No hay palabras

Bajo un cielo azul que apretaba arena y vegetación frente a un mar incansable el sol calentaba la casa que permanecía completamente cerrada, si es que puede decirse tal de una precaria construcción levantada entre las dunas a partir de restos ensamblados con más maña que fuerza, hasta el punto de conceder la seguridad y relativo confort para que el propietario, cuando nos la enseñaba, pudiera decir que aquella era su casa. Recordé a Antonio y me pregunté dónde andaría, ¿aún vivo? ¿refugiado entre unos hijos que, a tenor de su edad, consideraron con acierto que su padre debería estar donde ellos o hubiera gente con la que relacionarse y en cualquier momento echar una mano más que necesaria? Después de años en solitario en aquella enorme playa llega un momento en el que las fuerzas y el sentido necesitan algo más que carácter y voluntad.

El mismo sol que ahora va cediendo paso a las sombras entre amarillos, anaranjados, rojos, rosas, violetas… permitiéndonos irrumpir en su descenso y divagar con el inagotable rumor de las olas como fondo, marco permanente que acompaña miradas y pensamientos envolviéndolos en una especie de añoranza, reminiscencia o melancolía que en ningún momento tiene que ver con la tristeza. De nuevo allí, sentados sin más motivo que volver a disfrutar de un escenario único al que solemos alimentar con evocaciones y ausencias que, sin embargo, le son completamente indiferentes. Otro año, el mismo mar, otro atardecer que vuelve a antojarse único -como de hecho lo será-, junto a una compañía que probablemente deambula por senderos similares a los míos, sin apenas viento que pueda llevarse o eliminar las inevitables distancias. En esta ocasión no ha sido posible, existen otras tareas, ocupaciones, necesidades, decisiones, cambios de rumbo, elecciones o inconvenientes insuperables que condicionan todo presente; ausencias sentidas, pero no dolorosas, que se van diluyendo en una grata y continua ensoñación engalanada por una calma y una paz que no cambiaría por nada.

Se agolpan atropelladamente las imágenes de otros años bajo el mismo sol, otros ocasos, ninguno repetido o igual, la misma playa sobre la que el mar hace y deshace caprichosamente, a su antojo, extendiendo, recortando o accidentando la arena de su enorme superficie de la mano de vientos que se mueven bajo consignas y predicciones que creemos conocer. Ahora los recuerdos se entremezclan al azar junto a sus voces, desordenados, confundiéndose y confundiéndome, y la imaginación vislumbra siluetas contra el sol enzarzadas en alegres juegos y carreras que en más de una ocasión terminaron entre las olas. Sonrío feliz, sin pesar, estoy aquí y puedo sentirlo, y disfrutarlo ¿qué más se puede pedir a un tiempo que jamás es el mismo porque nosotros tampoco lo somos? No necesito palabras, nunca las necesité, tampoco ahora porque sería muy difícil lograr expresar con ellas tantas sensaciones.

Pasan caminando una pareja de mujeres con un par de jóvenes que aún no llegan a adolescentes, una corre de un lado a otro y el otro camina conversando cogido a una de sus madres; se detienen y reagrupan hablando y prosiguiendo la marcha de espaldas al sol, en sus cosas, otras vidas con un mismo fondo y otros significados, infinitos, en una sucesión interminable en la que todo cabe. Regreso a mi presente, nos miramos y sonreímos, también sin palabras, ¡ah! el sol, a punto de…

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Tatuaje

Tenía que volver, pero sin dudas, los días corrían en su contra atropellado por una vacilación que no reconocía como suya, no podía quitársela de encima, lo que quería decir que a estas alturas tampoco podía fiarse de la seguridad de sus decisiones, bueno, de esta en particular, de su propio convencimiento, que ya no parecía tan definitivo, de su capacidad para asumir algo que le atraía aunque sin que supiera si le gustaba; es cierto que era un primer paso, pero de algún modo significaba ir más allá. Una decisión que únicamente le correspondía a él, como también era verdad que el objetivo final había momentos en los que le asustaba; no era como el resto, otro más, porque en este caso sonaba a definitivo. Lo quería así, era eso.

Poco importaba que no fuera el primero, tampoco se trataba de antiguas dudas pronto resueltas que jamás volvieron, todo lo contrario, siempre había estado orgulloso de sus tatuajes, y no porque le gustaran a la mayoría de la gente que los había visto, es cierto que las impresiones contrarias siempre le habían importado un bledo, pero en el fondo le satisfacía que sus decisiones a la hora de grabarse cada uno de los dibujos y leyendas que adornaban su piel gozaran de buena prensa entre amigos y conocidos. Aunque eso no significara nada. Pero estaba vez no sería así, se trataba del último, el también. Se estaba desviando, porque la cosa no iba por ahí.

Volvió a mirar el dibujo, los números, la frase, el arma y la apuesta definitiva que conllevaba su paso, porque en el momento que números, frase y arma pasaran a su piel ya no habría vuelta atrás. Precisamente ahora no dudaba. Cambió la dirección de su mirada y la detuvo en el arma de acero sobre la mesa, en su amenazante calma, allí a la vista, como si no le importara que alguien pudiera llegar y verla para preguntarle a continuación si era suya, por qué y para qué, qué pretendía con aquella pistola reluciente sin pies ni cabeza en alguien como él. Eso creen, pretenden saberlo todo olvidando que desconocen lo que hay más allá de una formalidad hipócrita. No todos nos damos a conocer, o lo hacemos con las consiguientes reservas, salvo algún error o precipitación. A nadie le importa lo que uno verdaderamente piensa, son problemas de otros, no de mi incumbencia, más cómodo y menos complicaciones, pasa todos los días.

La sensación de hartazgo no disminuía, de todo, del trabajo, de su chica, de los amigos, de los proyectos, del mundo… de todo, se repetía, incapaz de encontrar algo o alguien que viviera o le moviera por puro placer, sin necesidad de motivaciones u obligaciones, excusas trampa autoimpuestas que no dejan tiempo a la reflexión; ajenos e indiferentes a un soy y estoy aquí sin trampa ni cartón. Alargó el brazo y cogió el arma admirándola en su fría e irreversible determinación, impasible ante las consecuencias de su uso, da igual si malas o buenas, cuestiones siempre secundarias. Se introdujo el cañón en la boca y apretó el gatillo. Sonó un chasquido metálico y después nada, seguía allí, sin otra emoción que comprobar que aquello no dejaba de ser un objeto que de momento funcionaba, nada más. Cargarla y usarla era otro tema, precisamente el tema, también del tatuaje al que no se atrevía por su cariz definitivo, no tanto por su confección como por la obligación de cumplimiento que ello implicaba. Consistía en firmar tu propia sentencia de muerte con antelación y sin saber cuánta, cuántos, cada vez menos según transcurrieran los días y él se resistiera, se relajara o no se atreviera, se acobardara o, peor aún, debido a un desliz abriera la boca donde no debía o dejara aconsejarse en el abandono de tales tonterías y vivera la vida, él que podía.

Otra pérdida de tiempo, incluso puede que cediera para, tarde o temprano, volver a las andadas sintiéndose ahora un traidor; por eso la necesidad del tatuaje, para que no hubiera posibilidad de retroceso ni marcha atrás. Definitivamente no conocía a nadie a su alrededor capaz de insuflarle algo del anhelo necesario para vivir. Repetición tras repetición rememoraba una larga lista de razones absurdas que pretendían justificar su estar aquí e intentar irse lo más tarde posible. Fin de la historia. Otros vendrían dispuestos a reproducir las mismas tretas y con ello sentirse únicos e irrepetibles -pedantes, engreídos y estúpidos-; no le interesaban esos, ni los anteriores ni los siguientes, más de lo mismo, el enésimo ingenuo listo para disolverse en la nada más completa. Afortunadamente el olvido siempre es efectivo y hace pronto su trabajo. Cogió la hoja, la miró e imaginó. 2024. El año definitivo. Y la oscuridad del cañón del arma apuntándole sobre la blancura de su espalda.

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De vuelta

Cansado de un día largo aguardaba la salida del tren sin pena ni gloria, como de costumbre, el penúltimo trayecto antes de llegar a casa y descansar más del tiempo que del cansancio propiamente, aturdido por una especie de sopor que se va acumulando a lo largo de un día en el que no paras, de acá para allá, en parte porque tienes y en parte porque quieres hacerlo, lo que implica tiempo y desplazamientos, amén del cumplimiento o disfrute de las correspondientes tareas, ocupaciones y diversiones en las que has decidido invertir otro día tan nuevo cuando te levantaste como ahora te parece largo y concurrido.

Sin ganas de recurrir al mundo de los dispositivos electrónicos, opto por aguardar y con ello saltarme la cara de no sé qué hacer ni tengo ganas luego voy a echar un vistazo a la pantalla; curioseo a mi alrededor en un tren a medio llenar y me detengo por casualidad en una pareja que en el andén se besan a brazo partido apoyados contra el muro de un ascensor. Un solo beso o muchos  engarzados en un única convulsión que recorre y ocupa labios, rostros, manos, cuerpo y mente en un inacabable recorrido en el que no es difícil imaginar unos deseos más que contenidos pugnando por abrirse paso y desahogarse, expresarse como la ocasión se merece; porque qué más puedes pedir cuando estás con quién quieres a unos minutos, o instantes, de volver a separaros porque las casualidades de la vida os sitúan en lugares alejados que condicionan ese interminable beso que en aquellos momentos se antoja tan necesario como desesperado. Imposible verles las caras, como imposible que ellos se equivoquen con el tipo aburrido que desde el interior del tren se fija con más curiosidad y alegría que cansancio.

Escena que es interrumpida por un joven con mala pinta, no en cuanto a su aspecto -cuestión que también podría ser discutible-, sino debido a sus indecisos y aleatorios pasos accediendo al tren, o peligrosos, zozobra que afortunadamente le lleva a caer en un par de asientos libres no sin antes depositar milagrosamente en el suelo el correspondiente bote de cerveza que al primer movimiento del tren volcará derramando el contenido en una serie de pequeñas corrientes que irán dispersándose por el suelo del vagón y recalando en suelas y bolsas depositadas inocentemente en el mismo. Otros pasajeros, más cansados que transigentes, aceptan indolentemente y en silencio aquel pequeño infortunio porque, ellos también, tienen ganas de llegar cuanto antes a casa y el joven no está para muchas recriminaciones, o advertencias, o peticiones de respeto o consideración hacia sus accidentales acompañantes. Aunque ya da igual, se ha dormido doblado contra el respaldo como si estuviera solo en este mundo.

Justo cuando enfrente de mi se sienta un tipo de mediana edad y bien parecido apañado con ropa barata de imitación y cara de cansado, como todos, el teléfono en descanso, en la mano, además de un par de bolsas a medio abrir y una mochila que a duras penas consigue depositar en el asiento contiguo. Alivio que le permite ir resolviendo prioridades, la primera extraer de una de las bolsas un par de rebanadas de pan de molde que dejaron de ser tiernas hace tiempo y que dispone hábilmente en una de las manos mientras con la otra extrae de un blíster a medio consumir unas rodajas de chorizo que sitúa más o menos estratégicamente sobre el pan, tapándolas a continuación de cualquier modo con la otra rebanada y apretándolas para darle consistencia, especie de sándwich de circunstancias que devora en segundos y del que ignoro si obedece a la cena de hoy, a la ingesta correspondiente a un apetito que no pasará a la historia como antológico o tal vez se trate de la única comida, o la única forma de matar el hambre ahora que, como yo, como todos, toca esperar. El teléfono vendrá después, dispositivo del que precisamente aparta la atención un tipo alto, de pie junto a la puerta, para mirar fijamente, casi con descaro, a dos jóvenes sonrientes y felices que se sitúan también de pie a su lado, portadoras de una alegría contagiosa que transmiten con sus ojos, bocas y gestos, dando consistencia a una charla cantarina, tan espontánea como sincera y alegre. ¿Por qué no podemos sonreír cuando hablamos? -pienso- ¿qué mejor? Más cuando lo haces junto a quien quieres, estás a gusto y te divierte, con quien intercambias tantas miradas como buenos momentos, algún deseo imprevisto, o incipiente, o un pequeño brote de amor cuando se abrazan riéndose de cuando una de ellas se cortó el pelo y al ver a la otra se tiraba de su cabello recién cortado porque en aquellos precisos momentos se arrepentía de haber hecho lo que ya no tenía remedio. Bueno, ya crecería, tampoco era para tanto. Y volvían a reírse y recordar ese otro momento en el que… ¿dónde quedaba el cansancio?

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El cuerpo

Independientemente de los criterios y opiniones acerca de la existencia de nuestro cuerpo, de su realidad material -afirmación que según quién y dónde no contiene más signos de veracidad que su misma enunciación-, somos sobre todo razón, y cualquier certeza que podamos considerar como tal proviene de la misma, certeza que también puede ser desmontada a partir de otro giro de esa misma razón intentando demostrar que no hay nada fuera de nuestra propia racionalidad, tampoco lo que entendemos por verdad o verdadero. También es más o menos evidente, o físicamente experimentado -incluidas las consiguientes sospechas acerca de tales experiencias- que nuestros sentidos son los encargados de proporcionarnos muchos de los motivos para creer y pensar que sí somos y existimos, son los esforzados en mostrar con carta de veracidad unas experiencias y descubrimientos que en última instancia la razón ha de corroborar; razón que, sin embargo, en algunos casos, momentos o excepciones puede actuar y convertirse en sinrazón, “irrazón” -de irracional-, no razón o hacernos comportar como sujetos “arracionales” -palabro inventado sobre la marcha que bien pudiera describir a quienes hacen uso de la materia gris contenida en el interior de sus cabezas sin percatarse de ello, de forma inconsciente -también podría valer-, igual que caminan o respiran.

Pero al margen de juegos y disquisiciones más o menos racionales y dispuestos en primera instancia a comunicarnos y hacernos entender, cosa que en estos momentos intento mediante las herramientas de las que dispongo, e independientemente de los juicios de valor acerca de nuestra existencia o no existencia corporal, vamos a convenir que disponemos de un soporte físico, nuestro cuerpo, a partir del cual afirmamos que vivimos, sentimos, nos relacionamos y, por supuesto, razonamos. Siendo categóricos y hasta el día de hoy un único cuerpo para toda nuestra vida, suene como suene y con todas sus bondades e inconvenientes. Como también somos los principales responsables del conocimiento, reconocimiento y cuidado del mismo, y del trato que le demos dependerá cómo nos responda, qué nos permita y cuánto nos dure. Siempre y cuando esas circunstancias tan aleatorias como imprevistas y/o casuales que suelen finiquitar inesperada y precipitadamente miles de vidas nos respeten dejándonos usar, cuidar, explotar, gastar o maltratar ese único soporte físico del que en estos precisos momentos estoy haciendo uso.

Trato de justificar racionalmente -es cierto que a sabiendas de su imposibilidad- la existencia de un cuerpo que curiosamente para todas las religiones es la causa principal de nuestros males como individuos y como especie. Religiones y manifestaciones religiosas que, para bien o para mal, también se sirven de esa materia gris que aloja nuestras cabezas a la hora de maldecir, denigrar y despreciar ese único y exclusivo soporte. El grado de racionalidad de esa variada y críptica fenomenología religiosa y todo lo que conlleva vamos a dejarlo al margen porque de lo contrario no acabaríamos nunca.

Pero creo que el cuerpo no es definitivamente malo ni tampoco el culpable de nuestros errores y malas acciones, solo es el soporte físico a partir del cual nos reconocemos y relacionamos -la realidad y veracidad de su existencia no viene a cuento en estos momentos-, también para mantenernos vivos el mayor tiempo posible, si es que definitivamente nos gusta vivir, de lo contrario… Un cuerpo por el que no oramos con el propósito de conseguir esa mens sana y corpore sano de la que hablaba Juvenal pero que de un tiempo a esta parte ha pasado a convertirse en el centro del universo para muchísimas personas. Lo que no impide que sigan existiendo individuos que lo exprimen, explotan y maltratan hasta lo indecible en función de desafíos físicos con etiqueta de imposibles que pretenden calmar una agobiante carencia de sentido en sus vidas que no acaban de asumir, comprender y explicarse; o lo inyectan, golpean y absorben todo lo absorbible con la supuestamente grata intención de transportarse a cualquier lugar que nada tenga que ver con el mundo de los vivos y el sofocante vacío que les atenaza, olvidando que el regreso de tan deseado viaje los dejará en el mismo erial del que partieron.

Concluyendo, tenemos un cuerpo, un organismo maravilloso del que desconocemos los límites, incluida la parte que lo culmina y la materia gris que contiene, que su denuncia y desprecio por parte de las religiones como causa de los males que padece la humanidad es una solemne tontería, que exprimirlo y maltratarlo, pintarlo o modificarlo puede pasarnos factura en el futuro -si es que pretendemos vivir de él el mayor tiempo posible. Que renegar u odiarlo porque nunca nos gustó es un callejón sin salida que más nos vale abandonar, como tampoco es necesario enamorarnos locamente de él porque en ese caso nos perderíamos en un sendero que no tiene final, o sí, pero no nos gustará.

Visto lo visto y dadas las dificultades para alcanzar la verdad acerca de su existencia, mejor entenderlo y respetarlo para que nos dure, sin olvidar que, paradójicamente, su fortaleza también nos proporcionará tiempo para seguir elucubrando con esa razón que, como decía al principio, parece ser que es la razón, valga la redundancia, de nuestra existencia, de cuerpo y mente. Además, con lo divertido que es meternos en disquisiciones acerca de qué es antes, lo de dentro o lo de fuera, si es la razón la que nos concede el cuerpo o es el cuerpo quién permite a la razón disparatar sin medida, ese mismo cuerpo que alimenta fisiológicamente una razón que para fastidiarlo cuestiona su existencia, dejándolo en una proyección mental que sin embargo a veces duele, se excita o necesita una colonoscopia.

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Malas prácticas

El camino de vuelta era largo, no tenía prisa y la meteorología me permitía caminar abrigadamente cómodo, muy a gusto. Tenía tiempo para darle vueltas a muchas de las cosas que acababa de oír, más, también a sacar algunas conclusiones que a medida que mis pasos me llevaban de regreso fluían con curiosa facilidad. Cuando hablamos incorporamos a nuestro discurso nuestra propia vida, sin necesidad de nostalgias, recuerdos o batallitas de otras épocas, basta con contar cualquier cosa de nuestro día a día, o comportamientos y reacciones a situaciones tan normales como las relaciones con nuestros propios hijos, dónde transigimos, qué aceptamos -que en otro momento jamás hubiéramos hecho-, qué permitimos y en qué callamos por prudencia, o porque prima el cariño por encima de unas circunstancias que, siendo también nuestras puesto que las vivimos, somos unos de los protagonistas, sin embargo actuamos como si no nos pertenecieran, cediendo y callando ante hechos y situaciones que sí merecen nuestro comentario -cuando probablemente existe en el otro lado de la discusión otra persona en nuestras mismas circunstancias que en cambio decide no callar y tratar de imponer su voluntad.

Callamos por prudencia, como dije más arriba, porque no nos digan entrometidos, por miedo a ser censurados, puede que despectivamente, como si ya no perteneciéramos a este mundo y hubiéramos de permanecer en silencio cuando antes jamás lo habríamos hecho porque directamente aquello estaba mal o es claramente injusto, y perdemos al permitir que circunstancias y situaciones que no deberían repetirse, injustas, repito, prevalezcan gracias a nuestro negligente silencio. Intentamos pasar página con rapidez por miedo a ser tachados de carcas o antiguos, o directamente dejados a un lado, ridiculizados o desahuciados como intransigentes provenientes de otra época. Pero es probable que en muchos de esos casos los hechos sean tan malos o desafortunados como lo fueron antes, o siempre, y nosotros somos mayores pero seguimos conservando la lucidez. Porque, recuerdo, siempre hay al otro lado alguien que decide no callarse e imponer su voluntad. Mal por nuestra parte.

Y, como decía, una de las realidades en las que solemos fracasar tiene que ver con nuestros propios hijos, no en cuanto a su educación, enseñanzas, prioridades y valores que en el grupo de donde venía, creo que sin equivocarme, eran claramente respetuosos, tolerantes, democráticos y universalistas, totalmente contrarios a la violenta y reaccionaria intolerancia de una dictadura a la que sobrevivimos casi a punto de la asfixia. Algunos de ellos aún andan buscándose por medio mundo, otros, tal vez menos intrépidos, formaron una familia y sentaron la cabeza de la mano de un trabajo más o menos decente; como también los hay que, más inquietos e inteligentes, hoy dirigen importantes departamentos en multinacionales internacionales. Varios directamente relacionados, también mediante vínculos familiares, con empresas, familias y personas en las antípodas de nuestra forma de pensar y ver el mundo. Y es precisamente en ese terreno donde se evidencian formas, comportamientos y cuestiones con las que toca transigir a costa de no enfangar unas relaciones en las que irremediablemente pasa a primar el cariño por encima de cuestiones que fueron, siguen siendo y siempre serán injustas, intolerantes o directamente reaccionarias.

Indudablemente, como adultos tenemos derecho a constituir nuestro propio mundo y familia, pero ¿hasta el punto de hacer, pensar y comportarnos de forma totalmente contrarias a lo que nos enseñaron? ¿obligando a nuestros propios padres a callarse o dejarlos a un lado por recordarte, como tú bien sabes, que lo que estás haciendo contradice lo que aprendiste, no es justo o directamente está mal? Porque es muy probable que del otro lado haya una empresa, una familia o una persona que intenta sin ningún recato imponer sus puntos de vista, que se aceptan sin preguntar a costa de censurar y en algún modo obligar a callar a los que parece que ya no son “los tuyos” porque no tienes ganas de problemas.

Hijos que “serán abducidos por el lado oscuro” de una sociedad cada vez más cruel e implacable, olvidando sus orígenes y en muchos casos desgraciadamente pasándose a convertir en defensores de los enemigos directos de los progenitores que los educaron con todo el cariño del mundo, a los que es preferible hacer callar u abandonar con tal de no tenerlos que oír.

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Viajando

Allá donde mires ves a alguien tirando de una maleta, casi diría que da igual el lugar y la hora del día, donde habitualmente resides o donde tú también viajas, sea cual sea el motivo. Como si se tratara de una epidemia convertida en necesidad casi vital, obligada, porque no hay cosa más añeja y en cierto modo incomprensible que ocupar permanentemente el mismo sitio -o sentirse orgulloso por ello. Da igual el sexo o la edad, aunque es cierto que hay un sector de la población, masculino, para ser más concreto e ignoro si cada vez más minoritario, que se resiste a moverse por cuestiones que tienen mucho que ver con sensaciones propias de inseguridad, dominio, complejo de inferioridad, temor e incluso pérdida de poder. Como aquella pasajera del tren que a los comentarios y preguntas de la amiga que ocupaba el asiento contiguo, mostrándole imágenes de los últimos lugares que había visitado, respondía con un lánguido deje de resignación que claramente contradecía el sincero convencimiento que intentaba darle a su afirmación que al suyo no le gustaba salir, es más tranquilo, más casero, está muy bien en su casa y dice que no se le ha perdido nada fuera, y ni hablar de salir al extranjero y que no te entiendan. A lo que la otra no contestaba, ni directa ni indirectamente, sino que proseguía con las anécdotas y descubrimientos que a ellos sí les proporcionaban los viajes.

Indudablemente no hay nada como salir de vez en cuando del propio nido para saber cómo es y viste el mundo -incluso a pesar de la secreta solvencia con la que uno cree saber cómo es y funciona lo de ahí afuera, o la parca y mustia indiferencia con la que se asume-; cómo come y se comporta, en definitiva, cómo son y viven tus contemporáneos. E independientemente del negocio que ello implica para las empresas relacionadas con el turismo y los viajes, siempre es mejor renovar el aire propio que permanecer como si el mundo se limitara a ese reducido lugar en el que se desenvuelve tu día a día -¡ojo! que también. Abandonar la cómoda seguridad de los lugares conocidos y las personas bien identificadas a cambio de la incertidumbre de ir allí donde desconoces en ocasiones casi todo; incertidumbre que en la actualidad no impide la posibilidad de una exploración previa, vía internet, del lugar o lugares donde piensas acudir. Aunque sin la necesidad de llegar al extremo del tipo que en una comida de trabajo se jactaba contando entusiasmado cómo disfrutaba cuando al llegar al destino planeado el lugar coincidía ciento por ciento con las imágenes que previamente había visualizado en la comodidad de su refugio hogareño, tan reconfortante, además de hacerte sentir mejor y más seguro al comprobar que la realidad se mostraba exactamente a como la habías memorizado; sabes dónde te hayas y qué vas a encontrar, también la mejor hora para acudir a monumentos, museos o restaurantes -costumbre o virtud, o éxito, tal y como el tipo lo sentía y contaba, que en aquel momento a mi no me parecía tal, como tampoco ahora me sigue pareciendo.

Pero al margen de manías y/o temores, o falsas seguridades, siempre es interesante dejar temporalmente atrás la supuesta seguridad de tu lugar de residencia, porque aunque preveas y creas tenerlo todo más o menos programado has de contar con esa nerviosa incertidumbre de lo imprevisto, lo no imaginado, la sorpresa de última hora o el pequeño inconveniente que incluso puede acabar convirtiéndose en faena. Movidos por esa curiosidad tan humana que para algunos, sin embargo, se trata de peligrosa sospecha, desconfianza, temor, inseguridad y hasta peligro. En las antípodas de la apertura mental a otros y otras cosas, a otros puntos de vista, horarios, hábitos más y menos familiares e incluso desagradables, o desconcertantes; contratiempos que de donde provienes jamás ocurrirían porque allí crees tener todo controlado, también -iluso- el tiempo que nos contiene y nos hace.

Es preferible ver a gente yendo y viniendo, incluso con el inconveniente de convertir algunos lugares en no lugares, parques temáticos, patios de recreo o salas de espera de un suceso o acontecimiento que hace tiempo dejó de ser particular, exclusivo o interesante, precisamente porque la multitud y la cantidad lo empobrecen a ojos vista. Ir a la búsqueda de esas pequeñas y saludables brisas que siempre proporciona el viaje, hasta el más programado y seguro, también para el que todavía no ha encontrado su sitio y odia su casa, para el que nunca entiende porque todo lo parece igual, o para los que no saben qué buscan o quieren y optan por darle la espalda al lugar al que no creen pertenecer, precisamente el suyo.

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Tarde de otoño

Difícil afirmar si estaban allí juntos para hablar o para beber, también fumaban, sin poder distinguirlos al completo puesto que a la mayoría los ocultaba la marquesina del aparcamiento bajo la que confraternizaban, un par de ellos de espaldas a la luz gestualizando o con el vaso en la mano. En el capó de un coche oscuro más vasos y una botella en el suelo, a las nueve de la noche de un templado día de otoño en el que probablemente hay muchas otras cosas que hacer que beber en medio de ningún sitio, aunque tal vez lo que cuenta es estar un rato con los colegas, de ese modo olvidas las preocupaciones y ocupaciones a las que deberías atender pero con las que no tienes ganas de lidiar, a un paso del todo esto es una mierda y no tener otra cosa que llevarte a la boca.

Vestían de oscuro, de cualquier modo, prendas cómodas y económicas que cumplen a la perfección el hecho de tener que cubrirse, además de por el frio porque no vas a ir en pelotas por la calle, sin que ninguno de ellos destacase, tampoco ella, o ellas, difícil de advertir en un fondo de sombras, tan solo las voces. Sin levantar el tono, sin malos rollos, enfados ni sentencias, advertencias o amenazas. Perfectamente adaptados al lugar que la sociedad previamente les ha asignado, no porque ellos lo hayan elegido, sino porque desde que vinieron a este mundo sus aspiraciones aguardaban escritas en un sobre sellado sobre el que no tendrían potestad; quedaba asumir el papel y tirar para adelante.

Hablaban de no llegar a final de mes, de los hijos, concebidos sin pasión, solo sexo, un convencimiento tardío o mayormente porque ella sí quería tenerlos e insistió; a ellos en cierto modo les daba igual, no lo tenían muy claro -no tenían nada claro. Ocurre que si no tienes para ti tampoco tendrás para los críos -aunque si quieres tenerlos, ¿por qué no?-; estaban los padres, que siempre tienen algo con qué ayudar, o al menos cuidarlos y alimentarlos cuando ellos no estén o no puedan, que suele ser la generalidad.

No acababan de entender cómo fulanita colgaba constantemente en las redes todo lo que hacían, los regalos de sus hija, las comidas, los viajes de fin de semana, el coche… Porque con 950 al mes tampoco se está para tirar cohetes, yo no llego para los tres; y ella no gana más, serán sus padres, pero jode, parece que te estuviera echando en cara que eres un inútil. Yo sin mis padres no podría, me quedaría a medias. No sé cómo lo hace. Entre el coche, la luz y el agua y las cuatro cosas para comer a mí no me da para mucho más. Ya. Si mis padres no se llevaran al crío después del colegio no podría pagar las facturas, es imposible…

Hablaban y bebían, indistintamente, como si estar vivos fuera precisamente eso, charlar con los colegas de cómo te va -ni mal ni bien. El trabajo funciona lo que funciona; aunque ahora estoy cobrando la ayuda familiar. La afirmación causaba menos revuelo que comprensión, tampoco ira o indignación, ni expectativas, más resignación si cabe, ni fuerzas ni ganas de despotricar contra quien quiera que tuviera la culpa; o es que directamente no había nombres ni culpables, los mismos de siempre, o sea, nadie, como de costumbre, igual que estaban allí. Se volvía a rellenar el vaso o se tiraba directamente de botella, según. Rondarían la treintena, poco más, o menos.

Transcurría la noche bajo aquella marquesina de un centro de enseñanza cerrado a cal y canto, un buen lugar para departir cuando no hay otra cosa mejor que hacer, tampoco volver a casa, donde toca enfrentarse a lo que hay que enfrentarse, y para eso como que no hay muchas ganas. Hasta que llegue la hora o cuando la conversación se agote, o alguien afirme tener prisa porque en el fondo no debería estar allí, hablando de lo que no se puede cambiar, de lo que hay, de no disponer, o disponer de poco, casi nada; también sin fuerzas o ganas para quejarse, el destino -pero eso tan complicado del destino les pillaba lejos, no les hacía falta. Es cierto que la situación sonaba a irremediable sin que diera para futuro, o uno tan oscuro como una noche sin luna; ya irían viendo. Al menos no andaban de médicos, lo que faltaba, entonces sí que estás muerto en vida.

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Igualdad

La especie humana fue la que concibió el término igualdad, teniéndolo como referente importante, o principal, en varias fases próximas en el tiempo de su historia. En cambio, ninguna otra especie viva necesita, siente o considera el término igualdad, no se trata de que ni siquiera pueda concebirlo, sino que cada individuo nace y asume su lugar de un modo dócil y convincente, accediendo a su posición y posibilidades según estrictas reglas impuestas por el grupo o sus parientes más directos.

Pero, qué significa hoy igualdad, política y socialmente, en esta sociedad y en este mundo, a qué nos referimos o entendemos cuando oímos o leemos sobre ella, o tan solo se trata de una de las tres afirmaciones del famoso lema de la Revolución Francesa -tan rimbombante como vacía de contenido, como tantas otras. Porque, referido en concreto a la humanidad actual, no hay nada más hueco, ridículo y decepcionante, o disparatado, que creerse eso de igualdad de nacimiento, derechos o aspiraciones. O quizás se trata de igualdad a la hora de acceder a recortes, subvenciones, bonificaciones, descuentos, limosnas, servidumbres, etc.

Si en algún momento la igualdad fue un objetivo que obligaba a alzar la vista buscando las mejores referencias a las que aspirar y alcanzar en el empeño de vivir juntos y felices, ese ideal ya no existe. Es más, la propia palabra se ha convertido en una palabra comprometida, peligrosa e incluso subversiva -con la que está cayendo y a ti sólo se te ocurre hablar de igualdad. ¿Todavía obliga a algo el término igualdad? ¿A qué y a quienes? ¿Qué igualdad defienden los partidos políticos, si es que alguno la sigue teniendo como objetivo en su programa? ¿Debería perderse o desaparecer del vocabulario, tanto político como social, por su evidente desinterés, amén de la incapacidad, o directamente incompetencia para ponerla en práctica por parte de la especie que la concibió?

Por otra parte, es tal la derrota y la capacidad de autoconvencimiento de la especie, su impotencia para conseguir en favor de sí misma algo que tenga la etiqueta de justo y no una concesión, por misericordia, caridad o compasión por parte de quienes pueden que, lejos de exigir o mantener en el centro la tan cacareada igualdad, de seguir teniéndola como objetivo en las aspiraciones de la humanidad en su conjunto, la inmensa mayoría de los integrantes de la especie ha decidido asumir en silencio su inutilidad y mirar hacia otro lado, o simplemente no mirar. Porque hay que seguir viviendo y reproduciéndose, cosa para muchos complicada, luego mejor inventarse otros objetivos a un lado o por abajo que al menos eviten la incómoda y desagradable sensación de ser los últimos de la fila.

El planeta, la alimentación, las redes sociales, los gimnasios, las apariencias o las mascotas se han convertido en excelentes sucedáneos que facilitan la tarea de vivir asumiendo resignadamente la propia posición sin peros que valgan. Es lo que hay, estamos donde estamos y no es bueno fijarse metas utópicas, o directamente imposibles, que pueden llevarse la vida por delante sin alegrías. Las aspiraciones igualitarias son restos de otra época que hoy no sirven, sobre todo y por ejemplo, teniendo el planeta como lo tenemos, maltratando como maltratamos a los animales en nuestro empecinamiento por comer carne a toda costa o ignorando la realidad de tantas y tantas mascotas que sí tienen corazón y necesitan una mano amiga que las trate como personas. Objetivos a cual más cómico o ridículo, porque el planeta jamás ha necesitado de la ayuda del insecto que pulula por su corteza -¡qué pretencioso!-; la cuestión de la carne es nuestra cuestión, el por qué somos quienes somos -otra cosa es que quienes pueden y deben se sienten para solucionar el problema de la alimentación a gran escala, que nada tiene que ver con comerse un filete-; y respecto de las mascotas qué decir, la humanidad se ha desarrollado en compañía de animales que le han solucionado muchas de las necesidades más básicas, lo de considerarlos más que animales es una memez que ellos tampoco entenderían, ni les hace falta porque son animales.

Aunque sí somos iguales, o aspiramos, incluso exigimos con vehemencia igualdad, a la hora de decir lo que nos apetezca, sea una soberana idiotez o algo interesante. Decir lo que se te ocurra sin que nadie te lo impida, porque no hay nadie mejor que nadie, todos somos iguales y hablamos como sabemos -¡un respeto!

O quizás la igualdad haya quedado reducida a nuestra posición ante Dios, si es que Dios existe -cualquiera-, cosa que hasta hoy nadie ha podido demostrar de forma clara y palmaria. Luego la igualdad habría pasado a convertirse en una cuestión del más allá, de ultratumba, el anhelo de una merecida resurrección que compense las desigualdades y miserias de este mundo. Al margen de sucedáneos oportunistas al menos hemos transformado una meta imposible en un consuelo bien real.

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Trabajar

No sé cuánto del video en el que una atribulada joven se quejaba de una jornada de trabajo que le suponía más tiempo del que hasta entonces había dedicado a una sola actividad. Agobiada y llorosa se sentía impotente a la hora de llevar adelante semejante tortura, quiero pensar que en ello también iba incluido la remuneración que obtenía a cambio, que al fin y al cabo es por lo que todos hemos trabajado, trabajamos y trabajaremos. De la conveniencia o beneficios del trabajo mejor no hablar, porque trabajar, si no es voluntariamente, cuando y como uno desee, además de haciendo algo que te guste, es una soberana mierda; digan lo que digan y quienes lo digan, Dios incluido.

La cosa podía haber quedado ahí, como algo curioso o directamente nada interesante, una memez como tantas con las que tropiezas vía internet, si no hubiera sucedido algo muy parecido, o exactamente igual, justo a mi lado. Un joven conocido, de veintipocos, andaba agobiado y depresivo por el trabajo y el correspondiente tiempo -¡suyo!- que se veía obligado a dedicarle -toda una sorpresa-; necesitado de urgente ayuda psicológica que remediara su repentina apatía, casi hundimiento, provocada por una extenuante jornada laboral de ocho horas embarcado en rutinarias y anodinas tareas que ni le interesaban ni le motivaban. Atrás quedaba un agradable y liviano ir y venir cuando y como le viniera en gana, nada exigente pero condicionado por unas mínimas obligaciones y el inevitable si me apetece. Claro, tan relajada actividad también implica la inconveniencia de gastar un dinero que no siempre se tiene -porque todo cuesta-, y la gallina no siempre está dispuesta, ¡puta vida!

Aunque, ahora que lo pienso, no sé si la cuestión va de trabajo, de lo ingenuas y dóciles que son, o han sido, algunas generaciones que han agachado la cerviz sin rechistar dedicándose a trabajar porque no había otro remedio, o más bien se trata de una sacrosanta libertad cercenada por unas odiosas y explotadoras obligaciones sobre las que nadie nunca dijo nada y no hay porque asumir automáticamente. Y si no estabas avisado lo peor que podía pasarte es no haberte dado cuenta por ti mismo de cómo se mueve el mundo que te rodea -mejor preguntar a los padres correspondientes. De pronto el dinero no cae del cielo -es cierto que para una inmensa mayoría-, como la cigüeña, como tampoco viene por defecto con papá y mamá -¡ojalá!-, hay que conseguirlo… trabajando -o robando, también vale. Porque probablemente papá y mamá tuvieron que ponerse a pencar, sin tampoco quererlo, ya que de otro modo jamás hubieran salido de las faldas de sus respectivas mamás y papás y entonces hacer lo que les diera la gana, incluido tener hijos que mimarían como si fueran inválidos, o auténticos inadaptados sociales, sin advertirles de qué color era la realidad que se encontrarían más adelante.

No acabo de decidirme, si se trata de una mayor o menor docilidad generacional, ingenuidad, malcrianza, necesidades de emancipación, completa abducción por parte del sistema y sus redes tanto publicitarias como sociales, los Reyes Magos o la simple ignorancia de vivir como si la vida fuera un derecho que nos regalan, eso sí, sin nuestro consentimiento; un regalo envenenado sobre el que de pronto uno descubre que no es a cambio de nada -podían haber preguntado antes, y puede que más de uno hubiera preferido no nacer para no complicarse la existencia con cuestiones que no son del agrado de nadie. La cuestión es que si no naces ni descubres ni sabes, tampoco lo que es de tu agrado, ¡ah! y que los Reyes Magos eran tus padres.

Quiero creer que estas situaciones son extraordinarias, no se repiten muy a menudo puesto que se ven jóvenes currando de lo lindo para sinvergüenzas que consideran que el mundo lo hizo Dios para su exclusivo provecho.

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De fiesta

Si bien es cierto que el local no estaba muy concurrido aparentemente nadie se apercibió de su llegada, ni levantó la cabeza para observar, o curiosear, ni hubo comentarios al respecto sobre su aspecto, el acierto o la intrascendencia de su presencia, tampoco sobre sus bien puestos cuernos -como que parecían suyos-, sobre el rotundo y curvilíneo negro de su atuendo, el espumillón de sus alitas, también negras, o las pretendidamente horripilantes pinturas que intentaban adornar o desfigurarle el rostro, o darle carácter, o impresionar, cualquier cosa por la que alguien se sienta pacientemente a que le embadurnen el careto porque la fecha lo pide y a ella le apetece, aunque en el fondo no sepa muy bien por qué, lo que tampoco es importante, como no lo son los comentarios en contra o a favor por parte de quienes para ella ni siquiera existen, aunque mejor admirativos; seguro que amigos y conocidos si la felicitarían por el acierto de su disfraz, o caracterización.

Pero estaba sola, se sentó sola y sin necesidades imperiosas al margen de tirar inmediatamente de teléfono móvil y sumergirse, dedo va dedo viene, en la infinita letanía de festivas y decrépitas novedades que, siempre con prisa por miedo a perderse eso tan importante que nunca acaba de llegar, permanentemente muestran tales dispositivos para sordo gozo de su poseedor, en este caso poseedora.

Al intento del camarero de prestarle atención solicitando una previsible o supuesta consumición ella respondió alzando la mano en señal de espera, un momento por favor, sin despegar la mirada de la pequeña pantalla. Gesto que el muchacho interpretó acudiendo a una mesa contigua donde requerían con visible impaciencia su presencia para cuestiones que en esta ocasión sí tenían que ver con su trabajo allí.

No hace falta decir que se trataba de la noche del treinta y uno de octubre, fecha no señalada en los calendarios para quienes tampoco necesitan avisos o advertencias sobre cómo se mueve el mundo, siempre que tenga que ver con hacer la vida diferente, es decir, divertida. Pero lo cierto es que nadie más del local aparecía disfrazado, vestido o mostrando algún detalle o adorno a tono con la fecha y la hora, tal vez ajenos, ignorantes o directamente indiferentes ante tales alegrías, o de vuelta, o quizás todavía sin llegar.

La tarde/noche prosiguió sin novedades, los que estaban charlaron, rieron, consumieron sus bebidas y cenas y llegado el momento se largaron con viento fresco a sus ocupaciones, o quizás a prolongar la salida en otros lugares y con otras consumiciones. Fueron llegando nuevos clientes y ocupando mesa tras mesa, haciendo lo que corresponde en tales lugares. El camarero multiplicó su actividad, en algunos momentos intensa pero sin llegar a frenética, llenando con ello una jornada más en función de una clientela que, como es evidente, fue disminuyendo en número a medida que la noche avanzaba.

Nuestra disfrazada endemoniada continuó durante este tiempo a lo suyo, embebida en la pantallita repartiendo felicitaciones y “me gusta” como si no hubiera final, tal era el muestrario de peticiones y solicitudes que se traía entre manos, solo presente cuando el muchacho volvió a acercarse para solicitarle nada porque nuevamente fue detenido con una mano en alto, sin mirada directa o indirecta, tampoco explicativa o aclaratoria del motivo de su no colaboración, por lo que aquel decidió unilateralmente abandonar aquella mesa a su suerte durante el resto de la noche. Ni siquiera le preocupó advertirle a la que de momento no se comportaba como cliente de la comprometida y totalmente contraria al negocio ocupación de una mesa y sus correspondientes sillas, consumir algo de lo allí ofrecido o en caso contrario largarte por donde habías venido. Tampoco desde le barra le apremiaron para poner entre la espada y la pared a la concentrada cornuda que no despegaba la vista del teléfono móvil. La noche se iba dando bien, la gente entraba y salía, al parecer satisfecha por la estancia y lo consumido, y nadie tenía porque ir más allá ya que en ningún momento hubo necesidad de ocupar esa mesa o algunas de las sillas que la acompañaban.

La diabólica y astada protagonista, ignoro si inesperadamente abandonada, equivocada, herida o directamente solitaria, fue perdiendo presencia y algo de lustre, si es que en algún momento lo tuvo; sus retorcidos cuernos, no obstante, permanecían sólida y orgullosamente enhiestos apuntando al techo, sobresaliendo tan intactos como conmemorativos, quizás demasiado solos, sin asustar ni impresionar, algo abandonados en una noche que se iba prolongando sin compañía, ayuda ni celebración; en algún momento interrogativos, incluso del acertado disfraz acompañante que su portadora se había decidido a lucir, conjunto en el fondo deslucido por, visto lo visto, su escasa o ninguna aceptación entre los presentes, ni mucho menos éxito, lo que al parecer no importaba porque el lugar en el que sí estaba no conseguía sacarla de su abstracción, o abducción.

Como también fue transcurriendo la noche en la pantalla del teléfono, interminable, profusa en imágenes, terrores y sonrisas, hasta tal punto que resultaba imposible despegar la vista de ella porque en tal caso corrías el riesgo de perderte algo que después no podrías comentar, afirmar que viste y disfrutaste, pillándote descolocada, con lo que ello significa a la hora de tener un hueco en la fiesta. Tal vez la única duda estribaba en si quedaría alguna foto suya que otros también pudieran ver y disfrutar.

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