Malas prácticas

El camino de vuelta era largo, no tenía prisa y la meteorología me permitía caminar abrigadamente cómodo, muy a gusto. Tenía tiempo para darle vueltas a muchas de las cosas que acababa de oír, más, también a sacar algunas conclusiones que a medida que mis pasos me llevaban de regreso fluían con curiosa facilidad. Cuando hablamos incorporamos a nuestro discurso nuestra propia vida, sin necesidad de nostalgias, recuerdos o batallitas de otras épocas, basta con contar cualquier cosa de nuestro día a día, o comportamientos y reacciones a situaciones tan normales como las relaciones con nuestros propios hijos, dónde transigimos, qué aceptamos -que en otro momento jamás hubiéramos hecho-, qué permitimos y en qué callamos por prudencia, o porque prima el cariño por encima de unas circunstancias que, siendo también nuestras puesto que las vivimos, somos unos de los protagonistas, sin embargo actuamos como si no nos pertenecieran, cediendo y callando ante hechos y situaciones que sí merecen nuestro comentario -cuando probablemente existe en el otro lado de la discusión otra persona en nuestras mismas circunstancias que en cambio decide no callar y tratar de imponer su voluntad.

Callamos por prudencia, como dije más arriba, porque no nos digan entrometidos, por miedo a ser censurados, puede que despectivamente, como si ya no perteneciéramos a este mundo y hubiéramos de permanecer en silencio cuando antes jamás lo habríamos hecho porque directamente aquello estaba mal o es claramente injusto, y perdemos al permitir que circunstancias y situaciones que no deberían repetirse, injustas, repito, prevalezcan gracias a nuestro negligente silencio. Intentamos pasar página con rapidez por miedo a ser tachados de carcas o antiguos, o directamente dejados a un lado, ridiculizados o desahuciados como intransigentes provenientes de otra época. Pero es probable que en muchos de esos casos los hechos sean tan malos o desafortunados como lo fueron antes, o siempre, y nosotros somos mayores pero seguimos conservando la lucidez. Porque, recuerdo, siempre hay al otro lado alguien que decide no callarse e imponer su voluntad. Mal por nuestra parte.

Y, como decía, una de las realidades en las que solemos fracasar tiene que ver con nuestros propios hijos, no en cuanto a su educación, enseñanzas, prioridades y valores que en el grupo de donde venía, creo que sin equivocarme, eran claramente respetuosos, tolerantes, democráticos y universalistas, totalmente contrarios a la violenta y reaccionaria intolerancia de una dictadura a la que sobrevivimos casi a punto de la asfixia. Algunos de ellos aún andan buscándose por medio mundo, otros, tal vez menos intrépidos, formaron una familia y sentaron la cabeza de la mano de un trabajo más o menos decente; como también los hay que, más inquietos e inteligentes, hoy dirigen importantes departamentos en multinacionales internacionales. Varios directamente relacionados, también mediante vínculos familiares, con empresas, familias y personas en las antípodas de nuestra forma de pensar y ver el mundo. Y es precisamente en ese terreno donde se evidencian formas, comportamientos y cuestiones con las que toca transigir a costa de no enfangar unas relaciones en las que irremediablemente pasa a primar el cariño por encima de cuestiones que fueron, siguen siendo y siempre serán injustas, intolerantes o directamente reaccionarias.

Indudablemente, como adultos tenemos derecho a constituir nuestro propio mundo y familia, pero ¿hasta el punto de hacer, pensar y comportarnos de forma totalmente contrarias a lo que nos enseñaron? ¿obligando a nuestros propios padres a callarse o dejarlos a un lado por recordarte, como tú bien sabes, que lo que estás haciendo contradice lo que aprendiste, no es justo o directamente está mal? Porque es muy probable que del otro lado haya una empresa, una familia o una persona que intenta sin ningún recato imponer sus puntos de vista, que se aceptan sin preguntar a costa de censurar y en algún modo obligar a callar a los que parece que ya no son “los tuyos” porque no tienes ganas de problemas.

Hijos que “serán abducidos por el lado oscuro” de una sociedad cada vez más cruel e implacable, olvidando sus orígenes y en muchos casos desgraciadamente pasándose a convertir en defensores de los enemigos directos de los progenitores que los educaron con todo el cariño del mundo, a los que es preferible hacer callar u abandonar con tal de no tenerlos que oír.

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Viajando

Allá donde mires ves a alguien tirando de una maleta, casi diría que da igual el lugar y la hora del día, donde habitualmente resides o donde tú también viajas, sea cual sea el motivo. Como si se tratara de una epidemia convertida en necesidad casi vital, obligada, porque no hay cosa más añeja y en cierto modo incomprensible que ocupar permanentemente el mismo sitio -o sentirse orgulloso por ello. Da igual el sexo o la edad, aunque es cierto que hay un sector de la población, masculino, para ser más concreto e ignoro si cada vez más minoritario, que se resiste a moverse por cuestiones que tienen mucho que ver con sensaciones propias de inseguridad, dominio, complejo de inferioridad, temor e incluso pérdida de poder. Como aquella pasajera del tren que a los comentarios y preguntas de la amiga que ocupaba el asiento contiguo, mostrándole imágenes de los últimos lugares que había visitado, respondía con un lánguido deje de resignación que claramente contradecía el sincero convencimiento que intentaba darle a su afirmación que al suyo no le gustaba salir, es más tranquilo, más casero, está muy bien en su casa y dice que no se le ha perdido nada fuera, y ni hablar de salir al extranjero y que no te entiendan. A lo que la otra no contestaba, ni directa ni indirectamente, sino que proseguía con las anécdotas y descubrimientos que a ellos sí les proporcionaban los viajes.

Indudablemente no hay nada como salir de vez en cuando del propio nido para saber cómo es y viste el mundo -incluso a pesar de la secreta solvencia con la que uno cree saber cómo es y funciona lo de ahí afuera, o la parca y mustia indiferencia con la que se asume-; cómo come y se comporta, en definitiva, cómo son y viven tus contemporáneos. E independientemente del negocio que ello implica para las empresas relacionadas con el turismo y los viajes, siempre es mejor renovar el aire propio que permanecer como si el mundo se limitara a ese reducido lugar en el que se desenvuelve tu día a día -¡ojo! que también. Abandonar la cómoda seguridad de los lugares conocidos y las personas bien identificadas a cambio de la incertidumbre de ir allí donde desconoces en ocasiones casi todo; incertidumbre que en la actualidad no impide la posibilidad de una exploración previa, vía internet, del lugar o lugares donde piensas acudir. Aunque sin la necesidad de llegar al extremo del tipo que en una comida de trabajo se jactaba contando entusiasmado cómo disfrutaba cuando al llegar al destino planeado el lugar coincidía ciento por ciento con las imágenes que previamente había visualizado en la comodidad de su refugio hogareño, tan reconfortante, además de hacerte sentir mejor y más seguro al comprobar que la realidad se mostraba exactamente a como la habías memorizado; sabes dónde te hayas y qué vas a encontrar, también la mejor hora para acudir a monumentos, museos o restaurantes -costumbre o virtud, o éxito, tal y como el tipo lo sentía y contaba, que en aquel momento a mi no me parecía tal, como tampoco ahora me sigue pareciendo.

Pero al margen de manías y/o temores, o falsas seguridades, siempre es interesante dejar temporalmente atrás la supuesta seguridad de tu lugar de residencia, porque aunque preveas y creas tenerlo todo más o menos programado has de contar con esa nerviosa incertidumbre de lo imprevisto, lo no imaginado, la sorpresa de última hora o el pequeño inconveniente que incluso puede acabar convirtiéndose en faena. Movidos por esa curiosidad tan humana que para algunos, sin embargo, se trata de peligrosa sospecha, desconfianza, temor, inseguridad y hasta peligro. En las antípodas de la apertura mental a otros y otras cosas, a otros puntos de vista, horarios, hábitos más y menos familiares e incluso desagradables, o desconcertantes; contratiempos que de donde provienes jamás ocurrirían porque allí crees tener todo controlado, también -iluso- el tiempo que nos contiene y nos hace.

Es preferible ver a gente yendo y viniendo, incluso con el inconveniente de convertir algunos lugares en no lugares, parques temáticos, patios de recreo o salas de espera de un suceso o acontecimiento que hace tiempo dejó de ser particular, exclusivo o interesante, precisamente porque la multitud y la cantidad lo empobrecen a ojos vista. Ir a la búsqueda de esas pequeñas y saludables brisas que siempre proporciona el viaje, hasta el más programado y seguro, también para el que todavía no ha encontrado su sitio y odia su casa, para el que nunca entiende porque todo lo parece igual, o para los que no saben qué buscan o quieren y optan por darle la espalda al lugar al que no creen pertenecer, precisamente el suyo.

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Tarde de otoño

Difícil afirmar si estaban allí juntos para hablar o para beber, también fumaban, sin poder distinguirlos al completo puesto que a la mayoría los ocultaba la marquesina del aparcamiento bajo la que confraternizaban, un par de ellos de espaldas a la luz gestualizando o con el vaso en la mano. En el capó de un coche oscuro más vasos y una botella en el suelo, a las nueve de la noche de un templado día de otoño en el que probablemente hay muchas otras cosas que hacer que beber en medio de ningún sitio, aunque tal vez lo que cuenta es estar un rato con los colegas, de ese modo olvidas las preocupaciones y ocupaciones a las que deberías atender pero con las que no tienes ganas de lidiar, a un paso del todo esto es una mierda y no tener otra cosa que llevarte a la boca.

Vestían de oscuro, de cualquier modo, prendas cómodas y económicas que cumplen a la perfección el hecho de tener que cubrirse, además de por el frio porque no vas a ir en pelotas por la calle, sin que ninguno de ellos destacase, tampoco ella, o ellas, difícil de advertir en un fondo de sombras, tan solo las voces. Sin levantar el tono, sin malos rollos, enfados ni sentencias, advertencias o amenazas. Perfectamente adaptados al lugar que la sociedad previamente les ha asignado, no porque ellos lo hayan elegido, sino porque desde que vinieron a este mundo sus aspiraciones aguardaban escritas en un sobre sellado sobre el que no tendrían potestad; quedaba asumir el papel y tirar para adelante.

Hablaban de no llegar a final de mes, de los hijos, concebidos sin pasión, solo sexo, un convencimiento tardío o mayormente porque ella sí quería tenerlos e insistió; a ellos en cierto modo les daba igual, no lo tenían muy claro -no tenían nada claro. Ocurre que si no tienes para ti tampoco tendrás para los críos -aunque si quieres tenerlos, ¿por qué no?-; estaban los padres, que siempre tienen algo con qué ayudar, o al menos cuidarlos y alimentarlos cuando ellos no estén o no puedan, que suele ser la generalidad.

No acababan de entender cómo fulanita colgaba constantemente en las redes todo lo que hacían, los regalos de sus hija, las comidas, los viajes de fin de semana, el coche… Porque con 950 al mes tampoco se está para tirar cohetes, yo no llego para los tres; y ella no gana más, serán sus padres, pero jode, parece que te estuviera echando en cara que eres un inútil. Yo sin mis padres no podría, me quedaría a medias. No sé cómo lo hace. Entre el coche, la luz y el agua y las cuatro cosas para comer a mí no me da para mucho más. Ya. Si mis padres no se llevaran al crío después del colegio no podría pagar las facturas, es imposible…

Hablaban y bebían, indistintamente, como si estar vivos fuera precisamente eso, charlar con los colegas de cómo te va -ni mal ni bien. El trabajo funciona lo que funciona; aunque ahora estoy cobrando la ayuda familiar. La afirmación causaba menos revuelo que comprensión, tampoco ira o indignación, ni expectativas, más resignación si cabe, ni fuerzas ni ganas de despotricar contra quien quiera que tuviera la culpa; o es que directamente no había nombres ni culpables, los mismos de siempre, o sea, nadie, como de costumbre, igual que estaban allí. Se volvía a rellenar el vaso o se tiraba directamente de botella, según. Rondarían la treintena, poco más, o menos.

Transcurría la noche bajo aquella marquesina de un centro de enseñanza cerrado a cal y canto, un buen lugar para departir cuando no hay otra cosa mejor que hacer, tampoco volver a casa, donde toca enfrentarse a lo que hay que enfrentarse, y para eso como que no hay muchas ganas. Hasta que llegue la hora o cuando la conversación se agote, o alguien afirme tener prisa porque en el fondo no debería estar allí, hablando de lo que no se puede cambiar, de lo que hay, de no disponer, o disponer de poco, casi nada; también sin fuerzas o ganas para quejarse, el destino -pero eso tan complicado del destino les pillaba lejos, no les hacía falta. Es cierto que la situación sonaba a irremediable sin que diera para futuro, o uno tan oscuro como una noche sin luna; ya irían viendo. Al menos no andaban de médicos, lo que faltaba, entonces sí que estás muerto en vida.

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Igualdad

La especie humana fue la que concibió el término igualdad, teniéndolo como referente importante, o principal, en varias fases próximas en el tiempo de su historia. En cambio, ninguna otra especie viva necesita, siente o considera el término igualdad, no se trata de que ni siquiera pueda concebirlo, sino que cada individuo nace y asume su lugar de un modo dócil y convincente, accediendo a su posición y posibilidades según estrictas reglas impuestas por el grupo o sus parientes más directos.

Pero, qué significa hoy igualdad, política y socialmente, en esta sociedad y en este mundo, a qué nos referimos o entendemos cuando oímos o leemos sobre ella, o tan solo se trata de una de las tres afirmaciones del famoso lema de la Revolución Francesa -tan rimbombante como vacía de contenido, como tantas otras. Porque, referido en concreto a la humanidad actual, no hay nada más hueco, ridículo y decepcionante, o disparatado, que creerse eso de igualdad de nacimiento, derechos o aspiraciones. O quizás se trata de igualdad a la hora de acceder a recortes, subvenciones, bonificaciones, descuentos, limosnas, servidumbres, etc.

Si en algún momento la igualdad fue un objetivo que obligaba a alzar la vista buscando las mejores referencias a las que aspirar y alcanzar en el empeño de vivir juntos y felices, ese ideal ya no existe. Es más, la propia palabra se ha convertido en una palabra comprometida, peligrosa e incluso subversiva -con la que está cayendo y a ti sólo se te ocurre hablar de igualdad. ¿Todavía obliga a algo el término igualdad? ¿A qué y a quienes? ¿Qué igualdad defienden los partidos políticos, si es que alguno la sigue teniendo como objetivo en su programa? ¿Debería perderse o desaparecer del vocabulario, tanto político como social, por su evidente desinterés, amén de la incapacidad, o directamente incompetencia para ponerla en práctica por parte de la especie que la concibió?

Por otra parte, es tal la derrota y la capacidad de autoconvencimiento de la especie, su impotencia para conseguir en favor de sí misma algo que tenga la etiqueta de justo y no una concesión, por misericordia, caridad o compasión por parte de quienes pueden que, lejos de exigir o mantener en el centro la tan cacareada igualdad, de seguir teniéndola como objetivo en las aspiraciones de la humanidad en su conjunto, la inmensa mayoría de los integrantes de la especie ha decidido asumir en silencio su inutilidad y mirar hacia otro lado, o simplemente no mirar. Porque hay que seguir viviendo y reproduciéndose, cosa para muchos complicada, luego mejor inventarse otros objetivos a un lado o por abajo que al menos eviten la incómoda y desagradable sensación de ser los últimos de la fila.

El planeta, la alimentación, las redes sociales, los gimnasios, las apariencias o las mascotas se han convertido en excelentes sucedáneos que facilitan la tarea de vivir asumiendo resignadamente la propia posición sin peros que valgan. Es lo que hay, estamos donde estamos y no es bueno fijarse metas utópicas, o directamente imposibles, que pueden llevarse la vida por delante sin alegrías. Las aspiraciones igualitarias son restos de otra época que hoy no sirven, sobre todo y por ejemplo, teniendo el planeta como lo tenemos, maltratando como maltratamos a los animales en nuestro empecinamiento por comer carne a toda costa o ignorando la realidad de tantas y tantas mascotas que sí tienen corazón y necesitan una mano amiga que las trate como personas. Objetivos a cual más cómico o ridículo, porque el planeta jamás ha necesitado de la ayuda del insecto que pulula por su corteza -¡qué pretencioso!-; la cuestión de la carne es nuestra cuestión, el por qué somos quienes somos -otra cosa es que quienes pueden y deben se sienten para solucionar el problema de la alimentación a gran escala, que nada tiene que ver con comerse un filete-; y respecto de las mascotas qué decir, la humanidad se ha desarrollado en compañía de animales que le han solucionado muchas de las necesidades más básicas, lo de considerarlos más que animales es una memez que ellos tampoco entenderían, ni les hace falta porque son animales.

Aunque sí somos iguales, o aspiramos, incluso exigimos con vehemencia igualdad, a la hora de decir lo que nos apetezca, sea una soberana idiotez o algo interesante. Decir lo que se te ocurra sin que nadie te lo impida, porque no hay nadie mejor que nadie, todos somos iguales y hablamos como sabemos -¡un respeto!

O quizás la igualdad haya quedado reducida a nuestra posición ante Dios, si es que Dios existe -cualquiera-, cosa que hasta hoy nadie ha podido demostrar de forma clara y palmaria. Luego la igualdad habría pasado a convertirse en una cuestión del más allá, de ultratumba, el anhelo de una merecida resurrección que compense las desigualdades y miserias de este mundo. Al margen de sucedáneos oportunistas al menos hemos transformado una meta imposible en un consuelo bien real.

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Trabajar

No sé cuánto del video en el que una atribulada joven se quejaba de una jornada de trabajo que le suponía más tiempo del que hasta entonces había dedicado a una sola actividad. Agobiada y llorosa se sentía impotente a la hora de llevar adelante semejante tortura, quiero pensar que en ello también iba incluido la remuneración que obtenía a cambio, que al fin y al cabo es por lo que todos hemos trabajado, trabajamos y trabajaremos. De la conveniencia o beneficios del trabajo mejor no hablar, porque trabajar, si no es voluntariamente, cuando y como uno desee, además de haciendo algo que te guste, es una soberana mierda; digan lo que digan y quienes lo digan, Dios incluido.

La cosa podía haber quedado ahí, como algo curioso o directamente nada interesante, una memez como tantas con las que tropiezas vía internet, si no hubiera sucedido algo muy parecido, o exactamente igual, justo a mi lado. Un joven conocido, de veintipocos, andaba agobiado y depresivo por el trabajo y el correspondiente tiempo -¡suyo!- que se veía obligado a dedicarle -toda una sorpresa-; necesitado de urgente ayuda psicológica que remediara su repentina apatía, casi hundimiento, provocada por una extenuante jornada laboral de ocho horas embarcado en rutinarias y anodinas tareas que ni le interesaban ni le motivaban. Atrás quedaba un agradable y liviano ir y venir cuando y como le viniera en gana, nada exigente pero condicionado por unas mínimas obligaciones y el inevitable si me apetece. Claro, tan relajada actividad también implica la inconveniencia de gastar un dinero que no siempre se tiene -porque todo cuesta-, y la gallina no siempre está dispuesta, ¡puta vida!

Aunque, ahora que lo pienso, no sé si la cuestión va de trabajo, de lo ingenuas y dóciles que son, o han sido, algunas generaciones que han agachado la cerviz sin rechistar dedicándose a trabajar porque no había otro remedio, o más bien se trata de una sacrosanta libertad cercenada por unas odiosas y explotadoras obligaciones sobre las que nadie nunca dijo nada y no hay porque asumir automáticamente. Y si no estabas avisado lo peor que podía pasarte es no haberte dado cuenta por ti mismo de cómo se mueve el mundo que te rodea -mejor preguntar a los padres correspondientes. De pronto el dinero no cae del cielo -es cierto que para una inmensa mayoría-, como la cigüeña, como tampoco viene por defecto con papá y mamá -¡ojalá!-, hay que conseguirlo… trabajando -o robando, también vale. Porque probablemente papá y mamá tuvieron que ponerse a pencar, sin tampoco quererlo, ya que de otro modo jamás hubieran salido de las faldas de sus respectivas mamás y papás y entonces hacer lo que les diera la gana, incluido tener hijos que mimarían como si fueran inválidos, o auténticos inadaptados sociales, sin advertirles de qué color era la realidad que se encontrarían más adelante.

No acabo de decidirme, si se trata de una mayor o menor docilidad generacional, ingenuidad, malcrianza, necesidades de emancipación, completa abducción por parte del sistema y sus redes tanto publicitarias como sociales, los Reyes Magos o la simple ignorancia de vivir como si la vida fuera un derecho que nos regalan, eso sí, sin nuestro consentimiento; un regalo envenenado sobre el que de pronto uno descubre que no es a cambio de nada -podían haber preguntado antes, y puede que más de uno hubiera preferido no nacer para no complicarse la existencia con cuestiones que no son del agrado de nadie. La cuestión es que si no naces ni descubres ni sabes, tampoco lo que es de tu agrado, ¡ah! y que los Reyes Magos eran tus padres.

Quiero creer que estas situaciones son extraordinarias, no se repiten muy a menudo puesto que se ven jóvenes currando de lo lindo para sinvergüenzas que consideran que el mundo lo hizo Dios para su exclusivo provecho.

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De fiesta

Si bien es cierto que el local no estaba muy concurrido aparentemente nadie se apercibió de su llegada, ni levantó la cabeza para observar, o curiosear, ni hubo comentarios al respecto sobre su aspecto, el acierto o la intrascendencia de su presencia, tampoco sobre sus bien puestos cuernos -como que parecían suyos-, sobre el rotundo y curvilíneo negro de su atuendo, el espumillón de sus alitas, también negras, o las pretendidamente horripilantes pinturas que intentaban adornar o desfigurarle el rostro, o darle carácter, o impresionar, cualquier cosa por la que alguien se sienta pacientemente a que le embadurnen el careto porque la fecha lo pide y a ella le apetece, aunque en el fondo no sepa muy bien por qué, lo que tampoco es importante, como no lo son los comentarios en contra o a favor por parte de quienes para ella ni siquiera existen, aunque mejor admirativos; seguro que amigos y conocidos si la felicitarían por el acierto de su disfraz, o caracterización.

Pero estaba sola, se sentó sola y sin necesidades imperiosas al margen de tirar inmediatamente de teléfono móvil y sumergirse, dedo va dedo viene, en la infinita letanía de festivas y decrépitas novedades que, siempre con prisa por miedo a perderse eso tan importante que nunca acaba de llegar, permanentemente muestran tales dispositivos para sordo gozo de su poseedor, en este caso poseedora.

Al intento del camarero de prestarle atención solicitando una previsible o supuesta consumición ella respondió alzando la mano en señal de espera, un momento por favor, sin despegar la mirada de la pequeña pantalla. Gesto que el muchacho interpretó acudiendo a una mesa contigua donde requerían con visible impaciencia su presencia para cuestiones que en esta ocasión sí tenían que ver con su trabajo allí.

No hace falta decir que se trataba de la noche del treinta y uno de octubre, fecha no señalada en los calendarios para quienes tampoco necesitan avisos o advertencias sobre cómo se mueve el mundo, siempre que tenga que ver con hacer la vida diferente, es decir, divertida. Pero lo cierto es que nadie más del local aparecía disfrazado, vestido o mostrando algún detalle o adorno a tono con la fecha y la hora, tal vez ajenos, ignorantes o directamente indiferentes ante tales alegrías, o de vuelta, o quizás todavía sin llegar.

La tarde/noche prosiguió sin novedades, los que estaban charlaron, rieron, consumieron sus bebidas y cenas y llegado el momento se largaron con viento fresco a sus ocupaciones, o quizás a prolongar la salida en otros lugares y con otras consumiciones. Fueron llegando nuevos clientes y ocupando mesa tras mesa, haciendo lo que corresponde en tales lugares. El camarero multiplicó su actividad, en algunos momentos intensa pero sin llegar a frenética, llenando con ello una jornada más en función de una clientela que, como es evidente, fue disminuyendo en número a medida que la noche avanzaba.

Nuestra disfrazada endemoniada continuó durante este tiempo a lo suyo, embebida en la pantallita repartiendo felicitaciones y “me gusta” como si no hubiera final, tal era el muestrario de peticiones y solicitudes que se traía entre manos, solo presente cuando el muchacho volvió a acercarse para solicitarle nada porque nuevamente fue detenido con una mano en alto, sin mirada directa o indirecta, tampoco explicativa o aclaratoria del motivo de su no colaboración, por lo que aquel decidió unilateralmente abandonar aquella mesa a su suerte durante el resto de la noche. Ni siquiera le preocupó advertirle a la que de momento no se comportaba como cliente de la comprometida y totalmente contraria al negocio ocupación de una mesa y sus correspondientes sillas, consumir algo de lo allí ofrecido o en caso contrario largarte por donde habías venido. Tampoco desde le barra le apremiaron para poner entre la espada y la pared a la concentrada cornuda que no despegaba la vista del teléfono móvil. La noche se iba dando bien, la gente entraba y salía, al parecer satisfecha por la estancia y lo consumido, y nadie tenía porque ir más allá ya que en ningún momento hubo necesidad de ocupar esa mesa o algunas de las sillas que la acompañaban.

La diabólica y astada protagonista, ignoro si inesperadamente abandonada, equivocada, herida o directamente solitaria, fue perdiendo presencia y algo de lustre, si es que en algún momento lo tuvo; sus retorcidos cuernos, no obstante, permanecían sólida y orgullosamente enhiestos apuntando al techo, sobresaliendo tan intactos como conmemorativos, quizás demasiado solos, sin asustar ni impresionar, algo abandonados en una noche que se iba prolongando sin compañía, ayuda ni celebración; en algún momento interrogativos, incluso del acertado disfraz acompañante que su portadora se había decidido a lucir, conjunto en el fondo deslucido por, visto lo visto, su escasa o ninguna aceptación entre los presentes, ni mucho menos éxito, lo que al parecer no importaba porque el lugar en el que sí estaba no conseguía sacarla de su abstracción, o abducción.

Como también fue transcurriendo la noche en la pantalla del teléfono, interminable, profusa en imágenes, terrores y sonrisas, hasta tal punto que resultaba imposible despegar la vista de ella porque en tal caso corrías el riesgo de perderte algo que después no podrías comentar, afirmar que viste y disfrutaste, pillándote descolocada, con lo que ello significa a la hora de tener un hueco en la fiesta. Tal vez la única duda estribaba en si quedaría alguna foto suya que otros también pudieran ver y disfrutar.

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Razón y razones

Hace unas pocas semanas escribía sobre Jerusalén y cómo la ciudad me pareció todo, el centro del mundo religioso en el que una ajetreada población vivía unas vidas que en el fondo no les pertenecían, siempre pendientes de circunstancias ajenas a ellos, y al mismo tiempo nada por las tristes y dolorosas consecuencias que esa posición acarreaba, o podía acarrearles, a esos mismos habitantes, tal y como en la actualidad viene sucediendo. Una gigantesca irracionalidad religiosa e histórica soportada por la débil racionalidad de una obligada convivencia que debería erigirse como único objetivo por encima de cuestiones tan pasadas como inútiles y peligrosas.

Y ahora qué. Desde nuestra posición asumir y deplorar la política de hechos consumados que viene revelándose día tras día, la única real, e intentar poner un poco de cordura y razón a la hora de abrir la boca sobre ello -algo que en muchas ocasiones no es necesario porque hay hechos que hablan por sí mismos. Sin embargo, toca aguantar a tanto advenedizo, opinador o simple cretino con posibilidad para decir lo primero que se le ocurra en cualquier medio dispuesto a propagarlo. Desde gilipolleces como la del primer ministro británico diciéndole a los judíos “queremos que ganéis” -exactamente qué; más bravatas imperialistas de otro político incapaz de reconocer la actual irrelevancia británica internacional-, hasta la hueca jarana caritativo-solidaria de toda una tropa de izquierdosos, progresistas y plumillas acomodados jaleando, irritadísimos y justísimos, la injusticia de una ocupación judía que se prolonga año tras año sin que nadie haga nada por evitarlo. Entre tanta bazofia opinadora tan solo unas pocas voces con el mínimo sentido común indispensable a la hora de emitir juicios, que no opiniones siempre innecesarias, sobre el tema; un tema que, por otra parte, tan solo algunos viñetistas han sido capaces de reflejar en toda su complicada crudeza.

Volvemos a asistir a una nueva representación de un conflicto geopolítico internacional que dispone de un terreno de juego, tan antiguo como masacrado, sobre el que cualquier jugador de los intervinientes -directos e indirectos, estos últimos incontables- no tiene más que lanzar los dados para reanudar la partida. Grosso modo, de un lado Israel -en la actualidad gobernado por una sinrazón ultrareligiosa que es la misma representación del diablo en la tierra- y su violenta y opresiva ocupación que Naciones Unidas se ha cansado de condenar, apoyado por el religioso complejo de culpa de una civilización occidental obligada por caritativa e histórica solidaridad a mantener y sostener sin preguntas un estado judío en el centro de un avispero. Del otro, la tremenda evidencia de una religiosidad intolerante que sigue sintiéndose inferior frente a la arrasadora modernidad del progreso colonialista que representa su enemigo, con el añadido de tener que enfrentarse en muchos casos a sus propios ciudadanos y fieles, que entienden sus propias vidas en función de un presente que les han robado -valga como ejemplo las mujeres-, obligándoles a claudicar ante tradiciones y cuestiones históricas que, más que ayudar a vivir, interrumpen y dificultan una normalidad personal y social que se antoja imposible.

Más. No he visto ni leído sobre Irán y su angustioso aislamiento en la política internacional -a lo que unir su minoritaria y asediada versión de la religión musulmana o sus problemas con la población femenina-; aislamiento que probablemente hubiera aumentado de permitir las relaciones diplomáticas que el estado judío comenzaba a establecer con algunos países árabes, Arabia Saudí incluida. Al gobierno iraní siempre le importó un pimiento la que les caería a los palestinos al armar y alentar a Hamás y Hezbolá a revitalizar el conflicto. Daños colaterales que, al mismo tiempo y por otra parte, desperezarían favorablemente de su confortable somnolencia a una acomodada y errática izquierda progresista occidental, obligándole a tirar de pluma y megáfono como si no hubiera mañana.

Si no puede aportarse ningún juicio o posibilidad mínimamente lucida e inteligente sobre el conflicto lo mejor es callarse la boca y morderse la lengua. Porque la única solución pasa por la política -es lamentable y desalentador cómo ambas partes se sirven de imágenes, a cual más atroz y cruel, con tal de influir en la parte más emocional e irracional del espectador-; por la racionalidad de una mesa que siente cara a cara a los protagonistas directos y, a partir de un obligado e indispensable reconocimiento mutuo, definir una coexistencia justa, clara y racional, imponiendo los puntos para una convivencia tan inevitable como necesaria, si es necesario en contra de rabinos, imanes, curas, libros, misterios, leyendas, venganzas o malditas tradiciones. Hablar en presente sobre la convivencia de la gente del presente, quienes han de soportar y sufrir una irracionalidad que no por humana siempre ha de ser tenida en cuenta.

NOTA. En Jerusalén todavía es posible la convivencia entre laicos y religiosos, y cualquiera persona no religiosa puede vivir y manifestarse sin problemas. Pero le preguntaría a estos solidarios de salón occidentales, tan proclives al postureo público, si admitirían un pueblo palestino gobernado por Hamás o Hezbolá -subordinadas a Irán y que han jurado que jamás aceptarán un estado judío en una tierra que, a su pesar, es de todos-, en el que no existiera libertad de expresión ni de prensa, tampoco religiosa, además de oprimir mucho más, si cabe, a las mujeres -Afganistán-, perseguir a los homosexuales y reprimir violentamente cualquier crítica contra el gobierno de turno.

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Parejas

Pueden verse en cualquier momento y lugar, nos cruzamos o paseamos junto a ellas, o permanecemos un tiempo a su lado sin que haya nada raro que advertir, todo lo contrario, porque en eso consiste precisamente su interés, en su prosaica normalidad; familiares y asumidas como esa parte del paisaje que suele pasarnos desapercibida porque parece que siempre han estado ahí.

Tampoco es que por su parte hagan algo especial para llamar la atención, ni se sientan diferentes dentro del conjunto, su normalidad es tan regular que tampoco les afecta, como, de preguntarles, tampoco considerarían que merezca la pena detenerse en ellos, simplemente son y están. Su presencia, o su existencia, conforman y confirman uno de los fondos más familiares y seguros del mundo que no rodea.

Se trata de parejas heterosexuales que rondan la cincuentena, también por su parte más alta, y su particularidad no se reduce a un aspecto o atuendo concreto o distintivo, sino a una forma de estar vivos. Inspiran tal normalidad, mejor, transparentan tal normalidad que lo raro sería verlas como bichos raros, nada más lejos.

Sus rostros tampoco muestran signos preocupantes o extraordinarios, o más castigados, también la normalidad prevalece en ellos en forma de unas seguras placidez y confianza que probablemente en más de un caso esconden o cargan con problemas que aguardan bien protegidos al momento adecuado. Podemos verlas caminando en ropa deportiva, diligentes y concienzudas, también cariñosamente afectivas si viene al caso, dedicadas al cien por cien a la actividad que toca, charlando animadamente o concentradas en sus pasos, siempre ordenadas y pulcras, dominadoras de lo cómodo y correcto, en su sitio, como en su sitio parecen sus cabezas y probablemente descansarán sus respectivos hogares, limpios y ordenados, cada cosa en su lugar y la despensa cómodamente aprovisionada.

También paseando cogidos del brazo, o de la mano, da igual si en la versión modesta y corriente o más acicalados, arreglados sin excesivos ornamentos, siempre los adecuados, abrigadas cuando el fresco o frío y más ligeras cuando el buen tiempo, con bolsos u bolsas nada llamativos donde guardar, amén de proteger, esos documentos y objetos personales indispensables que hacen felices a las personas que gustan de todo donde debe, las cuentas sin sobresaltos y el futuro sonriente. También existe una presentación más vistosa, o adinerada, más seguras si cabe, además de risueñamente reconfortadas gracias a una cuenta corriente que se reproduce sin sobresaltos ni grandes desembolsos, los indispensables según la época del año; siempre atenta a las necesidades familiares. En ambos casos hay que añadir un plus de cordura y sentido común que se echa de menos entre los más jóvenes.

No es preciso aclarar que en ningún caso aparecen ajenos o hijos, sin ellos o ya independientes y con sus vidas mediana o totalmente resueltas, otra satisfacción por el trabajo bien hecho que también suele brillar gratamente en sus rostros; y si no los hubo ya no es tiempo de preocuparse por ello, tienen salud, se sienten ágiles y dispuestos y con capacidad para acudir allí donde quieran o les requieran.

Fíjense cuando tengan ocasión en esas parejas de adultos, mayores y algo más, caminando a su lado o conversando sentados en la mesa de enfrente, verán reflejados en sus rostros esa variante de la felicidad para la que ellos mismos consideran que hemos venido a este mundo, o al menos sí la serenidad y el convencimiento de que lo hasta entonces hecho está bien hecho, porque en cualquier caso no hay vuelta atrás; viviendo y disfrutando de esa seguridad que te concede la salud después de errores y/o sufrimientos que, ya pasados, descansan acomodados entre unos recuerdos que ya no les impiden dormir. Son la viva imagen de la felicidad más acomodada -si es que existe tal situación-, de la seguridad más precaria y por ello la más humana, la de quienes hace ya un tiempo que saben que todo tiene un fin, pero de momento no el suyo, ellos todavía hacen deporte, viajan, caminan, comen o toman cervezas con amigos. Agradecidos sin parecer petulantes, atesorando en el fondo de su cabeza, como también en su corazón, la sabiduría de que en esto de vivir no existen las lecciones magistrales, se trata más bien de una prueba de obstáculos para la que nunca sabes si estás preparado y si vas a poder superarla, como tampoco si los que tuviste fueron merecidos o se trató de simple mala suerte. En cualquier caso ya es tarde, están donde están y viven como viven, satisfechos, el pasado es pasado y lo que venga aún no lo conocen aunque lo sospechan, pero de momento su interés consiste en estar ahí, justo a tu lado, haciendo lo que tú pero de otro modo, de ese modo.

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Ignorancia

Hojeando un libro sobre educación y machismo paso por encima de comentarios y tuits -que el propio autor incorpora al texto- enviados a través de las redes sociales contra su trabajo y persona, e independientemente del problema de fondo no deja de volverme a llamar la atención la falta de educación, de respeto y la catadura moral de los autores de los mismos -siempre escondidos-, además de su ignorancia supina al proferir semejantes baboserías, que ni siquiera llegan a infantiles -¡qué más quisieran!-, salivazos impregnados de la mugre que unta unos cerebros a los que no alcanza el aire; unos auténticos cafres a los que imagino incapaces de salir más allá del barrillo de sus propios ombligos. En otro lugar alguien que ejerce de “tiktoker“, y probablemente presume de miles, o millones, de seguidores, revela al fin al mundo -¡ojo!- el porqué de las bandejas de diferentes colores en las pescaderías de una conocida marca nacional de supermercados, algo por otra parte fácil de averiguar preguntando directamente al empleado que te pesa las sardinas. Y hay más, como puede ser sorprenderme, o tal vez admirarme, al ver en cualquiera de las cadenas generalistas televisivas a un famoso “influencer” -de los auténticos-, probablemente también con millones de fieles seguidores, gritando, como si se dirigiera a auténticos imbéciles, que él consume una determinada marca de leche, porque sí; de la que probablemente cobrará sus buenos duros -no obstante y aunque se trata de alguien muy auténtico hemos de reconocer que también necesita de la publicidad para salir adelante en este proceloso mundo.

Si ya en la política nacional la ignorancia campa por sus respetos, no importando las formas, lo que se dice, cómo se dice y si es cierto lo dicho, el caso es actuar como peones y obedecer fielmente las consignas de partido promulgadas por sus jerarcas, algo más listos que el resto y sabedores de lo que los sumisos afiliados han de hacer y decir, asusta lo extendida que está dicha ignorancia entre el resto de la población. Otro dato, hace un tiempo leí que una mayoría de la gente más joven, ante lo que supongo una clara imposibilidad funcional y/o intelectual de leer dos frases subordinadas consecutivas, prefiere enterarse de lo que sucede en el mundo vía “yutubers”, “influencers”, “tiktokers” y otras hierbas -individuos o también “bots“-, bien masticadito y además salpicado de simpáticos emoticonos que hacen mucho más fácil la ingesta de cualquiera que sea el problema, noticia o perogrullada capaces de regurgitar, que no entender, en justo el tiempo y el espacio de relleno que permite la obligada y necesaria publicidad.

En el fondo Marx llevaba razón, finalmente las masas de desheredados han tomado el poder, pero le falto un matiz, se trataba de los desheredados intelectuales, unas masas ignorantes que, eliminado de un plumazo el embarazoso inconveniente de reconocer y asumir que existe gente normal que sabe más de cualquier cosa -da igual si física cuántica o el proceso de cultivo, cosecha y correspondiente elaboración del aceite de oliva-, han llegado a la conclusión de que la ignorancia es el auténtico paraíso en la tierra, un confortable desierto -quizás en algunos una auténtica tabula rasa– en el que no existe el engorroso peñazo de la duda, un santo no saber, interesarse y ni mucho menos preocuparse de cualquier otra cosa que no sea seguir a quienes ellos consideran de su misma cuerda o nivel, pero algo más despabilados -sin llegar a ofender-, conocedores de las incapacidades casi congénitas de tanto desorientado y quienes no tienen ningún escrúpulo en aprovecharse de la situación -sin dejar de sobar el lomo de su estulticia, por la cuenta que les tiene- en beneficio propio.

Con todo ello quienes lo tienen fácil son las generaciones venideras, o que ya están aquí, quienes a poco que muestren un poco de interés y una inteligencia básica aplicada a cualquier cuestión, problema o proyecto no tendrán impedimento alguno en zamparse de un bocado a tanto ignorante como en la actualidad inunda redes sociales y de las otras. El triunfo de la ignorancia de la mayoría abre las puertas al triunfo a todo aquel que sepa que la adición es una operación aritmética.

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Popular

Supongo que a todos nos ha sucedido llegar a un lugar en fiestas y verlo patas arriba, gente por todos lados, alegre, sonriente y juerguista, y bebida y comida por doquier, algo así como la representación de un multitudinario festín que parece no tener fin; una grata situación que probablemente nos llevaremos en el recuerdo.

Se trata de una manifestación popular siempre interesante, que no única, curiosa y peculiar por lo que cada lugar y habitantes incorporan a la celebración en sí, haciéndola distinta y al mismo tiempo tremendamente parecida a cualquier otra con la que hayamos tenido la suerte de tropezar. Porque no dejan de ser ejemplares de la misma especie quienes las organizan y disfrutan, en infinidad de variantes de un comportamiento instintivo que a poco que levantemos la mirada más allá de lo que tenemos delante advertiremos lleno de coincidencias y repeticiones, independientemente del lugar del mundo en el que nos hallemos.

Fiestas como rituales necesarios e indispensables en la renovación de los vínculos entre pobladores de un mismo lugar o territorio, fechas señaladas en las que se intenta dejar a un lado problemas y rencillas mientras se hacen votos para que el nuevo periodo que comienza sea más favorable si cabe, a lo que unir el deseo y la esperanza de otro puñado de buenos momentos que recordar entre familia y amigos, o en soledad.

Aunque independientemente de ello, o quizás precisamente, no deja de ser llamativa la consiguiente flojera y apatía que sigue a esos días señalados, tomadas en algunos casos como una verdadera derrota, la vuelta a la dura evidencia de otro largo y arduo trayecto que no todos se sienten capaces de llevar adelante con algún resto de sonrisa en la recámara, por si las moscas y porque probablemente después nos haga falta. Llamo largo trayecto a lo que probablemente para una mayoría se trata de un camino repleto de inquietudes y penalidades, o de auténtico sufrimiento, en el que no cabe el pactado olvido de los días festivos.

Pero, qué queda de las fiestas al margen de comer y beber como si no hubiera final, excesos siempre recordados como lo único que merece la pena pasar al acerbo personal más querido o directamente inolvidable -la mejor borrachera fue la de… aquella comida sí que… Representan la abundancia de comida y bebida una especie de terapia de olvido indispensable para el buen funcionamiento de los grupos humanos, dónde quedan entonces los vínculos que unen a estas personas el resto del año, su reconocimiento y renovación, sus signos y simbologías, da igual si laicas o religiosas, las marcas de regeneración de esos lazos tan importantes para la comunidad que procuran los necesarios interludios festivos.

Toda fiesta o celebración conlleva la necesaria revitalización de un inconsciente colectivo que, en primera instancia, parece transmutado por los participantes en un comer, beber y divertirse aparentemente independientes; una hipotética revitalización que la mayoría de los sujetos parece no asumir ni directamente reconocer; porque si les preguntaran más de uno afirmaría que no sabe de qué le estás hablando, las fiestas son para pasárselo bien y punto. Sin embargo, es muy probable que con el paso de el paso de los años, y las consiguientes celebraciones, ese mismo sujeto no responda del mismo modo, incapaz de explicar, como tampoco salir del paso de cualquier manera, eso que siente y de lo que precisamente hasta entonces no era consciente, mostrando una cara de pasmo, o de pavo, a la hora de decir sobre esas sensaciones que al parecer habitan en lo más profundo de su ser -así de rimbombante como suena-, de las que no puede desprenderse de ningún modo, es más, afirmaría que es imposible separarse de ellas porque en el fondo sabe que son él.

Por ello, no deja de ser curioso la poca o nula consciencia de la realidad de nuestra propia existencia que solemos mostrar, o asumir, o entender y comprender entendiéndonos y comprendiéndonos con ello -hay quien diría que con vivir ya es suficiente, y no le faltaría razón-; pero afortunadamente la especie es algo más que acumular juergas, comilonas y borracheras ¿o no?

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