Eutanasia

Un adulto es alguien a quién todos respetamos, o deberíamos hacerlo, puesto que se trata de uno más entre nosotros que ha de vivir, y ganarse la vida, como pueda, le guste, prefiera o considere necesario; y también habría que añadir, por descontado y principios, respetando las vidas de los demás. Y, como adulto, también estaría capacitado para decir basta.

Que últimamente se hayan conocido algunos casos en los que adultos deciden dejar de vivir por problemas físicos o de salud que ellos mismos consideran insufribles e intolerables por más tiempo nos dejan al resto, en primera instancia, en silencio, por puro respeto, después tan intrigados como asombrados y/o abatidos al no ser capaces de ponernos en su lugar por mucho que lo intentemos, circunstancia que, y esto es lo peor, no alcanzamos a imaginar porque no lo sufrimos ni lo hemos sufrido, dejándonos en una duda terrible de la que salimos respirando aliviados y pesarosos, regresando presto a nuestro día a día pero todavía con la mosca detrás de la oreja.

Y que otros adultos, independientemente de su parentesco o relación más o menos directa con los primeros, decidan por su cuenta y riesgo inmiscuirse en la decisión de aquellos, tratando de impedirla, en función de sus propias convicciones, deseos o intereses suena más que raro, por no decir algo peor. Y que unos jueces, que no justicia, decidan apoyar y pronunciarse en favor de estos últimos en detrimento de los primeros directamente atufa.

No deja de ser irónico, además de una grosera y cínica falta de respeto, que alguien sea capaz de atribuirse derechos sobre la voluntad de otro en función de sus propias ideas, convicciones o directamente prejuicios; prefiero obviar cuestiones de parentesco porque no dejan de ser cuestiones de poder -o algo peor-, y no entrar a valorar la existencia de otro tipo de intereses que nada tendrían que ver con la vida y voluntad de las personas.

Ni pensar en grupos o asociaciones conservadoras y reaccionarias intentando imponer sus certezas, que solo les sirven para tapar sus propias carencias, por encima de la voluntad de los demás o, más concretamente, de desconocidos ajenos a su limitada, estrecha y egoísta concepción de la vida. Detrás de ello no hay ningún interés ni respeto hacia la vida y voluntad de quien, por causas que él mismo considera más que suficientes, ha de tomar la difícil y dolorosa decisión de dejar de vivir.

Este intrusismo político, social y judicial son más bien los ofensivos, desesperados y crueles coletazos de un pensamiento primitivo repleto de cegueras -puro egoísmo- y obcecaciones -certezas y verdades- que aún se considera a sí mismo por encima de los demás por la sola atribución de una violenta y mil veces injusta tradición de poder, un arrogante y humillante insulto hacia otros, en quienes únicamente ve objetos de desprecio y explotación, a quienes jamás ha valorado, respetado y tenido en cuenta como ejemplo de la prolífica variedad de maneras de vivir que la misma especie puede llegar a concebir y llevar adelante.

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No solo odio

Sobre este tema creo que se ha escrito de todo. Mandarines, y menos, de la prensa y la cultura han ponderado sobre y a partir sin que, que yo sepa, ninguno haya puesto el dedo en la llaga, las dos criaturas cruelmente asesinadas con la malvada intención de herir a una mujer allí donde más duele y más cuesta olvidar. Para siempre. Se ha hablado del autor, intenciones, creación, libertad, censura, derechos, democracia, qué es o no puede ser según la ley, etc. 

Y al hilo de todo ello se me ocurre una pregunta: si una mujer hubiera sido capaz siquiera de concebir un proyecto, por llamarlo de algún modo, semejante, dejar hablar libremente a un asesino confeso juzgado y apartado de la sociedad por la propia justicia. Porque no hablamos de un guion cinematográfico en el que un escritor con pocas ideas se dedica a concebir psicópatas y crímenes capaces de llenar salas en un absurdo pulso por retorcer y mostrar el mal de la forma más racional y vendible posible. Poner delante de un perturbado machista -por educación y convicción- juzgado y condenado un micrófono con la excusa de que se trata de una investigación sobre el odio no tiene nada de interés y sí mucho de retorcimiento torticero y algo misógino, y hasta malévolo; también puede ser que el propio autor anduviera corto de ideas.

Para un asunto tal el autor debería haberse preguntado si en algún momento ha entendido lo que significa la violencia de género -o como él mismo prefiera llamarla-, qué hay detrás y de qué modo el problema y su violencia implícita permanece arraigado en el subconsciente, tanto individual como colectivo, de esta sociedad. Molestándose en informarse o directamente leer todo lo que hay publicado sobre ello y, ya puestos, intentar ponerse en el lugar de una mujer para tratar de ver mejor, a sabiendas de que pensar y sentir como una mujer es imposible, pero al menos esforzarse en averiguar qué hay detrás y persiguen teorías, hipótesis, escritos, manifestaciones, discursos y quejas por parte de mujeres intentando explicar a los hombres hasta dónde llega la raíz de la violencia contra ellas.

Sin tal interés, conocimiento, preocupación o mera información el asunto solo queda en otro proyecto parido con mal fario, producto, otro más, de una solitaria arrogancia masculina, algo autista, que se ve y siente al margen del resto, por no decir otra variante más de un machismo que no ha de ser necesariamente violento para darse por simple defecto.

Porque exactamente se persigue ir más allá de qué, qué supuesto descubrimiento científico o psicológico de interés, qué especie de revelación definitiva, si no simple escasez de ideas o puro aburrimiento. O se trata de mero provecho económico. Ninguna persona en sus cabales desentierra al asesino para que vuelva a acuchillar a la víctima, esta vez a la vista de todos. Dónde quedan cuestiones morales como humanidad, prudencia o mero respeto, o solo prevalece el propio ombligo hurgando en las miserias humanas para obtener un relato que nadie demanda o interesa.

Quizás, en lugar de silencio, hubiera sido más conveniente saltar a la palestra para pedir disculpas, primero a la víctima que queda en pie y luego a la sociedad, y retirar el libro. Un error lo puede tener cualquiera, y siempre honra reconocer los propios errores.

Estas letras no pretenden llegar a ningún sitio porque, de partida, yo no soy quien, sino más bien denunciar un grave defecto de fondo a tener en cuenta antes de dar un paso semejante, puesto que la importancia y gravedad del asunto lo ponen por encima de circunstancias que de ningún modo deben considerarse normales y de las que, como especie, no debemos estar orgullosos, mucho menos magrear de mala manera en provecho propio con la excusa de una idea original. Que al final haya sido la editorial la que ha decidido retirar temporalmente el libro no acaba de arreglar las cosas. El desconocimiento del significado en profundidad de tales sucesos permanece intacto.

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Amabilidad

Si he de ser sincero no recuerdo la última vez que me tropecé con un trabajador de la hostelería haciendo gala del carácter local, más bien seco y algo desabrido, parco en palabras y con esa falta de profesionalidad que hace a los empresarios emplear a cualquiera porque es barato y el trabajo en apariencia sencillo, y digo cualquiera sin ningún menosprecio hacia el trabajador porque, como en todos los trabajos, nadie nace enseñado y a la hora de atender a una clientela no basta con trabajar rápido sin que se te caiga la bandeja, además de comerte horarios infumables porque sí, también sin cobrarlos. Luego, en cierto modo, estarían justificadas la sequedad y la cara de sota. 

Y no es de extrañar que, puesto que los nacionales prefieren no trabajar en la hostelería a hacerlo a las órdenes del tirano de turno, sea este el motivo principal del numeroso porcentaje de extranjeros que ocupan esos puestos. También habría que ver en qué condiciones y por qué, probablemente las mismas o incluso peores. Circunstancias, todas ellas importantes, que de ningún modo justifican el mal trato y la falta de amabilidad hacia quienes no dejan de ser el objeto de su trabajo, una clientela que no debería figurar por defecto como culpable, también y a pesar de las malas formas y el arbitrario desprecio que algunos, o muchos, no lo sé, muestran hacía quienes consideran más que trabajadores mera servidumbre.

Tal vez por eso cuando aquella tarde entramos en el local, lleno a falta de una mesa desocupada en un rincón, no dejó de llamarme la atención el amable saludo del camarero faenando tras la barra. Era una tarde noche desapacible que invitaba a recogerse, o al menos resguardarse del viento y la lluvia; los parroquianos parecían a sus cosas, aunque una gran parte de ellos prestaba atención, directa o indirectamente, al partido que emitía la televisión. El camarero, un subsahariano alto y delgado vestido con vaqueros y camiseta y cero pelos en su cabeza, nos siguió de soslayo después del saludo hasta la única mesa vacía que ocupamos satisfechos. Fue acomodarnos cuando ya lo teníamos junto a nosotros preguntándonos con la misma y discreta amabilidad, lo que hizo que agradeciera aún más la respetuosa atención hacia unos desconocidos con ganas de pasar un rato agradable y descansar. Al fin y al cabo se trataba de su trabajo, pero también es cierto que han sido bastantes las ocasiones en las que me he visto en la obligación de poner buena cara a un hombre, o mujer, más preocupados por hacer breve nuestra estancia, ya fuera advirtiéndonos respecto a qué lugares podíamos, o no, ocupar, lo que de ningún modo nos servirían y la obligación de consumir sin excedernos en el tiempo y la molestia de usar una mesa que al parecer tampoco merecíamos.

Pedimos y sin dejar de sonreír nos respondió que enseguida. La gente distribuía los minutos entre sus conversaciones y la pantalla de la televisión. También los había solitarios pendientes del correr de la pelota, algunos con algo más que su tiempo puesto en juego. Se estaba bien.

En unos pocos minutos teníamos al camarero dejando sobre la mesa nuestra consumición, largándose y regresando al instante con una bandeja con aperitivos de los que nos ofreció. Declinamos su ofrecimiento porque, tras la cena, no nos apetecía más. Volvió a sus labores con la misma sonrisa, sin perder ni un detalle de la parroquia mientras hacía y deshacía las tareas correspondientes, atento a cualquier solicitud, una falta o una pregunta. También tenía tiempo para beber de una taza disponible en su lado de la barra, o comentar con un colega sentado en un taburete al otro lado, disconforme y visiblemente alterado por lo que sucedía en la pantalla.

Durante el tiempo que permanecimos allí sentados el único encargado del local no dejó de hacer y atender a los requerimientos de los clientes, siempre con una atención y una sonrisa impecables, sin mostrar incomodidad o inconveniencia, todo lo contrario, lo que me hizo predisponerme aún más a su favor. Qué fácil, o difícil, parece ser comportarse con amabilidad en un trabajo cara al público y cuántos malos modos y comportamientos desabridos y desagradables hay que aguantar de un empleado o profesional, sobre todo cuando ni lo es ni le interesa, por circunstancias ajenas a quien en última instancia acaba pagando los platos rotos.

Desconozco por qué la amabilidad es una cualidad tan poco fomentada, y puede que apreciada. En más de una ocasión y cuando ha salido el tema he tenido que escuchar de gente cercana un para qué que me dejaba intrigado, siempre preferible un cada cual a lo suyo en el que cualquier deferencia hacia el otro parece un inconveniente, una cuestión de inferioridad o directamente una molestia. 

Probablemente la totalidad de los presentes contábamos, por defecto, con la amabilidad del africano, e ignoro si la recordaríamos comparando cuando nos tocara un áspero con cara de pocos amigos mirándote y tratándote como si fueras el origen de todos sus males.

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De pronto

De pronto no tenía ganas de nada, ni deseos, como si todo se hubiera parado y permaneciera quieto, en medio, sin saber qué hacer o dónde dirigirse. Sabía que estaba ahí, solo, y poco más, poseído por un no sé gigante sin desperdicio, incapaz de moverse o pensar otra cosa que ese no sé. Sin pasado, proyectos, recuerdos o una mínima ilusión. ¡Joder! Exclamo para sí. Pero no pudo escucharse porque tampoco estaba para ello.

Dejó el papel sobre la mesa y se acomodó lo mejor que pudo en el sillón, sin mirar a ningún sitio, sin mirar, tratando de adivinar un camino, no sabía si corto o largo, que en ese momento comenzaba a dibujarse en su imaginación, no sabía para qué. Regresó a la carta, que volvió a repasar y de nuevo dejar sobre la mesa. No sabría decirlo, mejor, no sabía qué y si tocaba algo que decir, o ya estaba todo dicho. Otra vez de pronto, como si en algún momento no lo hubiera imaginado y en el fondo temido, ahora se daba cuenta, luego aquello que de pronto le atenazaba tenía un nombre, eso sí lo sabía, y era miedo. Lo que antes nunca había existido porque el tiempo y él seguían su curso ahora se mostraba tal cual, mediante una simple notificación que en última instancia no era tal.

Pero en el papel culpable no ponía nada del otro mundo, lo sabía, tanto como que siempre lo había sabido, aunque, también siempre, había preferido no darle importancia, dejarlo para después, no era el momento, cuando tocara, es decir, ahora. Porque el papel solo ponía que el trabajo se acababa, había cumplido lo estipulado y ahora le llegaba el tiempo para el descanso, otra forma de decir que prescindían de él, que ya no era necesario, ni siquiera hasta la próxima, sino, y lo que es peor, hasta nunca. Un nunca que se antojaba definitivo y así lo era, nada de en el fondo, cristalino, el comienzo del final de su historia, si es que podía decirse que hubiera tenido o construido alguna historia que contar y que mereciera la pena, mejor un simple e inevitable acontecer por culpa de otros que en ningún momento pensaron en él, sino en sí mismos, en sus propios deseos, que jamás fueron los suyos.

De pronto no había nombre ni identidad, ni principios, proyectos, ideas o planes, cualesquiera, presente y pasado desaparecían de un plumazo y solo permanecía ese camino delante de sus narices, tan vacío como extraño, desocupado y amenazador. Pero era suyo, ineludiblemente suyo, que tendría que recorrer a su pesar, sin posibilidad de vuelta o marchar atrás.

También de pronto no le gustaba aquella habitación en la que se encontraba, ni la casa, un interminable cúmulo de problemas del que ya estaba más que harto. No es que antes no lo sintiera de ese modo, o tal vez no, incluso puede que le gustara porque de un modo u otro la hizo y llenó él, bueno, ellos. ¿Para qué? Que nunca antes lo hubiera pensado no quería decir que no hubiera estado ahí, esto de ahora. De vuelta. Siempre había quedado lejos, y no merecía la pena pensar en ello porque se refería a otro momento, otro mundo, otras cosas que nunca fueron las suyas, hasta ahora. ¿Para qué la casa? De regreso. No tenía respuesta, como tampoco le interesaba, ahora no.

De pronto también la odiaba, con toda su alma, sí, a ella, que seguiría tal cual, con su trabajo y sus amiguitas, saliendo y entrando como si no hubiera final, pero ahora él iba estar presente en todo momento, testigo mudo de una vida que, también de pronto, no tenía nada que ver con la suya. Fue el primer pensamiento, o estorbo, ocupación o inconveniente que pasaba a ocupar el camino frente a él, ese que hasta ahora no veía ni comprendía y que no le gustaba, nada de nada, y con esas perspectivas mucho menos.

De pronto, de nuevo, una luz se encendió en su cabeza como un hálito de esperanza. Y si rechazaba la jubilación, si no recordaba mal sabía de gente que la pospuso porque se sentían bien y no querían acabar arrinconados como unos inútiles, andorreando por calles desiertas como imbéciles sin rumbo. Sin gastos importantes ni necesidades de ningún tipo el hecho de poder seguir ganando dinero le hizo rehacerse y mirar de otro modo; incluso hubo un intento de esbozar una pícara sonrisa. Aún se sentía útil y en forma, él también, y con su sueldo, además de seguir engordando la cuenta bancaria, planearía algún proyecto de inversión; también conocía quienes podían aconsejarle. Ahora sí, se sentía y estaba vivo y podía pensar y planear qué hace con el dinero que probablemente conseguiría, aunque solo fuera seguir acumulándolo.

Miró el papel de reojo, sonriendo con desprecio y se felicitó porque había ganado, había conseguido rehacerse y el angosto y oscuro camino que hacía unos instantes se abría ante él había desaparecido de pronto. Bien, se dijo. Y se levantó entusiasmado para volverse a sentar en otro sitio, pero mejor.

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IA

Desde el momento en el que abro la página en blanco de un nuevo archivo la IA del programa se deja ver mostrando su símbolo y la consiguiente propuesta de escrito, sin tener ni idea de lo que pienso escribir y por qué. Pero está. Siempre está, tan alerta y atenta como amenazante, más bien molesta. Y a medida que voy escribiendo la celosa IA persiste incansable al acecho, casi por delante de mis dedos, anticipándose a posibles temas o actuaciones, derivas y resúmenes, alternativas o correcciones a partir de su propia base de datos, que ignoro por completo; otra cosa es que le permita trabajar, independientemente de lo que ella pueda coger y utilizar por su cuenta. Es indudable que no soy yo quien domina la relación, aunque lo parezca, insignificante en mi papel de víctima vigilada y controlada por cualquiera de los numerosos dispositivos electrónicos que me rodean, da igual si propios o de amigos o desconocidos. Porque por mucho que creamos o nos pertrechemos a la hora de intentar desaparecer o pasar desapercibidos siempre hay una cámara, pública o privada, o un dispositivo ajeno que toma nota de nuestro paso. Sin ninguna duda todo esto es tan asombroso y excepcional como incómodo, peligroso y denunciable.

En realidad la IA es insaciable, necesita de forma imperativa aprender, y cualquier petición por nuestra parte solo es alimento que devora de inmediato, cuanto más le pidamos mejor la adiestraremos; es por ello que cuanto más persista y nos instigue más posibilidades de que le suministremos la información y datos necesarios en forma de peticiones para su propio aprendizaje, predicciones y éxito en sus resultados. Se trata de acumular millones de datos de forma estajanovista -aunque me temo que, sino directamente inapropiado, el término estajanovismo suena demasiado elemental y arcaico hablando de IA- a partir de los que perfilarse, autocorregirse y abrumar al supuesto “usuario” con sus logros y porcentaje de aciertos.

Jamás se indispone, altera, molesta o enfada, simplemente y en primer lugar porque no es ninguna inteligencia, ni siquiera artificial, sino que tan solo se trata de un exhaustivo y abrumador aprendizaje automático estadístico funcionando a la velocidad de la luz. El trabajo por y para el que “me acosa” no tiene nada que ver reglas, gramáticas o semánticas -repito, no es nada inteligente-, sino con una brutal comparativa de cuantos más datos -textos- mejor, sin importar procedencias, temas o sesgos, se trata de analizar, por ejemplo, qué palabras van juntas, dónde y cómo aparecen o en qué orden se suceden o repiten, y cuanto mayor el número de ejemplos a analizar mejores porcentajes y resultados, por eso es brutalmente insaciable. Su simpleza es tal que, en el caso de imágenes, si solo dispone de imágenes de manzanas rojas cuando tenga delante una manzana verde no sabrá qué decir. Lo realmente importante es quién hay detrás de una IA y con qué propósitos.

El por qué de su actualidad y rápida implantación tampoco debería confundirnos, porque no se trata de algo inevitable o evidente por innovador, sino que obedece a planes y proyectos privados basados en una exhaustiva minería de datos a escala global en la que todos trabajamos voluntaria e inconscientemente con solo estar junto a un dispositivo electrónico de cualquier tipo. Aunque también imagino que habrá gente que crea que la IA ha llegado para hacernos la vida mejor, allá ellos si piensan que facilitarnos cuatro tareas básicas es signo de provecho, progreso o como quiera que se pretenda llamar. La existencia de la IA obedece a prioridades militares y policiales, o puro lucro, no hay más.

Tecleo un punto y aparte y ahí está de nuevo, solicitándome un simple clic, ofreciéndose atenta a mis deseos.

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No

Hace unas semanas uno de los más visibles personajes de la corriente mafioso-fascista que viene asolando este mundo, concretamente el extravagante presidente argentino -pregúntense qué vieron los electores sudamericanos en semejante adefesio-, se quitó de encima lo que en principio parecía un espinoso y comprometedor problema de imagen y prestigio -si es que esto último entra dentro de sus parámetros morales o de referencia pública- de la forma más clara y directa posible, sin dar lugar a equívocos, presunciones o sobreentendidos respecto de lo que hoy significa y es el obscuro entramado económico global. Fue acusado de instigar o promover entre sus seguidores -curiosa grey- una página de criptomonedas que en cierto modo respaldaba, apoyo que favoreció unas inversiones que rápidamente subieron el valor del producto (¿?) para, al poco tiempo, permitir que los “inventores” de semejante timo rentabilizaran su creación embolsándose cifras millonarias y haciendo que los valores descendieran, convirtiendo en pérdidas el poco o mucho dinero invertido por los ingenuos fieles que creyeron que aquello era un negocio seguro. El presidente se quitó de encima las sospechas afirmando que cuando uno acude a un casino, juega y pierde, no acusa al local de sus pérdidas, porque precisamente de eso va el negocio. Fin.

Pasado el tiempo ya nadie se acuerda de aquello, tan solo unos desgraciados y engañados perdedores que han de tragar con su más que manifiesta irrelevancia, los medios y las páginas de noticas ya andan en otras cosas, que es casi como afirmar que nunca hubo nada de lo que preocuparse, tampoco delito, ni siquiera presunto.

Tampoco alarma social o denuncia por parte quienes viven y en algunos casos presumen de vigilar y denunciar a los malos allá donde vayan. Quizás porque con su permanente salmodia denunciante ya nadie les lee o escucha, y si no tienes a nadie al otro lado de qué sirve esforzarse en acusar o dirigir el dedo hacia un lugar u otro; y lo que es peor, con ello corres el peligro de ser visto, incluso convertirte, en un molesto tocapelotas que no calla viviendo de no dejar vivir a los demás. La cosa es más sencilla, como dice la película, vive y deja vivir.

Volviendo donde antes, ahora, tan estrambótico personaje ha desempolvado una terminología del siglo pasado, de cuando el peor peronismo, para calificar a las personas con discapacidad, y al igual que en el caso de la bolsa y el casino sin pelos en la lengua. Nada de esas tonterías de minusvalías y discapacidades, uno es idiota, imbécil o débil mental, más o menos y como se decía durante el franquismo para referirse a esas personas: ese es falto. De nuevo, fin.

Está bien que estos fascismos sin referencias morales, políticas o, de algún modo, comunes -solo importa la familia- no se anden con medias tintas, en “yanquilandia” ya comienzan a tomar como categorías preferentes a la hora de trabajar a los blancos heterosexuales, al parecer hasta hace nada injusta e insensiblemente discriminados en función de otros colectivos malévolos y tendenciosos. Más fin.

¿Y el resto? Estamos tan preocupados por nosotros mismos, no porque voluntariamente lo hayamos decidido así, sino porque esta sociedad nos redirige y obliga a nuestra propia irrelevancia con la excusa de que se trata del único mundo posible, que no aceptamos salir de nuestro entorno seguro y manifestarnos en público si no es a cambio de una recompensa o un beneficio seguro, si puede ser contante y sonante mejor. ¡Ah! Hoy mismo leía que la gente prefiere invertir a tener el poco o mucho dinero del que dispone en una cuenta bancaria. Claro, quiero imaginar que sabrán en qué casino ponen los pies, aunque tal vez sea mejor no transitar estos páramos porque cuando hablas con los potenciales inversores -qué bien suena- resulta que ellos sí saben dónde ponen su dinero, porque conocen o han oído de buena tinta que… Ahora imaginen.

No hace falta ser agorero o ponerse en lo peor, ni es mejor dejar de ser sistemáticamente crítico para permanecer acríticamente básico, tampoco es obligado hacer de nuestra insignificancia, que lo es, la consigna principal de nuestra vida. Lo realmente peligroso es interiorizar una irrelevancia que nos haga perder la capacidad de sentirnos, y creernos, además de obligados consumidores, protagonistas de nuestro tiempo. Con o sin cantinela si existimos para engordar ricos y jalear a mafiosos y fascistas descerebrados también lo estamos para decir no.

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Domingo

El día -el giro del planeta sobre sí mismo, uno más- siempre fue antes que el domingo, que no deja de ser, en nuestra impaciente necesidad de nombrar para después referirnos a todo lo que nos rodea, un nombre como otro cualquiera. Aunque en este caso el nombre ya lo dice casi todo, y desafortunadamente contiene más referencias negativas que positivas, lo que no impide que siga siendo un día más, y además festivo. Caminamos en otra tarde convertida en el inevitable preludio de una nueva semana, de días exactamente iguales, que suele venir cargada con las previstas condenas particulares, impuestas o elegidas, de cada cual.

Es tarde de domingo y el invierno hoy nos concede un tiempo amable que invita a salir y dejarse acariciar por alguna que otra brisa y un sol generoso que colorea todo lo que descubre. Lo que explica que las calles luzcan repletas de gente en un ir y venir que tiene más de asueto y disfrute que de tarea obligada, ni siquiera viaje. Da lo mismo la esquina o el lugar, si la calle es o no importante, si alberga más o menos establecimientos de ocio y comercio o se trata de una travesía de paso generalmente poco concurrida. Estamos en todos sitios.

Nos solazamos igual de solos que de costumbre y a la vez más acompañados que nunca, y si preguntáramos a cualquiera cómo influye ese gentío amable y la plácida animación que rezuma y nos envuelve incluyéndonos probablemente no sabría decir qué o cómo, pero lo que es seguro es que ese concurrido y compartido deambular común influye e importa, y creo que mucho, en nuestro risueño y placentero estado de ánimo, tanto particular como general. No se ven prisas, las indispensables y momentáneas en función de una decisión imprevista, un capricho, una ocurrencia de última hora u otro entretenimiento que en aquel momento nos parece tan interesante como apetecible.

No necesitamos referentes, ni aspiraciones, ni envidias, guías, motivos, planes u objetivos para estar donde estamos y hacer lo que hacemos, o no hacemos. Pasearnos en el interior de un nosotros sintiéndonos felices de estar aquí y ahora. Da igual la lentitud, las interrupciones o los tropiezos de camino a la contemplación desde la altura de la ciudad, con sus enormes espacios verdes y el sol de fondo, cuando todavía se escuchan los improvisado grupos de baile que dejamos más atrás, centro de un enorme círculo de curiosos sin prisas; poco después de ese otro baile de mujeres jóvenes sin nada de improvisado, todo lo contrario, calculadamente planeado para ser grabado y luego colgado donde corresponda, porque importa el aquí y ahora. Persisten las mil formas de ganarse amablemente la vida, con un disfraz, con una cámara que se pretende antigua, unas botellas de agua, un único selfi de trescientos sesenta grados indolentemente observadas por esos otros tumbados en el césped dejando que el sol acaricie la charla, o el grato y compartido silencio. Un músico improvisado toca un violín tan viejo como él al tiempo que es evitado por otro grupo discutiendo el próximo lugar al que dirigirse en función de la información que les ofrecen sus teléfonos móviles. Numerosas y sonrientes parejas cogidas de la mano mirando de reojo la paciente y concienzuda confección de un futuro book, foto a foto, de una joven maquillada y vestida a conciencia, una actividad que requiere toda su atención y belleza. Familias tan bien pertrechadas como cansadas arrastrando a unos niños que necesitan algo más tangible que llevarse a la boca, y no precisamente alimento, tanta bonanza vacía les aburre. Familias de emigrantes en su tarde de asueto, ahora juntos y sin tener claro dónde ir en la víspera de otra agotadora y extraña semana en la que también dejarán de reconocerse.

Ese sol a punto de ponerse no sería nada sin nosotros -es cierto que nosotros tampoco sin él- porque entonces nadie ensalzaría su necesaria existencia y le agradecería sus caricias, ni lo observaría concienzudamente, del derecho y del revés, dudando si alcanzarlo para luego reconocer que eso no sería posible. Pero en estos momentos no es necesario, porque a todos los que nos movemos en esta tarde de domingo nos basta con el amor y el dulzor de su luz para ser felices.

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Oído en la calle

En una soleada mañana de domingo la bonanza del tiempo invitaba a demorarse sin que la hora de la comida fuera un inconveniente, no teníamos prisa y en cualquier caso dependía de nosotros hacer más o menos breve aquel disfrute. Disfrute que parecía general pues la terraza aparecía casi llena de clientes en circunstancias similares. Hablábamos y se hablaba de forma distendida porque el tiempo lo pedía, en algunos casos de forma elevada, por lo que no era difícil seguir cualquier conversación de alguna de las mesas contiguas. No era la más próxima, pero sí la que más se hacía notar, en ella un grupo de seis o siete personas, en la treintena, más mujeres que hombres, conversaban a la espera antes de irse a comer. Es cierto que no poníamos atención porque estábamos a lo nuestro, además de no importarnos las conversaciones ajenas, pero hubo un momento en el que no pude dejarla pasar, y fue cuando uno de los hombres, con barba y pelo abundante y enmarañado, comentaba que viendo un programa de Broncano se enfadó, y mucho, porque comenzaron a hacer bromas sobre las drogas que a él no le parecieron tales; añadiendo que si ese programa lo llegara a ver un chaval de, por ejemplo, trece años, cabía la posibilidad de que, siguiendo las gracias del presentador e invitados, el muchacho se pusiera a curiosear con las drogas y acabar metido en ella. Aquello debería estar prohibido y él particularmente le daba cuatro tiros a aquella gente.

No pude evitar girar la cabeza para fijarme en el aspecto del tipo, como si por su aspecto pudiera deducirse algo más de lo que ya habían dejado claro sus propias palabras. Moderno, limpio y aseado, de domingo, daba la imagen de alguien joven y actual, de su tiempo, es decir, y creo que, visto lo visto, es mucho suponer, alguien de mente abierta y tolerante. Pero no, todo lo contrario, en la tónica de estos tiempos, que ya no sé si son buenos o malos; aunque lo que es indudable es que esta sociedad ha iniciado un retroceso en cuanto a temas como la tolerancia, la libertad o la comprensión hacia los que no son como nosotros, deriva que parece no tener fin. Se han retomado una serie de prejuicios y miedos que yo particularmente creía definitivamente arrinconados.

Menos mal que la mujer a la que parecía dirigirse, a su izquierda, no se mostraba nada de acuerdo con sus palabras, es más, le contestaba visiblemente alarmada por la violencia implícita de sus comentarios respecto a lo que no dejaba de ser un programa televisivo de entretenimiento en horario de adultos. E intentaba hacerle entender que ella también veía ese tipo de programas y no les daba importancia, la que merecían, puesto que sabía, o podía imaginarse, qué, quiénes y con qué intención se realizan, así como el tipo de espectadores al que van dirigidos, quienes comparten o se sienten identificados con ese tipo de bromas y opiniones. Lo que también le dio pie para hacerle notar a su interlocutor que el horario no era precisamente para niños o adolescentes, y que, en cualquier caso y de poder ver ese tipo de programas, deberían tener a su lado un adulto que les explicara aquello, satisficiera su curiosidad y respondiera a las preguntas que probablemente forjaría su cabeza; aunque me parece demasiado trabajo para un adulto que se precie de serlo. De lo contrario deberían estar en la cama.

El otro negaba con la cabeza porque, “super convencido” como estaba, persistía en que la única solución era prohibir cualquier programa o manifestación de ese tipo, dando igual si niños o adolescentes podían o no tener acceso.

 Llegaba más gente, probablemente quienes estaban esperando, y se levantaban para largarse a comer sin dar por terminada la discusión, pues el tipo seguía insistiendo en las prohibiciones y en el peligro de un exceso de libertad nada bueno que provoca la proliferación de ideas y comportamientos con los que él no estaba nada de acuerdo y, es más, había que erradicar de forma tajante.

No comenté con nadie lo que acababa de escuchar porque no merecía la pena, pero eso no me evitó la lógica preocupación por el modelo de mundo que hemos construido, al que no podemos hacer culpable por sistema, por pura e irresponsable comodidad, descargando sobre él nuestras culpas y prejuicios como si no tuviéramos nada que ver, como si no fuéramos sus responsables directos. No es, pues, extraño, que la derecha más recalcitrante, retrógrada y destructiva en años coseche tanto éxito a costa de denunciar y destruir lo construido sin ofrecer nada a cambio; porque detrás de tanto odio y violencia latente solo hay más violencia, además de un enorme y deplorable erial de ignorancia y resentimiento. Una vuelta al pasado más oscuro en el que un falso “orden natural” imponía el dominio implacable de la riqueza más obscena de unos pocos sobre una sociedad empobrecida de temerosos, crédulos e ignorantes.

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Proyecto de salud

Siguiendo con nuestro proyecto a largo plazo hoy hablaremos de salud, y con respecto a nuestro ciudadano/cliente objetivo no debemos olvidar lo que conocemos en cuanto a su voluntad cautiva y favorable predisposición, por ello no creo que sea necesario repetir lo que ya sabemos, las condiciones en las que se desenvuelve y cómo han asumido voluntariamente nuestros presupuestos con la ingenua idea de seguir creyendo que son exclusivamente suyos, así como de su completa seguridad respecto a lo que les gusta, les interesa o necesitan.

En cuanto a la salud y según la misma línea de eliminar definitivamente lo público y la intercesión del Estado en nuestras actividades, basta en principio con dirigir nuestro trabajo a ensalzar las cualidades únicas y personales de los clientes, haciéndoles creer que la prevención siempre es importante, mucho mejor si la ponen en práctica usando lo que nos apetezca ofrecerles. En primer lugar hay que hacerles creer que su cuerpo no puede valerse por sí mismo, aunque es cierto que es conveniente que se sientan a gusto con él, con su genética; y es obligado imbuirles el temor a que aquello de lo que tan orgullosos están corre el peligro de deteriorarse cada vez que salen a la calle, por lo que la seguridad que otorga nuestra protección siempre será lo más importante, y si siguen sanos no es por sus hábitos o condiciones de vida, que sí, o porque posean un cuerpo afortunado, también, sino porque nuestros productos son tan efectivos que la realidad de su salud es nuestra mejor tarjeta de presentación.

Esto no quiere decir que su salud sea de hierro, sino que es de hierro gracias a nosotros. Por ejemplo, no es que no puedan o sepan dormir o comer, sino que duermen y comen bien gracias a nosotros, porque les recomendamos lo que les conviene, lo mejor, y eliminamos el resto; el por qué nunca fue importante, ya que no se trata de lo que pierden o desconocen, que sencillamente no existe, sino de que lo que les aconsejamos y ofrecemos funciona, entonces ¿para qué preocuparse por el resto?

También quiero puntualizar en algo en lo que tal vez no incidimos como debiéramos en nuestro proyecto anterior, y se trata de disponer de una buena conexión, de calidad y rapidez, siempre con el objeto de solucionar los problemas cuanto antes, porque hablando de salud todos sabemos que los segundos son importantes. Disponer de una buena conexión y el correspondiente terminal con las garantías indispensables para un buen servicio con fiabilidad y accesibilidad las veinticuatro horas del día, tanto si se trata del principal asegurado o, mejor aún, de su compañero o compañera, o sus sagrados vástagos. Cómo no vas a disponer de lo mejor para los tuyos, con ello nos aseguramos una atención y obediencia garantizadas, además de completamente acríticas.

Necesitará, pues, la correspondiente aplicación que monitorice su actividad diaria, desde que se levanta, cómo y cuánto duerme y horas de sueño, hasta el correspondiente seguimiento, monitorización y registro de la totalidad de sus actividades, tanto habituales como extraordinarias. Esta información, previo y exhaustivo análisis del sujeto o sujetos, hasta el punto de conocer incluso la última célula de su organismo, siempre es importante porque, independientemente de la realidad personal del cliente, nos va a aporta una información vital para nuestro trabajo, permitiéndonos ir acumulando en nuestra base de datos la máxima información posible con vistas a la hora de trabajar con grandes cifras y obtener recursos y estadísticas que nos permitan en el futuro adelantarnos a los problemas, siempre para preverlos y evitarlos antes de que se presenten y conviertan en inevitables y onerosos para nuestros intereses. El objetivo final consistiría en, partiendo de un grupo de parámetros básicos comunes, testar a cada posible cliente con un mínimo de exploraciones, desechando lo no rentable y admitiendo con los brazos abiertos a los que no muestren problemas, no solo presentes sino y lo que es más importante, futuros.

Y al igual que en el apartado de la educación nuestra IA no tendrá problemas en confeccionar caras tan amigas como atentas y profesionales pendientes del cliente las veinticuatro horas del día, vigilando y cotejando sus movimientos mediante la información ya aportada y la constante comparativa con las estadísticas en nuestro poder, reteniéndoles y aconsejándoles periódicamente, además de poniendo a su alcance nuestros productos, siempre preventivos, a la hora de cualquier actividad, da igual si se trata de una comida más o menos copiosa, un partido de pádel o de subir al Everest. Tengan muy presente que nosotros nunca nos ocuparemos de enfermos porque ese no es nuestro negocio, sino de gente sana. Esa es nuestra clientela, alguien fuerte y seguro de sí mismo, que sea o no cierto tampoco es nuestro problema.

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Proyecto de enseñanza

A ver, en principio contamos con la creencia que cada individuo tiene de sí mismo, un trabajo ya hecho que nos facilita las cosas. La gente adolece de unos temores que la religión ha sabido canalizar de forma adecuada haciendo creer que cada uno es único a ojos de su dios, por lo tanto también son únicos en su existencia aquí en la tierra. Relevo recogido por la izquierda internacional para justificar cualquiera de sus paraísos en este mundo en los que cada hijo de vecino era alguien insustituible con derecho a ser feliz, y si finalmente no lo conseguía no debía deprimirse porque, en última instancia, la sociedad siempre era la culpable de impedírselo. Es por eso que cada paisano se cree especial y sus opiniones tan válidas como las de cualquiera, centro de atención respecto de todo lo que diga o piense -aunque se trate de un completo ignorante. Y en el mundo actual,  donde la manipulación, tanto publicitaria como informativa o a través de las redes sociales está a la orden del día, no hay nada más fácil que confundir y hacer dudar a nuestro objetivo de todo lo que existe -cada vez hay menos certezas a las que agarrarse, y la gente lo cree así. La desconfianza es el plato del día y las sospechas tienen vida propia, de hecho todo y todos son sospechosos, lo que significa que cualquiera que tenga algo que decir o sobre lo que opinar, sin que importe su relevancia o una mínima razón, desea ser tomado por principio como uno más a la hora de hacer valer su punto de vista. Como si todo en esta vida se tratara de una cuestión de gustos.

Ya imaginarán que alguien que se siente y cree especial necesita una atención especial, personalizada y exclusiva, adaptada a sus únicas y particulares características. Por otro lado y volviendo a la manipulación, mejor, influenciabilidad, la publicidad del propio sistema ya se ha ocupado de transformar a cada individuo en cliente, hasta el punto de que ya nadie se extraña, se piensa y exige como tal. Además, y como es de esperar, la tecnología está de nuestra parte, pues contamos con una IA maravillosa -y eso que solo estamos al principio- mediante la cual el cliente siempre recibe la atención y trato únicos y exclusivos que se merece. Atención que unida a la insustituible creencia de su relevancia encumbran a un ciudadano/cliente como alguien que no necesita justificar ni argumentar palabras y actos propios ante los demás.

Entenderán entonces que los vástagos de cada uno de estos diosecillos también son únicos y exclusivos, unos auténticos reyes -tal y como afirmaba una conocida marca hace unos años. Porque además de insustituibles y maravillosos son sus hijos, pues todos creen que han traído a este mundo a un portento de espécimen humano, puro, libre, creativo e imaginativo -no solo carne de interminable e insufrible reportaje fotográfico; de nuevo qué trabajo tan bueno ha venido haciendo la publicidad, impagable-, y precisamente por ello estos pequeños tiranos merece crecer y expresarse sin trabas ni impedimentos. Como ustedes también sabrán ninguno de estos papás tiene ni puñetera idea de qué significa mostrarse o vivir sin impedimentos, trabas u oposiciones. No hay nada como el que no sabe que no sabe. Y, como para él mismo, quiere lo mejor para sus descendientes, y eso es lo que pretendemos darle.

Primero haciéndole ver que todo lo común y compartido es sospechoso, si no directamente peligroso, tanto por imprevisible como por las influencias nada recomendables que pueden surgir -tan difíciles de prever y controlar-, las malas prácticas o los programas educativos demasiado generalistas -incluso tendenciosamente concebidos. También por la obligada inclusión en su personal contexto de especímenes originarios de otros lugares intentando hacer valer sus costumbres y malos hábitos; esa desconocida y peligrosa gente deseosa de imponerse y humillar a sus semejantes. Luego una vez convencidos y puestos en alerta respecto de la educación en común, da igual si privada o pública -esta última lo peor de lo peor debido a su endémica falta de medios y sus nada prácticos niveles de enseñanza, además de la masificación provocada por el abusivo número de razas y diferencias sociales-, solo queda ofrecer a estos desamparados padres un método de estudio personalizado y exclusivo, adaptado ciento por ciento a las especiales cualidades, características y necesidades de sus retoños. Porque nosotros, previa, concienzuda y profesional observación del niño, sabremos de primera mano de los talentos y las potencialidades innatas de la criatura, y en función de ellas le ofreceremos un método específico que le facilite un crecimiento feliz, talentoso y útil.

La educación, pues, mejor en el propio hogar -el lugar más seguro del mundo-, en un ambiente confortable y protegido al margen de aleatorias, conflictivas e indeseadas relaciones externas, o callejeras. Y para ello nada como un profesor exclusivo para cada alumno, alguien que gracias a nuestros modernos métodos y experiencia sabrá en todo momento qué y cómo, de qué modo y siempre lo mejor a la hora de incentivar y motivar al alumno; una cara amiga, pero severa y comprensiva, que inspirará tanta confianza, o más, que sus propios padres, conocedor de sus gustos y potencialidades y que incidirá en lo más provechoso para su progreso al tiempo que desecha de un plumazo lo inconveniente y peligroso. Nuestra IA no tendrá ningún problema en confeccionar rápidamente un rostro amigo en el que poner su voluntad, a su disposición las veinticuatro horas del día, preocupándose por la constancia de su avance y adelantándose a sus posibles despistes, caídas o faltas de atención, rápidamente subsanadas con los medios más potentes y adecuados a los problemas específicos que solo a ellos pueden presentárseles. El método, como es debido, se regirá por las particulares características del alumno, siempre especiales, así como su ritmo de trabajo y sus capacidades intelectuales, permitiéndole también sus momentos de ocio y entretenimiento, siempre posibles y necesarios, con juegos y diversiones también adaptadas a sus excepcionales habilidades, tanto físicas como intelectuales.

De tal modo que, año a año y gracias a nuestra meticulosa dedicación, estos felices padres verán cómo sus hijos progresan y superan etapas con suma facilidad -vivo espejo de sus progenitores-; alumnos a los que sonreirá un futuro que ni el mejor centro educativo del mundo habría sido capaz de ofrecerle. El chaval, habituado a moverse en su personal burbuja y con una reticencia enfermiza al exterior y la consiguiente contaminación por otros elementos de dudosa procedencia, no se verá en la necesidad de compartir o comparar lo que él ya ha interiorizado como una educación especializada en él mismo, adecuada a sus increíbles capacidades y conveniente para ganarse la vida una vez se introduzca en el mundo adulto. Pero esa es otra cuestión que ahora no nos afecta.

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