Religiosidad

Pasado este largo periodo festivo, deslucidos o directamente suspendidos sus esperados esplendores y celebraciones -esa especie de paradoja, contradicción o disparate que ya a nadie preocupa-, queda un sabor que no por conocido me ha pasado desapercibido, como de costumbre. Debido a las malas condiciones meteorológicas numerosas exhibiciones de ese fervor o religiosidad tan aparatosa de la que nos gusta hacer gala han debido suspenderse para cabreo, dolor y llanto de los participantes e intervinientes, mujeres y hombres frustrados por no poder mostrar públicamente -también a pesar de ir ocultos- su particular devoción o concepción de lo religioso; en muchos casos algo tan personal que llega un momento en el que todo vale, porque ¿quién le va a decir a nadie que lo que siente, o dice que siente, es menos fervoroso o sincero? ¿La Iglesia? ¿Y qué saben los curas de como yo siento y vivo mi fe?

Discutir sobre ello probablemente no nos llevaría a ningún sitio y sí a enfadar, ofender y enfurecer a tantos que consideran la pasada semana festiva como algo tan suyo que nadie más que ellos sabe apreciarlo y entenderlo como corresponde. Y de ser preguntados quizás no sabrían explicar eso que llevan y sienten tan dentro. Unas pulsiones y emociones que, sin embargo, nada tienen que ver con la religión que pretende justificarlas, tampoco con la tradición, y si con una serie de prácticas alimentadas por un inconsciente universal bajo el que se mueven recuerdos, temores, represiones, circunstancias y situaciones, reales o no, de un pasado lejano del que ha desaparecido toda referencia consciente.

Que la Iglesia, en su persistente afán por extender su poder y dominio sobre pueblos e individuos, decidiera en su momento rediseñar, enmascarar e incorporar ritualizando a su medida las numerosas manifestaciones locales, mágicas o espirituales con las que fue tropezando en su metódica colonización del mundo conocido es otra cuestión bien distinta. Tan sistemático empeño ha dado como resultado un santoral infinito en el que no se adivinan cabos sueltos, hasta el punto de que la más ignota superstición o el más recóndito nacionalismo de terruño disponen automáticamente de  su correlato correspondiente a la derecha de Dios Padre. Y todos tan contentos. Unos rememorando periódicamente ritos y celebraciones sobre las que no cabe preguntarse -ni puñetera idea-, definitivamente olvidados y desaparecidos los motivos y función originales -a excepción, quizás, de esa necesaria renovación de los vínculos familiares, de clan o tribales que ya Durkheim ponía como origen de las manifestaciones religiosas-, y la Iglesia imponiendo su bendición y la última palabra junto con la correspondiente etiqueta de calidad religiosa allá donde sea necesario para engorde de su numerosa grey.

Pero en ningún caso hablamos de Dios -si es que existe-, libros sagrados, amor, pobreza, misericordia, bondad, justicia o respeto hacia el prójimo. Eso son otras cosas, siempre menos relevantes, que a ninguno de los fervorosos participantes, tanto en estas fiestas pasadas como en la infinidad de las que se suceden durante todo el año y el territorio nacional, les interesan o directamente importan. Pero nunca hemos hablado de religión.

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Incidente

Por problemas ajenos a nuestra voluntad tuvimos que cambiar de tren, llegando con una hora de retraso a nuestro destino. Entre el personal, tan cansado como fastidiado, algunos acumulaban retrasos e incidencias de otros traslados en un día nefasto para ellos, hablando de transporte; sus posibles enlaces se antojaban imposibles o directamente ya habían partido, luego tocaban ventanillas y reclamaciones, un añadido siempre molesto y trabajoso, aunque todavía quedaban fuerzas y ánimo imaginando que al ser tan flagrante el desaguisado habría algo de comprensión y celeridad a la hora de solucionar sus problemas por parte de la empresa ferroviaria. Eso se decían entre sonrisas resignadas los más optimistas, otras, con cara de palo y para pocos favores, no dejaban de refunfuñar respecto de situaciones y decisiones que, en definitiva, les parecían erróneas o disparatadas. En estos casos prioritariamente se suele pensar en sí mismo, nuestros problemas pintan únicos y sin comparación posible, forzosamente adaptados a las soluciones dadas, aunque siempre cabe otra opción más práctica e inteligente por parte de los organismos decisorios correspondientes, claro, si en todo momento hubiera en ellos gente capaz de no alterarse ante una incidencia y actuar resolutivamente en favor de las respuestas más efectivas o que al menos importunen a un menor número de viajeros.

Una de las parejas perjudicadas invertía el tiempo de diferente modo, él leía pacientemente, el mal estaba hecho y viajaban donde viajaban, no llegaban dónde y cuándo debían llegar por lo que solo quedaba aguardar hasta la ventanilla o el trabajador indicado y su predisposición a facilitar la tarea al viajero afectado por los retrasos. Ella, en cambio, iba y venía del teléfono y ningún sitio, de vez en cuando se quejaba en voz alta buscando la comprensión y correspondencia entre maletas de su compañero que, amable y condescendiente, levantaba lentamente la mirada del libro y acariciaba cariñoso la parte más cercana de su irritada compañera, generalmente la pierna, sonreía, decía unas palabras supuestamente consoladoras en voz muy bajita y regresaba a su lectura. Ella no alteraba su cara de póker, suspiraba e intentaba diluir su cabreo entre las numerosas intrascendencias de las que estaba rodeada. Hasta la próxima ocasión.

Despreocupados de problemas ajenos el resto de los viajeros se dedicaba a sus cosas, más importantes y según necesidades y situaciones, otros, yo mismo, entretenía el trayecto fisgoneando entre el numeroso pasaje. A unos metros de donde me hallaba un hombre entrado en años y vestido con una mínima y pobre dignidad se quejaba en voz alta de su desgraciada situación, disculpándose por lo que estaba haciendo mediante retóricos golpes de pecho, no tenía más remedio, la vida le había puesto en tal tesitura y aunque renegaba de hacer lo que de hecho hacía intentaba justificarlo buscando la comprensión y misericordia entre unos forzados compañeros de tren que en su mayoría no estaban por la labor, porque bastante tenían ellos con lo suyo. Frente a mí un tipo fuerte y tatuado de mediana edad hablaba alto por el teléfono móvil, haciéndolo saber a su interlocutor que ya no puede hacer otra cosa que esperar; realizadas las pruebas solo faltan los resultados y la última palabra de los médicos. Circunstancias que a continuación vuelve a enumerar en esta ocasión a su padre al otro lado del teléfono, cariñoso, directo y campechano con su progenitor, sin edulcorar, el caso es que el marcapasos parece que no funciona como debiera. Lo miro con atención tratando de ponerme en su lugar, andará por la cuarentena -imposible; qué putada. En las pruebas físicas dura lo que dura, y no hay más, en cuanto llegue a casa se va a comer un chuletón y si las palma a tomar por culo. No hay palabras para tal golpe de realidad, a su lado nuestra incidencia ferroviaria es una estúpida nimiedad. Se despide de su padre de forma franca y directa, deseándole un buen turno de trabajo y que ya lo sabe, que él siempre está para lo que haga falta, permaneciendo fijo en el pequeño dispositivo que ahora se dedica a entretener su espera.

Suena otro teléfono junto a mí y un señor mayor con un Parkinson tan alarmante como preocupante intenta contestar a la llamada entre temblores que ponen la piel de gallina, unos pocos toques indispensables en la superficie del teléfono que, viéndolo, se antojan imposibles. Agotado el tiempo de espera el hombre, tan habituado como paciente, vuelve a buscar al del otro lado consiguiendo finalmente pulsar para una devolución que es prontamente respondida. Finaliza la llamada y silencia el teléfono regresando a su espera, nuestra espera común, experto en su propio calvario y tan diestro como sobrio. Cuando no es posible elegir en temas de salud siempre existen dos opciones, apechugar con lo que hay o darte cocotazos contra la pared, opción esta última que te dejará la cabeza hecha una mierda y no solucionará la primera, el problema seguirá estando ahí. Problemas que no tienen un par de chavales de corta edad atendiendo, serios y concentrados, a los consejos y advertencias de su padre sobre cómo comportarse en tales lugares, estar siempre atentos, qué hacer, de qué tener cuidado y qué evitar. Y tras un mínimo silencio reparador, o reflexivo, el tiempo justo para intentar asimilar lo oído, el más pequeño alza los brazos hacia su padre que cariñosamente lo levanta y lo apoya sobre su pecho. Sonrío. No me acuerdo de nuestro incidente.

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Uñas

De pronto surgen por doquier numerosos establecimientos dedicados a las uñas, y quiero imaginar que, independientemente de su en muchos casos ostentosa, chillona y hortera decoración, aquellos también se aplicarán a su cuidado, lo que siempre es de agradecer, porque es mucho mejor llevarlas limpias que taponadas de suciedad; aunque, bien pensado, una buena pintura y las correspondientes y tenebrosas prolongaciones pueden ocultar un montón de mierda. Pero eso es otra cosa.

Lo que también me llama la atención es que en muchos de estos pequeños negocios la publicidad y cartelería externa no muestre la palabra motivo de su actividad en castellano, sino en inglés, es decir, nails, cuestión no menos importante porque quizás puede dar lugar a confusiones o equívocos, como que el inexperto paseante o hipotético cliente desconozcan en primera instancia la dedicación del establecimiento. Y si le preguntáramos a los respectivos propietarios sobre el porqué de tal elección probablemente no sabrían qué respondernos; encogimiento de hombros y cara de no saber muy bien de qué va la pregunta, si hay trampa, o aquello tan socorrido de que de ese modo parece más moderno. Porque en todos sitios se hace o… qué más da, si la gente lo entiende… o directamente no sé. También pudiera ser que uñas, así, en grande, luzca peor o más vulgar, poco elegante o incluso sucio. Por mi parte tampoco imagino cual sería exactamente el motivo para elegir la traslación al inglés en lugar de la palabra castellana. Siempre queda el socorrido y pobre ¡qué más da!

Negocio tan llamativo como aparatoso, además de gustos más bien turbios e inquietantes -siempre según mi punto de vista, incluso algo repulsivo. Una incómoda sensación que me traslada a los años ochenta y a la velocista norteamericana Florence Griffith y sus enormes y estrafalarias uñas. Mujer probablemente dada a los excesos y sobre la que todavía se cierne la sospecha del consumo de sustancias prohibidas que la llevaron a mostrar, de la noche a la mañana, una musculatura excesiva y conseguir unos récords tan inimaginables entonces como todavía hoy. Retirándose de la competición en el momento en el que se anunciaron los análisis no programados entre los deportistas en activo. Circunstancias que también se cree influyeron de forma determinante en su prematura muerte antes de la cuarentena.

Uñas que, por otro lado, también me llevan a un hotel en la orilla del Hudson, en Nueva York, hace unos quince años, y a una joven recepcionista de pelo largo y lacio envuelta por la tenebrosa oscuridad de una recepción que recordaba a una película de maleantes, y con la que formalizábamos el correspondiente registro. La joven, armada con unas enormes uñas decoradas de forma que entonces nos pareció no sé si pintoresca o grotesca -nos mirábamos unos a otras tan curiosas como sorprendidos, puede que hasta algo alarmados-, manipulaba con cierta dificultad el papeleo correspondiente de unos españoles de pueblo que nunca habían visto tan cerca algo así. Intrigados y algo reticentes cada vez que, debido al normal intercambio de formularios y firmas, nuestras manos se aproximaban de forma peligrosa. Aunque probablemente el problema fuera nuestro, que éramos los extranjeros.

Volviendo al tema de estas letras y al desaforado y aparatoso despliegue decorativo de las células muertas endurecidas que protegen las falanges de nuestros dedos, también me llama la atención que una de las partes más precisas y sensibles de nuestro cuerpo, las yemas de los dedos, queden ocultas y casi inutilizadas por el hecho de manipular y “decorar” -o directamente deformar- de forma tan furibunda las pequeñas superficies que las protegen. Lo que no deja de ser un grosero y chabacano despliegue de ungüentos, añadidos y colores que, supongo, pretenden mostrar… exactamente qué ¿el mal gusto del que nos gusta alardear?

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Familiar

Familiar es un término que nos hemos habituado a escuchar y leer al que probablemente cada cual pone un significado que, por supuesto, puede que varíe según la persona, el contexto y lugar, y entre algunos de aquellos las diferencias sean más que apreciables. Como no recuerdo el momento o la persona, o personas, que, con tal de facilitar la comprensión evitando confusiones innecesarias, se hayan ocupado de clarificar públicamente qué se entiende, o puede entenderse, por familiar en según qué situaciones o discursos. Un término que tomado de ciertos medios y espectáculos más bien se parece a algo básico y accesible hasta la intrascendencia, sexualmente aséptico -más bien inexistente; aunque no sucede lo mismo con la violencia-, fácil y cómodo hasta la irrelevancia y tan repetitivo como insustancial, o tremendamente aburrido.

Mirando con lupa su uso el término familiar puede referirse al grupo como objeto o motivo de la expresión, charla o referencia, independientemente del contexto en el que se aplique y tratándose siempre de una agrupación física de personas en la que no existe un número fijo y definido de integrantes. Como también puede ser tomado, en concreto, como algo normal, corriente o sencillo -vamos a dejar natural al margen. Pero en ningún caso familiar, así lo entiendo, puede pasar a significar elemental, intrascendente, superficial, vulgar o monótono, ni siquiera feliz, porque se trata de una felicidad más bien boba.

Sería interesante organizar una encuesta pública preguntando qué entiende el personal por familiar, ya no como objetivo social o científico, solo por pura curiosidad. Saber si la palabra es entendida y cómo, así como las similitudes existentes y quizás hasta sus porcentajes, a la hora de ser mostrada públicamente como adjunto a cualquier medio o producto. Como también saber quiénes decidieron sobre ella y por qué se eligió y con qué intenciones; qué se pretende con la etiqueta familiar colgada donde quiera que podamos encontrarla.

Porque algo familiar también puede ser inteligente, curioso, arriesgado, complicado, difícil, discutible, desafiante, comprometido etc.; siempre respetuoso con las diferencias, es decir, jamás un término igualitario puesto que la familia no es un lugar donde impere la igualdad -ni hace falta porque sería contraproducente-, sino que el grupo se basa e impone unas relaciones de parentesco en las que existen las jerarquías y a partir de ellas quienes cuidan, protegen, enseñan y respetan y, por otro lado, quienes observan, obedecen y aprenden, sin tampoco dejar en ningún momento de respetar. Sin opciones de igualdad o reciprocidad, si exceptuamos las que obligan el tratarse de individuos distintos -proyectos, presentes, futuros etc., siempre diferentes- y, repito, sin en ningún momento olvidar el respeto mutuo que ha de imperar en toda convivencia, independientemente de las relaciones, caracteres, afectos o emociones.

Los únicos vínculos expresos en una familia, independientemente de los obligados por la sangre, meramente fisiológicos, son la convivencia, el cariño y el amor -que no siempre consiste en decir te quiero en nueve frases de cada diez.

Pero me temo que la etiqueta de familiar que podemos ver en objetos, lugares y productos de todo tipo tiene poco que ver con la familia y si con una serie de circunstancias y objetivos en los que las familias importan un pepino, salvo como unidades tan básicas como acríticas de consumo; más bien un grupo de sujetos completa e intelectualmente desarmados a los que inundar de bodrios zafios y repetitivos carentes de todo interés. Cuando una familia debería ser todo lo contrario, el seguro reducto en el que madres o padres adviertan a sus vástagos respecto, por ejemplo, a los productos con la etiqueta familiar en primer plano. Algo así como, mirad, chavales, precisamente esos productos, sea cual sea el medio en el que los encontréis, son los que jamás tenéis que ver ni aceptar, puesto que están confeccionados bajo la premisa de que sois en potencia unos catetos sin opinión, capacidad de crítica o juicio, meros receptores de broza con la que se pretende captaros, enredaros y manipularos; zanahorias ostentosamente envueltas tan blandas e inocentes, y peligrosas, como intelectualmente estériles. Como cualquier hijo deseado y querido vosotros estáis listos para metas más altas que un discurso mojigato, blando y fácil que en el fondo os considera, y también a nosotros como responsables vuestros, objetivos tan simples como acríticos, meros receptáculos sin nervio que solo saben sonreír bobaliconamente cuando engullen esa papilla anodina y repetitiva con la que pretenden conformarnos al tiempo que nos aleccionan para la siguiente andanada; con la malévola intención de atarnos física y mentalmente a unos criterios meramente consumistas. Porque en el fondo solo nos desprecian.

Claro, es más cómodo fijar una familia -como unidad de consumo- predefinida como un grupúsculo sin opiniones y valores propios, sin enfrentamientos, desafíos o problemas de aceptación, adaptación, integración, conflictos, discusiones -siempre tan necesarias como iluminadoras-, y respeto, mucho respeto, porque ni un adulto es un tipo un terreno yermo al que ya solo le queda sumar años hasta la muerte ni un niño es un imbécil con pocos años al que se puede, engañar, atrapar y despreciar como como si fuera una bola de plastilina que manipular y deformar a capricho, y no un individuo al que le queda todo por aprender y que, dependiendo del respeto y responsabilidad del adulto correspondiente, puede perder su propia vida convirtiéndose en la parte negativa de un despiadado y cruel juego de suma cero que lo dejará más inútil e indefenso de lo que vino a este mundo.

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Hablamos

En unos pocos días me he tropezado con dos expresiones en charlas y conversaciones que, independientemente de su pertinencia, originalidad y/o supuesta y nada imaginativa frescura, no dejan de ser dos formas de proceder y ver el mundo que, a mi parecer, con el tiempo acaban instalándose en lo más profundo y temeroso, tanto del subconsciente individual como del colectivo, modificando con ello la propia visión de la realidad. Se trata de un par de muestras que me llevan a otros tiempos más ásperos y desconfiados en los que la población de este país transitaba por esta vida sojuzgada y reprimida, de paso hacia algo presuntamente más seguro pero en el fondo tan desconocido y sospechoso como incierto.

De distintas procedencias pero con puntos en común entre ellas muestran mucho más, a peor, de lo que en principio pudiera suponerse. La primera expresión dice, a la hora de referirse a emigrantes africanos y en tono tan indiferente como despreciativo, “gente de más abajo de Andalucía”, manifestada en este caso entre maestros de primera enseñanza de la zona comentando de padres y alumnos. Mujeres y hombres que se mueven entre la treintena y la cuarentena, con los deberes profesionales hechos -oposición ganada-, bien asentados y económicamente seguros, probablemente poco dados a las renovaciones y actualizaciones tan necesarias en la enseñanza, voluntariamente perezosos y más bien inmovilistas, con lo que ello significa a la hora de entender el mundo y enseñar a los chavales que tienen diariamente bajo su responsabilidad. Sujetos anclados en una negligente y zafia comodidad que, incrustados en un inamovible escritorio de granito, acaban confundiendo su trabajo con una vía muerta.

La otra expresión proviene de estudiantes de educación superior sevillanos, con el añadido de que probablemente sea normal entre familias, amigos o vecinos de calle o de clase, y habla de un sitio “mas arriba de Linares” cuando el topónimo de la conversación se sitúa más allá de Sierra Morena. Es cierto que no hay por qué darle más importancia al chascarrillo, como en realidad merecería, si no fuera porque no sé si esa inconsciente o voluntaria indiferencia, que también puede ser desprecio o ignorancia, amén de pereza mental, dice más que ahorra -ni siquiera sirve como otra aplicación de la ley del mínimo esfuerzo. Suena más bien propia de gentes del terruño abonadas a las supersticiones y los presentimientos, tendentes a imaginar el peligro de monstruos y desconocidos tan solo un metro más allá de la frontera que delimitan las afueras del pueblo. Una discutible economía intelectual probablemente preludio o resultado de otras más gravosas e importantes que tienen que ver con una estancia, que no vida, tan insulsa como acomodaticia.

Vaya por delante que cada cual puede hacer y decir lo que mejor le parezca, incluso no abrir la boca o no moverse del sitio si le apetece, pero lo cierto es que no cuesta ningún esfuerzo referirse a las cosas por su nombre; en ambos casos hablamos de personas con educación, creo que modernas y contemporáneas de los tiempos que viven. Porque nombrar es hacer real lo que hablamos y decimos y, al mismo tiempo, hacernos reales; los nombres disipan las tinieblas y aclaran la perspectiva, fijan en la distancia, excitan la imaginación y nos sitúan a nosotros mismos con referencia a lugares y personas con las que tenemos más en común de lo que imaginamos. Además de hacernos poseedores de una sabiduría y conocimientos que hace tiempo deberían haber dejado a un lado ese recelo tan primigenio como irracional hacia lo que no es “lo nuestro”, y en este caso tampoco desconocido. Esa capacidad de nombrar nos hace más abiertos y receptivos, también confiados y seguros de nosotros mismos, respetuosos y tolerantes. Creo que cerrar puertas voluntariamente en nuestro cerebro en función de una hipotética gracia o comodidad no es una broma inocente, ni graciosa -aunque quizás haya a quien se lo parezca y estas letras solo son una pérdida de tiempo, o un despropósito. Lo que no impide que me siga preguntando por qué somos tan irresponsables con el uso de nuestra lengua como con nuestra propia inteligencia, un regalo de la naturaleza que no ocupa lugar y que jamás agotaremos, aunque nos empeñamos en esclerotizarla voluntariamente por pura desidia.

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Otro día

Leo que seis de cada diez argentinos están en la pobreza, es decir, más de la mitad de la población las pasa canutas para sobrevivir y sin embargo han votado a un tipo que quiere reducir, o directamente eliminar, los servicios públicos para que la población sea libre, todo bien, lo que ocurre es que si tal cantidad de necesitados no disponen de un Estado que les proporcione unas mínimas garantías de subsistencia lo tienen claro, solo les queda, en pos de su libertad, lanzarse a conseguir de cualquier modo lo que necesitan, y que cada cual aguantes su vela; menos mal que les queda el fútbol -¡son campeones del mundo! ¡toma ya!- futbolísticamente más que ese avispado españolito que se largó a NY para conseguir una de las primeras gafas Apple -entre cuatro y cinco mil euros con los accesorios indispensables, a Europa llegarán a finales de año o probablemente el año que viene ¡qué mala suerte!-, y con tan excitante dispositivo en su poder se vino de vuelta para fardar y explicar sin tardanza a sus ansiosos seguidores -evidentemente no tan sobrados- la última maravilla de la técnica -dejo al criterio del lector el cálculo del importe de tan melindrosa escapada, también si se trata de uno de aquellos afortunados y libres argentinos-, aunque ¿para qué sirve el dinero si no es para gastarlo? Como el que piden esos grupos de ucranios con banderas y música autóctona que pueden verse en algunas de las esquinas madrileñas más rumbosas, solicitar del solidario transeúnte una ayuda para los suyos que, como el que no quiere la cosa, han pasado de vivir a no poder vivir o directamente morir porque al déspota vecino le ha dado por jugar a los imperios y necesitaba hacerse respetar internacionalmente a costa de los muertos que sea, muertos que no dejan de ser los pobres y miserables diablos que han venido poblando los miles de gloriosos ejércitos conquistadores que han arrasado los campos de la historia siglo tras siglo, circunstancia que, no obstante, en nada afecta a mi amiga que, orgullosa, me anunciaba hace unos días que le han regalado “una Alexa” -al fin- con la que está disfrutando de lo lindo, hasta el punto que ya no puede vivir sin ella; le pide la comida del día, música, recetas, remedios para los dolores, sugerencias para regalos, las noticias más importantes, en fin ¡todo!, una auténtica delicia que se ha convertido en la reina de la casa; así que ya me ha advertido que corte con el rollo agorero de la IA y cómo te vigila y manipula a partir de su voluntario y gratuito adiestramiento por nuestra parte, llegando a conocerte hasta el punto de que es más que probable que la siguiente compra que le entusiasme hasta las mismas meninges sea una elección de aquella, que ella -boba- creerá un mazo original, ¡vaya! una necesidad; luego si la IA es tan peligrosa como he afirmado en alguna ocasión -cosa de películas, que me lo creo todo- ¿por qué va a ser lo mío más cierto que el progreso, simpleza y comodidad de Alexa? Entonces callo y miro hacia otro lado, como lo hacía cuando tropecé con aquella educada pareja de mexicanos que entraban en un establecimiento de Swatch  pidiendo exactamente uno de los modelos más caros del escaparate -que pagan y se llevan puesto-, además de preguntar cuando sale al mercado la siguiente línea, a lo que la amable dependienta les respondía solicita y probablemente ajena al economista que hace poco afirmaba en una entrevista que con el tiempo los trabajadores van a tener que dormir en lo que ya se denominan “camas calientes”, es decir, que como no tendrán un duro para comprar un piso y los alquileres están por las nubes, no podrán juntarse o casarse y tendrán que compartir mechinales y camas por turnos con otros libres y sufridores como ellos, ya que a las constructoras no les merece la pena construir pisos económicos porque apenas sacan tajada, por eso se dedican a los pisos grandes y caros -son muchísimo más rentables-, y tal vez por ello la capital de este país es una de las principales ciudades mundiales a la hora de invertir en inmuebles de lujo -aunque no creo que sean muchos los argentinos que vengan a hacerse con alguno de ellos-, pero ¡bah! todo esto son nimiedades que ocurren asiduamente, como los milmillonarios beneficios de las grandes empresas que ocupan las orgullosas páginas de economía, y a usted a mí nos van a subir la factura de la luz, cosas de un día para otro.

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Tenis

No recuerdo si en alguna ocasión el famoso tenista español actualmente bajo el ojo crítico de alguna prensa, y no precisamente por el tenis, se manifestó o hizo proselitismo sobre valores nacionales, universalistas, solidarios o de igualdad; igual nunca. El tipo no dejaba de repetir machaconamente, una vez y otra, que a él lo que lo gustaba era jugar al tenis, esforzándose lo indecible con el único objetivo de divertirse y ganar; siempre como una cuestión estrictamente personal que, casualmente, venía con suculentos añadidos, entre ellos, el dinero y la fama. Pero eso era otro cantar sobre el que jamás se le preguntaba y él apenas se manifestó, o voluntariamente nunca.

Como tampoco recuerdo en qué momento y por parte de qué medios se comenzó a utilizar su figura como referente y orgullo nacional, icono ejemplarizante de unos valores patrios que en la mayoría de las ocasiones tenían más que ver con la idea, plan o negocio del periodista o medio en concreto que con el personaje mismo. Objetivo que imagino jamás se plantearon los medios suizos con su famosísimo representante tenístico local. Cuestiones y referentes sobre las que el sujeto español decía poco, o nada, ni a favor ni en contra, y si lo hacía era a expensas de las preguntas intencionadas del representante de los medios y de manera parca y más bien corta, o cautelosa, dando un tan respetuoso como calculado rodeo que evitaba las respuestas directas ante la rendida y admirativa pleitesía del periodista o entrevistador de turno. Se trataba, y se trata, de un tipo obediente, tenaz y muy bien educado.

Y si se ponen a repasar sus melindrosas y maniáticas rutinas a la hora de jugar, desde las botellas a los gestos, pueden descifrarse las exigentes consignas y ciego cumplimiento de un “cabezabote” adiestrado hasta el mínimo detalle para ganar, incluida la ritualizada y obsesiva concentración que evitaría estar descolocado ante cualquier situación sorpresiva o directamente peligrosa. Que jugar al tenis fuera lo que este hombre hacía, y a día de hoy sigue haciendo, no tenía otro significado que ser el campo de batalla en el que luchar para conquistar; sin países ni banderas, una guerra estrictamente individual en la que los demás importaban de forma condicionada -evitando tener en contra a cualquiera que de algún modo pudiera perjudicar tus intereses. Observación, mucho tacto y reserva, hasta el punto de que, viéndolo hablar, su rostro solía mostrar un permanente aspecto hierático y embarazoso -incluso puede que fuera simple timidez-, como una dura máscara en la que cualquier sonrisa parecía forzada. Siempre cauteloso ante amigos o enemigos y sin jamás perder de vista el objetivo principal: ganar a toda costa.

En este tipo de guerras personales el deporte tan solo representa el campo de batalla, así, sin matices, sin valores ni retóricas populistas que la prensa más zalamera se encargaba de inventar, poner y ensalzar priorizándolas por encima de la más prosaico realidad. Lo importante siempre fue el dinero, normal, la cuestión deportiva o representativa solo era la necesaria palestra en la que partirse el rostro a raquetazos; el resto, sueños, invenciones, convenientes o amañadas historias de superación y loas indiscriminadas y acríticas que mostraban un descarado parasitismo informativo empecinado en poner más de lo que había con tal de atraer clientes -léase televidentes o lectores. Labia con la que engalanar lo que solo era un tipo ganando dinero con lo que mejor sabe hacer. Y punto.

Y esos mismos medios que pusieron a este chico en el centro de su retórica de papel cuché, en más de una ocasión pringosa en exceso o magníficamente ejemplarizante, falsamente universalista y un sinfín de lisonjas y adjetivos con las que estos interesados adornaban sus crónicas y entrevistas sin que el sujeto en cuestión, repito, pusiera nada de su parte -solo jugar-, ahora se sienten defraudados; y han decidió hacer de su al parecer sorprendente y alarmada frustración noticia. De pronto se han dado cuenta que detrás no había nada más, solo obstinación y férrea disciplina, un físico machacado hasta lo indecible, tenacidad, obediencia y trabajo con el único fin de, como vuelvo a decir, ganar dinero. Y ese icono nacional e internacional tan primorosamente fabricado y querido, admirado por aficionados y ajenos y del que tan enamorados estábamos debido a su pureza y unos valores que apuntaban bien alto, y que como ahora se ha demostrado eran inventados, de pronto se muestra como alguien vulgar y corriente que se mueve por la pela. Y si mañana hay que decir negro donde antes era blanco pues se dice negro. Si a alguien se le hubiera ocurrido años atrás poner sobre la mesa semejantes ordinarieces en referencia a este personaje habría que, como poco, extraditarlo por envidioso, mal pensado y nada patriota. Salirse del redil siempre ha estado mal visto.

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Pensar con el culo

Ahora que está tan de moda colgarle la etiqueta de icónico a cualquier persona, simpleza o acción realizada con el cerebro no viene mal utilizarla para la fotografía que motiva estas letras, aunque, sinceramente, preferiría que no fuera así, pero son los tiempos que corren, los que nos muestran tal y como somos.

Se trata de una fotografía publicitaria de una marca de moda de lujo que posiblemente hoy, domingo, aparecerá en la mayor parte de los diarios en papel. Muestra a una mujer vestida con camisa y pantalón estéticamente irrelevantes, de esos que se pueden encontrar en cualquier establecimiento dedicado a la venta de ropa, hechos en China o manufacturados en algún taller local habilitado como tal sito en una nave industrial fría y destartalada en la que centenares de mujeres se afanan a los mandos de modernas máquinas de coser. Pero en la fotografía publicitaria no aparece una hermosa mujer de bello rostro, poseedora de la totalidad de los anhelos femeninos cuando ellas se miran al espejo y ellos se emboban soñadoramente antes de descender a la realidad de que la suya nada tiene que ver. Tampoco la modelo se muestra de frente, como cualquiera que no se dedique al negocio publicitario pensaría, sino de espaldas, más, de culo, porque es un culo más que generoso, diría que abusivo, el que ocupa el centro de la fotografía, el motivo principal de todo lo tangible e intangible que en ella se incluye. Una imagen que, nada más verla, me recordó a los Los Simpson y el episodio en el que el inodoro se estremece de terror cuando Homer desciende sobre él para hacer lo que todos hacemos en semejantes circunstancias, soltar mierda, el culo de la fotografía también, y puede que tan apestosa como el que más.

Y como lo realmente importante es el culo y sería demasiado atrevido, y absurdo o anodino, mostrar únicamente un orondo trasero que ocupara toda la imagen, no diría nada, aunque sin duda sea lo más importante, aparece en segundo plano la dueña del mismo; una señora de rostro vulgar y corriente, evidentemente secundario, que vuelve la cabeza para decirle al cautivo admirador o admiradora que aquel pandero pertenece a una persona humana.

Que supuestas marcas de lujo elijan un culazo para publicitarse dice mucho de los tiempos que vivimos. Nada de bellezas, clásicas o modernas, rostros atractivos, directamente bellos o peculiares en su originalidad, ni cuerpos más o menos esbeltos, aún en contra de una gran parte de la humanidad que tiene que acarrear con el que tiene porque no le queda más remedio, sino culos, traseros, asentaderas, panderos, pompis etc. Pero no culos corrientes, rectifico, culos más o menos proporcionados al cuerpo que los porta y soporta, sino más bien excesivos, o directamente desproporcionados que también me recuerdan a esos culos que aparecían en los tebeos infantiles, caricaturas de personajes femeninos pequeños y con culos enormes; imagino que una cómica deformación del tipo que más pululaba por el país.

Hablamos de supuesta moda que cuesta mil veces más que cualquier otro pantalón exactamente igual encontrado en cualquier mercadillo de las afueras en cualquier pueblo de este país. Y que presuntamente las mujeres, prefiero ignorar el número, suspiren por culos tan grotescos no deja de ser casi alarmista. Luego el culo ha pasado a convertirse en la parte más importante de la especie, mostrando el camino hacia cumbres de felicidad y progreso inimaginables, por el que se sacrifican millones de seres humanos, unos para meterle mano y otras por poseerlo, cuando no deja de ser esa parte con la que descansamos en la tabla cuando necesitamos evacuar.

También es cierto que para muchos humanos el culo es la cara del sexo, pero hay culos y culazos, y que yo recuerde con el culo no se suele pensar, como tampoco muestra las bondades, físicas o intelectuales, de su poseedor. Excepto en la actualidad, porque hoy es indudable que pensamos con el culo.

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En el Oeste

Al hilo de algunas noticias, que luego no lo son tanto, y alguna que otra conversación accidental -cogida al vuelo- parece que se intenta convertir en problema lo que, en mi opinión, también puede enfocarse como meras cuestiones personales -dejando al margen lo político o social, porque entonces sería tocar palos que siempre nos vienen grandes. Con ello se pretende consolidar una especie de escenario en el que plantear un tema que no sería tal si cada cual se dedicara a hacer medianamente bien las cosas, eso sí, previa clarificación de cuáles son sus capacidades e intereses y a partir de ello intentar desenvolverse en este mundo tal y como lo hemos hecho. Porque para perder el tiempo con frustraciones reconvertidas en sueños ilusorios, supuestas y dramáticas injusticias -casi bíblicas- y falsas teorías vestidas con ropajes distópicos, amén de otras hierbas cuasi apocalípticas, mejor apaga y vámonos.

Como no he dicho de qué van estas letras debo poner en antecedentes a un hipotético y desprevenido lector, hablo de lo mal que lo están pasando los hombres últimamente, señalados, acusados, perseguidos, despreciados y minusvalorados como si se tratara de mujeres vulgares y corrientes, de las de toda la vida -no es preciso poner más de lo que se lee porque en ningún momento pretendo ser despectivo ni despreciativo.

Imagino que a tanto adulto masculino ninguneado por las “poderosas fuerzas femeninas internacionales” solo le queda como ejemplo y salvación el heroico y revitalizador “América primero” del señor Trump -con correlatos locales en presumidos y narcisistas Abascales y Bukeles atentos y cuidadores de su imagen como si de una mujer cualquiera se tratara. En el fondo una especie de reivindicación y vuelta a los tiempos del viejo oeste en los que el hombre, como magnífico y viril ejemplo de la especie, se dedicaba a darse de hostias con todo lo viviente -animal, vegetal o mineral- con tal de hacerse su hueco, una situación que tenía mucho que ver con que no le tocaran los cojones cuando hacía lo que le venía en gana -un poco déspota, como Putin, por ejemplo. En territorio tan amplio y salvaje cualquier acuerdo, ayuda y/o colaboración significaba por principio síntoma de debilidad, si uno no podía por sí solo mal asunto, se trataba de un cobarde. Como contrapartida siempre existía otro hombre -más auténtico si cabe, el bueno de la película- que llegaba allí donde se le necesitaba -qué curioso- y quitaba de en medio o directamente hacía desaparecer a quien o aquello que se interpusiera, disputara o condicionara los deseos de su vigorosa voluntad. Provisto de sus correspondientes armas, altivo y receloso, detentador de los genuinos valores masculinos -y por ende de la especie-, también bastante cateto, este heroico salvador gustaba jactarse de sus recelos o mostrarse enemigo declarado de cualquier comunidad o forma de estado y su sospechosamente socializante interés por entrometerse poniéndose del lado de los flojos -¿para qué estaba él entonces?-, tipos sin agallas que se arracimaban para darse valor a sí mismos al margen de los valientes, a los que, tras su testicular demostración de hombría, solo quedaba largarse y cabalgar contra el viento en masculina soledad, jinetes desarraigados a la búsqueda de paraísos perdidos, y/o oprimidos, en los que imponer su voluntad -¡ah! qué puestas de sol las de los vaqueros solitarios; y fumando. El vivo ejemplo de un dios orgulloso y tronante en la tierra, su genuino representante encargado de dominar la creación adecuándola a su sagrada voluntad.

Menudo rollo. Es de lo que va la cosa, del regreso a semejantes especímenes, tal y como viene sucediendo en la política de varios países de este atropellado mundo. Volver al oeste y la violencia como único medio de relacionarse entre humanos, cada cual con su correspondiente arma en la guantera del coche y listo para dilucidar la mínima discusión o contrariedad directamente a tiros, y que gane el más fuerte.

Pero sucede que en muchos países la tradicional, áspera y limitada sabiduría de los solitarios héroes del oeste americano pilla algo lejos y no siempre hay alguien que pueda servir como ejemplo, aunque van surgiendo; hoy en día los modelos y estereotipos vuelan y se instalan allá donde las almas temerosas necesitan un chute de virilidad para hacerse con las riendas de sus propias vidas. Sin embargo ¿cómo van a actuar tantos hombres jóvenes -al parecer dolorosamente oprimidos- habituados a un mundo en el que todo se muestra al alcance de la mano y apenas sin esfuerzo, incluidos una serie de derechos inalienables que, desgraciadamente, nada tienen que ver con la inteligencia, la razón, el esfuerzo, la adaptabilidad etc.? Ejemplares masculinos crecidos como auténticas contradicciones andantes, desorientados y confundidos, también engañados, necesitados de un mínimo entendimiento y capacidad de comprensión que aplicar a su alrededor. ¿Saben valerse por sí mismos? ¿Por medio de la violencia? ¿Quién va a explicarles que reconocer, entender, ceder o adaptarse no es de débiles ni significa una derrota? ¿Quién vendrá a salvarlos? Da miedo pensarlo.

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Aniversarios

Deborah Harry decía hace poco en prensa que envejecer no es para cobardes, con lo que estoy completamente de acuerdo. Es lo que hay.

Como tampoco tiene sentido omitir, quitarse o no celebrar años porque significa que uno es cada vez mayor -¿acaso nadie te dijo de qué iba esto? Y de seguir así las inconveniencias probablemente se multiplicarán y tu propia vida se te hará, si no más difícil, si más insoportable; y hasta puede que comiences a arrastrar un problema de inmadurez al que no sabrás enfrentarte y quitártelo de encima. Da igual el año a partir del cual el miedo a la edad comienza a hacer estragos en tu cabeza, y lo más obvio es que cuanto antes lo asumas y te enfrentes a ello más feliz serás. Pero supongo que cada uno es un mundo, y pude haber mundos tan oscuros, resentidos y retorcidos que directamente darán miedo.

También es mejor pensar a nuestro favor por el tiempo vivido, no como una carga, sino en todo lo vivido, tanto lo contable como lo no contable, lo discutible, absurdo, nocivo, peligroso y, como no, en los tiempos felices; mejor que atascarse en el tiempo que hipotéticamente queda por vivir, tiempo siempre intrigante -y atractivo- y hasta peligrosamente desconocido.

Otra cosa que te permite el transcurrir de los años es reconocer por fin la infinidad de errores que cometiste, desde los más triviales y estúpidos a los más trascendentales o vergonzosos, las indecisiones, las malas decisiones, los brotes de soberbia y pura ignorancia -como para estar al tanto de los errores y problemas de los demás-; o cuántas veces te comportaste como un cabrón. La mayor parte de lo sucedido ya no tiene remedio, tan solo queda contemplarlo desde la distancia, ser justo cuando toque e indulgente a la hora de reconocer que entonces uno no daba más de sí. Tomar como un regalo esta nueva perspectiva asumiendo y reconociendo los motivos, equivocaciones o actos impropios que te llevaron o abocaron a aquello. Empezando siempre por uno mismo, luego lo que atañe a los demás, si lo hay, menos importante porque el otro no eras tú y bastante tenías con bregar contigo.

Con todo esto no creo que diga nada nuevo, cualquiera que haya dedicado unos minutos a reflexionar sobre sus pasos habrá de reconocer lo inapelable del transcurso del tiempo, que lo hecho, hecho está, que es falso aquello de no es lo que parece y que desde la distancia muchos enredos probablemente tampoco eran para tanto, en parte porque la solución siempre estuvo ahí al lado -incluido que no supiéramos verla-, y era más simple de como finalmente se desarrollaron los acontecimientos.

También pueden verse las personas que se han ido quedando atrás, por lo civil o por lo criminal, da igual, y que en todos los casos seguro que siempre se pudo hacer algo más por nuestra parte, pero entonces, testarudos y empecinados como de costumbre, no estábamos por la labor -nos ocupaban otros problemas tan irresolubles que en más de una ocasión el tiempo se los llevó de un plumazo-; o simplemente no teníamos ni puñetera idea de cómo meterle mano. Luego se hizo lo que se hizo o sucedió lo que tenía que suceder, y si toca pedir disculpas por ello no hay ningún problema -nunca es tarde. Sin olvidar que cualquier carga que no aporte nada al presente es mejor dejarla a un lado, y si es posible olvidarla.

Una vez despojado de todo lo superfluo, generalmente más de lo que imaginábamos, y con el inconveniente de que siempre habrá más que irá surgiendo según y cómo -uno no acaba nunca de escarbar en su cabeza-, igual quedas ligero como una pluma, con poco o nada que perder, como una jornada de puertas abiertas en la que admitir lo que vaya viniendo con paciencia y una sonrisa. En tu haber, si has sido sincero, seguramente acumularás un buen puñado de argumentos que te ayudarán a explicar, discutir -si viene al caso- o, en el peor de los presagios, argumentar con el único objetivo de llegar a una salida clara y limpia; sin orgullos ni testarudeces que no conducen a ningún sitio, en todo caso a enmierdar todavía más las cosas, y para eso mejor dejarlas como están.

Todavía estás, tienes -lo que tengas y dure- y compartes, pues a disfrutar.

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