PSOE

Probablemente debe haber tipos a los que les cuesta una barbaridad entender la realidad a partir de sucesos bien llamados reales, esos mismos que una cuerda mayoría acepta como tales; otros, en cambio, se empeñan en obviar esos mismos sucesos porque no coinciden con su particular realidad, o sea, como no les gusta lo que ven ni siquiera lo toman en consideración, prefiriendo hacer como si no existiese; luego vendrán los golpes, las iluminaciones o los descubrimientos repentinos. Si el PSOE no fuera un partido de este país con el que llevamos conviviendo, en ocasiones a nuestro pesar, durante tantos años, probablemente nos importaría un pimiento lo que les pudiera suceder; pero ocurre que estos señores alguna vez nos gobernaron y siguen insistiendo en ello, aunque en la actualidad de forma más bien desafortunada. Hace un par de años largaron de la dirección del partido al tipo que ellos mismos habían elegido, supuestamente, democráticamente -según dicen porque no hizo lo que los más viejos del partido, señores de mucho peso, tanto físico como económico, pensaban que había que hacer. Ahora están en las mismas, organizan otras elecciones, más democráticas si cabe, y pretenden con ellas poner en la silla a una señora de la que solo se sabe que ha aguardado, dócil y obedientemente, su turno durante el tiempo indispensable para que, por escalafón, le llegue el momento de ascender al mando. Pero el mismo tipo al que echaron hace un par de años ha vuelto a las andadas y con el apoyo de los que tienen menos peso en el partido -tanto físico como económico- ha plantado cara a la delfinesa reglamentaria del aparato del partido y de los denominados barones, mostrando una realidad que poco o nada tiene que ver con la soñada por los mismos que entonces rompieron la baraja. Es decir, como suele decirse, parece que no ha pasado el tiempo, o sea, un hazmerreir.

Penosa realidad que más bien parece un patético escarnio montado para divertimento general, un esperpéntico espectáculo que el personal ve como lo que es mientras los protagonistas siguen empeñados en darnos la tabarra con visiones y previsiones, discursos y realidades paralelas que los comunes mortales han de aceptar como si fuéramos imbéciles; o ante tal afrenta a la inteligencia pasar olímpicamente.

Claro, todo este circo le viene de maravilla a la gente del gobierno, y la prensa afín se divierte aireando cualquier cosa que ponga en evidencia la precariedad, tanto intelectual como real, de sus contrarios políticos, ¡si no saben ni escribir! ¿Han visto y leído la supuesta carta que el actual gerente del partido en cuestión le dirigió al señor Iglesias afeándole sus intenciones de censura? En un primer momento pensé que era una falsificación o un montaje de esos hackers rusos tan de moda, dicen que a sueldo del señor Putin, dedicados a tergiversar o reventar todo lo que a este le moleste. Luego dudé y me atreví a pensar que tal vez fuera cierta, es decir, que el tipo en cuestión o quien quiera que se la escribiera no tiene ni idea de cómo escribir una carta, entonces fue pavoroso. No es que para estar la política halla que ser un erudito, a los hechos me remito, como también es cierto que habiendo como hay tal cantidad de catetos e ignorantes dirigiendo las cuentas de este país el hecho de escribir mejor o peor una carta no es tan trascendente -además, existen los SMS y el WhatsApp-; pero siempre será mejor intentan escribir bien que tirarnos piedras porque tampoco sabemos hablar. Además, a todos nos enseñaron alguna vez de pequeños que las cosas parecen mejor si están bien hechas. Se trata únicamente de molestarse en ello… ¿o me estaré inventando otra realidad paralela?

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Bailar

Si prescindimos de la cutre obligación del botellón que entusiasma a los más jóvenes, no es que haya por aquí muchas opciones en forma de locales para pasar la noche de un sábado cualquiera, algunos lugares más bien pequeños o estrechos atestados de bebedores apretujándose de un lado a otro porque no hay ningún objeto duro en el que apoyar el trasero y descansar. Ello no es o fue óbice para que hace poco, un sábado de tantos, tropezara al azar con una puerta abierta y la música del local al que daba acceso, un lugar con el que no contaba porque me pillaba a trasmano o en las mismas antípodas de mis propios sábados. Y como no hay nada mejor que la curiosidad y la noche hasta ese momento iba bien nos atrevimos hasta el interior entre expectantes y malamente resabiados.

El local y la decoración que lo adornaba no eran para tirar cohetes, aunque tampoco para salir corriendo, era el que era y a la gente que lo llenaba parecía gustarle o simplemente no le importaba porque lo que sí prefería era bailar. Ya antes de encontrar un lugar donde aposentarnos me entretuve repasando el gran número de nombres que pintaban las paredes, entre ellos el de Celia Cruz o El gran Combo de Puerto Rico; y mayor fue la sorpresa cuando, todavía distraído en mi azarosa lectura, comenzó a sonar María La Portuguesa en la inolvidable voz de Carlos Cano. ¿Cuánto hacía que no escuchaba a Carlos Cano? Incluso me dieron ganas de correr y buscar algún vinilo suyo de entre los que todavía andan por casa. Pero lo más importante de todo aquello es que el personal no dejaba de bailar, pero no bailaba como lo hemos hecho todos alguna que otra vez cuando hemos tenido que acompañar con el cuerpo los ruidos de una música anglosajona que pasaba y aún pasa por moda, allí se bailaban cumbias, salsas o merengues que el mismo Ibrahim Ferrer cantaría muy gustoso.

Y, como no podía ser de otro modo, nos quedamos y pedimos nuestras respectivas consumiciones mientras mirábamos y disfrutábamos con tanto bailarían entrando y saliendo de la pista moviéndose sin descanso al son de la música. Es cierto que el local y el ambiente quedaban algo lejos de mis gustos musicales, pero no tuve más remedio que admitir que si aquellas personas habían decidido salir a bailar un sábado por la noche, el que más y el que menos aplicándose al baile dentro de sus infinitas o limitadas posibilidades, su particular elección era algo que sin ninguna duda había que celebrar y, dentro de lo que cabe, disfrutar, si no tanto como los propios protagonistas al menos viendo cómo lo hacían. Allí mismo me vinieron a la memoria algunas recientes y oscarizadas películas norteamericanas –La ciudad de las Estrellas o El lado bueno de las cosas, por ejemplo- en las que el baile es un motivo básico o muy importante y me dije que prefería lo que tenía delante; probablemente fuera porque desde el idioma a las melodías me eran mucho más cercanas, o tal vez por aquello de los orígenes o esas misteriosas y recónditas improntas que ninguno sabemos o creemos poseer y que el día menos pensado despiertan al ver u oír una música de la que uno creía estar de vuelta; sensaciones, familiaridad y alegría que sorprendentemente no puedes reprimir porque las sientes tan tuyas como tu propio nombre.

El baile no parecía tener fin y los bailarines tampoco, más y menos jóvenes, mejores y peores, algunas parejas haciéndolo de forma envidiable y otras poniendo en la danza todo su empeño y concentración pero cada cual a lo suyo; diferencias que desaparecieron cuando todos se pusieron a bailar al unísono, como en esas películas yanquis en las que hombres y mujeres se organizan, cruzan y palmean ocupando toda la pista como si se tratara de una coreografía ensayada pero mucho más fresco. Y mientras los miraba admirado recordé aquel dicho -del que siempre he creído desconfiar porque en lo referente al baile no estoy en los primeros puestos, ni siquiera por la mitad- que más o menos viene a decir, dime como bailas y te dirá como amas.

Y así se fue diluyendo la noche. Era tanto el gusto y la alegría que aquel baile ininterrumpido procuraba a propios y extraños que hay que ser muy tarugo o simplemente estúpido para no congratularse de que en las noches de sábado gente de todo tipo y condición disfruten de lo lindo haciendo algo que sin duda les gusta y, en el fondo, a todos nos gustaría hacer con un mínimo de decencia, es decir, bailar. Entre tanta seriedad y devoción como muchos arrastran por esta vida con el pretexto de una escuálida dignidad que en demasiadas ocasiones nació muerta, entre tanto aburrimiento y falta de imaginación a la hora de decidirse por diversiones que nada tengan que ver con el alcohol o hacerle la puñeta al de al lado, el baile ofrece la oportunidad sacar de nosotros esa pizca que nos hace más terrenales y humanos, esas ganas de compartir la felicidad que solo nuestro cuerpo, al fin liberado de la tiranía de nuestra cabeza, puede desplegar expresándose de forma tan desinhibida y sincera.

Porque, desengáñense, jóvenes, menos jóvenes y más viejos, si no somos capaces de bailar y sentir el baile no les quepa la menor duda de que nuestras vidas son y serán un poco más desgraciadas.

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Señores de provincia

Pasa las páginas del periódico de forma mecánica y chillona, casi escandalosa, porque en la quietud de la terraza, en la que cada cual se dedica a su desayuno o a alguna que otra charla con su compañero o compañeros de mesa que ni siquiera trasciende como murmullo, el ruido seco y cortante del papel lanzado hoja sobre hoja llega a ser irritante. Pelo cano a tono con sus respetables años de jubilado de buena posición, acicalado con presumido detenimiento y tan detallista como la ropa que viste; vaquero de marca cálidamente gastado, una colorida y discreta camisa a cuadros, cinturón adornado con lo que parecen unos motivos indios y los inevitables castellanos con los que todos los de su alcurnia sellan su prestigio de burgueses de provincias para los que la vida tiene un sentido bien definido fuertemente entrelazado a la obligada e inevitable solvencia económica de su posición, a la que va unida una categoría social entre iguales por los que pasa cada una las disposiciones políticas y económicas que deciden los políticos y mandados de turno.

Nadie más parece fijarse en él porque nadie más presta atención a lo que de momento parece no ser un desayuno, puesto que el café y el vaso de agua siguen intactos, como si todavía estuviera aguardando algo más mientras se dedica a golpear página contra página del periódico de la provincia. Del acceso al interior del local sale una sofocada y joven muchacha portando una bandeja repleta de consumiciones, cafés, bollería y tostadas que reparte con acelerada premura entre algunas de las mesas con clientes aguardando, y cuando intenta regresar con rapidez al interior para continuar con los clientes que ocupan la casi la totalidad de la barra nuestro hombre la chista con exigente indiferencia haciéndole señas para que se acerque. Entonces la muchacha parece recordar de pronto algo y cuando llega a su lado le dice azorada que no le queda de lo que había pedido, a lo que nuestro hombre contesta con inmodesta suficiencia que tenía que haber salido para hacérselo sabe en lugar de tenerle esperando; la joven, inquieta, no sabe qué contestar y permanece en pie mientras el señor decide pedirle una tostada que no debe tardar. Se marcha casi corriendo porque la requieren dentro.

Estos benditos señores de provincia son la sal de la tierra de por aquí, esta es su tierra, es su ciudad, son sus negocios y los habitantes son sus ciudadanos. Ellos han invertido su tiempo y dinero, hasta su vida, en hacerla crecer a medida que se beneficiaban enriqueciéndose a su antojo y sin dar mucha o ninguna explicación, tal vez entre sus pares a la hora de repartir beneficios, residencias, matrimonios de prestigio y futuras vejeces bien conservadas, casi juveniles, desde las que observar y vigilar cómo sus cachorros se organizan según repartos de poder acordados de antemano. Mientras, disfrutan de un merecido retiro rodeados de nietos prudentemente apartados, vacaciones de primera y más años en los que presumir de aspecto y un respeto local tan cristianamente ganado como merecido.

 

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Viernes

Ante tal cantidad de muestras de fervor religioso, pasión, fe y poder todo aquel que no piense en católico pasará por esta tierra por un extraño sin decencia, alma ni vida; algo que ocupa un lugar en este mundo sin derecho.

Es curioso que tanto devoto y devoto leído se empeñen en justificar con más y menos prosopopeya una fe torera y unas manifestaciones religiosas ante las que, siempre según su limitada perspectiva del mundo, cualquiera debería humillarse y caer rendido, cegado y admirado por la solemnidad que transmiten unas personas que lucen y ostentan investidas por un fuego divino que trasciende todo lo conocido. Será porque aún no se han dado cuenta de que no hay más de lo que inventamos.

También es increíble que haya que aguantar a tanto feligrés y fariseo empeñado en publicitar que esto de por aquí es irrepetible y muy pocos sienten y entienden, solo los transidos por la bendición de una fe habituada a las premoniciones y sentencias, a las advertencias, a la represión, a las recapitulaciones en beneficio propio, a las explicaciones universales de TODO que finalizan felizmente en los ombligos de los paniaguados que negocian su futuro por encima y a pesar del resto, pobres ignorantes incapaces de concebir tanta felicidad y hermosura.

Y blablablá, todos los años igual, unos pregonando por simple ignorancia el maravilloso misterio de la fe en Xto muerto, y otros, imbuidos por un plus de arrogancia, predicando en cualquier medio de comunicación a favor del maravilloso don de la fe en Xto-Señor… y así por los siglos de los siglos.

Ya nos vale, que todavía tengamos que aguantar a tanto mendrugo mirándose el ombligo con las gafas de la fe y casi alarmado porque los demás no pueden entender y admirar tanta excelencia da para siglos de aburrimiento… nunca escarmentarán ni recapacitarán sobre egolatría tan triste y mezquina, quizás porque nunca supieron y les da miedo aceptarlo, porque no pueden soportar que también ellos sean uno más en este hasta hoy interminable transcurrir de una especie que sigue jactándose de su santa ignorancia.

Y encima hoy viernes nos dejan sin cine al resto. Hay que ver que gente tan educada y respetuosa.

 

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Caminar

Si uno se plantea salir al campo y disfrutar caminando de una mañana de primavera algún enterado le puntualizará haciéndole ver que eso se llama hacer una ruta o practicar senderismo. Y como no merece la pena andarse con minucias de tan poca chicha ni intentar hacer ver a quien no sabe lo mejor es pasar de polémicas a la hora de referirse a algo que vengo haciendo por simple gusto desde hace bastantes años, tal vez por aquello de no llevar la contraria y hacer como que sigo obediente la moda deportivo-saludable que desborda a más de un friqui tan purista como desaforado.

Y una vez aceptada la corrección político-curativa y ya puestos en marcha puede suceder que lo que pintaba bien no es que empeore sino que comience con alguna sorpresa de la que sacar un mal chiste, probablemente debido por mi falta de información y escasa atención a la infinidad de eventos que como reclamo turístico salpican el día a día de la zona. Ocurre que el día en cuestión, muchos metros antes de llegar al lugar elegido para iniciar nuestro paseo festivo, nos asalta una música pachanguera e infernal tronando a toda pastilla en pleno campo -tipo radio-fórmula castradora de espíritus musicales. La sorpresa acaba siendo mayúscula cuando irrumpimos en la explanada elegida para dejar el vehículo y nos encontramos con un variopinto gentío de hombres y mujeres disfrazados de los colores más llamativos y espantosos saltando y retorciéndose a modo de preparación, dispuestos a asaltar los montes en los que pretendemos medio perdernos embaucados por el murmullo del agua discurriendo entre las piedras. Luego tendremos que esquivar dos horrendos castillos hinchables a modo de arcos o puertas pintarrajeados en inglés, interludio obligado a la hora de discriminar el principio y el final de lo que vendrá después.

El personal nos mira con indiferencia o caras largas por lo que bien suponen no es un sumarse a la fiesta por nuestra parte, ataviados de lo más normal en cuanto a prendas y calzado más o menos adecuados para caminar entre tierra, árboles, arroyos y pedruscos. Otros no tienen tiempo para vernos o juzgarnos, puesto que su preparación les absorbe por completo; a algunos me los imagino tan tensos y concienzudos en sus respectivos trabajos, o no. En un lateral del lugar se muestra una gran pancarta, también escrita en la lengua de Shakespeare -la zona debe ser políglota-, que al parecer da nombre a aquella especie de saludable y chillón aquelarre deportivo-naturista.

De pronto, a través de la estridente megafonía, que probablemente habrá expulsado a kilómetros de allí a toda criatura autóctona viviente, se anuncian horarios y distancias para lo que viene a continuación, lo que provoca un revuelo generalizado entre los presuntos participantes agrupándolos según distintos propósitos, voluntades o facultades. Y tras un fingido pistoletazo de salida escapa de allí sin orden ni aparente control un primer y nutrido grupo de señores y señoras tan fosforitos y relucientes como fachosos. Y lo que hasta hace poco lucía como una hermosa pendiente arbolada rematada por un pequeño macizo rocoso se convierte en un horroroso hormigueo de colorines pertrechados con infinidad de bolsitos, objetos y dispositivos en prevención de un supuesto y posterior uso durante el recorrido de la prueba o carrera hacia lo que parece el fin del mundo que no alcanzo a entender.

Y poco más, nosotros iniciamos y llevamos adelante nuestro espléndido paseo lo más apartados posible de los tipos recargados, aunque de vez en cuando no tenemos más remedio que tropezarnos con hombres o mujeres de rostros desencajados y edad entre indefinida e indescriptible, algunos moviéndose de forma tan penosa y ridícula como lamentable, tipos que, creo, no parecen haber entendido muy bien qué significan ejercicio físico y salud, su relación y que los únicos desafíos que realmente dignifican al hombre son los intelectuales y los que se ocupan de sus semejantes, el resto es pretender darse pisto a costa del propio ombligo o, lo que es peor, de las redes sociales.

En fin, debe ser moda humillarse de forma tan despiadada para conseguir no sé qué nivel de superación que no conduce a ningún lugar saludable, únicamente a romper el campo. ¡Ah! otra cosa, ¿el motivo de ropa tan estrafalaria y chillona es no tropezar entre ellos, no confundirse con el ambiente o aparecer bien visibles para las obligadas urgencias cuando llegue el inevitable jamacuco o el propio cuerpo diga basta en un desesperado último intento frenar obsesiones tan inconscientes como disparatadas?

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La siempre difícil labor de la Iglesia

(Textual)

Los lugareños con iniciativa estaban muy felices de unirse al clero para convertirse en miembros de esa nueva clase privilegiada. De esa manera, amenazaban con socavar el control que los terratenientes tenían sobre sus vidas. Gelasio -el Papa de entonces- se enteró de que muchos de los que se convirtieron en sacerdotes y en diáconos habían sido esclavos, y muchos más habían sido obnoxii -campesinos vinculados para siempre a la finca en la que estaban registrados como contribuyentes-, el estatus clerical los liberaba de esas ataduras. Eso sucedió en una época en la que los terratenientes del sur de Italia dependían de su habilidad para controlar una gran reserva de trabajo servil por deudas para producir la cosecha anual a la que estaba supeditada su riqueza.

Gelasio apoyaba a los terratenientes con entusiasmo en lo que se refería al control de sus campesinos. La ordenación sacerdotal no debía convertirse en una válvula de escape para los esclavos y los campesinos atados a la tierra.

A este respecto, el papa estaba de acuerdo con el laicado rico. La alteración del orden social propiciada al permitir que las personas atadas a la tierra se unieran al clero equivalía a una especie de contaminación: una mácula en el honor de la Iglesia cristiana.

Gelasio introdujo, con pétrea certeza, la metáfora social de la gran finca. Según Gelasio, ninguna persona podía afirmar que había nacido libre. Todos nacían con la falta de libertad heredada de Adán. Todos estaban sujetos al pecado, como si fueran campesinos atados a la tierra: <<… atados al lugar de origen donde están inscritos, porque su nacimiento se ha dado en un estado de dependencia servil>>.

Gelasio recurrió instintivamente al lenguaje de la esclavitud y de la obligación hereditaria como metáfora principal de la condición humana, lo que puede darnos un vislumbre de la presión del esfuerzo social en las grandes fincas del Mezzogiorno del siglo V.

Peter Brown; Por el ojo de una aguja. Acantilado 2016. Págs. 932 y ss.

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Expertos

Llega un momento en el que todo suena igual, da igual una emisora de radio que un programa de televisión, si la tendencia política de los intervinientes es hacia un lado o hacia el otro. Las tertulias o reuniones de expertos para tratar temas políticos y sociales como entretenimiento informado en los medios de comunicación se parecen como gotas de agua, pero sucia. Exceptuando los muy reaccionarios, que viven al margen del resto pues sus opiniones y comentarios se anclan en lo más rancio y podrido de costumbres y tradiciones de otro tiempo, o los visionarios, viejos o nuevos, empeñados en prometer y pintar un futuro del color que a ellos les gustaría sin todavía entender que el objetivo debiera ser un presente que tiene un único aspecto y unos protagonistas sólidos y concretos que necesitan algo más que la promesa de un nuevo paraíso, el resto es una jerigonza plana de presuntos expertos tan rimbombante como vacía.

Nada más comenzar el programa o el espacio y sin casi poder advertirlo el oyente o espectador es encorsetado por un lenguaje, unas estructuras sintácticas y un vocabulario que nada tiene que ver con la lengua usada en la vida diaria, una terminología tan especializada como abstracta que obliga a obviar los contenidos e intentar traducir entre líneas, porque, de lo contrario, si uno permanece simplemente viendo o escuchando llega un momento en el que un runrún plano y sin matices colonizado por estereotipos y giros especializados sepultará su interés convirtiéndolo en puro aburrimiento por propia dejación. Embaucados por una jerga que no deja de reproducirse a sí misma y de la que se acaba harto, quedándose el oyente o espectador con la impresión final de que, o bien puede sentirse afortunado por no perderse en el discurso, que no entender, o acabar decepcionado cuando, después de aguantar el tipo sin supuestamente perder el interés, se queda con una inmensa sensación de vacío, puesto que no es capaz de trasladar a su realidad diaria nada o casi nada de lo que acaba de oír.

Incluso puede suceder que si uno se aficiona a tales programas es posible que acabe hablando y opinando como sus héroes tertulianos, pero desgraciadamente habrá perdido la conexión con la realidad, a la que tendrá que dirigirse como si la estuviera observando desde fuera en lugar de viviéndola, que es lo que hace cuando escucha, tiempo perdido que luego no puede traducir al presente porque básicamente es imposible; se acaba envuelto en una realidad paralela que nos dispersa y desinfla nuestra voluntad que al final solo busca descanso y lugares más prosaicos que nos hagan sentir vivos y coleando, que es como supuestamente estamos.

 

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Del amor

No es fácil entender que una mujer deje de valorarse a sí misma a la hora de embarcarse en una historia de amor con un hombre al que solo le interesa como medio, además de considerarla como objeto o ser inferior. Es lo que se me ocurre cuando te enteras de la decepción sufrida por alguien que compartía su vida con un hombre africano, una mujer que, de pronto, se encuentra con que lo que ella creía que era una relación perfecta -o por amor- no deja de ser un negocio acomodaticio en el que la otra parte prefiere dar largas, engañar o condescender, eufemismos de lenguaje y comportamiento masculino para lo que no deja de ser puro y simple machismo cultivado y aderezado con los signos y tradiciones de otra cultura, probablemente más retrasada en lo referente a la igualdad de género.

Confusión o problema derivado de una diferencia de conceptos o creencias, por no decir de culturas, ahora que tanto quieren parecerse unas a otras. Mientras la mujer occidental crece y vive en una sociedad en la que el amor, como poderoso e intangible sentimiento, es o suele ser el componente principal que gobierna los corazones en las relaciones de pareja, en otras culturas esas, digamos, vigencia, pureza y valor del amor no son tales, no están bien vistas o simplemente no existen, siendo las relaciones de pareja, en una elevada proporción, relaciones de dependencia, vasallaje, sumisión, etc. que poco o nada tienen que ver con el dulce motor que aparentemente mueve las nuestras. Para aderezar la cuestión creo que no hace falta recordar que las declaraciones y promesas entre enamorados se alimentan de un lenguaje plagado de términos comunes a la hora de fidelizar y hacerse creer por parte del otro, términos que, desgraciadamente, no lo dicen todo y cuesta o se olvida matizar o precisar en lo más fogoso de la contienda amorosa; promesas y palabras que en el fondo pueden llevar incorporados significados bien distintos de los que nunca se hace mención o no aparecen en una conversación entre enamorados siempre preocupados por otras cuestiones más prosaicas.

Seguramente la vigencia de ese amor tan desinteresado en la sociedad occidental resulte difícil de entender por parte de alguien que proviene, digámoslo así, de una sociedad diferente en la que la mujer viene ocupando un papel subsidiario con pocos o ningún derecho, ni siquiera a la reivindicación de una igualdad de género, cuestión que, antes de que alguien se me adelante, por aquí tampoco funciona como debiera, y lo que es peor, sigue sin ser asumida y/o entendida por muchos hombres que presumen de occidentales; una sociedad occidental que, sin ser perfecta, al menos admite una igualdad que, si como he dicho, para algunos jamás será de hecho, si es exigible y de derecho a poco que la mujer se dote de los medios necesarios para ello. Puede ser que allí de donde proviene, por ejemplo, el hombre africano algo así jamás sea posible, ni entendible o hasta humillante.

La próxima vez que vea una pareja de ese tipo me preguntaré, ¿entienden los dos de igual modo lo que en principio los une y, por estar aquí, significa el amor, su ligereza y a qué obliga? ¿en los tiempos que corren hay todavía mujeres capaces de unirse a un hombre que puede que culturalmente vivan en las antípodas en cuanto al amor?

Una última cuestión, si cuando estamos enamorados solemos poner en nuestro amor aquello que imaginamos o anhelamos y que desgraciadamente en más ocasiones de las deseadas no existe, lo que provoca posteriores confusiones y equívocos catastróficos o sin solución, sólo falta que lo hagamos con tipos que también suelen vernos como la solución a sus penurias económicas, que no culturales.

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Ideología de género

Esto tiene algo que ver con el famoso autobús que grupos católicos y bastantes reaccionarios han puesto o pusieron en funcionamiento por Madrid y que tanta polémica y rasgamiento de vestiduras ha generado entre todos aquellos con derecho de opinión, tanto a un lado como a otro, política o no.

Vista la beligerante mala leche y estupidez de quienes lo inventaron y financiaron y la actual libertad de expresión que supuestamente impera en este país hay muy poco que decir sobre ello, tal vez sentir que todavía haya personas que en lugar de pensar a tono con el siglo en el que viven lo hacen como si todavía estuviéramos en el tiempo de las ricas catacumbas romanas. Y como ya se ha dicho casi todo sobre ello no voy a insistir más, pero, en cambio, sí lo voy a hacer con respecto a las palabras de una señora perteneciente a la organización que puso en marcha el vehículo respondiendo a una entrevista radiofónica, sobre todo haciendo hincapié en un curioso termino de ignota procedencia que, según ella, era lo peor que estaba sucediendo en España con respecto a los niños y el sexo. Se trata de una expresión en concreto, ideología de género, según la señora el auténtico peligro para los niños de nuestra sociedad

Si no lo entiendo mal, que no lo entiendo, tampoco bien, las ideas que subyacen en el origen de esas ideologías de género tan sospechosas como peligrosas pretenden reivindicar el género por encima ¿de…? ignoro con qué motivo o peligroso objetivo. Pero probablemente solo sea mi caso.

Que como mamíferos -en sentido estrictamente biológico- cada individuo nace con una morfología sexual diferenciada es una evidencia más que natural, palmaria; que también venimos al mundo en posesión de un cerebro contante y sonante -es un decir- es algo similar a lo anterior, pero en este caso existe una diferencia fundamental. Mientras que el sexo sigue siendo sexo en lo que atañe a las funciones específicas, naturales y/o fisiológicas, de los órganos sexuales, previo paso por un periodo de madurez corporal necesario e inevitable, en el cerebro se produce otro prolongado proceso de madurez pero mucho más complicado. Las facultades y posibilidades del cerebro son, social y culturalmente, influenciables y modificables, además de abstractas -intangibles, trascendentes con respecto al mundo físico de los instintos más primarios-; el cerebro es el órgano que finalmente acaba gobernando los instintos y deseos más y menos íntimos que organizan el funcionamiento del propio cuerpo, teniendo como resultado último el comportamiento y la identidad afectiva y social del individuo -por eso cuando hablamos de personas ya no estamos hablando de un animal en el estricto sentido biológico. Al ser, por tanto, dos cuestiones o procesos de resultados bien distintos, no pueden enfocarse desde el mismo punto de vista. En el primer caso el sexo no deja de ser una función biológica más, pero en lo referente al cerebro, su madurez y desarrollo intelectual, ya no hablamos del órgano de un animal stricto sensu, sino de un humano adulto, una persona, un individuo integrado en un grupo social y cultural que le antecede, le hace protagonista y le sucederá en el tiempo.

Que la sociedad, por ejemplo, esta que habitamos tal y como la conocemos, tiene un profunda influencia en el proceso de maduración infantil es una evidencia que no hace falta mencionar, y que la misma sociedad puede aceptar el resultado de ese proceso de crecimiento y/o maduración que sufre un individuo o, en cambio, denigrarlo, despreciarlo o tratar de redirigirlo es otra cuestión tanto o más importante. Que la sociedad intente imponer unas normas de comportamiento sexual basadas en cuestiones tradicionales, religiosas o culturales no tiene nada que ver con que esa misma sociedad decida respetar el proceso de maduración individual, incluida la sexual, y, lo que es más importante, admitiendo y aceptando todas las posibilidades tenidas como propias por cada individuo.

Una sociedad atrasada o poco desarrollada intentará imponer una serie de comportamientos a sus ciudadanos en función de cualquier religión o ideología tomadas como únicas o exclusivas, adornándolos con todos los parabienes imaginables con tal de mantener una serie de preceptos o tradiciones poco o nada dados al cambio o la renovación, lo que vendría a ser una sociedad muerta en vida. En cambio, si esa misma sociedad, basándose en el respeto generalizado a la intimidad y libertad de cada ciudadano en función del correspondiente desarrollo personal, deja abiertos los cauces y acepta todas las manifestaciones íntimas o personales de sus ciudadanos -siempre y cuando no sean perjudiciales o perniciosas para el resto-, dándoles cabida y preocupándose de que dispongan de los medios necesarios para salir adelante, entonces hablaremos de una sociedad abierta respetuosa con sus ciudadanos.

Entonces ¿qué era la ideología de género? ¿que la sociedad acepte y acoja los procesos de madurez individual de sus ciudadanos…? pues bienvenida sea. Porque, y esto creo que no lo tienen muy claro los del autobús, la fisiología de las funciones de los distintos órganos de un cuerpo humano no deja de ser un fenómeno exclusivamente natural, y a estas alturas de la vida en la tierra las cuestiones naturales han sido ampliamente superadas por las sociales y culturales, es decir el cerebro viene dominando desde hace ya siglos sobre las cuestiones puramente físicas o naturales, puesto que, de hecho, el hombre es un animal cultural con un soporte físico, desgraciadamente o no, aún demasiado primitivo.

A no ser que los del autobús quieran decir que Dios nos otorga un sexo físico y como dóciles siervos no podemos ni debemos contradecir su voluntad… pero entonces no podríamos hablar de libertad, ni de ciudadanos, ni de cultura, ni de amistad, ni de tolerancia, ni de democracia… uf, podría no parar.

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Disfrute

¿Qué porcentaje de nuestra vida se llevan las horas dedicadas a cuidarnos y mantenernos en las condiciones óptimas para disfrutar, que no disfrute como gozo o placer en sí mismo resultado de una práctica concreta? Tiempo transformado y/o justificado, en cambio, como un hipotético disfrutarse en permanente “esfuerzo para”, muy pocas veces o ninguna puesto en valor con su correspondiente práctica o fin, es decir, de hecho; siendo tan solo tiempo invertido en la renovación y repetición de una única e interminable dedicación y “trabajo para” convertidos en fin en sí mismos que ocupan gran parte de nuestro ocio asumido como constante preocupación por estar “listos para” y mantenernos sanos con ello, casi a sabiendas de que nunca ha de llegar el momento de ponerlo en práctica, o no sabremos cómo, cuándo o para qué. Un estar a punto, dispuestos o “preparados para” que nos va consumiendo poco a poco enredándonos en una continua previsión sin fin ni objeto práctico concreto y/o deseado.

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