Terrazas

Hace tiempo que dejaron de sorprendernos, al menos a mí, también en invierno, nos hemos acostumbrado a ellas y ahora que ya es verano calles y aceras se han convertido en terrazas en las que inician su particular cruz laboral miles de jóvenes a los que el país no tiene otra cosa mejor que ofrecerles; como es cierto que este país no tiene tanto que ofrecer, tampoco para los nativos del lugar. Lo que comenzó siendo una moda, necesidad, oportunidad de negocio o tabla de salvamento a raíz de la pandemia, esa especie de cesión a la baja de suelo público en aras de un bien mayor, se ha convertido en una completa apropiación de terreno que en muchos casos se trata de un auténtico cerramiento a cal y canto al que solo le falta el título de propiedad, que viene a ser lo mismo que obtener una concesión para… elijan los años que gusten y en algunos casos se quedarán cortos.

Y si las terrazas permanecen es porque el negocio funciona y los ingresos aumentan, y, también, los puestos de trabajo se multiplican -ya sé que ello va implícito-; la cuestión es por cuanto, qué proporción de ese suculento negocio de las terrazas se lleva el trabajador al que solo hace falta seguir el tiempo en el que te tomas una cerveza para imaginar cómo serán seis, siete, ocho o más horas seguidas a semejante ritmo de trabajo, eso contando con que él o la joven tenga contrato a jornada completa y cobre como corresponde, asunto este que, me temo, no es conveniente tocar porque sería como tocar las narices ahora que el negocio funciona -¡entonces! ¿cuándo? En parte porque sería afear el suculento bocado que significa el turismo en este país -para algunos-, y en parte porque gracias a ello hay miles de jóvenes que pueden trabajar y comenzar a planear un futuro (¿?). Los directamente implicados mejor que no hablen, tampoco se les espera, con trabajar ya tienen suficiente.

Y, ya puestos, imaginen terrazas monstruosas, y más allá, como esas otras que expulsan directamente al peatón a la calzada, pasto de vehículos, haciendo completamente imposible transitar por las aceras. Treinta o cuarenta mesas -supongo que habrá quienes las hayan visto aún mayores- repletas de ocupantes deseosos de ser atendidos excelentemente, ni siquiera bien o con una mínima corrección, los primeros y rapidito, con amabilidad y profesionalidad, sin errores y que luego no se pasen en la cuenta. Una quimera en este país, mucho menos en una hora punta, que siendo como somos se me antojan muchas, y algunas bastante intempestivas.

Decepciona que semejante negocio esté en manos de jóvenes sin cualificar tratados casi como esclavos por unos propietarios que probablemente siempre pretenden aquello de hacer más con menos. Carencias profesionales que cada cual ha de suplir como mejor pueda, se juegan el puesto, de lo contrario regresaran de patitas a la calle. Dándose situaciones de lo más estrambóticas, como cuando el hombre o la mujer que te atiende no tiene, literalmente, ni remota idea de lo que le estás pidiendo; unos no saben qué hacer o cómo actuar, como si no hubieran comprendido o quedándose mirando hacia ningún sitio; aquello de tierra trágame. Los más hábiles sonreirán, lo anotarán y luego preguntarán a sus compañeros más expertos, o directamente reconocerán que lo desconocen o no saben y te requerirán información, algo que, a fin de cuentas, no está del todo mal pero no debería suceder. O si optan por callar y asentir puede que aparezcan con nada de lo que pediste.

Pero en ningún caso es culpa de ellos, por supuesto, sino del tipo que los contrata sin preocuparse por su preparación, su habilidad y corrección a la hora de atender y dirigirse al cliente, su saber estar, su conocimiento del medio -¡bah! tu tomas nota y luego ya se verá; o me lo dices a mí.

Todo ello no evita el enorme desánimo de ver a tanta gente joven -como les gusta decir a muchos políticos, el futuro del país- en trabajos casi esclavos a cambio de -textual- cuatro perras mal pagadas. Qué tipo de país acepta sin rechistar que sus hijos tengan que tragar las mierdas de jefes desaprensivos y sin escrúpulos y sufrir a impresentables con derecho a ser bien atendidos, cuando estos mismos desconocen lo que es una mínima educación. Aunque quiero imaginar que habrá gente que sabe comportarse como cliente.

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