Otras tiendas

El interior no aparecía ni se descubría, era, pero resultaba difícil describirlo porque te venía encima nada más abrir la puerta de la calle, único acceso visible a un abigarrado espacio repleto de sombras, estanterías, percheros y expositores sin huecos o lugares vacíos; una espesa atmósfera de productos venidos de otro siglo en busca de clientes de éste anclados a hechuras y tonos de algún tiempo pasado que, probablemente para ellos, entonces también fue joven; esos mismos que ahora compran, supongo, lo de antes, luego todavía existe en algún lugar una pequeña fábrica o taller que justifica su existencia produciendo el tipo de vestimentas allí amontonadas de todas las forma posibles. Modos de mostrar y formas de apilar de las que literalmente se vertía el género hasta los recargados escaparates, de tal manera empapelados de telas y prendas que apenas dejaban pasar la luz de la calle al interior del establecimiento. Había enormes percheros rodantes de los que a duras penas podía verse algo más que la línea de una manga apretujada entre lo que parecían cientos más; y qué decir a la hora de intentar entresacar algún trapo para reparar en su forma, color o algún detalle en particular, aunque también es cierto que la parca y aburrida gama de colores que dominaba la mercadería a la venta no ofrecía mucho de lo que alegrarse, tal vez alguna sorpresa en las pilas de cajas arrimadas a un par de mostradores de madera con probablemente más historia que el dueño o dueños de aquello. Pero, claro, allí, entre tanta tela y paño faltaba algo, más bien alguien, y lo había, tres personas de pie derecho y caras de no saber o no querer fijas en la calle, bueno, en lo poco que podía verse de la luz del sol entre un caprichoso bosque de mangas, cuellos, faldas y perneras dejando esporádicos resquicios de luz por los que curiosear el trajín al otro lado de los cristales. Tres personas que, nada más entrar, nos preguntaron con la mirada qué puñetas se nos había perdido allí; un tipo mayor vestido de mayor, un tipo menos viejo pero de igual corte -parecía hijo del otro- y una joven indefinida, ignoro si porque lo era o porque las entretelas del ambiente le habían sorbido la presencia convirtiéndola en un objeto más. Quizás sorprendidos porque la puerta hubiera sido empujada de pronto, tardaron unos segundos en reaccionar a nuestra presencia sin cambiar el gesto o la posición, hasta que el tipo de menor edad, el supuesto hijo, reaccionó dirigiéndose a nosotros de esa forma zalamera con la que el verdugo se dirige al reo preguntándole si se encuentra cómodo antes de cortarle la cabeza. Ya no recuerdo qué compramos y si compramos algo, lo que no puedo olvidar es la intrigante sensación de haber estado en el interior de una película de miedo justo antes de que del rincón más oscuro salga el monstruo de turno y nos devore sin vergüenza ni piedad.

 

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Cada uno con sus ideas

Hace unas semanas leía en The New York Times una información sobre una feria de vientres de alquiler, también allí, como en cualquier feria comercial que se precie, el espacio donde se celebraba el evento estaba distribuido entre las diversas empresas dedicadas al fomento y contratación de vientres de alquiler en cualquier parte del mundo, con sus correspondientes ofertas y obsequios a los futuros clientes a cambio de su elección y consiguiente contrato. El negocio, pues de eso se trataba, entre surrealista y supuestamente necesario, da para bastantes más palabras que las que vienen a continuación, hasta el punto de, según quién, llegar a alarmarse o no tener más remedio que resignarse por la deriva de algunos asuntos que pasan, sin ningún rubor ni prudencia, de morales a simples intercambios comerciales dignos de cotizar en cualquier bolsa de valores. Con la gran cantidad de niños huérfanos o sin hogar como produce la economía mundial cuesta aceptar que el mundo rico insista en los de su raza, una especie de eugenesia de andar por casa sobre la que no se puede discutir porque uno tiene derecho a tener hijos, por cojones o sin ellos.

Otra cosa. A todos nos ha pasado en alguna ocasión que al hacer algún comentario no muy favorable sobre el mal comportamiento de un niño, el padre o la madre de la criatura, desde esa posición entre envarada e imbécil que al parecer otorga el paritorio, nos haya contestado de mala manera aquello de que si no tienes hijos mejor callarte y no opinar. Entonces, por prudencia, la solución preferible siempre ha sido callarse y no discutir porque las escasas entendederas de esos papás todavía desconocen que los hijos y la mala educación, aunque relacionados, son cosas completamente distintas.

El inciso anterior viene al caso porque en la noticia con la que empezaba estas letras la firmante de las mismas, asistente como periodista a la feria, preguntaba a una pareja, entre perdida y avergonzada, por su interés en aquel negocio. Al parecer no podían tener hijos y buscaban una buena oferta antes de decidirse, las posibles objeciones morales -probablemente habría muchas más, de todo tipo- sobre el carácter y las repercusiones de su elección no les afectaban, y sus respuestas ante su posibilidad eran del tipo: “cada uno con sus ideas” o “si estuvieran en nuestra piel o si alguna persona cercana lo estuviera tal vez lo comprenderían”.

Desgraciadamente estamos demasiado mal acostumbrados, vivimos en una sociedad que nos ha adoctrinado como a niños caprichosos a los que no les importan ni les preocupan las consecuencias de sus actos, nuestro democrático derecho al egoísmo no nos deja ver más allá de nuestras propias narices. Por qué habrían de preocuparnos los niños que malviven sin padres y lo que podemos hacer por ellos, o las humillaciones que probablemente ha de sufrir una mujer para no tener más remedio que alquilar su vientre por dinero, como tampoco nos preocuparía el trato que reciben o a qué les obligan; o los negocios que inventan otros a costa de ello, o por qué nuestros derechos son más importantes que los suyos. Eso sí, sabemos muy bien y lo ponemos en práctica con descarada arrogancia que nuestro dinero puede sofocar nuestros defectos a costa del orgullo de otros a los que no nos interesa conocer o saber porque probablemente se nos caería la cara de vergüenza; y nos excusamos en unos derechos hipócritas que ni siquiera nos ha otorgado ese Dios que a muchos les reconforta la vida.

Probablemente no andará muy lejano el día en el que tal problema se reduzca a la duda entre natural, pero a saber en qué condiciones y con qué riesgos o inconvenientes genéticos arrastrados de generación en generación, o un novísimo bebé de diseño fabricado a capricho con la última tecnología, eso sí, sin desagradables contaminantes naturales. También hará falta dinero.

 

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Una de fútbol

Acabada la temporada de fútbol mundial con la final de la antigua Copa de Europa, por aquello del seguimiento internacional y la importancia económica que supone, toca reír o llorar según del lado al que el aficionado esté enganchado. El Real Madrid, como voraz empresa capitalista en la que se ha convertido gracias a la certera gestión empresarial de su actual presidente, es el vencedor, para el resto, entre los que se hallan los más dolidos futboleros culés, queda la derrota y las inevitables excusas, con tal de no reconocer lo rematadamente mal que lo han debido hacer para no salir en la foto.

Pero el que lo debe tener realmente crudo y estar cabreado es el aficionado barcelonista/catalanista, poseído en cuerpo y alma por su indisoluble dualidad y la duda permanente de no saber en qué momento y a qué palo quedarse; todo un reto, ese de tener que bregar con los dos porque se es incapaz de separar el fútbol de las témporas. Ahora que los madridistas pintan inaguantables y, además, tienen dos equipos y dinero para competir en las competiciones que les vengan en gana, al aficionado blaugrana le esperan tiempos de dudas, incertidumbres y divina desesperación. Sobre todo por el grupo de tenderos de barrio -con todo el respeto para los tenderos- que dirigen el club, metidos, al igual que los líderes nacionalistas, en líos jurídicos y penales de porcentajes y comisiones, de falsas cuentas y de fichajes de dudosa legalidad. Solo hay que comparar la amplitud de miras de ambas directivas para augurar el futuro de los dos clubes; y aunque es cierto que cada cual puede gestionar sus negocios como le dé la real gana, en el mundo de tiburones del fútbol actual a nivel mundial o intentas ponerte a la altura en cuanto a voracidad o te quedas como aperitivo que solo puede disfrutar el vecino del bar de la esquina, aquel al que el mundo le cabe en un pañuelo y no sabe por qué. Son cuestiones más que evidentes a la hora de echarte al agua del negocio del deporte de competición internacional.

Pero lo más doloroso para los barcelonistas, versión nacionalista, es que mientras que el Real Madrid siempre ha ido a su negocio y el de los suyos, los mejores momentos del Barcelona han estado ligados a los de la selección nacional de fútbol, y quizás eso sea más que un designio, aparte de una evidencia de la que, a día de hoy, los catalanes jamás podrán desembarazarse. Así que ¿o hablan de fútbol o se dedican a culpar a España y al mundo de su incompetencia y estrechez de miras?

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Viajeros

Aguardando en un banco antes del viaje inevitablemente terminas curioseando los rostros de los otros viajeros, todos aquellos que van y vienen con pasos de ir a algún sitio y prisas de circunstancias, el pensamiento inevitablemente amarrado a un siempre efímero presente con destino en otro lugar, el tiempo en su contra porque solo es un intervalo hasta, ese por el momento alejado desenlace que pasará a convertirse en inicio o final, punto de inflexión en el que este tiempo intermedio cumplirá su propósito dando paso al ansiado disfrute o, en cambio, concluirá con un merecido descanso. Muchos arrastrando bolsas y maletas en las que viene y va contenido un equipaje provisorio entre escueto e indispensable, o sobrealimentado con objetos y decisiones tomadas en el último momento porque las dudas no ayudaban mucho y el tiempo ya empezaba a apretar. Algunos claramente sofocados y aún en manos de unas prisas que, estas sí, no eran las de todos los días, sino que llevaban aparejado un plus de definitivas con el que no cabía jugar ni dejar para otro momento. Otros, sin embargo, muestran un aspecto más relajado, disfrutan de este intermedio que es el viaje porque lo consideran tan importante como el próximo destino, siempre parte desde la que saborear por adelantado los proyectos que ya aparecen casi a la vuelta de la esquina o, en cambio y aunque sea el último cartucho, una etapa necesaria que todavía expele ese aroma, aunque con trazas de obligado final, de lo que hasta hace unas horas seguía siendo la culminación de aquellos planes por fin cumplidos y que tal vez no vuelvan a repetirse.

Trasiego de grupos y personas que, aparentemente alimentado por una fuente misteriosa, no cesa y en algunos momentos hasta parece que no pueda tener fin; aunque, sin causa aparente o que venga a cuento, lleguen otros minutos en los que la fuente de viajeros de pronto fluye a borbotones o incluso amenaza con secarse definitivamente. Y unos minutos antes de la hora fijada nosotros también nos incorporamos a la corriente general ahora convertidos en objeto de observación para otro u otros que, en otros lugares no muy alejados de allí, entretienen sus respectivas esperas de la mejor forma posible, o hasta es probable que les guste buscarse entre esos rostros viajeros siempre a la zaga del minuto siguiente, en apariencia permanentemente imposibilitados para realizar sus presentes.

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Personalizando

Esa publicidad, como toda la que se mostraba en el cristal del escaparate, no parecía ser más importante ni ofrecer algo excepcional, diversas ofertas u opciones que, al parecer, están al alcance de cualquiera, se trataba de algo normal que todos podemos conseguir si con ello somos más felices; me faltaba saber el cómo. El cartel en concreto decía “Personaliza tu mundo”, mostrando una sucesión de fotografías encastradas o forrando cualquier objeto imaginable, y aún creo que faltaban por exponer, pero la superficie del anuncio tenía un límite. Mientras seguía caminando me dediqué a pensar qué podía significar eso de personalizar materialmente tu mundo, y no se me ocurría otra cosa que imaginar a alguien guapísimo, dueño de un ombligo gigantesco, autoreproduciéndose gráficamente en llaveros, paredes o cisternas, en cualquier posición y desde cualquier perspectiva con la intención de no perderse en ningún momento de vista, lo que me parecía algo abrumador y hasta tormentoso, sobre todo cuando hay mañanas que uno ni siquiera tiene ganas de mirarse en el espejo porque entonces saldría corriendo. Luego pensé que esa personalización del mundo se refería a familia y amigos, un circulo un poco más amplio reproducido sin medida y algo aligerado de uno mismo, pero me parecía casi igual; si siempre vemos las mismas caras al final acabaremos aburriéndonos y nuestro mundo se convertirá en lo contrario de un mundo, una pedanía de ningún sitio.

Aunque probablemente habrá mucha gente que opine lo contrario. Para qué ver los caretos de tipos que no conoces, con los que no tienes relación y que tampoco te interesan si con tu propio mundo tienes suficiente -aunque no me negaran que llamar mundo a algo tan limitado tiene su gracia-, no es necesario nada más; la existencia de los otros, con sus problemas y sus posibles interrupciones o intromisiones no deja de ser un engorro, algo así como las noticias cuando, por ejemplo, interrumpen el ruido musical de una emisora de radio, son ganas de arruinarte el día y amargarte la existencia, porque ni te van ni te vienen y cuanto más lejos mejor. Si yo no me meto con nadie que me dejen en paz, y si puedo rodearme únicamente de los míos, de sus caras, sus risas y sus cosas mejor, ¿para qué más?

Poco más que decir. Finiquitado, dicen, el mundo al planeta tierra y su limitada extensión, comprobado y admitido que todo aquello que no nos sea de algún modo útil o conocido, que no se halle en nuestro terruño o tenga relación con él, o que no se parezca de algún modo a lo que ya tenemos o conocemos sencillamente no nos importa, puede desaparecer; como si no existiera porque yo no tengo necesidad de ello. Sin embargo, cuanto más reduzcamos nuestro horizonte más pequeños nos haremos, cuanto más limitemos nuestro conocimiento más ignorantes seremos, cuanto más cerremos nuestro círculo, por ejemplo, a los rostros que constantemente nos rodean, más incomunicados estaremos y más desconfiados nos volveremos. El simple paseo por un lugar que no conoces te ofrece más vida y más mundo que todas las fotografías de las que puedas rodearte.

 

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Z, el hombre perdido

Z, la ciudad perdida es una historia adulta materializada en una excelente película de grano denso y cuidadas imágenes con un acertado y más que convincente elenco, además de un buen montaje apoyado en una escogida escenografía que mantiene con solvencia en alto el interés del espectador hasta el final de la cinta. Acertadamente esbozada y planificada con el conseguido propósito de dar cabida en un metraje estándar a una historia que probablemente daría para muchísimo más, porque son tantos los frentes abiertos para el espectador que resultaría difícil apurar mucho más planos y secuencias con tal de, al menos, rozar cada uno de los matices que sin duda incluye el texto original en el que está basada la película.

Porque Z es algo más que una película de viajes o aventuras, es cine consistente plagado de guiños al buen aficionado que nada tiene que ver con las vulgares y empalagosas golosinas informáticas dirigidas a un público poco exigente que el cine más comercial fabrica informáticamente como churros. Z cuenta una parte de la vida y viajes de Percival Fawcett, explorador de otra época hoy en día irrecuperable, tanto por la casi actual inexistencia de mundos perdidos por descubrir y desvelar como por la exposición en la pantalla de una concepción y sentido de la existencia del hombre en la tierra actualmente desaparecidas, y diría que también abandonadas.

La historia del explorador inglés de principio del siglo XX intenta transmitir al espectador algunas de las claves y maneras de ver la propia existencia individual en función de un entusiasmo viajero convertido en perentorio y vital destino, un estímulo crucial, y diría que primigenio, apoyado en esa necesidad de descubrir que ha mantenido al hombre despierto y en pie siglo tras siglo a lo largo de su historia; obsesionado con un inexplorado y misterioso más allá, que parecía no tener fin, en el que se mezclaban tanto unos intereses imperialistas y comerciales de dominio a gran escala como las aspiraciones más elementales y personales de intentar rebasar los propios límites, incluido un simbólico y aventurero afán de prestigio y reconocimiento social al que solía unirse, es cierto que no siempre, un sincero deseo de comprensión espoleado por esa infinita curiosidad que ha caracterizado a la humanidad desde sus orígenes. Unos anhelos demasiado humanos expuestos al espectador a través de esa fiebre contagiosa por el viaje que en muchos casos es mera voluntad, sentido de compromiso con la misma vida y su permanente abertura al mañana; objetivos o valores que como especie nos han llevado donde hoy estamos, y que, desgraciadamente, también han venido dejando un peaje demasiado caro en forma de violaciones y un sinfín de tropelías cometidas contra nuestros semejantes o cualquier otro impedimento, animal, vegetal o mineral, considerado por principio como mero obstáculo interpuesto en un camino que parecía inacabable; desafortunadamente también bendecido como sagrado en muchas ocasiones. La película también muestra cómo esa fe y esa obsesión viajeras pueden ser transformadas en virtudes y entrañablemente contagiadas o transmitidas a los demás insufladas de un orgullo que se acaba fijando en esa raíz común que los seres humanos compartimos, o compartíamos. Eran otros tiempos, y aunque comprensible, hoy aquella historia no suena igual porque aquel hombre se ha perdido.

Cómo ha cambiado la humanidad desde entonces, antes un padre podía ilusionar a sus vástagos inculcándoles ese apasionamiento por lo desconocido, por comprender, respetar y aceptar todo aquello que uno fuera encontrando a su paso al tiempo que engrandecía el propio corazón dotándolo de una fortaleza indesmayable, en ocasiones casi irracional, también interiorizada como una forma de encontrarse a sí mismo. Empeños e ilusiones que, desgraciadamente, hoy parecen desaparecidas para siempre; en la actualidad cualquier padre de familia desconfía del espíritu y sus fantasmas, de sus retos, conformándose con que sus hijos dispongan de dinero contante y sonante para hacer lo que les guste como sinónimo de buena vida, o que al menos no sucumban a muchos de los vicios, descensos y perdiciones que esta sociedad de consumo impone como trampas castradoras casi definitivas. El resto, eso que se decían logros personales o como especie sobre esta tierra, está desapareciendo, si no lo ha hecho ya. Hoy nos reconocemos en nuestra presente vulgaridad, en la permanente resignación que hemos admitido perseguir y compartir dejando el futuro y las ilusiones para el cielo y los sueños, o para los juguetes, algo que suene así como hasta el infinito y más allá.

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PSOE

Probablemente debe haber tipos a los que les cuesta una barbaridad entender la realidad a partir de sucesos bien llamados reales, esos mismos que una cuerda mayoría acepta como tales; otros, en cambio, se empeñan en obviar esos mismos sucesos porque no coinciden con su particular realidad, o sea, como no les gusta lo que ven ni siquiera lo toman en consideración, prefiriendo hacer como si no existiese; luego vendrán los golpes, las iluminaciones o los descubrimientos repentinos. Si el PSOE no fuera un partido de este país con el que llevamos conviviendo, en ocasiones a nuestro pesar, durante tantos años, probablemente nos importaría un pimiento lo que les pudiera suceder; pero ocurre que estos señores alguna vez nos gobernaron y siguen insistiendo en ello, aunque en la actualidad de forma más bien desafortunada. Hace un par de años largaron de la dirección del partido al tipo que ellos mismos habían elegido, supuestamente, democráticamente -según dicen porque no hizo lo que los más viejos del partido, señores de mucho peso, tanto físico como económico, pensaban que había que hacer. Ahora están en las mismas, organizan otras elecciones, más democráticas si cabe, y pretenden con ellas poner en la silla a una señora de la que solo se sabe que ha aguardado, dócil y obedientemente, su turno durante el tiempo indispensable para que, por escalafón, le llegue el momento de ascender al mando. Pero el mismo tipo al que echaron hace un par de años ha vuelto a las andadas y con el apoyo de los que tienen menos peso en el partido -tanto físico como económico- ha plantado cara a la delfinesa reglamentaria del aparato del partido y de los denominados barones, mostrando una realidad que poco o nada tiene que ver con la soñada por los mismos que entonces rompieron la baraja. Es decir, como suele decirse, parece que no ha pasado el tiempo, o sea, un hazmerreir.

Penosa realidad que más bien parece un patético escarnio montado para divertimento general, un esperpéntico espectáculo que el personal ve como lo que es mientras los protagonistas siguen empeñados en darnos la tabarra con visiones y previsiones, discursos y realidades paralelas que los comunes mortales han de aceptar como si fuéramos imbéciles; o ante tal afrenta a la inteligencia pasar olímpicamente.

Claro, todo este circo le viene de maravilla a la gente del gobierno, y la prensa afín se divierte aireando cualquier cosa que ponga en evidencia la precariedad, tanto intelectual como real, de sus contrarios políticos, ¡si no saben ni escribir! ¿Han visto y leído la supuesta carta que el actual gerente del partido en cuestión le dirigió al señor Iglesias afeándole sus intenciones de censura? En un primer momento pensé que era una falsificación o un montaje de esos hackers rusos tan de moda, dicen que a sueldo del señor Putin, dedicados a tergiversar o reventar todo lo que a este le moleste. Luego dudé y me atreví a pensar que tal vez fuera cierta, es decir, que el tipo en cuestión o quien quiera que se la escribiera no tiene ni idea de cómo escribir una carta, entonces fue pavoroso. No es que para estar la política halla que ser un erudito, a los hechos me remito, como también es cierto que habiendo como hay tal cantidad de catetos e ignorantes dirigiendo las cuentas de este país el hecho de escribir mejor o peor una carta no es tan trascendente -además, existen los SMS y el WhatsApp-; pero siempre será mejor intentan escribir bien que tirarnos piedras porque tampoco sabemos hablar. Además, a todos nos enseñaron alguna vez de pequeños que las cosas parecen mejor si están bien hechas. Se trata únicamente de molestarse en ello… ¿o me estaré inventando otra realidad paralela?

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Bailar

Si prescindimos de la cutre obligación del botellón que entusiasma a los más jóvenes, no es que haya por aquí muchas opciones en forma de locales para pasar la noche de un sábado cualquiera, algunos lugares más bien pequeños o estrechos atestados de bebedores apretujándose de un lado a otro porque no hay ningún objeto duro en el que apoyar el trasero y descansar. Ello no es o fue óbice para que hace poco, un sábado de tantos, tropezara al azar con una puerta abierta y la música del local al que daba acceso, un lugar con el que no contaba porque me pillaba a trasmano o en las mismas antípodas de mis propios sábados. Y como no hay nada mejor que la curiosidad y la noche hasta ese momento iba bien nos atrevimos hasta el interior entre expectantes y malamente resabiados.

El local y la decoración que lo adornaba no eran para tirar cohetes, aunque tampoco para salir corriendo, era el que era y a la gente que lo llenaba parecía gustarle o simplemente no le importaba porque lo que sí prefería era bailar. Ya antes de encontrar un lugar donde aposentarnos me entretuve repasando el gran número de nombres que pintaban las paredes, entre ellos el de Celia Cruz o El gran Combo de Puerto Rico; y mayor fue la sorpresa cuando, todavía distraído en mi azarosa lectura, comenzó a sonar María La Portuguesa en la inolvidable voz de Carlos Cano. ¿Cuánto hacía que no escuchaba a Carlos Cano? Incluso me dieron ganas de correr y buscar algún vinilo suyo de entre los que todavía andan por casa. Pero lo más importante de todo aquello es que el personal no dejaba de bailar, pero no bailaba como lo hemos hecho todos alguna que otra vez cuando hemos tenido que acompañar con el cuerpo los ruidos de una música anglosajona que pasaba y aún pasa por moda, allí se bailaban cumbias, salsas o merengues que el mismo Ibrahim Ferrer cantaría muy gustoso.

Y, como no podía ser de otro modo, nos quedamos y pedimos nuestras respectivas consumiciones mientras mirábamos y disfrutábamos con tanto bailarían entrando y saliendo de la pista moviéndose sin descanso al son de la música. Es cierto que el local y el ambiente quedaban algo lejos de mis gustos musicales, pero no tuve más remedio que admitir que si aquellas personas habían decidido salir a bailar un sábado por la noche, el que más y el que menos aplicándose al baile dentro de sus infinitas o limitadas posibilidades, su particular elección era algo que sin ninguna duda había que celebrar y, dentro de lo que cabe, disfrutar, si no tanto como los propios protagonistas al menos viendo cómo lo hacían. Allí mismo me vinieron a la memoria algunas recientes y oscarizadas películas norteamericanas –La ciudad de las Estrellas o El lado bueno de las cosas, por ejemplo- en las que el baile es un motivo básico o muy importante y me dije que prefería lo que tenía delante; probablemente fuera porque desde el idioma a las melodías me eran mucho más cercanas, o tal vez por aquello de los orígenes o esas misteriosas y recónditas improntas que ninguno sabemos o creemos poseer y que el día menos pensado despiertan al ver u oír una música de la que uno creía estar de vuelta; sensaciones, familiaridad y alegría que sorprendentemente no puedes reprimir porque las sientes tan tuyas como tu propio nombre.

El baile no parecía tener fin y los bailarines tampoco, más y menos jóvenes, mejores y peores, algunas parejas haciéndolo de forma envidiable y otras poniendo en la danza todo su empeño y concentración pero cada cual a lo suyo; diferencias que desaparecieron cuando todos se pusieron a bailar al unísono, como en esas películas yanquis en las que hombres y mujeres se organizan, cruzan y palmean ocupando toda la pista como si se tratara de una coreografía ensayada pero mucho más fresco. Y mientras los miraba admirado recordé aquel dicho -del que siempre he creído desconfiar porque en lo referente al baile no estoy en los primeros puestos, ni siquiera por la mitad- que más o menos viene a decir, dime como bailas y te dirá como amas.

Y así se fue diluyendo la noche. Era tanto el gusto y la alegría que aquel baile ininterrumpido procuraba a propios y extraños que hay que ser muy tarugo o simplemente estúpido para no congratularse de que en las noches de sábado gente de todo tipo y condición disfruten de lo lindo haciendo algo que sin duda les gusta y, en el fondo, a todos nos gustaría hacer con un mínimo de decencia, es decir, bailar. Entre tanta seriedad y devoción como muchos arrastran por esta vida con el pretexto de una escuálida dignidad que en demasiadas ocasiones nació muerta, entre tanto aburrimiento y falta de imaginación a la hora de decidirse por diversiones que nada tengan que ver con el alcohol o hacerle la puñeta al de al lado, el baile ofrece la oportunidad sacar de nosotros esa pizca que nos hace más terrenales y humanos, esas ganas de compartir la felicidad que solo nuestro cuerpo, al fin liberado de la tiranía de nuestra cabeza, puede desplegar expresándose de forma tan desinhibida y sincera.

Porque, desengáñense, jóvenes, menos jóvenes y más viejos, si no somos capaces de bailar y sentir el baile no les quepa la menor duda de que nuestras vidas son y serán un poco más desgraciadas.

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Señores de provincia

Pasa las páginas del periódico de forma mecánica y chillona, casi escandalosa, porque en la quietud de la terraza, en la que cada cual se dedica a su desayuno o a alguna que otra charla con su compañero o compañeros de mesa que ni siquiera trasciende como murmullo, el ruido seco y cortante del papel lanzado hoja sobre hoja llega a ser irritante. Pelo cano a tono con sus respetables años de jubilado de buena posición, acicalado con presumido detenimiento y tan detallista como la ropa que viste; vaquero de marca cálidamente gastado, una colorida y discreta camisa a cuadros, cinturón adornado con lo que parecen unos motivos indios y los inevitables castellanos con los que todos los de su alcurnia sellan su prestigio de burgueses de provincias para los que la vida tiene un sentido bien definido fuertemente entrelazado a la obligada e inevitable solvencia económica de su posición, a la que va unida una categoría social entre iguales por los que pasa cada una las disposiciones políticas y económicas que deciden los políticos y mandados de turno.

Nadie más parece fijarse en él porque nadie más presta atención a lo que de momento parece no ser un desayuno, puesto que el café y el vaso de agua siguen intactos, como si todavía estuviera aguardando algo más mientras se dedica a golpear página contra página del periódico de la provincia. Del acceso al interior del local sale una sofocada y joven muchacha portando una bandeja repleta de consumiciones, cafés, bollería y tostadas que reparte con acelerada premura entre algunas de las mesas con clientes aguardando, y cuando intenta regresar con rapidez al interior para continuar con los clientes que ocupan la casi la totalidad de la barra nuestro hombre la chista con exigente indiferencia haciéndole señas para que se acerque. Entonces la muchacha parece recordar de pronto algo y cuando llega a su lado le dice azorada que no le queda de lo que había pedido, a lo que nuestro hombre contesta con inmodesta suficiencia que tenía que haber salido para hacérselo sabe en lugar de tenerle esperando; la joven, inquieta, no sabe qué contestar y permanece en pie mientras el señor decide pedirle una tostada que no debe tardar. Se marcha casi corriendo porque la requieren dentro.

Estos benditos señores de provincia son la sal de la tierra de por aquí, esta es su tierra, es su ciudad, son sus negocios y los habitantes son sus ciudadanos. Ellos han invertido su tiempo y dinero, hasta su vida, en hacerla crecer a medida que se beneficiaban enriqueciéndose a su antojo y sin dar mucha o ninguna explicación, tal vez entre sus pares a la hora de repartir beneficios, residencias, matrimonios de prestigio y futuras vejeces bien conservadas, casi juveniles, desde las que observar y vigilar cómo sus cachorros se organizan según repartos de poder acordados de antemano. Mientras, disfrutan de un merecido retiro rodeados de nietos prudentemente apartados, vacaciones de primera y más años en los que presumir de aspecto y un respeto local tan cristianamente ganado como merecido.

 

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Viernes

Ante tal cantidad de muestras de fervor religioso, pasión, fe y poder todo aquel que no piense en católico pasará por esta tierra por un extraño sin decencia, alma ni vida; algo que ocupa un lugar en este mundo sin derecho.

Es curioso que tanto devoto y devoto leído se empeñen en justificar con más y menos prosopopeya una fe torera y unas manifestaciones religiosas ante las que, siempre según su limitada perspectiva del mundo, cualquiera debería humillarse y caer rendido, cegado y admirado por la solemnidad que transmiten unas personas que lucen y ostentan investidas por un fuego divino que trasciende todo lo conocido. Será porque aún no se han dado cuenta de que no hay más de lo que inventamos.

También es increíble que haya que aguantar a tanto feligrés y fariseo empeñado en publicitar que esto de por aquí es irrepetible y muy pocos sienten y entienden, solo los transidos por la bendición de una fe habituada a las premoniciones y sentencias, a las advertencias, a la represión, a las recapitulaciones en beneficio propio, a las explicaciones universales de TODO que finalizan felizmente en los ombligos de los paniaguados que negocian su futuro por encima y a pesar del resto, pobres ignorantes incapaces de concebir tanta felicidad y hermosura.

Y blablablá, todos los años igual, unos pregonando por simple ignorancia el maravilloso misterio de la fe en Xto muerto, y otros, imbuidos por un plus de arrogancia, predicando en cualquier medio de comunicación a favor del maravilloso don de la fe en Xto-Señor… y así por los siglos de los siglos.

Ya nos vale, que todavía tengamos que aguantar a tanto mendrugo mirándose el ombligo con las gafas de la fe y casi alarmado porque los demás no pueden entender y admirar tanta excelencia da para siglos de aburrimiento… nunca escarmentarán ni recapacitarán sobre egolatría tan triste y mezquina, quizás porque nunca supieron y les da miedo aceptarlo, porque no pueden soportar que también ellos sean uno más en este hasta hoy interminable transcurrir de una especie que sigue jactándose de su santa ignorancia.

Y encima hoy viernes nos dejan sin cine al resto. Hay que ver que gente tan educada y respetuosa.

 

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