Alguna vez hemos oído o nos hemos tropezado con tipos de “genio” presumiendo de él como sello de identidad, señores cabales de férrea estampa pavoneándose de una genuina autenticidad que se impone por principio silenciando de inmediato al interlocutor o interlocutores, arrobados ante semejante contemplación -incluida la consiguiente reverencia- pero que en más de una ocasión deja con un pero en la boca nunca formulado. Probablemente estábamos equivocados, pensamos, y no sabíamos entender ni apreciar lo que teníamos delante, un portento de la naturaleza que se había mantenido en pie, contra viento y marea, durante años; sin perder la compostura ni la dignidad. En fin, cosas de la vida; algunos nacen con suerte.
Individuos que pregonan, o de los que pregonan, eso del genio y figura como una especie de revoltijo de pureza e integridad, una admirativa autenticidad que en más de una ocasión esconde más miserias de la que tales portentos de la naturaleza son capaces de reconocer y asumir; no digo pedir disculpas por tal exceso de prestancia y carácter.
Si una cosa tiene pasar por este mundo, es decir, vivir, es que para todo aquel que lo hace con algo más de un dedo de frente le resulta fácil reconocer que esta vida es sobre todo cambio y una permanente adaptación, no solo en el mismo proceso de crecimiento físico y psíquico, también en lo referente al modo, o los modos, de ver situaciones y problemas, algo que el transcurso de los años va moldeando haciendo que lo que en un tiempo parecía complicado o definitivo desde una nueva perspectiva no lo sea tanto, ni siquiera llegaba a problema. Vivir conlleva la dificultad, o la experiencia, de sobrevivir a un sinnúmero de contingencias y salir de ello con la cabeza medianamente alta, sorteándolas de la mejor forma posible, o como mejor sepamos, y saliendo adelante medianamente sano, sin perder la cordura ni el respeto a los demás.
Esta vida proporciona una experiencia que, bien entendida y aceptada, además de interiorizada en todo lo que corresponde a una deseable mejora personal, deja bien claro que frente al azar y la imprevisibilidad solo vale la inteligencia y la capacidad de adaptación; también el egoísmo, pero este no es el caso, los listos, caraduras y sinvergüenzas necesitarían un grueso aparte que no me merece ningún interés. El mismo paso de los años demuestra la penosa y patética inconsistencia de dogmatismos y principios inamovibles -eso del yo soy así es una solemne tontería que pretende disimular y contener el miedo, y probablemente fracaso, que el presuntuoso lleva dentro-, todo lo contrario, se trata de aprender a valorar como corresponde temas y argumentos tan propicios, e interesantes, como la ayuda, la colaboración, el amor y la aceptación del otro como uno más, en la misma tesitura y quizás con menos valor y capacidades para sortear los problemas con un mínimo de solvencia.
Por todo ello, mantenerse en la soberbia y vana intransigencia del yo soy así, atribuible, y hasta disculpable, como carácter, personalidad y no sé cuantes cosas más, que obliga a los demás a soportar defectos reconvertidos en vanos y violentos dechados de virtud, aquello del genio y figura, no deja de ser una solemne tontería, y tales y fantasmagóricas etiquetas una soberana memez; cuando lo más inteligente sería invertir tanta fatuidad y prosopopeya en entender y respetar a los demás.
Cuánta gilipollez hemos tenido que aguantar, o aguantamos y nos queda por aguantar, con eso de la integridad, con el como Dios manda, el yo soy así de la cabeza a los pies; rancio postureo que solo conlleva carencias y vetusta intransigencia, cuando no pura ignorancia por no haber comprendido que, después de tantos años, esto de vivir no consiste en imponer e imponerse por defecto al otro con tal de disimular temores y debilidades, sino ofrecerte completamente abierto dejando que el intercambio te haga mucho mejor persona. Tanta estatuaria conductual, tan falsa como hueca, solo sirve para disfrazar los propios defectos.