Culpables

No deja de ser curioso que la empresa inmobiliaria -o lo que quiera que jurídicamente sea tal negocio- que desahució hace unos días a una anciana en Madrid se molestara, e incluso puede que ofendiera, porque alguien la llegara a considerar un fondo buitre. Ellos no, y no merecen ser insultados equiparándoles a tales y oscuros engendros económicos porque ellos solo se dedican a hacer negocios. Y puede que se tengan por honestos, con familias bien de misa dominical, como un señor cualquiera de Valladolid dedicándose a su trabajo. Como es posible que todo este meollo del desahucio se la refanfinfle, supuesto conocían perfectamente las consecuencias derivadas de su “su trabajo”. Por qué no cedieron antes de llegar a tales extremos -por escrúpulos morales, por ejemplo-, probablemente porque eso hubiera significado debilidad -ni justicia ni humanidad-, y en los negocios no puedes ceder porque de lo contrario te comen. Además, si en los negocios andas con escrúpulos, mírame allí esa anciana y ñoñeces parecidas los negocios dejan de ser negocios. Como una ONG cualquiera.

Esto me recuerda a una película de vengadores urbanos en la que la hija del protagonista es secuestrada por una organización dedicada a la trata de blancas. Tras innumerables palizas, tanto en el debe como en el haber del prota, este descubre que la muchacha, su hija, es el regalo para un jeque árabe a consumir en su lujoso yate. Entre las obligadas peripecias también descubre que la organización criminal que ha llevado a cabo el secuestro mantiene relaciones, más bien estrechas, con las más altas instancias políticas del país donde se comete el delito. Pillado con las manos en la masa el eslabón político clave, éste se excusa ante el padre por el “accidente” aclarándole que en todo ello no hay nada personal, se trata de negocios. Tras lo cual el prota le descerraja la ráfaga de turno enviándolo al otro mundo y fin. Los malos siempre pagan, a pesar de sus tretas y elaboradas triquiñuelas; prevalece la justicia y todos nos vamos contentos a casa.

Ya, pero no es lo mismo que un desahucio, dirán, pero ¿a qué se parece? Lo que ocurre es que en el caso del desahucio los malos salen ganando. Ya se sabe, los negocios.

Una cajera en un supermercado, por poner un ejemplo, es responsable de controlar y cobrar los productos que pasan por sus manos a lo largo de su jornada laboral. Al igual que un asesino a sueldo es responsable del tipo, o tipos, a los que tiene que liquidarse por cuestiones de trabajo. Los “matices” ahora no vienen a cuento, pero en ambos casos hablamos de responsables de sus actos.

Por lo mismo, son responsables los tropecientos policías desplegados para desahuciar a la anciana; ¿o ellos no son quienes para opinar -supongo que humanos si- porque solo cumplen con su obligación. Ellos a lo suyo. Como es responsable la jueza, juez o jueces por los que haya pasado el caso, y en todos los trámites sus ilustrísimas, henchidos de “justicia” vieron justo dar boleto a la anciana -en el caso de la justicia en este país el misterio es incluso más oscuro e intrincado que el de la Santísima Trinidad. En última instancia ellos también hacían su trabajo; aunque un juez tiene potestad para poner cordura allí donde la realidad la olvida o directamente desprecia. ¡Ah! eso solo sucede en las películas, como lo de matar a los malos, la vida real es otra cosa.

Como tampoco hay nada personal, ya no digo responsable -aunque sí negocio-, cuando escuchas por la calle a un desconocido comentar razonablemente a su acompañante que como dispone de dinero comprará una vivienda para después alquilarla y procurarse una lustrosa renta mensual. Prima la rentabilidad en una sociedad libre, y en definitiva nadie es responsable de las consecuencias ulteriores de sus propios actos , porque ellos no son malas personas, solo hacen lo mejor para sí mismos, o su trabajo.

En el proceso contra el oficial alemán Adolf Eichmann, celebrado en Jerusalem hace ya casi sesenta años, más o menos, el acusado esgrimió en su defensa que el solo se dedicaba a ejecutar responsablemente su trabajo administrativo, tramitando los movimientos y traslados de los prisioneros judíos. Las decisiones u objeciones morales que supuestamente debieran haberle hecho reaccionar sobre las consecuencias de lo que llevaba diariamente a cabo no le correspondían a él, sino a otras instancias a las que no tenía acceso o incluso desconocía.

Tampoco un organismo político puede poner coto a tales negocios inmobiliarios, o actitudes, o comportamientos, o derechos -llámenlos como quieran-, porque de inmediato una legión de abogados saldría de debajo de las piedras dispuestos a hacer su trabajo, y si es preciso morder y defender unos derechos particulares, y libres, que ningún gobierno mundial puede controlar, regular o directamente impedir o cercenar, ¿entonces?

Entonces, repito, ¿los culpables solo existen en la historia, las películas y la literatura? ¿Ni siquiera responsables?

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