Otro poder

Era una tarde lluviosa, más bien noche puesto que el sol hacía rato que se habría puesto, allí donde hubieran podido disfrutarlo. Por aquí unos persistentes y húmedos grises venían marcando el tono a seguir durante toda la jornada, lo que no había impedido que, como víspera de festivo, una población habituada a las exigencias y rigores meteorológicos se hubiera movido y actuado en consonancia con el calendario e independientemente del tiempo, otra inclemencia más con la que lidiar intentando que no marque de forma categórica el transcurso de las horas.

Y como era de esperar en la misa de aquella lluviosa tarde la iglesia se mostraba bastante concurrida, circunstancia que nada tenía que ver con lo que había caído o estaba por caer -la alternancia se repetía de forma caprichosa. La presencia en el templo no era una opción más, nada más lejos, la asistencia significaba la obligación de acicalarse y salir para seguir haciendo y sintiéndose comunidad, abandonar por un tiempo la confortable y acogedora seguridad del hogar a cambio de cruzar unas frases con vecinos y conocidos, además de cumplir con el rito y prestar una tan rutinaria como enigmática atención a la correspondiente homilía -en esta ocasión ensalzadora de un Jesús vencedor- que en aquellos momentos el sacerdote desgranaba entre rendido y entusiasta, en pie ante una feligresía que asentía en silencio a sus palabras sin pedir nada a cambio, probablemente agradeciéndole ocupar aquel sólido lugar en sus vidas, dándoles qué hacer y de alguna manera obligándoles a convivir; lo mejor que podemos hacer cuando no sabemos qué hacer.

Finalizaba la misa y los feligreses salían ordenadamente a la ventosa humedad de la tarde-noche, demorándose en la puerta -a cubierto bajo el porche por si las moscas- o buscándose aunque solo fuera para decirse hasta mañana. Charlaban y se preguntaban animadamente por lo último vigilando con el rabillo del ojo a unos niños felices por poder correr o mojarse sin tener que dar explicaciones, ajenos al tiempo y las rutinas de unos adultos que gustan emperezarse si con ello restringen los esfuerzos y despejan momentáneamente su cabeza de deberes y obligaciones no siempre bienvenidas; porque hay ocasiones en las que uno no tiene ganas de bregar con el día a día, a fin de cuentas mañana era fiesta y hasta pasado había tiempo para ponerse en orden antes que apresurarse con tanto pendiente como suele, cuando no hay mucho más que hacer que pensar en qué hacer para no olvidar lo que preferiblemente y en el fondo estaría mejor olvidado.

La salida del templo y sus accesos iban quedando desiertos, dejados al amarillo nocturno de unas luces que lustraban un brillante suelo empapado de todo el día, dándole a la calle un aspecto tan acogedor y familiar como y sin embargo incómodo, inestable o incluso desabrido, aunque no hasta el punto de considerarse desamparo o abandono. Las luces de la iglesia se iban apagando en dirección a la salida, hasta la misma puerta en la que ya aparecía el cura -vestido de civil, o humano-, cerrando muy bien acompañado en animada charla por seis señoras decente, cómoda y respetablemente arregladas.

Aquellas siete personas eran los pilares del mundo, de aquel mundo, la población entera convergiendo en un intercambio de igual a igual -sí, seis y uno- sin decantarse por ninguno de los dos lados, ambos sabedores de su mutuo apoyo, necesidad y/o dependencia. Se reproducía entre los componentes de aquel dicharachero grupo una comunión que pintaba inmemorial en la que las piezas encajaban con exacta medida, el templo como centro y corazón de la comunidad. Santo y duro núcleo que se permitía el lujo de dejar a los hombres con sus cosas -en aquellos momentos jugando a las aficiones y los negocios en la acogedora calidez de la cafetería de siempre-, entre ellas hacer el mundo por sí mismos, tan ufanos y livianos como mimados, fingidores de una errónea autonomía pero bajo la vigilancia y consentimiento de aquellas siete personas que actuaban como su aliento vital. Aquellas seis devotas y sensatas mujeres que ahora acompañaban al sacerdote hasta su bendita residencia, dejándolo en la puerta entre una profusión de despedidas y sonrisas -un hombre que, sin embargo, nunca ejerce como hombre-, daban forma y sentido a un poder antiguo que gusta actuar en un segundo plano, habituado a conceder generosamente su plácet o a señalar acusadoramente con el dedo si las cosas no van como deben, siempre desde ese segundo plano o sombra que sostiene y da cobijo a toda la población.

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Fútbol

No llevo la cuenta de los actos previos de disculpa oídos y leídos en los medios de comunicación con motivo del monstruoso, corrupto y podrido engendro económico en el que se ha convertido el actual campeonato mundial de fútbol, sospechosas y en el fondo inútiles confesiones de sincero pesar rápidamente arrojadas al cubo de la basura por consciente y deliberado incumplimiento; imagino que de ese modo más de uno habrá creído respirar aliviado, además de edulcorar y/o tranquilizar su conciencia por su coparticipación -como espectador, aficionado, seguidor o directamente hincha- anterior, presente y posterior en el evento. Políticos, periodistas, articulistas, famosos y otros ejemplares masculinos de toda ralea y condición han intentado sincerarse dándose golpes de pecho por al parecer tan conflictiva y perversa decisión, curiosa actitud que nadie les había pedido porque en el fondo a nadie le interesan esos conflictos morales de pacotilla.

Puede que a algunos -o muchos- todavía atentos, interesados e incluso preocupados por la política mundial, les resultara difícil asistir al espectáculo, comer de él e incluso disfrutarlo sin antes sincerarse con un público que para otras cuestiones, igual o más personales, simplemente no existe. Como típicos y responsables ejemplares de esta sociedad tan, de cara a la galería, preocupada por las consecuencias de los propios actos y su contribución directa o indirecta a una galopante corrupción mundial a la que nadie es capaz de ponerle el cascabel -y en el fondo nadie quiere porque siempre hay alguna migaja que puede caer de nuestro lado- gustan de esa laxa y doble moral tan cristiana del no debería pero… -introduzca lo que desee: soy insignificante y mi influencia es mínima… mi comportamiento no va a modificar un ápice el desarrollo de un acontecimiento que me supera… no hago mal a nadie… que cada cual haga lo que crea conveniente, etc. ¿Entonces? ¿Dónde quedan esas palabras? ¿A quién van dirigidas sino a sí mismos? ¿Eran necesarias?

Y no vale aquello de que se trata del fútbol, ese arcaico juego que todavía hoy domina el subconsciente de una gran mayoría de hombres que lo sufren y sienten corriendo por sus venas desde que eran unos mocosos, además de seguir siendo causa de una violencia primaria, justificante de unos gregarismos cuasi ancestrales y detonante de los desvaríos más insospechados sin necesidad de otra justificación que la propia sangre, o la misma vida.

No es conveniente jugar a la ligera con el imperativo kantiano del debo, porque nadie nos lo exige y porque en esta sociedad ya hay un exceso de gestos, completamente vacíos, que no llevan a ningún sitio y tienen más que ver con un simple y capcioso postureo o, más benévolamente, con actos de falsa modestia. Hay infinidad de cosas mucho más importantes que el fútbol en las que podemos comprometer tanto nuestra imagen como nuestra voluntad, nuestro dinero y hasta nuestra vida, cada día y sin necesidad de publicidades más que sospechosas; tiene que ver con la discreción y la honestidad y directamente con la impagable y personal satisfacción de lo bien hecho. Así que vamos a dejarnos de galerías de personajes y golpes de pecho y a mirar a nuestro lado, probablemente habrá un montón de cosas en las que somos necesarios y podemos hacer lo correcto sin tontas dudas que nos asalten.

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Inglés

En una conversación sobre actualidad en la que inevitablemente aparecía el hipotético misil ruso que recientemente ha explosionado en Polonia, con los consiguientes efectos secundarios que significan la pérdida de dos vidas más que unir a las de la guerra, mi acompañante también mencionaba las fotografías que vienen apareciendo en la prensa sobre las reuniones del G 2o en Bali y la lógica incidencia y preocupación que ha provocado entre los reunidos el antedicho suceso. Mi interlocutor hacía hincapié en la presencia, tanto en la mesa de reunión como en los corros informales de los políticos asistentes, del presidente del gobierno español compartiendo negociaciones y tertulias con el resto de los presentes, resaltando la importancia del conocimiento y dominio del inglés en tales acontecimientos; circunstancia nada baladí por lo que significa estar al tanto de lo oficial como de lo extraoficial, de la toma directa de decisiones como de los comentarios y opiniones off the record que, como en toda reunión de varios días, suelen producirse en los sitios menos pensados. En definitiva, que hay que estar ahí, donde se cuecen las decisiones que de un modo u otro acabarán afectándonos también a nosotros y nuestras normales vidas de ciudadanos corrientes.

Al margen de la conveniencia, imposición y/o colonialismo de la lengua inglesa en cualquier reunión internacional -cuestión que en este momento no viene al caso-, es impepinable asumir que siempre es mejor estar allí sabiendo qué se dice y, si viene al caso, opinando sobre lo que se dice con ideas propias o intereses nacionales que asistir como un invitado de piedra porque se desconoce la lengua con la que se mueve el mundo. Cuesta imaginar al anterior jefe de gobierno, aquel MR de los papeles de Bárcenas, aburrido como una ostra porque el tipo no tenía ni pajolera idea de inglés, y lo que eso significa a la hora de que el propio país cuente -mucho o poco- en una política internacional que alcanza todos los rincones del planeta. Un tipo proveniente de otro mundo, un “señoro” detenido en su habitación o de la mano de un traductor que inevitablemente no puede estar en todos los sitios, tampoco en los corrillos más casuales y sin embargo tan importantes. De tal presencia es fácil deducir la importancia y repercusión política del propio país en la esfera internacional, casi como si no existiéramos. Y lo que es peor, por lo que he oído el nuevo cabecilla de la derecha local es otro “señoro” del mismo corte, es decir, de inglés ni idea, por lo que tal vez sería mejor que no accediera a la presidencia del gobierno, porque en ese caso volveríamos a ser el perrillo faldero de la política internacional, el cánido fiel que ladra cuando se lo piden y acepta las migajas de las mesas de negociaciones como si fuera el mejor negocio del mundo.

Las cosas son como son, no como nos gustaría que fueran, y siempre es mejor estar y directamente intervenir donde se toman las decisiones que tener acceso solo a las sobras.

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Humor negro

Hay una escena en una de las películas de la serie Ice Age en la que unos pájaros muy simples, o tontos, o básicos, persiguen a la carrera un melón, y en un ejemplo típico de gregarismo se lanzan al unísono al vacío de un precipicio tras él, feneciendo en la caída y con ello casi haciendo desaparecer la especie.

No sé si la intención de la escena es dar idea de la simpleza de los bichos y de su innato instinto gregario, características que les llevan a su consiguiente e inevitable desaparición por incapacidad genética o intelectual, tanto da. Aunque también podría tomarse su extinción como una consecuencia de la escasez de alimentos y la inconsciente o vital desesperación de la especie por conseguirlos; a fin de cuentas el melón es comida en una época en la que las especies hambrientas eran más numerosas que los alimentos disponibles. En cualquier caso se trataba de mostrar en imágenes, creo, una cierta bobería, simpleza o insustancialidad a la hora de estar en el mundo, o vivir.

Tampoco sé exactamente por qué cuando tuve noticia del desgraciado accidente sucedido en Corea con motivo del pasado Halloween me acordé de aquellas aves tan humildes e insulsas. Sin obviar el inevitable e inconveniente humor negro que destila tal comparación -o impropia, desafortunada o simplemente mal intencionada, da igual, ese no es el tema y asumo por ello mis propios defectos o carencias por las que pido de antemano disculpas-, sí me gustaría que alguien se atreviera a explicar, sin peros, encogimiento de hombros, justificaciones pueriles ni excusas pretendidamente sociales que solo intentan lavar la cara de lo que simple y llanamente es una cruel, despreciativa, humillante y vil explotación de tus semejantes, a qué obedece que decenas de jóvenes -parte supuestamente importante del futuro de la humanidad, que hemos traído a este mundo sin su consentimiento y debemos educar para que no cometan nuestros errores y puedan ser más felices que nosotros, sus padres- perezcan de forma tan desoladoramente gregaria tras una enorme, infantil y estúpida majadería como es Halloween -que ni siquiera es comida, ahí los pájaros bobos de la película serían mejores que nosotros, hasta más inteligentes si cabe.

Cómo hemos llegado a admitir con toda normalidad que entidades, organismos, corporaciones, negocios “manos negras” -lo que ustedes quieran- inventen y fomenten actividades y comportamientos tan vanos como ridículos con el único fin de entretener, manipular y explotar de manera burda e insustancial tantas y tan valiosas vidas por hacer, conduciéndolas a la sinrazón de sus propias muertes en función de un hipotético tinglado /negocio tan infantil y precario como al parecer mortal.

Qué tipo de sociedad admite sin levantar la voz situaciones tales, sin denunciar, perseguir y expulsar a quienes se enriquecen y viven de semejantes banalidades; en función de qué libertad esa misma sociedad acepta que sus propios vástagos, llevados por su ingenua juventud, su propia inconsciencia y los instintos más gregarios se suiciden sin poder ni hacer nada por evitarlo, solo callar y asumir el dolor.

Luego no es de extrañar que una de las máximas aspirantes a la extinción también sea la especie humana, tan básica y gregaria como capaz de autoextinguirse mediante invenciones tan desérticas y absurdas como inexplicables.

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Diálogo salvaje (8)

Tras mucho pensarlo finalmente se decidía. Estaba harto de aguantar simplezas y gilipolleces de tanto imbécil que no sabe qué hacer con su tiempo y se dedica a importunar a los demás. Abrió la aplicación y escribió:

Esto va para los todos capullos que aún no han entendido que este grupo de wasap está dedicado únicamente para quedar y jugar al pádel, nada más. Así que, todo el que tenga necesidad de babear y hacerse pajas con tías en pelotas, se parta el culo con mariconadas supuestamente graciosas, pretenda aburrir al personal con sus viajes en moto, le diviertan los chistes y montajes para cretinos, tenga aspiraciones fascistas o solidarias o ande necesitado de colaboraciones moralistas o altruistas de cualquier tipo, por favor, desahogaos en otros grupos más permisivos o inútiles, pero no en este. Gracias. (Demasiado largo -pensó-… da igual, no puedo hacerlo en menos espacio). ¡Ah! para mañana a las 21,00, ¿quién puede?

Yo.

También.

Luis y yo. Ya somos cinco. Si se apunta más gente reservamos dos pistas.

El capullo lo serás tú. Si no te interesa lo que cuelga la gente no lo leas y punto, como hace todo el mundo. Has tenido que ser precisamente tú el que ha tenido que abrir la boca, el listo, si no te gusta vete a tomar por culo.

Yo pongo lo que me da la gana y tú no vas a decirme lo que tengo que hacer, ¡mamón!

Emoticonos violentos.

Más.

Aún peores.

Si tan necesitados estáis de mujeres y compañía por qué no mandáis a la mierda vuestra vida y os dedicáis a buscar quien os aguante u os quiera joder en lugar de importunar a los demás con vuestras carencias. Igual no tenéis a nadie, ni siquiera por caridad. Así les irá a vuestras mujeres. Pero esa es otra cuestión, a lo que iba, podíais ser más discretos.

También puedo.

Te estás pasando, Toni, la gente es como es y no es necesario faltar o meterse con ella como tú lo haces.

¿Eso qué quiere decir? ¿Qué te parece bien que la gente cuelgue sus mierdas en el grupo de pádel?

Pasa y punto.

O bórrate.

No me da la gana. Yo quiero jugar al pádel. N0 tengo porque aguantar tonterías y groserías que ni me importan o me parecen una solemne memez. Ni tragarme videos fascistas, bromas para subnormales o montajes cutres y de tarados que, francamente, me molestan bastante.

Se puede decir lo mismo pero con más educación y respeto. Con tus formas incurres en lo mismo que ellos.

Ya. Igual es mejor permanecer callado para que no se ofendan, ¡pobrecillos! En cuanto les llevas la contraria se enfadan. Hay que respetar su libertad, ¡no digas tonterías!

Ya vale ¡chicos! vamos a dejarlo o al final va a ser peor. Con no hacerle caso es suficiente. Y a los que colgáis esas cosas controlaos un poco, en cierto modo Toni tiene razón, esto es un grupo de pádel.

Vaya, ya habló el otro intelectual. Si no te interesa te largas tú también.

¡Eh! Tampoco os paséis. Solo intento poner un poco de paz.

Emoticones muy violentos y desagradables.

Más.

¿Por qué? Este grupo es para lo que es, no estoy diciendo nada que no sepamos. Que algunos se callen o prefieran ser prudentes no os da derecho a poner todo lo que os de la gana. Decid si podéis jugar y punto. A nadie nos interesa el resto.

No me interesa jugar con tanto listo y gilipollas. Me borro.

Me apunto para mañana a las 21,oo. Pero vamos a dejarlo estar, chicos.

Yo también me salgo. Idos a la mierda.

Venga, ¡hombre! ¿qué estáis haciendo?

A la mierda he dicho. Tengo un montón de gente con la que jugar sin que me toquen los cojones por lo que cuelgo o pongo. Como hace todo el mundo.

Que te vaya bien.

Bueno, al final ¿cuántos estábamos para mañana?

Creo que siete. Falta uno.

Dais pena, la gente es como es. Qué más os da.

Conmigo ya somos ocho -creo-; ¿reservamos dos pistas?

Me largo donde haya gente normal.

Nota. No he tenido más remedio que transcribir la conversación a un lenguaje legible y quizás con ello ha perdido encanto y autenticidad, de lo contrario y debido a los frecuentes errores, la económica mecánica de la aplicación, la traslación automática del lenguaje hablado -o mal hablado- al escrito y la desgraciada pero orgullosa ignorancia a la hora de preocuparse por una mínima corrección en el uso del propio idioma -cada uno escribe como le da la gana, siempre es el otro quien no quiere comprender- hubiera sido imposible entender nada.

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Desinformación

Fue algo entre casualidad y curiosidad lo que me hizo detenerme en un documental sobre “terraplanistas”, es cierto que con más dudas y pesar que convencimiento, sugiriéndome para animarme que no era perder el tiempo si después de su visualización lograba algo en claro de semejante disparate, por ejemplo, las supuestas razones de estos tipos y su hipotética solidez. Pero, como habrán imaginado, la decepción fue la consabida, unida a la inevitable vergüenza ajena porque ciertos individuos, da igual el país del que provengan, puedan derivar hacia semejantes desatinos; porque tampoco sirvieron de mucho los expertos que sazonaban el documental pretendiendo razones y algo de consistencia psicológica y social a convicciones tan erráticas, además de recomendar encarecidamente no expulsarlos de la sociedad marginándolos como bichos raros. En conclusión, se trataba de personas de todas las edades perdidas entre convicciones disparatadas o directamente absurdas tras las que algunos expertos adivinaban vidas solitarias psicológica y/o socialmente traumáticas que devuelven a la sociedad individuos con problemas de integración necesitados de un redil con el que ser identificados y acogidos.

No hay nada como dejar hablar a estos personajes para cerciorarse de su patética simpleza, su ignorancia y su temor ancestral al mundo que les rodea, lo que también les impide aceptar y comprender cualquier prueba en contra o que incite a la mínima duda -eso significa caer en la red del enemigo-; pruebas y demostraciones a las que despojan de toda validez porque chocan de frente con su propia cerrazón mental, sus prejuicios y una estrechez intelectual que les impiden ir más allá de sus propias convicciones. Tipos y discursos similares a negacionistas del cambio climático y antivacunas -o esos otros incapaces de entender, y lo que es peor, aceptar, los miles de millones de años del universo o las millonésimas de segundo o milímetro con los que una ciencia manipulada por oscuros taumaturgos en el poder pretenden encandilarnos-; su insistencia y perseverancia es más bien una cuestión de fe, el obligado cumplimiento y obediencia de una especie de dogma grabado a fuego en su subconsciente que les mantiene permanentemente en guardia contra el demonio, es decir, todo aquel que no sea de los suyos y con quien ha de convivir por obligación, eso sí, permanentemente a la defensiva.

Su pretendida o supuesta información surge más bien de una desinformación generalizada en la que individuos y organizaciones de toda catadura e insolvencia -tanto moral como intelectual- medran buscando beneficios de cualquier tipo, obteniendo como resultando una infinidad de falsedades y confusiones formando una maleza casi impenetrable que enmaraña redes, foros y páginas para desgracia de aquellos a la búsqueda de algo fiable, eliminando de un plumazo o arrojando a un profundo pozo de basura las opiniones expertas o con un mínimo de conocimiento de lo que hablan y pretenden transmitir. Si los expertos que pretenden saber de un tema -cualquiera- por experiencia, trabajo o estudios solo intentan manipularme porque a su vez ellos ya lo están, entonces el diálogo es imposible. El temor y la desconfianza es el motor de estas cabecitas -si, por ejemplo, usted estuviera en Tarifa y en un día soleado pudiera ver perfectamente la costa de África eso significaría que la tierra es plana y no una esfera moviéndose en el espacio; y no intente convencerme porque no acepto sus pruebas, ya que lo que en el fondo pretende es manipularme y llevarme al redil de los crédulos y engañados. Fin de la historia.

Tanta pobreza o pereza intelectual da que pensar, porque no se trata de desconfiar por norma encerrándonos en ver el mundo desde nuestra propia noria y con nuestras propias anteojeras, exigiendo a todo aquel que se dirija a nosotros que previamente se ate a la misma rueda y limite su visión a nuestro estrecho horizonte. Si después de siglos de civilización y miles de pruebas científicas irrefutables va a resultar que no hemos aprendido nada, que seguimos como al principio y todavía creemos que rezar es lo mejor para que llueva o que dios creo el mal y al demonio para hacernos ver que no somos perfectos y debemos atarnos a él, apaga y vámonos.

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Trabajos

Lo más curioso o llamativo de la conversación eran los propios muchachos, su absoluto convencimiento de que las cosas son así, sin dudas o atisbo de crítica; hablaban sin mordacidad ni dobles sentidos, felices por haberse reencontrado y por la charla, seguros de sí, ajenos e independientes del exterior porque todavía no existe la consciencia de ser otro más y aún se mantiene en pie un fondo de armario en el que los sueños y deseos todavía ocupan su mayor parte. Tal vez algo de resignación por lo que consideran errores más que fracasos, ya que por su parte no existe entrega o doblegamiento consciente de su voluntad, ni obediencia a los dictados de otro u otros, en cualquier caso los inevitables esfuerzos e inconvenientes por el tiempo invertido, pero menos, ya que para ellos todavía no existe una consciencia del paso de los años como algo definitivo, simplemente transcurren en una acumulación de tiempo que en algún modo se transformará en experiencia para mañana, o no, simplemente pasaron y ahora estoy aquí, en muchos casos tan vacío como al principio pero unos años mayor. Se conformaban razonando que aquello no siempre iba a ser así, ni es mejor o peor, se trata de lo que hay, las cosas cambian y tal vez en la próxima ocasión tengan más suerte. Suerte. Vale, son cosas que pasan, el mundo se mueve de ese modo y al final y desgraciadamente para muchos de estos se trata de que no puedes, no funciona o probable y directamente no servías para aquello, ya está, pero sin ofensas ni acritud, todo “muy líquido”. Luego se impone un cambio hacia otros derroteros de más fácil acceso y tránsito, otros estudios menos complicados o exigentes, sobre todo que gusten, sin que todavía tengan claro si es cuestión de gustos o de comodidad, facilidad -dicen-, menores requerimientos, con pasos más sencillos y cortitos para que la motivación no decaiga -¿tan cortitos?-, el caso es no volver a fallar y desanimarse. O un trabajo ¿cualquiera? ¡uf! por tener algo de dinero para hacer lo que te apetece. Porque estudiar es una mierda cuando no se tienen las cosas claras, tal y como al parecer les seguía ocurriendo a ellos, demasiadas prisas a la hora de afrontar plazos y más plazos en tan pocos años, como si el mundo se fuera a acabar mañana, sin tiempo para pensarlo con un poco de tranquilidad, independientemente de que tampoco se tiene el cuerpo para ello porque hay otras cosas más importantes, aparte de la natural necesidad de anteponer el placer a la obligación o el esfuerzo, cualesquiera que sean.

Pero no todo eran malos rollos, había un trabajo para uno de ellos -recién ingresado en una conocida cadena de supermercados-, ocupación que enterraría, al menos momentáneamente, unos feos años de los que no podía obtener nada claro aparte de tiempo perdido y unos estudios que, sumados, no significaban nada porque desde la distancia lucían sueltos, disparejos, sin forma humana de atarlos a alguna actividad que proporcionara algo a cambio, mejor si era dinero. Ahora casi tocaba el cielo, por fin, según sus propias palabras, su radiante expresión y el modo en que lo contaba; era más que estupendo, el trato, el horario y, por supuesto, también el sueldo, una maravilla comparado con lo que había tenido que tragar en otros trabajos. El paraíso (¿?). En ninguno podía advertirse, mucho menos en el afortunado trabajador, la impresión de enfrentarse a opciones marcadas de salida respecto a las cuales sus capacidades siempre fueron algo secundario, se trataba del camino al que intentaron aspirar y no fue posible, aunque afortunadamente hay otros que requieren menos esfuerzo, es más, para el nuevo trabajador la sensación era de liberación y felicidad. Sin remordimientos por un posible fracaso o el tiempo perdido, o porque ya fuera tarde; los estudios no eran lo suyo, fin de la historia. Es falso que existan caminos marcados o que condicionan y redirigen tus aspiraciones, solo son equivocaciones, tal vez desinterés o falta de estímulos. Pero al fin podría hacer lo que realmente quería, un tarea fácil de asumir con unas exigencias básicas, un buen principio a cambio de lo que consideraba un buen sueldo con unas excelentes condiciones laborales. Su docilidad era ejemplar porque, sin reticencias, asumía de buen grado su futuro más próximo, y sobre todo era suyo. Dejaron de preocuparle las causas o los porqués, y si existían, probablemente retorcidas invenciones en las que no le apetecía detenerse. En cualquier caso ahora el truco consistía en multiplicar las horas por el dinero obtenido y en función de ello progresar adecuadamente.

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Amigos

Me enteraba de que una buena amiga había dejado de hablarme porque se acostó con quien no debía -así, como suena-, pero no lo sabía directamente por ella sino por otra amiga que me lo contaba sin que yo se lo pidiera porque me creía al tanto y le apetecía preguntarme cómo había reaccionado, cómo me había afectado y si en el fondo lo entendía, porque ella, cuando se enteró, no supo qué decir y, sobre todo, porque no acababa de comprender por qué habría de afectarme de algún modo que cualquiera de nosotros cuatro acabe en la cama con quien le apetezca. Tan extrañado como sorprendido y aún incrédulo le contestaba que yo tampoco lo entendía, además de insistir en su seguridad respecto a la veracidad de lo que me estaba contando; no acababa de ver la relación, cada uno lleva su vida como le apetece y, de ser cierto lo que decía, aquello no parecía un problema que pudiera enemistarnos, ni siquiera molestarme. Ante todo somos amigos -continuaba-, nos gusta comer juntos y conversar con relativa frecuencia, saber cómo nos va, qué proyectos tenemos y si nos va a seguir apeteciendo volver a vernos para hablar y contarnos -sin venir a cuento me estaba repitiendo. Añadiendo que, en lo que a mí respecta, nunca había visto o advertido una situación incómoda entre nosotros; o tal vez no estuve avispado o lo suficientemente atento -al parecer me equivocaba.

A mi insistencia sobre la verdad de lo que me estaba contando, de qué modo se había enterado y por parte de quién, cómo estaba tan segura de ello si yo mismo nada sabía -no quería que se saliera por la tangente-, me respondió que eso no era importante, añadiendo -no sé a cuento de qué- que a veces suelen llamarse y hablar un rato y esta última vez la encontró algo rara. Sin ceder respecto a la veracidad de sus palabras y el nombre de su informante -cosa que me exasperaba; hay silencios y omisiones que no suelo aceptar ni puedo comprender-, si supo decirme que en una ocasión, estando todos presentes, hice un comentario nada favorable, o más bien directamente desagradable, sobre el individuo en cuestión -de quien tampoco sé-; pasaba por casualidad junto a nosotros y lo señalé con un gesto de mi cabeza, comentario al que ninguno respondió ni ante el que nadie reaccionó -su cautela e innecesaria minuciosidad me ponían nervioso porque seguía como al principio. En tu descargo -¿intentaba consolarme?- si puedo decir que yo particularmente no le di importancia, el tipo pasaba por allí, nada raro, y alguien hace un comentario que no llega más allá porque la charla prosigue por otros derroteros más interesantes. Pero la conversación o revelación no duró mucho más, tenía prisa.

Resumiendo, Ana intuye que, conociendo a Rosa, durante esa sesión de cama sucedió algo que no debió gustarle, hecho que probablemente le hizo recordar mi comentario negativo e identificar a su acompañante con aquel entonces de paso por nuestro lado, lo siguiente fue sentirse mal. Ya sabes que Rosa es muy variable -me advertía, o recordaba. Aunque ella tiene otra teoría; Rosa está enfadada conmigo, o ha dejado de hablarme -no sé con qué opción quedarme porque de momento no he sufrido directamente ninguna-, porque siempre ha querido acostarse conmigo y yo nunca le he hecho caso -recuerdo que resoplé, me pillaba completamente descolocado-; y verse en la cama con alguien de quien yo no tenía una opinión favorable era como conformarse con la opción que, siempre según Ana, no es la buena, porque ni siquiera valía como venganza, ¿o no sabes cómo es Rosa cuando se le mete algo en la cabeza?

Hubo un momento en el que mi silencio tampoco la escuchaba, hablando y mirándome tan solvente como intrigada, segura de que su teoría era cierta pero sin poder calibrar cómo me la estaba tomando y si estaba haciendo bien contándomela. Además, persistía en su descubrimiento mientras se alejaba, es lo que dice Mario, tú nunca pareces darte cuenta de lo que hay y tienes alrededor, estás pero como si no estuvieras, según él la atracción de Rosa por ti siempre ha sido más que evidente, ocurre que tu hablas de amistad, de ser amigos y querernos como tales -circunstancia que yo particularmente nunca he entendido del todo porque oyéndote intuía unos límites que para mí jamás han existido- y hasta luego. Sin proponértelo has provocado en ella un sentimiento de culpabilidad que solo te hace a ti culpable, porque no te hubiera costado nada estar donde los demás y haber cedido con ella, aunque, claro, para ti las cuestiones de sexo nunca han tenido relevancia entre nosotros. Qué torpes sois a veces los hombres. Y desapareció. Como he dicho tenía prisa.

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Otoño

De pronto ha finalizado el verano, no es que haya llegado el frio pero al fin es posible salir a la calle en manga larga, incluso con dos mangas para los más frioleros; todavía hay quienes siguen de vacaciones y sus establecimientos cerrados a cal y canto, también el bar de costumbre, tal y como lo había venido advirtiendo su propietario, porque él también tenía derecho a unas vacaciones como los demás… -como si alguien en algún momento se lo hubiera impedido. Ahora los paseos son más largos, sin el agobio del calor, y la noche cae cuando menos te lo esperas, al doblar una esquina, y comentas… Se está poniendo el sol, ¿qué hora es?

Más y menos jóvenes de vuelta a sus correspondientes rediles escolares, entre fastidiados y aburridos y poco o nada predispuestos al inevitable esfuerzo, tal vez atentos a alguna inesperada sorpresa y, sin ser derrotistas, entre ellos algunos gustosos por aprender, unos por lo que les aporta y las puertas intelectuales que les abre ese aprendizaje y otros por lo que puede, con el tiempo, proporcionarles para vivir.

Tiempo de rentrée, de estados de ánimo bajos o muy bajos, incluso depresivos y más o menos recurrentes, o desgraciadamente de cierta importancia por tener que volver a encontrarse con esa normalidad tan incomprendida y poco apreciada, la misma que nos mantiene en pie atándonos corto durante el resto del año, de la que permanentemente nos quejamos y no queremos sufrir sin que sepamos hacer otra cosa, de la que no podemos desprendernos porque sin ella no viviríamos -no se trata de cómo nos gustaría-, pero al menos nos concede el resuello suficiente para forjar nuevos planes e ilusiones.

Los gimnasios y lugares donde reencontrarse o conocer el propio cuerpo presumen abarrotados de rostros preocupados y entusiastas porque vuelven a imponerse las formas por encima de las ganas; aunque después de todo está bien regresar y saludar de nuevo a las sufridoras amistades de sacrificios y proyectos compartidos, contarse qué tal y sonreír al menos por ver si este año sí, aunque al final y como de costumbre el proyecto se quede en eso, en otro año que no, pero al menos se pasa, bien o mal es otro tema.

Regresan los cursos y actividades de todo tipo, tanto extraescolares como para ocupar esas largas tardes de invierno que también sufren los adultos, algunos escasos de espacio y/o tiempo e imagino que más de uno se habrá tenido que quedar fuera por no disponibilidad de plazas, o simplemente por haber llegado tarde o no haberse acordado en su momento.

También han aumentado las amenazas a la hora de amargarnos un poco más los meses que vienen, guerras, inflación, carencias, carestía y horizontes más bien oscuros que no acabamos de asumir porque todavía queda y a día de hoy seguimos aquí. La extrema derecha ha ganado en Italia mientras la de aquí anda buscando qué inventarse sin dejar de enmierdar el panorama político general, más o menos lo que siempre han hecho porque, a excepción de su permanente y reaccionario sermoneo católico-racial y el patriarcal y clasista como dios manda, carecen de proyecto político o una propuesta inteligente de gobierno. Como venía diciendo, igual que siempre.

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Cuentos de reyes

Si no fuera porque los vemos, vivimos y sufrimos, tal y como viene sucediendo desde hace ya bastante tiempo, bien podríamos decir que los reyes solo son personajes de cuentos, sujetos de un imaginario común indispensables para el mantenimiento y perpetuación de unos ordenamientos políticos y sociales, antiguos o actuales, de cualquier tribu, comunidad o sociedad sólidamente establecida. Una institución que probablemente basa una gran parte de su curioso prestigio en una tradición oral comprimida en infinidad de historias y cuentos infantiles encargados de incrustar en el inconsciente colectivo un orden y jerarquías tan arcaicas como fantasiosas -o simplemente ficticias- que, sin embargo, para muchas personas conforman una simbología tan consoladora como cohesionante, vital para el cuasi sagrado sostén de algunas sociedades desarrolladas actuales.

Aunque tal ficción sea, si cabe, lo más alejado de la realidad en un mundo que sigue a lo suyo -sin que todavía sepa de qué se trata-, por los siglos de los siglos. Los reyes y sus historias vienen ocupando, no obstante, un lugar bastante peculiar en el acervo colectivo, el de una ficción autoimpuesta intemporalmente real que en el fondo no importa lo más mínimo; pura retórica y ceremonial que todos admitimos, contemplamos y asumimos sin que se nos caigan las razones, por la sencilla razón de que para esta cuestión hoy no las hay -y en el fondo nunca las hubo-; no es que sean innecesarias sino que en cualquier conversación civilizada se antojan absurdas, infantiles e incluso ridículas.

No se trata de que estos individuos o figurantes sean mejores o peores personas, si aptas o no, tampoco cuestión de talantes, caracteres o predisposiciones, temas, éstos, mucho más prosaicos, sino de la misma institución, su vigencia o realidad que más de uno justificaría de forma ferviente y entusiasta argumentando su irreemplazable existencia en función de la hipotética necesidad para la población de un referente sólido y contrastado -¿moral? ¿de justicia? ¿todavía divinidad?- que guíe y otorgue sentido a sus al parecer desorientadas, atribuladas y necesitadas vidas.

Creo sinceramente que no existen razones para la permanencia de semejante alambique, como evidente es la absurda y forzada pompa y solemnidad de sus en principio más importantes actos o simple presencia; figuras, situaciones y/o celebraciones que únicamente tienen un sentido -aparte de para la cómoda y distendida vida y riqueza de sus representantes- para sus más inmediatos beneficiarios y mantenedores -las clases en el poder-, que, en su obsesiva autoperpetuación, ponen convenientemente en juego cuando la ocasión pinta para ello. Porque organizar tales y grandilocuentes eventos en función de unas personas sin ninguna relevancia material, tampoco moral, en la población tiene poco de realidad y mucho de cuento; enésimo ritual opresor perpetuado por parte de quienes manipulan y dirigen este entramado tan corrupto como caduco.

O la parte más prosaica del tema, las monarquías son necesarias porque su vetusta presencia, entre absurda e incomprensible, sirve para atar corto a tantos que de otro modo se sentirían mucho más solos en sus vidas -cuestión esta que desgraciadamente es muy real- y tal vez propensos a conductas poco colaboradoras, atrabiliarias o francamente disolutas; aunque a algunos nos cueste tanto entenderlo.

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