Vuelven las elecciones y regresan, repetidos, los mismos temas, y como en ocasiones anteriores las soluciones para una gran mayoría de la población brillan por su ausencia.
Un político de derechas nace y se siente siervo durante toda su vida, pues se dedica a servir fielmente a los poderosos -los que tienen el dinero- defendiendo sus intereses y haciendo posible que sigan acumulando más y más dinero a cambio de la consiguiente limosna y la ilusión, nunca promesa, de en algún momento alcanzar a ver la mesa donde aquellos se sientan. Sabedores de que el dinero lo compra todo serán capaces de vender a sus propias madres si con ello pueden ostentar y aparentar frente a un vecino siempre inferior; y si ni lo hay lo fabrican. Tienen prohibido aspirar, compararse o levantar la vista hacia lugares que no son los suyos.
Un político de izquierdas, en cambio, es en la actualidad un error político desconocedor tanto de lo que significa su posición como de aquello a lo que aspirar; qué pinta en todo esto de la política. Es cierto que cuenta a su favor, por defecto y siempre en teoría, con el convencimiento, pensamiento o creencia de que todos somos iguales y aspiramos a los mismos derechos, así como a una vida igual de feliz. Como es más que evidente que un político que se dice de izquierdas puede llegar a ser exactamente igual que un político de derechas, otra versión, el mismo servidor de los poderosos autoconvencido de que su prosperidad personal nada tiene que ver con la política, estúpidamente ignorante o consciente con total intención y alevosía de que el dinero lo compra absolutamente todo, hasta su voluble e irrisoria voluntad de político de izquierdas.
Y en estas próximas elecciones los políticos de derechas, compactos como una piña, insistirán en seguir e imponer a sangre y fuego las consignas de sus dueños, es decir, proporcionarles más dinero público por encima de los cadáveres que sea necesario, principalmente mediante las infinitas formas que la economía es capaz de inventar para pábulo de ignorantes que aún creen que el mercado es libre y sus posibilidades infinitas.
Los de izquierdas, como de costumbre, andan confusos y con problemas de visión para ver la realidad actual, más bien tendentes a considerar que sus sagrados y respecticos ombligos son el centro del mismo mundo -¡uf!-, anteponiendo a la hora de las causas comunes sentidas y miopes creencias -si, como cualquier religión pero sin divinidades-, etiquetas de santa pureza -más religión- o cuestiones tribales irredimibles contrarias a todo política de izquierdas, primando, en este último caso, aquello de lo mío y los míos son lo único que merece la pena; los otros, también los de al lado, incluidos los que son iguales a mí, son siempre los malos que van en mi contra y quieren arrebatarme lo que es mío y me pertenece.
Simplificando, tenemos por un lado a una derecha que representa al nacionalismo español más rancio y violento deseando recuperar un poder, y dinero, que siempre han considerado suyos y, por otro lado, un enorme gallinero en el que se mezclan y confunden gallos, gallinas, pollos y pollas. Más o menos, izquierdas tan esperpénticas como esclerotizadas, señoritas y señoritos leídos, liberales y hombres de partido -o progresistas, nunca se sabe- en posesión del auténtico cáliz de la verdad nada dispuestos a rebajarse hasta la gente de la calle y sus problemas y caraduras que se apuntan a lo que sea con tal de pillar cacho -y sillón-; además de auténticos, descamisados y permanentemente ofendidos nacionalistas a los que les dan igual las ideologías, posiciones, etiquetas o pactos políticos -cualesquiera sin con ello consiguen todo lo que puedan para ellos y los suyos, mucho mejor si dejan desnudo al vecino; amén de dispuestos a la traición a las primeras de cambio si creen que lo conseguido es poco o perjudicial para sus particulares y excluyentes intereses.
Y luego está el personal que ha de votar -menudo marrón-, casi, casi para rezar y que esto no vaya a peor; si no puedo mejorar al menos que me quede como estoy. En la película Lo imposible al final se salvan los buenos, es decir, la familia protagonista, los miles de muertos que dejó el sunami no aparecen por ningún sitio. Qué bonito. Pero y si la familia que se salva no es la tuya. Eso sí que es una putada.