar y leer hay muchas y terribles diferencias independientemente de la conjugación verbal.

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Permanecer

Nunca lo pensaron, ni en sus peores momentos, cuando las derrotas, por aquello de ponerse en lo peor, convencidos el uno y el otro de vivir vidas separadas solo relacionadas por las tan inevitables como obvias cuestiones de parentesco. Cosas de la vida -responderían si alguien les preguntara-, esas que les habían situado en un presente imprevisto en el que irremediablemente les tocaba pasar varios momentos del día sentados frente a frente, mirándose sin verse, cada cual ensimismado en sus desacopladas y poco afortunadas permanencias; rutina que lucía resquebrajada y sin que, por causas bien distintas, ninguno hiciera, o supiera hacer, por suavizarla o aligerarla, o simplemente evitarla. Es cierto que el anciano ya no tenía mucho que decir, amén de sumar años que iban deteriorándolo poco a poco y comparecer a los requerimientos de un hijo que había dejado de verse borroso para en muchos momentos casi no verse, incluidos esos fugaces instantes en los que su pensamiento, o lo que fuera que quedara, se demoraba, o perdía, entre circunvalaciones y casualmente reconocía el rostro que tenía delante y le estaba dirigiendo la palabra. No todos los días, tampoco sabría decir cuáles o cuántos porque su tiempo se disponía habitualmente en función de actividades e inercias que lo llevaban de un sitio a otro sin que supiera muy bien dónde o por qué.

El hijo no era el padre pero cada vez se veía más en él, el mismo rostro con algo más de contenido al que sumar las huellas del inflexible paso del tiempo. Era cierto que al margen del trabajo y sus obligaciones, tanto las inevitables como las inventadas, no tenía otro a quien mirar con más o menos detenimiento, ni siquiera amigo, y que al tiempo pudiera devolverle su correspondiente parte de verdad; si es que en el fondo la había, tanto en lo que hacía como en lo creía o vivía. Obligado a compartir techo con el anciano el motivo hacía tiempo que ya no venía a cuento, situaciones y circunstancias de la vida que te llevan y traen abandonándote en un momento determinado en un lugar concreto, resultando que ese lugar es la casa de la que te fuiste tal vez demasiado pronto; aunque luego nunca te lo preguntaste. La misma vieja casa que entonces tenía metida entre ceja y ceja mientras no dejaba de inventar excusas con tal de largarse y no volver. Más o menos lo que venía haciendo últimamente, pero en este caso el lugar donde no quería volver era a su cabeza, a las preguntas, tanto a las de antes como a las que ahora tocaban, para lo cual se había confeccionado un apretado y despótico horario que ningún cuartel se atrevería a imponer con tal de mantener a una tropa tan apaleada como sumisa.

Territorio en el que estaba incluido un brusco e inesperado regreso que seguía cerrado a cal y canto, por cercanía en el tiempo y por el autoconvencimiento de que fue debido o provocado por casualidades que en su momento no pudo evitar -además de obviar directamente su nulo interés y mínima predisposición a sortearlas. Demoradas de forma indefinida las explicaciones, o directamente evitadas y nunca requeridas -cuestiones de necesidad imperiosa-, se trataba de, una vez instalado, idear un plan a largo plazo que en el fondo tenía como objetivo no dejar espacios en los que distraerse o perderse, priorizando la realidad más inmediata, la de todos los días, incluida la atenta y diligente atención al anciano -por aquello de la sangre-; cuestión y tareas que, dependiendo del día, le parecían tanto una bendición como un castigo. La persona que varias veces al día tenía delante, sentado enfrente, congregaba en su rostro un sinfín de recuerdos que en muchos momentos le resultaban extraños, como si no fueran suyos, pareciéndole en ocasiones más bien una impostura en la que esforzarse buscando referencias pasadas. Algo que suele hacerse cuando todavía sigues en el mismo lugar sin hacerte preguntas y así lo asumes y aceptas; que te guste o no es otra cuestión.

De ese modo pasaban los días, conviviendo atrapados en una realidad poco comunicativa salpicadas de penurias de distinto signo y fisonomía, las de una parte desgraciadamente inevitables debido a la edad y las de la otra voluntaria y también obligadamente inevitables; viéndose sin apenas nombrarse y en ocasiones tal que desconocidos inseparables, cada cual enclaustrado en su propia cabeza por diferentes y al parecer indecibles motivos, con escasos lugares o momentos en los que sestear solazándose rememorando recuerdos, lugares y referencias comunes al margen y por encima de las circunstancias que en la actualidad les hacían permanecer únicamente como padre e hijo.

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