Los días que más nos gustan

Percibir el paso del tiempo pasa por detenerse con cierta frecuencia y observar cómo fechas y acontecimientos visten de manera distinta conforme el transcurso de los años va dejando su impronta en ellos, como también cambiamos nosotros, aunque de esto último, atareados como andamos en nuestro particular día a día, nos demos menos cuenta; y solo cuando algo o alguien de nuestro entorno celebra alguna fecha o acontecimiento propio como especial advertimos que ese mismo junto al que ahora nos reímos y celebramos ya no es aquel, sino este otro que venimos frecuentando en cada ocasión en la que nos vemos o reunimos. En cualquier caso nada de esto es mejor o peor, se trata de hechos, contingencias, episodios y circunstancias que a todos nos conciernen, ocurren y ocupan, también cuando no nos damos cuenta.

Algo parecido volvió a repetirse este pasado uno de mayo en la tradicional manifestación, o concentración, ignoro como funcionan hoy esas cosas, de trabajadores; celebración que calcó hora y asistentes sin que en apariencia nada hubiera cambiado, es decir, se reunieron los mismos de cada año y mirándose a la cara volvieron a preguntarse dónde estaba el resto, esas personas, también trabajadores, que dependen de otros para vivir manteniendo una puntual y prolongada dependencia, casi nunca justa, que solo mediante las correspondientes peticiones, solicitaciones o reivindicaciones por parte de los interesados puede cambiar mejorando. Una celebración sostenida por unos sindicatos cada vez menos atendidos y entendidos, lo que no les resta importancia a la hora de seguir siendo el único medio con presencia y relevancia pública mediante el que exigir todo aquello que uno solo no puede conseguir. La fecha, sin embargo, permanece en el anuario como otra fiesta más, en este caso laica, un día que aprovechar para descansar, puentear, salir o no madrugar, pobre beneficio para quien viene haciendo de madrugar su sino, hasta el punto de que cuando no ha de hacerlo no sabe hacerlo, porque su cuerpo, diariamente maltratado por rutinarias y costosas interrupciones del sueño, precisamente cuando más placentero, se activa por sí sólo antes de que el odiado despertador entone su desagradable cantinela.

Tan solo unos días antes se celebraba por estos pagos una feria comercial y gastronómica, también alcohólica, que, en cambio, rebosó de asistentes dispuestos a beber y comer casi como si no hubiera mañana, también comprar, pero menos. Familias al completo, pandillas de amigas y amigos de todas las edades, parejas y grupos de conocidos sin un día a día en común se apiñaron ante vasos, copas y platos repletos de pronto deseosos de beber, comer, divertirse y probablemente también hablar. Hábitos básicos que siguen siendo uno de los principales, si no el principal, motivo de reunión, el único capaz de movilizar hasta los espíritus más reticentes, incluidos quienes consideran el día del trabajo únicamente como un día festivo que aprovechar para cualquier otra cosa que no tenga que ver con el trabajo.

Siempre es mejor comer, beber y pasarlo bien que reivindicar, y más en un día festivo; para qué si no las fiestas, para divertirse; porque tampoco en este caso viene a cuento aquello de qué fue antes si el huevo o la gallina. Muy atrás quedan aquellos primeros de mayo en los que medios de comunicación disputaban y disentían respecto del número de participantes a nivel nacional. Y como decía al principio las cosas han ido cambiando al tiempo que lo hacíamos nosotros, con la inevitable inconveniencia, si puede decirse tal, de que también en este caso el olvido ha hecho bien su trabajo, como suele; prisioneros o embobados en nuestro día a día particular nos hemos olvidado de lo que tenemos, lo que hemos ganado, para bien y para mal, y los esfuerzos que ha costado. Y no me refiero a quienes dejaron su tiempo y su vida en ello -a buen recaudo del temible e inapelable olvido-, sino que por y de nuestra parte va quedando menos, tan solo una mera y desfalleciente presencia testimonial, un lento diluirse entre cuestiones existenciales y subsidiarias que nada aportan frente a las que vamos optando por dar la espalda ante el temor de una posible pregunta para la que no tendríamos respuesta. Mientras bebemos y comemos, cada vez menos porque los tiempos pintan con otros modos más edulcorados, o igual de despiadados, porque quienes hacen y deshacen el tiempo no descansan. Las cosas nunca son como son, sino como las vamos haciendo, pero no nosotros.

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Tebeos

Ignoro si en la actualidad el cine de superhéroes está de capa caída, nada extraño después de años de tabarra apocalíptica y salvaciones in extremis de este planeta. Tampoco sé si todavía queda alguno por reivindicar entre las telarañas de los catálogos de las editoriales norteamericanas del siglo pasado. También desconozco las intenciones de los productores cinematográficos, si consideran que el filón ya está lo suficientemente explotado, hasta la saciedad, o aún existe quien suspira por pasar una tarde ante la gran pantalla engullendo un considerable muestrario de mamporros intentando aniquilar a malos de película sin criterio de maldad alguno en su sesera; personajes capaces de cometer todo tipo de disparates y tropelías, a costa de los pringados de siempre, poseídos por unas ansias milenarias de grandeza y poder que sonarían a choteo si no fuera porque en la actualidad van surgiendo visionarios de carne y hueso henchidos de vanidad y dedicados a la política que se sienten elegidos para la gloria eterna, listos para dirigir ejércitos y naciones habitadas por sujetos más próximos a la ignorancia y la miseria que a ciudadanos sensatos.

Viene todo esto a cuento porque hace poco cayó entre mis manos un volumen norteamericano de superhéroes recién editado, e inmediatamente trasladado al castellano, que tuve la oportunidad de leer poco a poco más incómodo y extrañado y finalmente decepcionado. Con la particularidad de que uno de los dibujantes era español, de aquí mismo, con algún que otro premio a sus dibujos en tierras yanquis. Y… ¡uf! Porque independientemente del dibujo y su calidad artística, de línea clara y redundante en la organización y distribución de las viñetas y los estereotipos tan característicos de las ediciones norteamericanas, no pude obtener mucho más de su lectura; ni siquiera entretenimiento. Sorprendido, sobre todo, por la nula calidad del guion, un más de lo mismo simplista y desfasado y con un decepcionante tufo a rancio.

Nada de problemas actuales, tipos del presente o personajes de hoy, sino una casposa y redundante vuelta al pasado que ignoro si en la actualidad interesa a alguien. Malos tan repetitivos como absurdos y héroes tremendamente básicos e infantiles. Personajes reiterativos y sin atractivo e historias y circunstancias personales de secundaria. Cualquier personaje original de Watchmen se comería a uno de estos pipiolos sin necesidad de guarnición.

También puede ser que esté equivocado y no acabe de aceptar que el comic de superhéroes no deja de ser una vía muerta todavía vigente porque sigue generando beneficios a costa de simplificar cerebros entre los jóvenes de hoy. Un público fácilmente encasillable y listo para digerir malos de apariencia astuta, egotistas y megalómanos sin fuste, surgidos casi por generación espontánea y buenos de parvulario que lucen simples y honrados y sueñan con eliminar enemigos y construir un futuro socialista versión sueño americano. Anhelos y utopías que contienen todos los elementos de un estado fuerte preocupado en proporcionar a sus ciudadanos los beneficios de una socialdemocracia más que avanzada, pero, eso sí, sin el peligroso estado democrático y su sospechosa política de discusiones, debates y acuerdos. Mejor si el futuro está en manos de tipos con corazón que rezuman dinero de procedencia desconocida, o milagrosa, atractivos mecenas altruistas dispuestos a ofrecer desinteresadamente algo de “lo suyo” en beneficio de una atribulada población que nunca sabe por dónde van a venirles, o generosas fundaciones a cargo de respetables e inteligentes hombres de pro dispuestos a dedicar su tiempo, y dinero, a sus semejantes a cambio de nada, etc. Cualquier invento entre caritativo, bondadoso, con etiqueta de desinteresado y heroico que priorice al individuo y su santa y libre voluntad por encima del peligroso y aborrecible estado democrático del bienestar, regulador, justo y protector que tanto atemoriza a los americanos de bien temerosos de Dios.

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Del fútbol

Se han dicho tantas cosas sobre el deporte de la pelota, provenientes de tantos lugares y personas, da igual el origen y la dedicación, que cualquier cosa que pueda volver a decirse sobre el tema probablemente carezca de relevancia por principio, además de hacer levantar la ceja a quienes, ajenos a pulsiones y emociones tan íntimas, viscerales y desgarradoras, no van más allá de la escasa curiosidad o directamente indiferencia al respecto.

En unas semanas en las que se vienen repitiendo multitudinarias manifestaciones futboleras -y las que vendrán-, tampoco han faltado reivindicaciones, loas, panegíricos y sesudos comentarios sobre la directa e íntima relación del mismo juego, sus propios héroes incluidos, con cuestiones locales o patrimoniales, con lealtades, tradiciones y filiaciones irreflexivas bajo las que laten unos irracionalismos biológicos de nacimiento y/o pertenencia; tanta es la importancia y la felicidad cohesionadora que provoca, promueve y difunde tal juego. Y más de un seguidor, o cualquiera de los arrebolados firmantes, baluartes de una auténtica mística futbolera, contemplaría despectivamente y por encima del hombro las intenciones que motivan estas letras. Si no me gusta el fútbol -todo lo contrario-, no me interesa o me pilla lejos mejor que me calle y dedique mi tiempo a cuestiones más interesantes y sustanciosas para mi persona, porque sobre el tema en cuestión lo que yo pueda decir tiene una relevancia de cero coma cero.

Pero a lo que voy. Viendo las imágenes en las que miles de personas celebran y muestran su felicidad gritando, cantando, abrazándose o llorando, en una escena repetida dando igual el lugar al que se dirija la mirada, las coincidencias sobresalían por encima del resto. El fútbol es un juego esencialmente masculino, de hombres -que en más de un caso probablemente también conlleve cuestiones machistas-, al que últimamente las mujeres se van uniendo más por imitación que por vocación, opción esta última que, como sucede en todas partes, también las habrá entre ellas, y con todo derecho. En los distintos escenarios a los que me estoy refiriendo la mayoría masculina era abrumadora, hasta el punto de que en algunas imágenes sólo se distinguían cabezas de hombres, y eran muchas. Las pocas mujeres que aparecían en la pantalla ejercían de acompañantes de seguidores masculinos. Viéndose algunos grupos femeninos generalmente de mujeres y chicas muy jóvenes, tan febriles y vocingleras como ellos, como decía fruto de esa caprichosa corriente de igualdad que gusta agarrarse a lo más visible y característico en lugar de ofrecer y reivindicar otras opciones o juegos, por aquello de la variedad -aunque es cierto que, tal y como este mundo ha sido hecho y funciona, cualquier opción o alternativa femenina, incluso en posesión de inestimables valores conjuntos, contendría por defecto un peligroso componente de exclusividad o amenaza contra los valores establecidos, por lo que lo tendría muy difícil o directamente imposible.

Como interesante resulta ver tales celebraciones futboleras con una mujer, o mujeres, al lado comentando lo que aparece en la pantalla, su asombro ante el desaforado primitivismo y simpleza de aglomeraciones tan afines a las consignas, símbolos y banderas; una explosión belicosa y salvaje que deja ver en el fondo un incómodo e individual desamparo acuciado por una mística y excitante necesidad de integración y/o pertenencia de la parte masculina de la especie en un mundo más bien confuso y sin referentes claros, un mundo en el que una hipotética sororidad compartida más pacífica, paciente, reflexiva, solidaria y autosuficiente no sería bienvenida o, repito, se tomaría como ofensiva y peligrosa por provenir de esa otra mitad de la población. Una mitad de la población de la que en última instancia depende, o sobre la que descansa, tanta y desatada euforia, el indispensable regazo sobre el que reposar, resoplar, dormitar o soñar cuando los excesos hormonales se apagan y la vida de todos los días, esa que nos hace quienes somos, llama a la puerta obligándonos a comportarnos como personas entre personas.

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Un futuro

La última perla de la clase empresarial, tanto a nivel local como nacional, afirma que la mejor forma de demostrar cuánto cuesta un puesto de trabajo consistiría en pagar íntegramente el sueldo al trabajador, y que éste abonara por sí mismo sus impuestos, incluido lo correspondiente a la seguridad social. Proclamación que viniendo de una clase tan proclive a todo tipo de artimañas económicas y corruptelas no deja de tener su intríngulis. Vaya por delante que, como en todas partes, indudablemente existen empresarios honrados que cumplen tanto con sus deberes impositivos hacia el Estado como gratificando a sus trabajadores como merecen, pero, para su desgracia, son minoría y han de cargar con el San Benito de verse incluidos entre la podredumbre del cínico y terrorífico panorama general.

Semejante ofrecimiento, solución -ignoro para qué- o dislate contiene toda la mala leche que puede esperarse de semejantes especímenes. Y como muestra sólo hay que asomarse a cualquier estadística pública comparada confeccionada a partir de los beneficios e impuestos empresariales, en ellas llaman la atención los exiguos números, tanto en cuanto a beneficios como impositivos, comparados con las propiedades que acumulan -camufladas tras infinidad de trucos de propiedad; con propietarios reales y ficticios- y el tipo de vida que lucen. Aunque hay de todo, quienes acopian como hormiguitas y solo se dejan ver en lugares y ambientes exclusivistas -que no exclusivos-, cerrados y restringidos a los de su ralea, y los que no tienen ningún escrúpulo en mostrarlo y ostentarlo públicamente, confiados y amparados tras unos parapetos legales que les aíslan y protegen de cualquier intención indiscreta o directamente malévola.

E independientemente de sus tejemanejes económicos con el único regulador que les puede poner freno, el Estado, es habitual que expriman mediante subvenciones, recortes o directamente en negro en lo referente a pagos y salarios a la otra víctima que suele interponerse ante su codicia, el trabajador, siempre necesitado, señalado o amenazado con aquello de que esto es lo que hay, o lo tomas o lo dejas, porque no tienes más que asomarte a la puerta y comprobar la cola bien larga aguardando para venderse, o humillarse, por mucho menos de lo que nadie en su sano juicio consideraría decente. Visto lo visto no hace falta ser un lumbreras para imaginar qué harían y cómo presionarían a esos mismos trabajadores a costa de su “merecido sueldo íntegro”. Sin nadie que inspeccionara y regulara sus procedimientos, según ellos siempre justos y ejemplares, no las maledicentes, envidiosas y falsas acusaciones que tienen que aguantar, es más que probable que tensionaran los contratos hasta casi la asfixia del empleado, en este caso descaradamente a costa de sus necesidades más vitales, pues no hay que olvidar que, con una seguridad social de mínimos, el trabajador tendría que pagar al completo la atención y cura de un simple resfriado. ¿A quién? A una de las aseguradores tan estupendas que ofrecen atención directa -mejor on line, es más barata- las veinticuatro horas del día. Al no existir una sanidad pública mínimamente solvente, puesto que sin impuestos es más que probable que tarde o temprano desaparecería, el mismo trabajador tendría que extraer de esa “justa cantidad” que libremente recibe lo necesario para encontrar y pagar una asistencia sanitaria que le solucionara un simple sarpullido; no hace falta imaginar cómo y cuáles serían los precios a poco que la enfermedad fuera más importante o se prolongara en el tiempo, o un accidente irrumpiera en unas vidas ya precarias. Sin sanidad pública y asequible lo mejor sería echarse directamente a morir, porque esas mismas aseguradoras que hoy venden humo a cambio de cómodas cuotas no admitirían a tipos con ingresos limitados obligados a pólizas miserables, dependientes de una indigencia e indecisión congénitas en las que las necesidades más primarias, la codicia y el temor pugnarían a partes iguales.

Ni que decir tiene que los empresarios, felizmente liberados de los impuestos necesarios para un sostener un Estado medianamente fuerte y preocupado por sus ciudadanos, se proveerían de seguros completos y clínicas exclusivas donde pagar religiosamente y ser atendidos sin la molestia de la chusma trabajadora y sus eternos achaques de incompetentes fracasados; sin el feo de la carne de cañón laboral. Tampoco existirían esas largas e inconvenientes listas de espera de una cada vez más precaria sanidad pública que no da más de sí -sin dinero para pagarse una intervención privada esos pacientes ya habrían desaparecido de la faz de la tierra. Una mujer embarazada, por ejemplo, tendría que buscarse la vida y pagar por su embarazo, y ni mucho menos darse de baja por problemas derivados del mismo. Y lo de la baja por maternidad… ¡vamos! ¡no digan tonterías! Si quieres tener hijos necesitas dinero, de lo contrario… como los pobres de toda la vida; igual encuentras algo en la beneficencia o de la caridad religiosa. Además, una mujer jamás podría acceder a un puesto de trabajo si antes no se comprometiera por contrato a no cometer la laboralmente absurda torpeza de desear hijos.

Bien visto, la selección de la especie que tal medida conllevaría sería en el fondo muy beneficiosa para la misma; disminuiría la presión medioambiental sobre el planeta -otro grato beneficio- a costa de ejemplares que pasarían por este mundo con la presencia y brevedad del vuelo de una mosca, permitiendo que los más aptos -o lo que es lo mismo, los más ricos- se reprodujeran con salud, alegría y comodidad.

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Religiosidad

Pasado este largo periodo festivo, deslucidos o directamente suspendidos sus esperados esplendores y celebraciones -esa especie de paradoja, contradicción o disparate que ya a nadie preocupa-, queda un sabor que no por conocido me ha pasado desapercibido, como de costumbre. Debido a las malas condiciones meteorológicas numerosas exhibiciones de ese fervor o religiosidad tan aparatosa de la que nos gusta hacer gala han debido suspenderse para cabreo, dolor y llanto de los participantes e intervinientes, mujeres y hombres frustrados por no poder mostrar públicamente -también a pesar de ir ocultos- su particular devoción o concepción de lo religioso; en muchos casos algo tan personal que llega un momento en el que todo vale, porque ¿quién le va a decir a nadie que lo que siente, o dice que siente, es menos fervoroso o sincero? ¿La Iglesia? ¿Y qué saben los curas de como yo siento y vivo mi fe?

Discutir sobre ello probablemente no nos llevaría a ningún sitio y sí a enfadar, ofender y enfurecer a tantos que consideran la pasada semana festiva como algo tan suyo que nadie más que ellos sabe apreciarlo y entenderlo como corresponde. Y de ser preguntados quizás no sabrían explicar eso que llevan y sienten tan dentro. Unas pulsiones y emociones que, sin embargo, nada tienen que ver con la religión que pretende justificarlas, tampoco con la tradición, y si con una serie de prácticas alimentadas por un inconsciente universal bajo el que se mueven recuerdos, temores, represiones, circunstancias y situaciones, reales o no, de un pasado lejano del que ha desaparecido toda referencia consciente.

Que la Iglesia, en su persistente afán por extender su poder y dominio sobre pueblos e individuos, decidiera en su momento rediseñar, enmascarar e incorporar ritualizando a su medida las numerosas manifestaciones locales, mágicas o espirituales con las que fue tropezando en su metódica colonización del mundo conocido es otra cuestión bien distinta. Tan sistemático empeño ha dado como resultado un santoral infinito en el que no se adivinan cabos sueltos, hasta el punto de que la más ignota superstición o el más recóndito nacionalismo de terruño disponen automáticamente de  su correlato correspondiente a la derecha de Dios Padre. Y todos tan contentos. Unos rememorando periódicamente ritos y celebraciones sobre las que no cabe preguntarse -ni puñetera idea-, definitivamente olvidados y desaparecidos los motivos y función originales -a excepción, quizás, de esa necesaria renovación de los vínculos familiares, de clan o tribales que ya Durkheim ponía como origen de las manifestaciones religiosas-, y la Iglesia imponiendo su bendición y la última palabra junto con la correspondiente etiqueta de calidad religiosa allá donde sea necesario para engorde de su numerosa grey.

Pero en ningún caso hablamos de Dios -si es que existe-, libros sagrados, amor, pobreza, misericordia, bondad, justicia o respeto hacia el prójimo. Eso son otras cosas, siempre menos relevantes, que a ninguno de los fervorosos participantes, tanto en estas fiestas pasadas como en la infinidad de las que se suceden durante todo el año y el territorio nacional, les interesan o directamente importan. Pero nunca hemos hablado de religión.

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Incidente

Por problemas ajenos a nuestra voluntad tuvimos que cambiar de tren, llegando con una hora de retraso a nuestro destino. Entre el personal, tan cansado como fastidiado, algunos acumulaban retrasos e incidencias de otros traslados en un día nefasto para ellos, hablando de transporte; sus posibles enlaces se antojaban imposibles o directamente ya habían partido, luego tocaban ventanillas y reclamaciones, un añadido siempre molesto y trabajoso, aunque todavía quedaban fuerzas y ánimo imaginando que al ser tan flagrante el desaguisado habría algo de comprensión y celeridad a la hora de solucionar sus problemas por parte de la empresa ferroviaria. Eso se decían entre sonrisas resignadas los más optimistas, otras, con cara de palo y para pocos favores, no dejaban de refunfuñar respecto de situaciones y decisiones que, en definitiva, les parecían erróneas o disparatadas. En estos casos prioritariamente se suele pensar en sí mismo, nuestros problemas pintan únicos y sin comparación posible, forzosamente adaptados a las soluciones dadas, aunque siempre cabe otra opción más práctica e inteligente por parte de los organismos decisorios correspondientes, claro, si en todo momento hubiera en ellos gente capaz de no alterarse ante una incidencia y actuar resolutivamente en favor de las respuestas más efectivas o que al menos importunen a un menor número de viajeros.

Una de las parejas perjudicadas invertía el tiempo de diferente modo, él leía pacientemente, el mal estaba hecho y viajaban donde viajaban, no llegaban dónde y cuándo debían llegar por lo que solo quedaba aguardar hasta la ventanilla o el trabajador indicado y su predisposición a facilitar la tarea al viajero afectado por los retrasos. Ella, en cambio, iba y venía del teléfono y ningún sitio, de vez en cuando se quejaba en voz alta buscando la comprensión y correspondencia entre maletas de su compañero que, amable y condescendiente, levantaba lentamente la mirada del libro y acariciaba cariñoso la parte más cercana de su irritada compañera, generalmente la pierna, sonreía, decía unas palabras supuestamente consoladoras en voz muy bajita y regresaba a su lectura. Ella no alteraba su cara de póker, suspiraba e intentaba diluir su cabreo entre las numerosas intrascendencias de las que estaba rodeada. Hasta la próxima ocasión.

Despreocupados de problemas ajenos el resto de los viajeros se dedicaba a sus cosas, más importantes y según necesidades y situaciones, otros, yo mismo, entretenía el trayecto fisgoneando entre el numeroso pasaje. A unos metros de donde me hallaba un hombre entrado en años y vestido con una mínima y pobre dignidad se quejaba en voz alta de su desgraciada situación, disculpándose por lo que estaba haciendo mediante retóricos golpes de pecho, no tenía más remedio, la vida le había puesto en tal tesitura y aunque renegaba de hacer lo que de hecho hacía intentaba justificarlo buscando la comprensión y misericordia entre unos forzados compañeros de tren que en su mayoría no estaban por la labor, porque bastante tenían ellos con lo suyo. Frente a mí un tipo fuerte y tatuado de mediana edad hablaba alto por el teléfono móvil, haciéndolo saber a su interlocutor que ya no puede hacer otra cosa que esperar; realizadas las pruebas solo faltan los resultados y la última palabra de los médicos. Circunstancias que a continuación vuelve a enumerar en esta ocasión a su padre al otro lado del teléfono, cariñoso, directo y campechano con su progenitor, sin edulcorar, el caso es que el marcapasos parece que no funciona como debiera. Lo miro con atención tratando de ponerme en su lugar, andará por la cuarentena -imposible; qué putada. En las pruebas físicas dura lo que dura, y no hay más, en cuanto llegue a casa se va a comer un chuletón y si las palma a tomar por culo. No hay palabras para tal golpe de realidad, a su lado nuestra incidencia ferroviaria es una estúpida nimiedad. Se despide de su padre de forma franca y directa, deseándole un buen turno de trabajo y que ya lo sabe, que él siempre está para lo que haga falta, permaneciendo fijo en el pequeño dispositivo que ahora se dedica a entretener su espera.

Suena otro teléfono junto a mí y un señor mayor con un Parkinson tan alarmante como preocupante intenta contestar a la llamada entre temblores que ponen la piel de gallina, unos pocos toques indispensables en la superficie del teléfono que, viéndolo, se antojan imposibles. Agotado el tiempo de espera el hombre, tan habituado como paciente, vuelve a buscar al del otro lado consiguiendo finalmente pulsar para una devolución que es prontamente respondida. Finaliza la llamada y silencia el teléfono regresando a su espera, nuestra espera común, experto en su propio calvario y tan diestro como sobrio. Cuando no es posible elegir en temas de salud siempre existen dos opciones, apechugar con lo que hay o darte cocotazos contra la pared, opción esta última que te dejará la cabeza hecha una mierda y no solucionará la primera, el problema seguirá estando ahí. Problemas que no tienen un par de chavales de corta edad atendiendo, serios y concentrados, a los consejos y advertencias de su padre sobre cómo comportarse en tales lugares, estar siempre atentos, qué hacer, de qué tener cuidado y qué evitar. Y tras un mínimo silencio reparador, o reflexivo, el tiempo justo para intentar asimilar lo oído, el más pequeño alza los brazos hacia su padre que cariñosamente lo levanta y lo apoya sobre su pecho. Sonrío. No me acuerdo de nuestro incidente.

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Uñas

De pronto surgen por doquier numerosos establecimientos dedicados a las uñas, y quiero imaginar que, independientemente de su en muchos casos ostentosa, chillona y hortera decoración, aquellos también se aplicarán a su cuidado, lo que siempre es de agradecer, porque es mucho mejor llevarlas limpias que taponadas de suciedad; aunque, bien pensado, una buena pintura y las correspondientes y tenebrosas prolongaciones pueden ocultar un montón de mierda. Pero eso es otra cosa.

Lo que también me llama la atención es que en muchos de estos pequeños negocios la publicidad y cartelería externa no muestre la palabra motivo de su actividad en castellano, sino en inglés, es decir, nails, cuestión no menos importante porque quizás puede dar lugar a confusiones o equívocos, como que el inexperto paseante o hipotético cliente desconozcan en primera instancia la dedicación del establecimiento. Y si le preguntáramos a los respectivos propietarios sobre el porqué de tal elección probablemente no sabrían qué respondernos; encogimiento de hombros y cara de no saber muy bien de qué va la pregunta, si hay trampa, o aquello tan socorrido de que de ese modo parece más moderno. Porque en todos sitios se hace o… qué más da, si la gente lo entiende… o directamente no sé. También pudiera ser que uñas, así, en grande, luzca peor o más vulgar, poco elegante o incluso sucio. Por mi parte tampoco imagino cual sería exactamente el motivo para elegir la traslación al inglés en lugar de la palabra castellana. Siempre queda el socorrido y pobre ¡qué más da!

Negocio tan llamativo como aparatoso, además de gustos más bien turbios e inquietantes -siempre según mi punto de vista, incluso algo repulsivo. Una incómoda sensación que me traslada a los años ochenta y a la velocista norteamericana Florence Griffith y sus enormes y estrafalarias uñas. Mujer probablemente dada a los excesos y sobre la que todavía se cierne la sospecha del consumo de sustancias prohibidas que la llevaron a mostrar, de la noche a la mañana, una musculatura excesiva y conseguir unos récords tan inimaginables entonces como todavía hoy. Retirándose de la competición en el momento en el que se anunciaron los análisis no programados entre los deportistas en activo. Circunstancias que también se cree influyeron de forma determinante en su prematura muerte antes de la cuarentena.

Uñas que, por otro lado, también me llevan a un hotel en la orilla del Hudson, en Nueva York, hace unos quince años, y a una joven recepcionista de pelo largo y lacio envuelta por la tenebrosa oscuridad de una recepción que recordaba a una película de maleantes, y con la que formalizábamos el correspondiente registro. La joven, armada con unas enormes uñas decoradas de forma que entonces nos pareció no sé si pintoresca o grotesca -nos mirábamos unos a otras tan curiosas como sorprendidos, puede que hasta algo alarmados-, manipulaba con cierta dificultad el papeleo correspondiente de unos españoles de pueblo que nunca habían visto tan cerca algo así. Intrigados y algo reticentes cada vez que, debido al normal intercambio de formularios y firmas, nuestras manos se aproximaban de forma peligrosa. Aunque probablemente el problema fuera nuestro, que éramos los extranjeros.

Volviendo al tema de estas letras y al desaforado y aparatoso despliegue decorativo de las células muertas endurecidas que protegen las falanges de nuestros dedos, también me llama la atención que una de las partes más precisas y sensibles de nuestro cuerpo, las yemas de los dedos, queden ocultas y casi inutilizadas por el hecho de manipular y “decorar” -o directamente deformar- de forma tan furibunda las pequeñas superficies que las protegen. Lo que no deja de ser un grosero y chabacano despliegue de ungüentos, añadidos y colores que, supongo, pretenden mostrar… exactamente qué ¿el mal gusto del que nos gusta alardear?

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Familiar

Familiar es un término que nos hemos habituado a escuchar y leer al que probablemente cada cual pone un significado que, por supuesto, puede que varíe según la persona, el contexto y lugar, y entre algunos de aquellos las diferencias sean más que apreciables. Como no recuerdo el momento o la persona, o personas, que, con tal de facilitar la comprensión evitando confusiones innecesarias, se hayan ocupado de clarificar públicamente qué se entiende, o puede entenderse, por familiar en según qué situaciones o discursos. Un término que tomado de ciertos medios y espectáculos más bien se parece a algo básico y accesible hasta la intrascendencia, sexualmente aséptico -más bien inexistente; aunque no sucede lo mismo con la violencia-, fácil y cómodo hasta la irrelevancia y tan repetitivo como insustancial, o tremendamente aburrido.

Mirando con lupa su uso el término familiar puede referirse al grupo como objeto o motivo de la expresión, charla o referencia, independientemente del contexto en el que se aplique y tratándose siempre de una agrupación física de personas en la que no existe un número fijo y definido de integrantes. Como también puede ser tomado, en concreto, como algo normal, corriente o sencillo -vamos a dejar natural al margen. Pero en ningún caso familiar, así lo entiendo, puede pasar a significar elemental, intrascendente, superficial, vulgar o monótono, ni siquiera feliz, porque se trata de una felicidad más bien boba.

Sería interesante organizar una encuesta pública preguntando qué entiende el personal por familiar, ya no como objetivo social o científico, solo por pura curiosidad. Saber si la palabra es entendida y cómo, así como las similitudes existentes y quizás hasta sus porcentajes, a la hora de ser mostrada públicamente como adjunto a cualquier medio o producto. Como también saber quiénes decidieron sobre ella y por qué se eligió y con qué intenciones; qué se pretende con la etiqueta familiar colgada donde quiera que podamos encontrarla.

Porque algo familiar también puede ser inteligente, curioso, arriesgado, complicado, difícil, discutible, desafiante, comprometido etc.; siempre respetuoso con las diferencias, es decir, jamás un término igualitario puesto que la familia no es un lugar donde impere la igualdad -ni hace falta porque sería contraproducente-, sino que el grupo se basa e impone unas relaciones de parentesco en las que existen las jerarquías y a partir de ellas quienes cuidan, protegen, enseñan y respetan y, por otro lado, quienes observan, obedecen y aprenden, sin tampoco dejar en ningún momento de respetar. Sin opciones de igualdad o reciprocidad, si exceptuamos las que obligan el tratarse de individuos distintos -proyectos, presentes, futuros etc., siempre diferentes- y, repito, sin en ningún momento olvidar el respeto mutuo que ha de imperar en toda convivencia, independientemente de las relaciones, caracteres, afectos o emociones.

Los únicos vínculos expresos en una familia, independientemente de los obligados por la sangre, meramente fisiológicos, son la convivencia, el cariño y el amor -que no siempre consiste en decir te quiero en nueve frases de cada diez.

Pero me temo que la etiqueta de familiar que podemos ver en objetos, lugares y productos de todo tipo tiene poco que ver con la familia y si con una serie de circunstancias y objetivos en los que las familias importan un pepino, salvo como unidades tan básicas como acríticas de consumo; más bien un grupo de sujetos completa e intelectualmente desarmados a los que inundar de bodrios zafios y repetitivos carentes de todo interés. Cuando una familia debería ser todo lo contrario, el seguro reducto en el que madres o padres adviertan a sus vástagos respecto, por ejemplo, a los productos con la etiqueta familiar en primer plano. Algo así como, mirad, chavales, precisamente esos productos, sea cual sea el medio en el que los encontréis, son los que jamás tenéis que ver ni aceptar, puesto que están confeccionados bajo la premisa de que sois en potencia unos catetos sin opinión, capacidad de crítica o juicio, meros receptores de broza con la que se pretende captaros, enredaros y manipularos; zanahorias ostentosamente envueltas tan blandas e inocentes, y peligrosas, como intelectualmente estériles. Como cualquier hijo deseado y querido vosotros estáis listos para metas más altas que un discurso mojigato, blando y fácil que en el fondo os considera, y también a nosotros como responsables vuestros, objetivos tan simples como acríticos, meros receptáculos sin nervio que solo saben sonreír bobaliconamente cuando engullen esa papilla anodina y repetitiva con la que pretenden conformarnos al tiempo que nos aleccionan para la siguiente andanada; con la malévola intención de atarnos física y mentalmente a unos criterios meramente consumistas. Porque en el fondo solo nos desprecian.

Claro, es más cómodo fijar una familia -como unidad de consumo- predefinida como un grupúsculo sin opiniones y valores propios, sin enfrentamientos, desafíos o problemas de aceptación, adaptación, integración, conflictos, discusiones -siempre tan necesarias como iluminadoras-, y respeto, mucho respeto, porque ni un adulto es un tipo un terreno yermo al que ya solo le queda sumar años hasta la muerte ni un niño es un imbécil con pocos años al que se puede, engañar, atrapar y despreciar como como si fuera una bola de plastilina que manipular y deformar a capricho, y no un individuo al que le queda todo por aprender y que, dependiendo del respeto y responsabilidad del adulto correspondiente, puede perder su propia vida convirtiéndose en la parte negativa de un despiadado y cruel juego de suma cero que lo dejará más inútil e indefenso de lo que vino a este mundo.

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Hablamos

En unos pocos días me he tropezado con dos expresiones en charlas y conversaciones que, independientemente de su pertinencia, originalidad y/o supuesta y nada imaginativa frescura, no dejan de ser dos formas de proceder y ver el mundo que, a mi parecer, con el tiempo acaban instalándose en lo más profundo y temeroso, tanto del subconsciente individual como del colectivo, modificando con ello la propia visión de la realidad. Se trata de un par de muestras que me llevan a otros tiempos más ásperos y desconfiados en los que la población de este país transitaba por esta vida sojuzgada y reprimida, de paso hacia algo presuntamente más seguro pero en el fondo tan desconocido y sospechoso como incierto.

De distintas procedencias pero con puntos en común entre ellas muestran mucho más, a peor, de lo que en principio pudiera suponerse. La primera expresión dice, a la hora de referirse a emigrantes africanos y en tono tan indiferente como despreciativo, “gente de más abajo de Andalucía”, manifestada en este caso entre maestros de primera enseñanza de la zona comentando de padres y alumnos. Mujeres y hombres que se mueven entre la treintena y la cuarentena, con los deberes profesionales hechos -oposición ganada-, bien asentados y económicamente seguros, probablemente poco dados a las renovaciones y actualizaciones tan necesarias en la enseñanza, voluntariamente perezosos y más bien inmovilistas, con lo que ello significa a la hora de entender el mundo y enseñar a los chavales que tienen diariamente bajo su responsabilidad. Sujetos anclados en una negligente y zafia comodidad que, incrustados en un inamovible escritorio de granito, acaban confundiendo su trabajo con una vía muerta.

La otra expresión proviene de estudiantes de educación superior sevillanos, con el añadido de que probablemente sea normal entre familias, amigos o vecinos de calle o de clase, y habla de un sitio “mas arriba de Linares” cuando el topónimo de la conversación se sitúa más allá de Sierra Morena. Es cierto que no hay por qué darle más importancia al chascarrillo, como en realidad merecería, si no fuera porque no sé si esa inconsciente o voluntaria indiferencia, que también puede ser desprecio o ignorancia, amén de pereza mental, dice más que ahorra -ni siquiera sirve como otra aplicación de la ley del mínimo esfuerzo. Suena más bien propia de gentes del terruño abonadas a las supersticiones y los presentimientos, tendentes a imaginar el peligro de monstruos y desconocidos tan solo un metro más allá de la frontera que delimitan las afueras del pueblo. Una discutible economía intelectual probablemente preludio o resultado de otras más gravosas e importantes que tienen que ver con una estancia, que no vida, tan insulsa como acomodaticia.

Vaya por delante que cada cual puede hacer y decir lo que mejor le parezca, incluso no abrir la boca o no moverse del sitio si le apetece, pero lo cierto es que no cuesta ningún esfuerzo referirse a las cosas por su nombre; en ambos casos hablamos de personas con educación, creo que modernas y contemporáneas de los tiempos que viven. Porque nombrar es hacer real lo que hablamos y decimos y, al mismo tiempo, hacernos reales; los nombres disipan las tinieblas y aclaran la perspectiva, fijan en la distancia, excitan la imaginación y nos sitúan a nosotros mismos con referencia a lugares y personas con las que tenemos más en común de lo que imaginamos. Además de hacernos poseedores de una sabiduría y conocimientos que hace tiempo deberían haber dejado a un lado ese recelo tan primigenio como irracional hacia lo que no es “lo nuestro”, y en este caso tampoco desconocido. Esa capacidad de nombrar nos hace más abiertos y receptivos, también confiados y seguros de nosotros mismos, respetuosos y tolerantes. Creo que cerrar puertas voluntariamente en nuestro cerebro en función de una hipotética gracia o comodidad no es una broma inocente, ni graciosa -aunque quizás haya a quien se lo parezca y estas letras solo son una pérdida de tiempo, o un despropósito. Lo que no impide que me siga preguntando por qué somos tan irresponsables con el uso de nuestra lengua como con nuestra propia inteligencia, un regalo de la naturaleza que no ocupa lugar y que jamás agotaremos, aunque nos empeñamos en esclerotizarla voluntariamente por pura desidia.

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Otro día

Leo que seis de cada diez argentinos están en la pobreza, es decir, más de la mitad de la población las pasa canutas para sobrevivir y sin embargo han votado a un tipo que quiere reducir, o directamente eliminar, los servicios públicos para que la población sea libre, todo bien, lo que ocurre es que si tal cantidad de necesitados no disponen de un Estado que les proporcione unas mínimas garantías de subsistencia lo tienen claro, solo les queda, en pos de su libertad, lanzarse a conseguir de cualquier modo lo que necesitan, y que cada cual aguantes su vela; menos mal que les queda el fútbol -¡son campeones del mundo! ¡toma ya!- futbolísticamente más que ese avispado españolito que se largó a NY para conseguir una de las primeras gafas Apple -entre cuatro y cinco mil euros con los accesorios indispensables, a Europa llegarán a finales de año o probablemente el año que viene ¡qué mala suerte!-, y con tan excitante dispositivo en su poder se vino de vuelta para fardar y explicar sin tardanza a sus ansiosos seguidores -evidentemente no tan sobrados- la última maravilla de la técnica -dejo al criterio del lector el cálculo del importe de tan melindrosa escapada, también si se trata de uno de aquellos afortunados y libres argentinos-, aunque ¿para qué sirve el dinero si no es para gastarlo? Como el que piden esos grupos de ucranios con banderas y música autóctona que pueden verse en algunas de las esquinas madrileñas más rumbosas, solicitar del solidario transeúnte una ayuda para los suyos que, como el que no quiere la cosa, han pasado de vivir a no poder vivir o directamente morir porque al déspota vecino le ha dado por jugar a los imperios y necesitaba hacerse respetar internacionalmente a costa de los muertos que sea, muertos que no dejan de ser los pobres y miserables diablos que han venido poblando los miles de gloriosos ejércitos conquistadores que han arrasado los campos de la historia siglo tras siglo, circunstancia que, no obstante, en nada afecta a mi amiga que, orgullosa, me anunciaba hace unos días que le han regalado “una Alexa” -al fin- con la que está disfrutando de lo lindo, hasta el punto que ya no puede vivir sin ella; le pide la comida del día, música, recetas, remedios para los dolores, sugerencias para regalos, las noticias más importantes, en fin ¡todo!, una auténtica delicia que se ha convertido en la reina de la casa; así que ya me ha advertido que corte con el rollo agorero de la IA y cómo te vigila y manipula a partir de su voluntario y gratuito adiestramiento por nuestra parte, llegando a conocerte hasta el punto de que es más que probable que la siguiente compra que le entusiasme hasta las mismas meninges sea una elección de aquella, que ella -boba- creerá un mazo original, ¡vaya! una necesidad; luego si la IA es tan peligrosa como he afirmado en alguna ocasión -cosa de películas, que me lo creo todo- ¿por qué va a ser lo mío más cierto que el progreso, simpleza y comodidad de Alexa? Entonces callo y miro hacia otro lado, como lo hacía cuando tropecé con aquella educada pareja de mexicanos que entraban en un establecimiento de Swatch  pidiendo exactamente uno de los modelos más caros del escaparate -que pagan y se llevan puesto-, además de preguntar cuando sale al mercado la siguiente línea, a lo que la amable dependienta les respondía solicita y probablemente ajena al economista que hace poco afirmaba en una entrevista que con el tiempo los trabajadores van a tener que dormir en lo que ya se denominan “camas calientes”, es decir, que como no tendrán un duro para comprar un piso y los alquileres están por las nubes, no podrán juntarse o casarse y tendrán que compartir mechinales y camas por turnos con otros libres y sufridores como ellos, ya que a las constructoras no les merece la pena construir pisos económicos porque apenas sacan tajada, por eso se dedican a los pisos grandes y caros -son muchísimo más rentables-, y tal vez por ello la capital de este país es una de las principales ciudades mundiales a la hora de invertir en inmuebles de lujo -aunque no creo que sean muchos los argentinos que vengan a hacerse con alguno de ellos-, pero ¡bah! todo esto son nimiedades que ocurren asiduamente, como los milmillonarios beneficios de las grandes empresas que ocupan las orgullosas páginas de economía, y a usted a mí nos van a subir la factura de la luz, cosas de un día para otro.

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