1954

“Las españolas tienen, sin duda, la belleza más electrizante de todas las mujeres del mundo. Una española es toda solidez, nada menos. Son partisanas incondicionales, soportan las cargas de su pobre nación y con pocas quejas. Curan las heridas de sus hombres, atienden noche y día sus pasiones y necesidades infantiles. Contra todo pronóstico, administran la rutina de millones de familias  desoladas, hambrientas e ignorantes; de hecho, solo por la presencia solícita de las españolas pueden llamarse hogar las casuchas que albergan a esas familias. En definitiva, las mujeres de España hacen de ella una nación.

El esfuerzo y el sufrimiento diarios de esas mujeres dan su escasa estructura a la sociedad española, ellas tejen una red de cuidado y amor en lo que de otro modo sería un paisaje de anarquía sin sentido. Son mujeres orgullosas, mujeres dulces, mujeres que perdonan, mujeres compasivas, mujeres de risa fácil y lágrimas fáciles. El poderoso instinto maternal de las españolas es el ancla de responsabilidad que sostiene el barco de la vida española mientras el hombre balbucea tonterías abstractas en los innumerables cafés llenos de humo.

Son mujeres de extremidades ágiles que bailan, hacen sonar sus castañuelas, zapatean y hacen de una nación por lo demás aburrida un espectáculo emocionante y humano; mujeres que aran los campos; que lavan la ropa en los arroyos del campo; que conducen los carros tirados por bueyes; que satisfacen a sus hombres y amamantan a sus bebés; y que al principio y al final del día se arrastran y se arrodillan con humildad ante las Vírgenes lloronas y enjoyadas en las catedrales oscuras y con corrientes de aire; son mujeres sufridas y resistentes que siguen a sus hombres de sangre caliente en la guerra y en la paz, aunque no entiendan nada de las causas de la guerra y de la paz; mujeres desesperadamente prácticas que se acuestan con hombres extraños para comer mientras sus bebés duermen o lloran en las cunas cercanas; mujeres desnutridas y flacas que huyen del frío de sus casas de hormigón para sentarse en los bordillos a remendar ropa hecha jirones a la débil luz del sol; mujeres desesperadas que envían fiambreras a sus hijas que trabajan en los prostíbulos; viejas solitarias que lloran al recordar a los hijos e hijas que se han ido a buscar su destino en el mundo frío y extraño; mujeres tontas que duermen la mitad del día y pagan a sus criadas cinco dólares al mes y que se acicalan ante sus espejos mucho tiempo y con amor para salir a pasear del brazo con otras cinco mujeres por las Ramblas y no ver afectada su respetabilidad; lesbianas que viven su vida tranquila y apartada a la sombra de las catedrales donde van a confesarse y hacer sus expiaciones; ciegas que se sientan en las esquinas bajo la lluvia o el sol y venden billetes de lotería; mujeres de ojos atrevidos que empiezan a mirarte a tres metros de distancia y te sostienen la vista hasta que estás a su altura; mujeres que invitan a los hombres a sus camas sin un atisbo de vergüenza; mujeres pequeñas y tímidas que friegan baldosas de rodillas y cuyos ojos asustados te suplican que no ensucies el suelo que han limpiado con tanta meticulosidad; mujeres hermosas y enjoyadas que beben coñac en los bares y que te dirán con una dulce y triste sonrisa que no saben leer ni escribir; mujeres feas con moretones negros y azules en los brazos por los abrazos de los marineros borrachos; mujeres inflexibles dispuestas a escapar de la soledad cocinando, trabajando, prostituyéndose y muriendo por un hombre; mujeres frágiles y secas que venden caramelos y semillas de girasol y almendras y que a veces mueren sentadas en sus pequeños puestos de madera; mujeres gordas y asustadas que, cuando ven el coche fúnebre negro tirado por dos magníficos caballos negros con penachos morados en la cabeza, se persignan y lanzan un beso con sus dedos índices a la Virgen de su devoción; mujeres altas y de extremidades largas que dan zancadas por la calle, levantan sus grandes pies y los plantan en el suelo con la seguridad de los hombres; mujeres solemnes y reivindicativas que se paran a cotillear en medio de la calle con los brazos en jarra; mujeres jóvenes y devotas que tienen maridos irremediablemente enfermos y que reprimen sus necesidades físicas más profundas mientras su pelo se blanquea antes de cumplir los treinta años; sí, todas esas y más son las mujeres de España. Los hombres españoles han construido un Estado, pero nunca han construido una sociedad, y la única sociedad que hay en España está en los corazones y las mentes y los hábitos y el amor y la devoción de sus mujeres…”

            Richard Wright; España pagana. BIG SUR; Barcelona, 2022; págs. 291-293.

         

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Callar

Lo que en principio apuntaba a una conversación espontánea sobre las próximas elecciones municipales a partir de una breve relación de circunstancias entre adultos quedó en nada sin que hubiera comenzado siquiera. Digo adultos porque entre los presentes no había ningún joven, podía haberse dado el caso, de esos que, a cuestas con su ignorancia -o directamente imbecilidad-, votan a la ultraderecha porque suena radical y se sale de la norma, es decir, rompe con los gastados esquemas bipartidistas de sus progenitores.

A la primera frase sobre un candidato, no recuerdo en concreto quién la dijo, uno de los presentes saltó como si le hubiera picado una avispa, ¡¡ese es rojo!!; otro dijo algo sobre la dictadura sanchista que estamos sufriendo -¡un sinvergüenza!-; y un tercero habló de que no había derecho a hacerle el homenaje que se le hizo a Alfonso Guerra cuando se retiró como diputado (¿?). Fin de la historia. Así, tras un breve como incómodo silencio cada cual recogió sus trastos y nos despedimos hasta el día siguiente. ¿He dicho que íbamos a hablar de unas elecciones municipales en nuestro pueblo?

Por qué o cómo hemos llegado a esto sería un buen tema de análisis, aunque probablemente ya esté visto, analizado y estudiado hasta la saciedad. ¿Por qué ese embarazo, nerviosa violencia, salidas de tono o supuesta indiferencia -que en el fondo es inseguridad y temor- a intervenir en una conversación sobre política manifestando las propias opiniones? ¿Por qué la gente se altera con tanta facilidad o es reticente a la hora de hablar de política en público?

Es cierto que hay personas que prefieren callar sus opiniones políticas por carácter -extraño y difícil de creer, cada cual tiene derecho a pensar y opinar políticamente como crea conveniente-; otros quizás lo hacen por prudencia o respeto hacia sus interlocutores -algo entendible, pero no hasta el punto en el que se hace evidente que la otra parte, o partes, han de escuchar civilizadamente respetando qué y a quien están oyendo. Puede callarse por vergüenza -si uno considera que el lugar no es el adecuado o intuye que la mayoría de los presentes, tan irrespetuosos como infantiles, en realidad no te escuchan, sino que aguardan para saltarte inmediatamente a la yugular cuando oyen que no eres de los suyos-; por miedo o temor -más que probable, la cruel represión durante la dictadura ha calado tan hondo en el subconsciente colectivo que incluso los hijos y nietos de las personas que la sufrieron han mamado ese pavor a decir en público lo que piensan-; otra variante de ese miedo es hablar a gritos, insultando y faltando al respeto. Hay quienes afirman que a nadie le interesa lo que piensan -podría valer pero no se tiene en pie, hablamos de opiniones y, como adultos, cada cual tiene las que le gustan o considera convenientes a su forma de pensar y vivir. Por ignorancia -también y quizás más de lo que imaginamos, puesto que la formación de opiniones requiere un juicio crítico previo más o menos elaborado y/o consistente que implica conocer las opciones, y en función de ese acercamiento o conocimiento formarse una opinión madurada propia, y no todas las personas se sienten capaces y con la actitud, y aptitudes, para hacerlo-; por no mostrar la realidad de tu trabajo y/o procedencia -desgraciadamente, lo normal sería que la gente adecuara sus opiniones políticas a sus orígenes y modos de vida, en muchos casos tristemente inasumibles e incluso motivo de vergüenza, pues son los que marcarán su devenir en este mundo, en definitiva son tu vida, por la que eres socialmente identificado.

También se calla por envidia o rencor, sabiendo que en el fondo es mejor no decir lo que reconoces como una soberana gilipollez. Piensas políticamente igual a quienes envidias, por prestigio, elegancia, dinero o sueños de emulación, sin que tengan nada que ver contigo -incluso actúan y trabajan en tu contra-, pero políticamente te sientes igual, así que mejor no decirlo; por rencor hacia quienes son iguales a ti pero viven y progresan de forma diferente -generalmente a mejor-, entonces tu propia incapacidad o incompetencia -reconvertidas en rencor-, antes que intentar cambiar y mejorar, como aquel, te obligan a callar opinando contra ti mismo. En fin, hay tantos y tantos analfabetos funcionales manipulados por partidos, organizaciones y medios de comunicación que la cosa parece no tener fin, todo lo contrario. O, cómo vas a decir que votas según te dice el cura, eso sí que da vergüenza; al margen de que el cura no te habla de este mundo, que precisamente es en el que vives y votas.

Probablemente habrá más opciones para callar. ¡Ah! ¡Y que no te vean asistir a ningún evento de un partido u organización que no sea de los tuyos! Hay que hacerlo a escondidas porque entonces estás acabado.

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Vuelven

Vuelven las elecciones y vuelven las rutinas de las que nos decimos cansados porque nunca hemos llegado a entenderlas -tampoco las queremos porque requieren esfuerzo e implicación-; vuelven los cuentos y la promesas y vuelven esos sueños que casi siempre acaban rotos; vuelven las sonrisas, sinceras o forzadas, y vuelven la misma incredulidad, envidia y desconfianza de siempre, aunque más cansadas; vuelven las reuniones, fiestas y celebraciones y vuelve el posterior desánimo de la democrática y siempre difícil convivencia; vuelven algunos que se fueron y vuelven en algunos casos sin saber dónde vuelven, probablemente a su infancia o juventud, que no es donde realmente vuelven, aunque no lo sepan; vuelven los fantasmas nunca redimidos y vuelve el humo del sacrificio más doloroso; vuelven las palabras, frases y arengas y vuelven las pausas y los silencios reflexivos que en muchos casos únicamente son ausencia de palabras; vuelven antiguos recuerdos -buenos y malos- y vuelve ese futuro próximo que luego se convertirá en otro recuerdo marchito; vuelven las miradas de soslayo, sospechosas -todavía sin falsear, faltan datos- y vuelve el reconocimiento, allá en el fondo, de las causas de esa misma mirada; vuelven las advertencias, alertas y amenazas -algo con lo que atemorizar, ese temor como sinónimo de duda- y vuelven los miedos, que en la mayoría de los casos solo son falta de certezas, o no tan ciertas como suponíamos; vuelven algunos sueños para que permanezca lo que hay; vuelven las caras bien vestidas, pintadas, y vuelve el ya te he visto, nos conocemos; vuelve la palmada en el hombro y vuelves a darte la vuelta con la mosca en la oreja alentada por un viento que se lleva todo lo que toca; vuelven los que no lo consiguieron la última vez -sin haberse preguntado por qué no eran necesarios- y vuelve lo que tampoco será porque a nadie interesaba; vuelven los amigos -algunos de quienes no te acordabas- o conocidos y vuelven generalmente mayores -también viejos- y gastados, pero no siempre amilanados -aún creen en sí mismos, ahora lo saben, tienen que creérselo-; vuelven las esperanzas abriendo la puerta a los otros desengaños, que son los mismos, o se parecen, porque nosotros también seguimos en el mismo lugar; vuelven las sentencias que se pretenden definitivas y vuelve la próxima vez -otra vez-; vuelven los rencores -o aquella faena- y vuelve la misma mezquindad que también conocemos porque siempre nos falta ese punto de honradez que se nos hace insuperable, como si entonces ya no fuéramos nosotros mismos -eso nos gusta decir para justificarnos-; vuelve esa falsa sabiduría que nunca acierta y vuelve mañana para demostrarnos que nuestra sabiduría se limita a tan solo eso, a mañana; vuelve seguir como estoy y vuelve que al menos me quede como estoy, bien, gracias.

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Reyes

Tras el extravagante y ostentosamente ridículo espectáculo de la coronación del último rey inglés no queda nada, quizás recuerdos o fotografías más o menos interesantes y tan inútiles como la costosa nadería del invento, bueno, tal vez sí, la que dicen primera foto oficial de un tipo con cara de simple mostrando oros, pieles y atributos de un poder tan hueco como indigno, pero que, y es lo que verdaderamente importa, lo hacen más rico si cabe; sin dinero no tendría dónde caerse muerto, como nos sucede al resto de los humanos.

Está bien que los que todavía se dicen y creen reyes, o especímenes reales, organicen semejante sarao para remozar los atributos de uno de los suyos; no hay que dejar pasar las oportunidades para renovar los vínculos con el poder, por si las moscas. En el fondo se trata de poner en movimiento una siempre bien engrasada maquinaria de hacer dinero con el beneplácito, interés y conveniencia de los más cercanos y a costa de la cada vez más extendida estupidez general. Siempre habrá un cretino que perderá el tiempo ante semejante pantomima, y hasta puede que se deje algo del poco dinero que lo mantiene en este mundo. Las oportunidades de hacer negocio son inescrutables.

También es normal que todos los que viven de y a la sombra de ese poder acudan prestos a humillarse ante el elegido, al fin y al cabo se está mejor de ese lado que del lado de los que no tienen nada, y no hace falta ser muy listo para ello, más bien astuto y sin escrúpulos.

Todo bien adornado con las bendiciones de los mejor apesebrados, sagrados señores con vestidos largos que dicen tener de su lado la verdad, un imponderable eterno pero dependiente del correspondiente pago en la tierra por parte del sujeto, o sujetos, sacralizados. Verdad que no deja de ser otra mentira bien contada en la que un numeroso rebaño de desgraciados ponen sus almas con tal de pasar de algún modo las miserias de sus propias vidas, además de soportar del mejor modo posible sus bien merecidos sufrimientos.

Como también es adecuado que quienes se autodenominan medios de comunicación, siendo solo perros ladradores dispuestos a babear por sus amos o, en caso contrario, despellejar a quien no guste o moleste a quien les paga, aireen a los cuatro vientos como si de una gran noticia se tratara la propia memez de la celebración, añadiendo al cóctel una interesada y mendaz historia bien guardada en el cajón de los intangibles; ese cajón de sastre del que se obtienen apolilladas memorias que algún hábil siervo es capaz de hacer relucir como nuevas cuando toca a cambio del pago correspondiente.

Aunque no deja ser curioso que tanta pompa y boato se represente a costa de un pobre diablo del que lo único que se recuerda, más con incrédula y misericordiosa sorpresa que con humano interés, es que soñaba con ser un tampón para introducirse allí donde suelen introducirse, pero no en el correspondiente a su entonces real esposa, sino en el de una amor de juventud menos agraciada y peor vista en su momento. Aparte de semejantes memeces no es que haya mucho más que decir… bueno, que el tipo es enormemente rico, pero no por su trabajo o valía moral o intelectual sino porque vino a este mundo con el boleto premiado, y rascando, rascando, amén de tener la boca cerrada, al fin a obtenido lo que todos le auguraban. A eso se llama buena suerte.

Como no entiendo, y nunca entenderé, que personas normales y corrientes, con vidas más o menos felices, pierdan un segundo de sus vidas atendiendo a semejantes saraos; es cierto que esa indiferencia hacia el evento de la que muchos presumen, o presumimos, no deja de ser otra muestra más de nuestras ancestrales impotencia e insignificancia. No es que haya que organizar una toma de la Bastilla año sí y año también -¿o sí?-, pero en el siglo XXI se le supone a la especie algún grado más de inteligencia que a sus pasados neandertales. Como Groucho Marx decía, más o menos, “partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cotas de la… estupidez”.

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Perdido

El interior de la enorme nave, fresquito, tal y como imaginaba, luce atiborrado de estanterías a la vez saturadas de todo tipo de objetos y dispositivos con diseños y formas inverosímiles, grandes -enormes- o increíblemente pequeños, casi minúsculos. En aquel aparente y solitario silencio se mueven con lentitud curiosos, como él, visitantes y clientes con visible apremio o necesidades evidentes, con clara obligación de adquirir algo de lo que allí se muestra y almacena. En la penumbra de los pasillos priman la calma y el detenimiento, la observación pausada y el concienzudo análisis de cualquiera que sea el objeto que el individuo en cuestión decide recoger de la estantería ante la que permanece detenido. En contraste con la actitud de los presentes imagina que su presencia allí se antoja innecesaria, incluso incómoda para su inocente curiosidad o modo de entretener la espera. En su caso no existe un mínimo interés por lo que allí se expone y vende, principalmente y por la sencilla razón de que no acaba de comprender aquel gigantesco acopio de objetos y su para él desconocida utilidad; quizás porque toda aquella acumulación de usos ignotos no le dice nada, o todo le parece igual, que viene a ser lo mismo. Se ha colado porque fuera hacía calor y la espera al sol no le apetecía, se trataba de buscar una sombra fácil y un entretenimiento que en principio parecía benigno y, ahora que lo piensa, otra cuestión será dar con la salida, puesto que todos los pasillos le parecen iguales, aunque es cierto que no en todos se exponen los mismos objetos. Pero si una cosa sobresale por encima de su completo desconocimiento son los rostros serios y concienzudos de los otros visitantes, su interés y analítica actitud para cualquier cosa que tengan en sus manos, su experta manipulación, mirando y remirando los textos que aparecen en las cajas y envoltorios y girando sobre sí mismo el objeto en cuestión, sopesándolo y valorando sus hipotéticas cualidades y la previsible satisfacción de su uso.

En un intento trata de hacer lo propio y alcanza una caja al azar de una estantería, por imitación, disimulo o sincero esfuerzo a la hora de apreciar valores y cualidades que en principio se le antojan inimaginables, pero por más que gire y escrute el objeto o voltee y revise la caja que lo contiene primorosamente protegido no logra ir más allá de la misma, de unos números y un lenguaje incomprensible; lo que no deja de ser tan inquietante como desafiante para con su pasmosa ignorancia, no saber qué, para qué o dónde. Aunque las personas que se mueven entre pasillos no parecen distintas por su aspecto a él mismo, pero probablemente están en posesión de un sexto sentido o unas capacidades de las que él carece por completo.

Tras dejar el último objeto, más bien pesado, en la estantería y lugar correspondiente advierte de pronto que entre los presentes no hay ninguna mujer, eso sí es curioso -piensa-, pero en la entrada no advirtió ninguna prohibición específica que les impidiera la entrada. Aquel lugar permanece abierto para todo aquel que le apetezca acceder, tanto a comprar o como en su caso curiosear, o simplemente entretener el tiempo.

Inesperadamente ha de esquivar a un tipo que pregunta con evidente preocupación a -imagina- quien parece ser un empleado ataviado con unos colores que se repiten en estanterías y mobiliario. Le interroga acerca de una pequeña máquina de aplicación y uso específicos, insospechados para él, atendiendo con seriedad a las explicaciones del empleado e insistiendo en detalles, números y medidas a las que el joven y diligente experto responde dándole en parte la razón y ampliándole las perspectivas de uso de aquella pequeña maravilla de la técnica.

Y es al finalizar otro largo pasillo cuando, al girar hacia su derecha, ve a un tipo sólidamente plantado en el suelo, piernas abiertas y lo que parece un ancho cinturón -no una canana- ciñéndole la cintura, tal que un auténtico cowboy valorando el posicionamiento y disponibilidad de sus armas, aunque en este caso se trate de una exótica variedad de herramientas estratégicamente encajadas en huecos y pequeños depósitos que florecen del borde inferior del cinto. El tipo se mira y remira en un espejo que tiene delante y sonríe más que satisfecho cuando mueve las manos con rapidez haciendo como si cogiera algunos de los objetos con los que parece ir armado. Solo falta el malo al otro lado del pasillo.

Una vez fuera, cansado de deambular por aquel universo tan viril, comprueba que no, no está prohibido el acceso a mujeres, luego aquello debe ser un templo de renovación y confirmación de los valores masculinos de la especie -de ahí la ausencia de ellas-, un reducto para expertos y elegidos listos para actuar en lo que quiera que ellos consideren, no sé si útil para los demás, o fundamental para el afianzamiento su papel preponderante en este mundo. Ya en el coche observa el enorme cartel que luce en el techo de la nave: TODO PARA EL BRICOLAJE.

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El error

Se cerraba la puerta cuando aún resonaba la despedida de su hijo y la oscuridad del pasillo se espesaba de forma curiosa dejando en su cabeza una rara impresión, más bien una sensación que no parecía preocupación pero que paulatinamente cobraba interés por su misma novedad. De vuelta al sillón en el que permanecía sentada su vista revisaba ahora la amplitud del salón buscando referentes, intentando apoyarse en los objetos que la rodeaban. De algún modo sentía que ella era el lugar, el sillón, aquella casa o una voz preguntando al otro lado de la pared -su marido-; como también una parte de la pareja que acababa de marcharse rumbo a otro lugar en el mismo domingo. Pero esa nueva sensación la hacía desvanecerse, no llegaba a pérdida o ausencia, sino una especie de alejamiento que la anclaba a una situación en la que el paso de uno a cero quedaba casi a la vista. Pero seguía en el sillón, donde el libro sobre sus rodillas, pero no ponía domingo, luego podía ser ayer, también ella, ¿desde cuándo?

Su marido volvía a preguntar desde la habitación de al lado sin que mejorara la audición, seguía sin entender; solo se le ocurrió un no sé poco convincente que no la movió del sitio. ¿Qué hacía allí? El libro, el sillón, la persona al otro lado de la pared, la casa, la pareja que acababa de largarse, el domingo, mañana… mañana ¿qué? No acababa de comprender, si es que había algo que comprender, pero se sentía extraña, incómoda, desorientada, desubicada o incluso por momentos claramente perdida. Irreconocible, si es que seguía siendo alguien reconocible y para quién; no para sí misma.

Su cabeza comenzó a ir hacia atrás buscando puntos, referencias, algo reconocido y reconocible, tampoco sabía qué, algún detalle, también familiar, un gesto, un buen momento, un sueño o tan solo un recuerdo con el que congratularse para lo que fuera que viniera después, o ahora. Pero no, ni descubrimiento ni reconocimiento, tan solo recuerdos movidos, presencias que se evaporaban con mirarlas, momentos que no alcanzaban a breves, lugares que ya no existían o rostros de los que en aquellos momentos ignoraba casi todo; algunas situaciones en las que detenerse pero que se desenfocaban con rapidez, ya no parecían, o se trataba de eso, que tan solo parecían ¿reales? ¿vividas? ¿por ella?

Lo evidente en su cabeza era el transcurso del tiempo, pero ese tiempo era tiempo pasado, tiempo con ella como interprete pero extrañamente sin alcanzar para protagonista; tiempo terminado, así como lugares, personas y fechas, tan solo eso.

Y si el colofón era esto, ella, el sillón, el libro, aquellas paredes… ¿entonces? ¿Se había equivocado? No se reconocía, pero ¿por qué habría de reconocerse si acababa de llegar? De pronto su vida parecía un error -insistía-, una equivocación, de lo contrario cuanto le rodeaba debería serle grato, ganado y merecido, los esfuerzos, las decisiones, las satisfacciones, también las pasadas. Pero no, en el fondo temía el siguiente pensamiento, un y ahora qué con otros tonos, con menos brillo, quizás otras alegrías -¿sí? Tampoco tenía ninguna referencia cercana en cuanto a qué o cómo debería sentirse y nadie a quien preguntar. La persona de la otra habitación en aquellos momentos le parecía un extraño preocupado por cuestiones banales e intrascendentes; su hijo, que acaba de salir por la puerta con la persona que compartía su vida, alguien de quien desconocía casi todo; otra vida desligada de la suya, aunque es cierto que nunca fue suya.

¿Eso era todo? Y ahora aquellas imprecisiones, aquellas dudas, aquel inesperado aguarse lo que hasta entonces parecía consistente y bien asentado, respetable incluso, respetable; pero ¿para qué sirve ahora el respeto?

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Sobre sexo

Para empezar, ignoro si la triste reiteración de los hechos ha creado la alarma o se trata de una insistencia con intenciones de alarma que intenta capitalizar lo que todavía son casos aislados. Porque en la actualidad la diferencia entre alarma, cotilleo, evidencia, intereses -o pura y dura ideología- y/o realidad nunca está del todo clara, puesto que cualquier medio, escrito, audiovisual o directamente internet puede situar en el centro un hecho o una situación que hasta entonces quizás haya pasado desapercibida, o fuera directamente inexistente, sin mostrar sus verdaderas intenciones. Y quien dice medio también dice organismo, partido, mafia o maleante con otros propósitos que en el fondo nada tienen que ver con aquello de lo que la supuesta alarma pretende ser ejemplo. Además, basta que aparezca reiteradamente en ciertos lugares para que de inmediato se abalancen sobre ello centenares o miles de cabecitas adocenadas, con poco o directamente sin nada que hacer o en qué pensar, profiriendo todo tipo de comentarios, exclamaciones y sonidos muestra de su indescriptible y deprimente ignorancia, convirtiendo nada en nada elevado al infinito.

Una de estas últimas alarmas, noticias o realidad es, al parecer, la profusa, confusa y agresiva vida sexual de los más jóvenes y la influencia que la pornografía tiene sobre ella. Que el sexo sea noticia no deja de ser noticia, primera página para una actividad humana para muchos más peligrosa que placentera. Se trata de una recurrencia que tiene que ver con épocas, modos, amenazas e ideologías habituadas al poder, porque pensar siempre ha estado en las antípodas de un sexo concebido como una actividad tan gratificante y dominadora como proclive a la confusión y/o alteración de jerarquías y poderes. Probable y desgraciadamente por ello todavía hay muchas personas -sobre todo hombres- a las que les cuesta compaginar sexo y razón, o les es completamente imposible.

Que actualmente los más jóvenes estén o parezcan manipulados y redirigidos por cualquier medio o intención hacia un sexo violento e irracional en el que prima el poder tampoco es una novedad, y tiene que ver con el bajo grado de satisfacción que esta sociedad viene promocionando como ejemplo de libertad, manejando infinidad de conciencias -sobre todo las más jóvenes- en las que prima la felicidad de lo inmediato. Una “sexualidad libre” reducida a la liberación de los impulsos más básicos e instintivos terroríficamente amenazados por la frustración o el fracaso. Tampoco debería extrañarnos que esto suceda en una civilización levantada y que sigue funcionando a partir de un sexo que siempre ha sido poder, disipado o más o menos controlado y/o permitido. Los matrimonios y las relaciones de pareja existentes aún siguen siendo en su mayor parte a causa del sexo, “legal” pero igualmente orden, poder o coerción.

Con el añadido de que esta violencia sexual entre los más jóvenes probablemente sea vista con íntima satisfacción por una derecha tradicional -en el fondo siempre violenta contra quienes no piensan como ellos-, que solo concibe el sexo santificado y/o domesticado en función de sus patrimoniales intereses o directamente como algo despreciable. Esta alarma, de ser cierta, permanecer e incluso incrementarse, se trataría para ellos de un aviso a navegantes, de por dónde irán las cosas si ese feminismo reivindicativo al que tanto temen e interesadamente ponen en la cresta de la ola de los peligros sigue extendiéndose, luego y como solución habría que volver a encerrar el sexo en dormitorios y confesionarios.

Sexo que en el fondo no deja de ser otra muestra de la libertad que esa misma derecha intenta vender, libertad para poder tomarse una cerveza donde apetezca, llevar a los niños donde los suyos o, también, para crear empresas y aplicaciones pornográficas de libre acceso; otra cuestión son quienes caen en sus redes, probablemente jóvenes con falta de autoestima, dificultades educacionales o provenientes de familias con pocos recursos. Los vástagos de la derecha andan a buen recaudo en colegios mayores, es cierto que a veces sueltan barbaridades por la ventana, pero eso solo es un asunto menor que el dinero puede arreglar. Esta alarma que cierta izquierda pretende mostrar como un problema social probablemente no sea tal, sino un problema y solución únicamente familiares, por aquello de Dios, familia, patria y libre empresa, el resto pueden imaginárselo.

O es que ahora nos va a pillar por sorpresa que el hombre -la parte masculina de la humanidad y dando igual si para violentar o reprimir- siempre ha tenido el cerebro en la polla.

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JCO

No se trata de un descubrimiento o una novedad, los hechos, como suele decirse, hablan por sí solos, en este caso las obras. Pero volver a leer a Joyce Carol Oates es volver a sumergirte en un universo tan personal como denso y conflictivo, tan explícito como sugerente, tan elaborado y complejo, incluso tozudamente cerrado, como evidente y universal; y real, tan real que durante la lectura e independientemente del momento y lugar en el que el lector se halle, no es difícil vislumbrar la realidad que hay al otro lado de la ventana. Y creo que no digo nada nuevo

Completamente sumergido en las páginas de Babysitter llega un momento en el que la misma lectura se eleva por encima de la historia y los personajes cobran una fuerza y presencia que no es nada difícil extrapolar más allá de lo escrito, es entonces cuando el propio lector comienza a atar cabos que se multiplican en la vida real difuminándose hasta perderse entre personas de carne y hueso que alguna vez vivieron o viven junto a nosotros. En este caso la contradictoria complejidad de un universo femenino tremendamente común, tan distinguido y vulgar como roto, tan espléndido e ilusorio como tiránico, tan cómodo y placentero como desesperado, doloroso en su permanente tormenta, desgarrador, liviano, soñador, hermoso, vital, íntimo, como una placentera explosión; tan oculto como dependiente, oropel de desfile travestido en martirio diario con el que levantarse y llevar metódicamente adelante la representación de la propia vida, vivida como un absurdo en la sencillez de su misma incomprensión, en muchos casos como si fuéramos nosotros mismos.

Tal vez por eso cuestiones tales como trama, desarrollo y desenlace pasan a ser condiciones en cierto modo secundarias en el trenzado de la novela, pero nunca superfluas, puesto que te guían y llevan con férrea y literaria certeza; más bien hitos indispensables en los que el lector va apoyándose mientras la autora no cesa de ir derramando inteligentemente sus verdaderas intenciones, su objetivo principal, un objetivo que va más allá de la propia novela, el retrato de una sociedad maniatada, cruel e irracional, en muchos momentos ridícula, y unos tipos humanos que parecen deambular sin sentido más que vivir e, independientemente del lugar y la época en la que se sitúa la acción, alcanzan al lector salpicándole con un denso entre líneas que ejerce de vaso comunicante entre los presentes de él leyente y la autora.

En fin, un auténtico placer, literatura que va mucho más allá del mero hecho de sujetar un libro entre las manos con tal de dejar pasar el tiempo.

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De poetas

El espectáculo, cuentacuentos musical o pequeña concelebración que protagonizan narrador, músicos y asistentes se convierte en pocos minutos, gracias a la sabiduría, profesionalidad y cercanía del protagonista principal, el único que parece, y así lo demuestra, llevar la voz cantante, en una reunión casi íntima en la que las diferencias, problemas y asuntos pendientes que cada cual suele llevar incorporados de pronto han desaparecido como por arte de magia, esa magia que solo la palabra hablada tiene y trasciende sobre y entre quienes saben de su valor, y por ello se dejan acariciar y atrapar por ella sin temor alguno, felices por sentirse voluntariamente prendidos y encandilados por ese verbo que tan exclusivamente nos caracteriza como humanos.

Han pasado unos pocos minutos y parece que llevaran allí reunidos mucho más tiempo, seducidos en una encantadora comunión salpicada de guiños, risas, sonrisas y concentradas muestras de atención que, imagino, incitan y animan al narrador en su placentero y jugoso trabajo. Salvo los inevitables niños incapaces de permanecer quietos y mucho menos mostrar la necesaria, callada y satisfactoria atención indispensable para que aquello siga funcionando; cuestiones y comportamientos que también conciernen a padres despreocupados, poco interesados o directamente despistados que consideran que sus hijos son libres además de acudir donde ellos sin ser preguntados ni informados con antelación, y, desgraciadamente, sin que tampoco sepan cómo comportarse en tales circunstancias. El que un niño sea solo un niño no significa que sea un imbécil, y cuando cualquier padre que mínimamente quiera y respete a sus hijos decide llevarlos a una actuación, reunión o celebración de este tipo lo mínimo que debería hacer sería explicarles previamente dónde y a qué van, así cómo comportarse, puesto que hay otras personas, adultos y también otros niños, que saborearían mucho más espectáculo cuando la atención y el respeto del público permitiera el disfrute en común. Pero también hay entre el público un poeta, otro poeta que no es el narrador, un tipo adustamente vestido que apenas gesticula mostrando una atención que parece dirigida a algo más allá del lugar en el que se halla, por encima incluso, quizás en íntimo y personal contacto con algunas musas que solo personajes de tales características son capaces de advertir y celebrar.

Llega la parte final del espectáculo y el poeta, el narrador, con el público completamente metido en el bolsillo, decide que es hora de que aquellos felices feligreses le acompañen en su cántico, gestos y baile, todos juntos, moviendo al unísono cuerpo, manos, brazos, piernas y pies sabiamente dirigidos por sus palabras. Y, como no podía ser de otro modo, la casi totalidad del público asistente ríe, se mueve, canta y baila al son de la pequeña canción de despedida. Todos no, el poeta, el que sigue entre el público no, solo sonríe con una especie de condescendencia piadosa que no deja de ser una falta de respeto hacia la bendita labor de su colega de escenario, quien no cesa de moverse llevando la dirección del baile y la alegría general; sucede que quizás aquel piensa, y cree, que hay poesía y poesía, y su poesía no es esa poesía que en aquellos momentos hace reír y bailar a quienes le rodean. Entonces ¿cuántas poesías existen?

Finaliza el espectáculo entre agradecimientos y jolgorio general y los espectadores acuden en tropel a felicitar a músicos y narrador, también nuestro poeta; pero él lo hace de otro modo, más de tú a tú, entre colegas, sin mezclas ni torpes confusiones. Porque en el fondo no se siente uno más, sino un elegido, el también hace feliz a sus semejantes pero de otro modo, digamos que desde otras alturas, lo que en cierto modo explica su no participación en el bailable fin de fiesta; divertido, sí, pero otra cosa. Él sí sabe del valor y la importancia de la poesía -¡cómo no!-, pero descender a participar con el público y su alegría, como uno más, eso es otro cantar.

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Reclamación

Llevaba ya más de diez minutos a la espera y la musiquita no dejaba de sonar, estaba cansado, más bien harto, no podía perder su tiempo intentando resolver cuestiones que no dejan de ser un burdo intento de robo y estafa. Que hayamos llegado a esto es algo que no acababa de comprender, que la ley y el gobierno de turno lo permita incomprensible, y que sistemáticamente cualquier empresa se dedique de partida a estafar y engañar al cliente no tiene nombre. No tiene sentido hablar o reivindicar la honradez de un empresariado que sistemáticamente ve al cliente como un estúpido al que hay que desangrar económicamente, de cualquier modo, porque lo más probable es que el timado no lo advierta o se dé cuenta demasiado tarde, y luego tenga ganas de reclamar, da igual si se trata de una cláusula suelo escondida entre la letra pequeñas o el cobro de una suscripción que nunca hiciste. La clase empresarial, menudo atajo de sinvergüenzas. ¡Ah! la ciencia económica, o como estafar al cretino de turno sin que éste se entere. Dios, patria y libre empresa; y menos sociedad, porque la sociedad no existe, se trata de un invento de comunistas y fracasados.  Ahora recordaba aquel conocido que le contó cómo le suscribieron a traición a un gimnasio ¡chipriota!; casi doscientos euros el primer pago y después cómodos sesenta euros al mes; ni que decir tiene que jamás había ido a Chipre y ni mucho menos tenía pensado hacerlo, unido a que la cuestión física le traía más o menos al pairo. No recordaba ahora el dinero que perdió porque la compañía telefónica no se hacía responsable de algo que el directamente jamás había hecho. En estos momentos nuestros comerciales siguen ocupados, permanezca a la espera -volvía la musiquita. Este tipo de violencia merece ser contestada con más violencia, y para quienes no disponen y/o desconocen las refinadas técnicas de la violencia económica lo mejor es la violencia directa como respuesta; destrozar instalaciones o quemar edificios, nada de no pagar para que luego aparezcas en todas las falsas listas de morosos y no puedes tomarte ni una cerveza sin que te lleven preso. Hacerlo como si también fuera letra pequeña.

Buenas tardes. Me llamo Rosana, ¿en qué puede ayudarle? Al fin. Por sorpresa y en lo mejor de la quema. ¡Ah! ¡hola! buenos días. Llamaba porque en la última factura ustedes me han cobrado un servicio que yo no he contratado… ¿Me dice su nombre y DNI, por favor? Cándido Inocente. Y mi documento es 6.7490294P. Un momento, por favor. Espero. ¿Sabe que ahora estamos ofreciendo a nuestros clientes un seguro de accidentes excepcional? En caso de fallecimiento… Gracias, no me interesa; de momento no pienso morirme. Pero tenga en cuenta que nunca se sabe lo que puede pasar. Déjeme que le diga lo que le ofrece y verá cómo… Le he dicho que no me interesa. Aquí aparece. Usted contrató el servicio el pasado día 2… ¿A qué hora hice tal cosa? Aguarde… a las 02,34 del día 2. Le digo que yo no lo he contratado, al margen de que a esa hora suelo estar durmiendo… Lo siento. Pero aquí aparece que usted realizó la encuesta de inscripción respondiendo a todas las preguntas. Entonces yo no puedo hacer nada. Le estoy diciendo que yo no he contratado eso en mi vida… Quizás no lo recuerde, o fue alguien de su familia. De este teléfono solo dispongo yo… Pero si no le interesa aquí dice que debería rellenar un formulario con los motivos para su… Le estoy diciendo que yo no he contratado eso en mi vida…  Aguarde un momento que busco… Mientras puedo informarle que en caso de fallecimiento el seguro de accidentes le ofrece dos millones de euros de indemnización… ¿No me ha oído? De momento no pienso morirme… Pero su familia… Vivo solo. Y, por favor, déjelo ya… También tiene… ¡Oiga! ¿oiga! ¿Usted me entiende? ¿Habla español o es un poco corta? Señor, yo no le he faltado al respeto, no hace falta que me hable así, le oigo y entiendo perfectamente. Yo solo hago mi trabajo. ¿Y su trabajo consiste en no escuchar a quien le habla -como si tratara con un imbécil que no sabe dónde tiene la mano derecha-, no dejarle hablar, darle largas e intentar meterle algo que en mi caso no le he pedido y ni mucho menos necesito o me interesa? ¿Y le pagan bien por ningunear al cliente y tratarlo como si fuera gilipollas? Porque si lo hace por cuatro perras lo siento por usted. Le dije al principio que no me interesaba nada de lo que me está ofreciendo. Lo que quiero es que me solucione lo que ustedes me han cobrado sin mi consentimiento… ¿Oiga? ¿Me escucha? ¡Joder! ahora me ha cortado…

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