Padres y derechos

Hace unos cuantos años una mujer tuvo problemas con la justicia norteamericana porque, al ser sorda, pretendía que su hijo por nacer también fuera sordo, según ella porque de ese modo la criatura podría acceder a su silencioso mundo y sus exclusivas particularidades. Su deseo implicaba intervenir al futuro bebé -es decir, dejarlo sordo- antes de su nacimiento y así satisfacer sus demandas -según ella, sus derechos. Creo recordar que al final la justicia no accedió a tales pretensiones porque consideró que la vida del aún no nacido era una cuestión independiente de los deseos de su madre y la operación una intromisión perjudicial para su existencia y felicidad futuras. Creo que a día de hoy todavía hay algún acuerdo general en lo que se refiere a las condiciones óptimas en las que un recién nacido debe venir al mundo.

Esto viene a propósito de un documental y algunas noticias sobre padres que condicionan e influyen de manera drástica y no siempre beneficiosa en la salud y alimentación de sus hijos según unas creencias muy particulares -que no responsabilidad- consideradas por ellos “más saludables” de lo que en general se entiende para el crecimiento sano o normal de cualquier niño, ya sea evitando algún o todo tipo de vacunas o procurándoles una alimentación deficiente en algún o algunos componentes indispensables para un crecimiento sano y proporcionado -elijan la opción que deseen, desde enemigos mortales de los “elementos químicos pesados” (?) a veganos recalcitrantes. Decisiones que con el paso de los años llevan desgraciada e inevitablemente a los niños a un crecimiento problemático, tanto personal como en lo referente a sus propias relaciones sociales, o no tan saludable como debiera.

Creo que tales terquedades y prejuicios de estos padres para con sus hijos nacen del egoísmo o de la misma estupidez, cuando no dejan de ser pura y simple ignorancia.

Está claro que un adulto puede hacer con su vida lo que le parezca independientemente de que para ello parta o no de una decisión razonada, los motivos pueden ser múltiples, desde el conocimiento informado y responsable hasta la fiel creencia en una milagrosa mano de santo o la adscripción a la última moda alimentaria o relajante, o porque Dios lo quiere. Como suele decirse, allá cada cual. Pero un hijo no es uno mismo, afortunadamente, tampoco una propiedad ni una víctima propiciatoria con la que experimentar; si algunos padres no saben dónde empieza y termina su responsabilidad para con sus vástagos el problema es bastante gordo. Aunque con ello no descubro nada nuevo, todavía se suelen tener hijos como el que le da una patada a un bote; una vez aquí y ya sobre la marcha se verá qué hacer con ellos, cómo alimentarlos o qué vida darles y de qué medios se dispone; otra cuestión es si tendrán al alcance o no todas las oportunidades posibles para llevar una vida feliz.

¿Entonces? ¡Ah! las preguntas. ¿Quién decide qué, cómo, dónde, cuándo, cuántos y por qué? ¿Los padres y su caprichosa responsabilidad? ¿o es necesario un Estado preocupado por evitar errores innecesarios o disparatados de ciudadanos volubles o antojadizos? ¿Existen o deberían existir unas leyes -o más laxo aún, algunas normas morales- respecto a lo que significa traer un ser vivo al mundo y ofrecerle un mínimo de garantías para que pueda ser feliz? ¿Habría algún acuerdo general en cuanto a esos mínimos? Claro -dirán-, depende, según qué parte del mundo, de las inevitables injusticias, las guerras y el capitalismo rampante que nos asola; del subdesarrollo y la escasa calidad de vida de muchas zonas del planeta… pero, probablemente, si uno se para a pensar en el lugar en el que vive, la vida que lleva y a lo que aspira no costaría mucho más hacerlo por quién todavía no existe y jamás pedirá venir. Como también es cierto que cada cual tiene derecho a soñar con su redentor particular…

La opción más fácil es encogerse de hombros y decir que siempre ha sido así, o salir con aquello de qué fue antes, el huevo o la gallina; pero eso es escurrir el bulto por simple pereza mental. Probablemente no seamos culpables de nuestras circunstancias particulares, o puestos a buscar culpables algunos vuelvan la vista a los propios padres, tarde -y no merece la pena-, pero si aprendimos algo de lo que llevamos vivido, porque resulta que ya estábamos aquí cuando nos pusimos a pensar, obligatoriamente tendríamos que ser más humildes y olvidarnos un poco de nosotros mismos a la hora de traer hijos a este mundo, se trata de algo más que una mera y biológica continuación de la especie.

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Histórico

Alguno de esos periodistas tan dados al envoltorio sensacionalista a la hora de adornar una noticia sin chicha ni entidad, esos que suelen echar mano del momento histórico hasta cuando sale el sol, podría advertir el momento histórico -perdón- en el que se halla la política española. Por primera vez en esta democracia el partido de los franquistas reconvertidos en demócratas de boquilla -el partido autodenominado popular, para quién todavía no lo sepa-, puede quedarse al margen del gobierno de este país, y digo al margen porque tampoco vale ni como oposición; su parálisis es antológica y su podredumbre ya pasa de endémica. Y quien hasta ahora solía hacer de oposición no puede gobernar porque necesita a alguien más para sostenerse. También se da la circunstancia de que por primera vez en este país existen una derecha democrática y una izquierda que no es la socialdemocracia de salón del partido socialista. Y para rizar el rizo también existe la posibilidad de organizar un gobierno que, al margen de maximalismos de cátedra o de arengas populistas como brindis al sol, pueda definitivamente dar con las condiciones para organizar de una puñetera vez una política de Estado que de sentido y un objetivo común a la gente de este país. Y para ello basta con estar sentado a la mesa, hoy existe esa posibilidad, porque quién no sea capaz de dejar a un lado posturas intransigentes, odios irreconciliables y venganzas juradas sólo le quedará volverse a los suyos, pobres imbéciles, y seguir engañándoles con la cantinela de que en el fondo la razón está de su parte y como de costumbre han de volver a la oscuridad de su ombligo para de nuevo ver pasar el tren desde los márgenes de la historia -perdón por esta pretenciosa sandez.

Ya está bien de quejarse por lo que otros hicieron, lo hecho hecho está, lo venimos sufriendo y no tiene sentido volver a mirarlo del derecho y del revés para repetir que no tiene solución. Ahora es cuando quienes han venido gritando en contra en la calle tienen la oportunidad de sentarse a la mesa e intentar rehacer lo que está mal o no funciona como debiera. Porque si los ciudadanos somos capaces de ponernos de acuerdo y llevar adelante en el día a día y al margen de nuestras ideas políticas particulares, desde comunidades de vecinos a cualquier tipo de asociación y que éstas funcionen, no sé por qué no pueden hacerlo quienes se pretenden políticos y quieren hacer política. Siéntense y comiencen a gobernar, porque creo que es ahora o nunca, y siempre es mejor estar sentado en la mesa dónde se decide el presente y futuro común que regresar a gritarles a sus fieles -eternas víctimas de la incompetencia de sus representantes- las mismas vacías e inútiles consignas en el yermo del autodestierro. Y déjense de líneas rojas y prioridades irrenunciables -es probable que las suyas y las mías tampoco coincidan-, den un paso adelante o regresen a las cloacas para siempre.

 

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Políticamente correcto

Hay quien suele usar o interpretar aquello de “políticamente correcto” según una personal apreciación que en numerosas ocasiones tiene poco o nada que ver con el origen del término, lo cual acaba siendo motivo de confusión más que de entendimiento.

La lengua no es sólo un vehículo de comunicación, también es una herramienta creada por el hombre que ordena y prefigura la realidad sustentando y nutriendo el mundo de los hablantes, el mismo mundo que organiza sus vidas y los objetos a su alcance dándoles una utilidad y un sentido más o menos definitivos. Y como en toda creación humana su pervivencia en el tiempo se complementa con las consiguientes modificaciones -renovaciones y supresiones- que sus creadores y mantenedores tienen a bien introducir con el paso de las generaciones. Es como parte de ese aspecto renovador del lenguaje que surge la noción o concepto “políticamente correcto”, un criterio que en principio pretendía evitar cualquier uso de la lengua que pudiera implicar una ofensa -vía nominal- hacia ciertas ortodoxias o grupos sociales, intentando impedir un juicio peyorativo u ofensivo mediante el acrítico nombrar y con ello el posible condicionamiento y/o perdida de consideración en el trato hacia determinadas situaciones y grupos sociales.

Reconocida la nueva competencia y considerando la prevención hacia el mero pero en algún modo ofensivo nombrar tocaba pulir la lengua de aquellos términos que pudieran dar lugar a equívocos o faltas de respeto, casos y situaciones que había que corregir por el bien de la común convivencia. Cuestión que tocaba a los hablantes advertir y corregir en sus reiteraciones, olvidos o simple desconocimiento a la hora de usar la propia lengua, asunto que, explicado en su momento, no suponía ningún esfuerzo alterar, rodear o evitar por parte del hablante.

Pero políticamente correcto también pasó a ser aquel juicio u opinión que no cuestionara o juzgara peyorativamente una postura o situación política o social, y no digamos criticar, obligando torticeramente al hablante a moderarse o cohibirse cuando lo que estaba haciendo era opinar o juzgar de modo contrario respecto a lo que en muchos casos era incorrecto o simplemente estaba mal; con ello se daba por hecho y necesario la aceptación voluntaria de un pensamiento único convertido de la noche a la mañana en una exclusiva y tendenciosa visión del mundo mantenida sin opciones ni alternativas por un poder que se pretendía absoluto y manipulador.

En otros casos también se terminó llamando políticamente correcto a un uso del lenguaje en el que no apareciera ningún exabrupto o voz malsonante, rápidamente tomada por ofensiva por quien o quienes, según su particular consideración, la rumiaban suficiente para rehuir toda confrontación y refugiarse en su egoísta e interesado punto de vista. Como tampoco tiene que ver políticamente correcto con la educación y el respeto a la hora de hablar, necesarios cuando se pretender atar la atención del oyente sin que necesariamente tenga que salir corriendo a las primeras de cambio porque ha decidido atascarse voluntariamente en una palabra o afirmación contraria tomada al instante como un insulto o salida de tono que venía como anillo al dedo para justificar su huida y con ella cualquier posibilidad de escucha y posible aceptación o entendimiento.

Desgraciadamente, esta manipulación interesada del término “políticamente correcto” y su cambiante significación, que nunca ha sido una deriva al azar, muestra un uso malévolo de la lengua por parte de aquellos preocupados por sostener una única realidad acorde a sus intereses, alejando hacia situaciones marginales despojadas de discurso o refugiadas en una terminología desfasada o futurista a quienes pudieran representar un obstáculo para sus ambiciones. Y lo que era un término nacido para dar cabida y ofrecer el respeto de una mano abierta a los que se mostraban o nos parecían contrarios o diferentes se convierte, de la noche a la mañana, en una expresión que acaba sacralizando las buenas costumbres de siempre según un pensamiento conservador que generalmente suele exhibir más inteligencia a la hora de actuar y apropiarse del presente y su única realidad mientras expulsa a sus oponentes a inevitables e inútiles disquisiciones sobre el futuro.

 

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Trabajando

¿Cuántos de los tipos que uno suele ver atornillados a la pantalla de un ordenador, con cara de palo y sin apenas pestañear, están realmente haciendo algo útil, ya sea para sí mismos o para los demás, incluido trabajar?

Difícil respuesta. A todos nos ha ocurrido alguna vez, o muchas, tener que esperar en una sala u oficina, da igual si en una empresa pública o privada, en la que ante nosotros se sentaban varias personas atentas con diligente aplicación a las pantallas de sus correspondientes ordenadores. Algo cohibidos por la situación -allí uno no deja de parecer un intruso que viene a molestar- nos hemos refugiado en alguna silla lo más alejada posible, si las había, dedicándonos desde nuestra posición a pasear la vista por la estancia sin cometer el error de detenernos en alguno de aquellos devotos del trabajo vía informática; aunque después de un rato, cuando la espera se prolongaba más de lo esperado y ya agotada la reserva de miradas al azar y sacado todo el provecho posible de la decoración o a cualquier cosa que se nos hubiera antojado curiosa o errónea no hemos tenido más remedio que tropezar con la tropa de enfrente y su eficiente y envidiable laboriosidad, primero tímidamente y luego con algo más de descaro, eso sí, procurando que ninguno de ellos llegara a notar nuestro vacilante inmiscuirse. Entonces solemos caer en la cuenta de que tampoco ninguno de aquellos nos devolvió el saludo cuando entramos, a algunos incluso pareció molestarle nuestra presencia a tenor de las miradas de indiferencia o lástima con las que nos correspondieron; y ahora también advertimos que desde que estamos allí entre ellos tampoco existe el mínimo contacto, quizás por la posible pérdida de tiempo o concentración. Tampoco se dirigen la palabra y mucho menos charlan o sonríen. Y después de otro rato ya no hay mucho más de lo que estirar, aquellos siguen a lo suyo y se empieza a fantasear sobre las importantes tareas que absorben a esos circunspectos y concentrados ejemplos de probidad laboral.

La sorpresa viene cuando la espera toca a su fin y por casualidad, durante un tiempo siempre breve, tropiezas con la posición desde la cual es posible ver una de las pantallas y lo que en ella sucede o se reproduce para al fin descubrir aquello que sostiene la devota atención del sujeto o sujetos en cuestión. Imagínenselo, elijan página, vídeo o juego. Fin de la historia.

Pero mi intención no es censurar lo que cada cual hace con su tiempo durante el horario laboral, se supone que todos somos mayorcitos para saberlo, sobre todo si tenemos la fortuna de tener un trabajo. Y he llegado a la conclusión de que cuanto más concentrado parece el sujeto y por lo tanto menos dado a corresponder con un saludo o sonrisa al recién llegado, gesto que una mínima educación debería dar por aprendido amén de puesto en práctica con cortés naturalidad, más estreñido y nervioso se muestra y consiguientemente menos importancia tiene lo que estuviera haciendo. Si el esfuerzo que dedicamos a parecer que trabajamos lo dedicáramos también, además de a trabajar -no soy yo quién para exigir, ritmos, celo y productividad-, a ser más amables y sociales con los demás haríamos menos molestas las esperas de algunos, y hasta jugaríamos más relajados, sin tener que fingir, puesto que todo fingimiento lleva aparejado una tensión física que puede desembocar en alguna enfermedad laboral.

 

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Cuando menos se espera

Que ante la parsimonia política general sostenida a base de relleno de mala calidad alimentado por discursos vacíos, sin chicha ni contenido tangible, declaraciones para salir del paso que ni siquiera llegaban a intrascendentes, advertencias sin destinatario en forma de brindis al sol, discursos rayados y ambiguos que ocultaban más que decían, una flagrante inoperancia comunicativa o la simple incompetencia personal haya tenido que ser la figura ornamental del rey y el ceremonial al que obliga esta imperfecta democracia que padecemos -como todas- la que haya dado el primer paso y en cierto modo forzado a sentarse a la mesa de una puñetera vez a quienes están obligados a enfrentarse o entenderse con propuestas creíbles y factibles no deja de resultar sonrojante. Que después de más de un mes ni unos ni otros hayan sido capaces de hacer política y concretar unos puntos comunes con los que empezar a trabajar y volver a hacer funcionar el poder de un país al cual todos aspiran y para el que supuestamente quieren trabajar no dice mucho de nuestros políticos, todos.

Tipos todavía agarrados a declaraciones de principios que a nadie interesan o sometidos a posiciones maximalistas que no conducen a ningún sitio porque parecen hablar de presentes diferentes bastante alejados de la realidad que uno creía conocer, llegando a hacernos dudar si vivimos en el mismo país. A lo que ha venido colaborando una prensa servil y de escaso o nulo valor político colonizada por plumillas a los que parece mover el odio, el miedo o el rencor personal, cerebros repetidos aplicados desde sus privilegiados púlpitos a enfangar el panorama general en nombre de una supuesta libertad de prensa que no aporta nada nuevo, más falsos temores, acusaciones inventadas y deseos de venganza, o el colmo de pretender desenmascarar al mismísimo diablo encarnado en la tierra por el sujeto de una inquina personal, o señalar a aquel otro como enemigo según las órdenes directas de quien les paga; vendidos.

A todo ello hay que añadir las presiones de caciques de todo tipo y color, veladas o no, hacia quien de dar un paso adelante y negociar sin permiso podría amenazar la añorada sinecura con tanto esfuerzo y años ganada y tal vez su desgraciada pérdida.

Y todo ello si descontamos el pozo de mierda, que no para de crecer, en el que se ha ido convirtiendo el partido actual y temporalmente en el poder.

Creo que a más de uno deberían darle una educación básica indispensable sobre cuestiones democráticas -no digo reeducar- y recordarle que la democracia, sin ser un sistema perfecto -repito-, obliga a dejarse de medias palabras y competir legalmente con los demás por un poder que se nos ofrece para que lo ejerzamos porque supuestamente sabemos lo que queremos hacer con él y porque nos preocupa la vida de nuestros conciudadanos, no nuestro orgullo de peón interesado y sin decencia política.

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Niños

Después de ver otra de las innumerables películas en la que alguno de sus personajes exclama abatido aquello tan manido de “son sólo unos niños” mientras llora a unas nuevas víctimas de ficción escogidas entre uno de los grupos sociales más perjudicados de la historia, vuelvo a sentirme incómodo, cansado de la misma propaganda y harto del uso interesado que suele hacerse de esa parte de la sociedad. Los niños, menores y/o adolescentes, suelen regresar diligentemente para lo que haga falta. Violentamente relegados por el poder más cruel a un papel menor que obvia y usa a su conveniencia sus particulares circunstancias, o las manipula y tergiversa para confundirlos y confundir al resto de la población, siempre vienen a pedir de boca para aquellos que, parapetados tras unas supuestas denuncias o evidencias, pretenden dar una cierta consistencia de veracidad a sus devaneos cinematográficos o publicitaros, disponiendo de su presencia y sufrimiento en el centro de una historia cualquiera y buscando en última instancia la enésima aflicción en un espectador que, como buen y experimentado adulto, sabrá encajarla con sabia resignación o dolorosa indiferencia para hundirse aún más en su personal impotencia de cero a la izquierda. Corresponde al lector, oyente o espectador de turno, como depositario final, caer rendido, triste y pensativo ante la sangrante prueba que le acaban de poner delante de sus mismas narices, nuevamente; aunque los hay que se jactan de su decencia y dureza de experto ufanándose en mostrar un corazón de piedra ante lo que ellos, iluminados, ven con aguda e inútil sabiduría como una forma más de engaño por parte del enemigo invisible, ese poder y su capacidad de manipulación que nadie conoce personalmente y todos entienden y comprenden a la perfección.

Ya hemos asumido de antemano que esos niños seguirán siendo unos de los trágicos protagonistas de nuestro descastado presente, traídos y llevados a capricho por cualquiera con visión publicitaria o ínfulas artísticas. Siempre los niños y el repetido sufrimiento de quienes parecen existir en este mundo como permanente moneda de cambio, proyectos de adultos que nunca serán y que nos empeñamos en parir y parir a sabiendas de que jamás podremos ofrecerles la vida que se merecen, cualquiera con un poco de dignidad y un mínimo horizonte de felicidad al que añadir el permanente agradecimiento por nuestra parte porque ellos nunca pidieron ver el sol.

Pero no es hora de pontificar ni de intentar convencer a nadie que no quiera, como ya está bien de renovar como pánfilos esa bastarda esperanza en una humanidad de inexplicable presente y complicado futuro. Las cosas no deberían ser así, por mucho que más de uno o muchos argumenten que si no fuera por esos ejemplos y revelaciones seríamos aún peores. No lo creo, el uso indiscriminado de los niños como pretexto no nos ha hecho ni nos va a hacer mejores, simplemente cambiamos de tema.

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Notas a Decidir

Entonces ¿qué piensa la gente de la calle sobre la moda del verbo decidir? ¿cualquier adulto de este país tiene una opinión acerca de lo que sucede a su alrededor? Además, una vez que alguien se lanza a decidir ¿dónde está el límite? ¿tiene derecho, por ejemplo, una población a decidir a qué organización política mayor o superior prefiere pertenecer? ¿Quién se lo va a prohibir? ¿El evidente silencio que se huele en la calle significa que esto no nos debe afectar? Supongo que todo el mundo sabe que de seguir adelante el caso catalán y sus más que posibles derivaciones regionales nuestras vidas cambiarían drásticamente, y me temo que a peor. ¿Por qué nadie dice que el país que actualmente tenemos lo hemos construido entre todos, que entre nosotros hay más cosas en común que diferencias, que un grupo más numeroso y cohesionado tiene más opciones para compartir, cooperar y prosperar, de lograr mayor estabilidad en el presente y un futuro más prometedor y que es actuar de mala fe intentar dejar el barco cuando las cosas van económicamente mal?

Nunca será una buena idea convertir el país en otra ex-Yugoslavia, un grupo de pequeñas naciones permanentemente enfrentadas e irrelevantes a nivel internacional.

Que un gobierno muerto como el actual solo disponga de un rancio nacional-catolicismo igual de cateto para hacer frente a la moda del derecho a decidir no significa que cada cual no intente y pueda defender el valor del trabajo en común para conseguir más para un mayor número de ciudadanos, que es lo que en definitiva somos todos. Que estos parroquialismos del siglo XIX -perdón por la grosería, el término políticamente correcto sería “las diferentes sensibilidades nacionales»- dejen a la mayoría de la ciudadanía muda y sin respuestas, como si la cosa no fuera con ella, es más vergonzante que triste. Sobre todo cuando la cuestión de fondo se limita a intentar hacer prevalecer lo mío a costa de lo del vecino mediante la incongruente ostentación de anticuados tribalismos que nada tienen que hacer frente a los auténticos poderes de este siglo XXI.

¿Por qué nuestros políticos tienen unos horizontes tan limitados? ¿Por qué no son capaces de defender con claridad un único proyecto común y dejar a un lado definitivamente esas anacrónicas mezquindades de otros tiempos? Aunque temo que probablemente me he vuelto a equivocar, pues vivo en un país de profesionales cualificados y económicamente independientes a los que les importa un bledo a qué hacienda defraudar los impuestos. ¿Dónde podría irme?

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Decidir

Que tantas personas hablen o utilicen últimamente en sus conversaciones el verbo decidir, ponderen sobre sus excelencias o lo exijan como principio sin saber muy bien de dónde proviene tal moda no es fruto de la casualidad ni algo que impongan los tiempos.

En nuestras vidas estamos continuamente habituados y exigidos a decidir, por acción u omisión, sin andar instalándonos en un periodo reflexivo especial ni obligados a crear un punto y aparte antes de cada asentimiento o negación a lo por venir; el mundo que tenemos lo venimos haciendo diariamente entre todos con nuestras propias decisiones, es lo que queremos y está ahí, a la vista, luego no podemos redescubrir como novedosa o ineludible una actividad que ya es cotidiana. La cantinela en la que viene envuelto el verbo decidir obedece a una campaña que persigue unos propósitos específicos a costa de la aparente neutralidad del mismo verbo. La naturaleza de tal manipulación y el objetivo final, que no deja de ser una imposición interesada y partidista, lo verá quien quiera verlo.

Es como aquella pregunta estúpida y malintencionada que se les hace a los niños, ¿a quién quieres más, a tu papá o a tu mamá? Y el chaval se ve de pronto metido en un berenjenal del que no sabe muy bien cómo salir porque nunca antes ha necesitado preguntárselo; porque el amor a sus padres es una realidad con la que vive, demostrada día a día con sus actos y su relación con ellos. Un amor repleto de hechos que no necesita de una recapitulación ni de una pregunta tan inútil como perversa. La cuestión es quién y para qué se conciben tales preguntas-trampa, preguntas que no tienen nada de imparciales ni de ingenuas.

Uno mismo sabe de sus filiaciones y sentimientos en la práctica diaria, los muestra con sus actos, como también sabe de sus diferencias tal y como todos sabemos diferenciar entre el amor a un hijo y el amor a tu pareja sin necesidad de que venga nadie a imponernos un antes y un después o a juzgarnos por su pureza y conveniencia, o nos obligue a decidir cuál es mejor.

Entonces, qué contestarían si nos conminaran a elegir una de estas tres respuestas: ¿En caso de necesidad a quién mataría antes, a su padre, a su madre o, no sabe no contesta? Probablemente la mayoría de las personas, al tener que decidirse inevitablemente por una opción, se decantarían por la tercera, lo que en cierto modo los convierte en unos estúpidos que simplemente no saben. Cuando la opción correcta tal vez fuera la de eliminar al tipo o tipos que conciben tales estratagemas de manipulación pública haciéndolas pasar como normales e inocentes.

En este caso el fin perseguido está antes que la propia palabra, luego no existe tal imparcialidad o legalidad, sino la exigencia de una imposición torticera disfrazada de ingenua y casta caperucita.

 

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Autistas

Hay ocasiones en las que es muy difícil o casi imposible hacerse entender puesto que una de las partes que interviene en la conversación impone un particular punto de vista que principalmente consiste en no tener un punto de vista respecto a lo que no le interesa o no interviene o afecta directamente a su vida particular, la vida social no existe o es otra extensión de un yo único y exclusivo; cada cual es libre de hacer todo aquello que le venga en gana si con ello disfruta o es feliz. El problema de esta posición es que resulta imposible mantener una conversación en la que haya opiniones contrapuestas porque las posibles discusiones, enfrentamientos o diferencias de pareceres significan una pérdida de tiempo, todas las opiniones son siempre respetables y las razones son tan inextricables y propias que el otro no tiene por qué aceptarlas y ni mucho menos entender. Estas personas ignoran olímpicamente -y se jactan de ello- todo lo que a su alrededor ni les afecta ni les interesa. Su voluntad se alimenta de un caprichoso aspecto personal e intransferible que exhibe y defiende a ultranza una libertad sin responsabilidades, un auténtico hacer que lo que dé la gana en el que el único condicionante es el dinero, un yo quiero en el que jamás aparece lo colectivo, el resto de las personas, la humanidad, el reino animal o la entera tierra. Más claro, uno tiene todo el derecho a hacer lo que quiera en función del dinero que disponga.

Por ejemplo, ¿que a usted le apetece escribir un libro sin tener idea de escribir? lo escribe, lo autoedita, lo reparte entre sus familiares y amigos y tan campante. Aprendizaje, tiempo, historia, lecturas, literatura, materiales invertidos o residuos finales, incluido el propio libro, no son cuestiones significativas porque lo único importante es que usted haya sido feliz haciéndolo. Que el libro es infumable o de vergüenza ajena ¡qué más da! si a mí particularmente la literatura y la cultura en general no me interesan, como si no existieran. Vamos al otro lado, para variar, ¿que usted sueña una noche con delfines blancos y de pronto siente la imperiosa necesidad de verlos y nadar junto a ellos? pues, como el que escribe un libro porque le apetece, nada mejor que cruzar medio mundo en un avión directo a las antípodas a la primera oportunidad, exigir un hotel de cinco estrellas de calidad, comida exótica en abundancia, un portentoso vehículo que le lleve hasta el mismo nido de los bichos y un experto que lo sitúe a tiro de cámara para que usted pueda sacar unas inmejorables instantáneas con las que fardar ante sus amigos. En el fondo se trata de las mismas cosas y es cuestión de gustos.

Estamos perdiendo o hemos perdido ya el sentido de lo colectivo, repudiamos arrogantemente la experiencia y el pasado y despreciamos los significados del adjetivo común y del verbo compartir además de haber olvidado el respeto a lo que ha sido o existe y es sin nuestra banal y libre intromisión y sin necesitarnos.

 

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Inocentes

Unos tres mil individuos que se autodefinen como “antisistema” y sin embargo viven y medran dentro del sistema que detestan vienen utilizando los propios medios del sistema para intentar desmantelarlo con la aquiescencia de un típico y genuino cacique del sistema que pretende salirse del sistema que lo avala con el apoyo de aquellos para formar un minisistema igual que el mayor pero a la medida de su ambición que organice el presente y futuro de más de siete millones de inocentes que asisten al espectáculo como simples espectadores en el limbo de los sistemas.

 

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