Cansancio

Tal vez sea porque el otoño se ha presentado de pronto, lo que no es tal porque astronómicamente ya llevábamos algunos días en él -aunque meteorológicamente no lo pareciera-, o porque el cansancio, habitual en cualquier actividad humana, es ya excesivo; el caso es que parece como si no nos moviéramos, expectantes, siempre al principio, que el paso del tiempo no hubiera existido y siguiéramos detenidos en el punto de partida sin saber qué hacer. Falsa percepción, o no, el evidente embotamiento general no significa que los sucesos no prosigan su marcha independientemente de nuestra terca pasividad. De pronto desconocemos el significado de qué, cuándo y cómo, y en lo referente a qué es excesivo seguimos en las mismas. No hay baremos ni medidas, y las pocas referencias disponibles carecen de consistencia, o simplemente no interesan, algo así como sucede con el dolor, que dependiendo del sujeto que lo sufre en algunos casos le va la vida y en otros es como no decir nada, se dedican a soportarlo sin preguntas.

Hoy, las malditas obligaciones de cualquier adulto, de las que renegábamos por sistema, nos parecen importantes, las echamos de menos, eran nuestros guías, organizaban un programa personal de actividades que, sin embargo, siempre intentábamos, como niños incorregibles, trampear; licencias infantiles, cuando ni deberes ni obligaciones preocupan, remanecidas como ventanucos por los que respirar del agobio y la ansiedad añadidos a nuestras propias decisiones, también de los que nos procuraban nuestras mucho más numerosas indecisiones. Incluso presumíamos de reírnos de las ataduras que organizan la vida adulta porque nos gustaba creernos libres y con autoridad para decir que no, aunque en el fondo supiéramos que algunas de esas negaciones eran como dispararse en el propio pie, otra forma de evadirnos o sentirnos por encima de cuando simplemente se trataba de dar la espalda a lo que no nos atrevíamos a mirar de frente.

El cansancio que creemos padecer parecería desafección si no fuera porque se trata de ignorancia, deserción de nuestros propios actos y decisiones por pura incompetencia, incapaces de reconocer dónde tenemos la mano derecha. Porque tampoco se trata de echarle sistemáticamente la culpa a los políticos y quedarnos a resguardo, la misma excusa de siempre que no deja de ser eso, una ridícula excusa, los políticos que tenemos son los que hemos elegido, tipos exactamente iguales a la gente que los vota, así que, probablemente nos iría mejor si dejáramos de lanzar balones fuera y asumiéramos como tales nuestras miserias de país menor de edad aficionado a las zalamerías y las bravuconadas.

Quizás la cuestión del cansancio no sea tan evidente, o sí, pero lo cierto es que nos hemos -o nos han- habituado de tal modo a lo previsible que cuando aparece una nube en el horizonte, obligándonos a detenernos y calcular o prever, automáticamente nos bloqueamos, tal y como sucede ahora. Hace ya tanto que dejamos de servirnos de la propia iniciativa para organizar nuestros propios pasos que en algunos casos ni siquiera sabemos que existe, o para qué; hoy la iniciativa se circunscribe a incordiar, romper las reglas, joder al prójimo o hundirse uno mismo en la incompetencia más absoluta mientras se reniega del prójimo y de un mundo que nos mantiene con las manos atadas, cuando en el fondo nunca supimos qué hacer con ellas.

No es cansancio lo que padecemos, es incompetencia ciudadana, pereza social y política, echamos de menos la rudimentaria zanahoria que habitualmente nos obligaba a movernos, que no dirigirnos, aunque después nos gustara recostarnos plácidamente para así aprovechar la inercia; la cuestión era dónde poner el siguiente paso, paso que se limitaba exclusivamente al hecho físico, porque cualquier metáfora que pudiera aplicarse al mismo sería errónea, un acto baldío. Ni queremos ni podemos, y, lo que es peor, tampoco sabemos qué hacer, cómo comportarnos, cómo organizarnos, cómo hablarnos, sin manos ni pies, ni sentido común capaz de guiarnos a la hora de conseguir un mínimo del que disfrutar, para mirarnos a la cara, al menos para darnos ánimo con el que afrontar y sortear el cansancio de esta incompetencia general; e incluso solazarnos mínimamente en los breves y consistentes frutos de una actitud política y social mínimamente consecuente y racional.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Una región

Región tiene un componente rústico que probablemente comienza y acaba en mis prejuicios, no hay nada significativamente relacionado en su acepción, según la Academia de la Lengua, que tenga que ver con ello, evidencia que, sin embargo, no impide que uno pueda considerar la zona en la que vive bajo esa variante campestre y más bien estática, dos calificativos que, supongo, aportan claridad a mi punto de vista.

Esta región es en su mayor parte campo que se extiende a sus anchas, no hay grandes montañas, ni grandes ríos, ni zonas muy boscosas; también está escasamente poblada, con una densidad de población que en algunas zonas es siberiana. La actividad industrial -mundialmente en horas bajas y encaminada a su casi desaparición- es escasa o prácticamente nula, y la parte de los servicios descuella mínimamente porque no hay mucho más en lo que invertir. Ocupada por una población muy dispersa y poco dada a la cohesión, todo lo contrario, cualquier local es capaz de subirse a la parra y enfrentarse a los demás por una virgen, un molino o cuatro piedras, lo del agua ya es más complicado. Aquí la conflictividad se reduce a mi pueblo es más guapo que el tuyo. Por estos lares el tiempo pasa porque tiene que pasar, ya que está inventado respetamos su función y gracias a ella existimos, ocupamos un lugar en él aunque solo sea como referencia para el resto; tiempo y espacio nos sitúan en el mundo, la importancia de sus habitantes y sus ocupaciones es otro cantar, por desgracia escasamente importante.

Superficie tan grande y con tan escasa actividad humana que pueda considerarse trascendente o de cierta importancia allende de nuestros límites puede ser consecuencia del poco espíritu de sus pobladores, aunque también podría pensarse que espíritu tan frugal es consecuencia de un vacío tan extenso -que cada cual elija la que más le apetezca; los tres países que forman el Benelux, con sus correspondientes habitantes, cabrían enteritos en la región y sobraría casi la mitad de la superficie. Tal cantidad de espacio es contagiosa, quizás sea por eso que el vacío también domina los cerebros de sus políticos, actores de una política casi inane limitada a la ocupación de un sillón desde el que administrar las cuatro perras con las que subsiste la región, aguardando plácidamente a que las zonas limítrofes necesiten de nuestra existencia, aunque solo sea para cruzarnos hacia otros destinos. Tanta superficie también da para pegar tiros, por eso, en el mejor ejemplo de la literatura de Miguel Delibes -ahora que estamos de aniversario-, mantenemos quietos a los locales prestos a servir a tanta escopeta de prestigio y menos que acude por aquí a soltar tensiones y aniquilar la fauna local; el resto es sol y pocas ganas de alzar la vista al cielo.

Desde que este país vive en democracia sus manifestaciones por aquí se han limitado fundamentalmente a un lavado de cara de accesos, cruces y poblaciones, pueblos y ciudades lucen mejor que antes pero como antes, igual de inmóviles y nada provocadores. Hubo un intento de la derecha de este país -todavía franquista- de hundir las pocas instituciones y servicios públicos que se mantenían dignamente en pie, pero cuatro años fue poco, no les dio tiempo, pero fue suficiente para que los siguientes gobiernos de la derecha socialista pudieran vivir aún mejor, porque no hicieron nada por recuperar lo perdido, ni mejorarlo; así hasta hoy, a un paso de la inexistencia.

Puede que todo esto suceda porque los naturales no damos más de sí, con lo nuestro tenemos bastante, quizás también. No hay más que ver a nuestro gobierno regional, encabezado por un tipo que, a juzgar por su verbo y aspecto, lo más lejos que ha llegado ha sido a la capital del país, un seminarista fallido, dócil y obediente, un afiliado de por vida que supo colocarse en todas las fotos a la espera del momento en el que el patrón de turno desviara la vista y exclamara: ¡Anda! ¡si todavía estás aquí! pues ahora, por portarte tan bien y dar tan pocos problemas, te vamos a hacer presidente. Y ahí está, ocupando al fin el sillón que tanto tiempo le ha costado, haciendo como que gobierna, cómodamente sentado y siempre a la espera mientras colecciona con avaricia sus infinitas apariciones televisivas .

Es lo que sucede cuando en una televisión regional -que también existe- escasea la inteligencia, además de los recursos, un medio que basa su funcionamiento en la copia de los nefastos modelos regionales vecinos. Un soporífero e inaguantable instrumento en el que se suceden, sin solución de continuidad, casposos programas de variedades, rancia canción española para despistados sin nada que hacer, ejercicios ocupacionales para jubilados, anacronismos como los toros y relleno, mucho relleno, y barato; la parte cinematográfica es como introducirse en el túnel del tiempo… o del terror. Un medio de comunicación -definición que le viene grande- que exhibe idéntico estatismo y planismo mental que sus dirigentes. A veces creo que en una región como esta es imposible que se dé una televisión viva, eso queda para otros lugares que sí viven en el siglo en el que ocupan tiempo y espacio.

Pero en el fondo aquí se vive muy bien, nunca pasa nada y lo que pasa sucede de paso porque no tenía más remedio que pasar por aquí, se respira aire limpio, nuestros horizontes lucen transparentes, sin agobios y con el único inconveniente de que, como ahora estamos con problemas nacionales de salud, vienen de otros lugares ansiosos porque tampoco les pase nada. Un buen lugar que igual se llena de nuevos que traen sus cosas de allí y nos obligan a movernos de aquí y hacer algo por nosotros mismos; aunque, no sé, demasiado esfuerzo para luego acabar cansado, es para pensárselo dos veces.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Niños y educación

Ningún animal permite que sus cachorros dejen de aprender, también jugando, con vistas a un futuro de adultos en el que habrán de valerse por sí mismos, aquel que no aproveche juegos y enseñanzas para adiestrarse simplemente morirá, ya vendrán otros después; no hay más, es tanto una cuestión de supervivencia como de cooperación.

En cambio, los cachorros humanos, a pesar de ser los recién nacidos más inútiles, los que menos probabilidades tienen de sobrevivir por sí solos, son tratados en las sociedades occidentales por sus propios adultos como si fueran individuos completos e independientes. El porqué de este persistente error, de tal pérdida de perspectivas respecto a lo que significa el desarrollo individual, traería cola, pero sería una discusión adulterada, plagada de frustraciones, temores, prejuicios e intereses no siempre honestos en los que los supuestos perjudicados, los propios niños, deberían permanecer al margen. La infancia, como la pubertad y la adolescencia, son etapas de desarrollo y aprendizaje en la especie humana, y sus representantes tienen una opinión parcial e incompleta del mundo que les rodea, tanto en lo que respecta a sí mismos como a su lugar en las sociedades en las que crecen, por ello sus opiniones no deberían tener el mismo valor que las de un adulto ni ser tratados como individuos autónomos e independientes -cuando hablo de adultos me refiero a individuos intelectualmente maduros, en plena posesión de sus facultades y movidos por intereses estricta y antropológicamente humanos.

La cuestión es en qué momento estos sujetos en desarrollo pasaron a ser considerados como uno más a la hora de valorar y tomar en cuenta sus opiniones, necesidades, deseos y caprichos; cuándo, cómo y en función de qué objetivos se decidió hacer iguales a niños y adultos, además de juzgar como mundos simultáneos y equivalentes los de unos y otros, obviando que en el caso de los menores se trata de un mundo en formación basado en el aprendizaje y, como tal, siempre subsidiario, tanto a nivel de potestad como a nivel de opiniones. Así como qué intereses han existido a la hora de concebir y poner en práctica tales cambios, si se trataba de liberadores sueños de redención, de proyectos paridos por iluminados, tipos frustrados o abruptamente expulsados de la infancia o, lo que es peor, de maquinaciones fríamente calculadas por torticeros intereses económicos. Lo que siempre debió ser una hipotética, indefinida e indefinible potencialidad en constante renovación mediante un aprendizaje continuado hasta la edad adulta pasó a convertirse en una serie de autonomías reales sujetas a derecho.

Es más que probable que un amargo poso de infancias difíciles, en bastantes casos por motivos que poco o nada tienen que ver con el capítulo específico de la madurez humana, haya posibilitado un subconsciente colectivo condescendiente hacia los propios cachorros que ha permitido que se convirtieran en reyezuelos egoístas que en muchos casos crecerán incapaces de asumir por sí mismos los inconvenientes y beneficios de una madurez tan complicada como inevitable, adultos renuentes a las responsabilidades y el compromiso todavía abducidos por paraísos en los que derechos es sinónimo de caprichos. Nuevas generaciones que llegan a su hipotética madurez sin haberse desprendido de la propia infancia.

Se confunden infancia con libertad y educación con represión, y el resultado son unos jóvenes insolentes y soberbios que reniegan del mundo o directamente se autoexpulsan. El primer derecho de los niños, muy por encima de cualquier otro, es el derecho a aprender; asegurados unos mínimos de salud y bienestar es el único interés que, respecto a sus vástagos, debería guiar a los adultos, el resto puede esperar.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

El yate y los expertos

Coincidió que, justo enfrente del hotel donde estábamos alojados, atracó el mayor yate del mundo -según la prensa, que siempre está al tanto de esas memeces que distraen al personal permitiéndole descansar de sus propias vidas-, un lujo blanquísimo de casi doscientos metros propiedad, como supondrán, de un rico jeque asiático; de por donde el petróleo rebosa por los cuatro puntos cardinales. Un resplandeciente alarde de dinero, que no poder, servido por unas sesenta personas -eso sí es dar trabajo- que, supongo, transportaría a su orgulloso propietario, familia, séquito y demás, o no; un ostentoso despliegue de jactanciosidad que, solo por el amarre, pagaba el día 2.500 euros del ala -también lo decía la prensa. Imaginen, si les apetece, qué desembolso supondría para el amplio bolsillo del jeque un par de meses ahí quieto. Después, ya picado por la curiosidad, indagué donde debía y donde no y me enteré de que el precioso barco estaba en alquiler, es decir -si sé lo que eso significa-, que cualquiera que deseara pasar, por ejemplo, una semana a todo trapo no tendría nada más que alquilarlo y a vivir que son dos días. Pero no, no resultaba tan fácil, el barco no se podía alquilar, y el meollo del asunto era que el acaudalado propietario -el jeque-, embarcado en la afanosa obligación de acumular millones procedentes del petróleo, no tiene más remedio que rodearse de expertos dedicados a ello, y precisamente esos expertos fueron los que, sabedores de que en Europa los barcos de alquiler no pagan impuestos, le recomendaron que era mejor que el barco figurara de ese modo, así el jeque se ahorraría el correspondiente impuesto de propiedad -¡menudo negocio! Lo pongo en alquiler pero no lo alquilo porque es mío y me ahorro los impuestos correspondientes por ser su propietario. Estupendo.

Y de experto a experto y cambiando de tercio, leo en la prensa que el gobierno español ha consultado a ciento treinta expertos -¡qué cantidad de expertos!- qué hacer con la economía en estos tiempos de pandemia; y una de las recomendaciones de tanta grisura reunida ha sido la de subir el IRPF a los trabajadores. O sea, que si usted es un afortunado trabajador y gana lo que gana y tiene que vivir de lo que gana -si le llega o no es otro problema-, sepa que tienen intención de subirle los impuestos a su trabajo para que el país se vaya recuperando y funcione mejor. Mala suerte. Claro, la pregunta que me surgió fue inmediata ¿son estos expertos iguales a los expertos del jeque? No vale responder que según como se mire, que cada cual en lo suyo, los del jeque intentando que su forrado jefe pague menos impuestos -impuestos que podrían sufragar servicios públicos más que necesarios sin que al jeque le doliera la sombra-, y los expertos del gobierno preocupados de que cualquier ciudadano, aunque cobre una mierda, pague cuantos más impuestos mejor.

Evidentemente, cualquiera con dos dedos de frente deduciría que los primeros sí son auténticos expertos porque consiguen money para su pagador -dinero que, a tenor del tamaño del buque, consistiría en una cifra con algunos ceros a la derecha. ¿Y los otros…? ¡qué voy a decir! con todo el dolor del mundo me parece que no tienen nada de expertos, todo lo contrario, se trata de chicos espabilados y obedientes, apesebrados de baja estofa en el fondo envidiosos de sus iguales servidores del jeque y sus colegas, ciento treinta atontados que ven la economía con anteojeras -las que les imponen jeques y menos jeques-, pobres diablos permanentemente dedicados a la consigna de exprimir al que menos tiene, por si hay suerte y algún otro prepotente del dinero les llama a su seno para que cuide de sus millones, igual entonces pueden presumir paseándose por la cubierta de un yate tan magnífico. Al resto, entre ellos los millones de explotados que dispondrán de menos dinero, les queda el gustazo de pasarse por el muelle y admirar tales joyas de la ingeniería naval, y soñar, y echar a la lotería, a ver si tienen suerte y les toca para comprarse una maroma del yate del jeque, ¡que lujo!

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Juegos

Vamos a contar mentiras, como si estuviéramos jugando. Hay una parte fundamental en todo juego que tiene que ver con el divertimento, el disfrute de un entretenimiento en el que el azar es primordial, un ejercicio que también permite el perfeccionamiento de destrezas directamente relacionadas con la ejecución y desarrollo del mismo. Pero jugar no es una actividad exclusivamente humana, aunque en nuestra especie adquiere una complejidad que se aleja del juego como aprendizaje, tal y como sucede en el resto de los animales.

Esta peculiaridad humana es la que acaba modificando las premisas iniciales del juego, o caracterizándolo respecto de las experiencias similares en el reino animal, pasando de unas reglas y principios sencillos, generalmente lúdicos o relacionados con el aprendizaje y desarrollo individual, a experimentos mucho más complejos que se extienden hasta la edad adulta y van más allá del simple entretenimiento. La identificación, intensidad y el compromiso puestos en juego por parte de los humanos pueden ser tales que la parte lúdica suele pasar con frecuencia a un segundo plano, prevaleciendo emociones, desafíos y servidumbres personales que, lejos de la teórica intrascendencia del mismo pasatiempo, adquieren en algunos individuos unos tintes dramáticos que prácticamente llegan a borrar la separación entre juego y vida real, produciéndose una peligrosa y conflictiva suplantación que incluso despoja a los días reales de todo rastro de razón y sentido común tan necesarios.

He escogido tres juegos que me parecen significativos por cuanto, a tono con lo que pretendo, muestran que en algunos casos el juego puede conllevar algo más que procurar un entretenimiento banal a cualquiera que lo practique, dejando la puerta abierta a traslaciones y cambios de comportamientos más allá de lo meramente emocional. Los juegos son, del más simple al más complicado, el clásico parchís, el Monopoly y un reciente juego mesa llamado Juego de Tronos -inspirado en la serie televisiva.

En el primero de ellos, el parchís, el más sencillo y en el que el azar tiene un porcentaje predominante, las interrelaciones entre los jugadores son básicas y nada trascendentes, se trata de ganar la partida a partir de unas reglas tremendamente simples en las que se combinan algo más que la paciencia y un cálculo muy elemental por parte de los jugadores. En el segundo, el Monopoly, en cambio, siendo importante el porcentaje del azar -aunque creo que en menor medida-, hay claves y exigencias inherentes al juego que incorporan elementos, circunstancias y situaciones de la vida real que hacen al jugador sentirse interviniendo en una situación real, con sus correspondientes riesgos, apuestas y toma de decisiones que, en este caso, tienen que ver con el sistema económico que mueve el mundo. El jugador incorpora a su actividad lúdica símiles y situaciones hipotéticas coloreadas con un respetable barniz de realidad en las que puede y debe, lo exige el juego, disfrazar sus intenciones, aprovecharse y, llegado el caso, explotar a los otros jugadores -sus dudas, indecisiones o su poca fortuna- en su propio beneficio. Se trata de un adiestramiento ficticio a la hora negociar y trapichear con personas reales en situaciones reales como si fueran vidas reales.

El tercer juego en cuestión es muy diferente, e intervienen ciertos argumentos morales en apariencia intrascendentes, se trata de un juego en el que la guerra es la protagonista, y en él la astucia del jugador ha de bregar con situaciones y decisiones que van más allá de la explotación y derrota del enemigo, incorporando un matiz que me parece demoledor, cualquier jugador puede y debe traicionar a sus propios aliados si quiere ganar; desaparece la distinción entre aliados y enemigos en función de un egoísmo depredador en el que no tienen cabida los escrúpulos o la lealtad -cualidades que podrían entrañar cierta debilidad de carácter. Como solo puede haber un único ganador nadie se fía de nadie, el azar intervine lo justo -en forma de dados-, pero la opción de la puñalada traicionera en el último segundo, tras haber compartido “sufrimientos y victorias” comunes, es la que decide el vencedor. Queda ver cuántos de los jugadores que se aplican a estos juegos distinguen en su justa medida entre juego y realidad, cuántos son personas normales, o excelentes, en posesión de la capacidad de cambiar de inmediato el chip cuando se apartan del tablero y, en cambio, cuántos admiten como posible o incluso nada raro que si se puede traicionar en un juego también puede hacerse en la vida real. Porque eso mismo es lo que nos sermonea cada día la sociedad en la que vivimos, piensa en ti mismo porque el primer rival y competidor es tu propio vecino, el mismo al que saludas cada mañana 0 con el que te tomas unas cervezas, quien te zancadilleará para superarte y dejarte tirado al menor descuido por tu parte.

Vista la desgraciada y perniciosa influencia que el juego tiene en algunas personas, hasta el punto de llegar a arruinarles la vida, a ellos y a sus próximos, solo falta que en las cuestiones comunes o de simple convivencia se instale como norma la sospecha permanente respecto de quien tenemos al lado. ¿Afirmaríamos sin dudarlo que se trata solo de un juego?

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

La verdad está ahí fuera

Afortunadamente el tiempo pasa haciendo que los hechos luzcan por sí solos, sin necesidad de explicaciones ni justificaciones expertas o interesadas, es lo que hay, lo que tenemos, que viene a ser lo que somos. Meses después de comenzada esta epidemia mundial, dicen, no es que sigamos donde al principio, aunque en ocasiones parece que sí. Superadas las primeras dudas e incertidumbres que provocaron las condiciones especiales de marzo, abril y mayo la calma posterior fue breve, o quizás nunca llegó a instalarse por completo, probablemente porque nunca hemos sabido a qué nos enfrentábamos, no teníamos referentes, salvo alguna que otra novela o película distópicas. Sin embargo, hasta entonces nos creíamos a salvo de situaciones tan calamitosas como nada predecibles, lo único que sabíamos predecir era la economía, pero también sin garantías, tampoco importaba, puesto que se trata de los siempre oscuros negocios en manos de trileros y gurús de pacotilla adoradores de los expolios bursátiles. También era obvio que, digeridos los temores iniciales y una vez a salvo de la primera criba, el personal intentaría volver a las andadas, a una normalidad ya completamente imposible; daba igual que el desconocimiento fuera el mismo y no desapareciera la imprevisión, los fallos de cualquier incómoda o aleatoria precaución recaerían automáticamente en los demás.

Ha pasado el tiempo y la improvisación sigue siendo la moneda corriente, no hay planes -salvo la siempre socorrida providencia-, nadie sabe, ni puede ni quiere porque seguimos sin disponer de elementos con los que enfrentarnos directamente al problema, en ningún sitio. Permanece el inevitable presente, el sol de cada día, las hermosas mañanas, el nosotros y ellos, el salgo o no salgo, el no sé, el miedo más irracional y la arrogancia más estúpida, pero seguimos sin saber cómo. No se trata de parapetarse desconfiados en los propios temores ni, de pronto, asumir como bandera la insolencia y el nulo temor de la juventud en su plena posesión de la vida, del mundo, sobre el que tienen tanto derecho como el que más y sobre el que probablemente no hemos sabido enseñarles a entender y respetar. Queda una algarabía de voces, sentencias, amenazas, recomendaciones, advertencias y primeras páginas sensacionalistas de periódicos que impiden ver el bosque; imposible dialogar, imposible entenderse, planificar u organizar una mínima estadística básica común que pueda servir como línea de salida. Nada, salvo una catarata de imprecisiones e incompetencia política que sumar a un sálvese quien pueda general en el que pescan a sus anchas tahúres de los negocios, nefastos gobernantes que quizás nunca fueron buenas personas, especuladores a la baja e inversores de futuros a resguardo en sus correspondientes bunkers suspirando porque esto se extienda y caigamos como moscas, ganadores de nada.

Lo último que deberíamos permitir sería confundir la oscuridad de nuestra caverna con la responsabilidad, aceptar vivir mezquinamente enjaulados en nuestros propios temores odiando y acusando al resto del mundo de moverse sin control o porque sí, en las antípodas de los negacionistas, esos nuevos terraplanistas que creen a pie juntillas que esto de la pandemia es una maquinación de astutas fuerzas ocultas que pretenden dominar el mundo. Como tampoco se trata de cerrar a cal y canto todo lo que huela a común o compartido para que no se extienda ni agrave el problema, la solución no consiste en dar portazo al negocio para no tener complicaciones ni pérdidas. Ni negocios ni problemas, ni personas en las calles, todos acobardados y muertos de asco en nuestros domicilios, solo entonces estos mismos gobernantes que siguen pasmados en la casilla de salida, tan lerdos como incompetentes e incapaces de ponerse de acuerdo en cuestiones fundamentales, sí podrían decir que han solucionado este feo asunto.

Seguimos sin una previsión inteligente respecto de un nuevo futuro que tendremos que normalizar más pronto que tarde, y no deberíamos dejar que sucediera con los brazos caídos o acusándonos unos a otros de no contribuir lo suficiente para lograr una solución, porque el miedo no es la solución, con miedo mejor no vivir.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Mentiras

Volviendo a leer a Cicerón, de la mano de la explícita e incisiva Marta Nussbaum, no tengo más remedio que parar la lectura y hacerme nuevamente las mismas preguntas, pero no se trata de bucear en la historia de la humanidad e intentar desentrañar los procesos sociales y políticos que nos han traído donde hoy nos hallamos y hecho como somos en la actualidad. Cicerón se alarma ante la sola posibilidad de una mentira, sobre todo cuando es pública, es más, ni siquiera llega a contemplarlas, porque no hay mayor bajeza que no decir la verdad a quienes son como nosotros, nuestros semejantes, intentar engañarlos públicamente. No se trata de una cuestión de honor o dignidad, sino de humanidad, el ser humano no debe caer tan bajo, hasta una condición tan humillante que cuestiona su propia racionalidad.

Mentir, según la RAE, consiste en decir lo contrario a lo que uno sabe, cree o piensa. Nada del otro mundo y nada que probablemente ninguno de nosotros no haya hecho en alguna ocasión. El problema es moral y surge en el mismo momento en el que se concibe la mentira, su sola posibilidad, independientemente del atrevimiento para llevarla a cabo y, la parte más deleznable, el beneficio u objeto que se pretenda lograr con ella. A continuación debería sentenciar que ningún proyecto humano, individual o colectivo, puede o debe basarse en la mentira, para inmediatamente después echarme a reír por semejante gilipollez ¿qué proyecto humano, hoy, ya sea individual o colectivo, está libre de mentiras? Probablemente no merezca la pena buscar, esa es precisamente la cuestión ¿por qué? ¿en qué momento aceptamos y asumimos que la mentira fuera algo normal entre nosotros?

No se trata de la pérdida de referentes, ni siquiera como una cuestión de mínimos, a la hora de entendernos e intentar construir juntos, tampoco de dejar de aceptar como igual al otro u otros por semejanza y puro respeto, razones, ambas, tan básicas como casi abandonadas, sino de, entre todos, unos por acción y otros por omisión, haber contribuido a construir una sociedad de la sospecha que ha dejado de preocuparse y perseguir valores comunes. Probablemente no haya un momento definitivo en el que las sociedades humanas dejaron de ocuparse de la mentira, da igual si en el ámbito privado o en el público, incorporada de hecho como una actividad más de la vida diaria. Hoy la mentira es esencial para abrirse camino y progresar -los demás las aceptan como inevitables-, o para enriquecerse -en este caso sobran los comentarios, el sistema económico que mueve este mundo se basa en una gigantesca mentira permanentemente renovada. En función de un falso respeto, que es cálculo interesado y pura hipocresía, hoy se habla de opiniones distintas, diferentes pareceres -da igual el contenido, el conocimiento o la relevancia del tema-, permaneciendo como derecho inalienable una infinita variedad de juicios que permiten a cualquiera, por provecho personal o simple ignorancia, afirmar todo lo contrario a lo que sucede porque su posición es tan respetable como otra, hasta el punto de llegar al cinismo de acusar a quien fuere de mentir por ver, opinar y afirmar lo contrario o solamente algo distinto.

Deberíamos preguntarnos en qué mundo nos deja la mentira si ya no podemos desprendernos de ella, no sabemos vivir sin ella y la hemos interiorizado, por defecto, como sospecha ante cualquier juicio, afirmación o valoración de los sucesos más cotidianos.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Mascarillas

La ocurrencia no fue entonces, cuando me crucé con aquel tipo que portaba una mascarilla negra, u oscura -estaba anocheciendo-, que aparentaba una especie de hocico perruno propio bajo la sombra de los ojos, ha sido ahora, al pasar junto a una señora siguiendo a un perro que cubría su hocico con un bozal, cuando he caído en la similitud. Porque en el fondo viene a ser lo mismo, a un perro se le pone el bozal para evitar agresiones a otros perros o personas, y últimamente a las personas también, llevan bozal para que no agredan respiratoriamente a sus semejantes; luego la mascarilla puede interpretarse en estas circunstancias como una especie de bozal humano para protegernos unos de los otros.

Y si en ese momento confundí la mascarilla con una parte de la anatomía humana, de aquí a no mucho dejaremos de extrañarlas, si no lo hacemos ya, convertidas en una parte más de nuestra constitución sobre la que ya empiezan a imponerse las originalidades, rarezas y caprichos de sus portadores.

Pero mientras los perros no pueden objetar nada a los bozales -sus dueños se los colocan por el motivo que fuere-, en lo que se refiere a los humanos las cosas no funcionan de igual modo; sin embargo, eliminadas con rapidez las dudas y posibles objeciones, hemos vuelto a dar muestras de nuestra diligente docilidad, así como de nuestra rápida adaptabilidad. Las mascarillas, independientemente de su opcionalidad y/o voluntariedad, conllevan una gran variedad de expectativas y posibilidades; las hay que responden a un mínimo exigible, prácticas y utilitarias, correctamente colocadas para la protección privada y pública, asumidas con voluntaria resignación porque en una mayoría de lugares son obligatorias y no llevarlas puede acarrear la correspondiente sanción; como están las que se han convertido en una parte más, bien visible, del acicalamiento diario, transformadas en toda una muestra de carácter y/o personalidad. Porque, bien vista, una mascarilla también puede ser bonita, elegante o de diseño moderno, incluso atrevida o provocativa, tal y como le apetezca al portador, a tono con sus propósitos e incluso útil a la hora de jugar con la secreta intención de evitar mostrarse a rostro descubierto, incorporando un plus  de recato, misterio o coquetería que puede resultar atractivo; otra forma de adornar el rostro, con su ocultamiento y la emocionante duda de su previsible o sorprendente belleza, o todo lo contrario. La sugestiva incertidumbre del hallazgo de un rostro que quizás a la vista pasaría desapercibido y sin llamar la atención. Un cabello decente, unos ojos medianamente atractivos, o normales, y una mascarilla adecuada significan para nuestra presencia un plus de interés que, de otro modo, a rostro descubierto, tal vez no poseeríamos, haciendo que nos diluyéramos entre una multitud prácticamente idéntica en lo anodino; un punto de coquetería que adereza nuestra imagen personal y, hasta que pueda incorporarse al material genético de los recién nacidos, es decir, hasta que nazcamos con ella como nacemos con apéndice nasal, puede servirnos para sumar a nuestras aburridas vidas un sinfín de posibilidades

En fin, que la selección del objeto no es baladí, vista la mascarilla vista la procedencia, la tendencia política, la clase social, los gustos y qué vida gastas, por dónde te desenvuelves y los misterioso o asequible que has decidido mostrarte. Tal ocultamiento, en este caso parcial, ya lo vienen sufriendo las mujeres musulmanas desde hace tiempo, en la mayoría de los casos por opresiva obligación y en otros, los menos, por un exclusivista y elegante distanciamiento que tiene más que ver con una secreta y lujosa vanidad que prefiere ocultarse a un vulgo al que se considera nada preparado o despreciable a la hora de apreciar belleza tan íntima como exquisita, solo apta para los elegidos, quienes podrán disfrutar de tan magnífica perfección y de los inimaginables placeres que atesora y promete.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Parejas

Uno de los pilares básicos de las sociedades humanas es la pareja heterosexual, y que esto sea así tiene sus causas o sinrazones -en las que no voy a entrar. Como toda costumbre en origen no deja de ser algo impuesto, y probablemente uno de los motivos de tal imposición, si no el más importante, fuera el económico, porque no cabe duda que el poder que concede la riqueza y su transmisión es más que suficiente para marcar el modo y ritmo de vida de las sociedades humanas, y esto viene siendo así desde el principio de la historia. Lo que no tiene esta convención, costumbre o tradición es nada de natural, la naturaleza no se dedica a transmitir herencias que no sean exclusivamente biológicas, y la especie humana hace ya tiempo que se mueve y multiplica al son de las convenciones culturales o religiosas. Que hay gente que prefiere creer en lo natural porque de ese modo la foto que tiene de su propia vida no le sale sepia pues mejor para ellos, pero en esto no hay nada de naturaleza ni de necesidad, otra justificación absurda donde las haya.

Es de creencia común que a este vínculo se accede, entre otras cuestiones, por convencimiento y voluntad de los aspirantes, también por obligación u obediencia -pero tampoco es momento de entrar en ello. Luego, la vida en común vendrá aderezada con una serie de inevitables contingencias que darán sabor y enriquecerán la relación, así como como individualmente a cada uno de sus integrantes; y si a todo ello se le suma el “amor”, casi la felicidad completa. Lo del amor entre comillas es debido a su difícil catalogación, a su cuestionable existencia e intangibilidad y porque el amor para nada necesita de la convivencia en pareja.

También es sabido, o supuesto, que entre las dos partes ha de haber algo que compartir, además del manido amor, una serie de concurrencias, gustos, aficiones, temperamentos o cualquier otra cosa que se nos ocurra y pueda actuar como argamasa de una vida en común que en ningún momento debería ser estática, todo lo contrario, se trata de una relación en constante movimiento y renovación, de igual modo que lo van haciendo sus integrantes. Este proyecto de vida en común nunca habría de concebirse como algo definitivo, como una conquista, o una victoria quizás muerta desde su mismo inicio; tampoco como un mero disfrute compartido como única regla de convivencia, o cualquier artificio que las atribuladas parejas pudieran inventarse para justificar la pervivencia de un hartazgo que en algún que otro caso comenzó el primer día en el que decidieron acostarse juntos.

Pero más importante aún que todas esas felices coincidencias es lo que cada cual aporta como diferencia, es más, diría que lo que fortalece la vida en pareja es precisamente lo que no se tiene en común, las vidas particulares, y por separado, de cada una de las partes, ya sea trabajo u ocio. Porque sucede que estamos mal habituados a seleccionar y fijar en la otra parte lo que nos gusta, sabemos y conocemos, haciéndolo único, lo que en cierto modo viene a ser limitar a la otra persona, convertirla en una especie de guante al que nos aferraremos y convertiremos en parte y/o pena fundamental de la vida en común. Una familiaridad en zapatillas en la que nos gusta regodearnos de forma complaciente, principalmente porque en nuestra miopía nos acomodamos creyendo que la otra persona es realmente así, exigencia convertida en realidad única.

Semejante simpleza tiene mucho ver con el egoísmo y la desidia y nada con el obligado respeto del uno al otro/a. Se constituye, pues, una rara y peculiar atmósfera familiar -familiar, que palabra tan sospechosa, la de falsedades y podredumbre que puede llegar a contener- que tiene la particularidad de ser única y doble al mismo tiempo, la que cada una de las partes cree entender, controlar y hasta dominar, siempre según el propio punto de vista. Con ello se va creando un doble contexto, escenario o entorno que acaba transformándose en puro desinterés e indiferencia, o en cabreo cuando un comportamiento cualquiera resulta que no es el que entraba en alguna de las previsiones de vida en común.

Deberíamos incentivar y fortalecer precisamente aquello que desconocemos de nuestra pareja, esa parte del otro/a que es más él/ella de lo que pensamos, y convencernos de que precisamente eso es lo que valoriza una relación; esos movimientos autónomos e independientes por momentos, lugares y con gente que ignoramos, y lo que es más interesante, esa parte desconocida de una vida conocida que, si todo funciona felizmente, suele acabar donde nosotros, precisamente porque, entre todo lo que tiene a mano o a su disposición, hay alguien que sigue ocupando un lugar privilegiado en su cabeza, quizás también en su corazón, y le hace regresar.

 

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Otra vez

Hace unos días un tertuliano, en una emisora radiofónica de postín, afirmaba sin ruborizarse que un partido de derechas no tiene ni idea de nacionalismos porque, como todo el mundo sabe, los nacionalismos son de izquierdas. Incrédulo ante lo que acababa de oír, obtuve confirmación de ello cuando el resto de tertulianos le hizo saber al mal informado que los nacionalismos no tenían nada de izquierdas, todo lo contrario.

El tipo no respondió pero imagino que siguió creyendo que la razón estaba de su lado y eran los otros los que no acababan de enterarse. Desconozco por qué una emisora radiofónica de prestigio admite y paga a individuos básicamente ignorantes en cuestiones sobre las que han de opinar, o tal vez sea que, en un intento de ampliar el abanico de opciones -que no la solvencia de las mismas-, la propia emisora asume que debe permitir en sus estudios a todo tipo de colaboradores, sin informarse ni cuestionar la bondad de los mismos. Y no hay nada peor que darle expectativas al que no sabe que no sabe.

Pero quizás el error no tuvo importancia, se cometen tantos y se dicen tantos disparates que la audiencia está ya insensibilizada, habituada a tragarse un sinnúmero de mentiras y barbaridades, ya que probablemente piensa, y con razón, que el tinglado informativo nacional ofrece de todo menos veracidad, se trata de que cada cual cuente una historia, hasta el punto de asumir que no existe una común y compartida sino la que cada cual se cree o directamente se inventa. Por otro lado, es curioso, o una desgraciada miopía política, que una gran parte de la izquierda nacional confunda y meta en el mismo saco oponerse a la pasada dictadura con ser de izquierdas, y apoye ideologías, partidos y facciones beligerantes o directamente contrarias a ideas y proyectos denominados de izquierdas.

Los nacionalismos, da igual su apariencia o disfraz, no tienen nada de inclusivos ni internacionalistas, ni mucho menos solidarios, base fundamental de cualquier organización que se diga de izquierdas, todo lo contrario, tanto sus dirigentes como sus proyectos políticos son tan conservadores y cerrados como provincianos, si no directamente fascistas, y su oposición a la dictadura estuvo motivada por unos intereses muy distintos a los de cualquier formación moderna o que viva en presente. Se trata de camarillas, organizaciones y partidos compuestas o patrocinados por oligarquías locales y regionales, o sus correspondientes burguesías, apoyados en una masa popular levantisca y engañada con la promesa de mejoras sociales y económicas si colaboran en la toma del poder.

Y si todavía hay quien duda acerca de ello solo tiene que asomarse a la realidad actual, en ningún momento los nacionalistas han mostrado altura de miras sumándose o proponiendo soluciones colectivas que incluyeran a toda la población, puesto que de eso se trataba, de proteger a una ciudadanía entrelazada por fuertes lazos familiares y de convivencia y habituada a moverse libremente por toda la península. En todo momento ha primado la opción tan mezquina como paleta de primero lo mío y los míos, y el que venga de fuera, antes que otro al que tener en cuenta y ayudar, es directamente un intruso del que hay que desconfiar y despreciar. Ninguna facción nacionalista, da igual la etiqueta con la que se vistan o los gestos que exhiban, ha hablado jamás de solidaridad o ayuda entre los ciudadanos, mostrando más bien comportamientos nazis a la hora de juzgar y, lo que es peor, catalogar a las personas según su origen.

Resulta aburrido volver una y otra vez sobre los mismos temas, quizás tan aburrido como levantarse por la mañana y llevar a cabo las mismas rutinas, pero no debemos abandonarlos porque somos precisamente eso, son esas tareas y rutinas, en las que se insertan las vidas particulares, las que hacen, fortalecen y enriquecen la convivencia, y en última instancia es lo que somos. Por eso, cualquier intento de división, diferenciación o segregación resulta reaccionario, da igual la máscara que utilice, si no se trata directamente de racismo. Solo hay una diferencia importante entre nosotros, la única que merece la pena combatir, y es la desigualdad que provoca la riqueza, cualquier otra empresa que no tenga como primera opción esa lucha es volver a la parte más despreciable e innoble de la especie humana.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario