La llegada

Para empezar he de decir que no he leído el relato original de Ted Chiang en el que está basada la película, por lo que tampoco conozco el sentido último del mismo, cuestión que, en cualquier caso, daría igual porque de lo que se trata es de la película y no del escrito en el que está basada.

La llegada -como se titula por aquí- no es una película fácil y creo que en parte es debido a que se trata de una película femenina, con todo lo que ello significa en este mundo hecho por hombres, hombres que han creado una cultura y civilización masculinas -¡ojo! no quiero decir obligatoriamente machistas- de las que es imposible desembarazarse; esto no es ni bueno ni malo, simplemente es un punto de partida con el que siempre hay que contar a la hora de valorar y valorarnos, sobre todo porque, querámoslo o no, hombres y mujeres venimos al mundo en su interior; lo que no impide que cualquiera pueda advertirlo y a la hora de dar un punto de vista a su opinión o creación opte por el de la mitad no dominante de la humanidad para hacerlo.

Esta civilización y cultura masculinas se ubican de forma obligatoria e inevitable en un espacio y un tiempo bien definidos -delimitados por sus correspondientes coordenadas que explican y hacen humanamente entendible la realidad y el mismo mundo-; invenciones humanas, ambas, de las que es imposible aislarse o desprenderse porque hacerlo conlleva la pérdida de referencias vitales, personales y culturales para cualquier persona que pretenda tenerse por existente. Precisamente, ese tiempo lineal que inventó e impuso el cristianismo y que se ha generalizado en todo el globo es uno de los temas cruciales de la película -su subversión-; y la sola posibilidad de múltiples episodios temporales alternativos y sus consiguientes universos paralelos como los que en la misma parecen sucederse o solaparse -experiencias con las que, sin embargo, la física actual está habituada a trabajar-, pueden ser difíciles de entender y aceptar para el espectador de andar por casa. Ya cuesta llevar con un poco de cordura el único universo que creemos poseer.

Por otro lado están las diferentes lenguas y culturas humanas y aquello del huevo o la gallina; ¿qué es antes? ¿el entorno (la naturaleza, el hábitat, el ecosistema etc.) como condicionante principal a la hora de forjar una visión de la realidad y el mundo que, en primera y última instancia, organiza y estructura nuestro pensamiento y, consiguientemente, nuestras opciones de presente y futuro, o es la lengua la que, convertida en la herramienta de comunicación más importante, dirige y determina nuestra visión y percepción de la realidad y el mismo mundo condicionando tanto nuestros juicios como las opciones y limitaciones a la hora de entenderlo y tratar de explicarlo?

Esto puede complicarse hasta donde uno desee, lo que no desmerece el valor de las propuestas que ofrece la película. Porque La llegada también es una película femenina en el tempo, es femenina porque lo es su protagonista principal, una mujer completamente alejada de las simplezas de los héroes masculinos al uso y su visión limitada y exclusivamente lineal de la historia. Una protagonista que carga con unas experiencias personales de peso que hacen aún más complejo el personaje, siendo esa complejidad, esa especie de mezcolanza entre vida, sueños, deseos y pensamientos -en los que a veces uno no sabe dónde hallarse- la que condiciona su carácter y la manera de enfrentarse a los sucesos principales de la película.

Creo que lo mejor es disfrutarla dejándose llevar por las imágenes, sin demorarse en cuestiones que por insinuadas -según el parecer de cada cual- no aparecen directamente en la pantalla; ya vendrá después esa tarea, porque igual quedan muchas; o no. O quizás lo más importante sea aquello de que cada problema tiene sus propias características y condicionantes y lo primero que hay que hacer, antes de que el miedo nos domine, es intentar descifrarlos con los medios que disponemos. Para los hombres y héroes más comunes la solución, como imaginarán, se limitaría al uso del garrote y tentetieso; como diría un machote al uso ¿para qué vamos a esforzarnos en ver qué hay detrás?

Por eso y afortunadamente es el empecinamiento de esa paciente, aparente y condicionante complicación femenina la que consigue contener y detener tanto derroche de adrenalina y disponer de tiempo para entender, que no es poco.

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Yanquis

Expertos y comentaristas de política internacional volvieron a equivocarse a la hora de apostar por el vencedor en las pasadas elecciones yanquis, y eso que la imagen y las fanfarronadas del candidato republicano fomentaban los miedos y alarmas de, por ejemplo, cualquier persona normal en cualquier parte del mundo -el término normal, en este caso, lleva adosados bastantes asteriscos-, que veía al tipo en cuestión, en el caso de que llegara al poder, como un mal irreparable; en cambio, por la parte demócrata los expertos advertían que había más de lo mismo, otro representante del status quo que gobierna el mundo, supuestamente mucho más racional y sensato -cuestiones, también, de significado más que peliagudo-; aunque con un inconveniente añadido, se trataba de una mujer, y en el país del que hablo eso no es moco de pavo.

Y en esta ocasión ha vuelto a suceder lo que casi nadie deseaba, porque casi nadie se había preocupado por detenerse unos instantes y mostrar el mapa completo de los tipos que tenían que votar; votaban no sólo los americanos que suelen pulular por nuestros medios de comunicación -me refiero a los medios de comunicación europeos-, hombres y mujeres, conocidos y no tanto, tan familiares por cualquier motivo que hasta creemos saber cómo piensan, casi vecinos con los que coincidimos en formas y gustos, como si no nos separara el Atlántico. También votaban esos otros que solemos ver, por ejemplo, en numerosas películas dedicadas a retratar el día a día de tantos pueblos y ciudades perdidas en las inmensas praderas que ocupan una gran parte del país, tipos más bien romos que saben del mundo poco más que la zona del horizonte por donde sale el sol cada mañana, y algunos ni eso; paletos simples y entrañables de razonamientos más bien básicos -da igual que se trate de jóvenes divertidos y salidos con escasas nociones de geografía mundial, de tipos escuetos, machistas e individualistas con tendencia a la pendencia y al tiro fácil o de ancianos resecos y testarudos empecinados en envolverse con la bandera de pureza y libertad de su gran país, que para ellos es como decir el mundo entero. Tipos anodinos viviendo en lugares anodinos y con problemas anodinos -como nosotros- sin ninguna predisposición a la heroicidad y sí a reducir el mundo a una curiosa libertad que empieza y acaba en sus propios miedos; el resto simplemente no existe y no les importa.

Habitantes de un país muy dado a vaqueros y justicieros, esos héroes de ficción que suelen tomarse la vida y la venganza por su cuenta porque los medios de seguridad oficiales son corruptos e incompetentes por defecto; héroes familiares nada exigentes habituados a identificar al malo con quien, por principio, les contradice y, obviamente, quiere destruirlos -más miedo. Orgullosos de haberse hechos a sí mismos -por ningún lado aparece a costa de quien o quienes, dentro o fuera del país- y convencidos de que lo suyo y los suyos es lo primero -más nacionalismo cabestro que probablemente les suene de por aquí-, por lo que todo lo que venga de fuera es potencialmente amenazador y puede hacer peligrar su particular y exclusivista libertad, así que mejor largarlo e impedir a toda costa que vuelva a entrar.

Aunque, ahora que lo pienso, me podría haber ahorrado todo lo anterior porque, en el fondo, hay un motivo mucho más importante por el que la candidata demócrata no podía ser elegida presidenta, ES UNA MUJER; y después de la humillación de un presidente negro su elección era casi peor que una tercera guerra mundial. El orgullo yanqui por los suelos.

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De identidades

Ahora resulta que el personal de Podemos, sección Andalucía, ha descubierto que sus caminos también son únicos y exclusivos, sólo les ha faltado aquello de inescrutables, como los del Señor; es decir, les sobran quienes puedan llevarle la contraria, esos tipos de otras tierras que no sienten el alma andaluza como ellos. Para eso mejor solos, así que necesitan con urgencia una autonomía con capacidad de decisión -ignoro quién decidía por ellos hasta ahora-, por lo que es forzosa la creación de una confederación nacional de Podemitas -como les bautizó el facherío- en la que cada piedra exprese y defienda su particular identidad -¡ojo! no lo confundamos con nacionalismo decimonónico (?); nacionalismo nada tiene que ver con identidad… más (?).

A este paso va a ser cuestión de que cada habitante de este anacrónico y absurdo país exija una capacidad de decisión exclusivamente personal a través de la cual pueda mostrar, como es debido, la pureza de su histórica y autónoma identidad -nada de escuchar o atender a las opiniones de otros que sólo pretenden corromper las inmarcesibles cualidades personales-; por lo cual deberemos exigir de inmediato a esos tipos que pretenden gobernarnos desde cualquier capital con ínfulas que empiecen a formalizar una confederación peninsular integrada por la suma de cada una de las identidades particulares de cada ciudadano de los que pululamos por aquí con más derechos que un romano. Hay que desterrar lo común y las trampas maledicentes del verbo compartir; y hasta que esa confederación nacional, perdón -me traiciona el maldito vocabulario imperialista-, de ciudadanos autónomos no sea afectiva la política seguirá siendo un negocio de mangantes imperialistas a costa de los dineros ajenos, que ya no serán públicos -esa fea y traicionera palabreja-, sino que se administraran a través de una hacienda confederal que regule cada una de las singulares confederaciones en la que cada uno de nosotros nos convertiremos.

El problema no es que por cada paso hacia adelante demos dos pasos hacia atrás, el problema es que cuando intentamos ir hacia adelante solitos nos caemos de culo.

 

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Nuestro mundo (Lecturas)

“Cada minuto de cada día de 2014… los 3.000 millones de internautas de todo el mundo enviaron 204 millones de correos electrónicos, subieron 72 horas de nuevos vídeos a YouTube, realizaron más de 4 millones de búsquedas en Google, compartieron 2.460 millones de contenidos en Facebook, descargaron 48.000 aplicaciones de Apple, gastaron 83.000 dólares en Amazon, tuitearon 277.000 mensajes y publicaron 216.000 nuevas fotos en Instagram…

… según Naciones Unidas hay en la actualidad más personas con móvil (6.000 millones) que con acceso a un retrete (4.500 millones).”

De Andrew Keen (Internet no es la respuesta).

NOTA. La negrita es mía.

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No sólo teatro

La reciente asistencia a la representación El triángulo azul, puesta en escena de forma conjunta por las compañías Centro Dramático Nacional y Micomicón, me dejó más interrogantes que satisfacciones, alguna mueca sardónica forzada y una incomodidad que, en mi caso, provocaban y provocan el tema y lugar en el que se desarrollaba lo que sucedía sobre el escenario.

Siempre he tenido sentimientos encontrados a la hora de valorar cualquier obra literaria, cinematográfica o teatral que, directa o indirectamente, tenga que ver con el Holocausto, tal vez porque considero el asunto demasiado delicado para que alguien, quien quiera que sea, se atreva a tomarlo como tema, argumento o contexto al margen o no de la gravedad que de antemano merece; principalmente porque creo que la magnitud e importancia de aquellos sucesos todavía no ha sido asumida por completo por la población, ni en la propia Alemania y, ni mucho menos, fuera de ella. Hoy me sigue pareciendo un disparate o poco acertado que haya gente que hace turismo visitando Auschwitz, como intermedio cultural, dentro de un circuito en el que probablemente habrá mucha diversión y alguna que otra playa en la que darse un chapuzón. Algo similar me ocurre con toda esa parafernalia de los españoles, su unión, su camaradería y su solidaridad, conceptos que al margen de cuestiones folclóricas, torticeras e interesadas -por un sinfín de motivos, a cual más cicatero- los mismos afectados se han dedicado a vaciar de contenido. Sólo tienen que echar un vistazo a la actual política nacional para hacerse una idea de la vigencia e importancia de las tan socorridas como falsas camaradería y solidaridad españolas, una serie de etiquetas que el más simple de los simples, y por aquí hay muchos, se ha dedicado sistemáticamente a dinamitar con el argumento de que como en su poblacho en ningún sitio. Vayan aumentando el territorio y sumándole las consiguientes dosis de egoísmo provinciano y tendrán la España de 2016, tan semejante a aquella que armó una Guerra civil y llevó a aquellos hombres a Mathausen.

O esa sordidez de la muerte a la que desgraciadamente tan bien nos hemos acostumbrado, ese apilar cadáveres en blanco y negro una y otra vez vistos, hasta el punto de que ante otra nueva visión a más de uno se le escapa idéntico comentario: ¡ah! eso va de nazis. Es esa poca o relativamente poca importancia, o ni mucho menos malintencionada indiferencia, otra de las cuestiones que considero cruciales. Si realmente hubiéramos entendido y comprendido la importancia de la muerte y aquellas muertes -claro, siempre son las de los otros- las trataríamos con más respeto y sentiríamos algo de pudor a la hora de exponerlas según dónde y si es realmente necesario. No se trata de reconvertirnos en unos hipócritas timoratos -algo que, no obstante, ya somos- que prefieren vivir de espaldas a una realidad en la que la muerte, por supuesto, tiene su sitio, pero sí los suficientemente sensatos como para tomarla según qué, cuándo, cómo y dónde. No hay más que ver esas películas en las que los muertos se caen literalmente de la pantalla sin que el espectador se alarme o pestañee, pero en las que el sexo explícito está cínicamente prohibido exhibir. Queda mucho que recordar y otro tanto por recorrer

Y luego estaba la obra en sí, la notable representación -aunque se me hizo un poco larga-, la acertada y austera escenografía -a pesar de algunos errores históricos y de argumento-, el gran trabajo previo con los actores, sus movimientos en escena y las destacadas interpretaciones de cada uno de ellos, de los cuales no me atrevería a resaltar ninguno en concreto por no desmerecer al resto. Con momentos y cuadros realmente acertados en los que la conjunción de música, bailes, letras de las canciones y vestimenta, junto al lugar dónde sucedían, provocaba en el espectador una grotesca impresión de sarcasmo y crueldad que sólo el teatro bien hecho logra transmitir. En definitiva, un resultado teatralmente bueno pero con demasiados interrogantes, algunos de gran peso, que lastraban, creo, de manera drástica tanto el conjunto como el resultado final.

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Más tabaco

Hacía mucho tiempo, años, que no salía de un bar impregnado del desagradable olor a tabaco, hasta tal punto que una vez en casa no tuve más remedio que airear la ropa en la terraza, de lo insoportable que era. Puede que alguien se extrañe y puede que no, estos últimos, sabedores del país tramposo y marrullero en el que vivimos, no se sorprenderán. Si, dicen que el tabaco está prohibido en lugares públicos cerrados, la cuestión es que el término cerrado admite infinidad de interpretaciones, a cual más interesada. Que si con un techo es suficiente, que si se necesitan dos o tres paredes para que pueda aplicarse la prohibición, pero da igual, en este puñetero país tan poco solidario los enfermos del tabaco parece que llevan las de ganar, eso sí, arropados por esos hosteleros a los que les importa la caja más que el servicio.

Tal vez alguno se ha creído que eso de cerrar las terrazas era para aumentar la clientela de bares, restaurantes y lugares de copas, pues no, las terrazas se instalan para admitir a los fumadores que, ya sin problemas de timidez o vergüenza por lo ostensible y penoso de su enfermedad, se dedican a soltar humo con el gregario asentimiento del resto de la población, haya o no haya niños o personas a las que pueda afectar el humo del tabaco.

Nunca he tenido nada contra el tabaco, pero es absurdo volver a insistir en lo que es un hecho infinidad de veces constatado. Fumar tabaco es fumar mierda fabricada intencionadamente con el único fin de que el pusilánime y corto de inteligencia de turno no pueda librarse de su enfermedad mientras enriquece a cuatro tipos desaprensivos que se pasan la enfermedad del imbécil por el arco del triunfo.

Es lo que hay, la ansiedad de tantos infelices es un negocio para los mismos de siempre. Luego vendrá el médico con sus advertencias de última hora y el cretino que fumaba porque le salía de ahí mismo y se ofendía si alguien se atrevía a censurárselo se comportara como un niñito bobo y obediente que tiene que dejar su vicio porque de lo contrario saldrá con los pies por delante.

¡Uf! ¡¿Cómo podemos ser tan sumamente estúpidos!?

 

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Despedidas

En el ajetreo de la hora de vuelta a casa el personal corre hacia los andenes como si le fuera la vida en ello, de su celeridad o demora depende llegar a casa media o una hora más tarde, ya entrada la noche, por eso a nadie le apetece perder aún más tiempo en la estación haciendo lo que se hace cuando no hay nada que hacer, esperar ¡como si ya no se hiciera en infinidad de momentos a lo largo de la jornada! Pero para ellos el tiempo, como suele, está hecho de otros materiales, no es el de los demás, el suyo siempre es demasiado corto, más apremiante cuando están juntos y muy largo cuando las circunstancias personales y familiares obligan a otras cosas que no sean estar mirándose, o más juntos, sintiendo que no pueden permanecer separados ni un minuto más. Por eso sus besos y la pasión que los alimenta luchan a brazo partido contra las despedidas, también contra esta, besos tan impacientes como definitivos, como todo lo que sucede a su edad; siempre últimos, allí, en medio del vestíbulo de la estación, ajenos al trajín de esos otros obligados por otras circunstancias sin interés, obligaciones ininteligibles para quienes viven cada minuto de sus vidas enredados entre las exigencias del amor. También, como supondrán, su deseo es el mayor imaginable, y la desesperación de sus besos única e intransferible. Apenas una breve interrupción para separarse, mirarse a los ojos y vuelta a empezar, en el mismo y reducido espacio, de pie derecho e incapaces de desatarse para correr cada cual a su correspondiente andén, tal vez con menos prisa, porque en estas situaciones las despedidas no tienen una explicación razonable. Cuando llega el momento, después de volver a mirarse atados por las manos, de decirse adiós sin palabras, girándose cada cual hacia su correspondiente escalera. Pero no han llegado cuando el no por esperado menos inevitable giro de cabeza para una nueva mirada, siempre última, les hace retomar sus pasos y reunirse unos metros más abajo para volver intercambiar esos besos que, sin saber por qué, se habían quedado en el tintero o el mismo deseo, atrapado en el difícil y único desasosiego del adiós, ha vuelto a soñar. Otros pocos segundos materialmente pegados hasta que, como de costumbre, uno de los dos, la cabecita más sentada o responsable, fuerza la separación y ya si, esta vez definitivamente, obliga al adiós que los lleva por aquel día hasta escaleras y trenes distintos, diferentes familias, otros problemas y obligaciones y una ansiedad común que contará los minutos como si fueran horas, hasta que mañana, nuevamente, vuelvan a respirar al unísono tras el dolor de otra obligada separación. Cuántos quebraderos de cabeza procura el amor, qué pequeño y ajeno es el mundo cuando se apodera de estos jóvenes que aún no han salido del cascarón y sienten que la vida les rebosa por los cuatro costados.

Se suceden las carreras hacia los andenes, los mismos agobios cuando probablemente uno de los dos, en su tren a casa, vuelve a soñar despierto, y el otro, obligado por la distancia, ya está con el teléfono en la mano escribiéndole a su amado ese último pensamiento que no debe escaparse ni perderse.

 

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Jazz

A medida que pasan los minutos la música se ha ido zampando, uno tras otro, cualquier otro sonido o ruido que osara imponerse sobre ella, vajilla, cristalería o conversaciones en susurro; ya son pocos, o ninguno, los espectadores que se atreven a entablar una conversación o esbozar un comentario al oído de su acompañante acerca de lo que llevamos disfrutando hace ya un rato. El concierto había comenzado, por mi parte, con más curiosidad que convencimiento, algo intrigado por cómo aquellos instrumentos en apariencia tan distantes, bajo de cinco cuerdas, una batería, un acordeón y un saxofón o flauta travesera -según el tema-, podían engarzar sus particulares sonidos en un único ritmo o melodía que, por encima de sus propias características, creara en el espectador la sensación de haberlos escuchado juntos toda la vida, convirtiendo el concierto en lo que precisamente era en aquellos momentos, un auténtico regalo para los oídos de los presentes, el pausado y consistente desarrollo de unos pocos y largos temas que enlazaban de maravilla las peculiaridades en la interpretación de cada uno de los músicos, llevando al público en volandas mediante el vibrante desarrollo de unas interesantes conversaciones musicales, salpicadas con sus correspondientes solos, que levantaban sin esfuerzo los merecidos aplausos que la concurrencia concedía sin reservas. Una sobria batería que en sus ajustados primeros planos era capaz de argumentar sin resquicios, demorándose en algunos solos de imperturbable atractivo, o establecer un ritmo con apenas dos notas que arropaba sin fisuras las interpretaciones de los otros instrumentos sin llegar a robarles protagonismo y sin desaparecer de las entretelas de la composición; un acordeón que en sus más rápidos registros era todo nervio, provocando, al menos a mí, asombro y admiración hacia la escueta y recatada figura del interprete. Un original bajo eléctrico rebosante de alegría y vigor que no cesaba de animar, celebrar, acompañar y susurrar cada tema, pulsado por un brasileño que desprendía música y ritmo por cada uno de los poros de su cuerpo. Y por último, estaba el que en este caso podría denominarse líder del grupo, pero que en realidad era uno más, y no por ser el de mayor edad le costaba congeniar y conjuntarse musicalmente con sus jóvenes compañeros, como si llevaran toda la vida tocando juntos.

Y en esos curiosos momentos en los que uno es capaz de salirse mentalmente del lugar en el que está disfrutando para verse y ver desde fuera el mismo concierto sin dejar de oír lo que dentro sigue escuchando, es cuando siente que aquello podría durar toda la vida, que aquellos músicos y sus correspondientes instrumentos han nacido para tocar juntos e inventar una atmósfera especial en la que, sin que ninguno pise al otro y todos a la vez, son capaces de acariciar y transportar con cada una de sus notas los oídos de los atentos espectadores.

No se trata de un grandísimo concierto, creo no los hay, ni de un momento único en el universo, ni de algo verdaderamente excepcional, se trata de un excelente concierto, como probablemente habrá muchos otras partes del mundo; música en estado puro que uno puede sentirse orgulloso de saborear, ese concierto que todos queremos oír pero que muchas veces no sabemos identificar. Es jazz, es música hecha en este país interpretada y dirigida en Madrid por uno de los pocos grandes que quedan, Jorge Pardo, acompañado de tres músicos del resto del mundo que siguen tocando para deleite de los pocos que llenamos el pequeño local, presente feliz y agradable recuerdo de otros futuros.

 

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Joven

La normalidad… eres joven y sientes que tienes todo por delante… pero te dedicas a hundirte en la avaricia más anodina de la mano de diversiones vacías, juegos repetitivos y entretiempos sin principio ni fin que inventan y organizan especialmente para ti quienes no quieren que les molestes ni les preguntes sobre el porqué de las cosas…

Eres joven y la generosa naturaleza te ha dotado de un cerebro privilegiado que, precisamente ahora, disfruta de toda su potencialidad… que malgastas en rutinas y expectativas cortas y frustrantes que organizan especialmente para ti quienes no quieren que les molestes ni les preguntes sobre el porqué de las cosas…

Eres joven y no tienes ningún límite intelectual… podrías inventar o descubrir lo que nadie nunca antes ha conseguido… sin embargo dilapidas tu tiempo en intentar amarrarte a la codicia de una ocupación subalterna e humillante que te atará encarcelándote el resto de tu vida a una serie de inercias y automatismos que organizan especialmente para ti quienes no quieren que les molestes ni les preguntes sobre el porqué de las cosas…

Más normalidad… eres joven y tienes la posibilidad de aprender, viajar y conocer a muchísimas personas con las que compartir y descubrir nuevos mundos que sí están en este… pero te dejas convencer por quienes no te quieren bien e insisten en un único y chato horizonte que planifican, como si de la misma vida se tratara, quienes no quieren que les molestes ni les preguntes sobre el porqué de las cosas…

Tienes al alcance de la mano todo lo que desees… y como eres joven crees que es una elección propia enredarte en esparcimientos, riesgos, recreos y fiestas que desterrarán definitivamente de tu cabeza y voluntad la sensación de sentirte dueño de tu propia vida para hacer precisamente lo contrario de lo que han dispuesto para ti quienes no quieren que les molestes ni les preguntes sobre el porqué de las cosas…

Adiestrados desde pequeños a desviarse hacia actividades que nada tienen que ver con los entresijos de la sociedad que les mima, fomentando y confundiendo sus frágiles vanidades con el caramelo de una permanente y estéril diversión, estos jóvenes se ven abocados de la mano de unas circunstancias que jamás son inevitables a convertirse en obedientes siervos que, una vez saturados de tiempos que nunca fueron suyos, se hundirán plácidamente en la densa vegetación de un esfuerzo continuo y estéril que les obligará, definitivamente perdida la autoridad sobre sí mismos, a salvar el pellejo deambulando por los márgenes de lo que pudo ser.

Ante el enorme desierto de la juventud perdida sólo se puede volver la cabeza para confirmar lo que ya es irremediable, el malgasto de un periodo creativo inigualable y potencialmente imprevisible como resultado de la cruel traición de quienes no quieren que les molesten ni les pregunten sobre el porqué de las cosas.

Lo peor de todo es que nadie pedirá explicaciones por el gran daño que continuamente se le hace a la humanidad permitiendo que tantas y tantas generaciones sean desperdiciadas de ese modo, aunque igual todo esto que digo no tiene sentido y la vida sólo es una fiesta de salchichas y el paraíso follar y follar hasta que el cuerpo aguante.

 

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Qué publicidad

Probablemente todavía haya gente a la que le apasiona la publicidad como profesión, y si es joven y piensa estudiar puede que se esté planteando iniciar los correspondientes estudios para convertirse en publicista -o creativo; mola más. También imagino que todos sabemos que existen publicistas y departamentos ad hoc en empresas grandes y pequeñas dedicados a tal fin, y que, seguramente, habrá unas pocas empresas que controlen todo el negocio de la publicidad, tanto a nivel nacional, como europeo o mundial, lo que dará lugar a verdaderas guerras entre ellas con tal de hacerse con las millonarias campañas publicitarias de las empresas de postín.

Como todo el mundo, aunque intento evitarlo siempre que puedo, también me trago de vez en cuando mi correspondiente ración de publicidad, sobre todo en televisión, y cada día me cuesta más verla y oírla -prueben a oír sin ver las imágenes o véanla sin sonido y sorpréndanse de las majaderías que nos hacen tragar. La mayoría me parece zafia, humillante y vergonzosa, dirigida a un hipotético consumidor estúpido e ignorante, con una falta de autoestima de manual y un complejo de inferioridad de padre y muy señor mío, vamos, algo así como la última mierda de este mundo. Algo tan deprimente es también algo muy serio para unos departamentos de marketing que estudian, planean y dirigen muy a fondo sus campañas publicitarias, delimitando al milímetro un cliente potencial que, finalmente, sí existe en la realidad, de lo contrario las campañas no funcionarían y no es eso lo que sucede; y si el resultado final es el spot que vemos, por ejemplo, en televisión -sea cual sea el producto- y el tipo de gente que aparece en él es la gente de carne y hueso a la que está dirigido es que en este mundo hemos perdido el oremus y no nos queda ni un dedo de frente. Da igual que hablemos de niños considerados como imbéciles, de jóvenes de parvulario, simples y cortos, que todavía no han salido de la jaula de bolas; de hombrecetes obtusos y cuadriculados que dudarían a la hora saber dónde está su mano -mejor, pie- izquierdo, o mujeres que comparadas con mis abuelas parecen mocosas de jardín de infancia con importantes problemas de madurez.

Ya sé que la publicidad es una parte importante o crucial de nuestra sociedad, pero en este caso no me refiero a los supuestos beneficios que fomenta o promueve, sobre todo a nivel económico, sino a la consideración que le merecen los consumidores -sus destinatarios últimos- a quienes va dirigido el trabajo publicitario, individuos que en muchos casos parecen semianalfabetos funcionales con serios problemas de inteligencia y percepción a la hora de relacionar la o con el canuto. Cuando he comentado esto con otras personas algunas se han echado las manos a la cabeza diciendo que soy un exagerado, que le doy demasiada importancia a cosas que no la tienen y que el mundo de la publicidad es así, y punto. Pero no, no es suficiente, la publicidad no debería basarse en una precariedad intelectual más que implícita del potencial consumidor, debería primar en ella el respeto hacia quién, en última instancia, te beneficiara económicamente, e incluso te hará rico con sus decisiones más simples e intrascendentes.

Considerar normal o sin importancia que nos engañen y nos tomen por semianalfabetos funcionales debería hacernos reflexionar, si aún somos capaces; desde el hombre o mujer que se aviene a rodar esos humillantes engendros al destinatario final del negocio. Sabemos de antemano que, de partida, los propietarios del negocio nos consideran unos estúpidos volubles… aunque, bien visto, dime qué marcas visto y exhibo e inmediatamente sabrás a qué distancia estás tú; el resto son ganas de perder el tiempo…

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