Razón y razones

Hace unas pocas semanas escribía sobre Jerusalén y cómo la ciudad me pareció todo, el centro del mundo religioso en el que una ajetreada población vivía unas vidas que en el fondo no les pertenecían, siempre pendientes de circunstancias ajenas a ellos, y al mismo tiempo nada por las tristes y dolorosas consecuencias que esa posición acarreaba, o podía acarrearles, a esos mismos habitantes, tal y como en la actualidad viene sucediendo. Una gigantesca irracionalidad religiosa e histórica soportada por la débil racionalidad de una obligada convivencia que debería erigirse como único objetivo por encima de cuestiones tan pasadas como inútiles y peligrosas.

Y ahora qué. Desde nuestra posición asumir y deplorar la política de hechos consumados que viene revelándose día tras día, la única real, e intentar poner un poco de cordura y razón a la hora de abrir la boca sobre ello -algo que en muchas ocasiones no es necesario porque hay hechos que hablan por sí mismos. Sin embargo, toca aguantar a tanto advenedizo, opinador o simple cretino con posibilidad para decir lo primero que se le ocurra en cualquier medio dispuesto a propagarlo. Desde gilipolleces como la del primer ministro británico diciéndole a los judíos “queremos que ganéis” -exactamente qué; más bravatas imperialistas de otro político incapaz de reconocer la actual irrelevancia británica internacional-, hasta la hueca jarana caritativo-solidaria de toda una tropa de izquierdosos, progresistas y plumillas acomodados jaleando, irritadísimos y justísimos, la injusticia de una ocupación judía que se prolonga año tras año sin que nadie haga nada por evitarlo. Entre tanta bazofia opinadora tan solo unas pocas voces con el mínimo sentido común indispensable a la hora de emitir juicios, que no opiniones siempre innecesarias, sobre el tema; un tema que, por otra parte, tan solo algunos viñetistas han sido capaces de reflejar en toda su complicada crudeza.

Volvemos a asistir a una nueva representación de un conflicto geopolítico internacional que dispone de un terreno de juego, tan antiguo como masacrado, sobre el que cualquier jugador de los intervinientes -directos e indirectos, estos últimos incontables- no tiene más que lanzar los dados para reanudar la partida. Grosso modo, de un lado Israel -en la actualidad gobernado por una sinrazón ultrareligiosa que es la misma representación del diablo en la tierra- y su violenta y opresiva ocupación que Naciones Unidas se ha cansado de condenar, apoyado por el religioso complejo de culpa de una civilización occidental obligada por caritativa e histórica solidaridad a mantener y sostener sin preguntas un estado judío en el centro de un avispero. Del otro, la tremenda evidencia de una religiosidad intolerante que sigue sintiéndose inferior frente a la arrasadora modernidad del progreso colonialista que representa su enemigo, con el añadido de tener que enfrentarse en muchos casos a sus propios ciudadanos y fieles, que entienden sus propias vidas en función de un presente que les han robado -valga como ejemplo las mujeres-, obligándoles a claudicar ante tradiciones y cuestiones históricas que, más que ayudar a vivir, interrumpen y dificultan una normalidad personal y social que se antoja imposible.

Más. No he visto ni leído sobre Irán y su angustioso aislamiento en la política internacional -a lo que unir su minoritaria y asediada versión de la religión musulmana o sus problemas con la población femenina-; aislamiento que probablemente hubiera aumentado de permitir las relaciones diplomáticas que el estado judío comenzaba a establecer con algunos países árabes, Arabia Saudí incluida. Al gobierno iraní siempre le importó un pimiento la que les caería a los palestinos al armar y alentar a Hamás y Hezbolá a revitalizar el conflicto. Daños colaterales que, al mismo tiempo y por otra parte, desperezarían favorablemente de su confortable somnolencia a una acomodada y errática izquierda progresista occidental, obligándole a tirar de pluma y megáfono como si no hubiera mañana.

Si no puede aportarse ningún juicio o posibilidad mínimamente lucida e inteligente sobre el conflicto lo mejor es callarse la boca y morderse la lengua. Porque la única solución pasa por la política -es lamentable y desalentador cómo ambas partes se sirven de imágenes, a cual más atroz y cruel, con tal de influir en la parte más emocional e irracional del espectador-; por la racionalidad de una mesa que siente cara a cara a los protagonistas directos y, a partir de un obligado e indispensable reconocimiento mutuo, definir una coexistencia justa, clara y racional, imponiendo los puntos para una convivencia tan inevitable como necesaria, si es necesario en contra de rabinos, imanes, curas, libros, misterios, leyendas, venganzas o malditas tradiciones. Hablar en presente sobre la convivencia de la gente del presente, quienes han de soportar y sufrir una irracionalidad que no por humana siempre ha de ser tenida en cuenta.

NOTA. En Jerusalén todavía es posible la convivencia entre laicos y religiosos, y cualquiera persona no religiosa puede vivir y manifestarse sin problemas. Pero le preguntaría a estos solidarios de salón occidentales, tan proclives al postureo público, si admitirían un pueblo palestino gobernado por Hamás o Hezbolá -subordinadas a Irán y que han jurado que jamás aceptarán un estado judío en una tierra que, a su pesar, es de todos-, en el que no existiera libertad de expresión ni de prensa, tampoco religiosa, además de oprimir mucho más, si cabe, a las mujeres -Afganistán-, perseguir a los homosexuales y reprimir violentamente cualquier crítica contra el gobierno de turno.

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Parejas

Pueden verse en cualquier momento y lugar, nos cruzamos o paseamos junto a ellas, o permanecemos un tiempo a su lado sin que haya nada raro que advertir, todo lo contrario, porque en eso consiste precisamente su interés, en su prosaica normalidad; familiares y asumidas como esa parte del paisaje que suele pasarnos desapercibida porque parece que siempre han estado ahí.

Tampoco es que por su parte hagan algo especial para llamar la atención, ni se sientan diferentes dentro del conjunto, su normalidad es tan regular que tampoco les afecta, como, de preguntarles, tampoco considerarían que merezca la pena detenerse en ellos, simplemente son y están. Su presencia, o su existencia, conforman y confirman uno de los fondos más familiares y seguros del mundo que no rodea.

Se trata de parejas heterosexuales que rondan la cincuentena, también por su parte más alta, y su particularidad no se reduce a un aspecto o atuendo concreto o distintivo, sino a una forma de estar vivos. Inspiran tal normalidad, mejor, transparentan tal normalidad que lo raro sería verlas como bichos raros, nada más lejos.

Sus rostros tampoco muestran signos preocupantes o extraordinarios, o más castigados, también la normalidad prevalece en ellos en forma de unas seguras placidez y confianza que probablemente en más de un caso esconden o cargan con problemas que aguardan bien protegidos al momento adecuado. Podemos verlas caminando en ropa deportiva, diligentes y concienzudas, también cariñosamente afectivas si viene al caso, dedicadas al cien por cien a la actividad que toca, charlando animadamente o concentradas en sus pasos, siempre ordenadas y pulcras, dominadoras de lo cómodo y correcto, en su sitio, como en su sitio parecen sus cabezas y probablemente descansarán sus respectivos hogares, limpios y ordenados, cada cosa en su lugar y la despensa cómodamente aprovisionada.

También paseando cogidos del brazo, o de la mano, da igual si en la versión modesta y corriente o más acicalados, arreglados sin excesivos ornamentos, siempre los adecuados, abrigadas cuando el fresco o frío y más ligeras cuando el buen tiempo, con bolsos u bolsas nada llamativos donde guardar, amén de proteger, esos documentos y objetos personales indispensables que hacen felices a las personas que gustan de todo donde debe, las cuentas sin sobresaltos y el futuro sonriente. También existe una presentación más vistosa, o adinerada, más seguras si cabe, además de risueñamente reconfortadas gracias a una cuenta corriente que se reproduce sin sobresaltos ni grandes desembolsos, los indispensables según la época del año; siempre atenta a las necesidades familiares. En ambos casos hay que añadir un plus de cordura y sentido común que se echa de menos entre los más jóvenes.

No es preciso aclarar que en ningún caso aparecen ajenos o hijos, sin ellos o ya independientes y con sus vidas mediana o totalmente resueltas, otra satisfacción por el trabajo bien hecho que también suele brillar gratamente en sus rostros; y si no los hubo ya no es tiempo de preocuparse por ello, tienen salud, se sienten ágiles y dispuestos y con capacidad para acudir allí donde quieran o les requieran.

Fíjense cuando tengan ocasión en esas parejas de adultos, mayores y algo más, caminando a su lado o conversando sentados en la mesa de enfrente, verán reflejados en sus rostros esa variante de la felicidad para la que ellos mismos consideran que hemos venido a este mundo, o al menos sí la serenidad y el convencimiento de que lo hasta entonces hecho está bien hecho, porque en cualquier caso no hay vuelta atrás; viviendo y disfrutando de esa seguridad que te concede la salud después de errores y/o sufrimientos que, ya pasados, descansan acomodados entre unos recuerdos que ya no les impiden dormir. Son la viva imagen de la felicidad más acomodada -si es que existe tal situación-, de la seguridad más precaria y por ello la más humana, la de quienes hace ya un tiempo que saben que todo tiene un fin, pero de momento no el suyo, ellos todavía hacen deporte, viajan, caminan, comen o toman cervezas con amigos. Agradecidos sin parecer petulantes, atesorando en el fondo de su cabeza, como también en su corazón, la sabiduría de que en esto de vivir no existen las lecciones magistrales, se trata más bien de una prueba de obstáculos para la que nunca sabes si estás preparado y si vas a poder superarla, como tampoco si los que tuviste fueron merecidos o se trató de simple mala suerte. En cualquier caso ya es tarde, están donde están y viven como viven, satisfechos, el pasado es pasado y lo que venga aún no lo conocen aunque lo sospechan, pero de momento su interés consiste en estar ahí, justo a tu lado, haciendo lo que tú pero de otro modo, de ese modo.

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Ignorancia

Hojeando un libro sobre educación y machismo paso por encima de comentarios y tuits -que el propio autor incorpora al texto- enviados a través de las redes sociales contra su trabajo y persona, e independientemente del problema de fondo no deja de volverme a llamar la atención la falta de educación, de respeto y la catadura moral de los autores de los mismos -siempre escondidos-, además de su ignorancia supina al proferir semejantes baboserías, que ni siquiera llegan a infantiles -¡qué más quisieran!-, salivazos impregnados de la mugre que unta unos cerebros a los que no alcanza el aire; unos auténticos cafres a los que imagino incapaces de salir más allá del barrillo de sus propios ombligos. En otro lugar alguien que ejerce de “tiktoker“, y probablemente presume de miles, o millones, de seguidores, revela al fin al mundo -¡ojo!- el porqué de las bandejas de diferentes colores en las pescaderías de una conocida marca nacional de supermercados, algo por otra parte fácil de averiguar preguntando directamente al empleado que te pesa las sardinas. Y hay más, como puede ser sorprenderme, o tal vez admirarme, al ver en cualquiera de las cadenas generalistas televisivas a un famoso “influencer” -de los auténticos-, probablemente también con millones de fieles seguidores, gritando, como si se dirigiera a auténticos imbéciles, que él consume una determinada marca de leche, porque sí; de la que probablemente cobrará sus buenos duros -no obstante y aunque se trata de alguien muy auténtico hemos de reconocer que también necesita de la publicidad para salir adelante en este proceloso mundo.

Si ya en la política nacional la ignorancia campa por sus respetos, no importando las formas, lo que se dice, cómo se dice y si es cierto lo dicho, el caso es actuar como peones y obedecer fielmente las consignas de partido promulgadas por sus jerarcas, algo más listos que el resto y sabedores de lo que los sumisos afiliados han de hacer y decir, asusta lo extendida que está dicha ignorancia entre el resto de la población. Otro dato, hace un tiempo leí que una mayoría de la gente más joven, ante lo que supongo una clara imposibilidad funcional y/o intelectual de leer dos frases subordinadas consecutivas, prefiere enterarse de lo que sucede en el mundo vía “yutubers”, “influencers”, “tiktokers” y otras hierbas -individuos o también “bots“-, bien masticadito y además salpicado de simpáticos emoticonos que hacen mucho más fácil la ingesta de cualquiera que sea el problema, noticia o perogrullada capaces de regurgitar, que no entender, en justo el tiempo y el espacio de relleno que permite la obligada y necesaria publicidad.

En el fondo Marx llevaba razón, finalmente las masas de desheredados han tomado el poder, pero le falto un matiz, se trataba de los desheredados intelectuales, unas masas ignorantes que, eliminado de un plumazo el embarazoso inconveniente de reconocer y asumir que existe gente normal que sabe más de cualquier cosa -da igual si física cuántica o el proceso de cultivo, cosecha y correspondiente elaboración del aceite de oliva-, han llegado a la conclusión de que la ignorancia es el auténtico paraíso en la tierra, un confortable desierto -quizás en algunos una auténtica tabula rasa– en el que no existe el engorroso peñazo de la duda, un santo no saber, interesarse y ni mucho menos preocuparse de cualquier otra cosa que no sea seguir a quienes ellos consideran de su misma cuerda o nivel, pero algo más despabilados -sin llegar a ofender-, conocedores de las incapacidades casi congénitas de tanto desorientado y quienes no tienen ningún escrúpulo en aprovecharse de la situación -sin dejar de sobar el lomo de su estulticia, por la cuenta que les tiene- en beneficio propio.

Con todo ello quienes lo tienen fácil son las generaciones venideras, o que ya están aquí, quienes a poco que muestren un poco de interés y una inteligencia básica aplicada a cualquier cuestión, problema o proyecto no tendrán impedimento alguno en zamparse de un bocado a tanto ignorante como en la actualidad inunda redes sociales y de las otras. El triunfo de la ignorancia de la mayoría abre las puertas al triunfo a todo aquel que sepa que la adición es una operación aritmética.

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Popular

Supongo que a todos nos ha sucedido llegar a un lugar en fiestas y verlo patas arriba, gente por todos lados, alegre, sonriente y juerguista, y bebida y comida por doquier, algo así como la representación de un multitudinario festín que parece no tener fin; una grata situación que probablemente nos llevaremos en el recuerdo.

Se trata de una manifestación popular siempre interesante, que no única, curiosa y peculiar por lo que cada lugar y habitantes incorporan a la celebración en sí, haciéndola distinta y al mismo tiempo tremendamente parecida a cualquier otra con la que hayamos tenido la suerte de tropezar. Porque no dejan de ser ejemplares de la misma especie quienes las organizan y disfrutan, en infinidad de variantes de un comportamiento instintivo que a poco que levantemos la mirada más allá de lo que tenemos delante advertiremos lleno de coincidencias y repeticiones, independientemente del lugar del mundo en el que nos hallemos.

Fiestas como rituales necesarios e indispensables en la renovación de los vínculos entre pobladores de un mismo lugar o territorio, fechas señaladas en las que se intenta dejar a un lado problemas y rencillas mientras se hacen votos para que el nuevo periodo que comienza sea más favorable si cabe, a lo que unir el deseo y la esperanza de otro puñado de buenos momentos que recordar entre familia y amigos, o en soledad.

Aunque independientemente de ello, o quizás precisamente, no deja de ser llamativa la consiguiente flojera y apatía que sigue a esos días señalados, tomadas en algunos casos como una verdadera derrota, la vuelta a la dura evidencia de otro largo y arduo trayecto que no todos se sienten capaces de llevar adelante con algún resto de sonrisa en la recámara, por si las moscas y porque probablemente después nos haga falta. Llamo largo trayecto a lo que probablemente para una mayoría se trata de un camino repleto de inquietudes y penalidades, o de auténtico sufrimiento, en el que no cabe el pactado olvido de los días festivos.

Pero, qué queda de las fiestas al margen de comer y beber como si no hubiera final, excesos siempre recordados como lo único que merece la pena pasar al acerbo personal más querido o directamente inolvidable -la mejor borrachera fue la de… aquella comida sí que… Representan la abundancia de comida y bebida una especie de terapia de olvido indispensable para el buen funcionamiento de los grupos humanos, dónde quedan entonces los vínculos que unen a estas personas el resto del año, su reconocimiento y renovación, sus signos y simbologías, da igual si laicas o religiosas, las marcas de regeneración de esos lazos tan importantes para la comunidad que procuran los necesarios interludios festivos.

Toda fiesta o celebración conlleva la necesaria revitalización de un inconsciente colectivo que, en primera instancia, parece transmutado por los participantes en un comer, beber y divertirse aparentemente independientes; una hipotética revitalización que la mayoría de los sujetos parece no asumir ni directamente reconocer; porque si les preguntaran más de uno afirmaría que no sabe de qué le estás hablando, las fiestas son para pasárselo bien y punto. Sin embargo, es muy probable que con el paso de el paso de los años, y las consiguientes celebraciones, ese mismo sujeto no responda del mismo modo, incapaz de explicar, como tampoco salir del paso de cualquier manera, eso que siente y de lo que precisamente hasta entonces no era consciente, mostrando una cara de pasmo, o de pavo, a la hora de decir sobre esas sensaciones que al parecer habitan en lo más profundo de su ser -así de rimbombante como suena-, de las que no puede desprenderse de ningún modo, es más, afirmaría que es imposible separarse de ellas porque en el fondo sabe que son él.

Por ello, no deja de ser curioso la poca o nula consciencia de la realidad de nuestra propia existencia que solemos mostrar, o asumir, o entender y comprender entendiéndonos y comprendiéndonos con ello -hay quien diría que con vivir ya es suficiente, y no le faltaría razón-; pero afortunadamente la especie es algo más que acumular juergas, comilonas y borracheras ¿o no?

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Comer

Costó lo suyo conseguir una mesa para comer a una hora prudencial, sin que necesariamente fuera a primera o a última o con la condición de dejarla libre en un tiempo que los propietarios consideran apropiado para volverla a ocupar con otros menos exigentes. Si no estás por la labor de comer cualquier cosa en cualquier sitio, si consideras que el hecho de comer implica algo más que ingerir mecánicamente una serie de alimentos con tal de satisfacer la propias necesidades fisiológicas, cada vez más es difícil encontrar una mesa sin haberla reservado con anterioridad. Da igual el lugar donde vayas o estés.

También es cierto que para muchas personas comer se ha convertido en otro episodio más de consumo que hay que solventar de manera rápida y eficiente, nada que ver con el acto social que reúne a amigos, conocidos o desconocidos con la excusa de una necesidad ineludible, se sientan y departen más sobre lo humano que sobre lo divino -que también-; con brevedad, debido a las circunstancias, o largo y tendido puesto que en parte de eso se trata, de relacionarse y compartir, y prolongar hasta que la prudencia de las buenas costumbres y el respeto hacia quienes nos han atendido nos advierten de que conviene dejarles su tiempo y respirar.

Finalizada la comida y una vez en la calle, engatusados por la bonanza del tiempo, coincidimos en que lo mejor era pasear un poco al azar, nuestro próximo destino quedaba algo lejos, no teníamos prisa -y si la hubiéramos tenido probablemente no hubiera merecido la pena- y la tarde invitada a disfrutarla. Hay momentos que es mejor aprovechar tal y como vienen, recrearse en ellos antes de que sea tarde y las ineludibles obligaciones, reales o impuestas, nos lleven con prisas de allí; las calles lucían soleadas y bulliciosas, y era un placer dejarse acariciar por un sol que va dejando las calenturas para el año venidero.

Mientras avanzábamos otros más perezosos, indolentes, inquietos o despreocupados llenaban las terrazas haciendo lo mismo que nosotros acabábamos de hacer; prácticamente repletas, como si la hora de la comida se estirara sin fin a lo largo de la tarde, hasta el punto de que llegué a dudar de que aún existiera una hora aproximada para comer, puesto que en la realidad que tenía delante la hora del almuerzo parecía haber desaparecido. Una enorme cocina permanentemente abierta en función de caprichos e intereses en los que solo cabe el negocio, todo aquel o aquello que pueda generar beneficios, sin trabas ni horarios, sin peros con tal de cobrar y hacer caja.

A medida que recorríamos o cruzábamos calles y esquinas las terrazas se iban sucediendo casi ininterrumpidamente. Cambiábamos de zonas y barrios y también variaba el orden, el protocolo y la elegancia de las mesas, desde manteles y servilletas de tela, amén de una correcta colocación de los cubiertos, hasta una simple hoja de papel publicitario sobre la que reposaban unos cubiertos enguantados en una servilleta, también de papel; los platos dejaban de parecer elaborados y perdían presentación, convertidos en pan relleno en sus múltiples variedades asfixiado por las inevitables patatas fritas. El vino y el agua eran sustituidos por los refrescos y las cervezas, las copas se habían evaporado dejando paso a botellas y latas consumidas “a morro” por el poco exigente cliente de turno. Como también variaba el atuendo de los comensales, desaparecían las camisas y los vestidos más o menos cómodos, vistosos o elegantes sustituidos por camisetas decoradas, pantalones cortos y cualquier cosa con la que cubrir o proteger los pies de la suciedad del suelo.

Como imaginaran, también iban cambiando los precios, desde primeros y segundos por cantidades de dos cifras a menús completos también por dos cifras, en este caso menores, o mucho menores que el importe de algunos de aquellos primeros o segundos platos que a juzgar por los números se prometían deliciosos, aunque solo fuera por caros. Al cambiar los comensales también cambiaba su compostura en la mesa y el correcto uso de las herramientas indispensables para la ingesta, aunque sigue siendo decepcionante comprobar que todavía hay personas, independientemente de su origen y/o pertenencia social, que tienen dificultades a la hora de utilizar con habilidad y soltura cuchillo y tenedor. Más mesas con un solo comensal al final, por la parte más económica, comiendo con las manos y en algunos casos literalmente “abocicados” sobre el plato, como si se tratara de la última comida de su vida.

Creo que comer es algo más que engullir o dejarse asesinar económicamente por un señor al que tratan de artista tipos con un complejo de inferioridad inversamente proporcional al peso de su cartera. Comer también es hablar pero afortunadamente hablar no siempre es comer.

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Candor

Candor, palabra comprometida, poco o nada usada y de significado limpio y claro, lo que implica que el hecho de elegirla como título exige de algún modo cierta responsabilidad en cuanto a conseguir trasladar con ella al texto todo lo que en su momento me sugirió, el motivo por el cual me detuve o me vino a la cabeza a tenor de lo que estaba viendo, a sabiendas de la enorme dificultad que conlleva justificarla en puridad.

Se trataba de mujeres, jóvenes y muy jóvenes de parecida constitución física, más bien pequeñas, hasta el punto de que vestidas de manera similar, también en cuanto a tonos y prendas, todas parecían la misma; y podías ver muchas, casi de la misma altura, el pelo largo y recogido en una cola de caballo básica, con tejidos y hechuras idénticas cubriendo brazos y su estrecho torso, además de una falda larga, tan discreta como púdica, protegiendo u ocultando sus piernas hasta el mismo borde de los zapatos, desapercibidos por anodinos.

Una cartera y un teléfono móvil con teclado en las manos, si, un teléfono que parecía proveniente de otra época. Numerosos rostros y ojos claros y risueños atentos y expectantes, dulcemente ingenuos en sus risas y sonrisas, tantas como cuchicheos y pequeñas conversaciones precipitadas en secretas confidencias. Un continuo baile de idas y venidas que procuraba la accidental formación de esporádicos como calculados grupos que no perdían de vista ni un momento el ambiente de la calle o plaza, fijas en sus objetivos, o ninguno en concreto, necesariamente curiosas, tan inexpertas y relucientes como inocentes; porque no cabía otra cosa que no fuera inocencia tras un primer y sorprendente vistazo que dejaba al extraño, yo mismo en este caso, con la palabra en la boca, sin saber qué reconocible en ellas resplandecía tan fresco como sincero.

Cuerpos y mentes en permanente tensión dispuestos a aplaudir, cantar e incluso bailar músicas y melodías locales interpretadas en una plaza o una concurrida calle como si se tratara del último éxito del momento. Refractarias a una mueca, feo o gesto de desánimo o desconsuelo, tampoco tristeza, o dudas, como mucho, esas dudas de sus pocos años tan impulsivas como trascendentes. Palabras y alegría en sus bocas y ojos siguiendo ávidos a otros grupos, a otras chicas, y sobre todo chicos, como ellas de acá para allá bajo la serena y luminosa oscuridad de la noche. La misma pureza, cuchicheos y excitación que al día siguiente mostraban sus inquietas cabezas sobresaliendo tímidamente por encima de la separación entre mujeres y hombres que parcela la explanada del Muro de las Lamentaciones.

No es que en otros lugares, en las sociedades occidentales por ejemplo, otras jóvenes con sus mismos años no muestren idénticas sonrisas, excitación y pureza, pero desgraciadamente esta sociedad de consumo las vigila, asedia y seduce desde muy pequeñas, aleccionándolas y manipulándolas de forma cruel, abducidas hasta el punto de transformarlas en auténticos disfraces andantes que enmascaran y difuminan, o directamente ocultan y hacen desaparecer, rostros y expresiones reveladoras de la fisiología y alegría más frescas, sepultadas bajo una ansiedad por la apariencia que desvirtúa el resto, incluido aquello que precisamente debería ser lo importante a la hora de reconocernos.

Creo que ahí reside todo. Que en una sociedad -hablo de su parte más ortodoxa- tan austera, estricta e intransigente como la judía aún sea posible admirar tal ingenuidad y pureza, tanto candor en unas jóvenes que recién se asoman al mundo, no deja de sorprender; y no estoy del todo convencido si es para felicitarse. Se trata de un resplandor, de la reveladora e iluminadora brevedad de su estallido, espléndida, feliz y gratificante, motivo suficiente por el que creo que es obligadamente posible dejar a un lado, a la par que necesario, al menos por esta vez, el rudo, opresivo, patriarcal y represor porvenir que les aguarda a estas mujeres, más que un futuro la condena de todo un género en la tierra, designio por el que sus padres se desviven despóticamente conscientes de que su presente se ha de convertir de forma irremediable en el futuro de ellas, de sus jóvenes hijas.

La pregunta pertinente sería quién, por qué y con qué derecho -tampoco vale Dios- es capaz de ensombrecer y cercenar de raíz el maravilloso descubrimiento de asomarse a la vida y al mundo por primera vez, regalos de los que estas jóvenes serán desposeídas inmediatamente después.

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Jerusalén

En la película de Ridley Scott El reino de los cielos, rendida la ciudad, el protagonista le pregunta al vencedor qué significa Jerusalén para los musulmanes, a lo que Saladino responde en primera instancia, nada, para, a continuación y acompañado con un gesto muy significativo añadir, todo.

Independientemente de la veracidad histórica de la película, de la autenticidad o no de los hechos y de la existencia de tal o cual personaje, añadidos dramáticos y recursos cinematográficos aparte, Jerusalén es todo, porque también cabe todo. Una ciudad antigua y moderna en permanente estado de reconstrucción, rehabilitación o construcción pura y dura, atravesada de arriba abajo por un tráfico tremendamente desordenado que no llega a caótico porque tanto la geografía como la ausencia de un urbanismo mínimamente racional permiten lo que permiten, sin concesiones a la seguridad o a la fluidez. Una ciudad donde el comercio es más que una seña de identidad, es la ciudad en sí, ejemplo imperecedero de una de las más características actividades de la cultura humana, da igual la parte por la que el visitante deambule, porque se trata de deambular, más que de callejear; con barrios más o menos delimitados o definidos -o directamente no- donde una población dispar y en apariencia autista ante su peculiar situación, obediente, aleccionada o directamente resignada, se mueve bulliciosa de acá para allá a partir de unas consignas básicas que su propio subconsciente ha asumido como obligatorias o necesarias, tan prácticas cómo finalmente cómodas por lo que tienen de guía rápida de movimiento y actuación.

Una compleja y enredada maraña de zonas -algunas prácticamente inexistentes, tanto a nivel de redes, mediático como social- pobladas por grupos bien definidos que coexisten con el convencimiento de que el éxito de su convivencia consiste en no inmiscuirse donde probablemente ni siquiera se llega a bien venido, basta con mal visto o directamente inconveniente. Una ciudad en parte militarizada en la que las armas a la vista son habituales, no llaman la atención, con lo que ello significa, tanto en lo referente a las vías y accesos, la propia seguridad o a la posibilidad de un imprevisto o accidente del que arrepentirse inmediatamente después de sucedido.

Un parque temático en el que fieles y turistas son llevados y traídos en rebaños, haciendo si cabe el tráfico mucho más embrollado y sofocante, miles de individuos en pos de anhelos y creencias espirituales propias tratadas en muchos casos de la forma más vulgar y despreciativa posible, sin que por ello el visitante se sienta explotado o ninguneado, en última instancia prima su propia fe, deseo o convencimiento, lo que facilita que todo a su alrededor suceda sin verlo, es decir, vaya y venga por encima o al margen, solo preocupado por satisfacer unas pulsiones y devociones que prevalecen por e independientemente de la ciudad. Un lugar fabricado a partir de una serie de historias y leyendas que en una mayoría de casos probablemente no aguantarían un test de veracidad por parte de cualquier historiador medianamente decente.

Una ciudad en la que la calle más moderna y lujosa luce sepultada, apartada de la vista, sin interrumpir el tráfago diario de vehículos y personas.

Pero Jerusalén también es nada, otro ejemplo de ciudad salvajemente atropellada por un poderoso pasado que la obliga a vivir de espaldas a su presente, atrapada entre victorias y derrotas de otros tiempos que, en definitiva,  nunca serán las de hoy, las de sus pobladores. En la que sus habitantes, por el mero hecho de nacer, han de asumir como propios imponderables, lealtades, afrentas, deudas y violencia completamente ajenas a su propia realidad -es más, la fabricarán, así como su futuro, y sin su consentimiento-; circunstancias que marcarán sus vidas de forma definitiva y sin que ellos mismos puedan hacer nada por evitarlo, tan solo asumir la cruz correspondiente, tan sospechosa como tendenciosamente contada, llevándola de la mejor manera posible o directamente largarse de allí. Una ciudad en la que la felicidad se antoja algo caro y difícil.

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Fiestas

Hay quienes viven a piñón fijo, atrás y casi olvidadas las fechas más tempranas de sus vidas en las que el crecimiento es controlado, vigilado y parcelado por los adultos de entonces, obligaciones impuestas a las que prácticamente todos los individuos se avienen, es cierto que sin su propio consentimiento y sin que haya mucho más que hacer, quizás optando por variaciones o alternativas que promuevan o indaguen en otras formas de crecer, ser y vivir el tiempo que nos ha tocado.

Sin embargo, la generalidad de las personas, tras esos primeros años de desconocimiento, aprendizaje y obligaciones se avienen a plegarse a fechas, momentos y celebraciones que de un modo u otro van pautando y fraccionando sus vidas, facilitando la compartimentación en etapas y la parcelación de los consiguientes recuerdos que finalmente acabarán configurando el transcurso de los años. Incluso los hay que celebran y fomentan tales hitos, por rutina, gusto, accesibilidad o aprensión a que la propia vida aparezca como un único camino sin recesos ni zonas de descanso.

Probablemente esta ritualización de la propia existencia es mucho más importante de lo que a primera vista parece, pues permite la reflexión, los análisis y las valoraciones por lo hecho o vivido, las reconsideraciones, rectificaciones, puntos de no retorno y la creación de nuevos u otros planteamientos en algún momento considerados convenientes, inevitables o simplemente necesarios para el buen transcurso de los propios días.

Las ferias y fiestas locales constituyen uno de esos pasos, fundamentales en y durante la infancia, diría que vitales e inolvidables, un antes y un después en el árido año escolar. Le sigue una adolescencia tan equívoca como contradictoria, en convivencia con un amor-odio hacia esos pocos pero trascendentales días que obliga a moverse más por impresiones y temperamento que por convicciones o gustos más o menos definidos. Situación que suele dar paso a un desapego juvenil que en algunos casos lleva casi a su desaparición del panorama personal. Indiferencia o abandono que puede ser definitivo si las circunstancias de la propia vida obligan a alejarte de forma inevitable de lugares y fechas, quizás sin vuelta atrás.

Pasados esos años en los que los instintos y deseos más primarios gobiernan la voluntad se llega a un periodo adulto inicial en el que nunca se acaba de encajar del todo, en parte por el miedo a perder nunca se sabe qué que tanto placer nos procuraba hasta entonces, en parte por todavía no entender muy bien en qué consiste eso de crecer y convertirse y comportarse como un adulto, y en parte por el simple no saber de qué va aquello; algo que prácticamente le sucede a la totalidad, sin que exista un programa o guía rápida para ello, siendo la opción más práctica y elemental que cada cual ha de sortear con lo suyo y decidir durante como le enseñaron o aprendió, con todo lo bueno y malo que ello significa.

Luego se irán acumulando los años, como suele decirse, sin darte cuenta, las fechas, los buenos y malos momentos, los amores, los fracasos e incluso los hijos, dándose una serie de secuencias y alternancias siempre imprevisibles, hasta sorprendentes, en permanente lucha con un hastío creciente que sin saber cómo puede acabar sepultando todo vestigio de ilusión que pudiera quedar en el fondo de un alma cada vez más cansada de bregar sin aprender, de trajinar sin apreciar y saborear lo aprendido, en definitiva, de vivir sin darte cuenta de que es eso lo que estás haciendo. Llegarán más tarde las pausas de los recuerdos, las intercesiones, la añoranza, si cabe, hacia el lugar y las fiestas; la inevitable nostalgia, el redescubrimiento de los años, las repeticiones, también el aburrimiento, más hastío o incomprensión, vuelta a la renuncia, abandono e incluso odio hacia las mismas fiestas que entonces serán utilizadas para huir sin entender que precisamente por permitirnos la huida siguen siendo tanto o más fiestas.

Hasta el punto de ser capaces de resumir nuestra vida en fiestas, así como suena, relajados en un apaciguamiento que incluso tiene hueco para una renovada frescura, el deleite, la participación y el disfrute, que no deja de ser un reconocimiento y reconciliación con nosotros mismos.

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Fronteras

Desde muy pequeños nos hemos habituado a verlas en los mapas, esas líneas que separan colores y que a la inevitable pregunta del niño por su significado algún adulto responsable responde que se trata de países distintos, es decir, lugares donde habitan personas idénticas, con idénticas ilusiones y problemas, que suelen hablar diferente, pero no siempre.

El color también representa a aquel o aquellos quienes mandan y cómo mandan, es decir, otras personas en principio elegidas por sus compatriotas -pero desgraciadamente no siempre- para que dirijan y gobiernen ese trozo de tierra, territorio e incluso continente que, como sucede con las personas, en nada se diferencia de la tierra de al lado.

Luego vendría la literatura, leyendas y epopeyas -todo tipo de cuentos caseros-, mitología ad hoc -por lo de la antigüedad y la tradición- y el resto de la parafernalia simbólica; sacrosanta historia construida a golpe de espada y talón que supuestamente legitima unos poderes adquiridos conveniente santificados por los popes de turno -otros señores dedicados a certificar con toda solemnidad fábulas y ficciones; por lo que viven muy ricamente.

Lo dicho surge a partir de un simple vistazo a un mapa cualquiera, e independientemente de su veracidad y/o conveniencia, se trata de la cantinela que todos aprendemos desde muy niños y que nos predispondrá adecuadamente para posicionarnos en el futuro en cuanto a creencias, opiniones, manifestaciones, ofensas y algunos orgullos que incluso pueden llegar a convertirse en sangrientos.

Pero vivir y moverse por una frontera puede ser otra cosa muy distinta, porque precisamente allí tratas y hablas con personas que consideran esa línea imaginaria -que por supuesto no existe físicamente, ni ven ni les importa- su casa, y han hecho de esa enclave su vida; entonces te das cuenta de que no es para tanto, que de lo dicho nada de nada. En las fronteras no hay líneas ni colores, ni siquiera permeabilidad, las personas que allí viven van y vienen sin preocuparse por los mapas, y las rayas simbólicas o hipotéticas pueden traspasarse tantas veces como uno quiera porque el de al lado no deja de ser tu vecino. Y así cada día, disfrutando de un sinfín de diferencias que en nada afectan a la convivencia, todo lo contrario, además de permitirte hablar y comunicarte en lenguas distintas que representan dos visiones diferentes del mismo mundo, con lo que ello tiene de enriquecedor.

El único inconveniente de tales lugares, fastidio y hasta problema, por el que se crean e imponen líneas, rayas, colores y cerrojos, proviene de otras personas que, originarias de puntos alejados de esas tierras, odian las fronteras; en primer lugar porque nunca vivieron en ellas y las temen, a lo que añadir que tal vez desde pequeños los amedrentaron  con cuentos y mentiras que hablaban de que, allá a lo lejos, donde “nuestra tierra” acaba (¿?), viven otros como nosotros que sin embargo no son como nosotros (¿?), además de tener un aspecto terrible, probablemente violentos y que además nos odian por ser quienes somos, por supuesto mejores que ellos.

Por todo ello y si es posible, lo mejor es acudir directamente donde las fronteras y dejarse acariciar por su trasiego casi familiar, un deambular que en algún momento de la estancia te proporciona la agradable sensación de darte igual el lado en el que ese preciso momento te halles.

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Drag Queen

Siempre he entendido el fenómeno drag queen como un espectáculo entre lúdico y festivo en el que prima sobre todo el entretenimiento. Una atractiva exageración que cualquier persona podría poner en práctica por pura diversión, mucho mejor si se intenta en serio y a fondo, con profesionalidad y todo lujo de detalles, sobre todo frente a la opción cutre y carnavalesca de la misma actividad que, quizás por falta de ganas y presupuesto, tiende a recrearse en la variante divertida y sardónica resaltando la parte más escandalosa y picante del juego, la exageración de los rasgos que más atraen y distinguen a las mujeres vistas por los hombres, parte fundamental del invento.

Lo que nunca he tenido claro son los intentos de relacionar esa actividad artística con cuestiones de género, denuncia, desprecio o minusvaloración de cualquiera de ellos, del femenino por las exageraciones a las que puede dar pie tal dedicación y del masculino por alguna especie de insulto u ofensa hacia la nobleza del género por parte del supuesto rebajamiento implícito en el atuendo de los protagonistas que, creo, solo ven almas tan retorcidas como atormentadas. Es evidente que el ocultamiento o la errónea solución de los propios prejuicios, aprensiones y carencias jamás ha de ser a costa de los demás, fundamentalmente porque los demás no son los culpables de nuestras debilidades y frustraciones.

La relación del espectáculo drag queen con la canción española también se me escapa, nunca llegue a verla del todo, quizás por el inconveniente de haber sufrido durante mi infancia la insoportable monserga localista, cateta y racial que pretendía el permanente y persistente rodillo folclórico de la canción española -al menos así la sufrí, con todo lo que desgraciadamente pudiera haberme perdido por ello-, fomentadora de esa mujer, mujer, de rompe y rasga y con lo que hay que tener, una mujerona que pretendía ejemplificar todo lo patrio y genuino del régimen, sin matices ni sugerencias, una mujer que debía parecer hembra antes que mujer, ya no digamos incluir calificativos y tonos que tuvieran que ver con el valor de lo femenino como sexo independiente.

Como difícil de entender es la prohibición de asistencia de grandes o pequeños a este tipo de espectáculos.

Viene esto a cuento de mi relativa sorpresa, tras la asistencia a un espectáculo de Drag Queens, por la insistencia por parte de los artistas en hacerse reconocer por el público como lo que en realidad son, personas trabajando en lo que les gusta, su preocupante y reiterada búsqueda de aprobación por parte de los asistentes de su honrada actividad frente a unos detractores y perseguidores que probablemente deben sufrir unas carencias cerebrales y de convivencia francamente irreparables. Porque la realidad del espectáculo, concretamente de aquel, fue que disfrutamos con él, unos más y otros menos, pero todos de acuerdo y en consonancia con lo que nos estaban ofreciendo. La estupenda evidencia de un recinto completamente lleno participando en una representación original, divertida y entretenida. Público de todo tipo y edad, mayores en gran parte, que acompañó, cantó y bailó de buen grado con los artistas, sobre todo las mujeres, mucho más desinhibidas e integradas, riendo, coreando y aplaudiendo de lo lindo, aceptando e interviniendo felices en y con cada uno de los números que los artistas fueron desgranando a lo largo de la noche.

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