Despedidas

En el ajetreo de la hora de vuelta a casa el personal corre hacia los andenes como si le fuera la vida en ello, de su celeridad o demora depende llegar a casa media o una hora más tarde, ya entrada la noche, por eso a nadie le apetece perder aún más tiempo en la estación haciendo lo que se hace cuando no hay nada que hacer, esperar ¡como si ya no se hiciera en infinidad de momentos a lo largo de la jornada! Pero para ellos el tiempo, como suele, está hecho de otros materiales, no es el de los demás, el suyo siempre es demasiado corto, más apremiante cuando están juntos y muy largo cuando las circunstancias personales y familiares obligan a otras cosas que no sean estar mirándose, o más juntos, sintiendo que no pueden permanecer separados ni un minuto más. Por eso sus besos y la pasión que los alimenta luchan a brazo partido contra las despedidas, también contra esta, besos tan impacientes como definitivos, como todo lo que sucede a su edad; siempre últimos, allí, en medio del vestíbulo de la estación, ajenos al trajín de esos otros obligados por otras circunstancias sin interés, obligaciones ininteligibles para quienes viven cada minuto de sus vidas enredados entre las exigencias del amor. También, como supondrán, su deseo es el mayor imaginable, y la desesperación de sus besos única e intransferible. Apenas una breve interrupción para separarse, mirarse a los ojos y vuelta a empezar, en el mismo y reducido espacio, de pie derecho e incapaces de desatarse para correr cada cual a su correspondiente andén, tal vez con menos prisa, porque en estas situaciones las despedidas no tienen una explicación razonable. Cuando llega el momento, después de volver a mirarse atados por las manos, de decirse adiós sin palabras, girándose cada cual hacia su correspondiente escalera. Pero no han llegado cuando el no por esperado menos inevitable giro de cabeza para una nueva mirada, siempre última, les hace retomar sus pasos y reunirse unos metros más abajo para volver intercambiar esos besos que, sin saber por qué, se habían quedado en el tintero o el mismo deseo, atrapado en el difícil y único desasosiego del adiós, ha vuelto a soñar. Otros pocos segundos materialmente pegados hasta que, como de costumbre, uno de los dos, la cabecita más sentada o responsable, fuerza la separación y ya si, esta vez definitivamente, obliga al adiós que los lleva por aquel día hasta escaleras y trenes distintos, diferentes familias, otros problemas y obligaciones y una ansiedad común que contará los minutos como si fueran horas, hasta que mañana, nuevamente, vuelvan a respirar al unísono tras el dolor de otra obligada separación. Cuántos quebraderos de cabeza procura el amor, qué pequeño y ajeno es el mundo cuando se apodera de estos jóvenes que aún no han salido del cascarón y sienten que la vida les rebosa por los cuatro costados.

Se suceden las carreras hacia los andenes, los mismos agobios cuando probablemente uno de los dos, en su tren a casa, vuelve a soñar despierto, y el otro, obligado por la distancia, ya está con el teléfono en la mano escribiéndole a su amado ese último pensamiento que no debe escaparse ni perderse.

 

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Jazz

A medida que pasan los minutos la música se ha ido zampando, uno tras otro, cualquier otro sonido o ruido que osara imponerse sobre ella, vajilla, cristalería o conversaciones en susurro; ya son pocos, o ninguno, los espectadores que se atreven a entablar una conversación o esbozar un comentario al oído de su acompañante acerca de lo que llevamos disfrutando hace ya un rato. El concierto había comenzado, por mi parte, con más curiosidad que convencimiento, algo intrigado por cómo aquellos instrumentos en apariencia tan distantes, bajo de cinco cuerdas, una batería, un acordeón y un saxofón o flauta travesera -según el tema-, podían engarzar sus particulares sonidos en un único ritmo o melodía que, por encima de sus propias características, creara en el espectador la sensación de haberlos escuchado juntos toda la vida, convirtiendo el concierto en lo que precisamente era en aquellos momentos, un auténtico regalo para los oídos de los presentes, el pausado y consistente desarrollo de unos pocos y largos temas que enlazaban de maravilla las peculiaridades en la interpretación de cada uno de los músicos, llevando al público en volandas mediante el vibrante desarrollo de unas interesantes conversaciones musicales, salpicadas con sus correspondientes solos, que levantaban sin esfuerzo los merecidos aplausos que la concurrencia concedía sin reservas. Una sobria batería que en sus ajustados primeros planos era capaz de argumentar sin resquicios, demorándose en algunos solos de imperturbable atractivo, o establecer un ritmo con apenas dos notas que arropaba sin fisuras las interpretaciones de los otros instrumentos sin llegar a robarles protagonismo y sin desaparecer de las entretelas de la composición; un acordeón que en sus más rápidos registros era todo nervio, provocando, al menos a mí, asombro y admiración hacia la escueta y recatada figura del interprete. Un original bajo eléctrico rebosante de alegría y vigor que no cesaba de animar, celebrar, acompañar y susurrar cada tema, pulsado por un brasileño que desprendía música y ritmo por cada uno de los poros de su cuerpo. Y por último, estaba el que en este caso podría denominarse líder del grupo, pero que en realidad era uno más, y no por ser el de mayor edad le costaba congeniar y conjuntarse musicalmente con sus jóvenes compañeros, como si llevaran toda la vida tocando juntos.

Y en esos curiosos momentos en los que uno es capaz de salirse mentalmente del lugar en el que está disfrutando para verse y ver desde fuera el mismo concierto sin dejar de oír lo que dentro sigue escuchando, es cuando siente que aquello podría durar toda la vida, que aquellos músicos y sus correspondientes instrumentos han nacido para tocar juntos e inventar una atmósfera especial en la que, sin que ninguno pise al otro y todos a la vez, son capaces de acariciar y transportar con cada una de sus notas los oídos de los atentos espectadores.

No se trata de un grandísimo concierto, creo no los hay, ni de un momento único en el universo, ni de algo verdaderamente excepcional, se trata de un excelente concierto, como probablemente habrá muchos otras partes del mundo; música en estado puro que uno puede sentirse orgulloso de saborear, ese concierto que todos queremos oír pero que muchas veces no sabemos identificar. Es jazz, es música hecha en este país interpretada y dirigida en Madrid por uno de los pocos grandes que quedan, Jorge Pardo, acompañado de tres músicos del resto del mundo que siguen tocando para deleite de los pocos que llenamos el pequeño local, presente feliz y agradable recuerdo de otros futuros.

 

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Joven

La normalidad… eres joven y sientes que tienes todo por delante… pero te dedicas a hundirte en la avaricia más anodina de la mano de diversiones vacías, juegos repetitivos y entretiempos sin principio ni fin que inventan y organizan especialmente para ti quienes no quieren que les molestes ni les preguntes sobre el porqué de las cosas…

Eres joven y la generosa naturaleza te ha dotado de un cerebro privilegiado que, precisamente ahora, disfruta de toda su potencialidad… que malgastas en rutinas y expectativas cortas y frustrantes que organizan especialmente para ti quienes no quieren que les molestes ni les preguntes sobre el porqué de las cosas…

Eres joven y no tienes ningún límite intelectual… podrías inventar o descubrir lo que nadie nunca antes ha conseguido… sin embargo dilapidas tu tiempo en intentar amarrarte a la codicia de una ocupación subalterna e humillante que te atará encarcelándote el resto de tu vida a una serie de inercias y automatismos que organizan especialmente para ti quienes no quieren que les molestes ni les preguntes sobre el porqué de las cosas…

Más normalidad… eres joven y tienes la posibilidad de aprender, viajar y conocer a muchísimas personas con las que compartir y descubrir nuevos mundos que sí están en este… pero te dejas convencer por quienes no te quieren bien e insisten en un único y chato horizonte que planifican, como si de la misma vida se tratara, quienes no quieren que les molestes ni les preguntes sobre el porqué de las cosas…

Tienes al alcance de la mano todo lo que desees… y como eres joven crees que es una elección propia enredarte en esparcimientos, riesgos, recreos y fiestas que desterrarán definitivamente de tu cabeza y voluntad la sensación de sentirte dueño de tu propia vida para hacer precisamente lo contrario de lo que han dispuesto para ti quienes no quieren que les molestes ni les preguntes sobre el porqué de las cosas…

Adiestrados desde pequeños a desviarse hacia actividades que nada tienen que ver con los entresijos de la sociedad que les mima, fomentando y confundiendo sus frágiles vanidades con el caramelo de una permanente y estéril diversión, estos jóvenes se ven abocados de la mano de unas circunstancias que jamás son inevitables a convertirse en obedientes siervos que, una vez saturados de tiempos que nunca fueron suyos, se hundirán plácidamente en la densa vegetación de un esfuerzo continuo y estéril que les obligará, definitivamente perdida la autoridad sobre sí mismos, a salvar el pellejo deambulando por los márgenes de lo que pudo ser.

Ante el enorme desierto de la juventud perdida sólo se puede volver la cabeza para confirmar lo que ya es irremediable, el malgasto de un periodo creativo inigualable y potencialmente imprevisible como resultado de la cruel traición de quienes no quieren que les molesten ni les pregunten sobre el porqué de las cosas.

Lo peor de todo es que nadie pedirá explicaciones por el gran daño que continuamente se le hace a la humanidad permitiendo que tantas y tantas generaciones sean desperdiciadas de ese modo, aunque igual todo esto que digo no tiene sentido y la vida sólo es una fiesta de salchichas y el paraíso follar y follar hasta que el cuerpo aguante.

 

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Qué publicidad

Probablemente todavía haya gente a la que le apasiona la publicidad como profesión, y si es joven y piensa estudiar puede que se esté planteando iniciar los correspondientes estudios para convertirse en publicista -o creativo; mola más. También imagino que todos sabemos que existen publicistas y departamentos ad hoc en empresas grandes y pequeñas dedicados a tal fin, y que, seguramente, habrá unas pocas empresas que controlen todo el negocio de la publicidad, tanto a nivel nacional, como europeo o mundial, lo que dará lugar a verdaderas guerras entre ellas con tal de hacerse con las millonarias campañas publicitarias de las empresas de postín.

Como todo el mundo, aunque intento evitarlo siempre que puedo, también me trago de vez en cuando mi correspondiente ración de publicidad, sobre todo en televisión, y cada día me cuesta más verla y oírla -prueben a oír sin ver las imágenes o véanla sin sonido y sorpréndanse de las majaderías que nos hacen tragar. La mayoría me parece zafia, humillante y vergonzosa, dirigida a un hipotético consumidor estúpido e ignorante, con una falta de autoestima de manual y un complejo de inferioridad de padre y muy señor mío, vamos, algo así como la última mierda de este mundo. Algo tan deprimente es también algo muy serio para unos departamentos de marketing que estudian, planean y dirigen muy a fondo sus campañas publicitarias, delimitando al milímetro un cliente potencial que, finalmente, sí existe en la realidad, de lo contrario las campañas no funcionarían y no es eso lo que sucede; y si el resultado final es el spot que vemos, por ejemplo, en televisión -sea cual sea el producto- y el tipo de gente que aparece en él es la gente de carne y hueso a la que está dirigido es que en este mundo hemos perdido el oremus y no nos queda ni un dedo de frente. Da igual que hablemos de niños considerados como imbéciles, de jóvenes de parvulario, simples y cortos, que todavía no han salido de la jaula de bolas; de hombrecetes obtusos y cuadriculados que dudarían a la hora saber dónde está su mano -mejor, pie- izquierdo, o mujeres que comparadas con mis abuelas parecen mocosas de jardín de infancia con importantes problemas de madurez.

Ya sé que la publicidad es una parte importante o crucial de nuestra sociedad, pero en este caso no me refiero a los supuestos beneficios que fomenta o promueve, sobre todo a nivel económico, sino a la consideración que le merecen los consumidores -sus destinatarios últimos- a quienes va dirigido el trabajo publicitario, individuos que en muchos casos parecen semianalfabetos funcionales con serios problemas de inteligencia y percepción a la hora de relacionar la o con el canuto. Cuando he comentado esto con otras personas algunas se han echado las manos a la cabeza diciendo que soy un exagerado, que le doy demasiada importancia a cosas que no la tienen y que el mundo de la publicidad es así, y punto. Pero no, no es suficiente, la publicidad no debería basarse en una precariedad intelectual más que implícita del potencial consumidor, debería primar en ella el respeto hacia quién, en última instancia, te beneficiara económicamente, e incluso te hará rico con sus decisiones más simples e intrascendentes.

Considerar normal o sin importancia que nos engañen y nos tomen por semianalfabetos funcionales debería hacernos reflexionar, si aún somos capaces; desde el hombre o mujer que se aviene a rodar esos humillantes engendros al destinatario final del negocio. Sabemos de antemano que, de partida, los propietarios del negocio nos consideran unos estúpidos volubles… aunque, bien visto, dime qué marcas visto y exhibo e inmediatamente sabrás a qué distancia estás tú; el resto son ganas de perder el tiempo…

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Apunte políticamente incorrecto

En esas reuniones que suelen organizar los próceres de las respectivas para intercambiar obvios pareceres no es difícil imaginar a catalanes y vascos hablando en castellano de sus gloriosas singularidades e insoslayables diferencias con respecto al denostado español perezoso, juerguista y estúpido, sin país del que presumir y pueda sentirse orgulloso. Porque, unidos en las aspiraciones a su mutua liberación del opresivo yugo nacional -ese otro nacional que no es el suyo, además de ser mucho peor porque incluye a más gente-, no tienen más remedio que echar mano del maldito y despótico castellano que tanto odian e históricamente ha venido contaminando perniciosamente sus purísimas formas de ser y pensar. Porque sus naturales e inmarcesibles singularidades y diferencias merecen ser comunicadas y compartidas con las diferencias y singularidades -tan inmarcesibles, si cabe, o más- de los otros, compañeros de lucha con los que -¡ojo!- jamás osarían mezclarse, ya que ello volvería a amenazar su sacrosanta virtud nacional y regresar a las andadas. Siempre es bueno compartir divergencias y excelencias con quienes, al igual que nosotros, son y se sienten también incomparables -pero que no sean españoles-; esas disensiones son las que verdaderamente unen, las auténticas, y el hecho de rebajarse a utilizar la lengua opresora es un mal menor, ya que entre ellos prima el entendimiento razonable antes que el enfrentamiento, porque si tuviera que ser con los españoles ¡imposible!

Claro, como dijo un tal señor Auxandri (a quien uno imagina catalán de pura cepa) en una de esas reuniones dirigiéndose a sus esforzados correligionarios vascos: “Os envidio pero solo en parte, porque sin eso -se refería al, según él, envidiable sistema fiscal vasco– en Cataluña no habríamos tenido ese clic que ha puesto en marcha todo.”

Se trataba de dinero, dinero necesario para “construir un país” y que desgraciadamente ellos no tienen, en parte porque han de compartirlo con los odiados españoles, en parte porque es desviado por sus amados caciques, vía 3 %, hacia sus propios bolsillos; en parte malversado por una corrupción tan sucia y nativa como española y en parte dilapidado en un proselitismo católico-nacionalista al que nada importa el ciudadano de a pie -individuo únicamente necesario cuando hay que gritar, insultar, llenar las calles y ocupar páginas de prensa. Porque si los catalanes, o gallegos, o andaluces -ya puestos a odiar- también hubieran utilizado las bombas y los asesinatos para conseguir el sistema fiscal vasco -con tan altas cotas de bienestar- otro gallo nos estaría cantando. También ignoro dónde estaríamos.

El resto, los sin identidad, los que no sabemos qué decir porque como dóciles idiotas nos hemos autoconvencido de que no nos incumbe, los que no tenemos ni sabemos qué defender, los que vivimos en este país porque nos hemos caído, debemos asistir al espectáculo sin voz ni voto, oyendo y aceptando de buen grado las memeces que nos impongan tanto retrógrado racista.

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Siniestro Total

Tras la obligada hora de rigor, llevada de forma relajada a base cerveza y esas rutinarias conversaciones, entre expectantes y repetidas, que rellenan y entretienen las esperas, sonaban en el escenario las notas dispersas de Encuentros en la Tercera Fase y, a continuación, los acordes de la banda sonora de Miami Vice; no cabía duda, se trataba de Siniestro Total. Los había dejado en su época, digamos, dorada y era un buen momento para esos regresos entre curiosos y divertidos -nunca nostálgicos, siempre es un error-  y comprobar cómo nos ha tratado la vida.

Siniestro nunca fue un grupo de chicas, ni de melodías, gilipolleces sinfónicas, muermos intelectuales o temas larguísimos con sesudas y complicadas variaciones a distintas alturas y clímax varios; Siniestro Total -como más de una vez se ha encargado de repetir Julián Hernández- es un grupo de rock -con un directo brutal, como a ellos también les gusta advertir- al que le tira más el lado gamberro e irreverente de la música, con canciones cortas, bien hechas y directas, que son el mejor mensaje para un público fiel y entregado. Creo que no he descubierto nada que la gente de la música no supiera.

Allí estaban, o estaba, Julián y los nuevos, o no tanto, ya dije que les había perdido la pista. En una sala más bien pequeña y bien sonorizada, como es el Joy Eslava, que nos regalaba con un sonido bastante correcto tirando a bueno, aunque cuando los coros se pegaban al micrófono te pitaran los oídos. Siniestro Total volvió a pasar por Madrid durante algo más de una hora y tres cuartos en los que el personal, mayoritariamente maromos, disfrutó y se lo pasó brutal con un concierto bien planeado que alternaba temas que nadie o casi nadie conocía, otros que sólo tarareaban los más fieles, quienes les han venido siguiendo desde entonces -por cierto, bastante gente joven-, finalmente seguidos por aquellos temas que todos aguardábamos, coreados y cantados por el personal sin necesidad de grupo alguno sobre el escenario.

Es cierto que las voces ya no suenan como antes, más que una desilusión una cruda evidencia del paso del tiempo -aunque les duela a los nostálgicos-, que de vez en cuando hay que echar mano del inhalador para ir aguantando, sobre todo cuando la armónica tira de pulmones, que ya no responden como antaño. Sin embargo, el concierto se desarrolló de forma convincente y profesional, con los músicos metidos de lleno en la faena -cosa siempre de agradecer-, salpimentado con las parrafadas de Julián entre algunos temas, pequeños discursos irónicos e irreverentes que no todos tenían la paciencia de escuchar o entender, y un fin de fiesta tan deseado como disfrutado, con toda la sala saltando y cantando al ritmo de… somos Siniestro Total. En resumen, un buen concierto -seguro que los habrá más exigentes o exquisitos que yo- que me sirvió para confirmar que seguimos vivos y casi con buena salud; lo que, vistas las cosas, es para felicitarse.

No voy a decir que es una lástima que algunos estuvieran más preocupados por salirse fuera a fumar cualquier cosa, que otros se dedicaran a agobiar a la chica ajenos al escenario, que hubiera por allí algún despistadillo alejado de las Mareas y sus reivindicaciones gritando en solitario -por aquello de Vigo-; que algún otro menos espabilado se distrajera buscando el título de algunas canciones vía Shazam -tengo que decir que sin éxito- y, por último, no faltaran los de siempre, esos que se dedican a no asistir ni disfrutar del concierto porque están grabando el concierto en sus teléfonos móviles, probablemente para disfrutarlo más tarde tranquilamente en su casa o con los colegas que se lo perdieron (?).

En resumen, un concierto bien hecho, divertido y vivido por ambas partes, lo que no es poco para una tarde de jueves.

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Hablando

Hay personas para las que entablar una conversación con cualquier otra u otras, independientemente de que sean conocidos o no, no supone ningún problema, es más, la cuestión es lo más normal y natural del mundo, tan fácil como caminar. Sin embargo, esta, para muchos, obviedad es para otros, como es mi caso, una cuestión algo más peliaguda -imagino las sonrisas y los gestos de no comprender de los primeros cuando escuchan o leen que lo que para ellos es tan sencillo para otros pueda ser más complicado o convertirse en todo un problema. Y creo que tienen razón en sus risas, aunque hay que ser un borde redomado para no aceptar o responder a unas palabras dichas con amabilidad.

El hecho fue que el señor, tras dar un par de vueltas alrededor nuestro entre despistado y aburrido, se decidió por fin a “asaltarnos” ya no recuerdo si con una pregunta o un comentario acerca del tiempo o el mar, y lo que comenzó siendo una respuesta amable por nuestra parte pasó a convertirse en la línea de salida de un, no sé si decir, soliloquio, entre local y biográfico, que nos entretuvo divertidos y expectantes ante cada nuevo giro que la conversación -más o menos- iba tomando. El tipo no dejaba de hablar y moverse comentando y preguntando amablemente, y aunque en ocasiones parecía quedarse en blanco, no sé si porque realmente lo estaba, porque anduviera buscando otro tema con el que entretenerse y entretenernos o porque empezara a pensar que tal vez nos estuviera dando la vara en exceso y tocaba hacer mutis y dejarnos en paz, no tardaba en enlazar con otro motivo que parecía venir al pelo porque curiosamente no modificaba el tono general de su discurso-conversación.

Así que, henos allí, acariciados por el tibio sol de media tarde de palique con un señor jubilado que ya parecía de la familia, porque sin que insistiéramos fue contándonos su vida y milagros sólo interrumpido por nuestras propias preguntas -¡vista la situación!- ante cualquier cosa que nos intrigara, no nos quedara del todo clara o de la que quisiéramos saber más. Supimos del lugar dónde había nacido, donde vivía, su familia, su trayectoria profesional y la otra, sus actividades actuales, su disposición para lo que hiciera falta que necesitáramos, su casa, un café o unos tomates de su huerto, amén de huevos, si llegara el caso, de sus propias gallinas. Ya pueden imaginar.

¿Qué es antes, la soledad o las ganas de relacionarse con los demás? ¿Es una necesidad o una afición como otra cualquiera? Para los que no somos muy dados al discurso fácil puede ser un tema de conversación que probablemente no merezca la pena; aunque creo que el asunto es mucho más sencillo. El que algunos tengamos ciertas dificultades -voy a ser condescendiente- a la hora de entablar una conversación intrascendente con cualquier otra persona no impide que el hecho de hablar sea una de las actividades más reconfortantes de las que podemos disfrutar los humanos, y si durante el transcurso de la conversación uno se siente bien, incluso mejor -como nos fue pasando en la situación que he descrito más arriba-, de buen humor, menos introvertido o desconfiado y dispuesto a ir donde haga falta con aquel o aquellos que tienes delante siempre será una buena elección. Porque al margen de cuestiones de personalidad o carácter, de independencia o excepcionalidad, hablar es vivir. También es cierto que en ocasiones -a veces, demasiadas- toca enfrentarse a auténticos ladrillos vivientes, zotes sin imaginación que te martirizan sin piedad ni advertir que ya su primera palabra era mortal de necesidad.

Pero creo que es fácil entender a qué me refiero y que estos últimos no entran dentro de lo que la mayoría de nosotros entenderíamos con hablar o tener una grata conversación.

 

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Modo avión

Desde la altura, pegada la nariz a la pequeña y fría ventanilla, la superficie terrestre no parece igual; cuestión más que evidente. Lo que en tierra se otea o vislumbra lejano, interminable o inalcanzable desde arriba se disfruta con la comodidad de un gran mapa del tiempo rebosante de soledad y esperanzas en forma de manchas grandes y pequeñas que uno imagina -más bien tiene la certeza- construidas y habitadas por otros ocupados en el sinfín de actividades que conforman los días. Estoy y me muevo sobre el mismo mapa físico en colores que solía curiosear intrigado cuando estudiaba geografía, el mismo pero a escala 1/1 y con otra diferencia fundamental, si uno agudiza la vista puede advertir el movimiento de aquellos que en la lejanía nos ignoran ajenos a su pequeñez e indiferentes a la observación, ya sea por nuestra parte o por la de cualquier otro ser que hipotéticamente vigilara nuestros movimientos desde el espacio.

Y precisamente es la distancia, como si de un poderoso Dios se tratara, la que nos muestra tal y como somos, que no es ni mejor ni peor; esa misma distancia que milagrosamente parece solucionar los problemas cuando uno mismo es capaz de ponerla como referencia a la hora de dilucidar lo que la ofuscación de la cercanía impide revelarse tal cual es. Puedo ver lo que parecen pequeñas ocupaciones humanas como manchas de colores pardos asfixiadas, en su aparente precariedad o austeridad, por grandes extensiones de marrones interminables rayados por caminos marcados con tiralíneas; grandes urbes tan desorganizadas como confusas o esas coquetas, coloridas y más o menos exclusivas aglomeraciones pintadas con cuadriculados marrones de sólida teja, verdes desordenados o golfos y geométricos azules clorados tan útiles durante el verano.

Montañas interminables o de las que caben en una mano, costas larguísimas y ríos en horas bajas -una cicatriz sobre el terreno, en su mayor parte polvo esperanzado en un hipotético futuro proveniente del cielo que ahora me sustenta. Y uno no tiene más remedio que reconocer el valor y la osadía de aquellos antepasados que en un momento de su vida decidieron que la tierra que les rodeaba y les había visto nacer no les bastaba, y a riesgo de sus vidas optaron por dejar lo que eran y largarse a buscar no sabían qué ni por qué, lo que en cierto modo necesitaban para aliviar la pesadez, el agobio o la estrechez que presionaba sus almas. E inmediatamente me pregunto quién debe más a quién, quienes dejaron todo atrás, incluidos sus débitos y/o responsabilidades para con los suyos, o quienes se quedaron y mantuvieron vivo el lugar hasta la vuelta del aventurero, tanto si regresaba con la cabeza gacha o con la alforja repleta de bienes y objetos maravillosos y desconocidos.

Te sumerges entre nubes y sus regularidades físicas, recurrencias que probablemente también espolearon la imaginación de aquellos más habituados a observar desde abajo, insistencia que les llevó a suponer que esas formaciones tan particulares obedecían a algún patrón divino o terrenal que las obligaba a conformarse de esos modos repetidos según las estaciones y horas del día. Un no parar de mirar de pronto sorprendido por otro avión que, un poco más bajo que el avión que nos lleva, pasa en sentido contrario sin que casi me dé tiempo a verlo. Muy, muy deprisa con respecto al lugar, también en movimiento, donde me encuentro y en el que, sin embargo, parezco moverme con aparente lentitud. Lo mismo habrán pensado los ocupantes del otro avión, que nuestra velocidad con respecto a ellos era enorme; de nuevo esa física que estudié hace tiempo y en la que aún escudriño como si fuera la primera vez, la misma que me llevó a la certeza de que la percepción de mi situación -tanto física como espiritual- con respecto al resto de los objetos y personas que me rodean no es única ni exclusiva. No se trata de esa estúpida simpleza del todo es relativo que contenta a quienes nada saben y gustan aparentar a la baja para justificar su ignorancia, sino la obviedad de las posibilidades y/o existencia de tantos y tantos mundos que ni siquiera entiendo cómo se nos ha podido ocurrir creernos y pensarnos el centro de algún otro que no sea el propio.

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Café Society

Llama la atención que gente que desprecia cierto tipo de cine o aborrece a un determinado director cinematográfico dedique páginas enteras a poner a caldo una película o a un director que no es de su agrado; con lo fácil que es quitárselo de encima de un plumazo, o simplemente ignorarlos. Digo esto porque después de ver la película de Woody Allen tropecé por casualidad en internet con un comentario o crítica insufrible y destructiva de la misma a cargo de un crítico o aficionado al cine al parecer con bastantes problemas personales. Me quedé asombrado de las frustraciones, bilis y mala leche que pueden ladrarse con tal de desahogarse contra algo o alguien que no te gusta. Igual alguien más lo lee.

Bueno, a lo que iba. De entrada, el cine de Woody Allen te gusta o no te gusta, si eres capaz de conectar con su particular e inteligente sentido del humor y la permanente ironía que el autor y director destila en cada uno de sus largometrajes tienes mucho ganado; luego los habrá mejores y peores, más o menos redondos, originales e incluso repetitivos. Por eso creo que no tiene sentido aplicarle a Allen el criterio comercial al uso -que tampoco a él le interesa- a la hora de valorar o juzgar su cine porque Woody Allen es un tipo que en algún momento decidió hacer de su propia vida una película continua. Hay gente a la que uno no traga porque no le encuentra la gracia ni sabe cómo meterle mano y no pasa nada. El cine de Woody Allen es Woody Allen, y Woody Allen hace ya tiempo que descubrió que la vida es un negocio de amores y desamores protagonizado por hombres y mujeres atrapados en su propia incomprensión, unos personajes débiles y volubles que andan permanentemente fluctuando entre los sueños, sus deseos y la propia realidad sin saber muy bien en qué lado quedarse. Por eso el cine de Woody Allen no necesita cambiar, porque las circunstancias, posibilidades, sorpresas y dramas que pueden darse entre las personas son infinitos; puede que no siempre esté acertado, pero esos son sus materiales de trabajo.

De esas dudas permanentes nos alimentamos los humanos y se alimenta su cine. También es cierto que hay personas que, dicen, jamás se equivocan y siempre han tenido clarísimo lo que quieren y son -yo de ustedes no me fiaría mucho de esos raros especímenes-; como hay otras que ven el cine como una forma de evadirse de la cruda realidad para las que el cine de Allen está de más, viene a ser más de lo que ellas mismas tienen -eso sí, con más dinero y escenarios caros- y en muchos casos no les satisface, por lo que prefieren cualquier entretenimiento que las saque de sus comunes vidas. Son más entretenidas las películas de zombis, violencia y crueldad gratuitas, asesinatos a tutiplén o las de impecables persecuciones envueltas en una producción de lujo. A fin de cuentas para quien no se gusta a sí mismo verse reflejado en la pantalla siempre le parecerá mal, desacertado o inconveniente, da igual cómo se lo sirvan.

Café Society es otra historia de amores y desamores en la que aparecen el jazz y New York como telones de fondo -en mi caso excusas perfectas para acudir al cine-, con un guión que no es perfecto pero casi, con trucos y recursos de cineasta experto a la hora de unas rápidas descripciones y elipsis que no son muy importantes o no vienen al caso porque la cuestión va por otros derroteros, pero con la nada frecuente y poco valorada virtud de no ser una película previsible en cuanto a su desarrollo y final, además de entretenerte durante su duración sin necesidad de mirar el reloj; circunstancias que hoy día son de agradecer, sobre todo si no hay por medio carísimos efectos especiales, toneladas de relleno digital o se trata de algún remake, secuela o precuela de turno. Una película protagonizada exclusivamente por personas que, como nosotros, también andan con problemas de amor e identidad.

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Rutinas

El verano va diluyendo poco a poco el ánimo y minando la capacidad de trabajo hasta dejarnos en manos de una rutina pendiente de la temperatura de la que resulta muy difícil escapar; quedan las madrugadas como preludios, esas pocas horas en las que se puede respirar y, si se es capaz, aguantar hasta contemplar la salida del sol más como una bendición que como una amenaza, y disfrutarlo como si fuera la primera vez hasta que el sueño o la luz te venzan.

Qué fácil les resulta a quienes soportan temperaturas menos extremas juzgarnos y añadir alguna que otra gilipollez para etiquetar negativamente lo que ellos creen caprichos o perezas locales que fundamentan unas formas de ser que, felices ellos, nos impiden llevar una vida dedicada enteramente al trabajo como único modo de vida. Hasta los que no llevamos el verano con gusto hemos de admitir que tanta luz es tan agotadora como única y el amarillo un color que aviva y reseca el alma al mismo tiempo hasta derrotarte por falta de aliento e incapacidad para sentirlo.

Muy lejos quedan aquellas rebajas que marcaron otro verano más, baza postrera del consumo gastada con demasiada premura y también vencida por la exclusiva preocupación de hallar un lugar a la sombra, un refresco o un dejarse llevar hasta la noche, tregua esperanzadora en la que compartir la pereza de mantenerse despierto hasta que el cuerpo aguante.

Hasta que un día advertimos un cartel publicitario anunciándonos y preparándonos para lo que viene, el fin de estas jornadas tan largas, poco productivas y nada dadas a otro negocio que no sea el de refrescarse a toda costa; nuestros explotadores particulares, nerviosos por la tardanza y los números casi paralizados, comienzan a avisarnos del paso de las estaciones envolviéndonos a traición con los colores de moda para el nuevo -otro más- curso escolar. No nos queda más remedio que suspirar y no sabemos muy bien por qué, si porque el verano toca a su fin o porque en el fondo no nos apetece una pizca lo que viene a continuación. El otoño ya está aquí, nos anuncian los agoreros encargados de recordarnos que el tiempo no se detiene -¡como si no lo supiéramos!-, y todavía seguimos vivos y nos toca rascarnos el bolsillo en aras de una beneficiosa producción nacional que, dicen, enriquece al país y nos sitúa en el mundo a costa de nuestras golpeadas carteras.

Y ya están aquí el fútbol y la lotería de Navidad, las mismas esperanzas y sueños, más disparatados si cabe, curtiendo nuestra indeleble docilidad que nos mantiene obedientes e incapaces de sentarnos a un lado del camino para ver pasar el tiempo o, por qué no, darnos la vuelta si nos apetece y frecuentar otros prados dónde nunca antes estuvimos y que probablemente nos entretengan con novedades que no sabremos disfrutar porque hemos llegado a un punto en el que todo lo nuevo nos pilla de sorpresa y sin fuerzas para cambiar el punto de vista. Y a poco que miremos hacia adelante nos plantaremos en los próximos Abril o Mayo, meses en los que, contando con los mismos agujeros en los bolsillos, las competiciones deportivas estarán en toda su salsa y ya habremos pasado otro duro invierno y andaremos suspirando por una nueva primavera, preámbulo de otro verano y sus rutinas, como éste que se nos va, hacia el que nos deslizaremos tan perezosos como felices.

 

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