Payaso

Suele decirse que en los graderíos de un campo de fútbol se liberan tensiones que luego permiten al energúmeno liberado una vida normal, es decir, que el tipo que al abrigo de la grada se dedica a insultar y faltar al respeto a todo bicho viviente en el que reconozca  a alguien del equipo contrario, sobre todo sus jugadores -el enemigo-, una vez escapadas esas tensiones, pasa a convertirse en un ciudadano ejemplar. ¡Uf! Dicho así resulta hasta bonito. Que viene a ser lo mismo que aquellos que afirman que gracias a los prostíbulos y la posibilidad de liberar “tensiones sexuales” en ellos muchos matrimonios funcionan y han funcionado como Dios manda, sin discusiones ni alteraciones significativas, violencia o dando lugar a irritantes divorcios que luego destrozaban vidas (¿?).

No hay más que ver las imágenes televisivas de cualquier graderío en una retransmisión futbolera, los rostros irritados y desencajados de tanta buena gente desahogándose y haciendo gestos tan obscenos como violentos, que siempre es lo peor; también joven y muy joven, lo que es algo tan absurdo como preocupante, constatación más que evidente de que el gregarismo, el salvajismo, la estupidez y la ignorancia se siguen transmitiendo de padres a hijos. Menos mal que luego esos mismos, ya fuera del estadio, se comportarán y actuarán como ejemplos vivos de urbanidad y respeto ciudadano.

No estoy hablando de política y ciertas reivindicaciones y despertares a la cruda realidad que no tienen otro modo de hacerse ver que salir a la calle para llamar la atención, mostrar que existen y son importantes para mucha gente, a pesar del poder, o en y con su contra. Se trata de entretenimiento, un entretenimiento universal del que se predican y también atribuyen posibilidades de hermanamiento, solidaridad y buen rollo, casi siempre desde organismos con intereses económicos directamente dependientes de ese gregarismo tan humano con que demasiada facilidad se degrada en forma de violencia. Sin que nadie haga nada porque es algo “normal”.

Con demasiada frecuencia justificamos ese tipo de comportamientos con la excusa de que en el fondo el tipo no es así, un pronto, dicen, pero luego, una vez pasado y ya más tranquilo, se trata de una bellísima persona. Algo parecido a lo que dijo no sé si el alcalde Oviedo justificando las palizas de jóvenes de buena familia a unos tipos sospechosos de llamar la atención con “gustos y aficiones no muy normales”, también dudosas -pero más-; casi como el contrario en un partido de fútbol. Y qué mejor que desahogarse con el enemigo antes que dar la coña y hacer la puñeta a los tuyos en casa, sobre todo cuando tu familia “no tiene la culpa de tus manías y neuras”. Y tan amigos. Con las buenas notas que sacan.

Huelen tan mal estos comportamientos, casi tanto como las justificaciones de individuos que probablemente por propia experiencia saben, excusan e incluso defienden que un pronto lo tiene cualquiera y no hay por qué sacar las cosas de madre. Es que uno es así. Y punto. Toca aguantar.

En esos mismos graderíos también hay niños que no se enteran de nada, que gritan y jalean sin saber lo que se está diciendo, confundiendo gritos, canciones y consignas y señalando a quien sea porque todos lo señalan. Pero da igual porque los graderíos son así, el ambiente siempre está caldeado y si uno no participa entonces qué puñetas hace asistiendo al partido. Lugares donde por orden gubernativa es anunciada como advertencia la inconveniencia y prohibición de toda amenaza e insulto racista o degradante contra los presentes; ignoro si además de los jugadores también se incluye al público. Aunque en el fondo no importa -mero postureo-, porque pone los pelos de punta oír tras de ti cómo alguien llama payaso a un jugador cualquiera. No se trata de la más o menos adecuación, benignidad o consideración del término payaso como insulto, sino cómo se vocaliza y grita, la enorme carga de ignorancia, frustración, desprecio y violencia, además de vergüenza ajena, que conlleva una palabra tan inocente proferida por un energúmeno  a punto de estallar por asistir a lo que, gusta decir, sólo es un juego.

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