Hablamos

En unos pocos días me he tropezado con dos expresiones en charlas y conversaciones que, independientemente de su pertinencia, originalidad y/o supuesta y nada imaginativa frescura, no dejan de ser dos formas de proceder y ver el mundo que, a mi parecer, con el tiempo acaban instalándose en lo más profundo y temeroso, tanto del subconsciente individual como del colectivo, modificando con ello la propia visión de la realidad. Se trata de un par de muestras que me llevan a otros tiempos más ásperos y desconfiados en los que la población de este país transitaba por esta vida sojuzgada y reprimida, de paso hacia algo presuntamente más seguro pero en el fondo tan desconocido y sospechoso como incierto.

De distintas procedencias pero con puntos en común entre ellas muestran mucho más, a peor, de lo que en principio pudiera suponerse. La primera expresión dice, a la hora de referirse a emigrantes africanos y en tono tan indiferente como despreciativo, “gente de más abajo de Andalucía”, manifestada en este caso entre maestros de primera enseñanza de la zona comentando de padres y alumnos. Mujeres y hombres que se mueven entre la treintena y la cuarentena, con los deberes profesionales hechos -oposición ganada-, bien asentados y económicamente seguros, probablemente poco dados a las renovaciones y actualizaciones tan necesarias en la enseñanza, voluntariamente perezosos y más bien inmovilistas, con lo que ello significa a la hora de entender el mundo y enseñar a los chavales que tienen diariamente bajo su responsabilidad. Sujetos anclados en una negligente y zafia comodidad que, incrustados en un inamovible escritorio de granito, acaban confundiendo su trabajo con una vía muerta.

La otra expresión proviene de estudiantes de educación superior sevillanos, con el añadido de que probablemente sea normal entre familias, amigos o vecinos de calle o de clase, y habla de un sitio “mas arriba de Linares” cuando el topónimo de la conversación se sitúa más allá de Sierra Morena. Es cierto que no hay por qué darle más importancia al chascarrillo, como en realidad merecería, si no fuera porque no sé si esa inconsciente o voluntaria indiferencia, que también puede ser desprecio o ignorancia, amén de pereza mental, dice más que ahorra -ni siquiera sirve como otra aplicación de la ley del mínimo esfuerzo. Suena más bien propia de gentes del terruño abonadas a las supersticiones y los presentimientos, tendentes a imaginar el peligro de monstruos y desconocidos tan solo un metro más allá de la frontera que delimitan las afueras del pueblo. Una discutible economía intelectual probablemente preludio o resultado de otras más gravosas e importantes que tienen que ver con una estancia, que no vida, tan insulsa como acomodaticia.

Vaya por delante que cada cual puede hacer y decir lo que mejor le parezca, incluso no abrir la boca o no moverse del sitio si le apetece, pero lo cierto es que no cuesta ningún esfuerzo referirse a las cosas por su nombre; en ambos casos hablamos de personas con educación, creo que modernas y contemporáneas de los tiempos que viven. Porque nombrar es hacer real lo que hablamos y decimos y, al mismo tiempo, hacernos reales; los nombres disipan las tinieblas y aclaran la perspectiva, fijan en la distancia, excitan la imaginación y nos sitúan a nosotros mismos con referencia a lugares y personas con las que tenemos más en común de lo que imaginamos. Además de hacernos poseedores de una sabiduría y conocimientos que hace tiempo deberían haber dejado a un lado ese recelo tan primigenio como irracional hacia lo que no es “lo nuestro”, y en este caso tampoco desconocido. Esa capacidad de nombrar nos hace más abiertos y receptivos, también confiados y seguros de nosotros mismos, respetuosos y tolerantes. Creo que cerrar puertas voluntariamente en nuestro cerebro en función de una hipotética gracia o comodidad no es una broma inocente, ni graciosa -aunque quizás haya a quien se lo parezca y estas letras solo son una pérdida de tiempo, o un despropósito. Lo que no impide que me siga preguntando por qué somos tan irresponsables con el uso de nuestra lengua como con nuestra propia inteligencia, un regalo de la naturaleza que no ocupa lugar y que jamás agotaremos, aunque nos empeñamos en esclerotizarla voluntariamente por pura desidia.

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Otro día

Leo que seis de cada diez argentinos están en la pobreza, es decir, más de la mitad de la población las pasa canutas para sobrevivir y sin embargo han votado a un tipo que quiere reducir, o directamente eliminar, los servicios públicos para que la población sea libre, todo bien, lo que ocurre es que si tal cantidad de necesitados no disponen de un Estado que les proporcione unas mínimas garantías de subsistencia lo tienen claro, solo les queda, en pos de su libertad, lanzarse a conseguir de cualquier modo lo que necesitan, y que cada cual aguantes su vela; menos mal que les queda el fútbol -¡son campeones del mundo! ¡toma ya!- futbolísticamente más que ese avispado españolito que se largó a NY para conseguir una de las primeras gafas Apple -entre cuatro y cinco mil euros con los accesorios indispensables, a Europa llegarán a finales de año o probablemente el año que viene ¡qué mala suerte!-, y con tan excitante dispositivo en su poder se vino de vuelta para fardar y explicar sin tardanza a sus ansiosos seguidores -evidentemente no tan sobrados- la última maravilla de la técnica -dejo al criterio del lector el cálculo del importe de tan melindrosa escapada, también si se trata de uno de aquellos afortunados y libres argentinos-, aunque ¿para qué sirve el dinero si no es para gastarlo? Como el que piden esos grupos de ucranios con banderas y música autóctona que pueden verse en algunas de las esquinas madrileñas más rumbosas, solicitar del solidario transeúnte una ayuda para los suyos que, como el que no quiere la cosa, han pasado de vivir a no poder vivir o directamente morir porque al déspota vecino le ha dado por jugar a los imperios y necesitaba hacerse respetar internacionalmente a costa de los muertos que sea, muertos que no dejan de ser los pobres y miserables diablos que han venido poblando los miles de gloriosos ejércitos conquistadores que han arrasado los campos de la historia siglo tras siglo, circunstancia que, no obstante, en nada afecta a mi amiga que, orgullosa, me anunciaba hace unos días que le han regalado “una Alexa” -al fin- con la que está disfrutando de lo lindo, hasta el punto que ya no puede vivir sin ella; le pide la comida del día, música, recetas, remedios para los dolores, sugerencias para regalos, las noticias más importantes, en fin ¡todo!, una auténtica delicia que se ha convertido en la reina de la casa; así que ya me ha advertido que corte con el rollo agorero de la IA y cómo te vigila y manipula a partir de su voluntario y gratuito adiestramiento por nuestra parte, llegando a conocerte hasta el punto de que es más que probable que la siguiente compra que le entusiasme hasta las mismas meninges sea una elección de aquella, que ella -boba- creerá un mazo original, ¡vaya! una necesidad; luego si la IA es tan peligrosa como he afirmado en alguna ocasión -cosa de películas, que me lo creo todo- ¿por qué va a ser lo mío más cierto que el progreso, simpleza y comodidad de Alexa? Entonces callo y miro hacia otro lado, como lo hacía cuando tropecé con aquella educada pareja de mexicanos que entraban en un establecimiento de Swatch  pidiendo exactamente uno de los modelos más caros del escaparate -que pagan y se llevan puesto-, además de preguntar cuando sale al mercado la siguiente línea, a lo que la amable dependienta les respondía solicita y probablemente ajena al economista que hace poco afirmaba en una entrevista que con el tiempo los trabajadores van a tener que dormir en lo que ya se denominan “camas calientes”, es decir, que como no tendrán un duro para comprar un piso y los alquileres están por las nubes, no podrán juntarse o casarse y tendrán que compartir mechinales y camas por turnos con otros libres y sufridores como ellos, ya que a las constructoras no les merece la pena construir pisos económicos porque apenas sacan tajada, por eso se dedican a los pisos grandes y caros -son muchísimo más rentables-, y tal vez por ello la capital de este país es una de las principales ciudades mundiales a la hora de invertir en inmuebles de lujo -aunque no creo que sean muchos los argentinos que vengan a hacerse con alguno de ellos-, pero ¡bah! todo esto son nimiedades que ocurren asiduamente, como los milmillonarios beneficios de las grandes empresas que ocupan las orgullosas páginas de economía, y a usted a mí nos van a subir la factura de la luz, cosas de un día para otro.

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Tenis

No recuerdo si en alguna ocasión el famoso tenista español actualmente bajo el ojo crítico de alguna prensa, y no precisamente por el tenis, se manifestó o hizo proselitismo sobre valores nacionales, universalistas, solidarios o de igualdad; igual nunca. El tipo no dejaba de repetir machaconamente, una vez y otra, que a él lo que lo gustaba era jugar al tenis, esforzándose lo indecible con el único objetivo de divertirse y ganar; siempre como una cuestión estrictamente personal que, casualmente, venía con suculentos añadidos, entre ellos, el dinero y la fama. Pero eso era otro cantar sobre el que jamás se le preguntaba y él apenas se manifestó, o voluntariamente nunca.

Como tampoco recuerdo en qué momento y por parte de qué medios se comenzó a utilizar su figura como referente y orgullo nacional, icono ejemplarizante de unos valores patrios que en la mayoría de las ocasiones tenían más que ver con la idea, plan o negocio del periodista o medio en concreto que con el personaje mismo. Objetivo que imagino jamás se plantearon los medios suizos con su famosísimo representante tenístico local. Cuestiones y referentes sobre las que el sujeto español decía poco, o nada, ni a favor ni en contra, y si lo hacía era a expensas de las preguntas intencionadas del representante de los medios y de manera parca y más bien corta, o cautelosa, dando un tan respetuoso como calculado rodeo que evitaba las respuestas directas ante la rendida y admirativa pleitesía del periodista o entrevistador de turno. Se trataba, y se trata, de un tipo obediente, tenaz y muy bien educado.

Y si se ponen a repasar sus melindrosas y maniáticas rutinas a la hora de jugar, desde las botellas a los gestos, pueden descifrarse las exigentes consignas y ciego cumplimiento de un “cabezabote” adiestrado hasta el mínimo detalle para ganar, incluida la ritualizada y obsesiva concentración que evitaría estar descolocado ante cualquier situación sorpresiva o directamente peligrosa. Que jugar al tenis fuera lo que este hombre hacía, y a día de hoy sigue haciendo, no tenía otro significado que ser el campo de batalla en el que luchar para conquistar; sin países ni banderas, una guerra estrictamente individual en la que los demás importaban de forma condicionada -evitando tener en contra a cualquiera que de algún modo pudiera perjudicar tus intereses. Observación, mucho tacto y reserva, hasta el punto de que, viéndolo hablar, su rostro solía mostrar un permanente aspecto hierático y embarazoso -incluso puede que fuera simple timidez-, como una dura máscara en la que cualquier sonrisa parecía forzada. Siempre cauteloso ante amigos o enemigos y sin jamás perder de vista el objetivo principal: ganar a toda costa.

En este tipo de guerras personales el deporte tan solo representa el campo de batalla, así, sin matices, sin valores ni retóricas populistas que la prensa más zalamera se encargaba de inventar, poner y ensalzar priorizándolas por encima de la más prosaico realidad. Lo importante siempre fue el dinero, normal, la cuestión deportiva o representativa solo era la necesaria palestra en la que partirse el rostro a raquetazos; el resto, sueños, invenciones, convenientes o amañadas historias de superación y loas indiscriminadas y acríticas que mostraban un descarado parasitismo informativo empecinado en poner más de lo que había con tal de atraer clientes -léase televidentes o lectores. Labia con la que engalanar lo que solo era un tipo ganando dinero con lo que mejor sabe hacer. Y punto.

Y esos mismos medios que pusieron a este chico en el centro de su retórica de papel cuché, en más de una ocasión pringosa en exceso o magníficamente ejemplarizante, falsamente universalista y un sinfín de lisonjas y adjetivos con las que estos interesados adornaban sus crónicas y entrevistas sin que el sujeto en cuestión, repito, pusiera nada de su parte -solo jugar-, ahora se sienten defraudados; y han decidió hacer de su al parecer sorprendente y alarmada frustración noticia. De pronto se han dado cuenta que detrás no había nada más, solo obstinación y férrea disciplina, un físico machacado hasta lo indecible, tenacidad, obediencia y trabajo con el único fin de, como vuelvo a decir, ganar dinero. Y ese icono nacional e internacional tan primorosamente fabricado y querido, admirado por aficionados y ajenos y del que tan enamorados estábamos debido a su pureza y unos valores que apuntaban bien alto, y que como ahora se ha demostrado eran inventados, de pronto se muestra como alguien vulgar y corriente que se mueve por la pela. Y si mañana hay que decir negro donde antes era blanco pues se dice negro. Si a alguien se le hubiera ocurrido años atrás poner sobre la mesa semejantes ordinarieces en referencia a este personaje habría que, como poco, extraditarlo por envidioso, mal pensado y nada patriota. Salirse del redil siempre ha estado mal visto.

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Pensar con el culo

Ahora que está tan de moda colgarle la etiqueta de icónico a cualquier persona, simpleza o acción realizada con el cerebro no viene mal utilizarla para la fotografía que motiva estas letras, aunque, sinceramente, preferiría que no fuera así, pero son los tiempos que corren, los que nos muestran tal y como somos.

Se trata de una fotografía publicitaria de una marca de moda de lujo que posiblemente hoy, domingo, aparecerá en la mayor parte de los diarios en papel. Muestra a una mujer vestida con camisa y pantalón estéticamente irrelevantes, de esos que se pueden encontrar en cualquier establecimiento dedicado a la venta de ropa, hechos en China o manufacturados en algún taller local habilitado como tal sito en una nave industrial fría y destartalada en la que centenares de mujeres se afanan a los mandos de modernas máquinas de coser. Pero en la fotografía publicitaria no aparece una hermosa mujer de bello rostro, poseedora de la totalidad de los anhelos femeninos cuando ellas se miran al espejo y ellos se emboban soñadoramente antes de descender a la realidad de que la suya nada tiene que ver. Tampoco la modelo se muestra de frente, como cualquiera que no se dedique al negocio publicitario pensaría, sino de espaldas, más, de culo, porque es un culo más que generoso, diría que abusivo, el que ocupa el centro de la fotografía, el motivo principal de todo lo tangible e intangible que en ella se incluye. Una imagen que, nada más verla, me recordó a los Los Simpson y el episodio en el que el inodoro se estremece de terror cuando Homer desciende sobre él para hacer lo que todos hacemos en semejantes circunstancias, soltar mierda, el culo de la fotografía también, y puede que tan apestosa como el que más.

Y como lo realmente importante es el culo y sería demasiado atrevido, y absurdo o anodino, mostrar únicamente un orondo trasero que ocupara toda la imagen, no diría nada, aunque sin duda sea lo más importante, aparece en segundo plano la dueña del mismo; una señora de rostro vulgar y corriente, evidentemente secundario, que vuelve la cabeza para decirle al cautivo admirador o admiradora que aquel pandero pertenece a una persona humana.

Que supuestas marcas de lujo elijan un culazo para publicitarse dice mucho de los tiempos que vivimos. Nada de bellezas, clásicas o modernas, rostros atractivos, directamente bellos o peculiares en su originalidad, ni cuerpos más o menos esbeltos, aún en contra de una gran parte de la humanidad que tiene que acarrear con el que tiene porque no le queda más remedio, sino culos, traseros, asentaderas, panderos, pompis etc. Pero no culos corrientes, rectifico, culos más o menos proporcionados al cuerpo que los porta y soporta, sino más bien excesivos, o directamente desproporcionados que también me recuerdan a esos culos que aparecían en los tebeos infantiles, caricaturas de personajes femeninos pequeños y con culos enormes; imagino que una cómica deformación del tipo que más pululaba por el país.

Hablamos de supuesta moda que cuesta mil veces más que cualquier otro pantalón exactamente igual encontrado en cualquier mercadillo de las afueras en cualquier pueblo de este país. Y que presuntamente las mujeres, prefiero ignorar el número, suspiren por culos tan grotescos no deja de ser casi alarmista. Luego el culo ha pasado a convertirse en la parte más importante de la especie, mostrando el camino hacia cumbres de felicidad y progreso inimaginables, por el que se sacrifican millones de seres humanos, unos para meterle mano y otras por poseerlo, cuando no deja de ser esa parte con la que descansamos en la tabla cuando necesitamos evacuar.

También es cierto que para muchos humanos el culo es la cara del sexo, pero hay culos y culazos, y que yo recuerde con el culo no se suele pensar, como tampoco muestra las bondades, físicas o intelectuales, de su poseedor. Excepto en la actualidad, porque hoy es indudable que pensamos con el culo.

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En el Oeste

Al hilo de algunas noticias, que luego no lo son tanto, y alguna que otra conversación accidental -cogida al vuelo- parece que se intenta convertir en problema lo que, en mi opinión, también puede enfocarse como meras cuestiones personales -dejando al margen lo político o social, porque entonces sería tocar palos que siempre nos vienen grandes. Con ello se pretende consolidar una especie de escenario en el que plantear un tema que no sería tal si cada cual se dedicara a hacer medianamente bien las cosas, eso sí, previa clarificación de cuáles son sus capacidades e intereses y a partir de ello intentar desenvolverse en este mundo tal y como lo hemos hecho. Porque para perder el tiempo con frustraciones reconvertidas en sueños ilusorios, supuestas y dramáticas injusticias -casi bíblicas- y falsas teorías vestidas con ropajes distópicos, amén de otras hierbas cuasi apocalípticas, mejor apaga y vámonos.

Como no he dicho de qué van estas letras debo poner en antecedentes a un hipotético y desprevenido lector, hablo de lo mal que lo están pasando los hombres últimamente, señalados, acusados, perseguidos, despreciados y minusvalorados como si se tratara de mujeres vulgares y corrientes, de las de toda la vida -no es preciso poner más de lo que se lee porque en ningún momento pretendo ser despectivo ni despreciativo.

Imagino que a tanto adulto masculino ninguneado por las “poderosas fuerzas femeninas internacionales” solo le queda como ejemplo y salvación el heroico y revitalizador “América primero” del señor Trump -con correlatos locales en presumidos y narcisistas Abascales y Bukeles atentos y cuidadores de su imagen como si de una mujer cualquiera se tratara. En el fondo una especie de reivindicación y vuelta a los tiempos del viejo oeste en los que el hombre, como magnífico y viril ejemplo de la especie, se dedicaba a darse de hostias con todo lo viviente -animal, vegetal o mineral- con tal de hacerse su hueco, una situación que tenía mucho que ver con que no le tocaran los cojones cuando hacía lo que le venía en gana -un poco déspota, como Putin, por ejemplo. En territorio tan amplio y salvaje cualquier acuerdo, ayuda y/o colaboración significaba por principio síntoma de debilidad, si uno no podía por sí solo mal asunto, se trataba de un cobarde. Como contrapartida siempre existía otro hombre -más auténtico si cabe, el bueno de la película- que llegaba allí donde se le necesitaba -qué curioso- y quitaba de en medio o directamente hacía desaparecer a quien o aquello que se interpusiera, disputara o condicionara los deseos de su vigorosa voluntad. Provisto de sus correspondientes armas, altivo y receloso, detentador de los genuinos valores masculinos -y por ende de la especie-, también bastante cateto, este heroico salvador gustaba jactarse de sus recelos o mostrarse enemigo declarado de cualquier comunidad o forma de estado y su sospechosamente socializante interés por entrometerse poniéndose del lado de los flojos -¿para qué estaba él entonces?-, tipos sin agallas que se arracimaban para darse valor a sí mismos al margen de los valientes, a los que, tras su testicular demostración de hombría, solo quedaba largarse y cabalgar contra el viento en masculina soledad, jinetes desarraigados a la búsqueda de paraísos perdidos, y/o oprimidos, en los que imponer su voluntad -¡ah! qué puestas de sol las de los vaqueros solitarios; y fumando. El vivo ejemplo de un dios orgulloso y tronante en la tierra, su genuino representante encargado de dominar la creación adecuándola a su sagrada voluntad.

Menudo rollo. Es de lo que va la cosa, del regreso a semejantes especímenes, tal y como viene sucediendo en la política de varios países de este atropellado mundo. Volver al oeste y la violencia como único medio de relacionarse entre humanos, cada cual con su correspondiente arma en la guantera del coche y listo para dilucidar la mínima discusión o contrariedad directamente a tiros, y que gane el más fuerte.

Pero sucede que en muchos países la tradicional, áspera y limitada sabiduría de los solitarios héroes del oeste americano pilla algo lejos y no siempre hay alguien que pueda servir como ejemplo, aunque van surgiendo; hoy en día los modelos y estereotipos vuelan y se instalan allá donde las almas temerosas necesitan un chute de virilidad para hacerse con las riendas de sus propias vidas. Sin embargo ¿cómo van a actuar tantos hombres jóvenes -al parecer dolorosamente oprimidos- habituados a un mundo en el que todo se muestra al alcance de la mano y apenas sin esfuerzo, incluidos una serie de derechos inalienables que, desgraciadamente, nada tienen que ver con la inteligencia, la razón, el esfuerzo, la adaptabilidad etc.? Ejemplares masculinos crecidos como auténticas contradicciones andantes, desorientados y confundidos, también engañados, necesitados de un mínimo entendimiento y capacidad de comprensión que aplicar a su alrededor. ¿Saben valerse por sí mismos? ¿Por medio de la violencia? ¿Quién va a explicarles que reconocer, entender, ceder o adaptarse no es de débiles ni significa una derrota? ¿Quién vendrá a salvarlos? Da miedo pensarlo.

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Aniversarios

Deborah Harry decía hace poco en prensa que envejecer no es para cobardes, con lo que estoy completamente de acuerdo. Es lo que hay.

Como tampoco tiene sentido omitir, quitarse o no celebrar años porque significa que uno es cada vez mayor -¿acaso nadie te dijo de qué iba esto? Y de seguir así las inconveniencias probablemente se multiplicarán y tu propia vida se te hará, si no más difícil, si más insoportable; y hasta puede que comiences a arrastrar un problema de inmadurez al que no sabrás enfrentarte y quitártelo de encima. Da igual el año a partir del cual el miedo a la edad comienza a hacer estragos en tu cabeza, y lo más obvio es que cuanto antes lo asumas y te enfrentes a ello más feliz serás. Pero supongo que cada uno es un mundo, y pude haber mundos tan oscuros, resentidos y retorcidos que directamente darán miedo.

También es mejor pensar a nuestro favor por el tiempo vivido, no como una carga, sino en todo lo vivido, tanto lo contable como lo no contable, lo discutible, absurdo, nocivo, peligroso y, como no, en los tiempos felices; mejor que atascarse en el tiempo que hipotéticamente queda por vivir, tiempo siempre intrigante -y atractivo- y hasta peligrosamente desconocido.

Otra cosa que te permite el transcurrir de los años es reconocer por fin la infinidad de errores que cometiste, desde los más triviales y estúpidos a los más trascendentales o vergonzosos, las indecisiones, las malas decisiones, los brotes de soberbia y pura ignorancia -como para estar al tanto de los errores y problemas de los demás-; o cuántas veces te comportaste como un cabrón. La mayor parte de lo sucedido ya no tiene remedio, tan solo queda contemplarlo desde la distancia, ser justo cuando toque e indulgente a la hora de reconocer que entonces uno no daba más de sí. Tomar como un regalo esta nueva perspectiva asumiendo y reconociendo los motivos, equivocaciones o actos impropios que te llevaron o abocaron a aquello. Empezando siempre por uno mismo, luego lo que atañe a los demás, si lo hay, menos importante porque el otro no eras tú y bastante tenías con bregar contigo.

Con todo esto no creo que diga nada nuevo, cualquiera que haya dedicado unos minutos a reflexionar sobre sus pasos habrá de reconocer lo inapelable del transcurso del tiempo, que lo hecho, hecho está, que es falso aquello de no es lo que parece y que desde la distancia muchos enredos probablemente tampoco eran para tanto, en parte porque la solución siempre estuvo ahí al lado -incluido que no supiéramos verla-, y era más simple de como finalmente se desarrollaron los acontecimientos.

También pueden verse las personas que se han ido quedando atrás, por lo civil o por lo criminal, da igual, y que en todos los casos seguro que siempre se pudo hacer algo más por nuestra parte, pero entonces, testarudos y empecinados como de costumbre, no estábamos por la labor -nos ocupaban otros problemas tan irresolubles que en más de una ocasión el tiempo se los llevó de un plumazo-; o simplemente no teníamos ni puñetera idea de cómo meterle mano. Luego se hizo lo que se hizo o sucedió lo que tenía que suceder, y si toca pedir disculpas por ello no hay ningún problema -nunca es tarde. Sin olvidar que cualquier carga que no aporte nada al presente es mejor dejarla a un lado, y si es posible olvidarla.

Una vez despojado de todo lo superfluo, generalmente más de lo que imaginábamos, y con el inconveniente de que siempre habrá más que irá surgiendo según y cómo -uno no acaba nunca de escarbar en su cabeza-, igual quedas ligero como una pluma, con poco o nada que perder, como una jornada de puertas abiertas en la que admitir lo que vaya viniendo con paciencia y una sonrisa. En tu haber, si has sido sincero, seguramente acumularás un buen puñado de argumentos que te ayudarán a explicar, discutir -si viene al caso- o, en el peor de los presagios, argumentar con el único objetivo de llegar a una salida clara y limpia; sin orgullos ni testarudeces que no conducen a ningún sitio, en todo caso a enmierdar todavía más las cosas, y para eso mejor dejarlas como están.

Todavía estás, tienes -lo que tengas y dure- y compartes, pues a disfrutar.

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Tendencias

Nunca pensaba en sí misma -¿por qué habría de hacerlo?-, es decir, nunca pensaba en, por ejemplo, porque pensaba del modo que pensaba, sus motivos, razones o las circunstancias que le hacían trajinar con el modelo y tipo de vida que llevaba, incluidos sus pensamientos. Es cierto que la cosa iba de que nunca tenía tiempo -no podía ser de otro modo-, como también le gustaba creer, además de hacer todo lo posible para que ello sucediera; un día a día frenético que sobre el papel carecía de pausas, con algún que otro destello de lucidez rápidamente espantado con la siguiente e ineludible obligación.

El caso era no parar, contando con y a pesar de esos esporádicos y breves instantes de clarividencia solventados con prontitud fingiendo que no sucedía nada, un pequeño lapsus que suscitaba un segundo de duda casi siempre debido a que en ese preciso momento las cosas no pintaban según lo previsto; la falta de tiempo -¡vaya noticia! Precisamente entonces no era el momento, por supuesto, ni mucho menos para, como presunta terapia -¡qué tontería!- demorarse en sí misma, perder el tiempo haciéndose preguntas o interesarse en por qué o cómo se sentía -¡qué memez!-; qué tal le iba o si merecía la pena esto o aquello. Pero qué era aquello tan en apariencia preocupante sino ella misma un día tras otro, lo que todos dicen que es la vida, y no tenía otra -¡¿entonces!?

Aunque de partida y con el objeto de impedir tales lagunas -más bien charcos-, situaciones, estado o confusión, o paranoia, o absurdo interludio peligrosamente próximo a un capítulo de manual de autoayuda que no le apetecía ni estaba dispuesta a leer, contaba con un instrumento y aliado fundamental, su agenda. Porque sí, todo se reducía a una cuestión de tiempo debido al alto ritmo que se autoimponía desde que se levantaba, ya desde la noche anterior, y como bien sabía y de ello se ocupaba en la misma no debía aparecer ningún instante dedicado o que diera opciones a hipotéticas pausas o tendencias reflexivas, o como quiera que pudiera llamarse aquello, tampoco para pensar en su necesidad, o su ya dicha y evidente ausencia.

Y así sucesivamente, un día tras otro, ese era el plan, en el que no estaban incluidas esas fatídicas circunstancias -siempre accidentales- que la obligaban a detenerse o aguardar en contra de su voluntad, porque no siempre las cosas sucedían tal y como había planeado o simplemente quería, retrocedía de inmediato a la búsqueda del error propiciatorio, siempre por su parte, la causa, extraña o anormal, en ocasiones no prevista o directamente qué había hecho mal para llegar a tal interludio vacío. Tarea engorrosa porque nunca encontraba, luego no existía, ese atenuante del que ella misma fuera la causa que justificara semejantes lapsos o accidentes -como los llamaba-, concluyendo que en todas las ocasiones era debido a cuestiones externas o ajenas, jamás debidas a su propia voluntad y/o, ni mucho menos, a un error organizativo de partida. Porque, y eso también era evidente, lo que acontecía fuera de ella y su voluntad, a su alrededor, no tenía vida propia, sino que era y ocurría en función de su consciente y voluntaria presencia, motivo único y exclusivo por el que todo lo que en la vida, su vida, era, nombrable y por ello existente, lo era gracias a ella. No existía otro mundo que el suyo. O sí. Pero ¿qué significaba entonces qué o quién si ella no podía estar allí para dar fe y constancia de ello?

Es decir, todo aquello que no exigía o precisaba de algún modo su presencia, y todo era todo, absolutamente todo, era como si no fuera, ni existiera; aquello, aquellas y aquellos con los que obligadamente tenía que intercambiar o compartir tiempo y espacio existían porque ella era, o pensaba, aunque ¿qué más daba? Y qué puñetas hacía precisamente allí, entre aquellas veleidades, la había vuelto a cagar, y a traición. Perder el tiempo en semejantes mamarrachadas. Con lo que tenía que hacer.

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Degustación

Una de las tareas más esforzada y menos agradecida, nada valorada entre sus principales disfrutadores, todo lo contrario, tomada más bien con indiferencia e incluso despreciada por, según aquellos, nulo valor (¿?), ha sido pensar la comida, del día o del siguiente, o de toda la semana. Tarea casi siempre realizada por mujeres sin que apenas ninguno de los comensales valorara el tiempo invertido en pensar, elegir, comprar y llevar a cabo la elaboración de los miles de platos deglutidos en muchos casos como si no hubiera mañana. Se trata únicamente de comida.

Ignoro si tal desagradecimiento histórico sigue en auge o viene decreciendo a tenor de los tiempos tan movidos que vivimos. Para mucha gente comer es lo que obligadamente hay que hacer si no quieres morirte, con lo que se perderían millones de vidas interesantísimas -dicho sin sarcasmo. Para eso precisamente está la comida preparada, preelaborada o directamente rápida, alimentos confeccionados por toneladas con aquello que el estómago pueda digerir sin molestias -todo consiste en un buen laboratorio que consiga darle el sabor y punto preciso al mejunje, mejor si recuerda a aquellos deliciosos sabores infantiles -de cuando no teníamos ni idea de que comer fuera una dedicación de cierta importancia, ni nos preocupaba- que generalmente acaban en un altar de nuestro subconsciente.

También existe la opción de salir a comer fuera de casa, ahorrándote pensamiento y limpieza -¡qué felicidad!-, tema este que tiene que ver, y mucho, con el bolsillo, aunque si se trata meramente de ingerir cuatro cosas existen menús que solo pensarlos ya cuestan más del precio que aparece en la carta -de los productos mejor no hablar.

Todavía no he dicho -fallo mío- que para comer siempre es mejor tener apetito, por aquello de justificar el tiempo invertido en ello, amén del dinero. Por eso existen las casas de comidas y los restaurantes, aunque no en todos uno puede comer porque precisamente es la hora y tiene hambre. Últimamente hay, cada vez más, establecimientos del gremio en los que, sin embargo, no se come, se degusta. Y eso ya son palabras mayores. Es decir, si uno es tan vulgar que solo tiene algo tan prosaico como hambre le vale cualquier cosa, pero si lo que desea es comer en mayúsculas, con o sin apetito, existen infinidad de laboratorios culinarios en los que directamente casi tocarás el cielo, con un inconveniente, que comerás lo que el propietario quiera, que es el que sabe, el artista; tú solo tienes callar y pagar lo que te pidan, y chitón sobre el precio o quedarás como un ignorante rácano y miserable. Nada de sentarte y decir que quieres esto o aquello, porque te apetecen ciertos platos elaborados con buenos productos y bien cocinados -que vulgaridad-, sino que tendrás que dejarte atrapar, envolver, timar, engatusar, estafar, levitar y casi tocar el cielo con los microplatos que la dirección tenga a bien conformarte -en algunos casos decenas de ellos. Con el inconveniente o sospechosa mosca de que si no das la talla, es decir, si se te ocurre poner cara de no saber o decir que aquel diseño artísticamente contrastado no te gusta, quedarás como un palurdo pretencioso que no sabe ni dónde tiene la mano derecha; un advenedizo con ínfulas que tiene dinero y no sabe dónde gastarlo. Con lo cual mejor que no molestes y te largues a la puta calle porque allí solo aceptan gente con gusto, no tipos que quieren comer -¡qué vulgaridad!

Y así andamos, por lo que en lo sucesivo, cuando se reúnan con esos amigos que cuentan como si de un viaje a las estrellas se tratara el último menú de degustación que paladearon y disfrutaron -tal que ángeles-, tengan preparada una contra oferta de lustre, que también toque el cielo, de lo contrario quedarán como unos simples que solo ingieren alimentos cuando tienen hambre.

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No hay palabras

Bajo un cielo azul que apretaba arena y vegetación frente a un mar incansable el sol calentaba la casa que permanecía completamente cerrada, si es que puede decirse tal de una precaria construcción levantada entre las dunas a partir de restos ensamblados con más maña que fuerza, hasta el punto de conceder la seguridad y relativo confort para que el propietario, cuando nos la enseñaba, pudiera decir que aquella era su casa. Recordé a Antonio y me pregunté dónde andaría, ¿aún vivo? ¿refugiado entre unos hijos que, a tenor de su edad, consideraron con acierto que su padre debería estar donde ellos o hubiera gente con la que relacionarse y en cualquier momento echar una mano más que necesaria? Después de años en solitario en aquella enorme playa llega un momento en el que las fuerzas y el sentido necesitan algo más que carácter y voluntad.

El mismo sol que ahora va cediendo paso a las sombras entre amarillos, anaranjados, rojos, rosas, violetas… permitiéndonos irrumpir en su descenso y divagar con el inagotable rumor de las olas como fondo, marco permanente que acompaña miradas y pensamientos envolviéndolos en una especie de añoranza, reminiscencia o melancolía que en ningún momento tiene que ver con la tristeza. De nuevo allí, sentados sin más motivo que volver a disfrutar de un escenario único al que solemos alimentar con evocaciones y ausencias que, sin embargo, le son completamente indiferentes. Otro año, el mismo mar, otro atardecer que vuelve a antojarse único -como de hecho lo será-, junto a una compañía que probablemente deambula por senderos similares a los míos, sin apenas viento que pueda llevarse o eliminar las inevitables distancias. En esta ocasión no ha sido posible, existen otras tareas, ocupaciones, necesidades, decisiones, cambios de rumbo, elecciones o inconvenientes insuperables que condicionan todo presente; ausencias sentidas, pero no dolorosas, que se van diluyendo en una grata y continua ensoñación engalanada por una calma y una paz que no cambiaría por nada.

Se agolpan atropelladamente las imágenes de otros años bajo el mismo sol, otros ocasos, ninguno repetido o igual, la misma playa sobre la que el mar hace y deshace caprichosamente, a su antojo, extendiendo, recortando o accidentando la arena de su enorme superficie de la mano de vientos que se mueven bajo consignas y predicciones que creemos conocer. Ahora los recuerdos se entremezclan al azar junto a sus voces, desordenados, confundiéndose y confundiéndome, y la imaginación vislumbra siluetas contra el sol enzarzadas en alegres juegos y carreras que en más de una ocasión terminaron entre las olas. Sonrío feliz, sin pesar, estoy aquí y puedo sentirlo, y disfrutarlo ¿qué más se puede pedir a un tiempo que jamás es el mismo porque nosotros tampoco lo somos? No necesito palabras, nunca las necesité, tampoco ahora porque sería muy difícil lograr expresar con ellas tantas sensaciones.

Pasan caminando una pareja de mujeres con un par de jóvenes que aún no llegan a adolescentes, una corre de un lado a otro y el otro camina conversando cogido a una de sus madres; se detienen y reagrupan hablando y prosiguiendo la marcha de espaldas al sol, en sus cosas, otras vidas con un mismo fondo y otros significados, infinitos, en una sucesión interminable en la que todo cabe. Regreso a mi presente, nos miramos y sonreímos, también sin palabras, ¡ah! el sol, a punto de…

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Tatuaje

Tenía que volver, pero sin dudas, los días corrían en su contra atropellado por una vacilación que no reconocía como suya, no podía quitársela de encima, lo que quería decir que a estas alturas tampoco podía fiarse de la seguridad de sus decisiones, bueno, de esta en particular, de su propio convencimiento, que ya no parecía tan definitivo, de su capacidad para asumir algo que le atraía aunque sin que supiera si le gustaba; es cierto que era un primer paso, pero de algún modo significaba ir más allá. Una decisión que únicamente le correspondía a él, como también era verdad que el objetivo final había momentos en los que le asustaba; no era como el resto, otro más, porque en este caso sonaba a definitivo. Lo quería así, era eso.

Poco importaba que no fuera el primero, tampoco se trataba de antiguas dudas pronto resueltas que jamás volvieron, todo lo contrario, siempre había estado orgulloso de sus tatuajes, y no porque le gustaran a la mayoría de la gente que los había visto, es cierto que las impresiones contrarias siempre le habían importado un bledo, pero en el fondo le satisfacía que sus decisiones a la hora de grabarse cada uno de los dibujos y leyendas que adornaban su piel gozaran de buena prensa entre amigos y conocidos. Aunque eso no significara nada. Pero estaba vez no sería así, se trataba del último, el también. Se estaba desviando, porque la cosa no iba por ahí.

Volvió a mirar el dibujo, los números, la frase, el arma y la apuesta definitiva que conllevaba su paso, porque en el momento que números, frase y arma pasaran a su piel ya no habría vuelta atrás. Precisamente ahora no dudaba. Cambió la dirección de su mirada y la detuvo en el arma de acero sobre la mesa, en su amenazante calma, allí a la vista, como si no le importara que alguien pudiera llegar y verla para preguntarle a continuación si era suya, por qué y para qué, qué pretendía con aquella pistola reluciente sin pies ni cabeza en alguien como él. Eso creen, pretenden saberlo todo olvidando que desconocen lo que hay más allá de una formalidad hipócrita. No todos nos damos a conocer, o lo hacemos con las consiguientes reservas, salvo algún error o precipitación. A nadie le importa lo que uno verdaderamente piensa, son problemas de otros, no de mi incumbencia, más cómodo y menos complicaciones, pasa todos los días.

La sensación de hartazgo no disminuía, de todo, del trabajo, de su chica, de los amigos, de los proyectos, del mundo… de todo, se repetía, incapaz de encontrar algo o alguien que viviera o le moviera por puro placer, sin necesidad de motivaciones u obligaciones, excusas trampa autoimpuestas que no dejan tiempo a la reflexión; ajenos e indiferentes a un soy y estoy aquí sin trampa ni cartón. Alargó el brazo y cogió el arma admirándola en su fría e irreversible determinación, impasible ante las consecuencias de su uso, da igual si malas o buenas, cuestiones siempre secundarias. Se introdujo el cañón en la boca y apretó el gatillo. Sonó un chasquido metálico y después nada, seguía allí, sin otra emoción que comprobar que aquello no dejaba de ser un objeto que de momento funcionaba, nada más. Cargarla y usarla era otro tema, precisamente el tema, también del tatuaje al que no se atrevía por su cariz definitivo, no tanto por su confección como por la obligación de cumplimiento que ello implicaba. Consistía en firmar tu propia sentencia de muerte con antelación y sin saber cuánta, cuántos, cada vez menos según transcurrieran los días y él se resistiera, se relajara o no se atreviera, se acobardara o, peor aún, debido a un desliz abriera la boca donde no debía o dejara aconsejarse en el abandono de tales tonterías y vivera la vida, él que podía.

Otra pérdida de tiempo, incluso puede que cediera para, tarde o temprano, volver a las andadas sintiéndose ahora un traidor; por eso la necesidad del tatuaje, para que no hubiera posibilidad de retroceso ni marcha atrás. Definitivamente no conocía a nadie a su alrededor capaz de insuflarle algo del anhelo necesario para vivir. Repetición tras repetición rememoraba una larga lista de razones absurdas que pretendían justificar su estar aquí e intentar irse lo más tarde posible. Fin de la historia. Otros vendrían dispuestos a reproducir las mismas tretas y con ello sentirse únicos e irrepetibles -pedantes, engreídos y estúpidos-; no le interesaban esos, ni los anteriores ni los siguientes, más de lo mismo, el enésimo ingenuo listo para disolverse en la nada más completa. Afortunadamente el olvido siempre es efectivo y hace pronto su trabajo. Cogió la hoja, la miró e imaginó. 2024. El año definitivo. Y la oscuridad del cañón del arma apuntándole sobre la blancura de su espalda.

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