Mentiras

Volviendo a leer a Cicerón, de la mano de la explícita e incisiva Marta Nussbaum, no tengo más remedio que parar la lectura y hacerme nuevamente las mismas preguntas, pero no se trata de bucear en la historia de la humanidad e intentar desentrañar los procesos sociales y políticos que nos han traído donde hoy nos hallamos y hecho como somos en la actualidad. Cicerón se alarma ante la sola posibilidad de una mentira, sobre todo cuando es pública, es más, ni siquiera llega a contemplarlas, porque no hay mayor bajeza que no decir la verdad a quienes son como nosotros, nuestros semejantes, intentar engañarlos públicamente. No se trata de una cuestión de honor o dignidad, sino de humanidad, el ser humano no debe caer tan bajo, hasta una condición tan humillante que cuestiona su propia racionalidad.

Mentir, según la RAE, consiste en decir lo contrario a lo que uno sabe, cree o piensa. Nada del otro mundo y nada que probablemente ninguno de nosotros no haya hecho en alguna ocasión. El problema es moral y surge en el mismo momento en el que se concibe la mentira, su sola posibilidad, independientemente del atrevimiento para llevarla a cabo y, la parte más deleznable, el beneficio u objeto que se pretenda lograr con ella. A continuación debería sentenciar que ningún proyecto humano, individual o colectivo, puede o debe basarse en la mentira, para inmediatamente después echarme a reír por semejante gilipollez ¿qué proyecto humano, hoy, ya sea individual o colectivo, está libre de mentiras? Probablemente no merezca la pena buscar, esa es precisamente la cuestión ¿por qué? ¿en qué momento aceptamos y asumimos que la mentira fuera algo normal entre nosotros?

No se trata de la pérdida de referentes, ni siquiera como una cuestión de mínimos, a la hora de entendernos e intentar construir juntos, tampoco de dejar de aceptar como igual al otro u otros por semejanza y puro respeto, razones, ambas, tan básicas como casi abandonadas, sino de, entre todos, unos por acción y otros por omisión, haber contribuido a construir una sociedad de la sospecha que ha dejado de preocuparse y perseguir valores comunes. Probablemente no haya un momento definitivo en el que las sociedades humanas dejaron de ocuparse de la mentira, da igual si en el ámbito privado o en el público, incorporada de hecho como una actividad más de la vida diaria. Hoy la mentira es esencial para abrirse camino y progresar -los demás las aceptan como inevitables-, o para enriquecerse -en este caso sobran los comentarios, el sistema económico que mueve este mundo se basa en una gigantesca mentira permanentemente renovada. En función de un falso respeto, que es cálculo interesado y pura hipocresía, hoy se habla de opiniones distintas, diferentes pareceres -da igual el contenido, el conocimiento o la relevancia del tema-, permaneciendo como derecho inalienable una infinita variedad de juicios que permiten a cualquiera, por provecho personal o simple ignorancia, afirmar todo lo contrario a lo que sucede porque su posición es tan respetable como otra, hasta el punto de llegar al cinismo de acusar a quien fuere de mentir por ver, opinar y afirmar lo contrario o solamente algo distinto.

Deberíamos preguntarnos en qué mundo nos deja la mentira si ya no podemos desprendernos de ella, no sabemos vivir sin ella y la hemos interiorizado, por defecto, como sospecha ante cualquier juicio, afirmación o valoración de los sucesos más cotidianos.

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Mascarillas

La ocurrencia no fue entonces, cuando me crucé con aquel tipo que portaba una mascarilla negra, u oscura -estaba anocheciendo-, que aparentaba una especie de hocico perruno propio bajo la sombra de los ojos, ha sido ahora, al pasar junto a una señora siguiendo a un perro que cubría su hocico con un bozal, cuando he caído en la similitud. Porque en el fondo viene a ser lo mismo, a un perro se le pone el bozal para evitar agresiones a otros perros o personas, y últimamente a las personas también, llevan bozal para que no agredan respiratoriamente a sus semejantes; luego la mascarilla puede interpretarse en estas circunstancias como una especie de bozal humano para protegernos unos de los otros.

Y si en ese momento confundí la mascarilla con una parte de la anatomía humana, de aquí a no mucho dejaremos de extrañarlas, si no lo hacemos ya, convertidas en una parte más de nuestra constitución sobre la que ya empiezan a imponerse las originalidades, rarezas y caprichos de sus portadores.

Pero mientras los perros no pueden objetar nada a los bozales -sus dueños se los colocan por el motivo que fuere-, en lo que se refiere a los humanos las cosas no funcionan de igual modo; sin embargo, eliminadas con rapidez las dudas y posibles objeciones, hemos vuelto a dar muestras de nuestra diligente docilidad, así como de nuestra rápida adaptabilidad. Las mascarillas, independientemente de su opcionalidad y/o voluntariedad, conllevan una gran variedad de expectativas y posibilidades; las hay que responden a un mínimo exigible, prácticas y utilitarias, correctamente colocadas para la protección privada y pública, asumidas con voluntaria resignación porque en una mayoría de lugares son obligatorias y no llevarlas puede acarrear la correspondiente sanción; como están las que se han convertido en una parte más, bien visible, del acicalamiento diario, transformadas en toda una muestra de carácter y/o personalidad. Porque, bien vista, una mascarilla también puede ser bonita, elegante o de diseño moderno, incluso atrevida o provocativa, tal y como le apetezca al portador, a tono con sus propósitos e incluso útil a la hora de jugar con la secreta intención de evitar mostrarse a rostro descubierto, incorporando un plus  de recato, misterio o coquetería que puede resultar atractivo; otra forma de adornar el rostro, con su ocultamiento y la emocionante duda de su previsible o sorprendente belleza, o todo lo contrario. La sugestiva incertidumbre del hallazgo de un rostro que quizás a la vista pasaría desapercibido y sin llamar la atención. Un cabello decente, unos ojos medianamente atractivos, o normales, y una mascarilla adecuada significan para nuestra presencia un plus de interés que, de otro modo, a rostro descubierto, tal vez no poseeríamos, haciendo que nos diluyéramos entre una multitud prácticamente idéntica en lo anodino; un punto de coquetería que adereza nuestra imagen personal y, hasta que pueda incorporarse al material genético de los recién nacidos, es decir, hasta que nazcamos con ella como nacemos con apéndice nasal, puede servirnos para sumar a nuestras aburridas vidas un sinfín de posibilidades

En fin, que la selección del objeto no es baladí, vista la mascarilla vista la procedencia, la tendencia política, la clase social, los gustos y qué vida gastas, por dónde te desenvuelves y los misterioso o asequible que has decidido mostrarte. Tal ocultamiento, en este caso parcial, ya lo vienen sufriendo las mujeres musulmanas desde hace tiempo, en la mayoría de los casos por opresiva obligación y en otros, los menos, por un exclusivista y elegante distanciamiento que tiene más que ver con una secreta y lujosa vanidad que prefiere ocultarse a un vulgo al que se considera nada preparado o despreciable a la hora de apreciar belleza tan íntima como exquisita, solo apta para los elegidos, quienes podrán disfrutar de tan magnífica perfección y de los inimaginables placeres que atesora y promete.

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Parejas

Uno de los pilares básicos de las sociedades humanas es la pareja heterosexual, y que esto sea así tiene sus causas o sinrazones -en las que no voy a entrar. Como toda costumbre en origen no deja de ser algo impuesto, y probablemente uno de los motivos de tal imposición, si no el más importante, fuera el económico, porque no cabe duda que el poder que concede la riqueza y su transmisión es más que suficiente para marcar el modo y ritmo de vida de las sociedades humanas, y esto viene siendo así desde el principio de la historia. Lo que no tiene esta convención, costumbre o tradición es nada de natural, la naturaleza no se dedica a transmitir herencias que no sean exclusivamente biológicas, y la especie humana hace ya tiempo que se mueve y multiplica al son de las convenciones culturales o religiosas. Que hay gente que prefiere creer en lo natural porque de ese modo la foto que tiene de su propia vida no le sale sepia pues mejor para ellos, pero en esto no hay nada de naturaleza ni de necesidad, otra justificación absurda donde las haya.

Es de creencia común que a este vínculo se accede, entre otras cuestiones, por convencimiento y voluntad de los aspirantes, también por obligación u obediencia -pero tampoco es momento de entrar en ello. Luego, la vida en común vendrá aderezada con una serie de inevitables contingencias que darán sabor y enriquecerán la relación, así como como individualmente a cada uno de sus integrantes; y si a todo ello se le suma el “amor”, casi la felicidad completa. Lo del amor entre comillas es debido a su difícil catalogación, a su cuestionable existencia e intangibilidad y porque el amor para nada necesita de la convivencia en pareja.

También es sabido, o supuesto, que entre las dos partes ha de haber algo que compartir, además del manido amor, una serie de concurrencias, gustos, aficiones, temperamentos o cualquier otra cosa que se nos ocurra y pueda actuar como argamasa de una vida en común que en ningún momento debería ser estática, todo lo contrario, se trata de una relación en constante movimiento y renovación, de igual modo que lo van haciendo sus integrantes. Este proyecto de vida en común nunca habría de concebirse como algo definitivo, como una conquista, o una victoria quizás muerta desde su mismo inicio; tampoco como un mero disfrute compartido como única regla de convivencia, o cualquier artificio que las atribuladas parejas pudieran inventarse para justificar la pervivencia de un hartazgo que en algún que otro caso comenzó el primer día en el que decidieron acostarse juntos.

Pero más importante aún que todas esas felices coincidencias es lo que cada cual aporta como diferencia, es más, diría que lo que fortalece la vida en pareja es precisamente lo que no se tiene en común, las vidas particulares, y por separado, de cada una de las partes, ya sea trabajo u ocio. Porque sucede que estamos mal habituados a seleccionar y fijar en la otra parte lo que nos gusta, sabemos y conocemos, haciéndolo único, lo que en cierto modo viene a ser limitar a la otra persona, convertirla en una especie de guante al que nos aferraremos y convertiremos en parte y/o pena fundamental de la vida en común. Una familiaridad en zapatillas en la que nos gusta regodearnos de forma complaciente, principalmente porque en nuestra miopía nos acomodamos creyendo que la otra persona es realmente así, exigencia convertida en realidad única.

Semejante simpleza tiene mucho ver con el egoísmo y la desidia y nada con el obligado respeto del uno al otro/a. Se constituye, pues, una rara y peculiar atmósfera familiar -familiar, que palabra tan sospechosa, la de falsedades y podredumbre que puede llegar a contener- que tiene la particularidad de ser única y doble al mismo tiempo, la que cada una de las partes cree entender, controlar y hasta dominar, siempre según el propio punto de vista. Con ello se va creando un doble contexto, escenario o entorno que acaba transformándose en puro desinterés e indiferencia, o en cabreo cuando un comportamiento cualquiera resulta que no es el que entraba en alguna de las previsiones de vida en común.

Deberíamos incentivar y fortalecer precisamente aquello que desconocemos de nuestra pareja, esa parte del otro/a que es más él/ella de lo que pensamos, y convencernos de que precisamente eso es lo que valoriza una relación; esos movimientos autónomos e independientes por momentos, lugares y con gente que ignoramos, y lo que es más interesante, esa parte desconocida de una vida conocida que, si todo funciona felizmente, suele acabar donde nosotros, precisamente porque, entre todo lo que tiene a mano o a su disposición, hay alguien que sigue ocupando un lugar privilegiado en su cabeza, quizás también en su corazón, y le hace regresar.

 

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Otra vez

Hace unos días un tertuliano, en una emisora radiofónica de postín, afirmaba sin ruborizarse que un partido de derechas no tiene ni idea de nacionalismos porque, como todo el mundo sabe, los nacionalismos son de izquierdas. Incrédulo ante lo que acababa de oír, obtuve confirmación de ello cuando el resto de tertulianos le hizo saber al mal informado que los nacionalismos no tenían nada de izquierdas, todo lo contrario.

El tipo no respondió pero imagino que siguió creyendo que la razón estaba de su lado y eran los otros los que no acababan de enterarse. Desconozco por qué una emisora radiofónica de prestigio admite y paga a individuos básicamente ignorantes en cuestiones sobre las que han de opinar, o tal vez sea que, en un intento de ampliar el abanico de opciones -que no la solvencia de las mismas-, la propia emisora asume que debe permitir en sus estudios a todo tipo de colaboradores, sin informarse ni cuestionar la bondad de los mismos. Y no hay nada peor que darle expectativas al que no sabe que no sabe.

Pero quizás el error no tuvo importancia, se cometen tantos y se dicen tantos disparates que la audiencia está ya insensibilizada, habituada a tragarse un sinnúmero de mentiras y barbaridades, ya que probablemente piensa, y con razón, que el tinglado informativo nacional ofrece de todo menos veracidad, se trata de que cada cual cuente una historia, hasta el punto de asumir que no existe una común y compartida sino la que cada cual se cree o directamente se inventa. Por otro lado, es curioso, o una desgraciada miopía política, que una gran parte de la izquierda nacional confunda y meta en el mismo saco oponerse a la pasada dictadura con ser de izquierdas, y apoye ideologías, partidos y facciones beligerantes o directamente contrarias a ideas y proyectos denominados de izquierdas.

Los nacionalismos, da igual su apariencia o disfraz, no tienen nada de inclusivos ni internacionalistas, ni mucho menos solidarios, base fundamental de cualquier organización que se diga de izquierdas, todo lo contrario, tanto sus dirigentes como sus proyectos políticos son tan conservadores y cerrados como provincianos, si no directamente fascistas, y su oposición a la dictadura estuvo motivada por unos intereses muy distintos a los de cualquier formación moderna o que viva en presente. Se trata de camarillas, organizaciones y partidos compuestas o patrocinados por oligarquías locales y regionales, o sus correspondientes burguesías, apoyados en una masa popular levantisca y engañada con la promesa de mejoras sociales y económicas si colaboran en la toma del poder.

Y si todavía hay quien duda acerca de ello solo tiene que asomarse a la realidad actual, en ningún momento los nacionalistas han mostrado altura de miras sumándose o proponiendo soluciones colectivas que incluyeran a toda la población, puesto que de eso se trataba, de proteger a una ciudadanía entrelazada por fuertes lazos familiares y de convivencia y habituada a moverse libremente por toda la península. En todo momento ha primado la opción tan mezquina como paleta de primero lo mío y los míos, y el que venga de fuera, antes que otro al que tener en cuenta y ayudar, es directamente un intruso del que hay que desconfiar y despreciar. Ninguna facción nacionalista, da igual la etiqueta con la que se vistan o los gestos que exhiban, ha hablado jamás de solidaridad o ayuda entre los ciudadanos, mostrando más bien comportamientos nazis a la hora de juzgar y, lo que es peor, catalogar a las personas según su origen.

Resulta aburrido volver una y otra vez sobre los mismos temas, quizás tan aburrido como levantarse por la mañana y llevar a cabo las mismas rutinas, pero no debemos abandonarlos porque somos precisamente eso, son esas tareas y rutinas, en las que se insertan las vidas particulares, las que hacen, fortalecen y enriquecen la convivencia, y en última instancia es lo que somos. Por eso, cualquier intento de división, diferenciación o segregación resulta reaccionario, da igual la máscara que utilice, si no se trata directamente de racismo. Solo hay una diferencia importante entre nosotros, la única que merece la pena combatir, y es la desigualdad que provoca la riqueza, cualquier otra empresa que no tenga como primera opción esa lucha es volver a la parte más despreciable e innoble de la especie humana.

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Comercio

“Compra fácil, vive mejor”, este era el mensaje final que cerraba un spot publicitario visto en cualquier sitio, o en todas partes, dada la casi desesperada y criminal ubicuidad de la publicidad en nuestra sociedad; tampoco importa quién o qué pretendía vender porque se trataba de vender, una actividad, invención o facultad humana que con el paso del tiempo se ha convertido en el motor de este mundo. Hoy todo es susceptible de comprarse o venderse, es decir, de transformarse en dinero, desde gobiernos y organismos internacionales hasta el más pequeño favor entre individuos. Hemos asumido sin rechistar que, por ejemplo, cualquier pregunta o solicitud de información que planteemos a otro u otros debe ser recompensada inapelablemente con una cantidad o algo equivalente. Si usted tiene un interés concreto en algo o alguien y lo deja ver ante la otra persona, como sería normal, tenga en cuenta que ésta puede pensar, y no sería nada extraño, que si a usted realmente le interesa no tendrá inconveniente en ofrecer algo a cambio; no es que usted, con buen o mal criterio, decida en agradecimiento y por propia voluntad recompensar económicamente o con un regalo lo obtenido, tal vez porque piensa que dar las gracias le parece poco, sino que el otro se creerá con todo el derecho del mundo a pedirle lo que considere necesario por el favor o la información solicitada, valor o cantidad que puede variar en función de su interés. No se trata de que usted pregunte o pida porque presupone la amabilidad de cualquier persona a quien le haga la pregunta o le pida el favor, sino que ésta considerará anterior y más importante su propio interés, y muy normal pedirle lo que crea conveniente según el apremio que usted mostro en su petición; de amabilidad nada, si usted quiere algo sepa que le va a costar, si o si.

Y algo que podría ser extraordinario o puntual pasa a ser corriente, u obligado -sería interesante averiguar qué parte de culpa puede tener, por ejemplo, el cine a la hora de mostrarnos como algo normal el pago por cualquier información. Si la urbanidad, la deferencia o la gentileza comienzan a tener un valor económico cualquier relación entre humanos se convierte automáticamente en comercio. Y sin impuestos -hacienda no puede llegar a todos sitios-, hasta el punto de que la propia libertad acaba valorándose en función de la capacidad de vender… o de venderse, se impone un ‘a cambio de’ que deja a un lado el desinterés, la cortesía o la simple amabilidad, comportamientos obsoletos, de otro siglo.

Existe una aplicación que muestra a unas jovencitas, tan avispadas como aburridas -aunque no lo crean este casi oxímoron tiene un más que evidente significado económico-, y la posibilidad de poder ganar unos euros, libres de impuestos, vendiendo lo que no se ponen o ya no les gusta de su armario; actividad tan inocente y lúdica como ventajosa, una forma de encontrar una rentabilidad económica a sus propias vidas mucho más lucrativa e interesante que cualquier proceso de madurez al uso, todo un proceso de aprendizaje para este mundo tan competitivo que nos rodea. Imagínense.

Lo que pretendía ser una curiosidad, una observación, ni siquiera ha llegado a alegato, tal vez una pobre y desorientada denuncia de otra de las numerosas incoherencias que desinteresadamente ponemos en práctica los humanos. Comerciar, vender, venderse, vendernos, convertirnos voluntariamente en mercancía hasta el punto de perdernos el respeto como especie. Qué lejos queda el concepto de enajenación marxiano, y qué corto; bueno, dicen que Marx está desfasado.

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Un funeral

Imagínense una celebración religiosa en las circunstancias que estamos viviendo, concretando, un funeral a deshora en recuerdo de alguien que falleció hace semanas pero no tuvo la despedida que merecía, que viene a ser como si se hubiera ido sin despedirse y todavía permaneciera en tierra de nadie, a la espera de reconocimiento; un pasó de este mundo al otro, si es que ese otro existe, sin bendiciones, súplicas ni mediaciones, ni siquiera un trámite, de pronto una ausencia, toda una vida comprimida en un soplo que no dejó huella porque careció del merecido espacio para la mención, de un nombre que nombrar y rememorar antes de despedirlo y de ese modo materializar por última vez la realidad de su existencia. Es como si hasta ahora el fallecido se hubiera mantenido en un raro impasse, puesto que nadie pudo sentarse a llorar y recordarlo; un no tránsito extraño y frugal para el que de ningún modo estábamos preparados.

Alguien, provisto de su correspondiente protección, recibe a los asistentes a la entrada del templo y, uno a uno, les aconseja una obligada limpieza de manos con el inevitable gel protector; nadie puede acceder por su cuenta. El templo luce raro, no está vacío pero tampoco parece que albergue una congregación o un número definido de fieles, los que pueden verse se hallan situados como piezas en un tablero de ajedrez, inamovibles y no intercambiables, su estancia ha de concretarse en una casilla predeterminada o en ninguna, tales son las perspectivas que obligan a quienes se sienten en la correspondencia u obligación de acompañar a los deudos; familiares y amigos que, semanas después, han de revivir la pérdida, una segunda o extraña primera vez, no está claro, que ni tranquiliza ni consuela.

El ambiente no tiene nada de normal, si es que un funeral lo es, los presentes se sienten entre desconocidos, resulta difícil habituarse a las mascarillas y no todos están acostumbrados a reconocerse en los ojos, sobre todo en la semipenumbra del templo, el rostro semioculto como bandidos atracando una sucursal bancaria. Se impone el mundo real, el que se ha quedado fuera, el mundo de los vivos, aunque algunos se empeñen en intentar aparentar que no pasa nada. Una realidad demoledora que sigue sorprendiendo como nunca habríamos imaginado, modificando nuestra existencia y haciéndonos sentir tan vulnerables como recelosos o desconfiados, incapaces de tomarnos un saludo como algo completamente normal. El peso de la realidad exterior es abrumador, el rito funerario transcurre con la mosca detrás de la oreja, la concurrencia todavía se mueve imprecisa entre indecisiones por no saber cuáles son los nuevos comportamientos y a qué obligan, qué hacer y qué no, qué significa que cada cual ocupe un lugar designado de antemano que muchos respetan como si les fuera la vida en ello.

Es más que evidente que por aquí no se ve a Dios, ese Dios de las certezas que inexplicablemente les ha dejado abandonados, solos en medio de una vida -las suyas- que ahora cuesta reconocer, antes mero intermedio en la tierra y ahora tan imprescindible y vital. Probablemente ninguno de los presentes desea cambiar esta vida por el paraíso celestial, ni ascender a la derecha del padre, de pronto todo lo terrenal ha cobrado un valor tan desesperante como extraño; porque resulta que todavía apetece permanecer aquí, todo cuanto sea posible, y si llega la hora no será por propia voluntad, a juzgar por las cautelas puestas en juego, luego eso de la felicidad de los difuntos mejor se queda para más tarde, ahora no, ahora imperan los esfuerzos por seguir vivos y las protecciones son una forma de gritar que quieren seguir estándolo y así se lo hacen saber a todos.

El funeral transcurre entre miradas de soslayo e intentos de reconocimiento entre los presentes, raro pero tremendamente real, pero lo más insólito de la ceremonia, casi irreal, es la presencia del sacerdote explayándose en la homilía con un discurso hueco que parece extraterrestre, el de un recién llegado predicando en esta atribulada tierra las bondades de un paraíso al que nadie quiere ir, vistas las precauciones tras de las que se parapetan los terrícolas, toda una declaración de intenciones. Pero el tipo sigue hablando y hablando al aire poseído por una fiebre que parece haberle obnubilado la razón, su desconexión con la tierra en la que predica resulta patética.

En el fondo todos están deseando que aquello finalice, familiares, amigos y asistentes, les vuelve a doler la pérdida y no acaban de entender qué están haciendo allí, detenidos en el tiempo por un sermón surrealista dirigido a un auditorio formado por supervivientes tensos y suplicantes, prestos a despedirse de un codazo y salir por fin a la luz de la tarde-noche, respirar aliviados y volver a sentirse vivos.

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Volver a salir

El momento llegaría tarde o temprano, no es que lo estuviera buscando, aunque casi; ya me pude hacer una idea cuando, por motivos de trabajo, tuve que desplazarme a otras localidades, unas más cercanas y otras a unas horas de viaje, lugares donde el estado de alarma también mostraba calles vacías y establecimientos cerrados a cal y canto. Y ha sido precisamente ahora porque a finales de junio tenía algunos días libres. El lugar era importante pero no trascendental, pesaba la curiosidad por conocer de primera mano a esos otros que, al igual que nosotros aquí, también se vieron sorprendidos y maniatados por la misma situación sanitaria. Personas, lugareños o compatriotas -da igual cómo los llame- con los que te solidarizabas de inmediato, pueblos y ciudades que, al margen de su localización, lucían con tonos similares a los de aquí, tanto en sus calles como en sus rincones más característicos, donde parecía moverse menos gente que de costumbre, a juzgar por el número y amplitud de las terrazas y su abandonada presencia. No cabía duda, llegaba un momento en el que la imagen que contemplábamos nada tenía que ver con alguna pasada normalidad, faltaban nativos y visitantes que probablemente permanecerían en sus hogares por un sinfín de motivos, algunos quizás tuvieran que ver con la pura precaución y otros, en cambio, como la desgraciada consecuencia de estos nefastos meses que han partido nuestras vidas en dos. Tantos locales y establecimientos abiertos como cerrados, los que por fin podían abrir sus puertas junto a esos otros en los que se habían cebado la mala suerte o la asfixia económica, definitivamente finiquitados. Calles tímidamente pobladas por paseantes y clientes, tan recelosos como precavidos, armados con la inevitable mascarilla, bien o mal puesta, con cuidada discreción o al desgaire, en la mano o cosida al brazo, azul, blanca o de diseño; obligado accesorio que condicionaba cualquier movimiento y provocaba una especie de mutua empatía que no sabría cómo definir. Idénticos comportamientos, entre reservados y temerosos, en calles, comercios, hoteles, restaurantes y bares, prudencia compartida que el transcurso de los minutos acababa relajando presionada por las ganas de conversar y de verse las caras, pesaba más el deseo de normalidad que los temores, relegados a un consciente segundo plano que todos fingíamos asumir. Los había contenidos hasta la incomodidad como también estaban los que se esforzaban en actuar como si no pasara nada, moviéndose entre el fastidio y una embarazosa liberación, esforzándose en las conversaciones con sus correspondientes mascarillas adornando sus codos; los niños a su aire, bueno, al aire de sus padres, algunos obedientes y protegidos, cohibidos por tener que llevar tapadas sus caritas, como si les obligaran a ocultar el alma, otros haciendo de niños con todas las de la ley. En algunos lugares paseaban amables agentes municipales aconsejando a peatones descubiertos, a lo que el interpelado respondía con una rápida extracción del objeto mágico para situarlo de inmediato delante de su boca. Muchas ganas de hablar, de compartir e intercambiar opiniones que, sobre todo, mostraban estados de ánimo aderezados con las inevitables quejas de inmediato correspondidas por las mismas dificultades e inconvenientes que todos conocemos. Un tema de conversación que no por recurrente resultaba molesto, amable y básico interludio que fomentaba de inmediato una solidaridad mutua que facilitaba tanto negocios como conversaciones. Seguimos aquí.

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No solo cine

Zapeaba buscando algo de interés -había poco decente donde elegir- cuando di con otra de guerra, Vietnam, pero esta parecía que no la había visto –Cuando éramos soldados, se titula-… así que me mantuve un rato con ella hasta que lo que estaba viendo comenzó a llamarme la atención. Ver esas escenas desgajadas del resto de la película, es decir, como si fueran párrafos extraídos de un texto para analizarlos de forma independiente, tal vez fue lo que me hizo detenerme en ellas, aunque después he pensado que hubiera dado igual, es probable que de haber visto la película desde el principio me hubieran causado la misma impresión, tal era su específica misión.

A las escenas de guerra, al parecer dramatizadas a partir de unos combates reales ocurridos en Vietnam, no sé exactamente en qué año, les sucedían otras en las que unas mujeres, las esposas de los soldados, recibían en Estados Unidos telegramas donde se les notificaba la muerte en la batalla de sus respectivos. Hasta aquí todo normal, pero esa es la cuestión que me llamó la atención, la inocente y lacrimosa normalidad.

Ellos, los hombres, lucían adornados para la siempre difícil y peligrosa batalla haciendo gala de toda la parafernalia con la que gusta acicalarse el género masculino, el gesto serio y adusto, concentrado, fiable, como en las mejores muestras de valor, nobleza, abnegación y compañerismo, puestas en juego de la forma más extrema y honorable posible, en la lucha, en permanente peligro de muerte, manifestación única de todo lo que merece la pena en esta vida e inflama el orgullo de los hombres. Una situación extrema a la que sumar las clarividentes y certeras habilidades para el mando por parte de la oficialía y la diligente y abnegada obediencia de la tropa a la hora de seguir y cumplir las órdenes, ya que todos entendían y asumían sin fisuras que perseguían un objetivo común, la victoria, la cumbre del honor y la dignidad masculina, un objetivo tan auténtico y puro como varonil.

Por otro lado, las imágenes americanas mostraban unas mujeres dedicadas a tareas laxas, rutinarias e insustanciales como la limpieza de un hogar que siempre aparecía impoluto -ejemplo y culminación de las habilidades femeninas-, de pronto sonaba el timbre y un taxista, mostrando la faceta más amorfa y menos recomendable del sexo masculino, les ponía en la mano de forma indolente un telegrama dónde se les notificaba la muerte del esposo, el héroe había muerto, el motivo por el que esas mujeres existían desaparecía de la faz de la tierra y ellas se quedaban en un limbo anegado de lágrimas por el guía perdido. Se sucedían las imágenes de mujeres bien vestidas y peinadas que abrían las puertas de sus hogares sin al parecer otra cosa que hacer en este mundo que estar a la espera de noticias de sus respectivos. Sin olvidar que en algunos casos las escenas de llanto y dolor aparecían enaltecidas con un par de niños que no acababan de entender de qué iba aquello, de momento no eran nada, solo asistían a una primicia de sus de antemano asignados futuros.

Toda una declaración de principios, una hermosa y sentida demostración de cuál es, o era, el lugar de cada género en la sociedad, una sociedad que, con algunas diferencias, sigue siendo esta. Una poderosa y convincente instrucción envuelta en un entretenimiento aparentemente trivial, el cine. Ya sé que el cine comercial no tiene nada de trivial, aunque mucha gente continúa ignorándolo, pero me sigue llamando la atención su descarnada desvergüenza a la hora de la manipulación de la sociedad, películas así no deberían juzgarse como películas, se trata más bien de panfletos de glorificación de la violencia o manuales de educación religiosa. Un curso completo de educación machista y patriarcal que, reconozcámoslo, ha venido funcionado al ciento por ciento desde el principio, una manera mucho más liviana y efectiva, vista con gusto, de asignar roles de forma amena y aséptica a cada uno de los géneros de la especie. Cambian las formas no el fondo, salgan y vean.

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Irracionalidad

Resulta difícil comentar situaciones y hechos de los que tenemos conocimiento por los medios de comunicación, en cualquier parte del mundo, hechos que parecen repetirse una y otra vez de forma cíclica, casi estacional; sucesos que provocan alteraciones de la vida social, declaraciones malsonantes y repetidos actos de violencia provenientes de una irracionalidad demasiado familiar para considerarla excepcional. Brutalidad como respuesta a la misma brutalidad que se censura, a la que sumar gritos y amenazas por parte de quien poco o nada tiene que decir, no por su supuesta o merecida importancia, sino por la insignificancia de unas voces necesitadas de la sinrazón con tal de hacerse oír, lo que significa su inmediato ninguneo, desde el mismo momento en que tales situaciones son incluidas en la noria de una información continua que más bien parece desinformación. De hecho, llega un punto en el que cualquier respuesta a un acto o comportamiento denunciable es preferible que aparezca acompañada por las correspondientes dosis de violencia, mejor si precisan de advertencias infantiles dirigidas a un público informativamente infantil; violencia generalmente interesada o visiblemente desorientada y egoísta que gusta aprovecharse de cualquier situación proclive a un desorden y confusión que, en última instancia, poco o nada tienen que ver con los problemas reales, los de la gente, los que se desarrollan y repiten al margen de esa otra realidad que venden y fomentan los medios de comunicación; se trata del penúltimo pico informativo que salpicará la aburrida normalidad que consumimos, esa que nos lleva de la mano por el borde de la irrelevancia.

Tampoco mejora que centre mi comentario en un hecho concreto, el último, pero, cuál es el último para unos medios de comunicación y redes sociales que viven de unas urgencias que no son tales, instalados e instalándonos en una premura que nada tiene que ver con la vida de la gente, esa cotidianidad que, al margen de focos y cámaras, una gran mayoría sufre deseosa de mostrar al mundo coloreada por luces y sonrisas que momentáneamente enmascararán el fastidio y la vergüenza que barniza muchas de ellas. Luces que amplifican lo que no deja de ser una violenta vulgaridad, violenta no, cruel, y digo cruel porque resulta cruel la indiferencia con la que hemos asumido nuestra propia intrascendencia, crueldad que se hace más dolorosa si cabe cuando la vemos reflejada en esas “espontáneas” e irracionales reacciones públicas que muestran los medios y en las que reconocemos nuestra propia frustración. Cámaras y medios a los que les importan un pimiento el interés o problema del sujeto o sujetos que desgraciadamente acaban de ascender al escalafón de noticia, y mucho menos los de esos otros que, como si de una oportunidad única se tratara, se dedican a exhibir esa peculiar brutalidad en forma de vandalismo completamente gratuito, salvajismo que desconoce o directamente obvia el supuesto motivo que le lleva a situarse ante el objetivo. Otro ingenuo sin razón, razón que desaparece en el mismo momento en el que decide mostrarse en una red de comunicaciones global que la engullirá y empequeñecerá al instante, más entretenimiento que realidad. ¿Sucedió o se trataba de una repetición?

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Nacionalizar

Hacía tiempo desde la última vez pero lo volví a oír como una amenaza que alguien lanzaba tras una mascarilla, amenaza que no sentí, porque no es tal, pero que probablemente tenía la intención de afectar negativamente o de forma alarmante a aquellos a quienes iba dirigida. Pero, en cualquier caso, prefiero desconocer el interés, la pertinencia y el presunto revuelo que debería levantar una hipotética advertencia de este tipo entre el público, a no ser que fuera una llamada de atención dirigida a defraudadores, chantajistas, estafadores, especuladores y negociantes de mala ralea, desaprensivos carentes de escrúpulos que suplen su falta de imaginación y flagrante incompetencia a la hora de los negocios con un grosero y brutal aprovechamiento privado del dinero público, con la única intención de engordar panza y bolsillo a costa del bienestar del resto de los ciudadanos.
Ignoro dónde se esconde el mal o el supuesto perjuicio de nacionalizar, qué tiene esa palabra que la hace parecer el mismo diablo. Nacionalizar viene a ser, grosso modo, apropiarse por parte de la administración pública de un país de una empresa -o empresas-, o de un sector -o sectores- de la economía para gestionarlo de forma pública -lo que, por ejemplo, sucede actualmente con Bankia-; esto no significa que el resto de la actividad económica y productiva siga en manos de particulares que, en supuesta y libre competencia, inventan, explotan y extienden sus propios negocios para exclusivo lucro personal e, indirectamente, beneficio de los ciudadanos. En ningún caso veo contradicción alguna en la simultaneidad de ambas actividades.
No hay nada de malo en que la administración pública, dirigida por un gobierno preocupado por sus ciudadanos, sea propietaria y gestione sectores vitales para la población con el fin de conceder a todos y cada uno de sus habitantes idénticas oportunidades a la hora de labrarse una vida digna. Se trataría de fijar, en primer lugar y de forma democrática, qué sectores podrían considerarse tales, por ejemplo, educación, sanidad y servicios sociales, además de la recaudación de impuestos necesarios para sostener con solvencia tales actividades. Llegado el caso, también podría extenderse a otros sectores de la economía que, en definitiva, pasarían a adquirir el estatus de innegociables, puesto que se trata de un bien común que tiene como objeto principal el bienestar de las personas.
Dónde está, pues, la amenaza, qué tiene de malo que el Estado dirija y gestione unos servicios públicos fundamentales para los ciudadanos al margen de la especulación y los caprichosos vaivenes del mercado. ¿En las personas? Pero quien se niega en redondo a una nacionalización o gestión pública de ciertas actividades económicas argumentando en contra las malas inclinaciones de personas y gobiernos está anteponiendo su propia visión sesgada y torticera del tema, no hay nada ilícito ni antidemocrático en exigir y mantener unas condiciones mínimas para toda la población, y la negativa de estos grupos o personas, así como sus alarmantes y alteradas apelaciones a la supuesta falta de libertad que ello significa -nunca cierta-, tiene más que ver con su propia codicia y sus carencias empresariales.
Hay un empresariado de pacotilla, apoyado por sus correspondientes siervos situados en lugares estratégicos de la sociedad, incapaz de crear, mantener y hacer progresar un negocio a base de trabajo y constante innovación, algo así cuesta esfuerzo y dinero, además, la supuesta y beneficiosa competencia pone las cosas mucho más difíciles porque, afortunadamente, hay personas más inteligentes que otras que obligan al resto a exprimir hasta la extenuación el poco o mucho cerebro del que disponen. Esta gente, su egoísmo y propia ineptitud, no deberían ser tenidos en consideración a la hora de acusar sistemáticamente a la administración pública como mala gestora; están en contra de cualquier nacionalización porque ésta les impediría enriquecerse a cambio de nada, por eso generalizan y acusan a todos los demás de la debilidad de meter la mano en la caja, su maledicencia, torpeza o simple estupidez no les da derecho a considerar al resto de su misma calaña. Ni siquiera sobrevivirían en el mercado libre que tanto predican, no durarían ni un segundo, su impericia mental, su codicia y el ansia nada contenida de explotar al prójimo los inutilizan para cualquier proyecto, da igual si público o privado; por eso parasitan administraciones, gobiernos, políticos e instituciones públicas con una lengua ponzoñosa que introducen en la cabeza y oídos de todo aquel que tenga relación con un presupuesto público, por pequeño que sea, para insuflarle su propio veneno y luego esperar a que la víctima se ponga de rodillas a cambio de unas migajas.
Exceptuando por esta gente, repito, no sé que mal hay en nacionalizar, ganamos todos.

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