Quien

Vas y vienes en solitario porque las circunstancias así lo exigen, caminando o conduciendo, cumplimentando un horario, obligaciones y tiempo libre encajado a desgana porque tampoco hay otra posibilidad o motivación, se trata de lo que precede o sigue al trabajo. Haces como que vives en el interior de la prisión voluntaria en la que se ha convertido tu día a día, donde probablemente te encontrará la soledad, sin que te des cuenta, sin que la sientas ni tampoco la sepas porque ya no recuerdas qué voluntad eligió esta apuesta solitaria que en ocasiones reseca el alma hasta agrietar la piel. Dejas de saber si son los días o eres tú, indistintamente, una sucesión tan natural como mecánica salpicada de instantes en los que, entusiasta o distraído, de pronto te esfuerzas por arrancarte una sonrisa, a veces sin gana o sin venir a cuento, simplemente por saberte, o cuando la música deja de abrigar, ese punto en el que tampoco solaza ni arraiga. Quizás porque esa música en la que sueles buscar y casi siempre encuentras entonces no alcanza, tal vez porque no fue hecha para sino por, nació de otro corazón similar al tuyo y no precisamente para calmar voluntades desorientadas o en momentos bajos, no iba dirigida a nadie en concreto, sino que se trata de otro intento más de hablar sin palabras, sintiendo, o sin querer, o sin saber, tampoco para quien.
Hay ocasiones en las que te sientes moviéndote dentro de una voluntad ajena, has olvidado el significado del propio querer porque no encuentras o careces del lenguaje adecuado, echas de menos decirte cuando, sin saber cómo, te ves pensando en otros, quienes te escuchen y con su atención te concedan la existencia y el sentido que en el fondo siempre necesitamos para sabernos y reafirmarnos en el pulso que nos mantiene vivos.
O sucede que el reducto que has ido formando y alimentando se cierra en exceso, oprimiéndote, y entonces parece que ni siquiera los demás observan sin fijarse tu paso. Echas de menos el aliento de una voz, cualquiera, incluso, aunque solo sea para recordar cómo suena; sonidos, palabras, historias, soliloquios o simplemente calor, esa calidez tan primaria e indispensable cuando la soledad comienza a asfixiarte y necesitas un quién, otro u otros que entonces no están porque, no importan los motivos, te creías a salvo de ellos. Sufres un vacío al que le faltan palabras, pero no simples sonidos, o quizás se trate de texturas capaces de arrullar un corazón desasistido, a un paso del destierro; al segundo siguiente continuas sin saber por qué, si es por ti, a tu pesar o porque ya no te acuerdas, no tiene importancia, tratas de convencerte, sin otra solución más a mano. Pero sigues anhelando esas texturas que den consistencia material a un íntimo deseo de contacto con o por el que desprenderte de tu solitaria soledad o, al menos, alguien ante quien puedas permanecer en silencio porque quizás de pronto has olvidado cómo hacerlo y en su presencia, tonto, decides en el último momento retroceder hacia el refugio de un nuevo no lo necesito, repetida, presuntuosa y falsa solvencia que no hace sino envanecerte aún más en tu error. Tal vez porque no tienes al alcance lo que en el fondo más deseas, que no es precisamente ese quién, ese contacto, o sí, pero mucho más concreto, una piel, otra, como la tuya pero no la tuya, la tuya dejó de hablarte hace tiempo. Sigues adelante, caminando o conduciendo, solitario o en soledad, cuando precisamente notas la boca seca porque también olvidaste cómo suena tu propia voz.

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LTI

Llegué a este autor por sorpresa, como en los mejores regalos, un nombre que miré con cierta suspicacia porque no lo conocía, otra confirmación de lo poco que uno sabe. El estupendo cuento de nunca acabar. Luego me documenté sobre Victor Klemperer y de lo poco que pude encontrar en castellano me sorprendió que lo más reseñable fuera su nulo aprecio por este país, del que tenía una impresión deplorable. Así que, no me quedaba más remedio que leerlo.
Ahí acabaron todas mis prevenciones. LTI (El lenguaje del Tercer Reich, sería la traducción al castellano) es otro descubrimiento tardío que viene a colocar otra pieza más en la inacabable tarea de reconocernos a nosotros mismos -o lo que es lo mismo, descubrirnos-; en este caso a través de usos y formas del lenguaje que hemos asumido como propias sin preguntarnos acerca de ellas, algunas de las cuales, sin embargo, tienen un origen oscuro o francamente inconveniente. Términos y expresiones cotidianas sospechosamente relacionadas con la técnica y el deporte, los grandes anuncios, los caracteres enormes de la publicidad o el incansable movimiento del que nos gusta hacer gala incluso a nuestro pesar; el no desfallecer, seguir al resto, jamás detenerse o pararse a pensar mientras el mundo sigue adelante, sin admitir un pero ni un minuto de reflexión.
De la lectura del libro impresionan los métodos del nazismo para manipular el subconsciente colectivo -se trata del lenguaje-, las formas subrepticia y calculadamente violentas y expeditivas a la hora modificar el pensamiento y las expresiones de los ciudadanos, independientemente de sus orígenes o nivel cultural, creando una atmósfera de servilismo, sumisión y miedo que, sin embargo, nadie notaba o fingía no notar porque nadie se atrevía a discrepar o criticar lo que en todos los sentidos era un secuestro intelectual de la población. Una tensa situación social en la que la sospechosa e inquebrantable fidelidad hacia el régimen expresada públicamente servía como lenitivo para las mentes más suspicaces, obligadas a permanecer en silencio por temor a las reprimendas de sus conciudadanos, en muchos casos violentas. El gusto por las manifestaciones y celebraciones públicas en las que primaban las afirmaciones positivas y reivindicativas de los dogmas y consignas del régimen; la unificación de enemigos o, literalmente, su torticera invención con tal de fijar y memorizar un único rostro al que odiar y denigrar, en el que iban incluidos los pocos que usaban la razón y el sentido común a la hora de reconocer la barbaridad y la sinrazón de los comportamientos sociales en un estado general de secuestro colectivo; unos pocos que debían permanecer callados e intentar pasar desapercibidos so pena ser denigrados, y hasta violentados, públicamente.
Pero lo más interesante venía después, a medida que avanzaba en el texto no costaba reconocer en la actualidad situaciones similares a las que estaba leyendo, y eso era espeluznante. Por ejemplo, el ambiente tenso, secuestrado y asfixiante era el mismo que alimentaba la dictadura franquista, allá en mi infancia y adolescencia; y ¡sorpresa! un ambiente muy semejante al que se viene viviendo hoy tanto en Cataluña como en el País Vasco. Ese apego a la tierra, a los instintos, a la sangre, esa humillación pública y privada ante las consignas del régimen que hace imposible expresar públicamente ninguna crítica o disensión por miedo a ser censurado, insultado o agredido; la desagradable sorpresa de cómo unos métodos lo suficientemente conocidos y sobre los que deberíamos estar más que prevenidos siguen obteniendo sus peligrosos frutos, también hoy, entre una incauta ciudadanía, dócil y carente del sentido crítico que se le supone.
De acuerdo que durante el franquismo esas formas y represión fueran un hecho tan evidente y consumado como estudiado -a partir del libro puede comprobarse cómo el nazismo y el franquismo practicaban métodos similares-, pero que en la actualidad se sigan utilizando y, lo que es mucho peor, funcionando entre personas a las que se les supone una educación a salvo de tales maquinaciones es desolador.
Como escribe Klemperer: ¿Cómo fue posible que gente culta cometiera tal traición a la cultura, a la civilización, a la humanidad? Hoy me hago la misma pregunta.

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Izquierda y derecha (y 3)

Reconocidas y fácilmente reconocibles las posiciones generales de uno y otro lado, voy a echar mano de un último recurso que, creo, influye de manera definitiva: el trabajo. La siguiente sentencia o maldición es fruto de este injusto mundo que padecemos: ganarás el pan con el sudor de tu frente; sanción que obliga a las personas a una actividad, el trabajo, mediante la que obtener ese pan -ocupación que nada tiene que ver con otras actividades con el mismo nombre. Sobre el trabajo se puede decir de todo, tanto malo como bueno, pero lo que es ineludible es su siempre cuestionable obligación; cómo nos han convencido de que sin trabajo no somos ni seremos nadie. Y para que no olvidemos, ni tengamos dudas o nos hagamos preguntas se ha inventado una actividad denominada igual -solo que exclusivamente lucrativa- para esa mínima parte de la población que detenta el poder y dirige la sociedad, especie de eufemismo manipulador y tramposo que nada tiene que ver con lo que la mayoría de los mortales entiende por trabajo.
Trabajo es una especie servicio que se da, ofrece y en último término se vende a otro u otros a cambio de una compensación, generalmente monetaria, indispensable para conseguir el pan tan necesario para vivir -que el pago sea o no justo es otra cuestión. Puede ser tanto obligación como castigo, y su realización condicionará el pensamiento individual a lo largo de toda la vida, en muchos casos hasta hacer del sujeto una persona y pensamiento cautivos. Con ello no quiero decir que este servicio convierta automáticamente a quien lo realiza en siervo, pero en una mayoría de casos sí.
El trabajo como actividad individual también es una forma de opinión o juicio por parte de un sujeto cualquiera sobre el mundo en el que vive, tanto por el tipo de trabajo como por su forma de trabajar; el trabajador se manifiesta políticamente a través de él, por ello es más fiel a la realidad contemplar al individuo por el trabajo que ejerce y cómo lo ejerce que por lo que dice. Del mismo modo, un trabajo sitúa automáticamente al sujeto en el engranaje de una estructura social, y hasta tal punto condiciona su forma de ser que en ocasiones resultará difícil precisar qué fue antes, su opinión sobre la realidad que vive y le rodea, anterior e independientemente del trabajo, o el trabajo como razón vital, causa originaria de la identidad y el pensamiento propios.
Para un individuo de izquierdas el trabajo es tanto un derecho como una necesidad, y su experiencia es concebida inmersa dentro de un proceso personal que, en última instancia, siempre tiene que ver con quienes le rodean y con la sociedad en la que vive, no olvidando su significación y sus repercusiones sociales; una actividad que se engrana en la propia vida como una parte importante, o la que más, pero en todo momento supeditada a otros valores y temas que complementan o completan la vida diaria. Para estas personas el trabajo tiene poco que ver con la ostentación o el prestigio que no se derive exclusivamente de la labor profesional, no del puesto, sin embargo, su necesidad puede convertirse en algo obsesivo o angustioso en función de cuestiones vitales o de extrema necesidad complicadas de delimitar. Por supuesto que también existe el afán de mejora laboral, pero, como he dicho, subsumido en un proceso personal de mayor envergadura en el que nunca desaparece del todo la prevención respecto al acceso a unos recursos básicos y dignos indispensables para una vida civilizada. Esta prevención nada tiene que ver con el miedo a los superiores y su exigencia de sumisión permanente, todo lo contrario, priman el respeto, la participación y la colaboración entre iguales, desconfiando de la adulación y de la soterrada y manipulable competencia por puestos y objetivos dentro de una lucha que solo beneficia a los poderosos. Estos individuos contemplan el poder derivado del trabajo en perspectiva, entre la sospecha y la desconfianza, siempre atentos a no convertirse en uno más, en acabar enajenados o como un producto desechable más del mercado. El trabajo es trabajo y su obligación no impide que el propio pensamiento siga siendo libre a la hora de interesarse y conocer cómo se mueve el mundo y qué papel desea jugar uno en él.
Para un individuo de derechas, en cambio, el trabajo es una actividad mercantil, de hecho, para estos sujetos toda actividad humana es susceptible de ser convertida en dinero -lo que generalmente viene a significar un mundo personal tremendamente reducido. Llega a ser algo obsesivo, una actividad que comienza y acaba en uno mismo y no tiene nada que ver con su objeto último, su necesidad pública o privada, sus beneficios, también públicos o privados, su repercusión social o los perjuicios, tanto directos como indirectos, que pueda causar; cuestiones ajenas tanto a la actividad misma como a su correspondiente recompensa. Sus intereses se circunscriben al lugar en la jerarquía social que el trabajo les puede proporcionar y el modo de vida que les procura, privilegios, posibilidad de ostentación, mayores ingresos, un ocio diferencial o un consumo desmedido entre otros, sin olvidar la siempre tentadora aproximación, o posible inmersión, en círculos subsidiarios de poder cada vez más elevados. Evidentemente, para tales fines son necesarias las correspondientes dosis de soberbia, intransigencia, egoísmo, docilidad, temor y adulación para con los poderosos -así como la asunción como propios de sus objetivos. Sin olvidar la permanente y desconfiada competencia con los que son como ellos, todos los demás en potencia, no dudando en despreciarlos, amenazarlos e incluso zancadillearlos por voluntad propia o recomendado por sus superiores. Este tipo, además de ser de derechas, piensa y actúa como un siervo, jamás será libre.
Así llegamos al final. Reconozco la dificultad de la tarea y que de ella penden demasiados hilos sueltos, pero en el fondo no me preocupan, un individuo de izquierdas siempre será capaz de sentarse a discutir y discutirlos, su opinión es tan importante como la mía; uno de derechas, en cambio, rechazará de forma despreciativa lo que no le guste y se negará a discutir aquello que solo para él es evidente. En fin, reflexionen y posiciónense ustedes mismos, y la próxima vez no vuelvan a decir, ni acepten, aquello de que en política ya no existe izquierda o derecha.

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Izquierda y derecha (2)

A partir de las diferentes concepciones de la vida y el mundo mostradas en la primera parte puede inferirse la visión que cada grupo tiene de la sociedad en la que vive. Comenzaré en esta ocasión por los denominados de izquierdas.
Un individuo de izquierdas sabe que la sociedad en la que vive es suya, es él, el lugar en el que se desarrolla su vida, el medio que le otorgará una posición entre sus semejantes y al mismo tiempo le hará libre para elegir; como no ignora que el ser humano es un animal social y, como tal, necesita de la sociedad para sentirse persona e intentar ser feliz, por eso la respetará y cuidará, e intentará fortalecerla haciendo todo lo que esté en su mano para mejorarla, colaborando y ayudando a levantar y sostener instituciones y gobiernos que la hagan tan fuerte como libre. El individuo de izquierdas se considera ciudadano, y sabe que esa condición se consolida y valoriza junto con la sociedad que se la proporciona, como también sabe que la fortaleza, la libertad, la seguridad y la protección de la sociedad comienzan y acaban en él y en muchos otros iguales a él, así que vigilará con celo que las instituciones y organismos públicos, así como sus gobiernos, ejecuten con diligencia sus funciones, no teniendo ningún inconveniente en relevarlos o eliminarlos de inmediato cuando no cumplan honradamente con su tarea. También procurará que la sociedad esté a salvo de poderosos y particulares que ven sus instituciones, organismos y gobiernos, no como lugares que cuidar y mejorar, en los que realizarse, ser queridos y ayudar a los demás, sino como medios para satisfacer su voluntad más egoísta; individuos y organizaciones que no tendrán ningún escrúpulo a la hora de corromper, apropiarse e incluso destruir gobiernos e instituciones en su propio beneficio, siempre a costa de la bondad, ingenuidad e indiferencia de los que siempre han sido y serán iguales a ellos.
Un individuo de derechas, en cambio, carece de esa amplitud de miras, solo piensa en sí mismo, ve su propia sociedad, donde vive y es, exclusivamente como un medio donde satisfacer su voluntad, sobre todo en lo material; la considera como un obstáculo, y sus instituciones, organismos y gobiernos el enemigo. Si no consigue lo que quiere la culpabiliza y denigra, intentando que los demás la vean como causa y culpa de todos los males, que no dejan de ser únicamente los suyos. En su obsesión, el individuo de derechas no entiende que la sociedad somos todos y él mismo a la vez, y está hasta tal punto ensoberbecido por su desconocimiento que solo sabe realizarse enfrentándose a ella, que es como competir contra sí mismo; su estrechez de miras le lleva a ignorar que destruyéndola él también se destruye. Podría darse el caso de que alguien dispusiera de los medios y el poder necesario para hacerse una sociedad a su medida, cosa que, además de inhumana, es imposible. Un individuo de derechas no es un ciudadano como tampoco es un hombre libre, ignora que la libertad sin la sociedad que te la concede es un concepto vacío; desconfía de sus semejantes y de sus logros y, apoyado en una autosuficiencia ficticia, ni cuida ni protege lo público y común, todo lo contrario, se dedica a entorpecer su funcionamiento y, lejos de colaborar en su mantenimiento y mejora, en fortalecer instituciones y gobiernos, impide que eso suceda alegando un derecho y libertad individuales que no son tales. Este individuo de derechas ha perdido su independencia e ignora cuál es su lugar, tal es su impotencia; su pensamiento es hasta tal punto cautivo que no tendrá el menor rubor en entregar su sociedad, así como todo lo que tenga que ver con lo público, al mejor postor, a esos otros con poder que no dudarán a la hora de desmontar gobiernos, organismos e instituciones en su propio beneficio para después venderlos como negocio a quienes, obnubilados en su ignorancia, acabarán convertidos en simples clientes de un solo propietario y señor.

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Izquierda y derecha (1)

No se trata de manos, piernas o puntos de referencia posicional, sino de política. Estoy cansado de oír que términos como derecha e izquierda han dejado de tener sentido en la política actual, desaparecido el demonio comunista solo queda capitalismo en su infinidad de variantes a nivel mundial, fin de la historia; el tema de la democracia es más complicado de entender. Afirmaciones de este estilo suelen provenir de tipos a los que, curiosamente, sí les interesa la política, pero no como medio para buscar otros modos de hacer feliz a la gente, a cuanta más mejor, sino como forma de hacer negocio a costa de las cuentas públicas, tanto dinero despilfarrado en servicios públicos que en las manos adecuadas generarían suculentos beneficios privados.
Grosso modo, suele haber dos tipos de individuos, quienes creen que el mundo marcha bien tal y como está y cada persona, en función del lugar en el que nace, ha de arreglárselas según lo que le haya tocado o como mejor pueda; y quienes piensan que ese mismo mundo es potencialmente mejorable, y cada existencia particular debe estar de un modo u otro dirigida a que la mejoría siga aumentando y llegue cada vez a más gente. Para los del primer grupo todos no somos iguales, ni siquiera de partida, para los del segundo sí, siempre.
Los primeros aceptan y asumen un orden histórico y jerárquico en el que la clase y el lugar de nacimiento son acríticamente merecidos, casi sagrados -lo abalan siglos de antigüedad. En este orden inmutable dirigentes y poderosos ocupan un lugar preponderante que jamás es cuestionado, tampoco si es merecido o cómo y con qué medios lo consiguieron, además de por qué ha de perpetuarse en el tiempo; y que esta realidad de hecho sea justa o injusta no es de su incumbencia, ellos tienen suficiente con dedicarse a vivir intentando hacerse un hueco dentro de un escalafón subsidiario creado a tal efecto por los dominadores del sistema social, a golpes si es necesario. Los del otro grupo, en cambio, juzgan lo que hay y ven desde el punto de vista de una justicia e igualdad universal que brilla por su ausencia, justicia que jamás validaría o justificaría, bajo ningún concepto, que una serie de grupos o clanes detentaran e impusieran permanentemente su poder, poder que debería ser deslegitimado, directamente defenestrado y compartido; este grupo piensa que hay que hacer todo lo posible por mejorar e, independientemente de dedicarse a vivir sus propias vidas, como el resto, harán lo que esté en su mano por colaborar y ayudar a ello, siempre dentro de sus posibilidades.
Los del primer grupo son de derechas y los del segundo de izquierdas.

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Calles

The Glowing Man martillea mi cabeza mientras se suceden calles como se suceden segundos, exactamente iguales, no hay ningún hombre brillando porque han desaparecido, el resplandor de los hombres emigró para esconderse tras las innumerables ventanas que agujerean las altas paredes a las que apenas llega la luz de las farolas. Calles desocupadas amuebladas para fantasmas, sin nada que las diferencie porque las huellas de sus antiguos ocupantes, cada vez más tenues, siguen evaporándose sin voluntad ni posibilidad de avivar recuerdos, presencias pasadas alejándose más y más en el tiempo. Una claridad transparente ha ido despojando aceras y esquinas de cuerpos en movimiento, de sus sombras, no hay nada que pueda perfilar el alumbrado público porque solo ilumina silencio y ausencia, tampoco soledad, porque para la soledad es necesaria un alma que la pueda sentir o darle un significado. Las pocas figuras humanas que pueden verse parecen extraños disfrazados que caminan nerviosos mirando asustadizos a un lado y otro, cercados por una sensación de peligro que no necesita sujeto material al que acusar o del que huir; lo que queda es vacío, tal vez desierto, no sé, necesitamos una palabra para nombrar lo que no sabemos cómo. Calles abandonadas que no conducen a ningún sitio porque también los destinos dejaron de tener un motivo o cumplir su función, permanecen como una rutina de otro tiempo indiferente a la resistencia a desaparecer. Las esquinas han dejado de tener significado, ya no ayudan con los usos de la espera, como tantas otras actividades que también están desapareciendo de las cabezas de sus antiguos ocupantes, allá donde estén, encerrados tras esas ventanas iluminadas que expulsan a la oscuridad de la noche más miedo que precariedad. La iluminación que puede verse en las ventanas es incluso más triste que la de las calles, ésta cumple una función que a nadie le sirve, quizás a los gatos, que ahora se mueven a sus anchas, aunque todos sabemos que los felinos no necesitan luz para desenvolverse por la noche. Las luces que escapan de las ventanas escupen al exterior la fatiga de los interiores, no hay ninguna que muestre algo más que encierro y temor, no se adivina vida palpitando dentro, la demostración tangible de que esta espera es solo eso, una prudente y viva estancia hasta la llegada de tiempos mejores.
Intento situar y situarme, en algún lugar concreto, entrando o saliendo de alguna tienda, de algún bar, donde hace nada reía despreocupado porque se trataba de eso, de vivir las calles, estar con y entre la gente, saludando porque mañana volveríamos a vernos y ni él ni yo nos echaríamos de menos, tal vez unos días después. Ahora ni eso, dejo de preguntarme porque no tengo respuestas, como tampoco las obtengo cuando modifico mi recorrido con la esperanza inútil de hallar algún rastro de vida por donde hace meses que no paso; nada, igual que el resto, un desierto urbano que por momentos se antoja definitivo. The Glowing Man sigue golpeándome los oídos recordándome que no se trata de ningún futuro distópico, es el presente, un presente nunca temido ni imaginado, pero tan real y vacío como yo en el momento en el que decido iniciar el camino de vuelta porque música y noche persisten en asimilar mi cabeza a una realidad de ciencia ficción.
Robert Fripp no imaginaba, allá por el año 1969, que el futuro bosquejado en su 21st Century Schizoid Man no necesitaría sangre, ni napalm, ni muertos en las calles, como tampoco hay funerales, tan solo un paisaje desolador en el que la palabra futuro ha dejado de tener sentido, si es que en alguna ocasión lo tuvo al margen de ser un intento inútil de dar la espalda al presente.

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Codicia

Voy a esbozar una pequeña y muy personal visión de la codicia. Desconozco hasta dónde se prolongan en la historia sus huellas, quién o quiénes fueron los primeros en aislarla y diferenciarla en comportamientos e individuos y por qué le dieron ese nombre al afán de cosas buenas y riquezas, algo, por otra parte, hoy tan característico de la especie. Sin embargo, una investigación semejante no tiene mucho futuro, tampoco valor, aunque se trate de uno de los rasgos más significativos de la especie humana; rasgo -nunca cualidad- para el que no existen amigos o enemigos, solo la propia voluntad e interés.
Imaginemos que hubo un tiempo en el que la supervivencia de la especie no incluía lugar ni oportunidades para los individuos, prevalecía el grupo, la comunidad, y todos los integrantes de la misma trabajaban y colaboraban para su subsistencia y pervivencia en el tiempo. Luego, una vez que las condiciones básicas de conservación del grupo estuvieron más o menos aseguradas, sus integrantes quizás comenzaran a contar con un tiempo sobrante, al margen de las labores colaborativas y de cohesión, en el que cada individuo podría dedicarse a otras actividades más personales; y algunos de esos individuos, hasta entonces sin presencia y supeditados a la comunidad, encontrarían la ocasión para valorar otro tipo de deseos y apetencias que no tenían mucho que ver con el grupo, su fortalecimiento y prosperidad. Tampoco serían raras las ocasiones en las que ese sujeto cualquiera, descubierto y reconocido el deseo o afición propia, tuviera que abandonarlo por entrar en funcionamiento una especie de autocensura en pro del grupo que reprimía y obligaba a olvidar invenciones, hallazgos y voluntades; importaban y se imponían las normas, usos y trabajos comunes.
Una nueva ociosidad individual proporcionaba ocasiones para pensar, organizar e incluso maquinar en función de deseos y preferencias personales, abriéndose el individuo a un cúmulo de emociones, sentimientos y envidias hasta entonces sometidas, reprimidas o subordinadas al beneficio general. No tardaría en llegar el momento en el que la autocensura comunitaria dejara de funcionar y las ambiciones individuales cobraran importancia frente a una convivencia que ya no corría peligro, ni en cuanto a enemigos potenciales ni a su posible desaparición en el tiempo.
Luego, quizás tras los primeros y pequeños logros, ese primer individuo solo tuvo que alzar la vista y prolongar un horizonte en el que fijar objetivos de más alcance, riquezas e incluso poder; y en función de la envergadura de los fines necesitar ayuda para alcanzarlos, para lo cual no dudaría en persuadir a acompañantes y conocidos con los que presionar en número y conseguir etc. etc. etc. Se producirían los primeros altercados, exclusivamente locales, solucionados por el consejo de notables o ancianos de turno con el perdón, un castigo o la expulsión del culpable amenazante de la estabilidad del grupo que, una vez fuera, no tendría ningún problema en reclutar disconformes o aliarse con familias, clanes u otros grupos con tal de lograr sus objetivos, alcanzar el poder o, llegado el caso, aniquilar a sus antiguos colegas y organizar una nueva comunidad… y así sucesivamente, hasta hoy.
La codicia, ese deseo, o pecado, o defecto, esa ambición “tan humana”, entre otras, y tan difícil de controlar, ha pasado a ser el motor que mueve este mundo, nos guste o no. Una cuestión a la que nadie quiere enfrentarse, y mucho menos tratar de moderar o directamente reprimir.
Entonces, la pregunta es ¿cómo se mantiene y se hace prosperar una sociedad justa sabiendo que la codicia se ha convertido en una parte insoslayable de la libertad humana, un “derecho” más de los individuos? No es un problema irresoluble y tampoco se trata de la pescadilla que se muerde la cola, quizás tenga que ver el valor y con algunas de las razones por las que todavía no nos hemos autodestruido y permanecemos como especie sobre la superficie de este planeta.

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Incompetencia

Al igual que muchas familias que viven al día y afrontan un gasto extra como si se les viniera el mundo encima, así nos hemos quedado con esta epidemia, vivíamos, según impone o aconseja el orden económico actual, al día, préstamo a préstamo, provistos de unos pertrechos y suministros básicos -para ir tirando- y con reservas muy cortas o prácticamente inexistentes. Pidiendo nuevos préstamos para pagar los intereses de préstamos anteriores; préstamos que, como nos venían diciendo, servían para mover la economía. Sin un fondo del que echar mano en caso de necesidad y sin que nadie se preocupara de establecerlo o de hacernos su carencia. La cuestión era mover el dinero, que, nos decían, es lo que da la vida, además de más dinero a quienes se encargan de hacernos creer que es la única manera de que esto funcione. La economía es una ciencia tan limitada que solo da para un único modelo, cualquier otra cosa es anatema.
Pero, con ser malo, no es lo peor. Además de estas discutibles costumbres, nos habíamos habituado y permitido que pelotas, incompetentes y lameculos aspiraran y ocuparan puestos de importancia, directivos, inspectores, gestores o responsables de organización -probablemente habrá muchos más, la incompetencia no tiene límites-, puestos conseguidos a base de hacer lo que mejor sabían, como bien dicen sus nombres. Gente experta en babear a la búsqueda de hombros que sobar porque lo que más ansían es un despacho, una secretaria -a ser posible “que esté buena”- y una cuenta de gastos sin límite, y, por supuesto, no trabajar. No obstante, permanecíamos callados y a lo nuestro porque al parecer eso no iba con nosotros, era meternos donde no nos llamaban. Cada cual es libre de hacer lo que le venga en gana, allá él, si tengo la mala suerte de que me toca uno de esos en mi trabajo, o más de uno, me aguanto, o intento adaptarme y pillarles las vueltas, la cosa es no tener problemas, darles lo que quieren y punto.
Hoy, desgraciadamente, muchos de esos siguen en sus puestos pero no hay culos que lamer, porque cada cual intenta poner a salvo el suyo, solo queda de ellos su incompetencia. Ahora tienen que dar la cara, cuando no saben ni donde tienen la mano derecha. Sobrepasados por la situación se dedican a dar palos de ciego, desconocen las tareas profesionales de las que dicen encargarse u organizar porque nunca fueron profesionales -es indiferente si buenos o malos-, o porque directamente jamás se interesaron por nada. Desprecian los consejos de profesionales porque no los entienden o no tienen ni idea de lo que les están diciendo, aparecen a deshora -si es que tienen el valor necesario- mostrando lo más duro que poseen, la cara, que con la experiencia no da signos de inmutarse. Son capaces de pasar junto a los mayores problemas y no reaccionar, no es que no sepan, que no saben, sino que su indolencia y desprecio por el trabajo, tanto propio como ajeno, les muestra impertérritos ante cualquier situación, incluso la más extrema. Se esconden y escudan en quien pueden, tanto en superiores con algo de conciencia como dejando las cosas en manos de subalternos aplicados deseosos de dar la cara por si en un futuro los recuerdan y tienen en cuenta para un buen puesto, que de todo hay.
La situación ya no tiene remedio, estaban ahí, solo espero que cuando todo esto pase y podamos asumir cierta normalidad los recordemos. La próxima vez no deberíamos ser tan condescendientes, o tan estúpidos; cualquier profesional sabe -da igual la especialidad a la que se dedique-, en tan solo unos pocos minutos, quién de los que trabajan a su lado es o no es un buen profesional, qué persigue y qué confianza merece. Seamos honestos, impidamos que estos tipos sigan medrando a costa de nuestra abstención.

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Comunidad

Una epidemia es un problema común que forzosamente ha de resolverse en común -en este caso no viene a cuento global, término demasiado manido y que da lugar a demasiadas imprecisiones. Imagino que hasta ahí todos lo tenemos más o menos claro, luego la respuesta ha de ser común, es decir, para incomodidad y molestia de algunos, hemos de colaborar unos con otros para salir adelante. Esta opción común exige de cada uno lo que pueda o esté dispuesto a dar para alcanzar el objetivo final, incluido dejar a un lado cuestiones personales y buscar qué tenemos o podemos ofrecer para colaborar, para ayudar en la medida de nuestros conocimientos y nuestras posibilidades. Lo que suele decirse de arrimar el hombro.
En toda comunidad, también en la nuestra, existen unos representantes -a ser posible libre y democráticamente elegidos- encargados de tomar decisiones que afectan a la totalidad de los ciudadanos. En la situación en la que nos hallamos, confinados en nuestras casas, las decisiones a tomar tienen mucha más trascendencia porque afectan, alteran e interrumpen cuestiones y circunstancias personales que poco o nada tienen que ver con la vida política, pero, en cualquier caso, siguen siendo decisiones comunes y alguien ha de responsabilizarse de ellas, ya sea por su posición o porque directamente le tocan, y ese alguien tal vez sea el más inexperto o inapropiado, el más alejado y ajeno a los problemas comunes, al más tímido o el más valiente, tanto da, decide quien en ese momento está en el lugar donde se decide; también es indiferente si su estancia es pasajera o permanente, en las situaciones extraordinarias nadie es experto. La cuestión estriba en actuar lo antes posible -puesto que abstenerse o dimitir no es una opción, se perdería un tiempo precioso-, sin demora o, al menos, procurando que la demora, después de las consiguientes consideraciones y valoraciones pertinentes, sea la menor posible.
Es lo mismo que cuando imaginamos cómo actuaríamos en tal o cual circunstancia extraordinaria, hay quienes se lanzan, e incluso aseguran, que ellos harían esto y aquello sin ningún género de duda. Luego llega el momento y puede darse el caso de que no tengamos respuesta, no es que nos caguemos -que también-, sino que no sabíamos -de eso se trataba- y probablemente actuemos como nunca habíamos imaginado. Después quizás nos avergoncemos o, en cambio, nos sintamos orgullosos el resto de nuestra vida; sin haberlo soñado actuamos entonces como debíamos y dimos de nosotros algo que no imaginábamos que poseyéramos. Enhorabuena.
Por eso, una vez tomada la decisión, dada la voz de alarma y puestas en marcha las condiciones y prescripciones necesarias para intentar sofocar ese desgraciado y mortal imprevisto, el papel de la comunidad debiera ser el de colaborar desde el primer momento, sin rechistar, poniendo lo posible de cada uno, incluso intuyendo o a sabiendas de que quizás haya cosas que se podían haber hecho antes o mejor -olvidamos con frecuencia que desgraciadamente también pueden ser peores. Las dudas, las réplicas y las críticas, si no son constructivas y de efectividad inmediata, no tienen ningún sentido, es más, solo crean inseguridad, confusión y más temor. No digo que no las haya -todo es mejorable-, pero es preferible guardarlas para después, una a una si es preciso, y dedicarse a colaborar en lo posible, aportando opciones o salidas a partir de lo que está en marcha y todos más o menos cumpliendo, consiguiendo que la gente se sienta unida, convencida de que se trata de un trabajo en común, que el esfuerzo es compartido, tanto por parte de quienes están en primera línea como por parte de quienes, desde atrás o desde sus capacidades y posibilidades, también colaboran como pueden, sin fisuras, de tal modo que mirándonos a la cara unos a otros no veamos signos de duda en nuestros rostros, que nuestra expresión y nuestras palabras sean motivo de apoyo y de aliento para ese otro a punto de derrumbarse. Todo lo que no sea eso es inmaduro egoísmo y mala fe. Estamos aquí por ser quienes somos y estos son los tiempos que corren. No seamos mezquinos.

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Detenidos

No sé si es la definición correcta, el estado en el que nos encontramos o solamente una impresión. Un día, con su correspondientes salida y puesta de sol, no se diferencia del siguiente porque los vemos desde la ventana, con una mezcla de sorpresa e incredulidad que no acaba de desaparecer; sigue ahí fuera cuando regresamos, con otra luz, otro color o tal vez con una lluvia que no podemos disfrutar porque no sabemos cómo y nos han dicho que mejor aguardemos a que pase el tiempo. Un pasar que no solucionará nada, seguiremos con el mismo problema, no estaremos libres pero, esa es la esperanza, eliminaremos o retrasaremos la posibilidad de caer en manos de esa partícula que no puede considerarse un ser viviente, porque con el paso de los días tendremos más probabilidades de ser atendidos e incluso curados en un tiempo récord. Son esperanzas, el único alimento del que podemos disfrutar.
Mientras tanto permanecemos en el mismo sitio, danto vueltas y más vueltas sin querer hacer por más que tengamos qué, inquietos, o ansiosos, aburridos y cansados, hartos de dormir o trasnochar, de comer o no comer, de leer, de hablar y de estar callados por obligación. Cumpliremos días, semanas y puede que hasta meses, un periodo que, en principio, quedará forzosamente en segundo plano hasta que el recuerdo lo saque a colación en una reunión en la que alguien, buscando o tropezando, saltará con aquello de – Os acordáis… Entonces nos miraremos sin saber qué decir, resoplaremos y mostraremos una sensación de satisfacción y alivio porque algunos no lo pasaron -o pasamos- bien y prefieren no volver atrás, no fueron buenos momentos, aquellos días en los que poco podíamos hacer porque se equivocaron a la hora de obligarnos a permanecer en casa sin saber exactamente por qué. En previsión, decían, de un colapso sanitario, porque las prisas no eran exactamente por el virus sino por la previsible incapacidad del sistema sanitario para atender todos los casos, por eso era preferible, más que eliminar la epidemia, contenerla, supuesto, tarde o temprano, todos acabaríamos afectados por ella.
Entonces, hoy, ahora, pensábamos que esto no acabaría nunca, mezclábamos el fastidio con el miedo y la esperanza, y según la hora del día mirábamos y nos mirábamos dominados por uno u otra, temiendo incluso que podía acabarse todo y no sabríamos cómo volver a comenzar. También entonces nos dimos cuenta de que el mundo en el que vivíamos no podía permanecer quieto, que ese levantarse, trabajar, ganar dinero, gastar dinero, ahorrar, volver a ganar, no tener qué ganar, era el fin de todo, un movimiento que en principio fue medio convertido en fin y que de ningún modo podía detenerse. No pensamos entonces, hoy, como tampoco pensaremos mañana, al fin libres, cómo llegamos a eso, quién marcó las pautas y se dedicó a sostenerlas, darles consistencia y convencer al resto de que la única forma de vivir, la vida, era no detenerse para que el sistema no se parara, so pena de venirse, y venirnos, abajo. Un doesn’t work definitivo que casi nos condenaría a las cavernas, un suceso fatal que, curiosamente, no iba a depender de ningún ataque definitivo contra el sistema, tampoco de un malo de película, sino de una forma de pseudo vida mucha más antigua que nosotros, simples recién llegados.

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