En el teatro

Hubo alguna voz alta -que no llegó a grito- al comienzo de la representación, a la que no di importancia porque interesaba más atender a lo que sucedía en el escenario sin distracciones. Tampoco recuerdo cuánto tiempo había transcurrido cuando, por necesidades del propio espectáculo, se encendieron las luces de la platea  y un tipo se levantó de forma airada, un par de filas delante de la mía, espetando en voz alta un, más o menos, “…si Calderón lo supiera” -como esa nefasta y socorrida coletilla del …si levantara la cabeza- que no supe interpretar si como advertencia o amenaza. El caso es que aquel personaje abandonó la sala ofendido y con malas maneras, seguido al instante y en silencio por dos mujeres sentadas cerca pero no junto a él, tan obedientes como mudas, a las que no pude ver las caras, como tampoco del insultado señor, porque les tenía de espaldas. Salvo este, digamos, incidente, la representación prosiguió con normalidad para disfrute del respetable, al menos eso creo, como lo fue para disfrute mío.

Habíamos asistido a un buen espectáculo, con la dificultad añadida que supone adaptar en los tiempos que corren una obra del ínclito Calderón –La vida es sueño– y que no chirríe, intentando darle un toque de actualidad que haga el verso algo más vivo si cabe -y para mí que lo consiguieron-, tanto a la hora de disfrutar de su placentera escucha como de su clara dicción a cargo de unas interpretaciones tan convincentes como bien declamadas. Una puesta en escena que, no teniendo nada que ver con lo que en principio se supone debe aparecer en el escenario en una representación teatral del Siglo de Oro español, permitía al espectador no perderse en inventos y novedades que en ocasiones dificultan el seguimiento y comprensión de la trama, sobre todo para quienes no la conozcan de antemano. En definitiva, una buena representación que lograba lo más importante, que el paso del tiempo no se notara a la hora de hablar de las pasiones y sentimientos humanos. Básicamente porque el sustrato sentimental y emocional de los hombres de ambas épocas son el mismo.

Se trata de ese teatro -como sucede con la literatura- que tan bien soporta el paso del tiempo. Ese es su mérito. Pero, en cambio, ¿qué pensaba el… dinosaurio que abandonó airado la sala al poco de comenzar la representación? ¿En qué mundo vive? ¿No se pueden leer o disfrutar los clásicos -cualesquiera- si no nos vestimos con togas y/o jubones y portamos lanzas o espadas? ¿Quién y con qué intención pretende fijar y/o reducir excelentes textos teatrales y literarios al tiempo en el que se crearon? ¿Para qué? ¿Cómo entiende esa gente su valor? Es cierto que algunos no admiten revisiones o relecturas porque se quedaron allí, incapaces de salvar el demoledor paso del tiempo, esa es su derrota. Pero no todos, porque hay algunos, los mejores, que nada tienen que ver con objetos inútiles o completamente muertos, al contrario, sino que con cada nueva lectura, o representación, regresan al presente casi con la misma fuerza y vitalidad que entonces. ¿Dónde está la inteligencia a la hora de sumergirse, apreciar, relacionar y trasladar a la actualidad temas y tramas, su prosaica y poderosa humanidad? Esa inteligencia activa que con cada nueva lectura renueva el valía y la vigencia del texto. Más, ¿a quién vota pensamiento tan reaccionario?

Con esto me viene a la memoria el brevísimo cuento de Augusto Monterroso; y es que los dinosaurios nunca su fueron, siempre han estado ahí, amagados y al acecho, aguardando su momento. Que los sueños de una humanidad más justa y menos cruel nos haya impedido tenerlos presentes no significa que hubieran desaparecido; y no se trata de que de vez en cuando tropecemos con ellos en el teatro, incluso han vuelto a resurgir en la política mundial. Nos toca seguir remando, el mar ha vuelto a encresparse.

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