Fronteras

Desde muy pequeños nos hemos habituado a verlas en los mapas, esas líneas que separan colores y que a la inevitable pregunta del niño por su significado algún adulto responsable responde que se trata de países distintos, es decir, lugares donde habitan personas idénticas, con idénticas ilusiones y problemas, que suelen hablar diferente, pero no siempre.

El color también representa a aquel o aquellos quienes mandan y cómo mandan, es decir, otras personas en principio elegidas por sus compatriotas -pero desgraciadamente no siempre- para que dirijan y gobiernen ese trozo de tierra, territorio e incluso continente que, como sucede con las personas, en nada se diferencia de la tierra de al lado.

Luego vendría la literatura, leyendas y epopeyas -todo tipo de cuentos caseros-, mitología ad hoc -por lo de la antigüedad y la tradición- y el resto de la parafernalia simbólica; sacrosanta historia construida a golpe de espada y talón que supuestamente legitima unos poderes adquiridos conveniente santificados por los popes de turno -otros señores dedicados a certificar con toda solemnidad fábulas y ficciones; por lo que viven muy ricamente.

Lo dicho surge a partir de un simple vistazo a un mapa cualquiera, e independientemente de su veracidad y/o conveniencia, se trata de la cantinela que todos aprendemos desde muy niños y que nos predispondrá adecuadamente para posicionarnos en el futuro en cuanto a creencias, opiniones, manifestaciones, ofensas y algunos orgullos que incluso pueden llegar a convertirse en sangrientos.

Pero vivir y moverse por una frontera puede ser otra cosa muy distinta, porque precisamente allí tratas y hablas con personas que consideran esa línea imaginaria -que por supuesto no existe físicamente, ni ven ni les importa- su casa, y han hecho de esa enclave su vida; entonces te das cuenta de que no es para tanto, que de lo dicho nada de nada. En las fronteras no hay líneas ni colores, ni siquiera permeabilidad, las personas que allí viven van y vienen sin preocuparse por los mapas, y las rayas simbólicas o hipotéticas pueden traspasarse tantas veces como uno quiera porque el de al lado no deja de ser tu vecino. Y así cada día, disfrutando de un sinfín de diferencias que en nada afectan a la convivencia, todo lo contrario, además de permitirte hablar y comunicarte en lenguas distintas que representan dos visiones diferentes del mismo mundo, con lo que ello tiene de enriquecedor.

El único inconveniente de tales lugares, fastidio y hasta problema, por el que se crean e imponen líneas, rayas, colores y cerrojos, proviene de otras personas que, originarias de puntos alejados de esas tierras, odian las fronteras; en primer lugar porque nunca vivieron en ellas y las temen, a lo que añadir que tal vez desde pequeños los amedrentaron  con cuentos y mentiras que hablaban de que, allá a lo lejos, donde “nuestra tierra” acaba (¿?), viven otros como nosotros que sin embargo no son como nosotros (¿?), además de tener un aspecto terrible, probablemente violentos y que además nos odian por ser quienes somos, por supuesto mejores que ellos.

Por todo ello y si es posible, lo mejor es acudir directamente donde las fronteras y dejarse acariciar por su trasiego casi familiar, un deambular que en algún momento de la estancia te proporciona la agradable sensación de darte igual el lado en el que ese preciso momento te halles.

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Drag Queen

Siempre he entendido el fenómeno drag queen como un espectáculo entre lúdico y festivo en el que prima sobre todo el entretenimiento. Una atractiva exageración que cualquier persona podría poner en práctica por pura diversión, mucho mejor si se intenta en serio y a fondo, con profesionalidad y todo lujo de detalles, sobre todo frente a la opción cutre y carnavalesca de la misma actividad que, quizás por falta de ganas y presupuesto, tiende a recrearse en la variante divertida y sardónica resaltando la parte más escandalosa y picante del juego, la exageración de los rasgos que más atraen y distinguen a las mujeres vistas por los hombres, parte fundamental del invento.

Lo que nunca he tenido claro son los intentos de relacionar esa actividad artística con cuestiones de género, denuncia, desprecio o minusvaloración de cualquiera de ellos, del femenino por las exageraciones a las que puede dar pie tal dedicación y del masculino por alguna especie de insulto u ofensa hacia la nobleza del género por parte del supuesto rebajamiento implícito en el atuendo de los protagonistas que, creo, solo ven almas tan retorcidas como atormentadas. Es evidente que el ocultamiento o la errónea solución de los propios prejuicios, aprensiones y carencias jamás ha de ser a costa de los demás, fundamentalmente porque los demás no son los culpables de nuestras debilidades y frustraciones.

La relación del espectáculo drag queen con la canción española también se me escapa, nunca llegue a verla del todo, quizás por el inconveniente de haber sufrido durante mi infancia la insoportable monserga localista, cateta y racial que pretendía el permanente y persistente rodillo folclórico de la canción española -al menos así la sufrí, con todo lo que desgraciadamente pudiera haberme perdido por ello-, fomentadora de esa mujer, mujer, de rompe y rasga y con lo que hay que tener, una mujerona que pretendía ejemplificar todo lo patrio y genuino del régimen, sin matices ni sugerencias, una mujer que debía parecer hembra antes que mujer, ya no digamos incluir calificativos y tonos que tuvieran que ver con el valor de lo femenino como sexo independiente.

Como difícil de entender es la prohibición de asistencia de grandes o pequeños a este tipo de espectáculos.

Viene esto a cuento de mi relativa sorpresa, tras la asistencia a un espectáculo de Drag Queens, por la insistencia por parte de los artistas en hacerse reconocer por el público como lo que en realidad son, personas trabajando en lo que les gusta, su preocupante y reiterada búsqueda de aprobación por parte de los asistentes de su honrada actividad frente a unos detractores y perseguidores que probablemente deben sufrir unas carencias cerebrales y de convivencia francamente irreparables. Porque la realidad del espectáculo, concretamente de aquel, fue que disfrutamos con él, unos más y otros menos, pero todos de acuerdo y en consonancia con lo que nos estaban ofreciendo. La estupenda evidencia de un recinto completamente lleno participando en una representación original, divertida y entretenida. Público de todo tipo y edad, mayores en gran parte, que acompañó, cantó y bailó de buen grado con los artistas, sobre todo las mujeres, mucho más desinhibidas e integradas, riendo, coreando y aplaudiendo de lo lindo, aceptando e interviniendo felices en y con cada uno de los números que los artistas fueron desgranando a lo largo de la noche.

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Capital

No hay nada más desolador que la imagen de una ciudad abandonada por sus propios regidores, en permanente asalto destructivo, más que reconstructivo o mejorable, dejada por desidia, codicia, incompetencia o puro desprecio, no solo hacia la ciudad misma sino, y esto es tanto o más importante, hacia sus habitantes; se trata de un hecho más que lamentable, sobre todo si la ciudad de la que hablo es la capital del país. Que donde hubo diversidad, tránsito, comercio, intercambio o reconocimiento ahora el paseante solo vea innumerables obras repetidas -tan solo hace unos años; levantar y destruir para volver a instalar prácticamente lo mismo que había-, suciedad, desperdicios, basuras y olor a podrido hace que te preguntes no sólo por qué o para qué, sino con qué sentido, qué aporta a la convivencia semejante zafarrancho destructivo en lugares que lucían bien tal y como estaban. Dónde paran los habitantes, los vecinos -si es que todavía quedan vecinos-, entre tanto turista que zangolotea cansado y molesto porque la disposición de tiempo le hastía, no sabe qué hacer con él porque el descanso no entra dentro de su temporada de descanso.

Es tal la sensación de dejadez, de rechazo incluso, como si los dirigentes municipales hubieran decidido de antemano que aquellas calles no fueran suyas ni merecieran la pena, convertidas en carreras de obstáculos para quien, como era mi caso, tenía que pasar obligatoriamente por allí para ir donde necesitaba y me aguardaban. Nada que ver con la disponibilidad, habitabilidad, ordenamiento y proximidad de las calles del norte de la misma ciudad, del respeto por el vecino o el transeúnte casual que en aquellas se agradece. Comparada con la imagen que ofrece el centro de la capital cualquier gran centro o zona comercial en las afueras parece el paraíso, allí puedes encontrar lo mismo, y más, con mucha más comodidad y respeto hacia el visitante, además de muchas otras opciones para pasar e invertir el tiempo que te apetezca.

Desconozco cuales son los motivos que intento no suponer malintencionados -aunque esto último quizás sea mucho suponer; ¿siempre se trata de codicia?-, para desarmar una ciudad haciéndola invivible e intransitable; qué se pretende transformando calles y edificios en un laberinto para zombis moviéndose como descerebrados de acá para allá, haraganeando, derrochando y consumiendo basura que no va a permanecer en su recuerdo mucho más que en sus estómagos, o tan solo como aquello tan malo o tan feo por lo que no voy a volver a pasar.

Alguien ha decidido convertir la capital del país en una especie de engendro que ni siquiera llega a parque temático, un laberinto de consumo made in china y lujo carcelario y egotista, una vulgaridad grotesca y despreciativa hacia las personas conviviendo con un lujo espantapobres que tampoco llega a lujo porque es lo más parecido a un desierto comercial por el que transitan mafiosos, corruptos y beduinos en permanente estado de alarma, sospechosamente pendientes de sus espaldas porque tampoco saben qué hacer con lo que dicen que poseen, aparte de ocultar y proteger celosamente -que prácticamente es como si no existiera- por miedo a los que son como ellos, que no al resto de los mortales.

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Aborto

Estas letras surgen a partir de una conversación en la que una de las partes se cree en un nivel y con una razón superior, más importante y definitoria que las otras. Mal asunto.

No deja de resultar curioso que personas que ignoran las numerosas y diarias muertes de otras como ellas, o directamente no les importan ni preocupan, por pura indiferencia, desprecio, desdén hacia cualquier tipo de intercesión u omisión de ayuda por su parte, clamen contra el aborto como si se tratara del peor de los males. Mujeres y hombres que, confinados tras sus creencias y derechos, ajenos, insensibles e incluso burlones con las vidas de sus semejantes, de pronto se rasgan las vestiduras porque algunas mujeres, en el legítimo uso de derechos tan merecidos como los de aquellos, deciden que no están dispuestas a mantener esa vida que crece e impepinablemente depende de ellas. No vienen al caso los motivos implicados en tan difícil y dolorosa decisión, ya sean voluntarios u obligados, elegidos o desgraciadamente ajenos, impuestos por otros o en permanente conflicto con la propia voluntad -conflicto del que solamente la misma mujer puede responder a partir de sus dudas y sufrimiento.

No es de recibo que personas habituadas a hacer de sus creencias y derechos su bandera intenten imponerse a otras insultándolas, acosándolas o amenazándolas con una violencia en ningún caso pertinente ni legal. O sí, pero en ese caso estaríamos hablando de desprecio, sumisión, opresión y explotación, términos que no conjugan bien con la libertad que supuestamente nos conceden los derechos que todos debiéramos poseer.

¿Dónde quedan los derechos humanos para estos acusadores tan soberbios como irascibles? O solo existen los suyos, por supuesto. ¿Dónde queda el respeto y la comprensión hacia tus semejantes? ¿Quién creen que son para prohibir a otras personas ejercer los suyos? ¿Hacen algo para evitar las muertes que diariamente ocurren en el mundo, tanto humanas como de otras especies animales, o simplemente las ignoran porque nada tienen que ver con sus vidas, ni les importan, incluso intervienen indirecta o voluntariamente, o las facilitan y permiten por desidia o pereza, en algunas o muchas de ellas?

¿Qué significado tiene semejante cinismo? Porque estos buenos samaritanos no andan permanentemente a la carrera bregando, exigiendo y tratando de impedir con su inteligencia, esfuerzo y dinero tanta muerte como existe, una gran mayoría evitable. O es que en el tema del que estoy hablando afecta a un ser inferior y sin voluntad, débil, estúpido y manipulable, es decir, mujeres, ese “segundo sexo” del que hace ya muchos años escribía Simone de Beauvoir. ¿Y quién ordenó los sexos y con qué interés?

Si el derecho a la vida es tan importante para ellos podrían ofrecer las suyas, aunque no merece la pena porque nada solucionarían, mejor su dinero, para que cualquier mujer en dificultades pueda decidir sin presiones y salir por sí misma adelante. Esto último podría ser una opción que en el fondo no tiene mucho que ver con el tema de estas letras, o sí, quizás se trata de los derechos que otorga el dinero, sobre todo en lo concerniente a decidir sobre la vida y la muerte.

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Redención

En la película La ballena, enésima versión del recurrente y manido tema de la redención -eterno problema que al parecer atormenta al pueblo y, por extensión, al cine norteamericano- lo único destacable es el trabajo interpretativo, pasado por los correspondientes efectos especiales, de Brendan Fraser, el resto se trata del postrero intento de liberación, vía heroica expiación, de un ciudadano corriente que ante el inevitable fin de sus días opta por un sospechosamente valeroso y desesperado -amén de cinematográfico- gesto de reconciliación con sus semejantes, fruto de un momento de lucidez con el que pretende ser, repito, redimido, querido y recordado. Comportamiento y situación que no dejan de ser otro acto o gesto univoco muestra del mismo alejamiento egoísta que ha regido la vida del sujeto en cuestión, realidad que en última instancia se pretende edulcorar o abandonar obligado por lo inevitable de los acontecimientos. Pero para que tal redención sea merecida ha de justificarse de algún modo, y lo que antes parecía una vida egoísta y caprichosa ahora ha de iluminarse incuestionable, desesperada o enternecedora, incluso merecida por causas o situaciones ajenas que obligaron al protagonista a dar esos esforzados pasos que solo los elegidos pueden llevar a cabo. Vida al fin dispuesta para un juicio benigno y condescendiente, también compasivo por parte de quienes jamás merecieron compasión de su parte, incluidas las correspondientes vidas perdidas o destrozadas que este oportuno acto de expiación pretende satisfacer o calmar, felizmente agradecidas a esta nueva y mágica conciencia que el paso de los años ha reimplantado en la, al parecer, siempre atormentada mente del protagonista.

Un intento de redención que, por ejemplo, Clint Eastwood ha explotado hasta la saciedad mostrándonos en sus películas a individuos, tan aislados y libres como desdeñosos y calculadores, que en situaciones extremas o en las etapas finales de sus vidas de pronto se muestran sorprendentemente sensibles y preocupados por las consecuencias de sus propios actos, dispuestos a redimirse ante el mundo y sus víctimas de siempre, ahora mágicamente reconocidas como iguales; mejor si se trata de una heroica expiación con signos de posteridad.

Cada una de estas muestras del heroico carácter individualista norteamericano es supervisada -directamente mencionado o subrepticiamente elidido- por un vigilante supremo, fatum definitivo y definitorio que en última instancia todo lo ve y dirige, hasta los actos más odiosos o aparentemente irrelevantes que, por fin, revelarán un significado y sentido ocultos que de algún modo ayudarán a que el futuro redimido protagonista encuentre la siempre autoconvincentemente amañada razón de su existencia. Se trata de mismísimo Dios de la Biblia, versión el Dios cristiano que figura en los billetes de dólar o protege la cruzada salvadora del heroico Donal Trump y su América primero.

Y como tal funciona esa blanca luz celestial, sagrado colofón, que cierra la miserable vida del protagonista de la película con la que comenzaba estas letras.

Ese mismo Dios etnocéntrico, cruel y vengativo -no tienen nada más que recurrir a las páginas del famoso libro y comprobarlo por sí mismos- celoso de los suyos y su sangre, de sus tradiciones y su única y exclusiva verdad.

Que la religión venga impregnando de forma tan absoluta cada una de las actividades de la vida diaria -empezaba hablando de cine- puede acabar convirtiéndonos en intransigentes talibanes de lo nuestro, colocándonos en situación de igualdad frente a aquellos de los que supuestamente nos pretendemos defender por sentirnos amenazados. Situación social que se manifiesta políticamente a nivel mundial por el auge de una extrema derecha que a falta de argumentos, ni los tiene ni le importan, solo objeta unas tradiciones basadas en la santidad de la caverna y la cachiporra.

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Creativo

La habré pasado por alto en multitud de ocasiones, caminando por cualquier lugar o ciudad, desapercibida, leída como se leen publicidad y anuncios callejeros, o carteles informativos o turísticos. Pero en esta ocasión, no sé por qué, me detuve en ella y de ahí estas letras. El letrero o información hablaba de espacio creativo, siendo esta última palabra, creativo, la que, para variar, llamó mi atención -en buena hora. No hizo falta mucha memoria para vislumbrar algún que otro momento en el que la palabra creativo se fomentaba como algo importante para el público o posible cliente, ya fueran espacios creativos -ahora mismo no recuerdo a qué se refería-, guarderías, escuelas de idiomas o colegios en toda regla donde aparentemente se fomentan esos aspectos creativos del alumnado, algo que, bien pensado, puede referirse a infinidad de casos y situaciones. Nada que ver con el al parecer simple y comparativamente pobre o peor visto ingenio, tampoco con la invención, de inventar, tal vez demasiado tecnológico y desprovisto de algunos de los supuestos artísticos que, en cambio, sí parece que posee o pueden atribuirse al término creativo.

Estaría bien preguntarle a quienes echan mano de la citada palabra el motivo por el que la esgrimen en la publicidad exterior, qué es exactamente lo que buscan al ofrecérsela al público en general y si constituye un aspecto diferenciador de cualquiera que sea la tarea a la que se dedique dicho negocio. Por qué, como escribía más arriba, nunca es ingenio o invención, algo así como escuela o espacio de inventores, aunque me temo que esto último puede sonar demasiado pretencioso, quizás porque inventar requiere algún esfuerzo, u otro tipo de esfuerzos más científicos. E ingenio es tratada de forma diferente, una facultad de andar por casa, no tan bien vista pero sagaz e inteligente cuando el afortunado poseedor se las apaña para conseguir los resultados más prácticos y resolutivos.

Por ejemplo, ¿MacGyver era ingenioso, inventor o creativo? También podría valer imaginativo, pero eso ya son camisas de otras varas.

Estoy hablando de creatividad y no de los individuos -generalmente niños- en los que se supone o fomenta, porque de eso trata la publicidad, de una creatividad que al parecer está ahí, a la espera de que el experto de turno la encuentre y estimule como corresponde. Pero, y ahora viene la pregunta, o las preguntas ¿qué se pretende decir con creatividad? y ¿todos poseemos en potencia esa creatividad tan bien considerada? O se trata de otro camelo publicitario. Es como decir que todos podemos ser Messi -lo llevamos dentro-, cuando la cruda realidad es que Messi solo hay uno, el resto -millones- han de deambular de la mejor manera posible con lo que la naturaleza les ha concedido; como desafortunadamente también hay quienes vienen a este mundo con lo básico -la casi totalidad-, o sea, que de creatividad nada de nada, lo que ¡ojo! no quiere decir que no puedan ser tan felices como el que más. Además, supongo que hablar de creatividad no tiene que ver con que el niño campe por sus respetos, como un salvaje -niño, pero salvaje-, o se dedique a pintarrajear de arriba abajo las paredes del centro, o restregar, restregarte y restregarse la comida hasta la planta de los pies.

Porque también puede suceder que la criatura caiga donde unos padres que, viéndoles el carnet, todo esté decidido de antemano; así que, de creatividad cero coma cero. De los de atado y bien atado, es decir, mi niño no está para músicas, musarañas, creatividades y todas esas zarandajas artísticas de modernos y perroflautas; con que sea formal y obediente, estudie y trabaje pronto, gaste con moderación -mejor un poco estrecho, sin florituras-, se case con una buena chica y gane un buen sueldo que le procure una buena cuenta corriente que le solucionará todos los problemas de esta vida es suficiente; el resto son tonterías.

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Terrazas

Hace tiempo que dejaron de sorprendernos, al menos a mí, también en invierno, nos hemos acostumbrado a ellas y ahora que ya es verano calles y aceras se han convertido en terrazas en las que inician su particular cruz laboral miles de jóvenes a los que el país no tiene otra cosa mejor que ofrecerles; como es cierto que este país no tiene tanto que ofrecer, tampoco para los nativos del lugar. Lo que comenzó siendo una moda, necesidad, oportunidad de negocio o tabla de salvamento a raíz de la pandemia, esa especie de cesión a la baja de suelo público en aras de un bien mayor, se ha convertido en una completa apropiación de terreno que en muchos casos se trata de un auténtico cerramiento a cal y canto al que solo le falta el título de propiedad, que viene a ser lo mismo que obtener una concesión para… elijan los años que gusten y en algunos casos se quedarán cortos.

Y si las terrazas permanecen es porque el negocio funciona y los ingresos aumentan, y, también, los puestos de trabajo se multiplican -ya sé que ello va implícito-; la cuestión es por cuanto, qué proporción de ese suculento negocio de las terrazas se lleva el trabajador al que solo hace falta seguir el tiempo en el que te tomas una cerveza para imaginar cómo serán seis, siete, ocho o más horas seguidas a semejante ritmo de trabajo, eso contando con que él o la joven tenga contrato a jornada completa y cobre como corresponde, asunto este que, me temo, no es conveniente tocar porque sería como tocar las narices ahora que el negocio funciona -¡entonces! ¿cuándo? En parte porque sería afear el suculento bocado que significa el turismo en este país -para algunos-, y en parte porque gracias a ello hay miles de jóvenes que pueden trabajar y comenzar a planear un futuro (¿?). Los directamente implicados mejor que no hablen, tampoco se les espera, con trabajar ya tienen suficiente.

Y, ya puestos, imaginen terrazas monstruosas, y más allá, como esas otras que expulsan directamente al peatón a la calzada, pasto de vehículos, haciendo completamente imposible transitar por las aceras. Treinta o cuarenta mesas -supongo que habrá quienes las hayan visto aún mayores- repletas de ocupantes deseosos de ser atendidos excelentemente, ni siquiera bien o con una mínima corrección, los primeros y rapidito, con amabilidad y profesionalidad, sin errores y que luego no se pasen en la cuenta. Una quimera en este país, mucho menos en una hora punta, que siendo como somos se me antojan muchas, y algunas bastante intempestivas.

Decepciona que semejante negocio esté en manos de jóvenes sin cualificar tratados casi como esclavos por unos propietarios que probablemente siempre pretenden aquello de hacer más con menos. Carencias profesionales que cada cual ha de suplir como mejor pueda, se juegan el puesto, de lo contrario regresaran de patitas a la calle. Dándose situaciones de lo más estrambóticas, como cuando el hombre o la mujer que te atiende no tiene, literalmente, ni remota idea de lo que le estás pidiendo; unos no saben qué hacer o cómo actuar, como si no hubieran comprendido o quedándose mirando hacia ningún sitio; aquello de tierra trágame. Los más hábiles sonreirán, lo anotarán y luego preguntarán a sus compañeros más expertos, o directamente reconocerán que lo desconocen o no saben y te requerirán información, algo que, a fin de cuentas, no está del todo mal pero no debería suceder. O si optan por callar y asentir puede que aparezcan con nada de lo que pediste.

Pero en ningún caso es culpa de ellos, por supuesto, sino del tipo que los contrata sin preocuparse por su preparación, su habilidad y corrección a la hora de atender y dirigirse al cliente, su saber estar, su conocimiento del medio -¡bah! tu tomas nota y luego ya se verá; o me lo dices a mí.

Todo ello no evita el enorme desánimo de ver a tanta gente joven -como les gusta decir a muchos políticos, el futuro del país- en trabajos casi esclavos a cambio de -textual- cuatro perras mal pagadas. Qué tipo de país acepta sin rechistar que sus hijos tengan que tragar las mierdas de jefes desaprensivos y sin escrúpulos y sufrir a impresentables con derecho a ser bien atendidos, cuando estos mismos desconocen lo que es una mínima educación. Aunque quiero imaginar que habrá gente que sabe comportarse como cliente.

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Por la tarde

La tarde transcurre gris, apenas calurosa y lenta, adormecida en una espera en la que el tren marca la pauta, detención tras marcha y viceversa, sin causar alteraciones entre el pasaje, más bien ajeno, a sus cosas, las lógicas e inevitables de un tiempo cedido que la costumbre, más bien obligación, hace digerible porque en definitiva no hay otra forma de hacerlo, tanto ayer como mañana, lo que provoca que, una vez asumido el inconveniente reconvertido en necesidad, también puede considerarse ventaja, solo queda llevarlo como mejor parezca, si es con charla y sonrisas mucho mejor.

En cuestión de minutos se ocupan los asientos libres a mi alrededor, casi sin darme cuenta, embebido en cuestiones triviales o poco importantes que facilitan el transcurso de los minutos antes de que lleguen a convertirse en un fastidio. Solo cuando regreso la mirada al interior advierto que una gran mayoría de los asientos lo ocupan grupos de jóvenes mujeres entre los trece y los diecisiete años, siempre a partir de mi nefasta habilidad a la hora de calcular las edades de los demás -¿dónde paran ellos? Mujeres jóvenes que no dejan de hablar, planificar, calcular, proyectar e intercambiar impresiones en un incesante batiburrillo de conversaciones que llena el ambiente del vagón, sobresaliendo algunos retazos y voces algo más altas que ofrecen posibles ideas de temas y preocupaciones, problemas o expectativas para una tarde entre semana que goza de la ligera felicidad de esos primeros días de vacaciones en los que el verano se presenta en toda su plenitud, sin todavía ofrecer las inconveniencias de las altas temperaturas, así que, ya habrá tiempo más adelante para preocuparse por estudios y quehaceres estivales, en estos momentos todo está por comenzar.

En el grupo que tengo justo detrás una voz con una dicción envidiable advierte a las demás de la importancia del documento de identidad, y ante la sorprendente ignorancia o desconocimiento del grupo les censura en qué piensan si olvidan que todavía son menores de edad y puede que allí donde van les pidan la identificación y no las dejen pasar; tenemos que salir siempre con él si no queremos tener problemas. Sonrío, sigue habiendo gente que va más allá del mero pasatiempo, como siempre la habrá -me digo-, previsoras y preocupadas por lo que pueda pasar, tampoco es tan difícil de entender, se trata de perspectiva, de reconocer que no somos el centro del universo.

Levanto la mirada hacia el espacio de las puertas de acceso y advierto a una pareja preparándose, él afinando con cuatro rasgones las cuerdas de una guitarra mientras ella acumula en una mano pequeños bultos y mira de soslayo al siguiente público. Él, bajito y barba, pantalón corto y camiseta negra, ella, algo más alta y cara risueña, casi diría que feliz, adornada con un corto vestido verde que cubre sin delatar, todo menos su juventud. Dice algo de cantarles, de amabilidad y necesidades -esto último lo pone mi imaginación, pues apenas me llega su voz- y de inmediato comienza con la canción. Y en tan solo unos segundos, que no llegan al minuto, el ambiente de aquel vagón cambia de tonalidad y color, comprometiendo al inesperado público en unos acordes y una letra prolija y detallista que se deja oír y disfrutar, más, mucho más de lo que hubiera podido imaginar; ella acompaña en los coros y de pronto aquello no es un vagón de ferrocarril, ni nos dirigimos hacia un destino que nos engullirá como si no existiéramos, millones de nosotros derramándose en una incesante corriente que no deja de alimentar al mismo monstruo que nos da de comer. Y pienso en la suerte, en la que le falta a la pareja cantante, pues esa misma canción podría estar sonando igual de bien en alguna radio fórmula y ellos disfrutando de un buen y merecido reconocimiento, mucho más que las monedas que dejaré caer en las manos de ella y que ambos agradecerán de todo corazón, sin necesidad de que directamente me lo hagan saber.

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Algo más que cine

Se ha utilizado el cine para entretener y divertir -ese fue su origen-, aunque también para obnubilar, arengar y/o manipular a las masas de forma más o menos descarada, sin tapujos, o, en cambio, de forma calculadamente subliminal o mediante personajes e historias directamente dirigidas al subconsciente del espectador, que sale de la sala feliz y sonriente por lo visto, también ignorante, desconocedor de ser un objetivo ideológicamente maleable.

Es lo que sucede con la última secuela de Avatar -y ojo al dato, amenazan con más-, un panfleto repleto de colorines, amén de rebosante de medios técnicos y huera grandilocuencia que cansa a los pocos minutos de comenzada la película. Un pastón de dólares que probablemente se convertirán en un buen negocio y que, afortunadamente, no pasará a la historia del cine. No es que hastíe el exceso de tiros y peleas -la mayor parte de los metrajes de un cine en concreto se dedican a tales simplezas, tan americanas-, es que a estas alturas directamente aburre, por eso suelo adormecerme cuando llegan los disparos y las hostias, sabedor de que el desenlace será impepinablemente el mismo, el previsto. Tampoco tiene el mínimo interés el pringoso documental sobre ballenas que intenta soportar de algún modo semejante nadería. Como no dicen nada los personajes, cansina y torticeramente previsibles.

Pero no es lo dicho lo peor de todo, sino el mensaje reaccionario que rezuma el no guion que pretende argumentar el desarrollo del film. Es como volver a los tiempos de Thatcher, aquella señora que aseguraba que la sociedad no existía, sino que se trataba de un invento de izquierdistas y sociólogos empeñados en razonar nuevas formas de opresión y control social. Para la política británica lo único estable y reconocible era la familia -eso sí, cristianamente patentada-, auténtica valedora de las comunidades humanas. Dicho esto se dedicó a desmantelar de forma salvaje un consistente y efectivo entramado social británico que, tal y como estaba previsto, fue incapaz de soportar la también salvaje financiarización y desindustrialización de la economía; proceso que se propagó a escala mundial y del cual seguimos sufriendo las consecuencias. Para hacerse una idea de aquello todavía pueden, por ejemplo, volver a ver Full Monty o el siempre certero cine de Ken Loach. Pero hay más, la película de Cameron incorpora también un contenido racista que pone los pelos de punta.

Ya desde el principio, con imágenes que se pretenden simbólicas -copia descarada de simplezas y candideces como El rey león– el invento chirría, luego empeora descendiendo a niveles intelectuales de Cletus. Niños haciendo de niños de película -tan previsibles y gastados; obvio-, hombres/padres sintiendo heroicamente que el único sentido de sus vidas es proteger a los suyos y mamás palmariamente secundarias expertas en brujería y misticismos varios, clamar desgarradoramente, rasgarse las vestiduras y, por supuesto, rezar. Se admite que su única equiparación con los hombres es -¡ojo! solo llegado el momento- dar tantas hostias como ellos. El pensamiento brilla por su ausencia. Todo muy básico, muy auténtico, muy primitivo, muy ecológico, muy tribal, muy prehistórico.

Uno echa de menos argumentos tan antiguos -pero tan modernos y sin embargo hoy denostados- como La Comunidad del Anillo, donde Tolkien agrupaba a personajes de todas las procedencia y linajes, capaces de  trabajar conjuntamente por una causa común, más allá de individuos, familias, tribus o naciones, reconociendo en el mal, que no tiene rostro y a la vez es capaz de disfrazarse con todos los existentes, allá donde estuviere o se manifestase, como el único enemigo a derrotar.

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Qué importancia tiene

A la hora de escribir habitualmente me gusta hacer balance sobre lo escrito intentando no cargar las tintas o parecer exagerado en cuestiones que en el fondo nada tienen que ver con la propia escritura, aunque al fin y al cabo un lector inteligente reconoce a primera vista dónde apoyarse y de qué prescindir, porque es el lector quien hace la lectura. También es cierto que en otras ocasiones simplemente se trata de lo que hay, o despistes; por estar tan metido en el tema que uno no ve más allá de lo que está escribiendo o porque no he dejado el tiempo suficiente para releer y corregir lo que luego son errores garrafales que en nada ayudan. Cada cual ha de apechugar con sus limitaciones tratando de que no enturbien lo que pudiera estar bien hecho, o decentemente hecho.

Pero hoy la noticia, si es que puede considerarse tal, me lo ha puesto a huevo, como suele decirse; decía así: La nueva Ruta Quetzal baja el listón para los chicos para evitar que el 87% de participantes sean chicas. Además, en algunas autonomías como Galicia, Cataluña y Valencia, una vez hecha la selección de expedientes escolares, los chicos simplemente no existían.

Me parece toda una declaración de principios respecto a la sociedad que tenemos, a los valores que priman entre quienes tienen en sus manos su futuro, ¿qué más hace falta? Qué mejor muestra de una sociedad que el nivel educativo de sus jóvenes.

Claro, hay quien dirá que eso no es extrapolable, sobre todo hombres, esos que copan los puestos dominantes y de dirección sin que nadie les haya preguntado antes si estaban capacitados, o al menos si tenían alguna idea de lo que se traen entre manos -al margen de enriquecerse por todos los medios posibles, da igual si civiles o criminales. Pregunta más que inconveniente para quienes están habituados a esa discriminación basada en los atributos de toda la vida -sexo, poder y dinero-, y no precisamente intelectuales.

Entre las muchas preguntas que sugiere la noticia está la de ¿en qué piensan los chicos? En follar, jugar al fútbol, en la violencia como único medio de hacerse valer, en imponer una falsa superioridad que solo se da entre los brutos y que el resto ha de aceptar porque sí. Sirviéndose de tradiciones y valores religiosos -como sinónimo de machismo- que afirman que el hombre es el rey de la creación y como tal hay que reverenciarlo.

Me gustaría que todos aquellos que denuncian las recomendaciones positivas favorables a quienes no son hombres, blancos y tarugos hicieran algún comentario, aunque mejor no, dadas sus flagrantes limitaciones asegurarían que la noticia no es ejemplo de nada; se trata de estadísticas tendenciosas o directamente manipuladas, o hechas por cuatro pirados intentando hacer negocio a costa de nuestros jóvenes; en el fondo una amenaza a eliminar porque puede sentar precedentes. Aunque no debería de extrañarnos, en EEUU un expresidente acusado de casi todos los delitos financieros posibles -de los otros prefieren no hablar- no deja de aglutinar seguidores tremendamente limitados que consideran que la mejor forma de estar en este mundo es con una Biblia -que probablemente jamás han leído- en una mano y un arma en la otra. Y en Italia acaban de enterrar con honores de héroe nacional a un tipo acusado y sentenciado por todos los delitos imaginables que no ha aportado absolutamente nada a la sociedad, bueno sí, más machismo e ignorancia; la corrupción viene a ser la misma, pero ahora sin necesidad de ocultarla al público, lo hago porque quiero y puedo.

Por otra parte, llama la atención la falta de valor de los organizadores de la Ruta Quetzal a la hora de llevar a cabo la realidad de los expedientes académicos, y si no hay hombres pues no pasa nada, mejor dejarlos fanfarronear entre colegas soñando con sexo, violencia, músculos, LeBron o Mbappé, quizás aprendan algo útil, aunque me temo que no, solo divertirse y consumir; en última instancia ya encontraran a alguna desgraciada despistada dispuesta a darles de comer, lavarles la cara y limpiarles la mierda que van dejando. No hay mucho más.

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