De viaje

-Mamá, ¿eso es el campo? -Si. Transcurren unos segundos en los que la niña ve desfilar campo, solo campo, por la ventanilla.

-Mamá, no me gusta el campo. -¿Por qué? -Es muy aburrido.

Sala de espera casi llena a hora tan temprana, algo extraordinario si no fuera porque estamos a primeros y hoy mucha gente comienza sus vacaciones de verano -al fin. Todavía con sueño en la cara los viajeros esperan a que se anuncie la llegada del tren por megafonía. Una pareja de veinteañeros vestidos de verano, es decir, pantalón corto, deportivas, camiseta y móvil en la mano, cada cual con el correspondiente mini bolso adherido en el que guardar lo indispensable, también aguardan sentados, pero no juntos, el asiento entre ellos está ocupado por un cajón para animales que probablemente oculta alguno, al parecer muy importante porque la conversación entre los jóvenes se centra en el ocupante del cajón, del que constantemente levantan una pequeña trampilla asomándose preocupados por el estado del inquilino. No hay más tema de conversación entre ellos, y ahora se inclinan para mirar por la pequeña reja que delimita uno de los laterales. ¡Uf! Todo bien.

Debido a la afluencia de viajeros toca esperar en el andén antes de ir subiendo, con el consiguiente acopio de bolsas, maletas y maletones. En un momento determinado la cola se detiene para dejar paso a una mamá empujando un carrito enorme con dos niñas, una delante de la otra. El papá era el que esperaba en la cola, y ahora han de subir maletas, bolsas, carrito y niñas, un proceso engorroso porque el número y el tamaño, además de los viajeros que dudan y aún permanecen en la plataforma del tren sin decidirse por la dirección a tomar, complican la tarea. Tropiezos, disculpas, alguna sorpresa, o mala cara, la lógica impaciencia de los que esperan abajo y la consiguiente precipitación que hace que todo cueste el doble o que simplemente no se haga como es debido. Finalmente, las maletas se quedan en cualquier sitio, el carrito en medio -lo más comprometedor- y se opta por dejar subir al resto para luego, cuando el tren ya esté en marcha, proceder con más tranquilidad.

Localizamos nuestros asientos y saludo a una pequeña que, sentada enfrente, nos mira curiosa. -Hola. -Hola. Me responde alto y claro. Poco después aparece su mamá y se la lleva a su correspondiente asiento.

Con el tren en movimiento llega la normalidad, las maletas y los bultos donde corresponde y los viajeros en sus butacas; el papá en un asiento junto al pasillo y al otro lado la mamá con una niñita de apenas un año encima y la otra pequeña, a la que saludé, de entre tres y cuatro, sentada junto a la ventanilla. Una observación, esta otra pareja va ataviada exactamente igual que la del perro -si es que era un perro lo que contenía el cajón-, y probablemente coinciden en edad.

Llevamos un rato de viaje y madre e hija no cesan de hablar, bueno, una preguntar y la otra responder. La niña juega y dibuja en un cuaderno sobre la correspondiente bandeja, la más pequeña protesta y lloriquea porque está cansada, el ajetreo del día no es el habitual y necesita recuperar sus rutinas; un poco más tarde, cuando el llanto sea irreprimible, un chupete y el arrullo tranquilizador de mamá la sumirán en un sueño reparador. Su hermana sigue en lo suyo, entre el cuaderno y la ventanilla -aquello del campo. Pero la sorpresa llegó cuando su madre decidió hablarle en inglés, a lo que la niña contestó con total normalidad. Y así prosiguieron, sin parar de hablar, mamá variando el idioma según su criterio y la niña siguiendo la conversación sin problema alguno. Llega un momento en el que mi sorpresa se convierte en admiración por algo más que evidente, la extraordinaria ductilidad y agilidad de un cerebro infantil capaz de absorber, resolver y poner en práctica con una solvencia admirable los procesos lingüísticos que le afectan y requieren su participación. La más pequeña se despierta momentáneamente para volver a dormirse y mamá la tranquiliza en inglés; a continuación se dirige a la otra en castellano. No hay teléfonos móviles entreteniendo a las niñas, ni los han pedido en ningún momento, solo mamá y una completa atención de las necesidades de sus hijas. El único teléfono lo tiene papá al otro lado del pasillo, e imagino que buscando algo de entretenimiento.

La primera pareja no tuvo más remedio que “abandonar” el cajón en la zona de equipajes, sentándose muy cerca y levantándose constante y alternativamente para comprobar el o la… del animal.

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Un concierto

A medida que transcurrían los minutos los jardines se llenaban de público aguardando la hora del concierto, o pasando la tarde, puesto que aún quedaba tiempo y el verde que nos rodeaba hacía mucho más agradable la estancia, un merecido refugio frente al implacable sol que sojuzgaba las calles y plazas de acceso al bonito y recogido recinto. Cierta animación se instalaba entre las mesas ocupadas, saludos entre conocidos, presentaciones, sillas aún vacías, las primeras conversaciones exploratorias y algunas bebidas con las que compensar el duro calor del día. Otros, sondeando previsibles o temporales ausencias, preguntaban por sillas y butacas para los suyos por venir, al tiempo que recién llegados aceleraban hacia los pocos espacios libres que quedaban.

Es cierto que no había nadie de pie, luego a pesar de las aparentes dificultades el espacio daba para todos; las planchas y cocinas se ponían en funcionamiento y el personal ya tenía con qué acompañar las solitarias bebidas. Unos tenían prisa por comer y otros preferían aguardar porque sus vasos todavía aparecían medio llenos, mejor pedir la comida con la siguiente consumición.

Tras los ajustes y ensayos de sonido por parte de los técnicos ahora ocupaba el escenario un DJ que, sin grandes alharacas, entretenía el público con una lista de relleno. Era lo que había y tampoco es cuestión de poner pegas cuando se está a gusto, en una mesa en primera línea y provisto de vituallas con las que entretener la espera. En estas comencé a barruntar que el espacio que nos separaba del escenario probablemente se llenaría de público en pie que preferiría disfrutar del concierto junto a los músicos que adivinarlos desde más atrás. Pero de momento era pronto, no había nadie por delante, casi había oscurecido y aquello parecía que no admitía más asistentes, aunque, entrevisto el paseo de acceso, la gente seguía acudiendo sin prisa ni pausa.

Llegó la hora del concierto y los músicos ocuparon sus lugares, el espacio entre nuestra mesa y el escenario se fue llenando de gente, tal y como supuse, y nosotros aguardamos a que al menos el sonido fuera decente para disfrutar de la música sin trasladarnos de lugar. Todo funcionó, la música se oía estupendamente y gracias a la distancia disponíamos de algunos huecos entre los aficionados por los que ver a los músicos. Pedimos algo de comer, era el momento.

Detrás de nosotros discurría un pequeño muro protegido por una línea de arbustos que impedían el acceso del exterior, aunque hay que hacer constar que al otro lado de muro y arbusto había una caída a plomo de unos siete u ocho metros hasta una vía con bastante tráfico, luego el acceso era completamente imposible. La zona se utilizada como pasillo para moverse entre el escenario y los puntos de venta de comida y bebida, evitando con ello un incómodo surfeo entre mesas que en última instancia te llevaba al mismo pasillo en su parte final.

Había de todo, grupos de jóvenes vestidos de jóvenes, mayores más pacientes y mucha gente de mediana edad en parejas y grupos que charlaban sin perder detalle de lo que sucedía alrededor. Hombres bien vestidos y mujeres elegantes, y muy elegantes, tal que imposible tocarlas sin estropear lo que tanto parecía haber costado. Mirarlas sí, y eso lo sabían.

Se levantaron de una fila de butacones bajo una pérgola que, con la noche, había perdido su función, lo que no impedía que diera un toque de intimidad a los grupos que se ubicaban bajo sus telas, una con un vestido amarillo de corte elegante y unos zapatos de tacón a juego, la otra embutida en un sugerente vestido-pantalón negro con tirantes que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. No hace falta mencionar el aspecto y la impresión que causaban en todo aquel que tropezaba o se cruzaba con ellas, inconsciente o intencionadamente. Los teléfonos móviles en la mano.

Iniciaron la sesión cada una por su lado, separadas un par de metros, con unos primeros selfis que pretendían captar el ambiente de la ya noche, de frente o de espaldas al escenario, también con el bullicio de las mesas como fondo o la oscuridad de los arbustos contra la inevitable luz del flash como contraste. Gestos, labios, ojos, miradas, cabello, desde arriba, desde más abajo, sonriendo, lanzando un beso a la cámara, serias, con un mohín cómplice o a la espera de… Todos y cada uno de los gestos y posiciones posibles con un teléfono en la mano como referente desfilaron por sus rostros. Rondarían la cuarentena, o sea, unas mujeres.

Pero lo mejor comenzó cuando, al fin satisfechas de la primera e individual sesión, dio comienzo la segunda, en la que una hacía de modelo y la otra la enfocaba, situaba, recolocaba, le mostraba cómo, rectificaba, incidía en el cabello, ahora hacia atrás u ocultando una parte de la cara; o directamente de espaldas a la cámara. Le hacía modificar las posiciones de pies y piernas, experimentaba con los perfiles, o a contraluz, repetía porque algunas tomas podían mejorarse, obligaba a unos pasos o a pequeños movimientos secundarios que debían quedar grabados, correctamente, por supuesto; más sonrisas, ahora con más realce, más incisivas, o desafiantes, inclinando un poco la cabeza sin parecer altiva, o reflexionando con la mirada fija en alguna parte del suelo sin que el gesto denotara abatimiento o derrota, nada de eso. Se trataba de ensalzar e intrigar tras una belleza que se daba por supuesta, y supongo que deseable.

Primero una y luego otra, esta última, la de la prenda oscura, el doble de tiempo que su amiga. Más dócil y obediente ante los constantes requerimientos y rectificaciones de la mujer de amarillo, mucho más exigente con el resultado final, al menos si era ella la que tenía la última palabra. Sin olvidar la generosa colaboración de su amiga que, lejos de molestarse o protestar y sabedora de lo que se estaba jugando, se movía, subía o bajaba la cabeza, se adelantaba o retrocedía o hacía como que caminaba sin perder el temple y la sonrisa, sosteniendo un atractivo gesto de interés o mostrando intrigante indiferencia. Qué mejor que tener de tu lado a quien bien te quiere y desea que tu belleza resalte por encima de cualquier otra cosa.

El concierto está en todo su apogeo, la gente baila y aplaude y se lo pasa estupendamente.

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Violencia

Ver a jóvenes en una calle cualquiera vestidas como les apetece, sobre todo en verano, cuando debido al calor sobra la ropa y una desea volar dejándose acariciar por el viento sin preocuparse por normas o débitos de conducta, es algo tan libre como grato. El mero deseo de salir y moverse como venga en gana es suficiente para que el hecho de la elección de las prendas con las que cubrirse sea un mínimo formalismo en el que intervienen la comodidad y la coquetería a partes iguales, dicho sin perjuicio de ninguna de las dos, puesto que somos nosotros los que nos vestimos, en este caso ellas, y como sujetos autónomos tenemos todo el derecho a cubrirnos, adornarnos, frivolizar, reafirmarnos -en parte o al completo-, disfrazarnos, despreciarnos íntima y estéticamente -por otras cuestiones quizás más importantes que en este momento no vienen al caso- o taparnos con lo primero que tengamos a mano. Actividad diaria de algún modo obligada por la costumbre, la decencia (¿?), ciertos hábitos o las modas dominantes, tanto tribales como generales, además de los consiguientes imperativos en función de la edad. Esta libertad activa, es cierto que pequeña, para algunos meramente testimonial, sin embargo contiene en sí misma, en el caso las mujeres, un alegre y vital pronunciamiento contra siglos de opresión y represión que, al menos de momento, parece que al fin comienzan a resquebrajarse; eso sí, muy, muy despacio, con cada vez mayor perplejidad, incomodidad u oposición por parte del otro género, ya que se trata, según su habitual arrogancia y salvo contadas y marginales excepciones, de una cuestión secundaria respecto a su propio poder.

Esta frescura, desinhibición y descaro femenino necesariamente han de chocar contra las formas y comportamiento de un género masculino que parece seguir anclado en tradiciones, costumbres y cuestiones de principios nunca entendidas por completo. Las ropas, o la ausencia de ellas, provocan más perplejidad y confusión de lo que los hombres están dispuestos a reconocer, a saber, incluso. La primera cuestión es que ellos son incapaces de hacer algo similar, no porque no quieran sino porque no pueden ni se sienten capaces, ni siquiera lo contemplan. Resulta que en la magnificencia de su poder no logran hacerlo todo, ni les sale, si saben dónde buscar y eso entonces duele, y desorienta e intranquiliza porque, ¿dónde queda, pues, ese poder si respecto a algo tan trivial se muestran atados de pies y manos? ¿Son el desprecio y la indiferencia las únicas respuestas ante la íntima frustración de un deseo que ni siquiera llega a insatisfacción porque tampoco saben si es suyo? ¿Solo queda la violencia como opción y correlato del puro pavor?

Y qué parte de todo ello tiene que ver con una inconsciente y para la mayoría desconocida, y no menos dolorosa, autorrepresión masculina que impide ir un poco más allá de las, sus, propias normas, ¿no denota esto más carencias que dominio, incluso un profundo desconocimiento de sí mismos? Más preocupados por ejercer un poder socialmente omnímodo con cada vez más agujeros han olvidado que una de las opciones más visibles de ese poder es hacer lo que a uno le apetezca consigo mismo, en este caso con la vestimenta. Pero no, existe una especie de corse mental del que los hombres son incapaces de desembarazarse y que transforma de forma automática una apremiante autorrepresión, casi agónica, en violencia, única salida que el género masculino contempla como solución al siempre pendiente enfrentamiento y reconocimiento de sí mismos.

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Nápoles (y 3)

Hablar de Nápoles y olvidar el fútbol sería como ir y no estar, y no visitar calles y rincones dedicados a su redentor más celebrado, Diego Armando Maradona (D10S), casi un pecado mortal, y no entender qué significan para el acervo local las numerosas banderas italianas con un cuatro inscrito en el centro, da igual si en edificios privados, públicos u oficiales, es perderse la mitad de la misa, pues resulta que este año el Nápoles ha vuelto a ser el campeón de Italia de fútbol y eso por aquí son palabras mayores. Aún reciente el éxito futbolero de hace dos años, de los que todavía quedan rastros visibles en calles y edificios, tanto del conjunto como de cada uno de sus héroes, repetir una victoria que nos traslada en el tiempo a la época de Maradona al paso que vuelve a humillar a los presuntuosos del norte -¡merda Juve!-, como nos decían por la calle- es otro motivo de agradecimiento que se reinscribe sobre las conmemoraciones del pasado más reciente.

La trascendental importancia de Maradona en la ciudad, importancia que no sería ningún disparate calificar de histórica, tiene que ver con la redención de un sur deseoso de figurar allí donde los opulentos del norte hicieron su predio, el fútbol, deporte que en Italia viene a ser casi una declaración de principios. Nápoles apareció entonces, por méritos propios, tanto en el panorama futbolero nacional como internacional, todo un éxito para una región permanentemente humillada por la arrogancia de los adinerados poderosos bajo los Alpes. Y no acabo de imaginar lo que sucedería si el año que viene, que se cumplen cien años del club, el Nápoles volviera a ganar la liga italiana.

Como dije en la primera entrega de esta serie imagino que existirá un Nápoles más aséptico y anodino, parecido a cualquier otra ciudad europea, pero en el enorme área que va desde el barrio español hasta, por ejemplo, la plaza Garibaldi, incluyendo también toda la zona antigua de la ciudad, el fútbol, junto, como dije, un comercio tan ubicuo como extenuante, es el principal protagonista, y como visitante uno ha de aceptar e intentar entender lo que ve y tanto le sorprende, incluido el alto y reverenciado pedestal en el que se aúpa el Maradona redentor de los humildes y olvidados. 

En Nápoles casi puede decirse que parpadeas y te pierdes algo, desde el mayor crucero del mundo amarrado junto a una terminal marítima que a su lado parece de juguete, hasta el capo de la zona controlando sus dominios desde una mesa apartada, como el que toma un café pero sin café; sin despegarse del teléfono móvil y sonriendo a mujeres que pasan saludando o se sientan sin tomar nada, alguna de las cuales recibe un sobre blanco -con dinero, evidentemente- mientras el patrón ordena con la mirada a algún camarero que permita lo que en circunstancias normales y sin él allí de ningún modo estaría permitido. Esta especie de todo incluido en la misma ciudad también puede generar incomodidades entre gente más exigente, o pacífica, habituada a ritmos más lentos, en su lenguaje, normales, y algo de ansiedad cuando, una vez en la cama, se intenta asimilar el frenético ir y venir diario que mañana volverá a echársete encima nada más abrir la puerta de la calle. 

En definitiva, Nápoles es una ciudad regida por un pulso diario que al visitante se le antoja ingobernable, a pesar de lo cual parece que funciona porque a primera vista no advierte conflicto alguno -o será que, como decía más arriba, no sabe ver. Un ritmo en el fondo dirigido y controlado según unos patrones en los que el bien y el mal, lo bueno y lo malo, son más que relativos, o directamente discutibles. Donde infinidad de vehículos envejecidos permanecen incrustados en rincones imposibles, tal que una especie de mobiliario urbano, y entre, o a pesar de ellos, uno puede detenerse a charlar con buen ánimo con mujeres a la puerta de bajos asfixiantes, abiertos de par en par, mostrando un único habitáculo en el que se apretujan cocina, comedor y habitaciones. Y terminar el día en una trattoría semivacía, con solo otra mesa ocupada por una despedida de soltera tan cutre como en el resto de Europa, mientras un cantante local nos deleita con un repertorio en el que caben desde la obligada canción napolitana hasta una especie de remake que en algún momento me trae a la memoria a Vinicius de Moraes en La Fusa.

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Nápoles (2)

Estamos más que cansados de acudir a lugares minúsculos o recónditos, inexistentes en mapa alguno, atraídos por rincones, espacios o construcciones que se venden como excepcionales, únicas y encantadoras que, vistas, no dejan poso alguno, y si algo de frustración porque ya es la enésima a la que acudimos y en el fondo son el reclamo publicitario de una excepción únicamente para los locales, un desesperado intento por aparecer en algún sitio y con ello tener un hueco en este mundo. Pues bien, Nápoles dispone de rincones y edificaciones para dar a todo el que necesite, a curiosos con imperiosa necesidad de lugares únicos y peculiares, a desesperados buscadores de selfis, fotógrafos de momentos y situaciones y, sobre todo, para aficionados a los lugares históricos, con profusión de zonas, recintos y edificaciones diseminadas por toda su superficie. Todo ello aderezado con una curiosa y paradójica población que se mueve y circula de forma permanente, a tan solo un paso de caótica, por sus calles.

Porque moverse por la ciudad es otra historia que merece el apartado de tal. Teniendo en cuenta que el visitante, cualquiera con alguna experiencia adquirida fuera de su lugar habitual de residencia, sabe y entiende qué significa e implica desplazarse por una ciudad, una vez en Nápoles habrá de repasar y repensar su experiencia desde el principio porque lo aprendido aquí no sirve de mucho, y menos como referente. En Nápoles la relación en temas de circulación viaria, si es que puede decirse tal, entre personas y vehículos a motor -tanto de cuatro como de dos ruedas- es una cuestión de tú a tú, es decir, no existe preferencia alguna -aunque a tenor por algunas situaciones, digamos, clásicas, algo debe quedar en el subconsciente colectivo respecto a quién es quién y qué predomina según dónde. Pero si exceptuamos tales casos, aislados, los lugares de cruce entre vehículos y personas son una cuestión de poder más que de preferencia. Se trata de quien llega antes, aunque también pueden acercarse pidiéndote disculpas desde cincuenta metros atrás porque cuando coincidáis en el mismo punto, el paso de cebra, el vehículo no frenará y tendrás que detenerte, sí o sí, o ser atropellado. La mezcla entre vehículos y personas es completa, algo más ordenada, sin excesos, en las avenidas y calles más anchas e indistinguible en las más pequeñas o estrechas; aquí las motocicletas van y vienen en todas direcciones, surgiendo en cualquier esquina sin que importe la dirección o el sentido, eso sí, avisando contantemente con la bocina, ya sea un anciano con prisas, un repartidor, una familia de tres ejerciendo de sándwich con la criatura apretada entre sus progenitores o unos chavales de apenas doce años surfeando entre los peatones con profesional destreza. Circunstancias que, al contrario de lo que pudiera pensarse, no dejan como consecuencias inevitables discusiones, conflictos, encontronazos o directamente atropellos, sino que aquello fluye en una rara armonía de sometimiento y condescendencia sin interrupciones ni altercados, al menos durante los días en los que nos movimos por la ciudad.

 Y es fácil imaginar que como consecuencia, no sé decir si directa o indirecta, de semejante frenesí el mantenimiento y conservación de tanto patrimonio se antoja harto complicado o, simplificando, muy difícil entre una población más habituada a vivir que ha conservar lo construido y vivido por otros. Palacios, templos e iglesias se multiplican por calles y callejones, a la mayoría de las cuales puedes acceder y visitar sin ningún problema porque, por supuesto, son usadas diariamente, tanto en funciones, celebraciones y rituales que tienen que ver con el propósito de la construcción como reconvertidas en espacios de muestra o reunión de cualquier proyecto u objeto que el encargado de turno tenga a bien mostrar públicamente. Sin contar con que debe existir alguna determinación o decreto municipal que prohíba o haga desistir al más ufano de hurgar en el subsuelo, ya que ello conllevaría que el mismísimo Imperio Romano aflorara a la superficie ocupándolo todo.

Tal acumulación de edificios históricos, tal cual aguanten, remozados o reconvertidos no hace a la población, repito, gratamente cercana y amable, presumir por ello, sino que lo ha asumido e integrado en un presente propio que tan solo la presencia de turistas, curiosos o despistados aporta ese aire de lugar visitable que en otras poblaciones dispondría de alfombra roja y un precio por acceder que detendría al interesado pensando si merece la pena pagar lo que le piden por lo que va a ver.

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Nápoles (1)

Nos sorprendió e indudablemente nos tuvo pendientes de sus palabras, que aclaraba y ampliaba con gusto cada vez que se acercaba a la mesa para alguna labor de su trabajo, intentando no ser pesado ni inmiscuirse en nuestra charla, con tacto y sin olvidar en ningún momento cuál era su papel en aquella curiosa escena, él el camarero que nos atendía y nosotros sus clientes. El motivo de aquella simpática exposición fue que precisamente nosotros éramos españoles, y a nuestra respuesta a su pregunta de dónde, La Mancha, de inmediato nos identificó con Cervantes y el Quijote -y no es normal que quien te pregunta fuera del país los conozca, o sepa de ambos. En este caso sí, lo que dio pie a aquella especie de salpicada disertación en la que nos remarcó, casi al principio, que Nápoles fue quinientos años española frente a los ciento cincuenta que lleva como italiana -algo más o menos cierto-, y que mientras con España Nápoles era una entidad política del mismo nivel que la península -nada de colonia-, desde que es italiana ha sido despreciada y arrojada a la cola del país, tanto política como socialmente -y esto último sí es una realidad completamente cierta. Es decir, que con Italia los napolitanos han perdido más que ganar frente a los estirados del norte, lo que no deja de ser un punto de vista particular que no anda muy descaminado.

Todavía andábamos intentando cogerle el ritmo a la ciudad y aquel tipo, de algún modo, nos obligaba a reconsiderar nuestras opiniones, no de una forma directa pero sí a la hora de valorar y entender lo que veíamos en la calle, que era mucho, o todo. No hay que olvidar que, desde el principio, la ciudad había podido con nosotros, atrapándonos nada más abandonar la estación, aún sin saber hacia dónde dirigir la mirada y nuestros pasos, preocupados en primera instancia por encontrar una sombra que nos permitiera organizarnos. Estaba más que claro que aquella no era la Italia que conocíamos, y algunos de nosotros conocían mucha Italia, pero de más arriba.

Nápoles es puro sur, algo que tan bien conocemos por aquí, la calle, la gente, el saludo indispensable, vital, la intercambio más que obligado, la charla impenitente, detenidos si es necesario en medio de todo porque hay algo más que decirse; un incesante trajín de lo más variopinto en el que no existe criterio, mucho menos certeza, de quién o qué te puedes encontrar al doblar una esquina. Un inacabable mercado de puestos callejeros y establecimientos de todo tipo y puertas abiertas del que todos salimos y entramos con una familiaridad y confianza que de inmediato hace del extraño uno más, como si estuviéramos en nuestra propia casa. Da igual la calle, si ancha y recta o retorcida, estrecha y oscura, además de millones de rincones en los que se acumula de todo lo imaginable, y aun así creo que me quedo corto. Y si uno alza la vista el panorama se complica porque en miles de balcones ondean al viento coladas y coladas al sol, también en los callejones más oscuros y sombríos, que más que una obviedad parecen una tradicional decoración conmemorativa que dura todo el año. Costumbre que llega hasta la decoración de tiendas y establecimientos de hostelería en los que pueden verse colgadas del techo todo tipo de prendas, también íntimas.

Indudablemente debe existir un Nápoles rico, más normal e incluso anodino, y hasta pijo; altanero y desconfiado, con calles pulcras y desiertas bajo el mismo e implacable sol. Gente guapa, occidental, al uso en Europa, que detesta el incesante jaleo de esa otra ciudad tan bulliciosa, paradójica, inverosímil y gozosamente amable.

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En el bar

Hablaban con una mujer, de pie junto a su mesa, y a juzgar por sus rostros la conversación parecía grata y distendida, sucediéndose las sonrisas y gestos de complicidad y aprobación desprovistos de rigidez o motas de indiferencia, ni una mueca sospechosa. Un encuentro grato y amistoso.

Se despidieron y ellos prosiguieron con la cena, alternando bocados y una conversación retomada en la que guiños y miradas quizás denotaban para cualquier extraño más respeto que cariño, arropados sin embargo por un velo de confianza que mostraba más de lo que sus cautas posiciones ponían en juego. Jugaban con la cincuentena, probablemente más por arriba que por abajo, formando una pareja en la que el tiempo, sin dejar de hacer de las suyas, ha decidido dar una tregua respetando tempos y aspecto, sin visos de un evidente maltrato, ofreciéndoles una serena placidez que deja cualquier juicio en suspenso; es lo que hay porque precisamente eso es lo que hay, ni más ni menos. Una cena en el interior de un bar cuando todas las mesas de la terraza están ocupadas

Observándolos no era preciso usar o mantener listón de ningún tipo, ni baremo, estatus o clase en función, por ejemplo, de las ropas que vestían, prendas que independientemente de formas, modelos y colores cumplían el papel que les corresponde, sin añadir nada a lo que los propietarios deciden llevar a cabo con sus propias vidas. Se trataba de una cena, deslizarte por unos largos minutos junto a la persona con la que mejor te sientes como si se tratara del mismo paraíso en la tierra, lugar que, por cierto, no tiene por qué ser distinto a éste en el que vives y te encuentras a gusto, porque de eso se trata vivir.

La escena que protagonizaba sin saberlo aquella pareja era una pequeña muestra  de lo que en cualquier lugar denominaríamos feliz, porque si hubiera un estándar de plácida felicidad por encima de personas, pueblos y lugares sin duda lo que ellos mostraban sería el mejor ejemplo, sin necesidad de grandes gestos, atuendos elegantes o especiales, porque lo especial era la comunión revelada por los dos protagonistas, la liviana y emotiva cotidianidad de una cena fuera de casa que en cada bocado degusta la felicidad de saberte dueño de ese tiempo siempre disponible pero del que no siempre eres consciente de disponer.

Con los platos terminados y mientras aguardaban, ignoro si más bebidas o algún postre con el que cerrar la noche, ella se levantó y, despacio, se situó al otro lado de la mesa, a su derecha, junto a una silla en la que descansaban unas bolsas blancas en apariencia repletas. Y sin dejar de hablar y sonreír, ni desviar la atención hacia otro centro que no fuera él, fue extrayendo, uno por uno, los objetos que llenaban las bolsas, mostrándoselos y explicándole, supongo, el porqué de su compra, su pertinencia, su uso, o posible uso, la oportunidad de su adquisición o el mismo capricho que nos hace detenernos ante un estante cualquiera y fijar la vista en algo que no necesitamos pero que en ese preciso momento nos apetece y podemos comprar.

Lentamente, sin prisas ni precipitaciones, envoltorios, cajas sin desprecintar o recipientes que parecían de cocina eran pacientemente desenvueltos y exhibidos, además de explicado el correspondiente motivo de su presencia, todo ante la atenta y aquiescente mirada de él, más respetuosa que dulce por su parte. Y así uno tras otro, intercambiando sonrisas, acuerdos sobre la marcha o de última hora, aciertos; un sobre que él abrió y leyó detenidamente para después volverlo a introducir en su bolsa correspondiente, sin que en ningún momento se alterara la muestra ni la calma de los protagonistas. Ni un mal gesto, una imprecación, un pero, una duda, todo lo contrario, algo así como si lo has comprado porque te gustaba o te apetecía bien hecho está. Cuando hubo terminado de mostrar cada uno de los objetos que contenían las bolsas regresó a su lado de la mesa, justo cuando llegaban los cafés con leche pedidos, que tomaron con igual calma y sin que la conversación se desviara de la paz que ellos mismos ponían en juego.

La escena rozaba lo memorable por su íntima sencillez, por la sinceridad que desprendían cada uno de los participantes. Hubo más risas, no, sonrisas, y en un momento determinado, cuando ella le daba algo por encima de las tazas, él extendía su mano para cogerlo y al tiempo acariciaba la piel de su brazo con la punta de sus dedos. Como en un soplo, casi imperceptible, pero no tanto como para dejar a la luz un pequeño guiño cómplice que compilaba mucho más de lo visto hasta entonces, inapreciable para nadie que, como en mi caso, no estuviera distraído con una mesa sin otro particular que una pareja desconocida cenando.

No tenían por qué ni querían hacer gala de aquello que fuera que los unía, tan solo cenaban como cenan dos personas que se alegran juntas, disfrutan de su mutua compañía y puede que incluso se quieran, cariño que prefieren dejar públicamente en un discreto segundo plano. Suficiente para mantener viva esa relación que tan difícil parece para otros menos dados a ceder una parte de sí, su cariño, a otra persona que no sean ellos mismos.

Finalizaron los cafés, pidieron la cuenta, pagaron con tarjeta e igual de sonrientes desaparecieron ellos y las bolsas, no sin antes despedirse con la correspondiente sonrisa de los ocupantes de otra mesa recién ocupada situada junto a la suya.

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La decisión

A estas alturas creo de sobra conocido el enorme partido de tenis jugado el pasado domingo, día 8, en París, basta con haber hojeado la prensa, también vale solo por encima, durante estos últimos días; y si el lector es aficionado habrá podido explayarse a gusto entre crónicas, comentarios y firmas, más o menos ajenas o reconocidas, ensalzando el exuberante derroche físico y mental que pusieron en juego ambos jugadores durante las cinco horas y media que duró el enfrentamiento. En la totalidad de las referencias de prensa sobre el encuentro, da igual si vistas o leídas, prima la celebración de haber tenido la suerte de asistir, o compartir en directo, un acontecimiento único, tanto deportivo como humano.

Hito histórico -coletilla obligada- en mano y boca de muchos periodistas que poco o nada más tienen que decir, o saben, frecuentemente con inclinación a una prosapia engolada y ampulosa, siempre excesiva, con tal de dar relevancia a su trabajo, la repetida, manida, implacable y efervescente competencia entre jóvenes recién venidos al mundo, da igual el deporte o la actividad a la que dediquen su tiempo, que saben poco de vivir y ya comienzan a ser utilizados por el sistema para generar infinitos beneficios económicos, de los que ellos reciben las correspondientes migajas.

Fueron, por tanto, innumerables, tal vez miles, las loas y felicitaciones ante tal demostración de las capacidades del cuerpo humano; suceso irrepetible, extraordinario, casi divino, extraterrestre, etc. Algo que solo el deporte, y precisamente ese deporte, el tenis -como sucede con todos-, puede concitar. Y qué decir del público asistente, qué oportunidad única de disfrutar en directo, es cierto que junto a millones de televidentes, de esas cinco horas y media sublimes, del extraordinario despliegue físico y mental que durante ese periodo de tiempo se exigieron los dos jugadores en función de la increíble exhibición que estaban llevando a cabo.

Pero tras este inmarcesible y empalagoso despliegue de zalamerías y alabanzas, que, ojo, en ningún momento soy yo quien para minusvalorar o despreciar porque creo que fue tal y justo merecedor de todas y cada una de las felicitaciones, se me ocurre una idea: que hubiera sucedido si Sinner y Alcaraz, tras el empate a seis del último set y antes del juego decisivo, hubieran decidido, de mutuo acuerdo, dar por terminado el partido, retirarse como merecido gesto de aprecio, recíproca admiración y recompensa por el esfuerzo y el gigantesco derroche físico y mental puesto en juego. Qué mayor respeto y tributo hacia el contrincante que pactar tablas sin que obligatoriamente tenga que haber un derrotado, un vencido. A fin de cuentas el partido, como cualquier experto afirmaría sin ningún género de duda, se resolvió por pequeños detalles que ninguno de los dos jugadores pudo controlar al ciento por ciento -el que una pelota bote un centímetro antes o después de la línea es algo impredecible, no voy a decir completamente azaroso, pero la fuerza y precisión del golpe que pone en juego el jugador es imposible que sea calculada o medida con completa exactitud.

Ellos dos, en todo su derecho como humanos reconocedores del esfuerzo y el desgaste exhibido, deciden que en lo que a ellos respecta no tienen nada más que decir y demostrar, y lo de derrotar -en muchos casos hundir al otro, dejemos a un lado lo de en buena lid- precisamente en ese día no va a ocurrir. Trasladan a otros la responsabilidad de decidir en consecuencia.

Hubieran sido obligados a finalizar el partido -manteniéndose ellos en su posición a toda costa-, descalificados -alguien, después de lo visto, se hubiera atrevido-, expulsados del torneo (¿?), de la ATP, sancionados; pero el torneo francés este año no habría tenido ganador, eso sí que hubiera sido todo un acontecimiento para el que no se me ocurren comentarios. Cómo habrían actuado los seguidores, aduladores y admiradores de toda procedencia, seguirían siendo sus héroes, ejemplos vivos del talento y las capacidades humanas, o los despreciarían por romper las reglas del juego -porque no lo olvidemos, solo se trata de un juego. Qué mayor muestra de estatura moral, de magnanidad, de nobleza, probablemente irrepetible y tan humana, o más, que cualquier competición; cerrar su pequeña y reciente historia haciendo historia que mostrar al mundo, ambos jugadores, eso sí que sería digno ejemplo de merecida y futura admiración.

Y el público, hubiera aceptado esas tablas, si tan emocionados estaban por lo visto, qué mejor recompensa que compartir el premio, qué magnífica celebración, irrepetible, y encontrarse precisamente allí. O habría quienes protestarían, e incluso exigirían la devolución de su dinero, porque ellos quieren ver un ganador y un perdedor, para eso han pagado. ¿Qué gusta más, el deporte o la competición? ¿la satisfacción de un vencedor y un obligado derrotado? ¿Por qué no cambiar las reglas por un día y hacer algo excepcional si la ocasión lo merece? Ya se encargarán quienes controlan el negocio deportivo a nivel mundial de crear unas nuevas reglas que en el futuro impidan decisiones semejantes, pero siempre sería después de, de aquel momento histórico.

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De ricos

Ayer domingo los ricos volvieron a manifestarse en Madrid, bueno, los ricos exactamente no, no estaba, por ejemplo, Florentino Pérez, el antiguo presidente de Inditex o alguno de los presidentes o directores generales de las empresas que lideran el famoso Ibex 35 que monopoliza el mercado de valores nacional; estos no lo necesitan, ya tienen y pagan a políticos, ricos de menor estatus y un interminable ejército de siervos y criados dispuestos a partirse la cara con quien sea por sus amados líderes, o ídolos, que también vale.

Abandonaron su zona de confort, es decir, de la plaza de Colón hacia arriba, para descender un poco, la plaza de España, lugar no muy peligroso y a una hora en la que los millares de emigrantes que la pueblan un domingo por la tarde aún no se han reunido para pasar un tiempo juntos antes de la obligatoria y fatigosa servidumbre de la semana que entra. Porque tampoco es cuestión de irse a manifestar a Madrid Río, o similares, mal lugar porque en el fondo eso no es Madrid, se trata del sur, y de aparecer por allí probablemente tendrían que recoger de inmediato los bártulos, si es que les daba tiempo a sacarlos, porque igual la gente acababa apedreándolos; y eso que ya no se pueden encontrar piedras por las calles.

No deja de ser curioso que tanto rico, aspirante eterno a tal o mero criado por las migajas salgan a la calle pidiendo a grito pelado lo que no son capaces de conseguir en las urnas, es decir, democráticamente. Debe de ser doloroso, amén de cabreante, incluso humillante, no ocupar en la sociedad el “lugar natural” que te corresponde “por derecho”, también natural. Los ricos no están hechos para ocupar el segundo lugar en un sistema político, porque, a ver, para qué ser rico si no puedes tener bajo tu férula al político de turno, a los eternos segundones demandantes de guía o un “ser superior” al que seguir y admirar, o a tantos y tantos que sobreviven imaginando que tienen porque siempre habrá alguien en peor situación que ellos. Porque, como suelen afirmar sin ningún empacho, todo lo que no sea el rico mandando y el pobre sirviendo es ir contra natura, pura ideología, y toda ideología es peligrosa porque hace a la gente pensar e igual no está de acuerdo con la situación en la que vive y se propone cambiarla.

Cuesta imaginarse a tanto aspirante a rico agitando banderolas, profiriendo insultos vulgares para sus delicadas gargantas o arengando, megáfono en boca, a los acólitos más serviciales e ignorantes contra, según ellos, unos usurpadores en el poder que, para colmo, también tienen la desvergüenza de equivocarse, corromperse -¡habrase visto!-, o hacer toda clase de marranadas como si el poder fuera suyo. Algo que solo les corresponde a ellos por derecho, porque lo han venido haciendo toda la vida pero mucho mejor, con más arte y discreción, total, el hábito hace al monje. Y para mayor inri estos advenedizos en el poder cuentan con el apoyo de los nacionalistas -¡sus propios colegas! esto sí que no tiene perdón-; unos desalmados sin honor aprovechándose de los progresistas sin alma con tal de aumentar sus beneficios económicos, dejándoles a ellos sin bolsa y con un palmo de narices.

El caso es ensuciar el ambiente del modo que sea, porque ya que no consiguen sus objetivos por lo civil y democrático mejor intentarlo por lo criminal, denunciando lo que simplemente no existe como denunciable y olvidando lo denunciado de ellos, una apestosa rémora que todavía se remueve en los juzgados de todo el país. Y tan felices.

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Otra cosa

El motivo que iba a justificar estas letras era el nuevo fracaso, con el correspondiente y gigantesco desperdicio de dinero que ello ha supuesto, del dueño de Tesla en su megalómana intención de llegar a Marte, que en estos momentos y al saber de la explosión del amenazador cohete volverá a respirar tranquilo por dejarle temporalmente en paz. Aunque realmente no sé si se trata de una noticia. Pero antes he tenido que lidiar con la IA de turno que, en el colmo de la impertinencia, ahora se atreve a sugerirme posibles temas para el nuevo documento que acababa de abrir. Hace tiempo que deje de enfadarme por estas intromisiones depredadoras, ahora estoy intentando controlarlo con las decenas de llamadas telefónicas de números de todo el país a la caza de cualquier consumidor/víctima que responda creyendo que acaba de dar con la oferta de su vida. Porque, pensándolo bien, es más divertido cerrarle constantemente puertas a esta IA tan desvergonzada, aunque también es cierto que podría desactivarla de forma definitiva, cuestión que desconozco y que probablemente me llevaría un tiempo que no estoy dispuesto a invertir en tales menesteres; ya me lo advirtieron cuando intenté hacerlo con la IA del wasap, imposible. Es más reconfortante y satisfactorio comprobar cómo acumula información por su cuenta que yo descarto una y otra vez de forma inapelable; porque lo que tengo claro, y creo que en el fondo nadie lo sabe, únicamente los propietarios del engendro, es que nunca sabremos hasta qué punto supervisa nuestra actividad. Mejor no olvidar que, aunque no la vea, siempre estará ahí. Pero esto último he de reconocer que tampoco es posible, basta con hacer dos o tres búsquedas similares en el buscador, en la siguiente te aparecerá como primera opción el consiguiente enlace que la IA ha organizado par “facilitarte” la búsqueda. Viene a ser como el constante archivo y mapeo de nuestra actividad que el propio teléfono móvil lleva a cabo sea cual sea su estado, porque lo creeremos y aparecerá apagado, pero jamás inactivo.

Y volviendo a las llamadas, me gusta imaginar que habrá quién haya conseguido librarse de las persistentes y acosadoras molestias telefónicas que hemos de sortear diariamente, negociantes y mafiosos intentando atraparnos con sus redes siempre falsas, da igual el ámbito de ese comercio depredador; porque también hemos perdido la benévola etiqueta de consumidor, la algo más respetable de cliente la perdimos ya hace mucho, ahora somos simplemente víctimas, cualquiera que sea la esfera comercial en la que finalmente nos cacen. Como también me gustaría saber qué cantidad de su tiempo ha invertido en librarse de semejante acosos, y probablemente el dinero que le ha llevado lograrlo. Sin la completa seguridad de haberlo conseguido de forma permanente, porque siempre dejamos un rastro y existen infinidad de IA anotándolo prácticamente todo, para luego filtrarlo, empaquetarlo y venderlo.

Solo queda la resignación como sinónimo de derrota. Porque deberíamos haber comenzado denunciando a cualquiera que nos llamara a nuestro teléfono particular sin nosotros haberle dado el número. Algo que siempre olvidamos y en lo que nunca caímos, porque, de cumplirse la ley, solo deberían tener nuestro número de teléfono aquellos a quienes voluntariamente se lo hallamos dado, luego todo aquel que lo guarda y después vende podría ser el sujeto de un buen pleito. Denunciar y reclamar, en primer lugar al operador u operadora que nos molesta, también si se trata de un bot, y después a la compañía a quien representa, lo abala y le paga. Pero nadie se molesta en hacerlo, sino que asumimos como inevitable la molestia, como hemos hecho con otras tantas. Hemos dejado de hacer lo que nos apetece para hacer lo que nos apetece previo aprendizaje y adaptación al medio en el que a partir de entonces haremos lo que nos apetece. Aceptando e interiorizando aplicaciones, métodos y registros que nos obligan a una especie de membresía que en realidad no es tal, sino simple y dura abducción. Porque la IA no olvida, de eso podemos estar seguros.

Al final me he liado y me he olvidado del fantasma de Tesla. Lo dejo para otra ocasión.

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