Codicia

Voy a esbozar una pequeña y muy personal visión de la codicia. Desconozco hasta dónde se prolongan en la historia sus huellas, quién o quiénes fueron los primeros en aislarla y diferenciarla en comportamientos e individuos y por qué le dieron ese nombre al afán de cosas buenas y riquezas, algo, por otra parte, hoy tan característico de la especie. Sin embargo, una investigación semejante no tiene mucho futuro, tampoco valor, aunque se trate de uno de los rasgos más significativos de la especie humana; rasgo -nunca cualidad- para el que no existen amigos o enemigos, solo la propia voluntad e interés.
Imaginemos que hubo un tiempo en el que la supervivencia de la especie no incluía lugar ni oportunidades para los individuos, prevalecía el grupo, la comunidad, y todos los integrantes de la misma trabajaban y colaboraban para su subsistencia y pervivencia en el tiempo. Luego, una vez que las condiciones básicas de conservación del grupo estuvieron más o menos aseguradas, sus integrantes quizás comenzaran a contar con un tiempo sobrante, al margen de las labores colaborativas y de cohesión, en el que cada individuo podría dedicarse a otras actividades más personales; y algunos de esos individuos, hasta entonces sin presencia y supeditados a la comunidad, encontrarían la ocasión para valorar otro tipo de deseos y apetencias que no tenían mucho que ver con el grupo, su fortalecimiento y prosperidad. Tampoco serían raras las ocasiones en las que ese sujeto cualquiera, descubierto y reconocido el deseo o afición propia, tuviera que abandonarlo por entrar en funcionamiento una especie de autocensura en pro del grupo que reprimía y obligaba a olvidar invenciones, hallazgos y voluntades; importaban y se imponían las normas, usos y trabajos comunes.
Una nueva ociosidad individual proporcionaba ocasiones para pensar, organizar e incluso maquinar en función de deseos y preferencias personales, abriéndose el individuo a un cúmulo de emociones, sentimientos y envidias hasta entonces sometidas, reprimidas o subordinadas al beneficio general. No tardaría en llegar el momento en el que la autocensura comunitaria dejara de funcionar y las ambiciones individuales cobraran importancia frente a una convivencia que ya no corría peligro, ni en cuanto a enemigos potenciales ni a su posible desaparición en el tiempo.
Luego, quizás tras los primeros y pequeños logros, ese primer individuo solo tuvo que alzar la vista y prolongar un horizonte en el que fijar objetivos de más alcance, riquezas e incluso poder; y en función de la envergadura de los fines necesitar ayuda para alcanzarlos, para lo cual no dudaría en persuadir a acompañantes y conocidos con los que presionar en número y conseguir etc. etc. etc. Se producirían los primeros altercados, exclusivamente locales, solucionados por el consejo de notables o ancianos de turno con el perdón, un castigo o la expulsión del culpable amenazante de la estabilidad del grupo que, una vez fuera, no tendría ningún problema en reclutar disconformes o aliarse con familias, clanes u otros grupos con tal de lograr sus objetivos, alcanzar el poder o, llegado el caso, aniquilar a sus antiguos colegas y organizar una nueva comunidad… y así sucesivamente, hasta hoy.
La codicia, ese deseo, o pecado, o defecto, esa ambición “tan humana”, entre otras, y tan difícil de controlar, ha pasado a ser el motor que mueve este mundo, nos guste o no. Una cuestión a la que nadie quiere enfrentarse, y mucho menos tratar de moderar o directamente reprimir.
Entonces, la pregunta es ¿cómo se mantiene y se hace prosperar una sociedad justa sabiendo que la codicia se ha convertido en una parte insoslayable de la libertad humana, un “derecho” más de los individuos? No es un problema irresoluble y tampoco se trata de la pescadilla que se muerde la cola, quizás tenga que ver el valor y con algunas de las razones por las que todavía no nos hemos autodestruido y permanecemos como especie sobre la superficie de este planeta.

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Incompetencia

Al igual que muchas familias que viven al día y afrontan un gasto extra como si se les viniera el mundo encima, así nos hemos quedado con esta epidemia, vivíamos, según impone o aconseja el orden económico actual, al día, préstamo a préstamo, provistos de unos pertrechos y suministros básicos -para ir tirando- y con reservas muy cortas o prácticamente inexistentes. Pidiendo nuevos préstamos para pagar los intereses de préstamos anteriores; préstamos que, como nos venían diciendo, servían para mover la economía. Sin un fondo del que echar mano en caso de necesidad y sin que nadie se preocupara de establecerlo o de hacernos su carencia. La cuestión era mover el dinero, que, nos decían, es lo que da la vida, además de más dinero a quienes se encargan de hacernos creer que es la única manera de que esto funcione. La economía es una ciencia tan limitada que solo da para un único modelo, cualquier otra cosa es anatema.
Pero, con ser malo, no es lo peor. Además de estas discutibles costumbres, nos habíamos habituado y permitido que pelotas, incompetentes y lameculos aspiraran y ocuparan puestos de importancia, directivos, inspectores, gestores o responsables de organización -probablemente habrá muchos más, la incompetencia no tiene límites-, puestos conseguidos a base de hacer lo que mejor sabían, como bien dicen sus nombres. Gente experta en babear a la búsqueda de hombros que sobar porque lo que más ansían es un despacho, una secretaria -a ser posible “que esté buena”- y una cuenta de gastos sin límite, y, por supuesto, no trabajar. No obstante, permanecíamos callados y a lo nuestro porque al parecer eso no iba con nosotros, era meternos donde no nos llamaban. Cada cual es libre de hacer lo que le venga en gana, allá él, si tengo la mala suerte de que me toca uno de esos en mi trabajo, o más de uno, me aguanto, o intento adaptarme y pillarles las vueltas, la cosa es no tener problemas, darles lo que quieren y punto.
Hoy, desgraciadamente, muchos de esos siguen en sus puestos pero no hay culos que lamer, porque cada cual intenta poner a salvo el suyo, solo queda de ellos su incompetencia. Ahora tienen que dar la cara, cuando no saben ni donde tienen la mano derecha. Sobrepasados por la situación se dedican a dar palos de ciego, desconocen las tareas profesionales de las que dicen encargarse u organizar porque nunca fueron profesionales -es indiferente si buenos o malos-, o porque directamente jamás se interesaron por nada. Desprecian los consejos de profesionales porque no los entienden o no tienen ni idea de lo que les están diciendo, aparecen a deshora -si es que tienen el valor necesario- mostrando lo más duro que poseen, la cara, que con la experiencia no da signos de inmutarse. Son capaces de pasar junto a los mayores problemas y no reaccionar, no es que no sepan, que no saben, sino que su indolencia y desprecio por el trabajo, tanto propio como ajeno, les muestra impertérritos ante cualquier situación, incluso la más extrema. Se esconden y escudan en quien pueden, tanto en superiores con algo de conciencia como dejando las cosas en manos de subalternos aplicados deseosos de dar la cara por si en un futuro los recuerdan y tienen en cuenta para un buen puesto, que de todo hay.
La situación ya no tiene remedio, estaban ahí, solo espero que cuando todo esto pase y podamos asumir cierta normalidad los recordemos. La próxima vez no deberíamos ser tan condescendientes, o tan estúpidos; cualquier profesional sabe -da igual la especialidad a la que se dedique-, en tan solo unos pocos minutos, quién de los que trabajan a su lado es o no es un buen profesional, qué persigue y qué confianza merece. Seamos honestos, impidamos que estos tipos sigan medrando a costa de nuestra abstención.

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Comunidad

Una epidemia es un problema común que forzosamente ha de resolverse en común -en este caso no viene a cuento global, término demasiado manido y que da lugar a demasiadas imprecisiones. Imagino que hasta ahí todos lo tenemos más o menos claro, luego la respuesta ha de ser común, es decir, para incomodidad y molestia de algunos, hemos de colaborar unos con otros para salir adelante. Esta opción común exige de cada uno lo que pueda o esté dispuesto a dar para alcanzar el objetivo final, incluido dejar a un lado cuestiones personales y buscar qué tenemos o podemos ofrecer para colaborar, para ayudar en la medida de nuestros conocimientos y nuestras posibilidades. Lo que suele decirse de arrimar el hombro.
En toda comunidad, también en la nuestra, existen unos representantes -a ser posible libre y democráticamente elegidos- encargados de tomar decisiones que afectan a la totalidad de los ciudadanos. En la situación en la que nos hallamos, confinados en nuestras casas, las decisiones a tomar tienen mucha más trascendencia porque afectan, alteran e interrumpen cuestiones y circunstancias personales que poco o nada tienen que ver con la vida política, pero, en cualquier caso, siguen siendo decisiones comunes y alguien ha de responsabilizarse de ellas, ya sea por su posición o porque directamente le tocan, y ese alguien tal vez sea el más inexperto o inapropiado, el más alejado y ajeno a los problemas comunes, al más tímido o el más valiente, tanto da, decide quien en ese momento está en el lugar donde se decide; también es indiferente si su estancia es pasajera o permanente, en las situaciones extraordinarias nadie es experto. La cuestión estriba en actuar lo antes posible -puesto que abstenerse o dimitir no es una opción, se perdería un tiempo precioso-, sin demora o, al menos, procurando que la demora, después de las consiguientes consideraciones y valoraciones pertinentes, sea la menor posible.
Es lo mismo que cuando imaginamos cómo actuaríamos en tal o cual circunstancia extraordinaria, hay quienes se lanzan, e incluso aseguran, que ellos harían esto y aquello sin ningún género de duda. Luego llega el momento y puede darse el caso de que no tengamos respuesta, no es que nos caguemos -que también-, sino que no sabíamos -de eso se trataba- y probablemente actuemos como nunca habíamos imaginado. Después quizás nos avergoncemos o, en cambio, nos sintamos orgullosos el resto de nuestra vida; sin haberlo soñado actuamos entonces como debíamos y dimos de nosotros algo que no imaginábamos que poseyéramos. Enhorabuena.
Por eso, una vez tomada la decisión, dada la voz de alarma y puestas en marcha las condiciones y prescripciones necesarias para intentar sofocar ese desgraciado y mortal imprevisto, el papel de la comunidad debiera ser el de colaborar desde el primer momento, sin rechistar, poniendo lo posible de cada uno, incluso intuyendo o a sabiendas de que quizás haya cosas que se podían haber hecho antes o mejor -olvidamos con frecuencia que desgraciadamente también pueden ser peores. Las dudas, las réplicas y las críticas, si no son constructivas y de efectividad inmediata, no tienen ningún sentido, es más, solo crean inseguridad, confusión y más temor. No digo que no las haya -todo es mejorable-, pero es preferible guardarlas para después, una a una si es preciso, y dedicarse a colaborar en lo posible, aportando opciones o salidas a partir de lo que está en marcha y todos más o menos cumpliendo, consiguiendo que la gente se sienta unida, convencida de que se trata de un trabajo en común, que el esfuerzo es compartido, tanto por parte de quienes están en primera línea como por parte de quienes, desde atrás o desde sus capacidades y posibilidades, también colaboran como pueden, sin fisuras, de tal modo que mirándonos a la cara unos a otros no veamos signos de duda en nuestros rostros, que nuestra expresión y nuestras palabras sean motivo de apoyo y de aliento para ese otro a punto de derrumbarse. Todo lo que no sea eso es inmaduro egoísmo y mala fe. Estamos aquí por ser quienes somos y estos son los tiempos que corren. No seamos mezquinos.

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Detenidos

No sé si es la definición correcta, el estado en el que nos encontramos o solamente una impresión. Un día, con su correspondientes salida y puesta de sol, no se diferencia del siguiente porque los vemos desde la ventana, con una mezcla de sorpresa e incredulidad que no acaba de desaparecer; sigue ahí fuera cuando regresamos, con otra luz, otro color o tal vez con una lluvia que no podemos disfrutar porque no sabemos cómo y nos han dicho que mejor aguardemos a que pase el tiempo. Un pasar que no solucionará nada, seguiremos con el mismo problema, no estaremos libres pero, esa es la esperanza, eliminaremos o retrasaremos la posibilidad de caer en manos de esa partícula que no puede considerarse un ser viviente, porque con el paso de los días tendremos más probabilidades de ser atendidos e incluso curados en un tiempo récord. Son esperanzas, el único alimento del que podemos disfrutar.
Mientras tanto permanecemos en el mismo sitio, danto vueltas y más vueltas sin querer hacer por más que tengamos qué, inquietos, o ansiosos, aburridos y cansados, hartos de dormir o trasnochar, de comer o no comer, de leer, de hablar y de estar callados por obligación. Cumpliremos días, semanas y puede que hasta meses, un periodo que, en principio, quedará forzosamente en segundo plano hasta que el recuerdo lo saque a colación en una reunión en la que alguien, buscando o tropezando, saltará con aquello de – Os acordáis… Entonces nos miraremos sin saber qué decir, resoplaremos y mostraremos una sensación de satisfacción y alivio porque algunos no lo pasaron -o pasamos- bien y prefieren no volver atrás, no fueron buenos momentos, aquellos días en los que poco podíamos hacer porque se equivocaron a la hora de obligarnos a permanecer en casa sin saber exactamente por qué. En previsión, decían, de un colapso sanitario, porque las prisas no eran exactamente por el virus sino por la previsible incapacidad del sistema sanitario para atender todos los casos, por eso era preferible, más que eliminar la epidemia, contenerla, supuesto, tarde o temprano, todos acabaríamos afectados por ella.
Entonces, hoy, ahora, pensábamos que esto no acabaría nunca, mezclábamos el fastidio con el miedo y la esperanza, y según la hora del día mirábamos y nos mirábamos dominados por uno u otra, temiendo incluso que podía acabarse todo y no sabríamos cómo volver a comenzar. También entonces nos dimos cuenta de que el mundo en el que vivíamos no podía permanecer quieto, que ese levantarse, trabajar, ganar dinero, gastar dinero, ahorrar, volver a ganar, no tener qué ganar, era el fin de todo, un movimiento que en principio fue medio convertido en fin y que de ningún modo podía detenerse. No pensamos entonces, hoy, como tampoco pensaremos mañana, al fin libres, cómo llegamos a eso, quién marcó las pautas y se dedicó a sostenerlas, darles consistencia y convencer al resto de que la única forma de vivir, la vida, era no detenerse para que el sistema no se parara, so pena de venirse, y venirnos, abajo. Un doesn’t work definitivo que casi nos condenaría a las cavernas, un suceso fatal que, curiosamente, no iba a depender de ningún ataque definitivo contra el sistema, tampoco de un malo de película, sino de una forma de pseudo vida mucha más antigua que nosotros, simples recién llegados.

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Alarma

Poco puede decirse de la situación que estamos viviendo, una realidad que quizás dentro de unos años recordemos con cierta incredulidad. En casos así no es necesario que nos cuenten la película, pues somos los protagonistas, y como tales podemos disfrutar de nuestra propia actuación y ver cómo lo hace el resto, a plena luz del día, sin trampas ni mentiras.
Para cualquier gobierno decisiones así significan un paso importante -dan o quitan definitivamente el carácter-, pasos de los que nunca se puede estar seguro por completo. Existe una responsabilidad pública y desgraciadamente siempre habrá para quienes sea excesivo y otros para los que demasiado tarde, cada cual preocupado por sus propios intereses. Pero las decisiones importantes, tanto personales y, sobre todo, colectivas, son de este calibre, siempre se trata de un paso difícil de dar.
También sabremos de quienes, ojalá que, como nosotros, se sientan responsables y actúen en consecuencia, siguiendo las pautas que los expertos, los que realmente saben, recomiendan.
Como también tendremos oportunidad de saber de tanto… -no sé cómo llamarlo- que ha corrido al supermercado para llenar la despensa, su despensa, algo en verdad muy solidario; o quienes, en contra de los consejos de colaboración y buena voluntad, se han largado de la quema porque ellos no son como los demás, más bien les importan un bledo los demás. Poca ayuda se puede esperar de gente así, espero que no olvidemos sus caras mañana, será interesante averiguar hasta dónde llega su cinismo, o si solo se trataba de miserable mezquindad.
Tampoco veo a ninguna aseguradora médica o sanitaria brindar ayuda desinteresada, ofrecernos esos profesionales sonrientes y con cara de eficiencia y esos centros tan modernos y sofisticados, aunque sea pagando. No, esa gente no está para esto, sino para sacarnos los cuartos cuando estamos sanos a cambio de humo, diluidos como cobardes. Claro, no pueden ganar dinero, lo suyo no es ofrecer salud sino desvalijar bolsillos de catetos que gustan venderse más baratos que el vecino.
También espero que se reconozca al fin la importancia de la sanidad pública, la única que merece la pena, de la que disponemos casi gratis y despreciamos porque el dinero suele hacernos cada vez más imbéciles y preferimos pagar por lo que ya tenemos.
Salud a todos.

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A propósito del 8 de marzo

Ahora que llega el día 8 y toca fiesta, esto parece que funciona y el país al fin se mueve, quizás merezca la pena detenerse en sujetos y comentarios que llevan siglos pegados a nuestro culo sin que aún hoy nos atrevamos a ponerlos donde merecen. Gente que se cree con derecho a decir lo que se le ocurra, han entendido muy bien eso de que democracia significa libertad para todos y sienten un irrenunciable deseo de soltar la lengua, venga o no a cuento, tenga o no sentido o, según el tamaño de su ombligo, incluso les parezca de interés general. Estos personajes gozan de espacios para ello en los medios de comunicación, aunque ignoro si estos espacios están verdaderamente interesados en lo que digan o son una especie de cajón de sastre donde cualquier desubicado suelta una simpleza tras otra con tal de llamar la atención, probablemente convencidos de que, debido a su presunta relevancia social, el personal escuchará o leerá lo que digan, y hasta tal vez lo tenga en cuenta, o esté de acuerdo con ello, todo puede pasar, con lo que unos y otros se sienten fuertes para seguir soltando y oyendo disparates.
En este caso, el espécimen en cuestión es un matador -individuo que se dedica exclusivamente a matar- que, a juzgar por sus palabras, debió dejar pronto la escuela debido a unos alarmantes signos de incapacidad de comprensión básica por su parte. El tipo venía a decir en una entrevista que… el animalismo y el feminismo son el nuevo comunismo. No sé si un entrevistador, por decencia moral con su trabajo o por simple cordura lingüística, debería hacer ver al entrevistado que tales desatinos no tienen ni pies ni cabeza, o que, al menos, puede haber gente que no lo entienda y, llegado el caso, habría de explicar qué tienen que ver comunismo, feminismo y eso de animalismo -aparte de tener la misma terminación.
Pero la cuestión no es que estos pobres analfabetos digan lo que se les ocurra, que también, hay gente para todo, sino qué tipo de prensa da pábulo a tales personajes, qué publico les escucha y quienes están hoy de acuerdo con tales disparates. Este -no sé cómo decirlo-… anacronismo viviente, en su supina ignorancia, jamás entendió eso del comunismo -cosa que ya no tiene solución-, considera, lo que es realmente grave, el feminismo como un atentado a su hombría -más ignorancia, además de machismo y chulería; y lo de animalismo es simplemente un eructo, una ocurrencia parda de ignota procedencia, creyó que pegaba y lo soltó sin pensar -algo, por otra parte, obvio. Lo que realmente le preocupaba al tipo es que cuatro descerebrados, gente que no piensa en cristiano manipulada por el diablo -comunistas, feministas y esos nuevos animalistas-, le estén intentando joder el negocio, impidiéndole ganar dinero como debiera y, en cierto modo, obligándole a hacer otra cosa que no sea matar, lo único decente y con sentido que concibe su obsoleta y limitada cabecita.
Lo más interesante de todo ello es que este vestigio de otra época ya es un muerto viviente, los toros acabarán desapareciendo, estos tiempos, y los que vienen, así lo han decidido -afortunadamente. Representan los últimos coletazos de una tradición salvaje de un pueblo atrasado al que le cuesta ponerse al día, no sé si por propia incapacidad o porque todavía existen intereses de todo tipo por perpetuar unas costumbres que están más cerca del circo romano que del siglo XXI. Así que, sí, festejemos como debiera, pero sin olvidarnos de estos espantajos, son palos entre las ruedas que impiden un mundo mejor.

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Filosofía

Antes que responder la filosofía es preguntar, y las mejores preguntas son las más sencillas y directas, por eso la filosofía está tan cercana a los niños, porque son los únicos capaces de hacer preguntas tan simples como directas, precisamente las que los adultos ya no pueden ni saben contestar, no porque no sepan las respuestas, sino porque sus vidas de adultos niegan de antemano cualquier respuesta sencilla. Qué significa esto.
Existe una realidad vivida y contingente, como existe una razón humana que, desde que tiene conciencia de sí, ha pretendido comprender y explicar esa realidad, pero en sus intentos por explicarla, ya sea mediante dogmas, teorías o hipótesis y siempre a partir de unas primeras preguntas claras y sencillas, la razón ha despojado a aquella realidad de toda contingencia, precisamente la parte más directamente relacionada con la vida, la menos previsible y teorizable.
Un niño es inteligencia pura al ciento por ciento, por eso sus preguntas son tan simples y directas, como también necesita respuestas de igual limpieza. Un adulto se siente incapaz de responderlas porque en la mayoría de los casos no tiene respuestas satisfactorias para explicarse a sí mismo, su comportamiento o su estado presente. El hecho de vivir lleva implícito la dificultad de detenerse y reflexionar sobre lo que se está viviendo, la vida no espera, apenas deja tiempo para ofrecer respuestas a hechos y comportamientos insuficientemente pensados o de los que uno no se siente completamente satisfecho. El minuto siguiente planteará nuevos interrogantes que obligarán a demorar las respuestas pendientes, que sucesivamente se irán acumulando hasta el punto de llegar un momento en el que el adulto decide dejar en un segundo plano, consciente o inconscientemente, la obtención de respuestas. Esa es su vida, eso es la vida. Por todo ello, cuando es requerido por un niño de la forma más sencilla y directa respecto de cualquier circunstancia de su vida, o de la vida, tiene dificultades para responder, porque de aquellas preguntas sin respuesta se olvidó y del resto ya no sabe cómo responsabilizarse; solo le quedan las excusas. Su permanente para luego le hace, o le obliga, a justificarse de cualquier modo, por carencia de tiempo o de inteligencia. Pero la solución no es regañar o denigrar al niño por hacer preguntas inconvenientes, mejor dicho, inteligentes.
De igual modo, la filosofía viene intentando desde sus orígenes explicar la realidad, la vida y el mundo. En un principio fueron las preguntas, y la necesidad de organizar racionalmente las respuestas hizo que fueran complicándose tanto aquellas como las soluciones. Hasta tal punto que se levantaban teorías o doctrinas que pretendían explicarlo todo, pero con un inconveniente, como los adultos, estos dogmas y teorías, en su presunta fortaleza y perfección, solo aceptaban cuestiones que cumplieran una serie de requisitos que la misma construcción exigía como pertinentes o aceptables. Cualquier pregunta que no asumiera de partida las premisas y exigencias del sistema construido no era aceptada, o entendida, o se consideraba fuera de lugar. Y a medida que la doctrina o el sistema -no lo olvidemos, una construcción racional- aumentaba en volumen se volvía cada vez más complejo, hasta que llegaba un momento en el que perdía toda referencia a la realidad que lo motivó, se volvía tan confuso como inútil, demasiado escrupuloso e inflexible. Hasta que era superado en claridad por un nuevo sistema construido a partir de aquellas preguntas que no cumplieron los requerimientos del antiguo. Y así sucesivamente.
Las respuestas que necesita la filosofía son las mismas que necesitan los adultos, esas que persiguen los niños. Mientras la razón no admita e incluya en sus pesquisas y construcciones la contingencia e incertidumbre que felizmente impone la propia la vida, la humanidad, como los adultos, seguirá teorizando en abstracto, sin acertar a la hora de justificar y explicar una realidad, o existencia, que aún hoy nos es tan extraña y desconocida como cercana y vital. Y la respuesta no es difícil ni se halla en otro lugar que no seamos nosotros mismos. Se trata de escuchar.

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Lenguajes

Para quien conozca algo de la historia reciente de este país probablemente no le llame la atención que los grupos políticos que dicen representar a la derecha -una vieja y repleta olla en la que hierven tradición, patriarcado y bemoles, todo bien sazonado con un tufo a sacristía que se pega a los huesos- luzcan, todavía, un lenguaje amenazador y apocalíptico al parecer incapaz de adaptarse a los modos democráticos. Estos tipos muestran un rancio y despreciativo ardor que les lleva a utilizar sin ningún pudor un discurso simplista -casi infantil-, vengativo y aterrador que resultaría ridículo y trasnochado de no darse la desgraciada evidencia de que tales sandeces aún calan en los votantes, lo que es aún peor. A esta gente parece importarle un pito la obviedad de que en una democracia el gobierno suele ser elegido por votación popular, y que tanto los que votan como sus representantes democráticamente elegidos son ciudadanos del mismo país, compatriotas que persiguen con sus propuestas una mejora de la vida común.
Estas bandas siguen siendo aficionadas a formas y maneras más bien cuarteleras a la hora de las ofertas electorales, añejas advertencias sobre quién es quién -aquello de usted no sabe con quién está hablando- y ningún recato a la hora de insultar y airear cuestiones personales que nunca vienen a cuento, da igual si verdaderas o completamente falsas, además de que nada tienen que ver con la política. Gustan gritar, tal que apocalípticos predicadores, advertencias y soflamas sobre aquello de más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, como también vociferar a los cuatro vientos que quienquiera que gobierne, que no sean ellos o, como mal menor, no luzca un patronímico santamente bendecido, solo será un vendido manejado por alguna confabulación internacional empeñada en destruir la histórica santidad de este trozo de tierra. En su obsesión y sagrado derecho al poder siguen sin asumir la legalidad de compartirlo con los que no sean de su estirpe, cualquier otro solo sería un mindundi con ínfulas que aún cree aquello de un hombre un voto, la igualdad social y la solidaridad colectiva. Son señoritos más devotos de la austera y decente caridad católica -que no rasca el bolsillo propio- que de la justicia distributiva.
Con tal de ir a la contra y en su desprecio por todo lo que conlleve compartir son capaces incluso de ir contra el tiempo. Solo les falta afirmar que moderno o actual son sinónimos de pecado, aunque ya lo hacen con la palabra progreso, maldiciéndola y con ella todo lo que puede ser tildado de tal. El caso es que, astutos y taimados como hienas, nunca dicen lo que ofrecen, aunque ante su silencio y puestos a suponer solo se me ocurren cosas como antiguo, tradición, prejuicios, superstición, patriarcado, machismo, racismo, Dios, caudillo y jerigonzas parecida.
Pero, con todo, lo peor no son ellos, sino la posibilidad de que exista -y desgraciadamente existe- un público o votantes que los escuchan y se tragan sus mentiras, eso es lo verdaderamente terrible. Lo último ha sido la cantidad de embustes, calumnias y obscenidades proferidas al hilo del proyecto del gobierno de una muerte digna. Hay que ser moralmente muy bajo, perverso y sinvergüenza para hablar de ese modo, o un sicario sin escrúpulos, un pérfido sin decencia ni dignidad siempre presto a obedecer las consignas de sus caciques. Porque esta gente considera a la población, a la que directamente desprecian por inferiores, como una masa de siervos supersticiosos, asustadizos e ignorantes que se mueven por miedos, odios y prejuicios; semianalfabetos, temerosos de Dios e incapaces de valerse por sí mismos, permanentemente necesitados de guías espirituales que les ayuden a transitar por el valle de lágrimas que son sus propias vidas.
Da igual el siglo en el que nos hallemos o la tecnología que manejemos, hay un lenguaje, tan antiguo como podrido, que solo entiende esa triste y humillada mayoría sumergida en una ignorancia de siglos.

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Las noticias

A estas alturas del invierno no hay tiempo para gripes, quizás porque el invierno, apiadado de nuestra oculta y disimulada preocupación, ha decidido ser benévolo, aunque si se hubiera dedicado a lo suyo quizás no habría habido tiempo para cuestiones lejanas que según las noticias no son tales; es lo que tiene la globalización, esa palabra de significado difuso que no siempre percibimos en nuestra vida diaria, a no ser porque los chinos se han multiplicado, tantos como supermercados, incluso más. Es por eso por lo que las noticias nos suenan más cercanas, todos tenemos un chino al lado, un tipo siempre silencioso -apenas hay mujeres- que sorbe un austero café en una esquina de la barra del bar; de los pocos que pueden verse en tiendas y bares, porque no comen, ni beben, ni parecen vivir, luego ese debe ser extranjero, es decir, está de paso, todavía no ha tenido tiempo de establecerse. Se me ocurre que quizás esos sean los peores, vienen directamente de allí, acaba de llegar ¿a saber con quién ha estado en contacto? ¿desde cuando anda por aquí? Y lo que en otras circunstancias pasaría desapercibido concita la atención del grupo, precisamente cuando, en la televisión que no calla a nuestra espalda, nuevas noticias sobre la epidemia, que definitivamente ya es mundial, hacen converger nuestras miradas en el silencioso chino; pero, no está solo, pues en una mesa contigua otros dos apuran sendas tazas de café, luego, era cierto, estos acaban de llegar. Apenas unas tímidas risas al primer comentario sobre su presencia en la plaza de aquel pueblo, lo que quiere decir que ya no te puedes fiar, algo de eso debe ser la globalización, un chino estaba allí y en cuestión de horas lo tienes en el bar de la plaza tomándose un café, cuando probablemente venga de la zona cero de la epidemia, o tenga un familiar directo del que se despidió antes de salir de allí. Pero no, no puede ser, ¿cómo van a llegar hasta aquí, precisamente hasta aquí? La televisión vuelve a poner en conocimiento del personal lo poco que por el momento se puede hacer ante una epidemia de esta envergadura, y ahora no se trata de una sala de cine, es el mundo real, y vienen a la cabeza esas escenas de no sé qué película en las que sobre un mapa mudo de la tierra comienzan a cruzarse líneas y líneas, y lo que en principio son un par en cuestión de segundos se convierte en una intrincada maraña que le dice al espectador que nadie está a salvo hoy. ¿Entonces, qué queda hacer? Tal vez reírnos de nuestros propios disparates, poco más, para esas cosas nadie es inmune, estamos completamente desasistidos, no existen medios para paliar tal propagación; puede incluso que no esté controlada y las noticias mientan, y en lugar de los cientos de muertos sean ya miles; porque no se debe alarmar a la población si antes no están listos los medios para intentar sofocarla del mejor modo posible, aunque el mejor modo sea que nadie sabe el modo. Bueno, pues que cesen los vuelos internacionales, que se pare el comercio, que no haya viajes, ni compraventas, ni turismo, ni negocios de ningún tipo, que cada cual permanezca en su reducto el mayor tiempo posible, que alguien calcule una cuarentena mundial razonable en la que cada individuo limite sus movimientos a un radio de cuatro o cinco kilómetros, hasta que, pasado ese tiempo, el mal pueda aislarse y combatirse médicamente. ¡Uy! ¿qué va a ser entonces de este mundo, del comercio, y de la globalización? Menos mal que el dinero podrá seguir moviéndose y creciendo, ese aguanta lo que le echen.

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Deprimente

Deprimente, fue la primera y única conclusión de un chaval de veinte años tras la lectura de lo escrito a raíz de la muerte de George Steiner, al parecer no había más, ni curiosidad por quién era el tipo fallecido, por qué es o fue importante, en qué consistía su felicidad, la mesa, el café, los libros, hablar, escuchar o qué hay en la música que él desconociera. Y probablemente llevara razón, ese no es su mundo -este, que ambos compartimos, puesto que hablaba en presente-, el suyo lo gobierna la pujante insolencia de la juventud, la plenitud física, el descaro y, llegado el caso, el completo apasionamiento o la desesperación, o el más trágico desgarro, provocados por sucesos de lo más triviales o que, desde otra perspectiva, admitirían respuestas y soluciones más solventes, o quizás más sensatas y razonables.
Probablemente el muchacho tuvo más en cuenta, o tal vez tomó como ofensa, esas últimas afirmaciones respecto de la ansiedad y el desánimo que les traen de cabeza y que, siempre según ellos, nada tienen que ver con su edad; aunque sean cuerdas que tensan sus propias vidas.
Si uno mira la historia no ve a nadie en particular, como si no hubieran -en un futuro próximo será hubiéramos- existido; ha habido épocas mejores y épocas peores, tipos que sobresalieron, que todavía hoy conocemos, sin que sepamos la letra pequeña de por qué o gracias a quién. Quien tiene suerte y viene al mundo en una buena época probablemente vivirá bien, quiera o no quiera contarlo, en el fondo no era nadie; si, por el contrario, le toca una mala época tendrá que aguantar y desear que el trago pase pronto, en este caso nadie echará de menos sus cuentos, otro más. Entonces ¿por qué no pasar de épocas e historias y dedicarse a disfrutar? ¿por qué hay que ser diferente al resto? Es lo que hay.
Pero, porque hay un pero, en este caso es distinto, a diferencia de otras épocas y generaciones sucede que en la actualidad existen medios y modos -masivos sería quedarse corto- dedicados en exclusiva a inducir y saciar esa ansiedad y resolver de la forma más simple el desánimo entre la parte más joven de la sociedad; el objetivo último es implantar un conformismo infantil, egoísta y caprichoso que ha de durar toda la vida. Se dedican millones de dólares a negocios que tienen por objeto que esa ansiedad no desaparezca jamás, que el desánimo, antes que motivo para una reflexión autocrítica, sea el punto de partida de otro salto hacia adelante, hacia un objetivo ahora más fácil, de pronta satisfacción, tan insignificante como pasar un nivel en cualquier juego, suficiente para recargar las pilas y volver a instalarse en la carrera de no parar con tal de no pensar, no toca.
Una felicidad casi completa -el casi sí es importante, aunque haría falta más dinero; pero lo de independizarse puede esperar. Mientras, siguen pasando los días, meses y años sin querer darse cuenta de que pasan -porque preocuparse no es lo suyo; tal vez en eso no les falte razón-, permanentemente embarcados en esa infinidad de submundos creados específicamente para ellos por esos otros adultos, más listos y mucho menos bocazas y cansinos de lo que pueda ser yo, que no tienen por qué salir en pantalla si consiguen, a cargo de engordar sus negocios, tenerlos cogidos por los huevos (o por los ovarios; si puede decirse así) las veinticuatro horas del día. Como dice mi cuñada… ¡¡qué fuerte!!

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