Dinero (2) (Mucho dinero)

Todos hemos oído o leído -que no visto ante nuestras narices- sobre cifras de cuatro, cinco y aún más ceros, casi siempre con la excusa de grandes negocios, beneficios astronómicos, riquezas alucinantes u obras de envergadura que alguien, o algo, sufraga -pagar suena demasiado vulgar- a partir de una caja bastante saneada, o no. Dinero igual de inexistente -materialmente- pero de números más largos. Cantidades en cierto modo necesarias e indispensables para demostrar que el día a día del asalariado sin dinero en metálico tiene un sentido; con mucho dinero se hacen grandes cosas -aparte de acumularlo- que, curiosamente, pueden verse, admirar y hasta disfrutarse; todavía hay planeta que esquilmar. Pero esas cifras justificatorias y algo más terrenales, o en cierto modo materializables, son las menos importantes, hay otras aún mayores que solo aparecen en pantallas y terminales selectos, precisamente esos que dicen mover el mundo. Cifras que aún sonando irreales, marcianas o mismamente imposibles, constituyen el pan con el que trasiegan gurús y sacerdotes dominadores de una auténtica criptología indispensable para manipular y dirigir ceremoniosamente la voluntad general, un auténtico arcano, revelado solo a unos pocos, con una fuerza y poder que para sí quisiera el cristiano misterio de la trinidad. En nuestro día a día asistimos sin parpadear al sonido de cifras que parecen sentencias, providencias económicas tal que sermones y cantidades que suenan como exclamaciones; las oímos una y otra vez y seguimos como si tal cosa, probablemente porque nos han convencido de que a partir de ellas esto funciona, aunque ninguno de nosotros sepa qué es esto, qué significa ese funcionamiento y hacia dónde nos lleva.
Muchos dejamos hace ya tiempo de intentar imaginar tales números y su presunta realidad, ya no digo su vulgar e imposible materialidad, pero se siguen repitiendo tal que homilías o admoniciones predicadas por parte de los cardenales que sostienen la fe económica, tipos, probablemente de lo más mezquinos, que, sabedores de su poder y línea directa con Dios, imponen, quitan e intercambian ceros como el Papa reparte bendiciones. Este enorme tinglado económico funciona casi por arte de magia, porque mágico es que el personal lo haya aceptado y se lo trague, o presuma de entenderlo porque cree saber lo que es un mercado, término demasiado vulgar que, sí, en principio se parece a esos en los que usted compra las acelgas, si es que todavía come acelgas. Pero en tales bazares no se ofrecen mercancías al uso, sino que se mercadea con productos tan crípticos y misteriosos como futuros -eso, intente adivinar la mercancía-, valores, bonos, CO2, pérdidas, beneficios, fondos soberanos, fundaciones etc.; todo un elenco de figuras y preceptos que, con el subtítulo de ingeniería financiera, funciona como una auténtica Biblia imposible de ser estudiada o comentada, sobre todo porque en el fondo más bien se parece a una cábala tan abstrusa como barriobajera. Incluso existen, como en toda religión que se precie, sagrados lugares de peregrinación que tampoco necesitan ermita o capilla en la que adorar, se denominan paraísos fiscales, pero se encuentran en esta tierra.
Por supuesto, en mi pura ignorancia yo tampoco llego a entenderlo, pero tampoco soy como esos estúpidos incrédulos que, en su pacata soberbia, osan imaginar sacrilegio mayor que repartir uno de tantos y tantos millones a cada uno de los habitantes de este azaroso planeta, una módica cantidad que facilitaría que cada hijo de vecino tuviera la posibilidad de curar sus males y ser medianamente feliz… ¡Sacrilegio! exclamarían los cardenales y sacerdotes de la religión económica, ¡anatema! No puede concebirse mayor impiedad, ¿qué loco puede alcanzar o pretender que esas enormes y sagradas cifras se degraden a materializarse en el mundo de los humanos de andar por casa? Sería como pretender igualarse a Dios, con ello se resentiría la fe económica, se cuestionarían sus enseñanzas y se haría caer de un plumazo todo el sagrado ceremonial y los misterios del libre mercado, máximo exponente de la inteligencia humana en contacto con lo más sagrado.

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Dinero (1) (Su inexistencia)

Quien hoy disfrute de un trabajo medianamente decente, y legal, probablemente cobrará mediante transferencia bancaria, es decir, no verá ni dispondrá materialmente del dinero, algo que no es un problema, todo lo contrario, dicen. Ingresado el sueldo en el banco correspondiente -única forma de percibirlo-, aquel comenzará a funcionar de manera autónoma e independientemente de la voluntad de su propietario; será tasado, dividido y/o desviado para pagos y facturas -hipotecas, préstamos, mensualidades, afiliaciones, suscripciones, etc.-, incluidos los propios impuestos que la entidad bancaria cobra al confiado cliente sin que aparezcan por ningún sitio, quedando un resto, si algo queda, que lucirá como una cantidad en negro de la que su dueño podrá cerciorarse, admirar -esto último solo los más afortunados-, e incluso regodearse desde cualquier dispositivo electrónico que tenga mano. Sin necesidad de tocarla con los dedos, tampoco de contarla billete a billete -ese íntimo placer que brinda la codicia más secreta-, el feliz poseedor podrá volver a llenar el frigo y la despensa -si no es de los que come fuera o gustan que le llevan la comida a casa-, elegirá, decidirá y tal vez concretará -pagará- el próximo viaje y curioseará la renovación o capricho de lo que considere en condición de ser renovado o al fin adquirido. También actualizará su ropero, si le gusta vestir bien y es aficionado a pasear, comer o cenar fuera; llenará el depósito de combustible de su vehículo cuantas veces sea necesario, compartirá su ocio con amigas y amigos y hasta se procurará algún que otro escarceo sexual si el asunto apremia.
Sumen todo lo que se les ocurra hasta la siguiente paga, hasta el próximo y ansiado ingreso si la cosa va más bien ajustada, situación que nada tiene que ver con la de los afortunados que, gracias a su holgura económica, se permiten el lujo de olvidar lo que automáticamente perciben cada final de mes. Así, mes tras mes y año tras año, una sucesión temporal de cifras digitalmente impresas en las que nuestra voluntad interviene cada vez menos y que solo en apariencia tienen que ver con lo que solía decirse dinero en metálico, algo materialmente inexistente, innecesario para que cada quien pueda vivir tantos años como quiera, pueda o le apetezca. No estoy hablando de una ficción, ni de un futuro lejano, sino de hoy mismo, de una realidad que dócilmente hemos asumido porque, según nos dicen, los tiempos y la economía lo demandan. Que los tiempos y la economía sea algo real o inventado tampoco parece ser muy importante, sobre todo cuando tan poco se puede hacer frente a ella y sus sacerdotes. Toca, pues, actuar y comportarse como el personaje Cifra en Matrix, que, ante la disyuntiva de hacer y comportarse como un hombre y luchar por los suyos o asumir su función accesoria -menos que esclavo- respecto de un sistema omnipotente y explotador, más o menos viene a decir… ya sé que no es real, pero siéntenme en una mesa para disfrutar de un buen vino y un buen filete y déjenme de crudas, distópicas y sacrificadas realidades humanas… prefiero funcionar como una pila de combustible si con ello sacio mis instintos más básicos a cambio de mantener un sistema que, por principio, concibe a los hombres como recambios sin voluntad, simples unidades de energía.

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Reinventando a Dios

El título de la película es lo de menos, otra de ciencia ficción con buena pinta y escaso recorrido, el justo para desempacar un principio más que aparente pero que, como de costumbre, acaba desinflándose cuando el guionista o guionistas han de meterle mano al asunto, es decir, cocinar una trama de cierta solidez que valide y de consistencia a los protagonistas coronando la cinta, si es posible, con un final mínimamente digno. Pero no, otra que vuelve a caer cuando llega el momento en el que tienen que suceder cosas, los personajes hacer de ellos mismos y los efectos digitales pasar definitivamente a un segundo plano porque ya empiezan a cansar. Pero la luz se aleja cada vez más y el espectador se va ensombreciendo poco a poco, en la butaca de la sala de cine o en el sofá de su casa, víctima de un solemne aburrimiento.
Llega el momento de las inevitables peleas que, a falta de nada mejor, posicionan de forma infantil a los malos contra los buenos. Primero golpearán los malos, con trampas y/o algún destello de lucidez sin continuidad, lo justo para bordar su minuto de gloria y poner al espectador en su contra; luego toca un periodo de calma, preludio del fin de fiesta, hasta el momento de los mamporros decisivos, traca definitiva que probablemente satisfará ese íntimo y primario deseo de venganza que el espectador pone de su parte con tal de salir tan contento como indiferente, listo para tomarse la cerveza o el refresco de costumbre.
La carencia de recursos argumentales e imaginación en el cine comercial es tal que llama la atención que tantos y tantos guionistas acaben recurriendo a la aburrida pelea entre gallitos para solventar un hipotético guion que nunca fue tal -igual me estoy equivocando y lo que realmente le interesa a la gente son las tortas. Única y primitiva forma de manifestar su parecer que conoce la parte masculina de la especie, esa recurrente y aburrida ristra de golpes con las que unos hombres super hormonados dirimen sus diferencias de opinión; el caso es cascarse de lo lindo.
Si, por necesidades del guion, han de aparecer mujeres pocas veces utilizarán las armas masculinas -excepto cuando el guionista, francamente corto, pretenda mostrar una igualdad entre géneros casualmente circunscrita al único, cutre y arcaico lenguaje de las tortas. Generalmente irán y vendrán como si tal cosa, haciendo de mujeres, es decir, adornadas o mostrando un rutinario y machista exhibicionismo de género, y si el tipo afina mucho tal vez se le ocurra incluir algún que otro comentario sarcástico respecto de la manía masculina de resolver cualquier disputa a hostias.
Pero el colmo de los colmos, tal y como sucede en la película sin nombre de la que les hablo, llega cuando, en un lacrimoso y ridículo giro, el machito de turno decide vestir su próxima y sangrienta venganza con las galas de una feliz epifanía que milagrosamente, tal que Pablo convertido, le autoproclama nuevo mesías y salvador de la especie con la celestial tarea de apartar a la humanidad de su error -eso de jugar a ser Dios que tanto le gusta a hombrecetes de registros mentales limitados-; labor para la que, ahora más allá del bien y el mal, necesitará machacar sin piedad a los pocos y desgraciados supervivientes que se desangrarán sin saber de dónde les vienen los tiros. Cine malo bien hecho.
Lo curioso de este repetido empeño, simplificador, masculino, machista o de puro poder, es la insistencia en hacer del protagonista de turno el pirado, o iluminado, de turno, como si de una cualidad del hombre, exclusivamente como género, se tratara; una sagrada fijación incrustada en el subconsciente de cualquier hombre, también de ese que, como Dios, se creé en la potestad de decidir entre la vida y la muerte cuando la realidad, sobre todo si es femenina, contraría sus deseos. Drástica y tradicional solución que cuenta con siglos y guerras de historia, probablemente soberbia y orgullo a falta del coraje necesario para transigir y colaborar, esperpéntica sublimación de los propios deseos por incapacidad para enfrentarse a situaciones necesitadas de razón, cordura y entendimiento; viene al pelo con tal de tirar por la calle de en medio y salirse con la suya. Volver a reinventar a Dios, como tampoco faltarán desgraciados y desesperados que a falta de nada mejor que llevarse a la boca se unan al bando más pendenciero con tal de sacar algún rédito con el que mejorar sus tristes existencias. Otra nueva versión de la misma y antigua evasión reconvertida en visión.
No recuerdo películas en las que el redentor y descubridor final de esa hipotética y socorrida divinidad fuera una mujer, será que nunca han existido, las mujeres siempre han sido -también a la fuerza- más prosaicas en sus tareas.

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Responsabilidad

Es sabido que el lenguaje es un instrumento vivo en constante cambio, una herramienta con la que los hablantes, sus propietarios y usuarios, se comunican entre sí y dan forma al mundo que nos rodea. Este uso hace que cualquier modificación o cambio del lenguaje en el tiempo acabe siendo validado por el resto de la comunidad, oficial y no oficial, de tal modo que quien o quienes no estén al tanto de tales cambios corren el peligro de quedarse descolgados del desarrollo de la propia sociedad en la que viven.
Asumida esa capacidad de cambio y adaptación que la lengua posee, o nosotros con su uso le damos, hay, sin embargo, palabras que son vilmente despojadas de significado en función de una época y unas inclinaciones utilitarias y egoístas que tienen más que ver con la voluntad, la incompetencia y la intransigencia de algunas personas, generalmente cercanas al poder, que con el interés de comunicarse o simplemente hacerse entender entre conciudadanos.
No hay palabra que en público resuene más y a la vez parezca más ambigua o imprecisa que “responsabilidad”, sobre todo cuando es dicha por boca de políticos con importantes problemas morales y de ambición. Y digo problemas morales por no referirme a desarreglos personales, tan subjetivos como arbitrarios, a la hora de juzgar cualquier situación que no coincida con su forma de pensar, lo que no deja de ser lo mismo que pretender imponer un pensamiento único que automáticamente censura y desprecia como contrario, erróneo o irresponsable todo aquello que no se avenga o disienta de sus deseos.
Que de las dos acepciones de “responsabilidad” que considero más importantes, la que se refiere a responder por alguien o algo, o la de poner cuidado en lo que se hace o dice, ambas carezcan de valor en la política actual, muestra hasta dónde se ha llegado a la hora de despojar de significado a términos que no hace mucho parecían tan claros como vitales a la hora de juzgar la integridad de una persona.
Poco a poco, por pura conveniencia, codicia o intereses espúreos han ido desapareciendo tanto este como otros muchos de los puntos comunes en los que se apoyaba esta comunidad, como cualquier otra, a la hora de la convivencia; de tal modo que nos hemos habituado sin rechistar a oír discursos llenos de palabras pero carentes de sentido. Atrás quedaron los acuerdos, las coincidencias, los puntos de partida comunes indispensables para el entendimiento más básico; hoy, hasta aceptar y convenir que hablamos de un vaso o una mesa puede resultar problemático.
Eugenio Trías, a la hora de hablar de la importancia de la libertad, afirmaba que ser libre significaba ser responsable. ¿Dónde quedan hoy sus palabras? En la actualidad, incapaces de ceder a la hora de un simple acuerdo, ni siquiera de principios, darían lugar a una algarabía de gritos y acusaciones interesadas que harían salir corriendo a cualquier persona con un mínimo de sentido común; ese sentido común que, antes de asentir obediente al parecer general y doblar la cerviz sin criterio, pregunta y exige razones comprometedoras y objetivas acerca de lo que se está hablando o se quiere decir. Una realidad de hecho que nada tiene que ver con la excusa de una voluntad de poder, sino con el apego servil a una mediocridad irresponsable que fía todo ejercicio de comunicación a una desmemoria común.
Que hayamos llegado y aceptado tales pérdidas de significado en términos y palabras que deberían ser fundamentales a la hora de una convivencia activa en ningún modo está relacionado con progresos, creencias o cambios de pensamiento, tiene más bien que ver con el despojo y la manipulación, ni siquiera interesada, del valor del lenguaje como vehículo de entendimiento a manos de la corrupción y propia incompetencia de los mismos hablantes; la escenificación de una jaula de grillos en la que gritos y ruidos prevalecen por encima del entendimiento entre compañeros, políticos o compatriotas trabajando en pos de objetivos comunes.
Hoy, cuando oímos a quién sea hablar de responsabilidad o responsabilidades y le miramos a la cara tenemos dos opciones, o nos trae completamente sin cuidado porque sabemos que directamente está mintiendo, o se nos cae la cara de vergüenza por haber admitido que tipos de semejante calaña mangoneen los intereses comunes sin que nadie sea capaz, no solo afearles su mendacidad y cinismo, sino de patearles el culo y echarlos directamente a la calle.

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Ombligo

No recuerdo con exactitud de qué estábamos hablando cuando alguien hizo un comentario sobre las enormes extensiones de terreno que, en la isla de Borneo, recientemente había estado allí, son dedicadas al cultivo de la palma -imagino que para la obtención de aceite, piensos, biodiesel etc.-, con una intensidad y frecuencia que llegaba a varias cosechas anuales; cómo desforestaban, sin problemas ni prejuicios ambientales, con tal de obtener más superficie para cultivar. Y, cómo suele suceder cuando el viajero curioso intenta saber más, a la pregunta sobre la propia desforestación y el peligro para el medio ambiente, tanto local como mundial, nadie por allí se daba por enterado, ni siquiera existía la opción de encogerse de hombros. ¿A qué venía aquello? ¿los peligros del aceite de palma? ¿Europa? ¿el calentamiento global…? ¿Dónde está Europa? ¿qué significa eso del calentamiento global cuando tienes al lado un mercado de millones de chinos ansiando vivir cada vez mejor?
Como imaginarán, la conversación quedó ahí, luego, por mi parte y también picado por la curiosidad, llegaron los inevitables y clarificadores números. Mientras en Europa hay, según los últimos datos, 740 millones de habitantes aproximadamente -de los que descontar los casi ciento cincuenta de la Rusia euroasiática- en Asia se cuentan hasta más de 4.500 millones de personas; ¿de qué hablar entonces? Las comparaciones no son posibles porque el presente y futuro de esta tierra está allí -tampoco se cuenta con los africanos-; Europa queda demasiado… o muy atrás, en otra época.
Lo que quiere decir que cuestiones y problemas que aquí parecen o nos venden como importantes o cruciales para el futuro de la humanidad o del planeta, incluso alarmantes, allí no es que no existan, es como si les hablaran en chino, precisamente lo que ellos sí pretenden entender. Y ante la duda toca mirarse el ombligo y volver a preguntarse quiénes somos hoy los europeos y qué importancia tenemos, o lo que es peor, por qué nos seguimos creyendo en el centro del mundo y pensando que nuestros problemas cotidianos, repito, reales o inventados, son obligadamente universales. Lo que provoca un ligero tufo etnocentrista, o todavía colonialista, del que parece no podemos desembarazarnos; si antes era para conquistar, imponer y castigar, ahora es para aconsejar, advertir e incluso alarmar.
Después de haber hecho durante siglos lo que nos ha venido en gana, sin contar con nadie -nos considerábamos la vanguardia de la humanidad-, ahora, fruto de nuestra incomparable sabiduría, hartos de tener y derrochar casi todo, toca echar el freno y, conminados por un muy sagrado y occidental complejo de culpa, difundir peligros para la salud y amenazas para el planeta; cuestiones que en otros lugares no dejan de ser caprichos de tipos aburridos y saciados por un consumo indiscriminado que, de pronto, han descubierto una especie de moralidad global que pretende volver a llevarlos a la cabeza del planeta, en esta ocasión para salvarlo, ¡toma ya! como si el planeta no hubiera pasado ya por situaciones similares o peores y necesitara que nuestra pretenciosa insignificancia lo salvara, principalmente de nosotros mismos.
Aquel apocalipsis religioso, desprestigiado y venido porque nunca llegó cuando debiera, se ha convertido hoy en un apocalipsis ambiental; ya que es imposible desembarazarnos de una moral judeocristiana -da igual si religiosa o atea- que ha regido durante siglos nuestra forma de pensar toca, como buenos y adoctrinados cristianos europeos, vender un fin del mundo más prosaico, cualquier cosa con tal de volvernos a creer en el centro. Los nuevos mesías y sus apóstoles venden hoy catastróficas paranoias finalistas, tal vez acertadas pero que no dejan de ser charlas y advertencias de salón para responsables consumidores occidentales que, curioso, dejan pingues beneficios a los de siempre. Toca que estos aburridos consumidores europeos compitan entre ellos a la hora de presumir de conciencia ecológica, naturaleza, medio ambiente, derechos animales y vegetales, reciclaje, conservación y no sé cuántos calificativos coloreados en todos los tonos verdes posibles. En más de un caso marketing publicitario localista con fondo de Armagedón que sigue engordando la cuenta de beneficios de las mismas empresas que hasta hace un rato nos vendían la panacea del consumo. Hoy, por aquí también consumimos alarmismo.
Junto a ese pretencioso exceso de altura moral y responsabilidad a la hora de salvar el planeta también debería existir por aquí una necesaria humildad que nos pusiera a la altura de, por ejemplo, el último habitante asiático, o, mejor, de pie en el sucio solar al lado de casa; y antes de creernos pequeños y arrogantes dioses de los que depende la viabilidad y el futuro de este mundo deberíamos considerar nuestro envanecimiento, así como nuestra insignificancia para con esta tierra, pues todo lo que creemos que ayuda al planeta cuenta prácticamente cero, no tenemos más derechos que el vietnamita que vive en un junco rodeado de millares de conciudadanos para los que la primera consigna no es salvar el planeta sino llevarse algo a la boca, tanto para él como para los suyos. Ahí empieza y acaba todo -¿o todavía seguimos empeñados en que somos los más listos?-, el planeta estaba antes que nosotros y sobrevivirá a nuestra presencia, y si es preciso nos hará desaparecer como se hace desaparecer una molesta comezón, y vuelta a empezar, con o sin nosotros.
Por hastío, complejo de culpa, resentimiento, ansiedad o vergüenza preferimos salvar a quien se halle cuanto más lejos mejor, incluso en contra de su propia voluntad; nuestra cristiana falta de humildad se olvida con demasiada frecuencia de las mañanas, la gente y los lugares de nuestras propias vidas, esas que sobrellevamos a regañadientes o de las que directamente desertarnos para largarnos tras cualquier cosa que nos pongan a mano. Tenemos a la vuelta de la esquina más tareas de las que podemos asumir, dediquémonos a ellas. Es lo más fácil y efectivo, y el planeta nos lo agradecerá, o no, pero ese es otro tema.

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Joker

Joker está atravesada por un tenso y soberbio hilo de humanidad que te deja pegado a la butaca, casi sin respiración, muestra a la luz un humano y cruel mecanismo que dice más de nosotros de lo que nos gustaría admitir; es un retrato carnavalesco y feroz, tan lúcido como desasosegante, angustioso, tremendo y brillante a la vez.
Joker es una magnífica película por la que no se puede pasar como si tal cosa, es completamente imposible, entusiasmará a mucha gente, sobre todo a los que viven en este siglo, como será denigrada por excesiva, violenta o brutal, juzgada a destiempo por ese despistado o aburguesado cinéfilo que últimamente se ve incapaz de seguir el ritmo de los tiempos. Tras ella, probablemente se hablará de un antes y un después a partir del cual el murciélago habrá perdido definitivamente la batalla, ya no será el mismo, a no ser que uno decida dimitir del presente e ir a refugiarse en las ediciones originales de DC. Porque Joker no tiene que explicarse ni necesita que la trasladen a ningún universo concreto, ni que la encajen en secuencia alguna de superhéroes, como tampoco precisa de enemigos porque a día de hoy no los hay a su altura.
La película es una excelente y redonda metáfora que muestra sin pretender resolver, no es su intención, la desasosegante y contradictoria realidad de los millones de vidas humanas por las que el tiempo ha pasado sin detenerse, desde hace tanto que ni siquiera hay constancia de ello; una noria gigantesca que se alimenta a sí misma engullendo cuerpos como quien respira, una permanente barbarie -tal y como afirmaba Benjamin de la historia- en la que apenas cabe un buenismo que solo es otro pelaje de esa falsedad que nos consume conformándonos a cambio de no volver la vista a un lado.
Y todavía no he hablado de la excelente y desasosegante puesta en escena, ni del preciso trabajo de montaje, ni del magistral trabajo de Joaquin Phoenix…

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Inglés

No es nada extraño detenerse ante un escaparate en cualquier pueblo o ciudad y leer, o no leer, la cartelería y los reclamos publicitarios ofrecidos al paseante, y digo no leer porque en muchos de ellos la lengua en la que se pretender detener, atraer y vender al posible cliente es la lengua inglesa.
Pero no estamos en Inglaterra, como tampoco estamos en ningún país del Reino Unido, ni pertenecemos, podría ser el caso, a la Commonwealth, sino en España, uno de los mayores países europeos en el que el idioma común es el castellano -para otros español, pero eso sería otro tema-, lengua que viene utilizándose desde hace siglos como medio de comunicación entre nativos y algún que otro visitante.
En tal caso, detenidos ante un escaparate, una de las opciones podría ser la de entrar en el establecimiento en cuestión y hablarle directamente en inglés a los empleados, probablemente nos entenderían, responderían y nos mostrarían lo que hemos entrado a buscar y comprar; después de lo cual nos despediríamos agradecidos y todos tan contentos, hasta aquí ningún problema, nada más fácil. ¡Ah! también nos podrían cobrar en libras, a juego con el idioma. Pero, si a nuestras preguntas o solicitudes en inglés no obtenemos respuesta sino una cara de extrañeza, risas, o simple vergüenza, como si estuviéramos hablando en chino -pero se trata de inglés, algo muy común-, lo correcto sería darnos la vuelta y largarnos por donde hemos venido, eso sí, después de despedirnos educadamente de los empleados. Con tal actitud, multiplicada por todos aquellos que hablen inglés, podrían ocurrir dos cosas, que los establecimientos con publicidad en inglés vendieran cada vez menos y se vieran en la obligación de cerrar y dedicarse a otros menesteres o, más fácil, barato y rentable, que cambiaran el idioma de la publicidad al exterior, mejor en español (o castellano), lo más sensato, y de ese modo todos podríamos entendernos de maravilla, ellos venderían lo que ofrecen y nosotros saldríamos igual de contentos que en el primer caso con nuestra nueva adquisición.
Claro, pero resulta que cuando uno ve televisión también tiene que tragar una gran cantidad de publicidad en inglés -en más de una ocasión pronunciada de manera horripilante- y quedarse como si tal cosa, porque la cosa sí va con él… ¿entonces? Creo que siempre es mejor reír que gritar o ponerse a llorar, en este caso por un país con tan poca estima hacia su propia lengua. A la pregunta de por qué suceden y aceptamos como normales estas cosas no habría respuesta, probablemente solo un encogerse de hombros, y ante la insistencia quizás una salida de tono… incluso podrían decirnos que tampoco es para tanto, cuestiones de marketing, que eso de poner todo en castellano solo lo hacen los fachas, como llevar la bandera… En estas situaciones el personal suele actuar como es habitual, como si la cosa no fuera con ellos, no es nada suyo, mejor quitarse de en medio o esconderse, evitar los problemas, y explicarse o hablar (si no es para decir simplezas) sí es un problema, en cualquier caso ¿a mí que más me da lo que diga la televisión o ponga en el escaparate?… yo entro y si tienen lo que quiero lo compro y ya está… verás cómo, si quieren vender, me entienden o hacen por entenderme… porque estamos en España y hablamos español… eso del inglés es para la publicidad… se estila… en todos sitios sucede lo mismo -¡¡en Francia, jamás!!-… Excusas o pura ignorancia… o lo que ustedes quieran. Ahora mismo tengo en mis manos una lujosa revista editada por el Ayuntamiento del pueblo donde vivo dedicada a engordar el ombligo del partido en el gobierno local y ¿se lo imaginan? la portada aparece en inglés…

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Cansancio

Esto iba a ir de universidades y comenzar con una pregunta, más o menos de este modo: ¿Es normal que unos tipos, profesores en una facultad de ingeniería con página web y proyectos de investigación propios a nivel internacional, utilicen a los alumnos, más concretamente sus proyectos de final de carrera -tal que negros-, para hacer lo que ellos debieran; dirigiendo y controlando sus trabajos finales, a la vez que los despojan de todo rastro personal -hasta la última coma-, para apropiárselos e incorporarlos a su proyecto…?

De ese mundo solo sé que es clasista y tremendamente endogámico, nada que ver con una labor docente y de investigación abiertas a otros puntos de vista, y creo que un trabajo de fin de carrera, al margen de las orientaciones y dirección pertinentes, ha de ser una elección particular en la que el alumno plasme el provecho de sus estudios y experiencia académica e intente concretar sus intereses de cara al futuro elaborando un trabajo personal. Nada de eso aparece en este caso, se trata más bien de un feo trabajo en la sombra que obedece a otros intereses que muy poco o nada tienen que ver con los del alumno, mero trámite explotado en función de su deseo de acabar felizmente sus estudios universitarios -…

Y en esto salta la noticia de que en Noviembre tenemos otra vez elecciones, con lo que seguimos con la incompetencia y más incompetentes, en este caso los políticos de este país, de nuevo pidiendo patente de corso para seguir pirateando sin pudor las cuentas públicas.

Y lo que queda es cansancio, vuelta a empezar, con el agravante de que se han multiplicado las voces y las amenazas, porque ahora, además de inútiles también hay fascistas en el parlamento, y digo fascistas cuando me refiero a los nacional-fascistas vascos de Bildu, que pretenden exigir por ley que a populares, riveristas y, estos si, a los fascistas de Vox se les prohíba hacer campaña en el País Vasco; su santuario del norte, tan de tradiciones, nada dados a la crítica -es el arma de los traidores-, tan populistas -perdón, populares- y orgullosos de sus orígenes; tan tradicionalistas como los fascistas de Vox, pero menos machotes. Tipos, estos últimos, para los que eso de la violencia machista es un invento de la izquierda y las feministas -aunque la pila de cadáveres de mujeres llegara desgraciadamente hasta el cielo seguirían diciendo que no es machismo-; tampoco sé qué significa violencia intrafamiliar, quizás es que en sus familias, tan normales, se maltrata y asesina a menudo; el machote siempre ha creído que una hostia a tiempo es la mejor opción antes de que se te suban a la chepa.

Cuando alguien -sobre todo en la política-, en función de una libertad que nadie quiere saber realmente qué significa y a qué obliga, es capaz de sentarse al lado de tipos de esa calaña y acepta posiciones y opiniones similares considerándolas libres y con todo derecho democrático algo no funciona como debiera. La libertad no puede dar cobijo a quien la considera un amenaza contra su forma de pensar, porque si aquellos consiguieran el poder la libertad que ellos exigen dejaría de existir para el resto; y si es preciso llegarían a asesinar, en ambos casos se ha dado, se da cobijo y se defiende a asesinos que mataban por la libertad de sus ideas.

Podría inventar un conclusión, buscar un colofón con el que cerrar estas letras para que no parecieran tan deslavazadas, tan de cualquier modo, pero creo que sería pecar de un exceso de retórica, y hay temas en los que la retórica debe ser la justa, y si es preciso dejarla a un lado con tal de que lo dicho destaque por sí mismo.

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Nostalgia

Hay veces en las que me detengo a pensar en la nostalgia, siempre con algo de suspicacia porque no acabo de aceptar o entender el tiempo dedicado al pasado a costa del tiempo presente. Nada que ver con los recuerdos, siempre presentes de un modo u otro, colaborando en hacer y dar forma al sujeto que recuerda, parte nada desdeñable del vivir, o casi todo, aporte fundamental permanentemente vertiéndose en el crisol en el que se forja ese tipo ideal capaz de saber, siempre que se lo proponga, dónde está y de dónde viene; lo de qué quiere es otro cantar.

Peor es la tristeza o la pena que suelen acompañar a la nostalgia, en unos casos dando lugar a alguna demora apenas perceptible y en otros convirtiéndose en una rémora que hace imposible cualquier movimiento, o peor aún, provocando un complejo e injustificable bloqueo o inactividad que tiene más que ver con una desgraciada derrota personal. Esa tristeza que acompaña a la nostalgia suele estancarse en tiempos pasados o lugares lejanos -basta con no estar allí-, y aunque el tiempo goza de la virtud de la inasibilidad, su peso en el alma puede ser tan importante como contradictorio e inútil, mucho peor cuando se convierte en la causa de un desafortunado y nefasto intento de regreso que solo traerá decepciones y más tristeza, o el descubrimiento, al fin, de que las cosas pasadas jamás vuelven y aquello era un sinsentido que puede arrojar una vida al cubo de la basura. Los lugares, en cambio, son una cuestión de menor envergadura, aunque haya personas que pierden el sentido de la realidad debido a lugares, su lejanía o el simple no estar, que nada pueden ni harán por ellas, llegando a cobrar una importancia desmesurada que bloquea e impide el desarrollo con normalidad de cualquier vida presente o futura.

Hablar de lugares es hablar de territorios, localizaciones en las que se inscribió un tiempo de nuestras vidas que no va a volver, que dejó unos pocos o innumerables recuerdos, una cantidad variable en función de la vitalidad del propio sujeto que, si aprendió de ellos, le habrán servido y aun le servirán para vivir el presente y mirar hacia adelante con mayor confianza. También hay lugares que provocan un violento y visceral desapego, difícil tanto de sortear como de olvidar, que, como toda cicatriz, acaba dejando una marca indeleble sobre la que el paso del tiempo también actuará haciendo que llegue a olvidarse su misma existencia.

Hay lugares que no van a volver, los pueblos, tan de moda, por ejemplo, territorios que cumplieron su función en el tiempo, mejor dicho, la función que les dimos nosotros con nuestras propias vidas, voluntarias u obligadas, sin las que no serían nada o ni siquiera existirían; lugares que puede apenarnos volver a ver o saber de su mal estado o abandono, como también nos apena no ser físicamente quienes fuimos. También podríamos preguntarnos qué o quiénes los decidió y por qué, quién ordenó violentar el terreno para construir en función de un derecho que solemos atribuimos de forma egoísta. Y habiendo sido nosotros, los mismos que los levantaron, quienes hemos elegido y trazado un nuevo camino, dejémoslos morir en paz, cualquier precaria resurrección sería un nuevo sufrimiento que esos lugares no merecen, que envejezcan y perduren como recuerdos casi vivos, tal vez así podamos recuperar algo de cordura y rectificar errores pasados.

Intentar recuperar o revivir los pueblos es tratar de volver al pasado, poner en práctica un ejercicio de nostalgia repleto de parches y soluciones precipitadas de última hora -algo así como mezclar y agitar el medievo con Amazon-, tampoco es que sea mejor derribarlos, sumergirlos o directamente hacerlos desaparecer, el paso del tiempo se encargará de ellos, al igual que hace con nosotros, lo que no impide que nosotros y nuestros hijos sigamos adelante dedicados a otras cosas que ahora parecen más importantes; y en cuestión de generaciones nadie se acordará de los pueblos como nadie se acordará de nosotros.

La especie humana es memoria, no nostalgia.

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Religión e Inmigración (Apuntes) (y 2)

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Si preguntáramos a cualquier conocido por el significado de la palabra comunión, muy pocos o casi ninguno nos diría que comunión significa participación en lo común, tampoco habría mucha diferencia si se pusieran a pensarlo con algo más de detenimiento. Hasta ese punto alimenta la religión los entramados más finos de una sociedad como la occidental, en el origen y significados de palabras y actos humanos.

A pesar de una Ilustración e infinidad de gobiernos de izquierda o, como se dice ahora, progresistas, que durante decenios intentaron dejar los asuntos religiosos a un lado y dar paso a una sociedad laica de valores humanistas en la que la única religión fueran unos derechos humanos; treinta puntos que todavía hoy pretenden el entendimiento y la convivencia general, independientemente de cunas y forma de pensar, una declaración que ya preveía el aumento exponencial de la población humana y la ineludible obligación de una coexistencia común por encima de tribus y territorios. Una especie de religión social en la que primaría el respeto, la colaboración, la solidaridad y los sentimientos comunes compartidos.

Pero una cosa son los grupos y sociedades humanas, su diversidad, sus seducciones, sus posibilidades y ofrecimientos de mejora a título individual, incluida la libertad, y otra los individuos particulares. Libertad que se ha convertido en uno de los principales atractivos a nivel individual de esta cultura occidental, tan cruel y refractaria, una libertad nada fácil de la que, sin embargo, muy pocos nativos disponen a su antojo, como tampoco de los medios indispensables para disfrutarla, lo que no impide que la misma sociedad, odiada por tantos, actúe como reclamo para miles de personas, o millones, que se sienten con todo el derecho del mundo a mejorar sus condiciones de vida. Atractivo que promueve una incesante y numerosa inmigración global de acoplamiento cada vez más complicado. Y cada una de estas personas moviéndose de un lugar a otro arrastra consigo una sociedad-cultura-religión que le ha hecho ser lo que es.

 

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Los procesos históricos que ha sufrido la cultura occidental han tenido como consecuencia una convivencia más o menos abierta en la que las opciones personales apenas se manifiestan cara a los demás; prima la cautela y, por ejemplo, unas formas de vestir aleatorias o fuertemente grupales completamente asépticas respecto de cuestiones más íntimas, además de ciertas ostentaciones visibles en función de factores económicos, preponderando, no obstante y según la educación de cada cual, el respeto y la cortesía, un acercamiento tolerante hacia lo diferente, la curiosidad y el deseo de compartir como signo de entendimiento por encima de otras cuestiones personales o culturales. Sentimiento de apertura, asumido por principio, que fomenta unos individuos más bien tolerantes, quizás emocionalmente demasiado débiles, o flexibles, e influenciables, a los que les importan menos las fronteras y gustan moverse por toda la superficie terrestre con insistente curiosidad y sin apenas reparos culturales.

Este carácter occidental suma, además, más beneficios que prohibiciones o inconvenientes, aunque a algunos no se lo parezca. Muy pocos, que no sean unos niños mal criados o con carencias intelectuales y de relación, rechazan en occidente una invitación de buen grado, ni suelen comportarse groseramente o de forma despreciativa, ni imponen condiciones o exigen por adelantado, prefiriendo moverse con prudencia y respeto, no teniendo ningún inconveniente en unirse y compartir -incluido unos alimentos ofrecidos con gusto- como uno más cuando toca hacerlo. Actitudes que organizan una sociedad expansiva y tal vez demasiado permeable, amén de unos individuos habituados a convivir dentro de unos máximos de tolerancia nada fáciles de mantener y transmitir.

 

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Es hora de volver a Durkheim y ese a espíritu social del que hablaba en la primera parte, espíritu de pervivencia y comunión que alimenta grupos humanos, que impone costumbres, inventa ritos y sacraliza actitudes y comportamientos, un denso tejido social que acatan generaciones sin preguntarse por qué y que cada inmigrante lleva consigo, en muchos casos exigiendo que sea respetado allí donde fuere, a kilómetros de distancia de su lugar de origen, muchas veces sin admitir o querer entender que el respeto debe ser mutuo.

Las personas forzadas a emigrar debido a penurias económicas, en un mundo cada vez más pequeño, están en su derecho a la hora de fomentar y exigir un inevitable u obligado anhelo de bienestar y de mejor vida para sí y los suyos allí donde fueren. Sin embargo, estas personas llevan consigo su propia sociedad en forma de cultura, y sobre todo su religión, que en la mayoría de los casos no ha pasado por el trance de una Ilustración humanista, una religión que también suele ser el referente principal de una visión del mundo exclusiva y exclusivista; religión que en muchos de los lugares de origen del inmigrante dirige y gobierna la vida comunitaria los trescientos sesenta y cinco día del año, en muchos casos con mano férrea. Es por ello que en la sociedad o cultura de acogida suelen producirse conflictos cuando un recién llegado, apoyándose en la libertad de la que ahora disfruta, exige que por respeto se le acepten procederes y costumbres que en su país de origen son solo prohibiciones -cubrimientos, velos, rezos, alimentos, etc.-, que sean admitidas públicamente cuando probablemente en la sociedad o cultura de la que proviene no se permitirían las que ahora aquí disfruta, con todo lo que ello significa.

 

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Durante el periodo nacionalsocialista muchos judíos alemanes se extrañaban y no entendían por qué sus mismos compatriotas les perseguían y asesinaban, ellos eran tan alemanes como el que más, habían asimilado de forma ejemplar una civilización y una cultura en la que participaban al ciento por ciento, y que para ellos era, si cabe, más valiosa e importante que la propia religión. Quizás fue uno de los últimos momentos en la historia que sucedió algo así.

En la actualidad algo similar parece imposible, sobre todo en una sociedad abierta como la occidental en la que las obligaciones comunitarias y sociales se mueven bajo mínimos y los reductos están a la orden del día. Si ya los locales se sienten poco obligados y escasamente participativos de un espíritu social cada vez más difuminado, de escaso ritual y mínimas celebraciones -únicamente las que tengan que ver con el consumo y uno mismo-, los inmigrantes adoptan posicionamientos similares sin entender, ni pretenderlo, el complejo fondo del asunto. Es más, en muchos de estos reductos de inmigrantes existe un orgulloso sentimiento de superioridad y desprecio, a partir de una cultura propia que creen superior, hacia una sociedad de acogida que ha forjado un individuo tan débil. Superioridad social barnizada con tintes claramente religiosos, por ello apenas aceptan hábitos y costumbres que no consideran suyas ni entienden esa buena educación de la que antes hablaba, son reticentes a integrarse y se sostienen en unos mínimos que les procuran la suficiencia personal y familiar, ni mucho menos se sienten en la obligación de hacer suyos, participar o colaborar en la pervivencia y mejora de los medios y posibilidades que tienen a su alcance, de sostener la que en esos momentos es su sociedad, la que les permite vivir a ellos y a los suyos.

 

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El cada vez mayor número de habitantes que pueblan la tierra desenmascarará a unas religiones que, en su anacrónico arcaísmo y simpleza, se han quedado obsoletas, incapaces de entender y asumir comportamientos y relaciones humanas diversas y complejas, todavía predicando y pretendiendo costumbres y actitudes tribales de nulo valor, vulgares manipuladoras de voluntades… o no.

Entonces, siendo divertidamente agorero y ya que no vamos a ser de pronto todos ricos, de no poner remedio y buscar un espíritu colectivo mundial con la especie humana como centro, con sus ritos y celebraciones, si es preciso, en los que la convivencia prime por encima de diferencias tribales y localistas, los derroteros de las sociedades y culturas humanas todavía existentes, y de la misma especie, dan pavor. Odios, envidias, guerras, supersticiones, más prohibiciones y tinieblas compondrán un excelente caldo de cultivo del que surgirían maldiciones, milenarismos, demonios, redentores, héroes tan simples como imbéciles y religiones tan añejas como definitivas… en fin, todo lo que cada cual guste imaginar.

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