Si uno pasea por una gran ciudad, da igual la hora del día, siempre encuentra a alguien comiendo, no el habitual desayuno, comida o cena en esas horas del día más o menos habituales, así como el tipo de ingesta. Me refiero a una comida abundante a las nueve, las once, las cuatro o las seis de la tarde. Ignoro si se trata de la comida fuerte del día o todas, de haberlas, son igual de copiosas. De eso va la cosa, hoy se come cuando uno tiene hambre, que viene a ser cuando quieres o acabas cansado de hacer lo que hasta ese momento estabas haciendo. Y no aguardas ni te entretienes hasta, nada de horarios, ni esperas a -por aquello de no comer solo-; ni te lo planteas porque estas hambriento y quieres comer ya. Nada de dejar pasar el tiempo para comer en compañía, charlar e intercambiar pareceres, incluso hacer una pequeña sobremesa antes de levantarse y volver a las ocupaciones; cero. Cada vez menos.
Puede discutirse qué es más importante a la hora de comer, si la comida o hacerlo en común, aunque más de uno aseguraría que no existe tal duda o discusión, puesto que necesitas alimentarte para seguir vivo, cómo o con quién lo hagas es otra historia. Sin embargo, todos hemos crecido reuniéndonos a la hora del desayuno, la comida o la cena, intercambiando y compartiendo algo más que alimentos, excusa -además de necesidad- por la que hablarnos, preguntarnos, dar a conocer, aprender, advertir y hasta enfadarnos. Nada del otro mundo, porque es lo que hacemos todos los días.
Aprendemos a socializarnos en las comidas familiares, a conocer, y reconocer, que no estamos solos, momentos si no divertidos si lo suficientemente esperados a la hora de contar y hablar de cualquier cosa, también enfadarnos y discutir, o reírse y no parar. Tampoco debemos olvidar que como aprendizaje comer es uno de los puntos más importantes, o al menos lo debería ser, también fastidioso y odiado, sobre todo porque hay que enseñar, depurar y pulir formas, apetencias y gustos infantiles tan básicos y egoístas como limitados; uno de los primeros pasos a la hora de ir formando al adulto capaz con el transcurso de los años de alcanzar por sí mismo, de forma autónoma y satisfactoria, una buena vida. Que muchos padres, por incompetencia, dejación de funciones o pura indiferencia hacia el futuro de sus vástagos decidan permitirles llevarse a la boca solo lo que les apetece es otra cuestión. Tal vez por ello no es extraño ver a adultos hoy presumiendo de no saber comer, o solo lo que les gusta, que viene a ser como si de pequeño solo hubieras aprendido la a y la e -las demás vocales te caían mal o directamente no te gustaban-; la conversación con semejantes portentos de la naturaleza sería completamente imposible, tal que comer sota, caballo y rey. Pero, como digo, se trata de otro tema.
Lo más probable es que en esta sociedad en la que cada hijo de vecino exige satisfacción inmediata las reuniones a la hora de comer acaben desapareciendo, así como la compañía, saber del otro, o los otros, las charlas distendidas, la disparidad de opiniones, las discusiones -porque no todos pensamos igual-, las risas, los enfados, los buenos momentos, el ¿te ha gustado? ¡qué se yo! Son tantas las cosas que pueden suceder en una comida en compañía.
Definitivamente el sistema sigue atornillándonos sin descanso, convencidos de una necesidad y unas prisas impuestas, amén de agasajarnos -y manipularnos-con una independencia que nos deja cada vez más solos. Tal vez por eso la gente anda constantemente pegada al móvil por la calle, hablando de lo que sea con quien sea, el caso es no sentirse solo después de haber comido solo porque había mucha hambre y, ya se sabe, cuando uno tiene hambre no puede esperar. Y así sucesivamente.
Esperar a otros para comer en compañía se convertirá en una antigualla, una costumbre de otro tiempo que ya no merece la pena, una pérdida de tiempo para quienes nunca tienen tiempo porque el tiempo es el enemigo principal del que hay que defenderse ocupando incluso esos segundos en los que, por debilidad -o cordura- cometemos el error de preguntemos por qué comemos a cualquier hora y siempre solos.