Alarma

Poco puede decirse de la situación que estamos viviendo, una realidad que quizás dentro de unos años recordemos con cierta incredulidad. En casos así no es necesario que nos cuenten la película, pues somos los protagonistas, y como tales podemos disfrutar de nuestra propia actuación y ver cómo lo hace el resto, a plena luz del día, sin trampas ni mentiras.
Para cualquier gobierno decisiones así significan un paso importante -dan o quitan definitivamente el carácter-, pasos de los que nunca se puede estar seguro por completo. Existe una responsabilidad pública y desgraciadamente siempre habrá para quienes sea excesivo y otros para los que demasiado tarde, cada cual preocupado por sus propios intereses. Pero las decisiones importantes, tanto personales y, sobre todo, colectivas, son de este calibre, siempre se trata de un paso difícil de dar.
También sabremos de quienes, ojalá que, como nosotros, se sientan responsables y actúen en consecuencia, siguiendo las pautas que los expertos, los que realmente saben, recomiendan.
Como también tendremos oportunidad de saber de tanto… -no sé cómo llamarlo- que ha corrido al supermercado para llenar la despensa, su despensa, algo en verdad muy solidario; o quienes, en contra de los consejos de colaboración y buena voluntad, se han largado de la quema porque ellos no son como los demás, más bien les importan un bledo los demás. Poca ayuda se puede esperar de gente así, espero que no olvidemos sus caras mañana, será interesante averiguar hasta dónde llega su cinismo, o si solo se trataba de miserable mezquindad.
Tampoco veo a ninguna aseguradora médica o sanitaria brindar ayuda desinteresada, ofrecernos esos profesionales sonrientes y con cara de eficiencia y esos centros tan modernos y sofisticados, aunque sea pagando. No, esa gente no está para esto, sino para sacarnos los cuartos cuando estamos sanos a cambio de humo, diluidos como cobardes. Claro, no pueden ganar dinero, lo suyo no es ofrecer salud sino desvalijar bolsillos de catetos que gustan venderse más baratos que el vecino.
También espero que se reconozca al fin la importancia de la sanidad pública, la única que merece la pena, de la que disponemos casi gratis y despreciamos porque el dinero suele hacernos cada vez más imbéciles y preferimos pagar por lo que ya tenemos.
Salud a todos.

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A propósito del 8 de marzo

Ahora que llega el día 8 y toca fiesta, esto parece que funciona y el país al fin se mueve, quizás merezca la pena detenerse en sujetos y comentarios que llevan siglos pegados a nuestro culo sin que aún hoy nos atrevamos a ponerlos donde merecen. Gente que se cree con derecho a decir lo que se le ocurra, han entendido muy bien eso de que democracia significa libertad para todos y sienten un irrenunciable deseo de soltar la lengua, venga o no a cuento, tenga o no sentido o, según el tamaño de su ombligo, incluso les parezca de interés general. Estos personajes gozan de espacios para ello en los medios de comunicación, aunque ignoro si estos espacios están verdaderamente interesados en lo que digan o son una especie de cajón de sastre donde cualquier desubicado suelta una simpleza tras otra con tal de llamar la atención, probablemente convencidos de que, debido a su presunta relevancia social, el personal escuchará o leerá lo que digan, y hasta tal vez lo tenga en cuenta, o esté de acuerdo con ello, todo puede pasar, con lo que unos y otros se sienten fuertes para seguir soltando y oyendo disparates.
En este caso, el espécimen en cuestión es un matador -individuo que se dedica exclusivamente a matar- que, a juzgar por sus palabras, debió dejar pronto la escuela debido a unos alarmantes signos de incapacidad de comprensión básica por su parte. El tipo venía a decir en una entrevista que… el animalismo y el feminismo son el nuevo comunismo. No sé si un entrevistador, por decencia moral con su trabajo o por simple cordura lingüística, debería hacer ver al entrevistado que tales desatinos no tienen ni pies ni cabeza, o que, al menos, puede haber gente que no lo entienda y, llegado el caso, habría de explicar qué tienen que ver comunismo, feminismo y eso de animalismo -aparte de tener la misma terminación.
Pero la cuestión no es que estos pobres analfabetos digan lo que se les ocurra, que también, hay gente para todo, sino qué tipo de prensa da pábulo a tales personajes, qué publico les escucha y quienes están hoy de acuerdo con tales disparates. Este -no sé cómo decirlo-… anacronismo viviente, en su supina ignorancia, jamás entendió eso del comunismo -cosa que ya no tiene solución-, considera, lo que es realmente grave, el feminismo como un atentado a su hombría -más ignorancia, además de machismo y chulería; y lo de animalismo es simplemente un eructo, una ocurrencia parda de ignota procedencia, creyó que pegaba y lo soltó sin pensar -algo, por otra parte, obvio. Lo que realmente le preocupaba al tipo es que cuatro descerebrados, gente que no piensa en cristiano manipulada por el diablo -comunistas, feministas y esos nuevos animalistas-, le estén intentando joder el negocio, impidiéndole ganar dinero como debiera y, en cierto modo, obligándole a hacer otra cosa que no sea matar, lo único decente y con sentido que concibe su obsoleta y limitada cabecita.
Lo más interesante de todo ello es que este vestigio de otra época ya es un muerto viviente, los toros acabarán desapareciendo, estos tiempos, y los que vienen, así lo han decidido -afortunadamente. Representan los últimos coletazos de una tradición salvaje de un pueblo atrasado al que le cuesta ponerse al día, no sé si por propia incapacidad o porque todavía existen intereses de todo tipo por perpetuar unas costumbres que están más cerca del circo romano que del siglo XXI. Así que, sí, festejemos como debiera, pero sin olvidarnos de estos espantajos, son palos entre las ruedas que impiden un mundo mejor.

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Filosofía

Antes que responder la filosofía es preguntar, y las mejores preguntas son las más sencillas y directas, por eso la filosofía está tan cercana a los niños, porque son los únicos capaces de hacer preguntas tan simples como directas, precisamente las que los adultos ya no pueden ni saben contestar, no porque no sepan las respuestas, sino porque sus vidas de adultos niegan de antemano cualquier respuesta sencilla. Qué significa esto.
Existe una realidad vivida y contingente, como existe una razón humana que, desde que tiene conciencia de sí, ha pretendido comprender y explicar esa realidad, pero en sus intentos por explicarla, ya sea mediante dogmas, teorías o hipótesis y siempre a partir de unas primeras preguntas claras y sencillas, la razón ha despojado a aquella realidad de toda contingencia, precisamente la parte más directamente relacionada con la vida, la menos previsible y teorizable.
Un niño es inteligencia pura al ciento por ciento, por eso sus preguntas son tan simples y directas, como también necesita respuestas de igual limpieza. Un adulto se siente incapaz de responderlas porque en la mayoría de los casos no tiene respuestas satisfactorias para explicarse a sí mismo, su comportamiento o su estado presente. El hecho de vivir lleva implícito la dificultad de detenerse y reflexionar sobre lo que se está viviendo, la vida no espera, apenas deja tiempo para ofrecer respuestas a hechos y comportamientos insuficientemente pensados o de los que uno no se siente completamente satisfecho. El minuto siguiente planteará nuevos interrogantes que obligarán a demorar las respuestas pendientes, que sucesivamente se irán acumulando hasta el punto de llegar un momento en el que el adulto decide dejar en un segundo plano, consciente o inconscientemente, la obtención de respuestas. Esa es su vida, eso es la vida. Por todo ello, cuando es requerido por un niño de la forma más sencilla y directa respecto de cualquier circunstancia de su vida, o de la vida, tiene dificultades para responder, porque de aquellas preguntas sin respuesta se olvidó y del resto ya no sabe cómo responsabilizarse; solo le quedan las excusas. Su permanente para luego le hace, o le obliga, a justificarse de cualquier modo, por carencia de tiempo o de inteligencia. Pero la solución no es regañar o denigrar al niño por hacer preguntas inconvenientes, mejor dicho, inteligentes.
De igual modo, la filosofía viene intentando desde sus orígenes explicar la realidad, la vida y el mundo. En un principio fueron las preguntas, y la necesidad de organizar racionalmente las respuestas hizo que fueran complicándose tanto aquellas como las soluciones. Hasta tal punto que se levantaban teorías o doctrinas que pretendían explicarlo todo, pero con un inconveniente, como los adultos, estos dogmas y teorías, en su presunta fortaleza y perfección, solo aceptaban cuestiones que cumplieran una serie de requisitos que la misma construcción exigía como pertinentes o aceptables. Cualquier pregunta que no asumiera de partida las premisas y exigencias del sistema construido no era aceptada, o entendida, o se consideraba fuera de lugar. Y a medida que la doctrina o el sistema -no lo olvidemos, una construcción racional- aumentaba en volumen se volvía cada vez más complejo, hasta que llegaba un momento en el que perdía toda referencia a la realidad que lo motivó, se volvía tan confuso como inútil, demasiado escrupuloso e inflexible. Hasta que era superado en claridad por un nuevo sistema construido a partir de aquellas preguntas que no cumplieron los requerimientos del antiguo. Y así sucesivamente.
Las respuestas que necesita la filosofía son las mismas que necesitan los adultos, esas que persiguen los niños. Mientras la razón no admita e incluya en sus pesquisas y construcciones la contingencia e incertidumbre que felizmente impone la propia la vida, la humanidad, como los adultos, seguirá teorizando en abstracto, sin acertar a la hora de justificar y explicar una realidad, o existencia, que aún hoy nos es tan extraña y desconocida como cercana y vital. Y la respuesta no es difícil ni se halla en otro lugar que no seamos nosotros mismos. Se trata de escuchar.

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Lenguajes

Para quien conozca algo de la historia reciente de este país probablemente no le llame la atención que los grupos políticos que dicen representar a la derecha -una vieja y repleta olla en la que hierven tradición, patriarcado y bemoles, todo bien sazonado con un tufo a sacristía que se pega a los huesos- luzcan, todavía, un lenguaje amenazador y apocalíptico al parecer incapaz de adaptarse a los modos democráticos. Estos tipos muestran un rancio y despreciativo ardor que les lleva a utilizar sin ningún pudor un discurso simplista -casi infantil-, vengativo y aterrador que resultaría ridículo y trasnochado de no darse la desgraciada evidencia de que tales sandeces aún calan en los votantes, lo que es aún peor. A esta gente parece importarle un pito la obviedad de que en una democracia el gobierno suele ser elegido por votación popular, y que tanto los que votan como sus representantes democráticamente elegidos son ciudadanos del mismo país, compatriotas que persiguen con sus propuestas una mejora de la vida común.
Estas bandas siguen siendo aficionadas a formas y maneras más bien cuarteleras a la hora de las ofertas electorales, añejas advertencias sobre quién es quién -aquello de usted no sabe con quién está hablando- y ningún recato a la hora de insultar y airear cuestiones personales que nunca vienen a cuento, da igual si verdaderas o completamente falsas, además de que nada tienen que ver con la política. Gustan gritar, tal que apocalípticos predicadores, advertencias y soflamas sobre aquello de más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, como también vociferar a los cuatro vientos que quienquiera que gobierne, que no sean ellos o, como mal menor, no luzca un patronímico santamente bendecido, solo será un vendido manejado por alguna confabulación internacional empeñada en destruir la histórica santidad de este trozo de tierra. En su obsesión y sagrado derecho al poder siguen sin asumir la legalidad de compartirlo con los que no sean de su estirpe, cualquier otro solo sería un mindundi con ínfulas que aún cree aquello de un hombre un voto, la igualdad social y la solidaridad colectiva. Son señoritos más devotos de la austera y decente caridad católica -que no rasca el bolsillo propio- que de la justicia distributiva.
Con tal de ir a la contra y en su desprecio por todo lo que conlleve compartir son capaces incluso de ir contra el tiempo. Solo les falta afirmar que moderno o actual son sinónimos de pecado, aunque ya lo hacen con la palabra progreso, maldiciéndola y con ella todo lo que puede ser tildado de tal. El caso es que, astutos y taimados como hienas, nunca dicen lo que ofrecen, aunque ante su silencio y puestos a suponer solo se me ocurren cosas como antiguo, tradición, prejuicios, superstición, patriarcado, machismo, racismo, Dios, caudillo y jerigonzas parecida.
Pero, con todo, lo peor no son ellos, sino la posibilidad de que exista -y desgraciadamente existe- un público o votantes que los escuchan y se tragan sus mentiras, eso es lo verdaderamente terrible. Lo último ha sido la cantidad de embustes, calumnias y obscenidades proferidas al hilo del proyecto del gobierno de una muerte digna. Hay que ser moralmente muy bajo, perverso y sinvergüenza para hablar de ese modo, o un sicario sin escrúpulos, un pérfido sin decencia ni dignidad siempre presto a obedecer las consignas de sus caciques. Porque esta gente considera a la población, a la que directamente desprecian por inferiores, como una masa de siervos supersticiosos, asustadizos e ignorantes que se mueven por miedos, odios y prejuicios; semianalfabetos, temerosos de Dios e incapaces de valerse por sí mismos, permanentemente necesitados de guías espirituales que les ayuden a transitar por el valle de lágrimas que son sus propias vidas.
Da igual el siglo en el que nos hallemos o la tecnología que manejemos, hay un lenguaje, tan antiguo como podrido, que solo entiende esa triste y humillada mayoría sumergida en una ignorancia de siglos.

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Las noticias

A estas alturas del invierno no hay tiempo para gripes, quizás porque el invierno, apiadado de nuestra oculta y disimulada preocupación, ha decidido ser benévolo, aunque si se hubiera dedicado a lo suyo quizás no habría habido tiempo para cuestiones lejanas que según las noticias no son tales; es lo que tiene la globalización, esa palabra de significado difuso que no siempre percibimos en nuestra vida diaria, a no ser porque los chinos se han multiplicado, tantos como supermercados, incluso más. Es por eso por lo que las noticias nos suenan más cercanas, todos tenemos un chino al lado, un tipo siempre silencioso -apenas hay mujeres- que sorbe un austero café en una esquina de la barra del bar; de los pocos que pueden verse en tiendas y bares, porque no comen, ni beben, ni parecen vivir, luego ese debe ser extranjero, es decir, está de paso, todavía no ha tenido tiempo de establecerse. Se me ocurre que quizás esos sean los peores, vienen directamente de allí, acaba de llegar ¿a saber con quién ha estado en contacto? ¿desde cuando anda por aquí? Y lo que en otras circunstancias pasaría desapercibido concita la atención del grupo, precisamente cuando, en la televisión que no calla a nuestra espalda, nuevas noticias sobre la epidemia, que definitivamente ya es mundial, hacen converger nuestras miradas en el silencioso chino; pero, no está solo, pues en una mesa contigua otros dos apuran sendas tazas de café, luego, era cierto, estos acaban de llegar. Apenas unas tímidas risas al primer comentario sobre su presencia en la plaza de aquel pueblo, lo que quiere decir que ya no te puedes fiar, algo de eso debe ser la globalización, un chino estaba allí y en cuestión de horas lo tienes en el bar de la plaza tomándose un café, cuando probablemente venga de la zona cero de la epidemia, o tenga un familiar directo del que se despidió antes de salir de allí. Pero no, no puede ser, ¿cómo van a llegar hasta aquí, precisamente hasta aquí? La televisión vuelve a poner en conocimiento del personal lo poco que por el momento se puede hacer ante una epidemia de esta envergadura, y ahora no se trata de una sala de cine, es el mundo real, y vienen a la cabeza esas escenas de no sé qué película en las que sobre un mapa mudo de la tierra comienzan a cruzarse líneas y líneas, y lo que en principio son un par en cuestión de segundos se convierte en una intrincada maraña que le dice al espectador que nadie está a salvo hoy. ¿Entonces, qué queda hacer? Tal vez reírnos de nuestros propios disparates, poco más, para esas cosas nadie es inmune, estamos completamente desasistidos, no existen medios para paliar tal propagación; puede incluso que no esté controlada y las noticias mientan, y en lugar de los cientos de muertos sean ya miles; porque no se debe alarmar a la población si antes no están listos los medios para intentar sofocarla del mejor modo posible, aunque el mejor modo sea que nadie sabe el modo. Bueno, pues que cesen los vuelos internacionales, que se pare el comercio, que no haya viajes, ni compraventas, ni turismo, ni negocios de ningún tipo, que cada cual permanezca en su reducto el mayor tiempo posible, que alguien calcule una cuarentena mundial razonable en la que cada individuo limite sus movimientos a un radio de cuatro o cinco kilómetros, hasta que, pasado ese tiempo, el mal pueda aislarse y combatirse médicamente. ¡Uy! ¿qué va a ser entonces de este mundo, del comercio, y de la globalización? Menos mal que el dinero podrá seguir moviéndose y creciendo, ese aguanta lo que le echen.

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Deprimente

Deprimente, fue la primera y única conclusión de un chaval de veinte años tras la lectura de lo escrito a raíz de la muerte de George Steiner, al parecer no había más, ni curiosidad por quién era el tipo fallecido, por qué es o fue importante, en qué consistía su felicidad, la mesa, el café, los libros, hablar, escuchar o qué hay en la música que él desconociera. Y probablemente llevara razón, ese no es su mundo -este, que ambos compartimos, puesto que hablaba en presente-, el suyo lo gobierna la pujante insolencia de la juventud, la plenitud física, el descaro y, llegado el caso, el completo apasionamiento o la desesperación, o el más trágico desgarro, provocados por sucesos de lo más triviales o que, desde otra perspectiva, admitirían respuestas y soluciones más solventes, o quizás más sensatas y razonables.
Probablemente el muchacho tuvo más en cuenta, o tal vez tomó como ofensa, esas últimas afirmaciones respecto de la ansiedad y el desánimo que les traen de cabeza y que, siempre según ellos, nada tienen que ver con su edad; aunque sean cuerdas que tensan sus propias vidas.
Si uno mira la historia no ve a nadie en particular, como si no hubieran -en un futuro próximo será hubiéramos- existido; ha habido épocas mejores y épocas peores, tipos que sobresalieron, que todavía hoy conocemos, sin que sepamos la letra pequeña de por qué o gracias a quién. Quien tiene suerte y viene al mundo en una buena época probablemente vivirá bien, quiera o no quiera contarlo, en el fondo no era nadie; si, por el contrario, le toca una mala época tendrá que aguantar y desear que el trago pase pronto, en este caso nadie echará de menos sus cuentos, otro más. Entonces ¿por qué no pasar de épocas e historias y dedicarse a disfrutar? ¿por qué hay que ser diferente al resto? Es lo que hay.
Pero, porque hay un pero, en este caso es distinto, a diferencia de otras épocas y generaciones sucede que en la actualidad existen medios y modos -masivos sería quedarse corto- dedicados en exclusiva a inducir y saciar esa ansiedad y resolver de la forma más simple el desánimo entre la parte más joven de la sociedad; el objetivo último es implantar un conformismo infantil, egoísta y caprichoso que ha de durar toda la vida. Se dedican millones de dólares a negocios que tienen por objeto que esa ansiedad no desaparezca jamás, que el desánimo, antes que motivo para una reflexión autocrítica, sea el punto de partida de otro salto hacia adelante, hacia un objetivo ahora más fácil, de pronta satisfacción, tan insignificante como pasar un nivel en cualquier juego, suficiente para recargar las pilas y volver a instalarse en la carrera de no parar con tal de no pensar, no toca.
Una felicidad casi completa -el casi sí es importante, aunque haría falta más dinero; pero lo de independizarse puede esperar. Mientras, siguen pasando los días, meses y años sin querer darse cuenta de que pasan -porque preocuparse no es lo suyo; tal vez en eso no les falte razón-, permanentemente embarcados en esa infinidad de submundos creados específicamente para ellos por esos otros adultos, más listos y mucho menos bocazas y cansinos de lo que pueda ser yo, que no tienen por qué salir en pantalla si consiguen, a cargo de engordar sus negocios, tenerlos cogidos por los huevos (o por los ovarios; si puede decirse así) las veinticuatro horas del día. Como dice mi cuñada… ¡¡qué fuerte!!

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Steiner

Como si una de las salas más espaciosa e importante del pasado siglo XX se hubiera cerrado de forma definitiva, y digo definitiva porque él era el siglo, representaba tanto su belleza como su complejidad, su viva cercanía y las sombrías consecuencias de su horror. Nadie como él podía hablar y hablar de todo lo que la pasada centuria ha significado y significa para la humanidad de hoy, de las innumerables y profundas raíces que, prolongándose a lo largo de la historia, nos han situado en lo que en la actualidad somos, una humanidad secuestrada que cada vez tiene menos idea de lo que es ni hacia dónde se dirige; que, obsesionada por no tener tiempo para tener tiempo, ignora lo que está perdiendo.
Probablemente la noticia de su desaparición pasará desapercibida para una gran mayoría de aquellos que, sin saberlo, fueron el objeto último de su trabajo, tantos que han tenido y todavía hoy tienen al alcance de la mano esa inmensa felicidad que, en exclusividad propiedad, cualquier representante de la especie humana puede proporcionar a sus semejantes, cercana, minuciosa y delicada en su práctica, al tiempo que infinita e universal en sus logros. Para George Steiner la patria estaba en cualquier lugar en el que tuviera a su alcance una mesa, un café y unos libros, y la felicidad era completa si enfrente podía encontrarse con los ojos de alguien con quien hablar, al que escuchar y que a la vez escuchara, completando una ceremonia íntima e intemporal en la que se ponía en juego todo lo que de sí ha dado la humanidad hasta hoy. Cada palabra dicha, cada palabra escrita, cada nota tocada abrían las puertas a un gigantesco solo armónico al que cualquier persona podía acceder si era capaz de detenerse, sentarse y disfrutar escuchando.
Tampoco saben de él, y me temo que desgraciadamente no sabrán, los niños, una de sus últimas preocupaciones, millones secuestrados por una educación que en el fondo les desprecia, sujetos inocentes concebidos para encajar en procesos educativos que son antes y más importantes que ellos, una mareante y compleja sucesión de técnicas y ordenaciones docentes producto de mentes obsesionadas con el método y los resultados. Víctimas inocentes de cerebros programados y programáticos más preocupados por adaptar al sujeto vivo a su deriva sistémica y pedagógico-instrumental que obsequiarle con el disfrute de las vastas creaciones humanas; mundos que poco a poco van siendo condenados al olvido en aras de una instrumentalización vacía de contenidos concebida para engendrar y perpetuar una infancia que, desde la más temprana edad, es conminada a crecer sintiendo como propias la ansiedad y el desánimo de adultos derrotados.

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Derechos

Cualquier uso de la palabra derechos que no tenga que ver con posiciones o movimientos en el espacio de cualquier objeto, animal o vegetal queda reducido en exclusividad a la especie humana, única en el universo vivo conocido que tiene conciencia, es decir, la facultad para sentirse presente en un lugar y en una realidad concreta, además de con capacidad para organizarse de forma más o menos razonable en todos los aspectos de su vida, a lo que unir la potestad para llevar a cabo legítimamente todo lo conducente a los fines que uno mismo sea capaz de elegir.
No existe ningún otro ser vivo que posea tales cualidades, ni por aproximación. Se trata de que ninguna piedra tiene conciencia de ser piedra y vivir en un mundo de piedras, como tampoco la tiene un león, un gato, una lechuga o una ballena, es lo que hay. Los animales se mueven por instintos transmitidos genéticamente, a lo que sumar una inteligencia elemental basada en destrezas, habilidades y experiencias que pueden llegar a pasar de generación en generación, nada que ver con la comprensión o el entendimiento. Un animal puede llegar a asociar A con B, y aprender que de esa asociación se obtiene C, será capaz de memorizarlo, transmitirlo e incluso perfeccionarlo y, llegado el caso, repetirlo con total naturalidad tantas veces como precise; pero nunca se peguntará ni entenderá qué son A o B, por qué se dan, con qué objeto, en qué otros procesos pueden utilizarse, cómo modificarlas, mejorarlas o directamente eliminarlas a cambio de nuevas creaciones más elaboradas o complicadas.
Luego, cualquier intento de atribución de derechos a un ser vivo que no sea un ser humano está fuera de lugar, es un error de bulto que carece completamente de sentido. Se trata de una mala práctica del lenguaje por parte de personas tremendamente básicas, o egoístas, y en cualquier caso solo sirve para enrarecer y confundir aún más las relaciones humanas
Otra cosa muy distinta es valerse, hacer uso, emplear o utilizar, como viene haciendo la especie humana desde hace milenios, a los animales por necesidad, conveniencia o directamente capricho, beneficiándose de su compañía, de su fisiología y esfuerzo cuando están vivos y aprovechándose de su cuerpo cuando mueren. La forma en que lo hagamos, los medios que utilicemos, la cantidad de ejemplares de la que nos valgamos y el modo de hacerlo son cosas distintas, se trata de un tema completamente diferente en el que priman los deseos y el objetivo humano final perseguido. Respecto de esto cabría preguntarse si cantidades, medios y modos son correctos o adecuados, más o menos crueles, prescindibles, evitables o directamente eliminables; en última instancia se trata de alterar la realidad inmediata del animal en función de un beneficio que la especie humana considera importante para sí misma, no lo olvidemos, y en el momento que se da esta opción el animal deja de ser respetado y de tener entidad como ejemplar libre e independiente.
Quien, por ejemplo, es capaz de obligar a un perro a vivir, comer y defecar cómo y cuándo al amo le apetezca -obviando por completo la naturaleza del animal-, de arrastrarlo del cuello impidiéndole moverse libremente o, peor aún, directamente castrarlo porque cuando entra en celo arma mucho escándalo en el vecindario -creando una especie de animal/zombi incapaz de vivir en libertad, que morirá triste y desorientado a las primeras de cambio- no tiene ningún derecho -ahora sí es pertinente- a hablar de nada que tenga que ver con animales. Su egoísmo, o peor aún, su soledad, lo inhabilitan para otra cosa que no sean su ombligo y sus narices.
Cuando se habla de derechos de los animales, o se exigen, se está cometiendo una barbaridad de la que la propia especie humana no puede salir bien parada. Si hay personas que exigen derechos para los animales mientras aceptan que todavía haya en esta tierra individuos de su propia especie que no los tienen ni jamás los tendrán algo no funciona como es debido. Mas nos valdría limpiar nuestra conciencia obligándonos hacia nuestros semejantes que necesitan ayuda en lugar de desviarla vergonzosa y egoístamente hacia unos animales que al margen de su uso humano como objetos no tendrían cabida en la naturaleza.

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La radio

Para muchas personas las mañanas son la radio, tener algo que escuchar, desconfiadas o temerosas de cualquier silencio que al final acaba pareciendo cómplice, incómodo o sospechoso, mejor si se sortea con algo más que mala música, alguna voz en presente, tanto como uno lo está en esos momentos, hasta el punto de llegar a hacerse indispensable. La radio, pues, acaba convertida en simple compañía para mucha gente cuando tal vez la radio pretende algo más, y lo consigue, en algunos casos con más pena que gloria. Vayas donde vayas y estés con quien estés se repiten voces y emisoras, e inconscientemente comparas e incluso llegas a alarmarte; saltas de una a otra e inmediatamente te sorprenden o inquietan las diferencias, entre ellas las voces de un hombre y una mujer, el al parecer archiconocido señor Herrera y la no tanto, creo, señora Barceló.
Y lo que comienza como una simple e inevitable comparación de un entretenimiento del que se echa mano con tal de pasar las horas, acaba convertida en una crítica de dos declaraciones de principios sobre el papel irreconciliables. Una, la del tipo, machista y chulesca, tan clerical como reaccionaria, intolerante e irrespetuosa, grosera, vulgar, servil y casi violenta; la otra, la de la mujer, mucho más profesional, sobria y elegante, tolerante, femenina, respetuosa, inteligente, crítica y difícil -por dejar al oyente la parte que le corresponde.
Ignoro que influencia tienen los propietarios de las respectivas emisoras en el trabajo de quienes no dejan de ser empleados. En el lado del señor Herrera (COPE) el locutor ejerce de perro ladrador -la fiel voz de su amo, Iglesia católica y derecha más intransigente-, con constantes gruñidos y ladridos, insultos y faltas de respeto contra quienes opinan diferente de la mano que le da de comer; en el lado de la señora Barceló (SER) priman la independencia y la profesionalidad respecto de unos propietarios y una audiencia mucho más sensata e informada, limitándose la presentadora a dirigir, introducir, moderar y comentar -si viene al caso-, permaneciendo voluntaria y conscientemente en un segundo plano, en ocasiones se diría que parece que no existe.
¿Y qué tipo de audiencias padecen o sostienen a cada uno de ellos? En el caso de la COPE la calidad de la audiencia la marca el tono tabernero y desafiante del propio locutor, prima en el programa una especie de caudillismo chabacano por parte de un tipo narcisista incapaz de comentar una noticia sin añadir un eructo de su propia cosecha, hasta el punto de que, tras tanta zafiedad, odio contenido y maledicencia, uno no recuerda cual era la noticia o a cuento de qué venia aquello. Se suman al corro una camarilla de colaboradores o aduladores de criterio desconocido dedicados a celebrar y jalear las groserías del jefe, al que no osan llevarle la contraria, ni siquiera con un comentario u opinión diferente; no faltan carcajadas y risotadas colectivas, más bien algo babosas e impostadas, supuestos guiños a un oyente muy básico amigo de jocosas complicidades que en muchos casos son evidentes faltas de respeto. En un ambiente así la noticia no se escucha, no interesa, es la excusa para la exhibición de un huero caudal de labia y mala fe -obediencia obliga. Se trata de lanzar al aire una serie de valoraciones y conclusiones tan falsas como interesadas, supuestos inventados, casposos prejuicios y posicionamientos políticos y religiosos retrógrados e insultantes directamente dirigidos al estómago del incauto oyente, vertiendo en él una bilis ponzoñosa que induce al odio y la ira más que al sensato uso de la razón. El oyente de este tipo de radio ha de ser forzosamente alguien con una educación más bien básica -una persona normal no aguanta tantos insultos y basura radiofónica-, tipos habituados a llanezas de bar y parroquia que confunden familiaridad con falta de respeto, con problemas de criterio propio, necesitados de opiniones y comentarios previamente ya masticados y digeridos; personas ávidas de integración, aunque sea a costa de odiar y despreciar a quienes opinan diferente.
Del otro lado, en cambio, apenas existe el locutor, sí la voz que dirige un programa en el que, previamente seleccionada y presentada la noticia, se multiplican las opiniones y puntos de vista, en muchos casos apoyados en datos y matices que exigen una atención despierta y criterio propio a la hora de entenderlos, aceptarlos o asumirlos; se cultiva una fina ironía que nada tiene que ver con el chiste fácil, faltón y grosero, cuestiones que requieren una audiencia más educada, inteligente, informada y con espíritu crítico a la que se le exige un esfuerzo extra que no todo el mundo está dispuesto a poner en práctica. Priman la noticia y la profesionalidad por encima de todo, la concesión de la palabra, el reconocimiento de la opinión experta, la imparcialidad, el respeto hacia el oyente y los colaboradores, la densidad en la información y los comentarios, con un constante aporte de antecedentes y detalles que en ocasiones cuesta valorar en toda su amplitud. Una forma de hacer radio que, después de haber desplegado toda una panoplia de pormenores e informaciones, directa e indirectamente relacionadas con la noticia, dejan siempre al oyente la última palabra a la hora de juzgar aquello que acaba de escuchar.

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Cine

En el cine internacional del pasado año parecen destacar cuatro o cinco películas por encima del resto, 1917, la soporífera Historia de un matrimonio, el último y en exceso estereotipado Tarantino, la genial metáfora que es Joker y su punzante e inconveniente crítica de un mundo tan falso e hipócrita como cruel -para mí la mejor-, en la que va incluida la magnífica interpretación de Joaquin Phoenix, y, por último, la para muchos estupenda El irlandés. Y es de esta última de la que pretendo hacer un punto aparte que me parece interesante.
El irlandés es Martin Scorsese en estado puro, el tema, su forma característica de narrar y los intérpretes; pero para quien conozca y guste del director, como es mi caso, hay consideraciones sobre la película que dejan demasiados interrogantes abiertos, interrogantes que, en mi opinión, acaban penalizando el resultado final. No se trata de que la película haya sido producida por una cadena de televisión de pago y distribuida vía internet, excepto para aquellos afortunados que hayan podido verla en las pocas salas en las que se llegó a proyectar; si influye, en cambio, y creo que para mal, su excesiva duración, tres horas y media en las que el espectador tiene tiempo para, en un exceso de situaciones, planos y secuencias similares, encontrarla monótona y previsible. A lo que sumar unas caracterizaciones en las que, en lugar de rostros vivos de personajes, se muestran fisonomías demasiado rígidas y algo acartonadas, sobre todo los personajes principales que interpretan Robert de Niro y Al Pacino.
Tal y como sucede, por ejemplo, con la pintura o la música, manifestaciones artísticas que generalmente se atienen a una serie de formatos típicos o estándar a la hora de dar a conocer la obra creada definitiva -sin querer decir con ello otra cosa que la necesidad u obligación de elegir unas hechuras, formas y dimensiones en las que enmarcar ideas y creaciones-, en el cine ocurre algo similar, siendo la duración de entre noventa y ciento veinte minutos el formato que un espectador tipo aguanta sentado en una butaca sin perder la atención de lo que está viendo; en este caso ha sido el propio medio cinematográfico el que ha venido estableciendo esta tipología, luego puede decirse que primero fue el formato y después la capacidad de atención y concentración del espectador la que acabó adaptándose al producto ofrecido. De hecho, hay tareas cinematográficas, como el trabajo de montaje, que definen de forma significativa el resultado final, logrando una delicada síntesis entre silencios, negros, planos y escenas de la que depende el éxito o no de la obra resultante. Y en El irlandés la duración y repetición de escenas, que poco o casi nada aportan al desarrollo del tema, acaban cargándose la película; se incluyen un exceso de horas de grabación que, sí, muestran cara a cara a gigantes de la interpretación haciendo lo que mejor saben, pero, en cambio, consiguen con ello que el espectador se remueva en su butaca impacientándose porque le cuenten algo más o que aquello directamente acabe.
El cine es lo que es y el espectador actual disfruta del cine tal y como la industria le ha habituado a hacerlo. Que las nuevas opciones de producción y distribución cinematográfica dispongan de más medios y costes más bajos puede que condicione el cine a partir de ahora, pero, en cualquier caso, necesitarán un espectador que pueda admirar y disfrutar el resultado final, y todo espectador dispone de un fondo de atención que la pantalla ha de mantener vivo, de eso se trata, no de aburrir a las piedras a costa de un exceso de metraje. Siempre hay horas de grabación y material sobrante que son eso, material sobrante. De no ser así y si a partir de ahora todo lo grabado ha de ser incluido en un exceso de planos y secuencias que nada aportan al desarrollo del guion principal -solo más imágenes- entonces tendríamos que empezar a hablar de otros formatos, tal vez de series, pero las series no son estrictamente cine, aunque los medios y la realización sean prácticamente los mismos; pero, repito, no son cine tal y como hasta ahora lo conocíamos, requieren otra predisposición, otras formas de atención, u otro tipo de espectador. Hablamos de otra cosa.

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