En el teatro

Hubo alguna voz alta -que no llegó a grito- al comienzo de la representación, a la que no di importancia porque interesaba más atender a lo que sucedía en el escenario sin distracciones. Tampoco recuerdo cuánto tiempo había transcurrido cuando, por necesidades del propio espectáculo, se encendieron las luces de la platea  y un tipo se levantó de forma airada, un par de filas delante de la mía, espetando en voz alta un, más o menos, “…si Calderón lo supiera” -como esa nefasta y socorrida coletilla del …si levantara la cabeza- que no supe interpretar si como advertencia o amenaza. El caso es que aquel personaje abandonó la sala ofendido y con malas maneras, seguido al instante y en silencio por dos mujeres sentadas cerca pero no junto a él, tan obedientes como mudas, a las que no pude ver las caras, como tampoco del insultado señor, porque les tenía de espaldas. Salvo este, digamos, incidente, la representación prosiguió con normalidad para disfrute del respetable, al menos eso creo, como lo fue para disfrute mío.

Habíamos asistido a un buen espectáculo, con la dificultad añadida que supone adaptar en los tiempos que corren una obra del ínclito Calderón –La vida es sueño– y que no chirríe, intentando darle un toque de actualidad que haga el verso algo más vivo si cabe -y para mí que lo consiguieron-, tanto a la hora de disfrutar de su placentera escucha como de su clara dicción a cargo de unas interpretaciones tan convincentes como bien declamadas. Una puesta en escena que, no teniendo nada que ver con lo que en principio se supone debe aparecer en el escenario en una representación teatral del Siglo de Oro español, permitía al espectador no perderse en inventos y novedades que en ocasiones dificultan el seguimiento y comprensión de la trama, sobre todo para quienes no la conozcan de antemano. En definitiva, una buena representación que lograba lo más importante, que el paso del tiempo no se notara a la hora de hablar de las pasiones y sentimientos humanos. Básicamente porque el sustrato sentimental y emocional de los hombres de ambas épocas son el mismo.

Se trata de ese teatro -como sucede con la literatura- que tan bien soporta el paso del tiempo. Ese es su mérito. Pero, en cambio, ¿qué pensaba el… dinosaurio que abandonó airado la sala al poco de comenzar la representación? ¿En qué mundo vive? ¿No se pueden leer o disfrutar los clásicos -cualesquiera- si no nos vestimos con togas y/o jubones y portamos lanzas o espadas? ¿Quién y con qué intención pretende fijar y/o reducir excelentes textos teatrales y literarios al tiempo en el que se crearon? ¿Para qué? ¿Cómo entiende esa gente su valor? Es cierto que algunos no admiten revisiones o relecturas porque se quedaron allí, incapaces de salvar el demoledor paso del tiempo, esa es su derrota. Pero no todos, porque hay algunos, los mejores, que nada tienen que ver con objetos inútiles o completamente muertos, al contrario, sino que con cada nueva lectura, o representación, regresan al presente casi con la misma fuerza y vitalidad que entonces. ¿Dónde está la inteligencia a la hora de sumergirse, apreciar, relacionar y trasladar a la actualidad temas y tramas, su prosaica y poderosa humanidad? Esa inteligencia activa que con cada nueva lectura renueva el valía y la vigencia del texto. Más, ¿a quién vota pensamiento tan reaccionario?

Con esto me viene a la memoria el brevísimo cuento de Augusto Monterroso; y es que los dinosaurios nunca su fueron, siempre han estado ahí, amagados y al acecho, aguardando su momento. Que los sueños de una humanidad más justa y menos cruel nos haya impedido tenerlos presentes no significa que hubieran desaparecido; y no se trata de que de vez en cuando tropecemos con ellos en el teatro, incluso han vuelto a resurgir en la política mundial. Nos toca seguir remando, el mar ha vuelto a encresparse.

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Antigüedades

Dejó todo a punto, casi perfecto, como habitualmente hacía; le gustaban las cosas bien hechas y la aparente simpleza de la que el espectador disfruta en el resultado final. Ahora descansaba tomándose un café mientras miraba cómo se situaban en el espacio dispuesto ad hoc entrevistado y entrevistador.

Su compañero, hábil y profesional, no olvidaba sus consejos a la hora de colocarse ante la cámara para que su trabajo cobrara valor, un respeto de agradecer que les llevaba juntos ya una temporada. En su cabeza volvió al niño censurándose, “¡Qué exagerada soy!”. Sonia sabe lo que tiene que hacer y a estas alturas tendría que pasar algo muy gordo para interrumpirme. Aunque no era precisamente la valía y responsabilidad de Sonia lo que en el fondo le preocupaba, ni la seguridad de su hijo, sino el dinero, este mes iba un poco apretada y tendría que buscarse algún trabajo por otro lado para afrontar los extras que se le presentaban. Igual que siempre, la misma historia, el caso era no poder vivir con tranquilidad.

Había estado observando al entrevistado mientras lo acicalaban, y se acicalaba, para la entrevista, mirándolo con una sensación extraña; había algo que no le cuadraba en aquel hombre alto de tez oscura tostada por el sol, pelo crespo, patillas de hacha y traje claro bien ajustado; una especie de sepia tirando a verde, no sabía bien, una cosa rara que llamaba la atención sin llegar a original. Había necesitado de una mayor dedicación y retoques por parte de la gente de maquillaje y peluquería porque no acaba de verse ante el espejo. Era coqueto el tipo aquel, además de estirado.

Comenzada la entrevista y oyéndole responder a las preguntas de su compañero seguía sin entender. Recelaba de su pose y su mirada, altiva pero como perdida, equivocada, fija en una especie de limbo que parecía flotar más allá de este mundo y, por supuesto, muy lejos de los ojos de quien le hablaba; por encima de aquel escenario tan prosaico. ¿Quién coño era aquel tipo? ¿En qué mundo creía que vivía? En este seguro que no. Hablaba sin bajar la vista de un hipotético tendido que desprendía un olor rancio en el que se mezclaban tradiciones, sacristías y cosas hechas como dios manda; farfullaba sobre los tiempos revueltos que corren, sobre un mundo que no acababa de entender, turbio y confuso, sin orden ni jerarquías, donde todo se cuestionaba y todos creían saber de todo. De la necesidad u obligación, no escuchó bien, de no perder aquello que nos hace ser quienes somos, que nos caracteriza y de lo que tendríamos que sentirnos orgullosos.

Sus respuestas parecían inducidas por instancias cuasi divinas; no es que su voz fuera engolada o ampulosa, hablaba lo justo, era lo que decía y cómo lo decía. A pesar de sus intentos por mostrarse sereno daba la impresión de estar haciendo un esfuerzo enorme, dignándose a descender desde la atalaya de su arte para hacerse oír, él, explicarse, justo quien no debería porque ya lo hacía con sus herramientas de trabajo, un trabajo suficientemente importante y explicativo como para tener que masticárselo a la gente, y mucho menos justificarlo. ¿Ante quién? Él solo podía y debía hacerlo ante la historia, bastaba con mirar atrás para darse cuenta de la importancia de lo que estaba diciendo, y quien no lo entendiera tenía un grave problema.

Era el mundo actual el que iba mal, al que no acababa de entender porque se había perdido el respeto hacia los ritos y los testimonios auténticos. Una parte de la población, engañada o confundida, tanto daba, estaba siendo manipulada por cuatro politicastros con ínfulas y poder, tipos que con la excusa de proteger a los animales cuestionaban el carácter de todo un pueblo, su razón de ser, su cultura, su propia historia. Él no tenía por qué estar allí, lo hacía porque se había dado cuenta de que aquello estaba pasando de castaño oscuro, y modos y liturgias muy antiguas corrían el peligro de perderse para siempre por culpa de modas e ignorantes que desconocen donde tienen la mano derecha. Y ahora que había elecciones, él, al que le importaba un bledo la política -un negocio monopolizado por trepas y advenedizos-, no tendría más remedio que obligarse votar a quienes intentaban proteger la cultura y las tradiciones de este país; y si tanto ignorante como hay por ahí dice que se trata de la ultraderecha eso no le preocupaba, él tenía que defender lo suyo, lo de todos, lo de siempre.

De pronto Ana lo entendía, y pensó que definitivamente aquel tipo estaba más para allá que para acá, el fulano se había equivocado de siglo, una lástima, tendría que haber nacido cien años antes, ¡qué decía! quinientos por lo menos; hoy resultaba patético, casi tétrico, su aspecto, su pose, el traje, sus patillas, su voz, la mirada de iluminado. Era una pena que todavía hubiera gente así, con el seso tan descolocado, nostálgicos de un pasado que además de no volver tiene más contras que pros para ser recordado con benevolencia. ¡Ya le valía! Dorándole la píldora a un tipo desenfocado, ¡un torero! en lugar de estar con su hijo.

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En el hospital

Esa hora que no es por la tarde pero la mañana hace rato que acabó, en cualquier casa las personas normales dedicadas a su comida diaria, algunos quizás ya en el postre, o recogiendo y listos para un breve descanso reparador; otros, sin embargo, pronto de vuelta a un trabajo empeñado en maltratar cuerpos y mentes a base de jornadas partidas tan superfluas como improductivas. El centro hospitalario, aún abierto, acoge a los pocos que todavía quedan de los retrasos de las consultas matutinas y los menos que tienen cita a estas horas de una tarde que en el fondo todavía no es.

Salas de espera, grandes y pequeñas, que a duras penas justifican la proliferación o exceso de asientos vacíos que probablemente hace unas horas hospedaron, de buen grado o por imperativa obligación, a enfermos y posibles de la comarca, en algunos casos un manojo de nervios incapaz de acoplar el trasero y aguardar de forma relajada. Otras que solo son un pasillo que conduce hacia distintos destinos poco o nada deseados ni tampoco indeseables. Por su situación, más bien alejado de los grandes ventanales que iluminan otras zonas, este aparece oscuro, a pesar de la luz artificial que le concede algo de habitabilidad en horas tan luminosas del día.

No he advertido su llegada y de pronto me sorprende su charla, su austero y discreto discurso, la determinación de lo que parecen explicaciones; giro la cabeza y la veo allí, a menos de un par de metros de donde me hallo, pequeña, delgada, estrecha, menuda, el pelo liso, negro, una media melena que apenas mueve cuando habla, sobresaliendo su clarividencia y resolución. Cubierta con tan solo una bata blanca atada por detrás, recién llegada de no sé dónde y probablemente aguardando la siguiente prueba neurológica, en cuya correspondiente sala de espera nos encontramos. Conversa con una pareja de mediana edad al parecer del mismo pueblo, esas coincidencias que suelen darse en los hospitales comarcales, adonde cada cual acude o lo envían con más miedo que confianza, cuando nunca se tienen todas consigo porque lo que puede venir o suceder en ocasiones se decanta hacia lo peor, o algo más que preocupante. Difícil precisar sus muchos o pocos años porque su voz no dice más que su liviana presencia; o quizás se trata de que se me da bastante mal calcular las edades de los demás.

Hace un año Dios me quitó a mi madre… y poco después murió mi pareja. Imaginaos… y ahora esto… Los otros miran sin hablar desde detrás de sus mascarillas. ¿Vive entonces sola? Imposible saberlo por sus palabras, aunque parezca afirmarlo la sólida evidencia de su discurso. En cuanto acaben estas pruebas voy a dedicarme a vivir, sin preocuparme por nada que no me importe o afecte directamente. De algún lugar o consulta surge una enfermera anunciando su nombre en voz alta, lo que provoca la excusa de su despedida y su rápida desaparición hacia la siguiente prueba. De pronto el pasillo se ha quedado vacío; los que todavía permanecemos a la espera es como si hubiéramos desaparecido.

De qué vida habla la pequeña mujer que acaba de abandonarnos, cómo me la imagino; probablemente sin necesidad de retos o proezas destacables, ni apuestas o desafíos definitivos, algo mucho más simple, o sencillo, igual de humano e importante, y sobre todo feliz, sentida como tal. Resulta difícil expresar con palabras la intensa vitalidad que desprenden algunas personas, en primer lugar porque hay que estar allí para sentirla, de otro modo la cuestión se dirime entre comos y parecidos que no siempre dan en el blanco. Ella y nosotros estamos aquí, el mismo tiempo y lugar, pero no lucimos iguales, alguien parece tenerlo más claro y así lo manifiesta en su, en tales circunstancias, especial singularidad, la de una vida transformada de la noche a la mañana en un intenso pulso que de pronto se antoja desoladoramente breve cuando caen sin un motivo justificado -como si vivir o morir necesitaran motivos- las columnas que hasta ahora la han venido sosteniendo y amparando. Es precisamente entonces cuando la luz del sol te saca de tu somnolencia obligándote a asomarte al vacío que de pronto se ha abierto bajo tus pies, e inmediatamente decides y te dices, incluso descubres, que dispones de un precioso don que nada ni nadie va a suplantar ni arrebatarte, sobre el que te dispones a cabalgar contra viento y marea, hasta tu último aliento. Cuando la breve realidad de nuestra existencia tropieza con uno mismo.

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Sentirse mayor

De no haber sido por la prensa probablemente no me habría enterado del suceso, accidente, curiosidad, noticia o muestra viral de las redes sociales que pretendo comentar, me refiero al cletus de extrarradio, con dentadura postiza y peluco chapado en oro -que probablemente babeara cada mañana cuando vea sus prietas carnes ante el espejo, además de otras cosas algo groseras que no merece la pena comentar-, y su vergonzosa aparición en el programa de televisión First Dates. Entiendo y comparto el desagradable embarazo y confusión de la mujer a la que asignaron tamaño semental, a mí tampoco me saldrían las palabras ante tal despliegue de rancio y terronero machismo, del misógino derroche de testosterona por todos los costados imaginables; yo también me habría quedado mudo porque no habría sabido cómo meterle mano a semejante energúmeno -es una forma de hablar. Es decir, hubiera quedado tremendamente impactado al comprobar en mis propias carnes que todavía respiran por este mundo sujetos de tal cariz -por denominarlos de algún modo-, especímenes con tales limitaciones intelectuales que ni siquiera llegan a analfabetos funcionales. En algún momento el tipo me recordó a los tremendos cletus de Deliverance, la película de John Boorman que recientemente había visto por televisión; es cierto que pasados por algún lavadero industrial de ganado, cepillados y pulidos a conciencia y brillantemente charolados, además de recubierto con una gruesa pátina de lustre reflectante que lo haría brillar bajo la luz de los focos televisivos. Sin olvidar el babeo hueco y pretencioso del que hacía gala a la hora de emitir sonidos, tal que hablar, manifestaciones sonoras que probablemente ningún algoritmo procesador de textos sabría como catalogar.

Es cierto que jamás me sentaría a ver o disfrutar de programas de ese tipo por la sencilla razón de que quedan bastante lejos de mi día a día, sin embargo, lo poco que vi y que ha dado motivo a estas letras desgraciadamente hizo que me sintiera mayor, sin quererlo o sin darme cuenta, alarmado y de algún modo fracasado porque ni la democracia ni el mismo paso del tiempo ha conseguido extirpar la existencia de tales ejemplares, dignos de un museo antropológico. Y lo que es peor, cuando lo comenté en público obtuve como respuesta que el engendro que disfruté y admiré no era único, sino que se reproducen y proliferan como la peste. Entonces me pregunté, ¿qué hemos hecho mal para que todavía se den tales anormalidades de la especie? ¿en qué hemos invertido el tiempo y qué futuro dejamos a la humanidad con la proliferación de tales desviaciones genéticas? Y lo que verdaderamente siento es que no tengo respuestas para ello, e ignoro si las hay. Es para echarse a llorar.

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Playas

Si me preguntaran en qué momento diría que en invierno, y por qué porque creo que es la mejor época para disfrutar de la playa, ya sea caminando, jugando, bañándote, leyendo o simplemente sentado en la arena gozando del incesante ir y venir de las olas, tanto grandes como pequeñas, en el fragor de la tormenta o de un mar en calma. Una disposición que tiene que ver con el disfrute de la contemplación y el intenso paladar de la estancia, además de las innumerables sensaciones que provoca ese movimiento ininterrumpido y el constante rumor, en ocasiones atronador, que envuelve la misma permanencia junto al mar. El atractivo de su austera y magnética sencillez y el enorme poder acumulado, capaz, sin embargo, de diluirse en una delicada y finísima lámina de agua que ni siquiera llega a la altura del pulgar del pie que en ese momento acaricia. La presencia de su desnuda viveza, o su seductora e intrigante desolación convergiendo en un horizonte inalcanzable ante el que la vista siempre se queda corta.

Lugares por los que las aves peregrinan siempre a la busca de un alimento que se antoja inagotable, donde son arrojados pecios y restos de todo cariz tras los que se ocultan vidas -pasadas y presentes-, tiempo, sucesos o personas secretas que en alguna ocasión tuvieron aquellos objetos por conocidos o directamente suyos. Restos y despojos probablemente ya olvidados que cuentan por sí mismos historias tan misteriosas y sugerentes como desconocidas.

En lo hasta ahora dicho intento reivindicar un poso de voluntaria soledad o una compañía siempre cómplice del momento y lugar, parca en palabras, las necesarias, porque el mismo escenario se hace lo suficientemente presente como para dejarte en silencio o con la boca abierta.

Nada que ver con ese otro marco -el mismo y sin embargo tan distinto- que en temporadas más cálidas es obligado a prostituirse a manos de todo tipo de intrusos: perdidos, despistados, codiciosos, oportunistas, insolentes o advenedizos con derecho a imponer sus miedos, arrogancia y aburrimiento al mismo tiempo que, en más casos de los deseados, muestran un desprecio y una falta de respeto hacia el lugar que los descalifica y arroja al cubo de lo absurdo e incomprensible. Pero las playas con buen tiempo son otra historia que nada tiene que ver con esta, otra sensibilidad, otro modo, que lo es todo, de admirar o sentir la naturaleza.

En contraste con esa oposición, adversidad o formas diferentes de ver y sentir el mismo lugar, descubrí hace poco otra playa que nada tiene que ver con ninguna de las que hablo, una playa en invierno que no era playa ni nada que se le pareciera, donde el mar se mostraba en una calma que se antojaba humillante, como una sopa anodina derramándose sobre una corteza de arena impuesta, grosera y despreciativamente peinada y parcelada por infinidad de dominios, objetos y construcciones supuestamente lúdicas que, en cambio, daban idea de un enorme parque infantil para unos niños grandes en permanente aburrimiento y con escasa imaginación. Hasta tal punto invadida que apenas quedaba espacio para detenerse o sentarse sin tener que evitar algún artilugio allí plantado con fines terapéuticos, sedantes o estrictamente comerciales, probablemente dispuestos por tipos que odian el mar y las playas. Pero eso no fue todo, si finalmente conseguías llegar hasta donde morían unas olas sin carácter no tenías más remedio que ponerte a salvo porque corrías el riesgo de ser atropellado por una aglomeración, romería o tumulto de solitarios ataviados con ropa escasa -variaciones sobre los mismos y pobres modelos- que iba y venía mostrando rostros serios o directamente malencarados, y casi diría que enfadados y enfadadas consigo mismas y con el mundo. Una multitud completamente ajena al mar poseída por una alarmante y absurda prisa que la obligaba a caminar con vacío convencimiento; una muchedumbre de cuerpos arrugados por un sol todavía indolente que se limitaba a proporcionarles luz en aquellas primeras horas del día antes de dejarla alejarse y desaparecer hacia ningún sitio.

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Una foto

Volvían a eliminarlo de la partida en juego cuando entraba un nuevo mensaje, cansado de perder decidió cambiar de registro y lo abrió. Una foto enviada por una amiga que supuestamente le debía interesar, aunque en principio no vio el por qué, no los conocía, pero, mirándola bien, sí reconocía a una amiga de su amiga, pero no a su pareja; además, qué le importaban aquellos dos mirándose acaramelados. Pero no la borró ni salió de la aplicación de inmediato, extrañamente atento a lo que tenía en la pantalla y aún sin reconocer qué era lo que estaba viendo, o acababa de ver. Dos tortolitos comiéndose con los ojos, ¿y qué? Acto seguido una sensación reconfortante no tan placentera como debiera alteró su atención; era curioso, aquella mirada contenía mucho más de lo que mostraba a primera vista, se intuía pero no cómo explicarlo. Ni el encuadre ni el lugar donde se hizo la foto eran importantes, ni la hora, normales, no había motivos; nunca los había visto pero era como si los conociera de toda la vida, los mismos de siempre poseídos por una sincera ingenuidad que valía mucho más que la propia instantánea; embargados por una tierna fragilidad que solo ofrece la confianza más ciega dando sólida consistencia a lo que en ese mismo instante solamente tú estás sintiendo, sin dobleces, sin cartas guardadas, tal cual era y eran, débiles y quebradizos, lo que no era poco. Aquellos dos imbéciles estaban enamorados, eso era indudable, y lo mostraban con un candor y una dulzura de los que probablemente no eran conscientes, o sí, pero esas cosas es difícil explicarlas, se sienten y tal cual las sientes se muestran, sin máscaras ni reservas.

A continuación sintió cómo la punzada se hacía más aguda, sin menoscabo ni disminución del placer ante lo que estaba viendo pero vuelta inesperadamente hacia sí, sentado en la penumbra de su habitación, frustrado por una nueva derrota o por precisamente las sombras que lo rodeaban, tan ajenas al sol que lucía al otro lado de la ventana. Resopló pero no quitó la imagen de la pantalla, allí seguía, gritándole muda algo que no acababa de entender, o no quería entender, ni sentirse aludido cuando a él ni le iba ni le venía. Regresó al juego, había comenzado otra partida y cuando intentó sumarse a su equipo no se sintió con fuerzas, o ganas, tampoco supo si cansado o aburrido. Miró alrededor en la semioscuridad de la habitación, a aquellas paredes que se sabía de memoria y suspiró, pero no se movió ni intentó levantar la persiana hasta arriba para que entrara la luz del sol. Prefirió permanecer en la misma y oscura posición pero regresó a la foto, a aquellos dos mirándose como gilipollas, como si no hubiera otra cosa en el mundo que aquella mirada, y volvió a sentir la misma punzada que en esta ocasión le dolió más porque se parecía mucho a la envidia. ¿Pero de qué? ¿de la felicidad de otros? ¿por qué? No es que disfrutara o le gustara especialmente la escena ¿entonces? Qué le estaba ocurriendo. Lo requerían en el juego pero no hizo caso, de pronto no le apetecía meterse en otra guerra de mentira, en otro Mordor eliminando avatares infantiles que nacen y mueren escupidos y masacrados por una cadena de montaje organizada por el mismo demonio, la cuestión era impedirles ver la luz, como él.

Dejó la silla, el ordenador y salió de la habitación, de pronto necesitaba desesperadamente de la luz del sol.

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Esperando

Aún con frío, permanecía sin despegar la mirada de la calle, ajeno al local, también a lo que dentro de poco tendría que pedir como obligación por ocupar una mesa. Mejor decirle al camarero que no lo tenía decidido, que volviera luego; aunque no era precisamente eso en lo que pensaba en aquellos momentos. Solo miraba la calle, el frío, la ausencia de sol, gente yendo y viniendo a la que no sentía ni próxima ni lejana, ni siquiera semejante; gente que respira y ocupa espacio y con la que tienes que convivir por obligación, no hay más. Se atrevió a situarse entre ellos, uno más, extraño, confundido e indiferente para otro observador que tampoco se detendría en su paso. Pero no le salían las cuentas. ¿Dónde? ¿En qué dirección se movería? ¿De qué modo lo juzgaría ese otro curioso aburrido. Calculando los años como forma de categorización, pura rutina; aproximadamente de mediana edad (¿?). Lo más alejado posible de las criaturas que caminaban desganadas con la mochila atada a la espalda, hablando o gritando mientras daban cuenta de bocadillos y refrescos haciendo hora para volver a las aulas; hartos de libros y recreos, sin por otra parte saber por qué y cuál era la parte interesante que se estaban perdiendo, pequeños autómatas dirigidos en su rústica y joven arrogancia de pocos años y un exceso de confusión; necesitados de la prontitud de lo simple y sus nulas consecuencias. Tampoco se veía entre los individuos y parejas que cruzaban por el ventanal, no sabría decir si mayores o ancianos, correcta y respetablemente abrigados en dirección a unas ocupaciones que a juzgar por sus rostros lo eran todo, disposiciones y orden con membrete de obligación llenando los días y en cuántos casos probablemente a falta de nada mejor. Desconfiaba de su confortable y protegida seguridad, de sus apariencias y vidas satisfechas presunta o presuntuosamente cumplidas, aunque ellos mismos no lo supieran; pero allí estaban, orgullosos de su lugar o lo que fuera que hicieran con sus tiempo. ¿Y la gente de su edad? ¿Dónde estaba? No la veía o pasaban tan rápido que no le daba tiempo a distinguirlos, tal vez desvaneciéndose en lugares que no existen o empeñados en tareas y ocupaciones apropiadas que etiquetan el tiempo de respetabilidad. No advirtió la llegada del camarero, entretenido en abrir una pequeña libreta en la que anotar su consumición. Aún no lo sé, ¿puede volver en un momento? El muchacho correspondió dando media vuelta en dirección a otra mesa que acababa de ser ocupada. Entonces volvió a mirar los papeles encima de la suya, citaciones, más pruebas y ninguna respuesta, la misma mierda de siempre. Aquello de que todavía era pronto para saber o la evidencia de que por el momento no había nada, solo presunciones y temores que nunca antes habían estado ni existido, ahora en cambio suficientes para hacerlo permanecer sentado como si le fuera la vida en ello, como si se tratara de sus últimos momentos en este mundo y hubiera de hacer balance de sus pocos o muchos días; qué más daba. Se dijo nuevamente que no tenía nada de qué preocuparse a sabiendas de que tampoco serviría; tan solo era una consulta que, como imaginó, traería las correspondientes consecuencias. Nada más… y nada menos. Se vive mejor sin pruebas, como esa gente de ahí afuera sobre la que nada sabía y sin embargo parecen… ¿qué? ¿qué parece él? Tampoco podía preguntarle al observador que ahora mismo lo tiene entre ceja y ceja. ¿Qué va a pensar? Apretó los puños dentro de los bolsillos del abrigo y decidió qué pedir. Un aguardiente, al menos entraría en calor. Qué vida, siempre rezagado detrás del tiempo.

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Estos tiempos

Hay más coincidencias de las que parecen entre los asesinatos machistas que desgraciadamente vienen sucediéndose en este país, el asalto a los edificios institucionales en Brasil por parte de una multitud empobrecida y semianalfabeta y la fotografía de un grupo de congresistas norteamericanos rezando rodilla en tierra y cabeza gacha, ignoro si antes o después de una sesión parlamentaria, en el mismo congreso yanqui -sería interesante saber a qué dios tan particular y rico oran y qué le piden, para sí mismos, por supuesto. Y el nexo común entre estos sucesos, que en algunos casos nos hemos habituado a ver sin que atraigan ni alteren nuestra atención, es la derrota en toda regla de la razón, el descrédito de la única cualidad exclusivamente humana ferozmente atacada y desprestigiada por la parte más instintiva, conservadora e ignorante de nuestro propio cerebro.

Se trata de una corriente reaccionaria que se mueve de norte a sur y de país en país fomentada y alentada por los poderes más conservadores y reaccionarios, denunciando lo que estos consideran erróneos funcionamientos institucionales y malas prácticas políticas por parte de quienes actualmente detentan un poder que aquellos siempre han considerado “naturalmente” suyo; sin ofrecer nada a cambio puesto que nada tienen que no sea la perpetuación de una cruel explotación de siglos, o sí, dioses, rezos y súplicas tan temerosas y egoístas como mezquinas, además de un violento y primitivo inmovilismo tan retrógrado como servil, propagando la necesidad de líderes poderosos y tiranos que encabecen y dirijan la vuelta a una ignorancia endémica de muchedumbres incultas, hambrientas y a la deriva. En definitiva, una pérdida de poder que deviene incomprensión y desvalimiento transformándose en un violento temor que de pronto maniata y obnubila al asesino de su mujer porque su precaria inteligencia es incapaz de entender y aceptarla como igual.

Las únicas acciones capaces de crear, soportar y mantener en el tiempo lo poco bueno de las sociedades humanas son de razón, no hay más, ni sangre, religión, esencias ni tradiciones, se trata de la exclusiva capacidad humana de construir algo sólido a partir de nuestra innata, temerosa y violenta precariedad. La misma razón que puede detener el deterioro climático y el brutal expolio y devastación del planeta y sus otros pobladores por parte de nuestra especie.

Razón como principal enemigo de una corriente conservadora y reaccionaria que todo lo llena, manifestándose en infinidad de medios y formas, ya sea fomentando antiguas esencias -meras invenciones de otros hombres y otros tiempos que no son estos-, reivindicando tradiciones -encargadas de mantener un statu quo desigualitario e incuestionable-, apelando a la providencia -cada cual con la suerte que Dios le ha concedido, siempre a título individual-; reconociendo como inevitable la desigualdad de nacimiento -resultado de injusticias pasadas sobre las que no hay nada que preguntar-, alabando la superación -sin nunca explicar por qué y para qué- o el esfuerzo individual como única meta en la vida -esforzándose, unos, por intentar vivir con un poco de dignidad o luchando con tal de llevarse algo a la boca y, otros, por mantener sus posiciones y privilegios a costa de una mayoría subyugada y explotada, siempre dispuesta a obedecer, servir y trabajar donde corresponda.

Esa razón humana capaz de organizar democracias y construir sociedades flexibles e integradoras en las que la comunicación y lo comunitario sean un objetivo a perseguir, ajenas a cualquier violencia religiosa, patriotera o diferenciadora, obligando a cada individuo a participar porque la comunidad es él mismo y es tan suya como de los demás.

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Un nuevo año

“Existe entre nosotros -le dije- una asociación de hombres instruidos desde su juventud en el arte de demostrar con palabras multiplicadas para este fin que lo blanco es negro, y lo negro blanco, según sean pagados. El resto de la gente es esclava de esta asociación.

Por ejemplo, si mi vecino codicia mi vaca, paga a un abogado para que pruebe que debería pertenecerle a él. Debo, pues, contratar a otro abogado que defienda mis derechos, ya que va en contra de toda la perceptiva legal el permitir que uno hable por sí mismo. En este caso, yo, que soy el verdadero propietario, tengo una doble desventaja: en primer lugar, como mi abogado se ha entrenado casi desde su cuna a defender causas injustas, se encuentra muy desplazado al defender al defender una justa; es esta una ocupación antinatural de su talento, que siempre ejecutará con gran torpeza cuando no de mala gana. La segunda desventaja consiste en que mi abogado debe proceder cautelosamente, pues corre el riesgo de ser reprendido por los jueces y aborrecido por sus colegas por querer menguar la práctica de la ley. En consecuencia, solo tengo dos métodos para conservar mi vaca. El primero consiste en sobornar al abogado de mi adversario pagándole el doble que él; entonces traicionará a su cliente insinuando que la justicia está de su parte. El segundo método se basa en que mi abogado presente mi causa del modo más injusto posible concediendo que la vaca pertenece a mi oponente. Si eso se hace hábilmente, el resultado será favorable.

Ha de saber Su Excelencia que los jueces son las personas designadas para zanjar todos los litigios sobre la propiedad, así como también los procesos criminales. Se les selecciona de entre los abogados más expertos cuando estos se vuelven viejos o perezosos, y como han sido durante toda su vida enemigos de la verdad y la justicia, sienten tal necesidad de favorecer el fraude, el perjurio y la opresión que he visto a varios de ellos rechazar un cuantioso soborno de la parte a la que le asistía el derecho antes que insultar a su corporación haciendo algo en desacuerdo con la naturaleza de su misión.

Es una máxima entre estos abogados que todo lo que se ha hecho antes puede volverse a hacer legalmente. Así anotan con especial cuidado todas las decisiones precedentes que van contra la justicia natural y el sentido común universal.

He de observar que esta corporación posee una jerga o argot propio, que ningún otro mortal entiende, y en el que están escritas todas sus leyes, que ellos tienen especial cuidado en multiplicar de suerte que la misma esencia de lo que es la verdad, la mentira, la justicia y la injusticia se halla totalmente oscurecida.

Por toda respuesta a Su Excelencia, le aseguré que en todo lo que no hacía referencia a su oficio, formaban, por lo general, la raza más ignorante y estúpida entre nosotros, la más despreciable en la conversación normal, la enemiga declarada de todo conocimiento y saber, siempre dispuesta a pervertir el sentido común humano, tanto en cualquier tema de discusión como en su propia profesión.”

            Los viajes de Gulliver. Jonathan Swift (1726). Traducción de Pedro Guardia Massó; Mondadori, 2008. Pg. 277 y ss.

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Fiestas

En el trajín del local a medio llenar, cada cual a lo suyo, en solitario o departiendo en grupo mientras se dan cuenta de cervezas, refrescos o combinados de todo tipo nadie se apercibió de su llegada, el móvil pegado a la oreja y cara de escucha entre atenta y preocupada. Se escurrió entre un tipo y una mujer dedicados a sus respectivos acompañantes y pidió una cerveza grande sin descuidar el teléfono, una conversación al parecer importante. El camarero se la sirvió sin demora y antes de que le diera tiempo a preguntar tapa y cuál ya había desaparecido en dirección a la única mesa que quedaba libre junto al ventanal frente al parque, a esas horas ya poco concurrido. No le apetecería, pensó el otro tras la barra.

Si, vale, pero… ¿cuántos seremos? No me apetece mucha gente porque luego se forman grupos y aquello se convierte en un guirigay sin nada en común. Prefiero menos gente para que sea más fácil intervenir y nadie se quede colgado, cada cual como lo considere oportuno, como siempre…

Quien quiera que hablara o escuchara al otro lado de la línea debía de hacerlo con atención porque por el gesto y tono de sus palabras el tipo no parecía muy dispuesto a dar su brazo a torcer. Lo estaría pensando… o no. Dejó de hablar -ahora prestaba atención con gesto circunspecto. No, no me parece bien. Sigue siendo demasiada gente… además, como decía no nos conocemos todos y será más fácil que se formen grupos. Si alguno de los presentes, sin nada mejor que hacer aparte de beber, se hubiera interesado en hacerle un hueco a la conversación no habría tenido problema para seguirla y curiosear donde no se debe.

Un breve intervalo sin palabras le proporcionó la ocasión para un trago largo que medió el vaso, refrescante y reparador, listo para interrumpir a la otra parte y zanjar sus posibles dudas o inconvenientes. ¿Lo entendéis? -luego al otro lado debía de haber un altavoz o manos libres que justificaba el plural de la conversación. ¿Qué pensáis? ¿Por qué os cuesta entender que menos gente es mejor, como lo hemos venido haciendo hasta ahora? Si hay nuevos… amantes, amistades o conocidos que susciten dudas respecto a la comida es buen momento para salir, buscar o formar otro grupo más afín o acogedor… Además, cómo sabemos sus gustos y si coinciden con los nuestros, que tampoco son muy comunes, que digamos…

Otro silencio, probablemente completado al otro lado de la línea, daba pie a un nuevo trago, esta vez más moderado; la posible sed inicial ya estaría más que calmada. ¡No jodáis! ¿Y eso? ¿Qué mosca os ha picado? Más atención sin palabras, esta vez sin cerveza. En ese momento el camarero dejaba sobre la mesa una plato con patatas y aceitunas sin que el cliente pareciera hacerse cargo, agradecerlo y mostrar algún signo de estar precisamente allí. ¡Eh! ¡eh! ¡vale! No es para tanto, si es tan importante para vosotros se hace así, pero entonces el que se lo piensa soy yo, no estoy para novedades ni me apetece aguantar las ocurrencias o sermones de iluminados, tampoco las frustraciones, fracasos y moñas de advenedizos necesitados desesperadamente de compresión, ya tengo suficiente con lo que hay, se trata de cenar no de firmar una fecha inolvidable… Bueno, en ese caso queda pendiente… ya os digo algo. Adiós.

Vació el vaso al mismo tiempo que cortaba la conversación, abandonaba el taburete y serpenteaba entre la clientela hacia la barra sin perder detalle del ambiente, dejando a continuación un billete de cinco euros entre dos espaldas y despidiéndose al tendido. Ya en la calle sonreía pensando que no había estado mal, convincente, pero tenía que remolonear algo más y prolongar la conversación, al menos para que el tiempo corriera a su favor y no tuviera que andar buscando otro bar en el que invertir la tarde fingiendo conversaciones en las que se prometía unas fiestas al menos iguales a las del resto del personal. Que llegado el momento volviera a estar solo era algo que a nadie le importaba.

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