Perdido

El interior de la enorme nave, fresquito, tal y como imaginaba, luce atiborrado de estanterías a la vez saturadas de todo tipo de objetos y dispositivos con diseños y formas inverosímiles, grandes -enormes- o increíblemente pequeños, casi minúsculos. En aquel aparente y solitario silencio se mueven con lentitud curiosos, como él, visitantes y clientes con visible apremio o necesidades evidentes, con clara obligación de adquirir algo de lo que allí se muestra y almacena. En la penumbra de los pasillos priman la calma y el detenimiento, la observación pausada y el concienzudo análisis de cualquiera que sea el objeto que el individuo en cuestión decide recoger de la estantería ante la que permanece detenido. En contraste con la actitud de los presentes imagina que su presencia allí se antoja innecesaria, incluso incómoda para su inocente curiosidad o modo de entretener la espera. En su caso no existe un mínimo interés por lo que allí se expone y vende, principalmente y por la sencilla razón de que no acaba de comprender aquel gigantesco acopio de objetos y su para él desconocida utilidad; quizás porque toda aquella acumulación de usos ignotos no le dice nada, o todo le parece igual, que viene a ser lo mismo. Se ha colado porque fuera hacía calor y la espera al sol no le apetecía, se trataba de buscar una sombra fácil y un entretenimiento que en principio parecía benigno y, ahora que lo piensa, otra cuestión será dar con la salida, puesto que todos los pasillos le parecen iguales, aunque es cierto que no en todos se exponen los mismos objetos. Pero si una cosa sobresale por encima de su completo desconocimiento son los rostros serios y concienzudos de los otros visitantes, su interés y analítica actitud para cualquier cosa que tengan en sus manos, su experta manipulación, mirando y remirando los textos que aparecen en las cajas y envoltorios y girando sobre sí mismo el objeto en cuestión, sopesándolo y valorando sus hipotéticas cualidades y la previsible satisfacción de su uso.

En un intento trata de hacer lo propio y alcanza una caja al azar de una estantería, por imitación, disimulo o sincero esfuerzo a la hora de apreciar valores y cualidades que en principio se le antojan inimaginables, pero por más que gire y escrute el objeto o voltee y revise la caja que lo contiene primorosamente protegido no logra ir más allá de la misma, de unos números y un lenguaje incomprensible; lo que no deja de ser tan inquietante como desafiante para con su pasmosa ignorancia, no saber qué, para qué o dónde. Aunque las personas que se mueven entre pasillos no parecen distintas por su aspecto a él mismo, pero probablemente están en posesión de un sexto sentido o unas capacidades de las que él carece por completo.

Tras dejar el último objeto, más bien pesado, en la estantería y lugar correspondiente advierte de pronto que entre los presentes no hay ninguna mujer, eso sí es curioso -piensa-, pero en la entrada no advirtió ninguna prohibición específica que les impidiera la entrada. Aquel lugar permanece abierto para todo aquel que le apetezca acceder, tanto a comprar o como en su caso curiosear, o simplemente entretener el tiempo.

Inesperadamente ha de esquivar a un tipo que pregunta con evidente preocupación a -imagina- quien parece ser un empleado ataviado con unos colores que se repiten en estanterías y mobiliario. Le interroga acerca de una pequeña máquina de aplicación y uso específicos, insospechados para él, atendiendo con seriedad a las explicaciones del empleado e insistiendo en detalles, números y medidas a las que el joven y diligente experto responde dándole en parte la razón y ampliándole las perspectivas de uso de aquella pequeña maravilla de la técnica.

Y es al finalizar otro largo pasillo cuando, al girar hacia su derecha, ve a un tipo sólidamente plantado en el suelo, piernas abiertas y lo que parece un ancho cinturón -no una canana- ciñéndole la cintura, tal que un auténtico cowboy valorando el posicionamiento y disponibilidad de sus armas, aunque en este caso se trate de una exótica variedad de herramientas estratégicamente encajadas en huecos y pequeños depósitos que florecen del borde inferior del cinto. El tipo se mira y remira en un espejo que tiene delante y sonríe más que satisfecho cuando mueve las manos con rapidez haciendo como si cogiera algunos de los objetos con los que parece ir armado. Solo falta el malo al otro lado del pasillo.

Una vez fuera, cansado de deambular por aquel universo tan viril, comprueba que no, no está prohibido el acceso a mujeres, luego aquello debe ser un templo de renovación y confirmación de los valores masculinos de la especie -de ahí la ausencia de ellas-, un reducto para expertos y elegidos listos para actuar en lo que quiera que ellos consideren, no sé si útil para los demás, o fundamental para el afianzamiento su papel preponderante en este mundo. Ya en el coche observa el enorme cartel que luce en el techo de la nave: TODO PARA EL BRICOLAJE.

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El error

Se cerraba la puerta cuando aún resonaba la despedida de su hijo y la oscuridad del pasillo se espesaba de forma curiosa dejando en su cabeza una rara impresión, más bien una sensación que no parecía preocupación pero que paulatinamente cobraba interés por su misma novedad. De vuelta al sillón en el que permanecía sentada su vista revisaba ahora la amplitud del salón buscando referentes, intentando apoyarse en los objetos que la rodeaban. De algún modo sentía que ella era el lugar, el sillón, aquella casa o una voz preguntando al otro lado de la pared -su marido-; como también una parte de la pareja que acababa de marcharse rumbo a otro lugar en el mismo domingo. Pero esa nueva sensación la hacía desvanecerse, no llegaba a pérdida o ausencia, sino una especie de alejamiento que la anclaba a una situación en la que el paso de uno a cero quedaba casi a la vista. Pero seguía en el sillón, donde el libro sobre sus rodillas, pero no ponía domingo, luego podía ser ayer, también ella, ¿desde cuándo?

Su marido volvía a preguntar desde la habitación de al lado sin que mejorara la audición, seguía sin entender; solo se le ocurrió un no sé poco convincente que no la movió del sitio. ¿Qué hacía allí? El libro, el sillón, la persona al otro lado de la pared, la casa, la pareja que acababa de largarse, el domingo, mañana… mañana ¿qué? No acababa de comprender, si es que había algo que comprender, pero se sentía extraña, incómoda, desorientada, desubicada o incluso por momentos claramente perdida. Irreconocible, si es que seguía siendo alguien reconocible y para quién; no para sí misma.

Su cabeza comenzó a ir hacia atrás buscando puntos, referencias, algo reconocido y reconocible, tampoco sabía qué, algún detalle, también familiar, un gesto, un buen momento, un sueño o tan solo un recuerdo con el que congratularse para lo que fuera que viniera después, o ahora. Pero no, ni descubrimiento ni reconocimiento, tan solo recuerdos movidos, presencias que se evaporaban con mirarlas, momentos que no alcanzaban a breves, lugares que ya no existían o rostros de los que en aquellos momentos ignoraba casi todo; algunas situaciones en las que detenerse pero que se desenfocaban con rapidez, ya no parecían, o se trataba de eso, que tan solo parecían ¿reales? ¿vividas? ¿por ella?

Lo evidente en su cabeza era el transcurso del tiempo, pero ese tiempo era tiempo pasado, tiempo con ella como interprete pero extrañamente sin alcanzar para protagonista; tiempo terminado, así como lugares, personas y fechas, tan solo eso.

Y si el colofón era esto, ella, el sillón, el libro, aquellas paredes… ¿entonces? ¿Se había equivocado? No se reconocía, pero ¿por qué habría de reconocerse si acababa de llegar? De pronto su vida parecía un error -insistía-, una equivocación, de lo contrario cuanto le rodeaba debería serle grato, ganado y merecido, los esfuerzos, las decisiones, las satisfacciones, también las pasadas. Pero no, en el fondo temía el siguiente pensamiento, un y ahora qué con otros tonos, con menos brillo, quizás otras alegrías -¿sí? Tampoco tenía ninguna referencia cercana en cuanto a qué o cómo debería sentirse y nadie a quien preguntar. La persona de la otra habitación en aquellos momentos le parecía un extraño preocupado por cuestiones banales e intrascendentes; su hijo, que acaba de salir por la puerta con la persona que compartía su vida, alguien de quien desconocía casi todo; otra vida desligada de la suya, aunque es cierto que nunca fue suya.

¿Eso era todo? Y ahora aquellas imprecisiones, aquellas dudas, aquel inesperado aguarse lo que hasta entonces parecía consistente y bien asentado, respetable incluso, respetable; pero ¿para qué sirve ahora el respeto?

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Sobre sexo

Para empezar, ignoro si la triste reiteración de los hechos ha creado la alarma o se trata de una insistencia con intenciones de alarma que intenta capitalizar lo que todavía son casos aislados. Porque en la actualidad la diferencia entre alarma, cotilleo, evidencia, intereses -o pura y dura ideología- y/o realidad nunca está del todo clara, puesto que cualquier medio, escrito, audiovisual o directamente internet puede situar en el centro un hecho o una situación que hasta entonces quizás haya pasado desapercibida, o fuera directamente inexistente, sin mostrar sus verdaderas intenciones. Y quien dice medio también dice organismo, partido, mafia o maleante con otros propósitos que en el fondo nada tienen que ver con aquello de lo que la supuesta alarma pretende ser ejemplo. Además, basta que aparezca reiteradamente en ciertos lugares para que de inmediato se abalancen sobre ello centenares o miles de cabecitas adocenadas, con poco o directamente sin nada que hacer o en qué pensar, profiriendo todo tipo de comentarios, exclamaciones y sonidos muestra de su indescriptible y deprimente ignorancia, convirtiendo nada en nada elevado al infinito.

Una de estas últimas alarmas, noticias o realidad es, al parecer, la profusa, confusa y agresiva vida sexual de los más jóvenes y la influencia que la pornografía tiene sobre ella. Que el sexo sea noticia no deja de ser noticia, primera página para una actividad humana para muchos más peligrosa que placentera. Se trata de una recurrencia que tiene que ver con épocas, modos, amenazas e ideologías habituadas al poder, porque pensar siempre ha estado en las antípodas de un sexo concebido como una actividad tan gratificante y dominadora como proclive a la confusión y/o alteración de jerarquías y poderes. Probable y desgraciadamente por ello todavía hay muchas personas -sobre todo hombres- a las que les cuesta compaginar sexo y razón, o les es completamente imposible.

Que actualmente los más jóvenes estén o parezcan manipulados y redirigidos por cualquier medio o intención hacia un sexo violento e irracional en el que prima el poder tampoco es una novedad, y tiene que ver con el bajo grado de satisfacción que esta sociedad viene promocionando como ejemplo de libertad, manejando infinidad de conciencias -sobre todo las más jóvenes- en las que prima la felicidad de lo inmediato. Una “sexualidad libre” reducida a la liberación de los impulsos más básicos e instintivos terroríficamente amenazados por la frustración o el fracaso. Tampoco debería extrañarnos que esto suceda en una civilización levantada y que sigue funcionando a partir de un sexo que siempre ha sido poder, disipado o más o menos controlado y/o permitido. Los matrimonios y las relaciones de pareja existentes aún siguen siendo en su mayor parte a causa del sexo, “legal” pero igualmente orden, poder o coerción.

Con el añadido de que esta violencia sexual entre los más jóvenes probablemente sea vista con íntima satisfacción por una derecha tradicional -en el fondo siempre violenta contra quienes no piensan como ellos-, que solo concibe el sexo santificado y/o domesticado en función de sus patrimoniales intereses o directamente como algo despreciable. Esta alarma, de ser cierta, permanecer e incluso incrementarse, se trataría para ellos de un aviso a navegantes, de por dónde irán las cosas si ese feminismo reivindicativo al que tanto temen e interesadamente ponen en la cresta de la ola de los peligros sigue extendiéndose, luego y como solución habría que volver a encerrar el sexo en dormitorios y confesionarios.

Sexo que en el fondo no deja de ser otra muestra de la libertad que esa misma derecha intenta vender, libertad para poder tomarse una cerveza donde apetezca, llevar a los niños donde los suyos o, también, para crear empresas y aplicaciones pornográficas de libre acceso; otra cuestión son quienes caen en sus redes, probablemente jóvenes con falta de autoestima, dificultades educacionales o provenientes de familias con pocos recursos. Los vástagos de la derecha andan a buen recaudo en colegios mayores, es cierto que a veces sueltan barbaridades por la ventana, pero eso solo es un asunto menor que el dinero puede arreglar. Esta alarma que cierta izquierda pretende mostrar como un problema social probablemente no sea tal, sino un problema y solución únicamente familiares, por aquello de Dios, familia, patria y libre empresa, el resto pueden imaginárselo.

O es que ahora nos va a pillar por sorpresa que el hombre -la parte masculina de la humanidad y dando igual si para violentar o reprimir- siempre ha tenido el cerebro en la polla.

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JCO

No se trata de un descubrimiento o una novedad, los hechos, como suele decirse, hablan por sí solos, en este caso las obras. Pero volver a leer a Joyce Carol Oates es volver a sumergirte en un universo tan personal como denso y conflictivo, tan explícito como sugerente, tan elaborado y complejo, incluso tozudamente cerrado, como evidente y universal; y real, tan real que durante la lectura e independientemente del momento y lugar en el que el lector se halle, no es difícil vislumbrar la realidad que hay al otro lado de la ventana. Y creo que no digo nada nuevo

Completamente sumergido en las páginas de Babysitter llega un momento en el que la misma lectura se eleva por encima de la historia y los personajes cobran una fuerza y presencia que no es nada difícil extrapolar más allá de lo escrito, es entonces cuando el propio lector comienza a atar cabos que se multiplican en la vida real difuminándose hasta perderse entre personas de carne y hueso que alguna vez vivieron o viven junto a nosotros. En este caso la contradictoria complejidad de un universo femenino tremendamente común, tan distinguido y vulgar como roto, tan espléndido e ilusorio como tiránico, tan cómodo y placentero como desesperado, doloroso en su permanente tormenta, desgarrador, liviano, soñador, hermoso, vital, íntimo, como una placentera explosión; tan oculto como dependiente, oropel de desfile travestido en martirio diario con el que levantarse y llevar metódicamente adelante la representación de la propia vida, vivida como un absurdo en la sencillez de su misma incomprensión, en muchos casos como si fuéramos nosotros mismos.

Tal vez por eso cuestiones tales como trama, desarrollo y desenlace pasan a ser condiciones en cierto modo secundarias en el trenzado de la novela, pero nunca superfluas, puesto que te guían y llevan con férrea y literaria certeza; más bien hitos indispensables en los que el lector va apoyándose mientras la autora no cesa de ir derramando inteligentemente sus verdaderas intenciones, su objetivo principal, un objetivo que va más allá de la propia novela, el retrato de una sociedad maniatada, cruel e irracional, en muchos momentos ridícula, y unos tipos humanos que parecen deambular sin sentido más que vivir e, independientemente del lugar y la época en la que se sitúa la acción, alcanzan al lector salpicándole con un denso entre líneas que ejerce de vaso comunicante entre los presentes de él leyente y la autora.

En fin, un auténtico placer, literatura que va mucho más allá del mero hecho de sujetar un libro entre las manos con tal de dejar pasar el tiempo.

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De poetas

El espectáculo, cuentacuentos musical o pequeña concelebración que protagonizan narrador, músicos y asistentes se convierte en pocos minutos, gracias a la sabiduría, profesionalidad y cercanía del protagonista principal, el único que parece, y así lo demuestra, llevar la voz cantante, en una reunión casi íntima en la que las diferencias, problemas y asuntos pendientes que cada cual suele llevar incorporados de pronto han desaparecido como por arte de magia, esa magia que solo la palabra hablada tiene y trasciende sobre y entre quienes saben de su valor, y por ello se dejan acariciar y atrapar por ella sin temor alguno, felices por sentirse voluntariamente prendidos y encandilados por ese verbo que tan exclusivamente nos caracteriza como humanos.

Han pasado unos pocos minutos y parece que llevaran allí reunidos mucho más tiempo, seducidos en una encantadora comunión salpicada de guiños, risas, sonrisas y concentradas muestras de atención que, imagino, incitan y animan al narrador en su placentero y jugoso trabajo. Salvo los inevitables niños incapaces de permanecer quietos y mucho menos mostrar la necesaria, callada y satisfactoria atención indispensable para que aquello siga funcionando; cuestiones y comportamientos que también conciernen a padres despreocupados, poco interesados o directamente despistados que consideran que sus hijos son libres además de acudir donde ellos sin ser preguntados ni informados con antelación, y, desgraciadamente, sin que tampoco sepan cómo comportarse en tales circunstancias. El que un niño sea solo un niño no significa que sea un imbécil, y cuando cualquier padre que mínimamente quiera y respete a sus hijos decide llevarlos a una actuación, reunión o celebración de este tipo lo mínimo que debería hacer sería explicarles previamente dónde y a qué van, así cómo comportarse, puesto que hay otras personas, adultos y también otros niños, que saborearían mucho más espectáculo cuando la atención y el respeto del público permitiera el disfrute en común. Pero también hay entre el público un poeta, otro poeta que no es el narrador, un tipo adustamente vestido que apenas gesticula mostrando una atención que parece dirigida a algo más allá del lugar en el que se halla, por encima incluso, quizás en íntimo y personal contacto con algunas musas que solo personajes de tales características son capaces de advertir y celebrar.

Llega la parte final del espectáculo y el poeta, el narrador, con el público completamente metido en el bolsillo, decide que es hora de que aquellos felices feligreses le acompañen en su cántico, gestos y baile, todos juntos, moviendo al unísono cuerpo, manos, brazos, piernas y pies sabiamente dirigidos por sus palabras. Y, como no podía ser de otro modo, la casi totalidad del público asistente ríe, se mueve, canta y baila al son de la pequeña canción de despedida. Todos no, el poeta, el que sigue entre el público no, solo sonríe con una especie de condescendencia piadosa que no deja de ser una falta de respeto hacia la bendita labor de su colega de escenario, quien no cesa de moverse llevando la dirección del baile y la alegría general; sucede que quizás aquel piensa, y cree, que hay poesía y poesía, y su poesía no es esa poesía que en aquellos momentos hace reír y bailar a quienes le rodean. Entonces ¿cuántas poesías existen?

Finaliza el espectáculo entre agradecimientos y jolgorio general y los espectadores acuden en tropel a felicitar a músicos y narrador, también nuestro poeta; pero él lo hace de otro modo, más de tú a tú, entre colegas, sin mezclas ni torpes confusiones. Porque en el fondo no se siente uno más, sino un elegido, el también hace feliz a sus semejantes pero de otro modo, digamos que desde otras alturas, lo que en cierto modo explica su no participación en el bailable fin de fiesta; divertido, sí, pero otra cosa. Él sí sabe del valor y la importancia de la poesía -¡cómo no!-, pero descender a participar con el público y su alegría, como uno más, eso es otro cantar.

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Reclamación

Llevaba ya más de diez minutos a la espera y la musiquita no dejaba de sonar, estaba cansado, más bien harto, no podía perder su tiempo intentando resolver cuestiones que no dejan de ser un burdo intento de robo y estafa. Que hayamos llegado a esto es algo que no acababa de comprender, que la ley y el gobierno de turno lo permita incomprensible, y que sistemáticamente cualquier empresa se dedique de partida a estafar y engañar al cliente no tiene nombre. No tiene sentido hablar o reivindicar la honradez de un empresariado que sistemáticamente ve al cliente como un estúpido al que hay que desangrar económicamente, de cualquier modo, porque lo más probable es que el timado no lo advierta o se dé cuenta demasiado tarde, y luego tenga ganas de reclamar, da igual si se trata de una cláusula suelo escondida entre la letra pequeñas o el cobro de una suscripción que nunca hiciste. La clase empresarial, menudo atajo de sinvergüenzas. ¡Ah! la ciencia económica, o como estafar al cretino de turno sin que éste se entere. Dios, patria y libre empresa; y menos sociedad, porque la sociedad no existe, se trata de un invento de comunistas y fracasados.  Ahora recordaba aquel conocido que le contó cómo le suscribieron a traición a un gimnasio ¡chipriota!; casi doscientos euros el primer pago y después cómodos sesenta euros al mes; ni que decir tiene que jamás había ido a Chipre y ni mucho menos tenía pensado hacerlo, unido a que la cuestión física le traía más o menos al pairo. No recordaba ahora el dinero que perdió porque la compañía telefónica no se hacía responsable de algo que el directamente jamás había hecho. En estos momentos nuestros comerciales siguen ocupados, permanezca a la espera -volvía la musiquita. Este tipo de violencia merece ser contestada con más violencia, y para quienes no disponen y/o desconocen las refinadas técnicas de la violencia económica lo mejor es la violencia directa como respuesta; destrozar instalaciones o quemar edificios, nada de no pagar para que luego aparezcas en todas las falsas listas de morosos y no puedes tomarte ni una cerveza sin que te lleven preso. Hacerlo como si también fuera letra pequeña.

Buenas tardes. Me llamo Rosana, ¿en qué puede ayudarle? Al fin. Por sorpresa y en lo mejor de la quema. ¡Ah! ¡hola! buenos días. Llamaba porque en la última factura ustedes me han cobrado un servicio que yo no he contratado… ¿Me dice su nombre y DNI, por favor? Cándido Inocente. Y mi documento es 6.7490294P. Un momento, por favor. Espero. ¿Sabe que ahora estamos ofreciendo a nuestros clientes un seguro de accidentes excepcional? En caso de fallecimiento… Gracias, no me interesa; de momento no pienso morirme. Pero tenga en cuenta que nunca se sabe lo que puede pasar. Déjeme que le diga lo que le ofrece y verá cómo… Le he dicho que no me interesa. Aquí aparece. Usted contrató el servicio el pasado día 2… ¿A qué hora hice tal cosa? Aguarde… a las 02,34 del día 2. Le digo que yo no lo he contratado, al margen de que a esa hora suelo estar durmiendo… Lo siento. Pero aquí aparece que usted realizó la encuesta de inscripción respondiendo a todas las preguntas. Entonces yo no puedo hacer nada. Le estoy diciendo que yo no he contratado eso en mi vida… Quizás no lo recuerde, o fue alguien de su familia. De este teléfono solo dispongo yo… Pero si no le interesa aquí dice que debería rellenar un formulario con los motivos para su… Le estoy diciendo que yo no he contratado eso en mi vida…  Aguarde un momento que busco… Mientras puedo informarle que en caso de fallecimiento el seguro de accidentes le ofrece dos millones de euros de indemnización… ¿No me ha oído? De momento no pienso morirme… Pero su familia… Vivo solo. Y, por favor, déjelo ya… También tiene… ¡Oiga! ¿oiga! ¿Usted me entiende? ¿Habla español o es un poco corta? Señor, yo no le he faltado al respeto, no hace falta que me hable así, le oigo y entiendo perfectamente. Yo solo hago mi trabajo. ¿Y su trabajo consiste en no escuchar a quien le habla -como si tratara con un imbécil que no sabe dónde tiene la mano derecha-, no dejarle hablar, darle largas e intentar meterle algo que en mi caso no le he pedido y ni mucho menos necesito o me interesa? ¿Y le pagan bien por ningunear al cliente y tratarlo como si fuera gilipollas? Porque si lo hace por cuatro perras lo siento por usted. Le dije al principio que no me interesaba nada de lo que me está ofreciendo. Lo que quiero es que me solucione lo que ustedes me han cobrado sin mi consentimiento… ¿Oiga? ¿Me escucha? ¡Joder! ahora me ha cortado…

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Sobre el cine

Después de leer a otro señor mayor disertar de forma negativa sobre el cine actual, comparado con el de “su tiempo” -aunque si sigue vivo ignoró su incomodidad y a qué tiempo cree corresponder-, previa justificación de su edad y con ello tal vez introduciendo subrepticiamente la existencia de ciertas limitaciones propias o alguna inadaptación específica a los tiempos que corren, sigo sin entender el objeto de tales críticas. Es como si con ello se intentara dejar claro que como el cine de antes ni hablar; probablemente pensarían algo parecido quienes vieron cómo se acababa el cine mudo, rápidamente engullido por la novedad del sonoro.

Tales críticas adolecen de un punto que debería ser fundamental a la hora de hacerlas, el reconocimiento y la asunción de que el cine se corresponde con el tiempo y el público del momento, con la mentalidad, las formas, las cualidades y las carencias de los espectadores que acuden a las salas. Solo hay que echar un vistazo por la ventana e intuir por dónde van los tiros, como tampoco puede pretenderse que el cine de hace años, muchos, o más, pueda ser visto hoy como si no hubiera transcurrido el tiempo. El cine como espectáculo no deja de ser un medio de entretenimiento que inventaron los norteamericanos para distraer a una población cada vez más numerosa y de muy diversas procedencias. Su éxito lo dice todo, el público acudía a las salas independientemente de su cultura de origen, sus pensamientos más íntimos y su más o menos acomodado nivel de vida. Hubo entonces un cine que felizmente todavía puede verse, aguantando bastante bien el paso del tiempo, como otro que hoy consideraríamos infumable, entre este último también muchas películas que entonces fueron consideradas y nos han llegado como excelentes, dignas de cine club y largamente loadas por los críticos de cualquier momento. Si usted le quita a Casablanca -por ejemplo- todas las alabanzas, referencias y/o valores que ha escuchado durante su vida, además del valor sentimental que la cinta -dicen- atesora, es decir, se sienta en frío a verla por primera vez, seguramente no la aguantaría. Ni el protagonista tiene pinta de haber luchado en ninguna guerra, ni el malo -pobre bendito- tiene pinta de malo, ni el gendarme parece muy ducho en su trabajo, aparte de sermonear permanente vestido con traje de gala y esa media sonrisa de colega, ni el amor entre los protagonistas se ve tan desgarrador; todo ello situado en escenarios de cartón-piedra que en ocasiones chirrían más de lo deseado. Pero es Casablanca, ¿y?

Tragarse el cine más flojo actual y ponerlo por los suelos comparándolo con lo que la crítica experta considera el mejor cine de otras épocas -y en la mayoría de las ocasiones lo es- es jugar con ventaja, y cualquier valoración obtenida con ello no deja de ser más de lo mismo, ganas de entretener el tiempo. No hay como mirar por la ventana y ver qué tipo de espectador acude hoy a una sala oscura a permanecer un par de horas delante de unas imágenes que, por ejemplo, puede ver en su casa sin moverse del sofá, además de interrumpir cuantas veces crea necesario por cuestiones fisiológicas, por cansancio o porque otras ocupaciones en ese momento más importantes impiden su visionado completo. Alguien dirá, pero eso no es ver cine -¡ya estamos! El cine es un medio de expresión, también de comunicación, en permanente adaptación a los tiempos que corren, unos tiempos, los actuales, en los que la población parece tener cada vez menos paciencia, necesita recompensas inmediatas y es muy difícil que aguante un tiempo sin, por ejemplo, mirar un teléfono para saber cómo va el mundo, el que considera su mundo, que en el fondo no es nada, sino otra adicción que le está impidiendo vivir en directo la película de su propia vida. Es lo que hay, pero hoy también hay buen cine, porque hay mucho más cine que antes, la cuestión es dónde, en qué formato, quién lo ve o cómo se difunde. Siempre es mejor pensar en presente.

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Estrellas

Hace poco leía que los telescopios que permanentemente apuntan al firmamento, buscando, investigando y aprendiendo de las estrellas, comienzan a tener problemas en sus observaciones y con las imágenes obtenidas, ya que en numerosas ocasiones en dichas imágenes aparecen estelas y trayectorias que no corresponden a ninguna estrella o fenómeno estelar, sino que se trata de trayectorias de satélites artificiales girando alrededor del planeta.

Curioseando en ello me entero de que, por ejemplo, el señor Musk tiene pensado lanzar al espacio algo así como diez mil satélites con los que establecerá una red de comunicaciones e información (¿?) que no dejará ni un centímetro cuadrado de la superficie del planeta sin su correspondiente vigilancia, ni consumidor. De esos miles de kilos de chatarra ya lleva lanzados unos tres mil, más o menos, a los que unir los correspondientes a otros organismos y organizaciones, Amazon incluida -con un objeto similar, o aún más salvaje-; todos con sabias y loables intenciones de informar y servir a los habitantes del planeta, todos pugnando por colonizar nuestro cielo con multitud de trastos que a nadie le interesan y mucho menos le hacen falta.

Desconozco si existe legislación o algún tipo de derecho internacional respecto al espacio, tanto cercano como lejano, si pertenece a alguien, a todos o al primero que lo ocupe apropiándoselo sin permiso ni explicaciones. Si ese cielo al que de vez en cuando nos asomamos perdiéndonos en su inmensidad sigue siendo de todos, también de nuestros sueños y esperanzas, o dentro de poco se convertirá en una enmarañada red de objetos inútiles que nos impedirán saber qué estamos viendo, si el lejano fulgor de una estrella o un engendro artificial propiedad de algún rico terrícola siguiendo concienzudamente nuestros pasos para ofrecernos información tergiversada o directamente falsa, o tal vez aquello que todavía no sabemos que queremos.

Habitamos un planeta cada vez está más parcelado -o completamente-, propiedad de tipos y organizaciones que mediante violencia, trampas y engaños han arramblado durante años con lo que han podido, de tal modo que nadie puede pedir explicaciones porque existe un derecho de propiedad que ya es inevitable; individuos, familias, clanes u organismos históricamente haciendo y deshaciendo a su antojo, sólo detenidos por los tropiezos e inconvenientes de compaginar sus propias codicias. El resto habitamos donde nos dejan -que no es poco-, dando permanentemente gracias por sus favores o directamente pagando por lo que sobre el papel tiene un propietario al que no corresponde preguntar por el origen y legalidad de sus propiedades. Llevamos como llevamos nuestra existencia en esta tierra, pero al menos hasta ahora nos quedaba el cielo, el único espacio libre que, además, nos permitía imaginar y soñar sin molestias ni interrupciones. Aunque ya no, porque también el cielo, nuestro cielo -el cielo de todos-, se cerrará como una especie de tela metálica que nos impedirá tanto ver como saber, tampoco imaginar, porque no sabremos qué vemos y quién nos ve y vigila desde ahí arriba -además de Dios. Solo falta que nos cobren por respirar.

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En el teatro

Hubo alguna voz alta -que no llegó a grito- al comienzo de la representación, a la que no di importancia porque interesaba más atender a lo que sucedía en el escenario sin distracciones. Tampoco recuerdo cuánto tiempo había transcurrido cuando, por necesidades del propio espectáculo, se encendieron las luces de la platea  y un tipo se levantó de forma airada, un par de filas delante de la mía, espetando en voz alta un, más o menos, “…si Calderón lo supiera” -como esa nefasta y socorrida coletilla del …si levantara la cabeza- que no supe interpretar si como advertencia o amenaza. El caso es que aquel personaje abandonó la sala ofendido y con malas maneras, seguido al instante y en silencio por dos mujeres sentadas cerca pero no junto a él, tan obedientes como mudas, a las que no pude ver las caras, como tampoco del insultado señor, porque les tenía de espaldas. Salvo este, digamos, incidente, la representación prosiguió con normalidad para disfrute del respetable, al menos eso creo, como lo fue para disfrute mío.

Habíamos asistido a un buen espectáculo, con la dificultad añadida que supone adaptar en los tiempos que corren una obra del ínclito Calderón –La vida es sueño– y que no chirríe, intentando darle un toque de actualidad que haga el verso algo más vivo si cabe -y para mí que lo consiguieron-, tanto a la hora de disfrutar de su placentera escucha como de su clara dicción a cargo de unas interpretaciones tan convincentes como bien declamadas. Una puesta en escena que, no teniendo nada que ver con lo que en principio se supone debe aparecer en el escenario en una representación teatral del Siglo de Oro español, permitía al espectador no perderse en inventos y novedades que en ocasiones dificultan el seguimiento y comprensión de la trama, sobre todo para quienes no la conozcan de antemano. En definitiva, una buena representación que lograba lo más importante, que el paso del tiempo no se notara a la hora de hablar de las pasiones y sentimientos humanos. Básicamente porque el sustrato sentimental y emocional de los hombres de ambas épocas son el mismo.

Se trata de ese teatro -como sucede con la literatura- que tan bien soporta el paso del tiempo. Ese es su mérito. Pero, en cambio, ¿qué pensaba el… dinosaurio que abandonó airado la sala al poco de comenzar la representación? ¿En qué mundo vive? ¿No se pueden leer o disfrutar los clásicos -cualesquiera- si no nos vestimos con togas y/o jubones y portamos lanzas o espadas? ¿Quién y con qué intención pretende fijar y/o reducir excelentes textos teatrales y literarios al tiempo en el que se crearon? ¿Para qué? ¿Cómo entiende esa gente su valor? Es cierto que algunos no admiten revisiones o relecturas porque se quedaron allí, incapaces de salvar el demoledor paso del tiempo, esa es su derrota. Pero no todos, porque hay algunos, los mejores, que nada tienen que ver con objetos inútiles o completamente muertos, al contrario, sino que con cada nueva lectura, o representación, regresan al presente casi con la misma fuerza y vitalidad que entonces. ¿Dónde está la inteligencia a la hora de sumergirse, apreciar, relacionar y trasladar a la actualidad temas y tramas, su prosaica y poderosa humanidad? Esa inteligencia activa que con cada nueva lectura renueva el valía y la vigencia del texto. Más, ¿a quién vota pensamiento tan reaccionario?

Con esto me viene a la memoria el brevísimo cuento de Augusto Monterroso; y es que los dinosaurios nunca su fueron, siempre han estado ahí, amagados y al acecho, aguardando su momento. Que los sueños de una humanidad más justa y menos cruel nos haya impedido tenerlos presentes no significa que hubieran desaparecido; y no se trata de que de vez en cuando tropecemos con ellos en el teatro, incluso han vuelto a resurgir en la política mundial. Nos toca seguir remando, el mar ha vuelto a encresparse.

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Antigüedades

Dejó todo a punto, casi perfecto, como habitualmente hacía; le gustaban las cosas bien hechas y la aparente simpleza de la que el espectador disfruta en el resultado final. Ahora descansaba tomándose un café mientras miraba cómo se situaban en el espacio dispuesto ad hoc entrevistado y entrevistador.

Su compañero, hábil y profesional, no olvidaba sus consejos a la hora de colocarse ante la cámara para que su trabajo cobrara valor, un respeto de agradecer que les llevaba juntos ya una temporada. En su cabeza volvió al niño censurándose, “¡Qué exagerada soy!”. Sonia sabe lo que tiene que hacer y a estas alturas tendría que pasar algo muy gordo para interrumpirme. Aunque no era precisamente la valía y responsabilidad de Sonia lo que en el fondo le preocupaba, ni la seguridad de su hijo, sino el dinero, este mes iba un poco apretada y tendría que buscarse algún trabajo por otro lado para afrontar los extras que se le presentaban. Igual que siempre, la misma historia, el caso era no poder vivir con tranquilidad.

Había estado observando al entrevistado mientras lo acicalaban, y se acicalaba, para la entrevista, mirándolo con una sensación extraña; había algo que no le cuadraba en aquel hombre alto de tez oscura tostada por el sol, pelo crespo, patillas de hacha y traje claro bien ajustado; una especie de sepia tirando a verde, no sabía bien, una cosa rara que llamaba la atención sin llegar a original. Había necesitado de una mayor dedicación y retoques por parte de la gente de maquillaje y peluquería porque no acaba de verse ante el espejo. Era coqueto el tipo aquel, además de estirado.

Comenzada la entrevista y oyéndole responder a las preguntas de su compañero seguía sin entender. Recelaba de su pose y su mirada, altiva pero como perdida, equivocada, fija en una especie de limbo que parecía flotar más allá de este mundo y, por supuesto, muy lejos de los ojos de quien le hablaba; por encima de aquel escenario tan prosaico. ¿Quién coño era aquel tipo? ¿En qué mundo creía que vivía? En este seguro que no. Hablaba sin bajar la vista de un hipotético tendido que desprendía un olor rancio en el que se mezclaban tradiciones, sacristías y cosas hechas como dios manda; farfullaba sobre los tiempos revueltos que corren, sobre un mundo que no acababa de entender, turbio y confuso, sin orden ni jerarquías, donde todo se cuestionaba y todos creían saber de todo. De la necesidad u obligación, no escuchó bien, de no perder aquello que nos hace ser quienes somos, que nos caracteriza y de lo que tendríamos que sentirnos orgullosos.

Sus respuestas parecían inducidas por instancias cuasi divinas; no es que su voz fuera engolada o ampulosa, hablaba lo justo, era lo que decía y cómo lo decía. A pesar de sus intentos por mostrarse sereno daba la impresión de estar haciendo un esfuerzo enorme, dignándose a descender desde la atalaya de su arte para hacerse oír, él, explicarse, justo quien no debería porque ya lo hacía con sus herramientas de trabajo, un trabajo suficientemente importante y explicativo como para tener que masticárselo a la gente, y mucho menos justificarlo. ¿Ante quién? Él solo podía y debía hacerlo ante la historia, bastaba con mirar atrás para darse cuenta de la importancia de lo que estaba diciendo, y quien no lo entendiera tenía un grave problema.

Era el mundo actual el que iba mal, al que no acababa de entender porque se había perdido el respeto hacia los ritos y los testimonios auténticos. Una parte de la población, engañada o confundida, tanto daba, estaba siendo manipulada por cuatro politicastros con ínfulas y poder, tipos que con la excusa de proteger a los animales cuestionaban el carácter de todo un pueblo, su razón de ser, su cultura, su propia historia. Él no tenía por qué estar allí, lo hacía porque se había dado cuenta de que aquello estaba pasando de castaño oscuro, y modos y liturgias muy antiguas corrían el peligro de perderse para siempre por culpa de modas e ignorantes que desconocen donde tienen la mano derecha. Y ahora que había elecciones, él, al que le importaba un bledo la política -un negocio monopolizado por trepas y advenedizos-, no tendría más remedio que obligarse votar a quienes intentaban proteger la cultura y las tradiciones de este país; y si tanto ignorante como hay por ahí dice que se trata de la ultraderecha eso no le preocupaba, él tenía que defender lo suyo, lo de todos, lo de siempre.

De pronto Ana lo entendía, y pensó que definitivamente aquel tipo estaba más para allá que para acá, el fulano se había equivocado de siglo, una lástima, tendría que haber nacido cien años antes, ¡qué decía! quinientos por lo menos; hoy resultaba patético, casi tétrico, su aspecto, su pose, el traje, sus patillas, su voz, la mirada de iluminado. Era una pena que todavía hubiera gente así, con el seso tan descolocado, nostálgicos de un pasado que además de no volver tiene más contras que pros para ser recordado con benevolencia. ¡Ya le valía! Dorándole la píldora a un tipo desenfocado, ¡un torero! en lugar de estar con su hijo.

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