Atavismos (1)

La entrada referida al proyecto educativo de la tauromaquia también podría haberse titulado de este otro modo: atavismos, esos comportamientos que fomentan e intentan mantener vigentes ideas y formas de pensar y vivir propias de nuestros antepasados, es decir, de otros tiempos; también hábitos, costumbres y, como gustan llamarlas algunos para concederles cierto peso o importancia, tradiciones. Hechos y situaciones en posesión de un precario sello de intocables sobre las que suele estar mal visto hablar en contra o directamente prohibido, así como cuestionar o criticar, dando por hecho que con ello se intenta afear o dudar de una supuesta popularidad o raigambre con la que aún cuentan entre la población. En general, los supuestos defensores o valedores intentan con ello hacerlas pasar como actuales por derecho propio, cuando sólo son restos de procedimientos, conductas y actuaciones más bien rancias y desfasadas cada vez más difíciles de justificar en un presente en el que se acabara abriendo paso un franco vacío social que hará más y más difícil la búsqueda de apoyos o el lugar y pertinencia de una mínima justificación. Celebraciones, situaciones, efemérides, ocupaciones y representaciones que, con más o menos ruido, tienen su muerte o desaparición prescrita de antemano; mientras, se mantienen y van pasando al mismo tiempo que muriendo poco a poco, como el número de sus favorecedores, número que irá disminuyendo hasta que llegue el tiempo en el que nadie hable sobre ellas o pregunte sorprendido por qué simplemente ya no están. Hasta entonces aguantaran cogidas por los pelos al calor de unos pocos y cada vez más descolocados defensores con los que será mejor no discutir por no meterse directamente en problemas injustificados o directamente sin sentido, minorías cada vez más aisladas que intentarán contra natura la pervivencia y mantenimiento de sus añejas aficiones antes que reconocer el destino al que inevitablemente están abocadas, su vencimiento y extinción, sencillamente porque los tiempos y las generaciones cambian y con ellas sus amores y dedicaciones. El toreo es uno de esos atavismos, y otro que últimamente aparece con demasiada frecuencia en las páginas de las noticias es la caza como placer.

Ya el fallecido Miguel Delibes tuvo en vida los consiguientes problemas a la hora de hacer entender a muchos de sus lectores los supuestos valores de la caza, a la que era un gran aficionado amén de antiguo practicante; ni siquiera echando mano de un particular amor a la naturaleza propiciado por las solitarias y prolongadas estancias en plena campiña sirviéndose de lo mínimo para mantenerse despierto y a punto lograba su objetivo; o intentando hacer partícipes a los lectores del saludable ejercicio que proporcionaban las largas caminatas en busca de piezas. Hablaba de ese sabor especial de sentirse fiel y testigo especial del largo camino del sol completando su recorrido diario, desde su espléndida salida hasta que alcanzaba el ocaso, o cómo el aire y los aromas de un mismo día van cambiando e impregnando el alma del hombre solitario; o las mil sensaciones sentidas a flor de piel tan difíciles de transmitir a quienes nunca han disfrutado de la naturaleza desde la más íntima humildad. Cómo a partir de la incierta o experta búsqueda y rastreo de la pieza, del conocimiento y predicción de sus hábitos se llegaba al reconocimiento y admiración de la misma vida abriéndose camino; del respeto y el valor de la pieza no como mero trofeo sino como parte crucial de un exclusivo nicho natural que el hombre interrumpía y profanaba de manera mortal provisto de una cada vez más efectiva y moderna tecnología. Porque el objetivo último que mueve al cazador, incluso en su sincero amor hacia la naturaleza, a su ancestral sabiduría y al respeto al que obliga a sus hijos, es la muerte violenta.

Si hay que aprender a amar la naturaleza teniendo a la muerte como fin último de nuestra aproximación a ella existe de partida un error de bulto al que tal vez no queremos enfrentamos, prefiriendo rodear y justificarlo y con él a nosotros mismos incapaces de resolver los dilemas y las evidentes contradicciones que generan nuestros propios actos.

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Cosas de niños

Hace días aparecía en alguna prensa niños disfrazados de políticos españoles actuando de políticos. No sé por qué o a quién se le ocurre la idea de disfrazar a varios niños, afortunadamente todavía alejados de la política, los políticos y sus menudencias, y situarlos en un hipotético parlamente jugando a ser mayores. Tal vez el motivo principal sea o haya sido la proximidad de la importada noche de Halloween y su festiva propensión a los sustos con sus correspondientes disfraces. Porque no hay cosa más terrorífica que disfrazar a chavales felices y ajenos a la porquería de ciertos círculos de adultos y hacerles comportarse como monstruos fingiendo dirigir la política de este país. Puede que una de las intenciones ocultas para llevar a cabo tal montaje sea la de advertir y asustar al personal con la amenaza de un futuro similar al actual. Aquí tenéis a los meapilas y chorizos de mañana, váyanse preparando porque les viene más de lo mismo, no van a tener en sus vidas un momento de descanso, les robaremos hasta el alma, hipotecas y futuras pensiones incluidas. Estos que ahora ven tan alegres e ingenuos se las gastarán igual o peor que los actuales, además, con estas prácticas absorben como esponjas y ya saben cómo ojear las noticias para tomar ejemplo de por dónde han de ir los tiros si uno pretende promocionar en política en este país.

Menos mal que los chavales parecen tomárselo con calma e incluso lo encuentran divertido, aunque puede que a alguno le llegue a ilusionar la juerga y decida tomar nota para más adelante, cuando lleguen sus años; no deja de ser una buena opción para un relativamente arriesgado futuro -basta con ser más listo que el resto- en el que ser honrado no parece suficiente. Los niños son niños, no imbéciles, por eso puede que alguno concluya para sí: si ahora estamos como dicen que estamos y a estos los adultos les siguen votando no hay por qué cambiar mañana lo que hoy funciona. El famoso que aparece en las noticias saliendo y entrando de puertas y más puertas pero libre y rico puedo ser yo. La gente olvida pronto.

Aunque puestos a caracterizar a críos de políticos, aparecerían aún más terroríficos si los disfrazáramos de Jordi Pujol, Bárcenas, Ana Mato, Julián Muñoz etc. el filón no se agota; entonces sí que pintarían terribles y amedrentadores, pero probablemente la gracia del invento se iría convirtiendo en una helada mueca de terror. Al fin y al cabo una parte de la política actual, si exceptuamos esos vientos regeneracionistas que tan rápido como vienen se van, desfila por esos barbechos. Se trata de permanecer dónde uno está mientras las cosas se mueven alrededor -las mueven otros-, es decir no moverse para salir en la foto o, si se pone a tiro, adelantarse al fotógrafo y robarle la cámara. Sacar tajada mientras unos y otros andan preguntándose qué rumbo tomará el futuro, así, para cuando llegue y los demás sigan quejándose o preguntando qué pasó, uno ya estará fuera del punto de mira; es decir, si se hace todo bien y no se cometen errores, que no te pillen.

Pero si uno se deja de semejantes tonterías y sale a la calle para preguntar a chavales de tercero o cuarto de la ESO, por ejemplo, qué piensan sobre la política y los políticos obtendrá una visión más ajustada a la realidad que esos juego de periodistas aburridos, una opinión general mucho más certera y contrastada que las dudas, risas e incomprensión de los más pequeños. Estos, un poco mayores, tienen el defecto de identificar a las primeras de cambio política con robar, sin dudas ni concesiones, coinciden en los calificativos, a cual más denostativo, y no admiten componendas, buena voluntad ni justificaciones. Corrupción, política y políticos es exactamente lo mismo. Los más lanzados incluso están deseando llegar a la edad correspondiente para echarse a las urnas y ponerse a blanquear, total, nunca les pasa nada, como está aforados nadie puede tocarles un pelo y, además, con el dinero que ya tienen pueden pagar los mejores abogados y salir libres y orondos

Esto sí que es divertido, para partirse el culo de risa como niños.

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Gastromanía

Ahora que tampoco vamos a poder comer carne, de buena o mala calidad y disponga uno de dinero o no para adquirirla, es el momento de la cocina imaginativa, es decir, más o menos lo mismo que hasta hoy, dar con la fórmula para llenar el estómago disfrazando de manera atractiva, tanto para la propia conciencia como para la vista, los elementos químicos indispensables que toda persona necesita para mantenerse en este mundo sana y feliz. Posiblemente haya llegado la hora de tantos y tantos que, dormidos o atrapados en las rutinas cárnicas de siempre -jamón y solomillo incluidos-, por fin van a poder dar rienda suelta a sus sueños alquímicos más recónditos y fabular una vida plena de desayunos, comidas y cenas sin la obligatoriedad de la envidiada y a la vez denostada carne, la misma por la que antes tal vez suspiraran y no podían ingerir -debido a problemas económicos o de salud-; ya no será necesario, el mundo de la cocina -incluidos el solomillo de algas y el jamón de saltamontes- se abre de par en par y esta vez es real.

Tanto tiempo rumiando y pensando en un buen filete o en un jamón de pata negra y de pronto resulta que si queremos vivir más años -el informe no dice de qué modo- hemos de dejarlos definitivamente de lado como si fueran veneno. ¿Qué comer entonces? ¿pescado? pero las mayores piezas, las de lomos más grandes y suculentos, llegan al plato con un alto contenido en plomo que también es tremendamente peligroso para la salud; y los pescados más pequeños vienen provistos con un gran número de raspas que incomodan bastante a la hora de saborearlos, aunque, bueno, por eso no hay que preocuparse, siempre se ha dicho que la esencia viene en frascos pequeños y el que no se conforma es porque no quiere. El marisco probablemente suba de precio, el congelado, el otro sólo es accesible a quienes disponen de más dinero que tiempo para partirlo o trocearlo; pero tampoco, porque cuando uno tiene que presumir de status es preferible no mancharse las manos y decantarse por la cocina de calidad, esa esotérica transmutación que poco o nada tiene que ver con la alimentación y sí con las misteriosas prácticas de unos señores locamente enamorados del fuego y el nitrógeno líquido; visionarios y adelantados que, por ejemplo, incapaces de preocuparse o dar con la solución para resolver el hambre en el mundo -o es que sencillamente les importa un pimiento-, decidieron que el objeto de su dedicación debía ser mucho más exclusivo y mejor apreciado por esos otros señores a los que gustan adular y agasajar con sus fórmula mágicas, poderosos de toda ralea, esos privilegiados que entre plato y plato de diseño y botella de renombre gustan discutir de porcentajes y dividendos sin saber exactamente de qué están hablando, luego, cuando se miran el bolsillo, lo entienden mejor.

Comencé hablando de carne y he acabado metido en política, o en economía, que hoy por hoy viene a ser lo mismo, ocurre en cualquier conversación cuando ésta se prolonga y los temas se van sucediendo, tarde o temprano se termina hablando de política, eso quiere decir que llevaban razón aquellos que decían que en este mundo todo es política; si uno no quiere verlo así es su problema. Aunque, visto del revés, también todo es comida, o cocina; pero hablando de política o con su práctica es posible conseguir pequeñas y grandes cosas con las que mucha más gente puede vivir de forma más sana y feliz; en cambio, con la cocina… no sé si lo han sufrido, pero no hay cosa más frustrante y aburrida, amén de mortífera, que un tipo hablando las veinticuatro horas de comida y cocina -probablemente por miedo a hablar de política, por voluntaria ignorancia o por simple estupidez. Platos y más platos, preparados, utensilios, pruebas e inventos asquerosos o imposibles y demás majaderías con las que entretener tiempo y cerebro, aunque a esas alturas la materia gris de un tipo así debe de estar completamente diluida o convertida en una espuma de egotista ignorancia. Uno cocina y come para vivir, no vive para cocinar y comer. Perdón por la vulgaridad, un experto diría saborear, o algún otro verbo más exquisito o todavía por inventar; es tal la capacidad de abstracción que procura la química de los fogones que el mundo real acaba convertido en una reducción de ombligo.

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Mamporreros

“La tauromaquia es una manifestación artística desvinculada de ideologías que forma parte de la cultura tradicional y popular. El futuro de la tauromaquia está ligado a su consideración como parte esencial del Patrimonio Histórico, Artístico, Cultural y Etnográfico de España”.

“La fiesta de los toros y los espectáculos taurinos populares están sujetos a constante evolución, sin que se puedan hacer conjeturas sobre de qué manera se adaptarán a las sensibilidades cambiantes de nuestros tiempos u otros venideros”.

Estos párrafos y otros similares acompañan y en cierto modo tratan de justificar un proyecto educativo (?) que intenta impedir que chavales de entre quince y diecisiete años con problemas de aprendizaje se salgan del redil; su objetivo es reintegrarlos a la sociedad como subalternos competentes en lugar de esforzarse por recuperarlos para que puedan labrarse un futuro como el que más; alguien ha decidido que sus limitaciones son y serán permanentes y que los quince años son una buena edad para empezar a cavar la propia tumba, y para ello lo mejor que esta sociedad puede ofrecerles es convertirse en serviciales mamporreros. La propia imprecisión de los párrafos, su retórica vacía y la incongruencia del proyecto -presentado como una especie de sugerencia a nadie dirigida- lo dice todo. Porque ya no hay forma humana de justificar el sanguinolento desaguisado que en la actualidad todavía representan las corridas de toros, una reliquia del pasado hoy en manos de una chulesca intelectualidad de puro, taberna y desfile de moda que a falta de proyectos imaginativos o socialmente útiles dedica su tiempo de ocio y negocio a sobar el lomo de unos supuestos artistas (?), los toreros -algunos hasta leen libros-, dedicados a perpetuar una brutalidad pública huera y agotada que no dice nada interesante de quienes la practican -tal vez propiciar algún estudio antropológico sobre el origen, desarrollo y manifestaciones de la crueldad en la especie humana. Los tiempos en los que el toreo podía tener alguna interpretación van quedando atrás -si no lo han hecho ya definitivamente-, hoy día la incongruencia de su existencia, y la de cualquier hipotético espectáculo que tenga como motivo la humillación pública y/o muerte de un animal vivo, cae por su propio peso, y con el paso del tiempo tales negocios quedaran en la memoria como antiguos y salvajes anacronismos similares a los gladiadores en el Imperio Romano. Criar, encerrar, acorralar, picar, acuchillar y dejar desangrar hasta la muerte a un animal, que preferiría vivir en libertad antes que sufrir semejante violencia, para divertimiento público, aparte de ser un espectáculo de nula imaginación, es un desatino de difícil calificación, ni siquiera la etiqueta de artístico con la que los más desnortados todavía intentan adornar toda la parafernalia que se mueve alrededor justifica el cruel desaguisado en el que se apoya. Hoy no tiene sentido.

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Siempre Alice

Siempre me ha sucedido a la hora de sentarme ante una película de estas características, al final acabo preguntándome si lo que he visto es lo que normalmente se entiende, o personalmente entiendo por cine. Sí es cine, puesto que el medio es el medio cinematográfico, y hay otra razón aún más poderosa, no han de ponerse límites a lo que puede exponerse en una gran pantalla, aunque ello implique tener que aguantar tanto despropósito etiquetado como cine que sólo es material de relleno montado de cualquier manera, o tragarse los delirios de grandeza de algunos tipos que oyeron por ahí eso del cine de autor y se empeñan en filmar sus fantasmas y desvaríos personales en formato de lujo.

El cine como medio ofrece la posibilidad de divulgar y popularizar documentos y creaciones específicas que ponen al alcance del público problemas y situaciones que, de otro modo, serían ignoradas o pasarían desapercibidas para una mayoría. También puede utilizarse el cine para concienciar a la gente sobre problemas de cierta importancia sufridos o sólo conocidos en círculos reducidos. Sin embargo, sigo diferenciando el cine como un trabajo que comienza y acaba en sí mismo, la película, una producción exclusiva con una historia y unos protagonistas únicos -lo que no impide que tema y personajes puedan representar o ejemplarizar cualquier situación de la vida real. Una película cuenta una historia ficticia o con visos de realidad y el espectador, olvidado de sí mismo, disfruta o sufre con ella al sentirse atrapado entre sus hilos viviendo las vicisitudes de los personajes. Viene a mi memoria un documental de hace unos años, Searching for Sugar Man, la pequeña o gran historia artística del desconocido cantante norteamericano Sixto Rodríguez, quien triunfó en Sudáfrica sin que él mismo lo supiera. En este caso, a las sorprendentes circunstancias de la historia se añadía un excelente guión que atrapaba al espectador como si se tratara de una película más; la narración de unos hechos reales estaba tan bien montada y dirigida que uno llegaba a emocionarse a medida que iban transcurriendo los minutos y descubría cada uno de los pasos que llevaron al protagonista a conocer su éxito en la otra punta del mundo. Allí era tan importante la historia como la forma de contarla.

Pero el cine es fundamentalmente contar, y Siempre Alice cuenta una historia que, según mi parecer, se parece demasiado a un documental. No pretendo entrar a valorar la importancia o actualidad del tema de la película, pero al margen de la interpretación de la protagonista -muy por encima del resto y por la que Julianne Moore recibió un Oscar- uno tiene la impresión de haber visto un documental sobre los estragos que produce la enfermedad de Alzheimer en el enfermo y el mundo que le rodea. Es cierto que la acción podría haber retratado a otros personajes con menor poder adquisitivo y situaciones personales mucho más peliagudas o conflictivas intentando hacer más sangre en el espectador; pero, en cualquier caso, creo que la cinta se parece más a una dramatización documental que una película tal y como suelo entender. Por eso me queda esa extraña sensación, la duda entre película o documental.

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Dios

El portero del Real Madrid paró el penalti y con gesto desafiante levantó el brazo al cielo gritando con cara de mala hostia: “gracias Dios”. Un tuteante agradecimiento que, en directo y a palo seco, me pareció escalofriante, un gesto jactancioso y pendenciero capaz de poner los pelos de punta al más pintado. Luego explicó a un periodista semianalfabeto que paró el penalti gracias a Dios, porque Dios siempre está con él. Imagino que todavía habrá quien piense que sólo son formas de hablar; pero dejémonos de suposiciones y frases hechas, visto y oído ese señor se cree en posesión exclusiva de un Dios personal y partidista, un ser parcial y competitivo que colabora activamente en ayudarle a ganar -y consiguientemente a su equipo-, o al menos a no perder. Desgraciadamente hay convicciones más fuertes que la voluntad de las personas. Claro, según esa férrea y obtusa forma de ver las cosas al señor portero le importaba una higa que al jugador que lanzó el penalti también se le hubiera ocurrido pedirle a Dios -¡¡al mismo Dios!!- que le ayudara a meter el balón entre los tres palos, ni se le pasó por la cabeza; estos tipos están convencidos de que la vida en este mundo es una gigantesca competición en la que el que más reza más consigue. Antiguamente se mataba con la misma convicción y fiereza por ese mismo Dios. Porque, de partida y más allá de cualquier razonamiento, el señor que tira el penalti es su enemigo, el contrario, alguien que no tiene cabida ni en su fe ni en su Dios, luego jamás podrá ser ayudado, porque él está antes, o es diferente, o se esfuerza más, tiene más fe y su Dios… ¡cómo van a tener el mismo Dios si a él le hace parar el penalti y al otro fallarlo! Pero dicen que Dios hay sólo uno y su palabra predica que todos somos hermanos y hemos de convivir en armonía y buena voluntad… pero a la hora de los penaltis las cosas cambian… en fin, un lio.

El caso es que puestos a creer en ese Dios tan particular nunca sabremos qué le hizo decantarse por el portero, tal vez que éste rezó y lo pidió con más fuerza y firmeza que el otro, o quizás es que puso en el lance pelotero más fe que el delantero; porque lo del jamón no viene al caso.

Esos tipos tan serios, arrogantes y bravucones a la hora de hablar de Dios, casi hasta para ir a mear, dan miedo. Cuando se expresan de ese modo parecen máscaras incapaces de sonreír y uno tiene la sensación de que no son ellos quienes hablan, su rostro se vuelve inexpresivo y sin luz, tal que estatuas profiriendo sentencias manipuladas o dirigidas desde un subconsciente inhumano al que parece imposible llegar o sentir cercano -ese Dios-; su fe en SU Dios está por encima de los demás y cuesta creer que alcancen a concebir un Dios universal en común con otras personas.

Pero no puedo olvidar ese clamar al cielo con mirada de killer, me produce escalofríos; imaginen las cosas de las que puede ser capaz una persona si le da por autoconvencerse de que Dios está permanentemente a su lado obnubilándole la razón y haciendo de su vida un permanente desafío en el que los demás aparecen como enemigos. Es aquello de quien no está conmigo está contra mí; de ahí a la violenta cerrazón de los miembros del Estado islámico sólo hay un paso… ¡bendita Ilustración!

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Muertos

Conversaba con mis compañeros ajeno a lo que ocurría alrededor cuando tuve que hacerme a un lado para dejar pasar y sentarse en la mesa contigua a un señor grande y bien vestido que se movía con cierta lentitud. Tras el favor seguí con lo mío, con lo nuestro. Pero a partir de ese momento no pude evitar captar partes sueltas de la conversación, en tono más bien alto o despreocupado, de la mesa de atrás, la que ocupaban el antedicho señor y un par de mujeres de las que no puedo precisar la edad. La conversación, más bien intrascendente y de circunstancias, saltaba de un sitio a otro sin mucho orden porque lo importante era la conversación en sí, el hecho de estar allí sentados hablando, viviendo, en el sentido más concreto y limpio de la palabra. En un momento determinado el tipo se puso a hablar de las dificultades, no sé si físicas o de ánimo, para salir de casa, a dar un paseo, tomarse un café o ver el sol en directo, actividades más plácidas y cordiales que el trajín diario de cualquier otra persona más o menos activa; y en esas estaba cuando no tuve más remedio que detenerme en una de las frases con las que aquel señor entretenía a sus contertulias… “cuando salgo o pensándolo en casa caigo en la cuenta de que conozco a más muertos que vivos. Tal cual, entonces hice un alto en la conversación que me concernía e intenté anotar mentalmente lo que acaba de oír; afirmación que indudablemente sólo podían venir de un tipo de bastante más edad que yo. Al margen de la incoherencia o error de la frase, “conocer a más muertos que vivos”, el sentido de la misma era claro y certero, dibujando en la imaginación del inesperado oyente una hipotética balanza de rostros e imágenes en la que el peso de lo recordado era mucho mayor, al parecer con diferencia, que los rostros y lugares del presente; sin embargo, no pude advertir si en sus palabras había un deje de pesar ensombreciéndolas o más bien una muestra de impotencia o resignación y algo de sorpresa ante lo inevitable en las cosas del vivir. Y la pregunta que surgió a continuación fue en qué modo es interesante, aceptable o merece la pena la vida para una persona en tales circunstancias; si continuar vivo se convierte en una actividad desesperada o contra reloj o, en cambio, se puede vivir de forma relajada y feliz, independientemente del interés que siga poseyendo este acelerado mundo. Supongo que el señor en cuestión tendría gente a la que ver con gusto y regularidad y con la que compartir su tiempo, con la que disfrutar de buenos momentos en compañía y ellos con él; verse y charlar o preguntarse por todo aquello que nos preguntamos cuando no se nos ocurre nada que decir pero no queremos irnos todavía. Por no hablar de la presencia de una hipotética familia que, al margen del obligado débito para con los propios, mejor o peor llevado, siempre es un lugar o refugio en el que disfrutar o solazarse cuando los tiempos no son propicios o se precisa esa compañía sin palabras que sólo los más cercanos, a pesar incluso de su inintencionada indiferencia o sus atareados presentes, pueden ofrecerte.

Con todo, cuesta imaginar esa sensación, no sé si, como he dicho antes, de impotencia, resignación o de cierta soledad a la que induce la frase que ha motivado estas letras. La ausencia de tantos a los que uno estaba habituado a saludar, a los que quería, con los que hablaba, discutía o incluso llegó a odiar y que ya no están en este mundo, han dejado de formar parte de una vida que comienza a resentirse preguntándose de forma sorprendente e ingenua por tantos huecos sin renovar. Esos muertos “conocidos” que ya son más o muchos más que los vivos que conoces. Cómo responden el cuerpo y el alma, la misma voluntad, y cómo empujan esas fuerzas que cada mañana han de hacer acopio del valor necesario para sacar los pies fuera de la cama y decirle al sol, allá voy, otro día más y aquí sigo, aunque tenga que volver a buscarme y buscar en este cada vez más raquítico presente que me gobierna y sobre el que mis pies me siguen manteniendo firme, porque todavía no es momento para despedidas.

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Agujeros

De pronto los martes y los miércoles amanecen como unos agujeros enormes a poco de comenzar la semana, largos y empinados, sin nada que los haga atractivos e interesantes, sólo la rutina que cada amanecer obliga a inclinar un poco más la cabeza y de la que ya no es posible obtener fuerzas para revelarse contra ese nuevo vacío impuesto, esa nueva vuelta de tuerca que el sistema ha puesto en funcionamiento. El pobre ciudadano físico, el cuerpo material que tiene que bregar con los días y sus horas vuelve a sentirse desorientado en la inmensa soledad de sí mismo, le falta algo a su habitual presente, una conexión que tan sólo unos meses antes aparecía activa y volvía a reactivarse por estas fechas. Obviando su elemental y dependiente constitución el ciudadano echa en falta algo que creía indispensable y que chupaba su tiempo, algo a lo que estaba conectado, o más o menos abonado, al parecer sin percatarse de ello. Harto de la crisis, los refugiados y la matraca independentista catalana que copa hasta los diarios deportivos los martes y miércoles de antes se han esfumado, ahora pintan desérticos sin fútbol, no hay “Champions”, cunde la ansiedad y se reproducen las preguntas ¿qué hacer un martes o un miércoles cualquiera con esas interminables horas de la tarde? ¿aguardar al fin de semana a que llegue la liga? Algunos ya están pensando en cómo pagar, de donde arañar otros poquitos euros -¡no es tan caro!- para poder ver unos partidos de pronto tan interesantes. Otros más listos o avispados ya andan entre aplicaciones, programas o tarjetas piratas para no perderse ninguno sin gastarse un duro. Lo de siempre. Pero no todo suena bien, corren rumores de que los partidos no pueden verse con comodidad, falla la señal, se va la imagen, las nuevas cadenas no funcionan tan bien como venden.

Más de lo mismo, ante el escaso valor acumulado de tantos días repetidos, ante las difíciles conexiones de cada cual consigo mismo, asediados o cansados de ellas e imposible de interrumpir o diferir ya que suelen ser una fuente de problemas y sinsabores más que de satisfacciones, incapaces de dedicar esfuerzos a sanearlas o renovarlas urgen las conexiones con el exterior; y para rematar la faena, las que hace unos meses no se tomaban en consideración porque estaban ahí de forma permanente ahora, convertidas en propiedades exclusivas de otros, exigen un derecho de admisión que por supuesto pasa por el inevitable pago mensual. Sin nada en el horizonte tan fácil de digerir y que deje un poso tan benigno, excepto para los más enfebrecidos, esos capaces de hacer confluir en un balón golpeado por otros aburrimiento, fracasos, venganzas, aspiraciones personales e incluso reivindicaciones históricas, aunque luego se tenga el patio propio hecho un estercolero, el fútbol es la solución. Hoy el fútbol de los fines de semana se muestra insuficiente para satisfacer las necesidades de conectarse y salir de uno mismo, se necesita fútbol toda la semana, un tema del que hablar a cualquier hora y que ocupe estas tardes de otoño que cada vez cuesta más sacar adelante porque los días van oscureciéndose poco a poco y el fresco te para en la puerta pensando si merece la pena salir a la calle; además, hay fútbol.

Con todos los equipos españoles que hay jugando por Europa no se puede permanecer de brazos cruzados o dedicarse a intentar conectarse consigo mismo y acabar deprimiéndose, tampoco merece la pena inventar algo con lo que entretenerse… y, pensándolo bien, las ofertas de las nuevas operadoras parecen interesantes, por unos pocos euros se pueden ver todos los partidos que uno quiera o pueda, la cosa no es moco de pavo y el problema se limita a decidir de dónde se quitan esos euros para el abono -y eso de que funcionan mal probablemente sea un bulo interesado-… aunque las tarjetas piratas cuestan un poco más y te ahorras los pagos mensuales… y dicen que funcionan bien…

 

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Telenovelas

Vuelvo a tropezar con cosas y situaciones que conozco de oídas o veo de lejos y me pillan en las antípodas de mi día a día, y aunque puedo saber de ellas por amigos, conocidos o por casualidad no dejo de sorprenderme cuando me alcanzan sentado a o traición, es decir, dejo por cualquier circunstancia de hacer lo que estaba haciendo y me doy de bruces con ello. El tema es más curioso que importante; afortunadamente el mundo todavía resulta demasiado grande para llegar a todos sitios. He permanecido sentado por primera vez en esas horas de la siesta en las que el cuerpo no está para muchos trotes ante un capítulo de una telenovela que emite La 1, Acacias 38, creo que se titula, y ha sido como asistir en primera persona a una radionovela de las que, durante mi infancia, mantenían la tarde de mi madre y vecinas mientras cosían o trajinaban con las cuestiones del hogar. Aunque, claro, ellas podían hacer otras cosas mientras escuchaban la radio, pero en este caso la atención ha de ser completa, ya que las imágenes y la forma en la que están grabadas las supuestas escenas intentan no dar lugar a momentos en blanco en los que escaparse o andarse por las ramas. Sinceramente y tal vez pecando de pedante creía que esto quedaba muy atrás, que en los tiempos que corren ese tipo de programas con buenos y malos de escuela de primaria y escenografía básica de cartón-piedra estaban superados. Vuelta a la realidad. Por lo visto todavía hay personas capaces de gastar su tiempo atrapadas en tramas tan elementales, tal que las radionovelas de hace cincuenta años o los folletines semanales de hace cien o doscientos.

Mientras permanecía ante de la pantalla me preguntaba por qué esos personajes emocionalmente básicos me recordaban a las pintadas que los chavales que todavía no han llegado a la veintena suelen plantar en paredes y suelos, cosas como “tus besos pueden cambiar el eje de la tierra” o “es un regalo de la vida saber que alguien te quiere”. Pero mi pregunta tiene una fácil respuesta, aunque los tiempos parecen haber cambiado las personas seguimos hechas de la misma pasta, son idénticas las sensaciones y las mismas formas de expresarlas, hoy igual que hace cincuenta o cien años -que es la época por la que parece moverse la telenovela-; y si los chavales actuales, nuestro futuro más próximo, se expresan de ese modo es normal que esa televisión siga enganchando a la gente.

Otra cuestión es el trasfondo que colorea la serie, más difícil de captar y asumir por sus fieles seguidores y más importante para otros menesteres que tienen que ver con que nada cambie, es decir, que socialmente las cosas sigan en la actualidad como entonces, que es lo que en realidad sucede a pesar de tantos que consideran que con internet y el teléfono móvil es suficiente, además de creer que gracias a ello somos más modernos y, cosa mucha más difícil, más inteligentes.

En la serie persiste el como Dios manda, tal y como todavía sucede hoy en la mayoría de las cosas -de lo contrario nadie la vería-; los mismos ricos huecos y desdeñosos y pobres mezquinos, bonachones y resignados; los hombres adoptando comportamientos masculinos básicos y las mujeres apareciendo tan sumisas e inoperantes como en la actualidad. Luego estamos donde estábamos. Y si no se lo creen pueden consultar cualquier encuesta de las que pululan en internet sobre cómo piensa y se comporta la gente más joven.

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Whiplash (o el cine como metáfora)

Puede que para mucha gente Whiplash no sea una gran película, a pesar de contar con un Oscar en su haber, probablemente porque no dispuso de un gran presupuesto ni el guión lo necesitaba, quizás también porque, ya puestos a buscar inconvenientes para justificar el propio desinterés, se le podrían poner varios peros a sumar a un tema que quizás no guste o atraiga por ser demasiado específico; o simplemente sea que en los tiempos que corren para una mayoría carece de interés. También puede achacársele que sea una película de tan sólo un par de personajes, que haya en ella un exceso de sangre o un plus de violencia que muchos considerarían exagerado, innecesario o incluso paranoide, con malos vengativos pasados de rosca; además de mostrar algunos tópicos que harían desengancharse a más de uno antes de llegar al fondo del asunto. ¡Ah! también hay música, y a quién le guste el jazz disfrutará de ella mucho más que aquellos otros para los que la música suele ser un objeto de consumo que suena de fondo en los grandes almacenes o cuando te hacen esperar al teléfono, o se ingiere a destajo vía la inagotable y repetitiva MTV, o un entretenimiento para cuando se sale a hacer deporte, por aquello del aburrimiento. Whiplash es un drama que muestra sin estridencias técnicas o informáticas la fuerza de voluntad de un joven que siente y cree que puede hacer muy bien algo que le apasiona, hasta el punto de casi dejarse la vida en ello.

En estos tiempos acomodaticios en los que más de uno prefiere permanecer descansando por si el tren se equivoca por su lado antes que moverse en su busca o, por otro lado y si no queda más remedio, ese mismo opta por echarse en brazos del postor más cómodo y fácil, aún existe la posibilidad de vernos como humanos de voluntad invencible. Que una película muestre lo que significa el esfuerzo, la dedicación y el constante afán de mejora, y con ello el disfrute en cuerpo y alma haciendo lo que más te gusta aunque no sea económicamente rentable, es motivo más que suficiente para seguir felicitándonos por un cine que, ajeno a modas y medios técnicos, es capaz de llevar a la pantalla ejemplos de lo que afortunadamente todavía somos capaces de hacer cuando creemos en nosotros mismos; me da igual si se trata de exigir hasta el último aliento a quién intuyes que puede y tiene capacidad para darlo y lo hará con gusto, o de hundirte en una obsesión de la que, paradójicamente, luego disfrutaremos todos.

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