Comer

Costó lo suyo conseguir una mesa para comer a una hora prudencial, sin que necesariamente fuera a primera o a última o con la condición de dejarla libre en un tiempo que los propietarios consideran apropiado para volverla a ocupar con otros menos exigentes. Si no estás por la labor de comer cualquier cosa en cualquier sitio, si consideras que el hecho de comer implica algo más que ingerir mecánicamente una serie de alimentos con tal de satisfacer la propias necesidades fisiológicas, cada vez más es difícil encontrar una mesa sin haberla reservado con anterioridad. Da igual el lugar donde vayas o estés.

También es cierto que para muchas personas comer se ha convertido en otro episodio más de consumo que hay que solventar de manera rápida y eficiente, nada que ver con el acto social que reúne a amigos, conocidos o desconocidos con la excusa de una necesidad ineludible, se sientan y departen más sobre lo humano que sobre lo divino -que también-; con brevedad, debido a las circunstancias, o largo y tendido puesto que en parte de eso se trata, de relacionarse y compartir, y prolongar hasta que la prudencia de las buenas costumbres y el respeto hacia quienes nos han atendido nos advierten de que conviene dejarles su tiempo y respirar.

Finalizada la comida y una vez en la calle, engatusados por la bonanza del tiempo, coincidimos en que lo mejor era pasear un poco al azar, nuestro próximo destino quedaba algo lejos, no teníamos prisa -y si la hubiéramos tenido probablemente no hubiera merecido la pena- y la tarde invitada a disfrutarla. Hay momentos que es mejor aprovechar tal y como vienen, recrearse en ellos antes de que sea tarde y las ineludibles obligaciones, reales o impuestas, nos lleven con prisas de allí; las calles lucían soleadas y bulliciosas, y era un placer dejarse acariciar por un sol que va dejando las calenturas para el año venidero.

Mientras avanzábamos otros más perezosos, indolentes, inquietos o despreocupados llenaban las terrazas haciendo lo mismo que nosotros acabábamos de hacer; prácticamente repletas, como si la hora de la comida se estirara sin fin a lo largo de la tarde, hasta el punto de que llegué a dudar de que aún existiera una hora aproximada para comer, puesto que en la realidad que tenía delante la hora del almuerzo parecía haber desaparecido. Una enorme cocina permanentemente abierta en función de caprichos e intereses en los que solo cabe el negocio, todo aquel o aquello que pueda generar beneficios, sin trabas ni horarios, sin peros con tal de cobrar y hacer caja.

A medida que recorríamos o cruzábamos calles y esquinas las terrazas se iban sucediendo casi ininterrumpidamente. Cambiábamos de zonas y barrios y también variaba el orden, el protocolo y la elegancia de las mesas, desde manteles y servilletas de tela, amén de una correcta colocación de los cubiertos, hasta una simple hoja de papel publicitario sobre la que reposaban unos cubiertos enguantados en una servilleta, también de papel; los platos dejaban de parecer elaborados y perdían presentación, convertidos en pan relleno en sus múltiples variedades asfixiado por las inevitables patatas fritas. El vino y el agua eran sustituidos por los refrescos y las cervezas, las copas se habían evaporado dejando paso a botellas y latas consumidas “a morro” por el poco exigente cliente de turno. Como también variaba el atuendo de los comensales, desaparecían las camisas y los vestidos más o menos cómodos, vistosos o elegantes sustituidos por camisetas decoradas, pantalones cortos y cualquier cosa con la que cubrir o proteger los pies de la suciedad del suelo.

Como imaginaran, también iban cambiando los precios, desde primeros y segundos por cantidades de dos cifras a menús completos también por dos cifras, en este caso menores, o mucho menores que el importe de algunos de aquellos primeros o segundos platos que a juzgar por los números se prometían deliciosos, aunque solo fuera por caros. Al cambiar los comensales también cambiaba su compostura en la mesa y el correcto uso de las herramientas indispensables para la ingesta, aunque sigue siendo decepcionante comprobar que todavía hay personas, independientemente de su origen y/o pertenencia social, que tienen dificultades a la hora de utilizar con habilidad y soltura cuchillo y tenedor. Más mesas con un solo comensal al final, por la parte más económica, comiendo con las manos y en algunos casos literalmente “abocicados” sobre el plato, como si se tratara de la última comida de su vida.

Creo que comer es algo más que engullir o dejarse asesinar económicamente por un señor al que tratan de artista tipos con un complejo de inferioridad inversamente proporcional al peso de su cartera. Comer también es hablar pero afortunadamente hablar no siempre es comer.

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Candor

Candor, palabra comprometida, poco o nada usada y de significado limpio y claro, lo que implica que el hecho de elegirla como título exige de algún modo cierta responsabilidad en cuanto a conseguir trasladar con ella al texto todo lo que en su momento me sugirió, el motivo por el cual me detuve o me vino a la cabeza a tenor de lo que estaba viendo, a sabiendas de la enorme dificultad que conlleva justificarla en puridad.

Se trataba de mujeres, jóvenes y muy jóvenes de parecida constitución física, más bien pequeñas, hasta el punto de que vestidas de manera similar, también en cuanto a tonos y prendas, todas parecían la misma; y podías ver muchas, casi de la misma altura, el pelo largo y recogido en una cola de caballo básica, con tejidos y hechuras idénticas cubriendo brazos y su estrecho torso, además de una falda larga, tan discreta como púdica, protegiendo u ocultando sus piernas hasta el mismo borde de los zapatos, desapercibidos por anodinos.

Una cartera y un teléfono móvil con teclado en las manos, si, un teléfono que parecía proveniente de otra época. Numerosos rostros y ojos claros y risueños atentos y expectantes, dulcemente ingenuos en sus risas y sonrisas, tantas como cuchicheos y pequeñas conversaciones precipitadas en secretas confidencias. Un continuo baile de idas y venidas que procuraba la accidental formación de esporádicos como calculados grupos que no perdían de vista ni un momento el ambiente de la calle o plaza, fijas en sus objetivos, o ninguno en concreto, necesariamente curiosas, tan inexpertas y relucientes como inocentes; porque no cabía otra cosa que no fuera inocencia tras un primer y sorprendente vistazo que dejaba al extraño, yo mismo en este caso, con la palabra en la boca, sin saber qué reconocible en ellas resplandecía tan fresco como sincero.

Cuerpos y mentes en permanente tensión dispuestos a aplaudir, cantar e incluso bailar músicas y melodías locales interpretadas en una plaza o una concurrida calle como si se tratara del último éxito del momento. Refractarias a una mueca, feo o gesto de desánimo o desconsuelo, tampoco tristeza, o dudas, como mucho, esas dudas de sus pocos años tan impulsivas como trascendentes. Palabras y alegría en sus bocas y ojos siguiendo ávidos a otros grupos, a otras chicas, y sobre todo chicos, como ellas de acá para allá bajo la serena y luminosa oscuridad de la noche. La misma pureza, cuchicheos y excitación que al día siguiente mostraban sus inquietas cabezas sobresaliendo tímidamente por encima de la separación entre mujeres y hombres que parcela la explanada del Muro de las Lamentaciones.

No es que en otros lugares, en las sociedades occidentales por ejemplo, otras jóvenes con sus mismos años no muestren idénticas sonrisas, excitación y pureza, pero desgraciadamente esta sociedad de consumo las vigila, asedia y seduce desde muy pequeñas, aleccionándolas y manipulándolas de forma cruel, abducidas hasta el punto de transformarlas en auténticos disfraces andantes que enmascaran y difuminan, o directamente ocultan y hacen desaparecer, rostros y expresiones reveladoras de la fisiología y alegría más frescas, sepultadas bajo una ansiedad por la apariencia que desvirtúa el resto, incluido aquello que precisamente debería ser lo importante a la hora de reconocernos.

Creo que ahí reside todo. Que en una sociedad -hablo de su parte más ortodoxa- tan austera, estricta e intransigente como la judía aún sea posible admirar tal ingenuidad y pureza, tanto candor en unas jóvenes que recién se asoman al mundo, no deja de sorprender; y no estoy del todo convencido si es para felicitarse. Se trata de un resplandor, de la reveladora e iluminadora brevedad de su estallido, espléndida, feliz y gratificante, motivo suficiente por el que creo que es obligadamente posible dejar a un lado, a la par que necesario, al menos por esta vez, el rudo, opresivo, patriarcal y represor porvenir que les aguarda a estas mujeres, más que un futuro la condena de todo un género en la tierra, designio por el que sus padres se desviven despóticamente conscientes de que su presente se ha de convertir de forma irremediable en el futuro de ellas, de sus jóvenes hijas.

La pregunta pertinente sería quién, por qué y con qué derecho -tampoco vale Dios- es capaz de ensombrecer y cercenar de raíz el maravilloso descubrimiento de asomarse a la vida y al mundo por primera vez, regalos de los que estas jóvenes serán desposeídas inmediatamente después.

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Jerusalén

En la película de Ridley Scott El reino de los cielos, rendida la ciudad, el protagonista le pregunta al vencedor qué significa Jerusalén para los musulmanes, a lo que Saladino responde en primera instancia, nada, para, a continuación y acompañado con un gesto muy significativo añadir, todo.

Independientemente de la veracidad histórica de la película, de la autenticidad o no de los hechos y de la existencia de tal o cual personaje, añadidos dramáticos y recursos cinematográficos aparte, Jerusalén es todo, porque también cabe todo. Una ciudad antigua y moderna en permanente estado de reconstrucción, rehabilitación o construcción pura y dura, atravesada de arriba abajo por un tráfico tremendamente desordenado que no llega a caótico porque tanto la geografía como la ausencia de un urbanismo mínimamente racional permiten lo que permiten, sin concesiones a la seguridad o a la fluidez. Una ciudad donde el comercio es más que una seña de identidad, es la ciudad en sí, ejemplo imperecedero de una de las más características actividades de la cultura humana, da igual la parte por la que el visitante deambule, porque se trata de deambular, más que de callejear; con barrios más o menos delimitados o definidos -o directamente no- donde una población dispar y en apariencia autista ante su peculiar situación, obediente, aleccionada o directamente resignada, se mueve bulliciosa de acá para allá a partir de unas consignas básicas que su propio subconsciente ha asumido como obligatorias o necesarias, tan prácticas cómo finalmente cómodas por lo que tienen de guía rápida de movimiento y actuación.

Una compleja y enredada maraña de zonas -algunas prácticamente inexistentes, tanto a nivel de redes, mediático como social- pobladas por grupos bien definidos que coexisten con el convencimiento de que el éxito de su convivencia consiste en no inmiscuirse donde probablemente ni siquiera se llega a bien venido, basta con mal visto o directamente inconveniente. Una ciudad en parte militarizada en la que las armas a la vista son habituales, no llaman la atención, con lo que ello significa, tanto en lo referente a las vías y accesos, la propia seguridad o a la posibilidad de un imprevisto o accidente del que arrepentirse inmediatamente después de sucedido.

Un parque temático en el que fieles y turistas son llevados y traídos en rebaños, haciendo si cabe el tráfico mucho más embrollado y sofocante, miles de individuos en pos de anhelos y creencias espirituales propias tratadas en muchos casos de la forma más vulgar y despreciativa posible, sin que por ello el visitante se sienta explotado o ninguneado, en última instancia prima su propia fe, deseo o convencimiento, lo que facilita que todo a su alrededor suceda sin verlo, es decir, vaya y venga por encima o al margen, solo preocupado por satisfacer unas pulsiones y devociones que prevalecen por e independientemente de la ciudad. Un lugar fabricado a partir de una serie de historias y leyendas que en una mayoría de casos probablemente no aguantarían un test de veracidad por parte de cualquier historiador medianamente decente.

Una ciudad en la que la calle más moderna y lujosa luce sepultada, apartada de la vista, sin interrumpir el tráfago diario de vehículos y personas.

Pero Jerusalén también es nada, otro ejemplo de ciudad salvajemente atropellada por un poderoso pasado que la obliga a vivir de espaldas a su presente, atrapada entre victorias y derrotas de otros tiempos que, en definitiva,  nunca serán las de hoy, las de sus pobladores. En la que sus habitantes, por el mero hecho de nacer, han de asumir como propios imponderables, lealtades, afrentas, deudas y violencia completamente ajenas a su propia realidad -es más, la fabricarán, así como su futuro, y sin su consentimiento-; circunstancias que marcarán sus vidas de forma definitiva y sin que ellos mismos puedan hacer nada por evitarlo, tan solo asumir la cruz correspondiente, tan sospechosa como tendenciosamente contada, llevándola de la mejor manera posible o directamente largarse de allí. Una ciudad en la que la felicidad se antoja algo caro y difícil.

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Fiestas

Hay quienes viven a piñón fijo, atrás y casi olvidadas las fechas más tempranas de sus vidas en las que el crecimiento es controlado, vigilado y parcelado por los adultos de entonces, obligaciones impuestas a las que prácticamente todos los individuos se avienen, es cierto que sin su propio consentimiento y sin que haya mucho más que hacer, quizás optando por variaciones o alternativas que promuevan o indaguen en otras formas de crecer, ser y vivir el tiempo que nos ha tocado.

Sin embargo, la generalidad de las personas, tras esos primeros años de desconocimiento, aprendizaje y obligaciones se avienen a plegarse a fechas, momentos y celebraciones que de un modo u otro van pautando y fraccionando sus vidas, facilitando la compartimentación en etapas y la parcelación de los consiguientes recuerdos que finalmente acabarán configurando el transcurso de los años. Incluso los hay que celebran y fomentan tales hitos, por rutina, gusto, accesibilidad o aprensión a que la propia vida aparezca como un único camino sin recesos ni zonas de descanso.

Probablemente esta ritualización de la propia existencia es mucho más importante de lo que a primera vista parece, pues permite la reflexión, los análisis y las valoraciones por lo hecho o vivido, las reconsideraciones, rectificaciones, puntos de no retorno y la creación de nuevos u otros planteamientos en algún momento considerados convenientes, inevitables o simplemente necesarios para el buen transcurso de los propios días.

Las ferias y fiestas locales constituyen uno de esos pasos, fundamentales en y durante la infancia, diría que vitales e inolvidables, un antes y un después en el árido año escolar. Le sigue una adolescencia tan equívoca como contradictoria, en convivencia con un amor-odio hacia esos pocos pero trascendentales días que obliga a moverse más por impresiones y temperamento que por convicciones o gustos más o menos definidos. Situación que suele dar paso a un desapego juvenil que en algunos casos lleva casi a su desaparición del panorama personal. Indiferencia o abandono que puede ser definitivo si las circunstancias de la propia vida obligan a alejarte de forma inevitable de lugares y fechas, quizás sin vuelta atrás.

Pasados esos años en los que los instintos y deseos más primarios gobiernan la voluntad se llega a un periodo adulto inicial en el que nunca se acaba de encajar del todo, en parte por el miedo a perder nunca se sabe qué que tanto placer nos procuraba hasta entonces, en parte por todavía no entender muy bien en qué consiste eso de crecer y convertirse y comportarse como un adulto, y en parte por el simple no saber de qué va aquello; algo que prácticamente le sucede a la totalidad, sin que exista un programa o guía rápida para ello, siendo la opción más práctica y elemental que cada cual ha de sortear con lo suyo y decidir durante como le enseñaron o aprendió, con todo lo bueno y malo que ello significa.

Luego se irán acumulando los años, como suele decirse, sin darte cuenta, las fechas, los buenos y malos momentos, los amores, los fracasos e incluso los hijos, dándose una serie de secuencias y alternancias siempre imprevisibles, hasta sorprendentes, en permanente lucha con un hastío creciente que sin saber cómo puede acabar sepultando todo vestigio de ilusión que pudiera quedar en el fondo de un alma cada vez más cansada de bregar sin aprender, de trajinar sin apreciar y saborear lo aprendido, en definitiva, de vivir sin darte cuenta de que es eso lo que estás haciendo. Llegarán más tarde las pausas de los recuerdos, las intercesiones, la añoranza, si cabe, hacia el lugar y las fiestas; la inevitable nostalgia, el redescubrimiento de los años, las repeticiones, también el aburrimiento, más hastío o incomprensión, vuelta a la renuncia, abandono e incluso odio hacia las mismas fiestas que entonces serán utilizadas para huir sin entender que precisamente por permitirnos la huida siguen siendo tanto o más fiestas.

Hasta el punto de ser capaces de resumir nuestra vida en fiestas, así como suena, relajados en un apaciguamiento que incluso tiene hueco para una renovada frescura, el deleite, la participación y el disfrute, que no deja de ser un reconocimiento y reconciliación con nosotros mismos.

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Fronteras

Desde muy pequeños nos hemos habituado a verlas en los mapas, esas líneas que separan colores y que a la inevitable pregunta del niño por su significado algún adulto responsable responde que se trata de países distintos, es decir, lugares donde habitan personas idénticas, con idénticas ilusiones y problemas, que suelen hablar diferente, pero no siempre.

El color también representa a aquel o aquellos quienes mandan y cómo mandan, es decir, otras personas en principio elegidas por sus compatriotas -pero desgraciadamente no siempre- para que dirijan y gobiernen ese trozo de tierra, territorio e incluso continente que, como sucede con las personas, en nada se diferencia de la tierra de al lado.

Luego vendría la literatura, leyendas y epopeyas -todo tipo de cuentos caseros-, mitología ad hoc -por lo de la antigüedad y la tradición- y el resto de la parafernalia simbólica; sacrosanta historia construida a golpe de espada y talón que supuestamente legitima unos poderes adquiridos conveniente santificados por los popes de turno -otros señores dedicados a certificar con toda solemnidad fábulas y ficciones; por lo que viven muy ricamente.

Lo dicho surge a partir de un simple vistazo a un mapa cualquiera, e independientemente de su veracidad y/o conveniencia, se trata de la cantinela que todos aprendemos desde muy niños y que nos predispondrá adecuadamente para posicionarnos en el futuro en cuanto a creencias, opiniones, manifestaciones, ofensas y algunos orgullos que incluso pueden llegar a convertirse en sangrientos.

Pero vivir y moverse por una frontera puede ser otra cosa muy distinta, porque precisamente allí tratas y hablas con personas que consideran esa línea imaginaria -que por supuesto no existe físicamente, ni ven ni les importa- su casa, y han hecho de esa enclave su vida; entonces te das cuenta de que no es para tanto, que de lo dicho nada de nada. En las fronteras no hay líneas ni colores, ni siquiera permeabilidad, las personas que allí viven van y vienen sin preocuparse por los mapas, y las rayas simbólicas o hipotéticas pueden traspasarse tantas veces como uno quiera porque el de al lado no deja de ser tu vecino. Y así cada día, disfrutando de un sinfín de diferencias que en nada afectan a la convivencia, todo lo contrario, además de permitirte hablar y comunicarte en lenguas distintas que representan dos visiones diferentes del mismo mundo, con lo que ello tiene de enriquecedor.

El único inconveniente de tales lugares, fastidio y hasta problema, por el que se crean e imponen líneas, rayas, colores y cerrojos, proviene de otras personas que, originarias de puntos alejados de esas tierras, odian las fronteras; en primer lugar porque nunca vivieron en ellas y las temen, a lo que añadir que tal vez desde pequeños los amedrentaron  con cuentos y mentiras que hablaban de que, allá a lo lejos, donde “nuestra tierra” acaba (¿?), viven otros como nosotros que sin embargo no son como nosotros (¿?), además de tener un aspecto terrible, probablemente violentos y que además nos odian por ser quienes somos, por supuesto mejores que ellos.

Por todo ello y si es posible, lo mejor es acudir directamente donde las fronteras y dejarse acariciar por su trasiego casi familiar, un deambular que en algún momento de la estancia te proporciona la agradable sensación de darte igual el lado en el que ese preciso momento te halles.

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Drag Queen

Siempre he entendido el fenómeno drag queen como un espectáculo entre lúdico y festivo en el que prima sobre todo el entretenimiento. Una atractiva exageración que cualquier persona podría poner en práctica por pura diversión, mucho mejor si se intenta en serio y a fondo, con profesionalidad y todo lujo de detalles, sobre todo frente a la opción cutre y carnavalesca de la misma actividad que, quizás por falta de ganas y presupuesto, tiende a recrearse en la variante divertida y sardónica resaltando la parte más escandalosa y picante del juego, la exageración de los rasgos que más atraen y distinguen a las mujeres vistas por los hombres, parte fundamental del invento.

Lo que nunca he tenido claro son los intentos de relacionar esa actividad artística con cuestiones de género, denuncia, desprecio o minusvaloración de cualquiera de ellos, del femenino por las exageraciones a las que puede dar pie tal dedicación y del masculino por alguna especie de insulto u ofensa hacia la nobleza del género por parte del supuesto rebajamiento implícito en el atuendo de los protagonistas que, creo, solo ven almas tan retorcidas como atormentadas. Es evidente que el ocultamiento o la errónea solución de los propios prejuicios, aprensiones y carencias jamás ha de ser a costa de los demás, fundamentalmente porque los demás no son los culpables de nuestras debilidades y frustraciones.

La relación del espectáculo drag queen con la canción española también se me escapa, nunca llegue a verla del todo, quizás por el inconveniente de haber sufrido durante mi infancia la insoportable monserga localista, cateta y racial que pretendía el permanente y persistente rodillo folclórico de la canción española -al menos así la sufrí, con todo lo que desgraciadamente pudiera haberme perdido por ello-, fomentadora de esa mujer, mujer, de rompe y rasga y con lo que hay que tener, una mujerona que pretendía ejemplificar todo lo patrio y genuino del régimen, sin matices ni sugerencias, una mujer que debía parecer hembra antes que mujer, ya no digamos incluir calificativos y tonos que tuvieran que ver con el valor de lo femenino como sexo independiente.

Como difícil de entender es la prohibición de asistencia de grandes o pequeños a este tipo de espectáculos.

Viene esto a cuento de mi relativa sorpresa, tras la asistencia a un espectáculo de Drag Queens, por la insistencia por parte de los artistas en hacerse reconocer por el público como lo que en realidad son, personas trabajando en lo que les gusta, su preocupante y reiterada búsqueda de aprobación por parte de los asistentes de su honrada actividad frente a unos detractores y perseguidores que probablemente deben sufrir unas carencias cerebrales y de convivencia francamente irreparables. Porque la realidad del espectáculo, concretamente de aquel, fue que disfrutamos con él, unos más y otros menos, pero todos de acuerdo y en consonancia con lo que nos estaban ofreciendo. La estupenda evidencia de un recinto completamente lleno participando en una representación original, divertida y entretenida. Público de todo tipo y edad, mayores en gran parte, que acompañó, cantó y bailó de buen grado con los artistas, sobre todo las mujeres, mucho más desinhibidas e integradas, riendo, coreando y aplaudiendo de lo lindo, aceptando e interviniendo felices en y con cada uno de los números que los artistas fueron desgranando a lo largo de la noche.

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Capital

No hay nada más desolador que la imagen de una ciudad abandonada por sus propios regidores, en permanente asalto destructivo, más que reconstructivo o mejorable, dejada por desidia, codicia, incompetencia o puro desprecio, no solo hacia la ciudad misma sino, y esto es tanto o más importante, hacia sus habitantes; se trata de un hecho más que lamentable, sobre todo si la ciudad de la que hablo es la capital del país. Que donde hubo diversidad, tránsito, comercio, intercambio o reconocimiento ahora el paseante solo vea innumerables obras repetidas -tan solo hace unos años; levantar y destruir para volver a instalar prácticamente lo mismo que había-, suciedad, desperdicios, basuras y olor a podrido hace que te preguntes no sólo por qué o para qué, sino con qué sentido, qué aporta a la convivencia semejante zafarrancho destructivo en lugares que lucían bien tal y como estaban. Dónde paran los habitantes, los vecinos -si es que todavía quedan vecinos-, entre tanto turista que zangolotea cansado y molesto porque la disposición de tiempo le hastía, no sabe qué hacer con él porque el descanso no entra dentro de su temporada de descanso.

Es tal la sensación de dejadez, de rechazo incluso, como si los dirigentes municipales hubieran decidido de antemano que aquellas calles no fueran suyas ni merecieran la pena, convertidas en carreras de obstáculos para quien, como era mi caso, tenía que pasar obligatoriamente por allí para ir donde necesitaba y me aguardaban. Nada que ver con la disponibilidad, habitabilidad, ordenamiento y proximidad de las calles del norte de la misma ciudad, del respeto por el vecino o el transeúnte casual que en aquellas se agradece. Comparada con la imagen que ofrece el centro de la capital cualquier gran centro o zona comercial en las afueras parece el paraíso, allí puedes encontrar lo mismo, y más, con mucha más comodidad y respeto hacia el visitante, además de muchas otras opciones para pasar e invertir el tiempo que te apetezca.

Desconozco cuales son los motivos que intento no suponer malintencionados -aunque esto último quizás sea mucho suponer; ¿siempre se trata de codicia?-, para desarmar una ciudad haciéndola invivible e intransitable; qué se pretende transformando calles y edificios en un laberinto para zombis moviéndose como descerebrados de acá para allá, haraganeando, derrochando y consumiendo basura que no va a permanecer en su recuerdo mucho más que en sus estómagos, o tan solo como aquello tan malo o tan feo por lo que no voy a volver a pasar.

Alguien ha decidido convertir la capital del país en una especie de engendro que ni siquiera llega a parque temático, un laberinto de consumo made in china y lujo carcelario y egotista, una vulgaridad grotesca y despreciativa hacia las personas conviviendo con un lujo espantapobres que tampoco llega a lujo porque es lo más parecido a un desierto comercial por el que transitan mafiosos, corruptos y beduinos en permanente estado de alarma, sospechosamente pendientes de sus espaldas porque tampoco saben qué hacer con lo que dicen que poseen, aparte de ocultar y proteger celosamente -que prácticamente es como si no existiera- por miedo a los que son como ellos, que no al resto de los mortales.

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Aborto

Estas letras surgen a partir de una conversación en la que una de las partes se cree en un nivel y con una razón superior, más importante y definitoria que las otras. Mal asunto.

No deja de resultar curioso que personas que ignoran las numerosas y diarias muertes de otras como ellas, o directamente no les importan ni preocupan, por pura indiferencia, desprecio, desdén hacia cualquier tipo de intercesión u omisión de ayuda por su parte, clamen contra el aborto como si se tratara del peor de los males. Mujeres y hombres que, confinados tras sus creencias y derechos, ajenos, insensibles e incluso burlones con las vidas de sus semejantes, de pronto se rasgan las vestiduras porque algunas mujeres, en el legítimo uso de derechos tan merecidos como los de aquellos, deciden que no están dispuestas a mantener esa vida que crece e impepinablemente depende de ellas. No vienen al caso los motivos implicados en tan difícil y dolorosa decisión, ya sean voluntarios u obligados, elegidos o desgraciadamente ajenos, impuestos por otros o en permanente conflicto con la propia voluntad -conflicto del que solamente la misma mujer puede responder a partir de sus dudas y sufrimiento.

No es de recibo que personas habituadas a hacer de sus creencias y derechos su bandera intenten imponerse a otras insultándolas, acosándolas o amenazándolas con una violencia en ningún caso pertinente ni legal. O sí, pero en ese caso estaríamos hablando de desprecio, sumisión, opresión y explotación, términos que no conjugan bien con la libertad que supuestamente nos conceden los derechos que todos debiéramos poseer.

¿Dónde quedan los derechos humanos para estos acusadores tan soberbios como irascibles? O solo existen los suyos, por supuesto. ¿Dónde queda el respeto y la comprensión hacia tus semejantes? ¿Quién creen que son para prohibir a otras personas ejercer los suyos? ¿Hacen algo para evitar las muertes que diariamente ocurren en el mundo, tanto humanas como de otras especies animales, o simplemente las ignoran porque nada tienen que ver con sus vidas, ni les importan, incluso intervienen indirecta o voluntariamente, o las facilitan y permiten por desidia o pereza, en algunas o muchas de ellas?

¿Qué significado tiene semejante cinismo? Porque estos buenos samaritanos no andan permanentemente a la carrera bregando, exigiendo y tratando de impedir con su inteligencia, esfuerzo y dinero tanta muerte como existe, una gran mayoría evitable. O es que en el tema del que estoy hablando afecta a un ser inferior y sin voluntad, débil, estúpido y manipulable, es decir, mujeres, ese “segundo sexo” del que hace ya muchos años escribía Simone de Beauvoir. ¿Y quién ordenó los sexos y con qué interés?

Si el derecho a la vida es tan importante para ellos podrían ofrecer las suyas, aunque no merece la pena porque nada solucionarían, mejor su dinero, para que cualquier mujer en dificultades pueda decidir sin presiones y salir por sí misma adelante. Esto último podría ser una opción que en el fondo no tiene mucho que ver con el tema de estas letras, o sí, quizás se trata de los derechos que otorga el dinero, sobre todo en lo concerniente a decidir sobre la vida y la muerte.

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Redención

En la película La ballena, enésima versión del recurrente y manido tema de la redención -eterno problema que al parecer atormenta al pueblo y, por extensión, al cine norteamericano- lo único destacable es el trabajo interpretativo, pasado por los correspondientes efectos especiales, de Brendan Fraser, el resto se trata del postrero intento de liberación, vía heroica expiación, de un ciudadano corriente que ante el inevitable fin de sus días opta por un sospechosamente valeroso y desesperado -amén de cinematográfico- gesto de reconciliación con sus semejantes, fruto de un momento de lucidez con el que pretende ser, repito, redimido, querido y recordado. Comportamiento y situación que no dejan de ser otro acto o gesto univoco muestra del mismo alejamiento egoísta que ha regido la vida del sujeto en cuestión, realidad que en última instancia se pretende edulcorar o abandonar obligado por lo inevitable de los acontecimientos. Pero para que tal redención sea merecida ha de justificarse de algún modo, y lo que antes parecía una vida egoísta y caprichosa ahora ha de iluminarse incuestionable, desesperada o enternecedora, incluso merecida por causas o situaciones ajenas que obligaron al protagonista a dar esos esforzados pasos que solo los elegidos pueden llevar a cabo. Vida al fin dispuesta para un juicio benigno y condescendiente, también compasivo por parte de quienes jamás merecieron compasión de su parte, incluidas las correspondientes vidas perdidas o destrozadas que este oportuno acto de expiación pretende satisfacer o calmar, felizmente agradecidas a esta nueva y mágica conciencia que el paso de los años ha reimplantado en la, al parecer, siempre atormentada mente del protagonista.

Un intento de redención que, por ejemplo, Clint Eastwood ha explotado hasta la saciedad mostrándonos en sus películas a individuos, tan aislados y libres como desdeñosos y calculadores, que en situaciones extremas o en las etapas finales de sus vidas de pronto se muestran sorprendentemente sensibles y preocupados por las consecuencias de sus propios actos, dispuestos a redimirse ante el mundo y sus víctimas de siempre, ahora mágicamente reconocidas como iguales; mejor si se trata de una heroica expiación con signos de posteridad.

Cada una de estas muestras del heroico carácter individualista norteamericano es supervisada -directamente mencionado o subrepticiamente elidido- por un vigilante supremo, fatum definitivo y definitorio que en última instancia todo lo ve y dirige, hasta los actos más odiosos o aparentemente irrelevantes que, por fin, revelarán un significado y sentido ocultos que de algún modo ayudarán a que el futuro redimido protagonista encuentre la siempre autoconvincentemente amañada razón de su existencia. Se trata de mismísimo Dios de la Biblia, versión el Dios cristiano que figura en los billetes de dólar o protege la cruzada salvadora del heroico Donal Trump y su América primero.

Y como tal funciona esa blanca luz celestial, sagrado colofón, que cierra la miserable vida del protagonista de la película con la que comenzaba estas letras.

Ese mismo Dios etnocéntrico, cruel y vengativo -no tienen nada más que recurrir a las páginas del famoso libro y comprobarlo por sí mismos- celoso de los suyos y su sangre, de sus tradiciones y su única y exclusiva verdad.

Que la religión venga impregnando de forma tan absoluta cada una de las actividades de la vida diaria -empezaba hablando de cine- puede acabar convirtiéndonos en intransigentes talibanes de lo nuestro, colocándonos en situación de igualdad frente a aquellos de los que supuestamente nos pretendemos defender por sentirnos amenazados. Situación social que se manifiesta políticamente a nivel mundial por el auge de una extrema derecha que a falta de argumentos, ni los tiene ni le importan, solo objeta unas tradiciones basadas en la santidad de la caverna y la cachiporra.

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Creativo

La habré pasado por alto en multitud de ocasiones, caminando por cualquier lugar o ciudad, desapercibida, leída como se leen publicidad y anuncios callejeros, o carteles informativos o turísticos. Pero en esta ocasión, no sé por qué, me detuve en ella y de ahí estas letras. El letrero o información hablaba de espacio creativo, siendo esta última palabra, creativo, la que, para variar, llamó mi atención -en buena hora. No hizo falta mucha memoria para vislumbrar algún que otro momento en el que la palabra creativo se fomentaba como algo importante para el público o posible cliente, ya fueran espacios creativos -ahora mismo no recuerdo a qué se refería-, guarderías, escuelas de idiomas o colegios en toda regla donde aparentemente se fomentan esos aspectos creativos del alumnado, algo que, bien pensado, puede referirse a infinidad de casos y situaciones. Nada que ver con el al parecer simple y comparativamente pobre o peor visto ingenio, tampoco con la invención, de inventar, tal vez demasiado tecnológico y desprovisto de algunos de los supuestos artísticos que, en cambio, sí parece que posee o pueden atribuirse al término creativo.

Estaría bien preguntarle a quienes echan mano de la citada palabra el motivo por el que la esgrimen en la publicidad exterior, qué es exactamente lo que buscan al ofrecérsela al público en general y si constituye un aspecto diferenciador de cualquiera que sea la tarea a la que se dedique dicho negocio. Por qué, como escribía más arriba, nunca es ingenio o invención, algo así como escuela o espacio de inventores, aunque me temo que esto último puede sonar demasiado pretencioso, quizás porque inventar requiere algún esfuerzo, u otro tipo de esfuerzos más científicos. E ingenio es tratada de forma diferente, una facultad de andar por casa, no tan bien vista pero sagaz e inteligente cuando el afortunado poseedor se las apaña para conseguir los resultados más prácticos y resolutivos.

Por ejemplo, ¿MacGyver era ingenioso, inventor o creativo? También podría valer imaginativo, pero eso ya son camisas de otras varas.

Estoy hablando de creatividad y no de los individuos -generalmente niños- en los que se supone o fomenta, porque de eso trata la publicidad, de una creatividad que al parecer está ahí, a la espera de que el experto de turno la encuentre y estimule como corresponde. Pero, y ahora viene la pregunta, o las preguntas ¿qué se pretende decir con creatividad? y ¿todos poseemos en potencia esa creatividad tan bien considerada? O se trata de otro camelo publicitario. Es como decir que todos podemos ser Messi -lo llevamos dentro-, cuando la cruda realidad es que Messi solo hay uno, el resto -millones- han de deambular de la mejor manera posible con lo que la naturaleza les ha concedido; como desafortunadamente también hay quienes vienen a este mundo con lo básico -la casi totalidad-, o sea, que de creatividad nada de nada, lo que ¡ojo! no quiere decir que no puedan ser tan felices como el que más. Además, supongo que hablar de creatividad no tiene que ver con que el niño campe por sus respetos, como un salvaje -niño, pero salvaje-, o se dedique a pintarrajear de arriba abajo las paredes del centro, o restregar, restregarte y restregarse la comida hasta la planta de los pies.

Porque también puede suceder que la criatura caiga donde unos padres que, viéndoles el carnet, todo esté decidido de antemano; así que, de creatividad cero coma cero. De los de atado y bien atado, es decir, mi niño no está para músicas, musarañas, creatividades y todas esas zarandajas artísticas de modernos y perroflautas; con que sea formal y obediente, estudie y trabaje pronto, gaste con moderación -mejor un poco estrecho, sin florituras-, se case con una buena chica y gane un buen sueldo que le procure una buena cuenta corriente que le solucionará todos los problemas de esta vida es suficiente; el resto son tonterías.

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