Uno. Hace tiempo, uno de los coches del expreso Málaga-Barcelona solía segregarse diariamente en dirección a Badajoz en Alcázar de San Juan, reincorporado a la composición de vuelta en su regreso a Málaga. En ese coche no funcionaban ni los aseos ni el aire acondicionado, imagínense en pleno verano en el centro del país, lo que al parecer no era suficiente inconveniente para la empresa a la hora de enviarlo a los talleres. Los operarios de mantenimiento a bordo del tren debían soportar las razonables, o airadas, quejas de los usuarios sin poder hacer nada porque la solución no dependía de ellos. A la empresa le daba igual el problema, justificándose -esto no lo sabían los usuarios- con la excusa de que apartar el coche y trasladarlo a los talleres de Málaga era complicado, además de caro. Según sus propios parámetros de explotación las quejas de los usuarios que daban lugar a algún tipo de reclamación o devolución económica eran nulas, nadie lo hacía oficialmente, y mientras tanto el coche se llenaba de viajeros que una vez en su destino se olvidaban del calvario sufrido en pleno agosto. Esa era ya la responsabilidad con respecto a los clientes, como luego le gustaba llamarlos, por parte de la empresa ferroviaria nacional.
Hoy. Qué tipo de responsabilidades se derivan de ofrecer un producto defectuoso sin que el usuario que lo sufre importe. Viajen, por ejemplo, de Madrid a Santander. Hasta Valladolid el tren marca músculo rozando los doscientos kilómetros por hora -se trataba en su momento del pueblo del presidente del país, y como no iba a llevar el presiente el AVE a su pueblo; curiosa responsabilidad. Pero de Valladolid a Santander usted puede continuar en el mismo tren la mayor parte del trayecto a cien, otros tramos a sesenta o incluso a diez kilómetros por hora. Eso si tiene suerte y no le detienen en medio de ningún sitio por un cruzamiento con algún cercanías. Llegará a su destino tarde y cansado.
Dos. En ningún momento la empresa ferroviaria -o las empresas en las que se desmembró para que algún negocio fuera económicamente rentable- se ha sentido responsable de hacer tomar conciencia a los trabajadores de que sus labores tienen como fin principal el servicio a los demás. Tanto es así que incluso entre las distintas secciones de la misma se fomentaban por parte de las respectivas direcciones las luchas internas. Sirva como ejemplo la indiferencia y hasta el desprecio por parte de explotación hacia el departamento de seguridad en la circulación y su insistencia en refrescar, habilitar, reciclar y renovar el conocimiento de la normativa por parte del personal. Su constante queja por falta de personal hacia cursos, adaptaciones, estudios, innovaciones o periódicos reciclajes con los que mantener al día los conocimientos de los empleados, así como y más importante si cabe repasar de forma teórica ejemplos y simulaciones de situaciones extraordinarias. Uno de los mayores peligros que contemplaba seguridad, e imagino que todavía contempla, eran las rutinas en la actividad laboral diaria, repetitivas en un alto porcentaje, lo que provoca un exceso de confianza que hace caer al trabajador en errores de bulto en algunos casos bastante importantes. No digamos cuando tiene que afrontar en su correspondiente turno incidencias o situaciones excepcionales para las que no está habituado y en muchos casos cuesta situarse, recordar y solventar con rapidez y efectividad.
Tres. Y están las personas, cada una con un carácter y una forma de ser diferente. Todos hemos conocido en nuestros propios trabajos compañeros más diestros que otros, más hábiles y con capacidad para reaccionar con rapidez en situaciones excepcionales. Como los había más perezosos, o aficionados a escaquearse de sus tareas cargándoselas a otros; o menos competentes, nerviosos e inseguros, hasta peligrosos, cuando las complicaciones aparecían o se multiplicaban, temblando como un flan y sin saber muy bien cómo reaccionar a la hora de dar soluciones con celeridad. Puestos en los que si todos colaboran no se notan las diferencias, como hay otros en los que los excesos en las cargas de trabajo, malos turnos, tensiones y discrepancias salen a relucir con el mínimo roce enrareciendo el ambiente. Responsabilidades de la dirección en cuanto a la cohesión del funcionamiento conjunto, a las que unir las personales a partir de un conocimiento de sí mismo y de lo que uno es capaz de dar de sí.
Responsabilidades políticas, laborales y personales. Un potente combinado del que nunca se habla o valora porque lo normal es que todo transcurra con normalidad. Hasta que deja de serlo y un hecho puntual y extraordinario hace explotar lo que venía mal funcionando desde un principio.
Responsabilidades políticas que siempre han ignorado la profesionalidad y a los profesionales del medio ferroviario, limitándose a lo propio y a la cínica y traicionera consigna de hacer más con menos. Una tarea a la que nadie quiere enfrentarse durante su mandato.
Responsabilidades profesionales a la hora de poner sobre la mesa las innumerables carencias y falta de entendimiento dentro de la misma empresa. Ignoradas por una dirección que en el fondo sigue desconociendo el ferrocarril. Como dice el chascarrillo interno: muchos de los trabajadores que en los puestos de mando juegan a los trenes en pantallas con lucecitas desconocen o nunca han visto un tren a tamaño real en una vía; o sabe que son de hierro.
Responsabilidades personales de las que todos sabemos. Sucede, por ejemplo, cuando uno mira al conductor de al lado en un semáforo repleto y lo ve tieso, literalmente agarrado al volante de su vehículo, tan en apariencia atento como nervioso, que probablemente tardará en reaccionar un mundo porque su mayor habilidad no es conducir un vehículo en un embotellamiento. Pero nunca pasa nada. Hasta que pasa, y entonces…