Fin de Año

Últimamente vienen proliferando lugares y celebraciones “alternativas” respecto de la última noche del año, localidades y gente con un plus de entusiasmo o sin mucho que hacer o en qué pensar que, de buenas a primeras, deciden organizar un fin de año particular y comerse las uvas en cualquier jueves y doce porque sí; tal vez por aquello de apuntarse un dudoso tanto o simplemente para sobresalir de un resto apresado en una rutina plana que al parecer tan poco aporta a la imaginación.

Y como es de rigor siempre hay un representante o ejemplar de la prensa gráfica o escrita para tomar nota y dar fe del evento mencionándolo en el órgano local o nacional correspondiente; aunque siempre es mejor aparecer en la pantalla que en los papeles, sobre todo porque en el caso de las imágenes los reunidos pueden lucir alborotados y armando jaleo y con ello ofrecer a cualquier televidente un ejemplo de su capacidad para divertirse por encima de aburridas y manoseadas costumbres y horarios homologados y/o repetidos. Un buen ejemplo para mostrar al mundo la inventiva de los protagonistas, un mundo que, por cierto, tampoco tiene o muestra mucho interés en ello; otra versión, en este caso algo más folklórica, del derecho a decidir, un descubrimiento que, por lo visto, no parece tener freno, el caso es dar la nota a costa de lo que sea. Probablemente ya habrá alguien por ahí maquinando rizar aún más el rizo y proponer, por ejemplo, cambiar el horario local en un sentido u en otro con tal de facilitar las horas necesarias para el negocio o más diversión, el caso es no ir en la misma corriente que los demás ¡qué vulgaridad!

Y el resto del personal no parece tomárselo de ningún modo, ni a favor ni en contra, a lo sumo con el esbozo de una pequeña sonrisa que suele quedarse en eso porque cualquier crítica en contra o la simple duda de la cordura de los protagonistas generaría una violenta reacción de los aludidos y la consiguiente reivindicación de su santo derecho a hacer lo que les venga en gana junto a la nula potestad del opinante para inmiscuirse en las vidas de los demás y sus propuestas más imaginativas y transgresoras, ¡uf!

Vista la ligereza e inoperancia, y cierta estupidez, de tales hallazgos con los que pretende hacerse notar un personal visiblemente aburrido y cansado de preocuparse por lo que nadie más que ellos debería hacer, queda vaciar la despensa de logros, proyectos o labores comunes y dedicarse a llamar la atención sin con ello todos nos olvidamos un poco de nosotros mismos; total, nos declaramos públicamente incompetentes para las cuestiones adultas y nos dedicamos a pedir más circo, hasta que el cuerpo aguante; porque ¿para qué lo queremos? Así que, venga, alegría y buen rollito y no me jodas con que mañana tengo que volver al trabajo, ¡agorero!

 

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Explicándome

Del poco aprecio que parezco mostrar en mis escritos hacia el país del cual soy originario y las conclusiones respecto a mi persona que cualquiera pudiera obtener a partir de ellos me obligan, en cierto modo, a intentar explicarme, si no lo hacen ya las propias palabras.

Somos nuestros actos, esa sería, en caso de buscar una causa o justificación para nosotros mismos -yo, en este caso-, nuestra primera y casi única, digamos, patria. Y cuando uno actúa, que vendría a ser lo mismo que decir cuando vive, unas veces se acierta y otras erramos, o simplemente nos equivocamos, lo que necesariamente obliga a pedir disculpas o tener que dar explicaciones por nuestros errores, ofensas o despropósitos a quién pueda pedírnoslas.

Las consignas que en primer lugar rigen nuestros/mis actos son, o creo que deberían ser, la educación y el respeto hacia los demás; sin ellas no podremos demandar nada o casi nada a nadie.

El resto -o casi todo lo demás- es, digamos, negociable. Puede hablarse de todo, eso sí, ofreciendo, llegado el caso, aclaraciones o explicaciones y dispuesto a escuchar críticas o diferencias de pareceres u opiniones. Por supuesto, también todo es juzgable y criticable -empezando por uno mismo- y la costumbre u obligación de intentar explicar o justificarse a partir de los actos propios mediante argumentos, a ser posible, clarificadores y razonables impone a todo aquel que pretenda hacer lo mismo respecto, en este caso, a mí, idéntica tarea, tratar de mostrar esos mismos argumentos y/o explicaciones para apoyar sus juicios u opiniones; otra cuestión es que a la otra parte le apetezca o le interese.

Creo que familia y lugar de nacimiento son cuestiones más bien secundarias que dan forma e imprimen carácter y/o peculiaridades al original. Por otra parte, nunca me he puesto a averiguar -no sabría definir con precisión ni creo que sea estrictamente necesario- en qué porcentaje familia y tierra, o tierra y familia, atribuyen a cada cual aquello que no terminan de explicar los propios actos.

De lo dicho se desprende que las personas son lo más importante de lo que sucede a nuestro alrededor, y de las que me rodean o del lugar o país en el que vivo me disgustan los sobreentendidos que implican comportamientos, prejuicios e ideas preconcebidas por simple rutina, el nefasto y destructivo “qué más da”; la desidia diaria, la falta de aprecio por lo común o compartido que muestran los gestos y acciones más cotidianas, las acostumbradas y terribles comparaciones a la baja por pereza o por simple y pura ignorancia, el peso empobrecedor de las tradiciones, la cerrazón mental que fomenta la religión más supersticiosa; la codicia como norma de conducta y la mentira sistemática como forma de ganarse o mejorar en la vida, el egoísmo más infantil, la indiferencia y el odio -que no deja de ser temor- hacia quién uno considera igual o inferior que se convierte en rastrera envidia hacia el resto…

¿Hay algo bueno por aquí? Por supuesto, lo que sucede es que me gusta disfrutarlo y cuando lo hago no pienso en otra cosa, lo que puede que sea un error porque entonces sólo me dedico a mostrar una cara de la moneda, la peor; no se me ocurre contarlo tal vez por modestia o por exceso de prudencia -aún no tengo muy claro si debe decirse o pregonarse. Las buenas personas y los buenos actos procuran beneficios propios y comunes inmediatos que nunca hay que desaprovechar, y casi ningún remordimiento; los malos -equivocaciones y errores- daños nunca deseados que provocan fastidio y malestar, quizás sea por eso que me fijo más en ellos y su reconocimiento en voz alta -mediante la escritura, creo- ayuda o debería ayudar a corregirlos y eliminarlos si con ello tenemos otra posibilidad de ser o vivir más felices.

Conclusión: Esto puede que no sirva para nada porque la única imagen válida de nosotros mismos la tienen los demás, luego…

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Repitiéndonos

Como buenas repeticiones, en cuanto seres vivos y en cuanto personas, no sabemos desenvolvernos si no regresamos a unas rutinas tan básicas como el mismo alimentarse; rutinas o necesidades, tanto da, sin las cuales no podremos contarnos ni como pasado o nos hallaremos sin futuro donde situarlas y situarnos; desde que nos levantamos hasta que volvemos a la cama o dondequiera que acepten a nuestro cuerpo, apenas oscurecido o ya bien entrada la noche. Y ahora que tocan fiestas volveremos a tomarlas según nos pille, más felices que las propias fiestas o con la recámara cargada dispuestos a disparar a todo aquel que nos recuerde que estamos en fiestas, ya sea El Corte Inglés o el pesado de turno, siempre buscando un tema de conversación por aquello de no pasar inadvertido. O nos dará por ponernos a contar años que ya parecen repetidos, o sacar a relucir algún que otro recuerdo no del todo agradable que nos predisponga ante la que se avecina: años, ganas, mucha gente o ninguna, aquellos problemas que nunca se van o el dinero. Y si toca alegría y consumo, porque lo dice la Iglesia y lo publicita cada uno de los escaparates con los que nos encontramos a nuestro paso, tendremos que adaptarnos, aún a nuestro pesar, y puede que hasta se nos escape alguna sonrisa de la que no arrepentirse. Hemos vuelto a despotricar contra las luces por defecto o por exceso, por repetidas o por cutres, sin que nos importe o queramos saber si el ahorro prevaleció ante la imaginación o había que seguir rentabilizando las últimas compras, ya que las finanzas del Ayuntamiento no están para echar las campanas al vuelo; todo antes que darnos por muertos o aburridos.

Por eso, el que más y el que menos también saldrá a comer o cenar con buena o peor gana, con el grupo de costumbre o con aquellos que hace tanto que no ve y todavía no sabe si quiere volver a ver; dudando si siguen llevándose las felicitaciones, sobre todo en su grupo de siempre, que nunca fueron de los normales y criticaban sin piedad las vulgares costumbres de la gente corriente de todos los días, esos que viven sin pensar y llenan las calles por las que uno suele obligando a las repeticiones por el simple hecho de que ellos no saben ni pueden sustraerse a ellas, y hasta les gustan; los mismos de siempre haciendo las mismas cosas de siempre, principalmente porque seguimos siendo los mismos de siempre, como cada año, y como ya nos conocemos acabaremos como siempre, con copa o sin copa de más, repetidos; aunque últimamente los médicos se pasen tres pueblos en cuanto a las recomendaciones que, dicen, son por nuestro bien.

Y como buenas repeticiones dedicaremos algo de nuestro tiempo a echar un vistazo por el patio de los agoreros, otros repetidos, también, esos del permanente espíritu crítico que afirman odiar estas fiestas por los cuatro costados, por la alegría forzada, por la Lotería o por la bacanal de consumo que en realidad son; o porque toca dimitir o discutir con el inaguantable de todos los años y bajar los brazos ante las mismas tonterías e idénticos bordes redomados. Incluso seremos capaces de deambular hasta Fin de Año sin perder el honor y la compostura, participando, más o menos como de costumbre, o hartos ya de formalidades que de nuevo repetiremos, porque ¿qué sentido tiene que volvamos a quedarnos en casa si los demás ya lo saben y ni siquiera les afecta, la misma nota exótica de cada año protagonizada por el mismo crítico consecuente al que ya nadie hace ni caso? como el árbol o el cotillón.

Y qué entrañables son los bordes de siempre, los agoreros, los que presumen de conservar la llama auténtica de la realidad y juzgan al resto como borregos incapaces de salirse del rebaño y pastar por otros prados aún sin hollar; como esas inevitables eminencias, medios o grupos, entre satíricos y progresistas, encargados, por estas mismas fechas ¡qué casualidad! de meter el dedo en el ojo del personal con la excusa de que ellos sí que están alerta y su esfuerzo, tiempo y dedicación les cuesta mantenernos despiertos; nuestra conciencia más pura obligada, nunca sabremos si por las circunstancias o porque realmente les gusta el papel, a convertirse en el pepito grillo toca pelotas que volverá a recordarnos que este año tampoco han dejado de suceder más guerras y/o catástrofes en el mundo. Hasta para preservar la inteligencia hace falta repetirse, no sea que entonces la gente no sepa de nosotros, por eso de las fiestas, o no nos eche de menos y entonces nuestro papel de histrión oficial lo gane algún desaprensivo con ganas de hacerse un hueco en la conciencia común de todos los años.

Cómo nos vamos repitiendo.

 

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Loterías

En este país y después de casi 40 años sigue siendo más importante para la población el día de la Purísima que la fecha que conmemora el aniversario de la Constitución que regula nuestra convivencia, la que algunos ya consideran obsoleta o superada -igual estos últimos entienden que lo mejor sería hacer coincidir el día de la Constitución con la Purísima para que el santo se coma definitivamente al profano, como Dios manda.

Y en este país tan tradicionalista y socarrón siempre es un valor seguro apelar al corazón del personal, a las esencias de un paisanaje que cuando les mientan los sentimientos más rancios, por ejemplo, la socorrida madre, esa que, dicen, no hay más que una, es capaz de soltar alguna lagrimita y detener el puño siempre a punto de caer, ese que nunca se cansa de repetir que las cosas son así y punto. Por eso es del todo acertado que para la pringosa publicidad del mejor recaudador de impuestos del Estado, la Lotería Nacional, hayan echado mano de una socorrida anciana que en circunstancias normales y a la vista de sus confusiones temporales -las que se muestran en el anuncio en cuestión, por otra parte, tan proclives a esa edad-, habría acabado en una residencia de la tercera edad el mismo día del conocimiento público y familiar de su desbarajuste mental y temporal.

Porque, qué mejor que apelar a ese corazón casi enyesado por un día a día que no da para muchas alegrías -quizás más lágrimas, pero de las otras- si con ello se consigue enternecer el bolsillo de tanto sacrificado sin apenas tiempo para detenerse y ayudar a quién en la calle necesita una ayuda más directa y efectiva. Ese mismo tipo serio y ajetreado, pillado a traición entre prisas y calendarios, aflojará la cartera embelesado con otra esperanza, que siempre viene a ser la misma, y colaborará voluntaria y gustosamente con la hacienda pública gastando más de lo que puede vía esos sabrosos impuestos indirectos que son para las arcas públicas los benditos sorteos.

A fin de cuentas, en un país de curas dedicados durante siglos a pregonar y vender el paraíso como forma de mentira piadosa, amén de adiestrar al personal haciéndole confundir la caridad con la justicia y, ya de paso, fomentar y bendecir la santa resignación terrenal, tiene todo el sentido del mundo vender humo mediante una mentirijilla que, seamos serios, sólo es buen corazón… ¿y quién no lo tiene en estas fechas tan especiales?

 

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La llegada

Para empezar he de decir que no he leído el relato original de Ted Chiang en el que está basada la película, por lo que tampoco conozco el sentido último del mismo, cuestión que, en cualquier caso, daría igual porque de lo que se trata es de la película y no del escrito en el que está basada.

La llegada -como se titula por aquí- no es una película fácil y creo que en parte es debido a que se trata de una película femenina, con todo lo que ello significa en este mundo hecho por hombres, hombres que han creado una cultura y civilización masculinas -¡ojo! no quiero decir obligatoriamente machistas- de las que es imposible desembarazarse; esto no es ni bueno ni malo, simplemente es un punto de partida con el que siempre hay que contar a la hora de valorar y valorarnos, sobre todo porque, querámoslo o no, hombres y mujeres venimos al mundo en su interior; lo que no impide que cualquiera pueda advertirlo y a la hora de dar un punto de vista a su opinión o creación opte por el de la mitad no dominante de la humanidad para hacerlo.

Esta civilización y cultura masculinas se ubican de forma obligatoria e inevitable en un espacio y un tiempo bien definidos -delimitados por sus correspondientes coordenadas que explican y hacen humanamente entendible la realidad y el mismo mundo-; invenciones humanas, ambas, de las que es imposible aislarse o desprenderse porque hacerlo conlleva la pérdida de referencias vitales, personales y culturales para cualquier persona que pretenda tenerse por existente. Precisamente, ese tiempo lineal que inventó e impuso el cristianismo y que se ha generalizado en todo el globo es uno de los temas cruciales de la película -su subversión-; y la sola posibilidad de múltiples episodios temporales alternativos y sus consiguientes universos paralelos como los que en la misma parecen sucederse o solaparse -experiencias con las que, sin embargo, la física actual está habituada a trabajar-, pueden ser difíciles de entender y aceptar para el espectador de andar por casa. Ya cuesta llevar con un poco de cordura el único universo que creemos poseer.

Por otro lado están las diferentes lenguas y culturas humanas y aquello del huevo o la gallina; ¿qué es antes? ¿el entorno (la naturaleza, el hábitat, el ecosistema etc.) como condicionante principal a la hora de forjar una visión de la realidad y el mundo que, en primera y última instancia, organiza y estructura nuestro pensamiento y, consiguientemente, nuestras opciones de presente y futuro, o es la lengua la que, convertida en la herramienta de comunicación más importante, dirige y determina nuestra visión y percepción de la realidad y el mismo mundo condicionando tanto nuestros juicios como las opciones y limitaciones a la hora de entenderlo y tratar de explicarlo?

Esto puede complicarse hasta donde uno desee, lo que no desmerece el valor de las propuestas que ofrece la película. Porque La llegada también es una película femenina en el tempo, es femenina porque lo es su protagonista principal, una mujer completamente alejada de las simplezas de los héroes masculinos al uso y su visión limitada y exclusivamente lineal de la historia. Una protagonista que carga con unas experiencias personales de peso que hacen aún más complejo el personaje, siendo esa complejidad, esa especie de mezcolanza entre vida, sueños, deseos y pensamientos -en los que a veces uno no sabe dónde hallarse- la que condiciona su carácter y la manera de enfrentarse a los sucesos principales de la película.

Creo que lo mejor es disfrutarla dejándose llevar por las imágenes, sin demorarse en cuestiones que por insinuadas -según el parecer de cada cual- no aparecen directamente en la pantalla; ya vendrá después esa tarea, porque igual quedan muchas; o no. O quizás lo más importante sea aquello de que cada problema tiene sus propias características y condicionantes y lo primero que hay que hacer, antes de que el miedo nos domine, es intentar descifrarlos con los medios que disponemos. Para los hombres y héroes más comunes la solución, como imaginarán, se limitaría al uso del garrote y tentetieso; como diría un machote al uso ¿para qué vamos a esforzarnos en ver qué hay detrás?

Por eso y afortunadamente es el empecinamiento de esa paciente, aparente y condicionante complicación femenina la que consigue contener y detener tanto derroche de adrenalina y disponer de tiempo para entender, que no es poco.

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Yanquis

Expertos y comentaristas de política internacional volvieron a equivocarse a la hora de apostar por el vencedor en las pasadas elecciones yanquis, y eso que la imagen y las fanfarronadas del candidato republicano fomentaban los miedos y alarmas de, por ejemplo, cualquier persona normal en cualquier parte del mundo -el término normal, en este caso, lleva adosados bastantes asteriscos-, que veía al tipo en cuestión, en el caso de que llegara al poder, como un mal irreparable; en cambio, por la parte demócrata los expertos advertían que había más de lo mismo, otro representante del status quo que gobierna el mundo, supuestamente mucho más racional y sensato -cuestiones, también, de significado más que peliagudo-; aunque con un inconveniente añadido, se trataba de una mujer, y en el país del que hablo eso no es moco de pavo.

Y en esta ocasión ha vuelto a suceder lo que casi nadie deseaba, porque casi nadie se había preocupado por detenerse unos instantes y mostrar el mapa completo de los tipos que tenían que votar; votaban no sólo los americanos que suelen pulular por nuestros medios de comunicación -me refiero a los medios de comunicación europeos-, hombres y mujeres, conocidos y no tanto, tan familiares por cualquier motivo que hasta creemos saber cómo piensan, casi vecinos con los que coincidimos en formas y gustos, como si no nos separara el Atlántico. También votaban esos otros que solemos ver, por ejemplo, en numerosas películas dedicadas a retratar el día a día de tantos pueblos y ciudades perdidas en las inmensas praderas que ocupan una gran parte del país, tipos más bien romos que saben del mundo poco más que la zona del horizonte por donde sale el sol cada mañana, y algunos ni eso; paletos simples y entrañables de razonamientos más bien básicos -da igual que se trate de jóvenes divertidos y salidos con escasas nociones de geografía mundial, de tipos escuetos, machistas e individualistas con tendencia a la pendencia y al tiro fácil o de ancianos resecos y testarudos empecinados en envolverse con la bandera de pureza y libertad de su gran país, que para ellos es como decir el mundo entero. Tipos anodinos viviendo en lugares anodinos y con problemas anodinos -como nosotros- sin ninguna predisposición a la heroicidad y sí a reducir el mundo a una curiosa libertad que empieza y acaba en sus propios miedos; el resto simplemente no existe y no les importa.

Habitantes de un país muy dado a vaqueros y justicieros, esos héroes de ficción que suelen tomarse la vida y la venganza por su cuenta porque los medios de seguridad oficiales son corruptos e incompetentes por defecto; héroes familiares nada exigentes habituados a identificar al malo con quien, por principio, les contradice y, obviamente, quiere destruirlos -más miedo. Orgullosos de haberse hechos a sí mismos -por ningún lado aparece a costa de quien o quienes, dentro o fuera del país- y convencidos de que lo suyo y los suyos es lo primero -más nacionalismo cabestro que probablemente les suene de por aquí-, por lo que todo lo que venga de fuera es potencialmente amenazador y puede hacer peligrar su particular y exclusivista libertad, así que mejor largarlo e impedir a toda costa que vuelva a entrar.

Aunque, ahora que lo pienso, me podría haber ahorrado todo lo anterior porque, en el fondo, hay un motivo mucho más importante por el que la candidata demócrata no podía ser elegida presidenta, ES UNA MUJER; y después de la humillación de un presidente negro su elección era casi peor que una tercera guerra mundial. El orgullo yanqui por los suelos.

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De identidades

Ahora resulta que el personal de Podemos, sección Andalucía, ha descubierto que sus caminos también son únicos y exclusivos, sólo les ha faltado aquello de inescrutables, como los del Señor; es decir, les sobran quienes puedan llevarle la contraria, esos tipos de otras tierras que no sienten el alma andaluza como ellos. Para eso mejor solos, así que necesitan con urgencia una autonomía con capacidad de decisión -ignoro quién decidía por ellos hasta ahora-, por lo que es forzosa la creación de una confederación nacional de Podemitas -como les bautizó el facherío- en la que cada piedra exprese y defienda su particular identidad -¡ojo! no lo confundamos con nacionalismo decimonónico (?); nacionalismo nada tiene que ver con identidad… más (?).

A este paso va a ser cuestión de que cada habitante de este anacrónico y absurdo país exija una capacidad de decisión exclusivamente personal a través de la cual pueda mostrar, como es debido, la pureza de su histórica y autónoma identidad -nada de escuchar o atender a las opiniones de otros que sólo pretenden corromper las inmarcesibles cualidades personales-; por lo cual deberemos exigir de inmediato a esos tipos que pretenden gobernarnos desde cualquier capital con ínfulas que empiecen a formalizar una confederación peninsular integrada por la suma de cada una de las identidades particulares de cada ciudadano de los que pululamos por aquí con más derechos que un romano. Hay que desterrar lo común y las trampas maledicentes del verbo compartir; y hasta que esa confederación nacional, perdón -me traiciona el maldito vocabulario imperialista-, de ciudadanos autónomos no sea afectiva la política seguirá siendo un negocio de mangantes imperialistas a costa de los dineros ajenos, que ya no serán públicos -esa fea y traicionera palabreja-, sino que se administraran a través de una hacienda confederal que regule cada una de las singulares confederaciones en la que cada uno de nosotros nos convertiremos.

El problema no es que por cada paso hacia adelante demos dos pasos hacia atrás, el problema es que cuando intentamos ir hacia adelante solitos nos caemos de culo.

 

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Nuestro mundo (Lecturas)

“Cada minuto de cada día de 2014… los 3.000 millones de internautas de todo el mundo enviaron 204 millones de correos electrónicos, subieron 72 horas de nuevos vídeos a YouTube, realizaron más de 4 millones de búsquedas en Google, compartieron 2.460 millones de contenidos en Facebook, descargaron 48.000 aplicaciones de Apple, gastaron 83.000 dólares en Amazon, tuitearon 277.000 mensajes y publicaron 216.000 nuevas fotos en Instagram…

… según Naciones Unidas hay en la actualidad más personas con móvil (6.000 millones) que con acceso a un retrete (4.500 millones).”

De Andrew Keen (Internet no es la respuesta).

NOTA. La negrita es mía.

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No sólo teatro

La reciente asistencia a la representación El triángulo azul, puesta en escena de forma conjunta por las compañías Centro Dramático Nacional y Micomicón, me dejó más interrogantes que satisfacciones, alguna mueca sardónica forzada y una incomodidad que, en mi caso, provocaban y provocan el tema y lugar en el que se desarrollaba lo que sucedía sobre el escenario.

Siempre he tenido sentimientos encontrados a la hora de valorar cualquier obra literaria, cinematográfica o teatral que, directa o indirectamente, tenga que ver con el Holocausto, tal vez porque considero el asunto demasiado delicado para que alguien, quien quiera que sea, se atreva a tomarlo como tema, argumento o contexto al margen o no de la gravedad que de antemano merece; principalmente porque creo que la magnitud e importancia de aquellos sucesos todavía no ha sido asumida por completo por la población, ni en la propia Alemania y, ni mucho menos, fuera de ella. Hoy me sigue pareciendo un disparate o poco acertado que haya gente que hace turismo visitando Auschwitz, como intermedio cultural, dentro de un circuito en el que probablemente habrá mucha diversión y alguna que otra playa en la que darse un chapuzón. Algo similar me ocurre con toda esa parafernalia de los españoles, su unión, su camaradería y su solidaridad, conceptos que al margen de cuestiones folclóricas, torticeras e interesadas -por un sinfín de motivos, a cual más cicatero- los mismos afectados se han dedicado a vaciar de contenido. Sólo tienen que echar un vistazo a la actual política nacional para hacerse una idea de la vigencia e importancia de las tan socorridas como falsas camaradería y solidaridad españolas, una serie de etiquetas que el más simple de los simples, y por aquí hay muchos, se ha dedicado sistemáticamente a dinamitar con el argumento de que como en su poblacho en ningún sitio. Vayan aumentando el territorio y sumándole las consiguientes dosis de egoísmo provinciano y tendrán la España de 2016, tan semejante a aquella que armó una Guerra civil y llevó a aquellos hombres a Mathausen.

O esa sordidez de la muerte a la que desgraciadamente tan bien nos hemos acostumbrado, ese apilar cadáveres en blanco y negro una y otra vez vistos, hasta el punto de que ante otra nueva visión a más de uno se le escapa idéntico comentario: ¡ah! eso va de nazis. Es esa poca o relativamente poca importancia, o ni mucho menos malintencionada indiferencia, otra de las cuestiones que considero cruciales. Si realmente hubiéramos entendido y comprendido la importancia de la muerte y aquellas muertes -claro, siempre son las de los otros- las trataríamos con más respeto y sentiríamos algo de pudor a la hora de exponerlas según dónde y si es realmente necesario. No se trata de reconvertirnos en unos hipócritas timoratos -algo que, no obstante, ya somos- que prefieren vivir de espaldas a una realidad en la que la muerte, por supuesto, tiene su sitio, pero sí los suficientemente sensatos como para tomarla según qué, cuándo, cómo y dónde. No hay más que ver esas películas en las que los muertos se caen literalmente de la pantalla sin que el espectador se alarme o pestañee, pero en las que el sexo explícito está cínicamente prohibido exhibir. Queda mucho que recordar y otro tanto por recorrer

Y luego estaba la obra en sí, la notable representación -aunque se me hizo un poco larga-, la acertada y austera escenografía -a pesar de algunos errores históricos y de argumento-, el gran trabajo previo con los actores, sus movimientos en escena y las destacadas interpretaciones de cada uno de ellos, de los cuales no me atrevería a resaltar ninguno en concreto por no desmerecer al resto. Con momentos y cuadros realmente acertados en los que la conjunción de música, bailes, letras de las canciones y vestimenta, junto al lugar dónde sucedían, provocaba en el espectador una grotesca impresión de sarcasmo y crueldad que sólo el teatro bien hecho logra transmitir. En definitiva, un resultado teatralmente bueno pero con demasiados interrogantes, algunos de gran peso, que lastraban, creo, de manera drástica tanto el conjunto como el resultado final.

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Más tabaco

Hacía mucho tiempo, años, que no salía de un bar impregnado del desagradable olor a tabaco, hasta tal punto que una vez en casa no tuve más remedio que airear la ropa en la terraza, de lo insoportable que era. Puede que alguien se extrañe y puede que no, estos últimos, sabedores del país tramposo y marrullero en el que vivimos, no se sorprenderán. Si, dicen que el tabaco está prohibido en lugares públicos cerrados, la cuestión es que el término cerrado admite infinidad de interpretaciones, a cual más interesada. Que si con un techo es suficiente, que si se necesitan dos o tres paredes para que pueda aplicarse la prohibición, pero da igual, en este puñetero país tan poco solidario los enfermos del tabaco parece que llevan las de ganar, eso sí, arropados por esos hosteleros a los que les importa la caja más que el servicio.

Tal vez alguno se ha creído que eso de cerrar las terrazas era para aumentar la clientela de bares, restaurantes y lugares de copas, pues no, las terrazas se instalan para admitir a los fumadores que, ya sin problemas de timidez o vergüenza por lo ostensible y penoso de su enfermedad, se dedican a soltar humo con el gregario asentimiento del resto de la población, haya o no haya niños o personas a las que pueda afectar el humo del tabaco.

Nunca he tenido nada contra el tabaco, pero es absurdo volver a insistir en lo que es un hecho infinidad de veces constatado. Fumar tabaco es fumar mierda fabricada intencionadamente con el único fin de que el pusilánime y corto de inteligencia de turno no pueda librarse de su enfermedad mientras enriquece a cuatro tipos desaprensivos que se pasan la enfermedad del imbécil por el arco del triunfo.

Es lo que hay, la ansiedad de tantos infelices es un negocio para los mismos de siempre. Luego vendrá el médico con sus advertencias de última hora y el cretino que fumaba porque le salía de ahí mismo y se ofendía si alguien se atrevía a censurárselo se comportara como un niñito bobo y obediente que tiene que dejar su vicio porque de lo contrario saldrá con los pies por delante.

¡Uf! ¡¿Cómo podemos ser tan sumamente estúpidos!?

 

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