Terrazas

Hace tiempo que dejaron de sorprendernos, al menos a mí, también en invierno, nos hemos acostumbrado a ellas y ahora que ya es verano calles y aceras se han convertido en terrazas en las que inician su particular cruz laboral miles de jóvenes a los que el país no tiene otra cosa mejor que ofrecerles; como es cierto que este país no tiene tanto que ofrecer, tampoco para los nativos del lugar. Lo que comenzó siendo una moda, necesidad, oportunidad de negocio o tabla de salvamento a raíz de la pandemia, esa especie de cesión a la baja de suelo público en aras de un bien mayor, se ha convertido en una completa apropiación de terreno que en muchos casos se trata de un auténtico cerramiento a cal y canto al que solo le falta el título de propiedad, que viene a ser lo mismo que obtener una concesión para… elijan los años que gusten y en algunos casos se quedarán cortos.

Y si las terrazas permanecen es porque el negocio funciona y los ingresos aumentan, y, también, los puestos de trabajo se multiplican -ya sé que ello va implícito-; la cuestión es por cuanto, qué proporción de ese suculento negocio de las terrazas se lleva el trabajador al que solo hace falta seguir el tiempo en el que te tomas una cerveza para imaginar cómo serán seis, siete, ocho o más horas seguidas a semejante ritmo de trabajo, eso contando con que él o la joven tenga contrato a jornada completa y cobre como corresponde, asunto este que, me temo, no es conveniente tocar porque sería como tocar las narices ahora que el negocio funciona -¡entonces! ¿cuándo? En parte porque sería afear el suculento bocado que significa el turismo en este país -para algunos-, y en parte porque gracias a ello hay miles de jóvenes que pueden trabajar y comenzar a planear un futuro (¿?). Los directamente implicados mejor que no hablen, tampoco se les espera, con trabajar ya tienen suficiente.

Y, ya puestos, imaginen terrazas monstruosas, y más allá, como esas otras que expulsan directamente al peatón a la calzada, pasto de vehículos, haciendo completamente imposible transitar por las aceras. Treinta o cuarenta mesas -supongo que habrá quienes las hayan visto aún mayores- repletas de ocupantes deseosos de ser atendidos excelentemente, ni siquiera bien o con una mínima corrección, los primeros y rapidito, con amabilidad y profesionalidad, sin errores y que luego no se pasen en la cuenta. Una quimera en este país, mucho menos en una hora punta, que siendo como somos se me antojan muchas, y algunas bastante intempestivas.

Decepciona que semejante negocio esté en manos de jóvenes sin cualificar tratados casi como esclavos por unos propietarios que probablemente siempre pretenden aquello de hacer más con menos. Carencias profesionales que cada cual ha de suplir como mejor pueda, se juegan el puesto, de lo contrario regresaran de patitas a la calle. Dándose situaciones de lo más estrambóticas, como cuando el hombre o la mujer que te atiende no tiene, literalmente, ni remota idea de lo que le estás pidiendo; unos no saben qué hacer o cómo actuar, como si no hubieran comprendido o quedándose mirando hacia ningún sitio; aquello de tierra trágame. Los más hábiles sonreirán, lo anotarán y luego preguntarán a sus compañeros más expertos, o directamente reconocerán que lo desconocen o no saben y te requerirán información, algo que, a fin de cuentas, no está del todo mal pero no debería suceder. O si optan por callar y asentir puede que aparezcan con nada de lo que pediste.

Pero en ningún caso es culpa de ellos, por supuesto, sino del tipo que los contrata sin preocuparse por su preparación, su habilidad y corrección a la hora de atender y dirigirse al cliente, su saber estar, su conocimiento del medio -¡bah! tu tomas nota y luego ya se verá; o me lo dices a mí.

Todo ello no evita el enorme desánimo de ver a tanta gente joven -como les gusta decir a muchos políticos, el futuro del país- en trabajos casi esclavos a cambio de -textual- cuatro perras mal pagadas. Qué tipo de país acepta sin rechistar que sus hijos tengan que tragar las mierdas de jefes desaprensivos y sin escrúpulos y sufrir a impresentables con derecho a ser bien atendidos, cuando estos mismos desconocen lo que es una mínima educación. Aunque quiero imaginar que habrá gente que sabe comportarse como cliente.

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Por la tarde

La tarde transcurre gris, apenas calurosa y lenta, adormecida en una espera en la que el tren marca la pauta, detención tras marcha y viceversa, sin causar alteraciones entre el pasaje, más bien ajeno, a sus cosas, las lógicas e inevitables de un tiempo cedido que la costumbre, más bien obligación, hace digerible porque en definitiva no hay otra forma de hacerlo, tanto ayer como mañana, lo que provoca que, una vez asumido el inconveniente reconvertido en necesidad, también puede considerarse ventaja, solo queda llevarlo como mejor parezca, si es con charla y sonrisas mucho mejor.

En cuestión de minutos se ocupan los asientos libres a mi alrededor, casi sin darme cuenta, embebido en cuestiones triviales o poco importantes que facilitan el transcurso de los minutos antes de que lleguen a convertirse en un fastidio. Solo cuando regreso la mirada al interior advierto que una gran mayoría de los asientos lo ocupan grupos de jóvenes mujeres entre los trece y los diecisiete años, siempre a partir de mi nefasta habilidad a la hora de calcular las edades de los demás -¿dónde paran ellos? Mujeres jóvenes que no dejan de hablar, planificar, calcular, proyectar e intercambiar impresiones en un incesante batiburrillo de conversaciones que llena el ambiente del vagón, sobresaliendo algunos retazos y voces algo más altas que ofrecen posibles ideas de temas y preocupaciones, problemas o expectativas para una tarde entre semana que goza de la ligera felicidad de esos primeros días de vacaciones en los que el verano se presenta en toda su plenitud, sin todavía ofrecer las inconveniencias de las altas temperaturas, así que, ya habrá tiempo más adelante para preocuparse por estudios y quehaceres estivales, en estos momentos todo está por comenzar.

En el grupo que tengo justo detrás una voz con una dicción envidiable advierte a las demás de la importancia del documento de identidad, y ante la sorprendente ignorancia o desconocimiento del grupo les censura en qué piensan si olvidan que todavía son menores de edad y puede que allí donde van les pidan la identificación y no las dejen pasar; tenemos que salir siempre con él si no queremos tener problemas. Sonrío, sigue habiendo gente que va más allá del mero pasatiempo, como siempre la habrá -me digo-, previsoras y preocupadas por lo que pueda pasar, tampoco es tan difícil de entender, se trata de perspectiva, de reconocer que no somos el centro del universo.

Levanto la mirada hacia el espacio de las puertas de acceso y advierto a una pareja preparándose, él afinando con cuatro rasgones las cuerdas de una guitarra mientras ella acumula en una mano pequeños bultos y mira de soslayo al siguiente público. Él, bajito y barba, pantalón corto y camiseta negra, ella, algo más alta y cara risueña, casi diría que feliz, adornada con un corto vestido verde que cubre sin delatar, todo menos su juventud. Dice algo de cantarles, de amabilidad y necesidades -esto último lo pone mi imaginación, pues apenas me llega su voz- y de inmediato comienza con la canción. Y en tan solo unos segundos, que no llegan al minuto, el ambiente de aquel vagón cambia de tonalidad y color, comprometiendo al inesperado público en unos acordes y una letra prolija y detallista que se deja oír y disfrutar, más, mucho más de lo que hubiera podido imaginar; ella acompaña en los coros y de pronto aquello no es un vagón de ferrocarril, ni nos dirigimos hacia un destino que nos engullirá como si no existiéramos, millones de nosotros derramándose en una incesante corriente que no deja de alimentar al mismo monstruo que nos da de comer. Y pienso en la suerte, en la que le falta a la pareja cantante, pues esa misma canción podría estar sonando igual de bien en alguna radio fórmula y ellos disfrutando de un buen y merecido reconocimiento, mucho más que las monedas que dejaré caer en las manos de ella y que ambos agradecerán de todo corazón, sin necesidad de que directamente me lo hagan saber.

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Algo más que cine

Se ha utilizado el cine para entretener y divertir -ese fue su origen-, aunque también para obnubilar, arengar y/o manipular a las masas de forma más o menos descarada, sin tapujos, o, en cambio, de forma calculadamente subliminal o mediante personajes e historias directamente dirigidas al subconsciente del espectador, que sale de la sala feliz y sonriente por lo visto, también ignorante, desconocedor de ser un objetivo ideológicamente maleable.

Es lo que sucede con la última secuela de Avatar -y ojo al dato, amenazan con más-, un panfleto repleto de colorines, amén de rebosante de medios técnicos y huera grandilocuencia que cansa a los pocos minutos de comenzada la película. Un pastón de dólares que probablemente se convertirán en un buen negocio y que, afortunadamente, no pasará a la historia del cine. No es que hastíe el exceso de tiros y peleas -la mayor parte de los metrajes de un cine en concreto se dedican a tales simplezas, tan americanas-, es que a estas alturas directamente aburre, por eso suelo adormecerme cuando llegan los disparos y las hostias, sabedor de que el desenlace será impepinablemente el mismo, el previsto. Tampoco tiene el mínimo interés el pringoso documental sobre ballenas que intenta soportar de algún modo semejante nadería. Como no dicen nada los personajes, cansina y torticeramente previsibles.

Pero no es lo dicho lo peor de todo, sino el mensaje reaccionario que rezuma el no guion que pretende argumentar el desarrollo del film. Es como volver a los tiempos de Thatcher, aquella señora que aseguraba que la sociedad no existía, sino que se trataba de un invento de izquierdistas y sociólogos empeñados en razonar nuevas formas de opresión y control social. Para la política británica lo único estable y reconocible era la familia -eso sí, cristianamente patentada-, auténtica valedora de las comunidades humanas. Dicho esto se dedicó a desmantelar de forma salvaje un consistente y efectivo entramado social británico que, tal y como estaba previsto, fue incapaz de soportar la también salvaje financiarización y desindustrialización de la economía; proceso que se propagó a escala mundial y del cual seguimos sufriendo las consecuencias. Para hacerse una idea de aquello todavía pueden, por ejemplo, volver a ver Full Monty o el siempre certero cine de Ken Loach. Pero hay más, la película de Cameron incorpora también un contenido racista que pone los pelos de punta.

Ya desde el principio, con imágenes que se pretenden simbólicas -copia descarada de simplezas y candideces como El rey león– el invento chirría, luego empeora descendiendo a niveles intelectuales de Cletus. Niños haciendo de niños de película -tan previsibles y gastados; obvio-, hombres/padres sintiendo heroicamente que el único sentido de sus vidas es proteger a los suyos y mamás palmariamente secundarias expertas en brujería y misticismos varios, clamar desgarradoramente, rasgarse las vestiduras y, por supuesto, rezar. Se admite que su única equiparación con los hombres es -¡ojo! solo llegado el momento- dar tantas hostias como ellos. El pensamiento brilla por su ausencia. Todo muy básico, muy auténtico, muy primitivo, muy ecológico, muy tribal, muy prehistórico.

Uno echa de menos argumentos tan antiguos -pero tan modernos y sin embargo hoy denostados- como La Comunidad del Anillo, donde Tolkien agrupaba a personajes de todas las procedencia y linajes, capaces de  trabajar conjuntamente por una causa común, más allá de individuos, familias, tribus o naciones, reconociendo en el mal, que no tiene rostro y a la vez es capaz de disfrazarse con todos los existentes, allá donde estuviere o se manifestase, como el único enemigo a derrotar.

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Qué importancia tiene

A la hora de escribir habitualmente me gusta hacer balance sobre lo escrito intentando no cargar las tintas o parecer exagerado en cuestiones que en el fondo nada tienen que ver con la propia escritura, aunque al fin y al cabo un lector inteligente reconoce a primera vista dónde apoyarse y de qué prescindir, porque es el lector quien hace la lectura. También es cierto que en otras ocasiones simplemente se trata de lo que hay, o despistes; por estar tan metido en el tema que uno no ve más allá de lo que está escribiendo o porque no he dejado el tiempo suficiente para releer y corregir lo que luego son errores garrafales que en nada ayudan. Cada cual ha de apechugar con sus limitaciones tratando de que no enturbien lo que pudiera estar bien hecho, o decentemente hecho.

Pero hoy la noticia, si es que puede considerarse tal, me lo ha puesto a huevo, como suele decirse; decía así: La nueva Ruta Quetzal baja el listón para los chicos para evitar que el 87% de participantes sean chicas. Además, en algunas autonomías como Galicia, Cataluña y Valencia, una vez hecha la selección de expedientes escolares, los chicos simplemente no existían.

Me parece toda una declaración de principios respecto a la sociedad que tenemos, a los valores que priman entre quienes tienen en sus manos su futuro, ¿qué más hace falta? Qué mejor muestra de una sociedad que el nivel educativo de sus jóvenes.

Claro, hay quien dirá que eso no es extrapolable, sobre todo hombres, esos que copan los puestos dominantes y de dirección sin que nadie les haya preguntado antes si estaban capacitados, o al menos si tenían alguna idea de lo que se traen entre manos -al margen de enriquecerse por todos los medios posibles, da igual si civiles o criminales. Pregunta más que inconveniente para quienes están habituados a esa discriminación basada en los atributos de toda la vida -sexo, poder y dinero-, y no precisamente intelectuales.

Entre las muchas preguntas que sugiere la noticia está la de ¿en qué piensan los chicos? En follar, jugar al fútbol, en la violencia como único medio de hacerse valer, en imponer una falsa superioridad que solo se da entre los brutos y que el resto ha de aceptar porque sí. Sirviéndose de tradiciones y valores religiosos -como sinónimo de machismo- que afirman que el hombre es el rey de la creación y como tal hay que reverenciarlo.

Me gustaría que todos aquellos que denuncian las recomendaciones positivas favorables a quienes no son hombres, blancos y tarugos hicieran algún comentario, aunque mejor no, dadas sus flagrantes limitaciones asegurarían que la noticia no es ejemplo de nada; se trata de estadísticas tendenciosas o directamente manipuladas, o hechas por cuatro pirados intentando hacer negocio a costa de nuestros jóvenes; en el fondo una amenaza a eliminar porque puede sentar precedentes. Aunque no debería de extrañarnos, en EEUU un expresidente acusado de casi todos los delitos financieros posibles -de los otros prefieren no hablar- no deja de aglutinar seguidores tremendamente limitados que consideran que la mejor forma de estar en este mundo es con una Biblia -que probablemente jamás han leído- en una mano y un arma en la otra. Y en Italia acaban de enterrar con honores de héroe nacional a un tipo acusado y sentenciado por todos los delitos imaginables que no ha aportado absolutamente nada a la sociedad, bueno sí, más machismo e ignorancia; la corrupción viene a ser la misma, pero ahora sin necesidad de ocultarla al público, lo hago porque quiero y puedo.

Por otra parte, llama la atención la falta de valor de los organizadores de la Ruta Quetzal a la hora de llevar a cabo la realidad de los expedientes académicos, y si no hay hombres pues no pasa nada, mejor dejarlos fanfarronear entre colegas soñando con sexo, violencia, músculos, LeBron o Mbappé, quizás aprendan algo útil, aunque me temo que no, solo divertirse y consumir; en última instancia ya encontraran a alguna desgraciada despistada dispuesta a darles de comer, lavarles la cara y limpiarles la mierda que van dejando. No hay mucho más.

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Niños

La mujer camina con rapidez y cara de preocupación, nada de ensimismada, por momentos el gesto a punto de desencajarse, en algún modo ausente, sin llegar a errática, pues sabe muy bien hacia dónde, cuál es su dirección. Apresurada y nerviosa, presa de un descolocado y completo movimiento que dice más que el mero caminar. Se detiene ante la puerta, justo cuando los niños comienzan a salir, tan felices como liberados, también cansados, incluso aburridos, con renovadas esperanzas a la búsqueda de esa mirada querida que les llevará de vuelta a casa. La misma mujer cambia de pronto su semblante y comienza a agitar los brazos mostrando una sonrisa de oreja a oreja, las ha visto y le han visto. En décimas de segundo, ese mismo mundo que la llevaba apenas sin fuerzas y a punto de la derrota, con la cabeza asediada por una maraña de violencia y desprecio, de fracasos y errores -en algunos casos dolorosamente indiscernibles de sí misma-, de casi agotamiento físico y moral, se transforma en una alegría desbordante y contagiosa tan inesperada y sorprendente, como sospechosa, por lo que tiene de desesperado salto de página, de portazo a lo indeseado, a lo indeseable, de último tren hacia una tarde y un mañana que, sin embargo, no ha cambiado ni un ápice.

Cogidas de la mano, las tres, caminan dicharacheras y felices contándose, las niñas la mañana y sus fastidiosas rutinas, lo que no han aprendido o no les ha gustado y lo que sí quieren hacer ahora que ya están fuera. Mamá cuenta y responde a algunas de sus preguntas sin detenerse en detalles, su mañana también ha sido de aúpa, frenética, trabajo y más trabajo para que sus niñas sonrían y en unos minutos puedan comer lo que les apetezca; e incluso ahora, cuando se detengan en la tienda de siempre a comprar algunas cosas que faltan, puedan elegir, es cierto que a regañadientes porque en el fondo no hay para regalos, ni grandes ni pequeños, el último capricho sobre el que habrán de insistir forzando a su madre a dar la espalda a una cruda realidad con la que en aquellos precisos y preciosos momentos no le apetece seguir pleiteando, guardada únicamente para sí; en el fondo sabedora de que esa guerra está completamente perdida. La lacónica compra la volverá a dejar sin suelto, tampoco papel, del que apenas dispone, de nuevo incapaz de negarse a esos pequeños regalos que le vacían el monedero un día sí y otro también, siempre ante la mirada, entre condescendiente y acusadora, del tendero que también hoy ha preferido no volverle a insistir sobre la deuda que sigue acumulando a costa de su buena voluntad. De vuelta a la calle prosiguen las risas entre las tres, una nueva vuelta a casa convertida en el momento más feliz del día, un pequeño viaje por el que merece la pena levantarse, por el que ella se levanta cada mañana, y que en el fondo sigue dando forma a una traición a sí misma de la que en aquellos momentos no quiere oír ni una palabra, y lo que es peor, una traición hacia sus propias hijas, mal habituadas a ser engañadas, y dejarse engañar -son solo niñas, no imbéciles-, con la excusa de sus pocos años y ese delicado y complicado derecho a la felicidad que en nada les beneficia. Como tampoco vale el falaz argumento de que son pequeñas y todavía es pronto para que se preocupen por cuestiones de adultos que nunca entienden, ni mejor ni peor explicadas -ni egoístamente quieren-, simplemente porque no coinciden con lo que ellas entienden por vivir y a la vez desean con todas sus fuerzas, dándoles igual el resto, sobre todo las negaciones, cualesquiera, ese desagradable invento que los adultos esgrimen cuando no saben qué hacer ni pueden.

Quizás porque, momentáneamente, su única tarea en este mundo consiste en salvar a su madre cada día de su propia vida, como si no hubiera mañana.

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Poder

Lo que debería ser un feliz y festivo trámite democrático, una simples elecciones municipales, se convierte en un tenso y crispado enfrentamiento ciudadano debido a la posibilidad -convertida en miedo, o auténtico terror- de perder el poder que hasta ahora se detenta, suceso que por otra parte debería ser algo tan asumido como normal. Pero no, no es ese el caso, incluso este pequeño y vecinal poder municipal inyecta en las venas de sus hasta ese momento representantes una despótica arrogancia que va más allá de la mera ambición, transformando a las mismas personas que ayer mismo no dejaban de ser un vecino más, a quien saludabas en el bar o por la calle cuando te cruzabas con él, en un energúmeno ambicioso y violento que de pronto desconoce el respeto y las más elementales normas de convivencia democrática.

No hay nada como observar, o sufrir en las mismas mesas de votación, el comportamiento y maneras de quienes temen perder ese poder, o peor aún, el de sus supuestos seguidores o afiliados, transfigurados en día tan señalado en tensos lacayos moviéndose nerviosos entre presidentes, vocales y representantes de las otras fuerzas políticas, como auténticos animales de rapiña en busca de despojos de todo tipo -dígase incidentes, cosas que a mí no me parecen bien, tonos de voz, ordenes de trabajo, pequeños errores, maneras de hacer o dudas razonables por lo general pronta y cordialmente resueltas. Se trata de las formas de un tembloroso poder representado por una tropa de esbirros bien adiestrados sirviéndole en cuerpo y alma, tipos dispuestos a dejarse la piel en servicio a sus líderes y amos; ayer vecinos y hoy enemigos declarados, ayer personas con las que hablar e intercambiar pareceres y opiniones y hoy matones desafiantes, violentos y resentidos. Cerriles y vociferantes adefesios con los que es muy difícil ya no hablar sino intercambiar cualquier comentario, tampoco acerca del tiempo.

Desde primera hora su presencia se hace molesta e inconveniente, difícil de llevar porque se trata de tipos que en tales circunstancias se mueven sorpresivamente o por detrás, y si los tienes delante se esconden tras gestos ridículamente serios incapaces de mirarte a los ojos. Permanentemente vigilantes y prontos a la amenaza, desafiantes cuando los presidentes o vocales son hombres a los que intimidar y agobiantes e irrespetuosos cuando esos puestos los ocupan mujeres, sí, bien adiestrados respecto dónde y a quiénes presionar.

Que un partido político como el PSOE exhiba tal muestrario de maneras caciquiles, clientelistas y pseudofascistas dice mucho, o todo, de la corruptora ambición y la podredumbre moral que el poder induce en las personas, tipos que ya no puedes volver a ver y considerar vecinos. En el caso de quienes todavía se mantienen en el poder, desesperadamente agarrados a cargos y sinecuras, porque su único horizonte vital es su perpetuación en el puesto a toda costa, caiga quien caiga; y respecto a quienes por entonces se convierten en auténticos matones -pobres diablos-, peligrosos estómagos agradecidos capaces de todo, incluso no conocer a quien hasta ayer mismo saludaban y respetaban, toda una declaración de principios.

Nos gusta creer que los tiempos han cambiado y hemos evolucionado o progresado, da igual, ninguno de los dos términos me parece válido, pero no, seguimos arrastrando las mismas miseria e ignorancia que cualquier tiempo pasado en el que detengamos la vista. Peor incluso, porque eso significa que todo lo sucedido no ha servido para nada. No necesitaremos que nos invada ninguna civilización extraterrestre, ningún Thanos que nos volatilice con un chasquido de sus dedos, porque nosotros mismos nos autodestruiremos.

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1954

“Las españolas tienen, sin duda, la belleza más electrizante de todas las mujeres del mundo. Una española es toda solidez, nada menos. Son partisanas incondicionales, soportan las cargas de su pobre nación y con pocas quejas. Curan las heridas de sus hombres, atienden noche y día sus pasiones y necesidades infantiles. Contra todo pronóstico, administran la rutina de millones de familias  desoladas, hambrientas e ignorantes; de hecho, solo por la presencia solícita de las españolas pueden llamarse hogar las casuchas que albergan a esas familias. En definitiva, las mujeres de España hacen de ella una nación.

El esfuerzo y el sufrimiento diarios de esas mujeres dan su escasa estructura a la sociedad española, ellas tejen una red de cuidado y amor en lo que de otro modo sería un paisaje de anarquía sin sentido. Son mujeres orgullosas, mujeres dulces, mujeres que perdonan, mujeres compasivas, mujeres de risa fácil y lágrimas fáciles. El poderoso instinto maternal de las españolas es el ancla de responsabilidad que sostiene el barco de la vida española mientras el hombre balbucea tonterías abstractas en los innumerables cafés llenos de humo.

Son mujeres de extremidades ágiles que bailan, hacen sonar sus castañuelas, zapatean y hacen de una nación por lo demás aburrida un espectáculo emocionante y humano; mujeres que aran los campos; que lavan la ropa en los arroyos del campo; que conducen los carros tirados por bueyes; que satisfacen a sus hombres y amamantan a sus bebés; y que al principio y al final del día se arrastran y se arrodillan con humildad ante las Vírgenes lloronas y enjoyadas en las catedrales oscuras y con corrientes de aire; son mujeres sufridas y resistentes que siguen a sus hombres de sangre caliente en la guerra y en la paz, aunque no entiendan nada de las causas de la guerra y de la paz; mujeres desesperadamente prácticas que se acuestan con hombres extraños para comer mientras sus bebés duermen o lloran en las cunas cercanas; mujeres desnutridas y flacas que huyen del frío de sus casas de hormigón para sentarse en los bordillos a remendar ropa hecha jirones a la débil luz del sol; mujeres desesperadas que envían fiambreras a sus hijas que trabajan en los prostíbulos; viejas solitarias que lloran al recordar a los hijos e hijas que se han ido a buscar su destino en el mundo frío y extraño; mujeres tontas que duermen la mitad del día y pagan a sus criadas cinco dólares al mes y que se acicalan ante sus espejos mucho tiempo y con amor para salir a pasear del brazo con otras cinco mujeres por las Ramblas y no ver afectada su respetabilidad; lesbianas que viven su vida tranquila y apartada a la sombra de las catedrales donde van a confesarse y hacer sus expiaciones; ciegas que se sientan en las esquinas bajo la lluvia o el sol y venden billetes de lotería; mujeres de ojos atrevidos que empiezan a mirarte a tres metros de distancia y te sostienen la vista hasta que estás a su altura; mujeres que invitan a los hombres a sus camas sin un atisbo de vergüenza; mujeres pequeñas y tímidas que friegan baldosas de rodillas y cuyos ojos asustados te suplican que no ensucies el suelo que han limpiado con tanta meticulosidad; mujeres hermosas y enjoyadas que beben coñac en los bares y que te dirán con una dulce y triste sonrisa que no saben leer ni escribir; mujeres feas con moretones negros y azules en los brazos por los abrazos de los marineros borrachos; mujeres inflexibles dispuestas a escapar de la soledad cocinando, trabajando, prostituyéndose y muriendo por un hombre; mujeres frágiles y secas que venden caramelos y semillas de girasol y almendras y que a veces mueren sentadas en sus pequeños puestos de madera; mujeres gordas y asustadas que, cuando ven el coche fúnebre negro tirado por dos magníficos caballos negros con penachos morados en la cabeza, se persignan y lanzan un beso con sus dedos índices a la Virgen de su devoción; mujeres altas y de extremidades largas que dan zancadas por la calle, levantan sus grandes pies y los plantan en el suelo con la seguridad de los hombres; mujeres solemnes y reivindicativas que se paran a cotillear en medio de la calle con los brazos en jarra; mujeres jóvenes y devotas que tienen maridos irremediablemente enfermos y que reprimen sus necesidades físicas más profundas mientras su pelo se blanquea antes de cumplir los treinta años; sí, todas esas y más son las mujeres de España. Los hombres españoles han construido un Estado, pero nunca han construido una sociedad, y la única sociedad que hay en España está en los corazones y las mentes y los hábitos y el amor y la devoción de sus mujeres…”

            Richard Wright; España pagana. BIG SUR; Barcelona, 2022; págs. 291-293.

         

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Callar

Lo que en principio apuntaba a una conversación espontánea sobre las próximas elecciones municipales a partir de una breve relación de circunstancias entre adultos quedó en nada sin que hubiera comenzado siquiera. Digo adultos porque entre los presentes no había ningún joven, podía haberse dado el caso, de esos que, a cuestas con su ignorancia -o directamente imbecilidad-, votan a la ultraderecha porque suena radical y se sale de la norma, es decir, rompe con los gastados esquemas bipartidistas de sus progenitores.

A la primera frase sobre un candidato, no recuerdo en concreto quién la dijo, uno de los presentes saltó como si le hubiera picado una avispa, ¡¡ese es rojo!!; otro dijo algo sobre la dictadura sanchista que estamos sufriendo -¡un sinvergüenza!-; y un tercero habló de que no había derecho a hacerle el homenaje que se le hizo a Alfonso Guerra cuando se retiró como diputado (¿?). Fin de la historia. Así, tras un breve como incómodo silencio cada cual recogió sus trastos y nos despedimos hasta el día siguiente. ¿He dicho que íbamos a hablar de unas elecciones municipales en nuestro pueblo?

Por qué o cómo hemos llegado a esto sería un buen tema de análisis, aunque probablemente ya esté visto, analizado y estudiado hasta la saciedad. ¿Por qué ese embarazo, nerviosa violencia, salidas de tono o supuesta indiferencia -que en el fondo es inseguridad y temor- a intervenir en una conversación sobre política manifestando las propias opiniones? ¿Por qué la gente se altera con tanta facilidad o es reticente a la hora de hablar de política en público?

Es cierto que hay personas que prefieren callar sus opiniones políticas por carácter -extraño y difícil de creer, cada cual tiene derecho a pensar y opinar políticamente como crea conveniente-; otros quizás lo hacen por prudencia o respeto hacia sus interlocutores -algo entendible, pero no hasta el punto en el que se hace evidente que la otra parte, o partes, han de escuchar civilizadamente respetando qué y a quien están oyendo. Puede callarse por vergüenza -si uno considera que el lugar no es el adecuado o intuye que la mayoría de los presentes, tan irrespetuosos como infantiles, en realidad no te escuchan, sino que aguardan para saltarte inmediatamente a la yugular cuando oyen que no eres de los suyos-; por miedo o temor -más que probable, la cruel represión durante la dictadura ha calado tan hondo en el subconsciente colectivo que incluso los hijos y nietos de las personas que la sufrieron han mamado ese pavor a decir en público lo que piensan-; otra variante de ese miedo es hablar a gritos, insultando y faltando al respeto. Hay quienes afirman que a nadie le interesa lo que piensan -podría valer pero no se tiene en pie, hablamos de opiniones y, como adultos, cada cual tiene las que le gustan o considera convenientes a su forma de pensar y vivir. Por ignorancia -también y quizás más de lo que imaginamos, puesto que la formación de opiniones requiere un juicio crítico previo más o menos elaborado y/o consistente que implica conocer las opciones, y en función de ese acercamiento o conocimiento formarse una opinión madurada propia, y no todas las personas se sienten capaces y con la actitud, y aptitudes, para hacerlo-; por no mostrar la realidad de tu trabajo y/o procedencia -desgraciadamente, lo normal sería que la gente adecuara sus opiniones políticas a sus orígenes y modos de vida, en muchos casos tristemente inasumibles e incluso motivo de vergüenza, pues son los que marcarán su devenir en este mundo, en definitiva son tu vida, por la que eres socialmente identificado.

También se calla por envidia o rencor, sabiendo que en el fondo es mejor no decir lo que reconoces como una soberana gilipollez. Piensas políticamente igual a quienes envidias, por prestigio, elegancia, dinero o sueños de emulación, sin que tengan nada que ver contigo -incluso actúan y trabajan en tu contra-, pero políticamente te sientes igual, así que mejor no decirlo; por rencor hacia quienes son iguales a ti pero viven y progresan de forma diferente -generalmente a mejor-, entonces tu propia incapacidad o incompetencia -reconvertidas en rencor-, antes que intentar cambiar y mejorar, como aquel, te obligan a callar opinando contra ti mismo. En fin, hay tantos y tantos analfabetos funcionales manipulados por partidos, organizaciones y medios de comunicación que la cosa parece no tener fin, todo lo contrario. O, cómo vas a decir que votas según te dice el cura, eso sí que da vergüenza; al margen de que el cura no te habla de este mundo, que precisamente es en el que vives y votas.

Probablemente habrá más opciones para callar. ¡Ah! ¡Y que no te vean asistir a ningún evento de un partido u organización que no sea de los tuyos! Hay que hacerlo a escondidas porque entonces estás acabado.

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Vuelven

Vuelven las elecciones y vuelven las rutinas de las que nos decimos cansados porque nunca hemos llegado a entenderlas -tampoco las queremos porque requieren esfuerzo e implicación-; vuelven los cuentos y la promesas y vuelven esos sueños que casi siempre acaban rotos; vuelven las sonrisas, sinceras o forzadas, y vuelven la misma incredulidad, envidia y desconfianza de siempre, aunque más cansadas; vuelven las reuniones, fiestas y celebraciones y vuelve el posterior desánimo de la democrática y siempre difícil convivencia; vuelven algunos que se fueron y vuelven en algunos casos sin saber dónde vuelven, probablemente a su infancia o juventud, que no es donde realmente vuelven, aunque no lo sepan; vuelven los fantasmas nunca redimidos y vuelve el humo del sacrificio más doloroso; vuelven las palabras, frases y arengas y vuelven las pausas y los silencios reflexivos que en muchos casos únicamente son ausencia de palabras; vuelven antiguos recuerdos -buenos y malos- y vuelve ese futuro próximo que luego se convertirá en otro recuerdo marchito; vuelven las miradas de soslayo, sospechosas -todavía sin falsear, faltan datos- y vuelve el reconocimiento, allá en el fondo, de las causas de esa misma mirada; vuelven las advertencias, alertas y amenazas -algo con lo que atemorizar, ese temor como sinónimo de duda- y vuelven los miedos, que en la mayoría de los casos solo son falta de certezas, o no tan ciertas como suponíamos; vuelven algunos sueños para que permanezca lo que hay; vuelven las caras bien vestidas, pintadas, y vuelve el ya te he visto, nos conocemos; vuelve la palmada en el hombro y vuelves a darte la vuelta con la mosca en la oreja alentada por un viento que se lleva todo lo que toca; vuelven los que no lo consiguieron la última vez -sin haberse preguntado por qué no eran necesarios- y vuelve lo que tampoco será porque a nadie interesaba; vuelven los amigos -algunos de quienes no te acordabas- o conocidos y vuelven generalmente mayores -también viejos- y gastados, pero no siempre amilanados -aún creen en sí mismos, ahora lo saben, tienen que creérselo-; vuelven las esperanzas abriendo la puerta a los otros desengaños, que son los mismos, o se parecen, porque nosotros también seguimos en el mismo lugar; vuelven las sentencias que se pretenden definitivas y vuelve la próxima vez -otra vez-; vuelven los rencores -o aquella faena- y vuelve la misma mezquindad que también conocemos porque siempre nos falta ese punto de honradez que se nos hace insuperable, como si entonces ya no fuéramos nosotros mismos -eso nos gusta decir para justificarnos-; vuelve esa falsa sabiduría que nunca acierta y vuelve mañana para demostrarnos que nuestra sabiduría se limita a tan solo eso, a mañana; vuelve seguir como estoy y vuelve que al menos me quede como estoy, bien, gracias.

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Reyes

Tras el extravagante y ostentosamente ridículo espectáculo de la coronación del último rey inglés no queda nada, quizás recuerdos o fotografías más o menos interesantes y tan inútiles como la costosa nadería del invento, bueno, tal vez sí, la que dicen primera foto oficial de un tipo con cara de simple mostrando oros, pieles y atributos de un poder tan hueco como indigno, pero que, y es lo que verdaderamente importa, lo hacen más rico si cabe; sin dinero no tendría dónde caerse muerto, como nos sucede al resto de los humanos.

Está bien que los que todavía se dicen y creen reyes, o especímenes reales, organicen semejante sarao para remozar los atributos de uno de los suyos; no hay que dejar pasar las oportunidades para renovar los vínculos con el poder, por si las moscas. En el fondo se trata de poner en movimiento una siempre bien engrasada maquinaria de hacer dinero con el beneplácito, interés y conveniencia de los más cercanos y a costa de la cada vez más extendida estupidez general. Siempre habrá un cretino que perderá el tiempo ante semejante pantomima, y hasta puede que se deje algo del poco dinero que lo mantiene en este mundo. Las oportunidades de hacer negocio son inescrutables.

También es normal que todos los que viven de y a la sombra de ese poder acudan prestos a humillarse ante el elegido, al fin y al cabo se está mejor de ese lado que del lado de los que no tienen nada, y no hace falta ser muy listo para ello, más bien astuto y sin escrúpulos.

Todo bien adornado con las bendiciones de los mejor apesebrados, sagrados señores con vestidos largos que dicen tener de su lado la verdad, un imponderable eterno pero dependiente del correspondiente pago en la tierra por parte del sujeto, o sujetos, sacralizados. Verdad que no deja de ser otra mentira bien contada en la que un numeroso rebaño de desgraciados ponen sus almas con tal de pasar de algún modo las miserias de sus propias vidas, además de soportar del mejor modo posible sus bien merecidos sufrimientos.

Como también es adecuado que quienes se autodenominan medios de comunicación, siendo solo perros ladradores dispuestos a babear por sus amos o, en caso contrario, despellejar a quien no guste o moleste a quien les paga, aireen a los cuatro vientos como si de una gran noticia se tratara la propia memez de la celebración, añadiendo al cóctel una interesada y mendaz historia bien guardada en el cajón de los intangibles; ese cajón de sastre del que se obtienen apolilladas memorias que algún hábil siervo es capaz de hacer relucir como nuevas cuando toca a cambio del pago correspondiente.

Aunque no deja ser curioso que tanta pompa y boato se represente a costa de un pobre diablo del que lo único que se recuerda, más con incrédula y misericordiosa sorpresa que con humano interés, es que soñaba con ser un tampón para introducirse allí donde suelen introducirse, pero no en el correspondiente a su entonces real esposa, sino en el de una amor de juventud menos agraciada y peor vista en su momento. Aparte de semejantes memeces no es que haya mucho más que decir… bueno, que el tipo es enormemente rico, pero no por su trabajo o valía moral o intelectual sino porque vino a este mundo con el boleto premiado, y rascando, rascando, amén de tener la boca cerrada, al fin a obtenido lo que todos le auguraban. A eso se llama buena suerte.

Como no entiendo, y nunca entenderé, que personas normales y corrientes, con vidas más o menos felices, pierdan un segundo de sus vidas atendiendo a semejantes saraos; es cierto que esa indiferencia hacia el evento de la que muchos presumen, o presumimos, no deja de ser otra muestra más de nuestras ancestrales impotencia e insignificancia. No es que haya que organizar una toma de la Bastilla año sí y año también -¿o sí?-, pero en el siglo XXI se le supone a la especie algún grado más de inteligencia que a sus pasados neandertales. Como Groucho Marx decía, más o menos, “partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cotas de la… estupidez”.

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